AGLI Recortes de Prensa   Viernes 20 Septiembre 2013

España fuera del euro: la solución inflacionista
Juan Ramón Rallo www.vozpopuli.com 20 Septiembre 2013

Sostiene cierta sabiduría oficial que si España estuviera fuera del euro, contáramos con un banco central autónomo e implementáramos agresivos “estímulos” monetarios, superaríamos la crisis en un periquete: la peseta se depreciaría animando nuestras exportaciones, el gobierno podría financiarse a tipos de interés casi nulos de modo que sería capaz de implementar políticas fiscales expansivas, el crédito regresaría a las empresas reanimando la inversión, las familias lo tendrían mucho más fácil para volver a consumir endeudándose y, en suma, el desempleo rápidamente se reconduciría a unos niveles razonables. Y, además, disfrutaríamos de todas estas toneladas de ambrosía sin apenas sufrir inflación: el Abenomics japonés constituye suficiente evidencia.

El problema de todo este bonito cuento de la lechera es que, por mucho que se remita a la evidencia japonesa, resulta empíricamente falso. España ya tuvo su época de hojalata donde aplicaba “estímulos monetarios” con tal de superar las crisis: es la historia de nuestro país hasta el año 1999. Y los resultados son ilustrativos: entre 1980 y 1996, la peseta se depreció más de un 50% con respecto al dólar y al marco, el gasto público se duplicó en términos reales, la deuda pública sobre el PIB aumentó en 50 puntos, el IPC se más que triplicó (una inflación media anual del 7,2%) y, a pesar de todo, la tasa de paro entre 1982 y 1996 no bajó del 15% (de hecho, durante la mitad de los años se ubicó por encima del 20%). Alta inflación y más alto desempleo. El Gonzalenomics no funcionó a pesar de que las condiciones nacionales e internacionales eran mucho más propicias que las actuales, esto es, pese a que España y el mundo estaban cargados con mucha menos deuda que en estos momentos.

Los habrá que juzguen que el problema esté en la clase política: si en España las políticas monetarias expansivas no han funcionado es porque padecemos una casta política iletrada que las emplea en su propio beneficio; en cambio, la sofisticación nipona sí las está conduciendo al éxito sin inflación. Más allá de la valoración concreta que efectuemos sobre los resultados del Abenomics (en cualquier caso precipitada), la gran diferencia entre el yen japonés y la peseta española no es esencialmente la clase política que tienen detrás, sino la posición de inversión internacional neta de sus economía; a saber, si un determinado sistema económico es deudor o acreedor del resto del mundo.

Acreedores y deudores
Si una economía es deudora del resto del mundo, toda vez que sus acreedores extranjeros pierdan el apetito por adquirir la divisa nacional, lo tendrá muy complicado para estabilizar su valor y evitar una depreciación: básicamente, los más abundantes deudores nacionales tendrán que comprar forzadamente una mayor cantidad de divisa extranjera que la que podrán recomprar los menos abundantes acreedores nacionales: existe una oferta neta de divisa nacional en los mercados internacionales que contribuye a su depreciación. Inverso es el caso de los países acreedores netos: la demanda de su divisa nacional por parte de los más abundantes acreedores nacionales superará la oferta de divisa nacional por parte de los menos abundantes deudores: existirá una demanda neta de divisa nacional que contribuirá a su apreciación.

En suma: tan pronto como los países deudores netos dejan de recibir abundante financiación de los países acreedores netos (es decir, tan pronto como los países ahorradores dejan de reabsorber la oferta neta de divisa de los países deudores), la moneda de los primeros se deprecia y la de los segundos se aprecia. De ahí que los primeros posean un nulo margen para expandir internamente su crédito sin depreciar todavía más su divisa y sin generar claras tensiones inflacionistas; y de ahí que los segundos sí cuenten con un amplio margen para ello, pues el aumento de la oferta de divisa nacional que puede impulsar el banco central compensa su demanda internacional neta.

Por supuesto, que un país sea deudor neto no significa automáticamente que su moneda se deba depreciar: si sus acreedores siguen dispuestos a refinanciar sus pasivos exteriores (porque están interesados en mantener o incrementar sus posiciones acreedoras contra esa economía), la oferta neta de divisa que resulta de su posición deudora sería adquirida por sus acreedores; en algunos casos, incluso si su banco central opta por incrementar notablemente su oferta. Es lo que ha sucedido con el dólar y las flexibilizaciones cuantitativas de Bernanke: pese a la ligera posición deudora de EEUU en el panorama internacional, los pasivos contra su economía (divisas, bonos, acciones, etc.) son tan demandados por sus acreedores, que Bernanke ha podido aumentar la oferta de dólares sin que, de momento, el valor del dólar haya sufrido especialmente. Pero tales casos son poco comunes, sobre todo cuando el acreedor se barrunta que el deudor va a ser incapaz de pagarle y que el escenario futuro más probable es el de una quita formal o el de una quita inflacionista. En general, pues, sí podemos asumir que los países deudores netos tenderán durante las crisis a ver cómo sus divisas se deprecian y que los países acreedores netos experimentarán cómo se aprecian.

La España deudora; el Japón acreedor
Así las cosas, ¿adivinan en qué posición se encuentran España y Japón? Pues sí: España es uno de los países con una deuda exterior neta más elevada del planeta (el 93% de su PIB); Japón uno de los países con unos activos exteriores netos más altos del planeta (el 62% de su PIB). Las situaciones son radicalmente opuestas: los deudores de Japón, quieran o no quieran, han de reabsorber la mayor oferta de yenes para cerrar sus posiciones con el país del sol naciente (de ahí que el yen, pese al Abenomics, todavía siga apreciado con respecto al nivel previo a la quiebra de Lehman Brothers); los acreedores de España no tendrían ninguna necesidad de aceptar nuestras inflacionistas pesetas si optáramos por salir del euro e imitar a Japón, de modo que el exceso de oferta internacional de pesetas propia de nuestra muy deudora posición de inversión internacional neta se vería redoblada por la contribución adicional del Banco de España (Rajoyomics). Volveríamos a la situación previa a 1996: pronunciadas depreciaciones y elevada inflación en medio de una alta tasa de paro.

Sí, probablemente una brutal depreciación de la divisa que no condujera a una bancarrota de la economía europea conseguiría, al cabo de un par de lustros, rebajar nuestra tasa de paro. Pero lo haría a costa de un brutal empobrecimiento de la mayor parte de la población: la inflación erosionaría los salarios reales de los trabajadores y la depreciación castigaría a los extranjeros que confiaron e invirtieron en la economía española durante los últimos años (y premiaría a quienes desconfiaron de la misma y sacaron sus capitales del país). Paradójicamente, empero, aquellos que se oponen con fiereza a las reducciones de salarios nominales y vituperan populistamente los ataques especulativos contra España son los más proclives a aplaudir el retorno a una peseta inflacionista que castigue a los trabajadores y premie a los especuladores.

Es comprensible que la devastación económica que conllevan las depresiones deflacionistas duraderas conduzca a muchos a aplaudir la misma alquimia financiera de los bancos centrales que, por cierto, nos condujo hasta la situación actual. Pero no deberíamos cerrar los ojos a las enormes diferencias subyacentes que existen entre países. No es casualidad que el Gobierno japonés se financiara extremadamente barato antes del Abenomics y que el yen se apreciara en paralelo: simplemente, los flujos monetarios internacionales se reciclaban en beneficio de su economía nacional, elevando el precio de su deuda pública (esto es, reduciendo su tipo de interés) y de su divisa. Tampoco habría sido casualidad que los expansivos costes de financiación a los que se enfrentaba el gobierno de España hasta mediados de 2012 hubiesen convivido con una depreciación acelerada de la peseta: si los ahorradores internacionales no querían nuestra deuda pública, tampoco habrían demandado nuestra divisa.

De nada habría servido una intervención expansiva del Banco de España en ese contexto: la monetización de la deuda pública habría ido aparejada de un mayor repudio de nuestra divisa, de una inflación creciente y, por tanto, de unos tipos de interés que inexorablemente terminarían reputando. Nuestra experiencia previa al euro así lo atestigua. Si en la actualidad las palabras de Mario Draghi han conseguido estabilizar la prima de riesgo española sin repuntes inflacionistas no es por tratarse de un banco central, sino por tratarse de un banco central que imprime euros. Y los euros siguen poseyendo una amplia demanda internacional aunque solo sea porque Alemania, es acreedora neta del resto del mundo en un importe equivalente al 40% de su PIB.

Hay otra política económica posible
Editorial www.gaceta.es 20 Septiembre 2013

El Gobierno del Ayuntamiento y la Comunidad de Madrid se han reafirmado en una política económica centrada en la bajada de impuestos para reactivar el consumo y la actividad empresarial. Primero fue Ignacio González quien anunció su intención de bajar el IRPF y ayer fue Ana Botella la que dejó clara su intención de seguir al frente del consistorio al anunciar una bajada progresiva de la carga impositiva y las tasas.

Tanto el uno como la otra no hacen sino seguir la senda iniciada en Madrid por Esperanza Aguirre, que rebajando el tramo autonómico del IRPF y suprimiendo varios tributos más como el de sucesiones, logró convertir a Madrid en una de las comunidades más prósperas y con menor déficit público.

Y es que, en contra de lo que creen los políticos de la izquierda –y también una buena parte de la derecha– hay otra política económica posible y se puede llegar a reducir el déficit bajando los impuestos y reduciendo el gasto. Pero no. Durante mucho tiempo la izquierda y el centro desnortado han tratado de convencernos de que debíamos aceptar con resignación las calamidades del paro, el déficit, la inflación o las subidas de impuestos pues ésta era “la única política económica posible”.

Una mentira interesada para encubrir una gestión ineficaz y despilfarradora que, desgraciadamente, ha calado en el PP, que ha preferido mantener a toda costa el insostenible tamaño de la estructura estatal, a base de disparar la fiscalidad sobre familias y empresas, lo cual se ha traducido en un infructuoso intento para reducir de forma sustancial el abultado déficit público y un volumen de deuda pública que no deja de crecer y que ya roza el 92 por ciento del PIB.

Y lo grave es que el Gobierno ha optado por rendirse, ya que no pretende aprobar nuevos recortes de gasto ni acometer una profunda reestructuración del tamaño estatal y, especialmente, autonómico. De hecho, acaba de elevar el techo de gasto público para 2014. Así pues, tan sólo se conforma con seguir subiendo impuestos para seguir manteniendo en pie un barco que hace aguas. Lo peor, si cabe, es que esta política empobrece a la sociedad, merma la capacidad del sector privado para impulsar el crecimiento y ahuyenta la inversión foránea. España necesita justo lo contrario, un sistema fiscal con impuestos bajos para incentivar el desarrollo económico y la creación de nueva empresas, al tiempo que reduce de forma drástica el ingente tamaño de las Administraciones Públicas para garantizar su sostenibilidad. Esa es la receta, la que están proponiendo los populares madrileños, y no la de Montoro que ha quedado demostrado ser equivocada y muy contraproducente. Eso, al menos, dicen los números.

Contra la corrupción
Editorial La Razón 20 Septiembre 2013

La desafección ciudadana con la clase política es un fenómeno creciente en la sociedad que tiene en la corrupción una de sus causas principales. Los escándalos y los trapicheos en la gestión de lo público ocupan el segundo lugar en la relación de las preocupaciones de los españoles. El dato es concluyente y define una brecha peligrosa entre representantes y representados.

