AGLI

Recortes de Prensa   Viernes 12 Marzo  2010

 

Seis años después, el silencio oficial
EDITORIAL Libertad Digital 12 Marzo 2010

"¡Silencio, silencio he dicho! ¡Silencio!". Con esas palabras de Bernarda Alba terminaba la obra de Federico García Lorca. La pretensión de la protagonista era enterrar un hecho vergonzoso, algo de lo que no podía sentirse orgullosa y que podía poner en entredicho el honor de la familia. Por lo que se ha visto durante este sexto aniversario de la mayor masacre terrorista de nuestra historia, algo debe avergonzar enormemente a la España oficial, en vista del nada disimulado esfuerzo por querer pasar página que han mostrado durante la jornada de ayer tanto políticos como periodistas.

Así, la ausencia de toda referencia al 11-M en las portadas de buena parte de la prensa española no deja de ser una consecuencia más o menos inevitable de su renuncia a la obligación periodística de intentar averiguar siempre toda la verdad. Una verdad que debería buscarse aún con más ahínco en lo referido al mayor atentado de nuestra historia, atentado que además tuvo unas claras consecuencias políticas que a nadie se le ocultan.

Son precisamente estas consecuencias las que, en buena parte, podrían explicar que el PSOE no quiera que se hable en exceso de la masacre. Llegó al poder mediante la manipulación torticera de los atentados, en unos días donde al parecer no estaba de moda que la oposición tuviera que "arrimar el hombro" y, por tanto, los socialistas se vieron en el perfecto derecho de violar la jornada de reflexión. Pero con ser esto malo, peor es el papel del Gobierno en la promoción de la cúpula policial responsable, según la versión oficial, de la negligencia que permitiría a los condenados en el juicio cometer el atentado pese a la vigilancia a la que estaban sometidos. Y eso sin hablar de quienes eliminaron pruebas y participaron en la creación de evidencias falsas como el Skoda Fabia.

El PP, por su parte, también ha abandonado su apoyo inicial a la investigación de los atentados, primera y principal víctima de la táctica de perfil bajo que iniciara tras la derrota de 2008. El principal partido de la oposición estaba entonces en el Gobierno, y no parece querer recordar su gestión durante aquellos días, ni durante las semanas posteriores al atentado, cuando tuvieron lugar algunos otros hechos importantes, como los de Leganés.

Tanto ánimo hay de ocultar este horrendo crimen que el Gobierno ha tenido que improvisar un acto en el Congreso de los Diputados ante el escándalo de saberse que Zapatero no participaría en ninguna conmemoración del 11-M. Pero hete aquí que durante el mismo se ha dado a conocer la decisión de borrar esta fecha del calendario, reservando el 27 de junio como el único día en que se recordará y homenajeará a las víctimas del terrorismo. No es una fecha especialmente criticable la del primer atentado mortal de ETA, aunque podría argumentarse que la fecha lógica para dicha conmemoración debería ser aquella en que tuvo lugar el mayor atentado de la historia de España. Pero lo que no parece aceptable es que se aproveche un acto de recuerdo del 11-M en el Congreso de los Diputados para anunciar que no volverá a tener lugar ningún otro en la sede de la soberanía nacional.

Silencio y nada más que silencio parece ser la consigna. La España oficial parece querer hurtar la memoria, la dignidad y la justicia a las víctimas del 11-M. Las miserias de nuestras élites vuelven a atacar a quienes más deberían merecer nuestro respeto y atención. Libertad Digital, no obstante, nunca se sumará a esta corriente ahora mayoritaria. Sería renunciar a nuestra esencia.

Un día para no olvidar
Editorial La Razón 12 Marzo 2010

España conmemoró ayer el sexto aniversario de los atentados del 11 de marzo, en los que fueron asesinadas 192 personas y otras 2.000 resultaron heridas. Las principales instituciones del país y la clase política en pleno, así como distintos colectivos de la sociedad civil, rindieron diversos homenajes a los afectados por las explosiones en los trenes madrileños. La jornada sirvió también para expresar un público reconocimiento a todas las víctimas del terrorismo en nuestro país. Por primera vez, el Congreso acordó por unanimidad declarar el 27 de junio como Día de Homenaje a las Víctimas del Terrorismo. Ese día de 1960, ETA asesinó por primera vez, concretamente a una niña de 22 meses llamada Begoña Urroz, que murió calcinada en un coche como consecuencia de un artefacto explosivo de la banda en la estación de autobuses de San Sebastián. En democracia los gestos nunca sobran, pero cuando se producen como un acto de reparación pública a quienes lo dieron todo por la libertad de los españoles, cobran una trascendencia y un valor altamente relevantes.

En los últimos años, el Estado de Derecho ha colocado a las víctimas en el lugar de privilegio que les correspondía después de años de haberlas mantenido, intencionadamente o no, en un segundo plano. Las víctimas del terrorismo han dado un ejemplo encomiable de compromiso en defensa de los derechos fundamentales y en el combate permanente contra los asesinos y sus cómplices en condiciones difíciles y complejas. Su autoridad moral y su coraje democrático obligan a la sociedad y a los poderes públicos no sólo a escuchar sus opiniones, sino a atender sus necesidades. Desde hace años, una de las principales reclamaciones ha sido la de que los delitos terroristas no prescribieran. Hasta hoy, esa petición no había sido atendida y el agujero legal había permitido que varios crímenes quedaran sin castigo y que, por tanto, no hubiera justicia para algunas víctimas. Afortunadamente, la reforma del Código Penal, respaldada por PSOE, PP y CiU y que el Congreso comenzó a debatir ayer, acabará con ese espacio de impunidad. Es otra gran victoria de las víctimas.

