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Recortes de Prensa    Miércoles 14  Julio  2010

 

Lecciones de patriotismo
Editoriales ABC 14 Julio 2010

Sin sesgo ideológico ni partidista, los ciudadanos han dado un paso para que ciertas cosas cambien en el futuro, como empezar a enfocar los problemas con un sentido nacional y solidario

ES ingenuo pensar que la reacción social por la victoria de la selección española de fútbol en el Mundial de Sudáfrica va a tener repercusión inmediata en la situación política del país o que va a provocar cambios en las relaciones entre el Gobierno y la oposición, que hoy se verán de nuevo las caras en el Debate sobre el estado de la Nación. Hay que manejar con realismo estas movilizaciones ciudadanas y admitir que sus componentes coyunturales no van a provocar una súbita reconversión de la clase política hacia actitudes más virtuosas de respeto recíproco y atención al bien común. Sería suficiente con que esa clase política reconociera que España no es exactamente como se ha venido reflejando en su forma de representarla, y menos aún en la forma de gobernarla actualmente. Desde hace unos años, el escenario político está dominado por propuestas de discordia que han enfrentado a unas comunidades con otras, que han irrumpido en la Historia con ánimo de revancha, que han levantado conflictos sobre el agua o las lenguas. El sentido de la Transición y el pacto constituyente han sido abandonados por una acción de gobierno orientada a la división ciudadana y a la segregación del Estado. Esta situación es resultado de decisiones y alianzas políticas muy concretas, cuyo objetivo era, precisamente, el debilitamiento de las estructuras nacionales, tanto políticas como históricas y sociales.

El valor de estos días de júbilo por el éxito mundial de la selección es el de rebatir a quienes han diseñado una España fragmentaria y desvertebrada como la fórmula de convivencia —o de mera coexistencia— para los próximos años. La reinvención de España como el residuo del Estado autonómico —o federal— es un fracaso, pero no como consecuencia de una impugnación política o jurídica, sino por violentar un sentimiento absolutamente mayoritario. La espontaneidad de las manifestaciones de apoyo a la selección y de la exhibición masiva de la bandera nacional debería ser un toque de atención al Gobierno para aprender definitivamente que hay una España dispuesta, como es lógico, a aceptar su diversidad interna, pero deseosa de que se comience a dar protagonismo a lo que la une. Sin sesgo ideológico ni partidista, los ciudadanos han dado un paso para que ciertas cosas cambien en el futuro, como empezar a enfocar los problemas con un sentido nacional y solidario, clausurando esta etapa de discordias territoriales y revisionismos históricos. No conviene exagerar sobre el alcance político de estas jornadas de alegría nacional, pero menos aún ignorar la autenticidad de los sentimientos de patriotismo y orgullo que han hecho vibrar a España.

Estado de desapego
Mientras el pueblo se agarra a los lazos emotivos de integración, la política acentúa el divisionismo
IGNACIO CAMACHO ABC 14 Julio 2010

EL fútbol proporciona alegrías pero no soluciona problemas. Toda la balsámica catarsis del Mundial, que ha supuesto para los españoles una satisfacción paliativa de un mal momento anímico, no puede arreglar por sí sola la dañada estructura económica e institucional del país, que sigue sometida a la presión de varias crisis superpuestas de las que la más grave no es la social sino la política, porque es la que bloquea las posibles salidas y corroe los cimientos de la vida pública. La Copa del Mundo ha inyectado autoestima en el cuerpo ciudadano y ha sacudido el derrotismo de una nación resignada al sufrimiento histórico, pero también ha manifestado la falta de sintonía entre las aspiraciones de la gente y las de su dirigencia. Mientras el pueblo se ha agarrado con fuerza a los lazos de solidaridad emotiva e integración nacional que ha propiciado la épica gesta futbolera, la clase política se empeña en acentuar el divisionismo y la fragmentación a contracorriente de la opinión colectiva.

