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Recortes de Prensa   Sábado 19 Marzo 2011

 

Cómo generar confianza
JULIO POMÉS ABC 19 Marzo 2011

Da miedo decirlo, pero es mejor tenerlo en cuenta para evitarlo: España será intervenida por la Unión Europea si su Gobierno no se enfrenta a la realidad de un modo tan inmediato como contundente. La urgencia de tomar medidas eficaces, aunque sean duras, que puedan despertar confianza en nuestros socios comunitarios deriva de la probable intervención de Portugal. Dos hechos apoyan esta hipótesis: la prima de riesgo de la deuda lusa es de 441 puntos sobre el bono alemán y su economía permanece estancada desde hace bastantes años. Es previsible que la intervención de Portugal ponga en cuestión la de España. Aparte de un efecto de vecindad está el que somos la siguiente economía más enferma.

Se ha dicho que Europa no puede dejar que caiga España porque amenazaría la viabilidad del euro, lo cual implica que si nuestra nación empeora nos intervendrán. El fracaso de las intervenciones en Grecia e Irlanda sugiere que el modelo de intervención que impida nuestra caída sería muy distinto. Grecia no puede pagar porque su economía no genera los recursos suficientes para amortizar una deuda con una prima de 904 puntos. Replicar ese sistema ya no tiene sentido porque el papel lo aguanta todo, pero la realidad no.

Hay que impedir que la economía española sea sometida a un férreo control exterior porque el que oficialmente se nos declare «intervenidos» aumentaría el coste de nuestra financiación. Más peligroso que nuestra deuda haya superado el 60% de nuestro PIB, es su ritmo de crecimiento: 212 millones de euros cada día de este año. Esta sangría tiene además el grave inconveniente de detraer recursos a la actividad productiva. El aumento de un 31,7% de la deuda de las comunidades autónomas introduce serias dudas del grado de control que el Gobierno tiene sobre la economía nacional. El que Cataluña no haya podido colocar 300 millones de deuda al precio de la de Portugal (5,5%) es una prueba del riesgo de adquirir deuda de esa región y, por lo tanto, del descontrol de la Generalitat. La desconfianza en una economía hace que unos datos malos parezcan peores, porque toda inversión encierra una componente especulativa de su evolución.

El mejor modo que tiene el Gobierno de evitar la intervención de la UE es tomar medidas, no prometerlas. El incumplimiento de tantas promesas es otra «prima de riesgo» de los mercados sobre nuestra economía. Entre las reformas ineludibles está volver a ser competitivos, lo que exige una reducción de los costes salariales y, por lo tanto, el abandono de los convenios colectivos. Esta medida requiere unos gobernantes con el valor de enfrentarse a unos sindicatos que han perdido su legitimidad al velar, sobre todo, por sus 56.000 liberados, cuyo coste supone 1.600 millones de euros a las empresas. El camino conveniente que asumieron los sindicatos alemanes fue evitar los despidos mediante una reducción del sueldo y un reparto del trabajo. Zapatero generaría la confianza que necesita España si fuera capaz de sacar adelante una reforma similar a la alemana.

Las horas más bajas
La tragedia japonesa nos coge a los españoles en plena depresión. Para nosotros el siglo había comenzado muy mal: la crisis económica, nuestra incapacidad tecnológica, el desmadejamiento del Estado. Ahora el rechazo de la energía nuclear nos condena a una precariedad definitiva. Es el triunfo del ecologismo testimonial. Los molinos de viento. Por si fuera poco, entramos en guerra con Libia que es proveedor y vecino. Se dice en medios progres que los europeos deberían haber intervenido así contra Franco.

Esta anotación histórica viene a recordarnos que los españoles tenemos dos manos que, en vez de ayudar al cuerpo, se dedican a pelearse entre ellas. La derecha contra la izquierda. A veces se encabritan unos dedos contra otros. Por ejemplo Patxi López se pelea con ZP; Basagoiti y Cascos con Rajoy... A las Comunidades se les da todo pero se les quitan los ríos. Para el PSOE el Ebro es sólo de Aragón pero para el TC el Guadalquivir no es de Andalucía… En asuntos extravagantes se lleva la palma la legalización de ETA. Mantiene comandos para matar y exige un partido para votar. Según los terroristas los demócratas estamos obligados a concederles estatus legal a unas gentes que vienen asesinando antes de que lo hicieran las Brigadas Rojas. Y es que los etarras encuentran apoyo en socialistas como Eguiguren al que vengo siguiendo desde que escribió su tesis doctoral y para el que los españolistas hemos sido los responsables de la desviación de los euskaldunes al pistolerismo político.

De esta inmensa depresión los españoles podríamos salir si la política no fuera una invitación constante a la corrupción económica y a las descalificaciones propias de los totalitarios. Así que vamos a llevar la terrible carga de mantener a nuestro cargo a las últimas generaciones que vivieron abrazadas al botellón durante los eternos fines de semana. Seguirán en la burbuja de El Gran Hermano. Ni siquiera les gusta leer.

El socialismo español está perdiendo su batalla decisiva
Francisco Rubiales Periodista Digital 19 Marzo 2011

El socialismo español está perdiendo su batalla decisiva ante los ciudadanos, que están rechazando, cada vez con más fuerza, su bien elaborada y hasta ahora infalible propaganda y empiezan a identificar el socialismo no con la justicia social y el Estado de Bienestar, sino con el abuso de poder, el desempleo y la ruina económica.

Los últimos mensajes propagandísticos del PSOE son tan demenciales y absurdos que no resultan creibles. Uno de ellos ha sido el intento de apropiarse del feminismo político, cuando la historia demuestra que el PSOE siempre se opuso al voto igualitario de la mujer; otro fue culpar al PP del hundimiento de la economía española, justo lo contrario de lo que en realidad ha ocurrido. Esos mensajes fracasados de la propaganda socialista reflejan que también ese recurso, el más saludable y eficaz del partido, ha entrado en colapso y ha dejado de funcionar, dejando al PSOE sin blindaje defensivo ante la realidad.

