AGLI Recortes de Prensa  Domingo 28 Octubre 2012

Las (malas) tentaciones de Mariano Rajoy
Carlos Sánchez El Confidencial  28 Octubre 2012

Una de las cubiertas más sorprendentes de la literatura española la publicó en 1975 Alianza Editorial. La firma sacó ese año al mercado Historias de Almanaque, un delicioso libro de Bertolt Brecht que recoge aforismos de mucho mérito. La portada incluye una frase prodigiosa:

-‘He observado’, dijo el señor K., ‘que mucha gente se aleja, intimidada, de nuestra doctrina por la sencilla razón de que tenemos respuesta para todo. ¿No sería conveniente que, en interés de la propaganda, elaborásemos una lista de los problemas para los que aún no hemos encontrado solución?’

Pocas frases como esta reflejan la miseria de un país en crisis que tiene respuestas para todo -no hay más que ver el último debate de Presupuestos o las intervenciones públicas de los líderes políticos-, pero que no ofrece soluciones para resolver ninguno de los problemas.

La política española se metió hace ya tiempo en un círculo vicioso. En un bucle maldito. La crisis económica acabó siendo política, pero como no se ha hecho nada para resolver las múltiples deficiencias institucionales del Estado (es la democracia, estúpidos), la recesión es una realidad incontestable. Y vuelta a empezar. Esta es, en realidad, la peor de las tentaciones del presidente del Gobierno. Rematar al Partido Socialista por la vía de los hechos

La parálisis económica sigue engordando y amenazando ahora la convivencia. Es insoportable ver cada día la contradicción que supone ayudar a un sistema financiero en parte quebrado y, al mismo tiempo, recortar las prestaciones sociales. Las mismas entidades que reciben fondos públicos para tapar sus vergüenzas, son las que expulsan a muchos propietarios de sus viviendas por falta de pago. Y el Gobierno, como se sabe, poniéndose de perfil sobre un asunto que mide la capacidad de los poderes públicos para atajar los problemas.

Mala política y peor economía se retroalimentan, lo que explica que este país vaya a superar ampliamente los 6,2 millones de parados en apenas dos trimestres. Y lo que es todavía peor, camina en esa dirección dando muestras de una sensación de hastío y de hartazgo hacia todo lo público. Y que simbólicamente se representa en una clase política que ha caído en lo más parecido al dilema del prisionero. Ninguno coopera -ni Rajoy ni Rubalcaba- porque piensan que para sus intereses se trata de la mejor estrategia para salir del infierno. Pero en realidad los dos reos –todos los reos- seguirán atrapados en sus celdas por no entender el tiempo que les ha tocado vivir. Para los presidiarios no hay salida sin cooperación. La crisis -su crisis- ha arrasado al Partido Socialista, y si el PP no es capaz de enderezar la situación, es muy probable que a la vuelta de pocos años se hable de Mariano Rajoy como un proyecto fallido.

Lo curioso del caso, sin embargo, es que todos y cada uno de los dirigentes políticos hablan sin rubor de ‘emergencia nacional’, pero a continuación nada de nada. El país es incapaz de tejer una dinámica colectiva capaz de enfrentarse a la crisis. Hasta el punto de que el debate de Presupuestos pasa sin pena ni gloria. Las leyes que se aprueban son pura retórica. Y en la recámara ya no hay más que humo. La reforma laboral ha fracasado, simplemente porque el Gobierno se equivocó pensando que acelerando el ajuste de plantillas en el sector privado (dando vía libre a los despidos) se crearía más empleo. La reforma financiera es todavía una entelequia, y si su objetivo era alentar el flujo de crédito, estamos ante un gigantesco fiasco.

La Administración pública sigue ahí, incólume, como los pilares del Partenón; mientras que la regeneración democrática es sólo una ilusión. Parece que nadie ha entendido que los mejores años de España han sido, precisamente, los más democráticos, cuando el sistema de partidos no se había envilecido. Y cuando había un proyecto de país con un solo objetivo: restaurar el sistema democrático.

Presume el Gobierno -en los mítines que da la vicepresidenta Sáenz de Santamaría tras cada Consejo de Ministros- de impulso reformador, pero sólo hay que recordar que entre el 15 de junio de 1977 (primeras elecciones democráticas) y el 6 de diciembre de 1978 (aprobación de la Constitución) pasaron menos de 18 meses, y en ese tiempo se pusieron los cimientos de un nuevo modelo de Estado con cientos y cientos de normas jurídicas, se firmaron los Pactos de la Moncloa y se aprobó la Carta Magna; y todo ello, igualmente, en un contexto recesivo agravado por el mazazo del terrorismo y del golpismo. Para los presidiarios no hay salida sin cooperación.La crisis -su crisis- ha arrasado al Partido Socialista, y si el PP no es capaz de enderezar la situación, es muy probable que a la vuelta de pocos años se hable de Mariano Rajoy como un proyecto fallido

Ahora, la estrategia del Gobierno pasa por culpar de todos nuestros males a Europa. Que si la unión bancaria, que si el diseño del euro, que si la unión fiscal, que si la unión política…., pero eso es sólo una parte del problema. España tiene sus propias miserias ganadas a pulso. Y si antes la prima de riesgo se llamaba Zapatero, ahora se llama Rajoy. O mejor dicho, se llama -antes y ahora- España, y por eso carece de sentido que en vez de optar por la cooperación se haya buscado la confrontación.

Esta es, en realidad, la peor de las tentaciones del presidente del Gobierno. Rematar al Partido Socialista por la vía de los hechos. O lo que es lo mismo, ningunearlo de forma consciente en la seguridad de que el PSOE ha cavado su propia tumba dejando de ser un partido nacional convirtiéndose en una cadena de franquicias. Gracias a eso, el PP ha ocupado la centralidad del espacio político, y por eso arrolló en las últimas elecciones generales, mientras que el PSOE de Rubalcaba se despeña por su propio precipicio.

Pero lo que hoy puede parecer el mejor escenario para un partido que gobierna, puede ser una tragedia para el país. Y de ahí que la estrategia más inteligente pase por recuperar el entendimiento. Un PSOE hundido (que compita directamente con los partidos situados a su izquierda) es una bendición a corto plazo para el PP, pero es una mala noticia para España. Entre otras cosas porque abordar una puesta al día de la Constitución exige el concurso de los dos grandes partidos. Esa es, sin duda, la mejor medicina para acabar con ensoñaciones nacionalistas. Un gran pacto político obligaría a CiU -y hasta el PNV- a volver al redil de la negociación. Ganaría la cordura.

Artur Mas, excrecencia de la España esencial
Javier Benegas www.vozpopuli.com 28 Octubre 2012

Fue Ramiro de Maeztu quien en 1913 escribió que “Al cabo, España no se nos aparece como una afirmación ni como una negación, sino como un problema”. En esta frase se resume todo un pensamiento que de alguna manera intentaba desentrañar los problemas seculares de nuestro país desde una visión casi exclusivamente psicológica. Y no es de extrañar que desde esa perspectiva, para él y para la mayoría de los intelectuales de su generación, la vieja y achacosa España resultara ser un problema sin solución. Pues ese hábito de querer entender España desde un punto de vista esencialista es lo que nos ha impedido a los españoles estudiar nuestra historia de forma rigurosa, y conocernos a nosotros mismos mediante el análisis de factores sociales y económicos; es decir, basándonos en datos objetivos y empíricos en vez de creencias, tal y como desde hace siglos vienen haciendo los historiadores de otros países.

La España esencial, la Transición y el desencanto…
Para empezar a poner las cosas en su sitio respecto de cuál es el verdadero problema español no hace falta remontarse al proceso de declinación de la España imperial, llegar al desastre de 1898, que supuso la liquidación de los restos del imperio y la conversión definitiva de España en causa perdida y, desde ahí, a la Segunda República. Basta con volver la mirada a nuestro inmediato pasado y comprobar cómo el periodo más próspero de la historia de España, el que va desde 1975 al año 2000, ha devenido en la mayor crisis que se recuerda.

Conviene recordar que antes y durante la Transición y a la vista de una prosperidad a tiro de piedra, fue el ciudadano común quien, sin necesitar demasiada pedagogía, optó por ser generoso. Y con el fin de alejarse de la pobreza, renunció al monólogo y al dogmatismo heredados del régimen franquista y apostó por una libertad práctica aunque modesta. Y con insospechada facilidad, el español común se liberó de esa hipnótica fascinación por el fracaso y la derrota que le había acompañado durante siglos; es decir, renunció a la España esencial. Posteriormente, a la muerte del dictador, los políticos (casi todos herederos del régimen franquista en alguna medida) catalizaron este proceso y confeccionaron a la sociedad española un nuevo traje más amplio y confortable. El objetivo era que ese impulso modernizador que bullía en la sociedad (esta vez mucho más generalizado que aquellos exclusivamente regionales de la Cataluña y el País Vasco del siglo XIX y principios del XX) transformara España en un estado próspero, similar a sus homólogos europeos. Y, aunque acongojados por el ruido de sables, los políticos estaban encantados ante la perspectiva de llegar a gobernar un país de nuevo poderoso y, lo que es más importante, mucho más rico. Pues, como dice el refrán, quien parte y reparte…

Lamentablemente, al poco el corte del traje confeccionado por los padres de la patria se demostró bastante mejorable. Y tan pronto la riqueza aparente devino en borrachera, empezaron a saltar las costuras. Y si bien es cierto que los ciudadanos, cegados por el resplandor de ese nuevo El Dorado, no quisieron ver los defectos del sistema, no menos cierto es que la clase política, a lomos de una sociedad laboriosa y preocupada exclusivamente por su bienestar, legisló en su propio beneficio, de tal suerte que en unos pocos años el milagro se tornó espejismo. Y el espejismo en catástrofe económica.

