AGLI

Recortes de Prensa    Sábado 14 Noviembre  2009

 

La estafa del Constitucional
ISABEL SAN SEBASTIAN El Mundo 14 Noviembre 2009

SON DIEZ de los españoles mejor considerados y pagados por el contribuyente. Aparte de disponer de coche, conductor y demás prebendas, cobran una media de 130.000 euros al año en su calidad de custodios de nuestra Carta Magna, cuando un juez de la Audiencia Nacional, perseguidor de terroristas y narcotraficantes, debe conformarse con unos 65.000, y uno de a pie, el sufrido dique de contención de un sistema colapsado, sin apenas medios tecnológicos, recibe aproximadamente 40.000. ¡Notable diferencia! ¿Verdad?

¿Quiénes corren más riesgo? Los de la Audiencia y los de a pie. ¿Quiénes trabajan más? A juzgar por los resultados, sin duda los de la Audiencia y los de a pie, por más que no puedan hacer milagros. ¿Quiénes requieren mayor formación? Los de la Audiencia y los de a pie, que han de superar una durísima oposición para coserse las puñetas de juez, mientras los magistrados del TC sólo han de ser juristas «de reconocido prestigio» (un criterio ciertamente discutible, como es notorio en más de un caso concreto) con quince años de experiencia. ¿Qué tienen entonces esos paladines de la virtud constitucional para convertirse en auténticos privilegiados dentro de su casta? Padrinos; ni más ni menos. Padrinos poderosos en un partido, a ser posible de los grandes, que les toman bajo su manto protector hasta elevarles a esa categoría, situada muy por encima del bien y del mal, de la que no hay cristiano que les apee y en la que pueden hacer, más o menos, lo que les venga en gana. ¿Cómo se consiguen esos padrinos? Haciendo méritos políticos.

Tres años llevan esos «diez hombres justos» (es un decir) estudiando el Estatuto de Cataluña a fin de pronunciarse sobre su constitucionalidad. Treinta y seis meses reuniéndose, discutiendo, invirtiendo el tiempo tan generosamente financiado por el pagano de impuestos en discrepar sobre matices para hacer imposible un veredicto. Mil noventa y cinco días analizando un mismo texto a la luz de una misma Constitución, sin fijar ni siquiera dos posiciones encontradas que puedan medir sus fuerzas; esto es, sosteniendo cada cual la suya, para mayor escarnio de la institución a la que dicen servir.

Y luego pretenderán que demos credibilidad a lo que finalmente resuelvan. Nos pedirán un acto de fe basado en lo que representa el Alto Tribunal. Pero ya no tienen credibilidad, señorías, y la poca fe que conservábamos en la institución que representan se han encargado de matarla. Digan lo que digan en su día, no será la Constitución la que hable por su boca. Sólo ustedes sabrán qué o quién habla.

Peregrinos en su patria
José María MARCO La Razón 14 Noviembre 2009

El nuevo libro de Iñaki Ezkerra lleva un título provocador: «Exiliados en Democracia». ¿Son exiliadas las víctimas del terrorismo o del nacionalismo que han tenido que marcharse del País Vasco? No, porque no se van de su país, que es España: volver a empezar fuera de la provincia natal de uno, pero quedándose en el mismo país, no es romper del todo, como alguien que se va al extranjero, con lo que nos es conocido, lo familiar, todo aquello que hace la vida fácil (y a veces, detestable, dicho sea de paso: Ezkerra hace bien en recordar la recién estrenada libertad del exiliado). En cambio, sí se puede hablar de exiliados en la medida en que a estas personas les está vetado volver. Cuando uno se va por la amenaza violenta o por la presión del ambiente, se ha tomado una decisión que sólo puede cambiar en la medida en que desaparezcan esas condiciones. Por eso Iñaki Ezkerra insiste en que la tarea del nuevo Gobierno vasco es crear las condiciones del retorno más aún que la posibilidad del voto, como se ha dicho muchas veces. Siguiendo con el debate del exilio y la patria, el libro toma nota de un hecho importante. Y es que el nacionalismo, más aún que el terrorismo, ha dinamitado el sueño universalista y cosmopolita en el que se han mecido varias generaciones de españoles que comprendieron su nacionalidad de forma abstracta, política, sin contenido moral ni compromisos con los que nos preceden. Un patriotismo de señoritos, podría decirse. Savater, ideólogo de Rosa Díez, es un buen ejemplo de esta actitud, como lo es Fernando Vallespín en el círculo de Rodríguez Zapatero. En realidad, esta lealtad puramente política ha propiciado el avance del nacionalismo y ha neutralizado, en nombre del desprecio al patriotismo español, aquello mismo que podría oponérsele. Es curioso que, de tan racional como pretende ser, esta actitud siga sin comprender el monstruo que ha alentado.