Los políticos entendieron ayer adecuadamente que las víctimas están muy por encima de las luchas partidistas y de su rivalidad habitual. Todos los grupos estuvieron en su sitio, en lo que desearíamos que fuera su actitud siempre. Que se instrumentalice el dolor y el sufrimiento sólo retrata la bajeza del que lo hace, sea político o, incluso, víctima. Que se haga además en una jornada como la del aniversario del 11-M, como ocurrió con una soflama desafortunada, únicamente degrada al responsable.

El 27 de junio será una jornada especial. Lo era hasta hoy para la familia de Begoña Urroz, y lo era por extensión para el conjunto de las víctimas. La sociedad española tiene el deber de la memoria, la reparación y la justicia hacia un colectivo imprescindible para preservar la dignidad del Estado de Derecho. El final del terrorismo sólo llegará cuando las víctimas lo sientan realmente, y eso sólo será posible con la derrota inapelable, sin atajos negociadores, de los terroristas.

11-M
De la desilusión
Agapito Maestre Libertad Digital 12 Marzo 2010

La conmemoración del 11-M pone en evidencia la crisis del sistema. Todo ha sido caos y dispersión por parte de los políticos. Buscan el olvido. Las víctimas han ido por un lado, mientras que los políticos intentan diluir el acontecimiento en retóricas vacías. Pero, antes de nada, es menester recordar qué nos trajo exactamente el 11-M: un cambio de Gobierno. También afectó decisivamente a la transformación del régimen político. Y, por supuesto, nadie debería sustraerse a repensar la principal conclusión surgida de ese acontecimiento trágico: fue un golpe de Estado. El golpe de Estado perfecto es, sin duda alguna, el que menos se nota. El golpe de Estado es psicológico o no es. Fue psicológico el 23-F, y también lo fue el 11-M. El sistema político quedó noqueado. La salud mental y política de los españoles aún no se ha recuperado.

La ciudadanía española sigue trastornada por la dureza del golpe. Desde entonces hasta hoy, a pesar de las consignas "pacifistas" del régimen de Zapatero, todo es desilusión, deriva y engaño. O peor, autoengaño. La casta política es tan frívola que saca pecho, y cree que tiene todo en sus manos. Necios. También a ella le pasará factura este trauma. Pobres. Los miembros de la casta siguen felices, haciendo como que no pasa nada. Son piruetas de distracción para que nadie exija democracia. Destacan, en estos obscenos juegos de simulación, Bono, que cree que engaña a las víctimas con sus ridículas soflamas, y Zapatero, que incluso pasa de las víctimas con una dejadez propia de dictadorzuelo caribeño.

De acuerdo, de momento ellos están salvándose, pero no será por mucho tiempo; para empezar estos ocupas de las instituciones, incluidos los burócratas que controlan los partidos, empiezan a ser percibidos como un peligro público. Miren las encuestas y comprobarán su descenso de popularidad. Ellos insisten en "administrar" su poder, o sea, procuran decirnos a cada momento qué es y qué no es la "democracia", pero el personal los desprecia, e incluso comienza a ponerlos como los primeros responsables de la crisis económica. ¡Quizá por aquí, ojalá, el personal empiece a pedirle responsabilidades a la casta por su silencio ante la investigación del 11-M! Pero mientras que de la fatalidad no surja un poco de libertad, tenemos la obligación moral de ser realistas. Repitamos lo obvio: nadie sabe nada sobre el 11-M, excepto que sirvió para que llegara Zapatero al poder y, de paso, eliminó cualquier atisbo de una oposición política fuerte y contundente con el socialismo en el poder.

Respecto a los medios de comunicación tampoco da para mucho la cosa: la mayoría traga con la versión oficial y, en el sexto aniversario del atentado, las portadas de la mayoría de los periódicos ya no recogen la conmemoración del 11-M con el respeto que merece tal acontecimiento. Son los mismos medios que han tratado de ocultar lo inocultable, de olvidar lo inolvidable. Serán, en fin, los principales cómplices que tendrán Zapatero y Bono para borrar, definitivamente, la conmemoración del 11-M, porque no se atreverán a criticar la fechoría de pasar la fecha del 11-M al 27 de junio. ¡Se necesita tener cara!

En todo caso, puede que el gentío pase del 11-M, quizá la chusma no quiere saber quién se cargó la democracia, e incluso habrá millones de votantes que estén satisfechos con Zapatero, pero nada de eso nos impedirá levantar acta de lo obvio: el sistema político está muerto. No ilusiona a nadie. La convivencia política está en cuestión, entre otros motivos, porque la representación política es peor que defectuosa, falsa; la organización territorial del Estado ha matado a la nación; y, finalmente, la Justicia está sumida en el caos.

Hoy por hoy, a la vista del fracaso de la sexta conmemoración del 11-M, todo es desilusión.

11-M
Otro mundo (peor) es posible
Cristina Losada Libertad Digital 12 Marzo 2010

Seis años es tiempo. Pero la historia se repite. El Congreso celebra un homenaje a las víctimas del 11-M y, justo antes, fija el 27 de junio como Día de las Víctimas del Terrorismo. En aquella fecha, en 1960, ETA asesinó a una niña. Bienvenida sea la decisión tardía. Aunque así se le reste trascendencia al mayor atentado de nuestra historia. El que marcaría un antes y después. Por vez primera, de forma significativa, se culpó de un acto terrorista al Gobierno. No sé por qué lo digo en pasado. Ahí está Pilar Manjón, cuyo hijo murió en los trenes, descargando su dolor contra Aznar y Aguirre y unos "señores de la guerra con las manos manchadas de petróleo". ¡Todavía el petróleo! Qué resistencia a la realidad y en qué poco se tiene a los iraquíes, que acaban de ir a las urnas masivamente.

