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Recortes de Prensa    Sábado 26 Diciembre  2009

 

El Estado «compuesto»
CÉSAR ALONSO DE LOS RÍOS ABC 26 Diciembre 2009

A causa de los problemas ocasionados por las nevadas, la dirección del PP ha hecho fuertes críticas al Gobierno...que Gallardón y Aguirre han tenido que desaprobar puesto que ellos también son y se consideran responsables. ¿Y cómo no?

Un insensato oportunismo lleva a Cospedal a no caer en la cuenta de que el poder es cosa muy repartida en España y que el PP, además de ser oposición en unos casos, es poder en otros. Dicho pronto, los populares son responsables de los quitanieves como de ciertos impuestos, la educación, la sanidad... y la corrupción. Es una conclusión terrible pero lo cierto es que esta se reparte de acuerdo con la instalación en el poder y no con la ideología o la moral.

Llama la atención que después de tres décadas de régimen algunos políticos no sepan todavía qué es eso del Estado «compuesto», como llaman los constitucionalistas al sistema autonómico o federal. Al menos tratan de ocultar que el inmenso desastre social, moral y cultural en el que nos hallamos no tiene como único responsable al Gobierno aunque éste sea el principal. Este es un país lleno de presidentes, ministros, consejeros, Tribunales Superiores e incluso Tribunales Constitucionales según Estatutos.

En función de la naturaleza «compuesta» del Estado y del reparto de poderes, Zapatero quiso institucionalizar hace unos días la reunión de Presidentes. No lo consiguió porque el PP se negó al compromiso que se le pedía con la Economía sostenible pero, en todo caso, Rodríguez Zapatero quiso dejar claro que si en el País Vasco el máximo responsable en ciertas políticas es Patxi López, en Galicia lo es Feijóo en relación con la expulsión del castellano de las aulas gallegas o lo es Ruiz-Gallardón las insoportables cargas impositivas que sufrimos los madrileños. ¿Estado compuesto? Al menos, por ahora, no podemos definirle como «descompuesto».

Movimientos cívicos
Las cosas claras
José María Marco Libertad Digital 26 Diciembre 2009

Este año, dos manifestaciones han aclarado un asunto interesante para la vida social y política española, como es la relación entre el poder político y la sociedad civil. A mediados de diciembre los sindicatos de clase –o más exactamente una parte de sus liberados– se manifestaron a favor del Gobierno en tiempos de crisis. Un mes antes, una manifestación masiva había ocupado el centro de Madrid en contra del aborto.

Además del objetivo explícito de apoyar al Gobierno que sigue los consejos de los sindicatos, los subvenciona con largueza y les permite vivir del presupuesto público, la primera tenía algún otro objetivo. Uno era tomar posiciones contra los empresarios. El otro, prevenir cualquier posible manifestación contra la política económica del Gobierno. La izquierda se manifiesta para impedir que se manifieste la gente, la sociedad. Demasiado peligroso. La coartada bullanguera, eso sí, la ponen las banderas regionalistas, alguna republicana y los titiriteros de la ceja, espuma cutre del rebaño apesebrado.

La manifestación contra el aborto fue una manifestación contra la ley del Gobierno socialista y por tanto contra el Gobierno socialista. Sin embargo, en la estrategia que ha guiado la acción de las organizaciones que vienen esforzándose por movilizar la opinión pública en este asunto se percibe otra preocupación. No apelan a la política, ni a la ideología. Apelan a las convicciones de las personas, a sus creencias o a la razón. La política vendrá después, si es que viene. En la manifestación, como es natural, abundaba un símbolo de unidad como es la bandera nacional.

En este último caso, la manifestación culminaba una campaña de movilización y participación de las personas en la cosa pública. En la primera, lo contrario: una larga empresa de desmovilización. La paradoja culmina por fin muchos años de evolución social y de voluntad política.

Tradicionalmente, se viene estableciendo una distinción fundamental, en este terreno, entre Estados Unidos y los países europeos (al menos los continentales). En Estados Unidos existe una tradición asociativa antigua y poderosa, que desconfía del Gobierno y pone el acento en la acción de las personas y los grupos, movidos por el interés general o por sus intereses particulares. En los países europeos reina una cierta apatía en la sociedad civil. Partiendo de esa constatación, los partidos de izquierda, siempre estatistas, han tratado de poner en marcha un movimiento asociativo. Este intervencionismo ha generado toda clase de incentivos perversos. Han acabado en la paradoja de la manifestación de liberados sindicales a favor del Gobierno. La burocracia sindical se manifiesta para revindicar sus privilegios y evitar que nadie se mueva contra la política que le favorece.

Al margen de los clásicos movimientos sociales cristianos, los partidos de centro derecha en España han mantenido una relación más complicada con los movimientos sociales. Tienen dificultades a la hora de crearlos, las tienen también a la hora de canalizarlos, y darles un rostro político. Estas dificultades se entienden porque no hay simetría entre un lado y otro del espectro político: la izquierda suele ser una máquina bien engrasada de producción ideológica y de intereses. La derecha siente más reparos e incluso no quiere hacerlo, ya sea por no creer que ese sea su función, o bien porque desconfía de esos movimientos y de una autonomía que no pueda controlar.