Cuando la gente tiene la percepción de que el oscurantismo y el fraude son moneda de curso legal en las administraciones y las entidades públicas, como refleja de forma casi crónica la secuencia demoscópica, es que el país tiene un problema de corrupción al que hay que dar respuesta.

LA RAZÓN adelanta que el informe sobre el plan anticorrupción del Gobierno, que anunció Mariano Rajoy en el último Debate sobre el Estado de la Nación, estará hoy sobre la mesa del Consejo de Ministros. El nuevo paquete de normas afectará a seis leyes y contempla medidas para mejorar el control y la transparencia en la gestión de lo público, incluidos los partidos políticos; el endurecimiento de las penas asociadas a delitos relacionados con la corrupción –se elevarán de media un grado, con lo que aumentarán las condenas y también el plazo de prescripción–; se incluirán nuevas figuras penales como la financiación ilegal, el fin de las subvenciones opacas a los grupos políticos; la regulación de la figura del responsable de la gestión económico-financiera de los partidos y su comparecencia en el Congreso y la prohibición de contratar con el sector público a las personas físicas o jurídicas condenadas por corruptas, entre otras muchas.

Resulta especialmente significativo y relevante que el Ejecutivo pretenda que el delito de cohecho se pueda probar con mayor facilidad. Es una batería legal ambiciosa y necesaria para trasladar a la opinión pública un compromiso de ejemplaridad imprescindible. El Gobierno pretende negociar el proyecto con los grupos durante la tramitación parlamentaria. Es lo adecuado, porque lo ideal, casi lo necesario, sería una respuesta firme y consensuada. No se entendería que la oposición desatendiera esa voluntad de pacto e intentara embarrar un debate clave como hizo hace unos días al rechazar la Ley de Transparencia, que es un avance sustancial contra la opacidad pública y por la responsabilidad del gestor. Que el PSOE se enrocara en una política de bloqueo sería un error, sobre todo porque no hablamos de comportamientos circunscritos a una sola formación. La corrupción es una anomalía transversal y por ello los partidos están obligados a enviar un nítido mensaje en defensa de la administración honrada y rigurosa de los bienes públicos, sin impunidad para nadie. La democracia se juega mucho en este pulso y sería bueno que los políticos fueran conscientes de ello.

Franco, por fin, guillotinado
Alfonso Basallo www.gaceta.es 20 Septiembre 2013

Quieren ajustar cuentas con la Historia con 40 años después, decapitándole simbólicamente.

Con casi cuarenta años de retraso le han cortado la cabeza a Franco. Simbólicamente –a la estatua ecuestre que estaba en el castillo de Montjuic–, pasando así a nuestro Ancien Régime por esa guillotina que los progres reclaman cuando dicen que África empieza en los Pirineos porque España no ha tenido una Revolución como la francesa. El ajuste de cuentas con la Historia ha sido acompañado por otro gesto menos simbólico: la intervención de Garzón, ex juez prevaricador reciclado en Llanero Solitario de las causas perdidas, para que Argentina persiga a tres policías y un militar del franquismo.

Hasta al mismísimo Alfonso Guerra le resulta chocante la estrambótica pirueta. El apóstol de los descamisados sabe perfectamente que la Transición es hija del franquismo –aunque sea una hija natural no reconocida–; que aquella hubiera sido imposible sin el empuje modernizador, económico y social, que supusieron los cuarenta años: y que buena parte de la clase política democrática lleva apellidos de prebostes de la Ominosa, incluidos muchos socialistas.

Atizar a Franco y al franquismo no sólo sale gratis sino que es una forma de adquirir el certificado de limpieza de sangre que tienen los nuevos conversos: los políticos progres y los aspirantes a diputados, concejales y consejeros autonómicos.

¿Cuanto tiempo tendrá que pasar para que la Historia ponga al franquismo en su sitio y se reconozca las virtudes que tuvo? –los defectos los hemos aprendido de carretilla en el catecismo de la doctrina progre–. ¿Cuándo se admitirá que fue un oasis de libertad relativa, de vitalidad social y de prosperidad económica? Y sobre todo que supuso el punto de inflexión de la España contemporánea para superar el atraso y entrar en la modernidad.

Fue una dictadura, pero a diferencia de otros regímenes nunca presumió de democracia; y sí, arrastraba la mancha original de la sublevación contra la legalidad republicana. Pero eso no es novedad. Todos los regímenes llegan al poder por un atajo ilegal: la II República (mediante unas elecciones municipales); la Democracia (al volver del revés las Leyes Fundamentales como su fuera un calcetín); la revolución del té en las Trece Colonias, a tiro limpio. Es el principio implícito del Derecho Político: no se puede hacer una tortilla sin romper huevos.

Shakespeare y la historia nos enseñan que los nacimientos de las naciones y de los regímenes suelen ser sangrientos y que la legitimidad no es más que la guinda que se coloca sobre una tarta de cadáveres. O de leyes retorcidas para hacerlas decir lo contrario de lo que decían. El poder, como la energía, ni se crea ni se destruye simplemente se transforma... lampedusianamente. Como el ex juez prevaricador, travestido ahora en justiciero enmascarado.

Cataluña: pasó el tiempo de esperar y ver
Los responsables de que hoy estemos hablando de algo tan trascendente para el conjunto de la nación son muchos y variados, empezando por los sucesivos Gobiernos centrales que, a lo largo de décadas, han hecho dejación de sus obligaciones constitucionales, seguidos por los gobernantes nacionalistas de Barcelona que han puesto sus afanes en la tarea de conformar una sociedad a su imagen y semejanza.
Editorial www.vozpopuli.com 20 Septiembre 2013

En Vozpópuli siempre hemos sostenido que la crisis española es política y económica y que, sin la resolución de la primera, es harto difícil esperar la superación de la segunda. El paso del tiempo va confirmando la validez de este argumento, como evidencia el desafío al que en términos constitucionales se enfrenta ahora mismo España: la apuesta decidida de una parte no desdeñable y desde luego influyente de la población de Cataluña por la independencia. Los responsables de que hoy estemos hablando de algo tan trascendente para el conjunto de la nación son muchos y variados, empezando por los sucesivos Gobiernos centrales que, a lo largo de décadas, han hecho dejación de sus obligaciones constitucionales, seguidos por los gobernantes nacionalistas de Barcelona que han puesto sus afanes en la tarea de conformar una sociedad a su imagen y semejanza, alimentando la ignorancia y el desdén hacia todo lo español. Las penurias económicas de los últimos años se han convertido en el catalizador de ese magma de descontento y ensoñación que estos días se ha paseado por pueblos y ciudades de aquella comunidad autónoma. La situación es tan delicada que ha llegado el momento de pasar a la acción. Pasó el tiempo de esperar y ver.

El catalanismo político, con más de cien años de existencia a la espalda, fue siempre un proyecto nacionalista burgués que, influyente pero no mayoritario, se convirtió en referente de la vida pública española, resultando determinante en etapas parlamentarias como la Restauración canovista o la Segunda República. Durante esta última consiguió gobernar en Cataluña, aunque no obtuvo la anhelada mayoría social capaz de hacer realidad la pretensión de todo movimiento nacionalista que se precie: la construcción de un Estado propio. Con un socialismo muy débil, se lo impidió la fuerza del anarquismo de entonces, algo que, a la postre, sería una de las causas de perdición tanto de los nacionalistas como de la propia República. Ese cuadro ha ido cambiando durante la Transición. El nacionalismo burgués ha gobernado en Cataluña desde principios de los años 80 y ha sido condimento imprescindible en todo guiso parlamentario presente en la Carrera de San Jerónimo. Con gran decisión y no poca inteligencia se ha aplicado estos años en la labor de ampliar la base social proclive a los cantos de sirena del independentismo, tarea en la que ha contado con la ayuda inestimable de los Gobiernos de Madrid y la contribución definitiva del PSC, el socio del PSOE en la marca catalana.

El nacionalismo catalán sabe de las dificultades de un Gobierno prisionero de sus escándalos de corrupción, de un PSOE desnortado y de una Corona descompuesta

El nacionalismo catalán es hoy un tren que circula a gran velocidad conducido por un maquinista, Artur Mas, que ha perdido el control de los frenos del convoy, en manos de su socio de ERC, Oriol Junqueras, empeñado en conducirlo hacia el precipicio. He ahí dos líderes y dos partidos que se disputan con ahínco el espacio electoral del independentismo, jaleados en el primer vagón por los gritos de ánimo del ala nacionalista del PSC, por IU y por la CUP. En ese viaje a ninguna parte andan embarcados, decididos a pisar el acelerador a fondo, convencidos -tal es la dureza de la crisis económica y tan profunda la debilidad política y constitucional del Estado- de que es ahora o nunca. Saben de las dificultades para actuar de un Gobierno y de un partido, el PP, prisionero de sus escándalos de corrupción, con el caso Bárcenas a la cabeza; conocen la naturaleza evanescente de un PSOE desnortado que ha dejado de ser un partido nacional; están al tanto de la descomposición de la Corona, víctima también de esa corrupción omnipresente en la España de nuestros días. No tienen enemigo apreciable enfrente. Porque para el nacionalismo burgués catalán, tan corrupto como el que más, los casi 40 millones de españoles que viven fuera de Cataluña no tienen vela en este entierro. No cuentan. Es, de nuevo, ahora o nunca.

Un país en el que quepamos todos
El envite es de dimensión histórica, cierto. La revisión a fondo de la Constitución del 78, es decir, la apertura de un proceso constituyente que consideramos imprescindible para abordar la regeneración de un sistema carcomido por la corrupción, moral y de la otra, que padecemos, está en la esencia fundacional de este diario y ahí pretendemos seguir. Proceso constituyente capaz de diseñar un país en el que, corrigiendo de una vez viejos errores, quepamos todos, madrileños, catalanes, andaluces y vascos, un país entendido como un marco de convivencia estable, aceptable y agradable para todos. En lo que no estamos ni estaremos nunca, naturalmente, es en las filas de quienes hablan de tapadillo de abrir la Constitución del 78 para hacer borrón y cuenta nueva, para romper las barreras, soltar las amarras que ahora impiden a los secesionistas de toda laya salirse con la suya y romper España. A eso no jugamos.

Si Rajoy piensa que con cuatro retoques va a ser posible seguir andando mal que bien dentro de la Constitución del 78, se equivoca. Esto está agotado
Tampoco a guardar el silencio de los corderos. Entre otras cosas porque en Cataluña hay cientos de miles de personas, millones de personas, sí, millones también, que se sienten catalanes y españoles al tiempo y que asisten perplejos, tan desolados como acongojados, al autismo de un Gobierno aparentemente incapaz de garantizar sus derechos, un Gobierno que parece haberles dejado a su suerte, casi obligados a vivir escondidos en un medio ambiente francamente hostil para todo aquel que no se cubra con la estelada. Y esos españoles, señor presidente del Gobierno, como el resto de los españoles que viven fuera de Cataluña, merecen un respeto; merecen que les diga qué medidas concretas va usted a tomar para garantizar que sus vidas y haciendas podrán seguir prosperando en libertad en la tierra que les vio nacer o les sirvió de acogida. Esos españoles no se merecen su pusilánime silencio de costumbre, señor Rajoy.