Pues bien, en este desastre, como en otros precedentes, nada ha tenido que ver la maldición de la psique española o el fatalismo. El único hecho cierto y demostrable es que nuestra democracia, privada de los mecanismos de control más elementales, quedó a merced del corto plazo, el oportunismo político y los intereses de unas minorías; es decir, estaba condenada a fallar estrepitosamente. Por lo tanto, nuestra dramática situación actual tiene muy poco que ver con cuestiones psicológicas relacionadas con la sociedad española o la España esencial. El sistema tenía que fallar porque estaba mal diseñado. Ergo, antes que recaer en el delirio de la visiones esencialistas, hay que insistir hasta la extenuación en reformar nuestra democracia.

… Y del desencanto a la Cataluña esencial de Artur Mas
Sin embargo, de todos es sabido que los políticos prefieren mentira en paz que verdad en guerra. O sea, que dejarán que la democracia se pudra hasta que el hedor sea insoportable antes que reconocer el fracaso del modelo surgido de la Transición. Lo cual es un gravísimo error que quizá derive con el tiempo en un desastre aún mayor. Pero en el caso de los políticos nacionalistas la postura es aún, si cabe, más mezquina. Pues además de hurtar a la sociedad cualquier posibilidad de regeneración democrática, tal y como hacen sus hermanos gemelos de ámbito estatal, aprovechan la podredumbre para dar rienda suelta a sus ambiciones. Así, Artur Mas, miembro destacado de esa legión de falsos liberales españoles que viven del cuento; es decir, de la cosa pública, promete salvar a los catalanes de la catástrofe por la vía de la independencia y la separación de España. Para él los 45.000 millones que adeudan las manirrotas y corruptas administraciones catalanas no existen, como tampoco existe la desastrosa gestión de la casta política catalana. La consigna es inequívoca: el enemigo no está dentro sino fuera. Y como un pseudo intelectual español de finales del siglo XIX o principios del XX, asegura que el problema no es otro que la España esencial, la psique española y, por ende, lo español. Y la solución es pues muy sencilla: dejar de ser españoles. Y punto.

Si yo viviera en Cataluña estaría muy preocupado ante la posible segregación de España, pues tan visionario estadista, además de posicionarse en las antípodas de la imprescindible regeneración democrática, tiene tics totalitarios. De hecho, Artur Mas es un español esencial en cuerpo y alma disfrazado de catalanista. Tan es así que aquel lema de “¡Una, Grande y Libre!” ha inspirado su propio grito de guerra: “¡Una Cataluña grande y libre!”. En cierta forma, lo que propone el Rey Artur es convertir Cataluña en una versión reducida de la infumable España esencial, esa nación fatal y deprimente de la que los españoles intentan zafarse para poder sobrevivir. Y para ello no duda en contraponer al mito de la psique española el no menos disparatado mito de la psique catalana. Y es que para Mas y los que piensan como él, los territorios y las supersticiones y no las sociedades libres son los que dan forma a los estados-nación. Como si los hombres se pudieran clasificar a modo de plantas exóticas que sólo florecen en algunos lugares y bajo determinadas condiciones. Así, y en función de este principio, la ingeniería social hará florece una plata u otra; una psique u otra; un ciudadano esencial u otro. Y los españoles, y por lo tanto también los catalanes, debemos negarnos a ser cultivados en el invernáculo de una España esencial, de una Cataluña esencial o de un País Vasco esencial. Por el contrario, debemos aspirar a vivir libres dentro de un estado español moderno, plural, de verdad democrático y, en consecuencia, próspero. Esa debería ser nuestra lucha, la de todos.

El porvenir de España: ¿Continuidad o ruptura?
Manuel Muela www.vozpopuli.com 28 Octubre 2012

A diferencia del debate político cuando murió el general Franco en 1975, centrado en la reforma o la ruptura, que se saldó con la victoria de la primera, lo que hoy se podría plantear en España, como hipótesis teórica, ante el agotamiento de la Transición es su continuidad a cualquier precio o la apertura de un proceso constituyente que nos devolviese la esperanza democrática y la fe en el futuro de la nación. Como digo, es un ejercicio teórico, porque en 1975 estaban perfectamente identificados los defensores de la reforma o de la ruptura; en cambio ahora el escenario es bastante turbio por la carencia de proyectos en uno u otro sentido: los partidarios de la continuidad tienen el poder, que no es poco, pero no se toman la molestia de decir cómo piensan afrontar la ruina de su régimen y los pocos o muchos que deseamos el cambio carecemos de medios y organizaciones, más allá del ejercicio de la libertad de expresión, para hacer crecer el debate y conseguir la masa crítica favorable. En un escenario así puede ocurrir cualquier cosa, por lo que hay que esforzarse en acotar las incertidumbres.

El bloqueo del régimen y la Tercera Restauración
Existe la impresión, más bien la certeza, de que los asuntos de España van de mal en peor. Hasta en la campaña electoral americana los dos candidatos presidenciales se han referido a la crisis española como ejemplo de mal hacer. En realidad, parece probado que el sistema español carece de resortes para hacer frente a sus problemas propios y sobrevenidos. Estos crecen como setas venenosas y sumergen al gobierno del país en una batidora incontrolada de la que no se sabe qué producto saldrá. Vamos, que no hay orden ni concierto, aunque se trate de justificar con la voracidad y la exigencia del día a día. Suele ser la excusa que ponen algunos responsables cuando se les comenta esta realidad turbadora. Y digo excusa, porque lo que subyace, en mi opinión, es la ausencia de programa o proyecto, aunque sea de mera supervivencia. Prevalece el presente, el eterno presente del que hablaba el filósofo López Aranguren, que impide vislumbrar el porvenir. Pero esa incapacidad no es reconocida, al menos en público, y el instinto de supervivencia les aconseja resistir con la confianza errónea de que estamos ante males pasajeros y no estructurales.

La continuidad que defienden tiene cimientos poco sólidos, salvo el de la argamasa del poder. Y este se está resquebrajando a causa, entre otras cosas, de los propósitos independentistas acaudillados por las burguesías catalana y vasca que han conseguido un amplio apoyo social. La perversión del lenguaje, que llama al independentismo soberanismo, expresa el vacío y no puede ocultar la marea. Se trata de la amenaza cierta a la continuidad sin más, lo que, probablemente, obligará al establisment a improvisar una operación de calafateado bajo el paraguas de la Monarquía y la potenciación del Príncipe de Asturias: procurarían mantener las pautas fundamentales del régimen, edulcorando con tintes confederales la separación de dos de las regiones más ricas de España. La operación, que podríamos definir como Tercera Restauración o Segunda Transición, se vendería como la panacea para ahorrar episodios de violencia que agravarían las penurias económicas de los españoles. En resumen, oxígeno para continuar instalados en la decadencia.

Los tabúes que frenan el proyecto constituyente
Cuando se levanta la vista de ésta realidad cercana, tan pobre y tan desesperanzada, que según el Rey “es para llorar”, y se otea el horizonte viene a nuestra mente lo que se suele hacer en los países democráticos y civilizados para buscar salidas a situaciones críticas, políticas o económicas. Normalmente se reforma el modelo e incluso se cambia por otro cuando el existente no da más de sí. Desde mi punto de vista, este es el caso de España, lacerada por dos crisis, la económica y la política e institucional. Y digo más: sin la resolución de la crisis política y constitucional no saldremos de la ciénaga económica. Creo que hay evidencias abundantes que avalan ésta tesis; sin embargo, todavía no ha calado la convicción del cambio ni en los núcleos dirigentes ni en los medios de opinión, a pesar de que las realidades política y económica son estremecedoras, con el paro rampante, y en las encuestas sociológicas se expresa un alto grado de disconformidad con el sistema.

La desinformación, el temor al vacío ¡como si ya no estuviéramos en él!, y el vértigo ante la aceleración histórica parecen impedir la consolidación de la propuesta constituyente para que España busque su acomodo democrático en las nuevas realidades derivadas del fracaso del régimen imperante durante los últimos treinta y cinco años. A lo más que se llega es a promover maniobras de distracción como la petición de un pintoresco referéndum o expresiones desvertebradas de reformas. Es verdad que se formulan propuestas de cambios, incluso se expresan voluntades constituyentes, pero hay dos tabúes que, a mi modo de ver, impiden cruzar el Rubicón en dirección al proceso constituyente: la revisión de las políticas impuestas por la Unión Monetaria y la abrogación de la Monarquía. Serían la versión actual de lo que Salustiano Olózaga llamaba los “obstáculos tradicionales” al progreso de España.

En relación con la Unión Monetaria, las alusiones a España de los dos candidatos a la presidencia americana deberían estimular a un gobierno serio español a plantear la revisión, solicitando el auxilio y el concurso de la gran potencia atlántica para salir del círculo de hierro de Berlín. Sobre la Monarquía española, no se trata de recordar sus fracasos históricos, incluyendo el actual, y su carácter anacrónico y antidemocrático, de lo que se trata ahora es que España, amenazada de disgregación, necesita una jefatura del Estado elegida directamente por los españoles, dotada de facultades precisas para contribuir al buen gobierno del país. Pero cualquier debate de ambos asuntos en los círculos de pensamiento se suele agostar, eludiendo las evidencias sociológicas y las insatisfacciones, todavía pacíficas, de la nación. Deben ser las inercias del poder y también la falta de organizaciones que apuesten por el cambio genuino. En ese terreno, tengo que reconocer que los independentistas van ganando la batalla de la imagen, porque intentan dar respuesta, aunque sea falsaria, a las inquietudes de sus regiones. A su modo, han cruzado el Rubicón y han roto los tabúes.

