AGLI Recortes de Prensa   Martes 30 Abril 2013

Hay que elegir: el sistema político actual o España y los españoles.
Lucio A. Muñoz Periodista Digital 30 Abril 2013

Al comienzo de la presente legislatura, Rajoy proclamó a los cuatro vientos que la economía sería el eje central sobre el que giraría la política de su gobierno, por tanto y en virtud de este mensaje inicial, los españoles pensamos, desde el momento en el que el PP asumió el poder, que el área económica primaría relevantemente sobre las demás. Después de casi un año y medio gobernando, muchísimos españoles (en especial, los votantes del PP) se sienten absolutamente decepcionados y, a la vez, engañados debido a que se han dado cuenta que el PP no tenía planificada ninguna estrategia económica para sacar a España de la quiebra a la que nos llevó el anterior gobierno del PSOE.

El gobierno no tiene ninguna estrategia económica pero persigue un objetivo político definido (igual que el anterior gobierno del PSOE ): mantener el sistema político-administrativo-territorial a toda costa.El principal objetivo, de índole político, que siempre ha tenido presente el Gobierno no es otro que preservar a toda costa un sistema político, administrativo y territorial (estructuralmente sobredimensionado por obra y gracia del gobierno de Zapatero), tan destructor para la economía española como beneficioso para nuestra casta política. En consecuencia, al actual Gobierno del PP está continuando, de idéntica forma, la política del anterior gobierno del PSOE.

Hasta la fecha, la falsa y desenfocada austeridad, centrada en los recortes y las subidas de impuestos a los ciudadanos, a las pymes y a los autónomos, únicamente ha servido para mantener a flote una descomunal Administración (estructura político autonómica y local) y a todas las deficitarias y ruinosas empresas públicas.Pero la deuda del Estado sigue creciendo de forma insostenible y los objetivos de déficit no se han cumplido (el esfuerzo del déficit lo ha realizado, principalmente, el sector privado).

Todo lo expuesto anteriormente deja al descubierto el verdadero y único plan del Gobierno consistente en dejar pasar el tiempo, sin tomar ninguna decisión que implique perder cuota de poder político (reducir el Estado), imaginando que la enferma economía española mejoraría sin necesidad de operar.

Las pymes, los autónomos y las familias están cumpliendo con la parte del ajuste que les corresponde (la deuda de las empresas sigue reduciéndose y está llegando hasta niveles de 2006) pero el sector público sigue prorrogando sus obligaciones, sobre todo, las empresas públicas (siguen contratando personal aunque estén especializadas en perder dinero y gestionadas por políticos cuyos salarios se encuentran por encima de la media del sector privado). Los políticos han arruinado y saqueado a las cajas de ahorros y a las empresas públicas.

¿Cuántos parados más tiene que soportar España para que el Gobierno gire 360º su política y acometa una reforma profunda de nuestra monstruosa Administración en forma de reducción del ineficiente sector público empresarial y de eliminación tanto de triplicidades administrativas como de subvenciones improductivas y clientelares?

¿Está apoyando el Gobierno a los emprendedores o los utiliza publicitaria y mediáticamente? La casta debería saber que ni los costes derivados de la Seguridad Social ni los impuestos actuales tan elevados pueden ser asumidos por las empresas.

El último paquete de mediadas adoptado por el Gobierno (el viernes, 26 de abril), que incluye nuevas subidas de impuestos, indica que todo seguirá igual.

El Gobierno no reducirá el Estado a no ser que se lo ordene Merkel. Es un hecho cierto que la economía española se encuentra intervenida y que tanto los objetivos de déficit como la subida de determinados impuestos se imponen desde Bruselas pero en última instancia, ¿quién decide realmente dónde, cómo y en qué se recorta: la UE o el Gobierno español? ¿Tiene el Gobierno algún margen de decisión al respecto?

¿Le interesa a la casta política que los españoles piensen que la engañosamente denominada austeridad y los recortes vienen delimitados estrictamente por Bruselas? De esta manera, los culpables son Europa y Merkel.

Oli Rhen, responsable de Economía de la UE, criticó hace escasos días la política económica de Rajoy fundamentando que la misma, basada en la subida de impuestos sin apenas reducción de gasto público-político, está impidiendo el crecimiento económico de España. La política económica centrada en la austeridad es correcta pero enfocándola adecuadamente, es decir, en la reducción del gasto público-político (y bajando los impuestos) al objeto de reducir la deuda y el déficit. El austericidio del Gobierno de Rajoy (recortes a la sociedad civil e insoportable presión fiscal) es diferente a la austeridad (control presupuestario y reducción del gasto público-político ineficiente e improductivo). Son dos conceptos diferentes pero que están confundiendo a muchos ciudadanos españoles.

La Comunidad Europea le ha pedido a Rajoy mayor profundidad respecto a su incompleta reforma laboral y actuaciones encaminadas a dotar de sostenibilidad el sistema de pensiones español. Del mismo modo, el nuevo cuadro macroeconómico muestra que Bruselas permitirá que los objetivos de déficit se relajen en los dos próximos ejercicios, una decisión que ha aprovechado el Gobierno para diseñar un déficit a la carta y personalizado para cada una de nuestras autonomías (empezando, claro está, por Cataluña), otro error que acabará con más despilfarro, más deuda y más déficit.

La capacidad recaudatoria del Estado no es suficiente para reducir el déficit y no se puede exprimir (fiscalmente) más a los ciudadanos y a las empresas, por tanto, sólo existe una solución: acometer una profundísima reforma administrativa y territorial, reducir radicalmente el gasto público-político y eliminar el modelo de economía subvencionada. ¿A que espera Rajoy para racionalizar el Estado, a que se lo ordene Merkel? Ni siquiera ahora, aprovechando la tregua que los mercados han concedido a España con la prima en torno a los 300 p.b., se atreve el Gobierno a hacer la reforma más necesaria para nuestro país porque trastoca la configuración del sistema político, que es lo que realmente no quiere modificar bajo ningún concepto.

La casta política apuesta por mantener a sus miles de asesores cienmileuristas a costa de que suba el paro y los impuestos. ¿Hasta cuándo se lo vamos a permitir?

Mayoría absoluta, decepción absoluta: el bluf del Equipo A
Pepe Álvarez de las Asturias www.elsemanaldigital.com 30 Abril 2013

ZP nos dejó al borde del precipicio y Rajoy nos ha empujado a dar un paso adelante. Están gestionando la crisis con la misma eficacia que su caso Bárcenas: a rebufo, a trompicones.
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La cosa está mal, muy mal. No es nada nuevo, lo sé. Pero, hasta ahora, uno albergaba un poquito de esperanza. Confiaba sinceramente -necesariamente- en la responsabilidad, la profesionalidad y la experiencia de los nuevos encargados (por el pueblo soberano) para arreglar el desaguisado. Su semblante serio, su antipatía crónica, sus corbatas trasnochadas, sus trajes impecables, sus maneras funcionarial style, su lenguaje tecnócrata y vacío, su lejana superioridad… me hicieron creer -¡oh, infeliz de mí!- que este Gobierno gris pero eficaz era justo lo que necesitábamos, lo que implorábamos. El Equipo A contra la crisis. Hoy, con tristeza y desilusión, he de reconocer que ya no me creo nada. Nada.

