AGLI Recortes de Prensa  Domingo 11  Noviembre 2012

Rajoy desconcertado y suicidio en Baracaldo
Pablo Sebastián www.republica.com 11 Noviembre 2012

La puñalada traidora que la Cataluña de Artur Mas ha asestado a este país hundido en la crisis está poniendo en la peor evidencia la debilidad y el desconcierto de Rajoy y su Gobierno. Un presidente ausente que llega tarde a muchos de los problemas (como el de los desahucios de infames hipotecas) y que ha sido incapaz de haber frenado en seco -al primer pronunciamiento de Mas contra le ley y la Constitución desde la presidencia de la Generalitat- el desafío catalán poniendo firmes a los representantes del Estado en Cataluña y de paso a quienes desde el poder económico y financiero catalán -los que viven de España y del Estado- están fomentando semejante locura y financiando la independencia catalana con el dinero español.

¿Dónde está Rajoy? El presidente no aparece, ahora se asoma a la campaña electoral de Cataluña pero no da la cara cuando debe y su ausencia ni la cubre ni la ocupa la vicepresidenta Sáenz de Santamaría, rodeada de aprendices como ella, y dando claras muestras de agotamiento, de no poder con el cargo. Y el vacío de la dirección política del país se completa con unos extraños juegos malabares sobre las imposibles cuentas del Estado y las idas y venidas del presidente sobre los rescates de la UE, inútilmente aplazados por el Ejecutivo que solo piensa en evitar su fracaso y el desdoro del presidente Rajoy, mientras los problemas de los ciudadanos crecen y la banca -que aún no ha recibido un euro de la UE- no ofrece crédito a las empresas y se dedica a infames desahucios de familias desesperadas donde ya se han registrado varias muertes por suicidio mientras muchos de estos banqueros ladrones de preferentes y despilfarradores, y los políticos que los acompañaron en sus rumbosas y usureras Cajas de Ahorro, no son perseguidos como se debiera por la fiscalía del Estado o se dedican -como ocurre ahora en Cataluña- a financiar la ruptura del Estado, el mayor disparate nacional ante las mismas narices de Gobierno de España.

El socorrido argumento de Rajoy de que el “sistema financiero” es como el “sistema circulatorio” del cuerpo humano y que sin él no podríamos sobrevivir es falsa y no sirve. Porque existen otras alternativas –incluido el regreso a la peseta y el cierre de entidades arruinadas- y porque muchos de esos “imprescindibles” gestores del sistema financiero son en bastantes casos culpables de lo ocurrido, están fuera de la ley, y siguen ahí impasibles. Y porque lo que no se puede consentir es que las personas víctimas de la crisis y de los despilfarros y locuras de algunos de estos protagonistas de la política y la sociedad civil, vivan en la miseria, estén desesperados y pierdan sus casas e incluso su vida, como acaba de ocurrir con Amaia Egaña en Barcaldo.

Los imposibles objetivos de déficit que exigen Ángela Merkel y la UE a España no puede estar por encima de todo y nunca por encima de la ciudadanía como está ocurriendo en nuestro páis, máxime cuando esas políticas han fracasado y metido a Europa en recesión y empiezan a dañar a Alemania, como lo ha subrayado Draghi desde el BCE.

Pero este Presidente que no comparece en el Parlamento ni en los medios (solo en los afines al PP) y no habla ni pacta con nadie, ni con la oposición, ni con los sindicatos, y que no ejerce la autoridad ni siquiera en su propio partido –como ahora ocurre con la Comunidad de Madrid-, solo busca ganar tiempo y evitar problemas a los que tiene que enfrentarse de una vez. Este Rajoy debe reaccionar, provocar una reforma de su Gobierno y dar un vuelco a sus maneras de gobernar de espaldas a los ciudadanos una vez que su discurso de la austeridad ha fracasado, aquí y en la UE. O por lo menos debe poner a los ciudadanos en el primer nivel de sus prioridades en vez de decir que vamos por el buen camino y que todo lo hace por el bien de los demás.

Rajoy tiene que hacer frente, con todas las de la ley, a la locura de la Cataluña de Artur Mas y sus cómplices del poder económico y financiero catalán, que es el lugar donde está el punto débil de semejante disparate y la cara oculta de esta gran mentira del victimismo de Cataluña y de los insultos a España a la que han llamado “ladrona”. Los mismos que utilizan los fondos del Estado y de los consumidores españoles para financiar la independencia. Pero este presidente no parece en condiciones de afrontar semejante desafío, ni parece haberse ha enterado de lo que ocurre en Cataluña, ni de lo que va a pasar a partir del día 25 de la jornada electoral.

Quizás lo mas grave de lo que está ocurriendo en España es que el presidente Rajoy y su Gobierno no están a la altura de las circunstancias, que en los primeros rangos de su Ejecutivo no hay talento ni experiencia y carecen de un “estado mayor” con capacidad de análisis, de ver la gravedad de la situación y de proponer soluciones de alcance. Y qué decir de la política demencial de propaganda a favor del PP en vez una de una política seria y eficaz de comunicación al servicio del Estado y no del presidente, sus ministros y su partido.

¿A que espera Rajoy para reformar el Gobierno que no funciona y que ve “brotes verdes”, victima de las alucinaciones que sufre? ¿A que espera para buscar un pacto urgente con el PSOE, por agotado que esté o cínico que parezca Rubalcaba con quien todavía no ha hablado del problema catalán? Y por qué no busca lugares de encuentro con los sindicatos y los poderes económicos y financieros. Pero ¿no se da cuenta Rajoy que desde que llegó al poder España está mucho peor de como la encontró, por pésima que fuera la herencia de Zapatero?

Sin embargo para subir los impuestos por doquier, y tomar duras medidas de ajuste a las clases medias y las más desfavorecidas y reducir costes sociales en Educación y Sanidad (y ya veremos que pasa con las pensiones), para eso y adular a Merkel siempre está presto y decidido Rajoy y no le tiembla el pulso. Pero si llega Artur Mas a su despacho, pone los pies sobre la mesa presidencial y amenaza y chantajea al presidente del Gobierno de España, entonces Rajoy se bloquea y no es capaz de reaccionar y lo luego nos lo cuenta con un mes de retraso haciéndose la víctima, él que es el mismísimo dueño y jefe de la autoridad nacional.

Lo que está pasando en Cataluña es muy grave y lo ocurrido en Baracaldo no es un caso más sino otro dramático episodio del tenso momento español. Y una mecha encendida que conduce al polvorín de una revuelta social. ¿Acaso no lo ven en Moncloa? Pues pronto se enterarán.

El Sistema
Alfonso Ussía La Razón 11 Noviembre 2012

El Sistema falla, no por el Sistema, sino por la deleznable falta de responsabilidad y honestidad de sus administradores.

El Sistema falla porque la demoledora presión impositiva recae sobre los trabajadores, los que mantienen con su trabajo a los que lo han perdido, pero permite a los poderosos, a los rentistas, a los vagos millonarios y a los especuladores rehuir sus obligaciones fiscales con una permisividad asombrosa.

El Sistema falla porque un notable porcentaje de políticos se ha enriquecido, con especial recochineo en los palacios autonómicos y los arruinados ayuntamientos.

El Sistema falla porque en España, que se exige un examen especial para hacerse socio de una biblioteca, no se le exige nada a un concejal, un alcalde, un ministro, un presidente autonómico o al propio presidente del Gobierno. No puede triunfar un Sistema donde los gobernantes han sido, si no analfabetos, sí ignaros, desnutridos de lecturas, en ocasiones ágrafos y con frecuencia, incultos.

El Sistema falla porque unos pocos se han llevado lo de todos, con negocios amparados por el Poder Político, vaciando las arcas del Tesoro.

El Sistema falla porque las izquierdas en España son aún más avariciosas en la acumulación del dinero que las derechas, procurando un desmoronamiento moral y ético perfectamente descriptible.

El Sistema falla porque el político que se despide o es despedido por la voluntad del pueblo, siempre encuentra un sillón en el Consejo de Administración de un banco o una multinacional, mientras que el parado se va a su casa si no se la quitan por un retraso en el pago de la hipoteca.

El Sistema falla porque la honradez en España es un defecto, la humildad un error y la honestidad una grave imprudencia.

El Sistema falla porque, desde la era de los pelotazos elogiados por Solchaga, se han producido tantos pelotazos en España que no puede quedar dinero para los que se dedican a trabajar normalmente un día sí y el otro también. Por la devastadora ambición de quienes tenían y de los que no habían tenido y le tomaron –natural–, el gusto a contar los billetes.

El Sistema falla porque nadie se atreve a suprimir las subvenciones que pagan los contribuyentes a chorradas inadmisibles. Falla porque los sindicatos no representan a nadie y están inmersos en la gran mancha de la corrupción. Falla el sistema porque en los reductos autonómicos, los poderes dominan, mantienen y pagan a los medios de comunicación para que informen sesgadamente a la ciudadanía.

El Sistema falla porque nadie se atreve a decir la verdad, su verdad, porque el Poder impone sus condiciones de silencio.

El Sistema falla porque la Justicia está politizada y dividida en grupos y asociaciones sostenidas por ideologías, no por las leyes.

El Sistema falla porque los que pueden hablar se callan y los que no pueden se limitan a decir tonterías establecidas por el oportunismo, el rencor o la envidia.

El Sistema falla porque después de más de quinientos años de unión, los españoles no hemos sabido ser, ante todo, españoles, dejando las diferencias en el segundo plano de nuestras opciones.

El Sistema falla porque los partidos políticos no son contundentes con la corrupción de sus propios sujetos y renuncian a las medidas ejemplares y ejemplarizantes.

El Sistema falla porque no escandaliza a la Izquierda que un individuo gane trece millones de euros al año y despida a un tercio de los trabajadores de la empresa que preside «porque ya no podemos seguir viviendo tan bien como antes».

El Sistema falla porque se ha esquilmado, robado y abusado de esa ciudadanía con la que sólo se cuenta a la hora de conseguir su voto.

El Sistema falla, porque organizaciones e instituciones admirables y honestas, que lo dan todo por España por la vocación de servirla, son sistemáticamente empobrecidas y maltratadas por los poderes, la mentira y la demagogia. Porque hemos renunciado a los principios y los valores, de unos y de otros.

El Sistema ha naufragado por culpa del único valor admirado: el dinero.

Cataluña bajo el volcán
Roberto L. Blanco Valdés La Voz 11 Noviembre 2012

S i nada logra impedirlo, el sectario delirio territorial del nacionalismo catalán -que ha encontrado su mejor cómplice en la ambigua cobardía de un PSC que lo acompaña, insensato, hacia el abismo-, convertirá las elecciones del 25 de noviembre en un plebiscito en toda regla sobre la convocatoria de un referendo de autodeterminación.

Ello permitirá a CiU burlar de un modo fraudulento uno de los objetivos primordiales que toda elección democrática debe perseguir -poner a debate la responsabilidad de quien gobierna-, pero provocará, sobre todo, un efecto de imprevisibles consecuencias para todos: que, de la noche a la mañana, podríamos encontrarnos ante la más grave crisis producida en España desde la aprobación de la Constitución. Uno destapa la caja de los truenos y después, aunque quiera (y todo indica que CiU no quiere) ya no es capaz de controlar la tempestad que su irresponsabilidad ha desatado.

El mismo día que los revolucionarios tomaron al asalto la Bastilla, el rey Luis XVI escribió «rien» (nada) en sus diarios. Aunque cueste creerlo, la inconsciencia de un gobernante ante la situación que le rodea puede llegar a ser de esa envergadura. El rey, que perdería finalmente su cabeza, estaba convencido de que nada pasaba en su país cuando su país estaba a punto de iniciar la segunda gran revolución del siglo XVIII.

CiU, Esquerra y los comunistas catalanes, borrachos de patriotismo, y el PSC, incapaz de ejercer el derecho a resistir y a «ser impopular» al que se refería el gran filósofo Isaiah Berlin, no quieren plantearse el descalabro descomunal que en la convivencia entre España y Cataluña y entre los propios catalanes va a suponer ese referendo que exigen con una irresponsabilidad escalofriante, como si desconocieran el dolor monumental, individual y colectivo, que la independencia podría suponer para millones de personas.

