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Recortes de Prensa   Sábado 25  Diciembre  2010

 




******************* Sección "bilingüe" ***********************
Diarios de Arcadi Espada
El sistema catalán
www.arcadiespada.es25 de diciembre

Querido J:

Entre los comentarios más cómicos que se han producido en torno a la elección de Artur Mas como nuevo presidente de la Generalitat (el 129 dicen, sin inmutarse) está el que alaba el traspaso de poderes. En efecto: todo ha ido sobre ruedas. Y es que no había nada que traspasar. Los ocho años de gobierno tripartito no supusieron ningún cambio real en el gobierno de Cataluña. Las discrepancias entre esa mayoría y la primera fuerza política del país nunca fueron más allá del límite de velocidad que impera (y que ya no la hará) en las carreteras de entrada a Barcelona. El clima de entendimiento global se ha puesto de manifiesto de modo espectacular en las negociaciones para la investidura de Artur Mas. Facilitar la investidura se convirtió en un privilegio. Y en un ejemplo de hasta qué punto el gobierno de Cataluña supone una dislocación de las formas de gobierno convencionales.

Cuando en las democracias racionales una fuerza política queda en minoría ha de sufrir una especie de vía crucis en busca de los votos que le permitan gobernar. Sólo hace falta preguntárselo al presidente Zapatero. Todo lo contrario ha sucedido estos días. El presidente Mas recibió ofertas, o mejor súplicas, de la gran mayoría de partidos. Incluido Ciudadanos, por cierto, que apoyó a la democristiana Núria de Gispert en el objetivo, cumplido, de llegar a la presidencia del Parlamento. Estas ofertas sólo tenían un límite: las incompatibilidades de carácter entre aspirantes. El Partido Socialista exigía que no estuviera el Partido Popular. Este lo mismo pero a la inversa y, además, que no estuviera Esquerra Republicana. Esquerra que no estuviera el Partido Popular. Hasta el último momento Esquerra estuvo a punto de apoyar al presidente Mas, aun teniendo en cuenta que éste ya gozaba de la abstención socialista.

Nadie quiere ser oposición en Cataluña. En realidad, nadie ha querido serlo nunca en treinta años de autonomía. La característica más perversa del juego político catalán ha sido que la oposición no forma parte del sistema, porque no es una oposición al gobierno, sino una oposición a la patria. Nadie nunca oposición. Al precio que sea. Y si el Partido Popular de Cataluña pretende ahora convencer a los ciudadanos de que articula el eje del disenso habrá de explicarles antes que ha sido puramente a la fuerza y con todo el dolor de su cansado corazón.

En estas condiciones el éxito del presidente Mas es incuestionable. Ha obtenido los votos de investidura más limpios a que podía aspirar. No es que dejen intacto su electorado; es que lo amplían. Un pacto con Esquerra le habría quitado los votos del orden. Un pacto con el Partido Popular le habría quitado los patrióticos. El pacto con los socialistas sólo le ha quitado el voto del niño Sostres. Grave asunto, pero no desesperado. En la abstención socialista CiU tiene un magnífico filón de votos por explotar mediante el argumento que siempre será preferible el original a la copia y el principal al subordinado. Es decir, el argumento que ha destruido, y por muchos años, cualquier protagonismo del Partido Socialista en la vida política catalana.

Yo creo que ésa es la razón profunda de la abstención socialista. Ciertamente, pueden haber razones coyunturales, meramente instrumentales. Al cabo, en la razón política éstas son las razones que más cuentan. Por lo tanto es probable que un apoyo de CiU en el Senado a la ley Sinde y a todo lo que le queda por sufrir a la mayoría socialista en el Congreso de los Diputados haya influido en la abstención. Incluso es probable que algunas líneas del pacto, escritas en tinta simpática, prevean la repetición de la lógica de abstenerse ante el más votado en las elecciones municipales, y singularmente, en lo que afecta al Ayuntamiento de Barcelona. Es decir, Hereu alcalde con la abstención de Trias o viceversa.

Sin embargo esas razones coyunturales no lo explican todo. Al cabo de tres décadas de autonomía, con la consolidación triunfante de la lógica nacionalista, el Partido Socialista no puede aspirar a otra cosa que a una posición ancilar en el sistema catalán. Efectivamente, Convergència y PSC son los partidos que más han acabado pareciéndose el uno al otro; pero esta certeza debe completarse con el dato de que ha sido el PSC el que ha acabado pareciéndose a Convergència. La peor herencia de los siete años de gobierno tripartito es que ni siquiera han supuesto una referencia política e ideológica que pueda utilizarse en el futuro. Nadie en su sensato juicio podrá referirse a estos años diciendo: ¡ah, cuando gobernaba la izquierda! Si alguien esperaba que estos años hubieran trazado un nuevo eje dialéctico en Cataluña, es decir, que la experiencia tripartita permitiera haber pasado del eje nacionalismo/antinacionalismo al eje convencional derecha/izquierda la respuesta debe ser absolutamente negativa. Los catalanes no han dado la victoria a Mas porque hayan querido volver al orden burgués después de una experiencia ¡revolucionaria!. Simplemente es que quisieron volver al orden después del caos. Así pues, el trasvase de voto entre el disminuido PSC post-Montilla y la Convergència de Mas es más fácil que en ninguna otra época. Los rasgos que diferenciaban a uno del otro han sido numérica y moralmente arrasados por la catástrofe electoral de noviembre.

Haciendo uso de la habitual lógica nacionalista de la exclusión, convergentes y socialistas subrayan que su acuerdo pone otra vez extramuros en Cataluña al Partido Popular, en un momento, además, especialmente delicado, cuando el Tribunal Supremo ha declarado ilegal la inmersión lingüística. Convendrás que desde el punto de vista ético el argumento no presenta mayor novedad: es la versión light de las visitas al Notari de Mas o del Pacto del Tinell tripartito. Pero políticamente tiene también poca relevancia. La inclusión del Partido Popular en el sistema catalán no se producirá nunca en línea recta, sino a través de la pronunciada curva que pasa por Madrid. Y la traducción a unas elecciones generales de los resultados obtenidos en noviembre permite vislumbrar un apoyo catalán que puede contribuir decisivamente a una mayoría amplia en Madrid. En realidad el Partido Popular puede sustituir al PSC en aquella comentada anomalía electoral que suponía perder en las autonómicas y ganar en las generales. No parece que, en este sentido, vaya a perjudicarle su oposición a la investidura de Mas. En cuanto al PSC su destino en esas elecciones, y su destino, lo ha definido muy bien el consejero Maragall: «El PSC debe ser un partido catalán, sin más.» Ya lo es. Sin más y con Mas, juguetona y exactamente.

En cualquier caso, querido amigo, este género del análisis político me acaba dejando siempre en plena melancolía del futuro. La misma sensación de esta copla del tiempo, triste y simple como la verdad: «La Nochebuena se viene, la Nochebuena se va/y nosotros nos iremos y no volveremos más.»

Sigue con salud
A.

 

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