La cosa está muy mal, sí. Porque los anteriores irresponsables la dejaron muy mal y porque los nuevos irresponsables la están dejando peor. Porque los anteriores irresponsables ocultaron la verdad durante años, agravando la situación irresponsablemente; y porque los nuevos irresponsables mienten cada semana anunciando lo que luego no hacen y haciendo lo que previamente han evitado anunciar. Porque los anteriores irresponsables llevaron el sistema -este sistema obsoleto y nefasto- al culmen de su despropósito, y los actuales irresponsables no han tocado ni una coma. Porque los anteriores irresponsables dejaron España al borde del precipicio y los actuales irresponsables nos han hecho dar un paso adelante…

Todo lo que criticaron durante siete años de oposición los actuales irresponsables, lo están repitiendo punto por punto, con matemática precisión. Y todo cuanto prometieron en su redentor programa electoral lo están olvidando, punto por punto, con idéntica precisión. La corrupción impune, la sangría autonómica, el despilfarro sin medida, el engorde del Estado, la avidez recaudatoria, la nula iniciativa, el impúdico alejamiento de la calle, la fiscalidad estranguladora e implacable, la desilusión, la desesperanza, el paro… ¡El paro!

Todo va a más, todo va a peor. El Gobierno de tecnócratas antipáticos e insensibles ha resultado, además, un Gobierno de inútiles, superados por las circunstancias, vencidos por el dragón al que prometieron derrotar, antes siquiera de plantarle batalla. Preocupados más por unas fotocopias de fotocopias, o por un porcentaje en las encuestas, o por un estornudo en Alemania, o por un gorila más o menos al otro lado del charco, o por las siguientes elecciones (de lo que toque)… que por espolear el emprendimiento, perseguir la corrupción hasta sus últimas consecuencias, atajar sin complejos el despilfarro, apretarle el cinturón al Estado hasta que le haga vomitar y, en fin, mirar a cuarenta y pico millones de españoles y ver cuarenta y pico millones de personas, de seres humanos, de compatriotas, a los que han prometido o jurado servir. SERVIR. No exprimir.

Sí, la cosa está muy mal. Y va a peor. Zapatero, Pepiño, Salgado, Pajín, Rubalcaba y compañía dejaron a España en Urgencias, a las puertas de la UCI; pero el equipo médico estrella que los españoles elegimos para salvarla ha resultado ser más letal que el doctor Montes. Creo, sinceramente, que Rajoy, Sáenz de Santamaría, Montoro, De Guindos, Báñez y compañía no tienen ni puñetera idea de lo que están haciendo, ni de lo que hay que hacer, ni de lo que van a hacer de aquí a un mes, a cinco o a tres semanas. Están gestionando la maldita crisis exactamente con la misma eficacia que su Caso Bárcenas. A rebufo, a trompicones, con total despiste y manifiesta cobardía a la hora de afrontar y enfrentar el reto (¡detrás de una pantalla de plasma!); pensando, como siempre, en los votos, en el partido, en la poltrona, en su vanidad, en su muy equivocado concepto del servicio. Que es para lo que han sido colocados ahí.

Vamos camino del desastre final. Se han acabado las dosis de optimismo, las vacunas de esperanza; se han agotado las reservas de paciencia; se ha esfumado cualquier atisbo de confianza, de fe en quienes nos empujan al precipicio; ya no nos creemos nada. Ya sólo nos queda rezar por que la caída no sea violenta (y va camino de serlo). Y que una vez abajo, de entre los humeantes escombros, seamos capaces de rescatar el mínimo de sentido común, de dignidad, de arrestos para empezar de cero. La transición es un mito obsoleto. Fue bonita mientras duró. Pero ahora está podrida. Muerta. Y la ha matado el bipartidismo. Es hora de aceptarlo, llorarla si acaso y volver a mirar hacia delante. Sin pesos muertos que nos arrastren al hoyo.

Señores y señoras del Gobierno: tienen ustedes mayoría absoluta. Eso significa que son ustedes absolutamente responsables. O sea, absolutamente irresponsables. Y, para quien esto firma, una absoluta decepción.

El dulce sabor del arsénico

Javier Benegas www.vozpopuli.com 30 Abril 2013

El pasado miércoles los mercados financieros nos daban, o más bien le daban a algunos, una alegría. El Bono español recortaba 21 puntos y quedaba al cierre en el 4,29% de interés, y la prima de riesgo descendía hasta los 304 puntos básicos, llegando a situarse puntualmente por debajo de los 300. Por su parte el IBEX se apuntaba una subida del 3,26%, hasta 8.289,30 puntos. En resumen, asistíamos a la tradicional fiesta privada de los mercados que la propaganda de Génova, ayudada por sus periodistas amigos, quiso hacer extensiva a los atribulados ciudadanos para ayudar a digerir una EPA que se preveía demoledora. En esta breve algarabía algunos vieron el fin de la sequía financiera, la vuelta del dinero y el definitivo alejamiento de la sombra del rescate. Según decían, los inversores parecían haber borrado a España de la lista negra, lo cual anticipaba el principio del fin de la crisis. Sin embargo, los ciudadanos no vieron el confeti sino 6.202.700 parados. Una cifra mucho peor que inaceptable. La economía real seguía sin tocar fondo.

Como moscas a la miel
Detrás de tan 'extraordinarias' noticias, además de un Japón que seguía devaluando el yen a todo trapo y una Alemania a las puertas de la recesión –cuestiones ambas que hicieron cambiar mucho dinero de destino–, estaba la renuncia táctica de Angela Merkel a poner orden en las cuentas de los países desmadrados, una vez visto que de esta no salíamos ni mediando un milagro. Tal renuncia se hizo explícita con la ampliación de los plazos de reducción del déficit, aliviando la presión sobre nuestra clase dirigente y proporcionando más cerillas a esta tropa de pirómanos que ocupan nuestras instituciones.

Con la elecciones federales alemanas a la vuelta de la esquina, el desplome de las economías de los países del Sur de Europa, sumado a las señales de agotamiento de China y el enfriamiento de EE.UU., estaba pasando factura a los teutones. Y quieren –ahora sí– aflojar el nudo para ver si la cosa se anima. Pero sólo el tiempo que Berlín necesite para celebrar elecciones y cambiar de planes. Alemania no ha visto en estos años el menor propósito de enmienda en los políticos griegos, italianos y españoles. Y como es lógico, ha vuelto la mirada hacia donde solía; es decir, hacia el Este. "Ellos verán lo que hacen", es la frase que en Berlín empezó a circular sotto voce tan pronto se conocieron las nuevas reformas anunciadas por el Gobierno.