La propaganda ha sido siempre la mejor baza del socialismo español. Aunque parezca increíble, sus argumentos y teorías se han impuesto sobre la realidad, hasta el punto de que una gran parte de los españoles veía a los socialistas como justicieros populares, dispuestos a repartir mejor la riqueza y a socorrer a los más desamparados.

La éxito de la propaganda socialista ha sido sublime y ha conseguido que los españoles olviden un pasado cargado de fracasos. El socialismo que resurgió tras la muerte de Franco y que alcanzó su gran éxito electoral en 1982, con Felipe González como líder, tenía la imagen de un partido joven, rebelde, pacífico, generoso, idealista y noble, atributos de gran valor político que han ido dilapidando con el tiempo y con sus fracasos en el gobierno, hasta que Zapatero, con su política atroz y destructiva, que ha incluído la demolición del prestigioso "Estado de Bienestar", ha terminado por pulverizar aquella imagen idílica del socialismo, sustituyéndola por etiquetas tan negativas como el abuso de poder, la renuncia a las ideas y principios, la obsesión por los cargos y el poder, la entrega a los privilegios, la corrupción, las alianzas "contra natura" con los partidos nacionalistas enemigos de España, el desempleo masivo, el endeudamiento, el despilfarro, la pobreza de España y su derrota como pueblo.

La peor tragedia para el socialismo, la del hundimiento de su eficiente armadura propagandística, no es culpa exclusiva de Zapatero, pero el actual presidente es, con mucha diferencia, el principal responsable de la tragedia. Bajo el mandato de Felipe González, la imagen socialista se deterioró por causa de la corrupción, el terrorismo de Estado y el fracaso económico, pero pudo recuperarse gracias a los enormes errores y carencias de la presidencia de Aznar, a la habilidad de los propagandistas socialistas y a la ayuda de los medios de comunicación sometidos a la izquierda. Sin embargo, bajo el mandato nefasto de Zapatero, esa "cobertura" propagandística se está disipando de manera violenta, abriendose paso en la sociedad española una imagen más auténtica y real de lo que el socialismo español ha significado en la Historia reciente: desempleo, pobreza, creación de un Estado monstruoso e insostenible, avance de la corrupción, clientelismo, nepotismo, amiguismo, engaños y privilegios desenfrenados para los políticos.

En los núcleos de reflexión del socialismo español, donde operan varias fundaciones y thinks tanks, existe una profunda preocupación ante el desprestigio creciente del socialismo en España y el hundimiento de los grandes principios propagandícticos que lo sostenían como una utopía y un sueño en amplios sectores de la sociedad. El fracaso de Zapaterismo, según los análisis internos de muchos pensadores socialistas, ha sido demasiado contundente y evidente en lo económico y en la pérdida de prestigio internacional, lo que está teniendo un efecto demoledor sobre la imagen del socialismo y de toda la izquierda en España.

Lo que más preocupa en esos círculos es que se está afianzando sólidamente la idea de que socialismo equivale a ruina económica y a corrupción.

Esa idea, terrible para ellos, aunque quizás saludable y liberadora para la sociedad española, es tan básica y destructiva que podría cerrar las puertas del poder político a los socialistas durante décadas.

La derrota del núcleo fuerte de la propaganda socialista traerá consigo, de manera inevitable, el auge de la derecha. Sin embargo, en España, ese auge todavía está en sus inicios, frenado por factores tan negativos como el escaso atractivo de Mariano Rajoy y de su equipo, la adhesión de los populares a la peor versión de la partitocracia, su poca afición a la regeneración política y moral del país y la probada incapacidad del Partido Popular para entusiasmar a los españoles con sus ideas y propuestas.

Pero los expertos creen que, si los populares consiguen esta vez, como ya hicieron en tiempos de Aznar, enderezar el rumbo de España y devolver la prosperidad y la esperanza a esta sociedad, empobrecida y entristecida por el socialismo inepto de Zapatero, el resurgimiento, auge y consolidación de la derecha será un hecho de enormes proporciones y alcance político en la España de la primera mitad del siglo XXI.

Voto en Blanco

Prueba de cargo
Editoriales ABC 19 Marzo 2011

EL presidente andaluz, José Antonio Griñán, ha perdido la excusa de la ignorancia sobre la fraudulenta gestión de fondos destinados a financiar expedientes de regulación de empleo producida durante su mandato como consejero de Economía. Un documento de septiembre de 2006 demuestra que la Intervención General de la administración autonómica informó de las irregularidades detectadas en los ERE, con petición expresa de que se diera traslado del informe a quien era consejero de Economía, José Antonio Griñán. Si el informe le llegó, la situación de Griñán es insostenible políticamente, y jurídicamente muy precaria. Lo primero, porque ha venido alegando, frente a las críticas de la oposición, que desconocía los hechos. Lo segundo, porque, según reiterada doctrina del Tribunal Supremo, podría ser responsable de las irregularidades cometidas al tener «dominio del hecho», es decir, por no haberlas evitado pese a tener conocimiento y autoridad para hacerlo. Y si el informe no llegó a sus manos porque su viceconsejera de entonces o cualquier otro alto cargo lo retuvo, lo que roza lo inverosímil, su situación política es igual de inviable, tanto como la de quienes estaban a sus órdenes y echaron tierra encima del fraude.

