AGLI

Recortes de Prensa   Sábado 26 Febrero 2011

 

La calle tomada
Alfonso Ussía La Razón 26 Febrero 2011

Otro fin de semana sin salir de casa. La culta y solidaria izquierda tomará la calle. José Antonio Vera, en estas páginas, se ha preguntado por el paradero de la izquierda española. Y la izquierda ha dado su respuesta. Tomará las calles de Madrid para protestar con multitudinarias y abigarradas manifestaciones en contra de los crímenes de Ghadafi. La gran pancarta la portarán los representantes de la izquierda mediática. El Gran Wyoming no ha podido conciliar el sueño cuando se ha enterado que Ghadafi, el gran revolucionario, se ha cepillado a un millar de libios impertinentes que pedían una reforma hacia la democracia en su país. Y Zerolo, que insulta a los judíos, únicos demócratas del Medio Oriente, y acepta con ejemplar resignación que en Irán sean ejecutados los homosexuales con el objeto de limpiar la sociedad de elementos degenerados, según palabras del revolucionario Ahmadineyad.

La culta y solidaria izquierda tomará la calle, pero aún se ignora qué calle, y de ahí el despiste general. Con el entusiasmo que les caracteriza, los de la Ceja han decidido manifestarse. El problema es que Aznar nada tiene que ver con lo que sucede en Libia, en Irán, en Venezuela, en Cuba y en Afganistán, y están desnortados. Pueden manifestarse en la Puerta del Sol contra Esperanza Aguirre. Reponerse en un par de días de una operación de cáncer es una demostración palpable de la chulería y prepotencia de la derecha. Indignante desde cualquier punto de vista. Guillermo Toledo y Alberto Sanjuán están organizando la nueva flotilla en beneficio de Hamás que partirá rumbo a Gaza, y han renunciado a la manifestación. Además, que tanto el uno como el otro, con toda la razón del mundo, quieren saber en qué esquina se reunirá la izquierda para protestar lo que tenga que protestar.

Existen dos posibilidades. Que lo hagan contra Ghadafi por matar a mil libios que piden democracia, o que lo hagan contra los mil libios por pedir una cosa tan rara y poco recomendable. Se espera la decisión, que adoptarán al unísono Carmen Machi y María Antonia Iglesias, aunque a la segunda le haya prohibido Vasile que se manifieste contra Ghadafi por la gran amistad que une al ilustre revolucionario libio con Berlusconi, el salido Primer Ministro italiano y dueño de Tele-5 que al fin y al cabo, aunque se mueva por la ultraderecha, es el que paga. No obstante, y si no saben contra quién manifestarse, pueden contar con la recta opinión de Almudena Grandes y el poeta García Montero, siempre que no coincida la manifestación con la reunión de uno cualquiera de los mil jurados de Premios de Poesía a los que ambos pertenecen, con toda justicia, digo yo.

La calle a elegir para ser tomada podría ser alguna inmediata o cercana a la embajada de Israel en Madrid, porque si no hay chicha contra la que manifestarse siempre se puede terminar insultando a los hebreos y poniendo en duda el Holocausto, que es duda muy propia de la izquierda española, tan inclinada a favor de los adorables terroristas de Hamas. Con los Bardem que no cuenten porque están en Los Ángeles preparando la revolución comunista que cambiará el rumbo de los Estados Unidos en unos pocos años, unos doscientos cincuenta más o menos. Además, que han tenido la desgracia de que a Pe le empezaron las contracciones allí, y no pudieron tener al niño donde querían, en un hospital público de Madrid como los que visita Esperanza Aguirre para ser operada de cáncer, que hay que ser tonta y de derechas. Bueno, pues eso, que van a tomar la calle, pero no saben cuál.

Orwelliana
Luis del Pino Libertad Digital 26 Febrero 2011

Editorial del programa Sin Complejos del sábado 26/2/2011: "Orwelliana"

¿Quién no conoce al escritor inglés George Orwell? Marxista convencido y miembro de las brigadas internacionales que lucharon del lado republicano durante la guerra civil española, Orwell experimentó en carne propia las purgas dentro de la izquierda en la Barcelona de la guerra. En junio de 1937, sus compañeros del POUM (Partido Obrero de Unificación Marxista) fueron masacrados por los comunistas, por orden directa de Moscú. Andreu Nin, el entonces dirigente del POUM, no es que fuera torturado por los comunistas hasta morir: es que fue, literalmente, desollado vivo, para tratar de convencerle de que delatara a sus compañeros.

La decepción de Orwell con el comunismo terminó de fraguarse al ver cómo Stalin no tenía reparos en firmar con Hitler, una semana antes de la Segunda Guerra Mundial, un pacto de no agresión y de repartición de Polonia.

Esas experiencias hicieron evolucionar a Orwell del comunismo idealista al anticomunismo más lúcido, permitiéndole alumbrar dos novelas magistrales: "Rebelión en la granja" en 1945 y cuatro años después su obra cumbre, "1984". Por cierto, la publicación de "Rebelión en la granja", que constituye toda una denuncia de la hipocresía falsamente igualitaria de los regímenes comunistas, se vio retrasada dos años por culpa de Peter Smollett, un agente soviético infiltrado en el Ministerio de Información inglés, que presionó a la editorial para que no sacara el libro.

En la novela "1984", George Orwell hace un tenebroso relato del intento de rebelión de un hombre contra una dictadura futurista e imposible de derribar, una dictadura dirigida por alguien al que llaman el Gran Hermano y que basa su dominio sobre las masas en la manipulación sistemática de la realidad.

En esa dictadura brutal e indestructible, no es sólo que todos los medios de comunicación estén controlados y censurados por el Gobierno, sino que incluso se altera la Historia en caso necesario para borrar todo rastro incómodo. Así, por ejemplo, cuando un miembro del Partido cae en desgracia y es víctima de una purga, su nombre y su imagen son concienzudamente eliminados de cada libro, de cada fotografía y de cada periódico. Hasta que al final es como si esa persona no hubiera existido jamás.

No hay aspecto de la realidad que escape al férreo control del Gobierno. En uno de los primeros capítulos, Winston Smith, el protagonista de "1984", se escandaliza de la capacidad de las personas para dejarse manipular, cuando ve que el gobierno reduce la ración de chocolate de 30 a 20 gramos semanales, para, al día siguiente, convocar manifestaciones populares con el fin de agradecer al gobierno que haya aumentado la ración a 20 gramos.

"¿Cómo pueden tragarse eso?" - se pregunta Winston Smith. "Si no hace ni 24 horas que se anunció la reducción, ¿cómo puede manifestarse hoy la gente agradeciendo al Gobierno que les haya aumentado la ración de chocolate?".

El gobierno Zapatero y el Partido Socialista parecen especialmente proclives a dejarse caer en la orwelliana tentación de reescribir el pasado, como ya han demostrado con la famosa Ley de Memoria Histórica. Pero lo malo no es que el Gobierno se deje caer en esa tentación, sino que haya gente dispuesta a secundar el intento, bien es verdad que previo pago de las correspondientes subvenciones.

Esta semana hemos tenido otro curioso ejemplo de orwellianismo parlamentario. Zapatero, el mismo que ha reducido las pensiones, que ha bajado los sueldos a los funcionarios, que ha eliminado las ayudas extraordinarias a parados... se atrevía a afirmar en el Congreso que el gasto social ha aumentado en España desde 2008, pese a la crisis. Y lo malo no es, insisto, que el Gobierno utilice ese argumento, sino que hay medios, hay comentaristas y hay votantes dispuestos a comprarle esa mentira, de la misma manera que en la novela de Orwell había personas dispuestas a agradecer al Gobierno el aumento en la ración de chocolate, veinticuatro horas después de que el Gobierno la redujera.

Ayer, Rubalcaba anunciaba la reducción del límite máximo de velocidad de 120 a 110 km/h, con el fin de ahorrar gasolina. Bueno, pues estoy seguro de que habría algunos comentaristas políticos capaces de escribir, dentro de unos años, un prolijo tratado explicándonos cómo el gobierno socialista consiguió subir por fin a 110 km/h el límite de velocidad en las autopistas.

¿Creen ustedes que no? Pues no tienen más que mirar a los que intentan hoy en día reescribir la historia de la guerra civil. Observen, por ejemplo, cómo son capaces de presentar como si fueran un conjunto de luchadores por la libertad a ese Partido Comunista que fue capaz, por ejemplo, de desollar vivo al líder del POUM, o que consiguieron que un idealista como Orwell acabara asqueado del comunismo.

Si algunos son capaces de defender a aquellos estalinistas, a aquellos totalitarios, a aquellos salvajes, a aquellos torturadores, ¿qué problema habría en hacer una película explicando que, hasta que llegó Zapatero, los coches viajaban por España a ritmo de caracol?

