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Recortes de Prensa    Domingo 2  Mayo  2010

 

Políticos y periodistas, enemigos del pueblo
Francisco Rubiales Periodista Digital  2 Mayo 2010

Políticos, periodistas, jueces y policías figuran ya en las encuestas como los más desprestigiados y rechazados por la sociedad española. Al ser profesiones
de gran importancia y peso en el sistema democrático, su rechazo indica que el mismo sistema está siendo ya devaluado y cuestionado por los ciudadanos.

Tienen razón los españoles cuando desprecian a políticos y periodistas. Los primeros, con su mal gobierno, están llevando a España hasta el abismo, mientras
que los periodistas silencian la información, los dramas y errores que afectan al partido con el que se sienten identificados. Las víctimas de esta sucia
conspiración son los ciudadanos y la propia España. La verdad es que, cegados por el poder, envilecidos por los privilegios y entregados a la mentira y al
engaño, gran parte de los políticos y los periodistas españoles se están convirtiendo en "enemigos del pueblo".

Al iniciarse la década de los ochenta, las encuestas señalaban a políticos, periodistas, jueces y policías como los profesionales más respetados y
envidiados. Entonces eran considerados como "héroes" de la democracia. Hoy, cuando apenas han transcurrido tres décadas, esas mismas profesiones son las mas
despreciadas y odiadas por los ciudadanos.

¿Que ha ocurrido en España para que el cambio en los criterios y valoraciones ciudadanas sea tan profundo?

Aquellas valoraciones del pasado eran el reflejo de una sociedad ilusionada que miraba el futuro con esperanza; las de hoy son los sentimientos de una
sociedad frustrada, que se siente engañada y se lame las heridas.

Cansada de despreciarlos y de ser ninguneada, la gente está cambiando su desprecio por odio y mira ya a los políticos y a los periodistas como enemigos del
pueblo y de la democracia. Y tienen razón porque políticos y periodistas son los principales culpables del drama actual de España, un país que ha traicionado
la esperanza de sus ciudadanos y que ha convertido la democracia ilusionante que sustituyó al franquismo en una sucia y penosa dictadura de partidos
políticos inútiles y culpables de que España avance hoy hacia el desempleo, la pobreza, la corrupción, el desprestigio y hacia su derrota como proyecto común
de convivencia.

La gente siente que no está representada por los políticos y por los periodistas. Sólo los fanáticos y los que viven de ordeñar al Estado siguen siendo files
a una política degradada y a un periodismo que ha abandonado la verdad y se ha vendido al poder. Pero quizás lo más grave de la situación es que los
ciudadanos han perdido la confianza en los políticos y en los periodistas. No creen las promesas de los políticos, ni en sus explicaciones y recetas para
solucionar los problemas, como tampoco creen en el mundo que describen los periodistas, ni en sus análisis, ni en su independencia, ni en la veracidad y
honradez de sus opiniones. Para muchos ciudadanos, sobre todo los más honrados e informados, la mayoría de los periodistas y políticos españoles son miembros
destacados de la odiosa cofradía de la mentira.

La frustración ha convertido a la España es hoy en un territorio abonado para la abstención electoral, el voto en blanco, el voto nulo, el desacato, la
lectura de información en Internet y el desprecio a los profesionales que están más cerca del Estado, entre los que sobresalen políticos y periodistas.

Gran parte de los que antes se abstenían en las elecciones lo hacían por desinterés, pero la mayoría de los que hoy se abstienen lo hacen por rechazo a los
políticos y al sistema degenerado. Del mismo modo, la gente ha dejado de comprar periódicos porque rechaza la mentira imperante en los medios y las rastreras
alianzas entre el mundo mediático y el político.

Cada día son más los ciudadanos que no pueden sentirse representados por gente como Zapatero, Rajoy, Pedro Jota, Juan Luis Cebrian y otros muchos miembros de la nueva aristocracia democrática española. A todos ellos el pueblo los señala como traidores de la verdadera democracia y como culpables de haber
prostituido el sistema.

La gente es menos ignorante de lo que políticos y periodistas creen. Saben, por ejemplo, que la vieja alianza entre la prensa y los ciudadanos, fundamental
para la democracia, ha sido sustituida por una alianza bastarda y antidemocrática entre el poder político y los medios de comunicación, cuyas principales
consecuencias han sido el blindaje de los políticos ante la opinión pública, la impunidad casi absoluta de los políticos, la renuncia a la verdad mediática y
el intercambio de favores entre la casta política y los empresarios mediáticos, cuyas empresas editoriales se mantienen vivas gracias al dinero público y a
los muchos favores que reciben del poder, a cambio de apoyos y propaganda.