01.- Racismo nacionalista en la literatura galleguista de los siglos XIX y XX
JUAN JULIO ALFAYAPeriodista Digital 14 Noviembre 2009

Introducción.

Escrito por Miguel Salas | Desde Taiwán | 28 de Enero de 2009

Resumen: La raza es uno de los conceptos principales de la teoría política nacionalista. Tanto en tiempos en los que la superioridad racial era algo relativamente aceptado como teoría antropológica como en momentos en los que se rechazaba completamente tal idea, el nacionalismo ha hecho uso del racismo para justificar sus aspiraciones políticas. La intención de este trabajo es analizar la idea de superioridad racial en la obra de los principales autores galleguistas del siglo XIX (Manuel Murguía, Alfredo Brañas y Eduardo Pondal, autor de la letra del himno gallego oficial) y del siglo XX (Alfonso Castelao y Vicente Risco).

Si se duda de la raza, ¿qué confianza queda en el resto de la vida? (Otero Pedrayo, 1991, p. 60).

La raza es uno de los principales elementos con los que el nacionalismo construye su espacio mítico y emocional. A pesar de que ya Ernst Renan negara, en su trascendental obra ¿Qué es una nación?, los llamados criterios objetivos de nacionalidad –raza, lengua, paisaje y unidad geográfica, religión en según qué casos de nacionalismo– estos siguen formando parte de la visión popular de la nación y nacionalidad incluso hoy en día.

En realidad, la mayoría de las naciones están formadas por distintas etnias, o comparten distintas lenguas, y hay también naciones diferentes que comparten un único idioma o una sola raza. Sucede lo mismo con la relación entre nación y unidad religiosa y geográfica. Hans Kohn dice de estos lazos supuestamente objetivos que “un breve examen bastará para mostrar que ninguno de ellos es esencial a la existencia o la definición de la nacionalidad. (…) La fuerza de la idea, y no la voz de la sangre, es lo que ha constituido y modelado las modernas nacionalidades” (Kohn, 1984, 55-57). No podemos, sin embargo, perder de vista estos criterios porque son los elementos centrales que los nacionalismos utilizan para definirse frente a la propia comunidad y también frente a los demás grupos.

La importancia de tales factores descansa en una visión naturalista o esencialista de las nacionalidades. Frente a la corriente de pensamiento que afirma que la nación es una forma de convivencia pactada y que, por lo tanto, los términos del pacto pueden ser modificados si los participantes así lo desean, la visión naturalista o esencialista de la nación concibe a ésta como una realidad superior a la voluntad humana, trascendental y, por lo tanto, intocable. Para Fichte, por ejemplo, pueblo y patria “están por encima del orden social” (Fichte, 2002, 150). Dice Cassirer, retratando la actitud nacionalista:

Los fundadores de la “escuelas histórica del derecho” afirmaron que la historia es la fuente, el origen mismo del derecho. No existe ninguna autoridad por encima de la historia. La ley y el estado no pueden ser “obra” del hombre. No son productos de la voluntad humana y no están, por consiguiente, bajo la jurisdicción de dicha voluntad (Cassirer, 2004. pp. 215-216).