Hace un año, el que tiene Vozpopuli, inicié estas crónicas republicanas, que espero recopilar en breve, con el deseo y la esperanza de contribuir al debate sobre la mejora de nuestro país, cuyo agónico gobierno de entonces estaba en despedida. Ahora me gustaría ver un panorama distinto, pero, con los elementos de conocimiento y análisis de que dispongo, el proyecto del cambio democrático, regenerador y republicano no cuenta aún con suficientes valedores para promoverlo. Habrá que seguir insistiendo y esperar que surjan organizaciones que lo avalen, sin descartar que vaya a producirse: lo que me temo es que, cuando ocurra si ocurre, será después de muchos males añadidos que podrían ahorrarse si se aplicaran la razón y el sentido democrático para superar la triste realidad.

El contador a cero
 www.gaceta.es Aleix Vidal-Quadras 28 Octubre 2012

Se trata de eliminar todo aquello que no suma o que resta y bajar los impuestos.

El Gobierno se ha decidido por fin a poner en marcha una reforma administrativa que racionalice el funcionamiento del Estado, de sus Comunidades y de sus Municipios. Aunque todos sabemos que el problema de fondo no es de mera gestión, sino de estructura, bienvenida sea esta voluntad de poner cierto orden en el tinglado ineficiente, clientelar y despilfarrador que es hoy nuestro sector público.

La ecuación es muy sencilla: si existen en España ingentes recursos que son utilizados por ministerios, consejerías y ayuntamientos para propósitos inútiles, partidistas o electoralistas sin que produzcan aportación alguna al conjunto de la economía, este mismo dinero, puesto a disposición de la sociedad y de las empresas, buscaría la rentabilidad creando empleo y riqueza. De esta operación en principio laudable del Ejecutivo llaman la atención dos cosas: que se haya tardado tanto en emprenderla cuando se debería haber lanzado al día siguiente de la alternancia en el poder hace 10 meses, y el método escogido para ejecutarla, un alambicado organigrama formado por un grupo de trabajo Estado-Autonomías, una comisión estatal, una serie de subcomisiones mixtas y otra comisión en cada comunidad.

Se esperan resultados para dentro de ¡ocho meses!, lo que equivale a decirle a un tipo colgado ahora de una cuerda que le rodea el cuello que hacia junio se sabrá por dónde cortarla. La cosa es mucho más sencilla y requiere un único equipo auditor, centralizado e independiente, que examine cada programa, cada línea presupuestaria y cada organismo con criterios estrictos coste-beneficio. Se trata, en suma, de poner el contador a cero y eliminar todo aquello que no suma o que resta. A continuación se bajan los impuestos y vuelve el dinamismo y el crecimiento. En verano nos veremos, si llegamos.

La inútil oposición del PP
Nota del Editor 28 Octubre 2012

Después de muchos años en el gobierno, muchos en la oposición, ahora medio se despiertan los del PP y medio se dan cuenta del desmadre de la organización del estado y proponen organizar una pirámide de comités para ver como se puede reducir el disparate. Digo medio se despiertan porque siguen en el limbo, pensando que van a poder mantener su tinglado de profesionales de la politica haciendo la cuadratura del círculo, pues todo lo que no sea la derogación de las leyes sobre lenguas regionales y el desmantelamiento del tinglado autonómico, es marear la perdiz para seguir viviendo del cuento.

Su comportamiento demuestra que durante toda su historia han sido inútiles absolutos, pues ni en la oposición ni en el gobierno tomaron o han tomado medida alguna significativa para resolver algún problema en España (en lo que queda). Y tildarlos de inútiles absolutos es una forma de calificarlos al desconocer los verdaderos intereses de su falta de talla moral, política, ética y racional tan enorme que parece imposible que no haya intereses altamente bastardos en tal forma de actuar.

Orgullo de ser español.
Vicente A. C. M. Periodista Digital 28 Octubre 2012

¿Debo pedir perdón por sentirme y enorgullecerme de ser español? Categóricamente NO. Ya está bien de llamar al sosiego y a "trabajar en un mismo proyecto de convivencia". Basta de palabrería de demagogos. Estamos ante el más grave desafío a la Unidad de España provocado por unos partidos secesionistas catalanes a través de sus portavoces en el Gobierno de la Generalitat. Un desafío sin paliativos a la legalidad vigente, secundada por la actitud de insumisión y rebeldía de corporaciones locales, ayuntamientos y grupos gremiales, con la complicidad del empresariado. Y ya es hora de que quien tiene potestad para hacer cumplir la Ley, deje de mirara para otro lado y gobierne de una puñetera vez. Y si no, que se vayan y convoquen elecciones generales.

Estoy más que harto de que una minoría organizada se imponga sobre una acobardada sociedad dispuesta a dejarse llevar mansamente hacia el abismo de la secesión. Estoy más que harto de que el Gobierno de España con Rajoy, ceda ante este chantaje y pida diálogo, cuando quien le desafía le desprecia y le exige un "trágala" prostituyendo la palabra democracia y el derecho de los pueblos. Estoy más que harto de la ambigüedad, cuando no comlicidad directa del principal partido de la oposición, inductor máximo de la corriente separatista y de la postura del sentimiento anti español, con alianzas bastardas con partidos radicales nacionalistas como ERC.

La verdad es que esta Monarquía está haciendo "un papelón" y da vergüenza tener que oír declaraciones como que Cataluña no es un problema. Quizás Alteza, su percepción de la realidad se encuentre un tanto desvirtuada, bien por una información sesgada o por una falta de análisis certero. Lo que nadie puede dudar a estas alturas es que Cataluña es el mayor problema con el que se enfrenta España. Tenemos al enemigo en casa y en lo más alto del poder en las Instituciones del Estado en esa Comunidad Autónoma.

La insolencia del gremio de pesadores dl puerto de Rosas saliendo a faenar sin llevar la bandera de España, o las declaraciones formales de plenos de Ayuntamientos catalanes declarándose zona independiente de España o insumisa fiscal, o la guerra de banderas, o el tema de la inmersión lingüística, son todo menos normales en un Estado de Derecho. Claro que esto no ves que suceda de un día para otro, sino que ha sido una constante desde hace años con la complicidad de partidos como el PSOE, IU e incluso el PP. Una Autonomía, como también la de El País vasco, donde las sentencias del Tribunal Supremo son ignoradas y donde se violan los derechos de los españoles.

Va siendo hora de que aquellos que piden diálogo y lo del proyecto de convivencia, llamen a capítulo públicamente a estos secesionistas y dejen claro ante los ciudadanos que España no va a consentir ningún desafío a su Unidad, ni ninguna violación más del estado de Derecho, usando cuantos medio pone a su disposición el marco legal vigente. Una de esas actuaciones sería la supresión temporal de la Autonomía, el control de las FFyCCSE de esa región, en este caso de los Mossos y su disolución caso de que no cumplan con su deber.

Como español, exijo a los gobernantes que cumplan con la Ley. Si no lo hacen no será Dios, sino el pueblo español quien se lo demande. El tiempo se acaba.

¡Un respeto a los españoles!
Gabriela Bustelo www.gaceta.es 28 Octubre 2012

Las amas de casa saben más de economía que muchos expertos

Entre las incontables faltas de respeto que sufren los españoles a diario, destaca el hecho de que nadie se haya tomado la molestia de explicarles la crisis con sencillez. Un Barrio Sésamo sobre economía, hecho con ingenio y con gracia, es lo menos que se debería ofrecer a un país no sólo arruinado, sino desconocedor de las causas y las consecuencias de la catástrofe. Mientras los dirigentes de uno y otro signo se niegan a aceptar su responsabilidad en el fiasco, hasta el punto de que apenas han recortado los colosales gastos del entramado gubernamental y autonómico, los ciudadanos de a pie, que citan insistentemente a los políticos como una de sus primeras preocupaciones, siguen sin entender lo sucedido en España durante la última década.

Sin embargo, esas amas de casa que pican cebolla mientras intentan dilucidar un telediario cargado de arcanos financieros saben más de economía que muchos de los grandes expertos en el tema. Entre toda la farfolla crematística que llevamos décadas escuchando, hubo un día en que Solbes bajó la guardia y pocos meses antes de dimitir, enunció en pocas sílabas una receta que podríamos llamar la piedra filosofal de la economía: los gastos no pueden superar los ingresos. Sufrimos a diario un bombardeo mediático de análisis, predicciones y soluciones mágicas, pero la madre del cordero es el equilibrio presupuestario. Cuando Christine Lagarde aseguraba el otro día que los recortes pueden dañar a la economía, por lo que a menudo se necesita relajar el ritmo del ajuste presupuestario, cualquier ama de casa capaz de entenderla habría rebatido su argumento. Si en una casa empieza a salir más dinero del que entra, la familia reduce de inmediato los gastos innecesarios para adaptarse cuanto antes al dinero disponible. Esto en argot económico es lo que se llama una “política de recortes”. Pero en un país donde hay medio millón de políticos con cargos públicos en los parlamentos autonómicos, consejos, tribunales, fundaciones, sindicatos, patronales, oficinas del defensor del pueblo, observatorios, embajadas, entidades de cooperación internacional, consorcios, alcaldías, concejalías, cabildos y demás tinglados estatales, no parece que se hayan reducido apenas esos gastos de los que hablaba Solbes, que superan dramáticamente a los ingresos.