Está usted obligado a abandonar la política del avestruz de una vez por todas. Tiene usted que arremangarse. Le avala la Constitución que juró defender; le obliga el cargo que ocupa, y le respalda una cómoda mayoría absoluta. Tranquilidad (templanza) sí, pero también legalidad y, sobre todo, autoridad. Se impone hablar, desde luego, pero sobre todo es obligado poner proyectos concretos sobre la mesa, sin rehuir el de acometer la reforma del Estado en el sentido que mejor convenga a los intereses de los españoles, incluidos los catalanes, para lograr la estabilidad y el buen gobierno de las próximas décadas. Porque si usted y su partido, la derecha política española, piensan que con cuatro retoques, con un revoque de fachada, va a ser posible seguir andando mal que bien dentro del marco de la Constitución del 78, se equivocan de medio a medio. Esto está agotado. El sistema de la Transición está muerto, aunque aún no hayamos oficiado su entierro. Y quienes se empecinen por seguir en esa senda, lo único que harán será seguir echando leña a la gran hoguera que terminará por llevarse a España por delante.

No: Europeizar España
Ignacio del Río www.republica.com 20 Septiembre 2013

La conferencia de Esperanza Aguirre en la modernista sede del Círculo Ecuestre de Barcelona, punto de encuentro de la burguesía empresarial de Barcelona -”hay que catalanizar España- es una “boutade” asimilable al “hay que españolizar Cataluña de Wert”. Las simplificaciones en política dan un titular, pero son contundentemente superficiales.

España se ha construido desde las diversidades originales que representaron los antiguos Reinos que convergieron en un proceso de unificación que culminaba en la síntesis de la Monarquía que preservó algunos fueros y privilegios territoriales de contenido civil que no son, precisamente, expresión de modernidad, sino del tiempo histórico en que se produjo la formación del Reino de España.

Para los liberales, la superación de fueros y privilegios se hace patente con el Estado Nación que se construye desde las declaraciones de derechos del hombre y del ciudadano de finales del siglo XVIII. En su contenido, la democracia, la libertad y la igualdad jurídica asientan el nuevo modelo político institucional.

El problema de nuestra organización territorial, el Estado de las Autonomías, está en los últimos años en que a medida que las Comunidades ampliaban sus límites competenciales, despojándose el Estado de poderes que garantizaban la libertad y la igualdad de los ciudadanos -la justicia, la educación y la sanidad- se producía un correlativo corrimiento de los nacionalistas hacía posiciones secesionistas, manifestando una creciente y permanente insatisfacción.

A más autonomía, más independentismo.
Esta realidad constata un fracaso del Estado de las Autonomías, patente desde las perspectivas política y económica. Ni satisface como organización institucional ni se muestra capaz, no ya de evolucionar hacia un nuevo marco competencial, sino de mantener y sostener su realidad actual.

En la base del problema, la federalización de las políticas de gasto y la centralización de los ingresos, generando un escenario de irresponsabilidad en la gobernación de las Comunidades que permite imputar el fracaso permanentemente al Gobierno de España por el desequilibrio causado.

Cuando la crisis ha hecho patente las distorsiones del sistema – incapacidad y exclusión de las Autonomías de los mercados financieros internacionales -el sistema ha quebrado y presentado sus ineficiencias y desmesuras, económica y políticamente.

Desde el nacionalismo independentista se ha encontrado el argumento para dar el paso final que se guardaba en la alacena de las utopías, en un ejercicio de regresión evolutiva, pues racionalmente el nacionalista debería haber inmunizado su independentismo por el baño de europeísmo que supera el Estado Nación hacía la forma de un Estado europeo. Un nuevo avance en los principios de democracia, libertad e igualdad.

Este discurso, de defensa del modelo Europa, con todas las matizaciones y críticas que puedan imputarse a la “tortuga europea”, es lo que debería decir un liberal que no sea a la violeta. El reto que tenemos como país y como sociedad en este momento es comprender que la globalidad nos exige un esfuerzo cualitativo en nuestra integración internacional. Y este reto nos obliga a cambiar e intentar aportar nuestro acervo a la construcción de la nueva Europa, acusada de carecer de una narrativa, un relato para el siglo XXI, para no quedar nuevamente fuera de las corrientes que han guiado Europa.

Necesitamos en la política algo más que titulares imaginativos. En este teatro, Artur Mas se ha incorporado al circuito declarando que es indiferente el estatus político de Cataluña, ya que se puede estar en el euro, que es lo importante, sin estar en Europa.

El coro desafinado de este país nuestro exige que Rajoy, como Presidente del Gobierno del Reino de España, plantee, explique y defienda el objetivo de adaptar nuestras estructuras políticas, sociales, económicas y jurídicas a la nueva Europa que indefectiblemente va a venir, porque es una necesidad para su propia supervivencia.

Los cambios desde Europa van a llegar, están llegando naturalmente a los ciudadanos como consecuencia de la apertura de mercados y por la propia globalización. Sería absurdo que España se quedase en un debate localista cuando la cuestión es global, ya que Europa tiene que buscar su encaje en las nuevas estructuras y relaciones internacionales.

Mirarse el ombligo y no levantar la vista es un mal endémico de nuestros políticos desde hace mucho tiempo y es sorprendente que, quienes tienen o presumen de una formación liberal, hayan sustituido el internacionalismo europeísta por el localismo provinciano.

Andalucía, devastada por la corrupción
EDITORIAL Libertad Digital 20 Septiembre 2013

La exclusiva que este jueves ha dado Libertad Digital profundiza en el conocimiento de una trama formidable y ya inocultable, si se tiene un mínimo de decencia intelectual. La corrupción es un mal terriblemente extendido en la política, la economía y la sociedad andaluzas.

Sobres de ida y vuelta, fiestas con alcohol y cocaína, tejemanejes de todo tipo... Todo alrededor de un grupo de privilegiados, cercanos a o directamente miembros del PSOE y de UGT –muchos de ellos, altos cargos de la Junta–, cuyo único objetivo parecía ser saquear al contribuyente y enriquecerse.

Las cantidades que se van conociendo son de auténtico vértigo: el dinero defraudado en facturas falsas podría superar los 240 millones, el desviado en comisiones de los propios ERE no sería inferior a los 140; y eso sin contar el dinero público descontrolado en los presupuestos: unos 1.200 millones.

Observando estas cifras, resulta obvio que no son la obra de un grupo de pillos actuando en solitario, tal y como se nos quiere hacer creer, sino de una organización delictiva al más alto nivel y, como vemos, enquistada en prácticamente todos los ámbitos de la vida andaluza.

Este es el panorama tras décadas de ejercicio omnímodo del poder por parte de los socialistas andaluces, y a esta metástasis de la corrupción es a lo que se está enfrentando la juez Mercedes Alaya, que, por supuesto, afronta tan hercúlea tarea en la más completa de las soledades.

Cercada desde la política, la judicatura y no pocos medios de comunicación, la juez está afrontando el mayor caso de corrupción de la historia de la democracia sin ayuda alguna y sin siquiera el apoyo moral de órganos como el CGPJ, que muestran en estas ocasiones por qué los partidos han mantenido y profundizado los sistemas de elección que ponen al Poder Judicial bajo control de los políticos.

En estas condiciones, que Alaya ha logrado llevar el sumario hasta donde lo ha llevado es ya, sin duda, un milagro y una heroicidad.

Cada nueva revelación judicial o periodística hace más escandalosa la descomunal hipocresía con la que PSOE e IU se manejan en el ámbito de la corrupción, exigiendo dimisiones y responsabilidades con ligereza en algunas ocasiones y callando, cuando no atacando a los jueces, en otras.

La magnitud económica no es, obviamente, la única medida de la gravedad de un caso de corrupción, y todas las conductas delictivas o reprobables deben tener su castigo penal o político, pero para pedir responsabilidades en casa ajena hay que tener un mínimo de decoro sobre el estado de la propia.

Cataluña
La vía catalana y la impunidad
Antonio Robles Libertad Digital 20 Septiembre 2013

La sociedad nacionalista de Cataluña ha entrado en una espiral de ficción tan irracional que la realidad es lo único que no importa. La entrega apasionada al sueño de la independencia lo inunda todo. Ya no cuentan los hechos, ni las consecuencias. Están entregados a una pasión poseídos por los efluvios de la tierra prometida. Por fin ricos y libres. Nada es racional, ni tiene medida, la euforia lo inunda todo. Es como si hubieran caído en esos momentos mágicos de la celebración de un gol. Todos se abrazan, beben y ríen encantados de haberse conocido. Es la fuerza que da el número. Y la obscenidad.

El mismo día en que la Comisión Europea, por boca de su vicepresidente, Joaquín Almunia, y su portavoz, Jaume Duch, dejó sentado que, en caso de secesión, Cataluña quedaría automáticamente fuera de Europa, Oriol Junqueras y Francesc Homs declaraban sin inmutarse que eso era imposible. No les importan los hechos ni las consecuencias. Niegan la realidad con la misma desvergüenza que manipulan la historia. TV3 les sirve de fondo de pantalla y el entusiasmo de la gente, de bálsamo. Saben que el respetable aplaudirá todo lo que digan con tal que le reafirmen el sueño que TV3 les ha recreado cada segundo de sus días.

Es el éxtasis de la vía catalana, la culminación de un resentimiento, muchas cobardías y todos los egoísmos sociales. Quieren quedarse con el oro prometido por los bandoleros. Y el que se quede descalzo que se joda. La ideología más conservadora y ruin de los derechos históricos. Pero hablan de democracia, del derecho a decidir y de la fuerza de la calle. La impostura más impresentable de la transición para acá.

Hay dos maneras de ver la vía catalana, la de los partidarios y la de quienes recelan y temen su amenaza. Los primeros se han hecho amos del cortijo, se sienten poderosos y propietarios del futuro. El mayor indicio de su domino es el desprecio por cualquier mirada ética que cuestione su egoísmo ramplón y su simpleza social. El éxtasis en el que viven asusta. Han perdido la medida de las cosas, todo les parece posible, y hasta el abismo que pudiera devorarles les parece insignificante ante el sueño que están a punto de alcanzar. He aquí su peligro: una masa enfervorecida sin frenos racionales que les haga recapacitar y medir su apuesta. Como un poseído de los dioses, se entregan al delirio sin importarles riesgos y hacienda. Cosa paradójica, pues es por ella por lo que han perdido la honestidad.

Los segundos, los que ven la vía catalana con recelo y temor, cada día se vuelven más transparentes. Les temen como a esas turbas sudamericanas que de vez en cuando vemos en los telediarios, que con la disculpa de un disturbio social asaltan supermercados y se llevan todo lo que encuentran a su paso. Estos, con la misma impunidad que aquellos salen a la calle para quedarse con todo. Es en ella donde se sienten inmunes y pierden la vergüenza. Porque hay que tener muy poca vergüenza social para despreciar los derechos del resto de españoles.

Pues no, la soberanía es del pueblo español y solo la delincuencia se la puede expropiar. Quien se refugia en la cadena para exigir los derechos que son de todos ha de saber que no está exigiendo un derecho, sino apoderándose del de todos. El ciudadano concreto que se engancha a la cadena ha de saber que, aunque pase inadvertido en ella, los males del futuro los ha ayudado a provocar. No sólo son culpables los dirigentes políticos, también lo son los ciudadanos de la calle que han preferido servirse del tumulto para sacar provecho del expolio.