El ejemplo norteamericano indica que a pesar de toda su tradición de asociacionismo y participación, no todos los movimientos sociales son allí espontáneos. La ATR, una de las organizaciones republicanas más militantes contra las subidas de impuestas, fue fundada por un joven turco del Partido Republicano a petición de Reagan. La libertad de maniobra que reina en la ATR es gigantesca: allí no se censura nada –lo mismo ocurre en otras manifestaciones de la derecha norteamericana–, pero el Partido Republicano se mantiene al tanto de lo que allí se expresa, asiste a las reuniones, toma la temperatura e incorpora ideas, propuestas y personas. Es la existencia de ese sustrato y, al mismo tiempo, la permeabilidad del Partido Republicano ante estos movimientos, que en Europa parecerían excéntricos, casi del orden de lo freaky, lo que ha permitido la rapidez con la que se ha organizado la oposición a las medidas de Obama.

En España estamos en una situación distinta. Ahora bien, el movimiento cívico, tan presente en las calles y en la vida pública durante la primera legislatura de Rodríguez Zapatero, no se ha extinguido. El PP ha sabido favorecer algunas, importantes. Y siguen actuando las asociaciones de víctimas del terrorismo, las movidas por los derechos lingüísticos, las que defienden la libertad en la enseñanza contra la imposición ideológica o, para volver al principio, las que defienden la vida. Esto sólo por hablar de aquellas que intentan trasladar la reflexión moral a la vida pública. También hay fundaciones, institutos y muchas organizaciones de muy variada índole, en particular las múltiples formas de relación que ha hecho posible internet. Es una gigantesca riqueza, en buena medida desaprovechada.

El centro derecha español no aspira, como es lógico, a imponer al conjunto de la sociedad su proyecto de cambio, utilizando para eso una democracia que la izquierda considera un simple medio al servicio de un objetivo ideológico. Pero que el centro derecha tenga más bien la ambición de representar a una sociedad plural, dinámica y a veces contradictoria no tiene por qué llevarle a desdeñar o a recelar de todos estos movimientos. Al contrario. Podría mantener un contacto permanente con ellos y esforzarse por escucharlos e integrarlos, en la medida de lo posible, en un proyecto político de amplio espectro, como naturalmente es el suyo. Y tiene instrumentos para ello, como Nuevas Generaciones, en las que participa mucha gente que quiere dar salida práctica, con la generosidad propia de la gente joven, a la vocación de participar en la vida pública.

Pactos sin sentido de Estado
EDITORIAL Libertad Digital 26 Diciembre 2009

Pese a que el mensaje de Navidad del Rey es un acto protocolario que muchas veces sólo consiste en una recopilación de buenas intenciones y buenos deseos para estos días tan señalados, no hay que olvidar que la Constitución española eleva al monarca a la máxima autoridad del Estado y le concede un papel moderador de las instituciones; papel que en partw desempeña o debería desempeñar a través de este tipo de mensajes.

La nota más llamativa del discurso de este año ha sido la petición por parte de su Majestad de "sentido de Estado" para "gobernar y ejercer la oposición"; petición que se produce unas líneas después de haber reclamado la superación de "tensiones y divisiones" y el "entendimiento" entre las comunidades autónomas a la hora de llegar a acuerdos.

Parece por consiguiente que el Rey reprocha tanto al PP como al PSOE su escasa capacidad para consensuar soluciones contra algunos de los problemas a los que se enfrenta la sociedad española, como podrían ser la crisis económica y la crisis nacional.

Ahora bien, ante semejante proclama pactista conviene recordar lo evidente: los acuerdos de Estado sólo sirven para dar una cierta estabilidad a las leyes aprobadas por el Parlamento, lo cual no significa que estemos ante buenas leyes que sirvan para paliar alguno de nuestros problemas. De hecho, nada sería más nocivo para los intereses de los españoles que la estabilidad de las malas leyes y de las malas políticas; a saber, los estatutos autonómicos que rompen la unidad nacional a través de una mutación de facto del régimen constitucional no pueden considerarse sanos para nuestro Estado de Derecho por mucho que hayan sido o hubieran podido ser fruto del consenso.

Tampoco el desnortado apoyo que ha dado el PP a prácticamente todas las políticas económicas del Gobierno de Zapatero ha permitido convalidar una económica desastrosa en una que impulse la recuperación. Simplemente, las medidas que apuntalan la crisis, la seguirán apuntalando por mucho que las aprueben el PSOE, el PP o un amigable entente entre ambos.

Al contrario de lo que parece desprenderse de las buenistas palabras del Rey, España no está falta de sentido de Estado para alcanzar acuerdos, sino de sentido de Estado para promover políticas institucionales, económicas y sociales correctas y adecuadas. Una vez lleguemos a este punto, el consenso puede convertirse en una herramienta útil para asentar las buenas normativas, pero mientras tanto, los pactos entre PP y PSOE sólo pueden ser pactos en torno al vacío, es decir, un ejercicio de escenografía que pretende representar que se hace algo precisamente para no hacer nada; la inacción camuflada de decidida actuación.