Sin embargo, el Gobierno se ha centrado en las negociaciones de ese rescate virtual que pretende tranquilizar a los mercados con una solvencia que reactivaría la inversión, pero sin producir el pánico que generaría una intervención oficial. Esta actitud presupone que nuestros salvadores europeos van a seguir tratándonos con un guante blanco que no hemos hecho nada para merecer. Mucho se habla de una unión bancaria y un fondo de garantía de depósitos que, a la hora de la verdad, no se han materializado. Donde el Estado español tiene deberes pendientes es en casa: la reducción real del gasto y el pago real de la deuda. Y la clara explicación de cada paso dado.

El PP catalán necesita coraje, no 'moderación'
EDITORIAL Libertad Digital 28 Octubre 2012

Con la vista puesta en las elecciones autonómicas catalanas del próximo 25 de noviembre, el Partido Popular insiste en la estrategia de la moderación frente a la amenaza secesionista puesta en marcha por Artur Mas. Para que no quede ninguna duda de las intenciones del PP catalán, el discurso corajudo de Aznar fue replicado enseguida por Sánchez Camacho, que desdeñó los muy oportunos argumentos que el presidente de honor de su partido desgranó en la entrega del Premio FAES de la Libertad, afeándole sus críticas a la intentona secesionista y sus reproches a nuestro disparatado esquema territorial.

Así pues, en las inminentes elecciones catalanas, cruciales por cuanto los nacionalistas quieren convertirlas en un plebiscito sobre la independencia, Sánchez Camacho y Rajoy han decidido ponerse de perfil, lo que permite aventurar que el PP obtendrá unos resultados similares a los que acaba de cosechar en el País Vasco, donde presentó un discurso melifluo que le hizo merecedor de una formidable deserción de electores.

En Cataluña hay más de trescientos mil votantes que optan por la papeleta del PP en las elecciones generales pero en las citas autonómicas prefieren votar al nacionalismo menos radical de CiU o, directamente, quedarse en casa. Se trata de trescientos mil ciudadanos que no encuentran motivos para votar en las elecciones autonómicas al partido que merece su confianza en el Gobierno de la nación, algo que debería hacer reflexionar en profundidad a los dirigentes populares, especialmente ahora que se avecinan unos comicios transcendentales tanto para Cataluña como para el conjunto de España.

El mensaje del PP es que la amenaza secesionista carece de relevancia y que lo que procede es dialogar en tono moderado con las fuerzas políticas menos radicales, por lo que no es de extrañar que parte de sus votantes actúe en consecuencia fortaleciendo aquella opción de perfil ganador... con la que, en todo caso, el PP se avendrá a dialogar al día siguiente de las elecciones. Cualquier cosa antes que permitir una reedición del deplorable Tripartito, cuya desastrosa gestión permanece todavía muy viva en la mente de los catalanes, incluidos los que tradicionalmente votan popular.

Si el PP catalán quiere agitar la conciencia de sus votantes ocasionales y llevarlos en masa a las urnas dentro de un mes, tendrá que ofrecerles mucho más que esa disposición vacua a la equidistancia en que suele refocilarse. Una comunidad autónoma en la que el incumplimiento flagrante de la ley y la deslealtad al orden constitucional son la norma necesita la presencia de un partido nacional que actúe sin complejos en las grandes cuestiones de Estado y tenga los arrestos de enfrentarse en el terreno que más duele a los nacionalistas, como con gran coraje y esfuerzo Ciudadanos, la formación de Albert Rivera.

Como dejó dicho en su día el senador norteamericano Barry Goldwater, a la hora de defender la libertad el extremismo no es ningún vicio, ni la moderación una virtud. Si los dirigentes del PP catalán hacen caso a principio tan elemental en este momento histórico, seguro que consiguen movilizar a buena parte de esos trescientos mil catalanes que dudan entre sus siglas, las de Mas el desleal o la abstención.

Nacionalistas y/o socialistas
JOSÉ MARÍA CARRASCAL ABC  28 Octubre 2012

MIENTRAS el PP hace frente al desafío nacionalista, el PSOE se pone, no ya de perfil, sino de espaldas, echando mano del viejo truco «no quiero estar con los separatistas ni con los recentralizadores». En realidad, no están en ningún sitio, porque no saben dónde están. Pero vayamos por partes.

Rajoy ha contestado a Mas lo único que podía contestarle: que está dispuesto a hablar, a negociar, con él de todo cuanto quiera, pero dentro de los límites que marca la Constitución, es decir, la ley. Pues si no lo hiciera, estarían los dos incumpliendo los deberes de los cargos para los que han sido elegidos, precisamente en el marco de esa Constitución. Que es todo lo que hay que decir. Y hacer. Al nacionalismo, un sentimiento más que una norma, no le importan mucho estas cosas. Pero resulta que la democracia es, en último término, respeto a las normas que nos hemos dado, y si no se respetan, es decir, si no se cumple la ley, la democracia se acabó. Porque eso de la «libre voluntad del pueblo catalán» es pura retórica nacionalista.

El pueblo catalán viene expresando su voluntad desde que se aprobó, con sus votos entre los de otros, la Constitución de 1978. Y lo ha hecho libremente, en cuantas elecciones han tenido lugar, dando las más de las veces la victoria a los mismos nacionalistas que hoy intentan saltársela a la brava. Arguyen que no se les hace caso, que no se les escucha. ¡Pero por el amor de Dios! Si durante los últimos 34 años casi no hemos oído otra cosa que quejas, reclamaciones, demandas y protestas catalanas. Si han armado cada dos por tres un escándalo y se han llevado casi siempre lo que querían, excepto cuando lo que pedían no podía dárseles. Se quejan ahora de que no les queremos el resto de los españoles, de que no les apreciamos en su verdadero valor, de que no admitimos su «hecho diferencial». ¿No será más bien al contrario? ¿No son ellos los que están inculcando a sus niños el odio, el desprecio a lo español? ¿Acaso en esa España plural que exigen no hay muy distintos hechos diferenciales? ¿No están sobrepasando la línea, no ya de la prudencia, sino de la compostura, algo de lo que siempre se han mostrado orgullosos? Convendría reflexionasen sobre ello, antes de que las cosas lleguen a mayores y pierdan toda la simpatía y admiración -admiración, sí- que tienen entre el resto de los españoles.

En cuanto al PSOE, casi mejor no decir nada, porque son ellos los que lo están diciendo todo. Se están destruyendo a sí mismos, tras haber perdido el norte, el liderato, la esencia y casi la apariencia, pues su imagen es cada vez más tenue y contradictoria. Se equivocaron en diagnosticar la crisis, se equivocaron en los medios para combatirla y se están equivocando en la forma de superarla. Tanto es así que no me extrañaría que acabaran siendo una rama de cada partido nacionalista local. Ya casi lo son.

Identidades
JON JUARISTI ABC  28 Octubre 2012

FUERON dos alemanes, Herder y Humboldt, quienes, a finales del XVIII, comenzaron a denominar vascos a los naturales de las Vascongadas y Navarra, pero tal uso no se generalizaría en Francia y España hasta un siglo después. El romántico vascofrancés Chaho se refirió así a los habitantes de ambas Vasconias, la cantábrica y la aquitana, en el título de un libro de 1836, pero sólo dos años antes llamaba todavía biscaïens («vizcaínos») a los vascos de España, como había sido usual hacerlo en toda Europa desde la Edad Media. Vascos propiamente dichos sólo lo eran los de la parte francesa, además de los gascones y bearneses, que se siguen definiendo en su patois como bascous. De este modo se presentaba el señor Michel de Montaigne, bordelés, que firmó su exvoto a la Santa Casa de Loreto, durante su viaje a Italia, como Gallus Vasco, o sea, galo vasco, vasco de la Galia o vascofrancés. A mediados del XVII, el jesuita navarro Moret pedía a otro cronista, el suletino Arnaldo de Oyenart, que no se irritara en exceso por las dificultades que había encontrado para investigar en la Cámara de Comptos de Pamplona, porque los vascos (entiéndase vascofranceses) siempre habían sido muy estimados en el Reino de Navarra. Los escritores regionalistas de la Restauración comenzaron a sustituir sistemáticamente el término «vascongado» por el de vasco (o basco), como lo hizo en 1881 José de Manterola en su Cancionero Basco, colección de poesías modernas en vascuence. Pío Baroja heredó este uso de su padre, Serafín, autor de zarzuelas eusquéricas.

En la última generación decimonónica el marbete se popularizó, en detrimento de las antiguas denominaciones, gracias, sobre todo, a Baroja y Unamuno, muy influidos ambos por la etnografía alemana y francesa. Sabino Arana, en cambio, se mostró reacio a adoptarlo, prefiriendo hablar de bizkaínos o bizkaitarras. El caso de Baroja es curioso. Consciente de la artificialidad del término vasco en su referencia a los de España, naturalizó dicha identidad en una tierra o, mejor, en un agua de nadie. Sus vascos pertenecen al Bidasoa, a cuya vera se instaló él mismo, ansioso de acceder a la República de las Letras europea por contigüidad con los renombrados escritores franceses que habían hecho de la región aquitana su bastión estival o perpetuo (Pierre Loti, Edmond de Rostand, Francis Jammes). En La leyenda de Jaun de Alzate (1922), don Pío propone un paradigma étnico desterritorializado, el Aventurero Vasco, «ni español ni francés», quizá porque el otro arquetipo fronterizo disponible, el contrabandista, ya había sido explotado con éxito por Pierre Loti en su Ramuntcho, pero debe reconocer, a través de las palabras del protagonista de la novela, Jaun, que la Historia ha hecho de los vascos reales españoles o franceses, contagiados aquéllos de la altivez castellana y éstos de la vanidad gala.