Lo había advertido alto y claro la canciller alemana días antes: “Los [gobiernos] europeos sólo son capaces de encontrar soluciones comunes cuando están al borde del abismo, pero tan pronto como las presiones se alivian, quieren seguir su propio camino […] Tenemos que estar preparados para aceptar que Europa tiene la última palabra en ciertas áreas. De otra manera, no seremos capaces de continuar construyendo Europa". La literalidad de lo dicho, con ser inquietante, no es lo peor. Lo preocupante es la lectura entre líneas. La paciencia y los recursos de Alemania se agotan. Y, de seguir así, antes de que los países del Sur se vean en la tesitura de tener que salir del euro, podrían ser los germanos los que decidieran abandonarlo. Simple cuestión de coste-beneficio. Nada personal, sólo negocios.

En España, la esperanza es lo primero que se pierde
Pese a todo, nuestros políticos siguen en el apaño y la francachela. Así han aguantando los cinco años largos que llevamos de crisis. Tiempo durante el cual –hay que reconocerles el mérito– han dejado casi intactas las mostrencas estructuras administrativas del Estado y comunidades autónomas, le han hecho la peineta a Merkel cada vez que se ha dado la vuelta y, en un alarde de audacia, han recolocado en los vericuetos del entramado público a los compañeros que salieron mal parados con los recortes.

No es ya que en España nadie dimita o que de los casi 400 políticos imputados en procesos judiciales ninguno haya pisado la cárcel, sino que hay una ley no escrita que prohíbe dejar a los camaradas, familiares y amigos en el paro, y también meter mano a los bancos y demás vacas sagradas de nuestra ficticia economía. “O todos o ninguno” es la consigna escrita con tinta invisible al pie de los logotipos de los partidos y también de la Corona. Lo cual, en un país cuya deuda desprovista de maquillaje supera el 112% del PIB y el desempleo se asoma al 28%, demuestra que el problema no es ideológico. Y tampoco de credo económico. El Régimen funciona bajo sus propias leyes; reglas perversas e incompatibles con la libertad y la prosperidad económica. La única salida es desmontarlo. Pero, como problema añadido, hacerlo pasa por la abdicación de su regio caudillo, quien, por la gracia de Franco, no sólo reina sino que manda y mucho en el actual establishment.

El paradigma de la Bolsa y la economía financiera, que muchas veces obedecen a razones globales ajenas a nuestras miserias, no puede ocultar la realidad. La descomposición es de tal calibre que en los tribunales se amontonan 1.661 casos de corrupción, política y financiera (casos por fuerza entre sí emparentados), muchos de los cuales sufren retrasos injustificables, por más que el CGPJ alegue falta de medios personales y materiales o lentitud por parte de la Policía y los expertos de Hacienda.

Sobresueldos en negro, donaciones no declaradas, dineros evadidos y ocultos en paraísos fiscales, tráfico de influencias, subvenciones arbitrarias, uso de información privilegiada, negocios mezclados con política, espionaje, chantaje, corrupción al por mayor, delincuencia e impunidad. Esta es la esencia, la sustancia de la España política, frente a la cual, métanselo en la cabeza, no hay economía que aguante, carambola milagrosa ni presidente que valga. Nuestro futuro como nación, como sociedad y como individuos depende de nuestra capacidad para instaurar los principios democráticos con todas sus garantías; sin atajos, sin delirios y ojalá que sin violencia. Principios cuya virtud, más allá de su belleza retórica, es impedir el abuso de poder, el caciquismo, la corrupción y el secuestro de las instituciones. Mientras sigamos privados de estos principios, desconfíen de todos aquellos que alientan polémicas finalistas y cargan el peso de la prueba sobre un nombre, dos o cuatro. Porque si la regeneración les trae sin cuidado, ¿a qué o a quiénes sirven entonces?

Por favor, no pregunten quién va a poner el cascabel al gato. Pónganselo ustedes mismos con cada una de sus decisiones y actos. No permitan que les polaricen, manipulen y amedrenten. Usen su voz en la calle, en los foros físicos o virtuales y también su voto para detener esta locura. La solución a nuestra crisis pasa por alcanzar la Democracia. Lo que alumbró la Transición de 1978 es una farsa.

Partido Popular
Rajoy no da más de sí
Cayetano González Libertad Digital  30 Abril 2013

Cuando, en marzo de 2008, perdió sus segundas elecciones generales con Zapatero, Rajoy no dejó de decir a todo aquel que le quisiera escuchar que tenía derecho, como tuvo Aznar, a una tercera oportunidad. Por eso se enrocó ante quienes –pocos dentro de su partido, muchos fuera de él– le reclamaron su dimisión y empezó a reunir avales a diestro y siniestro para el Congreso de Valencia del, que salió reelegido con el 100% de los votos. Eso sí, días antes consiguió que María San Gil y Ortega Lara se fueran del PP, condenó al ostracismo a todo lo que oliera a la etapa de Aznar –Acebes, Zaplana, etc.– y ascendió, conviene recordarlo porque fue una decisión suya, a Luis Bárcenas, de gerente a tesorero del partido.

Rajoy hizo de llegar a la Presidencia del Gobierno, más que un objetivo político, una obsesión personal. No quería pasar a la historia como el candidato del PP que perdió unas elecciones generales en el 2004 viniendo de estar en el Gobierno con una mayoría absoluta, el que no fue capaz de ganar a un personaje como Zapatero, al que despreciaba. Y, efectivamente, en noviembre de 2011, 10.866.566 españoles le dieron una amplia y cómoda mayoría absoluta de 186 diputados en el Congreso. ¿Por méritos propios, labrados por el político gallego en sus siete años de líder de la oposición? Parece claro que no. Más bien, porque una mayoría de ciudadanos entendió que una tercera legislatura con el PSOE en La Moncloa supondría la ruina total de España.

Transcurridos diecisiete meses desde ese triunfo electoral, el balance que se puede hacer sobre la gestión de Rajoy al frente del Gobierno de España es absolutamente desolador. Se mire por donde se mire, se coja por donde se coja. Él ha proclamado a los cuatro vientos que a lo único a lo que se iba a dedicar era a sacar el país de la crisis económica. Y bien que lo ha cumplido: me refiero a la primera parte de su aseveración; no, obviamente, a la segunda.

Porque, efectivamente, Rajoy ha renunciado a hacer política, a dar la batalla de las ideas, a defender con todas las consecuencias y con la mayoría absoluta a España como una Nación de ciudadanos libres e iguales ante la ley y ante quienes quieran romper las reglas del juego. Dos ejemplos: Cataluña, a través de Artur Mas, planteó hace meses un órdago soberanista al Estado, y a Rajoy todo lo que se le ocurrió fue decir que eso eran "dimes y diretes". En la lucha contra ETA, el presidente del Gobierno se ha limitado a administrar la hoja de ruta del mal llamado "proceso de paz" que heredó de Zapatero y que éste le transmitió al incompetente ministro del Interior del PP en una reunión de dos horas celebrada en la sede del Ministerio, al mes de haber dejado aquél La Moncloa. Pero es más: para explicar su política antiterrorista, Rajoy suele emplear el siguiente argumento, absolutamente falaz: "Gobierno como si ETA no existiera". ¡Pues menos mal!, habría que replicarle, porque ETA, sin que el actual presidente del Gobierno hiciera nada por evitarlo, volvió a ser legalizada después de llegar él a La Moncloa, y en la actualidad es la segunda fuerza política del País Vasco, gobierna en Guipuzcoa y en numerosos ayuntamientos del resto de la Comunidad Autónoma Vasca y de Navarra.