La dimensión de este escándalo es incontrolable para el Gobierno autonómico andaluz y la dirección nacional del PSOE lo sabe. La conexión entre el Ejecutivo autonómico y el fraude de los fondos para los ERE ya está acreditada documentalmente. La solución no es una dimisión que maquille la responsabilidad histórica del socialismo andaluz, ni poner al frente de la Junta a un tercer presidente en una misma legislatura, sino una convocatoria electoral que dé el veredicto a los ciudadanos.

Dinero de los trabajadores
El Editorial La Razón 19 Marzo 2011

La gestión del escándalo de los ERE de Andalucía recuerda a los viejos casos de corrupción del felipismo. En aquellos tiempos, primero se negaron, después se intentaron controlar y, por último, estallaron y se llevaron por delante el crédito y la imagen de un partido que llegó al poder con el eslogan «Cien años de honradez». Los viejos «tics» se repiten hoy y, lo que es más sintomático, algunos protagonistas, también. Manuel Chaves y José Antonio Griñán llevan semanas achicando el agua con una versión con tantos agujeros que resulta inverosímil.

El caudal probatorio es de tal magnitud que sólo demoran lo inevitable. Documentos y testimonios prueban que la Junta hizo posible una trama de ERE con irregularidades en empresas de Andalucía, con la presencia de beneficiarios que nunca habían trabajado en la compañía o que desempeñaron cargos distintos a los que figuraban sobre el papel. Una red que dispuso de 647 millones de euros, que el propio ex director general de Empleo de la Junta calificó de «fondo de reptiles».

Ello fue posible porque Chaves y Griñán eligieron mecanismos al margen del Derecho administrativo y de los procedimientos presupuestarios para camuflar la presencia de ese dinero. Es poco creíble, como sostiene la defensa, que ambos dirigentes desconocieran los reiterados informes de la Intervención General que señalaban desde 2005 que el medio elegido para transferir esas partidas para los ERE a distintos entes instrumentales de la Junta no era regular. Según Griñán, él no se enteró de nada, porque la Intervención no le elevó dato alguno cuando era consejero de Economía y Hacienda. Pero ayer su testimonio fue de nuevo rebatido con un documento oficial de 2006, que prueba que la Intervención ordenó el traslado de informe definitivo a Griñán en el que se acreditaba que se estaban tramitando subvenciones excepcionales al margen del procedimiento administrativo establecido. Evidentemente, Chaves y Griñán consintieron y no evitaron el monumental fraude que se cometió con el dinero de los trabajadores.

Y es éste un elemento moral no baladí, que mide la integridad de los implicados y que los incapacita para ejercer cualquier responsabilidad pública. Hoy, la Junta reconoce casi un centenar y medio de casos irregulares. Muchos de ellos afectan a socialistas y sindicalistas de UGT. Uno muy singular es el del ex consejero de empleo de la Junta, Antonio Fernández, que pasó de números rojos a un patrimonio suculento el mes en que se le concedió el ERE. La Justicia será la que dirima qué clase de delitos y quién los ha cometido, pero existe una responsabilidad política incuestionable. Primero de Chaves, porque la trama comenzó bajo su mandato y porque parece imposible que un presidente no se entere del destino de 647 millones provenientes de sus presupuestos. Y segundo de Griñán, consejero de Economía cuando la Intervención advirtió por pasiva y por activa de lo que sucedía. Y todo ello con la sospecha de que la trama era un instrumento para la financiación ilegal del PSOE. El tiempo y las pruebas corren en contra de Chaves y Griñán, pese a la sospechosa falta de diligencia de la Fiscalía.


Diplomacia de sainete
Era embarazoso volver a negociar petróleo con Gadafi; la vida de los libios ha cobrado importancia de repente
IGNACIO CAMACHO ABC 19 Marzo 2011

LOS que no hemos estudiado para diplomáticos no logramos entender por qué tiene más legitimidad una decisión de la ONU —en cuyo Consejo de Seguridad gozan de derecho de veto una dictadura sin paliativos como China y un régimen con dudosas libertades como Rusia— que una de la OTAN, formada íntegramente por naciones libres y que no admite socios sin estructura democrática. Quizá tampoco lo entendían los albanokosovares masacrados en Kosovo a finales de los noventa mientras los rusos bloqueaban las negociaciones de Naciones Unidas para proteger a sus aliados serbios, ni lo comprendan los libios a quienes Gadafi lleva unas semanas victimando a conciencia. La legalidad internacional vigente tiene una casuística muy rara y paradójica en la que destaca un principio fundamental: sus decisiones y acuerdos necesitan para cuajar la existencia previa de unas miles de víctimas asesinadas a hecho consumado mientras tienen lugar las intensas gestiones de la diplomacia.

También ayuda a comprender estos sofisticados mecanismos la circunstancia de que en el conflicto a tratar haya petróleo por medio, como en Libia. La vida de los resistentes a Gadafi ha cobrado importancia y sentido ante la evidencia de que el dictador estaba a punto de imponerse después de que los dirigentes europeos lo diesen por desahuciado y le considerasen reo del Tribunal de La Haya. Tener que volver a negociar con ese tipo los contratos de abastecimiento energético era sin duda una papeleta muy embarazosa, toda vez que el sátrapa se había venido arriba y parece por añadidura bastante cabreado. Así que la ONU se ha conmovido al fin por la suerte de la maltratada población civil, en una conmovedora demostración de sensibilidad humanitaria. Y allá que vamos, con barcos y aviones, los salvadores de la Humanidad afligida… y del petróleo relativamente barato.

