AGLI Recortes de Prensa    Domingo 6  Enero 2013

Los socialistas y sus propuestas de más descentralización
JOSÉ ANTONIO PORTERO MOLINA (*) La Opinion  6 Enero 2013

Leo que, tras un año de apocalípticos presagios sobre el euro y la UE, Krugman admite estar asombrado por la resiliencia política de Europa, por su capacidad de resistir y reaccionar. Alta política, señor premio Nobel. La misma que en USA han demostrado Obama y cuantos han sabido ceder para superar el abismo fiscal. Complejísima gestión de intereses opuestos, en uno y otro caso, que requieren mucha paciencia, respeto, rigor, flexibilidad, conocimientos y tiempo. Gestión difícil, por completo ajena al decisionismo simplificador de tanto artista de las tertulias que en horas veinticuatro sube o baja impuestos, borra diputaciones, ayuntamientos y autonomías, le echa un pulso, y lo gana, a Merkel, a las agencias de calificación y al Sursum corda que se ponga a tiro. Nos queda mucha alta política por hacer en España, pero algo se mueve ya y no precisamente gracias a la contribución de una oposición que no se cansa de gritar, descalificar y poner palos en la rueda. Y de tener ocurrencias. La última proponiendo otra fuga hacia adelante en forma de amplia reforma constitucional. Sucede que en un par de semanas los socialistas andaluces, valencianos y catalanes van a presentar una propuesta de reforma del modelo territorial construido a lo largo de tres décadas a partir del título VIII de la Constitución. Ahora que el paro, la economía, los políticos, la corrupción y la sanidad son los cinco primeros problemas que agobian a los españoles según el barómetro de diciembre del CIS y aunque ninguno de ellos tiene que ver con la Constitución, sino con una gestión desastrosa, con la falta de decencia, de rigor y responsabilidad, con la complejidad de la economía y la política, los socialistas nos propondrán una fuga hacia delante en forma de más descentralización, menos Estado, más protagonismo autonómico en el gobierno común y más complejidad en la toma de decisiones. Justo lo que necesitamos. Los mismos que nos embarcaron en las reformas estatutarias de Andalucía y Cataluña nos quieren seguir indicando el rumbo correcto?hacia la pérdida de tiempo, la agitación y el despeñadero.

Fíjense. En diciembre se publicaron las dieciocho últimas sentencias del Tribunal Constitucional de las cuales diez recaen en recursos de inconstitucionalidad y conflictos de competencias sobre materia autonómica. Todos se plantearon entre 2000 y 2004 contra normas publicadas entre 1999 y 2003, lo que supone que el TC, pieza clave en el funcionamiento del Estado de las Autonomías, tarda una media de 10 años en resolver asuntos relevantes, varios de ellos cuando la norma recurrida ya no existe. Si los partidos no son capaces de arreglar esta tremenda avería en tan esencial pieza del sistema ¿qué sentido tiene que los socialistas, ahora y desde la oposición, vengan con pretenciosos ejercicios académicos de imposible aplicación? Sólo cabe pensar que Rubalcaba y los suyos tienen tan revuelta la casa que sólo con ocurrencias como esta creen poder entretener a su público hasta 2015. De alta política, ni hablar.

(*) Catedrático de Derecho Constitucional de la Universidad de A Coruña

El arreglo del Tribunal Constitucional
Nota del Editor  6 Enero 2013

El tribunal constitucional no tiene problema alguno. Somos los españoles los que tenemos un grave problema a causa del tribunal constitucional.

Ocurre como con las deudas: si debes 1000 euros tienes un problema, si debes 100 millones de euros, ellos tienen un problema. El que el tribunal constitucional tarde 10 años en dictar sentencia, es como deber 1000E, pero que tal tribunal se pase la constitución, su espíritu y su letra por donde le convenga a sus pastores (pagadores con nuestro dinero) y su mera existencia es como si nos debieran 100 millones y el problema es nuestro.

Está claro que tal tribunal sobra, como todas sus sentencias, lo mismo que sobran todos los que en vez de reducir gastos (siempre superfluos) suben impuestos o defienden este disparate, lo mismo que muchos ayuntamientos y muchos tinglados municipales, todos los tinglados provinciales y todas las autonomías.

El desafío independentista
Cataluña contra Cataluña
El gran problema político de España es el nacionalismo catalán, alejado de la centralidad política y dispuesto a romper las leyes en las que se sustenta la propia autonomía de Cataluña
José María Marco La Razón  6 Enero 2013

Como en tiempos de la Solidaridad Catalana, hace más de un siglo, el nacionalismo ha conseguido unir las diversas corrientes que lo componen. A diferencia de lo que ocurría entonces, el objetivo no es ya «recuperar» instituciones de autogobierno, sino proclamar la independencia de Cataluña. También por primera vez desde la Segunda República, el nacionalismo conservador, el que puede proclamarse –con razón– fiel seguidor de los primeros ideólogos nacionalistas, va a rastras del nacionalismo de izquierdas. Artur Mas, el «president», se mira complacido en la imagen que le devuelven los monitores de televisión y las masas que logra reunir ante el Palau de Sant Jaume. En realidad, depende de los republicanos de la Esquerra. Los equilibrios a la italiana de los que probablemente se jactan en CiU no disimulan el hecho de que su gobierno es antes que nada la ejecutiva de un grupo político, o a la vanguardia –en sentido leninista– de un grupo dispuesto a llevar a la sociedad catalana a una tierra prometida y uniformada.

Al proyecto de redención se añade la corrupción rampante en este grupo, que considera Cataluña una propiedad privada. Hoy apoya a esta vanguardia el 33,9 por ciento del censo: en 1984 lo apoyó el 33,6 por ciento. Los creyentes dicen que el nacionalismo ha roto al fin su techo electoral... Todo esto contribuye a explicar por qué los nacionalistas han decidido precipitar las cosas y forzar una estrategia pensada para plazos mucho más largos. Está la herencia de Rodríguez Zapatero, claro, y también la debilidad institucional puesta en claro por la crisis. Tal vez los nacionalistas han intuido que estaban ante la última oportunidad, antes de que esa misma crisis, y la respuesta al intento de desmantelamiento llevado a cabo entre 2004 y 2011, consolidaran como nunca hasta ahora la idea misma de España.

Las fuerzas políticas nacionales
No es la primera vez que ERC participa con ínfulas de hegemonía en un gobierno catalán. El PSC-PSOE ya salió escaldado de una alianza de este tipo aunque, por lo que se deduce de la postura abstencionista de Pere Navarro ante un posible referéndum independentista, los socialistas todavía no han logrado despejar las brumas ideológico-sentimentales que tanto les gustan. El PSOE, incluyendo a los socialistas catalanes, culmina en este desconcierto una larga historia. De por sí, el PSOE, como en general la izquierda española desde 1812, habría implantado un régimen centralizado, al estilo del republicanismo francés. Sin fuerzas para conseguirlo, se replegó en la coartada del fracaso de la nación española y en la propuesta de una nueva nación, una nueva España en rigor, formada esta vez por los pueblos –o las naciones– que componen una entidad de perfiles indefinibles.

Como ocurre una y otra vez en nuestra historia, la izquierda consiguió su objetivo, en este caso el Estado de las Autonomías. Ahora bien, en vez de fijar de una vez una idea de España y una nueva lealtad hacia la nación, con lo cual el PSOE habría firmado la defunción de su radicalismo, se deja arrastrar de nuevo hacia el maximalismo independentista. Habiendo contribuido durante años –y con qué convicción– a la catalanización de lo que en otro tiempo habrían llamado las «masas obreras», ahora los socialistas parecen incapaces de mudar de rumbo. Sería como reencarnar el antiguo lerrouxismo. Así que hará falta un liderazgo serio y un debate aún más enérgico para reconducir una situación muy difícil.

El Partido Popular, por su parte, heredó la tradición del centro derecha liberal y democrático español desde tiempos de Silvela y de Maura. Según una decisión estratégica tomada entonces, el gobierno de Cataluña se delegaba en el nacionalismo conservador. A cambio, se mantenía la esperanza de incorporar al nacionalismo, algún día, a la gobernación del conjunto de España. Como consecuencia, el centro derecha español –el político– abandonó el deber de elaborar una idea consistente e inteligible de la nación española, más allá de las apelaciones abstractas al «patriotismo constitucional». Tampoco compitió de verdad con los confusos y destructivos ideales del socialismo. (Por eso la propuesta de «españolizar» a los niños catalanes resulta tan desorbitada) En los últimos años, se ha iniciado el cambio de dirección. El Partido Popular ha dejado de ser invisible en Cataluña y empieza a asumir con naturalidad su condición de partido catalán y español, así como su vocación de gobierno en todos los territorios de España, sin excepciones.