En cuanto a su partido, Rajoy ha conseguido su práctica inacción. El PP ha dejado de ser ese proyecto político de centro-derecha, liberal, que Aznar, con la ayuda de otra mucha gente, refundó en Sevilla a comienzos de 1990 y que gobernó España durante ocho años con gran éxito y solvencia. En la actualidad el PP no se sabe lo que es, qué defiende, qué valores representa. En su sede de Génova se ha quedado un retén de personas manifiestamente mejorables, comandadas por una secretaria general que tiene que compatibilizar su tarea partidista con presidir una comunidad autónoma, lo cual es de entrada bastante cuestionable, al menos desde el punto de vista estético, si no ético.

Y en el terreno económico, para qué abundar. Si a las 72 horas de saberse que en España hay ya 6.202.700 parados; que el 54,7% de los jóvenes menores de 24 años no encuentra empleo; que en 1.906.000 hogares no entra un euro porque todos sus miembros están sin trabajo; si después de reconocer el Gobierno que cuando acabe la legislatura habrá 700.000 parados más que cuando empezó, al presidente lo único que se le ocurre –¡no es posible que eso sea un consejo de Arriola!– es pedir paciencia a los españoles, añadiendo a continuación que "el Gobierno sabe a dónde va y lo que tiene que hacer", entonces hay que llegar a la conclusión que Rajoy no da más de sí, ha perdido el sentido de la realidad, carece de la más mínima capacidad para ponerse en el lugar del ciudadano de a pie, que lo está pasando mal, muy mal.

Los partidarios de Rajoy siempre esgrimen dos características del personaje para defenderle: que es honrado y que es buen parlamentario. Qué mal tiene que estar la cosa para que se haya llegado al extremo de convertir la honradez en algo destacable de un responsable público. En cuanto a su capacidad oratoria, es verdad, es un buen parlamentario, aunque sería mejor si leyera menos los papeles que le preparan e improvisara un poco más. Los muy marianistas argumentan en su defensa un tercer factor: el magistral manejo de los tiempos por parte de su líder, aunque últimamente ese argumento está flaqueando, a la vista de los hechos y de las previsiones de futuro.

Pero, fuera de esos aspectos positivos, Rajoy es visto por una inmensa mayoría de ciudadanos como un político sin fuste, sin capacidad de liderazgo, de transmitir un mínimo de ilusión y de esperanza; que no genera confianza, como ponen machaconamente de manifiesto las encuestas. Además, es un político que no entiende que la democracia es ante todo un régimen de opinión pública, por lo que debería hacerse mirar su aversión a dar explicaciones de lo que hace y por qué lo hace, sea en el Congreso de los Diputados o en los medios de comunicación.

Es evidente que Rajoy no es el presidente del Gobierno que requiere la gravísima situación de crisis que vive España, que no sólo es económica, sino institucional, social y moral. Tampoco lo sería Rubalcaba, y sólo pensar que en el palacio de La Moncloa estuviera ahora, o dentro de tres años, pongo por caso, Eduardo Madina, Patxi López o Carme Chacón es como para echarse a temblar. Ese es parte del drama que vivimos ahora mismo: que en la primera línea de los dos grandes partidos políticos no hay ningún dirigente que dé muestras de tener la suficiente preparación y altura de miras que se necesita para sacarnos del fondo del pozo en el que nos encontramos.

Diez claves para entender la Cataluña mentirosa y ladrona de Mas
Alfonso Merlos www.elsemanaldigital.com 30 Abril 2013

La amenaza de partir España en dos debe ser leída en clave de ilegalidad, inmoralidad, delirio y atraco. ¿Lo vemos o no lo vemos?

He aquí un decálogo de claves para la reflexión. Para comprender por qué ha fallado la anticipación, la prevención, por qué está fallando la contención y probablemente por qué fallará la reacción a la amenaza planteada por el nacionalismo en Cataluña. El órdago se basa en los fundamentos de la locura y el robo:

- Sólo un ignorante puede plantear que el pueblo catalán es sujeto del derecho a la libre determinación. Convendría revisar tanto el espíritu y la letra de la Carta de Naciones Unidas como, en especial, las resoluciones 1541, 1514 y 2625 de su Asamblea General, entre otras.

- Sólo un ignorante puede plantear que los ciudadanos de una Comunidad Autónoma están legitimados para tomar una decisión que afecta a la integridad de la nación y la unidad territorial del Estado. Convendría revisar el artículo 92 de la Constitución Española, entre otros.

- Una estimación muy conservadora sitúa en el 20% la pérdida de riqueza en una Cataluña independiente, motivada por la fuga inmediata y masiva de empresas y capitales, y por la afectación del 85% de los flujos comerciales.

- Una Cataluña independiente no tendría medios para pagar su deuda.

- Sólo gracias a la ayuda del resto de los españoles, el nacionalismo catalán puede mantener un armatoste de centenares y centenares de organismos autónomos, entidades públicas, consorcios, fundaciones, sociedades mercantiles, empresas públicas y toda suerte de entidades de derecho público que depredan dinero del contribuyente de forma voraz y generan astronómicas cantidades de gasto improductivo.

- Sólo gracias a la ayuda del resto de los españoles, el nacionalismo catalán puede mantener decenas y decenas de consejos asesores y consultivos cuya razón de ser fundamental es mantener prietas las filas de un proyecto identitario ruinoso en términos materiales, legales y éticos.

- El programa de cierre ininterrumpido de quirófanos y de pliegue de camas en los hospitales va acompañado de la desatención a los pacientes catalanes: esperan 1.800 días para una operación de cataratas, ó 400 para una de columna, ó 900 para una intervención del otorrino.

- Una Comunidad Autónoma incapaz de pagar por sí misma sus vencimientos de deuda o de pagar en tiempo y forma a los proveedores mantiene puntualmente el pago de nóminas a prebostes del separatismo que ingresan el doble que, por ejemplo, el presidente del gobierno de España: es el caso del director general de la quebrada corporación pública de medios regionales, radio y televisión.

- El victimismo, la falsificación histórica, el imperio del pensamiento único corre parejo a lo largo y ancho de la región a un proceso de confusión sobre el modelo al que se pretende saltar: ¿Mónaco, Kosovo, Québec, Escocia… el modelo Ibarreche?

- La independencia no cambiaría la ruina de la administración pública en Cataluña: sería en cambio la consumación de un proyecto (amén de ilegal y tramposo) inmaduro, inapropiado, irresponsable, insensato, egoísta, inadmisible y desleal.

Cuando la Abogacía tiene que hacer de Gobierno
EDITORIAL Libertad Digital 30 Abril 2013

El impecable recurso que la Abogacía del Estado ha preparado contra la declaración soberanista del Parlamento de Cataluña es una excelente respuesta al desafío que dicha cámara regional puso en marcha de forma oficial el pasado mes de enero.

Una respuesta impecable en lo jurídico, en la que destaca el reconocimiento, que casi nadie había hecho hasta el momento, de que la declaración tiene efectos legales y está en franca contradicción con una de las "cláusulas capitales" de la Constitución: la que se declara en el punto 2 del artículo 1, que "la soberanía nacional reside en el pueblo español, del que emanan los poderes del Estado".