Quien puede lo más, puede lo menos. Especialmente si alguien te regala una jugosa subvención pública para que reescribas la Historia.

La izquierda buena
Subir impuestos es progresista, pero también lo es bajarlos. Revalorizar las pensiones es progresista, pero reducirlas, también. Progresista es lo que en cada momento Zapatero dice que es progresista
JAVIER ZARZALEJOS El Correo 26 Febrero 2011

La izquierda es buena aunque haga cosas malas. La derecha es mala aunque haga cosas buenas. Esta es la sencilla formulación de una creencia largamente asumida que acepta la superioridad moral de la izquierda sin posibilidad de prueba en contrario. La fuerza de esta presunción ha empujado con frecuencia a la derecha a desistir de formular su proyecto político para refugiarse modestamente en su capacidad de gestión como argumento electoral. Para la izquierda la rentabilidad de esta disociación entre lo que hace y lo que dice ser ha sido inmensa porque su bondad intrínseca legitima los relatos exculpatorios de sus acciones.

La bondad de su ser se impone en la calificación de sus acciones. La corrupción en la izquierda es una patología; en la derecha es constitutiva. La izquierda reclama ser juzgada por sus intenciones más que por los resultados de sus actos cuando estos fallan política o moralmente. Cuando la izquierda fracasa raramente es por responsabilidad propia. Ocurre que los demás no son tan buenos como ella.

Es tal la interiorización de esta creencia que sus portavoces insisten en atribuir a sus adversarios maldades genéticas, aludiendo a su ADN para negarles la condición democrática. Cuesta creer que quienes se muestran tan grotescamente escrupulosos con el lenguaje cuando creen encontrar alguna desviación sexista, unan tan alegremente la descalificación del adversario a la carga genética de éste en una mezcla que por sus sórdidas resonancias en suelo europeo debería avergonzar a quienes manipulan de esta manera el discurso político.

Como la izquierda es buena -aquí la genética se vuelve propicia-, la valoración de lo que ésta haga es intercambiable hasta el punto de que «lo progresista» desaparece como categoría objetiva. Subir impuestos es progresista, pero también lo es bajarlos. Revalorizar las pensiones es progresista, pero reducirlas, también. Cerrar centrales nucleares es motivo de orgullo verde, pero mantenerlas abiertas, desdiciéndose de todo lo dicho, no lo es menos. Progresista es lo que en cada momento Zapatero dice que es progresista. Depende. Pero tener a Zapatero de prescriptor ideológico tiene sus riesgos. Luego se extrañan de la crisis de la izquierda que, en última instancia, no es más que el resultado de privar a la política de su significado.

Precisamente la excelencia moral que la izquierda gusta atribuirse brilla sobre todo cuando hace cosas que forman parte de su alegato permanente contra la derecha y cuando las hace, además, en grado superlativo. ¿Qué ocurre entonces? Pues que cuando rebaja el sueldo a cientos de miles de empleados públicos, suprime beneficios fiscales universales y raciona prestaciones sociales, la izquierda sufre, mientras que la derecha disfrutaría haciéndolo. Semejante alivio moral no es poca cosa: sirve como coartada y marca la diferencia con sus adversarios. Entre estos y la izquierda hay un abismo que aquellos nunca podrán cruzar: la distancia es -el término está de moda- la empatía. Esa es la explicación por la cual Zapatero ha aparecido como un líder desgarrado de dolor por sus rectificaciones. Es lo que hace soportable que el socialismo se haya convertido en agente de las políticas contra las que ha mantenido movilizado a su electorado. Esas políticas de las que alertaba que caerían de manera inmisericorde sobre la población si la derecha volvía al poder. El sectarismo y la demonización del adversario se vuelven inevitables porque son la única salida: si la izquierda hace lo mismo que la derecha -y hasta se trae a Angela Merkel para que lo acredite- entonces, de nuevo, la diferencia no está en el hacer sino en el ser, y ahí es donde la izquierda reclama su superioridad.

Con el monopolio de la empatía y llevando al extremo la sentimentalización del discurso político que tan bien maneja, la izquierda se disponía a capear la recesión en espera de que llegaran tiempos mejores antes de las elecciones. Sin embargo, en esta travesía, la izquierda, a estos efectos el PSOE, se ha topado con un problema difícil de superar: la reinvención de Zapatero. Porque era Zapatero el que tenía que personificar la diferencia moral entre una izquierda sensible que sufre cuando recorta y una derecha deseosa de ver cómo la miseria y el desamparo se extiende entre los ciudadanos. Pero resulta que el presidente del Gobierno se ha metido tanto en su papel de reformador que el personaje ha terminado por poseerle. Del rostro de Zapatero han desaparecido la mirada acuosa y la mueca tensa que dejaban entrever la agonía interior en la que se debatía por la medidas que se veía obligado a adoptar muy a su pesar progresista. El nuevo Zapatero es el que celebra -sí, celebra- la reducción de las pensiones con una festivalera foto de manos entrecruzadas con patronal y sindicatos; es el que alardea desafiante de su giro en el asunto nuclear ante Rajoy o el que declara que España está recuperando la confianza de los mercados, los mismos a los que hace unos meses encargó investigar al CNI bajo la acusación de haber urdido una conspiración contra España. Rodríguez Zapatero ya no es el progresista empático y sufriente, sino el converso arrogante que, como suele ocurrir en estos casos, imparte lecciones a los que debería haber escuchado hace mucho tiempo. Pero si ya ni siquiera presume de sufrir cuando hace las cosas malas de la derecha, ¿qué relato le queda a la izquierda? Tal vez la propaganda como sucedáneo.

Un Atila para la izquierda
José Antonio Zarzalejos El Confidencial 26 Febrero 2011

“Ha perdido la zurda”. Así, con esta expresión coloquial me refirió uno de los impulsores de la Red de Convergencia Social lo que supone esta organización para el PSOE: la pérdida de su flanco izquierdo, decepcionada “por la futilidad ideológica de Zapatero, su subordinación a políticas económicas neoliberales y a la confusión del progresismo con el izquierdismo”. Personas con conocida militancia izquierdista, tanto del mundo académico como de la cultura, se sienten “asfixiadas” por el convencionalismo ideológico del Partido Socialista y han ideado la creación de unas denominadas “mesas de convergencia” que serían baluartes de contrapoder social. Las inspiran personas como el economista Juan Torres, el sociólogo Armando Fernández Steinko y Carlos Martínez, presidente de Attac en España, la organización internacional que desde 1998 promueve el control democrático de los mercados y de sus instituciones conforme a un concepto que los partidos de izquierda (Obiosl en Cataluña, por ejemplo) comienzan a tantear seriamente: la altermundialización (un forma de globalización económica distinta a la actual).

Tras estas personalidades, un nutrido grupo de profesores de universidad, cooperantes, profesionales, sindicalistas, miembros de movimientos pro-derechos humanos, sectores escindidos del catolicismo oficial y publicistas -hasta más de tres mil- quieren también “recuperar la identidad de la izquierda” que no está ya en absoluto, eso es lo que creen, en el socialismo del PSOE. Con un silencio mediático casi sepulcral -¡qué tragedia la de los medios de comunicación en España!- este movimiento celebró su acto constitutivo el sábado 19 de febrero en el auditorio Marcelino Camacho de Madrid. Y aunque los protagonistas del evento no fueron políticos profesionales, allí estuvieron Cayo Lara y Gaspar Llamazares, además de militantes de IU -algunos también de Izquierda Socialista- con la aspiración, quizá, de que lo que se inicia como un movimiento popular termine por articularse como una opción electoral de izquierda que deprede al PSOE en las próximas generales.

Pueblo a pueblo, barrio a barrio
El discurso de esta Red de Convergencia Social, sin embargo, es de carácter popular y cívico. Sus impulsores quieren “mesas de convergencia pueblo a pueblo, barrio a barrio” para actuar críticamente contra “la banca y las grandes empresas que roban y matan y que destrozan el empleo y el bienestar de las personas”, según palabras de Juan Torres. IU, a través de Cayo Lara, se ha aproximado notoriamente a este impulso izquierdista que quiere “un mínimo común denominador” para crear “sinergias” en la izquierda y recuperar el terreno que con la crisis económica y las soluciones que se le están dado, ha perdido. Como declaró Lara el pasado martes, “algo muy serio está moviéndose en la izquierda frente a las políticas neoliberales del Gobierno apoyadas directa o indirectamente por el PP”.