El papelón es demasiado notable para resultar digerible cualquiera que sea la óptica política desde la que se observe. La división de la opinión pública occidental es comprensible ante una negociación de sainete: mucha gente no ve razones sólidas para intervenir en una guerra civil y los partidarios de la intervención saben que llega demasiado tarde, por más que Gadafi se haya apresurado a levantar los brazos para ganar tiempo ahora que casi ha consumado su victoria. La incompetencia diplomática de la Unión Europea ha sido tan clamorosa como lamentable y provoca sentida añoranza de los tiempos de Javier Solana. Y el doble rasero del pacifismo occidental está en evidencia porque el régimen libio es tan indefendible como evidentes las razones mercantiles de la intervención militar.

A estas alturas ya no quedan soluciones honorables; sólo cabe esperar un acuerdo mínimamente decente que quizá requiera un previo bombardeo de ablandamiento. La retórica de los grandes conceptos más vale dejarla para otra ocasión más gloriosa.

Occidente y el futuro de Gadafi
Editoriales ABC 19 Marzo 2011

La comunidad internacional tiene que definir los objetivos finales de su intervención en Libia, más allá de impedir la violación de derechos humanos por parte de Gadafi

EL dictador libio, Muamar el Gadafi, ha respondido con un alto el fuego a la resolución del Consejo de Seguridad de Naciones Unidas que autoriza la implantación de zonas de exclusión aérea. Se trata de un movimiento táctico, con el que Gadafi pretende debilitar el apoyo internacional, sobre todo árabe, a una intervención militar; y, al mismo tiempo, consolidar todo el territorio que ha recuperado frente a los rebeldes en estas semanas de indecisión de Naciones Unidas. La resolución es, en todo caso, una buena noticia, pero es obvio que llega muy tarde y que no resuelve la cuestión de fondo que de verdad importa, que es la continuidad o no de Gadafi en el poder. Hay que recordar que tras la primera guerra del Golfo, los aliados establecieron dos zonas de exclusión aérea en Irak, lo que no impidió a Sadam Husein masacrar a los chiíes de Basora. Pasaron doce años hasta que otra coalición internacional puso fin a su tiranía.

La comunidad internacional tiene que definir los objetivos finales de su intervención en Libia, más allá de impedir la violación de derechos humanos por parte de Gadafi, lo que no se logrará sólo con el control aéreo del país. El peligro de limitar la actuación internacional a la exclusión aérea, sin acciones ofensivas contra las tropas leales a Gadafi, es que acabe arraigando un estatus difuso, en el que el dictador mantenga el poder bajo una tutela vacilante y contradictoria de la comunidad internacional. Es imprescindible saber si Europa y Estados Unidos van a permitir que Gadafi acabe ganando, con fuerzas terrestres mejor armadas y dirigidas que las rebeldes, la guerra civil desatada en Libia.

Lo único cierto es que Gadafi ha vuelto a convertirse en un peligro para los países occidentales, porque es un demente con armas y con petróleo. Sus amenazas de apoyar a Al Qaida o de atentar contra los aliados no deben caer en saco roto. Esto último no sería la primera vez que lo hiciera. Además, muchos líderes europeos se han manifestado expresamente en contra de su continuidad, haciéndose tributarios de sus palabras. El apoyo occidental a los rebeldes ha sido tan explícito que la comunidad internacional no debería dudar en desarrollar una estrategia de derrocamiento de Gadafi. Los temores europeos —Alemania vive mirando sólo los procesos electorales pendientes en varios estados federados— y la evidente desgana de Washington a un nuevo escenario militar duradero son las bazas a favor de Gadafi.

Tarde y mal
Martín PRIETO ABC 19 Marzo 2011

La consolidación de Gadafi supondría la mayor vergüenza de Occidente, principalmente de la UE. Al menos Reagan advirtió de que el beduino era un orate criminal e intentó asesinarle. Con la ominosa abstención de Alemania, el Consejo de Seguridad de la ONU ha permitido tarde y mal una zona de exclusión aérea en Libia. La abstención de Rusia y China, obviando su capacidad de veto, denota que el genocidio no es discutible.

En un teatro de operaciones con aviación hostil, la exclusión obliga a destruir sus aviones, depósitos e instalaciones de navegación y alerta temprana y, especialmente, las baterías de cohetes soviéticos SAM. La fuerza aérea libia es un supermercado de aparatos rusos, franceses, italianos, yugoeslavos, con técnicos y pilotos serbios, surafricanos, cubanos, rusos, norcoreanos y paquistaníes, a más de libios.

Más del 50% de la flota aérea libia está en depósito por obsolescencia de mantenimiento o canibalización, incluyendo la mitad de los MIG. Basta atacar Tripolitania, donde están las bases principales. Con excepción de Tobruk, el pueblo en armas puede sentirse seguro en Cirenaica, y concentrarse en la resistencia terrestre.

España sólo prestará bases de reaprovisionamiento para ingleses y americanos. Los aviadores aliados tienen sus planes de operaciones listos desde hace semanas. ¿A qué la tardanza? ¿Estaremos esperando a que la guerra civil acabe en tablas y Gadafi sólo tenga que cambiar de arenal la jaima, la camella y las 200 vírgenes? Si se retrasan los fuegos artificiales, habrá tongo.

Otra guerra para Zapatero
El Editorial La Razón 19 Marzo 2011

La comunidad internacional decidió intervenir en el conflicto libio cientos de muertos después. El Consejo de Seguridad de Naciones Unidas aprobó una resolución en contra de Muamar Gadafi que contempla su salida del poder, una zona de exclusión aérea y «la toma de todas las medidas necesarias para proteger civiles». La iniciativa internacional volvió a demostrar las divergencias de fondo en el tratamiento de la crisis, pues, si bien el acuerdo impulsado por Francia y Reino Unido salió adelante, lo cierto es que China, Rusia, Brasil, India y Alemania se abstuvieron. Ni siquiera Europa mantiene una posición común –Berlín no comparte la necesidad del ataque–, aunque el Gobierno español sostenga lo contrario. La amenaza de la OTAN provocó un movimiento táctico de Gadafi, que declaró un alto el fuego y la asunción de la legalidad internacional, pero el escepticismo de las cancillerías ante el personaje está justificado por su historial de falsedades.

