AGLI Recortes de Prensa   Martes 5  Febrero 2013

Situación “terminal”
Pablo Sebastián www.republica.com  5 Febrero 2013

En España nadie asume las responsabilidades políticas que se desprenden de los casos de corrupción. Ni Rajoy, ni Duran i Lleida, ni Oriol Pujol, ni Griñán, por citar casos recientes que están en boca de todos y en las portadas de los grandes medios de comunicación. Las responsabilidades penales de los corruptos y de los partidos políticos que los amparan, se encuentran también con obstáculos insalvables que prueban que todos no somos iguales ante la ley, véase el caso de ciertos políticos, banqueros o de Urdangarin y su familia. Además el Parlamento ni investiga ni debate la corrupción, tal y como viene siendo costumbre, -como tampoco se investigó el crimen de Estado o el golpe de Estado del 23-F- y en el caso de Bárcenas con mayor motivo porque el PP, tocado por el escándalo, impone ahora su mayoría absoluta para bloquear la situación.

Para completar este espectáculo tenemos que añadir que el PP ha roto casi todas sus promesas electorales de la campaña de 2011, sin que tenga que responder ante nadie ni ante el electorado (al menos hasta las próximas elecciones), mientras que en Cataluña el parlamento catalán se arroga competencias constitucionales del Estado y vota una moción que declara la soberanía catalana y que anuncia un referéndum ilegal de autodeterminación, sin que desde el gobierno central, hoy perplejo por la corrupción que ahora le embarga y atormenta, nadie toma al respecto la menor decisión.

Para completar este lamentable espectáculo tenemos la imagen de España destrozada en todo el mundo y con portadas dedicadas a la corrupción o a la ruptura de la unidad nacional, cuando no a las tremendas cifras del paro -que no cesa de subir-, o los problemas de la banca, el déficit, las empresas y la seguridad social, con lo que podemos decir que en España el Régimen de la transición está en situación “terminal”, como además lo confirman los más que inquietantes casos y escándalos que afectan a la familia real.

Buena prueba de todo ello está en la desafección ciudadana de la política, la clase política y los principales partidos políticos del país, lo que han perdido en los últimos meses y desde las pasadas elecciones generales del 20-N de 2011, un altísimo porcentaje de sus votantes, con lo que PP y PSOE juntos apenas suman el 50 % del electorado según la encuesta publicada el pasado domingo por el diario El País, donde se ofrece un ascenso de IU, UPyD y de los partidos nacionalistas y periféricos. Lo que nos ofrecería, en el caso de unas elecciones anticipadas, un Parlamento difícilmente gobernable, sin mayorías claras y obligados a múltiples pactos de dos o más partidos para la formación de gobierno.

No obstante si estamos, como decimos, en situación “terminal” del Régimen de la transición, alguien en la política o el conjunto de la sociedad civil debería de estar pensando en la necesidad de una reforma política y de un vuelco radical de la situación. Y ahí incluido un calendario, una hoja de ruta y la creación de una zona de estabilidad y cohesión nacional mientras se avanza hacia la que ha de ser una reforma de la Constitución, para que en ese tiempo de grandes iniciativas reformistas, se garantice la acción pública del Gobierno, la lucha contra la crisis, la unidad nacional y una cierta paz social.

En esto deberían de estar pensando los grandes, medianos y pequeños partidos nacionales, así como las grandes empresas del país, medios de comunicación y colectivos sociales y culturales de toda España. Y cuando antes empiecen a tomarse la decisiones en este sentido mejor que mejor. Lo contrario sería abundar en el caos y la incertidumbre y abrir la puerta a una posible convulsión.

Sálvese quien pueda: miedo democristiano e insulto a las víctimas
Pascual Tamburri www.elsemanaldigital.com  5 Febrero 2013

Usar a los muertos para ganar votos es legítimo sólo si se defienden sus ideales. Y es triste siempre. Si en vez de ideales se justifican mentiras, trapicheos y bajezas, es hora de cortar.

Lo siento, no puedo evitarlo. No puedo evitar recordar a Felipe González y Alfonso Guerra cuando eran pareja y en su primera legislatura negaban indignados que hubiese "ni Flick ni Flock". Luego resultó que sí había, claro, porque los partidos en una democracia partitocrática o los financia el Estado o los financian empresas y fundaciones amigas, ustedes ya me entienden. ¡Pero que gesto indignado el de aquellos intachables personajes! Bueno, y lo mismo en el PSOE en casi todas partes y en casi todos los tiempos, cómo negaba Luis Roldán lo de sus negocietes, y la UGT lo de la PSV, y mi presidente Gabriel Urralburu las cosillas de Navarra, y todos ellos Filesa. Pecaron, pecaron, aunque Roldán está libre y se pasea por Zaragoza y Urralburu ejerce una abogacía para la que antes de la cárcel no estaba titulado.Los socialistas hacen bien estas cosas, llevárselo crudo y gestionar luego los medios.

¿Para qué sirve el escándalo de los sobresueldos atribuidos al PP de Bárcenas? Para empezar, para que ya no hablemos de los 22 millones que, esos sí, certificados y sin dudas, Bárcenas tenía en Suiza y no explica cómo ganó. Así que una noticia sin fuente identificada vale más que un dato de la justicia. Beneficiado, el mismo Bárcenas. No tanto el PSOE, que más allá de rencores y odios atávicos no puede permitirse un hundimiento del PP (y del sistema) que le arrastraría más temprano que tarde, y que ya se ha llevado por delante a Carlos Mulas y a Amy Martín. Lo siento de nuevo, pero yo ya he leído a Pedro J. Ramírez cosas como que "la realidad se conocerá de una manera o de otra, o sea que la investigación interna no se pude quedar a medias". ¿Se acuerdan ustedes de la piscina mallorquina del director de El Mundo, y del escándalo de aquellas fotos groseras del caballero con una dama profesional que surgieron de la nada para tapar la basurilla empresarial y financiera del Poder? Cortinas de humo… La basura más llamativa tapa a los ojos de la mayoría el olor y la vista de la basura más putrefacta.

