AGLI

Recortes de Prensa    Lunes 5  Julio  2010

 

La roja, la rota, la idiota
Federico Jiménez Losantos Libertad Digital 5 Julio 2010

Hace unos meses, a finales de enero, cuando la casta político-mediática que impera en Cataluña y manda en España promovió el editorial único de toda la prensa escrita catalana contra el TC, modelo pasmoso de ataque preventivo, porque no había motivo alguno para atacar a esa pandilla de paniaguados, acobardados y mediatizados hasta la indignidad, colgué un texto que molestó mucho a los que por aquí acampan, transitan o leen. Así el gran Pío Moa, que criticaba mi tesis de que España no puede ser un régimen liberal y democrático enfeudado a una Cataluña despótica.

Me permito repetir ese post y un párrafo de otro que lo completaba hace un mes, porque en ambos expuse lo mejor que pude algo en lo que pienso hace treinta años, más de media vida. Demasiados años para una vida tan corta. Vuelvo en seguida al asunto, pero, si me hacen la caridad, léanlos y sigan:

"Tarde, mal y nunca, como la independencia de Cataluña

Por querer adjuntar las fotos de la odisea en la nieve –que ya me han llegado, así que, como vuelve a nevar, las dejo para la semana que viene– he ido retrasando la puesta al día del blog. Y como dar a luz una nueva radio, amén hablar seis horas y escribir a troche y moche, es tarea para la que no bastan veinticuatro horas diarias, héteme convertido en prófugo, desertor o absentista del blog. Mil disculpas. También querría haber tenido tiempo y tranquilidad para comentar la referencia en el blog de Pío Moa a mis últimas referencias sobre Cataluña y la que me parece independencia ineluctable, aceptada y financiada por el resto de España, lo que invitaría a abreviar el trámite y no a dilatarlo. Pero como no tengo tiempo para hacer todo lo que debo –de lo que quiero, ni hablo– apuntaré al menos dos o tres cosas sobre el problema español en Cataluña para no obviar el reto dialéctico de Pío Moa, siempre digno de leer y meditar.

Como digo antes –y he dicho siempre– España no tiene –o no tenía– un "problema catalán". Lo que padecemos desde hace mucho –el siglo de vida del nacionalismo catalán– es el problema español en Cataluña, que consiste en no tener clara la idea nacional española y, por tanto, no saber, poder o querer abordar el reto del separatismo catalán, que tiene una debilidad esencial que convendría recordar: el nacionalismo como proyecto de secesión siempre fue un proyecto de élites y no de la mayoría del pueblo. Sin embargo, los Prat de la Riba, Cambó, Pujol o Montilla han acabado convenciendo a la clase dirigente madrileña –política y mediática– de lo que no han podido convencer a la mayoría de los ciudadanos de Cataluña. Sin embargo, en las últimas décadas –y sobre todo en estos tristes años zapateriles y rajoyanos– el proyecto secesionista ha ido legitimándose, afianzándose y creciendo a medida que Cataluña iba corrompiéndose y, lógicamente, aceptando o resignándose al futuro diseñado por sus élites.

Naturalmente, esa aceptación de hecho del separatismo catalán, pero con la cláusula nada secreta de colonizador económico del resto de España que parece último lazo de unión cuando no pasa de primer dogal chantajista se ha producido en la medida en que todas las instituciones del Régimen han desechado la idea nacional española, la soberanía popular y la igualdad de los ciudadanos ante la Ley. España ya no es, como anunció Zapatero, un concepto discutido y discutible, sino desechable y lógicamente desechado. El Estatuto de Cataluña, votado en Barcelona y en Madrid, es la prueba de esa metástasis del cáncer españicida. Y sea cual sea el pastel que nos sirva el Tribunal Constitucional –siempre genuflexo ante el nacionalismo–, nadie tiene la menor duda de que el liberticidio secesionista continuará, porque ni la Izquierda en el Gobierno ni la Derecha que podría sustituirlo van a poner en duda la legitimidad del separatismo catalán para deslegitimar a la Nación y a la idea misma de España. Si una región, país, ente o lo que sea pero en proceso de abierta secesión, puede poner y quitar gobiernos y los que pueden gobernar, PSOE y PP, lo aceptan de derecho o de hecho, creo que la primera obligación intelectual que tenemos es constatarlo. Y tras la constatación, por desgracia, yo no veo solución a lo que ninguno quiere que la tenga

El editorial conjunto de los once periódicos catalanes insultando al Constitucional y afrentando trapaceramente a la verdad histórica y política es para mí el hito irreversible y la prueba más clara de que en Cataluña han quemado sus naves. Lo de los toros, el cine y las multas salvajes por rotular en castellano los comercios o empresas son sólo piedrecitas en el camino que ha llevado de Pulgar en una mano, la española, abierta o cerrada pero mano y no dedo, a este Pulgarcito extraviado en el bosque del separatismo institucional que no es solamente la verdad oficial sino una realidad política a martillazos, contra los que, en Madrid, yo sólo veo cabezas de clavos.

Dice Pío que yo soy demasiado pesimista pensando que en Cataluña no se puede hacer nada y demasiado optimista pensando que el resto de España está mejor que Cataluña. No Yo soy pesimista porque veo que el resto de España está hecho, es decir, deshecho a imagen y semejanza de la Cataluña oficial, contra la que no se alza la Cataluña real. La única duda ante este desolador panorama es si la amputación catalana podría revivir, siquiera por el dolor, a este cuerpo enfermo, afiebrado, de la pobre España. Es una posibilidad, pero lejana y, ésta sí, discutida y discutible. Yo siempre voy a defender la libertad, sea cual sea la relación entre Cataluña y el resto de España, pero, sinceramente, creo que el modelo de progresiva negación de todas las libertades en la España de las Autonomías es el catalán. Y que de ese modelo despótico, cuanto más lejos, mejor. Hemos pagado durante demasiado tiempo el peaje de que queremos que se queden con nosotros. Y yo no tengo ya más ganas de semejante compañía. El desdén con el desdén.

14 de abril, Día de la Cheka
Este 14 de abril se ha reunido también el Tribunal Constitucional, bien para ratificar el Estatuto de Cataluña que liquida el régimen constitucional español, actual o futuro, bien para no ratificarlo pero seguir amparando ese golpismo con metástasis que llamamos Estado de las Autonomías. La nación sólo está para el fútbol. Ni Iglesia, ni Ejército tienen la fuerza de ayer; y el prestigio popular de la Monarquía se va hundiendo solo entre la desidia, la idiocia y la corrupción. Si esto no cambia mucho en poco tiempo, cosa harto improbable, temo que, hasta para evitar la cheka, llegará tarde la República. ¡Pobre España!