Esta forma de pensar explica por sí sola una importantísima parte de la política mundial del siglo XX. Sólo un diez por ciento de los estados del mundo son estados nación, es decir, esencialmente homogéneos. El noventa por ciento restante incluye, por lo tanto, diferentes naciones, que se definen en oposición a los otros grupos nacionales que los circundan.

La raza, uno de los argumentos esenciales esgrimidos por el nacionalismo, ha ido perdiendo validez a lo largo de la segunda mitad del siglo XX. Tras la II Guerra Mundial, el fuerte etnicismo pretendidamente científico en el que habían caído algunos –y solamente algunos– sectores de la civilización europea se convierte prácticamente en un tabú. Sin embargo, en la actualidad no ha desaparecido del todo: se ha adaptado a las nuevas circunstancias, manteniendo su validez emocional y mítica. Como dice G.P. Gooch: “El descubrimiento de que la unidad racial es un mito hace perder buena parte de su relevancia a la raza en su sentido biológico, pero la autoconciencia racial permanece virtualmente inalterada” (Connor, 1998, 203).

Frederick Barth, en su obra "Los grupos étnicos y sus fronteras", explica este fenómeno al diferenciar los conceptos de etnia y etnicidad. Una etnia se elabora con rasgos objetivos y la etnicidad lo hace con criterios subjetivos: se construye por la autoadscripción de sus miembros al grupo. Ahora que ya no hay, afirma el autor, pueblos aislados a los que se pueda aplicar los criterios de una raza, una cultura y una lengua, los nacionalismos, intentando presentar su programa no como una opción, sino como un destino, ofrecen criterios que imitan aquellos rasgos objetivos que caracterizaban a las etnias.

La razón de que la raza sea una categoría psicológica y mítica en el marco de pensamiento nacionalista se debe a la necesidad de percibir una identidad común a los antiguos habitantes de la nación y los actuales pobladores. ¿Y a qué responde tal necesidad?

Muchos autores opinan que las proposiciones nacionalistas surgen en momentos de grandes crisis de identidad. Ángel Aguirre Baztán atribuye su desarrollo al miedo ante el cambio, un miedo que tendría su equivalente psicológico en aquel que sienten los adolescentes al dejar el universo familiar (Aguirre Baztán y Morales, 1999, pp. 27-28). Dice, por su parte, Schöpflin: “El mito puede ser empleado como mecanismo para sobrellevar una crisis, para asegurar la cohesión de la comunidad mientras se toman medidas para hacer efectiva la metamorfosis necesaria para gestionar los cambios estructurales en cuestión” (Schöpflin, 1997, p. 23).

El nacionalismo, pues, imagina una historia del grupo social que fomenta la unión entre los miembros ante determinadas crisis. Como dice Anthony Smith, “el culto a un pasado heroico se convierte en un poderoso antídoto contra el 'desencanto del mundo'” (Smith, 1999, p. 198).

El mito de la raza forma, obviamente, parte de esta construcción mítica nacionalista. La comunidad se siente reconfortada ante la idea de que su raza proviene de tiempos inmemoriales y que en el pasado ha conseguido superar grandes crisis sin perder su pureza redentora.

El objetivo de este trabajo es analizar la aparición de tal concepto en la obra de los principales autores galleguistas. A través de su visión de la raza comprenderemos el relevante papel que un mito racial posee en la construcción de la identidad colectiva de movimientos como el galleguista, que ha conseguido implantar su visión de la historia en todos los manuales gallegos de enseñanza obligatoria.

Dividiremos el ensayo en dos partes. En la primera revisaremos la obra de tres autores del siglo XIX –Manuel Murguía, Alfredo Brañas y Eduardo Pondal– y en la segunda la de dos autores del XX: Alfonso Castelao y Vicente Risco.

Quisiera apuntar, por último, que todas las traducciones del gallego al castellano son obra del autor de este artículo.