En esas estamos, viendo cómo se reparten de nuevo heces en todas direcciones haciendo una vez más que muchos españoles no sepan cuáles son las verdaderamente peligrosas para el futuro del país; no ya de un partido, un sindicato o una fundación, no ya de este sistema al fin y al cabo tan pasajero como todos y más defectuoso que otros: de España como tal. Están en juego tres cosas, como escribía hoy mismo Bruno Bernardo de Quirós: el sistema político, la monarquía y la nación. De las tres, la única permanente –y la única por la que merece sin duda la pena luchar- es España. Puesta en peligro por un grupo de usureros, codiciosos, mentirosos y torpes. A la cabeza de ellos, una vez más, los herederos peninsulares de Don Sturzo.

Bárcenas se cubre con los sobresueldos; Griñán pone cara de Flick cuando se habla de los ERE; la bufanda de Santiago Cervera y las grietas de la muralla de Pamplona han tapado socialmente la gestión de Caja Navarra y de mucho dinero público (pero tendrá santo cuidado UPN de no remover este asunto explosivo); hablamos del chocolate del loro (los sobresueldos de la Fundación Ideas, con dinero público; pero quién se acuerda ya de Humanismo y Libertad, casta y pía versión democristiana de esto) y no hablamos del Faisán (y quién se acuerda de que hubo una vez un 11M… ¿Ahora sí vamos a investigarlo?). Lo dicho, cortinas de humo.

Con o contra las víctimas, con España o con sus enemigos (y no hay excusa, hermanos)
El sábado 26 de enero se recordó de nuevo a Gregorio Ordóñez en San Sebastián. ¿Quién recuerda a las víctimas de ETA? Humanamente, pocos (y desde luego no los actuales gobernantes de Guipúzcoa); políticamente, menos, desde el momento en que su ideal y su proyecto de vencer al terrorismo y al independentismo y de devolver las provincias vascas a la normalidad nacional española tiene cada vez menos defensores entre los que se llaman demócratas. Un gran olvidado en medio de un gran engaño, en un país en el que patriotas españoles de buenísima fe creen defender sus ideales colaborando generosamente con la misma familia espiritual de devotos confesos de las listas de Bárcenas.

Dice Federico Jiménez Losantos que, como casi siempre "los proyectos claros son los totalitarios y separatistas". Y bien, es cierto. Es un hecho que sucesivas cortinas de humo ocultan al pueblo español, presentando como más urgentes distintos casos de corrupción (basura partitocrática… o simple ficción en ocasiones). Y ahora, cortinas de humo para que no se vea dónde vamos.

¿Y dónde vamos? No se ve con tanta niebla, pero se puede distinguir qué basura se trata de tapar con tanto ventilador. Mientras el presidente Rajoy decía el sábado algo tan sencillo como "Es falso", el exdiputado del PP Jaime Ignacio del Burgo (siete anotaciones en las cuentas atribuidas a Bárcenas) le llevaba la contraria ha afirmado que "jamás" ha cobrado "un duro", y sacaba de nuevo a las víctimas de ETA como excusa. Estoy convencido de que mi amigo Jaime Ignacio dice la verdad cuando habla del dinero que entregó personalmente a una víctima de ETA. Medio millón de pesetas a Elena Murillo en Villava en 2001, siendo cosa legítima y hasta legal, no justifican cuatro millones de pesetas diez años antes a Calixto Ayesa, que tan democristiano como el que más poco puede presumir de su gestión empresarial antes de entrar en política. Y el resultado de tanta devota confesión de las mismas personas que estuvieron al frente de la ruinosa UCD navarra, con los mismos principios que ya se ven, es que Rajoy ha quedado desmentido por los suyos. Los que más le deben han sido los primeros que han negado que todo fuese falso. Eso sí, con un retorno triunfal a los medios y las portadas.

No es Alberto Catalán, seguramente, el más indicado para dar lecciones al Partido Popular, ni para pontificar si "debería dar ejemplo de inmediatez, transparencia, claridad total y absoluta", por "el bien de España y los españoles". Tampoco parece que pueda serlo Del Burgo, porque tardarán minutos en salir todas las historias más conocidas o menos desde FASA hasta aquí; ni muchos de los políticos en activo entonces o ahora, porque hay apuntes para todos y para los que no faltarán noticias de negocios, de consejos y de amistades. La cuestión es que el pánico de unos cuantos, más la torpeza, más la avaricia, han creado una situación perfectamente explosiva. Sinceramente, me da igual la piscina de Pedrojota, la consulta de Calixto, los pellizquitos a la memoria de De Gasperi y todos los excrementos que se acumulan hora a hora. No me importa demasiado las magníficas instituciones que "nos hemos dado" para que medren un puñado de resentidos sociales, ni los elefantes de Botswana, ni las fotos de Corinna, ni el procesamiento del duque, ni el encarcelamiento de Bárcenas o de Rubalcaba, y por qué no los dos en la misma celda. Hay cosas más importantes que el dinero, aunque estos señores ora engreídos ora aterrorizados no lo crean: España, ante todo; y la dignidad, incluso más aún.