El debate del Estado de la Nación puede ofrecer hoy un retrato significativo de esa crisis de sistema. La agenda política está dominada por dos cuestiones artificiales que ahondan la sensación de un desapego autista: el Estatuto catalán y el desencuentro de los dos grandes partidos en torno a la recesión social y financiera. El primer asunto no prevalece en absoluto entre las prioridades ciudadanas y el segundo constituye un creciente motivo de alarma. El liderazgo (?) de Zapatero ha naufragado en contradicciones oceánicas que han triturado su credibilidad, y aunque la alternativa del PP permanece en una indefinición que no alcanza a cuajar en un impulso de regeneración de energía, el problema esencial continúa consistiendo en la escalofriante irresponsabilidad de un gobernante entregado al aventurerismo experimental y a la improvisación de modelos fallidos que sólo sirven para retroalimentar el caos.

Como en esta clase de sesiones no se decide nada sustantivo el presidente va a recibir con toda seguridad una tunda generalizada, pero la situación de fondo no cambiará porque los nacionalismos desean prolongar en su beneficio la debilidad de un Gobierno exánime y desmayado, proclive a entregar, a falta de dinero, nuevas concesiones políticas derivadas de su concepto relativista del hecho nacional. Por evidentes que sean las señales de una demanda popular de liderazgos integradores y mensajes unitarios, el fondo del debate oficial sigue girando sobre los impulsos fragmentarios de un modelo al que la nación es ajena. La verdadera crisis es la de esta política colapsada por su incapacidad para reformularse, hermética a cualquier autocrítica, enclaustrada en un bucle de sucesivos fracasos. Alguien tiene que romper ese circuito viciado. El país que acaba de mostrarse orgulloso de sus valores merece la oportunidad de una esperanza.

Financiación y solidaridad
Carlos Vidal PRADO La Razón 14 Julio 2010

Profesor Titular de Derecho Constitucional de la UNED.

Es sintomático que, en pocos días, hayamos escuchado opiniones tan dispares sobre la sentencia, partiendo todas de un mismo texto. Lo que, en mi opinión pone esto de relieve es que una sentencia interpretativa como esta no va a solucionar los problemas. El Tribunal intenta mantener una posición política intermedia, sin considerar que lo importante era adoptar la decisión jurídicamente más rigurosa. Reescribe casi un centenar de artículos del Estatuto (la parte referida a las competencias es un ejemplo paradigmático), pero de un modo que permite las lecturas que a cada uno le resulten más oportunas para sus propios intereses políticos.

En el ámbito de la financiación autonómica, la sentencia pretende que las restricciones que se imponen en el Estatuto a la aportación económica catalana a los fondos de solidaridad son equivalentes a las previstas en la Constitución. Pero al anular sólo la exigencia que el Estatuto planteaba de que las demás comunidades autónomas deberían realizar un «esfuerzo fiscal similar» y dejar sin tocar otras restricciones, como las referidas a qué tipo de servicios deben ser atendidos con esa financiación, o a que Cataluña no puede resultar discriminada como consecuencia de los repartos, se está manteniendo vigente un texto que puede dar muchos problemas en el futuro. Una parte de España no puede condicionar unilateralmente lo que deben hacer otras comunidades con la financiación recibida: será, en todo caso, la Administración central del Estado quien lo pueda determinar.

Tampoco parece suficiente la interpretación que se hace sobre la competencia atribuida por el Estatuto a la Comisión Mixta de Asuntos Económicos y Fiscales Estado-Generalitat para acordar «el alcance y condiciones de la cesión de tributos de titularidad estatal y, especialmente, los porcentajes de participación en el rendimiento de los tributos estatales cedidos parcialmente», así como «la contribución a la solidaridad y los mecanismos de nivelación». Debería de haberse corregido el texto del Estatuto, anulando algunas de sus previsiones, teniendo en cuenta la jurisprudencia constitucional anterior (especialmente la STC 13/2007), en la que se insiste en que «es al Estado a quien corresponde en el momento de establecer la participación de las comunidades autónomas en los ingresos transferibles, ponderar los intereses en juego».