Las identidades son productos de la Historia, no de la Naturaleza. La vasca es muy reciente, una invención literaria del siglo XIX que hizo fortuna, y que además fue forjada por escritores que ninguna duda tenían de su condición de españoles. Oponer la identidad vasca o catalana a la española constituye, sencillamente, un desatino ridículo. Los antepasados de los catalanes, si hemos de creer al Gerundense, fueron los primeros en ser denominados españoles, nombre que les dieron sus anfitriones del norte cuando se refugiaban de las aceifas moras en tierras de Provenza antes de la existencia misma de Cataluña. Ninguna identidad catalana o vasca antecede a la española, ni en los pueblos ni en los individuos, por mucho que se rasquen los que sientan picor.

Las aguas del PSC
xavier pericay ABC Cataluña 28 Octubre 2012

Lo del PSC son aguas mayores -y ustedes perdonen-. Quiero decir que difícilmente un partido puede hacer agua por más partes. Ya sólo faltaba que su número uno en Bruselas y secretaria general de la Delegación Socialista Española en el Parlamento Europeo, Maria Badia, firmara, junto a otros eurodiputados catalanes, nacionalistas todos, una carta dirigida a la comisaria Reding en demanda de amparo «ante una posible acción militar en Cataluña». Semejante delirio paranoico, sólo concebible en personas enajenadas, demuestra hasta qué punto lo que era un partido más o menos centrado en las preocupaciones de los ciudadanos ha derivado en un mero apéndice del nacionalismo triunfante. Eso sí, con algún que otro ramillete izquierdista, en especial si este puede enmarcarse en alguna de las múltiples variantes de la corrección política.

Así las cosas, las elecciones del próximo 25 de noviembre van a suponer para el PSC, sin ningún género de dudas, nuevas vías de agua. Lo que ya resulta más difícil es predecir cuántas y de qué tamaño. A tenor de los resultados del socialismo español -si así puede llamársele- en las autonómicas de Galicia y el País Vasco, y a tenor de la crisis interna en la que está sumido el propio PSC -con una escisión nacionalista ya formalizada, pendiente únicamente de ser rellenada con más nombres ilustres, entre los que podría estar, por cierto, el de la eurodiputada Badia-, no cabe descartar siquiera la posibilidad de un naufragio.

Entre otras razones, porque los actuales dirigentes del partido siguen empeñados en defender, contra viento y marea, la entelequia del federalismo asimétrico y en practicar esa equidistancia cobarde consistente en equiparar a Mas y a Rajoy en el reparto de responsabilidades. Como si la solución al problema -y a su propio problema- estuviera en marcar un perfil de izquierda y no en denunciar el carácter antidemocrático, excluyente e insolidario del nacionalismo. De todo nacionalismo.

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La Cataluña rota de Aznar trae cola
Alejandro Vara www.vozpopuli.com 28 Octubre 2012

Casi una década después de haber dejado la Moncloa, las palabras de José María Aznar se escuchan, atienden y debaten como si fueran las tablas de la ley. La gauche caviar lanza sus venablos, insultos y descalificaciones por tierra mar y aire. Los escasos políticos de la oposición que aún son capaces de hilvanar tres frases con sentido, diseccionan con estiletes emponzoñados las palabras del antiguo presidente. Aznar les enciende, encabrita, irrita y hasta les hace sentir vivos. Algo que no ocurre habitualmente ni con Rajoy ni con Rubalcaba. Y no hablemos de Zapatero, levitando por los jardines de Confuncio. "Si no vas a conmocionar, lo mejor es quedarse callado", decía Tony Blair, visto, por cierto, dos semanas atrás en un famoso comedor riojano dando cuenta de un menú de estrellas y campanillas.

Lealtad y falsedad
En diez páginas lúcidas e intensas vertió Aznar su análisis y sus propuestas para afrontar la realidad de una España atribulada y en peligro. Algunos de sus planteamientos llamaron la atención por certeros o por novedosos. Por ejemplo. Que no se puede ser leal con los desleales. El nacionalismo catalán ha traicionado, por espúreos intereses electoralistas, un acuerdo democrático que había suscrito hace treinta años. El nacionalismo catalán está siendo desleal con el consenso constitucional, con la democracia y con la ley. Por tanto, no se puede llegar a ningún tipo de compromiso con quienes no los respetan, "con quienes considerarán cualquier acuerdo un mero capricho". O sea, con los tramposos, ni a heredar.

Unidad y ruptura
Lo más llamativo y comentado fue su teoría sobre la unidad de Cataluña. Aznar reiteró que "España no se va a romper" pero fue más lejos al introducir otro concepto: "España sólo podría romperse si Cataluña sufriera antes su propia ruptura como sociedad, como cultura y como tradición". Quien piense que lo que está en juego es la unidad de España, se equivoca, antes de eso, está en juego la integridad de Cataluña. O sea, justo lo contrario de lo que verseó Gallardón a los empresarios catalanes hace unas semanas.

Reforma del modelo
Su propuesta de reformar el modelo territorial que "nos permita tener un Estado más ordenado, eficiente y justo" ha desatado alguna que otra pasión. Como tantos en el PP (y fuera del PP) piensan, Aznar puso sobre la mesa la necesidad de "reconstruir desde su base" un proyecto nacional que nos devuelva al progreso.

Allí estaba Mariano Rajoy, en primera fila de la velada política de FAES. Junto a Mario Vargas Llosa, el galardonado por la Fundación. El presidente del Gobierno conocía, naturalmente, el mensaje de quien le designara su sucesor. Faltaría más. Como conocía el discurso de Alicia Sánchez Camacho, la candidata de los populares a la Generalitat quien, unas horas después, matizó, en clave catalana, la propuesta de Aznar. Sánchez Camacho, también con Mariano Rajoy como invitado, abogó por la línea más light del discurso de su partido sobre la realidad autonómica. A saber: no hay que recentralizar el Estado sino hacerlo más eficaz y acabar con las duplicidades. Más de lo mismo (que ya sabemos a dónde nos ha llevado) pero con correcciones. El supuesto mensaje que el electorado catalán quiere escuchar para no asustarse.

Alguna tormenta en el seno del PP han querido apreciar los tímpanos más sensibles ante esta sucesión de discursos antagónicos. ¿O complementarios?. Los presidentes autonómicos de Galicia y de Madrid, Alberto Núñez Feijóo e Ignacio González, respectivamente, aplaudieron el mensaje de Aznar. El aparato del Gobierno secundó el planteamiento de Sánchez Camacho. Dentro de un orden, lo previsto.

Falta un mes para la cita electoral catalana y Artur Mas pugna con los sondeos hostiles que no le conceden aún la mayoría absoluta. El listón de la credibilidad lo ha señalado él mismo. De ahí, su desesperado empeño, sus juegos militares, su estrategia del miedo, su victimismo galopante, su provocación permanente a la paciencia del Gobierno y sus soflamas delirantes para incendiar a la parroquia catalana. Conviene atender el análisis de los estrategas convergentes a lo ocurrido esta semana en Madrid. A saber: Aznar, como siempre, se ha dirigido al electorado del PP más fiel, firme, tradicional e insobornable. Sánchez Camacho, como siempre también, se acomoda al terreno, evita confrontaciones y huye del "cordón sanitario" de la caverna como de la peste.

El discurso de Aznar, se nos había anunciado, iba a traer cola. Por su solidez, su decisión, su brillantez y su claridad. Seguro que Rajoy se lo ha agradecido. Faltan cuatro semanas para el gran pulso con los falsarios usurpadores de la senyera.

Habrá otra oportunidad para tender puentes entre Madrid y Barcelona tras el 25-N
Jesús Cacho www.vozpopuli.com 28 Octubre 2012

“Digo, pues, que el problema catalán es un problema que no se puede resolver, qué solo se puede conllevar; que es un problema perpetuo, que ha sido siempre, antes de que existiese la unidad peninsular y seguirá siendo mientras España subsista; que es un problema perpetuo, y que a fuer de tal, repito, sólo se puede conllevar”. Es la cita textual –diario de sesiones- del discurso pronunciado el 13 de mayo de 1932 por José Ortega y Gasset, con motivo de la discusión en Cortes Constituyentes, presidencia de don Julián Besteiro, del Estatuto Catalán. El mismo Ortega había recordado minutos antes el eslogan, escuchado en demasía desde el advenimiento de la República, según el cual “Hay que resolver el problema catalán y hay que resolverlo de una vez para siempre, de raíz. La República fracasaría si no lograse resolver este conflicto que la monarquía no acertó a solventar”.

Más de 80 años después de aquel lance, el “problema catalán” vuelve por sus fueros con más virulencia que nunca, regresa cual Guadiana dispuesto a hacerse presente como hiciera tras la gran crisis de identidad que a finales del XIX supuso la pérdida de las colonias, como hace cada vez que España y la idea de España está bajo mínimos. Lo anunció de forma premonitoria Francisco de Asís Cambó, aquel Cambó que según Álvaro de Figueroa y Torres, primer conde de Romanones, era “el mejor político español del siglo XX”, en su ú, ltima intervención en las Cortes, año 1934, “porque no os hagáis ilusiones. Pasará este Parlamento, desaparecerán todos los partidos que están aquí representados, caerán todos los regímenes, y el hecho vivo de Cataluña subsistirá”.