El centro y la vigilancia de la nación española
El resultado de estas grandes tendencias políticas ha sido el curioso experimento político español de las cuatro últimas décadas. Hemos intentado construir una democracia liberal –una Monarquía parlamentaria, por más señas–, sin sustrato nacional. Debemos ser el único país en el que, por ejemplo, los símbolos nacionales estaban evacuados de la vida pública. Lo que resulta sorprendente en el conjunto de España resulta más grave en Cataluña, porque allí, más que en ninguna otra zona de nuestro país, España y el concepto de comunidad política española constituyen el centro de la vida política. Es en torno a la naturaleza española de Cataluña como se organiza allí el espacio de la negociación, del diálogo, del posible consenso. Así que en ausencia de ese espacio templado, la política catalana tiende naturalmente a radicalizarse. Es una evolución previsible, que ya se ha producido en la historia de Cataluña y siempre con resultados trágicos. Cataluña está volviendo a convertirse en esa burbuja utópica y alternativa en la que se complacen los radicales de todo el mundo.

Es probable que, como ocurrió antes, las unanimidades nacionalistas se despejen pronto y el gobierno de Artur Mas no dure más allá de una temporada. También es posible que en este tiempo consiga organizar una parodia de plebiscito que, sin la menor eficacia, radicalizará aún más la vida catalana, alejará cualquier inversión de Cataluña y complicará la salida de la crisis en el resto de España.

La actitud de gobierno
Por eso mismo, la posición del gobierno español debe estar presidida por la máxima disposición al diálogo: con las fuerzas políticas no nacionalistas, como Ciutadans, pero también con todos aquellos que, en el espectro del nacionalismo y del socialismo, no estén dispuestos a dejarse arrastrar por la fantasía radical. Hay que reconstruir el centro en Cataluña, y eso no se hará desde la soledad y el aislamiento.

Las bazas con las que cuenta el gobierno son, por otro lado, mucho más importantes de lo que las fanfarronadas nacionalistas dejan suponer. Está la ley, el Estado de derecho, la Constitución y las instituciones democráticas: los intentos de secesión ponen a quienes los patrocinan fuera de la ley. También hacen de ellos los protagonistas de un golpe contra el orden constitucional. En este punto los independentistas cuentan con la simpatía de una opinión pública internacional que sigue viendo en el nacionalismo catalán uno de los últimos retazos de los ensueños utópicos de emancipación. La imagen de la España romántica sigue viva en las Ramblas, donde se escucha poco el catalán, por cierto. Esto estrecha el campo de acción del gobierno, que de ninguna manera se puede permitir la menor confusión con cualquier clase de posición nacionalista.

A cambio, el gobierno español tiene de su parte las instituciones internacionales y las europeas. Aquí el nacionalismo catalán suena a lo que es, nacionalismo puro y duro, el que llevó a Europa a la ruina por dos veces en el siglo XX. El gobierno cuenta también con una diplomacia pública que habrá de promocionar la dimensión auténtica de la «marca España», lejos de las ensoñaciones propias de señoritos progresistas. Desde esa misma perspectiva, está la recomposición de la idea de la nación española. Si por algo vale la nación, es porque es el espacio de la pluralidad y la tolerancia, lejos de cualquier idea de monopolio del espíritu nacional. La lealtad a la nación obliga a los nacionales a hablar y también a ayudar a sus compatriotas en dificultades. La nación no se entiende si no aspira a un mínimo de justicia. Ahí está más del 60 por ciento de la población de Cataluña –catalana, en todo el sentido de la palabra– a la que se le quiere arrebatar una parte esencial de su identidad, de su vida.

Que a los españoles nos guste la tolerancia y el pluralismo no debería querer decir que no estamos dispuestos a contener el fanatismo, la intransigencia y las pulsiones suicidas de unos cuantos.

La España insostenible de Mr. Rato
Carlos Sánchez El Confidencial  6 Enero 2013

Si es verdad, como decía Caballero Bonald, que “somos el tiempo que nos queda”, es muy probable que España se esté convirtiendo es un país insostenible. No es un derrotismo fácil basado en una percepción subjetiva. Ni un juicio de intenciones. Es la constatación empírica de una realidad compleja y demoledora que se manifiesta en una comparación clarificadora. Hacienda ha revelado que en 2011 -últimos datos disponibles- existían en España apenas 12,5 millones de asalariados ‘puros’. Es decir, trabajadores por cuenta ajena que no tienen otra fuente de ingresos más que su empleo.

La cifra es significativa, pero lo que es realmente impactante es que, a la luz del IRPF, existen 9,1 millones de españoles que o bien son pensionistas ‘puros’ -sólo perciben rentas de su pensión- o son parados con algún ingreso.

El país sigue viviendo como si se tratara de una crisis económica más a la que se le puede hacer frente con soluciones pacatas y de subsecretario. Ganar tiempo como sea parece ser el mensaje a la espera de que escampe en Europa. Y el fichaje de Rato por Telefónica va en esa dirección. Es más de lo mismo. Forma parte de la modorra nacional. De la inercia que conduce al abismo. De la España de la escopeta nacional

La proporción es aterradora -casi el 73% entre unos y otros- , y muestra las dificultades históricas de este país para crear puestos de trabajo (más allá de la burbuja inmobiliaria) para una población que supera ya ampliamente los 46 millones de habitantes. Pero es todavía más llamativo comprobar que en 1999 -al arrancar la unión monetaria- España contaba con 11,9 millones de asalariados ‘puros’, mientras que había 7,3 millones de pensionistas y parados con una sola fuente renta.

Eso quiere decir que mientras el número de asalariados ha crecido apenas un 0,5% en una docena de años, el número de pensionistas y parados ha aumentado casi un 25%. La relación no sería tan mala si no fuera porque en ese mismo periodo tanto la prestación de servicios públicos -sanidad, educación o asistencia social- como las inversiones del sector público (que conllevan gasto corriente) no hubiera crecido de forma exponencial, pero sucede justamente lo contrario, y eso explica que este país comienza a ser insostenible si no cambian las cosas. Y no parece que vayan por ahí los tiros.

El país sigue viviendo -al menos es lo que se intenta transmitir- como si se tratara de una crisis económica más a la que se le puede hacer frente con soluciones pacatas y de subsecretario. La consigna parece ser ganar tiempo como sea a la espera de que escampe en Europa. Y el fichaje de Rodrigo Rato por Telefónica va en esa dirección. Es más de lo mismo. Forma parte de la modorra nacional. De la inercia que conduce al abismo. De la España de la escopeta nacional.

Sólo muestra la pervivencia de algunas élites políticas y empresariales incapaces de entender el tiempo que les ha tocado vivir. Y que campan a sus anchas absolutamente desconectadas de una opinión pública (que otra cosa es la democracia) a la que desprecian, amparadas en esa sensación de impunidad que da el poder (Alierta está sobrado, asegura un fino economista). Probablemente, porque esas mismas élites viven instaladas en un hedor conformista que les impide comprender la dimensión del problema.

Una larga cambiada
Esta realidad ‘de toda la vida’ es la que explica que el bueno de Don Rodrigo se haya pasado por Moncloa en busca de árnica de la fiscalía. Incluso, en busca de algún consejo de administración como el de Repsol, a lo que Rajoy respondió con una larga cambiada.

Y es que Rato necesita cariño, reconocimiento. Pero como le sucedía al coronel de García Márquez, no tiene quien le escriba. Él no lo hace por dinero, sino que lo suyo es enredar (por eso se volvió de Washington), como en los viejos tiempos de Hernández Mancha. Rato sólo pide ahora favores a los viejos amigos de esa aristocracia económica que él amamantó en la segunda mitad de los años 90 tras la retirada del sector público de la actividad empresarial. Los barandas de los antiguos monopolios que hoy presumen de estar en medio mundo. Pero que siguen comportándose como en los tiempos del INI o del Patrimonio del Estado.

Detrás de este comportamiento se encuentra, sin duda, la escasa movilidad empresarial existente en España, donde hay presidentes de grandes compañías que llevan años y años al frente de los consejos de administración de sus empresas sin apenas tener representación accionarial. Simplemente por haber sido capaces de tejer a su alrededor una guardia pretoriana de fieles dispuesta a matar por el jefe y sus honorarios

Que se sepa, ningún alto ejecutivo del Ibex ha hecho mutis por el foro desde que estallara la crisis, como si el alto endeudamiento de muchas empresas cotizadas -léase la propia Telefónica- o algunas inversiones ruinosas en el exterior fueran culpa del empedrado. Como si la escasa internacionalización de la empresa española fuera responsabilidad de una maldición bíblica.

Claro está, siempre hay un Gobierno al que echarle la culpa. O siempre hay una buena campaña de imagen para lavar malas conciencias. Los pecados de soberbia, como es el nombramiento de Rato, se pagan así. Con oraciones pecuniarias.

