AGLI Recortes de Prensa   Domingo 13 Octubre 2013

Qué es para mí ser español, hoy
Luis del Pino Libertad Digital 13 Octubre 2013

Hoy es 12 de octubre, Día de la Hispanidad y fiesta nacional de España.

¿Qué significa eso? Pues lo que a ustedes les dé la gana que signifique. A estas alturas del siglo, no seré yo quien le diga a nadie cómo se tiene que sentir al respecto. Lo que sí les puedo decir es cómo me siento yo.

A mí personalmente no me cabe ningún mérito ni demérito por haber nacido en España. Simplemente, soy alguien que nació aquí y en esta época. Podría hacer el ejercicio imaginario consistente en preguntarme: ¿y si hubiera nacido en otro país, o en otra fecha? Pero sería un ejercicio absurdo, porque si hubiera nacido en otro país o en otra época, ya no sería yo: sería otra persona, con otra carga genética distinta y que habría crecido en otro entorno diferente.

Así pues, es verdad que no me cabe mérito alguno por haber nacido español y haberlo hecho cuando lo hice, pero también es cierto que soy como soy precisamente por haber nacido cuando y donde he nacido.

Me guste o no me guste, soy español. Eso es un hecho, no un sentimiento.

A medida que vaya pasando el tiempo, a medida que el mundo se interconecte y se globalice, probablemente ese hecho vaya teniendo cada vez menos importancia. Igual que irá teniendo cada vez menos importancia ser keniata, americano, chino o miembro de la Unión Europea. Pero, hoy por hoy, son muchas las consecuencias de ese hecho.

Por ser español, comparto con otros españoles una Historia que tiene algunas sombras, pero que tiene muchísimas más luces. Pertenezco a ese país que descubrió América, que dio la primera vuelta al mundo, que fundó la primera Universidad americana en 1538, que bautizó a tantas islas en el Océano Pacífico.

Pertenezco a ese país cuyo idioma es hoy el segundo del mundo con mayor número de hablantes nativos, después del chino, y el segundo también en importancia en Internet, por detrás del inglés.

Pertenezco a ese conjunto, los hispanos, que se ha convertido ya en la primera minoría de los Estados Unidos y que, cada vez más, pone y quita presidentes en la que es hoy la primera potencia mundial.

Pertenezco a esa nación capaz de dar grandes empresarios que dominan el mundo de la distribución textil. Y capaz de alumbrar grandes deportistas que hacen que el nombre de España resuene entre todos los aficionados al fútbol, o al baloncesto, o al tenis, o al motociclismo.

Pertenezco también a ese país que lleva cinco siglos intentando destruirse a sí mismo a base de desangrarse en continuas querellas intestinas y, a pesar de todo, sigue sobreviviendo.

Pertenezco a una sociedad en la que el esfuerzo tropieza a menudo con la envidia y en la que el apasionamiento para con el vecino siempre está acompañado por la sumisión ante el poderoso, pero en la que siempre se prodigan los rasgos de genialidad, de heroísmo y de sacrificio.

Pertenezco, en fin, a un país que está lleno, como todos los países, de gente buena y de gente mala. Que está repleto, como todos los países, de contradicciones. Y, en un mundo en el que las fronteras (para bien o para mal) siguen existiendo, pertenezco a una nación que cuenta con enormes potencialidades para jugar un papel relevante en ese camino que tendremos que recorrer todos los seres humanos hacia un mundo globalizado.

El cómo sea ese mundo globalizado en el futuro dependerá de cómo lo construyamos las distintas naciones de la Tierra. Y los españoles, y los hispanos, tenemos mucho bueno que aportar.

Pronto, la primera potencia del mundo hablará español, porque el proceso de hispanización de los Estados Unidos es imparable y cada vez más acelerado.

Pronto, toda Sudamérica será, cuando termine de liberarse de los yugos ideológicos, uno de los principales polos de desarrollo del mundo.

Como les decía al principio, no me corresponde ningún mérito o demérito por haber nacido donde he nacido, es decir, por ser español. Pero tampoco me corresponde ningún mérito o demérito por ser como soy desde el punto de vista personal. El que yo sea listo o torpe, diligente o perezoso, depende también de la genética y del entorno. Pero el que mi forma de ser no sea mérito mío no quita para que intente con todas mis fuerzas aprovechar lo que soy para mejorar el mundo que me rodea.

Cuando muera, espero hacerlo mirando hacia atrás y comprobando que he contribuido, como persona, a cambiar mi entorno más próximo. Y de la misma manera, espero, como español, que el futuro de la Humanidad sea un poco distinto, un poco mejor, gracias a las virtudes que los hispanos podamos aportar.

