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La roja, la rota, la idiota
Federico Jiménez Losantos Libertad Digital 5 Julio 2010
Hace unos meses, a finales de enero, cuando la casta
político-mediática que impera en Cataluña y manda en España promovió
el editorial único de toda la prensa escrita catalana contra el TC,
modelo pasmoso de ataque preventivo, porque no había motivo alguno
para atacar a esa pandilla de paniaguados, acobardados y
mediatizados hasta la indignidad, colgué un texto que molestó mucho
a los que por aquí acampan, transitan o leen. Así el gran Pío Moa,
que criticaba mi tesis de que España no puede ser un régimen liberal
y democrático enfeudado a una Cataluña despótica.
Me permito repetir ese post y un párrafo de otro que lo completaba
hace un mes, porque en ambos expuse lo mejor que pude algo en lo que
pienso hace treinta años, más de media vida. Demasiados años para
una vida tan corta. Vuelvo en seguida al asunto, pero, si me hacen
la caridad, léanlos y sigan:
"Tarde, mal y nunca, como la independencia de Cataluña
Por querer adjuntar las fotos de la odisea en la nieve –que ya me
han llegado, así que, como vuelve a nevar, las dejo para la semana
que viene– he ido retrasando la puesta al día del blog. Y como dar a
luz una nueva radio, amén hablar seis horas y escribir a troche y
moche, es tarea para la que no bastan veinticuatro horas diarias,
héteme convertido en prófugo, desertor o absentista del blog. Mil
disculpas. También querría haber tenido tiempo y tranquilidad para
comentar la referencia en el blog de Pío Moa a mis últimas
referencias sobre Cataluña y la que me parece independencia
ineluctable, aceptada y financiada por el resto de España, lo que
invitaría a abreviar el trámite y no a dilatarlo. Pero como no tengo
tiempo para hacer todo lo que debo –de lo que quiero, ni hablo–
apuntaré al menos dos o tres cosas sobre el problema español en
Cataluña para no obviar el reto dialéctico de Pío Moa, siempre digno
de leer y meditar.
Como digo antes –y he dicho siempre– España no tiene –o no tenía– un
"problema catalán". Lo que padecemos desde hace mucho –el siglo de
vida del nacionalismo catalán– es el problema español en Cataluña,
que consiste en no tener clara la idea nacional española y, por
tanto, no saber, poder o querer abordar el reto del separatismo
catalán, que tiene una debilidad esencial que convendría recordar:
el nacionalismo como proyecto de secesión siempre fue un proyecto de
élites y no de la mayoría del pueblo. Sin embargo, los Prat de la
Riba, Cambó, Pujol o Montilla han acabado convenciendo a la clase
dirigente madrileña –política y mediática– de lo que no han podido
convencer a la mayoría de los ciudadanos de Cataluña. Sin embargo,
en las últimas décadas –y sobre todo en estos tristes años
zapateriles y rajoyanos– el proyecto secesionista ha ido
legitimándose, afianzándose y creciendo a medida que Cataluña iba
corrompiéndose y, lógicamente, aceptando o resignándose al futuro
diseñado por sus élites.
Naturalmente, esa aceptación de hecho del separatismo catalán, pero
con la cláusula nada secreta de colonizador económico del resto de
España que parece último lazo de unión cuando no pasa de primer
dogal chantajista se ha producido en la medida en que todas las
instituciones del Régimen han desechado la idea nacional española,
la soberanía popular y la igualdad de los ciudadanos ante la Ley.
España ya no es, como anunció Zapatero, un concepto discutido y
discutible, sino desechable y lógicamente desechado. El Estatuto de
Cataluña, votado en Barcelona y en Madrid, es la prueba de esa
metástasis del cáncer españicida. Y sea cual sea el pastel que nos
sirva el Tribunal Constitucional –siempre genuflexo ante el
nacionalismo–, nadie tiene la menor duda de que el liberticidio
secesionista continuará, porque ni la Izquierda en el Gobierno ni la
Derecha que podría sustituirlo van a poner en duda la legitimidad
del separatismo catalán para deslegitimar a la Nación y a la idea
misma de España. Si una región, país, ente o lo que sea pero en
proceso de abierta secesión, puede poner y quitar gobiernos y los
que pueden gobernar, PSOE y PP, lo aceptan de derecho o de hecho,
creo que la primera obligación intelectual que tenemos es
constatarlo. Y tras la constatación, por desgracia, yo no veo
solución a lo que ninguno quiere que la tenga
El editorial conjunto de los once periódicos catalanes insultando al
Constitucional y afrentando trapaceramente a la verdad histórica y
política es para mí el hito irreversible y la prueba más clara de
que en Cataluña han quemado sus naves. Lo de los toros, el cine y
las multas salvajes por rotular en castellano los comercios o
empresas son sólo piedrecitas en el camino que ha llevado de Pulgar
en una mano, la española, abierta o cerrada pero mano y no dedo, a
este Pulgarcito extraviado en el bosque del separatismo
institucional que no es solamente la verdad oficial sino una
realidad política a martillazos, contra los que, en Madrid, yo sólo
veo cabezas de clavos.
Dice Pío que yo soy demasiado pesimista pensando que en Cataluña no
se puede hacer nada y demasiado optimista pensando que el resto de
España está mejor que Cataluña. No Yo soy pesimista porque veo que
el resto de España está hecho, es decir, deshecho a imagen y
semejanza de la Cataluña oficial, contra la que no se alza la
Cataluña real. La única duda ante este desolador panorama es si la
amputación catalana podría revivir, siquiera por el dolor, a este
cuerpo enfermo, afiebrado, de la pobre España. Es una posibilidad,
pero lejana y, ésta sí, discutida y discutible. Yo siempre voy a
defender la libertad, sea cual sea la relación entre Cataluña y el
resto de España, pero, sinceramente, creo que el modelo de
progresiva negación de todas las libertades en la España de las
Autonomías es el catalán. Y que de ese modelo despótico, cuanto más
lejos, mejor. Hemos pagado durante demasiado tiempo el peaje de que
queremos que se queden con nosotros. Y yo no tengo ya más ganas de
semejante compañía. El desdén con el desdén.
14 de abril, Día de la Cheka
Este 14 de abril se ha reunido también el Tribunal Constitucional,
bien para ratificar el Estatuto de Cataluña que liquida el régimen
constitucional español, actual o futuro, bien para no ratificarlo
pero seguir amparando ese golpismo con metástasis que llamamos
Estado de las Autonomías. La nación sólo está para el fútbol. Ni
Iglesia, ni Ejército tienen la fuerza de ayer; y el prestigio
popular de la Monarquía se va hundiendo solo entre la desidia, la
idiocia y la corrupción. Si esto no cambia mucho en poco tiempo,
cosa harto improbable, temo que, hasta para evitar la cheka, llegará
tarde la República. ¡Pobre España!