Los enemigos de España avanzan en ciertas regiones, quieren una independencia que algunos ven menos grave que sus negocietes, su bienestar y sus apaños. Cualquier concesión a ETA o cualquier sumisión al separatismo (que sí saben dónde van) es mucho más grave que todos estos profesionales del voto. Si la defensa de España exige una renovación radical, inmediata y completa de la casta política y de las leyes vigentes, así sea. Más vale el país que personas sin honor que viven de él.

Honor. Dignidad. Es vergonzoso que se empiece a usar de repente el nombre y la memoria de las víctimas de ETA para tapar o justificar estas fétidas miserias. Se puede ser político. Se puede ser ladrón. Se puede ser hasta torpe. Pero no se puede pretender primero que nos olvidemos de Gregorio Ordóñez, y de todos los muertos, heridos y mutilados, de todos los insultados, humillados y exiliados, y levantar luego una cortina de humo en provecho sólo de las porquerías de sus cuentas y carteras. Nada es admisible si se usa para hacer caja la sangre de los que murieron por España. ¿Dije asqueroso? Lo es.

Bla, bla, bla… señor Rajoy
José M. de la Viña El Confidencial  5 Febrero 2013

Hombre de Dios. ¿Cómo pudo poner a la zorra a cuidar del gallinero? Si es así como ventilan ustedes sus asuntos, llamémosle privados, como escogen a sus peones, ¿son igual de torpes para defender la denostada cosa pública? Aviados estamos si cada vez que tienen que negociar un tratado internacional o defender los intereses de España en el extranjero se comportan de manera tan soez, tan infantil, tan innoble y pardilla.

Desde hace ya demasiado tiempo se ve a muchas personas de bien agotar su paciencia. Aquellas que levantan la persiana cada día con una nutrida familia detrás a la que mantener. Aquellas que trabajan de verdad, que no disfrutan de ningún pesebre en el que abrevar, que soportan cada día renovados estacazos en su dignidad y en el bolsillo a causa de las estúpidas decisiones de los que continúan subidos en coche oficial, o viajando en clase preferente pilotada por sus orejeras ideológicas o su ansia recaudadora que les permita seguir cebando a sus codiciosas mesnadas. Solo los tontos honrados utilizan la clase turista.

Aquellas que todavía tienen el lujo de trabajar y sostienen a trancas y barrancas este país, que ya solo se pueden desahogar soltando palabras malsonantes en las conversaciones y las tertulias con los amigos, su única manera de demostrar su impotencia y su cabreo, hasta que consigan ponerlos a todos ustedes en la calle y mandarlos a paseo para poder regenerar este caduco estercolero.

Personas, profesionales y buenos trabajadores, que ya no se cortan un pelo al llamar rufián a toda la clase política y a los banqueros sin discriminar, pagando los escasos justos por los abundantes pecadores, ante la desfachatez de personajes que ni siquiera se inmutan mientras proclaman su inocencia y su virtud para poder mantener la poltrona, seguir haciendo caja, o crear nacioncitas donde mangonear con fervor religioso su delirante predestinación mesiánica a cambio de un tres por ciento de comisión.

Nuestro querido presidente del Gobierno se ha vuelto a cachondear de nosotros al escurrir el bulto mientras la prensa de todo el mundo se pitorrea de él y de todos los españoles por su causa. No por el choriceo en sí, sino por la manera tan burda de llevarlo a cabo. Casi todas las democracias están más o menos podridas, todas las dictaduras apestan, pero a nadie se le ha visto el plumero como a los zafios de aquí.

Dicen en Francia que permiten a sus políticos robar con moderación, un escándalo que otro de vez en cuando, siempre y cuando defiendan a cambio los intereses del gallo con tenacidad y furor.

Para Katharine Graham, la mítica propietaria del Washington Post que destapó el caso Watergate y del casi difunto semanario Newsweek, la gran preocupación de su marido, y de ella en sus últimos años, era ver cómo el Gobierno estadounidense dejaba de estar supeditado a la soberanía popular y era entregado a la causa del dinero proveniente de la delincuencia, los grupos de presión más o menos camuflados o aquellos que esperaban obtener un cargo con el que resarcirse de su inversión.

Allí, al menos, se sabe por ley quiénes son los paganos. Aquí los intuimos, aunque la financiación opaca e ilegal de los partidos políticos dificulte la tarea. Confetis, míseros sobresueldos, vacaciones bien pagadas, ¡qué barato se vende el poder patrio! ¿Ningún cese en lontananza?

Lo más triste de todo es contemplar cómo en un país con seis millones de parados, con el desempleo juvenil más elevado de Europa, los principales perjudicados ni se inmutan. Aquellos a los que entre todos, a causa de nuestra perenne aquiescencia, les hemos secuestrado el futuro, privado de una educación sana y sólida, de capacidad crítica y de rebeldía juvenil.

La juventud se indignó un buen día. Tomó la calle, salió en los medios de todo el mundo, resopló con contenido coraje para no mojarse y se largó a casa en cuanto pudo, exhausta por el sobrehumano esfuerzo, a tumbarse en el sofá y gozar del sueldo o el subsidio de papá, mientras los perroflautas tomaban el relevo apenas unas horas más, no sea que se agotaran.

A este paso deberán ser los progenitores, en el fondo los culpables por permitir tanto desvarío, los que den la cara y se cabreen por ellos, aunque sea en silencio. Ya no se trata solo de saber en qué ha fallado esta democracia. ¿Acaso ha hecho algo bien los últimos treinta y ocho años más que partir solares, repartir prebendas y sembrar ignorancia?

Se sigue destrozando tejido productivo a causa de una ideología destructora y de una burocracia parasitaria que no hay manera de racionalizar, manteniendo prebendas y privilegios a demasiados vagos y maleantes con despacho oficial, a costa de atosigantes impuestos.