Detrás de este comportamiento se encuentra, sin duda, la escasa movilidad empresarial existente en España, donde hay presidentes de grandes compañías que llevan años y años al frente de los consejos de administración de sus empresas sin apenas tener representación accionarial. Simplemente por haber sido capaces de tejer a su alrededor una guardia pretoriana de fieles dispuesta a matar por el jefe y sus honorarios. O un comité de nombramientos, retribuciones y buen gobierno, que así se llama, que elige a Rato miembro de un fantasmal consejo asesor porque sabe que en ningún país civilizado podría ser elegido para formar parte del consejo de administración. Ningún regulador lo hubiera aceptado en EEUU. Como dice un avezado empresario: ‘’que mal debe estar Rato para aceptar un puesto tan inútil’. Y qué poco le interesa la opinión pública a compañías que viven de millones de clientes.

Estamos ante esa misma España añeja que sale en los publirreportajes sobre el Rey, donde sólo se habla de pasado, pero nada de futuro. Y que desconoce aquella frase célebre de Ortega recogida por Julián Marías en sus Memorias, dicha en los primeros años de la República, cuando las Cortes comenzaban su actividad legislativa: “Hay tres cosas”, decía Ortega, “que no podemos venir a hacer aquí: ni el payaso, ni el tenor, ni el jabalí”, pero, como decía Marías, hubo bastantes representantes de las tres categorías.

Y en eso estamos. Una España insostenible en lo macroeconómico que se empobrece día a día y que convive con la España adocenada que desprecia cuanto ignora, que decía Machado de los castellanos. La España incapaz de dialogar en manos de un puñado de altos ejecutivos que controlan el Ibex a su antojo.

Mucha atención se ha prestado en los últimos años a la crisis del sector público, sin duda por razones obvias y en coherencia con tan irresponsable gestión. Pero poco se ha dicho del buen gobierno en las empresas cotizadas, donde el amiguismo y hasta el fulanismo forman parte de sus señas de identidad. Ignorando que todas las economías de mercado que funcionan de manera correcta son una mezcla de Estado y de mercado, pero sin inconfesables vasos comunicantes.
La España que nos conmueve
Fernando García de Cortázar, ABC  6 Enero 2013

vía paralalibertad.org

En estos tiempos en que España está sufriendo no sólo la impugnación de sus adversarios, sino el abandono cultural de quienes deberían salir en su defensa, Menéndez Pelayo merecía que los españoles comprendieran, sin necesidad de aceptar todos sus argumentos.Poco debería extrañarnos, pasado ya el año en el que se ha cumplido el primer centenario de la muerte de Marcelino Menéndez Pelayo, que España haya querido confirmar su merecida fama de ignorar el talento de aquellos que dedicaron su esfuerzo a dotar de sentido histórico a nuestra patria. Cualquier país habría aprovechado la circunstancia de un aniversario como este para invitar a sus ciudadanos a que participaran en el festín de una sublime inteligencia puesta al servicio de la nación. Aquí preferimos atenernos a esa dieta cultural que preserva la línea recta de nuestra indiferencia y la anorexia de nuestra sensibilidad.

La calidad de una ciudadanía se mide, en primer lugar, por el valor que concede a una tradición en que se haya manifestado su voluntad de constituirse en proyecto colectivo. Esa tradición tiene los nombres y apellidos de quienes empuñaron el desafío de definirnos. Posee circunstancias que nos han puesto a prueba y acontecimientos en los que nos hemos afirmado. Muestra los perfiles de los tiempos de peligro y el semblante de las decisiones más difíciles con las que hemos salvado una existencia común. Tiene, por encima de todo, aquellos valores que fundamentan una nación constitucional, lejos de las fanfarrias folclóricas que se han excedido en los últimos treinta años, creando múltiples identidades que nunca se han considerado formas diversas de sentirse españoles, sino espacios alternativos fabricados precisamente para dejar de serlo.

Lo que más puede preocuparnos y lo que quizás nos permite comprender nuestras extravagancias políticas, respecto a la manera en que nuestros vecinos europeos se afirman tranquilamente en sus propias convicciones nacionales, es lo que muestran silencios de esta envergadura. Manifiestan, sobre todo, la falta de seguridad en nosotros mismos, en lo que somos como comunidad levantada sobre una tradición y un proyecto, alzada sobre una historia y unos principios, dispuesta a sostener su significado político y sus valores. Porque lo que ha ocurrido no es simple casualidad, descuido, olvido, negligencia o ineptitud, lo cual sería ya bastante grave si se refiere a la responsabilidad de quienes tienen la obligación de proteger los pilares de nuestra identidad común.

Menéndez Pelayo se ha considerado indigno de debate, de crítica, de estudio y de todas aquellas cuestiones que, más allá de las liturgias lacias de una conmemoración, adquieren la dura consistencia de un asunto de actualidad, de una urgencia intelectual. No sé si se precisan pruebas más alarmantes de una impugnación de la nación española como la que se ha vivido en este último año para considerar nuestra obligación de rescatar de ese nefasto olvido reflexiones como las de Menéndez Pelayo. Ellas nos muestran que los españoles no somos una desdeñable casualidad histórica, un encuentro de intereses mezquinos o un mero imperativo legal que nos obliga a mantener una convivencia poco deseable. Nos indican que no somos el resultado de una inerte determinación geográfica ni la entrega a la soberanía abstracta y desdeñosa de la historia. Nos demuestran que, por encima de cualquier otra cuestión, somos una conciencia en el tiempo, un acto de permanente libertad, una voluntad inapelable que no es sólo la de ser, sino también la de existir.

No importan las discrepancias que podamos tener con algunas de las afirmaciones de don Marcelino, siempre realizadas en la aspereza de la polémica. Lo que interesa es su capacidad de conmover, de provocar, de incitar a pensar en España. Lo que nos atañe es la ejemplar tarea acometida por un joven de poco más de veinte años, cuyo propósito fue descubrir las razones que nos permitían afirmar que España era una nación. Y que lo era por la idea que se había hecho de sí misma, por la cultura sobre la que fabricó una comunidad de principios, por las creencias que permitieron que los españoles se sintieran miembros definitivos de una tradición. Algunos de sus más lamentables exegetas trataron de construir la imagen de un intelectual fascinado por la caverna dogmática, prendido a la intolerancia y siervo del integrismo. Una imagen que, con su acostumbrada pereza mental, los detractores han aprovechado para señalar la insignificancia intelectual de don Marcelino sin tomarse la molestia de leerlo.

A unos y a otros pone en un aprieto acercarse a ese monumento literario que Menéndez Pelayo construyó desde su juventud y hasta su muerte. Su catolicismo poco tenía que ver con la cerrazón ideológica de una secta aterrada ante los retos de la modernidad. Su fe cristiana nunca le impidió evolucionar sobre principios que, sin complejo alguno, defendía ante aquellos amigos con quienes tenía el placer de discutir. Basta con acercarse al epistolario mantenido con Clarín para que asomen a nuestros labios las palabras que Gregorio Marañón pronunció en las horas más difíciles de España en el pasado siglo, preguntándose dónde se hallaba ese país que, encarnizado en una guerra civil, había asistido al provechoso diálogo de personas tan distintas en carácter y creencias como los autores de LaRegenta y de la Historiadelosheterodoxosespañoles.

A esa fecunda amistad podríamos añadir la coincidencia de dos centenarios. El mismo año en que fallecía don Marcelino, Pérez Galdós ponía fin al último de sus Episodios-Nacionales. En la añoranza intratable del exilio, Cernuda recordaba la emoción que le inspiraron los personajes de Galdós, recorriendo el siglo de nuestro primer impulso constitucional con sus esperanzas abiertas al futuro de nuestro pueblo, con sus manos tendidas hacia una España que deseaba seguir siéndolo en unidad y en libertad. Aquella crónica galdosiana atestada de genio literario no estaba menos cargada de propósito nacionalizador, de pedagogía patriótica.

En estos tiempos en que España está sufriendo no sólo la impugnación de sus adversarios, sino el abandono cultural de quienes deberían salir en su defensa, Menéndez Pelayo merecía mucho menos que la suntuosa vacuidad de un homenaje administrativo y mucho más que uno de esos clamorosos silencios a los que ya nos tienen acostumbrados quienes se consideran intelectuales. Merecía que los españoles se acercaran a aquel hombre para el que el catolicismo español del Renacimiento era la defensa de la libertad individual afirmada por Cristo, frente a la Reforma protestante, que en plena explosión del humanismo sostenía la suficiencia de la gracia y la servidumbre esencial del hombre. Que comprendieran, sin necesidad de aceptar todos sus argumentos, el propósito de una obra a la que no podemos renunciar: demostrar que España no carece de sentido, sino que se construyó sobre un espíritu, sobre unos valores que no permitían confundir la evolución de sus instituciones con el carácter transitorio de la nación.