Mal haría el PP, pues, si pensara que todavía no ha colaborado lo suficiente con el PSOE y que nuestra crítica situación nacional así lo requiere. No hay, o no debería haber, acuerdo posible con una formación política que pretende desarticular la nación e imponer su ideología sectaria en todos los estratos de la sociedad con tal de perpetuarse en el poder.

El PP, como principal partido de la oposición, puede desde luego optar por suceder al PSOE en los escombros de su régimen y tal vez incluso terminar teniendo éxito. Pero al contrario de lo que podría interpretarse del mensaje de su Majestad, los populares no estarían de este modo sirviendo precisamente los intereses de España y de los españoles, sino más bien los de los cuadros burocráticos de su partido que, al igual que en el PSOE, salivan por un sillón ministerial al precio que sea.

Zapatero es el problema
Editorial www.gaceta.es 26 Diciembre 2009

Mal que le pese al PSOE, Rajoy representa a más de diez millones de votantes.

Rebosantes de sentido común y cargadas de sensatez fueron las palabras que como cada año, el Rey Don Juan Carlos dirigió en la noche del pasado 24 de diciembre a los españoles. Invitan a una serena reflexión en torno al futuro de nuestro país. No es la primera ocasión en que Su Majestad exhorta a partidos políticos y ciudadanos a que “superen las divisiones” y trabajen para que “prime la fraternidad sobre las desavenencias, la confianza sobre el recelo, el bien colectivo sobre los egoísmos particulares”. Sin embargo, este año quiso ir más allá en su discurso y pidió expresamente “mucho sentido de Estado, tanto a la hora de gobernar --dijo- como de ejercer la oposición”.

Tal y como desvela hoy nuestro periódico, Don Juan Carlos ha intentado hasta en cuatro ocasiones sellar un pacto de Estado entre el presidente del Gobierno y el líder de la oposición. En vano. Ninguno de los discretos intentos del Rey, (todos ellos a puerta cerrada y sin apenas repercusión mediática), ha culminado en acuerdo solvente alguno, debido en gran medida al sectarismo que viene caracterizando la acción política del Ejecutivo desde la llegada al poder de José Luis Rodríguez Zapatero.

Ni en materia económica, ni el ámbito de la política exterior ni mucho menos en lo concerniente a los supuestos derechos sociales de los ciudadanos, encarnados por obra y gracia del Gobierno en la aprobación de leyes tan polémicas como la Ley del Matrimonio Homosexual, la reforma de la Ley del Aborto o la mal llamada Ley de Libertad Religiosa, ha buscado nunca el partido en el poder el más mínimo consenso con los populares, representantes, por cierto, de más de diez millones de votantes. Muy al contrario. El Gobierno de Zapatero se ha caracterizado desde sus inicios por contradecir su propio eslogan propagandístico en torno a un supuesto talante, que ha brillado por su ausencia, y aviniéndose a los dictados del tristemente famoso cordón sanitario que la clase política catalana se sacó de la chistera coincidiendo con los primeros años del mandato de Zapatero.

No puede caer en saco roto la sugerencia -casi exigencia- del Monarca respecto a la necesidad de que las fuerzas políticas, económicas y sociales redoblen los esfuerzos para que se vuelva a crear empleo “cuanto antes y de forma sostenible”.

Tampoco debe ignorarse que don Juan Carlos instara a “acometer las reformas precisas” a fin de lograr una “pronta recuperación”. El gravísimo problema del desempleo -que como bien recordó el Rey "afecta directamente a millones de personas angustiadas no sólo por la pérdida de ingresos sino por la falta de horizontes en sus vidas laborales y personales”, no puede dejarse al albur de enfrentamientos partidistas y rencillas propias de patio de colegio.

Resulta sintomático el malestar real en torno a la falta de acuerdo entre los grandes partidos que don Juan Carlos aludiera expresamente en su discurso navideño a la urgencia de sellar, “hoy mejor que mañana”, un gran acuerdo nacional en materia de Educación. Más que sintomático, fue abiertamente elocuente, habida cuenta que lo planteado hace un par de semanas por los partidos de izquierdas en la comisión parlamentaria de Educación ha sido la controvertida polémica de retirar los crucifijos de los colegios; ni la elevada tasa de fracaso escolar, el descontrol de los 17 sistemas educativos autonómicos, no; !la retirada de los crucifijos!, es decir, el penúltimo objetivo abiertamente anticatólico que viene persiguiendo el gobierno de la crispación.

Lo cierto es que basta con haber seguido mínimamente de cerca la realidad política de los últimos años para concluir que, más allá de las diferencias ideológicas, el problema no son tanto las divergencias de fondo. Ni siquiera los cálculos electoralistas de las formaciones. El problema, lisa y llanamente, se llama José Luis Rodríguez Zapatero.