Las cosas van mal. La brecha se ha ampliado, la desconfianza ha crecido, los recelos están a flor de piel, al punto de que lo más difícil ahora es hacerse entender en el fragor de los que, a uno y otro lado, elevan el ruido de sus soflamas hasta ahogar la palabra de quienes pretenden hacerse entender desde el sosiego y la reflexión. Faltan voces dispuestas a proponer argumentos, no a blandir emociones; a dar paso a la razón, no a las vísceras. Cada vez hay menos gente dispuesta a sumar, no a restar. Y, sin embargo, no son pocos los que piensan que tras el formidable ejercicio de agitación y propaganda al que estamos asistiendo de cara a la consulta del 25 de noviembre, las aguas que ahora agita con saña Artur Mas en su intento de lograr mayoría absoluta para CiU se calmarán, el suflé bajará, los ánimos se atemperarán y, antes de que el daño sea irreparable, habrá una nueva oportunidad para negociar entre Madrid y Barcelona, entre el Gobierno central y la Generalitat, entre Mariano Rajoy y Más. Cara a esa negociación, convendría que las almas templadas echaran el resto en busca de una fórmula de concordia.

La frustración de Mas radica precisamente en no estar recibiendo respuesta desde Moncloa a sus dislates
Frente a los que en Madrid reprochan al Presidente del Gobierno “eludir la confrontación” con una actitud demasiado blanda ante un Mas que “está intensificando su campaña a favor de la independencia”, parece evidente que Rajoy, tan criticado a menudo en este diario, se está comportando con el buen sentido del gobernante cuya primera obligación es no echar leña al fuego, no añadir ruido a la confusión, no alimentar la deriva demagógica del político convertido en milagrero dispuesto a prometer el oro y el moro -aumentar pensiones, rebajar impuestos- si Cataluña logra Estado propio. La frustración de Mas radica precisamente en no estar recibiendo respuesta desde Moncloa a sus dislates. Frente a las soflamas incendiarias, silencio. Frente al aventurerismo, prudencia, como ayer mismo demostró en su visita a Barcelona. Acierta, pues, Rajoy en el presente estadio de la crisis, aunque está por ver cómo se comportará si después del 25-N y en contra de la sospecha extendida en la propia Cataluña, definitivamente Mas se embarca en el viaje sin retorno del desafío a España.

Lo llamativo del caso es que “se ha embarcado en esta aventura sin ningún tipo de estrategia, sin plan alguno, sin hoja de ruta digna de tal nombre”, aseguran en Barcelona gentes con mucho seny, “simplemente improvisando, viviendo al día, y dispuesto a enfrentar los acontecimientos tal como vayan surgiendo”, lo cual indica la dimensión del disparate en que este personaje y su partido se han embarcado. “Consecuencia de esta falta de plan concreto, aquí pensamos que CiU será víctima de un ataque de pánico cuando, tras el 25-N, en la balsa que navega por los rápidos del independentismo más radical, a Mas se le escape el control de la situación en caso de no lograr la absoluta y tener que depender de ERC, como indican las encuestas”. Ese será el momento para que el nacionalismo moderado reclame una nueva negociación con el Estado, en línea con las peticiones que los empresarios formularon a Mas en una cena celebrada el miércoles en Barcelona y de la que ayer daba cuenta en este diario Miguel Alba.

Llegar a un acuerdo sobre la fiscalidad de Cataluña
En el horizonte de ese postrer regateo, convendría que el Gobierno de la nación llegara con los deberes hechos, no vaya a ser que, como ocurriera con el déficit, los acontecimientos le cojan en pelota picada. Es obligación del presidente gestionar esta crisis, porque para eso fue elegido: para cerrar heridas, no para certificar desgarros. Para buscar fórmulas de entendimiento. Parece evidente que habrá que llegar a un acuerdo sobre la fiscalidad de Cataluña, llámesele “concierto económico”, “pacto fiscal”, o como se quiera. ¿De qué forma? Como adelantaba Xavier Vidal-Folch en El País el pasado 25 de septiembre, corrigiendo la diferencia entre el déficit fiscal catalán (del 6,2% o el equivalente a unos 12.200 millones, según los cálculos más fiables) y el déficit medio, cercano al 3,85%, de regiones o entes federales ricas (Nueva Gales del Sur, en Australia; Flandes, en Bélgica, y Alberta, en Canadá) de que hay noticia. Se trataría, pues, de paliar ese diferencial que los nacionalistas consideran un agravio, sin renunciar a la solidaridad interterritorial.

A cambio, el Gobierno central debería poder reclamar una especie de “tregua” durante un periodo mínimo de 20 años, tiempo suficiente para proceder a un saneamiento integral de las estructuras económicas y a una profunda reforma de la Constitución del 78 –incluso con apertura de un proceso Constituyente-, en la que, entre otras cosas, se reconozca el hecho diferencial catalán y vasco, una realidad que el malhadado “café para todos” de Adolfo Suárez pretendió colar de matute en el Estado de las Autonomías. Solo cuando esa diferencia adquiera rango constitucional el Estado podrá pedir, exigir a cambio, el final del aventurerismo independentista, con su carga asociada de víctimismo, para integrar Cataluña de una vez por todas en un proyecto común dentro de una España moderna y democrática, un país que las elites catalanas deberían aspirar a “conquistar” y liderar.

En ese empeño de regeneración democrática se juega España su propia existencia como nación
Esas dos décadas de “tregua” no serían en absoluto un capricho. La gravedad de la crisis política, crisis de identidad, que padece el país es de tal dimensión que el futuro de España dependerá de la capacidad del sistema agotado que padecemos para evolucionar a mejor, de la voluntad de los propios españoles para convertir esta democracia sin demócratas en un régimen de libertades susceptible de romper la espina dorsal de la alianza entre elites políticas y oligarquías financieras y de hacer realidad ese país con autentica calidad de vida democrática merecedor del respeto propio y ajeno. En esa capacidad para evolucionar a mejor, en ese empeño de regeneración democrática, se juega España su propia existencia como nación, porque, a estas alturas del siglo XXI, parece una evidencia que la unidad de España no la va a poder defender ni la Guardia Civil ni los textos de una Constitución obsoleta, sino la existencia de un proyecto de futuro capaz de conformar un país moderno y democrático.

En ese proceso de regeneración, no sería baladí que los niños catalanes aprendieran a amar a España y los castellanos a amar y entender Cataluña, siguiendo las enseñanzas del gran Cambó, aquel “hombre todo un hombre” que, poseyendo, según la biografía de Jesús Pabón, los dones supremos del entendimiento y la palabra, y estando “tallado para ser un gran hombre de Gobierno”, no llegó, sin embargo, a gobernar, a hallar la coyuntura que buscó durante toda su vida: “Una de las maneras de agraviar a Cataluña es entenderla mal, es precisamente no querer entenderla” (…) “Cataluña es muchas cosas más profundamente que un pueblo mercantil; Cataluña es un pueblo profundamente sentimental” (…) “La tierra de Cataluña tiene que ser tratada desde ahora y para siempre con un amor, con una consideración, con un entendimiento que no recibió” (…) “Se mezcló con la noble defensa de la unidad de España una serie de pequeños agravios a Cataluña, una serie de exasperaciones en lo menor, que no eran otra cosa que un separatismo fomentado desde el otro lado del Ebro”.

¿Un referéndum por el “no”?
Y ¿cómo descabalgar a Mas de la aventura de ese referéndum que tan gallardamente ha emprendido? Fuentes empresariales catalanas apuntan una solución un tanto rocambolesca, según la cual la Generalitat convocaría, en efecto, la consulta, con la sorpresa de que CiU y el propio Mas pedirían el “no” a la independencia, en un ejercicio de moviola de aquel referéndum sobre la OTAN de Felipe González donde el célebre “OTAN de entrada no” terminó siendo un “sí”. Hay gente importante trabajando en esa dirección, en la seguridad de que si CiU pide el “no” el resultado de la consulta estaría decidido de antemano.

Los riesgos para Rajoy no son pocos, sobre todo con el ala más derechista de su partido. Merece la pena arriesgarse. La situación está tan embrollada, la borrasca tiene tal dimensión, que es el momento de las decisiones audaces. La crisis es también una ventana de oportunidad, pero para hacerla realidad se requieren liderazgos con sentido de Estado y políticos de altura conscientes de la importancia del momento que les ha tocado vivir. Son tiempos duros para hombres grandes. De contar con un PSOE homogéneo, este debería ser el momento adecuado para que Rajoy y Rubalcaba se encerraran un fin de semana –o el tiempo necesario- en un lugar escondido y, sin que nadie se enterara, ni siquiera el CNI, salieran de allí con un gran acuerdo global sobre el futuro de España, dispuestos a cambiar lo que menester fuere, a abrir la Constitución en canal y a ofrecer a los españoles, catalanes incluidos, un proyecto de futuro aceptable sobre la base de la libertad y la creación de riqueza. ¿Fantasía? Soñar no cuesta dinero.

OPINIÓN: CARTA DEL DIRECTOR
‘La Grande Peur’
Pedro J. Ramírez en El Mundo  28 Octubre 2012

El 25 de julio de 1789, 11 días después de la toma de la Bastilla, los habitantes del pueblecito de Montmorency, 14 kilómetros al norte de París, recibieron con gran alarma la noticia de que «varios miles de bandidos» estaban arrasando sus cultivos, saqueando las casas circundantes y «degollando incluso a cualquiera que se les opusiera». La situación parecía dramática. Merece la pena reproducir el vibrante relato publicado en el semanario Revolutions de Paris por el gran Loustalot: «Mujeres y niños llegaban con lágrimas en los ojos huyendo de la carnicería. Se dan las órdenes. La milicia burguesa se precipita hacia la llanura. Se arrastra el cañón. Llegan al fin a marchas forzadas. La alarma era general, el tocsín sonaba en todas las parroquias. ¿Y bien? ¡Quién lo hubiera creído? No había ni enemigos ni bandidos… Unas mujeres habían visto moverse a lo lejos a algunos segadores y una de ellas había imaginado que eran bandidos».