Ya lo predijo Oriana Fallaci. Tras glosar la unidad y la determinación de los norteamericanos frente a los atentados del 2001, escribió que si Europa se viera sometida a una prueba similar, el Gobierno hubiera culpado a la oposición y la oposición al Gobierno. Pero creo que no previó el derrumbe moral de la sociedad. Quizás no conocía bien España. Para mejor conocerla, el CSIC acaba de difundir un estudio sobre los 70.000 mensajes depositados en los altares que se improvisaron en las estaciones de Atocha, El Pozo y Santa Eugenia. La palabra "paz" era la más repetida y, entre los lemas, descollaba "otro mundo es posible". En síntesis, la expresión de la huida.

El informe destaca diferencias. Mientras en Nueva York abundaron los mensajes patrióticos y de unidad "basada en el miedo al terrorismo", en Madrid primaron los "positivos, pidiendo paz y la construcción de un mundo mejor". Tengo para mí que los neoyorquinos también vislumbraron que otro mundo era posible. Uno mucho peor. Uno donde se mata a los infieles, rige la sharia, se lapida a las mujeres y se cuelga a los homosexuales. Y que, por ese motivo, se unieron para defender su mundo, el que solíamos llamar civilización. Una actitud que, según el criterio del CSIC, sería negativa y mero fruto del temor. Pues si matan a cientos o miles de compatriotas, lo valeroso y constructivo es izar la bandera blanca, soltar unas palomas y dejarse de provocar a los agresores. Ah, y correr las cortinas. Así nos ha ido.
Cristina Losada es uno de los autores del blog Heterodoxias.net.

La crisis del 11-M
Editorial ABC 12 Marzo 2010

LOS atentados del 11 de marzo de 2004 siguen dolorosamente vivos en la memoria de las víctimas y sus familias, y también en la sociedad española. No puede ser de otra manera, porque la magnitud de aquella masacre aún hoy sigue siendo inconcebible. Las secuelas físicas y psíquicas de los heridos y la destrucción de muchas familias son el testimonio vivo de la extrema crueldad de un grupo de fanáticos criminales que, por desgracia, lograron todos sus objetivos. Toda mirada atrás debe servir para aprender de la experiencia y no repetir errores en el futuro. Porque en el 11-M, entendido como esos fatídicos días que transcurrieron desde el atentado hasta las elecciones generales del día 14, España se rompió como sociedad política. Los terroristas consiguieron todos sus objetivos. Lograron, por supuesto, la matanza más brutal cometida en suelo europeo. Cambiaron el más que probable resultado electoral. Rompieron los puentes entre los principales partidos políticos y dieron paso a un período de crispación y revanchismo. Incluso en la actualidad aún se puede temer que muchas heridas sólo hayan cicatrizado superficialmente. Mientras que el 11-S unió, el 11-M rompió, porque, además de un atentado, fue una crisis nacional.

Por eso hay que recordar el 11-M sin falsos sentimentalismos, sin concesiones a la prosa fácil, porque la democracia sufrió entonces sus peores jornadas. Aquel acto terrorista -y no una determinada política antiterrorista- fue obscenamente manipulado contra el Gobierno del PP, tachado de mentiroso por afirmar que había sido ETA la autora del atentado. Entonces sí que faltó, y mucho, la lealtad de la oposición para derrotar a los terroristas. Pero éstos ganaron también la apuesta estratégica de dividir a los españoles y de propiciar la derrota del PP. El PSOE ganó esas elecciones legítimamente con sus votos. Esto es indiscutible. A partir de entonces, los siguientes cuatro años de vida política en España fueron el escenario de las consecuencias de aquel atentado: marginación antidemocrática del Partido Popular, negociación política con ETA -con todo lo que exigía de intromisión en la Justicia-, ostracismo de las víctimas de esta banda terrorista, política exterior tercermundista.

Hoy pueden recordarse aquellos atentados porque los costes de su manipulación han pasado factura y sus efectos políticos provocaron una crisis que todavía perdura, agravada por los intentos del Gobierno de fracturar una sociedad ya de por sí dividida.

Europa desde América
ANTONIO GARRIGUES WALKER, Jurista. ABC 12 Marzo 2010

Vuelvo de un viaje a Nueva York con dos reflexiones principales:

-La primera puede resumirse así. América ya no soporta la crisis. No la desconoce porque no puede hacerlo. Es demasiado real y está demasiado presente. Pero le harta y hasta le humilla seguir hablando del tema. Quiere pasar página ya. No más tarde de ya. Es un país que mira permanentemente al futuro entre otras cosas porque es joven, tremendamente joven y, sobre todo, porque tiene una sociedad civil especialmente dinámica y eficaz. No le interesa ni le divierte -como tanto nos gusta en Europa- darle vueltas políticas e intelectuales al origen de la crisis, ni a los auténticos culpables de la misma, ni a valorar de mil formas sus consecuencias visibles e invisibles. No se plantea, desde luego, llevar a efecto cambios radicales, ni tolera, en modo alguno, pesimismos sobre su capacidad para superar la situación. Tienen el convencimiento -que comparto- de que, a pesar de ser el gran culpable de la crisis, son el único país del mundo que está en condiciones de recuperar, incluso a corto plazo, la vitalidad del sistema y, con ello, el crecimiento económico sostenido.