Algún iluminado dice que se empieza a ver la luz. Cómo puede ser eso si no hay manera de saber de dónde saldrán seis millones de puestos de trabajo. Ya no queda industria, esto no da para más camareros, salvo en los ansiados putiferios del denostado Eurovegas. ¿No hay nada mejor que promover?

Es casi imposible montar una empresa o un negocio sin desesperarse a causa de los diecisiete mercados compartimentados, una vorágine de leyes, licencias, reglamentos y decretos incompatibles entre sí, salvo para los desaprensivos que babean al calor de las taifas.

De unos titulados recientes que no saben hacer la 'o' con un canuto, a pesar de un papel enmarcado que dice que son universitarios, a causa de la ineducación y la flojera inculcada. No encuentran trabajo, ¿de qué se quejan si apenas se han esforzado, si nadie les ha apremiado para que promuevan nada y se ganen digno sustento?

Los profesores de ciencias proclaman que sus disciplinas han sido cercenadas. Los de humanidades también. La literatura constituye una pérdida de tiempo que disminuye la productividad, los latinejos son un atraso, la filosofía se considera ciencia diletante e inútil. La física es dura de asimilar, la química produce hervores, las matemáticas retortijones. La geografía es conocimiento del medio. La biología, bichitos que pululan por ahí. La historia, falsa y local, luce boina y refajo, llámese chapela o barretina, por otros lares dicen que nacionales todavía más desgraciados que los parajes de aquí. ¿Qué coño se enseña?

Desde que comenzó a gobernar, usted solo se ha preocupado de apuntalar el pasado, la basura financiera y los privilegios de la tropa política de ida y vuelta al oligopolio amigo, mientras protege a sus acólitos sospechosos de prevaricación, mientras se carga la innovación, la investigación y el crédito a las pequeñas y medianas empresas, al tejido en verdad productivo, el único capaz de sacarnos de este atolladero.

El futuro hay que sembrarlo. Crear empleo digno lleva su tiempo. Usted lo sigue masacrando. Su ministro de Hacienda, soberbio, imperturbable secuaz del ladrillo que siempre abominó de la investigación y el conocimiento obcecado por sus ruines manguitos, sigue cercenando nuestro futuro negándose a que el poco dinero disponible sea destinado a la causa de la educación, la innovación y el sano crecimiento. La poca investigación de calidad que había la ha asolado, la poca inteligencia que quedaba está emigrando a causa de su insistencia.

Señor Rajoy, lleva usted ya más de un año tomando decisiones y mirando por el retrovisor. Apuntalando la porquería financiera y a todos aquellos que la generaron en vez de dejar caer a cajas y corruptos, de meter entre rejas a sus responsables, de tirar hacia delante y gobernar con rigor y buen juicio.

¿Es usted uno de tales menesterosos? Deberá demostrar su inocencia o dimitir. La presunción de inocencia bastante ha dado de sí. Basta ya de encoger el hocico, de mirar hacia otro lado, de esperar que la prosperidad vuelva sola o, lo que es peor, a pesar suyo. La corrupción, la de sus huestes y sus oponentes, desangra este país y retrasa la ansiada recuperación.

Siga así, buen hombre. Está usted haciendo bueno al denostado Zapatero. El pobre era corto de luces pero, que se sepa, no trincó. A usted le está cubriendo la penumbra mientras la sospecha revolotea.

Trabajo le espera en aclarar ambos extremos si no quiere hacer compañía en prestigio y lozanía al Duque de Lerma, célebre maestro de corruptos, que se estará desternillando desde su tumba al ver la torpeza de sus sucesores en el oficio y lo poco que aprendieron de él, no en rendimiento, pero sí en procedimiento.

Termina este cínico bla, bla, bla desesperanzado. Inútil alegato en un solar arruinado donde la razón se la llevó el viento hace ya mucho rato. ¡Para lo que sirve en este país de caciques y de chorizos bastardos, de trincones, de mediocres y de pazguatos

Políticos y partidos
CATEDRÁTICO DE DERECHO CONSTITUCIONAL La Opinion 5 Febrero 2013

El desprestigio de la política alcanza hoy niveles preocupantes para la salud institucional del país. Las causas del disgusto social son bien claras: la crisis económica que no se supo prever ni se sabe combatir y los casos de corrupción en que andan envueltos los partidos políticos; sobre todo aquel que, desde el Gobierno y la mayoría parlamentaria que lo sostiene, exige a la población extraordinarios sacrificios.

De la política se cuestiona hoy todo, lo que hace temer una deriva populista que traería males mayores. Con seis millones de parados, una presión fiscal próxima a extremos confiscatorios (especialmente en la imposición indirecta) e injustamente repartida en favor de los más ricos y un deterioro alarmante de los servicios públicos, los españoles viven momentos de profunda indignación y despotrican contra la nutrida casta de políticos a tiempo completo que nos malgobiernan en el Estado, las comunidades autónomas y las corporaciones locales. ¿Dónde está el origen del mal, se preguntan hoy nuestros conciudadanos, en la profesionalización de la política o en la democracia misma? Estos interrogantes muestran una preocupación radical, pues a la raíz hay que ir en la situación presente.