España anunció que participará en la misión de guerra contra Libia. El presidente del Gobierno confirmó una «contribución importante» de nuestro país, que Defensa concretó en las bases aéreas de Rota (Cádiz) y Morón (Sevilla), así como en medios navales y aéreos. La determinación de Zapatero es tal que el Ejecutivo admitió que las fuerzas se podrían poner en marcha antes de que el Congreso aprobara la operación, como contempla la Ley de Defensa Nacional. Rajoy anunció con buen criterio su receptividad al acuerdo de los aliados.

El propósito final de esta medida es inobjetable, porque pretende acabar con un régimen criminal y terrorista y proteger a la población civil de las atrocidades del dictador. Pero en este momento es también oportuno recordar que ese encomiable fin propició otras intervenciones internacionales como la de Irak contra Sadam Hussein. Se mire como se mire, los argumentos de fondo son idénticos: acabar con un tirano y amparar a millones de ciudadanos inocentes. Entre ambas contiendas, el presidente y el Gobierno del «No a la guerra» han experimentado una reveladora evolución. Rodríguez Zapatero irrumpió en la presidencia con la retirada de Irak y está a un año de abandonar el poder con tropas españolas en Afganistán, Líbano, Índico y Libia, entre otras zonas. La metamorfosis es evidente pese a que los socialistas pretendan edulcorar ese historial bélico con referencias propagandísticas como misión humanitaria. Ese deambular errático no ayuda a generar credibilidad ni confianza, condiciones indispensables de una política exterior seria.

El ataque a Gadafi que se avecina demuestra también la hipocresía internacional. Libia no es la única dictadura de la zona ni del mundo. En la misma o similares circunstancias se encuentran Yemen, Bahréin, Arabia Saudí, Argelia, entre otras. Los derechos humanos son pisoteados en esos países por autocracias o teocracias, pero nadie mueve un dedo para evitarlo. El petróleo es una razón que explica la doble moral de Occidente con un proveedor principal como Libia, lo que demuestra de nuevo que los principios sucumben en ocasiones ante la «real politik», lo que no es como para sentirse orgulloso.

El Patton de León
Zapatero hará que Gadafi se arrepienta por comparar su conquista de Bengasi con la caída del Madrid republicano en 1939
HERMANN TERTSCH ABC 19 Marzo 2011

Se arrepentirá Gadafi por haberse erigido en el nuevo generalísimo Franco y haber comparado su conquista de Bengasi con la caída del Madrid republicano en 1939. No porque sea una solemne majadería, que lo es. Sino por la conversión guerrera a la que ha inducido al presidente del Gobierno español. ¡Quién le ha visto y quién le ve, a Rodríguez Zapatero! Qué animoso apareció tras su entrevista con Ban Ki Moon. Hasta suspendió un viaje a León para dedicarse a su agenda bélica. Ante la prensa, que él ayer sin duda intuía muy internacional, nos explicó que la contribución española en esta intervención armada en Libia será «importante». Y nos reveló que ha ordenado a las fuerzas aéreas y navales que estén preparadas para su misión. Los espíritus del general Patton y del mismísimo Churchill parecían allí presentes. «He dispuesto», dijo como quien se dispone a tomar el puente de Remagen sobre el Rin o acaba de ordenar a la Sexta Flota que cambie de océano. Advirtió a Gadafi que la comunidad internacional no se dejará engañar. Ya se ocupará él que sea así.

Está ya claro que tan muerto como el Zapatero obrerista o el Zapatero antinuclear, lo está el Zapatero pacifista. Aquel que sólo tenía por buenas las armas del Ché Guevara. Pero el destino le ha reservado una satisfacción a este nuevo héroe del asedio a Madrid, perdón Bengasi. Sólo debe lamentar que no le vea ahora su abuelo, no el franquista por supuesto, sino el bueno, el republicano. Con las armas de las potencias occidentales, Zapatero se olvida de las mezquindades de la política de este país menesteroso, y se erige en caudillo de la intervención compasiva. Todo un sueño. Se le veía disfrutar ayer en su nuevo papel de abanderado de la comunidad internacional en operación de castigo contra ese Franco con chilaba. Extraña impresión ver a este hombre decir cosas sensatas, aunque sea desde la impostura y por motivos equivocados.

Coherencia en Libia
En vez de presionar a Mohamed VI, Zapatero ha preferido actuar contra Gadafi.
Óscar Elía www.gaceta.es 19 Marzo 2011

La zona de exclusión aérea en Libia llega tarde. Exactamente dos semanas tarde: durante el fin de semana del 5 de marzo, Gadafi le dio la vuelta a una situación que le era militarmente apurada, paró y después comenzó a hacer retroceder a los rebeldes ante la impotencia del mundo, que veía cómo el tirano ganaba el pulso y se convertía en ejemplo para los dictadores del planeta. En los últimos días, la situación era tan comprometida para los rebeldes, tan insultante la superioridad de Gadafi y sus balandronadas, que el Consejo de Seguridad se ha visto obligado, por fin, a hacer algo.