Los ciudadanos, menos imbéciles de lo que los políticos y periodistas creen, contemplan con preocupación como están siendo pésimamente gobernados por una
"casta" política que ha sustituido el "servicio público" y el "bien común" por una amalgama de intereses bastardos entre los que priman el enriquecimiento,
la corrupción, el control del poder, el enchufismo, el clientelismo, los privilegios, el despilfarro y la marginación de los ciudadanos, mientras el país es
empujado por las "élites" de la falsa democracias hacia el abismo.

Contra esa casta de malos políticos y periodistas, los ciudadanos reaccionan con la única arma que poseen: el boicot. Y, en consecuencia, cada día son más
los que les desprecian, los que dejan de votarles, los que votan en blanco y los que se niegan a comprar periódicos y a ver o escuchar los noticieros de una
televisión y una radio que han perdido la independencia y que están demasiado comprometidas con el poder.

Voto en Blanco

Paseo sindical
Editorial ABC  2 Mayo 2010

LOS sindicatos celebraron ayer el Primero de Mayo con una evidente falta de interés político y una notoria voluntad de no incomodar al Ejecutivo socialista.
Después de oír a los líderes sindicales, cabría preguntarse si existe Gobierno en España y si tal Gobierno tiene alguna responsabilidad en el 20,05 por
ciento de desempleo, en los 4.600.000 desempleados y en las 1.300.000 familias con todos sus miembros en paro. Aquellos combativos sindicatos que culpaban a
los Ejecutivos de turno de todos los males, incluso en tiempos de bonanza, pasearon ayer sus banderas y pancartas con exquisita ocultación de la
responsabilidad política del Gobierno de Rodríguez Zapatero, salvo alguna mención crítica de pasada, enseguida compensada con otra aún peor hacia el PP. En
lugar de centrarse en la realidad de este país, los dedos acusadores señalaron a los mercados financieros, los mismos que tienen que financiar el déficit
público para que los parados españoles sigan cobrando sus subsidios, y los jubilados, sus pensiones. No deja de ser un sarcasmo que el lema de la
convocatoria conjunta de CC.OO. y UGT -«Por el empleo con derechos y la garantía de las pensiones»- no llevara a ambas organizaciones a protestar
explícitamente contra el Gobierno que menos derechos da a los trabajadores, porque se están quedando sin su derecho principal, que es trabajar, y que más
inquietud ha sembrado sobre el futuro de las pensiones, recomendando unas veces que se cojan planes privados, alertando otras de que en diez años el sistema
público puede fallar y confundiendo siempre a todos, incluida Bruselas, sobre lo que el Gobierno quiere realmente hacer con este pilar del Estado de
bienestar.

En una sociedad democrática, las instituciones políticas y las organizaciones sociales, empezando por las empresariales, deben asumir su responsabilidad, no
sólo para justificar su existencia, sino para permitir que el sistema funcione eficazmente. Si los sindicatos ocupan el espacio de la representación de los
trabajadores, con reglas de mejorable calidad democrática y privilegios de dudosa necesidad, es para defender los intereses laborales, sobre todo en tiempo
de crisis. Pero en España los sindicatos están conllevando el desplome del mercado laboral como si fueran portavoces del Gobierno. La realidad, sin embargo,
está estrechando este margen de coalición entre uno y otros, y ya ayer reconocieron que es posible llegar a los cinco millones de parados. Ante esta
expectativa, lo mínimo que cabe esperar de los sindicatos es una respuesta autónoma y no un incomprensible cierre de filas con el Gobierno.

Tras el 1 viene el 2 de mayo.
Vicente A. C. M Periodista Digital  2 Mayo 2010

Ni siquiera fueron capaces de reunir a sus "liberados" en la Comunidad de Madrid. Un fracaso que refleja la descomposición de unos Sindicatos incapaces de
defender los intereses de los trabajadores, sobre todo de aquellos que han perdido su trabajo. Tampoco es casualidad el que el Gobierno, en una nueva
manipulación, filtre la información del paro en el mes de abril, en día festivo, con nocturnidad (a las 9 de la noche) y alevosía, es decir con la clara
intención de lavar su imagen deteriorada por los datos de la EPA y de la baja calificación de la deuda.

En ese "día horribilis" solo faltaba la invitación del PSC, a que el Sr. Zapatero se abstuviera de participar en la campaña de las elecciones autonómica en
Cataluña. Luego, el desmentido del Sr. Montilla, con alguna matización, deja en evidencia hasta donde están dispuestos a llegar en el PSC si Zapatero no
consigue una Sentencia del TC aceptable por el nacionalismo catalán. El Sr. Zapatero no puede permitirse quedar sin el apoyo del PSC, ya que fue el que
influyó decisivamente con sus votos en su elección como Secretario General del PSOE y candidato a Presidente del Gobierno de España.