Esto no lo para ni Casillas
Y vuelvo al debate. Sostenía –y supongo que sostiene- Pío que si bien es cierto que en Cataluña la inacción moral de la sociedad ante los políticos es terrible, en el resto de España no está mucho mejor, de modo que abandonar a un enfermo grave no mejoraría a los otros enfermos, valga la metáfora. Y eso es cierto y no lo es. Lo es, por la falta de valor en análisis y actitudes ante un fenómeno de separatismo desbocado y esquizofrénico, a la vez victimista y colonialista. No lo es, o no del todo, porque los pánfilos de Cataluña reman, aunque a regañadientes y a veces incluso levantando el remo, a favor de un Estado independiente, liberticida y parásito de España; en cambio, los pánfilos del resto de España no saben hacia dónde reman: si a favor de los remeros del Llobregat o en contra, si para no moverse en el agua o para que el agua no se mueva. Los que aceptan o proclaman la dictadura nacionalista dentro de Cataluña son verdugos o víctimas directas (ya sé que con admirables y fraternales excepciones, fui pionero en sus desventuras) que al final acaban aplaudiendo a sus verdugos, o al menos, votándolos. Los que en casi toda la Izquierda y buena parte de la derecha, se resignan a este separatismo vampírico, asumen como "protectorado" nacionalista y mal menor contra el separatismo catalán, lo que es un "desprotectorado" sórdido y miserable, que ha separado a Cataluña de España y a España de sí misma y la libertad.

¿Qué hacer? Sinceramente, no lo sé. Lo que tengo clarísimo es lo que no debemos seguir haciendo: ceder a ese sentimentalismo propio de mujer maltratada, que sólo le asegura un maltrato mayor, hasta la muerte a palos. Yo creo que no se debe admitir, voluntariamente, ni un palo más. Como dijo Celia Cruz: "Si tu marido te pega / dale golpes tú también / y si no basta la mano / métele con la sartén".

¿Pero habrá, puede haber sartenazo justiciero o vindicativo? No. La nación, la que siempre será nuestra nación, está irremediablemente idiota. Basta ver a toda España pendiente del triunfo de una selección de fútbol que seguramente nunca volverá a jugar un mundial, salvo contra sí misma. Ahí están todos, sufriendo juntos, llorando juntos, aplaudiendo juntos y, sin embargo, pese a semejante plebiscito sentimental, ahí están separándose juntos, juntísimos, tan juntos que no cabe más. Con Bautizar a la Selección Nacional como "La Roja", hacen los progres como que España no está rota, pero lo está, vaya si lo está, como que la han roto ellos. Y acabe el Mundial como acabe, apeados o triunfantes ante Alemania, orgullosos o rencorosos, ya podemos irle, irnos diciendo adiós. Lo de España no lo para ni Casillas.

A más, a Mas
Vicente A.C.M. Periodista Digital 5 Julio 2010

Sigue el bachiller Sr. Montilla empeñado en su política de azuzamiento y ataques a la desesperada intentando que el Sr. Rajoy entre al trapo de las provocaciones. Pero que no se moleste, al Sr. Rajoy si por algo se le conoce es por su inmovilismo y su “medida de los tiempos”. Hacer el Don Tancredo es algo que se le da muy bien y no va a poner en riesgo nada que le importune para lograr su único objetivo, mantener las esperanzas de alcanzar la Moncloa. Claro que tampoco puede negar el Sr. Montila es que si Rajoy necesita al Sr. Mas de su parte, lo mismo le sucede a Zapatero y su dependencia de él para mantenerse en su cargo y no verse obligado a un adelanto de las elecciones generales al no poder aprobar sus presupuestos generales para el 2011.

Así que menos arengas y llamadas a la insumisión civil por la pataleta de la sentencia del TC, que en el fondo es solo una ligerísima corrección y que mantiene intactas las prebendas económicas y las violaciones flagrantes de los derechos de los españoles en cuestiones como la educación, la lengua, la fiscalidad, etc. Puede que al Sr. Montilla le haya enojado mucho la actitud comprensiva y casi aliviada del Sr. Rajoy al conocer el fallo del TC. Y realmente resulta sorprendente incluso para aquellos que le votamos en su día y creímos en sus intenciones de defender la Constitución. Yo al menos me equivoqué y no volverá a suceder.

Como Presidente de la Comunidad Autónoma de Cataluña, el Sr. Montilla no puede erigirse en un mitinero exaltado y menos aún, radicalizar la postura de un PSC en el que tiene compañeros de partido presentes en el Gobierno de España, como la Ministra de Defensa Carmen Chacón. Sus expectativas en las próximas elecciones autonómicas no van a mejorar porque aumente hasta extremos grotescos su radicalización nacionalista y anti española. Máxime cuando sabe que sus votos dependen de un amplio sector de población catalana que no dejan de sentirse españoles. Su actual alianza anti natural con ERC, solo ha sido un lastre que puede hundirle definitivamente y relegarle a la oposición. Y eso es algo que en el PSC no se van a permitir.

Alguien como Standars&Poors ha dicho que el problema de España y su economía es el Sr. Zapatero. Yo diría que el principal problema del PSC en Cataluña es el Sr. Montilla y su intento por hacerse perdonar no ser de la élite catalana nacionalista, ni hablar correctamente su lengua y estar siempre bajo sospecha de su dependencia de “Madrid”, véase de Zapatero o de Ferraz. Pero en su afán de sobreactuación nacionalista se ve impostada y rozando el ridículo. Pero además, se equivoca y mucho, si cree que atacando a Rajoy va a excitar su espíritu combativo y se arrancará como un enfurecido gladiador. Más vale que espere sentado.

Si quiere algo más, y no lo digo por Mas, deberá idear otra táctica, o mejor, decidir que su tiempo ha pasado y presentar su dimisión al PSC y dejar que otro candidato presente una alternativa más creíble y acorde con sus bases de votantes.

Quisimos ser demasiado
Ignacio García de Leániz www.gaceta.es 5 Julio 2010

No se sabe bien si es peor la crisis económica que la agonía política, tal es nuestro desvarío.

Tenía Ortega gran curiosidad por saber la opinión que Federico Nietzsche, ya fallecido, tenía sobre nuestro pueblo. A tal fin, contactó con su hermana que le sobrevivía en el Uruguay y ésta le hizo saber lo que afirmaba el pensador alemán: “¿Los españoles? Ah, un gran pueblo de hombres que quisieron ser demasiado”. Había en la observación de Nietzsche, gran conocedor de la psicología de las naciones europeas, una mixtura de admiración resignada, sabedor como era de que los dioses que muelen espaciosamente la Historia no gustan de osadías. Y así nos fue en un pasado lejano de grandeza y hazañas varias que al contemplarlas ahora en este epígono nuestro evocan aquel verso tan melancólico de José Hierro: “Tanto todo para nada”.

Y sin embargo, si nos detenemos en nuestra catástrofe actual, ¿no habrá sido ese “querer ser demasiado” precisamente una de las causas de esta ruina económica e institucional que replica aquellas quiebras y fracasos de nuestros ayeres? Claro que ya Marx nos prevenía que la Historia se presenta primero como tragedia y luego como farsa, de modo que esa jactancia y altanería tan españolas –desmesuras al fin y al cabo– bien pueden ser las que han hecho que el régimen surgido en el 78 haya llegado a este estado agónico ante-mortem. Situación en la que no se sabe bien si es peor la crisis económica que la agonía política, o tal vez lo segundo causa eficiente y final de lo primero, tal es nuestro desvarío.