La tragicomedia sobre la zona de exclusión aérea en Libia tiene tres vértices: la apatía desganada de Estados Unidos, la impaciencia creciente de Francia, y la oposición pasiva de China. Respecto a lo primero, Obama prometió a los norteamericanos que no habría más soldados luchando fuera de casa tras Afganistán e Irak; y prometió a los árabes que no se involucraría en sus asuntos internos. Pésimos antecedentes para embarcarse en otra aventura bélica, de difícil pronóstico y en suelo musulmán. El retraimiento obamita le ha dado a Sarkozy la oportunidad de encabezar los ardores militares en el Consejo de Seguridad y en la OTAN. Razones internas, de prestigio, pero sobre todo de recuperación de posiciones en África, donde la francophonie se desarma por los cuatro costados, ante la presencia creciente de China. Una China que ha tenido que ceder ahora ante la presión internacional, lo que le desquicia, porque tratar con dictadores y genocidas en África le proporciona una enorme rentabilidad; que Occidente intervenga en su granero africano es un pésimo precedente.
Mientras unos y otros llenan de portaaviones el Mediterráneo, Gadafi busca ganar tiempo y amigos con un alto el fuego de difícil verificación, pero que es todo un gesto para sus colegas déspotas de la Liga Árabe y la Unión Africana, que inexplicablemente tienen la llave de la intervención aliada: que las democracias occidentales precisen del aval de estos clubes repletos de tiranuelos muestra el despiste que padecemos.

¿Dónde queda España? Es discutible que de entre todos los países del Magreb, Libia deba interesarnos; es el futuro de Argelia y Marruecos lo que nos debe preocupar, y mucho, a los españoles. Pero en vez de presionar al orgulloso Mohamed VI, Chacón y Zapatero han preferido ponerse a la cabeza de las amenazas a Gadafi. Han sido sorprendentes las declaraciones continuas de Chacón llamando a la guerra en Libia, así como la entusiasta llamada de Zapatero el viernes a poner a nuestros Ejércitos rumbo a aquel país.

En algo aciertan: si se está en la OTAN, si se está con los aliados y se está con todas las de la ley, y eso incluye, en Libia como en Afganistán, comprometerse. Desde luego, ignorado por Estados Unidos, y poco de fiar tras la huida de Irak, Zapatero tiene ahora la oportunidad de redimirse y sumarse a Francia en la vanguardia de las operaciones militares, para las que no hay muchos voluntarios. Sin los americanos, es la suya. Daría así respuesta a dos necesidades: primero, la de la coherencia con la actitud firme y belicosa que está mostrando retóricamente ante nuestros aliados, porque nada hay más indigno que jugar a la guerra con soldados ajenos; y segundo –esta más decente–, la posibilidad de que el Ejército del Aire ejecute por fin operaciones para las que nuestros hombres están más que preparados, en vez de la pérdida de tiempo que es tenerlos ocupados en otras cosas para las que no lo están. Si Zapatero quiere guerra, debe poner él también pilotos para el combate.

¿Será Zapatero coherente consigo mismo y con lo que su ministra de Defensa pregona por ahí? Pese a su retórica del pasado viernes, Zapatero no parece dispuesto a hacer nada más que pasear al Príncipe de Asturias por el golfo de Sirte, hacer volar nuestros aviones por la costa, y permitir pasivamente a los norteamericanos el uso de las bases: maniobras televisadas, rentables ante la opinión pública pero de nulo riesgo e irrelevante valor en las operaciones reales contra Gadafi.
Y es que de las dos opciones que tenía España –quedarse en el plano irrelevante al que ha sometido Zapatero a la política exterior española desde 2004, y jugar a ser Aznar en primera división–, ha elegido hablar como lo segundo pero comportarse como lo primero. Debe ser coherente en Libia.

*Óscar Elía es analista internacional y editor del Grupo de Estudios Estratégicos GEES.

La traición de los clérigos
TOMÁS CUESTA ABC 19 Marzo 2011

«EL cataclismo de los conceptos morales en quienes educan al mundo». Bajo ese lema, Julien Benda publicó, en 1927, un libro que, desmañado, sin duda, en lo estilístico y alicorto, tal vez, en sus planteamientos académicos, resultaría, en cambio, tristemente profético. En «La trahison des clercs» (La traición de los clérigos), Benda denunciaba la obcecación suicida de esos intelectuales que, a derecha y a izquierda, sin distingos de credos, glorificaban con fervor los particularismos al tiempo que arrumbaban los valores de la universalidad en el trastero de las enciclopedias. El caso es que, por entonces, ochenta años atrás, en el frenético entreacto del siglo de la mega-muerte, los eximios intérpretes del pensamiento europeo no sólo no aprendieron de los errores del pasado sino que echaron leña al fuego de los horrores venideros.

De ahí el estupor con el que Julien Benda («el típico judío insignificante», apostillaba Charles Maurras desde las altas cumbres de la «grandeur» francesa) asistía al despliegue de fuegos de artificio que instaban a las naciones a encerrarse en sí mismas, a no ver más allá de sus adentros, a enfrentarse a las otras a cuenta de «su lengua», de «su arte», de «su filosofía», de «su cultura»; de su «volksgeist», en suma. Es decir, de «su genio». La era moderna —afirma— se despeja a través de una ecuación funesta que transforma «la cultura» en «mi cultura» y salda las conquistas del humanismo y la razón en el melifluo baratillo de la pertenencia.

Algo hemos avanzado, puesto que los «clérigos» de antaño se han convertido, hogaño, en príncipes de una Iglesia despojada de la universalidad «católica». Y atrincherada en ser sólo «catalana». Para trocar la teología en «ancilla politicae» (sierva de la política). No han de dar fe de Cristo, los obispos; sí, de su terruño: «Como obispos de la Iglesia de Cataluña, encarnada en este pueblo, damos fe de la realidad nacional de Cataluña, configurada a lo largo de mil años de historia». A eso Juan Pablo II llamaba el paganismo nacionalista. Contra esa absorción del cristianismo en apuesta política está elaborada toda la obra del Benedicto XVI que, en 2005, escribe: «El moralismo político al que hemos sobrevivido, y al que estamos sobreviviendo, no sólo no abre un camino de regeneración, de hecho lo bloquea. Lo mismo ocurre con un cristianismo y una teología que reducen el núcleo del mensaje de Jesús, el “reino de Dios”, a los “valores del reino”». O a los valores de la nación, si se prefiere.