Hoy podría aplicarse aquél poema sobre el dos de mayo en el que su primera estrofa dice aquello de " Oigo España tu aflicción y escucho el triste
concierto...". Pero este Gobierno, los Sindicatos y la casta política en general, hace oídos sordos a la situación de dramatismo que se vive en España por
ese 1.300.000 familias abocadas a la indigencia. Hace oídos sordos a las recomendaciones de los expertos y de las Instituciones de la UE para acometer las
reformas ineludibles para intentar salir de la profunda crisis antes de que sea demasiado tarde.

Pero es que el pueblo no tiene una capacidad de sufrimiento inagotable. Los ciudadanos pueden pasar de estar en una actitud asombrada a tener una reacción
incontrolada para obtener su supervivencia. España no puede endeudarse indefinidamente, ni las familias hacer frente sin ingresos a las deudas adquiridas en
un momento de excesivo optimismo financiero. España no puede asumir la mala gestión de la Banca ni de las Cajas de Ahorros y mucho menos, permitir que sus
dirigentes salgan indemnes mientras otros lo pierden todo. Hay responsabilidades que deben ser exigidas.

La salvación no vendrá del exterior, así como tampoco toda la culpa de la actual situación es del exterior, ni de confabulaciones judeo masónicas del
capitalismo. Cada uno debe asumir su cuota de responsabilidad y apechugar con los sacrificios que se han de exigir. Y deben ser los dirigentes, el Gobierno,
las Administraciones, los Sindicatos, los que den ejemplo y ser los primeros en ajustarse el cinturón. Es puro cinismo proponer el recorte de 16 millones de
euros cuando la deuda es de decenas de miles de millones de euros.

El victimismo es la excusa de los cobardes. Los españoles llevan siglos demostrando que no lo son, así que espero que esta generación de dirigentes no pase a
la Historia por su cobardía al dejar que España se hunda y desaparezca. Si lo hacen, puede que tengan su propio dos de mayo.

Momento orteguiano
«Sabemos lo que nos pasa y sabemos lo que ocurrirá si no lo solucionamos de verdad. El escapismo, la distracción, la espera a que sean los otros quienes nos
saquen de nuestros problemas ya no son opciones sino caminos sin retorno»
JAVIER ZARZALEJOS El Correo  2 Mayo 2010

Lo advirtió Ortega: la realidad que se ignora prepara su venganza. Parece que fue ayer -y lo fue- cuando el presidente del Gobierno se divertía con el juego
de no pronunciar la palabra 'crisis'. Eran esos tiempos, todavía tan cercanos, en los que Rodríguez Zapatero definía la economía como «un estado de ánimo»
mientras reprobaba como antipatriotas a los que modestamente avisaban tanto de la crisis que venía como de la autocomplacencia desde la que el Gobierno
despreciaba con su pasividad esas prudentes advertencias de dentro y de fuera. Rodríguez Zapatero nos quería tranquilizar exhibiendo el colchón de un
superávit público que, según él, nos concedía un cómodo margen de maniobra para vadear la crisis hasta llegar a la recuperación. Desde entonces, en el
Gobierno con su presidente a la cabeza no ha hecho más que fortalecerse el reproche a la realidad por ser ella la equivocada. La negación de la crisis quedó
institucionalizada en el triunfalismo de unos Presupuestos con previsiones fantasiosas de crecimiento imposible y gasto inasumible que en enero de este año,
tras la lamentable intervención de Rodríguez Zapatero en el foro de Davos, se estrellaron contra la incredulidad de los mercados y de nuestros principales
socios que ya entonces advirtieron de que su capacidad para tragar las ruedas de molino servidas por el Gobierno español estaba agotada.

De nuevo ese aviso contundente no fue escuchado. Teorías conspirativas sobre la supuesta ojeriza de los inversores internacionales hacia España decoraban la
decisión del Gobierno de no hacer nada, en términos de dirección política, que pudiera comprometer su comodidad, salvo subir el IVA a partir de julio,
declarando de paso la imposición indirecta como progresista y solidaria.

En estos tres meses que han transcurrido desde la tormenta de finales de enero, en España han ocurrido dos cosas relevantes. La primera es que Rodríguez
Zapatero ha pasado de ignorar la realidad a pretender engañarla. La segunda es que la crisis del marco institucional, que ha ido acumulando factores de
deterioro en casi todos los órdenes, se ha hecho visible con toda su crudeza.