P. S. En cuanto se imponga la evidencia de que Cataluña no podrá seguir en la UE, los líderes más radicales de la independencia comenzarán a sostener que los países más ricos de Europa no están en la Unión. Y si no, al tiempo. Estar fuera será entonces un chollo. Y el rebaño, entusiasmado. Cuando un delirio llega hasta aquí, es razonable tener miedo.

No hay que "catalanizar" nada.
Vicente A. C. M. Periodista Digital 20 Septiembre 2013

Esperanza Aguirre para estar fuera de la primera línea de la política,no hace sino aparecer en todos los foros de opinión y soltar sus ocurrencias, removiendo un avispero con sus declaraciones. Ahora no se le ocurre otra cosa que soltar en Cataluña,claro, lo de que "hay que catalanizar España". Una frase que luego pareció aclarar como fomentar el aprecio y el respeto por la cultura y la lengua catalanas. Pues no, Sra. Aguirre, los españoles no necesitan ni catalanizarse, ni galleguizarse, ni asturianizarse, sino fomentar y valorar el orgullo de ser y sentirse españoles, ciudadanos de una de las naciones más antiguas del mundo moderno.

No hay que ser cínicamente servil con quienes nos están chantajeando y amenazan con destrozar a España con su secesión. No hay que agradar a quienes han antepuesto su provinciano y egoísta pensamiento sobre el proyecto común y solidaridad con el resto de España. No hay que ser tan rastreramente ruín como para adular los oídos de un auditorio que desprecia el orden constitucional y somete a los españoles en Cataluña a la dictadura del nacionalismo con la inmersión lingüística, y la fractura de la sociedad catalana.

Lo único que hay que hacer, Sra. Aguirre, es aplicar la Ley y que vuelva a imperar el orden constitucional, llevando ante los tribunales a los secesionistas que usan sus cargos y las Instituciones del Estado para cometer sus fechorias, subvencionar la secesión y someter a los que se oponen a esta dictadura. Existen métodos en la propia Constitución y solo hace falta tener la firmeza para gobernar y sofocar este desafío institucional. El Diputado por ERC Sr.Tardá dijo que "habrá sangre y dolor". Y efectivamente no parece sino que lo que intentan es radicalizar a la sociedad y que la violencia se apodere de esa parte de la sociedad harta de verse sometida. El enfrentamiento con los secesionistas está asegurado y una vez comience, las consecuencias son imprevisibles.

Sra. Aguirre, sé que tiene mucho que decir y aportar ante la situación tan crítica que atraviesa España por el reto del nacionalismo separatista catalán. Salte a la primera línea y defienda su pensamiento liberal, pero no use la puerta trasera para lanzar soflamas tan inoportunas como la de "catalanizar". Si esa es su postura ante este tema, mucho me temo que tendrá en contra a mucha gente harta de los atropellos a los españoles que quieren seguir siéndolo en esa Comunidad abocada por sus dirigentes a la separación de España. Para ocurrencias así, ya tenemos a destacados humoristas.

Es bueno culturizarse y si usted quiere aprender catalán, pues estupendo. Personalmente yo he preferido intentar aprender otras lenguas como el inglés, el alemán y el francés, que creo que son de mayor proyección. Pero también le diré que las simpatías o rechazos no los producen los Estados, las Autonomías, las Instituciones, sino las personas. No se puede mezclar política y sentimientos, aunque la política siempre abusa de los sentimientos para alcanzar sus fines. No pienso catalanizarme porque no creo necesitarlo. Usted tampoco parece necesitarlo Sra. Aguirre

Catalanes: os queremos
Rubén Manso www.vozpopuli.com 20 Septiembre 2013

Lo más triste de los argumentos para que Cataluña no deje de formar parte de España está en lo prosaico de los mismos. Toda la argumentación es económica: Cataluña perdería mucho en términos de bienestar material si se independizase. España también perdería mucho, se añade en ocasiones. No cabe duda que ambas partes, pero más la más pequeña, sufrirían un importante quebranto en sus niveles de riqueza, pero éste, el económico, no puede ser el argumento por más que sea uno de los que los independentistas utilicen para enardecer a sus seguidores y posibles seguidores.

El desapego de algunos catalanes
No puede serlo porque lo que subyace en el desapego de muchos catalanes no es sino de tipo sentimental. Como sentimental que es, no es racional, pero no se me entienda que mi calificación de irracional tiene connotaciones negativas. Simplemente digo que el motivo fundamental de la querencia por la independencia es una cuestión que tiene que ver con el amor. Incidir en lo material para que Cataluña no deje de formar parte de España es como decirle a tu esposa, harta de ti, que no se divorcie por el enorme perjuicio económico que vais a sufrir ambas partes. Eso ya lo sabe ella, pero le compensa o, al menos, eso cree. Es posible que no sea más libre sin ti, acosada por las nuevas servidumbres que le imponga su nueva situación, pero le compensa o, al menos, eso cree.

Está claro que hay que saber por qué quieren divorciarse. Es posible que tengamos la culpa de algo y debamos corregirlo, pero eso no nos puede generar tampoco un sentimiento de culpabilidad que nos motive para aceptar cualquier condición. Sólo debemos corregir lo que es erróneo en nuestro comportamiento. Ella debería hacer lo mismo, si tiene buena voluntad. Nosotros no podemos dejar de argumentar aquello de lo que estamos convencidos, pero no reduzcamos el problema a un problema de dinero. Eso no va a funcionar.

Nuestra historia común nos puede dar razones, pero el hombre es un ser que se proyecta al futuro. Es cierto que desde el pasado, pero lo que cotiza, como en los mercados, es la representación que nos hacemos de lo que está por venir. Seguramente necesitaremos ver si desde el presente, como en tantas parejas cuando entran en crisis, se está reinterpretando el pasado según lo que conviene al futuro que imaginamos. Eso es un ejercicio de honestidad intelectual difícil y, a veces, doloroso, pero hay que hacerlo. Si el pasado, a pesar de los disgustos, fue bueno y el futuro puede no ser el que pensamos, tal vez haya que replantearse toda la cuestión. Si una de las partes no está dispuesta a hacer esto, será muy difícil llegar a un acuerdo pacífico. Nadie está con quien no quiere estar.

La manipulación de los niños
Luego están los niños. Ninguno puede decidir por ellos, ni arrogarse una mayor representatividad de los intereses de los mismos que el otro. Tampoco puede utilizarlos en contra del otro. Es seguro que en el problema con Cataluña, como en todos los divorcios, la cuestión sea sólo de los adultos que, aunque sean los que deben discutir por qué se ha llegado hasta aquí, deberían sobreponerse a sus intereses, antes de poder afirmar que lo hacen por los niños y aceptar que desconocen los de éstos, y que, a priori, cualquier ruptura es traumática y ésta, también.

Dicho esto, no puedo dejar de manifestar que me duele que Cataluña, que es España, pueda llegar a dejar de serlo. Me gusta Cataluña y amo a los catalanes, como sólo puedo amar a los españoles, aunque ame más a los castellanos viejos y a los andaluces, porque Castilla y Andalucía son mis patrias chicas, de donde provengo la primera, donde me crié la segunda. Pero no puedo imaginarme mi relación con un catalán como la que mantengo con un francés, porque un catalán es un español. Es distinto de un navarro, pero lo quiero igual porque es español. Sus diferencias, las de los navarros y las de los catalanes, respecto de mí, castellano y andaluz, a veces me gustan y a veces me exasperan, pero esto me pasa también con mis hermanos y no por eso me deshermano de ellos. Es un sano ejercicio de humildad aceptar que los demás son distintos y, probablemente por ello, mejores.

Las aguas de Gibraltar (III)
José Luis Manzanares www.republica.com 20 Septiembre 2013

El Tratado de Utrecht no menciona siquiera las aguas territoriales o jurisdiccionales, quizás porque ese concepto aún no estaba convenientemente desarrollado en la legislación internacional. Pretender su inclusión en la referencia a la “jurisdicción territorial” no cedida por España resulta difícil y, en todo caso, habría de delimitarse claramente el alcance de las correspondientes al puerto gibraltareño. No parece lógico que los propios barcos ingleses hayan de navegar por aguas que continúan bajo la soberanía española. La teoría de una simple servidumbre de paso tiene sus inconvenientes, entre ellos el de que no es igual el de una fragata, galera o bergantín de siglos pasados y el de un moderno portaaviones o submarino atómico. La idea de una servidumbre expansiva al compás de los adelantos técnicos tampoco resulta muy convincente.

Para el Reino Unido las aguas territoriales de la colonia se trazan sin restricción alguna como consecuencia del Tratado de Utrecht: tres millas hacia el mar abierto y la mediana cuando se tropieza con la jurisdicción de otro país. En el caso de Gibraltar, tres millas hacia levante y la extensión que proceda por el reparto igualitario en la bahía de Algeciras. Es en las aguas de poniente donde las disputas se hallan a la orden del día. Ahí faenan los pescadores de Algeciras y La Línea, se realiza el “bunkering” o trasbordo de combustible entre los grandes petroleros y sus clientes de toda procedencia y pabellón, y también ahí es donde la colonia ha ganado progresivamente terreno al mar. El puerto de Gibraltar no puede compararse hoy con el de hace 300 años. Y las nuevas pistas del aeropuerto se construyeron sobre las aguas próximas a la franja sur de la zona neutral.

El problema de las aguas territoriales de la vertiente de levante presenta rasgos propios. Al pie de la pared casi vertical de ese lado del Peñón no había en 1713 ningún puerto o población. La pequeña playa de los Catalanes, a la salida de un túnel muy posterior al Tratado de Utrecht, tuvo durante mucho tiempo difícil acceso bordeando la costa. Únase a eso el escaso interés de los gibraltareños por la pesca y se comprenderá que allí los incidentes suelan girar sobre la persecución de embarcaciones dedicadas al contrabando de tabaco o hachís.

Una vez entregadas a la Corona inglesa ambas caras del Peñón, pese a que el único puerto gibraltareño se encontraba en la bahía y carecía de toda comunicación con la costa de levante, el problema de las aguas en el Mediterráneo se plantea de un modo aún más peculiar que en la bahía de Algeciras. Al no haber ningún puerto, huelga referirse a sus aguas. Pero si se rechazase en absoluto la existencia de aguas británicas, la frontera con España oscilaría al compás de las mareas. Los jueces españoles serían competentes, por ejemplo, para investigar la muerte de cualquier bañista presente o futuro. Hasta los espigones y complejos turísticos ahora en construcción sobre terrenos ganados al mar caerían automáticamente bajo la soberanía española.

Sorprende, de otro lado, que esos trabajos, que empezaron hace ya bastantes años con escombros y otros materiales de relleno llevados desde España a ciencia y paciencia de nuestras autoridades, no hayan obtenido ni de lejos una réplica como la suscitada por los bloques de cemento que los gibraltareños han lanzado al mar en las proximidades del aeropuerto para salvaguardar, supuestamente, su riqueza piscícola. Y causa algún rubor argumentar contra tal actuación con el posible perjuicio que sufrirán ciertos gasterópodos cuya presencia en los puertos de Melilla, Ceuta y Algeciras habría impedido su ampliación en los términos deseados. Increíble, pero publicado junto al nombre latino del animalito en la prensa española más acreditada.