Eso es para mí ser español o hispano hoy en día: la obligación de aprovechar que estamos en una posición inmejorable para ayudar a construir el futuro de la Humanidad, para ayudar a diseñar cómo será esa futura Tierra sin fronteras.

Feliz día de la Fiesta Nacional y feliz Día de la Hispanidad a todos.

Y por cierto: viva España.

La izquierda y la derecha, los peores enemigos de España
Francisco Rubiales Periodista Digital 13 Octubre 2013

Los españoles somos los últimos de la OCDE en matemáticas y penúltimos en comprensión lectora. Es él nuevo "record" negativo de esta España sucia, injusta y embrutecida que han fabricado nuestros políticos, una casta que merece el desprecio de los ciudadanos. El nuevo "record" se agrega a otros que sitúan a los españoles en la cabeza de la prostitución europea, el tráfico y consumo de drogas, el blanqueo de dinero, el alcoholismo, el desprecio a la política y a los políticos, la degradación de la democracia, la corrupción, la injusticia y otras muchas lacras y dramas, todas ellas productos de un liderazgo político indecente y malvado que está infectado a la nación entera.

España tiene grandes enemigos, dentro y fuera de su suelo, pero ninguno es tan miserable y dañino como aquellos españoles que, encuadrados en la izquierda y la derecha política, destrozan el país, dinamitan sus valores y se pelean por sus despojos sin otro instinto que el predador. Las izquierdas y las derechas, siempre enfrentadas entre si y solo capaces de unirse contra el pueblo y contra España, son las culpables de los grandes males de la nación desde los tiempos de la Reconquista. La pobreza, la injusticia, las guerras, las masacres y una inmensa catarata de males y canalladas son obra de esa política malvada y envilecida que lleva demasiados siglos dominando España y que, en los tiempos actuales, ha sabido camuflarse de "demócrata" para seguir cumpliendo su misión maligna y depravada.

Triturar a esa izquierda antiespañola, separatista, colaboracionista con el terrorismo, corrupta hasta la médula, y anticristiana, que ha hundido a este país en el caos más absoluto y en la iniquidad moral más terrible, debería ser la labor prioritaria de todo ciudadano honrado que ame a España, tan prioritaria como erradicar la derecha arrogante e inmoral "made in Spain", acomplejada y cruel, clasista y predadora, que lleva siglos creyendo que el Estado le pertenece, que sólo sabe luchar por sus privilegios y que contempla siempre al pueblo como maloliente masa de animales, digna de ser esclavizada.

No será hoy, ni mañana, ni dentro de un mes, pero llegará un día en el que nos deprenderemos de esta miserable izquierda, de esa derecha indigna y de esta falsa democracia fantasmagórica para instaurar un Estado que en lugar de avergonzarnos y envilecernos aporte unidad, dignidad, trabajo, solidaridad, ilusión y orgullo de ser español. No sabemos cuando, pero que no nos quepa duda de que ese momento llegará.

Mientras llega, nuestro primer deber como ciudadanos demócratas es luchar pacíficamente, aunque sin pausa, para que esa llegada se acelere.

La derecha y la izquierda, en España, no son, como en otros países, dos formas distintas de entender la sociedad y la vida política, sino dos facetas de la caza al ciudadano, dos bandas que constantemente se disputan el poder, representando no dos opciones distintas sino las dos caras de una misma moneda sucia y depravada, acostumbrada mil veces a anteponer sus propios intereses al bien común y entrenadas para actuar como parásitos de España. Quieren exhibir ante el engañado pueblo sus diferencias para que parezcan profundas, pero se trata de un burdo engaño porque siempre se ponen de acuerdo para otorgarse privilegios, para fortalecer su impunidad y para guardar silencio ante los respectivos saqueos y correrías.

El balance de esa derecha y de esa izquierda, después de haber mandado durante siglos, es sobrecogedor. Han convertido aquella España que fue un imperio temido en un país débil y sin amigos y en lugar de crear una sociedad justa y capaz de enorgullecer a sus miembros, han construido un país que paga impuestos insoportables, que apenas recibe servicios del Estado, con mas políticos "colocados" y cobrando del erario que Francia y Alemania juntas, que ocupa los primeros puestos del ranking mundial en corrupción, tráfico y consumo de drogas, acogida de dinero sucio, desempleo, avance de la pobreza, pésima distribución de la riqueza, fracaso escolar, baja calidad de la enseñanza, desprecio de los ciudadanos a sus dirigentes, descrédito de la política y muchos otros vicios y lacras.