No creo que, por ahora, tenga la dictadura, en cualquiera de sus formas, muchos partidarios, aunque su número crecerá exponencialmente si la Unión Europea se deshace, la economía se colapsa y la desintegración territorial deviene un fenómeno imparable, eventualidades que no resultan desde luego puramente imaginarias. Para los conservadores de todas las épocas, la democracia es incompatible con la propensión al mal de la naturaleza humana, que requiere ser sujetada con mano de hierro. Los demócratas, en cambio, siempre han defendido la bondad natural del hombre y el constante progreso de las Luces. Personalmente, y tras no pocas visitas a la Historia y un voluntarioso ejercicio de introspección, comparto las posiciones de partida del pesimismo antropológico, pero no sus consecuencias: si la del hombre es una naturaleza herida, elijamos libremente a quienes nos gobiernan -seres humanos, no dioses- y procuremos someterles a un estricto control. Por eso soy partidario convencido del Estado democrático de Derecho, porque no me fío de nadie, ni reconozco carisma personal alguno. Recordemos otra vez el axioma liberal de Lord Acton, perpetuamente vigente: todo poder corrompe; el poder absoluto corrompe absolutamente.

En cuanto a los políticos profesionales, se les suele reprochar de antemano su mediocridad: al parecer el único mérito de casi todos ellos consiste en haber realizado una carrera basada en el servilismo acrítico y cortesano a la oligarquía partidaria dirigente. El reproche se halla seguramente fundado en muchos casos, pero es gremialmente discriminatorio: ¿acaso no podría decirse lo mismo de los ejecutivos de las empresas o de los catedráticos universitarios? ¿Son todos los empresarios como Bill Gates y todos los profesores como Martha Nussbaum?

Pero la generalizada descalificación de los políticos profesionales va más allá, puesto que la profesionalidad misma se juzga opuesta al bien común y la consideración del político en tanto que "profesional del interés público" se advierte como una contradicción en los términos. Un profesional de la política únicamente merece el epíteto de "politicastro". Tal descalificación acostumbra a extenderse a la totalidad de los partidos políticos sin excepción. En el fondo de estos sumarios juicios late la convicción, seguramente de origen religioso, de que la política constituye una actividad salvífica, por lo que sus servidores han de ejercer un ministerio vocacional y altruista, no profesional y retribuido. Cuando los partidos se hallaban fuertemente ideologizados, sus líderes eran percibidos desde una vertiente soteriológica, estando investidos de la misión de preservar o transformar un determinado orden social concebido como paradigma de civilización. Sin embargo, las cosas resultan, desde hace tiempo, de otra manera, porque también a los partidos, y a las religiones civiles que encarnaban, les llegó el tiempo de la secularización.

En efecto, los partidos actuales, si tienen vocación de gobierno, poseen programas genéricos, socialmente multisectoriales y por ello forzosamente ambiguos. Se han convertido, pues, en meras plataformas electorales de clientela interclasista y transversal. Sumamente jerarquizados, combinan un liderazgo fuerte con una doctrina ligera, casi líquida, reducida a elementos simbólicos de una mercadotecnia elemental. El propio control parlamentario que ejerce la oposición no es más que la prosecución de la campaña electoral por otros medios.

La cuestión, entonces, es: ¿puede perseguir el interés general quien hace de ese noble empeño su medio de vida? ¿No procurará ante todo conservar su puesto y solo en segundo lugar el bienestar de los ciudadanos que le han elegido? Estas preguntas, sonrojantes en su misma ingenuidad (sancta simplicitas!), pueden dirigirse, sin embargo, a la generalidad de las actividades profesionales, en cuyo ejercicio existe un conflicto permanente entre intereses que en la práctica se revelan distintos, cuando no contrapuestos. Hay, así, conflicto constante, implícito o explícito, entre los propietarios de una empresa y los gestores de la misma, y entre los dueños de un medio de comunicación y los periodistas que en él trabajan, por citar solo dos ejemplos. Los políticos, aun siendo profesionales de la mediación social, tienen indudablemente una preocupación primordial en la conservación de su escaño o su poltrona. Eso es inevitable y el problema surge si tal preocupación es exclusiva o simplemente razonable, o si la profesión de político se desenvuelve de forma corrupta y venal.

Por lo demás, todos los mediadores tienen intereses específicos, incluidos los mediadores religiosos cuando actúan como guardianes institucionales y monopólicos de la hermenéutica de los textos sagrados. A ellos, y a todos los profesionales de la conservación de cualquier género de ortodoxia, incluida la de carácter ideológico, se dirige Marie Balmary en un bello libro (El monje y la psicoanalista) cuando previene contra quienes oponen el Bien a la Verdad, contra esa forma de idolatría que consiste en imponer frente al Dios que nos ha creado otro de fabricación humana.

En suma, ¿quién tira la primera piedra? Y una vez arrojadas todas las piedras, ¿qué monstruo surgirá del lago?

Los políticos tienen indudablemente una preocupación primordial en la conservación de su escaño o su poltrona.

La desintegración territorial no es una amenaza, es el doloroso y grave problema de "España"
Nota del Editor 5 Febrero 2013

Asustar contra la descalificación generalizada de los políticos profesionales porque la desintegración territorial deviene un fenómeno imparable, no tiene sentido ya que la desintegración de España es un hecho indiscutible, hace muchos años una ardilla podía recorrerla saltando de árbol en árbol, ahora se necesitan traductores de lenguas "propias" en muchas de las regiones y resulta disparatado el pretender la libre circulación y establecimiento de trabajadores y empresas ya que el idioma español es lengua impropia y la maraña de normas de los diecisiete feudos de los profesionales de la política además de incompatibles, ininteligibles es una barrera infranqueable para cualquier acción que deba estar sometida a la competencia del mercado, aparte de la voracidad institucional de los recursos de los ciudadanos.

Los riesgos de un período constituyente
Luis del Pino Libertad Digital 5 Febrero 2013


Se multiplican las voces que reclaman la apertura de un nuevo proceso constituyente que permita modernizar la Carta Magna que los españoles adoptamos en 1978.