Esto no lo para ni Casillas
Y vuelvo al debate. Sostenía –y supongo que sostiene- Pío que si
bien es cierto que en Cataluña la inacción moral de la sociedad ante
los políticos es terrible, en el resto de España no está mucho
mejor, de modo que abandonar a un enfermo grave no mejoraría a los
otros enfermos, valga la metáfora. Y eso es cierto y no lo es. Lo
es, por la falta de valor en análisis y actitudes ante un fenómeno
de separatismo desbocado y esquizofrénico, a la vez victimista y
colonialista. No lo es, o no del todo, porque los pánfilos de
Cataluña reman, aunque a regañadientes y a veces incluso levantando
el remo, a favor de un Estado independiente, liberticida y parásito
de España; en cambio, los pánfilos del resto de España no saben
hacia dónde reman: si a favor de los remeros del Llobregat o en
contra, si para no moverse en el agua o para que el agua no se
mueva. Los que aceptan o proclaman la dictadura nacionalista dentro
de Cataluña son verdugos o víctimas directas (ya sé que con
admirables y fraternales excepciones, fui pionero en sus
desventuras) que al final acaban aplaudiendo a sus verdugos, o al
menos, votándolos. Los que en casi toda la Izquierda y buena parte
de la derecha, se resignan a este separatismo vampírico, asumen como
"protectorado" nacionalista y mal menor contra el separatismo
catalán, lo que es un "desprotectorado" sórdido y miserable, que ha
separado a Cataluña de España y a España de sí misma y la libertad.
¿Qué hacer? Sinceramente, no lo sé. Lo que tengo clarísimo es lo que
no debemos seguir haciendo: ceder a ese sentimentalismo propio de
mujer maltratada, que sólo le asegura un maltrato mayor, hasta la
muerte a palos. Yo creo que no se debe admitir, voluntariamente, ni
un palo más. Como dijo Celia Cruz: "Si tu marido te pega / dale
golpes tú también / y si no basta la mano / métele con la sartén".
¿Pero habrá, puede haber sartenazo justiciero o vindicativo? No. La
nación, la que siempre será nuestra nación, está irremediablemente
idiota. Basta ver a toda España pendiente del triunfo de una
selección de fútbol que seguramente nunca volverá a jugar un
mundial, salvo contra sí misma. Ahí están todos, sufriendo juntos,
llorando juntos, aplaudiendo juntos y, sin embargo, pese a semejante
plebiscito sentimental, ahí están separándose juntos, juntísimos,
tan juntos que no cabe más. Con Bautizar a la Selección Nacional
como "La Roja", hacen los progres como que España no está rota, pero
lo está, vaya si lo está, como que la han roto ellos. Y acabe el
Mundial como acabe, apeados o triunfantes ante Alemania, orgullosos
o rencorosos, ya podemos irle, irnos diciendo adiós. Lo de España no
lo para ni Casillas.
A más, a Mas
Vicente A.C.M. Periodista Digital 5 Julio 2010
Sigue el bachiller Sr. Montilla empeñado en su política de
azuzamiento y ataques a la desesperada intentando que el Sr. Rajoy
entre al trapo de las provocaciones. Pero que no se moleste, al Sr.
Rajoy si por algo se le conoce es por su inmovilismo y su “medida de
los tiempos”. Hacer el Don Tancredo es algo que se le da muy bien y
no va a poner en riesgo nada que le importune para lograr su único
objetivo, mantener las esperanzas de alcanzar la Moncloa. Claro que
tampoco puede negar el Sr. Montila es que si Rajoy necesita al Sr.
Mas de su parte, lo mismo le sucede a Zapatero y su dependencia de
él para mantenerse en su cargo y no verse obligado a un adelanto de
las elecciones generales al no poder aprobar sus presupuestos
generales para el 2011.
Así que menos arengas y llamadas a la insumisión civil por la
pataleta de la sentencia del TC, que en el fondo es solo una
ligerísima corrección y que mantiene intactas las prebendas
económicas y las violaciones flagrantes de los derechos de los
españoles en cuestiones como la educación, la lengua, la fiscalidad,
etc. Puede que al Sr. Montilla le haya enojado mucho la actitud
comprensiva y casi aliviada del Sr. Rajoy al conocer el fallo del
TC. Y realmente resulta sorprendente incluso para aquellos que le
votamos en su día y creímos en sus intenciones de defender la
Constitución. Yo al menos me equivoqué y no volverá a suceder.
Como Presidente de la Comunidad Autónoma de Cataluña, el Sr.
Montilla no puede erigirse en un mitinero exaltado y menos aún,
radicalizar la postura de un PSC en el que tiene compañeros de
partido presentes en el Gobierno de España, como la Ministra de
Defensa Carmen Chacón. Sus expectativas en las próximas elecciones
autonómicas no van a mejorar porque aumente hasta extremos grotescos
su radicalización nacionalista y anti española. Máxime cuando sabe
que sus votos dependen de un amplio sector de población catalana que
no dejan de sentirse españoles. Su actual alianza anti natural con
ERC, solo ha sido un lastre que puede hundirle definitivamente y
relegarle a la oposición. Y eso es algo que en el PSC no se van a
permitir.
Alguien como Standars&Poors ha dicho que el problema de España y su
economía es el Sr. Zapatero. Yo diría que el principal problema del
PSC en Cataluña es el Sr. Montilla y su intento por hacerse perdonar
no ser de la élite catalana nacionalista, ni hablar correctamente su
lengua y estar siempre bajo sospecha de su dependencia de “Madrid”,
véase de Zapatero o de Ferraz. Pero en su afán de sobreactuación
nacionalista se ve impostada y rozando el ridículo. Pero además, se
equivoca y mucho, si cree que atacando a Rajoy va a excitar su
espíritu combativo y se arrancará como un enfurecido gladiador. Más
vale que espere sentado.
Si quiere algo más, y no lo digo por Mas, deberá idear otra táctica,
o mejor, decidir que su tiempo ha pasado y presentar su dimisión al
PSC y dejar que otro candidato presente una alternativa más creíble
y acorde con sus bases de votantes.
Quisimos ser demasiado
Ignacio García de Leániz www.gaceta.es 5 Julio 2010
No se sabe bien si es peor la crisis económica que la agonía
política, tal es nuestro desvarío.
Tenía Ortega gran curiosidad por saber la opinión que Federico
Nietzsche, ya fallecido, tenía sobre nuestro pueblo. A tal fin,
contactó con su hermana que le sobrevivía en el Uruguay y ésta le
hizo saber lo que afirmaba el pensador alemán: “¿Los españoles? Ah,
un gran pueblo de hombres que quisieron ser demasiado”. Había en la
observación de Nietzsche, gran conocedor de la psicología de las
naciones europeas, una mixtura de admiración resignada, sabedor como
era de que los dioses que muelen espaciosamente la Historia no
gustan de osadías. Y así nos fue en un pasado lejano de grandeza y
hazañas varias que al contemplarlas ahora en este epígono nuestro
evocan aquel verso tan melancólico de José Hierro: “Tanto todo para
nada”.
Y sin embargo, si nos detenemos en nuestra catástrofe actual, ¿no
habrá sido ese “querer ser demasiado” precisamente una de las causas
de esta ruina económica e institucional que replica aquellas
quiebras y fracasos de nuestros ayeres? Claro que ya Marx nos
prevenía que la Historia se presenta primero como tragedia y luego
como farsa, de modo que esa jactancia y altanería tan españolas
–desmesuras al fin y al cabo– bien pueden ser las que han hecho que
el régimen surgido en el 78 haya llegado a este estado agónico
ante-mortem. Situación en la que no se sabe bien si es peor la
crisis económica que la agonía política, o tal vez lo segundo causa
eficiente y final de lo primero, tal es nuestro desvarío.