Dejando de lado la ruptura de un Estado que lleva existiendo varios siglos, lo que es mucho dejar de lado, ciertamente, la independencia sometería a cientos de miles -quizá millones de personas- al insoportable dilema de seguir viviendo en un Estado que ya no será el suyo o asumir el coste, inmenso en todos los sentidos, de un traslado. Cataluña, desde donde se produciría, sin duda, un éxodo masivo, se convertirá, que nadie lo dude, no solo en una fuente de grandes preocupaciones, sino también en una vergüenza para Europa.

Cataluña vive hoy, por eso, bajo un auténtico volcán, que podría entrar en erupción el día 25, pero muy pocos parecen allí querer enterarse del peligro en el que están. El riesgo es que solo lleguen a apreciarlo de verdad cuando sea ya tarde de más: es decir, cuando la lava de una locura independentista desatada lo invada todo y no queden ya más títeres con cabeza que los del nacionalismo.

Dimisiones
JON JUARISTI ABC  11 Noviembre 2012

ASISTÍ, el jueves pasado, a la investidura de Sir John Elliot como Doctor Honoris Causa por la Universidad de Alcalá. Mientras el ilustre hispanista pronunciaba su lección magistral desde la cátedra del Paraninfo, recordé otra que le oí, hace quince años, en la inauguración del Centro Rey Juan Carlos de New York University. Decía entonces Elliot que, a pesar del ascenso de los nacionalismos en la Transición, España no ha dejado de ser percibida desde el exterior como una nación homogénea.

En la última década del pasado siglo parecía culminar, en cierto sentido, un proceso integrador que había arrancado de las Cortes de Cádiz, a través del cual la metrópoli de un viejo imperio cuya disolución se iniciaba por entonces se iba a transformar en una nación moderna. El recorrido no fue fácil. La construcción del Estado liberal fue interrumpida por períodos de caos político, guerras civiles, pronunciamientos y dictaduras. Pero en los años noventa, aunque el terrorismo de ETA siguiera golpeando sin tregua y proliferaran los escándalos políticos, dominaba la convicción de que la sociedad española había alcanzado unos niveles de cohesión y prosperidad ni siquiera imaginables en los tiempos del franquismo tardío. Los fastos de 1992, tan criticados posteriormente, contaron sin embargo con un amplísimo respaldo cívico, porque se entendía que la nación democrática tenía el derecho de celebrar sus logros y además lo necesitaba. La Feria Internacional de Sevilla o la Olimpiada de Barcelona suscitaron un entusiasmo verdaderamente nacional. Los diagnósticos de los historiadores eran asimismo optimistas. Enric Ucelay da Cal, por ejemplo, afirmaba que Cataluña se había españolizado mucho más profundamente en el período reciente de libertad y autonomía que en toda su historia anterior (pienso que lo mismo se podría decir de todo el resto de España, incluido el País Vasco). A la altura de 1998 constatábamos que los programas regeneracionistas del fin de siglo anterior habían sido rebasados con creces y que el «problema de España» que afligía a nuestros abuelos se había convertido en una antigualla. Ni siquiera los políticos invocaban la memoria de la guerra civil para desacreditar a sus adversarios.

Indudablemente, los nacionalismos gobernantes en el País Vasco y Cataluña no habían renunciado a sus programas máximos ni estaban dispuestos a plegarse a un cierre del proceso autonómico, pero, por lo que fuera, por prudencia u oportunismo, contenían aún sus impulsos naturales. Sus pretensiones hegemónicas -plasmadas en políticas lingüísticas y retóricas guerras de símbolos- incordiaban y ofendían, como es lógico, a los no nacionalistas. Pero en Cataluña, el pujolismo se manifestaba aún como catalanismo y no como nacionalismo, en el sentido que daba Pla a dichos términos, y debe reconocerse que CiU había conseguido encauzar las energías sociales apartándolas de la anarquía destructiva que caracterizó la vida catalana en épocas no tan remotas.

El panorama ha cambiado totalmente, y en ello han influido, por supuesto, la crisis económica y el advenimiento de generaciones que no conocieron a Moisés, pero la radicalización secesionista del catalanismo resultaría inexplicable sin el efecto deletéreo que tuvo en CiU la política del tripartito. En tiempos de tribulación, el catalanismo conservador siempre ha demostrado carecer de un concepto propio de orden, y si en 1936 buscó el amparo de la sublevación militar, ha optado ahora por sumarse a la subversión nacionalista. La tragedia de Cataluña reside en las recurrentes dimisiones de sus clases rectoras, acobardadas ante cualquier manifestación de la rauxa plebeya. En las horas duras, nunca están en su sitio.

Donde Mas nos duele
Fernando García de Cortázar ABC  11 Noviembre 2012

SIEMPRE me ha molestado la impertinencia que confunde la sobriedad de los catalanes con una falta de sentido del humor, con una ausencia de cordialidad o con un lastre de arrogancia. Por el contrario, he apreciado esa forma de tomarse en serio a uno mismo que se basa en la prudencia para huir de la exageración, y que nunca confunde la ponderación con la indiferencia ni la exaltación con la autenticidad. Me temo que las cosas han cambiado, y que la más grave responsabilidad que habrán de asumir los dirigentes nacionalistas catalanes será, paradójicamente, haber traicionado la consistencia envidiable de un carácter. Porque, frente a determinadas maneras de comprender la sociedad, cuyo violento patetismo ha dejado huellas indelebles en nuestra historia, las virtudes cívicas de los catalanes siempre habían huido de la combustión sentimental en que se ha convertido la atmósfera de las elecciones del 25 de noviembre.

Al catalán le distinguía una mezcla de serenidad y fina ironía indispensables para mantener una distancia de seguridad ante los problemas, que nos permite resolverlos en lugar de reducirnos a la condición de meros portavoces. Se trataba de una ejemplar manera de vivir, de una relación austera con la realidad a la que disgustaban las frases ampulosas y el estrépito de las consignas. No era un asunto de buenos modales, sino una simple cuestión de civismo. No era una opción estética, sino una convicción moral. Se trataba de un saber estar que, en el fondo, siempre es un resultado de saber quién se es. Se trataba, sobre todo, de comprender que nunca se está tan cerca del ridículo como cuando las palabras y los gestos disfrazan su inconsistencia con los hábitos de la solemnidad. No son estos tiempos de crisis los mejores para la lírica. Pero no hay tiempo alguno que se merezca esta épica de andar por casa, este heroísmo de mesa camilla, esta exhibición muscular de forzudos de feria patriótica, este recuento de vísceras que presagian una utopía diseñada en los circuitos institucionales del mismo Estado que se pretende repudiar.

Los nacionalistas catalanes protestan airadamente cuando muchos consideramos, dentro y fuera de Cataluña, que se está produciendo una grave y tal vez irreparable pérdida de la calidad democrática construida con tanto esfuerzo en los últimos treinta años. Lamento que no se vea en lo que está ocurriendo algo mucho más peligroso que el debate legítimo entre opciones políticas, entre modelos de Estado, entre proyectos de sociedad. Lamento que la sensibilidad de los observadores se haya degradado hasta el punto de no ver que lo más dañino para el futuro no se encuentra en los temas de los que se habla, sino en el tono que se utiliza. Si el guión nos preocupa, el escenario nos alarma. Poco debería extrañarnos, al fin y al cabo, porque el nacionalismo siempre ha sabido que su hábitat natural es el de la apariencia, aunque pretenda presentarse como defensor de lo sustancial. Siempre ha entendido que su discurso comunitario funciona como llamada a la unanimidad, aunque intente comportarse como celador del pluralismo. Siempre ha demostrado que se encuentra cómodo en el monólogo de las afirmaciones tajantes, aunque pretenda basarse en el derecho al debate y en la atención a los matices.

¿Cómo no va a preocuparnos lo que está sucediendo en Cataluña, cuando no asistimos a un conflicto político, sino a la sustitución de la política por la simple manifestación de una identidad indiscutible? En uno de los ejercicios de demagogia más abyectos que puedo recordar en nuestra democracia, la consigna del «derecho a decidir» se expresa en un contexto en el que ya se ha decidido lo fundamental. A los ciudadanos de Cataluña no se les ha ofrecido un campo de opciones entre las que pueden elegir, sino que se les fuerza a la insoportable tensión de un dilema que sólo puede satisfacer a quienes, a falta de cultura democrática, han sacado por fin sus sobradas y sobrantes inclinaciones plebiscitarias. Por ello, la convocatoria de las elecciones se ha planteado ya como un plebiscito. Porque, en su escenificación por tierra, mar y aire de los medios de comunicación catalanes y de los propios centros del poder institucional, en el temario a superar por quienes aspiran a obtener una plaza de ciudadanos, la cuestión fundamental y única es la de la independencia de Cataluña.

Ninguno de los sucios juegos de manos del nacionalismo va a cogernos desprevenidos. Ni siquiera que sus magos profesionales hayan convertido el rancho cuartelero de una penitenciaría patriótica en el falsario banquete del festín de una democracia. Los catalanes no van a elegir, porque la más importante de las decisiones ha sido ya tomada. Antes de que se convoque cualquier consulta sobre la independencia, los ciudadanos de Cataluña han sido llevados a un proceso que nada tiene que ver con las nueve ocasiones en las que han elegido a sus representantes en el Parlamento autonómico. No es extraño que los promotores de esta circunstancia la hayan presentado como un momento excepcional, porque de eso se trata: de haber decretado un estado de excepción que, en su mismo planteamiento, ha liquidado, tal vez de forma irreparable, el concepto nuclear de soberanía sobre el que se levantaron la democracia española y las instituciones autonómicas de Cataluña.

Que nadie se extrañe del aparato publicitario con el que se asume esta fractura cívica de tan extrema gravedad. Que Artur Mas aparezca en un cartel electoral con los brazos extendidos, como Moisés ante el mar Rojo, bajo el lema contundente de «la voluntad de un pueblo» es una prueba del ambiente en el que hace tiempo se vive el final de la política en Cataluña. Mas no aparece como un dirigente, sino como un redentor. No trata de imprimir fuerza a su liderazgo, sino de ensancharlo con los dispositivos religiosos del mesianismo. No aparece como el representante de un partido que habla en nombre de una parte de los ciudadanos, sino como la encarnación de un pueblo entero, como la personificación caudillista de una voluntad general. Que no se equivoque él y que no se equivoquen quienes no se han sentido demasiado cómodos ni con el gesto ni con el lema. Son perfectamente coherentes con lo que lleva haciéndose desde hace meses. La discreta estatura política de Mas, la más que delgada línea roja de sus aptitudes como ideólogo, han hallado la coyuntura propicia de unas circunstancias extremas. Los líderes a los que admiramos fueron aquellos que edificaron la normalidad sobre las ruinas de la exasperación, cuando Europa trataba de recuperar su rumbo en el corazón del siglo XX. Aquellas figuras ejemplares no aumentaron su talla levantándose sobre la voluntad del pueblo, sino representándolo con la modestia y el sentido de la proporción que siempre observamos en quien es portador de la grandeza. Quien en las dificultades de la patria no ve un desafío que le pone a prueba, sino una oportunidad que la desintegra en beneficio propio, poco tiene que ver con los hombres y mujeres a los que veneramos, constructores reales de aquella libertad que, gracias a ellos, recuperamos.

Un político mediocre no pertenece a ese rango por muchos ejercicios de vanidad que desarrolle o por muchos actos de servidumbre intelectual que oficien los funcionarios de su causa. En el mejor de los casos, será sólo el ejemplar elocuente de una época de crisis de la democracia y de flaqueza de la libertad.