La recuperación de la soberanía sobre Gibraltar es algo demasiado serio como para entrar en el juego de las tonterías, ocurrencias o frivolidades. Más bien habría que exigir responsabilidades por su pasividad a la Junta de Andalucía, ocupada al parecer en otros menesteres, y al propio Gobierno de España.

Gibraltar, a la Constitución
José Javaloyes www.republica.com 20 Septiembre 2013

Apuntado en mi nota de ayer cómo y de dónde “paga Inglaterra a los llanitos para que quieran seguir con ella y como garantía del compartido momio, que les enriquece a la par que nos humilla dos veces a nosotros porque ese cuerno de la abundancia nos lo clavan a la limón, parasitando nuestra economía en general y empobreciendo muy específicamente la Andalucía a la que pertenece el Peñón y las adendas coloniales recrecidas con el tiempo. Al margen del Tratado de Utrecht y por virtud de las muchas discontinuidades de percepción y conciencia con que los españoles hemos soportado durante 300 años el baldón de la traición y la deslealtad británicas con nuestra patria.

Aunque son más las sinrazones, las torpeza y los hitos de inconsecuencia y estupidez con que hemos venido a contribuir a esa blindada perpetuación del agravio colonial. Eso que sin embargo llevamos grabado a fuego y que, tantas veces, hemos olvidado por recurrente estulticia en nuestros gobernantes; nutrida en unas ocasiones por desconocimiento de su gravedad objetiva, o alimentada en otras conforme el diagnóstico machadiano respecto de la Castilla miserable, ayer dominadora, envuelta en sus harapos desprecia cuanto ignora”.

Ha ocurrido también la repetición instrumental del asunto de Gibraltar como recurso con que tapar la visión de otros problemas nacionales de infinita menor jerarquía, aunque de puntual y pasajera gravedad. En todo caso este problema nacional por excelencia ha carecido de una instalación adecuada a lo que significa, en tanto que agravio a nuestro sentimiento colectivo y como merma esencial de nuestro patrimonio geopolítico. Lo que constituye, en toda circunstancia histórica, hurto constante por el Reino Unido de una parte esencial de nuestra renta de situación en el mundo.

Llegados a este punto uno se debe preguntar si el camino para instalar la atención y el cuidado debidos al asunto de Gibraltar pudiera ser su incorporación expresa al mismo rango protector, como corresponde al principio de integridad territorial de España, que el que se otorga a la unidad política nacional expresada como un solo Estado. De suerte que con los desarrollos de las Leyes Orgánicas subsiguientes, se establezcan para todo Gobierno español los protocolos sobre qué hacer y qué no hacer a propósito de Gibraltar, mientras que éste siga cursando como problema y hasta que resulte restablecida la integridad territorial de España, tal como reconoce en este único sentido la Ley Internacional representada en las Resoluciones de Naciones Unidas.

La discontinuidad histórica de las políticas seguidas por España frente al expolio de Gibraltar, podría encontrar solución y remedio mediante esa u otra parecida fórmula. La lección nos la dan los propios ingleses desde su cínico e insolente pragmatismo, que es tanto como la física que rige sus muchas continuidades capitales. Pero nosotros no somos como ellos, incluso desde el punto de que carecen de una Constitución escrita, pues todo lo suyo se rige por la costumbre de seguir haciendo lo que siempre hicieron. Nosotros, en cambio, al tiempo casi de llegar a América hicimos nuestras Leyes de Indias para deslindar qué podía hacerse y qué no.

Podríamos hacer de la política para el rescate de Gibraltar una parte del edificio constitucional, para que de un Gobierno a otro no se olvide lo que se estaba haciendo y para lo que previamente se hizo no sea un rosario de melonadas como las que han hecho entre nosotros quienes todos sabemos. O sea, que principio constitucional de defensa del principio de integridad territorial y Leyes Orgánicas para que no quepan las ocurrencias ni las deslealtades. Y como parece que la reforma constitucional está en el horizonte, pongámoslo en el texto a refrendar. Muy cerquita de eso otro de la “indisoluble unidad de España”.

Carta de Simone Weil a Georges Bernanos (1938)
JJ Alfaya. http://juanjulioalfaya.blogspot.com  20 Septiembre 2013

Agosto de 1936. La rebelión franquista contra el gobierno del Frente Popular español estalló el 17 de julio. Simone Weil sintió la obligación moral de alinearse al lado de los republicanos. Se unió a un pequeño grupo internacional de veintidós hombres, integrado en la columna anarquista de Durruti. Se dirigió primero a Barcelona, antes de pasar al frente de Aragón. La estancia de Simone Weil comenzó el 10 de agosto y finalizó el 25 de septiembre a consecuencia de una quemadura accidental sobrevenida en un campamento de su unidad.

La carta que se transcribe a continuación fue enviada por Simone Weil a Georges Bernanos en 1938, autor de Los grandes cementerios bajo la luna, sobre la guerra civil española.

Simone Weil
3, rue Auguste-Comte, París.

Estimado señor:

Por ridículo que sea escribir a un escritor, que está siempre, por la naturaleza de su oficio, inundado de cartas, no puedo resistirme a hacerlo después de haber leído Los grandes cementerios bajo la luna. No es la primera vez que un libro suyo me afecta; el rural Diario de un cura es a mis ojos el más hermoso, al menos de los que he leído, y ciertamente un gran libro. Pero aunque me hayan podido gustar otros libros suyos, no tenía ninguna razón para importunarle escribiéndole.

En cuanto a este último es otra cosa; he tenido una experiencia que responde a la suya, aunque mucho más breve, menos profunda, situada en otro lugar y vivida, en apariencia —solamente en apariencia— en un espíritu muy distinto.

Yo no soy católica, aunque —lo que voy a decir parecerá presuntuoso a cualquier católico, dicho por un no católico, pero no me puedo expresar de otra manera— nada católico, nada cristiano me haya parecido nunca ajeno. A veces me he dicho que si se fijara a las puertas de las iglesias un cartel diciendo que se prohíbe la entrada a cualquiera que disfrute de una renta superior a tal o cual suma, poco elevada, yo me convertiría inmediatamente. Desde la infancia, mis simpatías se han dirigido hacia los grupos que se identificaban con las capas despreciadas de la jerarquía social, hasta que he tomado conciencia de que tales grupos son de una naturaleza que hace extinguirse cualquier simpatía. El último que me había inspirado alguna confianza era la CNT española. Había viajado un poco por España antes de la guerra civil; muy poco, pero lo suficiente para sentir el amor que es difícil no experimentar hacia ese pueblo; yo había visto en el movimiento anarquista la expresión natural de sus grandezas y sus defectos, de sus aspiraciones más legítimas y de las menos legítimas. La CNT, la FAI eran una mezcla asombrosa, donde se admitía a cualquiera, y donde, en consecuencia, se podría encontrar inmoralidad, cinismo, fanatismo, crueldad, pero también amor, espíritu de fraternidad y, sobre todo, la reivindicación del honor tan hermosa entre los hombres humillados; me parecía que aquellos que iban allí animados por un ideal prevalecían sobre aquellos a los que impulsaba la violencia y el desorden.

En julio de 1936 yo estaba en París. No me gusta la guerra, pero lo que siempre me ha provocado más horror que la guerra es la situación de los que se encuentran en retaguardia. Cuando comprendí que, a pesar de mis esfuerzos, no podía dejar de participar moralmente en esa guerra, es decir, desear todos los días, a todas horas, la victoria de unos y la derrota de los otros, me dije que París era para mí la retaguardia, y tomé el tren para Barcelona con la intención de comprometerme. Era a principios de agosto de 1936.

Un accidente me hizo abreviar forzosamente mi estancia en España. Estuve algunos días en Barcelona, después en pleno campo aragonés, junto al Ebro, a una quincena de kilómetros de Zaragoza, en el mismo lugar en que recientemente las tropas de Yagüe han pasado el Ebro. Después en el palacio de Sitges transformado en hospital; después nuevamente en Barcelona; en total, aproximadamente dos meses. Dejé España a mi pesar y con la intención de regresar; más tarde, voluntariamente no he hecho nada. No sentía ya ninguna necesidad interior de participar en una guerra que no era ya, como me había parecido al principio, una guerra de campesinos hambrientos contra propietarios terratenientes y un clero cómplice de los propietarios, sino una guerra entre Rusia, Alemania e Italia.

He conocido ese olor de guerra civil, de sangre y de terror que desprende su libro; lo había respirado. No he visto ni oído nada, debo decirlo, que alcance la ignominia de algunas historias que usted cuenta, esos asesinatos de viejos campesinos a golpes de garrote. Sin embargo, lo que oí bastaba. Estuve a punto de asistir a la ejecución de un sacerdote; durante los minutos de espera, me preguntaba si simplemente iba a mirar o haría que me fusilaran al tratar de intervenir; todavía no sé qué habría hecho si una feliz casualidad no hubiera impedido la ejecución.

Cuántas historias se agolpan bajo mi pluma... Pero sería demasiado largo; ¿y para qué? Una sola bastará. Estaba en Sitges cuando llegaron, vencidos, los milicianos de la expedición de Mallorca. Habían sido diezmados. De cuarenta muchachos jóvenes que habían salido de Sitges, habían muerto nueve. Sólo se supo a la vuelta de los otros treinta y uno. La misma noche siguiente se hicieron nueve expediciones punitivas, se mató a nueve fascistas, o supuestamente tales, en esta pequeña ciudad donde, en julio, no había pasado nada. Entre esos nueve, un panadero de unos treinta años, cuyo crimen era, me dijeron, haber pertenecido a la milicia de los «somatén»; su anciano padre, del que era hijo único y el único sostén, se volvió loco. Otra: en Aragón, un pequeño grupo internacional de veintidós milicianos de todos los países cogió, después de una escaramuza, a un joven de quince años que combatía como falangista. Nada más ser cogido, temblando por haber visto cómo morían sus camaradas junto a él, dijo que se le había enrolado a la fuerza. Se le registró, se le encontró una medalla de la Virgen y un carné de falangista. Se le envió a Durruti, jefe de la columna, que tras haberle expuesto durante una hora las bellezas del ideal anarquista le dio la elección entre morir y enrolarse inmediatamente en las filas de aquellos que lo habían hecho prisionero, contra sus camaradas de la víspera. Durruti dio al muchacho veinticuatro horas de reflexión; al cabo de veinticuatro horas, el chico dijo no y fue fusilado.

Durruti era, sin embargo, en algunos aspectos, un hombre admirable. La muerte de este joven héroe no ha dejado nunca de pesar sobre mi conciencia, aunque no lo haya sabido sino después. Y esto otro: en una aldea que rojos y blancos habían tomado, perdido, retomado, vuelto a perder, no sé cuántas veces, los milicianos rojos, habiéndola vuelto a tomar definitivamente, encontraron en las cuevas un puñado de seres despavoridos, aterrorizados y hambrientos, entre ellos tres o cuatro jóvenes. Razonaron así: si estos jóvenes, en lugar de venirse con nosotros la última vez que nos hemos retirado, han permanecido aquí y han esperado a los fascistas, es que son fascistas. Por lo tanto, los fusilaron inmediatamente, después dieron de comer a los demás y se creyeron muy humanos. Una última historia, ésta de la retaguardia: dos anarquistas me contaron una vez cómo, con otros camaradas, habían cogido a dos sacerdotes; a uno se le mató en el sitio, en presencia del otro, de un disparo de revólver; después se dijo al otro que podía marcharse. Cuando estaba a veinte pasos, se le abatió. El que me contaba la historia se asombró mucho de no verme reír.