Zapatero, un hombre que llegó a la Moncloa sin biografía ni política ni profesional, ha creado un pequeño universo progresista dotado de un lenguaje peculiar movilizado por decisiones inspiradas en las emotividades de sectores sociales minoritarios, apoyado en movimientos como el feminismo, creando así un trampantojo izquierdista que ha arruinado al partido que dirige

En realidad, ¿qué está ocurriendo? Algo muy evidente que en el PSOE casi nadie ha querido reconocer: que Rodríguez Zapatero, un hombre que llegó a la Moncloa sin biografía ni política ni profesional, ha creado un pequeño universo progresista dotado de un lenguaje peculiar -“talante”, “diálogo”, “ansias infinitas de paz”- movilizado por decisiones inspiradas en las emotividades de sectores sociales minoritarios (la memoria histórica, por ejemplo), apoyado en movimientos como el feminismo -y la consiguiente ideología de género- creando así un trampantojo izquierdista que ha arruinado al partido que dirige. El socialismo no es sinónimo de progresismo, y a la inversa. Zapatero ha demediado la izquierda porque, en la época de bonanza, tuvo que crear un relato de sí mismo –ahí intervine la historia de su abuelo fusilado en la Guerra Civil como legitimación de su condición de “vencido” por el franquismo- y con ello nutrir a una organización al que el felipismo de los años noventa había dejado exhausta. Mientras hubo dinero en las arcas públicas, el invento progresista –sólo aparentemente izquierdista- pareció funcionar. Cuando las cañas se tornaron lanzas y sobrevino la crisis económica, el presidente del Gobierno ha venido a demostrar su desnudez doctrinal e ideológica y su ignorancia sobre la significación de la izquierda en Europa Occidental. Todo le ha fallado al secretario general del PSOE. Para que nada deje de fallarle hasta lo ha hecho con estrépito la llamada Alianza de Civilizaciones, un eufemismo para introducir la política exterior española en el buenismo inane que ha servido sólo para sostener a los autócratas que ahora están siendo expulsados y cuestionados en sangrientas revueltas populares.

Los destrozos perpetrados por Zapatero responden en buena medida a la inconsistencia de su contextura intelectual, a su desconocimiento del contenido conceptual y político de la militancia socialista y a la omisión de la responsabilidad política que corresponde también a una izquierda con vocación de poder institucional. La consecuencia es que no sólo se ha desgarrado la convivencia en decenas de asuntos que afectan a la ética colectiva, sino que también ha llevado al quebranto y a la confusión a la propia izquierdaque muestra con movimientos como el de la Red de Convergencia Social su faz más radical y desesperada. En el seno del socialismo peligra, además, el engaste político entre el PSOE y el PSC, parte de cuyos dirigentes están reclamando grupo parlamentario propio y mayor margen de autonomía de decisión en estrategias tanto en el ámbito catalán como general.

Zapatero como Atila
Tampoco Izquierda Unida -lastrada, es verdad, como UPyD, por una ley electoral que le penaliza- ha sabido extraer de la inconsecuencia de Zapatero réditos para su oferta política, ni ha sabido optimizar su margen de maniobra como se ha demostrado con su pobrísima ascendencia sobre las Centrales Sindicales a las que el presidente del Gobierno ha sumido en la peor crisis desde 1978. Luego, ahí está también el abandono de sus técnicos económicos (Solbes, Vergara, Sevilla) y el distanciamiento de actores, escritores y cineastas, muy cercanos a ICV como pudo observarse en las elecciones catalanas del pasado 28 de Noviembre. Ahora son las bases sociales de la izquierda no alineada y dispersa las que quieran reunirse en formas asamblearias y recuperar el discurso de la izquierda que en España ha quedado maltrecho tras la época de Zapatero. “Se ha comportado como un Atila ideológico para la izquierda agostando toda idea solvente por donde ha ido pasando”, sentencia uno de los impulsores de la Red de Convergencia Social. ¿Logrará Cayo Lara ganarlos para la causa de IU? “Mucho habría de cambiar IU para que las mesas de convergencia apuesten por esas siglas, pero nada es imposible si el agua sigue subiendo y nos llega a los labios y nos deja sin voz. Entonces, vamos a por todas”. Así se pronuncia uno de los varios izquierdistas convencidos de que, siéndolo hasta ahora en la intimidad docente, ante el “desastre Zapatero” hay que salir del armario académico para dar la batalla. Y si eso proclama la izquierda callejera, que ha correteado en España sin collar partidista, ¿qué no pueden decir los ciudadanos que resignadamente han soportado su mal gobierno más allá y más acá de ideologías y militancias? El presidente parece que lo intuye porque, de lo contrario, aunque el tiro le salió por la culata, no hubiese planteado un pleno como el del jueves sobre sus “políticas sociales”. Fue un completo fracaso, una ridícula manera de autoreivindicarse que a nadie convenció.

23 F, ETA y la ironía de la historia en el BOE
Carlos Ruiz MiguelPeriodista Digital 26 Febrero 2011

Hoy se cumplen 30 años del golpe de Estado frustrado del 23-F. Y, por una ironía de la historia el BOE publica, el mismo día (el 22) sendos Reales Decretos condecorando a personas por motivos diferentes... pero que la historia ha querido conectar de forma irónica. El BOE publica la condecoración a las víctimas del atentado Corona de Aragón y al sujeto que intentó ocultar el atentado, un tal Francisco Laína García.

I. EL ATENTADO DEL HOTEL CORONA DE ARAGÓN, O EL INTENTO DEL GOBIERNO ESPAÑOL DE NO IMPUTAR A ETA UN CRIMEN MASIVO
El 12 de julio de 1979 se produjo un atentado en el hotel "Corona de Aragón" en Zaragoza.
Resultado: 80 muertos (¡80!) y varios cientos de heridos. Muchos de ellos militares o familiares de militares que se alojaban para acudir a un acto en la Academia Militar de Zaragoza.

"Curiosamente" se hallaba alojada en el hotel la viuda de Franco que salió ilesa del atentado.
En aquel momento, el Gobernador Civil de Zaragoza era Francisco Laína (gobernaba UCD) y el alcalde de Zaragoza era Ramón Sáinz de Baranda, del PSOE. "Curiosamente" y desde el primer momento, se esforzaron en descartar la tesis del atentado como causa del incendio que causó las muertes. Y ello a pesar de que ETA lo reivindicó.

El País, en su edición de 10 días después recoge estos testimonios:
¿Accidente fortuito, negligencia o atentado?. La gran expectativa continúa sobre el hotel Corona de Aragón.
El gobernador civil de Zaragoza, Francisco Laína, repite ahora una vez más: «El tema ya no está en mi mano. Es cosa del juez. En un principio manifesté que se trataba de un accidente. Eran los datos que teníamos en aquel momento que el fuego se inició al prenderse el aceite de la freidora de churros. Tampoco en estos momentos tengo datos que varíen esta versión. »

El alcalde de la ciudad, Ramón Sainz de Baranda (PSOE), es algo más explícito, aunque también aclara que no puede decir mucho por hallarse el asunto bajo secreto sumarial. «Yo cada vez estoy más convencido de que el incendio fue accidental.» Y en seguida añade: «Sin embargo, no puede hablarse de una sola causa, sino de varias concausas. Por ejemplo, las condiciones»del techo de la cafetería Picadilly, o el tiempo que se tardó en avisar a los bomberos.» Y precisa: «Que ardía el hotel se les dijo a las 8.30. Parece que la primera llamada fue para decir que había fuego en la cafetería Formigal. Sólo al llegar la primera dotación y ver lo que en realidad pasaba se actuó en consecuencia.»

Desde el primer momento se apuntó la idea del atentado de ETA, pero era una idea muy poco conveniente.
Los que pilotaban la transición consideraron que convenía mentir a la opinión pública en aquellos momentos de inestabilidad política. Y si las víctimas quedaban escarnecidas eso era un "mal menor".

Muchos, muchos años después, se ha reconocido por el Tribunal Supremo que aquello fue un atentado y no un accidente provocado por la "churrera" como apuntaron Francisco Laína y el alcalde del PSOE.

II. FRANCISCO LAÍNA ES ASCENDIDO Y ... ESO LE LLEVA A TENER UN PAPEL EN EL 23-F
El hecho es que después de este atroz atentado de ETA, el individuo que trató, y consiguió, ocultar que aquello fue un atentado fue ascendido. Un premio sin duda a la tarea de ocultación.
Francisco Laína pasó de Gobernador Civil a Director de Seguridad del Estado.
Y ese puesto le llevó al 23-F.
Uno de los argumentos que daban los golpistas para justificar su acción era, precisamente, que el terrorismo de ETA se hallaba desbocado y que el Gobierno no luchaba adecuadamente contra él.
Ahora sabemos que hasta le daba cobertura ocultando su más grave atentado.
Aquel día, el 23 F, los subsecretarios se reunieron en la Comisión General de Subsecretarios, para supuestamente dar continuidad a la acción de gobierno y asumir las funciones del Ejecutivo algo que, evidentemente, no era posible con la legalidad en la mano, aunque pudiera entenderse en una situación de golpe de Estado. Francisco Laína presidió esa Comisión General de Subsecretarios que pretendía asumir los poderes del Gobierno.