Así, los abogados del Estado no dudan en hablar de "un desafío abierto contra la Constitución" y recuerdan oportunamente que "sólo una decisión de la soberanía del pueblo español podría reconocer de manera constitucionalmente válida la soberanía del pueblo de Cataluña".

Y si desafía este precepto y se obvia que la Constitución deja bien claro que no hay otra soberanía que la del pueblo español, para la Abogacía del Estado nos encontramos ante un "acto de poder constituyente" y, en suma, ante la atribución de un derecho de secesión que no tendría cabida en nuestro ordenamiento.

Como se puede ver, estos argumentos hacen que el recurso tenga también una faceta eminentemente política, que resulta totalmente necesaria y que ha sido muy bien armada por los técnicos jurídicos del Estado, pero que deja en evidencia la pobre respuesta institucional que se dio al desafío lanzado por el independentismo catalán.

Muy pocas voces en el Gobierno, en los partidos e incluso en los medios tuvieron la valentía de decir algo que era evidente: que una declaración de ese tipo aprobada por un Parlamento es mucho más que un brindis al sol, y que la respuesta no puede ser mirar hacia otro lado en silencio.

Esto es especialmente grave en el caso de un Gobierno que parece decidido a creer, o a intentar hacernos creer, que nada tiene que ver con la política: a las declaraciones de independencia sólo se responde desde instancias jurídicas; las decisiones en el campo de la economía parecen dictadas por ineludibles hados del destino; y las medidas adoptadas por Gobiernos anteriores no se pueden cuestionar o revisar.

Es, o quiere ser, un Gobierno sin políticos, algo especialmente difícil de comprender en un sistema, el democrático, que necesita de la política bien entendida. De hecho, tanto se necesita de la política que, como vemos, si no la hace el Gobierno acaban haciéndola dos esforzados, casi heroicos, abogados del Estado.

Y es que no meterse en política puede ser un buen consejo en boca de un dictador, pero no es una práctica recomendable para los más altos cargos de un partido... político.

Sobre lo insoportable
El goteo de chifladuras de los dirigentes políticos empieza a ser una plaga
Félix de Azúa.  El Pais 30 Abril 2013

Me parece extraordinario que el jefe de un partido europeo con ambiciones de gobierno dijera que él era “un anticapitalista radical”. Al principio, cuando me lo comentaron, no podía creerlo. Luego lo comprobé en Internet, aunque no es el mejor lugar para adquirir seguridades. En efecto, al parecer Rubalcaba dijo ser un anticapitalista radical, como Kim Il Sung, pero luego matizó que se refería “al capitalismo especulativo”. Y eso acabó de hundirme en el desconcierto porque no creo yo que por el momento haya otro capitalismo que el especulativo. De modo que, o bien Rubalcaba no sabe lo que quiere decir la palabra “capitalismo”, o bien pertenece a una etapa arcaica del capitalismo, digamos que a la fisiocracia, y sigue creyendo que la riqueza son las fincas rústicas.

No mucho más tarde hube de constatar nuevamente por Internet otra frase del futuro presidente socialista de España. Esta vez había dicho que para acabar con el dinero negro “habría que prohibir los billetes de 500 euros”. Pregunté por aquí y por allá y todo el mundo aseveró que en efecto Rubalcaba había soltado esta frase, aunque nadie, ni siquiera sus más leales partidarios, entendía el sentido. ¿Habría que ir recogiéndolos de uno en uno y casa por casa? ¿O simplemente se anulaban por decreto en el continente? Una vez más, ¿qué cree Rubalcaba que es el dinero? ¿Una “cosa”? ¿Algo que se limpia con detergente y que se pone encima del piano? ¿Algo que se saca a pasear o se guarda en un armario?

Tras esta segunda declaración de Rubalcaba comprendí que, o bien el PSOE está persuadido de que sus posibles votantes son lelos, o bien estamos ya ante la candidatura de un Beppe Grillo a la española, o sea, a lo Paco Martínez Soria, lo cual, sin duda, puede traer mucho rendimiento en las próximas elecciones, pero entonces quizás el PSOE debería presentar a Leire Pajín, que hace mejor de característica. El PSOE cree que va a ganar algún voto entre la juventud soltando bravuconadas de patio de colegio, pero solo consigue ir perdiendo a los que ya llegaron a la edad de la razón.

Los medios asumen como propias las majaderías de un partido o de otro
No obstante, el goteo de chifladuras que vienen teniendo lugar en los últimos meses está a punto de convertirse en una plaga. Todo empezó cuando el presidente de los catalanes, Artur Mas, dijo que convocaba elecciones para conseguir una mayoría aplastante, brutal, terminante, heroica. Algo que permitiera poner a Cataluña en el concierto de las más grandes naciones con equipo de fútbol. Tras comprobar que había perdido un montón de escaños y que los resultados eran un desastre, saludó al público barretina en mano y se felicitó del éxito obtenido por el chiste. Fue como si a partir de ese momento la política española se entregara a la Banda del Empastre.

Con una izquierda perfectamente lobotomizada y una derecha que solo vive para conservar los privilegios de los cientos de miles de parásitos que impiden cualquier acción eficaz de la Administración, especialmente en el terreno de las grandes compañías, quedaba la posibilidad de tirarse al monte, pero tampoco. La extrema izquierda se divide entre los que imitan el modelo argentino y venezolano, lo cual es elegir una ejemplaridad política perfectamente hidrocefálica, y los que defienden el derecho de los alcaldes a robar en supermercados y están dejando Andalucía en los huesos. Elegir entre Verstrynge y el alcalde de Marinaleda no es tarea fácil ni siquiera para la prensa deportiva.

Para mejorar y clarificar esta situación los medios de comunicación han asumido como propias las majaderías de un partido o de otro. Para defenderse, los lectores, si pueden, se refugian en la patafísica, o sea en una señora que se filmó a sí misma en agitada masturbación y fue defendida por las derechas e izquierdas apelando al “derecho a la intimidad”. No recuerdo yo que apelaran tanto a ese derecho cuando se difundió otro vídeo, el de un probo director de diario, más imaginativo y menos pornográfico que el de la concejala. Tampoco he observado que apelen al derecho de los votantes a que sus elegidos no sean tan memos como para filmarse a sí mismos haciendo el ridículo.

Sigue siendo entretenido observar cómo unos y otros se llaman constantemente “fascistas” y “nazis”, solo para que el insultado aparezca en TV sollozando por los judíos. “¡Ah, qué sacrilegio! ¡Comparar con los genocidas alemanes a unos energúmenos que asaltan viviendas privadas!”. La izquierda, siempre tan compasiva con los judíos, mientras no vivan en Israel. O bien, por el otro lado, “¡Ah, qué sacrilegio! ¡Comparar a unos dignos parlamentarios españoles que salen a dos millones de pesetas mensuales, con los criminales y asesinos del común!”. Como dice el refrán, “lo cortés no quita lo donoso”, de manera que cabe perfectamente que sean lo uno y lo otro todos juntos, pero no por las razones que aducen, sino por la torpeza y sumisión que manifiestan ante sus jefes, que es lo que caracteriza a los partidos totalitarios.