La historia explicada al Financial Times
Francisco Marhuenda La Razón 11 Noviembre 2012

Escocia e Inglaterra fueron durante siglos dos reinos separados y enfrentados algo que no sucedió en España. Tras Culloden, la represión inglesa contra los seguidores de los estuardos fue cruel y despiadada. La crisis financiera provocada por el fracaso del Darien provocó la unión con Inglaterra en 1707. Pau Claris entregó Cataluña a Luis XIII y la recuperación costó que España perdiera Portugal y el Rosellón

Con un sorprendente desconocimiento de la historia se pretende encontrar similitudes entre Escocia y Cataluña- Nada más alejado del análisis histórico. Escocia, a diferencia de Inglaterra, nunca fue romanizada. El emperador Adriano, tras su viaje por el Imperio, decidió construir un muro que separara Britania del territorio que hoy conocemos como Escocia, que se reforzó con una segunda muralla construida más al norte por su sucesor, Antonino. Era un territorio agreste, pobre y habitado por los belicosos pictos que no despertaba otro interés que levantar un muro que contuviera los asaltos en busca de botín.

La cristianización fue tardía, aunque en 750 el territorio ya estaba evangelizado. Por una parte, estaba el territorio inglés y galés y, por la otra, el de los pictos y los escotos que sería el reino de Escocia. Los reyes ingleses siempre quisieron controlar Escocia incorporándola a su corona, como hicieron con Gales e Irlanda. En 1286 falleció Alejandro III de Escocia y su nieta Margarita, que vivía en Noruega, fue nombrada su sucesora, pero la reina niña falleció durante el viaje. Esto provocó un enfrentamiento entre dos posibles sucesores: John Balliol y Robert Bruce. La nobleza escocesa pidió a Eduardo I que mediara y este aceptó a cambio de que le juraran lealtad. El 17 de noviembre de 1292 coronó a Balliol como rey títere y los ingleses se hicieron con el control del país. Los incidentes fueron constantes hasta que finalmente Balliol fue derrotado en la batalla de Dunbar y se tuvo que exiliar.

En los años posteriores, marcados por las luchas y las rebeliones, emergió William Wallace, el gran mito de la historia escocesa popularizado con la película «Braveheart». El asesinato de su padre, un pequeño terrateniente, le convirtió en un rebelde contra la opresión inglesa. En la batalla de Stirling acabó con el mito de la superioridad inglesa y le generó la simpatía de una nobleza que hasta ese momento le había dado la espalda. En 1298 fue nombrado Guardián de Escocia y se iniciaron los contactos para lograr el apoyo francés, algo que sería una constante entre los escoceses a lo largo de la Edad Media. Wallace sería derrotado por Eduardo I en la batalla de Falkirk (1299). En 1305 fue capturado y el 23 de agosto, brutalmente ajusticiado sacándole las entrañas en vivo, para posteriormente ser decapitado y descuartizado en cuatro trozos. Seis meses después, los escoceses se levantaron en armas y coronaron a Robert Bruce como rey de Escocia. En 1314 derrotó a los ingleses de Eduardo II en la batalla de Bannockburn.

El territorio que hoy conocemos como Cataluña fue plenamente romanizado y formó parte de lo que Roma denominó Hispania. Tras la caída del reino visigodo, fue ocupado por los musulmanes y posteriormente se formaron una serie de condados que fueron feudatarios del reino franco. El conde de Barcelona nunca fue rey de Cataluña y la denominación de principado no es utilizada hasta finales de la alta Edad Media. Ramón Berenguer se casó con Petronila, hija de Ramiro el Monje, rey de Aragón, y se convirtió en rey de Aragón. A partir de ese momento, los territorios de la dinastía se conocieron como la Corona de Aragón, compuesta por este reino y el condado de Barcelona y el resto de condados catalanes, incluidos los que se encontraban al otro lado de los Pirineos, a los que se unieron por conquista los reinos de Valencia, Mallorca, Sicilia y Nápoles.

El conjunto de reyes cristianos compartieron el mismo objetivo de expulsar a los musulmanes de Hispania. El propio Jaime I cedió Murcia a su yerno Alfonso X de Castilla dentro de los pactos acordados entre ambos reinos. No hay ningún conflicto en la Edad Media parecido al mantenido entre Inglaterra y Escocia, que eran reinos cuyas relaciones estuvieron marcadas por la conflictividad. El propio comercio escocés se dirigió siempre en dirección a Francia y el resto del continente. Con el Compromiso de Caspe, la rama menor de la dinastía castellana de los Trastámara será entronizada a la Corona de Aragón. Las dos ramas se unirán con el matrimonio de Fernando de Aragón e Isabel de Castilla, siendo su nieto, Carlos, quien hará efectiva la Monarquía Hispánica, que durante siglos había sido el sueño de reyes y tratadistas medievales.

Con la muerte de Isabel I de Inglaterra, que había ordenado la decapitación de la reina escocesa María Estuardo, su hijo Jacobo I unió de forma personal en 1603 unos reinos que siempre habían sido enemigos. Su hijo, Carlos I, sería ejecutado en 1649 por orden del Parlamento inglés tras perder en la guerra civil. Oliver Cromwell se convirtió en Lord Protector de la Commonwealth de Inglaterra, Escocia e Irlanda. Tras este periodo, los Estuardo recuperaron el trono y el hijo del rey ejecutado gobernó como Carlos II. Le sucedió Jacobo II, que perdió la corona en 1688 al intentar imponer el catolicismo en Inglaterra comenzando las guerras jacobitas, en las que sus sucesores intentaron recuperar el trono con el apoyo del fiel pueblo escocés. Con la Revolución Gloriosa que depuso a Jacobo II, subió al trono su hija y su yerno, María II y Guillermo III, que eran protestantes, y fue excluido su hijo Jacobo. A su muerte subió al trono Ana I, que era también hija de Jacobo II. Con ella se produjo la unificación de los reinos convirtiéndose en reina de Gran Bretaña con el Acta de Unión de 1707. Fue una consecuencia de la crisis financiera provocada en Escocia por el fracaso de Darien, el intento de establecer una colonia en el istmo de Panamá. Esto permitió que Escocia recibiera ayuda económica inglesa para superar la crisis.

El fin de las esperanzas de los Estuardo por recuperar la corona acabó en la batalla de Culloden en 1745, cuando los «highlanders», dirigidos por Carlos Eduardo Estuardo, conocido como «Bonnie Prince Charles», fueron derrotados por el ejército inglés comandado por el duque de Cumberland, hijo menor de Jorge II. Desde la Revolución Gloriosa, los dos reinos habían sido gobernados por reyes protestantes mientras que los Estuardo permanecían en el exilio. Una parte importante de los clanes escoceses era fiel a los Estuardo. El príncipe Carlos Eduardo desembarcó en Escocia y proclamó como rey a su padre con el nombre de Jacobo VIII de Escocia y III de Inglaterra.

El sueño escocés acabó en Culloden, una batalla tan breve como brutal. Cumberland comenzó una represión desmedida que buscó desmantelar la base de la sociedad escocesa e impedir nuevas rebeliones jacobitas. Las medidas fueron muy crueles. Se confiscó el ganado, se derribaron casas, se quitó la autoridad a los jefes de los clanes, se prohibió el uso del gaélico, utilizar el kilt y la posesión de armas. A lo largo del territorio se construyeron carreteras y puentes con el fin de facilitar los movimientos del ejército para impedir con rapidez cualquier sublevación. El objetivo tras Culloden fue el exterminio de los rebeldes, por lo que las bolsas de resistencia jacobitas fueron eliminadas sin misericordia produciéndose incidentes brutales y atroces.

Los prisioneros jacobitas encerrados en Londres fueron decapitados, ahorcados o descuartizados. Un total de 936 fueron deportados a las colonias como esclavos. Los atroces crímenes cometidos tanto en Culloden como después de la batalla consiguieron acabar con el espíritu jacobita. A partir de ese momento, Escocia se convirtió en un territorio fiel a la corona y las tropas escocesas consiguieron un merecido prestigio en los campos de batalla de todo el mundo defendiendo los intereses británicos. En 1885 se restituyó la secretaría de Estado para Escocia y en 1926 adquirió el rango de ministerio. Desde el siglo XIX fue surgiendo un sentimiento autonomista que se vio fortalecido con el romanticismo historicista.

El declive del Imperio Británico y el proceso de independencia irlandés dieron un cierto impulso al nacionalismo escocés, aunque sin expresiones violentas como sucedió en Irlanda. En 1945, Robert McIntyre consiguió la primera acta de diputado para el SNP y dos años después el Scottish Convention Movement obtuvo dos millones de firmas a favor de la creación de un parlamento escocés. Comenzaba un proceso que concluiría con la «devolution» a Gales y Escocia que en el referéndum de 1997. Sus partidarios obtuvieron el 74,3 por ciento de los votos, frente al 26,7 de los que se oponían. El nuevo Parlamento fue inaugurado el 2 de julio de 1999 por la reina Isabel II acompañada por su esposo, el duque de Edimburgo, y su hijo Carlos, príncipe de Gales.

Con respecto a Cataluña, durante la Monarquía de los Austrias gozó de los derechos que le otorgaban sus fueros, leyes privativas que mediatizaban el poder real en su relación con el Principado. La política exterior de la Monarquía Hispánica se había sustentado en los recursos de la Corona de Castilla, mientras que la contribución de la Corona de Aragón era escasa. Con Felipe IV, la crisis de la hacienda pública era muy grave y el conde duque de Olivares pretendió con la Unión de Armas que el resto de reinos contribuyeran, conforme a su población, al esfuerzo por mantener el imperio. Los errores de Olivares, incluido el de asignar una población mayor de la que realmente tenía Cataluña, condujeron a la rebelión catalana y Pau Claris proclamó en 1641 la república y unos días después entrega el Principado a Luis XIII, que sería conde de Barcelona.

Era una gran oportunidad para aumentar sus posesiones y trasladar el conflicto al interior de la Península debilitando a Felipe IV. La experiencia no pudo ser más negativa para los catalanes y para España. La nobleza portuguesa aprovechó la debilidad de la monarquía para entronizar al duque de Braganza como rey de Portugal. Luis XIII perdió su interés por Cataluña tras el Tratado de Westfalia. La actitud del ejército francés de ocupación le había suscitado, además, la animadversión de la población catalana y las tropas reales al mando de Don Juan José de Austria recuperan el territorio. España perdió el Rosellón gracias a la rebelión catalana.

Tras la muerte sin hijos de Carlos II, en su testamento designó como sucesor al nieto de Luis XIV, el duque de Anjou. Convertido en Felipe V, las cortes catalanas le juraron fidelidad, pero posteriormente se decantaron por el candidato austriaco, el archiduque Carlos. Tras la victoria en la batalla de Almansa, la corona de Felipe V estaba asegurada y el ascenso de Carlos al trono austriaco tras la muerte de su hermano José en 1711 hizo que la guerra perdiera sentido. A pesar de ello y del abandono de austriacos e ingleses, la rebelión se mantuvo en Cataluña hasta la caída de Barcelona el 11 de septiembre de 1714. Nunca fue una lucha por la independencia de Cataluña. Con los Borbones, se abrieron los mercados de América para los catalanes y desde entonces Cataluña se benefició del proteccionismo teniendo en España un mercado cautivo.

La peor clase política de la democracia
Carlos Sánchez EC 11 Noviembre 2012

No es casualidad que el tercer problema de los españoles -tras el desempleo y la crisis económica- sea lo que el CIS agrupa bajo el epígrafe: ‘Políticos en general, los partidos políticos y la política’. Y para demostrarlo basta con leer esta sesión parlamentaria.

Corría el año 2003 y la diputada socialista Pozuelo Meño defendía ante el pleno del Congreso una proposición de ley relativa al sobreendeudamiento de los consumidores. Aquellos tiempos, como se sabe, eran de vino y rosas, pero la parlamentaria Pozuelo, con buen criterio, se atrevió a desmontar esa extraña (e irracional) teoría económica que consiste en asegurar que el precio de los pisos nunca baja, y que, por lo tanto, no había problema alguno en que el crédito fluyera cada año a tasas superiores al 20%. De hecho, hasta el exvicepresidente Álvarez-Cascos (un gran estratega como se ha visto años después) se jactaba de que si el precio de la vivienda se encarecía era porque los españoles tenían dinero suficiente (se le olvidó decir que endeudándose hasta las cejas).