Bajo su nefasto mandato han alimentado el nacionalismo, el separatismo, la insolidaridad, la envidia, la caída de los valores y la injusticia, además de haber violado las reglas básicas de la democracia, mentido, engañado y conducido a su pueblo por las rutas de la mentira y la estafa. Sus dirigentes han sido cualquier cosa menos ejemplares y hoy hay mas de mil causas abiertas contra los partidos políticos por corrupción y abuso de poder. Sólo ETA supera al PP y al PSOE como organizaciones con mas delitos y delincuentes encuadrados.

Solo sueñan con gestionar el poder y la riqueza que de ese poder puede extraerse. Para lograrlo, se alían con cualquiera, incluso con nacionalistas extremos que odian a España.. Son arrogantes e inmorales como nadie podía imaginar. No reaccionan ante las adversidades y han aprendido a blindarse ante el desprecio y el rechazo de los ciudadanos, a los que, hipócritamente, dicen que sirven. Las encuestas los señalan como el segundo gran problema del pais, pero ellos siguen en su terea de demolición y saqueo, mientras el pueblo ha convertido ya en sueño y leyenda su largo e insatisfecho anhelo de contar con un Estado decente, justo y capaz de hacer sentir mas orgullo que vergüenza.

Todavía son capaces de mantenerse algunos años en el poder porque han conseguido idiotizar a algunos millones de españoles, que siguen votándoles como auténticos esclavos lobotomizados, pero ellos saben que el número de la gente decente que les rechaza y aprende a despreciarlos es cada día mayor, lo que representa, mas temprano que tarde, su sentencia de muerte y el fin de la ignominia política española.

Voto en Blanco

Ahora le toca a las instituciones
EDITORIAL Libertad Digital 13 Octubre 2013

La concentración celebrada ayer en Barcelona con motivo del Día de la Hisanidad ha sido un éxito rotundo por más que le pese a las fuerzas nacionalistas, empeñadas en imponer su proyecto separatista a cualquier precio. Ayer, 12 de Octubre, Fiesta de la Hispanidad, miles de personas se manifestaron en la Plaza de Cataluña a favor de la convivencia y de la unidad de España, mostrando en un ambiente ejemplarmente pacífico su rechazo absoluto al desafío separatista encabezado por Artur Mas.

Del éxito del acto da perfecta cuenta la evaluación de asistentes ofrecida por la Guardia Urbana, que siempre rebaja hasta extremos ridículos la asistencia a cualquier manifestación que no esté promovida por el nacionalismo. Según este departamento dependiente de la Generalidad, este año han acudido a la convocatoria del 12-0 cinco veces más personas que el año anterior (30.000 personas), mientras que la Delegación del Gobierno, en un cálculo algo más cabal a tenor de las imágenes, ha cifrado en más de cien mil.

Los ciudadanos han cumplido sobradamente las expectativas con su asistencia masiva a un acto que, en Cataluña, supone un gesto de rebeldía contra el poder hegemónico nacionalista. Con su presencia en Barcelona para celebrar nuestra Fiesta Nacional, la sociedad civil ha mostrado su rechazo al separatismo y ha defendido sin complejos la unidad de España que el nacionalismo catalán se ha propuesto socavar con sus delirios separatistas.

Es ahora el momento de que todas las instituciones españolas tomen buena nota de este ejemplar gesto ciudadano y acaben con su estrategia apaciguadora hacia unas fuerzas separatistas a las que nada ni nadie va a contentar por más cesiones que se le hagan a costa del resto de España.

El Gobierno y la Corona, de forma destacada, no pueden seguir haciendo dejación de sus funciones en defensa del orden Constitucional ni dejar abandonados a esos miles de ciudadanos que ayer salieron a las calles de Barcelona en representación de la inmensa mayoría de españoles que quiere seguir viviendo en un país unido y en libertad. Los catalanes que haciendo uso de una elemental cordura se sienten parte de España, y la inmensa mayoría de ciudadanos de fuera de Cataluña que no está dispuesta a transigir con una clase política nacionalista delirante y esencialmente corrupta, dijeron ayer "hasta aquí hemos llegado". Es hora de que las instituciones, comenzando por las más altas, hagan otro tanto a partir de mañana. Lo contrario será colaborar en la traición.