-La segunda reflexión tiene que ver con la pérdida de prestigio que está acumulando Europa en los EE.UU., tanto en los medios de comunicación como en los ambientes empresariales. Nuestra imagen es cada vez más negativa. Los recientes artículos en el Financial Times, en The Wall Street Journal y en la revista Time aluden al «increíble hundimiento de Europa», a la «crisis absoluta de ideas», a la creciente e irreversible «descoordinación de políticas» en todos los órdenes y especialmente en el terreno económico y en el de la acción exterior, con lo cual su papel en el mundo se hace cada vez más irrelevante. La incapacidad para ofrecer una sola posición, para tener una sola voz, es, nos dicen, penosa e injustificable. El papel de Europa en la cumbre de Copenhague sobre el cambio climático fue -para varios comentaristas- un ejemplo más, y no el más importante, de nuestra insignificancia política.

Estas dos reflexiones deben hacernos reaccionar. La relación entre Europa y los Estados Unidos tiene que convertirse en el tema esencial, e incluso prioritario, de la política exterior europea, y España, que ha asumido la Presidencia, debe concentrar sus esfuerzos en evitar que este proceso de distanciamiento se haga irreversible. Y no va a ser tarea fácil.

Los europeístas clásicos no son conscientes del riesgo. Piensan que Europa, a pesar de todas las dificultades, sigue avanzando y progresando correctamente en sus objetivos fundamentales y no les inquieta ni la lentitud paquidérmica del movimiento ni la aceleración de acontecimientos en el resto del mundo, ni las nuevas circunstancias y realidades. Se resisten a aceptar la verdadera situación europea que puede resumirse en los siguientes puntos:

-Una natalidad en decadencia (España sigue encabezando esta lista) que, a pesar de la inmigración, está produciendo un envejecimiento de la población, que a su vez reduce inevitablemente la vitalidad y el dinamismo de la sociedad. Ese no es el caso de los EE.UU. que mantiene el índice de 2.1 hijos por mujer.

-Una inmigración poco controlada y asumida, generadora de conflictos sociales crecientes que necesita de políticas de integración costosas y difíciles de diseñar.

-Sectores públicos, en general sobredimensionados, que, en varios países, en vez de decrecer, aumentan en número y en incompetencia y que reducen gravemente el ámbito del mercado.

-Un eje director y decisivo franco-alemán que, aunque parezca unido en algunas situaciones excepcionales, sigue manteniendo discrepancias en muchas áreas y defendiendo prioridades distintas de acuerdo con los intereses respectivos.

-Una Gran Bretaña que nunca acabará de decidir su integración plena en Europa y que conservará su mercado de capitales, su moneda y su relación privilegiada con los EE.UU. y con la Commonwealth.

-Unos nacionalismos intensos que generan deplorables políticas defensivas en forma de excepciones tanto culturales como económicas y sociológicas.

-Un mercado que está muy lejos de ser un mercado único tanto por el peso del sector público como por las políticas proteccionistas, directas e indirectas, visibles e invisibles.

-Una política agraria cada vez más absurda y más indefendible.

-Una incapacidad absoluta para poner en marcha políticas comunes en temas básicos como defensa, política exterior e inmigración.

-Un antiamericanismo a varios niveles que hace que el diálogo no tenga la naturalidad y la sinceridad que se requiere.

-Un cansancio histórico profundo y un grave descenso de los niveles éticos.

Europa tiene sin duda muchos valores positivos y una fuerza potencial enorme, pero tendrá que darse cuenta en algún momento de que su futuro está en peligro y salir del conformismo y la resignación en los que parece instalada. Estamos viviendo, desde hace tiempo, y a escala global, una guerra económica -y por lo tanto una guerra de poder- en la que participan como actores principales tres bloques de países: los que componen el eje del Pacífico (China, Japón e India, principal pero no exclusivamente); el continente norteamericano, fundamentalmente USA, pero con la importante sinergia que aportan Canadá y México; y los 27 países que de momento conforman la Unión Europea que seguirá creciendo hasta agotar la cantera. Nuestra situación, entre una potencia claramente superior como es la norteamericana y unos países asiáticos que están desarrollándose con unos índices de crecimiento espectaculares tanto en lo económico como en lo científico, lo tecnológico e incluso lo cultural, es una situación dramática. Si hubiera que apostar a ganador poca gente lo haría por una Europa que no parece dispuesta a recuperar el realismo, el vigor moral y la capacidad de acción que se necesitan para salir de este largo y profundo letargo.

Lo inquietante de esta situación es que los procesos de decadencia -como demuestra la historia- no se detectan con facilidad. Los signos inequívocos de la inmersión en estos procesos sólo se hacen visibles en un momento muy avanzado porque este género de decadencia tiene unas fases placenteras que van adormeciendo, confundiendo y debilitando el ánimo. De la «pax romana» y luego «europea», hemos pasado -y allí estaremos algún tiempo- a la «pax americana» y quizás más tarde a la «pax asiática», con lo cual la agenda del Pacífico superará con mucho -ya lo está haciendo en varias áreas sensibles- a la agenda Atlántica. No tiene que pasar eso de forma necesaria. Pero ¿cómo despertamos a tiempo a la bella durmiente?