En Barcelona se mataba como media, en forma de expediciones punitivas, a una cincuentena de hombres por noche. Proporcionalmente, era mucho menos que en Mallorca, puesto que Barcelona es una ciudad de casi un millón de habitantes; por otra parte, se desarrolló allí durante tres días una sangrienta batalla callejera. Pero tal vez las cifras no sean lo esencial en semejante materia. Lo esencial es la actitud con respecto al hecho de matar a alguien. Ni entre los españoles, ni siquiera entre los franceses llegados, sea para combatir, sea para darse un paseo —estos últimos con mucha frecuencia intelectuales blandos e inofensivos—, he visto nunca expresar, ni siquiera en la intimidad, la repulsión, el desagrado ni tan sólo la desaprobación por la sangre vertida inútilmente. Usted habla de miedo. Sí, el miedo ha tenido una parte en esas matanzas; pero allí donde yo estaba no he visto la parte que usted le atribuye. Hombres aparentemente valientes —de uno de ellos, al menos, he constatado personalmente su valor— contaban con una sonrisa fraternal, en medio de una comida llena de camaradería, cómo habían matado a sacerdotes o a «fascistas», término muy amplio.

En cuanto a mí, tuve el sentimiento de que, cuando las autoridades temporales y espirituales han puesto una categoría de seres humanos fuera de aquellos cuya vida tiene un precio, no hay nada más natural para el hombre que matar. Cuando se sabe que es posible matar sin arriesgarse a un castigo ni reprobación, se mata; o al menos se rodea de sonrisas alentadoras a aquellos que matan. Si por casualidad se experimenta primero cierto desagrado, se calla y pronto se lo sofoca por miedo a parecer que se carece de virilidad. Hay ahí una incitación, una ebriedad a la que es imposible resistirse sin una fuerza de ánimo que me parece excepcional, puesto que no la he encontrado en ninguna parte. He encontrado en cambio franceses pacíficos, que hasta ese momento yo no despreciaba, a los que no se les habría ocurrido ir por sí mismos a matar, pero que se sumergían en esa atmósfera impregnada de sangre con un visible placer. Nunca podré sentir por ellos, en el futuro, ninguna estima.

Una atmósfera así borra pronto el objetivo mismo de la lucha. Pues no se puede formular el objetivo más que reconduciéndolo al bien público, al bien de los hombres, y los hombres tienen un valor nulo. En un país en que los pobres son, en su gran mayoría, campesinos, el mayor bienestar de los campesinos debe ser un objetivo esencial para todo grupo de extrema izquierda; y esta guerra fue tal vez, ante todo, al principio, una guerra por y contra la repartición de tierras. Y bien, esos míseros y magníficos campesinos de Aragón, tan dignos bajo las humillaciones, no eran para los milicianos siquiera un objeto de curiosidad. Sin insolencias, sin injurias, sin brutalidad —al menos yo no vi nada de eso, y sé que robo y violación eran merecedores, en las columnas anarquistas, de pena de muerte— un abismo separaba a los hombres armados de la población desarmada, un abismo semejante al que separa a los pobres y a los ricos. Se sentía en la actitud siempre algo humilde, sumisa, temerosa de unos, en la soltura, la desenvoltura, la condescendencia de los otros. Se parte como voluntario, con ideas de sacrificio, y se cae en una guerra que se parece a una guerra de mercenarios, con muchas crueldades de más y el sentido del respeto debido al enemigo de menos. Podría prolongar indefinidamente estas reflexiones, pero debo limitarme. Desde que estuve en España, oigo, leo todo tipo de consideraciones sobre España, y no puedo citar a nadie, aparte de usted, que se haya sumergido, que yo sepa, en la atmósfera de la guerra española y lo haya resistido. Usted es monárquico, discípulo de Drumont: ¿qué me importa? Usted me es más cercano, sin comparación, que mis camaradas de las milicias de Aragón, esos camaradas a los que, sin embargo, yo amaba. Lo que dice del nacionalismo, de la guerra, de la política exterior francesa después de la guerra me ha llegado igualmente al corazón. Yo tenía diez años cuando el tratado de Versalles. Hasta entonces había sido patriota con toda la exaltación de los niños en período de guerra. La voluntad de humillar al enemigo vencido, que se desbordó por todas partes en ese momento (y en los años que siguieron) de una manera tan repugnante, me curó de una vez por todas de ese patriotismo ingenuo. Las humillaciones infligidas por mi país me son más dolorosas que las que éste pueda sufrir. Temo haberle molestado con una carta tan larga. No me queda más que expresarle mi más sincera admiración.

Simone Weil

Extraída de Diario de España (Simone Weil)
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La carta de Rajoy

Román Cendoya www.gaceta.es 20 Septiembre 2013

La respuesta por escrito de Mariano Rajoy a la carta enviada por Artur Mas es un despropósito, un acto de cobardía personal y política y una deslealtad con la Constitución Española.

Es un despropósito porque no responde a la clara misiva remitida por el presidente de la Generalitat. Con la unidad del Estado no se juega. No se puede ser tibio ni dejar espacios de incertidumbre e interpretación. ¿Qué coño quiere decir con “respetar ese marco jurídico en el que los Gobiernos hallan su fundamento y legitimidad”? ¿Acaso el Sr. Mas no cita literalmente cuando dice que el CATN argumenta que “existen vías legales que posibilitan llevar a cabo la consulta”? La carta de Rajoy es un acto de cobardía política y personal por no haber sido capaz de decirle al presidente de la Generalitat que no puede celebrar el referéndum. No tiene la valentía necesaria para afrontar el problema. Una vez más cree que el tiempo le resolverá lo que él es incapaz de hacer. ¿Para qué se presentó a presidente del Gobierno si no es capaz de ejercer su función? ¿Acaso lo hizo porque era la única forma de alcanzar el estatus de ex presidente del Gobierno, lo que de verdad aspira en esta vida, para así disfrutar de los privilegios que entonces le serán otorgados?

La responsabilidad política y moral que está asumiendo Artur Mas de fraccionar y dividir una sociedad, con los peligros que ello conlleva, cuenta con la complicidad necesaria de Rajoy, gracias a su actitud pusilánime. ¿Es consciente de la sensación de abandono y orfandad que sienten todos esos millones de catalanes que legítimamente también se sienten españoles y que ven en el presidente del Gobierno de España, con cartas como la enviada, la tibieza y el desamparo? Muchos ciudadanos angustiados y Rajoy, como ya conté en LA GACETA (30 agosto 2012), “haciendo amigos”. Trata al Gobierno de la Generalitat como un igual: “Le invito a que ejerzamos responsablemente nuestra función como gobernantes democráticos con lealtad hacia los ciudadanos y las instituciones que representamos”. Rajoy debería saber que para ser un presidente democrático no es condición suficiente ser elegido por las urnas. Es imprescindible cumplir la ley.

La carta de Rajoy es una deslealtad a la Constitución que ha prometido cumplir y hacer cumplir. Con el estilo melifluo de su carta no cumple con el mandato constitucional de mantener la unidad de España. Ni siquiera menciona la Carta Magna, ésa que nos dimos los españoles y que fue votada y apoyada por los ciudadanos de Cataluña. Rajoy pasará a la historia por ser el presidente del Gobierno con la mayoría absoluta más inútil y desaprovechada de la historia de España.

¡Y cuándo harán una cadena Rajoy y Rubalcaba!
Roberto L. Blanco Valdés La Voz 20 Septiembre 2013

¿Qué esperan millones de españoles, desde hace meses, de Rajoy y Rubalcaba en relación con el desafío separatista catalán? No hay que ser un lince para dar con la respuesta: esperan que los líderes de los dos grandes partidos nacionales se pongan de acuerdo de una vez y le aclaren a Mas, conjuntamente y sin ningún género de dudas, que en Cataluña no va a celebrarse el referendo de autodeterminación que, por completo al margen de la ley, ha prometido el presidente de la Generalitat.

En lugar de eso, Rajoy está como agachado confiando en que su perfil bajo favorecerá la posición del Estado y acabará por enfriar los ánimos del secesionismo catalán. Craso error, cuyas consecuencias podrían ser letales. La única forma de desinflar el globo al que Mas le insufla aire cada hora, esperando servirse de él para ascender a lo que considera el séptimo cielo de la soberanía nacional, es decir con claridad lo que, puesto en el caso de Rajoy, afirmaría cualquier gobernante democrático: que no habrá referendo porque Mas no puede convocarlo, al carecer de competencias para ello, y porque ni el PP ni el PSOE lo van a convocar, sea cual sea de los dos el partido que gobierne.

Es para dar a esa respuesta la absoluta certeza que precisa para lo que la claridad en la posición de Rubalcaba y el PSOE resulta de todo punto indispensable. Pero, contra la lealtad más elemental, Rubalcaba ha decidido dejar solo al Gobierno, por espurios intereses de partido, en este gravísimo asunto, utilizando para ello la memez de que frente al separatismo hay que oponer la alternativa de un Estado federal. Una memez que lo es por dos razones: porque España es ya un Estado federal; y porque lo que nuestro federalismo necesita para mejorar y parecerse más a los otros existentes en el mundo es todo lo contrario de lo que quieren los nacionalistas catalanes; o sea, más coordinación política, más cohesión territorial y más colaboración institucional.

Y así, frente a la campaña de manipulación de la opinión pública que Mas lleva impulsando sin desmayo desde hace muchos meses, los dos partidos nacionales que tienen la responsabilidad de poner fin de una vez a esa locura aparecen enfrentados, acusándose el uno al otro de hacer lo contrario de lo que exigen las graves circunstancias que atraviesa hoy nuestro país.

Lo peor de todo es que Rajoy tiene razón cuando llama a Rubalcaba desleal, como la tiene Rubalcaba cuando tacha de timorato al presidente del Gobierno. Uno y otro no están donde debieran en el momento más inoportuno que cabría imaginar. Pues donde debieran estar es en una posición común frente al independentismo transmitiendo a Mas en voz bien alta lo que tienen no solo el derecho sino el deber de decirle de una vez: que se olvide de su referendo porque su referendo no va a tener lugar.

Dos zombis y un destino
Irene Lozano El Confidencial 20 Septiembre 2013

En el escenario político, la opinión publicada y las tertulias coléricas, Mariano Rajoy y Artur Mas son dos hombres poderosos y enfrentados. Pero cuando cada noche piensan el uno en el otro, poc a poc se dan cuenta de lo mucho que tienen en común. Ambos creen estar vivos y, como ostentan el poder, pueden guardar las apariencias. Son dos zombis en cuyas manos está el destino de España. La paradoja es que ambos querrían para sí el derecho supremo a decidir, pero este domingo se les recordará que su auténtica titular es Angela Merkel. Lo sobrante lo sigue custodiando el Tribunal Constitucional de Karlsruhe.

Un zombi preside el Gobierno de España y se contempla a sí mismo con parsimonia: si hay algo que Rajoy nunca ha tenido es prisa. La posibilidad de la inacción, después de un año de práctica, se demuestra ineficaz. Y no es tanto por lo que deja sin resolver –ya se presume que es todo-, sino porque no impide que la espuma de la Diada siga subiendo cada mes de septiembre, como un eterno retorno de lo mismo, que es idéntico pero siempre contiene alguna nueva arista punzante.