El presidente del Gobierno -eso es cierto- ha tenido que trabajar más para desdoblar su discurso. Hacia dentro, el de los descamisados y el gasto social.
Hacia fuera, declaraciones en el 'Financial Times' prometiendo que reducirá el déficit «cueste lo que cueste». Este juego de despiste a la realidad ha tenido
momentos que serían memorables si no llevaran a la perplejidad. Entre ellos, el solemne anuncio de Rodríguez Zapatero de un ahorro de 3.000 millones de euros
en virtud de un plan de eficiencia energética para unos cientos de edificios administrativos. Más recientemente, la explicación presidencial en sede
parlamentaria detallándonos el negocio redondo que España va a hacer con su aportación al plan de rescate de Grecia: 115 millones de euros de intereses que
los griegos tendrán que pagarnos. Es una pena que Angela Merkel no vea tan clara la oportunidad de negocio que se esconde detrás de esos préstamos a Grecia
que la canciller alemana tanto se resiste a soltar.

Y en este entorno de surrealismo argumental, lo mismo se suspende una reunión de los interlocutores sociales sobre la reforma laboral «por razones de agenda»
que la secretaria de organización del PSOE despliega un insólito don de lenguas para saludar ese remedo austro-húngaro llevado al Senado como cámara de
traducción simultánea.

Sabemos lo que nos pasa y sabemos lo que ocurrirá si no lo solucionamos de verdad. Ya nadie podrá decir que no lo sabía. El escapismo, la distracción, la
espera a que sean los otros quienes nos saquen de nuestros problemas -que son nuestros por más que los queramos europeizar- ya no son opciones, sino caminos
sin retorno.

No hace falta ser una firma de 'rating' para darse cuenta de las problemáticas perspectivas de nuestro país. No es fácil confiar en que pueda generarse una
política firme que consiga ganarse los apoyos necesarios para afrontar la tarea que se pide a España cuando estamos inmersos en un calendario electoral de
dos años, cuando la coalición del poder socialista reactiva la bronca territorial desde Cataluña negando sus competencias a un órgano constitucional del
Estado y el partido en el Gobierno se afana en cultivar al nacionalismo radical y a la izquierda extrema a los que ha unido su suerte electoral.

Si el 'rating' económico de España está sufriendo, los niveles de solvencia político-institucional parecen sustancialmente peores. Creer, en estas
circunstancias, que se dan las condiciones para llevar a cabo los ajustes requeridos, que los Presupuestos generales para el próximo año serán tomados en
serio -el déficit sigue subiendo- o que un Gobierno sobrado de arrogancia y sectarismo y falto de competencia y dirección puede encabezar la recuperación
constituye un acto de fe que muy pocos están dispuestos a hacer. La alternativa sería un nuevo Ejecutivo fortalecido con un mandato popular claro. Es decir,
lo que pueden esperar, por ejemplo, británicos y holandeses, pero que la política de circuito cerrado española hace prácticamente imposible, abocándonos a
sufrir el embate vengativo de una realidad a la que desde el poder se quiso en vano cerrar la puerta.

Cómplices del paro
Editorial www.gaceta.es  2 Mayo 2010

A estas alturas de la Historia, la manifestación sindical de cada primero de mayo tiene algo de gesto cavernícola, de charada que hace la izquierda para
reconciliarse con un pasado míticamente revolucionario que hoy se ha convertido en un paraíso funcionarial para las cúpulas de los sindicatos

Oír las proclamas de Méndez y Toxo entre banderas de otra época y los acordes de La Internacional es un espectáculo que sería cómico de no resultar ofensivo
dada la situación del país. Igual que ocurre con la mascarada de Rodiezmo, la izquierda debería reinventar unas liturgias que han perdido su sentido, como el
ceremonial de este día, en el que, paradójicamente, lo que menos importa es defender al trabajador y el derecho al empleo de quien está parado, es decir, ya
cerca de cinco millones de españoles. Analizando en clave histórica la significación del día del trabajador, ¿contra quién se manifiestan los sindicatos,
ahora que son ellos la clase privilegiada del sistema?

Y es que los sindicatos hace tiempo que han abdicado de su papel original como interlocutores necesarios en el diálogo social. A su crónica falta de
representatividad, al aburguesamiento práctico de unas cúpulas sindicales domesticadas por el Gobierno, debe añadirse una influencia sobredimensionada –y
nefasta– en esa espiral de catástrofe que es la política económica de Zapatero. Porque, además de haber boicoteado por sistema toda perspectiva laboral –¡a
buenas horas la piden, con más de un 20% de paro!–; además de haber hecho naufragar cada contacto con la patronal, es perfectamente conocido que Méndez y
Toxo han tenido perpetuo acceso libre a La Moncloa, erigiéndose en asesores privilegiados de Zapatero y, en definitiva, en árbitros de la política económica
española. Para dar indicio de la falta de credibilidad de unos sindicatos que ya sólo aspiran a perpetuarse como casta de poder, baste consderar que en la
manifestación de ayer en Madrid avanzaban hombro con hombro dirigentes del PSOE como Zerolo junto a los gerifaltes de los sindicatos: ¿quién puede tragarse,
entonces, su crítica contra el partido en el poder? El PSOE está encantado con los sindicatos y los sindicatos con el PSOE, en una relación de mutualismo
parasitario por la que el Gobierno concede dádivas millonarias a los sindicatos y los sindicatos garantizan una bolsa de votos al Gobierno. ¿Cómo se explica,
si no, que el ministro de Trabajo con más parados de España, Celestino Corbacho, sea a la vez el más tranquilo?