Y es que en verdad pocas veces se ha expuesto como en estos meses nuestra congénita anomalía que nos lleva a la desmesura manirrota: de modo que el mundo entero, desde Obama hasta el primer ministro chino, pasando por el FMI y el BCE, han tenido que intervenir oportune et importune ante el riesgo cierto de que España incurra en un default de consecuencias impredecibles. Todo ello como si hubiéramos vuelto a nuestras andadas de “querer ser demasiado” y el mundo –ese reducto último de realidad– haya tenido que pararnos en seco y frenar nuestras querencias infinitas, tal que en la Paz de Westfalia, aunque por motivos más prosaicos y desde luego bien vergonzantes, muy alejados de cualquier ideal. Y son las ironías de la Historia de tal manera que esta intervención foránea en la que nuestro Estado y soberanía han sido incautados de facto y puesto a recaudo de nosotros mismos, ¿no revive acaso el pasaje de El Quijote donde se narra su enjaulamiento por parte del cura y sus cómplices para que dejara de hacer de las suyas? Bien parecemos nación confinada a fin de que también nosotros dejemos de hacer de las nuestras: otra vez la tragedia, otra vez su metamorfosis en farsa correspondiente, esta vez detectada por Europa y expuesta a pública evidencia.

Y es que si analizamos nuestra trayectoria en estos últimos 30 años –20 de los cuales han sido de poder socialista– vemos que una honda jactancia ha guiado, aquí y allá nuestros proyectos políticos. Envanecidos por nuestro tránsito de una dictadura a una democracia, “quisimos ser demasiado” al sancionar una Constitución inédita e inaudita en la que el todo (el Estado) venía a ser menos que las partes (las comunidades), hiriendo de muerte cualquier proyecto vertebrador de España y otorgando de paso a las Haciendas locales el poder del suelo. Por asombrar al mundo con nuestras hazañas constitucionales que no quedara, no fuéramos a ser menos que nuestros ilustrados próceres de 1812, como si nuestro genio político fuese capaz de resolver el insoluble problema catalán y vasco precisamente historificando otras identidades comunitarias. Y como Adán en el Paraíso, embriagados de novedades, fuimos aquí y allá estrenando nuevas formas y estructuras pretendidamente democráticas bien alejadas de los aburridos usos y costumbres políticos de democracias centenarias, que eso quedaba para los suizos y flamencos que al fin y al cabo sólo habían dado al mundo relojes de cuco y otras bagatelas. El caso era no aburrirse y que la voluntad política fuese un perpetuum mobile que volviera a asombrar al orbe, al precio, claro está, de expulsar cualquier reflexión y autocrítica sosegadas. Y mucho menos tejer paciente y humildemente un tejido productivo digno de un país europeo y no fiarlo todo a la 200.000 millones de euros recibidos de Europa.

Y así estamos en este atardecer del modelo del 78 que arroja en su naufragio unos restos de cinco millones de parados, la abolición del escaso tejido industrial y una deuda financiera inasible, tras este crujido de nuestra voluntad ciega en los rompientes de la realidad desnuda. Todo ello en un colapso institucional tan hondo que, al contemplar el panorama de nuestra patria incautada, no podemos evitar aquel quejido que El Caballero de la Triste Figura vierte a su confidente, cansado ya de tanta hazaña frustrada: “Déjame morir a manos de mis pensamientos, a fuerza de mis desgracias”. Ojalá volvamos a las cosas y nos dejemos de una vez de hazañas estrafalarias y, además, tan mortales para una democracia.

* Ignacio García de Leániz es profesor de Comportamiento Humano en la Empresa

El cabreo de la izquierda
Zapatero ha demostrado de la forma más palpable que la izquierda no tiene fórmulas para cuando vienen mal dadas
JOSÉ MARÍA CARRASCAL ABC 5 Julio 2010

SI ustedes creen que los madrileños están cabreados, no saben cómo está el resto de los españoles. Me he tragado mil y pico de kilómetros hasta uno de los extremos de la Península y por todas partes no he encontrado más que indisimulada indignación, solo suspendida durante los partidos del Mundial. Lo más curioso es que se trata de una cólera que no distingue de sexos, de edades, de estatus económico, de niveles culturales, de regiones ni, esto es lo más gordo, de filiaciones políticas. No he visto ni oído a nadie alabar al gobierno, e incluso los socialistas de toda la vida, aquellos amigos que ya en la adolescencia eran de izquierda, no se atreven a defenderle, notándose en ellos una furia sorda, una rabia contenida, una desazón personal, que nada tiene que envidiar a la de los conservadores declarados, mucho menos imaginativos, que se limitan a llamar a Zapatero «marxista-leninista» y algún otro adjetivo personal impublicable.

Esto es nuevo. El presidente del Gobierno ha conseguido no ya desilusionar, sino irritar a la izquierda más genuina, que nunca votaría derecha e incluso es posible vuelva a votarle, pero será tapándose las narices y no mirándose al espejo en unos cuantos días. He tenido ocasión de charlar con algunos de ellos, aunque prefieren obviar el tema y si bien manejan los argumentos más simples como escudo —la nula colaboración del PP en una emergencia nacional, las culpas del neoliberalismo desbordado en la crisis—, en cuanto uno escarba, se da cuenta de que al fondo hay un cabreo enorme por haber sido estafados. Zapatero les ha traicionado, les ha embaucado, les ha hecho hacer el ridículo, que es lo que menos aguanta un español de izquierdas, derechas o de centro, si hay alguno de centro.

Zapatero ha demostrado de la forma más palpable que lo del socialismo-social es un cuento, que la izquierda no tiene fórmulas para cuando vienen mal dadas, que lo único que sabe hacer es derrochar el dinero acumulado por la derecha, hacer nuevos ricos al amparo del gobierno, convertir la cultura en un pesebre, crear una generación de ignorantes y despreocuparse de los trabajadores que verdaderamente lo necesitan: aquellos con empleo temporal o en paro. Esas son las vergüenzas de Zapatero que la crisis ha dejado al descubierto, eso es lo que pone roja de ira a la izquierda, que aprieta los dientes y arroja venablos envenenados contra todo y contra todos en tertulias de café y de la radio, en periódicos de la capital y de provincias, conteniéndose, eso sí, en el último segundo para no pedir su dimisión. Y es que la izquierda de hoy es todavía más hipócrita que la derecha de ayer.

La consumación de un golpe de estado (IV): Condición sine qua non
Luis del Pino Libertad Digital 5 Julio 2010

Editorial del programa Sin Complejos del domingo 4 de julio de 2010

Les voy a pedir que hagan un ejercicio de memoria histórica. En el artículo anterior comentaba cómo la sentencia del Estatuto catalán ha venido a dar la puntilla definitiva a la Constitución del 78, enmendándola por la vía de los hechos consumados. En éste, me gustaría invitarles a que retrocedan ustedes seis años en el tiempo y se pregunten cómo hemos podido llegar a esta situación.

Volvamos atrás, a la mañana del 11 de marzo de 2004, cuando tuvo lugar ese atentado terrorista que tan incómodo parece resultarle a nuestra clase política, si tenemos en cuenta que en el reciente homenaje a las víctimas del terrorismo en el Congreso no hubo ni siquiera una mínima mención al que continúa siendo el mayor atentado de nuestra Historia.

¿Quién organizó el 11-M? Si yo les preguntara a ustedes, uno por uno, quién creen que fue el autor intelectual de aquella masacre, probablemente me encontraría con muchas respuestas distintas, tantas como hipótesis se han ido planteando. Me encontraría aún con gente que me diría que fue Al Qaida, en venganza por nuestra participación en la Guerra de Irak. Me encontraría con personas que dirían que fue ETA, la misma banda terrorista que lleva décadas atentando en nuestro país. Me encontraría con quienes señalarían a Marruecos o a Francia, deseosas de neutralizar la pujanza española. Me encontraría con quienes piensan que fue algún servicio de inteligencia nacional o extranjero el que movió los hilos de la operación... Las distintas hipótesis que se han planteado, y que rondan por la mente de muchos españoles, son muchísimas y de lo más variado. Tantas son esas hipótesis, que más que orientarnos, lo único que hacen es confundirnos.