Y es que en verdad pocas veces se ha expuesto como en estos meses
nuestra congénita anomalía que nos lleva a la desmesura manirrota:
de modo que el mundo entero, desde Obama hasta el primer ministro
chino, pasando por el FMI y el BCE, han tenido que intervenir
oportune et importune ante el riesgo cierto de que España incurra en
un default de consecuencias impredecibles. Todo ello como si
hubiéramos vuelto a nuestras andadas de “querer ser demasiado” y el
mundo –ese reducto último de realidad– haya tenido que pararnos en
seco y frenar nuestras querencias infinitas, tal que en la Paz de
Westfalia, aunque por motivos más prosaicos y desde luego bien
vergonzantes, muy alejados de cualquier ideal. Y son las ironías de
la Historia de tal manera que esta intervención foránea en la que
nuestro Estado y soberanía han sido incautados de facto y puesto a
recaudo de nosotros mismos, ¿no revive acaso el pasaje de El Quijote
donde se narra su enjaulamiento por parte del cura y sus cómplices
para que dejara de hacer de las suyas? Bien parecemos nación
confinada a fin de que también nosotros dejemos de hacer de las
nuestras: otra vez la tragedia, otra vez su metamorfosis en farsa
correspondiente, esta vez detectada por Europa y expuesta a pública
evidencia.
Y es que si analizamos nuestra trayectoria en estos últimos 30 años
–20 de los cuales han sido de poder socialista– vemos que una honda
jactancia ha guiado, aquí y allá nuestros proyectos políticos.
Envanecidos por nuestro tránsito de una dictadura a una democracia,
“quisimos ser demasiado” al sancionar una Constitución inédita e
inaudita en la que el todo (el Estado) venía a ser menos que las
partes (las comunidades), hiriendo de muerte cualquier proyecto
vertebrador de España y otorgando de paso a las Haciendas locales el
poder del suelo. Por asombrar al mundo con nuestras hazañas
constitucionales que no quedara, no fuéramos a ser menos que
nuestros ilustrados próceres de 1812, como si nuestro genio político
fuese capaz de resolver el insoluble problema catalán y vasco
precisamente historificando otras identidades comunitarias. Y como
Adán en el Paraíso, embriagados de novedades, fuimos aquí y allá
estrenando nuevas formas y estructuras pretendidamente democráticas
bien alejadas de los aburridos usos y costumbres políticos de
democracias centenarias, que eso quedaba para los suizos y flamencos
que al fin y al cabo sólo habían dado al mundo relojes de cuco y
otras bagatelas. El caso era no aburrirse y que la voluntad política
fuese un perpetuum mobile que volviera a asombrar al orbe, al
precio, claro está, de expulsar cualquier reflexión y autocrítica
sosegadas. Y mucho menos tejer paciente y humildemente un tejido
productivo digno de un país europeo y no fiarlo todo a la 200.000
millones de euros recibidos de Europa.
Y así estamos en este atardecer del modelo del 78 que arroja en su
naufragio unos restos de cinco millones de parados, la abolición del
escaso tejido industrial y una deuda financiera inasible, tras este
crujido de nuestra voluntad ciega en los rompientes de la realidad
desnuda. Todo ello en un colapso institucional tan hondo que, al
contemplar el panorama de nuestra patria incautada, no podemos
evitar aquel quejido que El Caballero de la Triste Figura vierte a
su confidente, cansado ya de tanta hazaña frustrada: “Déjame morir a
manos de mis pensamientos, a fuerza de mis desgracias”. Ojalá
volvamos a las cosas y nos dejemos de una vez de hazañas
estrafalarias y, además, tan mortales para una democracia.
* Ignacio García de Leániz es profesor de Comportamiento Humano en
la Empresa
El cabreo de la izquierda
Zapatero ha demostrado de la forma más palpable que la izquierda no
tiene fórmulas para cuando vienen mal dadas
JOSÉ MARÍA CARRASCAL ABC 5 Julio 2010
SI ustedes creen que los madrileños están cabreados, no saben cómo
está el resto de los españoles. Me he tragado mil y pico de
kilómetros hasta uno de los extremos de la Península y por todas
partes no he encontrado más que indisimulada indignación, solo
suspendida durante los partidos del Mundial. Lo más curioso es que
se trata de una cólera que no distingue de sexos, de edades, de
estatus económico, de niveles culturales, de regiones ni, esto es lo
más gordo, de filiaciones políticas. No he visto ni oído a nadie
alabar al gobierno, e incluso los socialistas de toda la vida,
aquellos amigos que ya en la adolescencia eran de izquierda, no se
atreven a defenderle, notándose en ellos una furia sorda, una rabia
contenida, una desazón personal, que nada tiene que envidiar a la de
los conservadores declarados, mucho menos imaginativos, que se
limitan a llamar a Zapatero «marxista-leninista» y algún otro
adjetivo personal impublicable.
Esto es nuevo. El presidente del Gobierno ha conseguido no ya
desilusionar, sino irritar a la izquierda más genuina, que nunca
votaría derecha e incluso es posible vuelva a votarle, pero será
tapándose las narices y no mirándose al espejo en unos cuantos días.
He tenido ocasión de charlar con algunos de ellos, aunque prefieren
obviar el tema y si bien manejan los argumentos más simples como
escudo —la nula colaboración del PP en una emergencia nacional, las
culpas del neoliberalismo desbordado en la crisis—, en cuanto uno
escarba, se da cuenta de que al fondo hay un cabreo enorme por haber
sido estafados. Zapatero les ha traicionado, les ha embaucado, les
ha hecho hacer el ridículo, que es lo que menos aguanta un español
de izquierdas, derechas o de centro, si hay alguno de centro.
Zapatero ha demostrado de la forma más palpable que lo del
socialismo-social es un cuento, que la izquierda no tiene fórmulas
para cuando vienen mal dadas, que lo único que sabe hacer es
derrochar el dinero acumulado por la derecha, hacer nuevos ricos al
amparo del gobierno, convertir la cultura en un pesebre, crear una
generación de ignorantes y despreocuparse de los trabajadores que
verdaderamente lo necesitan: aquellos con empleo temporal o en paro.
Esas son las vergüenzas de Zapatero que la crisis ha dejado al
descubierto, eso es lo que pone roja de ira a la izquierda, que
aprieta los dientes y arroja venablos envenenados contra todo y
contra todos en tertulias de café y de la radio, en periódicos de la
capital y de provincias, conteniéndose, eso sí, en el último segundo
para no pedir su dimisión. Y es que la izquierda de hoy es todavía
más hipócrita que la derecha de ayer.
La consumación de un golpe de estado (IV):
Condición sine qua non
Luis del Pino Libertad Digital 5 Julio 2010
Editorial del programa Sin Complejos del domingo 4 de julio de 2010
Les voy a pedir que hagan un ejercicio de memoria histórica. En el
artículo anterior comentaba cómo la sentencia del Estatuto catalán
ha venido a dar la puntilla definitiva a la Constitución del 78,
enmendándola por la vía de los hechos consumados. En éste, me
gustaría invitarles a que retrocedan ustedes seis años en el tiempo
y se pregunten cómo hemos podido llegar a esta situación.
Volvamos atrás, a la mañana del 11 de marzo de 2004, cuando tuvo
lugar ese atentado terrorista que tan incómodo parece resultarle a
nuestra clase política, si tenemos en cuenta que en el reciente
homenaje a las víctimas del terrorismo en el Congreso no hubo ni
siquiera una mínima mención al que continúa siendo el mayor atentado
de nuestra Historia.
¿Quién organizó el 11-M? Si yo les preguntara a ustedes, uno por
uno, quién creen que fue el autor intelectual de aquella masacre,
probablemente me encontraría con muchas respuestas distintas, tantas
como hipótesis se han ido planteando. Me encontraría aún con gente
que me diría que fue Al Qaida, en venganza por nuestra participación
en la Guerra de Irak. Me encontraría con personas que dirían que fue
ETA, la misma banda terrorista que lleva décadas atentando en
nuestro país. Me encontraría con quienes señalarían a Marruecos o a
Francia, deseosas de neutralizar la pujanza española. Me encontraría
con quienes piensan que fue algún servicio de inteligencia nacional
o extranjero el que movió los hilos de la operación... Las distintas
hipótesis que se han planteado, y que rondan por la mente de muchos
españoles, son muchísimas y de lo más variado. Tantas son esas
hipótesis, que más que orientarnos, lo único que hacen es
confundirnos.