III. EL BOE CONDECORA EL MISMO DÍA A LAS VÍCTIMAS DEL ATENTADO DEL "CORONA DE ARAGÓN" ... Y A QUIEN SE ESFORZÓ POR OCULTARLO
El Boletín Oficial del Estado del 22 de febrero de 2011 publica dos Reales Decretos:
- Real Decreto 230/2011, de 18 de febrero, por el que se concede la Medalla de la Orden del Mérito Constitucional a don Francisco Laína García.
- Real Decreto 251/2011, de 18 de febrero, por el que se concede, a título póstumo, la Gran Cruz de la Real Orden de Reconocimiento Civil a las Víctimas del Terrorismo a las personas que se citan.

Este último RD aclara que se concede "a título póstumo, la Gran Cruz de la Real Orden de Reconocimiento Civil a las Víctimas del Terrorismo a las personas que a continuación se relacionan, fallecidos a consecuencia de los hechos ocurridos el día 12 de julio de 1979 en el hotel «Corona de Aragón»"

¡Qué ironía tiene historia!
En el mismo BOE se condecoran a las víctimas de un atentado terrorista y a quien más hizo por ocultarlo.

¿Ocurrirá algo parecido el día de mañana con el 11-M?

La Europa patética
HERMANN TERTSCH ABC 26 Febrero 2011

Por iniciativa alemana y tras una reunión de su ministro de Exteriores, Guido Westerwelle, con su homólogo italiano, Franco Frattini, se han anunciado las primeras medidas de la UE contra el régimen de Gadafi. ¡Ya era hora! dirán los optimistas. Tranquilos. Se tomarán la próxima semana. Nadie crea que son medidas para poner freno a las atrocidades. Se trata de un veto a entrada en territorio de la UE de la familia Gadafi —como si ahora fuera a pedir asilo en París—, la congelación de sus bienes y la prohibición de ventas de armas. Patético papel el nuestro. La Representante para Política Exterior y de Seguridad, Catherine Ashton, es ya la versión europea de nuestra Ministrini de Asuntos Exteriores. Cuando un gobierno laborista de Tony Blair le concedió un título de baronesa, no debió ser por diligencia ni eficacia. Si los españoles han estado a punto de fundar colonias en Libia mientras esperaban a que les socorriera en la evacuación nuestro Ministerio de Asuntos Exteriores, los libios llevan diez días muriendo sin sacar a la representante europea de la flema británica.

El daño para la imagen de la UE en el mundo árabe será ingente. Si su impasibilidad siempre molesta, cuando se trata de responder a una matanza que se prolonga sin fin, es indignante y deshonroso. La falta de rapidez y contundencia europea en condenar de manera inequívoca desde un principio las atrocidades de Gadafi y lanzar un mensaje de apoyo al levantamiento tiene mucho de impotencia y bastante de indignidad. Los libios saben no tienen marcha atrás. Que afrontarían un infierno si Gadafi lograra revertir la situación. Lo que no sería impensable, si por la actitud exterior fuera. Otros muchos sátrapas pueden estar pensando que con un buen Tiananmen a tiempo pueden evitar lo peor. Lo mismo Lady Ashton ni se entera.

Islam o Facebook
«En Occidente, poderes y opinión pública no se han enterado hasta el 11 de setiembre de 2001 de lo que venía ocurriendo, aproximadamente, desde la muerte de Abd en-Naser: una reislamización brutal de sociedades que nunca han dejado de estar profundamente islamizadas»
SERAFÍN FANJUL ABC 26 Febrero 2011

EL egocentrismo del ser humano parece irremediable. También su tendencia a enjuiciar las reacciones, objetivos y conflictos ajenos a través del prisma de los propios. Cierto que la información, la experiencia y, a veces, el choque con realidades demasiado testarudas modifican o atemperan tal propensión, pero esto requiere tiempo, contactos y una actitud de curiosidad intelectual y búsqueda no siempre exigibles al hombre moderno, por debajo de las apariencias del momento. Sencillamente, no hay ocasión ni medios. Viene esta reflexión elemental al hilo de lo que está sucediendo en los países árabes desde hace tres meses.

A la vista de los comentarios y expectativas levantados por las revueltas en ocho países (con muy diversos resultados), diríase que demiurgos de cámara y micrófono han agarrado un transportador geométrico y se han aplicado a recrear y reproducir miméticamente ángulos y grados hasta el último milímetro. Se ha llegado a hablar de nueva Revolución Francesa con turbante, sin hacer mucho hincapié en este último aspecto, que va más allá de la indumentaria o el folclore. Y, sin embargo, ni los resultados ni el panorama general permiten tales alegrías. La querencia de ver a los árabes como un todo homogéneo —fomentada retóricamente por los mismos afectados, como pancarta de unidad política de continuo traicionada— ha contribuido a reforzar imágenes y juicios que nos parecen, al menos, aventurados y prematuros. La épica, que tanto gusta a los humanos que viven sin ella, ha hecho el resto.

No importa que en Siria y Jordania el poder haya abortado el más mínimo conato de rebelión, aunque puede volver; ni que en Argelia, Marruecos y Yemen las protestas, más fuertes que en los antedichos países, estén en vías de deglución por el durísimo aparato digestivo de regímenes despiadados con sus súbditos; ni siquiera se ha tenido la paciencia de esperar y analizar qué ha cambiado en la práctica en Túnez y Egipto, a los cuales Francia por un lado y Estados Unidos por otro podían presionar (y, de hecho, presionaron) para ceder la pieza que convenía en la gran partida de ajedrez. Las presiones de orden económico general, de inversiones, tecnología, venta de armas, apoyo diplomático exterior, inclinaron la balanza en contra de alfiles ya muy gastados y con ínfulas absurdas sólo útiles para acicatear el descontento de sus gentes. Por ejemplo, la veleidad, casi cómica, de Mubarak de dejar a su hijo Gamal como heredero, promesa demasiado visible de perpetuidad del régimen. Pero eso había hecho Hafez al-Asad en Siria con su vástago Bashar y sin contratiempos; y lo propio pretendía Saddam Husein, hasta que su megalomanía y desconocimiento de la realidad acabó costándole la vida, a él y a sus dos hijos.

Y Libia. Cuando escribimos aún se combate en las calles de Trípoli, Cirenaica se ha liberado del payaso trágico (hacia dónde y hasta cuándo no se sabe) y la confusión es lo único seguro. A Qaddafi no había forma de presionarle, porque su economía no depende de Francia ni Estados Unidos, sino de las ventas de petróleo a Europa, España incluida; sus obsoletas armas son de origen ruso y la amenaza de dar rienda suelta a la emigración clandestina (chantaje utilizado con éxito por Fidel Castro frente a Estados Unidos y por Marruecos siempre contra nosotros) no se topa con una respuesta europea contundente que disuada al chantajista. Así pues, la pretensión de Qaddafi de eternizar su dinastía entre masas chillonas que enarbolen su hilarante Libro Verde, era asunto menor. De ahí su resistencia a dejarse desplazar. A sangre y fuego.

Pero ¿de dónde viene esta insurrección general? Un primer factor de insumisión reside en la composición humana de casi todos estos países: con la excepción de Egipto que sí constituye una nación homogénea y bien trabada (los coptos, a los que se pretende erradicar, serían los más egipcios de todos), el resto de los estados árabes son conglomerados de tribus yuxtapuestas, etnias frecuentemente enfrentadas, clanes familiares que tienden a perpetuarse (Asad, Saddam, Qaddafi), con dos nexos de unión: la lengua árabe y el recuerdo de la gran cultura medieval que allá floreció, si bien no en todos; y no es poco, pero aun esto precisaría matices importantes. El otro factor de unificación, éste sí en verdad arrasador de cualquier oposición desde hace muchos siglos, es el islam. En nuestra opinión, yerran gravemente, como sucede con el terrorismo islámico, quienes achacan de manera mecánica las rebeliones a la pobreza, el subdesarrollo, el desastre económico generalizado. Claro que todo eso es real y coadyuva a incrementar el malestar, pero así ha sido desde que se tiene memoria, del mismo modo que han sido recurrentes, puntuales a la cita, cruentas las sediciones, los tumultos, las guerras incluso, producto de hambrunas, carestías, migraciones. Según circunstancias y momentos imposibles de detallar en estas líneas. Pero raramente, o nunca, se ha puesto en duda o se ha intentado subvertir el orden general, yugular las formas de relación entre los súbditos y el poder que, en definitiva, procede de Allah. Y no olvidemos que hasta la Revolución Francesa tuvo su Napoleón y su imperio.