¿Español o castellano? ¿Cómo se llama nuestra lengua?
JUAN JULIO ALFAYA Periodista Digital 12 Marzo 2010

Ramón Ribes escribe en el Diario de Córdoba:

Hace algunos meses, estando en la cola de la oficina de Correos de Santa Rosa, pregunté al funcionario el motivo del retraso que se estaba acumulando. El buen señor me contestó que el problema era que estaba tratando de enviar un paquete a San Sebastián y que esta ciudad no aparecía en su listado. Le propuse que buscase Donosti y se pudo solucionar el problema volviendo la cola a su ritmo normal. En el listado de marras aparecía «Donosti/San Sebastián», «Iruña/Pamplona», «Gasteiz/Vitoria», «Lleida/Lérida», «A Coruña/La Coruña», etc., porque en un alarde de corrección política autonómica alguien había dado prioridad a los nombres de estas ciudades en sus respectivas lenguas vernáculas autonómicas.

Creo que la anécdota refleja lo surrealista de la situación e imagino a miles de funcionarios españoles apuntando los equivalentes en gallego, catalán y vascuence de cientos de ciudades y pueblos porque al que hizo la lista no se le ocurrió pensar que hubiera sido más operativo escribir primero su nombre en español y después su nombre en el resto de lenguas oficiales del Estado.

Vaya por delante el mayor de los respetos por el catalán, el gallego y el vascuence y mi más firme apoyo a su enseñanza y difusión en sus respectivas comunidades autónomas. Pero ese grado máximo de respeto es el que creo que debe exigirse para el español. El español no puede, bajo ningún concepto, ser un idioma perseguido en parte alguna del territorio nacional.

Uno de los elementos vertebradores de un país es tener un idioma común. Estados Unidos es un país entre otras cosas porque sus habitantes hablan el mismo idioma. Unos hipotéticos Estados Unidos de Europa son impensables por la multiplicidad de idiomas del viejo continente.

¿Por qué fuera de España se le llama a nuestra lengua «español» mientras que en nuestro país está mejor visto, sobre todo en determinadas comunidades autónomas, decir «castellano»?

Aunque la Real Academia de la Lengua los considera sinónimos, muestra preferencia por el término «español» frente al vocablo «castellano».

El «Spanish», con mayúsculas, es como se denomina en inglés a la lengua de los españoles y los hispanoamericanos. El término «Castillian», es virtualmente inexistente para referirse a nuestro idioma y cuando se utiliza ha de acompañarse de «español» —Castillian Spanish— para que se entienda referido a un idioma y no al habitante de Castilla.

Me resisto a pensar que el idioma en el que se habla en Ubrique, en Puerto del Rosario, en Melilla, en Gijón, en Calatayud o en Cieza por ejemplo sea el castellano. No hay ninguna duda de que los habitantes de las localidades antes mencionadas hablan diferentes variantes del español. El término «castellano» debería ser reservado para denominar la variante del español hablada en Castilla- León y en Castilla La Mancha.

Denominar «castellano» a una lengua, el español, de 500 millones de hablantes, en un vano intento de ponerla, dentro de nuestro territorio, en plano de igualdad con el gallego, el catalán o el vascuence es, como mínimo, una inexactitud porque no todos los españoles somos castellanos.

Utilizar traducción simultánea para las cuatro lenguas oficiales del Estado en el Senado me parece demasiado. Ver a políticos que en la cafetería del Senado suelen departir informalmente en español escuchándose el uno al otro con la ayuda de la traducción no es de recibo.

La normalización lingüística ha supuesto, entre otras cosas, una barrera de entrada en tres comunidades autónomas para el resto de ciudadanos españoles y para ciudadanos procedentes de otros países. Los profesionales españoles que no quieren que sus hijos sean educados en otra lengua distinta del español --y el inglés como segunda lengua-- no suelen aceptar ofertas en estas comunidades autónomas. Muchos profesionales extranjeros de alta cualificación al conocer que uno de los activos fundamentales de venir a trabajar a España, aprender español, está en entredicho, declinan la oferta laboral. Muchos amigos españoles y extranjeros han rechazado ofertas laborales, por lo demás, muy interesantes en Galicia, Cataluña y País Vasco fundamentalmente por la imposición de sus lenguas cooficiales en la educación de sus hijos.

Los idiomas, en definitiva, deben ser elementos integradores y, en ningún caso, suponer barreras de entrada y fuentes de conflictos entre los habitantes de un determinado territorio.

Ramón Ribes
http://www.elcastellano.org/noticia.php?id=1293

¿Libertad de elección?
Laura Martí Semanal Digital 12 Marzo 2010

Me llega la noticia de que la fundación Unidad y diversidad ha puesto un requerimiento notarial a don Mariano Rajoy. Al principio me quedé un tanto asombrada ya que con la que está cayendo esto no pasa de ser toda una ocurrencia; pero al cabo me puse a reflexionar.

La verdad es que motivos no faltan para denunciar asuntos que son trascendentales. La política del PP en materia lingüística no es especialmente transparente ni sincera, pues, como bien dice la nota de prensa, propugna la libertad de elección de los padres en el ámbito nacional mientras que en el autonómico —que es donde ejerce responsabilidades de gobierno, además estando las competencias de educación transferidas— se apunta a políticas de corte nacionalista imponiendo a la comunidad educativa —que no meramente fomentando— el uso de las lenguas vernáculas.

Por otra parte, Rajoy no ha sido lo suficientemente firme con Galicia y Valencia, permitiendo que se gobiernen por sus respectivos presidentes como auténticos reinos de taifas al margen, muchas veces, del programa electoral del PP nacional. Y en Valencia, concretamente, la falta de disciplina interna ha propiciado muchos escándalos que dañan la imagen del PP como partido honrado y eficaz.