Para intentar arrojar algo de luz sobre el asunto, conviene por
tanto que variemos el enfoque. En lugar de preguntarnos directamente
quién organizó el 11-M, vamos a tratar de aplicar esa vieja máxima
que dice que, para resolver un crimen, lo mejor es buscar a aquél
que se ha beneficiado con el mismo. Así que déjenme que les pregunte
de nuevo: ¿qué consecuencias tuvo el 11-M?
Si nos fijamos en la escena internacional, lo primero que observamos
es que el 11-M no ha tenido la más mínima consecuencia. Es verdad
que, de resultas de aquel atentado, nuestras tropas terminaron
retirándose de Irak, dejando en ridículo a España y a los españoles.
Pero la retirada de nuestras tropas no tuvo, por su parte, ninguna
consecuencia significativa en la situación iraquí, ni en el
equilibrio de poder en la zona.
También es verdad que, con la llega de Zapatero al poder, España
efectuó un giro pro-marroquí en su política exterior. Pero ese giro
que tan bien ha protagonizado el ministro Moratinos no ha tenido, en
el terreno práctico, ninguna consecuencia de importancia para
Marruecos, ningún beneficio concreto medianamente significativo.
Es cierto, por último, que España ha pasado a no tener el más mínimo
peso, ni dentro ni fuera de la Unión Europea. Pero eso no ha
alterado de manera significativa ningún equilibrio internacional de
fuerzas, ni entre nuestros socios europeos, ni en ninguna otra
parte.
En el terreno de la geopolítica, el 11-M podría perfectamente no
haber existido, y el mundo no sería por ello distinto.
Desde el punto de vista internacional, por tanto, es verdad que
España ha perdido enormemente desde el 11-M. Pero nadie se ha
beneficiado de forma especialmente significativa de esa pérdida. No
existe, en el terreno internacional, nadie que podamos decir que ha
obtenido claros réditos del crimen, porque el 11-M no provocó, desde
el punto de vista de los equilibrios internacionales de fuerzas,
ningún cambio dramático.
Los únicos cambios dramáticos que el 11-M ha producido han tenido
lugar en el interior de nuestro país, donde aquel atentado, y su
posterior manipulación, pusieron en marcha una dinámica suicida de
voladura controlada de la Constitución.
Si quieren, se lo planteo de otro modo. Háganse la siguiente
pregunta: ¿hubiera sido posible llevar a la práctica este autogolpe
con el que el Tribunal Constitucional acaba de liquidar la
Constitución de 1978, de no haber mediado el 11-M? Si no hubiera
habido 11-M, ¿habría podido ponerse en marcha la estrategia de
cordón sanitario contra el PP, y de negociación con ETA y de reforma
de la Constitución por la vía del Estatuto catalán?
La respuesta es que no. Sin el 11-M, sin la conmoción social que el
11-M provocó, sin el estado de shock que el 11-M indujo en la
opinión pública, hubiera sido absolutamente imposible que llegáramos
al punto al que hemos llegado. El 11-M era condición sine qua non
para todo lo que nos ha pasado después.
Atendiendo, por tanto, a las consecuencias del atentado, no cabe
otro remedio que concluir que el 11-M se llevó a cabo precisamente
para poner en marcha esa dinámica de liquidación del régimen
constitucional nacido de la Transición.
Evidentemente, mientras no tengamos pruebas fehacientes, habrá que
admitir cualquier hipótesis sobre el 11-M que quiera plantearse.
Pero lo que la lógica nos dice es que la masacre del 11-M fue una
operación cien por cien nacional y con unos objetivos exclusivamente
nacionales.
El 11-M buscaba provocar en España un cambio de régimen, superando
la Constitución del 78 por la vía de los hechos consumados.
Y vaya si lo ha conseguido.
La fabricación mediática del resentimiento
político en Cataluña
Carlos Martínez Gorriarán
Blog 5 Julio 2010
Está dando mucho que hablar la distancia cada vez mayor de
percepción política entre la sociedad catalana y el resto de la
española. Al parecer, causa un gran asombro que la mayoría de los
catalanes encuestados haga suyos los tópicos y prejuicios políticos
del establishment que controla el cotarro en el Principado, a saber:
la abrumadora mayoría de la clase política, la práctica totalidad de
los medios de comunicación, y las asociaciones y entidades de toda
clase, desde el fútbol-club Barça hasta Omnium Cultural -siniestra
entidad sedicentemente intelectual-, pasando por patronales,
sindicatos, etc. Todos ellos llevan treinta años propagando los
mismos mitos identitarios y las mismas exigencias políticas de más y
más autogobierno para Cataluña, sea ello posible y conveniente o no,
quepa o no en la Constitución, choque o deje de chocar contra
principios elementales de igualdad democrática y de racionalidad
política e incluso económica. Y lejos de haberse ido generando una
oposición cívica y política contra este penoso cultivo de la
unanimidad, los partidarios del victimismo y de su explotación a
toda costa no han dejado de crecer. Quizás sea ese el “hecho
diferencial catalán” más acusado: la marginalidad y el ostracismo
que sufren los disidentes y críticos, por moderados y razonables que
sean y muy integrados socialmente que estén, de esa manía
antidemocrática de hablar en nombre de Cataluña, como si esta
comunidad fuera un rebaño donde todos quieren lo mismo, piensan
igual, comparten idénticos sentimientos, sangran por la misma herida
patriótica, y cuyos corazones laten con acompasada taquicardia bajo
las sevicias del centralismo de Castilla (¡muchos hablan como si
siguiera gobernando el conde-duque de Olivares!) Un caso no ya
desusado en España, sino insólito en Europa fuera de algún reducto
residual de las antiguas repúblicas soviéticas. Y ellos, que se
creen los más europeos y moderno de todos…
Con semejante panorama, lo insólito y milagroso sería que en
Cataluña existieran redes sociales y entidades políticas no ya
capaces de ofrecer resistencia y oponerse a esa envenenada
unanimidad –pues éstas sí que existen en el mundo cívico y también
en el político-, sino que a día de hoy ofrecieran una oposición
potente al nacionalismo obligatorio –al estilo del
constitucionalismo en el País Vasco, que tanto admiran muchos
catalanes- y constituyeran una alternativa seria a medio plazo en
todos los campos. Porque uno de los éxitos más innegables del
nacionalismo obligatorio catalán ha consistido en inocular el virus
diferencialista incluso a los más fervorosos antinacionalistas, que
se sienten tan incomprendidos y atacados por las fuerzas ajenas a
Cataluña como esos nacionalistas que tanto deploran, y acaban
repitiendo como loros idénticos análisis obsesivos centrados en el
“nadie nos comprende porque no viven en Cataluña y no saben lo que
es esto”. Esta perspectiva desviada está en la raíz del fracaso de
algún experimento político muy prometedor que se desbarató apenas
comenzado, de ahí la importancia de no recaer en el mismo error:
crear un partido antinacionalista puramente reactivo que acaba
reproduciendo lo que denuncia y se refugia en políticas de gueto.