Aquella proposición de ley -sostenía la diputada Pozuelo- pretendía llenar un vacío legal existente en España, y que “deja a su suerte”, decía, “a las personas que, como consecuencia de una situación inesperada y ajena a su voluntad, ven disminuir notablemente sus ingresos y no pueden hacer frente a sus deudas”. En el fondo, ese el principal problema de la España actual, la incapacidad manifiesta de los gobernantes para entender los problemas. Probablemente, como consecuencia de un sistema político endogámico que hace posible, por ejemplo, que Mercedes Rojo, la secretaria de la liberal Aguirre, sea cooptada como consejera de Bankia, y que pasado el tiempo reconozca ante el juez que lo más parecido que ha visto a una cuenta de resultados es una partida de monopoly

Ni que decir tiene que la propuesta fue tumbada (161 votos contra 109) por la mayoría absoluta del Grupo Popular. Y el argumento que dio por entonces el diputado Bueno Fernández, portavoz de su partido en aquel debate, fue el siguiente: “El Grupo Popular se mantiene alerta sobre el fenómeno, indudablemente, y en aquellos ámbitos en los que se aprecia una elevación del riesgo de un endeudamiento superior al prudente, se han adoptado las medidas preventivas pertinentes”. Como se ve, todo un ejercicio de prospectiva económica y de rigor en la acción política. Casi una década después, el problema de los desahucios ha estallado con toda su crueldad.

Lo curioso del caso es que un año después de aquel debate sobre el sobreendeudamiento de las familias, el PSOE ganó inesperadamente las elecciones. Y un tal Rodríguez Zapatero gobernó el país durante siete años. Cualquier bienintencionado pensaría que el Grupo Socialista, tan ágil durante la oposición para identificar los problemas ciudadanos, adoptaría alguna medida. Pero no. Lo que ayer era una “prioridad política” -como reza el diario de sesiones- para “buscar soluciones al problema de endeudamiento alarmante que sufren los consumidores españoles” se metió en el congelador. Y eso que durante la primera legislatura socialista el crédito crecía todavía a ritmos superiores al 15%. Las familias seguían endeudándose al galope, pero era de ‘antipatriotas’ cuestionar el modelo de crecimiento.

Lo que nos pasa
Si no fuera porque estamos ante un asunto extremadamente importante, habría que decir que este país -de la mano de una clase política irresponsable incapaz de mirar más allá de sus propias narices- se ha ganado a pulso lo que le pasa.

La causa de tal despropósito tiene que ver, necesariamente, con una arquitectura institucional pobre, rala y decimonónica que convierte a las dos grandes formaciones en una formidable maquinaria electoral. Pasado ese trance necesario y obligatorio de carácter cuatrienal, los partidos se olvidan de lo prometido, y el resultado no puede ser otra cosa que un escepticismo general sobre lo público, como explican los resultados de la encuesta del CIS. Tocqueville y Stuart Mill ya advirtieron de los peligros derivados de la tiranía del magistrado, que se produce cuando los gobiernos obran a su antojo al margen de la ciudadanía, amparándose en sumas parlamentarias suficientes para aprobar leyes que desoyen el interés ciudadano.

Julián Marías, a la hora de describir el combate de Unamuno contra la erudición, decía que la muerta acumulación de noticias era como contar las cerdas del rabo de la esfinge en lugar de mirarla a los ojos. Y eso es, exactamente, lo que ha hecho este Gobierno a la hora de abordar la cuestión de los desahucios. Fijarse en la espuma de las cosas -en las cerdas del rabo de la esfinge- y no en el fondo de los problemas. Acostumbrado a actuar a destiempo, nunca quiso entender (por pura soberbia debido a su mayoría absoluta) que el aumento de la morosidad necesariamente llevaba aparejado un incremento de los desahucios. Sin duda, atrapado por otra de esas necedades que se manejan en algunos círculos económicos: lo último que deja de pagar una familia es su vivienda.

Este principio podría funcionar -y, de hecho, así ha sido en anteriores periodos recesivos- en una crisis ‘habitual’, consustancial al sistema económico, pero roza la estulticia pensar que con el 25% del paro y con una brutal caída de los salarios en muchos sectores productivos, los hogares tendrían musculatura financiera suficiente para aguantar el envite. Acostumbrado a actuar a destiempo, el Gobierno nunca quiso entender (por pura soberbia debido a su mayoría absoluta) que el aumento de la morosidad necesariamente llevaba aparejado un incremento de los desahucios. Sin duda, atrapado por otra de esas necedades que se manejan en algunos círculos económicos: lo último que deja de pagar una familia es su vivienda

No ha sido así y, como casi siempre, tanto el Gobierno como el PSOE se han quedado sin argumentos. Y lo que es peor, sin credibilidad. La democracia, como suele repetirse hasta la saciedad, es algo más que votar cada cuatro años. Gobierno y oposición lo que hacen ahora es improvisar y poner parches ante el temor a una rebelión social, y en medio de una campaña electoral tan decisiva como la catalana.

Sospechosas reuniones
Lo paradójico del asunto es que cuando los dos partidos reaccionan al unísono -y siempre de forma afectada y un tanto barroca- siempre está detrás alguna modificación legal que implica al sistema financiero, lo cual hace pensar que hay gato encerrado. ¿Por qué los dos grandes partidos nunca se reúnen, por ejemplo, después de publicarse alguna de esas epas catastróficas que revelan la existencia de decenas de miles de nuevos parados cada trimestre? Muy al contrario, lo hacen cuando lo que está en juego es la cuenta de resultados de la banca.

Un mal pensado diría que estamos ante un sistema político podrido, pero es mucho más que eso. Es una incapacidad manifiesta para entender la esencia de la democracia, que no es otra cosa -como se ha puesto de manifiesto el martes pasado en EEUU- que un equilibrio de poderes. De todos los poderes. No sólo entre el legislativo, el ejecutivo y el judicial, sino también mediante el sano ejercicio de saber escuchar a la ciudadanía que sufre en primera persona los problemas derivados de la crisis económica. Hacer política es saber escuchar. Y entender, por ejemplo, que como el Gobierno no ponga en marcha de forma urgente medidas que eviten la exclusión social, es probable que veamos a este país dentro de poco tiempo desangrándose por las esquinas.

En el fondo, ese el principal problema de la España actual, la incapacidad manifiesta de los gobernantes para entender los problemas. Probablemente, como consecuencia de un sistema político endogámico que hace posible, por ejemplo, que Mercedes Rojo, la secretaria de la liberal Aguirre, sea cooptada como consejera de Bankia, y que pasado el tiempo reconozca ante el juez que lo más parecido que ha visto a una cuenta de resultados es un tablero para jugar al monopoly. O que Ana Botella, sin haber ganado unas elecciones en su vida, ni siquiera a presidenta de su comunidad de propietarios, sea alcaldesa de Madrid. O que una fina especialista del análisis económico, como es Elena Valenciano, negocie en nombre de su partido la reforma de la Ley Hipotecaria. O que se vaya a cerrar un hospital, como el de la Princesa de Madrid, sin escuchar ni a la plantilla ni a cientos de miles de vecinos afectados por la medida del tal Lasquetti, otro lumbreras de la cosa pública. O que el Congreso no haya adoptado ninguna iniciativa propia -sin contar con el dictado del Ejecutivo- para dar soluciones a la crisis económica, lo cual refleja un sistema parlamentario muerto incapaz de entender los problemas reales del país. O que los diputados pierdan sus iPads como si se tratara de bolígrafos BiC…

Algunos lo llaman democracia defectuosa. Y otros, podrida. Probablemente, ambos tengan razón.

Gobierno de ornitólogos
Aleix Vidal-Quadras www.gaceta.es 11 Noviembre 2012

¿Alguien puede explicar por qué se actúa tarde y erráticamente?

La vicepresidenta del Gobierno central ha decidido con buen tino reducir a un tercio el número de coches oficiales de la Administración General del Estado. De 300 vehículos se pasará a un centenar con un ahorro estimado anual de unos 10 millones de euros. Cuando se le ha hecho ver que no se trata de una cantidad impresionante comparada con la magnitud del déficit que nos ahoga, la joven y avispada abogada del Estado ha dicho que es posible que carezca de sentido ahorrar en el chocolate del loro, pero que vas sumando loros y al final te das cuenta que nuestra Administración es una gigantesca pajarería.

Soraya Sáenz de Santamaría tiene razón, pero olvida extraer toda su esencia a su interesante aproximación ornitológica al problema del gasto. Un primer hecho es que los recortes dispersos y sin método han de ser sustituidos por un enfoque integral. En el caso de los coches oficiales, por ejemplo, la medida se ha de aplicar a los tres niveles, municipal, autonómico y estatal, y de manera simultánea. La restricción a las instancias centrales podrá tener valor como referencia, pero es inane si no se extiende al conjunto.

Lo mismo se puede afirmar de la infinidad de duplicidades, subvenciones, organismos, medios de comunicación de titularidad pública y representaciones exteriores absurdas o superfluas en las que tiramos alegremente el dinero. Una segunda evidencia radica en la lentitud del ritmo con la que el Ejecutivo acomete unas reformas que más que urgentes son inaplazables. Si todas estas deficiencias eran conocidas desde hace años, ¿alguien puede explicar por qué se actúa tarde, erráticamente, sin orden ni concierto y de manera incompleta? ¿Quién observa las aves insaciables con los binoculares? ¿No los sostendrá al revés?

Las cosas como fueron
Cataluña, pieza clave en la Historia de España
FERNANDO DÍAZ VILLANUEVA www.gaceta.es 11 Noviembre 2012

Hace 100 años, Barcelona -ligada desde sus orígenes a la Hispanidad- era a todos los efectos la capital de España; sólo le faltaban la Corte y las Cortes.

Son tantos los mitos sobre los que se ha levantado una supuesta nación milenaria que lleva siglos oprimida por los invasores castellanos que darían para una enciclopedia de varios tomos. Hace sólo 100 años Barcelona era a todos los efectos la capital de España. Sólo le faltaba la Corte y las Cortes; el resto se despachaba en la Ciudad Condal. Que Barcelona llegase a interpretar un papel tan importante en la Historia de España no fue casualidad. Es una ciudad antigua, marítima e íntimamente ligada a la Hispanidad desde sus más remotos orígenes en tiempos del Imperio Romano.

Por Barcelona entraron los Reyes Godos. Ataúlfo, el primero de una larga saga, tomó la ciudad en el año 415 y en ella murió asesinado, que los godos eran muy dados a matarse entre ellos. Barcelona fue, por lo tanto, la primera capital de España y no Cangas de Onís como suele creerse. Desde allí los visigodos se extendieron por toda la Península. Si se llevaron la Corte a Toledo se debió, simplemente, a que la ciudad del Tajo estaba más centrada en el mapa.

Cogido con pinzas
Pero los nacionalistas catalanes no tiran tan largo. La nación, su nación, nace, según aseguran, en la Edad Media. Luego va desvaneciéndose por razones no del todo bien aclaradas y renace cual ave fénix a mediados del siglo XIX coincidiendo con el resurgir económico del Principado. A partir de ahí, la nación inventada cobra fuerza, se articula políticamente y trata de recuperar heroicamente la soberanía perdida en sucesivos y trágicos episodios, inspirados todos en la recreación fantasiosa de la toma de Barcelona por las tropas del duque de Berwick en septiembre de 1714.

Todo está cogido con pinzas, pero, a base de machaconería bien financiada con dinero público han conseguido implantar la versión oficial, no sólo entre los propios, sino también entre los extraños al delirio. Al tiempo que iban creando la nación sobre una fábula histórica, enterraban la historia real. De ahí que, cuando alguien recuerda que la historia de España está cuajada de nombres catalanes, sobrevenga una sorpresa seguida de incredulidad porque, a fin de cuentas, los pueblos sometidos y ultrajados no participan demasiado en la Historia del invasor.

La realidad, sin embargo, es muy tozuda. Catalanes hubo en las Navas de Tolosa, en la toma de Granada, en la conquista de Italia, en los Tercios de Flandes… Gracias a un catalán, Luis de Requesens, se ganó en Lepanto. No es casual que una de las imágenes con más solera y devoción de Barcelona sea, precisamente, el Cristo de Lepanto, custodiado en la catedral y que antes, durante la batalla, había presidido la galera capitana.