Para intentar arrojar algo de luz sobre el asunto, conviene por tanto que variemos el enfoque. En lugar de preguntarnos directamente quién organizó el 11-M, vamos a tratar de aplicar esa vieja máxima que dice que, para resolver un crimen, lo mejor es buscar a aquél que se ha beneficiado con el mismo. Así que déjenme que les pregunte de nuevo: ¿qué consecuencias tuvo el 11-M?

Si nos fijamos en la escena internacional, lo primero que observamos es que el 11-M no ha tenido la más mínima consecuencia. Es verdad que, de resultas de aquel atentado, nuestras tropas terminaron retirándose de Irak, dejando en ridículo a España y a los españoles. Pero la retirada de nuestras tropas no tuvo, por su parte, ninguna consecuencia significativa en la situación iraquí, ni en el equilibrio de poder en la zona.

También es verdad que, con la llega de Zapatero al poder, España efectuó un giro pro-marroquí en su política exterior. Pero ese giro que tan bien ha protagonizado el ministro Moratinos no ha tenido, en el terreno práctico, ninguna consecuencia de importancia para Marruecos, ningún beneficio concreto medianamente significativo.

Es cierto, por último, que España ha pasado a no tener el más mínimo peso, ni dentro ni fuera de la Unión Europea. Pero eso no ha alterado de manera significativa ningún equilibrio internacional de fuerzas, ni entre nuestros socios europeos, ni en ninguna otra parte.

En el terreno de la geopolítica, el 11-M podría perfectamente no haber existido, y el mundo no sería por ello distinto.

Desde el punto de vista internacional, por tanto, es verdad que España ha perdido enormemente desde el 11-M. Pero nadie se ha beneficiado de forma especialmente significativa de esa pérdida. No existe, en el terreno internacional, nadie que podamos decir que ha obtenido claros réditos del crimen, porque el 11-M no provocó, desde el punto de vista de los equilibrios internacionales de fuerzas, ningún cambio dramático.

Los únicos cambios dramáticos que el 11-M ha producido han tenido lugar en el interior de nuestro país, donde aquel atentado, y su posterior manipulación, pusieron en marcha una dinámica suicida de voladura controlada de la Constitución.

Si quieren, se lo planteo de otro modo. Háganse la siguiente pregunta: ¿hubiera sido posible llevar a la práctica este autogolpe con el que el Tribunal Constitucional acaba de liquidar la Constitución de 1978, de no haber mediado el 11-M? Si no hubiera habido 11-M, ¿habría podido ponerse en marcha la estrategia de cordón sanitario contra el PP, y de negociación con ETA y de reforma de la Constitución por la vía del Estatuto catalán?

La respuesta es que no. Sin el 11-M, sin la conmoción social que el 11-M provocó, sin el estado de shock que el 11-M indujo en la opinión pública, hubiera sido absolutamente imposible que llegáramos al punto al que hemos llegado. El 11-M era condición sine qua non para todo lo que nos ha pasado después.

Atendiendo, por tanto, a las consecuencias del atentado, no cabe otro remedio que concluir que el 11-M se llevó a cabo precisamente para poner en marcha esa dinámica de liquidación del régimen constitucional nacido de la Transición.

Evidentemente, mientras no tengamos pruebas fehacientes, habrá que admitir cualquier hipótesis sobre el 11-M que quiera plantearse. Pero lo que la lógica nos dice es que la masacre del 11-M fue una operación cien por cien nacional y con unos objetivos exclusivamente nacionales.

El 11-M buscaba provocar en España un cambio de régimen, superando la Constitución del 78 por la vía de los hechos consumados.

Y vaya si lo ha conseguido.

La fabricación mediática del resentimiento político en Cataluña
Carlos Martínez Gorriarán  Blog 5 Julio 2010

Está dando mucho que hablar la distancia cada vez mayor de percepción política entre la sociedad catalana y el resto de la española. Al parecer, causa un gran asombro que la mayoría de los catalanes encuestados haga suyos los tópicos y prejuicios políticos del establishment que controla el cotarro en el Principado, a saber: la abrumadora mayoría de la clase política, la práctica totalidad de los medios de comunicación, y las asociaciones y entidades de toda clase, desde el fútbol-club Barça hasta Omnium Cultural -siniestra entidad sedicentemente intelectual-, pasando por patronales, sindicatos, etc. Todos ellos llevan treinta años propagando los mismos mitos identitarios y las mismas exigencias políticas de más y más autogobierno para Cataluña, sea ello posible y conveniente o no, quepa o no en la Constitución, choque o deje de chocar contra principios elementales de igualdad democrática y de racionalidad política e incluso económica. Y lejos de haberse ido generando una oposición cívica y política contra este penoso cultivo de la unanimidad, los partidarios del victimismo y de su explotación a toda costa no han dejado de crecer. Quizás sea ese el “hecho diferencial catalán” más acusado: la marginalidad y el ostracismo que sufren los disidentes y críticos, por moderados y razonables que sean y muy integrados socialmente que estén, de esa manía antidemocrática de hablar en nombre de Cataluña, como si esta comunidad fuera un rebaño donde todos quieren lo mismo, piensan igual, comparten idénticos sentimientos, sangran por la misma herida patriótica, y cuyos corazones laten con acompasada taquicardia bajo las sevicias del centralismo de Castilla (¡muchos hablan como si siguiera gobernando el conde-duque de Olivares!) Un caso no ya desusado en España, sino insólito en Europa fuera de algún reducto residual de las antiguas repúblicas soviéticas. Y ellos, que se creen los más europeos y moderno de todos…

Con semejante panorama, lo insólito y milagroso sería que en Cataluña existieran redes sociales y entidades políticas no ya capaces de ofrecer resistencia y oponerse a esa envenenada unanimidad –pues éstas sí que existen en el mundo cívico y también en el político-, sino que a día de hoy ofrecieran una oposición potente al nacionalismo obligatorio –al estilo del constitucionalismo en el País Vasco, que tanto admiran muchos catalanes- y constituyeran una alternativa seria a medio plazo en todos los campos. Porque uno de los éxitos más innegables del nacionalismo obligatorio catalán ha consistido en inocular el virus diferencialista incluso a los más fervorosos antinacionalistas, que se sienten tan incomprendidos y atacados por las fuerzas ajenas a Cataluña como esos nacionalistas que tanto deploran, y acaban repitiendo como loros idénticos análisis obsesivos centrados en el “nadie nos comprende porque no viven en Cataluña y no saben lo que es esto”. Esta perspectiva desviada está en la raíz del fracaso de algún experimento político muy prometedor que se desbarató apenas comenzado, de ahí la importancia de no recaer en el mismo error: crear un partido antinacionalista puramente reactivo que acaba reproduciendo lo que denuncia y se refugia en políticas de gueto.