Sobre Méndez y Toxo recae gran parte de la culpa de la enorme tardanza en las reformas económicas necesarias para España, principalmente la reforma laboral.
Lamentablemente, Zapatero, que no ha escuchado al FMI, ni a la Comisión Europea, ni a la patronal, ni a la oposición, sí ha prestado sus oídos a los
sindicatos, cómplices del paro por un inmovilismo que redunda en la falta de productividad de nuestra economía, y que bloquea en la práctica el derecho al
trabajo de millones de parados que no optan a un empleo por la rigidez del sistema laboral.

Por si esta fuera poca culpa, el hecho de que Méndez y Toxo recurran a la retórica anticapitalista, culpando al sistema financiero internacional de nuestro
paro y nuestra crisis, es algo que suena a burla y, en esta situación, no cuela ya ni como cliché izquierdista.

Para desconsuelo general, los sindicatos no nos salen gratis, sino que nos salen por un ojo de la cara de cada español.

Causas y respuestas a la crisis económica
Pedro Arias ABC Galicia  2 Mayo 2010

Nada hay inescrutable en el mundo político, económico y social. En particular la crisis económica, el atentado más grave de las últimas décadas al bienestar
y convivencia de nuestra sociedad. Debida, como ha ocurrido siempre en la historia, a los excesos e ignorancia de los que han tenido el poder real para
desatarla.

Cinco son las principales vías para frenar el potencial económico de los pueblos. Obstruyendo la libertad para trabajar e intercambiar. Manipulando el nivel
y composición de los impuestos. Destinando los gastos públicos a guerras, lujo, ostentación, fuerzas represivas o de adoctrinamiento, despilfarro e
inadecuación a la composición de la economía productiva. Distorsionando la emisión de moneda, degradándola o inflándola, y más recientemente jugando con los
delicados mecanismos de la creación y multiplicación del dinero no metálico ni fiduciario, con los medios de pago más abstractos pero eficaces, con los
bancarios. Y alterando los aranceles a las importaciones y trucando los estímulos a las importaciones; jugando con las reglas del comercio exterior.

La historia de tales errores corre paralela a la historia de las penas, miserias y decadencia humana. No siempre se ha aprendido de ellos. Ignorancia,
vanidad, inseguridad, ambición, miedos y pasiones de un ser que la naturaleza no hizo sabio desde la cuna, ni garantizado en su crianza, subyacen como causas
finales. Por ello han desaparecido naciones e imperios, y otros perdido su jerarquía y preeminencia.

La actual del siglo XXI tiene un epicentro de tipo monetario y financiero. Porque bancos y cajas de ahorro son entidades con capacidad implícita de crear
dinero, medios de pago. Con un capital propio limitado, pueden crearlo -crédito que multiplican otras entidades y que en parte retorna al propio banco- en un
proceso bien reconocido por la teoría económica. En una proporción realmente notable, más de diez veces -por indicar un valor- de lo que arriesgan con sus
fondos de capital propios.

Por eso se deposita en los poderes públicos la inspección y regulación de las actividades financieras. Que hacen de forma exclusiva -con su propio Ministerio
de Economía y Banco Central-, o bien de forma compartida, delegando en un banco central común a otros países -caso de la zona euro-, al tiempo que mantienen
las funciones complementarias de su Ministerio de Economía.

Por la internacionalización se procedió a una elaboración de reglas bancarias generales entre los países de sistemas semejantes. En los últimos años, tal
regulación se denominó acuerdos de Basilea. Proceso que comenzó en 1998 y en el que participó España. Después siguió el acuerdo de 2007, denominado Basilea
II, y con la crisis económica actual desatada se procedió a otro nuevo acuerdo, Basilea III, con el G-20, en 2009.

En todos los casos, la cuestión central fue la relación entre el capital propio de las entidades financieras y el dinero que pueden generar con sus créditos.
Con las distintas vertientes de riesgos, cómputo real de solvencia y formas de medición de la consistencia, endeudamiento y profesionalidad.