En definitiva, la lectura de la sentencia revela que existen problemas de constitucionalidad en casi un centenar de artículos, que necesitan leerse conforme a lo dispuesto en la Sentencia. Nada garantiza que se haga así en el futuro.

Zapatero en el cadalso
Editorial www.gaceta.es 14 Julio 2010

Zapatero llega al Debate sobre el Estado de la Nación en el peor de los momentos posibles para él y su Gobierno.

Lamentablemente, también los españoles, y España como nación, llegan en una circunstancia pésima, y sin perspectiva de mejora a medio plazo. Ni siquiera el espíritu de equipo con que se ha celebrado el triunfo de la Rojigualda en el Mundial logra desactivar la conciencia de que, gracias a la gestión de Zapatero, España transita de la crisis al desastre.

Ciertamente, cara al debate, el bochornoso espectáculo de Zapatero al aprovechar políticamente, con el peor populismo, la victoria en el Mundial, no le ha de conseguir una comparecencia más llevadera. Hace ya mucho tiempo que predomina en la opinión pública la percepción de que la única salida viable para España es la marcha de Zapatero. En este sentido, Zapatero ha de quedar retratado en el descrédito de su modelo político y en una soledad parlamentaria sin precedentes. El presidente ya no tiene margen para recurrir a los globos sonda con que, en anteriores debates, quiso descentrar a los españoles, del cheque-bebé a la burla de la economía sostenible. Además, por primera vez, Zapatero va a tener en contra a sus antiguos amigos nacionalistas, como ya tiene en contra al PSC, en rebeldía institucional a causa del Estatuto.

Será clave, por tanto, la intervención de Rajoy, tanto para mostrarse como alternativa preparada para el Gobierno, como para transmitir confianza a un país que necesita de un liderazgo responsable y sólido. Asimismo, Rajoy puede y debe emplearse con claridad y contundencia al repasar el historial de agravios de este Gobierno a la nación. Comenzando por el papel de España en el mundo, Rajoy puede incidir en la crisis de confianza que, como se ha visto en la prensa mundial, ha logrado Zapatero para la economía española, y asimismo en la deplorable gestión de su semestre en la UE. Y, precisamente en lo que respecta a la economía, a Rajoy le sobran argumentos: en sólo dos años de legislatura se ha doblado la tasa de desempleo, con más de cuatro millones y medio de parados, en torno al 20% de la población activa. Se han destruido cerca de dos millones de empleos, han cerrado doscientas mil empresas y se han dado de baja trescientos mil autónomos.

En nuestras cuentas públicas, hemos pasado del superávit al déficit propio de quien gasta el doble de lo que ingresa. El consumo va a la baja, y seguirá más a la baja con la reciente e indiscriminada subida del IVA, disminuyendo nuestra calidad de vida. En 2010 dejaremos de ser la octava potencia económica del mundo y seremos la única potencia todavía en recesión. Nuestra renta per cápita vuelve a estar por debajo de la media de la UE. Súmense a eso las crisis bursátiles y el bandazo de Zapatero al aplicar el plan de recortes más inicuo de nuestra historia tras la presión de los líderes internacionales al respecto.

Si en lo económico Zapatero es un desastre, en lo social ha sido un auténtico cáncer. Sólo este año se ha aprobado la peor ley del aborto imaginable, se ha polarizado la cultura con el cainismo tradicional de las izquierdas, y se ha perdido la mejor ocasión –por sectarismo– para rectificar la lacra de nuestro sistema educativo, siguiendo adelante con la perversión moral de la educación para la ciudadanía. Zapatero, sin duda, tiene como único objetivo salir vivo del debate. Pero, por los motivos enumerados, y otros muchos que quedan en el tintero, su Gobierno hace mucho ya que ha muerto en su propia ineficacia.