Ya puesto por qué no ponerle un requerimiento para derogar la Ley del Aborto. No me ha gustado nada la tibieza de Mariano Rajoy a la hora de definirse en este tema, muy al contrario que Esperanza Aguirre, Ana Pastor, Mayor Oreja e incluso Gallardón, que han sido valientes y coherentes con lo que esperan sus electores.

Política exterior
España en la inopia
Florentino Portero Libertad Digital 12 Marzo 2010

Es estas últimas semanas se ha hablado mucho, y de hecho se sigue hablando, del desastroso estado en que se encuentra nuestra política exterior. Tanto en medios vinculados al mundo liberal-conservador como en aquellos otros que se encuentran en la órbita socialista esta afirmación se ha convertido en un lugar común. Parece que hay un acuerdo muy amplio a la hora de considerar como incompetente, sectaria e inmoral la labor del tándem formado por Zapatero y Moratinos. Un acuerdo que se mantiene a la hora de valorar los costes que en el medio y largo plazo tendrán para España. Cuando Rafael Bardají y un servidor escribimos al alimón un breve texto publicado por FAES titulado La España menguante, al poco de comenzar la primera legislatura del PSOE renovado, estábamos describiendo una realidad que resultaba evidente a los ojos de un profesional. Para muchos resultó una ocurrencia más o menos brillante para hacer legítima oposición... pero no era el caso.

Tras seis años de Gobierno Zapatero, la situación es más grave de lo que parece. No sólo nuestra diplomacia ha abandonado la defensa de los intereses de Estado, actúa desde la inmoralidad, es incompetente hasta para hacer el mal y, a fin de cuentas, nos ha abocado a la irrelevancia. Además, y no es poco, ha interrumpido un proceso histórico por el que los españoles estábamos, poco a poco, entrando en los grandes debates de nuestro tiempo. La combinación de gestión zapateril de los asuntos externos y auge de la taifa está empujando a nuestra sociedad a un renovado localismo, no tengo inconveniente en decir paletismo, que vuelve a dar la espalda a esos grandes temas que no sólo van a marcar nuestras vidas en los próximos años sino también las de nuestros hijos. De la mano de un Gobierno irresponsable y de una clase política ávida de recursos y empleos hemos entrado en un mátrix tan cutre como estéril, que nos permite vivir de espaldas a la realidad confiados en que todo se encuentra bajo control. Pero no es así. No sólo nuestras pensiones están en peligro.

Valgan algunos breves ejemplos para aclarar lo que trato de denunciar. En estos momentos está en marcha una negociación en el seno de la Alianza Atlántica para establecer sus líneas maestras. Hasta la fecha está siendo un desastre, hasta el punto de que la diplomacia norteamericana ha empezado a marcar distancias. El fin del "vínculo transatlántico" es un hecho. Su trascendencia histórica es evidente... sin embargo nuestros medios de comunicación viven de espaldas a este debate, así como las infinitas tertulias que tratan de ordenar, o de enredar, el debate público. Sin una Alianza Atlántica en sentido estricto habría que suponer la emergencia de un dispositivo de seguridad europeo, más aún ahora que ya disponemos del tan anhelado Tratado de Lisboa. Sin embargo, no es así. Logrado el dichoso texto, los grandes se ocuparon de nombrar a dos personajes irrelevantes para los puestos de responsabilidad, garantizándose así su autonomía. No estamos ante una fase de avance en la convergencia europea sino, bien al contrario, en un momento de renacionalización de las políticas exterior, de seguridad y defensa de las grandes potencias. ¿Estamos debatiendo este tema en nuestros foros públicos? ¿Hemos valorado en qué medida afecta a nuestros intereses nacionales? El mundo está viviendo un cambio formidable en el ámbito de la política internacional y los españoles ni nos estamos enterando, ni estamos analizando las distintas posiciones, ni parece preocuparnos cómo nos puede influir. Lo nuestro es la inopia, ese dulce estado de indigencia intelectual y moral tan característico de los estados de decadencia.

Contacte con Florentino Portero

La consulta catalana
Editorial ABC 12 Marzo 2010

EL Parlamento de Cataluña ha aprobado la ley que permite a la Generalitat convocar referendos en el ámbito de esta comunidad autónoma. La ley, que desarrolla el Estatuto de Autonomía de 2006 -durmiente en el Tribunal Constitucional- salió adelante con los votos de los tres partidos del Gobierno presidido por Montilla y con la oposición de PP y Ciudadanos, que recelan justificadamente de la constitucionalidad y de las intenciones ocultas de esta reforma; y de CiU, para el que la nueva ley se queda corta. Es cierto que la potestad de convocar referendos en Cataluña por la Generalitat está condicionada a la autorización previa del Estado, que es lo previsto literalmente por la Constitución en el artículo 149. Pero también lo es que nada suele ser lo que parece cuando la iniciativa cuenta con el respaldo de un gobierno cuya apuesta por el soberanismo es constante. De hecho, Esquerra Republicana de Catalunya ha apoyado con entusiasmo esta nueva ley porque la considera un primer paso para la futura creación del Estado catalán. Es el mismo planteamiento que el nacionalismo ha aplicado al Estatuto de 2006, como una estación de paso y no de término en su proceso de reivindicación. La parodia de consultas por la autodeterminación montada en los últimos meses por los nacionalistas es un síntoma de lo que se pretende. Tras esta ley no hay lealtad constitucional, sino un sentido táctico para ir ganándole terreno al propio Estado.