Es obvio que el cumplimiento de las normas y su espíritu brilló por su ausencia en los últimos tiempos. Como si financieros y gobernantes pasaran de sus
responsabilidades. No hacía falta más intervencionismo, sino simple cumplimiento de leyes, normas y espíritu de gestión solvente y responsable. Pero muchas
entidades -nacionales e internacionales- inventaron productos financieros fuera de balance y control, los llamados colaterales. Que se intercambiaban por
todo el sistema financiero internacional. Distorsión particularmente importante en el mundo anglosajón.

En España el problema principal fue el de asunción de riesgos imprudentes, no controlados por el BCE ni advertidos o contenidos por el poder político. Se
sobrefinanció la adquisición de suelo y la construcción de viviendas, que era bastante perceptible que no podrían ser vendidas a los precios y cantidades
fijadas. Y además se hizo con un amplio recurso al endeudamiento extranjero, no con el ahorro nacional. De ahí que nuestra crisis económica y financiera sea
más acusada, más intensa que la internacional. Que por lo demás se suma a una política de ingresos, gastos públicos y tamaño de las administraciones
desmesurada y claramente inviable. En Grecia se han combinado todos los desvaríos, con el añadido del falseamiento de las contabilidades públicas que se
presentan a la Unión Europea.

¿Qué hacer ahora, cómo se sale de esta crisis en España? El nivel de endeudamiento asombra, el 350% del agregado público y privado respecto al PIB. Es decir,
que estamos endeudados por valor de tres veces y media el valor de lo que producimos en un año. Y tenemos que refinanciar los compromisos a corto y medio
plazo atendiendo a la solvencia de una economía que se recupere y pueda ir viviendo al tiempo que va pagando las deudas. Auténtica emergencia nacional. Y
además hay que ir haciéndolo sin destrozar la credibilidad, la justicia e igualdad democrática.

No se puede primar al mundo financiero desplazándole recursos que debieran llegar al tejido productivo y a la ciudadanía. Tampoco el Estado, Autonomías y
Ayuntamientos deben desviar los fondos de refinanciación tan necesarios a unos contribuyentes hoy ya tan endeudados. De lo contrario, se incurriría en lo que
en Teoría Económica se llama «riesgo moral», el primar precisamente a los protagonistas que han ocasionado, o no han prevenido, o no han impedido, la
específica crisis nacional.

A las entidades financieras, cajas y bancos, hay que pedirles una capitalización según los acuerdos internacionales, que refuercen sus fondos propios y por
lo tanto reconozcan los derechos políticos en, junta y administración, de los nuevos participantes. No se pueden tener ni las mismas cuotas de propiedad -en
bancos- ni las mismas de poder -en cajas- que se tenían antes de la crisis. Choca contra la naturaleza intrínseca de la salida a la crisis.

Las administraciones deben proceder a intensas políticas de austeridad, de disminución de gasto público, para que no sean necesarios los aumentos de
impuestos, lo cual significaría cebar el círculo vicioso de la depresión. A empresarios y sindicatos les corresponde llegar a un gran acuerdo social de
seguridad flexible en los contratos, y que asuman la necesidad de reforzar la competitividad y la exportación vía estabilidad de precios y salarios. Y
consolide, por la confianza y la clarificación de expectativas, el mercado interior.

Son necesarias otras medidas complementarias, pero ya la reforma del sistema financiero, la reestructuración de las administraciones públicas y el cambio de
modelo laboral, son lo suficientemente difíciles e importantes como para abordarse urgentemente, de forma decidida y sin paliativos. Si no las hacemos rápido
y voluntariamente, nos las impondrán las circunstancias y los acreedores extranjeros; con recargos, sudor y lágrimas. Y se retrasará, sin consuelo ni
esperanza, el anhelado retorno a la prosperidad.

Lo que nos depara el futuro: lavado de cerebros y la derecha, perdida
Han aceptado el juego de la izquierda. Ya lo dicen los manuales: uno tiene que enfrentarse al enemigo no donde éste decida, sino en el terreno que uno elija.
Así se comprenden las cosas.
Eduardo Arroyo Semanal Digital  2 Mayo 2010

Hace años, con motivo del bicentenario de la Revolución francesa, adquirí un texto de la Editorial Tecnos titulado La Revolución francesa en sus textos,
prologado por Ana Martínez Arancón. El libro, de unas 180 páginas, consiste en una recopilación de textos de famosos revolucionarios franceses. Aunque
conocía la historia por otros trabajos, como característica común destacaba el hecho de que casi todos habían sido asesinados por los propios
revolucionarios. Alguno, como Robespierre, había asesinado a otros revolucionarios que aparecían en el libro, para acabar siendo asesinado por mediación de
algún otro revolucionario cuyos discursos aparecían unas páginas después. El hecho no es casual y evidencia muy bien la horda de fanatismo sanguinario y de
locura que supuso la Revolución.