Tan grave parece el panorama que muchos piensan que todo está
perdido –el mismo Albert Boadella, sin ir más lejos- y que lo máximo
que puede lograrse es aquello que José Ortega y Gasset llamó en
célebre debate parlamentario en las Cortes de la República, en
polémica con Manuel Azaña, la conllevancia con el “problema
catalán”. Sin embargo, cosas más improbables hemos vivido,
comenzando por la transición a la democracia a partir de la
dictadura de Franco. Al igual que aquella nefasta dictadura, el
monolitismo nacionalista catalán es el resultado de un cruce de
intereses sociales y políticos de lo más tradicional con un sistema
comunicacional, cultural y educativo férreamente controlado por el
poder político. Así como en la última época de la dictadura
franquista buena parte de la sociedad española –donde los demócratas
activos eran una minoría marginal- seguía pensando que los
comunistas tenían cuernos y rabo y que el resto del mundo atacaba a
España por pura envidia y mala voluntad, así ahora el catalanismo
social cree a pies juntillas que los centralistas españoles son el
demonio y que atacan a Cataluña por pura maldad depredatoria. ¿Qué
van a creer si es lo que oyen y leen todos los días al 98% de los
portavoces oficiosos y oficiales de las instituciones catalanas,
muchos desde que tienen uso de razón?
Para afrontar con éxito el mal llamado “problema catalán”, o el
“problema vasco” o cualquier otro semejante, se debe comprender que
en gran parte son problemas fabricados y cultivados con
perseverancia obsesiva por quienes viven de gestionarlos. El propio
Zapatero se apuntó con desvergüenza y ya legendaria torpeza a esa
estrategia al prometer que lo que se aprobara en Cataluña sería
aprobado en Madrid. Es indudable que calculaba poder sacar grandes
beneficios políticos de la indecente impostura de ponerse al frente
de la manifestación por la soberanía de Cataluña. Lo que ha
conseguido a la vista está: poner el Estado de derecho al borde del
abismo.
Veamos un ejemplo de cómo se crea ese estado unánime de opinión
donde los efectos se convierten en causas y la pluralidad se falsea
en unanimidad. Ayer mismo publicaba El País una triste encuesta que
daba cuenta de la cada vez mayor diferencia de percepción entre los
catalanes y el resto acerca del significado de la sentencia del TC.
La mayoría consideraba que era una grave ofensa y agravio contra
Cataluña. Pero había al menos un 39% de los encuestados que
rechazaba ese punto de vista o tenía muchas dudas al respecto. A
continuación, el periódico ofrecía lo que pretendía ser una muestra
cualitativamente representativa del estado de opinión de Cataluña.
Milagrosamente, ni uno sólo de los encuestados pensaba algo distinto
de lo expresado por Montilla, Puigcercós o Mas: ¡absoluta
unanimidad, sólo modulada por el grueso de la expresiones de
victimismo (un industrial galletero tenía la caradura de afirmar que
España considera a Cataluña una colonia que puede expoliar
fiscalmente)! Y entonces, ¿Dónde estaba ese 39% que según la
encuesta no comulga con las ruedas de molino del establishment? En
El País del domingo no estaban, desde luego, y sobre todo no se les
espera. ¡Ya pueden quedarse afónicos diciendo que piensan distinto!
¡Ay, qué sabrán ellos de lo que les conviene! Pero dirán que ese es
el estado real y espontáneo de la opinión catalana. De la opinión
fabricada e impuesta, pues sí. De la otra, que se hable lo menos
posible. Así que ustedes me dirán si no es esperanzador y asombroso
que, pese a todo, haya un 39% de catalanes que no se consideran
atropellados por el TC.
Los buitres de la memoria histórica
Teresa Puerto Ferre. Minuto Digital 5 Julio 2010
Jose Calvo Sotelo. In Memoriam
Ha saltado a la opinión pública el escándalo del SECUESTRO, por el
“komisariado-mordaza” de ZP, de los diarios del Presidente de la II
República Española don Niceto Alcalá Zamora y su rotunda NEGACIÓN a
que vean la luz pública ….
¿Razón esgrimida? pues que su publicación… ¡¡ “podria causar
crispación”!! según palabras de Rogelio Blanco, cancerbero mayor de
este Régimen Zapaterino tan antidemocrático y tan sectario : no solo
nos están secuestrando nuestro pasado más reciente con su Ley para
la Falsificación de la memoria Histórica sino también nos niegan las
fuentes que certifican esa permanente falsificación.
Los manuscritos de las memorias de Alcalá Zamora fueron saqueados
por los milicianos frentepopulistas en febrero de 1937 y, por
diverso avatares, han llegado a manos del actual Ministerio de
Cultura que se niega a publicarlos para que no conozcamos el
macrofraude electoral de febrero de 1936 que elevó al poder al
stalinista Frente Popular, y el triple golpismo ROBOlucionario y de
izquierdas de octubre de 1934 :
1º la rebelión armada en Asturias de los mineros y la toma violenta
de Oviedo con 100 muertos. Revuelta dirigida por el diputado
SOCIALISTA González Peña
2º la “revolución golpista en Cataluña con el anarco -sindicalista
catalán Lluis Company que se burló de la Constitución de
1931,declarándose independiente y proclamando “l´Estat Catalá”
3º la “revolucion en Madrid” del SOCIALISTA Largo Caballero que se
levantó en armas porque no acepta el gobierno legítimo de derechas y
anuncia la dictadura del proletariado como “único remedio de los
males de España”.
Todo este violento y antidemocrático proceso revolucionario de las
izquierdas violentas y del Socialismo stalinista fue el
desencadenante de la barbarie que provocó el estallido de la Guerra
inCivil Española que ZP quiere secuestrarnos y que están contados en
primera persona por el que fue testigo de primera mano : Don Niceto
Alcalá Zamora.
Y allí está contado, también, el trágico incidente protagonizado por
aquella flor fétida del stalinismo genocida , Dolores Ibarruri ,
alias La Pasionaria, profetizando el asesinato del Jefe del Bloque
Nacional y diputado don José Calvo Sotelo.
“ El 16 de junio de 1936, el diputado Gil Robles pronunció en las
Cortes Españolas un discurso en el que acusaba al gobierno de
lenidad para con la brutal violencia y el crimen desatado: 160
iglesias destruidas y 251 objeto de incendio y saqueo ; 269 personas
asesinadas y 1280 heridas ; 69 locales políticos destruidos ; 113
huelgas generales y 228 parciales , así como numerosos casos de
violencia .
Por no ser menos , José Calvo Sotelo pronunció también un discurso
que si bien en sí no iba más allá de lo que, como diputado, tenía
derecho a decir y hacer , resultaba imprudente en extremos para un
hombre de sus opiniones aquella atmósfera caldeada . Cuando volvió a
sentarse , entre protestas y aclamaciones de unos y otros, Dolores
Ibarruri , alias La Pasionaria , del Partido Comunista de las Cortes
le gritó: “Ese es tu último discurso”. Y así fue” (fuente: “España”
de Salvador de Madariaga .6ª edic.México. págs 559 y 560) .
El entonces Presidente del Congreso, Diego Martinez Barrio, ordenó
que esa frase de la líder stalinista no se recogiera en el Diario de
Sesiones pero fueron transcritas por los periódicos del día
siguiente y han sido comentadas por cronistas, historiadores, y
ensayistas de todos los colores políticos.
El 13 de julio un destacamento de fuerzas de Orden, flanqueado por
pistoleros comunistas y socialistas y al mando de un capitán
socialista de la Guardia Civil , Condés, secuestró y asesinó
vilmente en su domicilio al jefe dela oposición monárquica , José
Calvo Sotelo.