El debate, Rajoy y el cuento del dinosaurio
José Antonio Zarzalejos. El Confidencial 14 Julio 2010

Como en España la Constitución hace impracticable tanto la moción de censura como la cuestión de confianza, los debates sobre el estado de la nación resultan un mal remedo de esos recursos parlamentarios de control al Gobierno. En el de hoy está descontado -al menos para muchos millones de ciudadanos- que el presidente Zapatero ha entrado en una fase de amortización acelerada y carece de capacidad para enmendar una trayectoria errática y zurcida de mala manera. Lo sustancial no es lo que el jefe del Gobierno pueda decir después de haber callado tanto, sino que Mariano Rajoy se comporte como la alternativa posible. Para ello no es estrictamente preciso -porque ya es de dominio público- que reitere demasiado el carácter problemático de nuestro Presidente del Gobierno. Lo decisivo es que el líder del PP -siendo firme en el fondo y correcto en las formas según los cánones de un moderantismo acorde con los del centro-derecha europeo- diga a los ciudadanos la verdad, toda la verdad y nada más que la verdad.

Y ésta es muy simple: que -como en el cuento de Augusto Monterroso, el más breve de cuantos se hayan escrito nunca (“Y cuando despertó el dinosaurio aún estaba allí”)- cuando despertemos de la era Zapatero “el dinosaurio” seguirá al borde nuestra cama; estará ahí. O en otras palabras: que aunque el actual secretario general del PSOE deje la poltrona de la Moncloa, el paro persistirá por mucho tiempo entre el 18 y 20%; que será necesario ajustar más los gastos para alcanzar los niveles de déficit público que nos exige la UE (3%); que la reforma laboral que plantea el Gobierno en su Decreto-Ley no sirve para modernizar nuestro mercado laboral; que el sistema de pensiones sólo es sostenible si se prolonga la edad laboral (67 años) y se alargan los períodos de cotización; que el Decreto-Ley sobre Órganos Rectores de las Cajas de Ahorro es confuso y sigue incorporando medidas timoratas; que hay que suprimir la mitad de los 8.000 municipios en los que está distribuido el país y hacer la gran reforma local en la que hay que incluir a las Diputaciones y que el futuro -sin Zapatero- nos va a deparar sudor y esfuerzo. Porque el dinosaurio de la crisis -recebado por los errores de los Gobiernos socialistas- seguirá ahí y tendrá que ser un Gobierno del PP, eventualmente con pactos, el que, de nuevo, saque a España de la postración.

Los españoles son olvidadizos con los deslices de sus políticos, pero no han aceptado nunca comulgar con ruedas de molino. No se lo consistieron a González, no se lo consintieron Aznar y no se lo van a consentir a Zapatero. Pero tampoco se lo consentirían a un líder de la oposición que no les diga la verdad, toda la verdad y nada más que la verdad. La retirada política del Presidente del Gobierno es una condición necesaria pero no suficiente para resolver los problemas que plantea la recesión. Y nada conseguirá Rajoy si su mensaje en este punto no queda meridianamente claro. Todavía más: las esperanzas que pueda augurar el presidente del PP no pueden camuflar la dureza de la travesía del desierto por el que nuestro sistema económico, político y social ha de transitar en los próximos años.

Y la verdad también al catalanismo político con el que el PP tendría que poder entenderse: el mecanismo de engarce de la España plural se ha determinado en toda la historia del constitucionalismo español a través de la consagración de una única Nación, tomado el concepto de ésta en su acepción jurídica. Y así lo hizo la Constitución de 1978, de tal manera que alentar -insisto: en sentido jurídico-constitucional- una nación catalana tal y como hizo el PSOE y el Gobierno, con la complicidad del PSC, resulta un fraude político tan cínico como irresponsable.

Cataluña -que es una nacionalidad con derecho al máximo techo de autogobierno- es una realidad histórica, lingüístico-cultural, institucional y sociológica de carácter singularísimo, pero compatible con una convivencia colaboradora y solidaria con las demás nacionalidades y regiones de España. Cuanto pueda hacerse por saciar sentimientos y percepciones que hagan residir en Cataluña su “derecho a decidir”, debería hacerse. Pero Rajoy debe afirmar -algo que no hizo Zapatero en su momento- que hay un límite que le trasciende a él y a cualquier Gobierno: el que marca la Constitución que interpreta el Tribunal Constitucional a través de sus sentencias redactadas con mayor o menor fortuna.