Tan grave parece el panorama que muchos piensan que todo está perdido –el mismo Albert Boadella, sin ir más lejos- y que lo máximo que puede lograrse es aquello que José Ortega y Gasset llamó en célebre debate parlamentario en las Cortes de la República, en polémica con Manuel Azaña, la conllevancia con el “problema catalán”. Sin embargo, cosas más improbables hemos vivido, comenzando por la transición a la democracia a partir de la dictadura de Franco. Al igual que aquella nefasta dictadura, el monolitismo nacionalista catalán es el resultado de un cruce de intereses sociales y políticos de lo más tradicional con un sistema comunicacional, cultural y educativo férreamente controlado por el poder político. Así como en la última época de la dictadura franquista buena parte de la sociedad española –donde los demócratas activos eran una minoría marginal- seguía pensando que los comunistas tenían cuernos y rabo y que el resto del mundo atacaba a España por pura envidia y mala voluntad, así ahora el catalanismo social cree a pies juntillas que los centralistas españoles son el demonio y que atacan a Cataluña por pura maldad depredatoria. ¿Qué van a creer si es lo que oyen y leen todos los días al 98% de los portavoces oficiosos y oficiales de las instituciones catalanas, muchos desde que tienen uso de razón?

Para afrontar con éxito el mal llamado “problema catalán”, o el “problema vasco” o cualquier otro semejante, se debe comprender que en gran parte son problemas fabricados y cultivados con perseverancia obsesiva por quienes viven de gestionarlos. El propio Zapatero se apuntó con desvergüenza y ya legendaria torpeza a esa estrategia al prometer que lo que se aprobara en Cataluña sería aprobado en Madrid. Es indudable que calculaba poder sacar grandes beneficios políticos de la indecente impostura de ponerse al frente de la manifestación por la soberanía de Cataluña. Lo que ha conseguido a la vista está: poner el Estado de derecho al borde del abismo.

Veamos un ejemplo de cómo se crea ese estado unánime de opinión donde los efectos se convierten en causas y la pluralidad se falsea en unanimidad. Ayer mismo publicaba El País una triste encuesta que daba cuenta de la cada vez mayor diferencia de percepción entre los catalanes y el resto acerca del significado de la sentencia del TC. La mayoría consideraba que era una grave ofensa y agravio contra Cataluña. Pero había al menos un 39% de los encuestados que rechazaba ese punto de vista o tenía muchas dudas al respecto. A continuación, el periódico ofrecía lo que pretendía ser una muestra cualitativamente representativa del estado de opinión de Cataluña. Milagrosamente, ni uno sólo de los encuestados pensaba algo distinto de lo expresado por Montilla, Puigcercós o Mas: ¡absoluta unanimidad, sólo modulada por el grueso de la expresiones de victimismo (un industrial galletero tenía la caradura de afirmar que España considera a Cataluña una colonia que puede expoliar fiscalmente)! Y entonces, ¿Dónde estaba ese 39% que según la encuesta no comulga con las ruedas de molino del establishment? En El País del domingo no estaban, desde luego, y sobre todo no se les espera. ¡Ya pueden quedarse afónicos diciendo que piensan distinto! ¡Ay, qué sabrán ellos de lo que les conviene! Pero dirán que ese es el estado real y espontáneo de la opinión catalana. De la opinión fabricada e impuesta, pues sí. De la otra, que se hable lo menos posible. Así que ustedes me dirán si no es esperanzador y asombroso que, pese a todo, haya un 39% de catalanes que no se consideran atropellados por el TC.

Los buitres de la memoria histórica
Teresa Puerto Ferre. Minuto Digital 5 Julio 2010

Jose Calvo Sotelo. In Memoriam

Ha saltado a la opinión pública el escándalo del SECUESTRO, por el “komisariado-mordaza” de ZP, de los diarios del Presidente de la II República Española don Niceto Alcalá Zamora y su rotunda NEGACIÓN a que vean la luz pública ….

¿Razón esgrimida? pues que su publicación… ¡¡ “podria causar crispación”!! según palabras de Rogelio Blanco, cancerbero mayor de este Régimen Zapaterino tan antidemocrático y tan sectario : no solo nos están secuestrando nuestro pasado más reciente con su Ley para la Falsificación de la memoria Histórica sino también nos niegan las fuentes que certifican esa permanente falsificación.

Los manuscritos de las memorias de Alcalá Zamora fueron saqueados por los milicianos frentepopulistas en febrero de 1937 y, por diverso avatares, han llegado a manos del actual Ministerio de Cultura que se niega a publicarlos para que no conozcamos el macrofraude electoral de febrero de 1936 que elevó al poder al stalinista Frente Popular, y el triple golpismo ROBOlucionario y de izquierdas de octubre de 1934 :

1º la rebelión armada en Asturias de los mineros y la toma violenta de Oviedo con 100 muertos. Revuelta dirigida por el diputado SOCIALISTA González Peña

2º la “revolución golpista en Cataluña con el anarco -sindicalista catalán Lluis Company que se burló de la Constitución de 1931,declarándose independiente y proclamando “l´Estat Catalá”

3º la “revolucion en Madrid” del SOCIALISTA Largo Caballero que se levantó en armas porque no acepta el gobierno legítimo de derechas y anuncia la dictadura del proletariado como “único remedio de los males de España”.

Todo este violento y antidemocrático proceso revolucionario de las izquierdas violentas y del Socialismo stalinista fue el desencadenante de la barbarie que provocó el estallido de la Guerra inCivil Española que ZP quiere secuestrarnos y que están contados en primera persona por el que fue testigo de primera mano : Don Niceto Alcalá Zamora.

Y allí está contado, también, el trágico incidente protagonizado por aquella flor fétida del stalinismo genocida , Dolores Ibarruri , alias La Pasionaria, profetizando el asesinato del Jefe del Bloque Nacional y diputado don José Calvo Sotelo.

“ El 16 de junio de 1936, el diputado Gil Robles pronunció en las Cortes Españolas un discurso en el que acusaba al gobierno de lenidad para con la brutal violencia y el crimen desatado: 160 iglesias destruidas y 251 objeto de incendio y saqueo ; 269 personas asesinadas y 1280 heridas ; 69 locales políticos destruidos ; 113 huelgas generales y 228 parciales , así como numerosos casos de violencia .

Por no ser menos , José Calvo Sotelo pronunció también un discurso que si bien en sí no iba más allá de lo que, como diputado, tenía derecho a decir y hacer , resultaba imprudente en extremos para un hombre de sus opiniones aquella atmósfera caldeada . Cuando volvió a sentarse , entre protestas y aclamaciones de unos y otros, Dolores Ibarruri , alias La Pasionaria , del Partido Comunista de las Cortes le gritó: “Ese es tu último discurso”. Y así fue” (fuente: “España” de Salvador de Madariaga .6ª edic.México. págs 559 y 560) .

El entonces Presidente del Congreso, Diego Martinez Barrio, ordenó que esa frase de la líder stalinista no se recogiera en el Diario de Sesiones pero fueron transcritas por los periódicos del día siguiente y han sido comentadas por cronistas, historiadores, y ensayistas de todos los colores políticos.

El 13 de julio un destacamento de fuerzas de Orden, flanqueado por pistoleros comunistas y socialistas y al mando de un capitán socialista de la Guardia Civil , Condés, secuestró y asesinó vilmente en su domicilio al jefe dela oposición monárquica , José Calvo Sotelo.