Cien años después de su muerte, esa tarea nos convoca todavía. Pasado ya un siglo, esa labor nos proporciona su tensa actualidad. No nos pide que la reverenciemos. Se conforma con que seamos dignos de ella y de todas las que, en el mismo momento, aceptaron la gravedad de un desafío cívico: definir una nación y dotarla de los valores de libertad individual, soberanía popular, confianza en nuestros ciudadanos y sentido del deber, sobre los que España habrá de realizarse diariamente.

FERNANDO GARCÍA DE CORTÁZAR DIRECTOR DE LA FUNDACIÓN DOS DE MAYO,NACIÓN Y LIBERTAD.

Bocinazo (respetuoso) al presidente
Pedro J Ramírez El Mundo  6 Enero 2013

via http://www.caffereggio.es

OPINIÓN: CARTA DEL DIRECTOR
Esto no puede seguir un año más así. España ha vivido su Navidad más triste desde la postguerra. Los seis millones de parados, la eliminación de la paga extra a los funcionarios, la casi congelación de las pensiones y la abusiva subida de impuestos se han notado en el consumo pero sobre todo en el pulso de la calle. Por doquier hemos visto rostros de desánimo, a veces de desesperación. Si en 2009 EL MUNDO eligió Enemigo del Año al Pesimismo y a comienzos de 2010 el exministro Gómez Navarro lanzó aquella campaña de «Entre todos podemos arreglarlo», ha sido durante el nefasto 2012 cuando la decepción y el desaliento nos han ganado la partida.

España ha comenzado el año hundida entre la resignación y la ira. Es como si nos hubiera pasado una apisonadora encima. En 33 años dirigiendo periódicos jamás había visto un sondeo como el que hemos publicado en este arranque de 2013: sólo un 12% cree que este año le irá mejor que el anterior, más de la mitad piensa que la recuperación se retrasará como mínimo hasta el 2015, sólo un 15% tiene buena opinión del Gobierno, ningún político llega al aprobado, ningún líder de un partido roza siquiera el 4 de valoración, el rechazo a la Monarquía alcanza un inimaginable 43% y aún es superior el porcentaje de españoles que cree que nos perjudica estar en el euro, que desconfía del banco en el que tiene depositado su dinero y que está convencido de que Mas intentará consumar su proyecto de romper España. El acabose. Y eso que no llegamos a tiempo de preguntar por lo de Rato y Telefónica, pero de las redes sociales salen llamaradas.

¿Qué mensajes de aliento, qué argumentos para la esperanza, qué elementos racionales que expliquen cómo vamos a salir de esta nos han dado entre tanto nuestras autoridades? Ninguno. La comparecencia de balance del año de Rajoy superó en irrelevancia -y ya era difícil- a la rueda de prensa con la que el 3 de agosto cerró el curso político. Entonces dijo que acogerse o no al programa de compra de deuda del BCE -vulgo rescate- dependería «de lo que convenga al interés general» y ahí seguimos, pendientes de las «circunstancias». Rajoy ya sólo pide y ofrece «comprensión y solidaridad» que es algo así como «ajo y agua» pero en plan caballero educado. Y de sus comparecencias periodísticas más vale ni hablar. Ni siquiera cuando le entrevistan los más hábiles e insistentes interrogadores se aparta de su firme propósito de no soltar prenda. Desde que abrió el paraguas universal de que «la realidad» le impide cumplir con su programa, ya pueden caer chuzos de punta que él sigue impertérrito, empeñado en gobernar sin hacer política y en conceder entrevistas sin hacer declaraciones.

Pero más incomprensible aún fue lo del Jefe del Estado. Era el año en el que más tenía que decir y en el que menos dijo. Tras la franqueza con la que se ganó la vez anterior a los españoles al aludir con severidad a su yerno y pedir «ejemplaridad» a todas las personas públicas, llegó el gran apagón. Es cierto que las expectativas creadas entonces se han visto defraudadas por la lentitud de la Justicia y el infumable intento de blanquear la mangancia de Urdangarin con el encalado de la rutina familiar. Y también es verdad que el episodio de Botsuana convertía al propio Rey en prisionero de aquellas palabras. Pero en vez de comentarlo con naturalidad, poniendo en valor el que por primera vez en la historia de España un Rey hubiera tenido la grandeza de pedir perdón, se optó por omitir cualquier referencia polémica. Y eso incluyó, para desconcierto general, el propio desafío separatista que simultáneamente estaba escenificándose en Barcelona mediante el acto institucional de velado de su propia efigie, en el que se aprovechó de paso para dar posesión a Mas.

Muchos españoles debieron de encogerse de hombros: pues si esto no le preocupa al Rey, para qué vamos a preocuparnos nosotros; si lo esencial para el Jefe del Estado es no molestar a los que quieren destruir España, por qué va a molestarse la calle si de paso meten la mano en la caja. Claro, al presidente del Gobierno le gustó mucho el discurso porque casi parecía suyo: un par de años más así y los índices de audiencia y popularidad de don Juan Carlos se acercarán también a los actuales de Rajoy. Con lo cual la modernización de los usos de la Casa Real española se convertirá en el mayor pan como unas tortas de la historia de la comunicación: se despoja al Rey de la solemnidad de la distancia con formatos asequibles pero para revestirlo de banalidad. Se le pone de pie recostado en la mesa pero para que se salga por la tangente. Lo único más importante que cómo se dice es lo que se dice. Por eso el programa de anteanoche de Hermida recordaba tanto a las declaraciones que hacen en los pasillos del Congreso los políticos que saben que han estado mal en el hemiciclo: medio arregló lo del separatismo y dejó un recado sobre la necesaria reforma constitucional -¿cómo afrontar si no la «falta de vertebración del Estado»?- pero siguió eludiendo lo ineludible, con lo que la sensación final fue la de tongo.

En el páramo abandonado por las demás instituciones del Estado -¿existen los presidentes del Congreso y el Senado?, ¿tienen algo que decir los del Constitucional y el Poder Judicial, aparte de que da «mala imagen» viajar en turista?- el belén navideño se ha poblado con el overbooking de figuritas de presidentes autonómicos «echando» discursos con ademanes de jefecitos de Estado. Algo que al parecer le gusta mucho al PSOE; y aún más a los socialistas valencianos pues acaban de resolver la cuadratura del círculo al proponernos el nuevo modelo en el que el Estado no tendrá ninguna provincia pero sí 17 naciones. De ahí que la pizarra del presidente de la nación extremeña, los alimentos que nos mostró la presidenta de la nación castellano manchega y la camiseta -perdón la samarreta- con la que el presidente de la nación catalana contribuyó al empate con Nigeria sean parte indeleble del acervo del año nuevo.

El mundo ha estado en vilo pendiente de la repercusión en los mercados de lo que se negociaba en Washington -una vez más se demuestra que si se quiere influir en los influyentes hay que actuar a gran escala creando los Estados Unidos de Europa- y nosotros seguimos ensimismados en las miserias de unos reinos de taifas, dispuestos a cerrar hospitales pero no a dejar de subvencionar deportes de tanto arraigo como el korfball con tal de que garantice glorias internacionales como la de aquel día de noviembre de 2011 en el Mundial de Shaoxing cuando Cataluña rozó el cielo con los dedos al disputar a Taiwán la medalla de bronce con la que soñaban todos los barceloneses y no digamos los gerundenses. Entre tanto en Andalucía hay gran debate sobre el impacto que los recortes en el presupuesto de la Junta tendrán en su política de cooperación con remotos países del tercer mundo.

Además en España hay 8.116 municipios con sus correspondientes cargos, servicios y presupuestos a pesar de que la mitad tiene menos de 500 habitantes. Y sobre ellos están las mancomunidades, las diputaciones, los consells o los cabildos. Rajoy dice que «es imposible hacer la reforma de la administración en 24 horas» y por eso lleva ya un año empantanada. Entre tanto en ninguna autonomía ha entrado en vigor ninguno de los mecanismos de intervención previstos en la Ley de Estabilidad y la condicionalidad del Fondo de Liquidez Autonómica brilla hasta tal punto por su ausencia que está sirviendo para financiar las «estructuras de Estado» con las que Cataluña sigue avanzando hacia la independencia de facto. En esta España se considera lo más normal recibir dinero del Estado mientras se anuncia la insumisión a sus leyes.

La subida del IRPF que ha supuesto arrebatar a los contribuyentes hasta el 12% de su renta disponible sí que se hizo en 24 horas. Y otro tanto ocurrió con el incremento del IVA, la no revalorización de las pensiones, la implantación del copago sanitario o la de las tasas judiciales. Cuando todo se vuelve complejo y se bloquea es sólo cuando afecta a los corralitos de la clase política. Hasta la ley de unidad de mercado va de un heraldo a otro sin que por mucho que se trompetea termine de llegar al parlamento. ¿Será también porque entre bomberos no es cuestión de pisarse la manguera por lo que Rajoy está decidido a no molestar lo más mínimo a Mas y Junqueras hasta el día en que ellos le molesten directamente a él convocando un referéndum ilegal cuya celebración le dejaría de tonto para arriba?