En muy resumidas cuentas: que hoy Rajoy tiene la oportunidad de reiterar que Zapatero es un problema, pero también que cuando deje de serlo, el dinosaurio de la crisis y del deterioro general de España será como el del cuento de Augusto Monterroso: seguirá estando ahí. Si el gallego quiere ser presidente del Gobierno, además de contarnos la verdad, deberá también esbozar cuales son las soluciones alternativas a este Gobierno socialista tan agotado y tan agotador. O sea, que Rajoy tiene que convencer para vencer.

Montilla
El papelón del Kerensky cordobés
Pablo Molina Libertad Digital 14 Julio 2010

La mesa del parlamento de Cataluña ha decidido rechazar la iniciativa popular para la celebración de un referéndum sobre la independencia de aquella comunidad autónoma. Mala notica, malísima, para millones de españoles que veíamos cada vez más cerca la posibilidad de deshacer la relación de vasallaje a que nos condena el nuevo estatuto catalán.

El motivo aducido para que los partidos representados en ese órgano parlamentario rechacen una propuesta aceptada el pasado mes de junio, es que la celebración de ese referéndum no cabe en la Constitución, lo que resulta una falta muy leve, pero tampoco en el nuevo estatuto, terrible olvido de los muñidores del texto, que no incluyeron un artículo específico regulando esta materia.

Esa es la razón, digamos, oficial, para que Convergencia y Unión y los eco-comunistas del tripartito den marcha atrás de manera tan vergonzosa. Los verdaderos motivos para este recule ignominioso son otros sobradamente conocidos. En primer lugar, es dudoso que esa consulta popular avalara la tesis independentista, según la cual, en Cataluña existe un clamor popular irrefrenable para separarse de España. La repercusión de la victoria de España en las calles de Cataluña es un síntoma de que incluso los votantes cautivos del PSC están bastante cómodos en la situación actual sin necesidad de aventuras institucionales de futuro más que incierto.

En segundo lugar es evidente que tampoco la clase política nacionalista, más allá de algún grupúsculo cada vez más marginal cuyos miembros tienen poco que perder pase lo que pase, tiene el menor interés en acabar con un sistema que beneficia económicamente a sus votantes y permite a sus dirigentes seguir ganando elecciones.

El Kerensky de Iznájar es el encargado de cumplir esa penosa función de administrar el discurso soberanista de sus socios con los intereses políticos y económicos de quienes prefieren seguir depredando del bolsillo común, que es lo que consagra el nuevo estatuto de Cataluña siempre que no se rompan definitivamente los lazos que permiten ese trasvase inagotable de fondos.

En la manifestación del sábado pasado, los honrados independentistas, los únicos que acudieron a esa manifestación creyendo en la sinceridad de las consignas oficiales, le dijeron a Josep Kerensky lo que opinaban de él. Triste destino el del cordobés, que reniega de sus orígenes para buscarse un hueco en la política catalana, y después de sus esfuerzos y traiciones sigue siendo considerado un simple bedel a las órdenes de los que realmente dirigen el cotarro.

Es tan inútil este Montilla que al final el referéndum para la independencia de Cataluña lo tendremos que convocar el resto de españoles. ¿Apuestan algo a que lo ganamos?

Pablo Molina es miembro del Instituto Juan de Mariana.