A partir de esa sacralidad de la nación, todo se justifica. Igualar la actual paradoja migratoria con la presencia en Cataluña de andaluces («personas inmigradas de otros territorios de España», dicen los obispos) no es insulto; es necedad. Y quizá el sacrilegio del particularismo. Eso que exponía Ratzinger al reflexionar, en 1987, sobre la universal historia que «abre la Persona de Jesús de Nazaret, a quien se reconoce como el último hombre (el segundo Adán)… Se orienta hacia la entera raza humana y supone la abrogación de todas las historias parciales, cuya salvación parcial se ve ahora esencialmente como ausencia de salvación». Pero, para los de la tarraconense, no hay salvación fuera de la masía.

El ascensor social
XAVIER PERICAY ABC 19 Marzo 2011

Tiene razón Mbaye Gaye: el conocimiento del catalán no puede sino ayudar al inmigrante a «subir en el ascensor social». Si algo han aprendido en todos estos años los inmigrantes que han llegado a Cataluña —y me refiero por igual a los que se han visto obligados a emigrar desde otras partes de España que a los que lo han hecho desde otros países y continentes— es que el dominio del catalán constituye un requisito imprescindible para dejar de ser lo que el propio Gaye califica como «los inmigrantes de siempre». O, como mínimo, para intentarlo.

El catalán no es —ni llegará a ser nunca, probablemente— la lengua de la calle, pero sí es la lengua del poder. La que se usa y se enseña en la escuela; la que te exigen cuando te ves envuelto en cualquier trámite administrativo; la única que suena en las emisoras públicas de radio y televisión; la que emplea, en fin, de modo indefectible el político que aspira a no dejar de serlo.

Pero hay más: Gaye, que es vicepresidente de la Asociación Catalana de Residentes Senegaleses, sabe muy bien que una asociación cualquiera debe participar de ese mismo espíritu «de país» —como gusta llamarlo Artur Mas, siguiendo la estela doctrinal de su maestro— si no quiere quedar fuera del tablero de juego. O sea, de la subvención. Su asociación, por ejemplo, recibió en 2008 del Departamento de Acción Social y Ciudadanía 6.400 euros «para la integración social de las personas inmigradas». Y otro tanto en años anteriores.

Parece lógico, pues, que ante la llegada de un nuevo gobierno, cuya política de reparto de ayudas es todavía un misterio, sean los primeros en proclamar que han aprendido la lección. Que allí están, dispuestos a lo que haga falta. Y si, para lograr el arraigo, el permiso de residencia o la reagrupación familiar, hay que examinarse de catalán, pues, nada, uno se examina y a otra cosa. Qué más les da, a ellos, lo que ocurra en otras partes de España. ¿«Qui paga, mana», no?

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Préstamos a los tontos?
¿Quién va prestar dinero a una Generalitat que dice que es más pobre que una rata?
Francesc de Carreras www.vozbcn.com 19 Marzo 2011

Catedrático de Derecho Constitucional de la UB

El president Artur Mas volvió a insistir esta semana en la necesidad de que la Generalitat ahorre. Este ha sido su principal mensaje desde que formó
gobierno, y ha tomado medidas en esta dirección con criterios, ciertamente, algo confusos: no se sabe muy bien si hay que apretarse el cinturón en gastos
superfluos o necesarios, si la cantidad ahorrada será sustancial o el famoso chocolate del loro. En todo caso, esta es la principal obsesión del Govern y, en
especial, del conseller de Economía, Andreu Mas-Colell.

Sin embargo, las dificultades para remediar la situación son crecientes. La búsqueda de crédito en los mercados financieros está fracasando. La banca
española se ha mostrado reacia a colaborar, y los mercados financieros internacionales van en la misma línea. Esta semana se ha dado a conocer la noticia de
que no se ha podido conseguir un préstamo exterior entre 300 y 500 millones a dos años, con un alto interés, el 5,5 %, por falta de confianza en la
Administración catalana. Sin duda, la situación financiera española es un elemento negativo y contribuye a aumentar estas dificultades. Pero el Estado, que
tampoco está boyante, logró colocar el martes, un día antes de intentarlo la Generalitat, 5.500 millones en letras de 12 a 18 meses, con un coste en
intereses que asciende a la mitad del que la Generalitat ofrece.

Probablemente, es normal que un Estado ofrezca más seguridad que una comunidad autónoma. Pero me parece que desde el Govern se han dado y se siguen dando
pasos en falso, de carácter partidista y electoralista, que no hacen otra cosa que fomentar la desconfianza. Por un lado, desde un primer momento, para
criticar al ejecutivo anterior, el nuevo Govern, seguro que cargado de razones, empezó a hacerse el pobre de forma pública e imprudente. Oriol Pujol llegó a
decir en el Parlament que la situación era tan grave que “prácticamente no se pueden pagar las nóminas”. ¿Quién va a prestar dinero a una entidad en tan
catastrófica situación?

Por otro lado, con una alegría irresponsable, desde altos cargos de CiU –que incluyen diputados, consejeros y hasta el presidente de la Generalitat– se
contempla la posibilidad de un próximo referéndum de autodeterminación, y se apoya desde el Parlament estas parodias de referéndums, al puro estilo kumbayá,
que se celebran desde hace un tiempo los fines de semana. Incluso un referente del catalanismo como Jordi Pujol insiste, día sí y día también, en que la
única salida que le queda a Catalunya es la independencia.