Catalanes de ambos mundos
En la gesta americana la presencia de catalanes es ubicua. En su segundo viaje Colón encargó al catalán Pere Margarit que pacificase la isla de La Española. Años más tarde, en su tercer viaje, el almirante de la Mar Océana escogió a un catalán de Igualada, Joan de Serrallonga, como lugarteniente.

Otro Joan, esta vez Grau de Toloriu, acompañó a Cortés en la conquista de México y hasta se casó con una de las hijas de Moctezuma. Lo que Cortés, Grau y unos pocos españoles más fundaron fue el virreinato de Nueva España. Por él pasarían muchos catalanes a lo largo de sus tres siglos de Historia. Gaspar de Portolá, por ejemplo, fue gobernador de California, fundador de San Diego y Monterrey y descubridor de la bahía de San Francisco.

A Portolá le sucedió como gobernador otro catalán, Pedro Fagés, que había llegado a América años antes encuadrado en la Compañía de Voluntarios Catalanes. A sus aguerridos miembros se les conocía como Migueletes o Miquelets, porque se encomendaban a San Miguel. Esta compañía, reclutada en las comarcas pirenaicas, llegó hasta las costas canadienses. Allí fueron bautizando una a una las islas que se iban encontrando. Una de ellas se llama Catalan Island y le debe el nombre al tortosino Pere Alberni Teixidor.

Nueva BarcelonaEl Perú tampoco anduvo ayuno de catalanes. La crónica de la conquista la escribió Joan Cristofor Calbet, natural de Sabadell. El barcelonés Manuel de Oms fue uno de sus virreyes más famosos. Antes de eso había sido el aristócrata español encargado de viajar a París para reconocer a Felipe de Anjou, nieto de Luis XIV, como rey de España, cosa que hizo de mil amores.

A Oms le sucedería años más tarde en el cargo un catalán de Vacarisas que venía de ser gobernador de Chile, Manuel Amat, extraordinariamente eficaz al frente del virreinato. De vuelta a España, mandó construir un palacio en Barcelona, el de la Virreina, que ahí sigue, dando lustre a las Ramblas.

Siglo y medio antes del celebrado virrey Amat, otro barcelonés, Joan Orpí, hizo las américas como cualquier castellano de su época. Una vez en Santo Domingo fue nombrado capitán de una de las expediciones que, en la década de 1630, se emprendieron para conquistar Venezuela. Orpí quiso homenajear a su ciudad natal y, tras derrotar a los indios cumanogotos, fundó Nueva Barcelona, hoy Barcelona a secas y capital del estado Anzoátegui.

Sin salir de Venezuela fue otro catalán, Feliu de Tárrega, el evangelizador del Orinoco. Los religiosos catalanes llegaron incluso más lejos que los hombres de armas. La colección de obispos catalanes en las Indias es grandísima y no menos la de misioneros. Pere Claver llevó el Evangelio por las selvas del virreinato de Nueva Granada. Josep Alemany recorrió los desiertos que hoy forman los estados de Nevada y Utah con la Biblia en la mano. Miquel Domenech hizo lo propio en las pantanosas riberas del río Misisipi. Josep Paramás, jesuita, se internó en la América más remota e inaccesible para llevar la palabra de Dios a los indios guaraníes del Paraná.

En los dos últimos siglos, cuando el Imperio pasa a mejor vida, la influencia de los catalanes en la Historia de España lejos de disminuir crece de manera considerable. Desde 1833 sólo Barcelona ha dado cuatro presidentes de Gobierno sin incluir a Prim, que era de Reus. A partir de mediados del siglo XIX Cataluña se convierte en el centro sobre el que pivota la política y la economía españolas. Fue en Barcelona donde estalló la Semana Trágica, donde se convocaron las huelgas revolucionarias y donde Primo de Rivera se pronunció en 1923.

Fue junto al Ebro, en las puertas de Cataluña, donde tuvo lugar la mayor batalla de la Guerra Civil y la que terminó decidiéndola.
Esto, claro, es lo que pasó de verdad y no, necesariamente, lo que a los nacionalistas catalanes les hubiese gustado que pasase, por eso lo ocultan.

*DOCS es el suplemento de Gaceta.es que se publica los sábados en la edición impresa de La Gaceta.
 

El Estado del Bienestar como burbuja
http://diego-sanchez-de-la-cruz.libremercado.com 11 Noviembre 2012

El manual políticamente correcto de la actual crisis económica es muy sencillo: “el capitalismo ha causado un grave desbarajuste financiero que ha acabado por extenderse a toda la economía. Por esta razón, el Estado debe reforzar su control sobre la misma y asumir un papel más activo para evitar futuras crisis”. ¿Responde este relato a la realidad?

Centrémonos en EEUU, donde se originó la crisis que luego ha llegado a Europa, y vayamos por partes. Es innegable que el sistema financiero ha estado en el centro de la crisis, pero no podemos separar su funcionamiento del actual sistema monetario. Por esta razón, debemos remontarnos a los años 70 para encontrar los orígenes de esta crisis, ya que entonces se produjo el salto de un sistema monetario e internacional basado en el “patrón oro-dólar” a un nuevo paradigma en el que cada banco central adquiere un poder absoluto para emitir moneda sin respaldo alguno.

Aunque este nuevo modelo abría la puerta al crecimiento desmedido del sistema financiero, también iba a permitir el crecimiento espectacular del endeudamiento público. La siguiente gráfica muestra la evolución de la deuda federal de EEUU desde que el Presidente Nixon liquidó el vínculo entre el oro y el dólar. Como puede observarse, dicha decisión permitió que el Estado aumentase su poder de forma espectacular… sin necesidad de subir los impuestos.

Este compadreo entre banca y Estado se exagera a partir de 2001. A comienzos de dicho año, la Reserva Federal fijaba los tipos de interés al 6%, pero apenas doce meses después los situaba ya por debajo del 2%. Llegado 2003, el precio del dinero alcanza el 1%, quedando instaurada una auténtica “barra libre” de crédito que aún hoy sigue en pie.

Esta estrategia de “estímulo monetario” alentó un crecimiento económico artificial que descansaba principalmente en dos grandes burbujas. La primera era la de las finanzas, y se concentraba principalmente en el sector inmobiliario. La segunda, que cada vez resulta más evidente, era la del Estado del Bienestar, y se ha manifestado en la crisis de deuda pública que han sufrido decenas de países en los últimos años. En todos ellos, el peso del gasto estatal sobre la economía nacional es elevado.

Pero vayamos por partes. Analicemos primero la burbuja financiera. Es innegable que, en dicho ámbito, las “hipotecas subprime” fueron el principal detonante del colapso. Sin embargo, el relato habitual de este aspecto de la crisis obvia que la acción política en este campo fue fundamental para fomentar el desajuste. No solamente hablo de la política monetaria que encauzó este proceso, sino del rol que tuvieron en la crisis Fannie Mae y Freddie Mac, los dos grandes gigantes hipotecarios creados por el gobierno de EEUU para expandir (más aún) el crédito a la vivienda.

Ambas agencias contaban con la garantía de que el gobierno federal acudiría al rescate, tal y como acabó ocurriendo posteriormente. Además, desde mediados de los años 90, Washington había decidido que el 42% de las hipotecas tramitadas por ambos entes deberían ocuparse de personas de bajos ingresos, un porcentaje que aumentó al 50% en 1999.

George W. Bush explicó claramente en 2002 que el objetivo de esta política era “usar el músculo poderosos del gobierno federal” para que el mayor número posible de personas tuviese acceso a una nueva vivienda. En diferentes intervenciones públicas, el ex presidente reiteró el objetivo político de esta estrategia, confirmando que no se trataba, ni mucho menos, de una acción nacida del mercado libre, sino de un caso más de intervencionismo político en el ámbito económico. Para saber más del rol de Fannie Mae y Freddie Mac en la Gran Recesión, no dejen de leer este brillante artículo de Manuel Llamas.

Sin abandonar la cuestión de la burbuja financiera, es importante abordar dos asuntos más. En primer lugar está la supuesta desregulación de la que habría gozado Wall Street. Según el relato habitual de la crisis, el sistema financiero estaría cada vez menos controlado por los políticos, y dicha falta de supervisión habría permitido la crisis. Nada más lejos de la realidad. Los estudios de Boettke y Horwitz han demostrado que por cada norma financiera desmantelada entre 1980 y 2009, el gobierno de EEUU creó cuatro nuevas normas. Además, entre 2000 y 2008, la SEC (comisión supervisora del sector financiero estadounidense) aumentó un 25% su plantilla y emitió una media de 74 nuevas regulaciones… ¡cada año!

El otro asunto que vale la pena analizar es el de las “agencias de calificación de deuda”. Estas compañías han sido asimiladas por muchos analistas como un ejemplo más de los “fallos” del mercado libre, por lo que el capitalismo también ha sido culpado de sus malas valoraciones del riesgo. Tomaré prestados dos párrafos de Juan Ramón Rallo para explicar hasta qué punto esta visión no se corresponde con la realidad:

Hasta 1970, las agencias de calificación prestaban sus servicios a los inversores y no, como ahora, a los deudores (…). De esta manera, el inversor podía tener una idea aproximada del riesgo de la operación y decidir si el tipo de interés que ofrecían valía la pena.En 1975, cinco años después de la quiebra de Penn Central,  la SEC aprobó la denominación de Agencia de Calificación con Reconocimiento Nacional (Nationally Recognized Statistical Rating Organization o NRSRO ) para diferenciar a las agencias de rating que podían prestar calificaciones reconocidas por la SEC de las que no.El efecto de esta denominación ha sido que toda emisión de deuda debía contar, de antemano, con la calificación de una de estas firmas (Moody’s, Standard & Poor’s, Fitch). Así, hemos pasado de un modelo donde era el inversor quien pagaba a las agencias de rating a un modelo donde el deudor es presa de estas agencias, si es que quiere poder emitir deuda.

En el primer modelo, el fracaso era necesariamente penalizado: si sus previsiones no se cumplían y el inversor perdía dinero, la reputación de esas agencias caía. En el segundo modelo, el fracaso resulta irrelevante, ya que en última instancia, las agencias son un cartel que expide licencias para emitir deuda. Los deudores han de pasar por ellas, sean de utilidad o no.Sólo rompiendo este cartel oligopolístico el mercado logrará disciplinar a las agencias de calificación: premiando a las que adopten modelos de valoración realistas y de calidad y penalizando a las que concedan ratings absurdos.

Analizada ya la primera burbuja, la financiera, no quiero olvidarme de otra burbuja que pocos analistas han identificado como tal. Hablo del Estado del Bienestar, el modelo político, económico y social dominante en Occidente desde hace décadas. Desde el fin del patrón oro-dólar, el gasto público derivado de este paradigma no ha parado de aumentar. Los costosos “servicios sociales” que se han multiplicado en los últimos años fueron financiados principalmente con una deuda pública cada vez más abultada, ya que los políticos intuyeron, con acierto, que financiar estas iniciativas con más impuestos podría resultar impopular. Hablamos, pues, de una fórmula perfecta para ofrecerle al electorado un panorama celestial: el gobierno no nos cobra más impuestos… pero al mismo tiempo nos ofrece más “servicios sociales”.

Si analizamos los presupuestos de los gobiernos occidentales a lo largo de la última década, comprobaremos que han aumentado de forma progresiva. Este crecimiento del gasto no se trasladó de forma masiva al bolsillo del contribuyente, sino que se descargó en la emisión de deuda. La alianza entre políticos y banqueros estaba funcionando bien para ambas partes, hasta que las finanzas entraron en crisis… y arrastraron consigo a los gobernantes de decenas de países. Del mismo modo que la burbuja financiera alimentó la burbuja de la deuda pública, el colapso de la primera supuso el pinchazo de la segunda.

Ante este panorama, difícilmente podemos aceptar que esta crisis tenga algo que ver con el capitalismo, tal y como profetizan numerosos gurús e intelectuales. Un relato así obvia el efecto devastador que ha tenido esta gran burbuja crediticia que, alimentando un sector financiero sobredimensionado y cebando un Estado del Bienestar inviable, ha creado graves desajustes en las economías de medio mundo. Es, por lo tanto, hora de asumir que, del mismo modo que parte del sistema financiero se vino abajo por las hipotecas subprime, también será necesario asumir que las promesas del populismo del bienestar eran, en muchos casos, un cheque sin fondos.