Cuando Aznar reunió a sus barones para preguntarles si debía ilegalizar a Batasuna, Rajoy propuso supeditarlo a un pacto con el PSOE. Otros dijeron que eso bloquearía ad aeternum el proceso y convencieron al presidente de que si demostraba que estaba dispuesto a hacerlo en todo caso, el PSOE se sumaría. Rajoy habla ahora de pactar con Rubalcaba la respuesta al desafío separatista catalán: muy bien si eso sirve para obligarle a definirse a costa de poner en crisis su relación con el PSC; muy mal si, como nos tememos muchos, sólo conduce a arrastrar los pies mientras prosigue el envenenamiento impune de la sociedad catalana. No hay más que ver la zafia agresividad plagada de burdas simplificaciones y clamorosas faltas de ortografía con que se conducen a diario tantos jóvenes catalanes en las redes sociales para darse cuenta de que allí hay que hacer mucho más que evitar un referéndum.

Comienza el año más importante de la vida política de Rajoy. En el ámbito económico hay tímidos indicios de que los sacrificios pueden estar empezando a dar algún fruto en materia de competitividad y a devolver pacatamente la confianza de los mercados en España. Pero si esos síntomas no adquieren consistencia y el año que viene por estas fechas la percepción fuera igual o peor a la de hoy, sería difícil de entender que el PP se empecinara en afrontar bajo un liderazgo estéril los estallidos sociales que convertirían el final de la Legislatura en una pesadilla diaria. Ahora bien la sustitución de Rajoy por otro dirigente en una operación similar a la que llevó a remplazar a Berlusconi por Monti -no digamos la formación de un gobierno de coalición como el que imagina Arenas- tendría tales dificultades que a todos nos convendría no tener que pasar por ellas.

Lo mejor sería que a lo largo de 2013 los hechos fueran dando la razón a Rajoy y él se aplicara más a razonar sobre esos hechos, poner al idioma castellano en orden de combate -no hablo ahora de Wert sino de Churchill- y desarrollar un discurso, un relato, una épica con minúscula de lo que estamos haciendo juntos y de por qué tenemos que defender con firmeza y orgullo el legado de la Transición. A todos nos toca en algún momento de la vida representar un papel en el que no nos sentimos cómodos pero sin el que no podríamos obtener los fines que perseguimos. «Se conoce mejor a alguien por los sentimientos que inspira que por lo que en sí mismo es», decía de Chateaubriand la duquesa de Duras. Si en Moncloa no sobra el cacumen, en el liberalismo patrio hay las suficientes buenas cabezas -alguna incluso en la España conservadora- como para asesorar al presidente respecto al qué y al cómo debe hacerse. Pero a él es a quien le toca reaccionar y gobernar de otra manera. Inténtelo, córcholis.

pedroj.ramirez@elmundo.es

Abrir el melón
josé garcía domínguez ABC 6 Enero 2013

Tal como escribe el académico Santiago Muñoz Machado en su imprescindible «Informe sobre España», la relación de los españoles con sus constituciones, desde 1812 hasta hoy mismo, ha sido tan visceral y ciclotímica como lo es la idiosincrasia propia del país. Aquí, es sabido, siempre ha gozado de mayor predicamento la tabula rasa, el empezar de cero y el puñetazo en la mesa de los exaltados que la prudencia reformista de los más sensatos. Lo en verdad castizo entre nosotros ha sido - y continúa siendo - el trágala. De ahí la inveterada afición del paisanaje local a los órdagos temerarios, el engallamiento chulesco, la confrontación visceral y el instante revolucionario. El español, qué le vamos a hacer, ya desde muy antiguo ha sido partidario de situarse justo al borde del precipicio para luego fantasear con la idea de dar un paso al frente. Un deporte de riesgo en el que el catalán, acaso para confirmarse tan celtíbero como el que más, acostumbra a destacar por derecho propio. A qué extrañarse, pues, de la vida efímera de cuantos textos constitucionales fueron aprobados en las Cortes.

Las leyes fundamentales en esta península acostumbran a durar menos que los caramelos en las puertas de los colegios. Salvo el periodo de la Restauración y el paréntesis franquista, la historia de España a lo largo de los dos últimos siglos no deja de exhibir una permanente concatenación de procesos constituyentes.

Es tradición demencial que conviene recordar en descargo de los que hoy se muestran refractarios a abrir el melón del Título VIII, ese «desastre sin paliativos» en palabras del mismo Muñoz Machado. No obstante, la obstinada reticencia a tocar el núcleo duro de la Carta Magna pudiera llegar a ser algo tan frívolo e irresponsable como el cerril hábito iconoclasta que pretende exorcizar. Y es que con el Título VIII pasa aquello que se de decía de Juan Marc y la República: o la Constitución acaba con él o él acabará con la Constitución.

“Baltar es el PP”
Marcello www.republica.com   6 Enero 2013

Según la última encuesta del CIS los españoles consideran que el primer problema de España es el paro, seguido de la economía. Pero en el tercer y cuarto lugar del sondeo del Centro de Investigaciones Sociológicas se sitúan como problemas prioritarios nacionales a los políticos y a la corrupción. Lo que demuestra lo bien orientada que está la ciudadanía a la hora de escoger los problemas del país, a sabiendas que los cuatro primeros problemas de España, paro, economía, políticos y corrupción están hoy muy estrechamente relacionados entre sí, y son causa de la creciente indignación nacional porque cuando sube el paro (se pierden mas de 2.000 empleos diarios), la economía general y familiar no funciona y los políticos no ofrecen soluciones y además se dedican a robar, en muchos casos (más de 300 políticos están imputados en casos de corrupción), la relación crisis-corrupción se convierte en una mezcla explosiva. Lo que es peor, cuenta con la pasividad del Gobierno y de la cúpula de los grandes partidos políticos, empezando por el PP, siguiendo por el PSOE y pasando por CiU entre otros.

Ahora en Orense ha estallado otro caso de nepotismo organizado o de prevaricación a granel y a manos del inefable cacique José Luis Baltar, de quien Mariano Rajoy dijo ante sus narices en el 2009: “Baltar es el PP”. Pues bien a la vista de lo ocurrido ahora sería bueno escuchar de boca del presidente del Gobierno y del PP lo siguiente: “Baltar ya no es del PP”. Sobre todo vistas sus últimas cacicadas, investigadas por la fiscalía, con las que el tal Baltar colocó, de un tirón, a 115 parientes, amigos y votantes en la Diputación orensana a fin de asegurarse la elección de su hijo José Manuel al frente de la citada institución gallega, para que la saga familiar conserve todo el poder de la provincia en manos del clan. No lejos de allí, el alcalde de Santiago de Compostela, Ángel Currás, también del PP, se resiste a dejar el cargo a pesar de estar imputado en la operación Pokemon, y no hay día sin notica sobre la corrupción del PP, del PSOE o la de CiU.

Y así no se puede seguir. De manera que vamos a ver qué hacen Feijoo y Rajoy con los Baltar, y Rubalcaba y Navarro con la banda de Sabadell, y la fiscalía con CiU y con el ritmo lento del caso Urdangarín, etcétera. Y a la espera estamos que Gallardón anuncie una reforma y endurecimiento del código penal contra la corrupción, la malversación de fondos públicos y la prevaricación de los políticos, a ser posible con algo proporcional con “la cadena perpetua revisable” que tanto le gusta al ministro. Pero ya sabemos que, además de la inmunidad o del aforamiento del que disfrutan algunos políticos, existen otras formas de auto protección de la clase política -y de los poderosos en general-, con ventajas y vista gorda sobre las que existe un pacto secreto, o tácito, entre todos los partidos, por aquello del “hoy por ti y mañana por mí”.

Lo de la esperada ley de transparencia del gasto público está muy bien si se hace de una manera clara y detallada, pero lo que hay que saber es a dónde va el dinero público que se ha robado, o con sobre precio y las comisiones obtenidas ilegalmente. Y para eso los partidos deben tener una implacable normativa interna, el Parlamento una comisión para la permanente investigación de la corrupción sin posibilidad de bloqueo, y la Justicia todos los instrumentos necesarios de investigación y leyes adecuadas para castigar y disuadir a los delincuentes de la política que en estos tiempos de crisis provocan, a demás de daño y escándalo a la ciudadanía, una creciente alarma social. ¿Qué hace el presidente Rajoy y su Gobierno, al respecto de todo ello? Nada, la vista gorda y disimular.