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Nacionalismo
Cataluña no es España (right?)
David Jiménez Torres Libertad Digital 14 Noviembre 2009

Siempre me ha resultado curioso el afán internacionalista, y muy especialmente la obsesión con el inglés, de los nacionalistas catalanes. Todos (al menos, todos los futboleros) recordamos las pancartas del Catalonia is not Spain del Camp Nou, y también los 2.000 panfletos de idéntico lema que las juventudes de Convergencia repartieron en Roma con ocasión de la final de la Champions entre el Manchester United y el Barça. También conocemos todos la inversión de importantes sumas de dinero público por parte de la Generalitat para crear consulados en ciudades extranjeras. Los que estábamos en Inglaterra el año pasado tampoco olvidamos el voluntarioso desfile de figuras de la Generalitat por la London School of Economics y el Centro Cañada Blanch, que culminó con una conferencia de José Montilla, L’esperit de Catalunya avui, de la que se distribuyeron transcripciones solamente en inglés. El esfuerzo más reciente de este tipo es la campaña I’m Catalan I love Freedom, iniciativa presentada este miércoles en el parlamento europeo y que reivindicará, durante la presidencia española de la UE, el derecho de autodeterminación de Catalonia. Los tres manifiestos de presentación estaban, por supuesto, en inglés.

Lejos de la guasa que pueda provocar este último lema, que sonará a todo angloparlante menos como un desgarrado grito por la libertad que como una expresión de niña pija americana en la edad del pavo (oh my gosh, I’m Catalan and I like totally looooooove Freeedom), el fenómeno es bastante paradójico. Más que nada por la aparente futilidad de buscar y convencer a interlocutores que a la larga no tendrán absolutamente nada que ver en el proceso independentista catalán. Y es que aunque se pudiera convencer a un hooligan ilustrado de la dignidad de la causa independentista, ¿cómo podría eso ayudar a los independentistas en el Congreso de los Diputados o en el Tribunal Constitucional, que a la larga serán los únicos lugares donde se decidirá su causa? ¿Acaso consiste la estrategia en conseguir que la comunidad internacional se indigne tanto con la explotación española de Cataluña que corten todo vínculo comercial con Espanya, creando así una presión parecida a la que se cernió sobre el apartheid surafricano (porque obviamente la injusticia es tan flagrante en este caso como en aquel), hasta que al final el Gran Estado Fascista abra las garras y deje en libertad, de una vez por todas, a la nación de aquellos que aman la Freedom? Hombre, es una idea, aunque mucho recorrido no tiene. Y es que lo ilógico de la apuesta de propaganda internacionalista y anglófila se muestra en un asunto mucho más básico: el cuestionable interés que puedan sentir los ingleses, los americanos, los franceses, los italianos, los alemanes y más o menos doscientas nacionalidades más, sumidas todas en sus propias convulsiones y vicisitudes internas, por las de una pequeña región española que ni siquiera tiene iconos pop en su haber.

Descartada, por tanto, una explicación lógica al fenómeno, uno empieza a plantearse si no se deberá a un proceso más subconsciente, el del agente que busca la legitimidad y autoafirmación que le niega un segundo y de las que, secretamente, él mismo duda, en la figura de un tercero más distante y poderoso. Pero a media exploración de las obras completas de Lacan y Zizek en busca de confirmación de esta tesis, una noche en un bar por la zona de Barceloneta descubre una explicación mucho más plausible. Allí, un grupo de portugueses y británicos, que no llevan en Barcelona más de dos meses, declara a su interlocutor madrileño que apoyan la causa independentista. Que si no se impusiera el catalán como lengua única, este desaparecería [sic]. Que en la España de Franco te fusilaban por hablar catalán en casa [sic]. Que Barcelona es más grande que Madrid [sic] y merece por tanto el reconocimiento de capital de una nación [sic de nuevo]. Finalmente, una británica declara que es que los catalanes son tan different del resto de españoles que merecen un Estado propio (investigaciones posteriores revelan que la chica nunca ha viajado a Madrid, ni a Valencia, ni a La Coruña, ni a Sevilla, ni a Granada, ni a Zaragoza...).