Parece que, este año, Rajoy ha preferido poner en marcha la rendición preventiva, lo cual para sus estándares ya equivale a echar a andar. ¿Cuál es la consigna? No se sabe con precisión, pero en cualquier caso pasa por aguantar, con la esperanza de que la economía marche y eso aplaque las ansias secesionistas. Además, juega con la debilidad política de Mas, que irá aumentando a medida que se acerquen las elecciones autonómicas: los de Esquerra le pisan los talones y los de su propia coalición, Unió, están más que descontentos con la tensión generada.

Rajoy y Mas tienen el poder pero carecen de la autoridad política, del ascendente social. Son los dos protagonistas de un duelo que parece transcurrir a garrotazos. La realidad es que ninguno tiene fuerza ni para asir el garrote.

El otro zombi preside la Generalitat y se enfrenta a un nuevo recorte de más de mil millones, por eso tiene prisa. Los independentistas saben que el momento de crisis es el mejor para plantear la ruptura y lo azuzan. Él empieza a ver que lo de ser un mesías le viene grande: no controla los movimientos sociales y políticos independentistas a cuya ola se subió. Muchos de ellos, de hecho, lo ven como un arribista sin convicción. Querría negociar –lo está haciendo de hecho- con su alter ego de España, pero tiene muchas dudas. A estas alturas, un buen pacto de financiación quizá no fuera suficiente para aplacar a esa ciudadanía ilusionada. A nadie le gusta pincharle el globo a un niño sonriente: son tan pocos los líderes políticos que hoy pueden vender un sueño y no una pesadilla…

En todo caso, jugará la baza de la debilidad de Rajoy: abandonado por cierta prensa, por muchos de sus votantes e incluso por un sector de su partido, ha logrado romper el suelo del PP. Sus barones autonómicos afilan las uñas a la espera de abalanzarse si la negociación con Cataluña los posterga y premia la deslealtad. Mas acaricia la idea de una debilidad máxima de Rajoy tras las próximas elecciones generales, necesitado del apoyo de CiU. Para llegar a ese momento sólo tendría que incumplir la promesa de una consulta para 2014. Y si sólo cambiara de fecha, ¿sería tan grave?

Ambos tienen el poder, pero carecen de la autoridad política, del ascendente social. Son los dos protagonistas de un duelo que parece transcurrir a garrotazos. La realidad es que ninguno tiene fuerza ni para asir el garrote. Ambos confían en que la debilidad del otro sea una milésima mayor. Y supongo que deberíamos felicitarnos, salvo porque las cosas que nadie es capaz de encauzar políticamente acaban resolviéndose fuera de la política. Y esa suele ser la peor opción.

La situación económica, una verdadera ducha escocesa
José Oneto www.republica.com 20 Septiembre 2013

Pequeños y medianos empresarios, emprendedores, autónomos, consumidores, ciudadanos al borde de la desesperación, están siendo sometidos a un persistente tratamiento de “ducha escocesa” (porque lo escocés está de moda, a raíz de la convocatoria del referéndum de independencia de dentro de un año, que tanto entusiasmo produce en Cataluña) con agua fría y agua caliente, sobre el inmediato futuro de la economía española.

Si ayer era el optimista informe -¡Viva España!- del Banco Morgan Stanley para que los inversores norteamericanos compren bonos españoles y no alemanes o italianos, hoy es el dato alarmante de la morosidad de la Banca, aún después del rescate. Si ayer el locuaz ministro Montoro pregonaba que España volvería a asombrar al mundo con su economía, hoy es que, probablemente, se va a necesitar más ayudas europeas, para sanear el sistema bancario. Ducha escocesa, agua fría y agua caliente, aunque frío, frío, está el Gobierno y caliente, caliente, el personal al que se le viene diciendo desde el rescate del sistema bancario hace un año, que el crédito esta a la vuelta de la esquina.

Y si no hay crédito, no hay actividad económica, y si no hay actividad, no hay crecimiento, ni creación de empleo. Y no hay crédito, entre otras razones, porque se han disparado las tasas de morosidad de la Banca española, según acaba de hacer público el Banco Central Europeo (BCE) sin que el señor Montoro haya abierto la boca para asombrarnos, aunque mejor es que esté callado.

Esos datos indican que la morosidad de la banca española ha batido un récord histórico al llegar al 11,97%, es decir, a los 178.663 millones de euros en julio. Según los datos divulgados por el banco central español, y posteriormente por el BCE, esa cifra supone un nuevo récord histórico con tres décimas más que en junio, y se mantiene cerca de los niveles previos al rescate bancario.

La morosidad protagonizó descensos en diciembre de 2012 y febrero de 2013, por los efectos contables del traspaso de activos a la sociedad gestora de activos procedentes de la reestructuración bancaria (Sareb, el Banco malo), primero por parte de las nacionalizadas (Bankia, Novagalicia Banco y Catalunya Banc) y después por, Ceiss, Caja3, Liberbank y BMN, subrayó el BE. Lo malo es que desde febrero se han encadenado cinco subidas alcistas consecutivas, y hasta que el crecimiento se sitúe en cero no podremos decir que los males de la economía española han tocado fondo. Es precisamente la situación de los Bancos lo que se han encargado de estudiar esta semana los “hombres de negro” de la troika (Banco Central Europeo, Fondo Monetario Internacional y Comisión Europea) de visita en España para elaborar el correspondiente informe sobre si necesitamos agotar los 100.000 millones de euros que puso a nuestra disposición el Eurogrupo.

Hasta ahora se han empleado 40.000, aunque en el proceso se han utilizado algo más de 61.000 (sin incluir los avales del Estado) De todo ese montante, el Presidente del FROB (Fondo de Reestructuración Bancaria Ordenada) anunció recientemente en el Parlamento que se perderían 31.000 millones, es decir que los agujeros creados en muchas de las Cajas lo tendremos que pagar todos los contribuyentes.

La ampliación del programa de asistencia financiera para la reestructuración de la banca española más allá de finales de año dependerá del nivel del capital de las entidades y la situación de los bancos españoles. El Gobierno no quiere seguir con la línea de ayuda abierta, pero la decisión tendrá que ser consensuada con el resto de los países de la Eurozona, y se tendrá en cuenta como el informe de la troika valore la situación de los bancos, sobre todo, sus niveles de capital.

“PAZ” A CAMBIO DE DECENCIA
Isabel Sansebastián. ABC  20 Septiembre 2013

Si el precio a pagar porque ETA dejara de matar iba a ser la impunidad de tantos crímenes cometidos en su nombre, el abandono de las víctimas y la indignidad colectiva de una Nación, alguien debería habernos avisado con tiempo. Muchos, como ésta que suscribe, nos habríamos ahorrado una considerable dosis de dolor recurriendo preventivamente al bálsamo de la indiferencia que ahora alivia de manera milagrosa la conciencia de nuestros dirigentes. ¿O es que el poder aniquila ese órgano moral que rige la capacidad para discernir entre el bien y el mal?.

Siete años ha tardado en llegar a un tribunal el caso Faisán, paradigma de infamia sin precedentes en cuarenta años de lucha contra el terrorismo, y lo que está ocurriendo en esa sala no permite abrigar
la menor esperanza. El principal testigo de la acusación, Joseba Elosúa, cabecilla de la trama de extorsión etarra y receptor del chivatazo policial

que frustró la operación destinada a desmantelarla, apenas recuerda nada. A su edad, dice, los contornos de la memoria se difuminan. Y eso que, merced a una oportuna dolencia de próstata que el juez Garzón consideró fatal nada menos que en 2007, el propietario del bar que la banda utilizaba como centro de recaudación de su brutal «impuesto» disfruta de todos los beneficios de estar en libertad en espera de juicio.

Libre como un pájaro, fumando puros en su establecimiento, mientras los inocentes asesinados con su complicidad se pudren bajo tierra. ¿Es mucho pedirle a cambio que borre una cara de su mente y olvide el rostro de ese «madero» que un día 4 de mayo de 2006 le pasó un teléfono en su propio bar para que otro «txakurra » le advirtiera de que él y sus colegas del hacha y la serpiente iban a ser detenidos en la frontera si pasaban con el dinero? No, no parece un gran esfuerzo.

Me he preguntado muchas veces qué puede inducir a un miembro del Cuerpo Nacional de Policía a traicionar a sus compañeros caídos y violentar sus principios hasta el punto de prestarse a colaborar con una organización terrorista. ¿La obediencia debida? ¿El temor a las represalias en caso de negarse? ¿La posibilidad de un ascenso?.

Ninguna de estas razones me parece convincente. Dicho lo cual, la responsabilidad de los ejecutores materiales de esta ignominia es insignificante en comparación con la que pesa sobre quienes dieron la orden de alertar a ETA y quienes ahora miran hacia otro lado confiando en que pase de ellos este amargo cáliz. A saber, el PSOE de Zapatero y Rubalcaba, que a la sazón negociaban con la banda un «acuerdo de paz» en términos similares a los del Pacto de Múnich suscrito en 1938 por Chamberlain y Daladier con Hitler, y el PP de Rajoy y Fernández Díaz, determinados hoy a hacer o dejar de hacer todo lo que sea menester con tal de que ese acuerdo no se rompa.

Paz a cambio de dignidad, sentenció en su día Churchill. Paz a cambio de decencia, diría yo, entendida ésta como la cualidad de las personas incapaces de acciones delictivas o inmorales.

¿Dónde está la voz de Cosidó, actual director general de la Policía que desde la oposición exigía en el Senado conocer toda la verdad del chivatazo? ¿Qué ha sido del diputado Gil Lázaro, quien en 2011 señalaba al caso Faisán como «la tumba política de Rubalcaba» y ahora permanece callado? ¿Queda alguien con vergüenza en esta España cobarde?

Hubo un tiempo en el que creímos que plantar cara al terror era una cuestión de honor. La deriva del Faisán demuestra que fue puro cálculo, que en política el «honor» se mide en poder y votos.

La rendición
Antonio Camuñas El Confidencial 20 Septiembre 2013

Al final, quién mejor que una niña para decirnos la verdad: “Cuando seamos muchos más, llegará un momento en que España tendrá que rendirse”, decía risueña Estel junto con otros jóvenes amigos que, al canto del “¡volem, volem, volem la independència!”, estaban prestos a cogerse de la mano y seguir “al conejo blanco que no paraba de mirar su reloj.”

Ya dijo André Breton que, en Alicia en el País de las Maravillas, “la adaptación al absurdo vuelve a admitir a los adultos en el misterioso reino habitado por los niños”. Un reino que oscila entre Eurodisney y la virtualidad de la redes sociales, y que no contempla los extraños sucesos que les esperan a los jóvenes de mejillas esteladas tan pronto decidan introducirse en la madriguera: allí les aguardan el Charco de las Lágrimas, el Sombrerero Loco, la sonrisa congelada del Gato de Cheshire y los caprichos de la despiadada reinona. Estel y sus confiados amigos revivirán cómo la casa -ahora espaciosa- se les irá haciendo pequeña poco a poco, igual que se reducía la Habitación de Fermat cada vez que los matemáticos no acertaban a resolver los enigmas. Entretanto, los personajes que salgan a su paso les resultarán tan insoportables que -como Alicia- acabarán gritando un indignado “¡Nunca en mi vida he recibido más órdenes!…” Así son los cuentos.