La oposición de PP y Ciudadanos está justificada, por tanto, en la propia experiencia soberanista del tripartito y en la falta de garantías de que su utilización no revertirá en contra del Estado. La reserva de estos referendos a las materias atribuidas a la Generalitat no es suficiente en el medida en que el Estatuto atribuye a Cataluña competencias que inciden directamente en la organización y los intereses generales del Estado (financiación, Poder Judicial). Por tanto, hace falta una definición urgente del TC sobre la constitucionalidad del Estatuto, que es la percha legal de esta nueva ley de consultas, porque sólo esa sentencia permitirá una valoración de conjunto sobre el desarrollo estatutario que está ampliándose día tras día, haciendo más difícil un fallo de inconstitucionalidad.


******************* Sección "bilingüe" ***********************

Rosa Díez
El nido de la serpiente
Antonio Robles Libertad Digital 12 Marzo 2010

Me ha sorprendido la indignación política que ha provocado el fanatismo de un grupo de universitarios contra Rosa Díez. Una rara mezcla de alegría y decepción. Alegría porque el mal pierde la inmunidad mediática, y decepción, porque el cáncer dio muchos avisos y ahora ya sólo resta la cirugía.

La policía está para garantizar el orden democrático, y dos de los más importantes son el derecho al libre pensamiento y a la libertad de expresión. En la universidad también, o sobre todo en ella. Y si los nacionalistas lo impiden a la fuerza, a la fuerza habrán de ser reducidos. Por las fuerzas policiales, sí, por supuesto, si no hay otra salida. Pero los responsables políticos y las autoridades académicas hace muchos años que dejaron el espacio a la autosuficiencia del pensamiento excluyente de los nacionalistas. De hecho, eran ellos mismos, son ellos mismos en su mayoría, quienes infectaron la universidad de ideas dogmáticas, confundidos, legitimados por la pasión que les producía creer en ellas. Confundieron su ideología con el sistema democrático, confundieron aquello en lo que creían con las normas de las que nos servimos como sistema para garantizar el juego democrático. Es la mezcla nefasta de la ignorancia con la pasión de la creencia. De ella nace el fanatismo, ese hijo de la autosuficiencia moral que te hace inmune a la mala conciencia o a la duda.

No es la primera vez. De hecho, la exclusión nacionalista es la normalidad en las universidades catalanas. No siempre, sólo cuando arriban a ellas personas o ideas no metabolizables por la verdad de nuestra época: la verdad nacionalista, el catalanismo, la lengua única, la nació catalana.

Son muchos ya los linchamientos sufridos, casi todos ocultados a los medios, del estilo del padecido por Rosa Díez en la Universidad Autónoma de Barcelona el pasado 5 de marzo de 2010. Alguno de ellos, más violentas aún, como el que cita Carlos Martínez Gorriarán en su blog, acaecido en 1999. Publiqué en El Periódico de Catalunya un relato sobre él. Me lo permitieron porque su propio corresponsal recibió indiscriminadamente huevos, pintura y puñetazos. ¡Estaban tan indignados por haber sido agredidos también ellos! ¡Ellos! ¡Qué despropósito! ¡Es que ya no distinguen!, deberían pensar. Lo mismo que hicieron el viernes en la Autónoma con el decano de la Facultad de Ciencias Políticas, Salvador Cardús, otro de los suyos, un maestro de la cosa que un buen día se da cuenta de que los cachorros han crecido y ya no se avienen a razones. Pobre hombre, juro que lo intentó sinceramente, soy testigo; quiso e hizo lo imposible por que se diera la conferencia. Pero se olvidó que la palabra, la sola palabra no es suficiente contra el fanatismo.

Son ideas tan generales hoy en la sociedad catalana, están tan difuminadas en los comportamientos, que han acabado por no darse cuenta de su existencia. Forman parte del paisaje y no ven lo evidente: el fascismo de baja intensidad, el fascismo postmoderno. Todo lo justifica la voluntad de "ser" y el odio a España. Es el relato de un tiempo infame donde los malos están legitimados por el sistema y la mayoría silenciosa no es inocente. Porque se callan, porque consienten. Prefieren el buen rollo, adaptarse al paisaje, pasar desapercibidos, contemporanizar, y lo justifican: "No hay que darles gasolina", dicen los muy intelectuales de pacotilla. Mientras, los responsables directos de la universidad, como el decano Salvador Cardús, a quien sólo le queda el recurso a la violencia legítima del Estado que los mozos de escuadra le garantizarían, optan por intentar convencer a la excluida de que por su seguridad sería mejor suspender el acto. "He sido invitada por esta universidad para dar una conferencia, y no me iré sin darla". "No puedo garantizarte la seguridad" –le argumenta compungido–, "debemos suspender el acto". "Si no puedes garantizar la seguridad, es preciso que se visualice la intolerancia. No podemos permitir que ocupen el espacio público, porque si los demócratas lo abandonamos por prevención, se hacen dueños de él, y yo no estoy dispuesta a permitirlo, y tú tampoco lo deberías permitir, nadie lo deberíamos permitir".