En el pasado, la lectura de otros libros me había llevado a pensar cómo fue posible aquello. Pero ahora, a la sutil demencia homicida de aquella gente, se
sumaba otra cosa igualmente curiosa: la prologuista minimizaba y atenuaba toda aquella orgía de sangre. Así, como dice en el prólogo, "este libro es y quiere
ser un homenaje. En él he tratado de poner de relieve, con amor y gratitud, los dones luminosos de la Revolución". Para la prologuista "cada cambio en la
historia es el producto de un proceso muy doloroso" y además "todos los sistemas tienen sus víctimas". Aunque reconoce que la Revolución fue "una aurora
teñida de rojo" y que muchos revolucionarios cayeron bajo la rueda que ellos habían puesto en marcha, "la pregunta ética fundamental aquí es si hay algo
preferible a la vida y, sobre todo, si hay algo o alguien que pueda tomar esa decisión con respecto a las vidas ajenas". Para la prologuista, "es cínico
preguntarse, como Barnave, si la sangre derramada era una sangre limpia" y añade que la muerte de un solo individuo supone ya un crimen contra la Humanidad.

El caso es que el prólogo destila una tremenda ambigüedad, hecha de cal y de arena, y una enorme comprensión y afán justificativo para con la locura humana
disfrazada de idealismo. Esta tolerancia para con los crímenes según sean de uno u otro digno es la marca de una época para la cual, se diga lo que se diga,
la vida humana no supone un valor en sí. El pequeño libro con el que he iniciado esta columna es tan solo un ejemplo más de ello.

Si cambiamos de contexto y nos vamos a otros grandes procesos históricos, como la Revolución Soviética, la Segunda Guerra Mundial o la Guerra Civil Española,
comprobamos este mismo efecto del que, sorprendentemente, salen beneficiadas una misma familia de ideas políticas y sociológicas. Pese a ello, esos grandes
beneficiarios de una historia sesgada insisten en presentarse como víctimas, algo que resulta delirante para cualquiera que investigue mínimamente. Ahora el
asunto ha llegado a los tribunales con el famoso proceso a Baltasar Garzón, que ha servido de excusa a toda la familia "progresista" para reactualizar la
polarización y el enfrentamiento que llevó a nuestra Guerra Civil, una polarización absolutamente innecesaria pero rentable para su estrategia electoral.

Así las cosas, la izquierda se prepara para defender con el poder del Estado todos sus tópicos ideológicos por increíbles que puedan parecer: para empezar,
ellos, y nadie más, son los mártires de la Historia, puros e inocentes apóstoles desinteresados de todas las causas nobles. A su vez, y por exclusión, sus
críticos no merecen más que reproches: criminales y opresores donde los haya, ellos encuentran un parentesco entre todos los asesinatos, oprobios y desastres
inflingidos por una parte de la humanidad a la otra, y rastrean ese reguero hasta sus enemigos políticos del presente. En este contexto ¿quién más que ellos
podría opinar? El cerco se estrecha más y más y por eso son capaces de organizar una "Ley de Memoria Histórica" en la que ni por un momento se plantea, por
ejemplo, el fantasma de sangre y destrucción que sembró el Partido Comunista de España en nuestra Guerra Civil. Aprovechan la coyuntura para dar premios y
reconocimiento público al mayor criminal de guerra vivo del presente. Montan una "Ley de Libertad Religiosa" que busca un mayor control y una exclusión
progresiva de la principal confesión religiosa de nuestro país, al tiempo que ponen en pié de igualdad con esa confesión a todo lo que mina la propia
identidad de nuestro pueblo. Imponen una "Ley de Educación" que sirve para enseñar todos los tópicos de la "progresía", desde el jardín de infancia hasta la
Universidad y, paralelamente, se aseguran el control de un poderosísimo "trust" mediático que garantiza que, escuches lo que escuches y leas lo que leas,
exista un núcleo de ideas, de acontecimientos y de definiciones que van a permanecer más allá de toda crítica. Con frecuencia incluso sus críticos emplean
supuestos que ellos les suministran. La estrategia es bien simple: mitigar o silenciar lo discordante mientras se airea y se magnifica lo que concuerda con
ese núcleo ideológico. El objetivo no es ganar unas elecciones más o menos porque, sencillamente, se trata de un objetivo histórico. Lo que se persigue es
conseguir que el imaginario de referencias, creencias y categorías con los que todo hijo de vecino juzga, opina y proyecta su propia vida sea el que ellos
quieren. ¿Hay algo mejor para garantizarse el poder, un poder que va mucho más allá de lo meramente político para adentrarse en la conciencia humana misma?