Entrevista al Rey
Juan Carlos I "El Afortunado"
Federico Jiménez Losantos Libertad Digital  6 Enero 2013

He visto un par de veces, con humillado regocijo, el diálogo televisado que, en vísperas de su septuagésimo quinto cumpleaños, mantuvo el Rey con Jesús Hermida. De veintidós minutos en total, Hermida hablaría un cuarto de hora, así que el Rey tuvo siete minutos largos para resumir una vida que sólo nos interesa por su reinado -38 años, uno más que Franco como Jefe del Estado- y un reinado que se apaga entre las sombras de una vida poco ejemplar. "Lo mejor y lo peor de los españoles es la pasión", dijo el Rey. Pero no es lo mismo la pasión de Isabel La Católica o de Teresa de Jesús que la de Juana la Loca o Fernando VII. Creímos vislumbrar una forma sutil de volver a pedir perdón por lo de Botswana, sin citarlo Hermida. Pero sería calumniar al presunto entrevistador atribuirle la menor intención de preguntar –que a veces sí es ofender- al presunto entrevistado. De ser la entrevista no real sino de verdad, la única pregunta obligada era ésa: ¿Por qué pidió perdón al salir de la clínica tras el accidente de Botswana?

Pero como no se hizo, nada se preguntó; y como nada se preguntó, nada se contestó; y como nada se contestó, nada quedó resuelto; y como nada se resolvió, todo quedó como antes, sólo que un poco más ajado y maltrecho.

Sucede que, hasta sin querer, se escapa la verdad. Y eso pasó cuando el luengo entrevistador preguntó al breve entrevistado si se sentía "satisfecho" por lo conseguido, logrado, obtenido en todos estos años. Y va el Rey y dice: "satisfecho, no; yo diría afortunado". Mayor precisión y sinceridad no caben y yo estoy de acuerdo con el Rey: puede sentirse afortunado en todos los sentidos del término. Ha tenido fortuna, o sea, suerte, a lo largo de su vida. Y ha hecho fortuna, o sea, dinero, cumpliendo con su obligación, que es la de representar a España, y atendiendo a su devoción, que es su persona, por delante de Nación, Estado y Dinastía. Por eso es posible que Juan Carlos I sea el primer y último rey de la monarquía re-instaurada por Franco. Que la fortuna y su fortuna acarreen el infortunio del sucesor, que sea hijo de un rey que no lo fue y padre de otro que no llegue a reinar.
La vertebración del Estado

Después de 38 años como Jefe del Estado, el Rey reconoce que falla nada menos que "la vertebración del Estado". Es decir, que tras casi cuatro décadas éste se descompone, o, como hubiera dicho el clásico, "se corrompe". Si el Rey no es capaz de garantizar la vertebración o continuidad del Estado, ha fracasado en su obligación primera. Si además no se atreve siquiera a nombrar a aquellos que están hundiendo el primer Estado nacional europeo, que es España, resulta evidente que no está dispuesto a combatirlos, ni a llamar a la Nación a defender su Estado ni a ponerse al frente del Estado, según su cargo, para defender los derechos de los españoles. Sólo la degradación de casi toda la Prensa permite presentar como crítica al separatismo catalán lo que podría ser perfectamente su defensa. Al citar "las intransigencias que llevan a maximalismos y políticas rupturistas que no nos convienen nada", ¿se refiere al Gobierno de Rajoy y Wert o al desafío separatista de Artur Mas? A lo que sea, con tal de no hablar de lo que pasa.

Y eso, exactamente eso, justamente eso, precisamente eso –como rediría Hermida- es lo que pasa y nos pasa en estos amenes del reinado de Juan Carlos I "El Afortunado". Si el Rey no se atreve a nombrar a lo que rompe el Estado, humilla a la Nación y desafía a las Leyes, ¿cómo va a permitir el patrón del "Fortuna" que le pregunten por Urdangarín, Corina o Botswana?

Con humillado regocijo, decía al principio, he visto y revisto la entrevista del agraciado al Afortunado. Regocijo me queda poco. Humillación, toda.

Misión imposible en Zarzuela o cómo recuperar en 37 días el prestigio dilapidado en 37 años
Jesús Cacho www.vozpopuli.com  6 Enero 2013

Cuenta Isabel Burdiel en su monumental Isabel II, una biografía (Ed. Taurus), que la noche del 22 de febrero de 1863 Leopoldo O'Donnell fue despedido de los salones regios por su Graciosa Majestad, la reina Isabel II, “como un lacayo que cumple mal”, después de que el militar le presentara la dimisión -la segunda, y aún habría una tercera- de su cargo como Presidente del Consejo de Ministros. La decepción del hombre que había logrado “salvar la monarquía de sí misma” durante cinco largos años fue tanto más profunda cuanto que siempre creyó contar con el cariño y gratitud de la reina castiza, sentimientos que, en palabras de Antonio Rubio, secretario que fue durante años de la Regente María Cristina de Borbón-Dos Sicilias, “no anidaban mucho tiempo en el corazón de Isabel II, pues la gratitud es una virtud vulgar que no obliga a los Reyes, en quienes la ingratitud misma puede ser deber y virtud cuando lo exige la razón de las razones que es la Razón de Estado”.

Ha sido una constante en nuestra Historia: el empeño del pueblo español por salvar a la Monarquía -y más concretamente a los Borbones- de sus propios errores en infinidad de lances. Desafiando tan larga tradición, Juan Carlos de Borbón lo tenía todo para haber dejado su sello indeleble en los libros de Historia, esa Historia que tantas tropelías registra de sus antecesores en el trono. La capacidad del entonces Príncipe para, en 1975, traicionar el legado de Franco y propiciar la llegada de la democracia fue el gran aval, el salvoconducto que animó al pueblo llano a echarse a la calle y llenar las aceras cada vez que el matrimonio por él formado con Sofía de Grecia recorría ciudades y pueblos de España. Todo lo tenía, y todo, o casi, lo ha echado por la borda. Los secretos, de alcoba y de dinero, durante décadas reservados al conocimiento de unos pocos, son ahora lugar común de charla en mercados y tabernas, tras un año 2012 que ha resultado apocalíptico para el prestigio y, lo que es peor, el futuro de la institución. Una intensa campaña de imagen, que el viernes conoció uno de sus momentos cumbres, trata ahora de recuperar el tiempo perdido. Demasiado poco, demasiado tarde.

Juan Carlos de Borbón lo tenía todo para haber dejado su sello indeleble en los libros de Historia

Lo acontecido desde que estallara el escándalo de corrupción de Iñaki Urdangarin, que ha afectado de lleno a la propia hija del Rey, Cristina, y por extensión a toda la Familia Real, es de sobra conocido y está descrito con audacia y libertad en Internet. Nada se ha dicho, en cambio, de la responsabilidad contraída por los distintos gobiernos a la hora de hacer dejación de sus responsabilidades en la vigilancia de determinados comportamientos nada ejemplares del Monarca en estas décadas. Tanto Felipe González como Aznar –por no hablar del patético Zapatero- miraron hacia otro lado, consintieron, mientras el Rey iba y venía, hacía y deshacía, a su antojo dentro y fuera de España. En El Negocio de la Libertad se relata la anécdota de un González que, ofuscado después de que el Monarca le hiciera esperar en la antecámara más tiempo del usual, se atrevió a meterle el dedo en el ojo al intendente, Manuel Prado y Colón de Carvajal, el hombre de los dineros reales durante muchos años, interpelando a Sabino Fernández Campos de esta guisa: “Y dile a Manolo Prado que se conforme con el 3%, porque eso de cobrar el 20% es una barbaridad...”.

En ese libre albedrío ha jugado un papel capital durante la Transición el silencio cómplice de los medios de comunicación en lo que atañe a las conductas del Rey, de acuerdo con un pacto no escrito según el cual el Monarca es intocable y debe ser protegido de cualquier crítica por leve que sea, manifestación que evidencia los débiles cimientos de una democracia obligada a consentir con los comportamientos impropios del jefe del Estado. La urna de cristal que durante décadas protegió a nuestra Monarquía de la más leve crítica se rompió en pedazos a lo largo y ancho del recién terminado 2012, annus ciertamente horribilis en el que España, sumida en una aguda crisis económica, a punto estuvo varias veces de irse por el desagüe de los países intervenidos a la manera de Grecia y Portugal, aunque el inicio de las desgracias regias cabría ser fechado con propiedad en noviembre de 2011, con el estallido del “caso Palma Arena” y el conexo escándalo del Instituto Nóos de Urdangarin.