Tres días después las campanas tocan a rebato en Angulema, una población de tamaño medio del suroeste de Francia. Pronto circula la noticia de que se acerca «un ejército de 15.000 bandidos» y la ciudad se pone en pie de guerra. Comienzan a acudir hombres armados de los alrededores. Desde las murallas de la ciudad se divisa una enorme nube de polvo que parece anunciar a los agresores. Resulta que es la diligencia que cruza rauda hacia Burdeos. Pero el pánico no se disipa a igual velocidad que el polvo. Si los malhechores no dan señales de vida es porque están escondidos, esperando su momento. Partidas de vecinos armados organizan pronto frenéticas operaciones de búsqueda en las inmediaciones.

En cuestión de una semana el Gran Miedo, la Grande Peur, se extiende por buena parte de Francia y ya que no aparecen los «bandidos», surge en cambio una explicación: se trata de un «complot aristocrático» destinado a vengar la sublevación popular en París y a poner coto a las leyes anti señoriales que prepara la Asamblea Constituyente. De la noche a la mañana los campesinos, duramente castigados por una mala cosecha dentro de un ciclo de penuria en una Francia en ruina, toman conciencia de que pertenecen al Tercer Estado y se organizan para defenderse. Al fantasma de las bandas de ladrones sucede el de los mercenarios extranjeros. Unos dicen haber visto piamonteses, otros austriacos o, lo peor de lo peor, españoles. «Contra estos pululantes fantasmas de la imaginación sobrexcitada ningún razonamiento, ninguna experiencia es eficaz», explica un desazonado Taine.

La dinámica revolucionaria se ha puesto en marcha y ya no habrá quien la pare. Puesto que los efectos del complot aristocrático no aparecen por ninguna parte, se pasa a la fase de atacar sus causas. «El miedo designa a un adversario, el señor responsable de todos los males pasados y presentes», explica el historiador Jacques Revel. Los señores nos roban, los señores nos matan. «El miedo termina de soldar la coalición antiseñorial con las respuestas que los rurales inventan frente al peligro».

Los campesinos armados pasan a la ofensiva contra los símbolos de la opresión. Comienzan así los asaltos a los castillos, las quemas de títulos de propiedad y registros parroquiales, los saqueos de silos y graneros, los asesinatos de los nobles y sus empleados de confianza. Y todo ello con la frecuente complicidad de las nuevas autoridades locales. Nada estimula tanto al «coloso ciego» de la revuelta como la sensación de estar aplicando un «derecho natural» de origen roussoniano frente a una legalidad injusta. «Es la guerra de la multitud brutal y salvaje contra la élite cultivada que ni esperaba nada parecido ni estaba preparada para defenderse», concluye Taine con fatalismo.

Hasta que Georges Lefebvre publicó en 1932 un ensayo que bien puede describirse como el «estudio epidemiológico» de la Grande Peur, lo ocurrido en el verano de 1789 había sido uno de los tabúes en el estudio de la Revolución, tal vez por su disonancia con la tesis dominante de que fue un proceso idealista y en líneas generales ejemplar, sólo truncado cuatro años después por el Terror. No sin cierto cinismo de parte, el socialista Jean Jaurès había descrito aquel vendaval de pánico en la Francia profunda como «una estratagema más ingeniosa que culpable». Y aún hoy el citado Jacques Revel -nada que ver con el gran filósofo liberal- sostiene, en el diccionario canónico del bicentenario, que «poco importa que un conjunto de falsas noticias haya contribuido a unificar los comportamientos a través del Reino, en la medida en que eran plausibles y permitían comprender una situación de la que no se había tomado conciencia hasta entonces». De hecho para él estamos ni más ni menos que ante «las vías del aprendizaje de la política en los primeros tiempos de la Revolución».

Por algo advirtió Roosevelt -y Rajoy lo mencionó en su estupendo discurso de ayer – que sólo se debe «tener miedo del miedo mismo». Por algo la prioridad de Artur Mas desde el mismo día en que sufrió la intolerable afrenta de tener que escuchar palabras tan ofensivas e implacables como «creo que Cataluña no está tan maltratada como decís», ha sido cebar la bomba del miedo. Los días pares con la excusa de fingir conjurarlo: «No tengáis miedo, normalmente estos procesos salen bien…». Los impares con el expreso propósito de corporeizarlo: «No les temblará el pulso para impedir que Cataluña se salga con sus proyectos y su sueño».

Con una mezcla de irresponsabilidad y vileza sin precedentes el presidente de la Generalitat trata de presentar a la España constitucional como un tirano decrépito dispuesto a ejercer sus peores derechos de pernada contra la doncella catalana que osa querer emanciparse. Del «España nos roba» se trata de pasar al «España nos viola» e incluso al «España nos mata». Tan verdad es por cierto esto como aquello; pero así es también el «aprendizaje de la política» en la Cataluña separatista.

Las minorías más radicalizadas pueden poner el estrambote, pero es el propio gobierno catalán quien con más ahínco estimula ya la paranoia. Por dos veces el conseller de Interior Felip Puig ha instado a los Mossos de Esquadra a decantarse por una imaginaria «legalidad democrática» -el estado de naturaleza de las libertades catalanas- contrapuesta a la «legalidad jurídica». Y les ha pedido que, cuando llegue la hora, desplieguen sus armas al «servicio del país», como si se tratara de jugar el partido de vuelta de 1934. Nadie le ha ni siquiera reconvenido. Y lo más inaudito de la atrabiliaria carta de los eurodiputados catalanes pidiendo a la UE protección frente a una «posible intervención militar» española no es que entre sus firmantes figure alguien que concurrió a las elecciones en la lista del PSOE -en definitiva eso revela la devastadora implosión del partido de Rubalcaba- sino que el portavoz de la Generalitat tildara la iniciativa de «muy sensata». He ahí el nacionalismo orwelliano: la guerra es la paz; el odio, el amor; y lo demencial, lo «sensato».

Cuando alguien está inmerso en un proyecto de dislocación revolucionaria ninguna mentira o exageración resultan demasiado obscenas. Por eso se traspasan tantas veces las fronteras entre lo grandioso y lo ridículo. Vistas desde fuera, las alarmas difundidas por La Vanguardia acerca del «sobrevuelo de cazas en territorio catalán» pueden parecer dignas del manicomio, cuando no de la guerra de Gila, pero no es difícil imaginar su efecto en una sociedad a la que todos los días se le repite que tiene un enemigo exterior. ¿Acaso no les ha hecho reír a ustedes que los bandoleros de Montmorency resultaran ser simples segadores y que la nube de polvo que acompañaba a los «15.000 bandidos» que se cernían sobre Angulema fuera la de la diligencia de Burdeos? Pero los castillos ardieron, vaya que si ardieron.

Desde julio del 32 nunca nadie había afrontado en Europa una elección utilizando de forma tan descarnada el odio y el miedo. Apelar a los peores sentimientos tribales suele dar buenos resultados cuando la población ve mermar su bienestar y busca respuestas esquemáticas a problemas complejos. «Designe» usted a un «responsable de todos los males» de forma «plausible» y, en efecto, enseguida se «unificarán los comportamientos»: cuantos asistan al estadio formarán una única e inmensa bandera, hasta el Espanyol se prestará a la cruzada antiespañola -no vaya a ser que alguien le coloque una estrella amarilla en el uniforme- y las urnas se llenarán de votos convergentes. «Si no eres independentista es que eres un mal patriota», me explicaba el otro día, frustrado, un líder del PSC.

Pobre Cataluña. Repito que la Historia ya nos ha mostrado todo esto. No en balde Vargas Llosa definió el miércoles al nacionalismo como «cultura de los incultos» y refugio de «nostálgicos del fascismo y el comunismo». Se trata, como dice Boadella, de «un estado paranoico que da una especie de energía a la sociedad». Para montar ese tigre sólo hace falta carecer de escrúpulos y estar dispuesto a huir hacia delante al coste que sea.

Los más ingenuos creen que todo se reduce a una jugada electoral y que una vez que Mas se asegure otros cuatro años en el poder el soufflé ira desinflándose gradualmente. Pero esto jamás ha sucedido así. Es probable que Mas sea un gran farsante pero quien espolea el tigre de la revolución pierde siempre su control. Tendrá que optar entre ser devorado por el monstruo que ha alimentado o dejarse arrastrar por una deriva cada vez más enloquecida.

Es en este sentido en el que acierta de pleno Aznar cuando advierte que así como la destrucción de España es poco menos que inverosímil, y no porque tengamos tanques y una Constitución con todos sus artículos sino porque existen los tratados de la Unión Europea, bien podría producirse la destrucción de Cataluña como espacio de convivencia y pluralismo. Giscard me preguntó el martes almorzando en Madrid qué haría Cataluña fuera del euro y de la propia UE. «Ellos creen que podrán conseguir que cambien las reglas», le expliqué. «¡Ah, no saben lo que es Europa! Necesitarían 10 años sólo para que Europa se lo planteara», me contestó.

Esa es la realidad. Mas y sus corifeos están engañando a los catalanes al ocultarles que los muros de la legalidad española y europea son infranqueables para un proyecto de secesión unilateral porque nadie reconoce a Cataluña como sujeto de soberanía y ese derecho no se adquiere en una votación sea cual sea su resultado. La frustración que generará descubrirlo sólo podrá ser acallada estimulando aun más la escalada del miedo y el odio a través de un enfrentamiento entre los catalanes partidarios de llevar el desafío hasta las últimas consecuencias y de aquellos que se aferren a sus derechos constitucionales.