Aparte de las dificultades económicas objetivas, que ya son muchas, ¿quién va a prestar dinero a una Generalitat que dice que es más pobre que una rata y
que, además, en cualquier momento, puede quedar descolgado del Estado del que forma parte desde que este Estado existe? El dinero es conservador, y el que no
lo sabe es un tonto.

Cara o cruz
Las alegaciones presentadas por Sortu son tan esclarecedoras que sorprende que no haya explicado su ruptura con ETA al margen del proceso judicial
KEPA AULESTIA El Correo 19 Marzo 2011

El próximo lunes la Sala Especial del Tribunal Supremo comenzará a abordar la posible anulación de Sortu con una vista pública en la que se confrontarán los demandantes y la defensa en un duelo tan previsible en sus argumentos que difícilmente dará una pista clara de cuál será la resolución que finalmente adopte el alto tribunal. Pero la lógica que imponen los acontecimientos permite vaticinar que una eventual ilegalización de la nueva marca de la izquierda abertzale sería más débil que su reconocimiento como formación legal, validado por las propias demandas; sencillamente porque el regreso de la antigua Batasuna a la legalidad institucional se percibe imparable, sea en ésta o en la próxima ocasión.

Quizá por eso mismo entraña cierta anomalía que la sentencia que dicten los 16 magistrados que componen la Sala del artículo 61 se anuncie poco menos que como resultado de un 'cara o cruz' en el que fuese a participar cada uno de ellos y todos a la vez. Un 'cara o cruz' que situaría la legalidad o ilegalidad de la nueva izquierda abertzale a la misma distancia que el grosor de las monedas que se empleasen para dilucidar la cuestión. Resulta significativo que ni el conocimiento del contenido de las demandas presentadas por la Abogacía del Estado y por la Fiscalía General ni el de las alegaciones con las que la defensa de Sortu ha respondido a la acusación hayan servido no ya para despejar la incógnita final, sino ni siquiera para suscitar variación alguna en un estado de opinión que sigue esperando a que las dieciséis monedas que se lancen toquen suelo.

La percepción de que puede defenderse una postura y su contraria con argumentos de análogo peso perjudica a la democracia mucho más que si el Tribunal Supremo acabara resolviendo en contra de un sentir claramente mayoritario. Es cierto que la naturaleza deliberadamente opaca de la izquierda abertzale en su evolución última y en sus relaciones con ETA impide el mínimo de transparencia que una sociedad abierta precisa para formarse un parecer razonado ante una disyuntiva judicializada. Pero también lo es que buena parte de la opinión política ha derivado hacia el Supremo el lanzamiento al aire de su particular moneda.

El 'cara o cruz' afecta al juego de intereses políticos que se mantienen expectantes ante la decisión que adopte el Supremo, y en su caso el Constitucional. Ninguna actitud partidaria resulta inocente en este caso, aunque responda también a sólidas convicciones. La más novedosa, la mostrada por el lehendakari López a la búsqueda de una posición propia, más abierta que la del Gobierno central en cuanto a la valoración positiva del camino emprendido por la izquierda abertzale, y mucho más proclive que la de los populares vascos a su legalización. Una posición que difícilmente podría mostrarse acrítica en el caso de que saliese 'cruz' para Sortu.

Sin duda, los socialistas vascos se están viendo obligados a lanzar su propia moneda al aire ante la inevitable caducidad de la alianza que mantienen con los populares de Basagoiti y la dificultad de que, tras los comicios del 22 de mayo, puedan ocupar una posición tan central en el panorama vasco que les permita entenderse con cualquiera de las demás formaciones para afianzarse como partido de Gobierno. La única perspectiva que podría desbaratar el estado de cosas previsible parece muy remota: la eventualidad de un acercamiento 'a lo Eguiguren' entre el PSE-EE y una izquierda abertzale legalizada.

Hipótesis que daría sentido político a la ensimismada conclusión que esta misma semana extraía el presidente de los socialistas vascos cuando afirmaba que «el tiempo me ha dado la razón». Conclusión que reivindicaría su gestión del 'proceso de paz' de 2006 como preludio de lo que ahora acontece, en una interpretación ciertamente ventajista del fracaso de una obstinación que se vuelve atinada sobre el pronóstico de un mundo -el de ETA mandando en la izquierda abertzale- que algún día tenía que venirse abajo. El vicepresidente Rubalcaba reclamó ayer tranquilidad y unidad ante la proximidad del final de la banda. Horizonte que ya solo tiene valor especulativo para los socialistas vascos y para los populares en toda España, pero no para el resto del PSOE.

Las alegaciones presentadas por Sortu ante el Supremo han pasado desapercibidas, también porque han sido silenciadas en cuanto a su contenido más crítico en los medios afines a la izquierda abertzale. En el texto firmado por Iñigo Iruin y Adolfo Araiz, los herederos de Batasuna se jactan por primera vez de haber protagonizado una «evolución propia, discrepante y enfrentada a las tesis de ETA». Su alegato de defensa constituye el relato pormenorizado de la 'correspondencia' cruzada entre ETA y la izquierda abertzale desde que ésta reaccionara a finales de 2009, casi tres años después del atentado de la T-4, cuestionando la continuidad de la «lucha armada» mediante el eufemismo del «cierre del ciclo de confrontación violenta», abundando en el ambiguo concepto del «proceso democrático» y poniendo en «crisis el modelo de dirección» que ETA había encarnado «para toda la izquierda abertzale».

Un relato que resulta tan esclarecedor respecto al paulatino distanciamiento experimentado por la izquierda abertzale sobre la matriz etarra como sorprendente que no haya desembocado en una ruptura explicitada como tal, más allá de los estatutos de Sortu y de las propias alegaciones. Sin duda, porque la izquierda abertzale se encuentra tan atenazada que prefiere someterse también al 'cara o cruz' de los tribunales.


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