Conversación intensa y tensa en el despacho del Decano. Y de pronto, Quin Molins, profesor de la facultad de políticas y responsable de la organización de la conferencia, con determinación, casi rompiendo el aire a gritos, alzó la voz: "No puedes permitir que se suspenda la libertad de expresión una sola vez, porque si se suspende una, se suspenden todas". Y le cantó las cuarenta al Decano. Este sí que le cantó las cuarenta, al Decano y al Titular infame de El Público: "La universidad canta las cuarenta a Rosa Díez". Manera concisa y obscena de resumir la condescendencia con los violentos; porque en el fondo, en este caso también en la forma, el titular fue un descerebrado más de los muchos que esa mañana mancillaron a la inteligencia en la catedral de la razón.

No he querido hacer el relato de los acontecimientos porque afortunadamente, esta vez sí, se han publicado muchos. Pero no dejaré de señalar un detalle significativo, casi ridículo. Cuando estábamos atrapados, literalmente prensados y sin escapatoria posible por una horda de jóvenes energúmenos a la entrada del salón de actos, ocurrió algo que me desconcertó: uno de los jóvenes más violentos que impedía el paso a la representante del pueblo, se revolvió histérico en aquella vorágine de gritos y presiones contra uno de los guardaespaldas de Rosa quejándose de que le contuviera sus empujones. Fue revelador. Era un niñato, como cualquier adolescente consentido incapaz de responsabilizarse de sus actos, pero exigiendo garantías a sus derechos democráticos de forma histriónica. Era kafkiano: quienes estábamos siendo agredidos, impedidos, maltratados, humillados y escupidos éramos señalados con histerismo apelando a las garantías democráticas por quien las estaba conculcando todas. Imposible describir la sensación de asco ante tanta inconsistencia moral, ante tanta falta de ética de la responsabilidad, ante tanta ignorancia y ceguera mental. A su lado, barrando el paso, habían colocado a varias jóvenes, todas chicas con cara de pijas del independentismo, acogiéndose al insoportable machismo de utilizarlas para que fueran la muralla que nadie podría abrir sin dañar los derechos de la mujer. Hasta ese infantil terrorismo de baja intensidad utilizaron para impedir el paso de Rosa al estrado desde donde debía impartir la conferencia.

Rodeados por la horda, sólo la valentía de tantos compañeros que rodearon a Rosa con la determinación de quien está defendiendo la misma libertad, me congratuló con el ser humano. Y también gritaban. Sentí una y otra vez a Primi a mi espalda gritarles fascistas sin miedo, a Vicent Flores aguantar con la camisa rota en la peor situación, a Julio Villacorta, a Carlos Gorriarán, a Manel Gil, a Paco Pimentel, a Román, a Mayka, a Nacho Prendes... y a varios mozos de escuadras de paisano que rodearon a Rosa sin estar. Porque no estaban, porque no podían estar, porque la universidad no admite policías. ¿Por qué creen que salió Rosa aseada del intento?

Hay una generación maltratada por el franquismo que aún cree que la policía es la enemiga de la libertad, sin darse cuenta de que sin orden los violentos camparían por sus respetos.

Feijóo oirá a los padres para fijar la lengua de las troncales
El presidente de la Xunta no aclara si la elección de las familias será vinculante
S. OTERO | A CORUÑA La Opinión 12 Marzo 2010

Los padres opinarán sobre el idioma en que se impartan las materias troncales. En la cuenta atrás para la presentación del texto definitivo del decreto de la lengua, tras incorporar cambios derivados de cientos de alegaciones presentadas, el presidente de la Xunta, Alberto Núñez Feijóo, despejó ayer una de las muchas incógnitas que faltan por desvelar.

"Se escuchará la opinión de los padres en las asignaturas troncales", garantizó el máximo mandatario gallego, aunque no aclaró si la decisión de las familias será orientativa o vinculante. En el documento inicial presentado en diciembre la Xunta había incorporado una de las promesas electorales del presidente: "la libertad de los padres a decidir la lengua en que estudien los hijos".

Según el primer borrador, en Primaria los padres elegirían el idioma de una de estas asignaturas: Coñecemento do Medio o Matemáticas (ambas troncales). En Secundaria decidirían el idioma de dos: Matemáticas y Ciencias Sociales (también troncales). En el resto de materias se les consultaría a través de los consellos escolares. La pregunta, todavía sin respuesta, sigue en la mesa: ¿Puede la opinión de los progenitores ser vinculante?.

Modificaciones
Feijóo avanzó ayer que el borrador del plurilingüismo, que aún tiene que pasar el examen de la asesoría xurídica de la Xunta, será remitido "en los próximos días y, desde luego, este mes" al Consello Escolar. Fuentes próximas al Gobierno gallego, que no descartan que se presente el texto mañana, avanzan que el nuevo decreto mantendrá que los alumnos hablen y escriban en clase en la lengua que deseen, pese a las alegaciones presentadas para garantizar la competencia plena en los dos idiomas cooficiales.

El reparto equilibrado de las materias en gallego y castellano y la incorporación paulatina del inglés, suavizando los tres tercios planteados en el borrador, se incorporará al nuevo texto.

La Administración es consciente de que urge su aprobación para que la industria editorial pueda preparar los libros de texto y los claustros puedan programarse de cara al próximo curso, en el que el decreto entrará en vigor.

La muerte de la perdiz
Nota del Editor
 12 Marzo 2010

Núñez sigue intentando marear la perdiz, pero la pobre ha muerto, lo mismo que las esperanzas de los que le votaron pensando que tenía alguna intención de perdonar la vida al idioma español, de permitir que los español hablantes pudieran ser ciudadanos normales, no sujetos a normalizar mediante la inyección del virus de la lengua regional, inventada tomando un poco de aquí y otro poco de allí, siempre que no se parezca al español.

Recortes de Prensa   Página Inicial