Pere Navarro ha tenido la lucidez de equiparar el radicalismo de Mas con el de Bildu. La claridad con que se expresa el líder del PSC respecto al «ego mesiánico» de su rival está siendo, de hecho, la única buena noticia de la precampaña. Pero quién nos iba a decir que la famosa espiral «acción-reacción», a través de la que siempre pretendió activar ETA las «contradicciones internas» de la democracia española, terminaría convirtiéndose en la hoja de ruta que, con medios muy diferentes pero fines simétricos, adoptara el partido que representa los intereses de la autosatisfecha burguesía catalana.

La Xunta pretende convertir por ley a 6.000 empleados laborales fijos en funcionarios
El Gobierno gallego se propone llevar al Parlamento la nueva Ley de Función Pública antes de que finalice 2014 . La Asesoría Jurídica de la Xunta todavía estudia la legalidad de este cambio
REDACCIÓN| A CORUÑA La Opinión 28 Octubre 2012

Después de la rebaja salarial aplicada a los funcionarios por el Gobierno de Zapatero y los recortes impuestos este año por la Xunta en materia de función pública -desde la disminución de las pagas por baja laboral hasta la reducción de los días moscosos- llegó la supresión de la extra de Navidad anunciada por Mariano Rajoy el pasado mes de julio. Pero el cerco del Gobierno a los empleados públicos no acaba ahí. El Ejecutivo central aprobó este viertes un real decreto por el que da vía libre a las administraciones públicas para prescindir de personal laboral fijo.

En Galicia, la Xunta ya no pedirá a los empleados públicos que se aprieten más el cinturón. Ante el cúmulo de recortes que han tenido que soportar en los últimos años, el Gobierno de Feijóo se propone compensarlos. "Ya no les podemos pedir más a los empleados públicos". Estas declaraciones hechas hace tres meses por el presidente del Ejecutivo autonómico, Alberto Núñez Feijóo, se materializarán en una nueva Ley de Función Pública con la que pretende convertir en funcionarios a seis mil empleados laborales fijos de la Xunta. En estos momentos, la asesoría jurídica del Gobierno gallego evalúa las posibilidades legales de acometer el cambio. El calendario que maneja Feijóo, a la espera del informe jurídico, fija el ecuador de la legislatura -octubre de 2014- como fecha tope para llevar la ley al Parlamento.

Sin oposición
"Queremos darles estabilidad, pues les hemos pedido un esfuerzo y me gustaría que al menos la fijeza en su puesto de trabajo sea amparada por ley", asegura Feijóo en una entrevista en un diario de Editorial Prensa Ibérica, grupo al que pertenece LA OPINIÓN. "Espero que la asesoría jurídica -añade- no advierta visos de ilegalidad". Estos 6.000 nuevos funcionarios no tendrían que pasar por una nueva oposición, ya que, según argumenta Feijóo, ya pasaron por una prueba para ser personal laboral fijo. "Ahora queremos pasarlo a la condición de funcionario, que es una figura protegida por la Constitución. Creemos que legalmente es posible", zanja el jefe del Ejecutivo gallego.

El cambio en materia de función pública que se propone acometer el Gobierno de Feijóo contrasta con los nuevo recortes que promoverá el Ministerio de Hacienda en las administraciones públicas. A pesar de que el Gobierno central fijó la tasa de reposición en cero de forma general para 2012, el número de funcionarios no deja de crecer -actualmente suman en el país un total de 2.685.837 empleados, según apuntó este mismo mes el secretario de Estado de Administraciones Públicas, Antonio Beteta-. Tan solo dos semanas después de que el número dos de Hacienda alertase del exceso de empleados públicos, el Gobierno aprobó un real decreto por el que autoriza a las administraciones el despido de personal fijo por causas económicas. En concreto, los despidos deben ser superiores a diez personas cuando la administración tenga menos de 100 empleados. Las consellerías o diputaciones con más de 100 podrán prescindir de golpe de más del 10% de su plantilla.

El Gobierno dedica en el borrador de la norma un artículo para especificar qué empleados públicos y cuáles no tendrá que figurar primero en la lista de salida en caso de despido colectivo.

"Tendrán prioridad de permanencia en el ente, organismo o entidad pública afectados por el procedimiento de despido, el personal laboral fijo que hubiera adquirido esta condición a través de un procedimiento selectivo de ingreso convocado al efecto". Esto es, cuando hayan aprobado unas oposiciones. Pero no necesariamente. Si un ministerio, concello o diputación así lo deciden, los empleados fijos con las pruebas superadas podrán ser despedidos antes que los compañeros que no se sometieron a ellas.

La asfixia de las cuentas ha llevado a todas las administraciones a meter la tijera en los presupuestos. Buena parte de ese recorte afecta al gasto de personal, hasta tal punto que en el caso de Galicia las bajas se cubren tan solo cuando resulta imprescindible. Esto, unido a la congelación de las oposiciones, mermó en 2011 en casi 1.600 personas la plantilla vinculada a la Xunta. Una reducción próxima al 3% que deja el volumen total de empleados en San Caetano en apenas 88.000 al cierre del pasado ejercicio.

Con la aportación del personal del resto de administraciones, el total de trabajadores públicos en la comunidad asciende a 154.000, lo que equivale a un efectivo por cada 18 habitantes.

El dato coloca a Galicia por encima de la media nacional en proporción al número de funcionarios y laborales en la administración en función de la población. En Cataluña, hay un trabajador en el sector público por cada 24,6 vecinos. La ratio de Comunidad Valenciana está en 22,3; 19,4 en País Vasco; 18,9 en La Rioja y 18,6 en Baleares y Navarra. Asturias y Cantabria registran un empleado público por cada 17,7 y 17,6 habitantes, respectivamente.

Recortes
El replanteamiento de las cuentas por el impacto de la crisis acabó con la tendencia de engordar el capítulo de nóminas. 10.000 más en Galicia entre 2005 y 2010. La opción de trabajar hasta dos días a la semana desde casa es una de las medidas puestas en marcha por la Xunta para mejorar la flexibilidad de sus empleados.

Con mejor acogida que las puestas en marcha este año para ahorrar 80 millones este año y el que viene. Las polémicas medidas incluyen la reducción del complemento por baja laboral, la disminución de los días de libre disposición y la posibilidad de dejar la jornada de los interinos y el personal laboral temporal con un tercio menos de horario. Además, la cobertura de bajas con nuevos contratos está prácticamente paralizada, con excepciones para centros de enseñanza y sociales, hospitales y ambulatorios, emergencias y lucha contra incendios.

Kutxabank se alinea con la política ecotalibán de Bildu
EIG. Redacción. San Sebastián. 2 28 Octubre 2012

Hace ya algunos meses, la Caja Gipuzkoa San Sebastián, Kutxa, hoy Kutxabank, puso en marcha dentro de su obra social, y como un claro guiño a las exigencias ecotalibanes de Bildu, el programa Ekogunea que, entre otras cuestiones, ha profundizado en temas tan queridos para la izquierda patriótica de Euskadi como la soberanía alimentaria, la moneda local vasca de Iparralde, la autonomía energética o la recogida de basuras "puerta a puerta".

Ahora, Kutxabank, bajo el liderazgo de ese apologeta de Iñigo Urkullu y aparentemente gran conocedor del mundo de la prostitución femenina que es Mario Fernández ("Salvo un norteamericano que quiere montar una especie de casa de putas - Eurovegas - cerca de Madrid, nadie va a crear 2.500 puestos de trabajo en un día"), ha decidido apoyar a Ekogunea para que esta entidad siga desbarrando y despilfarrando recursos económicos en su acercamiento al mundo tribal, irracional y antiprogreso que tanto gusta a las huestes de Laura Mintegi. Así, Kutxa Ekogunea ha dado comienzo a su proyecto de "Red de Parques de Huertos urbanos", que el ínclito Juan Karlos Izagirre (Bildu) también quiere implantar en San Sebastián, con el fin de impulsar "los hábitos de alimentación sostenible en un total de 16 municipios guipuzcoanos".

Curiosamente, las primeras localidades donde se impulsará esta iniciativa, que pretende "sensibilizar y dinamizar la cultura de la sostenibilidad y el respeto medioambiental, vinculado a la realidad social, cultural y económica del territorio guipuzcoano", son Lezo y Usúrbil, dos ayuntamientos en manos de Bildu líderes en extender la basura en su terreno municipal a través del "puerta a puerta".

Ekogunea es, además, una nueva zona de ocio y de “aprendizaje medioambiental” que se está poniendo en marcha en la localidad guipuzcoana de Hernani. Este centro de interpretación ecológico tendrá una extensión de 24,9 hectáreas y, “casualmente", se dedicará a impulsar proyectos que las instituciones gobernadas por Bildu, especialmente los ayuntamientos, también mantienen vigentes en los territorios que controlan: campañas de reutilización de envases en las pescaderías y carnicerías, programas de “residuos cero”, acciones de reciclaje de aceite integral, promoción de menús ecológicos y “locales” en los centros escolares, entre otros muchos.

Ekogunea está dirigido por Mikel Insausti Muguruza (Hernani, 1972), un licenciado en Economía Internacional que en 1995 fue condenado por insumisión y que hace un tiempo no dudó en mostrar su apoyo a los varios detenidos y encausados, dentro del macrosumario 18/98, por su pertenencia a la Fundación Joxemi Zumalabe, entidad que, según el juez Garzón, se encontraba encuadrada dentro del “complejo ETA-KAS-EKIN” y que era la responsable de gestionar la trama de desobediencia civil diseñada por esta organización terrorista.




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