Meapilas y nacionalista
Vicente Torres Periodista Digital 26 Diciembre 2009

En un principio, ser meapilas y nacionalista es como sorber y soplar al mismo tiempo, o sea, totalmente incompatible. Sin embargo, abundan los meapilas nacionalistas, cosa que obliga a prestar más atención al asunto, momento en el que se cae en la cuenta de que el meapilas se esfuerza sobre todo en aparentar. Tampoco cabe entender, a partir de este dato, que los meapilas sean insinceros con la religión y sinceros con el nacionalismo. La insinceridad es a tiempo total.

Un nacionalista puede serlo hoy y ayer no haberlo sido o mañana dejar de serlo. Un nacionalista nunca encuentra razones para serlo; no puede defender su postura en los círculos intelectuales, en los que cae derrotado a las primeras de cambio; los nacionalismos se nutren de los sentimientos, siempre manipulables, y su mejor argumento es el número: cuantos más sean los nacionalistas, más fuertes se sienten; lo único que tienen que hacer es no atender a quienes no opinan como ellos, o ponerlos en una suerte de lista negra. Descalificarles, etc. El arma de un intelectual es la palabra. Basta con quitársela para anularlo. Lo políticamente correcto hoy en día en determinado sitios es ser nacionalista. Quien ayer no le era ha pasado a serlo hoy, no vaya a ser que piensen de él que está loco y, por tanto, digno de ser enviado a una especie de archipiélago Gulag, o sea, a quedarse sin amistades, poco más o menos.

En este contexto, hay una serie de curas que han protestado por escrito por el nombramiento del nuevo obispo de su diócesis, José Ignacio Munilla. José Mantero fue suspendido a divinis por hacer pública su homosexualidad; sin embargo, ni Uriarte, ni Setién, ni esos curas rebeldes han sido suspendidos y ni siquiera llamados al orden. Pero José Mantero no puede dejar de ser homosexual, mientras que esos curas olvidan voluntariamente que su labor nada tiene que ver con la política.

Decepción y desánimo
Vicente A. C. M. Periodista Digital 26 Diciembre 2009

Si hay una palabra que me defina el mensaje de ayer noche del Rey es la de “decepción” y por eso he titulado así este escrito. Un discurso que no deja de ser, como ya presagiaba ayer, un “brindis al sol” y una sucesión de buenos deseos de paz, trabajo, unidad y concordia nacional, pero sin profundizar en nada y apelando a un consenso y “sentido de Estado”que positivamente sabe que es imposible por la actitud sectaria del actual partido en el Gobierno, el PSOE y su Presidente el Sr. Zapatero, que prefiere los pactos con los nacionalistas separatistas como el PNV.

El discurso ha estado plagado de referencias a los mantras y mensajes demagógicos del Sr. Zapatero, como la referencia a la “economía sostenible” cuya definición no se apoya salvo en el viento de las palabras huecas y sin contenido o lo de “trabajar juntos en la misma dirección” otro de los machacones tópicos que usan el Sr. Zapatero y el Sr. Blanco o la Sra. de la Vega, para culpar al PP de no colaborar en sus manejos y ser cómplices de su política suicida. La mención a las reformas emprendidas para combatir la crisis, más parece un sarcasmo, cuando la realidad es que España ha ido justo en el camino contrario que han emprendido los principales motores de la economía europea, Alemania y Francia. Y la mención a los parados no pasa de ser un mero mensaje de “consuelo” a la espera de una recuperación que no se vislumbra en el horizonte y mucho menos con la estrategia de "esperar a que escampe" y tener contentos a los Sindicatos.

Su referencia a la Unidad y diversidad de los pueblos de España y a la Constitución, debería haber tenido un énfasis mayor y pedir que esa independencia de las Instituciones sea respetada y real, y no como sucede ahora, que está sujeta a la lucha partidista por controlarlas. Siendo como es y ostenta el título de Conde de Barcelona, la secesión que se plantea en el Estatuto de Cataluña debería haber atraído su atención y pensar en que la Corona y la sucesión dependen de la cohesión territorial nacional y de la voluntad de la Monarquía en defender la Unidad de España y la Constitución. Ha hecho un llamamiento a la unificación del plan de Educación, algo muy loable en un País donde las Autonomías con lengua propia imponen con total impunidad la hegemonía de estas y aíslan al español, lengua y patrimonio común de todos los españoles.

En cuanto al terrorismo ha hecho una especial mención sin mencionarlo a Al Qaeda exigiendo la liberación de los cooperantes españoles secuestrados. Sin embargo para las FFAA ha pasado de largo llamando “misiones internacionales” a escenarios de guerra como en Afganistán y “vigilancia” a la misión de la lucha contra la piratería, cuando Francia, como otros, lo que hace simple y llanamente es combatirla. Aquí estamos de nuevo en no querer reconocer la situación real de las FFAA y rebajar el tono de sus intervenciones.

Todo este discurso de tres páginas y media y 13 minutos de emisión televisiva en formato digital, se queda en decepcionante, superficial y como dije al principio, un “brindis al sol” lleno de buenos deseos y no de actitudes firmes y resolutivas ante el descalabro económico y social que está sufriendo España. En mi opinión, hay que pasar de las palabras a los hechos y gestos. Y uno de ellos sería llamar a Zarzuela a los líderes de los principales partidos políticos y promover una verdadera cohesión y consenso. Esa es una de las facultades de los Jefes de Estado y D. Juan Carlos I lo es y así lo recoge la Constitución.