Pero, ¿qué hay de nuevo? Cuando oigo mencionar Twitter, Facebook y La Red en general no puedo evitar acordarme de David y Goliat, la simpatía ingenua que siempre despierta el mozalbete de la honda frente al gigantón bien armado. Y claro que una comunicación mayor difunde ideas, expectativas, deseos de tener y ser otra cosa. Mas sólo formularemos unas pocas preguntas: ¿Hasta qué punto se quiere el cambio? ¿Cuántos egipcios, libios, saudíes tienen acceso a La Red, eso cuando la censura no lo corta? ¿Cuántos amigos de la tecla no son también islamistas? ¿Cuáles son los objetivos comunes de todos ellos? En Midán et-Tahrir se gritaba hurriyya(libertad), ¿significaba lo mismo esa palabra para los barbudos allí dominantes que para una conocida mía que se jugaba el tipo luciendo su cabellera al aire? Lo dudo.

En Occidente, poderes y opinión pública no se han enterado hasta el 11 de setiembre de 2001 de lo que venía ocurriendo, aproximadamente, desde la muerte de Abd en-Naser: una reislamización brutal de sociedades que nunca han dejado de estar profundamente islamizadas. Derecho, usos sociales, omnipresencia en la calle, todo se ha saturado de Islam, por obra y cesión de los luego muertos o desplazados (Sadat, Mubarak, Ibn Ali). Los beneficiarios del dislate reclaman ahora su auténtico papel en la obra. Por mucho que se valgan de la tecnología.

SERAFÍN FANJUL ES CATEDRÁTICO DE ESTUDIOS ÁRABES

La revolución popular libia: causas y efectos
Ignacio Gutiérrez de Terán* El Confidencial 26 Febrero 2011

El término revolución aplicado a los levantamientos populares que se están reproduciendo en el mundo árabe alcanza en Libia su máxima expresión. Al contrario que en Túnez y Egipto, donde las manifestaciones de la población consiguieron derrocar a sus presidentes, las marchas y acciones de protesta de los libios van camino, así lo deseamos, de barrer no sólo al máximo líder de la república, sino todo su sistema. Esto explica que la lucha de los libios esté resultando tan sangrienta y enconada: en Túnez y Egipto ha sido una parte del régimen, que deseaba controlar el poder por otros medios, la que ha sacrificado al líder para salvaguardar su esencia. Para ello han contado con el apoyo de las potencias occidentales, deseosas de minimizar al máximo los daños derivados de la salida de aliados fieles como Zein Ben Ali o Husni Mubarak.

De ahí que, semanas después de expulsados ambos, las gentes de ambos países sigan manifestándose reclamando la salida de todos los remanentes del viejo régimen y la realización de sus proclamas principales: gobierno con caras y mentalidades completamente nuevas; destitución de los altos cargos que siguen representando el viejo sistema; depuración de los servicios de seguridad; textos constitucionales y leyes que aseguren los objetivos primeros de los movimientos populares, sobre todo los de los jóvenes… Y todo porque aquellas revueltas han deparado hasta ahora la marcha de presidentes odiados por su autoritarismo y corrupción, pero poco más. Es cierto que hay un clima de libertad y optimismo inédito en Túnez y Egipto y que la gente siente ahora más que nunca que tiene la posibilidad de incidir de forma decisiva en los acontecimientos. Pero basta reparar en los nombres de los ministros egipcios y tunecinos, el organigrama de los responsables civiles y militares y las medidas adoptadas -que, como mucho, cabe calificar de tímidas-, para percatarse de que la lucha de tunecinos y egipcios, lejos de acabar, apenas si ha comenzado.

En Libia la situación es muy distinta. Aún no sabemos qué tipo de gobierno va a haber ni si las regiones occidentales y orientales (Tripolitania y Cirenaica) van a constituirse en una especie de asociación federal o permanecerán bajo el esquema nacional anterior. Desconocemos también hasta qué punto los intentos oligofrénicos de la familia Gadafi de partir el país en reinos de taifas tribales tendrán algún efecto. Todo ello depende de la rapidez con la que los revolucionarios sean capaces de agruparse y, con la ayuda de las fuerzas del Ejército leales a la población, se embarquen en la marcha decisiva hacia Trípoli, cuyos habitantes tratan de mantenerse en las calles a pesar de las matanzas cometidas por los mercenarios y brigadas especiales fieles al clan Gadafi. Más aun, poniéndonos en el peor de los supuestos, esto es, que los Gadafi aguanten más de la cuenta en su plaza fuerte de Trípoli, la situación política en el país va a experimentar un giro radical, en un sentido plenamente revolucionario. Es una paradoja que un movimiento digno de tal nombre vaya a cambiar, y por la fuerza de la sublevación, todo un régimen que se ha tenido siempre por revolucionario. Más por demagogia y ánimo de propaganda de su líder que por la fuerza de los hechos, por supuesto.

“Hasta el último hombre”
Lo que explica la violencia de la represión y el empecinamiento de la elite gobernante en defenderse "hasta el último hombre, hasta la última mujer" -como afirmaba el hijo de Gadafi en su primer mensaje-, así como la perseverancia y temeridad de unos manifestantes que salían a la calle a pecho descubierto para encarar a uno de los servicios de seguridad más inclementes de toda África -y ya es decir- es la convicción de unos y otros de que no hay punto medio posible. A la población de Libia, de fracasar, le esperan años de horror y vendettas; al máximo líder y su cuadrilla, la muerte o un exilio improbable en un lugar remoto -nadie, sospechamos, va a atreverse a recibirlo-. Y todo ello se debe, entre otras cosas, a que desde 1969 Muammar Gadafi ha hecho todo lo posible por evitar la aparición de nada que pudiera ser catalogado como "estado": ni organismos, ni poderes ni aparato burocrático siquiera, ni una estructura que pudiera servir como intermediario entre los dirigentes y la sociedad, nada. En su lugar, fomentó las llamadas comisiones populares, piedra angular de su programa de acción política (el denominado Libro verde) y el "poder del pueblo".

A la población de Libia, de fracasar, le esperan años de horror y vendettas; al máximo líder y su cuadrilla, la muerte o un exilio improbable en un lugar remoto -nadie, sospechamos, va a atreverse a recibirlo-

La idea, expresada de forma hosca y superficial en el panfleto citado, pretendía solucionar el problema de la representación y participación del pueblo en las instituciones. A través de un sistema piramidal, desde la base a la cúpula, las decisiones de la gente iban llegando a los congresos populares y de aquí a las instancias superiores, que se encargaban de llevar a cabo la "voluntad popular". El proyecto, desde luego, de haberse hecho realidad, habría satisfecho a los promotores de la democracia participativa y quienes critican a la democracia occidental actual por la desvinculación de la mayoría y su marginalización respecto de la toma de decisiones. Pero el problema con Gadafi es que sus discursos, proclamas y teorías han perseguido siempre y únicamente justificar o disimular según los casos su ansia de controlar hasta el más mínimo detalle todo cuanto ocurría en el país. Y camuflar su repugnancia a cualquier tipo de instancia o institución que obstaculizase su propio mecanismo de toma de decisiones. Por ello, las teorías sobre el poder popular se terminaron convirtiendo en un chiste de mal gusto; y el líder, en una entidad que suplantaba al estado, auxiliado por una oligarquía formada preferiblemente por sus hijos y allegados y protegido por un portentoso servicio de seguridad y represión, con mercenarios incluidos, basado en las alianzas familiares y tribales y financiado por los ingresos petrolíferos.

Así, la caída de Gadafi y su entorno sólo puede significar el fin de un régimen que no esconde nada más que la figura siniestra de aquél. Nada parecido a un estado ha de quedar arrasado porque, con toda simpleza, no existía nada que pudiera definirse como tal. Por ello, para enmascarar el personalismo de aquél y dar a entender a la población que la naturaleza del país impedía la construcción de un estado moderno como tal, la retórica del régimen fomentó la idea de que Libia era ante todo un conjunto de tribus y clanes no siempre bien avenidos. Esta imagen no dejaba de ser una invención de este mismo régimen que dijo venir a combatir el tribalismo tras acabar con la monarquía de los Senusi y que luego, sin embargo, se dedicó a fomentarlo hasta su máxima expresión. De muchas maneras: la más nociva, sumiendo en el atraso y el subdesarrollo áreas geográficas habitadas por tribus de poca o ninguna filiación hacia los Gadafi, como la propia Bengazi y alrededores, la segunda ciudad del país, o las zonas de mayoría beréber-amazigh en el oeste. Por fortuna, hasta el momento, el levantamiento popular está evitando la baza tribalista, soslayando las previsiones catastrofistas de los Gadafi de que el país, sin ellos, se convertirá en una trágica farsa tribal.