Frente a esto, nos encontramos con que las diversas "oposiciones", y no solamente las políticas, han asumido parte de ese mismo imaginario. Por lo pronto la
principal fuerza de la oposición creen que "lo que importa" es "la economía" y recrimina al gobierno por valerse de cortinas de humo con las que disimular lo
verdaderamente relevante. Para que no les echen en cara un supuesto "franquismo", eligen no jugar al juego que dictan e imponen otros. Estos días he podido
asistir a la gigantesca tarea de manipulación e intoxicación televisiva de CNN+ con motivo de las "manifestaciones" de apoyo al juez Garzón.

Lamentablemente, mientras un amplísimo sector de la población piensa otra cosa, nadie, absolutamente nadie, ha movido un solo dedo para manifestar su
discrepancia con la ideología dominante. Un profesional del mundo de la banca me decía hace unos días que a él le parecía muy bien que el PP no hubiera
tomado partido en el debate social en torno al procesamiento de Garzón. Le respondí que a mi me parecía muy mal y que, de seguir las cosas como
previsiblemente seguirán, el resultado será que, cada vez que una institución, como por ejemplo el Tribunal Supremo, debata algo "inconveniente", la
maquinaria propagandística y agitadora impondrá desde la calle la decisión "conveniente". A mi juicio no basta con movilizarse un sábado por la tarde contra
el aborto, como ya expliqué en otro artículo; es necesaria una estrategia global que defienda a un sector mayoritario de la población que no se percata de
que la ideología dominante es plenamente coherente en sectores aparentemente tan dispares como la economía, la educación, la política nacional o la mismísima
concepción de la sociedad. Ese sector mayoritario es el que mantiene viva la propia nación y a la sociedad y resiste como puede los embates del ideario
progresista que no es otra cosa que nihilismo puro. Para contrarrestarlo, solo existe una ideario de "centro derecha" basado en una mezcla de tecnocracia
institucional y de liberalismo económico a partes iguales. Al correcto funcionamiento de ambas componentes muchos fían el futuro mismo de España sin
percatarse, en primer lugar, de lo intrínsecamente disfuncional del liberalismo y, por otro lado, del exceso de politicismo que hay en este modelo, un modelo
que prescinde de facetas espirituales, sociales y culturales sin las que la vida humana resulta incomprensible.

El caso es que ni unos ni otros ofrecen realmente soluciones y esa misma fractura del pueblo en "derechas" e "izquierdas"–a mi juicio, la tragedia más
dolorosa que debemos soportar: una fractura a la que muchos contribuyen designándose agresiva y neciamente "de derechas" o "de izquierdas"-, es en sí misma
una garantía de que la actual situación lamentable va a perpetuarse. Hace poco, Noam Chomsky decía que la situación de los actuales EEUU es cada vez más
similar a la de la República de Weimar a causa del progresivo descrédito del sistema de partidos. Me temo que esa situación es extensible a España y que
puede esperarse casi cualquier cosa del futuro. La ventaja es que, como sucedió con los revolucionarios franceses, quizás sea el futuro mismo el que ajuste
las cuentas a los que nos han llevado a esta situación.

70 cines de Cataluña emiten un anuncio contra la ley que impone el catalán
La norma pretende sancionar a quienes no reproduzcan el 50% de las cintas en ese idioma
Álvaro Rubiowww.lavozlibre.com  2 Mayo 2010

Madrid.- "Si la futura Ley de Cine se aprueba tal y como está redactada actualmente, no podrás ver algunas de las películas que te acabamos de presentar".
Ese es el mensaje que el gremio de empresarios de este ámbito en Cataluña lanza con el anuncio que se emite en 70 salas de la comunidad autónoma en contra de
la ley que la Generalitat está tramitando y con la que se pretende imponer multas de hasta 75.000 euros a las empresas que no reproduzcan, al menos, el 50
por ciento de sus cintas en catalán.

El anuncio, de 22 segundos, tiene como lema 'Por el futuro del cine' y se verá después de los tráilers previos a cada sesión. Pretende mostrar las
consecuencias que tendría la aplicación de la Ley de Cine si se aprueba tal y como está redactada actualmente. Según cálculos del gremio, lo verán 1,9
millones de espectadores al mes.

El objetivo del anuncio es, según ha afirmado el presidente del Gremio de Empresarios de Cataluña, Camilo Tarrazón, que el espectador sepa que el proyecto de
ley "le afecta directamente, no sólo en el idioma, sino en la cantidad y la calidad de títulos que podrá ver".

En la última parte del anuncio invitan a conocer la 'web' pelfuturdelcinema.com, en la que se amplía información y se argumenta detalladamente las razones
por las que se oponen a esta iniciativa.


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