******************* Sección "bilingüe" ***********************

La mayor fábrica de independentistas está en el PSC
EDITORIAL Libertad Digital 11 Noviembre 2012

El secretario general de los socialistas catalanes, y candidato en las elecciones autonómicas del próximo día 25, ha acusado al Partido Popular de ser "la mayor fábrica de independentistas" en Cataluña. El pobre Pere Navarro, vapuleado en las encuestas hasta extremos bochornosos, ha decidido en un arrebato freudiano culpar al partido que hoy gobierna España precisamente de aquello que el PSC ha venido haciendo y, con especial intensidad, en la última década, con su participación en los dos famosos gobiernos tripartitos.

Para el líder socialista catalán, la negativa a vulnerar la Constitución y los tratados internacionales a cuenta de un delirio exacerbado por los partidos nacionalistas para tapar su incompetencia y sus corruptelas está en el origen de que el número de los partidarios de la independencia imposible de Cataluña no deje de crecer.

Sin embargo, si algo ha permitido que cuaje un despropósito monumental como ese proyecto de secesión ha sido precisamente la cobardía y la traición constante que su partido, el PSC, ha venido cometiendo contra sus votantes, razón por la cual han decidido retirarle su confianza, tal y como muestran todos los sondeos de opinión realizados hasta la fecha.

Es justo reconocer que, en esta prolongada sucesión de deslealtades a los votantes socialistas catalanes, el PSC contó siempre con la entusiasta colaboración de Zapatero. Su decisión de impulsar un nuevo estatuto para Cataluña, que dinamita los principios de igualdad y solidaridad consagrados en la Constitución, sirvió en bandeja a los nacionalistas un sólido anclaje para su proceso de secesión, que ahora ha surgido de entre los cascotes financieros de una Generalidad arruinada.

Por más que Navarro pretenda endilgar a otros esa responsabilidad, el partido que todavía dirige ha sido colaborador necesario en la obra destructiva que ahora denuncia con aspavientos dignos de mejor causa. El PSC podría haber optado por defender el interés de sus votantes, en su inmensa mayoría perfectamente ajenos a las alucinaciones colectivas de la burguesía nacionalista, postulándose como el principal garante de la igualdad de todos dentro del marco constitucional español. En su lugar, sus dirigentes prefirieron convertirse en los tontos útiles del nacionalismo, con las consecuencias electorales que las encuestas vaticinan.

Por difícil que parezca, el PSC de Pere Navarro puede dejar en derrotas aseadas los batacazos de sus colegas vascos y gallegos en las pasadas elecciones de octubre. No porque el PP sea una fábrica de independentistas, sino porque ese es precisamente el premio que sus votantes reservan a los socialistas cuando se empeñan en ser más nacionalistas que los nacionalistas.

El coste de la secesión
El Editorial La Razón 11 Noviembre 2012

El presidente del Gobierno, Mariano Rajoy, desnudó ayer la apuesta independentista de Artur Mas al situarla en sus justos términos: una huida hacia el limbo de quien no ha tenido agallas para enfrentar la crisis económica y social que, al igual que el resto de España, sufre Cataluña. Pero es una crisis que tiene, sin embargo, un elemento diferenciador de relevancia: el alto coste de la construcción de unas entidades administrativas que pretenden replicar un modelo de Estado. Baste señalar que los recortes aplicados por la Generalitat en Sanidad y Educación –unos 800 millones de euros aproximadamente–, que han supuesto, entre otras cosas, la pérdida de 7.767 puestos de trabajo en hospitales y ambulatorios y que las listas de espera quirúrgicas se hayan disparado un 23 por ciento, representan casi el mismo importe de lo que se dedica a la radiotelevisión pública catalana, a la red diplomática y a los consejos comarcales, cuyas funciones se solapan con las que desempeñan las diputaciones. Un reparto presupuestario cuyo debate público ha sido cínicamente hurtado a los electores y sustituido por el espantajo del proyecto secesionista.

Llegados a este punto, los promotores de la independencia catalana deberían explicar cuáles son los costes y las consecuencias que deberán afrontar los ciudadanos de Cataluña en la hipótesis secesionista, aunque sólo sea a título de ejercicio intelectual. Por ejemplo, que la salida de la Unión Europea supone la expulsión de la Unión Aduanera, del Euro y del territorio Schengen; la vuelta a los visados y a las trabas fronterizas; la inexorable deslocalización de las grandes multinacionales y la pérdida del mercado español. Tendrían que explicar también que en el eventual referéndum debería empezar por definir quién tiene derecho a voto y si éste incluiría a los nacidos en Cataluña, pero que viven fuera de la región; que a los pueblos o entidades territoriales que votaran contra la separación les asiste el derecho a pedir protección al Estado, con el consiguiente enfrentamiento social. Que aunque España, tras un largo paréntesis y la asunción por parte de una Cataluña independiente de la parte alícuota de la deuda –tendrían que hacerse cargo de unos 150.000 millones de euros–, estuviera dispuesta a aceptar su ingreso en la UE, serían claramente vetados por otros socios como Francia, Italia o Alemania, que también tienen territorios con aspiraciones secesionistas y temen reacciones en cadena.

Éstas son algunas de las cuestiones que están sobre el tapete, pero que los secesionistas prefieren hurtar, una vez más, del debate político, como ya han hecho con los recortes en Sanidad y Educación, mientras mantenían las subvenciones identitarias. Cuestiones que el elector debe poder valorar en su justo término antes de acudir a las urnas.

El Barón de Münchausen
Martín Prieto La Razón 11 Noviembre 2012

Barón alemán del siglo XVIII que ofreció su espada al Zar en dos campañas rusas contra los turcos y a su regreso como teniente relató anécdotas de su milicia que despertaron el asombro de los lerdos y la rechifla de los ilustrados. Afirmaba el Barón que se había extraído de un profundo pozo tirando hacia arriba de sus cabellos o había volado cabalgando los lomos de una bala de cañón. Entre sus asistentes contaba con uno tan veloz que había que ceñirle grilletes a los tobillos para que anduviera a paso de hombre. Las aventuras del Barón de Münchausen fueron recogidas por Rudolf Erich Raspe y ampliadas y multiplicadas por otros satiristas y llevadas varias veces al cine a comienzos del siglo pasado. Pasto en su día de infantes, no creo que hoy sea conocido por los preadolescentes grapados al ordenador, pero sus historias dieron nombre a una patología médica: el Síndrome de Münchausen, una alteración psiquiátrica en donde el paciente finge diferentes sintomatologías de diversas enfermedades, o se da a la ingesta de medicamentos no prescriptos o se autolesiona, para recibir así la atención y la simpatía de los demás. Es común en los hospitales que médicos desorientados y de- sesperados se reúnan en junta y acaben dictaminando: «Es un Münchausen».

El Molt Honorable, montado en el proyectil artillero, ha viajado a Moscú para tejer alianzas y ha sido recibido por la Catedral de San Basilio, junto a la que se ha fotografiado de noche para destacar la iluminación de la Plaza Roja y ha acudido a Bruselas donde el Manneken Pis ha escuchado también sus demandas. Todo en hoteles de lujo y con esposas incluidas, ignorando que las citas en el extranjero hay que tenerlas cerradas en la agenda antes de partir. Afirma el caballero que la economía del Condado Independiente de Barcelona será más potente que la alemana: de la quiebra y el bono basura catalán a la prima de riesgo negativa del Deuschbank. No objeta el redivivo Münchausen un Rey para la Cataluña irredenta, olvidando que el Conde de Barcelona es el Rey Don Juan Carlos, como también es Señor de Vizcaya. En tiempos de tribulación, al Rey le va a surgir el pluriempleo de los reinados pluscuamperfectos. Que Simón Bolívar (quien murió solo y renegando de la América independiente ) ofrezca rebajar los impuestos a los segadors que secunden su camino de Flautista de Hamelín, no es propio de los botigers aferrados a «la pela es la pela».

Otro que como el mercenario alemán pretende salir de España y entrar en la Unión Europea tirándose de los pelos, cuando lo único que podría negociar es continuar usando el euro para no imprimir billetes «Mas» o «Companys», porque la peseta es del Banco de España y un signo de opresión económico-militar. Don Arturo tiene revolucionados a los oncólogos asegurando que disminuirá un 10% el cáncer bajo la estelada, más milagrera que el manto de la Virgen del Pilar. Antes de que acabe la campaña electoral prometerá «meublés» gratuitos para todos los catalano-parlantes. Pasqual Maragall, limpio como una patena, calló a Arturo Mas con aquel tremendo: «El problema de Convergencia i Unió es el 3%»: Jordi Pujol ya llevaba una libretita que le recordaba la comisión que debía cada empresa al bipartito cuya Generalitat ha tenido que ser rescatada por el Estado español mientras tiene la contabilidad más extravagante de España, inextricable hasta para « los hombres de negro». No se sabe si el Barón de Münchausen-Mas es paciente psiquiátrico necesitado de furiosas atenciones y amores o un a-histórico, porque cuando dice muy suelto de cuerpo que «estamos ante la operación política de mayor envergadura en los últimos tres siglos», se carga al menos el Imperio Romano sin que se le altere el tupé. Al menos tiene mandíbula desafiante de centurión.

En un coloquio, un médico abortista fue interpelado por un colega: «¿Abortaría el nasciturus de una sifilítica y un alcohólico?». «Por supuesto». «Pues enhorabuena, acaba usted de matar a Behetoven». Cataluña por encima de la IX Sinfonía y la romanización. Toda la Historia cabe en el cubo de la basura de Mas. Cataluña en la OTAN, sin Ejército y el Barça en la liga española. Entre la población del común, el Síndrome de Münchausen es propio de cazadores, pescadores y soldados fanfarrones pero en política es letal para los demás. Mas se inventa enfermedades para que le quieran y le voten presentándose como un redentorista Ecce Homo, pero ha revolucionado el Síndrome adquiriéndolo en dos tardes, como la Economía de Zapatero. Montando la bala quiere incendiar Cataluña porque Rajoy no se avino a un pacto fiscal con una región que no sabe administrarse y pide y recibe miles de millones de euros al abominable Madrid para pagar las nóminas. Lo ha dicho Albert Boadella: «El independentismo es una enfermedad». El Síndrome de Münchausen es una patología de la mentira, y no tiene cura.

España es culpable de la persecución en Cataluña
Pedro de Hoyos Periodista Digital 11 Noviembre 2012

En cualquier régimen la culpa de los problemas internos es de los demás. Y vale tanto para dictaduras –la dictadura militar argentina, por ejemplo- como para democracias. La culpa no es nunca de los gestores sino de los gestionados –Franco es otro ejemplo- o de los ingleses, a los que conviene recordar cuando más nos interese que las Malvinas son argentinas o Gibraltar es español.

A Artur Mas le ha pasado eso, que antes que reconocer los pecados de su nefasta gestión echa balones fuera y le culpa de sus males a una España vociferante, desproporcionada y agresiva con Cataluña. Como es obvio, España –sus dirigentes- ni ha gesticulado desaforadamente ni se conoce ninguna ofensa verbal hacia Cataluña. Las críticas han sido a Artur Mas, no a Cataluña. Ahí está otra de las obviedades claras de todo régimen: confundir la nación consigo mismo, mezclar los intereses propios con los comunes, en este caso hacer creer a las masas dóciles que Cataluña y nacionalismo son la misma cosa.

Aparte de la fingida agresividad hacia Cataluña, Mas no ha sabido gestionar los hospitales, la enseñanza ni las infraestructuras. De dominio público es que sólo gestiona bien los medios de comunicación – públicos como TV3 o privados como La Vanguardia- y el 3% que ha sido convenientemente silenciado por todos los interesados. Se cierran hospitales, se eliminan maestros y se invierte cada vez menos e infraestructuras… lo mismo que en todas las demás regiones… aunque no se gasten sus dineros en televisiones propagandísticas ni embajaditas en el extranjero.