Los buitres devoradores de aquella legalidad son los mismos buitres carroñeros que hoy nos están saqueando nuestra debilitada democracia.

www.teresafreedom.com

El Editorial La Razón 5 Julio 2010
Alejamiento peligroso

De la encuesta que hoy publica LA RAZÓN en torno a los efectos que ha tenido en la opinión pública el fallo del Tribunal Constitucional sobre el Estatuto catalán se desprende un preocupante divorcio de percepción entre los catalanes y el resto de los españoles. Es comprensible, y a nadie debería extreñar, que existan diferencias de sensibilidad y que la emotividad se exprese a veces de manera opuesta. Pero lo que se deja traslucir a propósito del Estatuto va más allá y ningún político o gobernante responsable debería archivarlo a beneficio de inventario y, menos aún, aprovecharlo para sacar tajada partidista. La encuesta tiene especial interés cuando plantea una pregunta clave: ¿a quién perjudica más la sentencia, a Zapatero o a Rajoy? Las respuestas son muy nítidas: la mayoría de los españoles estima que el más perjudicado es el presidente del Gobierno, que se erigió en el gran impulsor del Estatuto, mientras que en Cataluña se considera que el peor parado es el líder del PP, aunque el TC le haya dado en parte la razón y, sobre todo, haya avalado su decisión de recurrir.

Más allá de la valoración ad hóminem, lo que subyace a estas respuestas es que el Estatuto catalán se ha vendido como un pulso entre el PP y el PSOE, en vez de lo que fue: una respuesta que los socialistas ofrecieron a las demandas nacionalistas para garantizarse el poder tanto en Madrid como en Barcelona. Las alianzas tejidas en torno a la reforma son las mismas que han permitido a Zapatero estos seis años de gobierno y a Montilla, los últimos cuatro. En vez de abordarse con el espíritu de consenso que configuró el mapa autonómico hace treinta años, con el apoyo de los dos grandes partidos nacionales, el nuevo Estatuto se planteó como un trágala al centro derecha, sobrepasando las costuras del traje constitucional.

 Esta polarización premeditada y alimentada por intereses partidistas ha hecho mella en la sociedad catalana, hasta el punto de que hoy, cuatro años después de abierto el proceso, el distanciamiento con el resto es mucho más acusado, más agrio y más visceral. Así lo atestigua, por ejemplo, el hecho de que la gran mayoría de los españoles encuestados esté conforme con el actual desarrolo autonómico, mientras que una mayoría catalana reclame más soberanía. Todo ello nos lleva a redoblar el llamamiento a la prudencia y a la responsabilidad que venimos haciendo desde que se publicó el fallo del Tribunal Constitucional. Salvo los que se aferran dogmáticamente a sus errores, como el PSOE, todas las demás fuerzas políticas coinciden en que esta reforma estatutaria ha sido una experiencia nefasta para la convivencia, negativa para la salud del Estado y desestabilizadora para Cataluña.

En contra de lo que prometió Zapatero, que acusaba a Aznar de envenenar la convivencia con los nacionalismos, hoy existe más crispación, más suspicacias y más incomprensión mutua que entonces. Pero llegado a este punto, se debe exigir a los socialistas, como gobernantes en ambas orillas, que actúen con sentido de Estado, no azuzen más a una sociedad catalana necesitada de otras políticas para salir de la crisis, y retomen el camino del consenso constitucional con el PP, que nunca debieron abandonar por cordones sanitarios y pactos de exclusión.
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La tercera vía de ZP
Se impone un modelo confederal al tiempo que se ridiculiza a quienes denuncian la ruptura del modelo autonómico
CÉSAR ALONSO DE LOS RÍOS ABC 5 Julio 2010

«Objetivo cumplido» dijo Zapatero, y añadió que nunca en la historia de España se habían atendido tanto las exigencias de autogobierno de Cataluña como en el Estatut . Pero ¿por qué utilizó unos términos tan grandilocuentes cuando lo relevante del fallo del TC eran los recortes? Porque se darán nuevas leyes que vendrán a reparar las lesiones infligidas a éste. En definitiva, se entrará en las cuestiones más graves por la puerta de atrás. Como en la unidad de jurisdicciones. Lo que no tendrá arreglo es el problema de las lenguas. La negación del carácter «preferente» al catalán no devolverá al castellano la condición «vehicular» en la enseñanza.

Que es lo que importa. Así que una nueva legislación vendrá a anular los «desmanes» producidos por el TC, y así se sigue en la línea del tratamiento que viene mereciendo nuestra Constitución desde el primer día. La introducción del término «nacionalidades» y la indefinición del Estado permitieron pensar a los nacionalistas que aquella respondía a un «pacto» implícito en relación con una fórmula a largo plazo confederal. De hecho han actuado siempre en esa línea.

En la realidad se pisotea la Constitución y se critica a quienes lo denuncian. Es un comportamiento hipócrita especialmente repugnante por cuanto se trata de un hecho colectivo. Se impone un modelo confederal al tiempo que se ridiculiza a quienes denuncian la ruptura del modelo autonómico. Pero ¿acaso no fue el propio ZP el que defendió la revisión de los Estatutos como paso obligado hacia un sistema confederal? A pesar de ello tanto para los socialistas como para los populares la Constitución ha salido reforzada con el fallo del TC, y el ministro de Justicia proclama que se afirma «la unidad en la diversidad». ¿No habrá querido decir «unidad en la desigualdad»?

Los silencios cómplices de Rajoy y Zapatero

EDITORIAL Libertad Digital 5 Julio 2010

El presidente del Gobierno y el líder de la oposición han tratado, cada uno a su manera, de pasar página una vez hecho público el fallo del Estatut. Ambos abogan por "mirar al futuro" y tratan de aparentar que con la sentencia del Constitucional el estado de las autonomías queda plenamente normalizado y estabilizado. A Zapatero le interesa desviar la atención de un texto que él mismo promovió a sabiendas de que era claramente inconstitucional en la gran mayoría de su articulado. Rajoy, más interesado en llegar al poder a lomos de los nacionalistas que en preservar la democracia, trata de hacernos olvidar las cinco millones de firmas contra el Estatut que recogió por todos los rincones de España.

Y, sin embargo, si algo no ha logrado el fallo del Constitucional ha sido calmar los ánimos de aquellos a quienes se quiso contentar con el Estatut primero y con una absurda sentencia después. Los nacionalistas de todos los partidos, incluyendo esa sucursal catalana del PSOE que es el PSC de Montilla y Chacón, han convocado una manifestación para el próximo sábado no ya contra el Constitucional, sino contra la legitimidad misma que tiene el soberano pueblo español para retocar cualquier texto aprobado por el parlamento catalán. Es decir, el objeto de la marcha del 10 de julio no es el de exhibir las discrepancias de tipo jurídico sobre la sentencia, como muchos ingenuos quieren pensar, sino socavar la mismísima soberanía del pueblo español. De ahí que Montilla llame a los catalanes a "envolverse en la señera", transformando los símbolos regionales de Cataluña en todo un ariete contra las instituciones políticas de España.