En todo caso, el anhelo de Estel de que España se rinda no hay que interpretarlo en clave de ofensa. Ni en su caso ni en el de tantos que han optado por seguir al conejo blanco hasta su morada. Hablan de rendirse en el sentido del “¡ríndete!” al que jugábamos en los recreos. Yo creo que Estel siente que está a punto de ganarnos al escondite inglés, ese en el que se avanza aprovechando que el otro cuenta mirando a la pared. Un pasatiempo en el que, si apuras el paso al máximo, al final te pueden pillar.

Lo que Estel ignora es que, desde que empezó el juego, la hemos pillado no una, sino muchas veces, y que pocas cosas resultan tan desagradables como terminar con la ingenuidad de una niña, en estos tiempos en que a poco que se descuiden los más pequeños salen coronados de las hamburgueserías y luego se refugian en sus repúblicas de Ikea para chatear con los amigos. Lo que ocurre es que hay una gran parte de España que no quiere resolver los problemas como antaño, y le gustaría hacer historia sin que nadie tuviera que entregar por ella ni una sola aplicación de su iPad.

Una España embelesada dispensa los mayores honores a los catalanes en todos los ámbitos e instancias: desde la principal de las patronales, a las mayores entidades financieras, empresas de índole estratégica, la industria editorial y cultural en sus distintas vertientes están hoy en día lideradas por catalanes de pro que participan activamente en el diseño de los guiones y los diálogos de cada episodio que emite la cronología patria

Los ojos iluminados de quienes, como Estel, esperan nuestra pronta rendición no son capaces de entender que la piel de toro hace mucho tiempo que se entregó a Cataluña de muy distintas formas. Y no sólo protegiéndola de la competencia exterior, favoreciéndola frente a regiones limítrofes o mimándola como a ninguna otra parte del territorio español. Incluso hoy en día, en plena exaltación de la necesidad de liberarse, cuando sus paisanos publican “Prisioneros de España” en el New York Times, es España entera la que se ha rendido al hechizo de Cataluña, hasta el punto de perder muchas de sus propias señas de identidad por el camino.

Estel vive en una España que no sólo se vuelca emocionada ante los triunfos de tantos deportistas que a ella le han enseñado que “Madrid” les usurpa y que bien podrían competir a mayor gloria de la cuatribarrada. Una España embelesada dispensa los mayores honores a los catalanes en todos los ámbitos e instancias: desde la principal de las patronales, a las mayores entidades financieras, empresas de índole estratégica, la industria editorial y cultural en sus distintas vertientes están hoy en día lideradas por catalanes de pro que participan activamente en el diseño de los guiones y los diálogos de cada episodio que emite la cronología patria.

También las terminales informativas de referencia en prensa, radio y televisión del país, en cualquiera de las franjas horarias de su parrilla, tienen el marcado acento del antiguo principado. Esa inconfundible entonación (por cierto, la más adecuada para doblar películas al castellano) nos muestra el espejo de la realidad cotidiana y nos informa del devenir del mundo las 24 horas del día. También quienes más entretienen y hacen reír a la Gran Familia Española no son ya sevillanos haciendo de mariquitas, sino el humor inteligente salido de cabezas de Reus, Cornellà, Llobregat, Hospitalet y Mataró. Hasta a nuestro héroe épico del momento, D. Gonzalo de Montalvo, fue depositado por un águila roja disfrazada de cigüeña en un campanario de Granollers.

Si a todo ello se le une el papel de llave (inglesa también, por más señas) que obra en poder de las fuerzas políticas catalanas para la formación de Gobiernos de izquierdas y de derechas, el destacado papel individual de oriundos de la comunidad autónoma en cada uno de los Ejecutivos de la democracia y que en el horizonte se adivina el pronto regreso de una joven promesa catalana como primera candidata a presidir un Gobierno de la nación, la pintura al completo se nos antoja bien diferente a ese dibujo abocetado al pastel con el que los ojos de la niña Estela ven el mundo que le rodea.

El problema de interpretar el mundo adulto con pupilas infantiles es que la gente de buena fe se ve sorprendida en aspectos inusitados: este verano, sin ir más lejos, pudimos comprobar asombrados cómo los mismos que piden la independencia asumen con la mayor naturalidad que gozarían de la doble nacionalidad catalano-española, al menos “durante un periodo transitorio de varios años”. El leve manto de quita y pon del que hablaba Max Weber ha caído sobre nuestros hombros para obligarnos a un proceso de reidentificación permanente que resulta agotador.

Quizás la mejor recomendación posible a nuestros opinion-leaders y a todos sus conmilitones sea que dejen de lado la trilogía de Carroll y refresquen el Nostromo, esa obra publicada por entregas, que narra la independencia de un estado que Joseph Conrad sitúa en un llamado Golfo Plácido del Caribe, que a tantos se nos antoja un oasis mediterráneo. La gran novela, precursora de la narrativa latinoamericana, arranca lenta y trabajosamente, pero se acelera a golpe de pasiones patrióticas desatadas, de ambición sin límites en torno a una mina de plata, por la que cada grupo luchará en defensa de sus intereses, olvidando por completo los de la mayoría.

“En una situación sin salida, no tengo otra elección que la de acabar”, decía la última nota escrita en Port Bou por Walter Benjamin, ese que separaba las pulsiones históricas entre relatos de campesinos y relatos de navegantes. Ya es tarde para volver a salvar al soldado Mas de la emboscada en la que él mismo se ha metido, Sr. Rajoy. También para dar marcha atrás a las agujas del reloj, Sres. Navarro y Rubalcaba. Tenemos cosas mucho más importantes en juego en esta flota cuya envergadura es cada día mayor fuera de la península y de la que todavía somos Buque-Insignia. Pónganse cuanto antes a la tarea, o no duden que el pueblo español lo acabará haciendo por Vds.

*Antonio Camuñas, presidente de Global Strategies

Subidón
miquel porta pertales ABC Cataluña 20 Septiembre 2013

El nacionalismo ha tenido una revelación: la Cataluña independiente no saldría de la Unión Europea

DESPUÉS de la Diada, el subidón. Pero, un subidón a la catalana. Es decir, un subidón místico en el que domina la experiencia de lo divino. De lo divino laico: la nación catalana. A la manera del éxtasis religioso, el subidón nacionalista catalán manifiesta un sentimiento de amor, contemplación y unión con la nación catalana. Una mística y un éxtasis que no responden a razones, sino a sentimientos solo al alcance del creyente. La fe, en definitiva. Y la fe conduce a la suspensión del ejercicio de los sentidos. Una suspensión que nubla la comprensión y asunción de la realidad. Por eso, el nacionalismo catalán continúa viviendo en su particular ínsula que le impide percibir que el sentimiento casa mal con la política y la legalidad, que la democracia son reglas y formas, que en una democracia el derecho a decidir se ejerce en un determinado marco jurídico, que la lealtad institucional y el respeto a la legalidad son consubstanciales a la democracia.

Y en eso que Joaquín Almunia -vicepresidente de la Comisión Europea: precisamente el organismo que vela por el respeto y cumplimento de la legalidad europea- afirma que una Cataluña independiente saldría de la Unión Europea. Y nuestros místicos nacionalistas aseguran que eso no es cierto. Una ofensiva diplomática del Estado español, concluyen. Da igual que el artículo 4.2 del Tratado de la Unión Europea garantice la integridad territorial de los Estados que la forman y que el 49 exija la unanimidad de todos los miembros para aquellos nuevos Estados que quieran ingresar en la UE. Da igual que el artículo número 20 del Tratado de Funcionamiento de la UE diga que la ciudadanía la concede el hecho de ser ciudadano de un Estado miembro. Todo eso -puro sectarismo-, tanto da. El nacionalismo catalán ha tenido una revelación: la Cataluña independiente no saldría de la Unión Europea. De hecho, nos esperan con los dos brazos abiertos. ¿Creen de verdad lo que dicen? En cualquier caso, en eso están. Ya vendrá el bajón.

Los totalitarios, cada vez más fuertes en Galicia. Resistiremos.
http://juanjulioalfaya.blogspot.com.es 20 Septiembre 2013

Se imponen la ideología y la mitología sobre la libertad y los derechos de los ciudadanos. Ahora de la mano del Tribunal Superior de Justicia de Galicia, sumada a la falta de respeto a la voluntad de las personas y a la falta de coraje democrático de la Xunta de Galicia

laopinioncoruna.es 

La Xunta dispone de un mes de plazo para cumplir de manera "forzosa" las sentencias que anulan parte de dos artículos del decreto del plurilingüismo en la enseñanza, según se fija en un auto que emitió ayer el Tribunal Superior de Xustiza de Galicia (TSXG). En concreto, el tribunal asegura no tener constancia de que la Consellería de Educación haya anulado -tal y como exigían varios fallos judiciales- el carácter vinculante de la consulta a los padres sobre el idioma en el que deseen que estudien sus hijos y la libertad del alumno de utilizar la lengua que desee (castellano o gallego) en clase, con independencia de en qué idioma se imparta la asignatura. La Xunta presentó ayer un recurso ante este auto al considerar que sí que cumple con estas sentencias y alega que puede que el Tribunal no tuviese en cuenta que hace unos días, Educación "difundió una instrucción para la estricta y escrupulosa aplicación de los fallos dictados en su día".

El auto del tribunal señala que la encuesta a los padres de Infantil sobre qué lengua quieren para la escolarización de sus hijos no puede ser vinculante para la Administración. La Xunta reconoce que esa encuesta es uno de los tres factores a tener en cuenta para la elección del idioma junto a "la realidad sociolingüística del entorno" y la "garantía de presencia de las dos lenguas cooficiales como vehiculares en la programación anual del centro". "Se trata de factores que acreditan que la consulta dejó de tener carácter vinculante", indican desde la Consellería de Educación.

Sobre la polémica encuesta en Infantil, el presidente de la Xunta, Alberto Núñez Feijoo alegó -antes de conocerse que recurrirían el auto- que la Administración "solo pregunta" a los padres. Para el líder del PP, comparado con otras comunidades como Cataluña, en las que se pregunta a sus ciudadanos "si tienen derecho a romper con la Constitución o el Estatuto de Autonomía", esto le parece "una singularidad".

El TSXG recuerda a la Xunta que el plazo de un mes para acatar las sentencias es "improrrogable" y le advierte de que en el caso de que no atienda a este requerimiento se adoptarán las medidas sancionadoras pertinentes que van desde multas de 150 a 1.500 euros hasta exigir la responsabilidad penal que pudiera corresponder.

Con este auto, el tribunal responde a las peticiones de la Mesa pola Normalización Lingüística y CIG-Ensino, quienes ayer se mostraron satisfechos con la sentencia.

"El único camino válido es promulgar una nueva norma, porque esta está muerta y los únicos perjudicados son nuestros niños", sentenció el presidente de la Mesa, Carlos Callón. Por su parte, Anxo Louzao -de CIG-Ensino- criticó la "osadía y la actitud chulesca" del conselleiro de Educación, Xesús Vázquez, y advirtió al presidente de la Xunta de que "debería vetar al conselleiro" por sus "mentiras y calumnias".
 


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