Cataluña
Más multas contra el español
José García Domínguez Libertad Digital 14 Julio 2010

Allá por el siglo XVI, y tratando de ingeniar algún modo de ganarse la vida, al licenciado Poza no se le ocurrió nada mejor que inventar la raza vasca. Surgidos sin mácula de Babel, a decir de aquel pícaro de Orduña, sus paisanos se habrían plantado en España limpios todos de la menor mezcla con las sangres impuras de judíos, mahometanos y demás ralea; una higiene étnica cuyo supremo aval lo constituía el uso del eusquera. Y tan estricta profilaxis, según su descubridor, era acreedora de un premio regio; a saber, la sustitución en los oficios de pluma (notarios, secretarios, administradores...) de los hebreos, legión en tales menesteres, por los más genuinos españoles de pura cepa, esto es, por vizcaínos como el mismo Poza, en realidad un converso. Tal que así, al tiempo que el antisemitismo y la obsesión por la pureza de sangre, iría en aumento la nómina de los vascos empleados en la burocracia imperial. Que de aquellos polvos, estos anasagastis.

Cinco siglos después, en el supermercado de la esquina, inopinada, una novedad me alerta de que el espectro del licenciado no ha de andar muy lejos. Las cajeras, los reponedores, también el encargado, inmigrantes sudamericanos sin excepción, han desaparecido del paisaje al súbito modo. Tan perpleja como yo, una clienta no tarda en revelarme lo sucedido. "Los han echado por lo del catalán", me susurra. "Lo del catalán", aclaro, es el millón de euros de multa con que José Montilla garantiza el inalienable derecho de los nacionalistas a no ser atendidos jamás en español. Una alergia gramática que acaba de ser elevada a rango de ley en el parlamento doméstico

Por lo demás, basta con entender apenas un párrafo de Argumentos para el bilingüismo, lúcido ensayo de Jesús Royo Arpón, para descifrar al punto el enigma lingüístico catalán. En concreto, éste:

El idioma, que estaba en las últimas y a punto de ser abandonado como un trasto inútil, de repente se tornó muy útil: funcionó como marca diferencial entre los nativos y los forasteros. Y eso, evidentemente, tenía consecuencias en cuanto al reparto de los bienes sociales, o sea, del poder (...) Los que tenían el catalán como lengua materna comenzaron avalorarlo como una marca entre ‘nosotros’ y ‘ellos’. Y el inmigrante lo valoraría aún más, como el medio para ascender un peldaño en la escala social.

Así de simple. Así de triste.
José García Domínguez es uno de los autores del blog Heterodoxias.net.

Crisis nacional
La farsa del Debate de la Nación
Agapito Maestre Libertad Digital 14 Julio 2010

Al lado del beso del portero de la selección nacional, Iker Casillas, a su novia, la periodista de Telecinco, Sara Carbonero, el resto de la vida, incluida la política, suena a farsa. A engaño. El ósculo espontáneo, alegre y auténtico de Iker a Sara es la feliz expresión de la educación sentimental de todo un país. El resto es sombra. Deambular de un engaño a otro. Pongamos el caso de hoy: la "política" española, esa voraz voluntad de la casta política por agotar la vida pública en beneficio propio, volverá a ser este miércoles, 14 de julio de 2010, una gran farsa. El Debate de la Nación pasará sin pena ni gloria para los españoles, sencillamente, porque le faltará lo fundamental: los parlamentarios españoles no tienen voluntad de ser reales.

Por el contrario, la casta política española exhibe de modo grosero su querencia a refugiare en farsas, mentiras y embauques, en fin, extrañas realidades en que se finge la realidad. Cuando el afán de ser más, de ser sincero, desaparece, entonces la farsa triunfa. Las intervenciones parlamentarias preparadas por el Ejecutivo de Zapatero, una vez más, serán trucos para ocultar lo real. El nivel del debate, sin duda alguna, será grueso, duro, osco y a cara de perro, pero no tendrá trascendencia alguna para los españoles. Lo decisivo seguirá oculto. Es la función principal de la farsa. Todo en ese debate, desde el título de la discusión hasta la selección de los temas a tratar, pasando por el moderador, o mejor, administrador de los turnos de palabras, estará revestido con la máscara de los peores farsantes.