Cero en identidad
Jesús Royo Arpónwww.lavozlibre.com 26 Diciembre 2009

"Ser español es una de las pocas cosas serias que aún se puede ser en el mundo". Lo debió decir un tal José Antonio. Pues vaya chorrada. Ser español es estar apuntado en una lista de seres humanos, y nada más. Y en esa lista hay de todo: blancos, negros, rubios, morenos, cristianos, musulmanes, castellanohablantes, catalanohablantes, arabohablantes, listos y tontos. Lo de la identidad española, lo de las identidades en general, es una cantada como no hay dos.

Pero si eso está bastante claro para las naciones-estado, en el caso de 'naciones sin estado' al estilo de Cataluña o el País Vasco, el tema de la identidad es constitutivo. Entre paréntesis: se me ha escapado la expresión 'naciones sin estado', una terminología muy cara a Pujol, pero totalmente falsa. Cataluña será o no será una nación, pero en todo caso es una nación con estado: el Estado español. Eso es tan tonto como decir que Barcelona es 'una ciudad sin estado'. Eso de las 'naciones sin estado' pertenece a la ambigüedad difusa, equívoca y tramposa, tan del gusto del nacionalismo. Cierro el paréntesis.

Pues decía que en el caso de las naciones-no-estado, la identidad es esencial. No se trata de ser catalán o no serlo, sino de quién es más catalán y quién menos para poder discriminar. El nacionalismo es un criterio de discriminación. Artur Mas un día soltó el globo sonda del 'carnet por puntos' para adquirir la ciudadanía catalana. Y el tripartito, nuestro tripartito de izquierdas, está diciendo que, cuando obtengan la competencia en inmigración, exigirán el catalán como requisito para la residencia. Eso es la puerta del fascismo, y nadie que se diga de izquierdas puede tragar semejante porquería. Nadie está autorizado a medir la aceptabilidad de un ser humano.

Pero es que toda nuestra convivencia se basa en ese equívoco: que hay catalanes y no catalanes, semicatalanes, otros-catalanes, a-catalanes, catalanes bajo sospecha, o directamente anticatalanes. Pujol es más catalán que Montilla. Pero Montilla suple su fallo original a base de voluntad: no es catalán, pero quiere serlo, y eso ya es un mérito. En cambio, Vidal Quadras es catalán, pero no ejerce, y eso es aún peor. Aquí todo se basa en el "pus parla en catalá Déu li don glòria". Si tienes buenos apellidos, si eres catalanohablante, devoto de la Moreneta y del Barça y hablas con desdén de España, entonces eres un catalán modelo y se te abren todas las puertas. La Patria, llegado el caso, te lo recompensará: siempre habrá un puesto de trabajo para tu hijo o se te avisará a tiempo de las oportunidades de negocio, en fin...

Esa es la estafa del nacionalismo: la confusión entre ciudadanía e identidad. Frente a eso, hay que decirlo alto y claro: tan buen catalán es el catalanohablante como el castellanohablante, el Solé como el Sánchez, el forofo del Barça como el del Madrid, Jordi Pujol como mi amigo Mohamed. Si algún día se implanta la 'nota en identidad', me pido un cero. Soy mal catalán, soy mal español. O directamente me doy de baja: esa sociedad no sería digna de mí.

La democracia escoltada
FRANCISCO SOSA WAGNER El Mundo 26 Diciembre 2009

LA LEGISLATURA avanza entre trompicones y sobresaltos, enredada en asuntos diversos. Animados por la mejor intención, hay quienes despliegan una habilidad caliente para inventar problemas que llevan a cocinar desaguisados mayúsculos. A la vista de lo que ha ocurrido a día de hoy, no está mal la cosecha de año y medio de desvelos parlamentarios. Sin embargo, hay algo de lo que apenas se habla y, si se hace, es siempre en voz baja o en un imperceptible balbuceo.

Me refiero a ese objeto dormido, solitario, que vaga como un gorrioncillo perdido por los pasillos del edificio constitucional y que llamamos «reforma de la ley electoral». Han pasado muchos años desde que se diseñó el sistema actualmente vigente, por lo que el buen criterio impone revisarlo y ponerlo a punto agradeciéndole educadamente sus virtuosos servicios. Porque es un hecho que, tras las elecciones de 2008, fue tan clamoroso el dislate resultante del reparto de escaños (hubo dos partidos que, con el mismo número de votos, obtuvieron seis y un escaño respectivamente) que el propio Gobierno encargó al Consejo de Estado la elaboración de un dictamen que permitiera afrontar este problema de manera sólida y, al mismo tiempo, respetuosa del orden constitucional. Hace ya largo tiempo que este dictamen ha sido evacuado con la solvencia esperable, como hace ya largo tiempo que se encuentra constituida una Subcomisión parlamentaria a la que se encargó abordar este asunto.