La “luxación de Corona” de Botswana
Con todo, la fecha que marca un antes y un después en los anales del juancarlismo se alcanzó el 14 de abril –precisamente- del pasado año, cuando fue necesario organizar a uña de caballo un operativo para trasladar al Rey malherido a una clínica de Madrid desde un resort en Botswana, donde se hallaba cazando elefantes. El escándalo se hizo carne y habitó entre nosotros al conocerse que Juan Carlos estaba acompañado por Corinna zu Sayn-Wittgenstein, una supuesta princesa con la que mantiene una relación sentimental desde hace años y, al parecer, con quien comparte también alguna cuenta corriente. Se rompía así el velo que durante décadas cubrió el estilo de vida el Monarca, pasto a partir de entonces de las chanzas del pueblo llano. También aquí, de nuevo, la responsabilidad de quienes, en la presidencia del Gobierno y en el entorno de los servants de Zarzuela, no supieron poner coto al desastre, especialmente evidente tras la salida por la puerta de atrás de Fernández Campos. Años antes, José Joaquín Puig de la Bellacasa había pagado cara la osadía de atreverse a llamar la atención al “jefe”. Como secretario general de la Casa, con todas las papeletas para suceder a Sabino, Puig de la Bellacasa duró en el cargo lo que tarda en persignarse un cura loco. En realidad un verano en Mallorca, tiempo en el que tuvo agallas para puntualizar que había cosas que un Rey de nuestro tiempo no podía hacer, como escapar por una ventana de Marivent en plena noche. Se lo cargó la entonces “íntima” del Monarca, la palmesana Marta Gayá. Fulminado.

En la presidencia del Gobierno y en el entorno de los 'servants' de Zarzuela no supieron poner coto al desastre
La “luxación de Corona” sufrida en Botswana dio lugar a una pública petición de perdón (“Lo siento, me he equivocado, no volverá a ocurrir”), iniciativa sin precedentes que, al tiempo que humanizó su figura, contribuyó a rebajar drásticamente su auctoritas, la cualidad moral sobre la que se edifica ese prestigio que el imaginario popular cree implícito en la jefatura del Estado. Pero, como las desgracias nunca vienen solas, el Monarca se embarcó tras las vacaciones de verano en una campaña para, con el respaldo del gran empresariado, vender en el exterior la marca España y, de paso, la suya propia, tan necesitada de un alicatado hasta el techo. De modo que en septiembre no se le ocurrió cosa mejor que encerrarse una mañana con la redacción del New York Times (NYT). Aquello resultó una encerrona que obligó al Monarca a batirse en retirada ante las agresivas preguntas de los periodistas sobre sus dineros y sus relaciones con Corinna. La respuesta del NYT apareció en la edición del 28 de septiembre: “Al revés que otros Monarcas europeos, Juan Carlos llegó al trono tras la muerte del dictador Franco con lo puesto, y ha trabajado duro para generar su propia fortuna al margen de la asignación anual que le otorgan los PGE. (…) El Rey es valorado en los círculos empresariales como una especie de deal maker o embajador económico de España, pero la forma en que ha amasado su gran patrimonio personal sigue siendo un misterio. La fortuna de la familia real española se estima en más de 2.300 millones de dólares…”.

Aunque los lectores de El Negocio de la Libertad saben, en parte, desde el año 1998 cómo se amasó esa fortuna, por primera vez un medio de referencia le ponía cifras concretas, hasta el momento no desmentidas. Para rematar la faena, el diario de la progresía neoyorquina publicaba días después un atroz reportaje sobre nuestro país (“La austeridad y el hambre en España”) donde, entre otras perlas, aparecía gente removiendo contenedores de basura en busca de comida. La imagen de España a tomar viento. Como si, en súbita conjura, los hados hubieran decidido vengarse al fin de quien, frustrando tantas expectativas, consagró su vida en el altar del hedonismo a la búsqueda del placer y la acumulación de dinero, todo parece haberle salido mal al Monarca en los últimos 18 meses, empezando por el grave deterioro de su salud, traducido en una movilidad anormalmente restringida para su edad, y terminando por un problema político de primera magnitud como es el intento secesionista de los nacionalismos del País Vasco y, sobre todo, de Cataluña.

¿La Historia se repite? De Felipe V a Juan Carlos I
La política del avestruz y paños calientes seguida al respecto durante años por la Casa Real y los grupos de poder que sostienen al régimen ha derivado en el callejón sin salida al que hoy se enfrenta España, Cataluña incluida, por culpa del aventurerismo de Artur Mas. La desazón que ahora embarga a las elites españolas ante lo que está ocurriendo está más que justificada, en tanto en cuanto viene a certificar el fracaso de la Transición en su intento de hacer realidad esa “tercera España” de concordia acorde con el famoso “espíritu”, mediante el establecimiento de una democracia digna de tal nombre, no carcomida por las termitas de una corrupción galopante como la actual. La decisión de CiU de caminar hacia el Estado propio marca el fin de una época y el inicio de una nueva era cargada de incertidumbres. Si con los Decretos de Nueva Planta, Felipe V, primer rey de la Casa Borbón, puso en marcha el intento de centralización del Estado español, muy bien pudiera ser ahora que a su descendiente, Juan Carlos I, le tocara presidir la disgregación del mismo.

La desazón que embarga a las elites españolas ante lo que está ocurriendo está más que justificada
Pretender, ante la arboladura de los problemas aquí apuntados, aventar la tormenta que se avecina con una campaña de imagen pactada con los grandes grupos de comunicación se antoja un intento tan fatuo como infantil. De nuevo los españoles intentando salvar a la Monarquía de sí misma. La entrevista del viernes conducida por Jesús Hermida resultó un fiel retrato de ese final de época. Tanto su formato como, sobre todo, su contenido, certifican el estado de opinión de las encuestas sociológicas, con la imagen de un Rey prematuramente avejentado y al frente de un régimen agotado que ha perdido del todo el apoyo de las jóvenes generaciones. La encuesta publicada por El Mundo el pasado jueves así parece certificarlo: la Monarquía solo contaría ya con el respaldo del 54% de los ciudadanos. La imagen más deteriorada es la del Rey, solo valorado positivamente por el 50,1% (62,3% en el caso del Príncipe). Los españoles, en cambio, están divididos en cuanto a una posible abdicación: el 45% es partidario, mientras el 40% la rechaza.

Un estado de opinión, en suma, que parece querer dar la razón a quienes, casi desde las catacumbas, vienen reclamando como imprescindible la apertura de un nuevo proceso constituyente capaz de redefinir el futuro de España. Como ya se dijo en estas páginas meses atrás, la realidad parece empeñada en demostrarnos que la Monarquía juancarlista ya no es la solución de nada, sino una parte importante de los problemas de España. Cualquier persona inteligente podría deducir de lo dicho que las elites políticas y financieras patrias solo aguardan un cambio de tendencia económica para proceder a colocar en el trono al Príncipe Felipe, una persona preparada que no parece estar contaminada por los vicios y escándalos del padre. No lo harán, sin embargo, por miedo a poner en riesgo el edificio institucional que, con el Rey cual guinda del pastel, tan pingües beneficios les ha dado (alguien hablaba ayer mismo, tras lo de Rodrigo Rato en Telefónica, de “bunkerización de la corrupción al máximo nivel”). Ese será el último y definitivo error de quienes más obligados están a afrontar con racionalidad y sentido democrático el porvenir constitucional del país. Son los mismos que siguen empeñados en la utilización del Monarca como intermediario en toda clase de negocios internacionales. Con esta clase dirigente, parece evidente que el futuro de España es una incógnita.

Cataluña
El PSC reivindica su papel en la prohibición del bilingüismo escolar
El líder de la Federación del PSC de Barcelona, Carles Martí, recuerda que, sin la influencia del PSC en el PSOE, no habría habido Juegos Olímpicos en Barcelona, restauración de la Generalidad, estatutos de autonomía, TV3, ni inmersión lingüística escolar obligatoria exclusivamente en catalán.
Redacción www.vozbcn.com  6 Enero 2013

Menos de 24 horas después de que el Tribunal Superior de Justicia de Cataluña (TSJC) haya ordenado la ejecución cautelar de las sentencias sobre bilingüismo escolar a seis niños cuyos padres así lo solicitaron, el PSC se ha apresurado a reivindicar su papel en la implantación del modelo de inmersión lingüística obligatoria exclusivamente en catalán vigente en las escuelas.

Así lo ha hecho el primer secretario de la Federación del PSC de Barcelona y senador, Carles Martí, quien en una entrevista publicada este sábado en Europa Press ha defendido la vigencia del pacto de su partido con el PSOE argumentando que, gracias a la “capacidad de alianza” del PSC “con el socialismo, el progresismo y el liberalismo español”, se ha conseguido avanzar en el autogobierno de la Generalidad.

Martí ha subrayado que, sin la influencia del PSC en el PSOE, no habría habido Juegos Olímpicos en Barcelona, restauración de la Generalidad, estatutos de autonomía, TV3, ni inmersión lingüística obligatoria. “Ni el AVE, la ampliación del Aeropuerto [de Barcelona], el Canal Segarra-Garrigas, ni el rechazo al Plan Hidrológico. ¿Qué ha conseguido CiU?”, ha añadido.

La única discrepancia con el PSOE, el ‘derecho a decidir’
Martí, miembro destacado del sector menos nacionalista del PSC -llegando a posicionarse abiertamente en contra del concierto económico planteado por CiU-, ha expresado su confianza en que este invierno se manifieste que en el PSOE las tesis del PSC sobre un mayor autogobierno para la Generalidad “se van abriendo paso y están en la agenda política”, y ha considerado que ello se verá en la cumbre territorial que hará el PSOE este año, similar al acuerdo firmado en Santillana del Mar en 2003.