De modo que hemos tocado fondo. Algo lo hacía suponer cuando el Gobierno decidió que entre los recortes imprescindibles estaba también el que deja sin piernas a eso que suele llamarse “cultura” y que es justamente lo que les falta a los políticos en general y lo único que debería cuidarse en este país que, como todo el mundo sabe, ha sido domesticado, pero no civilizado. ¿Qué importancia pueden tener las escuelas, la universidad, los museos, la lectura, el cine, las bibliotecas o la ciencia para una gente que se pasa el día insultando a los del bando contrario y manteniendo bien calentito el sillón? Nuestro presidente lo dejó cegadoramente claro cuando le regaló al Papa actual, el señor Francisco, una camiseta del equipo de fútbol español. Es verdad que también le regaló un facsímil (otro, en el Vaticano ya no caben), pero era para disimular.

¿Qué importancia puede tener la cultura para una gente que se pasa el día insultando a los del bando contrario?
No puede caber mejor confesión de intensidad anímica y comprensión de los misterios de la fe. La altura alcanzada por el Gobierno español en materia espiritual quedó simbolizada con espléndida nobleza en aquella imagen del señor Francisco mirando perplejo la camiseta roja como si fuera un ornitorrinco. No vale ni siquiera la excusa de que el señor Francisco es argentino y ahora la política argentina dicta nuestro comportamiento. No. Ese regalo es lo más colosal que ha recibido papa alguno y recuerda a la estatua de Don Quijote que el rey Juan Carlos entregó a los astronautas norteamericanos para que lo llevaran consigo en el cohete. En este último caso, por fortuna, la idea no era suya.

Ante semejante estado de cosas, posiblemente lo mejor sea aguantar los dos años que quedan para las elecciones mirando vídeos de políticos españoles masturbándose y en las próximas elecciones dar nuestro voto, sea a Rosa Díez, sea a Ciutadans si uno tiene la manía de vivir en Cataluña. No porque vayan a sacarnos de este manicomio, sino para observar si el asunto es congénito y también ellos hacen lo mismo.

La así llamada “crisis económica” ha servido para convencernos de que nuestra clase dirigente no solo es incapaz de resolver problemas monstruosos como el del paro, sino que también es incapaz de resolver un crucigrama un poco grande. Evidentemente, ya estoy oyendo a unos cuantos políticos, muchos de ellos amigos míos, que se quejan de esta generalización arbitraria (¿y facha?). De acuerdo, este artículo es injusto con muchos políticos. Juro conocer a más de una docena perfectamente honrada, trabajadora y con una verdadera necesidad de sacar a este país del atolladero.

Pues para ellos y con ellos también escribo este exagerado artículo, porque si quieren mantener la dignidad que aún les reconocemos, no pueden dejar pasar más payasadas. Creo que la ciudadanía ya ha soportado bastante. No basta con comentarlo en reuniones y en privado. La próxima vez que un jefe suyo, o un cargo público de su partido, haga el ganso, por favor, pónganse ustedes en pie y díganselo a sus electores, júrenles que no van a votar a ese mamarracho. Recuerden que más vale una vez rojo que ciento amarillo.

Félix de Azúa es escritor.

¿Quieren crecimiento? Bajen todos los impuestos
Antonio España El Confidencial
30 Abril 2013

Imaginen que hacen ustedes el siguiente experimento. Tomen un cubo o un barreño que sea suficientemente grande para que le quepan los dos pies y métanse en él. Una vez dentro, intenten levantarlo del suelo tirando fuertemente de sus asas. ¿Cuál es el resultado? ¿Seguirían ustedes intentándolo ad eternum? Pues exactamente eso es lo que lleva haciendo el actual Gobierno desde prácticamente el mismo momento en el que tomó posesión. Con la depredadora política fiscal articulada por Cristóbal Taxman Montoro, el Ejecutivo aún piensa que puede sacarnos de la crisis a base de impuestos. Sin embargo, los resultados más recientes de esta política mostraron su cara más dramática el pasado jueves, cuando se publicaron las cifras del desempleo de la EPA.

Este experimento está inspirado en una cita célebre de Winston Churchill, utilizada por vez primera en un discurso en defensa del libre mercado en Manchester en 1904 y que luego repitió en, al menos, cinco ocasiones. En versión original: a country which tries to tax itself into prosperity is like a man standing in a bucket and endeavouring to lift himself up by the handle. Por desgracia para los españoles, este Gobierno de corte progresista, tal y como confesaba el propio Javier Arenas este fin de semana en Antequera, parece que nunca ha sido un gran seguidor de Churchill, sintiéndose más cómodo en posiciones socialdemócratas que abogan por mantener el tamaño del Estado a costa del ciudadano.

No se pueden esperar resultados diferentes si hacemos siempre lo mismo
En la rueda de prensa del Consejo de Ministros del pasado viernes, pudimos escuchar a la Vicepresidenta del ejecutivo, Soraya Sáenz de Santamaría, declarar que este Gobierno no va a cambiar la política económica. O lo que es lo mismo, van a continuar con la represión fiscal y, no sólo no retirarán en 2014 la subida “temporal” del IRPF, sino que plantean subidas en impuestos especiales y nuevas figuras como la que grava los depósitos. También parece que mantienen la misma nula voluntad de reducir el tamaño del Estado –¿dónde quedó aquel plan para eliminar empresas públicas o reducir los niveles de la Administración? Por no hablar del ausente espíritu liberalizador en un Gobierno cada vez más alérgico a la libertad.

Pues bien, tras años de insistir una y otra vez en fórmulas de estímulo keynesianas, ya sabemos a dónde estas nos llevan: a profundizar en la recesión y a alcanzar la terrible cifra de más de 6,2 millones de desempleados. Y todo ello pese a continuar con el supuesto antídoto contra el paro, el déficit público, descontrolado. Pero el único paro contra el que se han demostrado efectivas las políticas de incremento de la deuda y del gasto público es el de los políticos –única profesión conocida con pleno empleo– y sus allegados colocados en empresas públicas, tal y como muestran las cifras de la EPA –en términos interanuales han crecido cerca de un 8%.

Tampoco practicando una falsa austeridad, cuyo principal objetivo es mantener el tamaño del Estado y rescatar al sistema financiero público –las cajas–, va a lograrse la ansiada recuperación. Asfixiando a ciudadanos, empresarios y autónomos a base de impuestos y de cortarle la financiación bancaria –por efecto del crowding out–, difícilmente retomaremos la senda de la prosperidad. Si se plantean por qué sigue subiendo el paro, les sugiero que le pregunten a Cristóbal Taxman Montoro por su brillante idea de subir impuestos.

Sean valientes y ensayen una fórmula diferente: bajen todos los impuestos
No, ya va siendo hora de poner en práctica medidas diferentes para facilitar el camino de salida de esta crisis. Es momento de decirle al Gobierno que saque sus pies del cubo y que nos deje a los ciudadanos que nos ocupemos de él antes de que sea tarde y se quede con el asa en las manos. No será fácil, pero, al menos, no es físicamente imposible como lo es pretender crecer a base de más y más impuestos y menos libertad para la iniciativa privada.