Los buitres devoradores de aquella legalidad son los mismos buitres
carroñeros que hoy nos están saqueando nuestra debilitada
democracia.
www.teresafreedom.com
El Editorial La Razón 5 Julio 2010
Alejamiento peligroso
De la encuesta que hoy publica LA RAZÓN en torno a los efectos que
ha tenido en la opinión pública el fallo del Tribunal Constitucional
sobre el Estatuto catalán se desprende un preocupante divorcio de
percepción entre los catalanes y el resto de los españoles. Es
comprensible, y a nadie debería extreñar, que existan diferencias de
sensibilidad y que la emotividad se exprese a veces de manera
opuesta. Pero lo que se deja traslucir a propósito del Estatuto va
más allá y ningún político o gobernante responsable debería
archivarlo a beneficio de inventario y, menos aún, aprovecharlo para
sacar tajada partidista. La encuesta tiene especial interés cuando
plantea una pregunta clave: ¿a quién perjudica más la sentencia, a
Zapatero o a Rajoy? Las respuestas son muy nítidas: la mayoría de
los españoles estima que el más perjudicado es el presidente del
Gobierno, que se erigió en el gran impulsor del Estatuto, mientras
que en Cataluña se considera que el peor parado es el líder del PP,
aunque el TC le haya dado en parte la razón y, sobre todo, haya
avalado su decisión de recurrir.
Más allá de la valoración ad hóminem, lo que subyace a estas
respuestas es que el Estatuto catalán se ha vendido como un pulso
entre el PP y el PSOE, en vez de lo que fue: una respuesta que los
socialistas ofrecieron a las demandas nacionalistas para
garantizarse el poder tanto en Madrid como en Barcelona. Las
alianzas tejidas en torno a la reforma son las mismas que han
permitido a Zapatero estos seis años de gobierno y a Montilla, los
últimos cuatro. En vez de abordarse con el espíritu de consenso que
configuró el mapa autonómico hace treinta años, con el apoyo de los
dos grandes partidos nacionales, el nuevo Estatuto se planteó como
un trágala al centro derecha, sobrepasando las costuras del traje
constitucional.
Esta polarización premeditada y alimentada por intereses
partidistas ha hecho mella en la sociedad catalana, hasta el punto
de que hoy, cuatro años después de abierto el proceso, el
distanciamiento con el resto es mucho más acusado, más agrio y más
visceral. Así lo atestigua, por ejemplo, el hecho de que la gran
mayoría de los españoles encuestados esté conforme con el actual
desarrolo autonómico, mientras que una mayoría catalana reclame más
soberanía. Todo ello nos lleva a redoblar el llamamiento a la
prudencia y a la responsabilidad que venimos haciendo desde que se
publicó el fallo del Tribunal Constitucional. Salvo los que se
aferran dogmáticamente a sus errores, como el PSOE, todas las demás
fuerzas políticas coinciden en que esta reforma estatutaria ha sido
una experiencia nefasta para la convivencia, negativa para la salud
del Estado y desestabilizadora para Cataluña.
En contra de lo que prometió Zapatero, que acusaba a Aznar de
envenenar la convivencia con los nacionalismos, hoy existe más
crispación, más suspicacias y más incomprensión mutua que entonces.
Pero llegado a este punto, se debe exigir a los socialistas, como
gobernantes en ambas orillas, que actúen con sentido de Estado, no
azuzen más a una sociedad catalana necesitada de otras políticas
para salir de la crisis, y retomen el camino del consenso
constitucional con el PP, que nunca debieron abandonar por cordones
sanitarios y pactos de exclusión.
************
******************* Sección "bilingüe"
***********************
La tercera vía de ZP
Se impone un modelo confederal al tiempo que se ridiculiza a quienes
denuncian la ruptura del modelo autonómico
CÉSAR ALONSO DE LOS RÍOS ABC 5 Julio 2010
«Objetivo cumplido» dijo Zapatero, y añadió que nunca en la historia
de España se habían atendido tanto las exigencias de autogobierno de
Cataluña como en el Estatut . Pero ¿por qué utilizó unos términos
tan grandilocuentes cuando lo relevante del fallo del TC eran los
recortes? Porque se darán nuevas leyes que vendrán a reparar las
lesiones infligidas a éste. En definitiva, se entrará en las
cuestiones más graves por la puerta de atrás. Como en la unidad de
jurisdicciones. Lo que no tendrá arreglo es el problema de las
lenguas. La negación del carácter «preferente» al catalán no
devolverá al castellano la condición «vehicular» en la enseñanza.
Que es lo que importa. Así que una nueva legislación vendrá a anular
los «desmanes» producidos por el TC, y así se sigue en la línea del
tratamiento que viene mereciendo nuestra Constitución desde el
primer día. La introducción del término «nacionalidades» y la
indefinición del Estado permitieron pensar a los nacionalistas que
aquella respondía a un «pacto» implícito en relación con una fórmula
a largo plazo confederal. De hecho han actuado siempre en esa línea.
En la realidad se pisotea la Constitución y se critica a quienes lo
denuncian. Es un comportamiento hipócrita especialmente repugnante
por cuanto se trata de un hecho colectivo. Se impone un modelo
confederal al tiempo que se ridiculiza a quienes denuncian la
ruptura del modelo autonómico. Pero ¿acaso no fue el propio ZP el
que defendió la revisión de los Estatutos como paso obligado hacia
un sistema confederal? A pesar de ello tanto para los socialistas
como para los populares la Constitución ha salido reforzada con el
fallo del TC, y el ministro de Justicia proclama que se afirma «la
unidad en la diversidad». ¿No habrá querido decir «unidad en la
desigualdad»?
Los silencios cómplices de Rajoy y Zapatero
EDITORIAL Libertad Digital 5 Julio 2010
El presidente del Gobierno y el líder de la oposición han tratado,
cada uno a su manera, de pasar página una vez hecho público el fallo
del Estatut. Ambos abogan por "mirar al futuro" y tratan de
aparentar que con la sentencia del Constitucional el estado de las
autonomías queda plenamente normalizado y estabilizado. A Zapatero
le interesa desviar la atención de un texto que él mismo promovió a
sabiendas de que era claramente inconstitucional en la gran mayoría
de su articulado. Rajoy, más interesado en llegar al poder a lomos
de los nacionalistas que en preservar la democracia, trata de
hacernos olvidar las cinco millones de firmas contra el Estatut que
recogió por todos los rincones de España.
Y, sin embargo, si algo no ha logrado el fallo del Constitucional ha
sido calmar los ánimos de aquellos a quienes se quiso contentar con
el Estatut primero y con una absurda sentencia después. Los
nacionalistas de todos los partidos, incluyendo esa sucursal
catalana del PSOE que es el PSC de Montilla y Chacón, han convocado
una manifestación para el próximo sábado no ya contra el
Constitucional, sino contra la legitimidad misma que tiene el
soberano pueblo español para retocar cualquier texto aprobado por el
parlamento catalán. Es decir, el objeto de la marcha del 10 de julio
no es el de exhibir las discrepancias de tipo jurídico sobre la
sentencia, como muchos ingenuos quieren pensar, sino socavar la
mismísima soberanía del pueblo español. De ahí que Montilla llame a
los catalanes a "envolverse en la señera", transformando los
símbolos regionales de Cataluña en todo un ariete contra las
instituciones políticas de España.