Curiosamente, coinciden en esa petición dos corrientes claramente diferenciadas:

1) Por un lado, los que achacan a la Constitución la deriva partitocrática de nuestra democracia y el actual desbarajuste territorial. Por ejemplo, UPyD presentará mañana su propuesta de apertura de un proceso constituyente.

2) Por otro lado, los que quieren reformar la Constitución en sentido federal, para lograr un nuevo acuerdo con los sectores más posibilistas del nacionalismo. El PSOE en general, y el PSC en particular, se abonan a esta tesis.

Permítanme que manifieste mi escepticismo y que advierta de los riesgos que una reforma constitucional tendría en estos momentos.

¿Por qué soy escéptico? Pues porque los problemas que hoy padecemos no se deben a que la Constitución sea inadecuada, sino a que no se cumple. Una lectura reposada de la Carta Magna permite comprobar que no hay apenas artículos que no estén siendo sistemáticamente violados en la actualidad.

Si eso es así, entonces no sirve de nada cambiar la Constitución, porque cualquier otra nueva constitución, por perfecta que sea, podría llegar a ser pervertida de la misma manera. Si queremos que la nueva constitución se respete, tendríamos que hacer también, en paralelo, una limpia brutal dentro de nuestra casta política, para sustituir a nuestros actuales representantes por personas capaces de cumplir y hacer cumplir la nueva constitución.

Pero entonces, si tenemos que hacer esa limpia en la casta política, ¿para qué necesitamos una nueva constitución? Si la clase política empezara a respetar las normas constitucionales, entonces la actual Constitución sería perfectamente válida.

En consecuencia, creo que deberíamos centrarnos en la regeneración política y dejarnos de abrir procesos que sabemos cómo empiezan, pero no cómo terminan. Y con eso, entremos en los riesgos que percibo.

Si se abre ahora un proceso constituyente, sin haber regenerado previamente la casta política, entonces existe el inmenso peligro de que quienes piloten esa reforma constitucional sean, precisamente, los mismos que han pervertido la Constitución actual. ¿Cuál sería el resultado? Pues que esa reforma constitucional se orientaría de acuerdo con los intereses de la casta política y no de acuerdo con los intereses de los ciudadanos. Y lo más probable es que lo que se terminara imponiendo fuera la reforma federal que el PSOE está reclamando, incluido el derecho de autodeterminación para las comunidades autónomas.

Pero hay otro peligro igualmente grave. La apertura ahora de un periodo constituyente ayudaría, precisamente, a la casta política a desviar el foco de atención. Si la actualidad política se centrara en cómo debe ser esa reforma constitucional, entonces pasaría automáticamente a segundo plano el debate sobre la necesaria regeneración de la casta política. En consecuencia, el periodo constituyente, en lugar de contribuir a sanear la actual situación de putrefacción, contribuiría a prolongarla. La reforma constitucional se convertiría, irónicamente, en el mejor aliado de los que han pervertido y ninguneado la Constitución actual.

Es por eso por lo que me permito, con todos los respetos, sugerir que quizá no sea éste el mejor momento para embarcarnos en modificaciones de la Carta Magna.

Cuando las cosas están muy mal, existe la tentación de tirar por la vía de en medio y proponer cambios aparatosos que, a pesar de ser espectaculares, no tocan los verdaderos problemas de fondo. No cometamos ese error: abordemos primero la renovación de la casta política y luego, con políticos honrados dirigiendo la Nación, nos podremos plantear si hace falta reformar la Constitución o no.

Limitando la política limitamos la corrupción
Antonio España El Confidencial
  5 Febrero 2013

Seguramente ustedes conocen la novela El retrato de Dorian Gray, escrita y publicada por Oscar Wilde en 1890. El relato está protagonizado por el propio Dorian, un joven seducido por una visión hedonista del mundo que, convencido de que lo único que importa en la vida es la belleza y la satisfacción de los sentidos, desea mantenerse siempre con el mismo aspecto con el que le retrató Basil Hallward. Su deseo se ve cumplido, pero como contrapartida es su propia imagen sobre el lienzo, que da título a la obra, la que va envejeciendo y corrompiéndose tras cada uno de los crímenes y actos perversos que comete en su búsqueda permanente del bienestar.

Pues bien, algo parecido puede estar ocurriéndole a nuestra sociedad. Vendimos nuestra libertad a cambio de bienestar, y delegando algunas de las decisiones clave en nuestra vida, aceptamos también un cierto grado de corrupción política. Si somos honestos con nosotros mismos, hemos de admitir que, explícita o implícitamente, toleramos algo de corrupción siempre y cuando no la veamos. Siempre que el Estado siga satisfaciendo nuestras necesidades, y siempre que todo funcione bajo la apariencia de una democracia, mientras todos vivamos, como decía Bastiat, en la ficción de hacerlo a costa de los demás, no hay mayor problema.

Fíjense, si no, en la evolución del voto en nuestro país. Escándalos de corrupción los han tenido tanto el PSOE como el PP desde que inauguramos la democracia en nuestro país. Y, sin embargo, a lo largo de la serie histórica observamos cómo ambos partidos en su conjunto llevan dos décadas acaparando el voto ciudadano y, exceptuando la última convocatoria, han experimentado un claro ascenso desde que se destaparon los casos de corrupción del PSOE a principios de los 90, algunos de ellos, como el caso Filesa o el de los fondos reservados, tanto o incluso más graves que la sospecha que actualmente pesa sobre el partido de Mariano Rajoy de pagos en dinero negro.