Les propongo cambiar el orden del razonamiento. Desafíen la lógica dominante del pensamiento intervencionista y no piensen en bajar primero el gasto y luego ya vendrá la rebaja fiscal. Porque nuestros políticos profesionales de hoy en día nunca harán tal cosa. Ni lo primero, ni lo segundo.

¿Quieren estimular de verdad el crecimiento de la economía? Pónganlo en manos de millones de ciudadanos deseosos de tomar sus propias decisiones en vez de fiárselo a la ingeniería social de un puñado de políticos y su soporte ideológico en el mundo académico dominante. Aprueben una rebaja generalizada de todos los tipos impositivos, sin olvidar las cotizaciones a la Seguridad Social.

Devuelvan a los ciudadanos la propiedad sobre el fruto de su esfuerzo y dejen en sus bolsillos, por ejemplo y para empezar, 30.000 millones de euros para que los utilicen según su mejor criterio. Porque hagan lo que hagan con ellos, será positivo para el crecimiento y la reactivación de la economía y no generará distorsión alguna como ocurre con los estímulos monetarios. Los ciudadanos reaccionaremos de tres maneras:

a) Si optan por gastarlo, bien sea en artículos o servicios para el consumo final, o por invertirlo directamente en proyectos empresariales, adquiriendo bienes de equipo, se generará directamente nueva actividad económica donde antes había despilfarro de escaso valor añadido.

b) Si lo aplican a devolver préstamos, estarán liberando recursos dedicados hoy al pago de intereses y, a la vez, estarán incrementando su propia capacidad de endeudamiento futuro al reducir su apalancamiento. A su vez, el propio sector financiero aumentará su capacidad de conceder nuevo crédito. Todo ello genera indefectiblemente actividad económica donde antes había agobio por pagar las deudas a final de mes.

c) Y, salvo que lo hagan guardándolo debajo del colchón, si deciden ahorrarlo en forma de depósitos a plazo u otra forma de activo financiero, estarán dotando de liquidez al sistema, que este canalizará hacia proyectos de inversión vía la reactivación del crédito. Esto indudablemente redundará en una mayor actividad económica –excepto en el caso de que el sector financiero se dedique a adquirir deuda pública con esos recursos, algo que habrá que evitar con la propuesta en la siguiente parte del post.

Y para que no se dispare el déficit, presupuesto base cero
Evidentemente, para tomar esta medida es necesario afrontar, de una vez por todas, el gasto político desaforado. Ni debemos obviarlo ni desde fuera Angela Merkel, Olli Rehn, et. al. nos van a dejar actuar de otra forma. Simplemente les propongo que cambiemos el procedimiento. Primero, que nuestros gobernantes piensen en los ciudadanos y en dejar recursos en sus bolsillos para fomentar crecimiento auténtico y de calidad, en vez de la patraña del gasto público, que no genera crecimiento y nos hipoteca el presente y el futuro. Y segundo, adaptar el tamaño de la Administración a lo que es factible tras la rebaja fiscal.

Tengan en cuenta que el gasto público es lo más parecido a los gases nobles, en el sentido de que tienden a ocupar todo el volumen disponible. Sin pretender hacer de la anécdota categoría, seguramente ustedes han oído alguna vez de algún gestor público que ha gastado apresuradamente su presupuesto disponible en el último trimestre del año, aunque sea para llenar un almacén de objetos inservibles, sólo para evitar terminar por debajo del mismo y que al año siguiente se lo recorten.

Por eso mismo, una vez establecido el máximo importe que vamos a obtener coactivamente de los ciudadanos, les propongo a nuestros gobernantes que planifiquen el gasto con un enfoque de presupuesto base cero. Esto es, sin basarse en las cantidades del año anterior y forzando a preparar las cuentas como si no hubiera histórico. Y todo ello, exigiendo a cada gestor público que justifique todas y cada una de las partidas de gasto, detallando tanto la necesidad de la partida como los factores que determinan el importe a gastar, precio y volumen –o, si lo prefieren, justificar tanto la “P” como la “Q” en el PxQ del presupuesto.

Y, por supuesto, priorizando todas y cada una de las partidas de más a menos esencial, de modo que, una vez trazada la línea roja que no se ha de superar, ya no se comprometa ni un euro adicional. Tal y como les proponía hace unos meses cuando hablábamos del presupuesto diseñado por el Gobierno para 2013. El déficit no puede ser una opción.

 

A algunos, quizás muchos, les parecerá una propuesta descabellada. Y el ajuste real –no camuflar como ajuste una subida de impuestos– del 10% del PIB que supondría esta medida inasumible. Pero yo les pregunto, ¿les parece menos descabellado gastar entre un 20 y un 30% más de lo que el Estado ingresa anualmente? ¿Creen que es sostenible incrementar la deuda pública en más de 100.000 millones cada año?

¿Acaso piensan que es de verdad posible levantar el cubo tirando del asa con los pies dentro? Si ya sabemos que no lo es, ¿por qué seguir empeñándose?

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Decadencia
El carácter de Rajoy nos condena
Guillermo Dupuy Libertad Digital 30 Abril 2013

No se si la célebre máxima de Ovidio, "Veo lo que es bueno, y lo apruebo, pero hago lo peor", es aplicable a la calamidad histórica que preside el Gobierno de España. Es verdad que, a la vista de algunas disparatadas afirmaciones de Rajoy, siendo ya presidente, como la de que España "no tiene un problema estructural" en sus cuentas públicas, sino tan sólo uno "coyuntural", podríamos decir que el actual presidente, más que carecer de determinación para aplicar la solución correcta, ni siquiera tiene visión suficiente para ver dónde está el problema. Lo mismo podríamos decir de sus irresponsables llamamientos al BCE para que monetice deuda, o de su respaldo a la subida de impuestos como forma de equilibrar las cuentas, o de su políticamente correcta valoración del actual sistema autonómico, o de muchísimas otras afirmaciones que, más que de su carácter, nos harían dudar de su lucidez.

Sin embargo, si recordamos su rechazo a muchas de las medidas de Zapatero que él ha decidido, sin embargo, mantener o incluso acentuar, se podría decir que lo que falla en el actual presidente no es tanto su visión a la hora de saber cuál es la senda correcta, sino su falta de coraje para tomarla. Al fin y al cabo, para llevar a cabo un auténtico programa reformista no sólo hace falta clarividencia para saber en qué debe consistir el cambio, sino determinación para enfrentarse a los partidarios del statu quo. Y esta letal renuencia al enfrentamiento es lo que creo que más caracteriza a Rajoy y lo que motiva que, ya siendo presidente, haga diagnósticos de situación carentes de lucidez, pero que le procuran una excusa para su pasividad.