Teniendo en cuenta que no sólo las Cortes y el Gobierno de España o
el parlamento y el gobierno catalán, sino también todo el régimen
jurídico que supuestamente garantiza los derechos y libertades de
los españoles, dependen de la Constitución del 78 que, a su vez, se
funda sobre la soberanía nacional, sería deseable y exigible que
Zapatero y Rajoy defendieran con más ahínco la legalidad vigente
frente a la deriva insurreccional en la que ha caído la mayor parte
de la casta política catalana. Hasta la fecha, PP y PSOE evitan
hacer cualquier referencia a la marcha nacionalista, como si lo que
pasara en Cataluña formara parte del folclore regional.
Sin embargo, la condena y oposición a la misma resultan
imprescindibles porque, como decimos, la nación española es algo más
que el colectivo al que pueden adscribirse éxitos deportivos: es la
base de nuestras libertades. Los liberales de Cádiz lo tenían bien
claro ya en 1812 y así lo plasmaron en el artículo 3 de nuestra
primera constitución: "La soberanía reside esencialmente en la
Nación, y por lo mismo pertenece a ésta exclusivamente el derecho de
establecer sus leyes fundamentales".
Permitir que un grupo de presión organizado, como son los
nacionalistas, trocee y rehaga a su gusto esa Nación es permitirles
que nos impongan las leyes que les plazcan; es, en contra de lo que
establecía el artículo 2 de la Pepa, convertir la Nación y nuestras
libertades en el patrimonio de una casta.
PSOE y PP están obligados a defender a la soberanía nacional de
cualquier banda que pretenda subyugarla. El problema es que muy
probablemente Zapatero y Rajoy son, junto a los nacionalistas, los
primeros interesados en subvertir y patrimonializar el orden
constitucional. La limitación del poder les incomoda. Es mucho más
fácil negociar y entenderse con los señores feudales de las regiones
de España que rendir cuentas ante el pueblo soberano. Zapatero así
lo viene demostrando desde 2004 y Rajoy parece que comprendió la
lección cuatro años después.
Estatut
La bravata del fanfarrón
Emilio Campmany Libertad Digital 5 Julio 2010
Los políticos de Cataluña que son nacionalistas, que lo son casi
todos los que allí pacen, se han tomado muy mal la sentencia del
estatuto. Habrían denostado cualquier sentencia, incluso una que
hubiera dicho que el estatuto es constitucional, porque lo que
niegan es la legitimidad de nadie para constreñir lo que el soberano
pueblo de Cataluña haya refrendado. Sin embargo, el pueblo catalán
no existe como titular de ninguna soberanía. Como tampoco existe el
murciano o el gallego. Por eso, la Constitución entra en
contradicción cuando, después de decir que la soberanía nacional
reside en el pueblo español, regula la modificación de los estatutos
de autonomía exigiendo un referéndum entre los electores "inscritos
en los censos correspondientes". Los electores inscritos en los
censos correspondientes no deberían tener nada que refrendar en una
nación donde el único soberano es el pueblo español. En cualquier
caso, de este resbalón del artículo 152.2 no puede deducirse que el
pueblo catalán tenga constitucionalmente reconocida ninguna
soberanía en conflicto con la del pueblo español.
Partiendo de estas premisas, no puede extrañar que los políticos
nacionalistas se hayan vestido con la túnica de la cofradía de la
santa indignación y hayan salido en procesión por todas las
televisiones llevando con irritación la pesada cruz de ser español.
El más divertido de ver ha sido Montilla, con ese mohín de niño
contrariado que tan bien sabe poner cuando se le disgusta. Da risa
verlo andar por el claustro del palacio de la plaza de San Jaime con
paso corto y algo apresurado, el ceño y los labios fruncidos,
negando con la cabeza y aparentando resolución a tomar la más grave
de las decisiones.
Artur Mas, como no es tan teatral, se ha limitado a hacer lo que
llevan treinta años haciendo los nacionalistas, amenazar al
presidente del Gobierno con dejarle caer si se le ocurre volver a
alabar la sentencia.
Pues bien, la amenaza no es más que una bravata. Ningún
nacionalista, y menos aun Mas, va a dejar caer a Zapatero por la
sencilla razón de que con ningún otro presidente podría el
nacionalismo catalán estar mejor. No ya es que teman la llegada a la
Moncloa de un PP que, después de todo, está más aguado que el vino
que tiene Asunción. Es que en todo el PSOE no es posible encontrar
un sustituto más dispuesto a inclinarse ante los nacionalismos como
lo está Zapatero por naturaleza. Si encima se cae en que esa natural
tendencia a satisfacer cualquier cosa que salga del Parlamento de
Cataluña se ha convertido hoy en una necesidad de supervivencia, se
concluye que es imposible que Mas vaya a abandonarlo a su suerte.
Incluso en el improbable supuesto de que el PSOE promoviera su
sustitución, el primer salvavidas de Zapatero sería CiU.
El oxígeno que el catalán administró al moribundo absteniéndose en
la convalidación del decretazo contra pensionistas y funcionarios no
estuvo motivado por ningún interés general, sino por la conveniencia
de conservar con vida al presidente para extraerle tantas
concesiones como su necesidad de apoyos permitan a partir del
momento en que CiU vuelva a pisar moqueta después de las catalanas
de este otoño. Sus amenazas contra Zapatero no se las cree nadie.
Bueno, a lo mejor, se las creen en el PP, donde se fantasea con
entrar en el gobierno de CiU. Algún día escarmentarán.
Estatut
Secuestro de la democracia
Agapito Maestre Libertad Digital 5 Julio 2010
Múltiples son las imágenes de un político. De Aznar, sin embargo,
domina una sobre todas las otras. Su imagen auténtica se superpone a
las apócrifas que el propio Aznar tiene de sí mismo. Es un tipo
político fiable; intenta dar coherencia vital, política e incluso
intelectual a sus palabras. Aznar es de los pocos políticos que aún
me merecen algún respeto ideológico; por eso, y sólo por eso, me
detengo en sus declaraciones sobre el fallo del Constitucional en
torno al Estatuto de Cataluña, que es, se mire como se mire, la
expresión más relevante de las alianzas entre los socialistas y los
nacionalistas para transformar la estructura del Estado, en
realidad, para manipular las bases de la democracia, sin consultar a
los españoles.
Aznar ha reaccionado varias veces, desde el famoso Pacto de Tinell
de 2003, contra esa exclusión de la ciudadanía en general, y del PP
en particular, de la vida política que es, sin duda alguna, tanto
como decir el secuestro de la democracia. El diagnóstico de Aznar
sobre ese secuestro siempre fue crítico y, sobre todo, pesimista;
pero, ahora, a raíz del fallo del Tribunal Constitucional emite un
pronóstico tan optimista y utópico que llama mi atención. Cree el
presidente de FAES que esta sentencia debería dar por zanjada la
revisión del modelo estatutario. Su propuesta no es otra que gracias
a este fallo debemos "dar por concluida esta irresponsable deriva de
inestabilidad y deterioro institucional". El desideratum de Aznar es
respetable, pero me parece tan irreal como ilusorio y cómplice es el
silencio de Rajoy sobre lo dicho por el Tribunal Constitucional, a
todas luces, dirigido y controlado por Zapatero de principio a fin.
Ni el deseo de Aznar ni el silencio de Rajoy sobre el fallo del
Tribunal Constitucional terminarán con la fortaleza que construyeron
hace años, y con puño de hierro, los socialistas y los nacionalistas
para encerrar el espíritu democrático de la Constitución. La reforma
de los Estatutos ha acabado con la nación española como el principal
sujeto político de la democracia. Los "ideales" de Aznar, expresado
en los cursos de verano de FAES, y el "pragmatismo", o la callada
por respuesta, de Rajoy son piezas maestras para anestesiar a la
ciudadanía de que el propio PP hace ya tiempo se "enganchó" a ese
pacto de socialistas y nacionalistas para reformar la Constitución,
o mejor, asesinar a la nación española, sin contar con la
ciudadanía.