Según el senador, prueba de ello es que en la actualidad, y a diferencia de lo que ocurría meses atrás, el PSOE “no tiene miedo a hablar de reforma constitucional” y, en estos momentos, la única discrepancia que mantienen PSOE y PSC es que los socialistas catalanes defienden el ‘derecho a decidir’ y que pueda celebrarse en Cataluña un referendo secesionista pactado con el Gobierno.

Martí ha indicado que el modelo territorial que acuerde el PSOE “no será al 100%” lo que dice el PSC, pero sí que habrá un amplio acuerdo fruto de un pacto, y ha considerado que ahora más que nunca se visualiza que el modelo del socialismo catalán sigue siendo válido y vigente.

Nadal reclama ‘la emancipación social y nacional’ de Cataluña
En este sentido, el ex presidente del PSC en el Parlamento autonómico, Joaquim Nadal, ha cargado contra las críticas del Rey a las “las intransigencias que conllevan maximalismos” y a las “políticas rupturistas”.

Nadal ha señalado en su cuenta de Twitter que ‘la Corona se equivoca situando a Cataluña como problema’. ‘El rupturismo nace de los que de cara y amparados en las instituciones asfixian a Cataluña‘, ha añadido.

Según el dirigente del PSC, que en mayo pasado amenazó con convertirse en independentista si el Gobierno no mejora la financiación de la Generalidad, ‘hace demasiado tiempo, y se ha acabado la paciencia, que el problema no es Cataluña sino el anticatalanismo de España y el aparato del Estado’. ‘Mientras no se demuestre lo contrario, no hay mejor camino que la emancipación social y nacional juntas’, ha insistido.

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Lo despreciable no es la política, es la corrupción
Roberto L. Blanco Valdés Las Voz  6 Enero 2013

El debate sobre si los cargos públicos imputados deben o no presentar su dimisión es, sin duda, muy relevante, al afectar a un aspecto esencial del ejercicio de sus puestos: el de la responsabilidad política que contraen con tal motivo.

A ese respecto he sostenido ya aquí que si queremos salir del presente fangal no queda otro remedio que pactar un código ético para determinar con carácter general cuándo la dimisión es obligada y cuándo no. Negarse a hacerlo significa seguir en el barullo: mientras unos imputados se van por lo mismo que otros siguen, los partidos exigen la dimisión del cargo ajeno sin ver la culpa en el propio (salvo ajuste de cuentas interno, por supuesto).

Dicho lo cual, hemos de saber que lo que los partidos nos presentan como urgente no puede hacernos perder de vista lo importante. ¿Qué cosa? Muy sencillo: explicar cómo es posible que haya en la actualidad nada más ni nada menos que ochenta y tres políticos gallegos imputados en investigaciones judiciales, entre ellos tres de los alcaldes de las siete ciudades de Galicia.

Tal es, que nadie lo dude, la cuestión fundamental que a todos -partidos y ciudadanos- debería preocuparnos de verdad. Y ello porque, al margen de otras implicaciones particulares, esas imputaciones afectan a los casos Campeón, Pokémon, Orquesta, Gürtel, Carioca, Rey y trama de las multas. Un muestrario de trapalladas y chanchullos en donde, más allá de las responsabilidades que se deriven finalmente para los imputados en la actualidad, la existencia de corrupción resulta un hecho irrefutable.

¿Cómo puede la corrupción no solo persistir sino crecer, existiendo, como existe en los procedimientos públicos, un complejo sistema de filtros y controles jurídicos y políticos? Esa es la pregunta que hay que responder para acabar con el caldo de cultivo en que la colusión entre empresas, Administraciones y partidos da por resultado dos manifiestas desviaciones de lo que cabe esperar y exigir al poder público: que las empresas adjudicatarias de bienes y servicios sean tratadas por igual y que nadie -ni políticos ni empresarios- se meta en el bolsillo ni un solo euro que no le corresponda.

Y esa pregunta hay que responderla con urgencia, pues no hay más que ver el último barómetro del CIS para saber hasta qué punto los ciudadanos honrados están hartos de la corrupción, el tercer problema de España, según los encuestados, tras el paro y la economía.

Hay quien saca de ahí la delirante conclusión de que hay que acabar con los políticos. Yo no: yo creo que con lo que hay que acabar es con la corrupción, pues, contra lo que parece empezar a creer alguna gente, la historia demuestra que sin políticos no se puede administrar la democracia. No hay que hacer antipolítica. Hay que hacer anticorrupción.

Pequeña Venecia

Alfonso Ussía La Razón 6 Enero 2013

Cuando los navegantes españoles se toparon con aquellas costas zigzagueadas de canales que llegaban al mar desde el interior, bautizaron aquel lugar con el nombre de Venezuela, la pequeña Venecia. En Venezuela la naturaleza es una prodigiosa desmedida. También tendría que serlo la riqueza, pero allá se ha robado mucho, y una buena parte de los beneficios producidos por sus inmensos recursos engordan en los paraísos fiscales del Caribe y de Europa. Tengo para mí que la mitad de Mónaco se ha construido con dinero venezolano, y algunos edificios de Vaduz, capital de Liechtenstein, también.

Venezuela –mejor sin Chávez–, es un país que merece más de una visita. Carece de la hondura cultural de Colombia, pero es una tierra portentosa. Buen lugar para esconderse de la justicia internacional. Pero también, un sitio para ser encontrado con toda facilidad si alguien tiene que ser detenido y hay voluntad de detenerlo. «Josu Ternera» y De Juana Chaos son dos criminales que en ningúna nación civilizada habrían encontrado tantas facilidades para escapar y tanta indolencia para ser de nuevo capturados y establecidos en donde les corresponde. Resulta muy extraño que un ciudadano español haya descubierto el paradero de De Juana Chaos por casualidad y que en el Ministerio del Interior estén a la luna de Valencia. De Juana Chaos es inconfundible. Un rostro como el suyo y una expresión de asesino como la que pasea en su libertad no admiten la posibilidad del error. En España pesa sobre él una orden de «busca y captura» que en su caso es más bien de «escóndete y no nos comprometas». Pues ya está comprometido el ministerio del Interior, que también conoce –aunque no actúa–, el paradero de Josu Ternera, asesino de cinco niñas entre otras cosas.

De Juana paseaba por uno de los centros comerciales más exclusivos del mundo. El Plaza Mayor de Lechería, cerca del Morro y el Puerto de la Cruz, en la zona que dio lugar al nombre de la Pequeña Venecia, Venezuela. Es posible que fuera sorprendido por el empresario español que lo ha denunciado cuando adquiría algún regalo para Irati, su bella esposa, la que le hacía chupachús en las cárceles españolas hasta que Rubalcaba le abrió las puertas de la libertad. Aquello fue un escándalo que ahora se deja comprender. Los socialistas vascos prefieren votar con Bildu que con el PP, y Rubalcaba encantado de la vida. En muchas ocasiones los hechos increíbles que en la política suceden se entienden con algunos años de retraso. Lo que no se entiende es que un Gobierno del Partido Popular se comporte con tanta mansedumbre y laxitud en la captura de tan sanguinarios terroristas. No es un problema menor. Se trata de una exigencia de la ciudadanía que no admite seguir siendo tratada como si fuera gilipollas.

Me hería la libertad del canalla de De Juana en Belfast, pero me hiere aún más su cotidiano placer venezolano. Entre una cárcel y la tristeza de Belfast la elección es difícil. Entre la prisión y el estallido de vida que la naturaleza regala en el Caribe de Venezuela, no hay color. Estallido de vida, de sensaciones y de placer que no merece disfrutar el criminal libre y paseante. En los tiempos que corren es prácticamente imposible permanecer oculto durante años con una orden de «busca y captura» adosada a la nuca. Si no se ha exigido al Gobierno de Venezuela la extradición de De Juana Chaos, es sencillamente, porque no ha interesado a las autoridades españolas, a pesar de la petición del juez Eloy Velasco. En su tibio refugio caribeño, De Juana Chaos ha pedido a sus compañeros de sangre que no entreguen las armas y mantengan lo que ellos llaman «la lucha armada». Además de asesino, chulo. Una sociedad no es libre mientras los que la asesinan pueden disfrutar de la libertad. Pero también hay que reconocer que una sociedad no está del todo podrida mientras existan personas valientes y decentes como el empresario que ha firmado su denuncia. Un impulso individual puede dejar en ridículo a la máquina parada de un Estado de Derecho.

Aprecio personalmente al ministro del Interior, Jorge Fernández. Desde ese aprecio me considero capacitado para ofrecerle un consejo. O se pone las pilas o el conejo deja de tocar el tambor. De Juana y Ternera tienen que saber que sus celdas están preparadas. No en la Pequeña Venecia, sino en España

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