La respuesta de Occidente
La ausencia de un régimen, de un partido político único, de una cultura de poder o de una elite de burócratas al menos, explica, también, la lentitud con la que estadounidenses y europeos están procesando la crisis libia. Durante los alzamientos populares de Túnez y sobre todo Egipto, unos y otros difirieron su decisión final sobre las demandas populares hasta hallar un interlocutor válido en los regímenes. Los contactos insistentes de Washington con representantes de la cúpula militar egipcia y los regateos sobre los compromisos que éstos debían aportar, contribuyeron a sumir el país en un clima de tensión expectante. En Libia, los intentos de la Unión Europea y Estados Unidos por "controlar la situación" apenas encuentran eco: al no existir instituciones oficiales verdaderamente efectivas, los únicos interlocutores son los Gadafi y sus colaboradores.

Los intentos de la Unión Europea y Estados Unidos por "controlar la situación" apenas encuentran eco: al no existir instituciones oficiales verdaderamente efectivas, los únicos interlocutores son los Gadafi y sus colaboradores

Ni siquiera el ejército, marginado por el régimen, puede asumir este papel. En el seno de la población, la proliferación de comisiones revolucionarias y autogestionadas en las zonas liberadas y la lógica lentitud, en un ambiente semibélico, de las deliberaciones entre los representantes populares, los generales contrarios a Gadafi, los opositores en el exilio y los líderes tribales no permiten contar con un portavoz de quien podamos decir que representa a todos o gran parte de la población. Desde luego, las presiones occidentales ya han dado su fruto y aun de forma confusa y no se sabe en qué medida indistinta los "revolucionarios" han asegurado el flujo de petróleo en las regiones liberadas.

Se está hablando mucho, por fortuna, en algunos sectores de la opinión pública europea y estadounidense sobre la hipocresía y cinismo de Occidente frente a los regímenes despóticos árabes, muchos de ellos financiados, apoyados y justificados desde aquí. No somos muy optimistas, sin embargo, en cuanto a que los sucesos actuales vayan a convencer a nuestros dirigentes, sectores económicos y opinión pública en general de que lo ético, lo moral e incluso lo beneficioso desde el punto de vista material y empresarial -ya que sólo les interesan los argumentos mercantiles y de rendimiento neto- es apoyar los movimientos de liberación árabes. No hemos visto tendencias islamistas ni regresivas ni abiertamente hostiles a occidente, aun cuando los pueblos árabes tienen fundadas razones para considerar que occidente ha sido uno de los causantes de sus tiranías seculares. No obstante, la cantinela oficial sigue hablando del peligro del islamismo radical, las oleadas de emigrantes incontroladas y la incertidumbre de unos recursos energéticos dejados en manos de la "turba".

La conclusión, aunque nuestros dirigentes no se atreven a decirla claramente, es que no nos podemos permitir tales "revoluciones"; como mucho, cambios controlados que no afecten ni la política exterior de estos países ni las facilidades concedidas a nuestros intereses comerciales. La prioridad, por supuesto, es la estabilidad de, se entiende, nuestras inversiones, empresas y productos importados a bajo coste. Conclusión terrible que pone al descubierto todas nuestras carencias éticas y morales, también nuestra decadencia como proyecto de civilización. Pero, a la par, revela la necesidad de que occidente viva también una revolución de posturas y valores que imponga la idea de que lo rentable es, cuanto menos, no entorpecer ni interferir en la lucha de las gentes árabes en pos de sociedades verdaderamente democráticas; el afán de forjar estados que velen por sus intereses colectivos y traten siempre de asegurar su bienestar. Los suicidas y los radicales son los déspotas árabes que, como Gadafi, han arrasado sus sociedades para amasar fortunas legendarias y acuñar leyendas negras de muerte y destrucción.

*Ignacio Gutiérrez de Terán Gómez-Benita. Departamento de Estudios Árabes e Islámicos, Universidad Autónoma de Madrid.

FINUL
España en Líbano
GEES Libertad Digital 26 Febrero 2011

La retirada de las tropas españolas de Irak supuso un duro golpe, tanto para nuestro país como para nuestras Fuerzas Armadas: el oprobio de la huída podemos hacerlo recaer en nuestro país sobre Zapatero y José Bono, pero lo cierto es que tanto España como su ejército fueron las víctimas en términos de imagen y de relaciones diplomáticas y militares. En vez de apoyar la democratización de Oriente Medio con nuestros aliados, la España de Zapatero pasó a defender la Alianza de Civilizaciones, la cesión ante regímenes y grupos poco recomendables. Y nuestras tropas pasaron de participar en misiones de apuntalamiento de la democracia a buscar meterse en los menores líos posibles y escurrir el bulto.

En el Líbano, se sustanciaron ambas cosas. Kofi Annan apoyó en nombre de la ONU la estrafalaria Alianza de Civilizaciones de Zapatero. Dio publicidad e impulsó algo que hasta entonces sólo había interesado a dictaduras árabes y africanas. A cambio, Zapatero enviaba tropas para la restaurada en 2006 misión de la ONU en el país, para la que tras la guerra entre las milicias islamistas e Israel no encontraba voluntarios. Para hacer cumplir la resolución 1701 del Consejo de Seguridad, que en su punto octavo exige "el desarme de todos los grupos armados del Líbano para que, de conformidad con la decisión del Gobierno del Líbano de fecha 27 de julio de 2006, no haya más armas ni autoridad en el Líbano que las del Estado libanés". En verdad, la inestabilidad y la guerra con el vecino del sur la había iniciado Hezbolah, pero como siempre poco preocupaba a la ONU esto si no era achacable a Israel.

En el fondo, Hezbolah no quería desarmarse, el Gobierno del Líbano ni podía ni quería obligarle, y la ONU ni se atrevía ni se atreve, ni desea hacerlo. Para Israel algo era algo, porque las patrullas de los cascos azules, por ineficientes que fuesen para desarrollar la misión, al menos entorpecían el rearme de Hezbolah hasta la próxima vez. El ataque islamista contra España en de junio de 2007 en el que murieron seis soldados españoles, dejaba claro quien mandaba realmente en el sur del país, y a qué estaba dispuesto a llegar. Como es de bien nacidos ser agradecidos, el general Alberto Asarta ha denunciado desde entonces en alguna ocasión la violación por parte de Israel de la resolución 1701, pero se ha guardado bien en hacer lo propio con Hezbolah, cuyas milicias callejeras han metido en ocasiones en buenos líos a sus hombres, hostigándoles e impidiendo que realicen la misión que supuestamente deben realizar, y por la que él mismo ha sido condecorado.

Lo único claro es que las acusaciones sobre la connivencia de la FINUL con Hezbolah se han repetido, y han alcanzado de lleno a las operaciones de nuestras tropas allí. A cambio de no ser atacados, se evitan encontronazos con Hezbolah pasando por alto las violaciones explícitas de la resolución 1701, y las tropas se concentran en labores secundarias, desde ayuda humanitaria a apertura de caminos a labores de desminado y de desactivación de proyectiles sin explotar. Más allá de estas banalidades, los roces con Hezbolah se solucionan siempre dando los españoles media vuelta y evitando cualquier enfrentamiento, actitud apuntalada por la acción del CNI en la zona. El resultado de la aventura libanesa es que Hezbolah sigue rearmándose, que la Resolución 1701 sigue sin cumplirse, y que una nueva guerra con Israel está más cerca que cuando Zapatero envió allí a las tropas. Gran éxito el de Líbano, Líbano, Líbano que ha repetido Chacón esta semana.
GEES, Grupo de Estudios Estratégicos.

Centralidad de las víctimas y derechos humanos
XABIER ETXEBERRIA El Correo 26 Febrero 2011

MIEMBRO DEL CENTRO DE ÉTICA APLICADA DE LA UNIVERSIDAD DE DEUSTO Y DE BAKEAZ

A la propuesta de que la educación para la convivencia y la paz se vertebre a partir de las víctimas se le está objetando, en diversas intervenciones, que esa centralidad corresponde a los derechos humanos. Con ánimo de aclarar esta cuestión e incluso, si fuera posible, de avanzar en entendimiento en torno a ella, creo oportuno hacer una serie de clarificaciones.

A primera vista, la objeción presupone que 'relevancia debida a los derechos humanos' y 'centralidad de las víctimas' no se armonizan, por lo cual, a causa del respeto prioritario debido a los primeros, habría que renunciar a lo segundo. Voy a defender por mi parte la tesis de que dar centralidad a las víctimas en los procesos educativos es el modo más auténtico, propio y pedagógicamente adecuado de garantizar la debida relevancia a los derechos humanos. Aunque esto pide, a su vez, que se trate de centralidad de un cierto modo.