¿Qué mejor diagnóstico para no verse obligado a meter en cintura a nuestras despilfarradoras autonomías que decir que no hay un problema estructural en nuestro modelo autonómico y dar un aprobado general a su lucha contra el déficit? ¿Cómo no va Rajoy a pedir al BCE que monetice deuda si él quiere evitar a toda costa el enfrentamiento que inevitablemente conlleva el adelgazamiento de nuestro voraz y sobredimensionado sector público? ¿Cómo no va a favorecer la impunidad y la financiación extraordinaria a los promotores de la delictiva transición nacional catalana, si no hacerlo arrastraría al Gobierno a tener que enfrentarse política y judicialmente a los nacionalistas y a intervenir una Generalitat en suspensión de pagos?

¿Creemos que Rajoy no ve el delito de desobediencia que perpetran los gobernantes nacionalistas en materia lingüística? ¿Creemos que ya no es capaz de percibir la anormalidad que supone la costosa e insultante existencia de traductores de lenguas regionales en el Senado? Claro que lo ve, pero le puede un carácter que, por encima de todo, rehuye el enfrentamiento.

Es esa falta de determinación, más aun que de convicción y de correcta visión de las cosas, lo que creo que está haciendo de Rajoy un involuntario continuador de Zapatero, un involuntario colaborador de los nacionalistas y un involuntario cómplice de lo peor que está padeciendo España.

Una paz sin justicia
Rogelio Alonso. El Correo  30 Abril 2013

El acto de Gernika convertía a los victimarios en víctimas. De acuerdo con la manipuladora visión reproducida por la hija de Eguiguren, los encarcelados por defender crímenes terroristas deben salir de la cárcel, ya que ahora «trabajan por la paz»

La imagen de las hijas de Eguiguren y Otegi recogiendo el premio Gernika coincidió con otra menos publicitada. Ese día, el padre de Fernando Trapero, guardia civil asesinado por ETA, declaraba tras conocer que la justicia francesa había condenado a cadena perpetua al terrorista responsable del crimen: «Tengo una sensación de paz». Las dos imágenes revelaban concepciones muy diferentes de la paz. La primera de ellas concibe la paz como la ausencia de justicia. En cambio, la segunda condiciona la paz a la aplicación de la justicia. Si la desigual atención que merecieron una y otra fuera un criterio válido para determinar qué modelo de finalización del terrorismo se está imponiendo, podría concluirse que la verdad y la justicia se están sometiendo a peligrosos intereses políticos. Esa agenda política no persigue la exigencia de responsabilidades a los culpables de la sistemática violación de los derechos humanos que el terrorismo de ETA ha supuesto. Por el contrario trabaja por su exculpación y, en consecuencia, por una tremenda injusticia que se quiere maquillar como paz.

El acto de Gernika propugnaba una ‘paz’ sin justicia que escenificaban simbólicamente las dos menores al servicio de unos manipuladores intereses políticos. Sus discursos apelaban a la emoción mientras ignoraban de forma injusta el sufrimiento de quienes han sido víctimas del terrorismo precisamente porque uno de los galardonados lleva décadas justificándolo y legitimándolo. El galardonado sigue hoy comprometido con la legitimación de la violación de los Derechos Humanos que las víctimas del terrorismo han padecido. La interrupción táctica del terrorismo sin su condena y deslegitimación no merece el aplauso de la sociedad amenazada; más bien una firme exigencia de responsabilidad por su complicidad con el terror, y la denuncia de su cobardía al negarse a asumir las consecuencias de su participación en la violencia.

El hombre al que ahora se convierte en protagonista de la ‘paz’ ha sido precisamente el que la ha obstaculizado durante décadas al ser mucho más que cómplice del terrorismo. Y ahora, cuando decide recurrir a otra táctica, pero sin renunciar a legitimar el asesinato de 858 seres humanos y la mutilación física y psicológica de cientos, resulta que su limitada y selectiva metamorfosis debe servir para borrar lo que todavía encarna: la legitimación de la maldad política. Resulta siniestro que se recurra a unas niñas para avalar tan perversa narrativa, pero razonable desde el punto de vista estratégico de quienes se esfuerzan en intoxicar así el pasado, el presente y el futuro de la sociedad vasca.

La hija de Eguiguren aludió al odio identificando curiosamente como receptores del mismo a integrantes de un grupo terrorista. Paradójica inversión de roles que prostituye el sufrimiento de quienes sí han sido víctimas del odio reproducido por ETA, la única responsable de la privación de los derechos fundamentales de tantos ciudadanos. Porque los asesinatos cometidos por ETA, la persecución ideológica y política aplicada por los terroristas, han estado alimentados por un odio que las víctimas del terrorismo no han demostrado. Las víctimas han respondido a la violencia pacífica y cívicamente, descartando la venganza, conteniendo sentimientos tan humanos como la rabia y el odio en la confianza de que la justicia les aportaría alguna paz. Sin embargo, ahora, con simbólicos actos, se les niega tan básico derecho humano y democrático reclamándoles una paz que difícilmente lo será si carece de justicia.

El acto de Gernika convertía a los victimarios en víctimas pues, de acuerdo con la manipuladora visión reproducida por la hija de Eguiguren, quienes están encarcelados por defender crímenes terroristas deben salir de la cárcel, ya que ahora «trabajan por la paz». A tan terrible injusticia añadía otra: un olvido sin justicia que pasa página eludiendo la rendición de cuentas política, penal y moral que una sociedad democrática necesita después de que un grupo terrorista la haya coaccionado durante décadas. «Que lo ocurrido sea cuanto antes un recuerdo», pedía en una perfecta escenificación orquestada para beneficio de los representantes políticos de ETA –Bildu–, con el apoyo de dirigentes socialistas. O sea, que las víctimas del terrorismo hagan el esfuerzo sobrehumano de renunciar a la justicia que puede darles algo de paz y que simplemente se conformen con el recuerdo de la injusticia cometida. Injusto legado para una sociedad en la que los sentimientos pueden ejercer de instrumento manipulador de los derechos y obligaciones de los ciudadanos, sustituyendo la justicia por la amnesia, por relatos emotivos y sentimentalistas que clausuran el pasado con una pervertida redefinición de víctimas y verdugos.

La ‘paz’ premiada en Gernika invalida la justa y necesaria retribución a las víctimas que justicia y democracia exigen. Es dudoso que semejante injusticia sirva para desactivar el odio que albergan quienes siguen legitimando el asesinato de sus conciudadanos. Por el contrario puede generar una gran frustración y tristeza en esa generación a la que el odio asesino privó de sus padres y seres queridos. Poco antes de que Gregorio Ordóñez fuera asesinado, el etarra Antón López Ruiz publicó una carta en Egin que concluía con una explícita declaración de «odio», «desprecio» y su «deseo de que algún día, al oír la radio, oiga una noticia que me alegre el día». ¿Qué pensarán Javier, el hijo de Gregorio Ordóñez, y tantos huérfanos como los que ha dejado el terrorismo de ETA cuando observen que una parte de la sociedad aplaude así a quienes intentan negarles la justicia que merecen? Si a esa generación de víctimas que sufrió el odio de ETA se la castiga también con la impunidad de los responsables de tantas atrocidades, difícilmente se contribuirá a consolidar el final del terrorismo. Más bien puede incentivar su reproducción entre quienes todavía legitiman el odio y el fanatismo etarra que algunos insisten en recompensar.

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