Las noticias más benevolentes dicen que la tal Subcomisión duerme un sueño envuelto en espesura de silencios. Según me cuentan, a veces, una voz velada la requiere y, entonces, animosa, abre un ojo, se despereza, se yergue incluso, hasta que de nuevo alguna pócima, administrada por un malandrín o follón, la sepulta en su abismo. Y allí, a ese arcano, se lleva sus secretos, especialmente el que podría despertar a nuestra democracia.

Pues sépase que es la nuestra una democracia dormida y, como luego se verá, escoltada. Una democracia que, acunada por la nana de la derecha y la izquierda, parece haber encontrado postura en una siesta profunda, en una de aquellas siestas antiguas, de oración, pijama y orinal. Siesta peligrosa porque no es intervalo, la pausa imprescindible para tomar fuerzas, sino que tiene todas las trazas de convertirse en un descanso prolongado y pegajoso como légamo oscuro.

Buscar una fórmula para despabilar a la durmiente Subcomisión debería ser tarea urgente de los demócratas. Porque la democracia es un sistema delicado, frágil, que como tal exige cuidados y desvelos, la vigilia de sus seres queridos y cercanos. Para que no desfallezca, para que conserve su lozanía y no se agriete, ni quede a la intemperie, menos en las garras de sus enemigos. Porque no existe sistema alternativo que nos garantice una vida pacífica y de entendimiento mutuo, la democracia ha de estar provista de antenas sensibles que sepan captar aquello que en la sociedad -cuyos destinos rige- bulle y se mueve. La democracia, como ser vivo, ha de absorber los nutrientes que le permitan regenerar sin desmayo su cuerpo, abrillantarlo, tensar sus alas y, al tiempo, conjurar sus zozobras y acallar los gritos de muerte helada de sus demonios. La democracia necesita la mano audaz de la energía, la flauta de la imaginación, el bullicio en sus intimidades de la sangre hirviente de la virtud cívica.

Una democracia rígida, que no admite variaciones en su seno, se acaba convirtiendo en una democracia orgánica, yerta en sus eternidades y en la inalterabilidad de sus principios gloriosos e inamovibles. O en una de esas democracias tramposas que han instaurado donde han podido los comunistas, esos grandes secuestradores precisamente de la democracia y de las libertades a lo largo de todo el siglo XX.

La democracia no puede ser una estatua a contemplar, la piedra cincelada de una vez por todas por la mano del artista. Por el contrario, la democracia ha de saber alargar su cuello para ver las extensiones en las que cuaja el porvenir; ha de llevar en sus entretelas el gusto por la renovación de la vida en libertad. Debemos dejarnos acompañar por ella como la sombra que refleja el ansia implacable de justicia.

Si todo esto es así, es evidente que una democracia no puede caminar escoltada por dos gendarmes que, además, siempre son los mismos. Porque esto lleva a que el espectador se canse, se hastíe y le vuelva la espalda. La democracia es a veces comedia, a veces drama, siempre un poco de teatro. Y es tal condición la que obliga a renovar los decorados, el vestuario y los artistas. Para evitar el vacío de la sala mayormente.

Este peligro del vacío, es decir, de la abstención, se ha hecho visible en España en muchas ocasiones, a veces memorables, la más clamorosa de las cuales fue el referéndum del Estatuto de Cataluña, una necesidad angustiosa de un pueblo que él mismo ignoraba padecer. Y las sucesivas consultas electorales muestran en estos últimos años cómo el votante se retrae, se aleja de la urna al sentirse ajeno al sistema, desentendido de su suerte. Otra cosa es que en la valoración de los resultados se olviden esos miles y miles de votos en blanco que expresan la conciencia negra de la democracia, o no se cuente a quienes se quedaron en casa oyendo a Mozart o se fueron a tomar unas gambas a esa playa donde las brisas nos desvelan su magnífico enigma de fragancias.

En la República Federal Alemana se ha podido detectar este mismo fenómeno en las últimas elecciones legislativas celebradas el pasado mes de septiembre. Se han publicado allí varios libros que contienen una especie de juicio crítico al sistema democrático hecho por los médicos del cuerpo social. Uno de ellos hizo bastante ruido: su autor es un periodista vinculado a Der Spiegel llamado Gabor Steingart que ha llamado a la democracia alemana «la democracia robada» (Die gestohlene Demokratie, Piper, 2009). Este hombre propició una campaña bastante activa en favor del abstencionismo electoral que -como digo- desató una nada desdeñable polémica con participación de muchos ciudadanos en el debate (en parte estas voces se hallan recogidas en el mismo libro).

Hay en él un análisis demoledor de las formaciones políticas que se disputan los escaños en aquel país, como lo hay respecto del sistema electoral al que descalifica por propiciar la partitocracia, es decir, el predominio de unos partidos que no saben contraer su acción y su presencia a los ámbitos que la Constitución les acota, sino que se desparraman por todos los intersticios de la vida social, sofocándola y contaminándola con sus enredos y sectarismos.