Su interlocutor hace un esfuerzo por rebatir sus argumentos, y se encuentra tras varios minutos de argumentación con un silencio aburrido y un par de alzamientos de hombros que señalan que bueno, que ellos lo que quieren esta noche es beber y pasárselo bien, que no están para discusiones de veras, y que en realidad, a ellos, todo esto ni les va ni les viene. Y es que quizás la solución era la opuesta al problema planteado originalmente: no es que los independentistas busquen interlocutores internacionales a pesar de que no les pueda interesar su causa... sino precisamente por eso mismo. La suspension of disbelief del extranjero: al que poco le importa algo, se le puede convencer de las barbaridades que sea.

Cuentas autonómicas de la lechera
Editorial La Razón 14 Noviembre 2009

Con los 176 votos imprescindibles, ni uno más, el Gobierno logró ayer sacar adelante la nueva Ley de de Financiación Autonómica (Lofca), que sustituye a la aprobada por el Gobierno del PP en 2001. El Grupo Socialista no habría alcanzado su propósito de no haber sido por el apoyo de los dos diputados navarros de UPN y NaBai, a los que paradójicamente no les concierne esta ley porque Navarra tiene su propio concierto económico. No es la única paradoja que ha suscitado el nuevo modelo de financiación y entre ellas destaca la valoración tan opuesta que han hecho los nacionalistas catalanes, CiU radicalmente en contra por considerarlo nada menos que «la sentencia de muerte del Estatut», y ERC decididamente a favor.

Si a lo anterior se añade que, en asuntos de dineros autonómicos, los dirigentes políticos se enfrentan al dilema de seguir las directrices del partido o defender los intereses particulares de su comunidad, se comprende que el debate sobre la nueva Lofca resulte confuso, contradictorio y enigmático para el contribuyente, que es el pagano de la historia. Ha faltado un esfuerzo elemental de pedagogía, aunque no resulte fácil ante una ley que es opaca, con fórmulas laberínticas y que deja a cada autonomía hacer sus propias cuentas, aunque no sean reales. A modo de recapitulación de un proceso que se inició hace más de dos años, envenenando el debate político y entre las autonomías, se debe señalar que la reforma ofrece aspectos positivos, como actualizar la financiación a la población real de cada región, que en total ha crecido en seis millones de personas. También es positivo que fije el foco de atención en la sanidad, la educación y los servicios sociales. Los desacuerdos surgen a la hora de fijar los demás criterios de reparto y de establecer los porcentajes, capítulos en los que las arcas del Estado sufren la peor parte. Como es sabido, se cede a las autonomías el 50% del IVA e IRPF y el 58% de los impuestos especiales. Además, el Estado pone 11.700 millones más cada año y aplaza la devolución de otros 6.000 millones que le deben las comunidades autónomas por los anticipos a cuenta en 2008. Por si fuera poco, el Gobierno garantiza que ninguna autonomía recibirá menos que con el sistema anterior. Es discutible si la caja central debe someterse a tales sacrificios para satisfacer a los gobiernos regionales, lo que disparará aún más una deuda que camina hacia el 10% del PIB y penaliza la posición financiera de España en el mercado internacional, aparte de hipotecar el futuro. Pero lo que no ofrece duda es que las cuentas que ha hecho el Gobierno se parecen mucho a las de la lechera del cuento. En efecto, no se ha considerado la caída vertiginosa de la recaudación fiscal por la crisis y que las comunidades están ingresando un 30% menos que hace tres años. Además, ¿de dónde piensa sacar el Gobierno esos 11.700 millones, que no están contemplados en los Presupuestos?