La auténtica revelación de los derechos humanos, de lo que son y suponen, no se nos da en abstracto, se nos da en la vivencia en nosotros o la percepción empático-moral en los otros de la negación de esos derechos. Es decir, se nos da precisamente en las víctimas de la injusticia. Los derechos humanos no surgieron desde elucubraciones de académicos. Emergieron desde la conciencia de que en nosotros o en los otros -especialmente en los otros- se violaba lo éticamente inviolable de la condición humana. Las construcciones reflexivas en torno a ellos son necesarias, pero únicamente si se sustentan en las experiencias de victimación y vuelven a ellas para afrontarlas en justicia en la realidad. En este sentido, dar centralidad a las víctimas en la educación para la convivencia, para la paz, para los derechos humanos, significa dar centralidad a estos derechos, pero centralidad efectiva, centralidad encarnada.

Cabría aducir que esta centralidad en víctimas siempre concretas corre el peligro de ignorar 'todos los derechos de todos los humanos'. El riesgo de la particularidad es cierto. Concretado, por ejemplo, en la atención a las víctimas que consideramos de algún modo 'nuestras' y a sus derechos, ignorando o menospreciando a las demás. Es aquí donde se impone una adecuada labor educativa: en la experiencia de la víctima, ¿descubrimos su carácter de víctima de derechos humanos o de víctima de los nuestros? Si se trata, como debe ser, de lo primero, el riesgo de particularidad desaparece, debido al carácter universal de los derechos. La víctima particular, acogida en su radical singularidad, se nos muestra en ese momento, además, vía de revelación de todas las víctimas, nuestras o de los otros, todas igualmente sujetos de dignidad. Para que ello sea posible, la centralidad de la víctima tiene que ser trabajada atendiendo a la vez a los sentimientos, los argumentos y las motivaciones.

En este enfoque de 'derechos humanos a partir de las víctimas' hay un logro añadido que es clave. La centralidad de los derechos mediada por la centralidad de las víctimas no será ya una centralidad formal, a la que damos monótonamente nuestro consentimiento teórico, algo que tanto abunda. Al pasar por la víctima, se nos fuerza a que sea centralidad comprometida, con contenido práctico, a favor de la vida, de la libertad, de la justicia. La víctima está ahí para reclamárnoslo.

Ciertamente, para vivenciar educativamente la universalidad de las víctimas y en ella la universalidad de los derechos humanos, es preciso que vayan apareciendo en la educación los diversos tipos de víctimas, con los correspondientes tipos de violencias. Esto es, la centralidad de las víctimas tiene que ser inclusiva. En este sentido solo puede privilegiarse la atención a un determinado tipo de víctimas cuando, por haber sido educativamente postergado o menospreciado, se nos muestra vía necesaria para la realización de esa universalidad. Es lo que ha pasado entre nosotros con las víctimas del terrorismo, que, no lo olvidemos, aunque se hable mucho de ellas a este respecto, siguen aún con presencia casi irrelevante en nuestras aulas.

La centralidad de las víctimas en la educación tiene una característica específica que conviene resaltar. Se pretende que sea centralidad no tanto de la víctima pasiva, contemplada, cuanto de la víctima activa, que interpela, nucleando y dinamizando el proceso educativo de concienciación. En la escuela hay que trabajar las victimaciones que se producen en ella, como el doloroso acoso escolar. Pero incluso entonces, para el conjunto del alumnado la víctima es la que está ahí ante él, expresándole testimonial y reflexivamente -con presencia física o virtual- lo que de verdad significan los derechos humanos como contraposición radical a su negación en la victimación. Los estudiantes aprenden de ese modo los derechos en los derechos del otro víctima, la vía más purificada para llegar a ellos en general y en todos, incluyendo, por supuesto, en quienes tiene más cerca, en sus propios compañeros humillados o marginados.

Podría resumirse lo dicho señalando que la centralidad de las víctimas da materialidad a la centralidad de los derechos; y que ésta purifica éticamente a la primera. Aunque quizá sea aún más correcto señalar que propiamente lo que es central no son los derechos humanos sino los sujetos a los que les son inherentes esos derechos. Existencialmente, esta centralidad de los sujetos solo se hace efectiva comenzando por el reconocimiento debido a las víctimas. Pedagógicamente, solo se asume afinada y eficazmente cuando en el proceso median decisivamente las víctimas.

******************* Sección "bilingüe" ***********************

No somos imbéciles

Regina Otaola Libertad Digital 26 Febrero 2011

Cuando se leen afirmaciones como "la protesta del día 9 de abril es contra ETA y no contra el Gobierno", una, para que no le tomen por imbécil, se ve en la necesidad de aclarar lo que considera que es el motivo de la manifestación convocada por la AVT.

La propia AVT ha manifestado que se muestra "en contra de la vuelta de ETA a las instituciones". Me parece por lo tanto claro que saldremos otra vez a las calles de Madrid para decir, como ya lo hicimos el día 5 de febrero, que no tenemos nada claro que el Gobierno socialista piense cerrar el paso a los etarras y no solo a través de Sortu sino de cualquier otro plan que tengan en mente. Todo para el PSOE tiene un precio y esa "paz" en comandita con los batasunos, también: estar presentes en las instituciones municipales, forales y por último en el Parlamento vasco. Como sea, pero estar.

La convocatoria del día 9 de abril no se debe a un nuevo acto terrorista, ya sea asesinato, secuestro, coche bomba, etc. Acto que nos llevaría a arropar a las víctimas en contra de ETA. No, el motivo en esta ocasión es que las victimas, todas ellas, no se fían de este Gobierno ni un pelo y ¿por qué no se fian? Pues porque ven su sucia trayectoria en todo este asunto. Primero dijeron que no, pero negociaron hasta que el terror los mandó a paseo, temporalmente al menos, lo que es público, notorio y admitido por los distintos actores de la farsa; luego dijeron que ese capítulo se había acabado, sin ser de nuevo verdad; excarcelaron a etarras sin fundamento jurídico alguno y desde entonces unos se dedican a redactar estatutos para las nuevas formaciones de ETA, otros se han perdido por tierras europeas y, aunque el CNI parece conocer su paradero, a nadie del Gobierno le interesa darse por enterado; tenemos un "faisán" que revolotea sin cesar por los escaños socialistas como ave de mal agüero para nuestro Estado de Derecho; los etarras dan ruedas de prensa y se manifiestan un día sí y otro también con total impunidad y normalidad en los medios de comunicación, como si de ciudadanos demócratas u organizaciones políticas legales se tratara; y así podría seguir...

Decir que esta manifestación no va en contra de lo que todo esto y mucho más nos augura es querer nadar y guardar la ropa, es querer seguir siendo pero con disimulo, es querer ser y no poder.

No entraré a valorar el hecho de que no todas las asociaciones secundaran la manifestación convocada por Voces Contra el Terrorismo el día 5 de febrero. Lo importante es destacar que ahora se han dado cuenta de que aquella manifestación estaba fundamentada, el presidente de VCT José Alcaraz tenía razón, y todas como una piña apoyan lo reivindicado en esta segunda ola de rebelión cívica.

Alcaraz: hay que agradecer tu valentía antes, ahora y después. Yo volveré a estar el 9 de abril en Madrid para decir al Gobierno: "Negociación, en nuestro nombre, no. Memoria, justicia y dignidad para las víctimas del terrorismo".

Didáctica de la legalidad
A la espera de la sentencia del Supremo es imprescindible que los responsables institucionales entablen una discusión pública con la izquierda abertzale sobre lo que significa la democracia
KEPA AULESTIA El Correo 26 Febrero 2011

Los mensajes preparatorios para un eventual regreso de la izquierda abertzale a las instituciones están siendo más numerosos que los que previenen respecto a la posible anulación de Sortu y de cuantas coaliciones o agrupaciones de electores pudieran constituir la opción B. El principio de realidad parece imponerse por la vía de algo que se presume ineludible. La propia izquierda abertzale ha evitado manejar públicamente el supuesto de que siga siendo ilegal, entre otras cosas para procurar que su vuelta a la legalidad se dé por hecha. Tanto que a estas alturas resulta ocioso divagar si la legalización es el medio o la finalidad perseguida por los promotores de Sortu.

Nunca los tribunales habían cargado con tanto peso. No es que no lo hicieran la primera vez que el Supremo emitió una sentencia de ilegalización, en 2003. Pero entonces su decisión estaba sustentada en la reciente promulgación de la Ley de Partidos y en el empecinamiento de Batasuna por responder al envite legal con una provocación tras otra. Mientras que en esta ocasión la remisión de toda responsabilidad a los tribunales se ha vuelto tan recurrente entre los actores políticos que cabe preguntarse si la política, con excepción de la de la izquierda abertzale, no tiene otro cometido que el de esperar a la sentencia.

Los estatutos de Sortu parecen acatar el «imperativo legal» tratando de someterse a la norma y a las resoluciones judiciales. Pero ¿qué piensa la izquierda abertzale de la legalidad? La democracia es un proceso de autoaprendizaje. Pero la ventanilla de la legalización es una parcela tan nimia de la legalidad que sus lecciones resultan limitadas. El «imperativo legal» no es un recurso didáctico a desdeñar. Pero durante más de tres décadas la izquierda abertzale ha segregado un sustrato cultural que vendría a decir que, «dado que todo no es posible, nada de lo posible merece la pena». La legalidad democrática entraña renuncias a las que la izquierda abertzale debería disponerse incluso antes de su legalización.