Pero sí, en cierto sentido es verdad que la culpa del asunto de Cataluña la tiene España. Primero porque lo que los nacionalistas quieren desde la transición sólo ha sido ser reconocidos como diferentes y obtener ventajas legales, políticas y económicas sobre los demás. ¿Cabe mayor injusticia que las “peculiaridades” fiscales vascas o navarras? Por eso a medida que las demás regiones iban aumentando sus competencias los nacionalistas iban reclamando nuevas prebendas, arrojándonos en una espiral inacabable de reivindicaciones incesantes. España en eso ha consentido desde el primer momento, por eso España es culpable desde aquél que dijo que hablaba catalán en la intimidad –recordemos que lo dijo cuando necesitaba los votos del nacionalismo- al otro que sin encomendarse ni a Dios ni al diablo anunció que aceptaría “lo que llegase de Cataluña”, en referencia al nuevo estatuto que muy pocos votaron. Naturalmente cuando el Estatut fue rechazado por los órganos legítimos de la democracia se acusó a los tribunales de anticatalanistas. Vaya, que o cumples lo que yo quiero o te declaro enemigo de la Patria.

Y España es también culpable porque jamás intervino en defensa de los intereses colectivos, permitiendo la existencia de embajadas alegales, de un sistema educativo perverso –recordemos que el Ebro es un río catalán que nace en tierras extrañas- o cediendo ante la persecución del castellano en escuelas, calles y comercios. Maestros que han ejercido en Cataluña cuentan de la persecución del inspector de Educación contra docentes a los que los alumnos hablaban en castellano durante el recreo. España es culpable de la persecución en Cataluña… a los castellanoparlantes. Por un puñado de votos.

@pedrodehoyos

Identidad antes que Sanidad y Educación

Mas gasta en partidas polémicas lo que recorta en Educación y Sanidad. Televisión, embajadas y redundancia de estructuras son «intocables» para CiU. En año y medio, Mas recortó en hospitales y camas y cerró diez escuelas
M. Pardeiro/C. S. M./P. Rodríguez La Razón 11 Noviembre 2012

TV3, una sangría de dinero público
Sería imposible que un dirigente de CiU no citara a TV3 entre los grandes logros que se atribuyen los nacionalistas. La cadena autonómica es un puntal en la «construcción nacional», una herramienta indispensable en la normalización lingüística, argumentan en CiU. Y también es un pozo sin fondo para el dinero público. Desde que la crisis económica estalló, los ingresos por publicidad no han dejado de bajar en la televisión autonómica y, en consecuencia, la Generalitat ha tenido que ir aumentando su aportación. TV3 cuesta ahora unos 260 millones al año a los contribuyentes catalanes, una cifra que se obtiene de restar los ingresos por anuncios a la partida presupuestaria que destina la Generalitat (326 millones) a la financiación de la televisión.

Pero su enorme gasto no es la única polémica que arrastra TV3. El regreso de CiU al poder ha desatado las críticas por el sesgo de las informaciones en clave nacionalista: Artur Mas ha sido entrevistado de forma reiterado y las expresiones independentistas generosamente amplificadas. «No se puede convertir en el No-Do en color», ha protestado el PP, la formación que más insiste en adelgazar TV3 y en mejorar la pluralidad del medio más poderoso en Cataluña.

Vender Cataluña en el extranjero
Madrid- El líder de CiU está convencido de la «viabilidad económica y social» de una Cataluña dotada de un Estado propio. Tal es así que en los últimos meses se revistío de «embajador» convencido de que además sería viable en la UE. En sus discursos de campaña ya ha anunciado que si es reelegido habrá una consejería dedicada exclusivamente a la política exterior y es que, entre sus prioridades figura la de «consolidar Cataluña como un actor internacional comprometido, responsable y solidario» mediante una «política de cooperación». Además, apuesta por impulsar una acción «coordinada y eficaz para defender los intereses catalanes en la UE». Para todo ello, ha destinado 39 millones en los presupuestos de 2012 a la política exterior. En cooperación y relaciones institucionales invierte 12 millones y sólo la acción exterior se lleva 26,9 millones. Dentro de esta partida se encuentran los 1,2 millones de euros que destinan a las seis «embajadas» que tiene repartidas en Bruselas, Londres, Berlín, París, Nueva York y Buenos Aires. El gasto de alquiler por cada una de ellas oscilan en torno a los 400.000 euros anuales. La propuesta del ministro de Exteriores de concentrar sus legaciones en la de exteriores y así cerrar sus «embajadas» para evitar duplicidades y ahorrar contó con el frontal rechazo de Mas.

Del euro por receta a pagar por el «tupper»
Durante el año y medio de Mas al frente de la Generalitat, los recortes presupuestarios han sido especialmente duros en materia de Educación, Sanidad y asistencia a personas con discapacidad. Durante los primeros seis meses de mandato ya dejó entrever sus intenciones: cierre del 30 por ciento de las camas hospitalarias y de quirófanos. En diciembre de 2011, muchos médicos de atención primaria se vieron obligados a ejercer de especialistas, a pesar del colapso de los centros de salud y la reducción de los horarios de atención. Durante el año pasado se suspendieron cerca de 22.000 operaciones y las listas de espera se dispararon un 23 por ciento. En enero de este año, Mas dio una nueva vuelta de tuerca y anunció que el Instituto Catalán de Salud, del que dependen 400 centros y 40.000 profesionales iba a ser troceado y repartido entre 20 empresas (meses después hipotecaría su sede para hacer frente a los gastos) y aprobó el decreto para cobrar un euro por receta, que entró en vigor tras el verano. Paralelamente a las muestras de rechazo y manifestaciónes, las farmacias alertaron de los peligros de la modificación de los plazos de pago, que ya se situaban por encima de los 90 días. A pesar de la situación, se negó a aplicar las reformas del Gobierno y mantuvo la atención sanitaria a los inmigrantes irregulares sin recursos. Los problemas económicos obligaron a la Generalitat a suspender los pagos a hospitales y centros concertados en agosto y los servicios sociales dejaron de recibir cerca de 450 millones. En año y medio, han desaparecido 7.767 puestos de trabajo en hospitales y ambulatorios.

En materia educativa, el presupuesto para este año es el más bajo del último lustro, a pesar de contar con 15.600 alumnos más en las aulas. Durante 2011, el número de profesores asociados se redujo en 2.000 efectivos y las universidades comenzaron el curso con 400 millones menos. En 2012, se produjo una subida de tasas hasta el 60 por ciento y el precio de algunos másteres alcanzaba los 6.000 euros. El plan de austeridad llevó a la supresión de 10 centros escolares, a la no contratación de personal docente, y al control de todos los gastos corrientes, incluido el consumo de papel higiénico por alumno. Es más, los niños que llevan «tupper» al comedor porque no pueden costearse el menú –que oscila en torno a los 6,2 euros– deben pagar una cuota por el uso de las instalaciones: 3 euros diarios.

El exceso de administraciones
Podría decirse que Cataluña tiene administraciones por encima de sus posibilidades, puesto que coexisten hasta cinco niveles de organismos públicos: ayuntamientos, consejos comarcales, diputaciones, gobierno autonómico y gobierno estatal. De todas estas administraciones el caso de los 41 consejos comarcales es especialmente controvertido. Absorben dinero público por valor de 556 millones, de los cuales 34 van dedicados en exclusiva a financiar las dietas de los más de 1.000 cargos públicos al abrigo de una administración, cuyo objetivo es mancomunar servicios entre municipios. La propia Generalitat reconoció el exceso aunque no se atrevió a acabar con él. Hay que preguntarse, dijo la vicepresidenta Joana Ortega, «si todos tienen que existir con las mismas estructuras de ahora o si no sería mejor, por ejemplo, que fueroan sustituidos por un consejo de alcaldes». Jordi Pujol los ideó en 1987 para establecer un contrapoder a los municipios que controlaba el PSC.

Otro mentiroso
josé garcía domínguez ABC Cataluña 11 Noviembre 2012

No se cansan de repetir que Cataluña es una nación, esto es una comunidad de adultos conscientes y dotados de raciocinio, pero no cesan de tratarla como si se fuera un jardín de infancia, una enorme guardería infantil poblada por siete millones y medio de parvulitos. Siete millones y medio de capitidisminuidos a los que, por su propio bien, procede engañar sin el más mínimo pudor. Eso, siete millones y medio de tontitos, es lo que el ex presidente de la Generalitat, don José Montilla, debía tener en mente cuando, el miércoles pasado, firmó un embuste oceánico, una trola monumental, un muy descarado insulto a la inteligencia de sus conciudadanos en el diario “El País”. Así, siguiendo la estela de otro burlador impenitente, su maestro Duran Lleida, acusaba ahí don José al Gobierno de “la flagrante vulneración de la disposición adicional tercera del Estatuto – vigente por cierto – que ha de garantizar un porcentaje de la inversión estatal”.

Porque lo único en verdad flagrante resulta ser el infinito desprecio del senador Montilla por la verdad. Pues ocurre que el enunciado de esa frase es más falso que los duros sevillanos. Así de simple. Y así de obsceno. Al igual que Artur Mas, don José cree que a los catalanes se les puede tratar como a aquella célebre tribu, la de los indios algonquinos, que, según es fama, vendió la isla de Manhattan a cambio de unos chuches y media docena de cristales de colorines. De sobras sabe el pillo de don José que el Tribunal Constitucional , si bien no anuló en su día ese precepto, sí dispuso que en ningún caso procedía interpretarlo en el sentido de que vinculase al Gobierno de la nación. Algo que, por cierto, tampoco ocurre en ningún otro Estado compuesto del mundo. En consecuencia, “Madrit” no ha violado norma legal alguna. El pícaro Montilla miente con descaro. ¿Mas a quién importa aquí aquella añeja antigualla de la ética burguesa, la honestidad intelectual?

El SCC
xavier pericay ABC Cataluña 11 Noviembre 2012

EL SCC no es el Standards Council of Canada, ni el Sacramento City College, ni, por supuesto, la Société Centrale Canine. El SCC es el Sistema Català de Comunicació. El Sistema Català de Comunicació, o sea el esececé, difícilmente puede ser descrito en una columna de periódico: no sólo desborda sus límites, sino que, por su condición mutante, aparecerá siempre de modo inconcluso. Aun así, por probar que no quede.

El SCC es un sistema basado en la existencia de un espacio diferencial -el Espai Català de Comunicació- donde se manifiestan fenómenos singulares. Por ejemplo, el de unos medios de comunicación presuntamente privados que, además de ir todos a una, guardan una exquisita fidelidad al poder, lo que les lleva a publicar editoriales conjuntos en contra del Tribunal Constitucional y a favor de un Estatuto de Autonomía cocinado por ese mismo poder; a cambio, reciben jugosas subvenciones, de forma directa o mediante publicidad institucional.

O el fenómeno de una televisión pública que, entre otras muchas particularidades, tiene por costumbre censurar sus informativos, como ha hecho esta misma semana por la presión de una entidad financiera que no quería ver dañada su imagen. O el de un organismo de la Generalitat encargado de realizar estudios de opinión que prevé una mayoría absoluta para la federación gobernante, cuando resulta que todos los demás organismos y empresas de sondeos españoles coinciden en pronosticar para esa misma formación una mayoría no absoluta.

O el fenómeno de una intelectualidad agradecida, rastrera y a todas luces senil, en la que confluyen funcionarios, altos cargos convergentes y viejas glorias del socialismo autóctono, que suscribe un manifiesto de apoyo al caudillo y su movimiento y se presta incluso a escenificar el acto de vasallaje con el consejero de Cultura oficiando de gran chamán.

Y, sobre todo, el fenómeno que resulta de lo descrito hasta aquí: ese silencio envolvente, entumecedor, totalitario.

Mas saca al Gobierno de sus casillas...y de su modorra
Alejandro Vara www.vozpopuli.com 11 Noviembre 2012

"El futuro de España es brillante", anunciaba voluntarioso el ministro de Economía desde el titular de un fogoso artículo publicado hace unos días. Y añadía: "Uno puede decidir que todo va mal, sumirse en la melancolía y no hacer nada...o puede admitir que tiene graves problemas y adoptar medidas necesarias para superarlos". Bueno, como dijo el poeta, "la única ventaja de la melancolía es que no da fiebre". Pero no es buena consejera para una acción de gobierno.