Teniendo en cuenta que no sólo las Cortes y el Gobierno de España o el parlamento y el gobierno catalán, sino también todo el régimen jurídico que supuestamente garantiza los derechos y libertades de los españoles, dependen de la Constitución del 78 que, a su vez, se funda sobre la soberanía nacional, sería deseable y exigible que Zapatero y Rajoy defendieran con más ahínco la legalidad vigente frente a la deriva insurreccional en la que ha caído la mayor parte de la casta política catalana. Hasta la fecha, PP y PSOE evitan hacer cualquier referencia a la marcha nacionalista, como si lo que pasara en Cataluña formara parte del folclore regional.

Sin embargo, la condena y oposición a la misma resultan imprescindibles porque, como decimos, la nación española es algo más que el colectivo al que pueden adscribirse éxitos deportivos: es la base de nuestras libertades. Los liberales de Cádiz lo tenían bien claro ya en 1812 y así lo plasmaron en el artículo 3 de nuestra primera constitución: "La soberanía reside esencialmente en la Nación, y por lo mismo pertenece a ésta exclusivamente el derecho de establecer sus leyes fundamentales".

Permitir que un grupo de presión organizado, como son los nacionalistas, trocee y rehaga a su gusto esa Nación es permitirles que nos impongan las leyes que les plazcan; es, en contra de lo que establecía el artículo 2 de la Pepa, convertir la Nación y nuestras libertades en el patrimonio de una casta.

PSOE y PP están obligados a defender a la soberanía nacional de cualquier banda que pretenda subyugarla. El problema es que muy probablemente Zapatero y Rajoy son, junto a los nacionalistas, los primeros interesados en subvertir y patrimonializar el orden constitucional. La limitación del poder les incomoda. Es mucho más fácil negociar y entenderse con los señores feudales de las regiones de España que rendir cuentas ante el pueblo soberano. Zapatero así lo viene demostrando desde 2004 y Rajoy parece que comprendió la lección cuatro años después.

Estatut
La bravata del fanfarrón
Emilio Campmany Libertad Digital 5 Julio 2010

Los políticos de Cataluña que son nacionalistas, que lo son casi todos los que allí pacen, se han tomado muy mal la sentencia del estatuto. Habrían denostado cualquier sentencia, incluso una que hubiera dicho que el estatuto es constitucional, porque lo que niegan es la legitimidad de nadie para constreñir lo que el soberano pueblo de Cataluña haya refrendado. Sin embargo, el pueblo catalán no existe como titular de ninguna soberanía. Como tampoco existe el murciano o el gallego. Por eso, la Constitución entra en contradicción cuando, después de decir que la soberanía nacional reside en el pueblo español, regula la modificación de los estatutos de autonomía exigiendo un referéndum entre los electores "inscritos en los censos correspondientes". Los electores inscritos en los censos correspondientes no deberían tener nada que refrendar en una nación donde el único soberano es el pueblo español. En cualquier caso, de este resbalón del artículo 152.2 no puede deducirse que el pueblo catalán tenga constitucionalmente reconocida ninguna soberanía en conflicto con la del pueblo español.

Partiendo de estas premisas, no puede extrañar que los políticos nacionalistas se hayan vestido con la túnica de la cofradía de la santa indignación y hayan salido en procesión por todas las televisiones llevando con irritación la pesada cruz de ser español. El más divertido de ver ha sido Montilla, con ese mohín de niño contrariado que tan bien sabe poner cuando se le disgusta. Da risa verlo andar por el claustro del palacio de la plaza de San Jaime con paso corto y algo apresurado, el ceño y los labios fruncidos, negando con la cabeza y aparentando resolución a tomar la más grave de las decisiones.

Artur Mas, como no es tan teatral, se ha limitado a hacer lo que llevan treinta años haciendo los nacionalistas, amenazar al presidente del Gobierno con dejarle caer si se le ocurre volver a alabar la sentencia.

Pues bien, la amenaza no es más que una bravata. Ningún nacionalista, y menos aun Mas, va a dejar caer a Zapatero por la sencilla razón de que con ningún otro presidente podría el nacionalismo catalán estar mejor. No ya es que teman la llegada a la Moncloa de un PP que, después de todo, está más aguado que el vino que tiene Asunción. Es que en todo el PSOE no es posible encontrar un sustituto más dispuesto a inclinarse ante los nacionalismos como lo está Zapatero por naturaleza. Si encima se cae en que esa natural tendencia a satisfacer cualquier cosa que salga del Parlamento de Cataluña se ha convertido hoy en una necesidad de supervivencia, se concluye que es imposible que Mas vaya a abandonarlo a su suerte. Incluso en el improbable supuesto de que el PSOE promoviera su sustitución, el primer salvavidas de Zapatero sería CiU.

El oxígeno que el catalán administró al moribundo absteniéndose en la convalidación del decretazo contra pensionistas y funcionarios no estuvo motivado por ningún interés general, sino por la conveniencia de conservar con vida al presidente para extraerle tantas concesiones como su necesidad de apoyos permitan a partir del momento en que CiU vuelva a pisar moqueta después de las catalanas de este otoño. Sus amenazas contra Zapatero no se las cree nadie. Bueno, a lo mejor, se las creen en el PP, donde se fantasea con entrar en el gobierno de CiU. Algún día escarmentarán.

Estatut
Secuestro de la democracia
Agapito Maestre Libertad Digital 5 Julio 2010

Múltiples son las imágenes de un político. De Aznar, sin embargo, domina una sobre todas las otras. Su imagen auténtica se superpone a las apócrifas que el propio Aznar tiene de sí mismo. Es un tipo político fiable; intenta dar coherencia vital, política e incluso intelectual a sus palabras. Aznar es de los pocos políticos que aún me merecen algún respeto ideológico; por eso, y sólo por eso, me detengo en sus declaraciones sobre el fallo del Constitucional en torno al Estatuto de Cataluña, que es, se mire como se mire, la expresión más relevante de las alianzas entre los socialistas y los nacionalistas para transformar la estructura del Estado, en realidad, para manipular las bases de la democracia, sin consultar a los españoles.

Aznar ha reaccionado varias veces, desde el famoso Pacto de Tinell de 2003, contra esa exclusión de la ciudadanía en general, y del PP en particular, de la vida política que es, sin duda alguna, tanto como decir el secuestro de la democracia. El diagnóstico de Aznar sobre ese secuestro siempre fue crítico y, sobre todo, pesimista; pero, ahora, a raíz del fallo del Tribunal Constitucional emite un pronóstico tan optimista y utópico que llama mi atención. Cree el presidente de FAES que esta sentencia debería dar por zanjada la revisión del modelo estatutario. Su propuesta no es otra que gracias a este fallo debemos "dar por concluida esta irresponsable deriva de inestabilidad y deterioro institucional". El desideratum de Aznar es respetable, pero me parece tan irreal como ilusorio y cómplice es el silencio de Rajoy sobre lo dicho por el Tribunal Constitucional, a todas luces, dirigido y controlado por Zapatero de principio a fin.

Ni el deseo de Aznar ni el silencio de Rajoy sobre el fallo del Tribunal Constitucional terminarán con la fortaleza que construyeron hace años, y con puño de hierro, los socialistas y los nacionalistas para encerrar el espíritu democrático de la Constitución. La reforma de los Estatutos ha acabado con la nación española como el principal sujeto político de la democracia. Los "ideales" de Aznar, expresado en los cursos de verano de FAES, y el "pragmatismo", o la callada por respuesta, de Rajoy son piezas maestras para anestesiar a la ciudadanía de que el propio PP hace ya tiempo se "enganchó" a ese pacto de socialistas y nacionalistas para reformar la Constitución, o mejor, asesinar a la nación española, sin contar con la ciudadanía.