Falso es el título "debate de la nación". Refleja sólo una expresión vacía, pues que la reforma de los estatutos, empezando por el contra-constitucional de Cataluña, admite no sé cuantas otras naciones y realidades nacionales aparte de la española. Pero, en verdad, Estado-nacional sólo puede haber uno; cualquier otro "invento", engendro asimétrico o similar, es una farsa para acabar con la patria común de los españoles, España. Falsos son los temas elegidos, porque falta el más importante: cómo salir de un Estado-nacional en vías de extinción, según reconocen incluso cuatro magistrados del Constitucional en sus votos particulares sobre la sentencia, a todas luces inconstitucional del Estatuto de Cataluña. Y tampoco parece que sea José Bono, presidente de las Cortes, el hombre más indicado y ecuánime para dirigir esa discusión, sobre todo si tenemos en cuenta sus silencios y rodeos para no dar explicación alguna de su "extraña" fortuna, que ha descubierto la llamada democracia de opinión, o sea los medios de comunicación, a una posible comisión parlamentaria. .

En fin, queridos lectores, prepárense para sufrir con la farsa de Zapatero y Rajoy, de los nacionalistas y los separatista, mientras se consuelan con el recuerdo del beso del futbolista a la periodista, un beso absolutamente real porque, como diría el filósofo, fue sinceramente sentido.

******************* Sección "bilingüe" ***********************
La emergencia de la nación sumergida
Roberto Blanco Valdés La Voz 14 Julio 2010

Como el Nautilus del capitán Nemo, también la nación española ha vivido sumergida, sin casi atreverse a salir a la superficie, durante las últimas tres décadas. De hecho, su silencio era, si cabe aún, más llamativo a la vista de las expresiones públicas constantes de nacionalidades y regiones. Y es que desde que se inició la transición, y ante el empuje de las reivindicaciones nacionalistas o regionalistas que se fueron extendiendo por doquier, la de España como nación que acoge a todos pareció pasar a mejor vida. Podría decirse de un modo claro aunque, aparentemente, paradójico: desde 1978, las expresiones de la nación española han brillado por su ausencia.

Lo que ha habido aquí han sido, primero, Días da Patria Galega (O Días de Galicia) y Diadas y Aberri Egunas; y, más tarde, Días de Andalucía, Murcia o Aragón, junto (no frente, sino junto) a los cuales la oferta nacional española era, admitámoslo, poco sugestiva: Días de las Fuerzas Armadas, institución que no suele levantar grandes pasiones en parte alguna del planeta; y Días de la Constitución, documento que solo las levanta en algunos lugares, como Estados Unidos, donde la gesta constitucional aparece inextricablemente unida a la construcción del Estado nacional.

Por eso, lo que ha ocurrido en España entre el domingo pasado y este lunes resulta un punto y aparte y pone de relieve que, con la renovación generacional, algo había nacido en España aunque no hubiera tenido todavía la ocasión de mostrarse para que lo viera, literalmente, todo el mundo.

El domingo en el conjunto de España, y el lunes en Madrid, varios millones de personas de todas las edades, aunque mayoritariamente jóvenes, llenaron las plazas de pueblos y ciudades para manifestar su alegría porque la selección española de fútbol ganase para ellas un mundial. Lo han hecho agitando docenas de miles de banderas españolas y gritando «¡Viva España!» y «¡Viva la roja!» en una muestra de unidad que solo sorprende por lo históricamente inusual. Lo mismo hubiera ocurrido en Paraguay, en Brasil, en Holanda o en Alemania, pero allí, al contrario que aquí, a nadie le habría llamado la atención.

Por eso hay que destacarlo: porque hay una generación entera que no tiene ya vergüenza o prejuicio alguno en expresarse como española y en agitar algunos de los símbolos comunes. Una generación que considera que ese sentimiento es compatible, sin la más mínima contradicción, con otras pasiones o amores regionales o locales. Una generación, en fin, que, por fortuna, y eso es sin duda lo mejor, no reivindican a España contra nadie, lo que demuestra una modernidad y generosidad de la que carecen, en general, y por desgracia para todos, nuestros nacionalismos interiores.
 

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