LEYENDO SU ALEGATO, fundado y con buena asistencia de argumentos históricos extraídos de la experiencia de Weimar, yo pensaba en qué diría este hombre si conociera la realidad electoral española, donde es imposible en decenas de circunscripciones que salga elegido un diputado que no pertenezca a los partidos que escoltan nuestra democracia. Pues en Alemania, aun con la ley electoral criticada, se pasó del dúo de demócratas cristianos y socialdemócratas al terceto (con los liberales), después al cuarteto (los verdes) y hoy al quinteto, al incorporarse «la izquierda» (Die Linke), «el partido más joven que tiene en su seno el mayor número de jubilados», como divertidamente anota Steingart.

Nada de esto es posible en los pagos hispanos, cercenada de raíz como está toda posibilidad de enriquecimiento de nuestro hemiciclo por causa de una ley perversa que tiene el desparpajo de prescindir de la voz de millones de ciudadanos, es decir, de tirar literalmente su voto a la basura cuando éste no se ha dirigido en la dirección correcta. Instaurar una auténtica pluralidad de opciones, dando a cada papeleta de voto el valor que merece el ser humano que la selecciona, es ya una tarea urgente si se quiere librar a nuestra democracia de la asfixiante protección de sus escoltas.

Francisco Sosa Wagner es catedrático y eurodiputado por UPyD. Su último libro es Juristas en la Segunda República (Marcial Pons, 2009).

******************* Sección "bilingüe" ***********************

El problema catalán
JULIÁN DELGADO. ÚLTIMA HORA DE PALMA DE MALLORCA  26 Diciembre 2009

En Cataluña, durante la égida de Jordi Pujol, se fue forjando una sociedad cerrada que contrasta con el pasado carácter abierto de Cataluña. No sólo pretendió éste formar un sistema de poder, sino que también y, principalmente, creó un montaje ideológico con pretensión de que fuese consistente. Pero, ahora, al cabo de los años, se pone en evidencia su endeblez.

Más que en presidente de la Generalitat, Pujol se erigió en un Mesías, con una visión dogmática y estrecha del mundo y de la sociedad. Interesado sólo en su propia preeminencia personal Pujol no desarrolló una formulación moderna, ni una práctica coherente ni realista del nacionalismo. Su nacionalismo fue magmático y por ello resultaba peligroso, a la vez que creaba un vacío conceptual, político e intelectual que dejaba el campo libre al mero sentimentalismo y, por tanto, a todos los populismos. No es una visión política moderna, se sustenta en lo sentimental, con lo cual el soñado Estado catalán pertenece al mundo de lo metafísico. Pujol pontificó sobre todo, pero lo hizo de manera tan zafia, que ni tan siquiera acotó el tema del irredentismo independentista, ahora considerado inmediato y urgente, con el quecomulga una parte de su partido, estimulado por el propio Pujol. Creó una fuerte mitología nacionalista, una nueva religión civil monoteísta, de cuya iglesia, el Honorable era Sumo Pontífice. De esta manera, el pujolismo fue penetrando en la sociedad como amalgama de los espíritus, como una verdad sagrada e indiscutible, así como, a la vez, confusa, que llegó a convertirse en hegemónica.

Con esta doctrina se hechizó a la sociedad mermando el pluralismo y enmudeciendo al disidente. Cualquier crítica a la acción política se interpretaba como herejía y al impío como un blasfemo, acreedor del anatema y del repudio de los fieles. Surgió una especie de pensamiento falaz, anacrónico, petulante y falsamente transversal, que fomentó una sociedad acrítica a la que se otorgó una tabla de mandamientos que, como en todas las religiones, su objetivo no fue otro que elcontrol del pensamiento y, siguiendo el símil religioso, de las almas, del espíritu.

Pero ello no era suficiente para adormecer y dominar a una sociedad rica, abierta, solidaria, innovadora que salía de un régimen totalitario y ansiaba gozar de libertades como la que más. Fue preciso completar la reconstrucción pujolista con un sistema de poder que permitiera la dominación, a base de un intervencionismo pétreo. Se configuró eliminando contrapoderes, convirtiéndolos en parte del sistema y en adoradores del mismo dios. De esta manera, el sacro pensamiento pujolista, formuló arcaicas y utópicas invocaciones, de base sentimental, jamás intelectual, con el fin evidente de lograr controlar el escenario político, social, cultural, económico, financiero y mediático. Desde luego, el uso nada accidental de la corrupción también jugó un gran papel.

Y así estábamos cuando llegó el autonomista Maragall, que para dar el salto a la Generalitat abrazó todas las mitologías del pujolismo y le añadió otras aún más insensatas. De la noche a mañana se convirtió a la fe auténtica, repitiendo el tantra nacionalista más impenitente. Lo hizo sin que nadie se lo pidiera, con un único interés personal y partidista,arrastrando a su partido a una deriva extraña a todos los principios de éste. Extrajo de su cabeza, ya débil, un delirio: un Nuevo Testamento. Fue el Estatut basado en el federalismo asimétrico que hacía añicos la Constitución, y que convertía los ideales federales republicanos en una tibia creencia.