 

O miren los casos recientes en Valencia con la trama Gürtel, Andalucía con los ERE falsos o Cataluña con el caso Palau y su reflejo en el resultado electoral en esas comunidades autónomas. ¿Toleramos o no toleramos la corrupción? Pero, de vez en cuando, alguien se empeña en descorrer la cortina que, como en la novela de Oscar Wilde, cubre nuestras vergüenzas y oculta la incómoda presencia de la corrupción en nuestra sociedad. Y entonces es cuando nos indignamos, pese a que esta siempre estuvo allí, porque es inherente al sistema intervencionista en el que vivimos.

Miren, ahora mismo el debate está centrado en si debemos creer o no al presidente, si Rajoy hizo mal en no comparecer y no aceptar preguntas, si ha de querellarse o no contra Luis Bárcenas, o si el Gobierno en pleno ha de dimitir o no. Sinceramente, les confieso que no sé si el jefe del PP dice o no dice la verdad. Desde luego, comete un error de bulto por no enfrentarse a la opinión pública hasta que ésta quede satisfecha con sus explicaciones. Y tampoco ha dado muestras en su pasado reciente de que su palabra y sus convicciones tengan la solidez de una roca –ahí están las subidas de impuestos o la liberación de Bolinaga, en contra de lo que siempre ha defendido su partido. Además, como regla general, considero que debemos creernos, como máximo, el 5% de lo que diga cualquier político de cualquier partido. Pero tampoco podría sostener que miente, pues eso sólo lo conocen los afectados.

En todo caso, quizás sea una ocasión excepcional para hacer de la necesidad virtud y plantearnos, como sociedad, una reflexión seria acerca de la corrupción política y sus verdaderas causas.

Pueden leerse interesantes análisis sobre la diferente intensidad de la corrupción en los diferentes países, como es el caso de los informes que elabora anualmente la organización Transparencia Internacional –y que nos sitúa en el puesto 30, justo después de Botsuana–,  de los efectos que tiene la misma sobre la riqueza o pobreza de los países o en su desarrollo económico y social. También sobre cómo combatirla –generalmente proponiendo el endurecimiento de las sanciones, el incremento de la regulación o el  establecimiento de nuevos órganos gubernamentales de control y vigilancia.

Pero son poco frecuentes los informes que se orientan a estudiar las causas últimas que dan lugar a la existencia de prácticas de corrupción en nuestras sociedades. Y sin conocer las causas últimas, difícilmente podremos erradicarlas.

Para comprender el origen de la corrupción, les propongo que, por su brevedad y precisión, partamos de la definición sugerida por el profesor argentino y autor de Una teoría de la corrupción, Osvaldo Schenone, para quien ésta es una transacción voluntaria e ilegal entre un agente y su cliente, en perjuicio de un principal a quien el agente se suponía que tenía que servir.

Por aclarar términos, un agente es alguien que ha aceptado la obligación de actuar en representación de un tercero, al que los economistas denominan principal. Por ejemplo, un político es agente de los votantes, que actúan como principal. Por tanto, un político comete un acto de corrupción cuando, actuando en beneficio propio, traiciona a su electorado, y pacta una comisión con un tercero a cambio de, por ejemplo, adjudicarle una obra pública o promulgar una norma que favorece a éste y, en cambio, perjudica al resto de los ciudadanos.

Como pueden ver, es condición necesaria para que pueda darse el fenómeno indeseable de la corrupción que alguien tenga delegado el poder de tomar decisiones en nombre de otros. Y cuando los políticos deciden en nuestro nombre el destino de entre el 40 y el 50% de la producción del país en términos de PIB, es evidente que el terreno está abonado para que se den prácticas ilegales. La tarta es demasiado golosa como para desaprovechar las oportunidades que brinda el elefantiásico tamaño del estado y el grado de intromisión que le hemos permitido que alcance en nuestras vidas.

La realidad es que, como decía Mises, la corrupción, nos guste o no, es inmanente a las economías intervencionistas. A mayor intervención pública, esto es, a menor libertad económica, existe una tendencia a que se den más casos de corrupción. Miren si no el siguiente gráfico, que combina los datos del índice de libertad económica de The Heritage Foundation, y del estudio sobre la percepción de la corrupción por Transparency International. Es evidente que existe una correlación no pequeña entre ambas dimensiones que parece soportar esta afirmación. Bien es cierto que correlación no siempre implica causalidad, y que es posible que ambos índices recojan para su elaboración magnitudes relacionadas que reforzarían la correlación matemática. Pero como mínimo da para reflexionar, ¿no creen?

 

Y es que teniendo en cuenta que, a diferencia del mercado, el proceso estatal es en esencia un juego de suma cero en el que cada acto del Gobierno supone siempre quitarle recursos a alguien para dárselos a otros, es perfectamente humano (1) tratar de evitar caer en el lado de los que salen perdiendo o (2) intentar formar parte de los beneficiarios de la redistribución pública.

Desde el mismo instante en que los poderes del Estado, encarnados en políticos y gobernantes, son quienes deciden de forma discrecional qué lado nos toca a cada uno de nosotros, están en disposición de comerciar con dicha capacidad y admitir sobornos de aquéllos que quieren evitar salir perjudicados de la acción gubernamental o salir beneficiados de ella. Sea para lucro personal, sea para la financiación de su partido. O, más probablemente, para ambas.

Es decir, que sin esa capacidad discrecional en manos del político profesional, sin intervencionismo estatal, no hay ocasión para la comisión.

Cuestión aparte es que toleremos, como decía más arriba, un cierto nivel subclínico de corrupción a cambio de creernos que siempre nos tocará en el lado de los beneficiados por el Estado del bienestar. Pero si queremos combatir realmente la corrupción y erradicarla, convendrán conmigo en que de todo lo anterior se deduce que la primera tarea será reducir gran parte de ese poder discrecional que han acumulado políticos y gobernantes a lo largo del tiempo.