Aznar, pues, se equivoca. El fallo del Tribunal Constitucional,
lejos de traernos más estabilidad y tranquilidad institucional, abre
el portón para todo tipo de tropelías antidemocráticas e
irresponsabilidades políticas. El fallo es un espaldarazo a las
"elites" políticas que han negado la realidad nacional española. El
estatuto catalán, y sospecho que todos los que se han reformado en
esta época de Zapatero, ha hurtado la base clave de la democracia:
la nación española. He ahí la única realidad de la trágica política
española. Todo lo demás son ganas de hacernos perder el tiempo. O
aceptamos que los políticos, incluidos los del PP, están asesinando
España de espalda a los españoles, o hacemos "moralina" aznarista.
El discurso del día de fiesta de Aznar me gusta, pero es sólo un
adorno para que no se note que el PP, es decir, Rajoy, Camps, Arenas
y todos los demás, han tragado con el secuestro de la nación
española que han llevado a cabo nacionalistas y socialistas para las
próximas generaciones. El silencio de Rajoy sobre el fallo del
Tribunal Constitucional sólo tiene una interpretación: ¡Quién calla,
otorga! El Estatuto de Cataluña, junto a otros estatutos "de segunda
generación", diseñan una nueva Constitución española al margen de
los españoles. El PP es tan irresponsable como los socialistas y
nacionalistas de ese secuestro democrático. Vale.
Sentencia política impropia de un tribunal
Xosé Luis Meilán. La Voz 5 Julio 2010
El Tribunal Constitucional ha de decidir sobre asuntos de un
innegable contenido político, pero su juicio debe realizarse desde
una perspectiva jurídica. No lo ha hecho así en aspectos destacados
del Estatuto de Cataluña. Desde el nacimiento del proyecto hasta
ahora ha estado penetrado de una marcada intencionalidad política,
más aún partidaria, que ha llegado al interior del tribunal. Los
cuatro años empleados para la sentencia suponen un manejo del tiempo
que ha permitido desarrollos legislativos del Estatuto haciendo más
arduo el pronunciamiento y ha favorecido al Gobierno que lo
patrocinó como inmaculado. La presidenta consiguió el definitivo
desbloqueo del problema. De los datos publicados resulta que para
ello fue decisivo vencer la resistencia del magistrado Aragón,
nombrado por el Gobierno, a aceptar el valor jurídico de nación en
el preámbulo del Estatuto. Lo sorprendente ha sido que la presidenta
no votó su propia propuesta, como tampoco los otros tres magistrados
del bloque considerado cercano al Gobierno, del que ha resultado ser
incondicional.
No lo tenía fácil el tribunal. No se trataba de una auténtica
reforma sino de una seudorreforma, un nuevo Estatuto que se
correspondía a lo inicialmente declarado por el presidente del
Gobierno como Estado plurinacional. Como resultado de la componenda
una serie de artículos son constitucionales, pero sometidos a
interpretación. Y aunque esa fórmula no es una novedad en el modo de
proceder del tribunal, resulta en mi opinión jurídicamente
inapropiada en este caso por la importancia de la sentencia para la
comprensión del Estado autonómico. No contribuye a la seguridad
jurídica, que todo tribunal debe garantizar con eficacia, se
consideren acertadas o equivocadas sus resoluciones.
La declaración de constitucionalidad de unos preceptos si se
interpretan como el tribunal puede ser una solución política. No es
eso lo que se pide a un tribunal. En unos casos -como la lengua
propia y las lenguas oficiales- la interpretación resulta superflua
y en otros, como la sujeción de entidades, empresas y
establecimientos al deber de disponibilidad lingüística, era
improcedente. Si el precepto inducía a confusión lo coherente
hubiera sido declararlo inconstitucional en la línea de lo que el
tribunal acordó para el Consejo de Justicia de Cataluña.
Lo mismo podría aplicarse a otros artículos interpretados, en
especial los relativos al respeto de la posición de Cataluña en la
ordenación de la renta per cápita entre las comunidades autónomas o
a la inversión del Estado en infraestructuras, de dudosa naturaleza
estatutaria.
No es seguro que las interpretaciones eliminen los conflictos. Más
propio hubiera sido declarar la inconstitucionalidad de los
preceptos ambiguos en razón de cómo están redactados. Se podrían
plantear de nuevo en otros términos. Sería menos político en el
corto plazo, pero más conforme con la naturaleza del tribunal, cuya
imagen de independencia ha quedado dañada.
Montilla, doble agente
El papelón del presidente catalán es poco envidiable y la situación
de Zapatero más que comprometida
IÑAKI EZKERRA El Correo 5 Julio 2010
Hay quienes están viendo en Montilla a un furibundo nacionalista
catalán, pero yo, la verdad, le veo como a un pobre doble agente
metido en un marronazo. Casi le compadezco. Por un lado, se ve en la
necesidad de tener que parecer más nacionalista que nadie para
intentar conservar su curro de presidente de la Generalitat tras las
autonómicas que vienen y parar la sangría de votos catalanistas que
se irán (o volverán) a CiU previsiblemente. Por otro lado, está en
el mismo partido de Zapatero o -más aún- es el hombre de Zapatero en
Cataluña, el que reemplazó a Maragall porque le era más útil a
Zapatero que Maragall y porque este último de tanto hacerse el
nacionalista se lo había creído hasta un punto que al propio
Zapatero le parecía peligroso. En semejante tesitura, el papelón de
Montilla es poco envidiable y la situación de Zapatero más que
comprometida. Ambos han caído en su propia trampa y ésta carece de
salida. Si la manifa convocada para el 10 de julio fracasa, fracasa
Montilla y su intento por resultar verosímil como nacionalista
catalán. Si triunfa, estamos ante el fracaso más espectacular del
Gobierno, del presidente y del partido del Gobierno. Porque éste no
sería un fracaso más. Sería el fracaso de su política autonómica, o
sea de una de las grandes banderas con las que llegó al poder. Sería
la escenificación de la descomposición y el desguace del zapaterismo
que ya esbozaba la también anunciada huelga de los sindicatos contra
la reforma laboral y que los propios líderes sindicales han tratado
de disimular desviando la responsabilidad hacia el PP (la huelga del
metro de Madrid) en arriesgado detrimento de su verosimilitud.
No. Aquí no hay escapatoria. Intente lo que intente el doble agente
Montilla por vestir el muñeco de su 'obligada' movilización, ésta es
un dramático varapalo a la temeraria pirueta política que ha hecho
Zapatero promoviendo un Estatut que él mismo sabía inviable para
desmarcarse teatralmente de un Aznar que -no lo olvidemos- también
había jugado con las cosas de comer en Euskadi y en Cataluña durante
los dos primeros años de su primera legislatura. Era, por esa razón,
difícil tal desmarque a costa de una aventura reformista como el
Estatut, que no podía tener otro destino que la poda de María Emilia
y el aterrizaje en la realidad con el que ya en su día se encontró
'el primer Aznar', el que se codeaba con Arzalluz y defenestró a
Vidal-Quadras.
A Zapatero no le ha quedado más remedio que traicionar al
nacionalismo catalán y su honorable charnego le quiere dar ahora una
milagrosa victoria haciendo como que es de otro partido. Misión
imposible. Y los de la extrema derecha de este país, tan listos como
siempre, se tragan el anzuelo del 'abertzalismo payés de Montilla' y
dicen que ha roto España. Esos también son dobles agentes pero sin
enterarse.
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