Quien puso la bomba en la línea de flotación del Estado fue Maragall. Montilla sólo ha tenido que subirse al papamóvil y defender aquel Evangelio. Y lo grave es que en el horizonte no aparece ningún esquema resolutorio que no implique un precio incierto y a buen seguro bastante alto.

POLÍTICA | 'La Constitución también es de los catalanes'
El PP vería 'contradictorio' que Cataluña les castigara por el recurso del Estatut
Europa Press | Barcelona El Mundo 26 Diciembre 2009

La secretaria general del PP, María Dolores de Cospedal, ha criticado la tardanza del Tribunal Constitucional (TC) en dictar sentencia sobre el Estatut, algo que achacó a que el alto tribunal tiene "serias dudas sobre su constitucionalidad".

"Si se está tardando tanto es porque no es clara la constitucionalidad del Estatut porque en ese caso no llevaríamos tres años y medio con ello", afirmó De Cospedal en declaraciones a Europa Press.

En este sentido, la 'número dos' de los populares admitió que "uno de los mayores problemas" con el Estatut es que el TC "está tardando demasiado" en dictar sentencia. En este punto, dijo compartir el axioma de que "una justicia lenta puede dejar de ser justicia". "Creo que eso se hace bastante evidente en muchos casos y éste es uno de ellos", agregó.

Al ser preguntada por si teme que el electorado pueda castigar al PP si el TC recorta el texto aprobado en referéndum, De Cospedal señaló que sería "una contradicción", ya que en ese supuesto, explicó, "algunos tendrían que asumir que algo no estaba bien hecho".

Criticó que, ante el recurso del Estatut al TC por parte del PP y de las comunidades autónomas como Baleares o Aragón, "el problema" sea que han presentado un recurso y no el contenido de la ley por la que se ha acudido al Constitucional.

"Eso es inadmisible porque eso es tanto como admitir que hay partes del ordenamiento jurídico que pueden estar formadas por los estatutos de autonomía o por cualquier otro tipo de ley que tienen que quedar siempre al margen de la constitucionalidad. Y eso es terrible en un Estado de Derecho, en el que nadie puede estar por encima de la ley", proclamó.

De Cospedal dijo que si a alguien no le gusta la Carta Magna o el TC que salvaguarda el texto constitucional, entonces se tendrá que plantear la reforma de la Constitución. Pero lo que no se puede hacer, prosiguió, es "tratar de vulnerar por la puerta de atrás" el ordenamiento que han aprobado todos los españoles.

"Y tengo que recordar que en Cataluña los catalanes votaron a favor de nuestra Constitución, porque es también la Constitución de Cataluña. Porque esto se suele olvidar", indicó.

SE QUEJA DE LAS CRÍTICAS AL RECURSO DEL PP
Cospedal: "El TC tarda porque no es clara la constitucionalidad del Estatut"
El fallo del Estatut, del que tanto se ha hablado en los últimos meses, sigue sin llegar. Ante el clamoroso silencio del TC Cospedal ha manifestado que se debe a que no "es clara" la constitucionalidad del texto. También ha lamentado las críticas de que está siendo objeto su partido.
EUROPA PRESS Libertad Digital 26 Diciembre 2009

"Si se está tardando tanto es porque no es clara la constitucionalidad del Estatuto de Cataluña porque en ese caso no llevaríamos tres años y medio con ello", declaró De Cospedal en una entrevista concedida a Europa Press.

En este sentido, la número dos de los populares admitió que "uno de los mayores problemas" con el Estatuto catalán es que el TC "está tardando demasiado" en resolver. En este punto, dijo compartir el axioma de que una Justicia lenta puede dejar de ser Justicia. "Creo que eso se hace bastante evidente en muchos casos y éste es uno de ellos", agregó.

Al ser preguntada si temen que el electorado les pueda castigar si la sentencia del TC recorta el texto aprobado en referéndum, De Cospedal señaló que sería "una contradicción", ya que en ese supuesto, explicó, "algunos tendrían que asumir que algo no estaba bien hecho".

Dicho esto, criticó duramente que ante el hecho de que un partido como el PP o una comunidad autónoma como Baleares o Aragón hayan recurrido esta reforma ante el TC, "el problema" sea que han presentado un recurso y no el contenido de la ley por la que se ha acudido al Constitucional.

Un cambio por la "puerta de atrás"

"Eso es inadmisible porque eso es tanto como admitir que hay partes del ordenamiento jurídico que pueden estar formadas por los estatutos de autonomía o por cualquier otro tipo de ley que tienen que quedar siempre al margen de la constitucionalidad. Y eso es terrible en un Estado de Derecho, en el que nadie puede estar por encima de la ley", proclamó.

De Cospedal dijo que, si a alguien no le gusta la Carta Magna o el TC que salvaguarda el texto constitucional, entonces se tendrá que plantear la reforma de la Constitución. Pero lo que no se puede hacer, prosiguió, es "tratar de vulnerar" por "la puerta de atrás" el ordenamiento que han aprobado todos los españoles. "Y tengo que recordar que en Cataluña, los catalanes votaron a favor de nuestra Constitución, porque es también la Constitución de Cataluña. Porque esto se suele olvidar", indicó.
 

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