Esa partida la puso encima de la mesa para pagar el cheque catalán y, con el resto, premiar a las autonomías amigas, convencer a las que titubeen y castigar a las díscolas. La discrecionalidad absoluta del Gobierno, que propicia el regateo de mercado persa, es lo que arroja sombras de sospecha sobre la Lofca y explica que haya comunidades, como Madrid, que se sienten claramente perjudicadas con respecto al mejor trato que reciben otras, como Cataluña. También resulta inaudito que esta ley penalice la bajada de impuestos o que el Estado, a cambio de su generosidad, no imponga ciertas normas de austeridad y eficiencia en el gasto autonómico.

HASTA DESPUÉS DE LAS ELECCIONES CATALANAS
Casas estudia retrasar el fallo del Estatut un año a instancias del Gobierno
El clamoroso retraso en la sentencia del Estatuto catalán podría prolongarse aún más. Según revela este sábado La Vanguardia, ante la imposibilidad de consensuar una sentencia, Casas podría congelar el debate hasta después de las elecciones catalanas. Así lo desea el Gobierno.
LIBERTAD DIGITAL 14 Noviembre 2009

Después de que trascendiera la última votación, informal, sobre aspectos clave del Estatuto, este sábado La Vanguardia revela cuáles son los planes de María Emilia Casas y del Gobierno. Según el diario, Casas tiene "el plácet" del Ejecutivo para retrasar la sentencia hasta después de las elecciones catalanas, que se celebran el próximo otoño, si no consigue ya un acuerdo sobre el texto, lo que parece probable según las últimas informaciones.

Según el diario, el plazo que se ha dado Casas para el acuerdo no supera las dos o tres semanas. El diario también cuenta que varios magistrados han tirado la toalla para alcanzar un acuerdo pero no es el caso de la presidenta del TC, que aspira aún a lograr una sentencia consensuada por seis votos a cuatro que no la forzara a utilizar su voto de calidad para sacar adelante el texto.

El diario apunta que el Ejecutivo estaría molesto con Casas por su forma de afrontar este asunto, clave para el futuro de España. Lamenta su renuncia a usar el voto de calidad y también haber permitido, según La Vanguardia, que prosperara la recusación contra Pérez Tremps, alineado en el bloque de izquierdas.

Así, le habría hecho llegar el "mensaje rotundo", como lo califica el diario catalán, para congelar la sentencia si no se alcanza ya un acuerdo. Dice La Vanguardia, citando a fuentes gubernamentales, que incluso está sobre la mesas la posibilidad de que la sentencia se retrase aún más, hasta 2011, y que sea emitida por un TC renovado.

Español: descartado
Manu de la Bastida, Vigo La Voz 14 Noviembre 2009

He recibido dos notificaciones de la Secretaría de Consumo de la Xunta,ambas escritas únicamente en gallego;ayer fui al ambulatorio del SERGAS,toda la cartelería está en gallego;mi hijo no puede llevar libros en español al instituto,y las asignaturas troncales se siguen dando en gallego,de hecho son prácticamente todas en gallego.El presidente de la Xunta,al igual que todos los diputados autonómicos se expresan únicamente en gallego....¿y el idioma gallego está siendo "exterminado"?¡Venga ya!Aquí el único idioma que está siendo marginado es el español.La manipulación de los impositores es manifiesta:tpodo aquel que se queje de la imposición del gallego es un anti-patriota,no es gallego,es un retrógado de derechas,un adláter del sistema financiero,y barbaridades por el estilo.Nunca me han gustado los patriotismos excesivos,ni de una parte ni de ninguna,son excluyentes por definición,y el hecho de que un idioma fuese reprimido en el pasado no legitima para oprimir otro idioma en el presente.Es una cuestión de libertad individual,yo quiero hablar en el idioma que me salga de las narices mientras sea oficial de la comunidad,y que mi hijo pueda optar a estudiar en ese idioma.Llamar idioma propio al gallego no significa que el español sea impropio,ni que haya que desterrarlo.La mayoría se ha pronunciado repetidas veces,pero los fanáticos no ven mas allá de sus nerices y negarán siempre lo evidente.

Las razones de los políticos para seguirles el juego a estos señores las desconozco,pero no se saldrán con la suya...Feijoó tampoco.

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