Nuestra bella durmiente, es decir, el Ejecutivo instalado en la Moncloa con un respaldo abrumador del electorado, ofrece ya síntomas de que empieza a desperezarse del abúlico estado en que se hallaba postrada. Acosado por una nueva vuelta de tuerca sindical, con otra huelga general en puertas, y por un desafío secesionista sin precedentes, con unas elecciones plebiscitarias a la vista, el Gobierno del Partido Popular empieza a dar señales de que abandona la melancolía y se lanza al contraataque. Al fin, se escucha como un clamor en los foros de opinión y en los despachos de las decisiones.

Tibias señales, mínimos gestos, pero "eppur si muove". A unas valientes aunque alicortas reformas laborales y de educación, le llegan ya los refuerzos, directos al corazón y al latido anhelante de la opinión pública. En unos días hemos visto cómo el Gobierno se ha puesto en contacto con la casi inexistente oposición (el último CIS muestra el encefalograma plano del PSOE) para abordar la angustiosa realidad de los desahucios, quizás el rostro más cruel del paro y de la crisis, esa terrible inundación que anega a decenas de familias españolas tras el diluvio provocado por la explosión de la burbuja inmobiliaria. En un gesto inédito y elogiable, el Gobierno, bajo el impulso de Soraya Saénz de Santamaría, se ha arremangado y se ha puesto a trabajar para intentar frenar esa marea incontenible de descontento cuyo rompeolas es la credibilidad de la clase política, económica y financiera. ¿Demasiado tarde? El goteo de suicidios empieza a resultar insufrible.

Loros y pajarería
Otra reacción de balsámicos efectos es la anunciada supresión de coches oficiales, piedra de escándalo de un país cosido a impuestos. Si en Estados Unidos hay mil coches oficiales ¿por qué en España tiene que haber 22.000? El ahorro económico es nimio, pero, como dijo la vicepresidenta, "empiezas a sumar el chocolate del loro y terminas con una pajarería". Mucho pájaro, en efecto, es lo que hay. ¿Y por qué no se hizo antes? Lo que necesita España, de verdad, es meter a todos esos pájaros, a esos auténticos buitres, en una jaula bajo siete candados y tirar la llave. Episodios como los iPad de los senadores o las llamadas a números de servicios sexuales desde teléfonos pagados por todos los españoles son evidencias de una decrepitud ética que nos esfixia.

Pero el verdadero rearme ideológico, la gran batalla que está librando el Gobierno antes durmiente de Mariano Rajoy está en el frente del nacionalismo, gran lacra y terrible mal de nuestra democracia. Artur Mas, el independentista proteico, el iluminado de una nación que jamás fue Estado, empieza a mostrar todas sus lacras, mentiras y tramapas de las que revistió su campaña bajo el envoltorio de la senyera. A los espantosos ridículos en sus escapadas a Moscu y Bruselas, para "internacionalizar el conflicto" ha seguido una contraofensiva del PP hasta ahora inédita. La estrategia del perfil bajo ha dado paso a una encendida defensa del edificio constitucional y a un ataque sin tregua al frente rupturista. Es lo que "La Vanguardia" definía como "salida en tromba" del Gobierno español contra "el soberanismo de Mas". Defender la Ley con firmeza es, para la prensa catalana, "salir en tromba contra el soberanismo". La tonadilla a lo Lluís Llach empieza a desafinar. Y a molestar a un número creciente de catalanes, empresarios, profesionales, clases medias...sólo los inmtelectuales paniaguados, los medios de comunicación subvencionados y los soberanistas recalcitrantes se creen ya el cuento. Si no logra Artur Mas la mayoría absoluta se convertirá en un cadáver político que el hijo de Pujol enterrará en solemne funeral a los pies de la Moreneta. Hasta el diario "El País" que alentó un Estatut anticionstitucional y hasta el "cordón sanitario" del malhadado Tripartito, recordaba tachaba a Mas de "caudillismo" y calificaba su febril empeño de "peligro democrático".

Fuera complejos
El Gobierno reacciona, contraataca, parece que se mueve. Al menos en el terreno político e ideológico. Se ha sacudido incluso el complejo de hablar de una "España unida". Por ahí se empieza. No habría salido tan escaldado en los comicios vascos de haber sido algo más fiel a sus principios. Las primeras palabras de Obama tras su victoria electoral fueron referidas, precisamente, a la "unidad" del país. Y Merkel, con elecciones a la vuelta de la esquina, se refiere con insistencia a que la base de una Alemania fuerte es un pueblo alemás unido.

Este pueblo pasmado, descreído y laminado por una crisis indomable, reclama a gritos un Rajoy a la ofensiva. Aunque la Comisión Europea agoste el espejismo de unos mínimos indicadores positivos. Aunque el taimado Draghi oscile entre el aliento y la zancadilla. Aunque las cifras del desempleo sepulten mensualmente todo brote de esperanza. Aunque los sindicatos cerriles y trasnochados jueguen impunemente a la revolución pendiente con el dinero de todos. Aunque el estamento financiero ignore la desabrida y lacerante realidad. Aunque el lobo del nacionalismo obsecuente desafíe nuestra convivencia desde sus tradicionales reductos, porque tras Cataluña vienen los totalitarios de Bildu. Aunque... aunque...

No coinciden las encuestas con el laborioso ministro De Guindos y su invocación, más que anuncio, a "un futuro brillante" para España. Pero el doblegado espíritu de una sociedad vapuleada necesita aferrarse al clavo ardiente de un Gobierno que toma con decisión las riendas y que promueve iniciativas capaces de dar la vuelta a una situación agónica. Que las palabras se transformen en hechos. Que las medidas se ejecuten. Que destierre la máxima de que la mejor terapia es el desestimiento o, peor aún, la autoindulgencia. Que abandone esa anestesiante sensación de que poco se puede hacer o de que incluso el Apocalipsis es apenas un episodio modesto y superable. ¿El Gobierno contraaca?. Así sea.

Homenaje debido
EDITORIAL El Correo 11 Noviembre 2012

Las instituciones vascas no pueden brindar a las víctimas menos reconocimiento que el que recibieron ayer

El Día de la Memoria, instituido hace dos años en recuerdo de las víctimas del terrorismo, se conmemoró ayer con diversos actos cuya naturaleza simbólica no pudo suplir las ausencias ni la insuficiencia del homenaje que merecen quienes vieron cómo su vida les era arrebatada o su integridad cercenada para así amedrentar al conjunto de la sociedad. El recordatorio de ayer es ese mínimo por debajo del cual las instituciones deberían abstenerse de protagonizar una jornada que solo puede responder a su propósito inicial si es verdaderamente sentida y suscita una digna participación. Dentro de un año las víctimas de la violencia terrorista no pueden ser acreedoras a menos de lo que la Euskadi institucional les brindó ayer.

La desazón de sus deudos es grande cuando su padecimiento se diluye entre el reconocimiento tardío y protocolizado, el silencio amnésico y, sobre todo, la pretensión de soslayar los hechos más crueles de la historia reciente de nuestro país para referirse a ellos como si se tratase de los daños colaterales de un conflicto histórico aún pendiente de solución.

En las últimas décadas ha habido en Euskadi distintas violencias y distintas víctimas de la utilización de la fuerza asesina frente a la razón democrática que trataba de abrirse camino contra la barbarie. Pero por eso mismo el lenguaje de la convivencia debería desterrar las menciones a «todas las violencias» y a «todas las víctimas», puesto que las personas a las que ayer se les ofrendaron flores no se mataron entre sí sino que fueron asesinadas por un grupúsculo minoritario.

En este sentido, las víctimas de ETA no requieren ocupar el sitio principal del homenaje solo porque sean infinitamente más que aquellas que cayeron abatidas por el GAL y otras tramas. Deben ocupar un lugar predominante en la memoria colectiva porque su muerte fue jaleada públicamente y vindicada con toda clase de justificaciones, y porque quienes cometieron más de ochocientas atrocidades mortales continúan negándose a admitir el mal causado.

Por eso mismo el recuerdo de las víctimas es -como ayer señaló el lehendakari López- baluarte de la libertad y de los valores democráticos. La verdad histórica de lo que les ocurrió y su esclarecimiento judicial no pueden ser moneda de cambio de la especulación política ni pasto del olvido en una sociedad tentada a obviar lo ocurrido con el argumento de que ya sabemos que pasó.

No a la fractura social
El autobús de la unidad y la concordia
El movimiento España y Catalanes recorre Cataluña hasta el día de las elecciones
El portavoz de la plataforma junto al autobús que recorre Cataluña con el mensaje «Dale la vuelta» para que los ciudadanos puedan expresarse con normaldad
David J. Fernández La Razón 11 Noviembre 2012

BARCELONA- Poco se imaginaba Manuel Parra que lo que comenzó como un intercambio de ideas desordenadas en la red terminaría por desembocar en una multitudinaria manifestación en la plaza de Catalunya de Barcelona.

El verano tocaba a su fin, y el ambiente estaba enrarecido por la inminente reunión entre Artur Mas y Mariano Rajoy. Sin embargo, la manifestación de la «Diada» del 11 de septiembre precipitó los acontecimientos y el pacto fiscal de Mas se convirtió en un desafío soberanista. Las redes sociales hervían y en apenas dos semanas, Manuel y sus amigos de internet organizaron una manifestación para el 12 de octubre. Pese a las prisas, la respuesta de la gente sorprendió a propios y extraños y la plaza se llenó. A la vista de lo sucedido, no dudaron en constituirse en el movimiento cívico «España y Catalanes», y tampoco en darle continuidad. Una continuidad que ha dado paso a dos nuevas iniciativas: la movilización de un autocar de campaña y la convocatoria de una nueva manifestación para el próximo 6 de diciembre con motivo del día de la Constitución.

Son las nueve de la mañana y el autocar sale del paseo de San Juan en Barcelona camino del campo de Tarragona. En los laterales del vehículo puede verse un enorme corazón mitad bandera de España mitad «senyera». Al lado se lee: «Dóna-li la volta» (Dale la vuelta), que llama a la participación de los catalanes que se sienten españoles para que alcen la voz frente al separatismo. Desde el jueves pasado, este autobús ha recorrido el área metropolitana de Barcelona y, hasta el próximo 25 de noviembre, se moverá por toda la geografía catalana para movilizar a los ciudadanos y animarles a que puedan expresar con normalidad y civismo su doble condición de españoles y catalanes. A mediodía llega al mercado de Carrilet de Reus. Manuel y sus compañeros comienzan a repartir dípticos entre los curiosos. «Nos hemos encontrado con el caso de algún ciudadano que recelaba de nosotros pero, tras una charla, acaba reconociendo que Mas miente», señala Manuel. En Reus, la mañana transcurre tranquila. Se acercan personas que acudieron en su día a la manifestación del 12 de octubre e intercambian con ellas abrazos y palabras de ánimo. «Hay buena sintonía –prosigue Manuel-. La mayoría de los catalanes llevamos con fraternidad la relación con España. No hay ningún conflicto pero sí que hay una serie de procesos de tensión interesados». Y añade con convicción: «Vemos la necesidad de aportar al debate político, que incomprensiblemente algunos líderes separatistas han llevado a límites inconcebibles, sensatez, argumentos y realidades que pongan de relieve lo que nos une a catalanes y al conjunto de los españoles».

El autocar continúa su marcha por Tarragona, donde se detiene en la Rambla Nova y el Balcón del Mediterráneo. En cada parada la liturgia es la misma: extender una pancarta, repartir dípticos y conversar con los transeúntes. A última hora se acerca una chica que también había acudido a la manifestación de octubre y les agradece el trabajo que están haciendo. La joven les explica que ha colgado el corazón en la empresa en la que trabaja, pese a quien le pese.
Hoy les espera un acontecimiento muy especial: el autocar subirá a Montserrat y los integrantes de la plataforma harán una entrega floral a la Moreneta. Y quedan aún 14 días para las elecciones.
 



Recortes de Prensa   Página Inicial