En estos momentos la izquierda abertzale presenta dos almas. Un alma considera que volver a la legalidad constituye el cambio que precisa la situación, suficiente para proclamar el éxito de la estrategia posibilista que parecen impulsar sus actuales dirigentes. La otra alma aspira a mucho más y de inmediato; pretende que su regreso a la legalidad impulse un cambio cualitativo que desborde los cauces de la legalidad actual, de la Constitución y el Estatuto, para conducir a Euskal Herria a una nueva etapa histórica que la aproxime a la independencia. El apego o el desapego hacia ETA no sería más que el reflejo de esta dualidad. Pero esas dos almas no son la expresión de dos corrientes internas, ni mucho menos. La dualidad se manifiesta en combinaciones diversas en cada dirigente o portavoz de la izquierda abertzale, en cada mensaje que trasladan a las bases en sus asambleas o en cada declaración pública. Es más, esas diversas combinaciones varían de un día para otro, a cada hora, ante cada circunstancia o emplazamiento concreto. Se trata de una dualidad variable, hasta que un alma acabe imponiéndose a la otra.

El paso del acatamiento por imperativo legal a la asunción de la legalidad no es inocuo para una tradición esencialmente rupturista como la representada por la izquierda abertzale. Acatar la legalidad pase, pero asumirla con todas sus consecuencias supone tanto como ridiculizar la trayectoria colectiva y la peripecia individual de todos los que integran la izquierda abertzale. Porque, una vez que se han desentendido de las culpas que pueda arrostrar ETA, necesitan justificarse a sí mismos. El alma que a cada miembro de la izquierda abertzale le hace creer que es portador de una energía incontenible, que se liberará una vez se diluya la sombra etarra, y dará lugar a ese estadio superior que han venido negando la Constitución y el Estatuto no es más que el rastro inercial de su propio pasado.

Los responsables políticos e institucionales de la democracia se limitan a exigir que la izquierda abertzale condene a ETA o reclame expresamente su disolución, lo que sitúa a los dirigentes de la extinta Batasuna ante la ineludible necesidad de pronunciarse de forma aun más inequívoca que en los estatutos de Sortu para lograr la legalidad. Pero la obligada espera de la sentencia judicial no puede eximir a los responsables públicos de intervenir en la dialéctica referida a las dos almas de la izquierda abertzale sin alentar, con su silencio, las ilusiones de las que vive el alma más fundamentalista.

Ni la sociedad ni la política pueden convertirse en el aula de una escuela en la que alguien ejerce el magisterio democrático respecto a la izquierda abertzale. El método no sería eficaz. Pero la persistencia de déficits de cultura democrática en la sociedad vasca -aunque sea al modo de una acracia acomodada e indiferente, como en parte se refleja en la última encuesta a la juventud vasca- emplaza a los responsables institucionales a ir más allá del momento en que la izquierda abertzale recupere la legalidad entablando con ella una discusión pública sobre el significado de esa misma legalidad. Porque, mientras tanto, de nada sirve que el lehendakari anuncie que se verá con Sortu si es legalizado. O que el Ararteko exprese la opinión del jurista Iñigo Lamarka cuando no conoce los argumentos de la Fiscalía General y de la Abogacía del Estado.

La internacionalización del problema de ETA
Una visión desenfocada de Euskadi
En la sociedad vasca no existen dos comunidades enfrentadas ni una tiene sometida a la otra
Joseba Arregi www.ElPeriódico.com  26 Febrero 2011

PRESIDENTE DE ALDAKETA (CAMBIO PARA EUSKADI)

Parece que en la televisión catalana se ha difundido un documental que presenta los problemas de la política vasca como si fueran iguales a los que se dieron en Irlanda del Norte o en Suráfrica. Los procesos que condujeron a la paz -aunque no necesariamente a la solución de los problemas que afectan a ambas sociedades, la norirlandesa y la surafricana, si bien la violencia terrorista y el apartheid han desaparecido- son ejemplos que debiera seguir la política vasca para llegar al mismo puerto.

Aunque hoy ya nadie lo repita, durante mucho tiempo la afirmación de que todos los problemas relacionados con el terrorismo siempre han acabado mediante la negociación política ha sido uno de los dogmas de la corrección política, especialmente de la progresista. Por eso era necesario buscar referencias históricas que reforzaran la argumentación. Por eso la propia ETA y Batasuna han buscado con ahínco la internacionalización del problema vasco. Por eso el Ulster y Suráfrica, especialmente el Ulster, han sido la matriz de la que los vascos debían aprender. Y por eso al final del proceso junto con la paz debía darse la reconciliación: debemos aprender de Soweto llegó a aconsejarnos el lendakari Ibarretxe.

A lo largo del último año ETA y Batasuna han redoblado sus esfuerzos en la internacionalización del problema vasco. Olvidado ya el sacerdote Alec Reid, ahora son los mediadores y/o facilitadores internacionales los que han asumido la función de presentar la cara internacional del problema vasco, que parece que es la forma de ser internacional de Euskadi. Coordinados por Brian Currin, aparecen y desaparecen de las páginas de los medios vascos de comunicación. Últimamente hemos podido leer que este señor va a explicar a los parlamentarios británicos lo que está sucediendo en Euskadi -espero que el Gobierno británico tenga el buen sentido de consultar con el embajador de España en Londres-.

No tendría mayor importancia todo esto si en lugar de cantar como lo hacíamos de niños aquello de «un inglés vino a Bilbao», ahora sea un surafricano el que lleva el conocimiento del País Vasco a Gran Bretaña y a su Parlamento, si detrás de esta internacionalización no existiera una falsificación en toda regla de la situación de la sociedad vasca, que, para los propagandistas de la Euskadi internacional, se parecería a la situación del Ulster, donde se encontraban enfrentadas, y aún siguen separadas, dos comunidades, una de las cuales además había sido tradicionalmente sometida a la otra. O se parecería a la situación de Suráfrica tras la superación del apartheid: necesitada de reconciliación entre blancos y negros, entre los afrikáners y los negros sometidos, segregados y oprimidos.

Pero nada de eso se produce en la sociedad vasca. En la sociedad vasca no existen dos comunidades enfrentadas como en el Ulster, ni una de ellas mantiene sometida a la otra negándole el acceso al poder, a la economía, a la cultura. Menos aún se puede comparar la situación de Euskadi y de la sociedad vasca con la de la Suráfrica necesitada de superar el conflicto entre comunidades creado por el apartheid: es ridículo pensar que el nacionalismo que ha gobernado desde el advenimiento de la democracia hasta hace dos años en Euskadi conforme una comunidad que esté sometida a la comunidad no nacionalista.

El problema vasco no radica en el llamado por el nacionalismo conflicto vasco, sino en la dificultad que manifiesta el nacionalismo para entender el pluralismo estructural de la sociedad vasca, y para extraer las consecuencias debidas de dicho pluralismo. En nombre de esa dificultad ha matado ETA. En nombre de esa dificultad el lendakari Ibarretxe planteó su famoso plan en sus distintas versiones. En nombre de esa dificultad, campaña electoral tras campaña, el PNV plantea la necesidad de votar a los de aquí -a los nacionalistas- y no a los de allí -a los vascos que no son nacionalistas-. En nombre de la misma dificultad puede el diputado general de Vizcaya afirmar que los vascos son trabajadores como las hormigas, mientras que los españoles -categoría que incluye, según el nacionalismo vasco, a todos los vascos que no son nacionalistas como ellos- son perezosos como las cigarras.

Al final resulta que el nacionalismo en su conjunto apuesta casi siempre por internacionalizar la política vasca, el conflicto vasco, porque crea dentro de la sociedad vasca no nacionales, extranjeros, porque convierte a la sociedad vasca, cuyo pluralismo no puede ni entender ni aceptar políticamente en todas sus consecuencias, en una sociedad internacional, en la que unos, los nacionalistas, son los vascos de verdad, mientras que los otros son simplemente españoles, no vascos, no nacionales, ergo, internacionales.

La realidad es, sin embargo, muy otra: el verdadero problema de la política vasca ha sido y es la existencia de la violencia terrorista, la incapacidad de la izquierda nacionalista, ahora bajo el nombre de Sortu, para condenar la historia de terror de ETA, un terror nacido de la visión mutilada, jibarizada, excluyente y unilateral de la sociedad vasca, en la que no tenían, ni tienen, cabida los que no se sienten exclusivamente nacionales vascos como pretenden ellos.

Presidente de Aldaketa (Cambio para Euskadi).


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