Políticamente ya han visto que el proceso democrático no parece precisamente el más efectivo para acabar con la corrupción. Y tampoco podemos poner un policía en cada sede de partido político o en cada despacho ministerial, parlamentario o municipal. En todo caso, las regulaciones y el endurecimiento de las penas sólo encarecen el coste de la corrupción, pero no eliminan el incentivo. Probablemente, sólo lograrían aumentar el importe de la comisión, pero mientras el beneficio esperado sea superior al coste, seguirá habiendo trato. Así funcionamos los seres humanos, nos guste o no.

Entonces, permítanme que les pregunte, ¿por qué a pesar de la alarma social que origina la corrupción, y por qué a pesar de existir numerosas regulaciones y controles contra ella –desde los órganos jurisdiccionales ordinarios hasta los especialistas como la Fiscalía Anticorrupción, el Tribunal de Cuentas, la Intervención General del Estado o la UDEF–, nunca hemos podido combatirla eficientemente?

La cura más efectiva a largo plazo para la corrupción es, pues, la disminución del ámbito de actuación del Estado. Si no están de acuerdo y piensan que la corrupción se combate con más Estado, les invito a adivinar a qué país corresponde el punto más alejado abajo a la izquierda en el gráfico que acompaña a este post. Se trata de Corea del Norte, un país donde sólo hay Estado.


******************* Sección "bilingüe" ***********************

Los asesinos, cerca, y la Policía lejos
Edurne Uriarte ABC  5 Febrero 2013

Los asesinos cerca, y la Policía, lejos, es un resumen perfecto realizado por un amigo mío, también vasco, sobre lo que él mismo llama una insólita posición propia de algunos partidos del País Vasco. Y es que, en efecto, no sólo Bildu, sino también el PNV defiende el acercamiento de los asesinos al País Vasco y el alejamiento de los policías.

Lo reiteró ayer la nueva Consejera de Seguridad del Gobierno Vasco, Estefanía Beltrán de Heredia, que exigió en el Parlamento vasco el "repliegue de las Fuerzas de Seguridad del Estado". Obviamente, el PNV sí quiere unos cuerpos policiales, los de la Ertzaintza, y rechaza otros, los de la Policía Nacional y la Guardia Civil, por su condición de españoles.

Pero he ahí la perversa base ideológica y étnica de esta posición. Que los policías, sin duda alguna, una garantía de mayor seguridad, son rechazados por españoles. Y los asesinos son reclamados para las cárceles del País Vasco y más bien para la libertad por su condición de vascos. Vascos terroristas y miembros de ETA pues el llamado acercamiento de los presos sólo se reclama para terroristas y no para los autores de otro tipo de crímenes.

Como dice mi amigo, esto, la expulsión de policías y el acercamiento de asesinos, es una excepcional peculiaridad sólo propia del País Vasco.

Los asesinos, cerca, y la Policía, lejos, es un resumen perfecto realizado por un amigo mío, también vasco, sobre lo que él mismo llama una insólita posición propia de algunos partidos del País Vasco. Y es que, en efecto, no sólo Bildu, sino también el PNV defiende el acercamiento de los asesinos al País Vasco y el alejamiento de los policías.

Lo reiteró ayer la nueva Consejera de Seguridad del Gobierno Vasco, Estefanía Beltrán de Heredia, que exigió en el Parlamento vasco el "repliegue de las Fuerzas de Seguridad del Estado". Obviamente, el PNV sí quiere unos cuerpos policiales, los de la Ertzaintza, y rechaza otros, los de la Policía Nacional y la Guardia Civil, por su condición de españoles.

Pero he ahí la perversa base ideológica y étnica de esta posición. Que los policías, sin duda alguna, una garantía de mayor seguridad, son rechazados por españoles. Y los asesinos son reclamados para las cárceles del País Vasco y más bien para la libertad por su condición de vascos. Vascos terroristas y miembros de ETA pues el llamado acercamiento de los presos sólo se reclama para terroristas y no para los autores de otro tipo de crímenes.

Como dice mi amigo, esto, la expulsión de policías y el acercamiento de asesinos, es una excepcional peculiaridad sólo propia del País Vasco.
 

Cataluña
En català, si us plau (i si no us plau, també)
Fray Josepho Periodista Digital  5 Febrero 2013

Este domingo se celebró la gala de los Premios Gaudí, que son una especie de patética imitación de los Goya, que a su vez son un lamentable remedo de los Óscar, que, por su parte, no son copia de nada, pero son un coñazo.

En la unanimidad catalanista de la ceremonia se abrió una grieta cuando salió a recibir el premio a la mejor actriz de reparto Candela Peña, natural de Gavá, que tuvo la osadía de hablar en español, lo que produjo cierto nerviosismo en la gala. Y sobre todo provocó reacciones furibundas entre la grey nacionalista, que le reprochó a Candela Peña no solo el uso de la lengua lamentable (Duran i Lleida dixit) sino, incluso, que no hubiera aplaudido la proclama independentista de otra actriz.

Pero lo más delirante es que le otorgaron el Gaudí al mejor filme en lengua catalana a Blancanieves, una película muda.

Besar en catalán. Comer, lo mismo.
Toser en catalán (con buen acento).
También en catalán tomar asiento
Y en pulcro catalán, hacer nudismo.

En catalán el sexo, el alcoholismo,
el vómito, el picor y el mal aliento.
Sonarse en catalán y, de momento,
también en catalán el bilingüismo.

En catalán roncar y estar palote.
En catalán también chupar del bote.
Y en catalán soltar un estornudo.

En catalán tocarse los cojones.
Trincar en catalán las subvenciones.
Y hacer en catalán el cine mudo.



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