Aznar, pues, se equivoca. El fallo del Tribunal Constitucional, lejos de traernos más estabilidad y tranquilidad institucional, abre el portón para todo tipo de tropelías antidemocráticas e irresponsabilidades políticas. El fallo es un espaldarazo a las "elites" políticas que han negado la realidad nacional española. El estatuto catalán, y sospecho que todos los que se han reformado en esta época de Zapatero, ha hurtado la base clave de la democracia: la nación española. He ahí la única realidad de la trágica política española. Todo lo demás son ganas de hacernos perder el tiempo. O aceptamos que los políticos, incluidos los del PP, están asesinando España de espalda a los españoles, o hacemos "moralina" aznarista.

El discurso del día de fiesta de Aznar me gusta, pero es sólo un adorno para que no se note que el PP, es decir, Rajoy, Camps, Arenas y todos los demás, han tragado con el secuestro de la nación española que han llevado a cabo nacionalistas y socialistas para las próximas generaciones. El silencio de Rajoy sobre el fallo del Tribunal Constitucional sólo tiene una interpretación: ¡Quién calla, otorga! El Estatuto de Cataluña, junto a otros estatutos "de segunda generación", diseñan una nueva Constitución española al margen de los españoles. El PP es tan irresponsable como los socialistas y nacionalistas de ese secuestro democrático. Vale.

Sentencia política impropia de un tribunal
Xosé Luis Meilán. La Voz 5 Julio 2010

El Tribunal Constitucional ha de decidir sobre asuntos de un innegable contenido político, pero su juicio debe realizarse desde una perspectiva jurídica. No lo ha hecho así en aspectos destacados del Estatuto de Cataluña. Desde el nacimiento del proyecto hasta ahora ha estado penetrado de una marcada intencionalidad política, más aún partidaria, que ha llegado al interior del tribunal. Los cuatro años empleados para la sentencia suponen un manejo del tiempo que ha permitido desarrollos legislativos del Estatuto haciendo más arduo el pronunciamiento y ha favorecido al Gobierno que lo patrocinó como inmaculado. La presidenta consiguió el definitivo desbloqueo del problema. De los datos publicados resulta que para ello fue decisivo vencer la resistencia del magistrado Aragón, nombrado por el Gobierno, a aceptar el valor jurídico de nación en el preámbulo del Estatuto. Lo sorprendente ha sido que la presidenta no votó su propia propuesta, como tampoco los otros tres magistrados del bloque considerado cercano al Gobierno, del que ha resultado ser incondicional.

No lo tenía fácil el tribunal. No se trataba de una auténtica reforma sino de una seudorreforma, un nuevo Estatuto que se correspondía a lo inicialmente declarado por el presidente del Gobierno como Estado plurinacional. Como resultado de la componenda una serie de artículos son constitucionales, pero sometidos a interpretación. Y aunque esa fórmula no es una novedad en el modo de proceder del tribunal, resulta en mi opinión jurídicamente inapropiada en este caso por la importancia de la sentencia para la comprensión del Estado autonómico. No contribuye a la seguridad jurídica, que todo tribunal debe garantizar con eficacia, se consideren acertadas o equivocadas sus resoluciones.

La declaración de constitucionalidad de unos preceptos si se interpretan como el tribunal puede ser una solución política. No es eso lo que se pide a un tribunal. En unos casos -como la lengua propia y las lenguas oficiales- la interpretación resulta superflua y en otros, como la sujeción de entidades, empresas y establecimientos al deber de disponibilidad lingüística, era improcedente. Si el precepto inducía a confusión lo coherente hubiera sido declararlo inconstitucional en la línea de lo que el tribunal acordó para el Consejo de Justicia de Cataluña.

Lo mismo podría aplicarse a otros artículos interpretados, en especial los relativos al respeto de la posición de Cataluña en la ordenación de la renta per cápita entre las comunidades autónomas o a la inversión del Estado en infraestructuras, de dudosa naturaleza estatutaria.

No es seguro que las interpretaciones eliminen los conflictos. Más propio hubiera sido declarar la inconstitucionalidad de los preceptos ambiguos en razón de cómo están redactados. Se podrían plantear de nuevo en otros términos. Sería menos político en el corto plazo, pero más conforme con la naturaleza del tribunal, cuya imagen de independencia ha quedado dañada.

Montilla, doble agente
El papelón del presidente catalán es poco envidiable y la situación de Zapatero más que comprometida
IÑAKI EZKERRA El Correo 5 Julio 2010

Hay quienes están viendo en Montilla a un furibundo nacionalista catalán, pero yo, la verdad, le veo como a un pobre doble agente metido en un marronazo. Casi le compadezco. Por un lado, se ve en la necesidad de tener que parecer más nacionalista que nadie para intentar conservar su curro de presidente de la Generalitat tras las autonómicas que vienen y parar la sangría de votos catalanistas que se irán (o volverán) a CiU previsiblemente. Por otro lado, está en el mismo partido de Zapatero o -más aún- es el hombre de Zapatero en Cataluña, el que reemplazó a Maragall porque le era más útil a Zapatero que Maragall y porque este último de tanto hacerse el nacionalista se lo había creído hasta un punto que al propio Zapatero le parecía peligroso. En semejante tesitura, el papelón de Montilla es poco envidiable y la situación de Zapatero más que comprometida. Ambos han caído en su propia trampa y ésta carece de salida. Si la manifa convocada para el 10 de julio fracasa, fracasa Montilla y su intento por resultar verosímil como nacionalista catalán. Si triunfa, estamos ante el fracaso más espectacular del Gobierno, del presidente y del partido del Gobierno. Porque éste no sería un fracaso más. Sería el fracaso de su política autonómica, o sea de una de las grandes banderas con las que llegó al poder. Sería la escenificación de la descomposición y el desguace del zapaterismo que ya esbozaba la también anunciada huelga de los sindicatos contra la reforma laboral y que los propios líderes sindicales han tratado de disimular desviando la responsabilidad hacia el PP (la huelga del metro de Madrid) en arriesgado detrimento de su verosimilitud.

No. Aquí no hay escapatoria. Intente lo que intente el doble agente Montilla por vestir el muñeco de su 'obligada' movilización, ésta es un dramático varapalo a la temeraria pirueta política que ha hecho Zapatero promoviendo un Estatut que él mismo sabía inviable para desmarcarse teatralmente de un Aznar que -no lo olvidemos- también había jugado con las cosas de comer en Euskadi y en Cataluña durante los dos primeros años de su primera legislatura. Era, por esa razón, difícil tal desmarque a costa de una aventura reformista como el Estatut, que no podía tener otro destino que la poda de María Emilia y el aterrizaje en la realidad con el que ya en su día se encontró 'el primer Aznar', el que se codeaba con Arzalluz y defenestró a Vidal-Quadras.
A Zapatero no le ha quedado más remedio que traicionar al nacionalismo catalán y su honorable charnego le quiere dar ahora una milagrosa victoria haciendo como que es de otro partido. Misión imposible. Y los de la extrema derecha de este país, tan listos como siempre, se tragan el anzuelo del 'abertzalismo payés de Montilla' y dicen que ha roto España. Esos también son dobles agentes pero sin enterarse.

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