Sólo somos ciudadanos
Nuestra democracia es hoy un sistema político que no obliga a los españoles a optar por una u otra identidad cultural para seguir siendo españoles
Manuel Álvarez Tardío La Razón 13 Octubre 2013

Profesor de Historia del Pensamiento Univ. Rey Juan Carlos,

El nacionalismo vasco, como el catalán, es un ejercicio permanente de recreación de su propia identidad Reuters

T ras varios lustros de ofensiva nacionalista, muchos ciudadanos parecen haber quedado anestesiados. El hartazgo y la pereza han producido un curioso resultado: mientras que los nacionalistas de las llamadas regiones históricas se muestran orgullosos de pertenecer a una nación con destino propio, cultura e historia diferenciadas, el resto de los ciudadanos, vivan en esas regiones o fuera de ellas, no muestran demasiado interés por adherirse a una etiqueta de identidad contrapuesta. Algunos ven en esto un fracaso; y se consuelan apelando a una teoría que puede parecer moderna pero que tiene raíces antiguas: la debilidad de la identidad nacional española. Ya en 1973, el sociólogo Juan José Linz habló de una temprana construcción del Estado español frente a una inacabada o débil «construcción de la nación». Sin embargo, puede que no sea tal el problema, sino el síntoma de una virtud: la España democrática de 1978 no ha necesitado construir una identidad nacional excluyente para ser más España, en el sentido de asegurar, aunque con no pocos problemas, el Estado de derecho y la libertad de sus ciudadanos. Es obvio, aunque no viene mal recordarlo, que tras varias oleadas de inmigración, tan españoles son los ciudadanos ecuatorianos nacionalizados recientemente como los nacidos hace cuarenta años en suelo peninsular, al menos en lo que de verdad importa: derechos, libertades y seguridad jurídica. Por otro lado, ningún madrileño se ha planteado si dejaba de ser español por permitir que sus hijos estudiaran en colegios bilingües español-inglés. Y ningún aragonés ha pensado que fuera a perder la nacionalidad española por trabajar para una consultora que le obligara a pasar media jornada laboral en Londres, hablando inglés y comiendo a las doce y media.

El gran éxito de la democracia española ha sido soportar la presión que los nacionalismos catalán y vasco han lanzado contra la política de la igualdad y la libertad sin tener que preguntarse, a cada minuto, qué era ser español. Esto no es un síntoma de debilidad, sino de fortaleza, propio de un Estado de derecho y una sociedad que han pasado a formar parte de una entidad supranacional, la europea, sin plantearse absurdos dilemas identitarios. Por eso, el nacionalismo catalán no suele referirse demasiado al nacionalismo español, aunque también, sino a la opresión del Estado español. Puede haber españoles deseosos de ser nacionalistas de su nación, pero lo cierto es que no son mayoría. Porque la conciencia nacional no es lo mismo que el nacionalismo. Quienes tratan de justificar la pujanza del nacionalismo catalán, incluso desde territorios académicos de la capital, suelen apelar a la existencia de un nacionalismo español, al que repudian por igual, para así mantener una especie de equidistancia entre dos nacionalismos enfrentados. Hoy por hoy, es una falacia.

Una mayoría de españoles pueden tener cierta conciencia de su pertenencia a una nación política, alimentándola de formas variadas, desde el plano más cívico-jurídico hasta otro algo más emocional. Pero la conciencia de pertenencia a una nación no es lo mismo que la adhesión a un credo etnicista. El nacionalismo es una ideología, aspecto que no siempre queda claro. Por eso, porque es ideológico, es capaz, allí donde triunfa, de aglutinar en una misma causa sensibilidades variadas; no es extraño, por tanto, que catalanes conservadores se unan a catalanes anticapitalistas para defender, en términos de ideología excluyente, su nacionalismo, es decir, su empresa política para dotar a una identidad excluyente de un Estado propio. Esto, simplemente, no existe en el conjunto de la política española.

Modelo norteamericano
Los españoles son, en términos ideológicos, más de izquierdas o de derechas, hasta el punto de que el debate sobre la organización territorial del Estado no es capaz de anular esas fracturas; la mera cuestión de estar a favor o en contra de un Estado más centralizado no implica automáticamente la condición de nacionalista, pese a la confusión que suele alimentarse al respecto. Por ahora no existe un nacionalismo español organizado como movimiento ideológico que supuestamente mueve los hilos de una política de opresión de otras identidades. Sencillamente porque nuestra democracia, que tanto necesita mejorar en otros aspectos, es hoy un sistema político que no obliga a los españoles a optar por una u otra identidad cultural para seguir siendo españoles. Unos cuantos miles de españoles que se hagan adultos en 2020 tendrán rasgos orientales y su lengua materna será el chino; lo que les hará creer que son españoles no tendrá que ver con ideologías sino con espacios de convivencia, libertad, seguridad jurídica y oportunidades. Nada muy diferente al caso norteamericano, del que siempre podemos aprender.

Huyamos, pues, de la confusión que busca el nacionalismo catalán y encuentra cierto eco en algunos rincones de la opinión española, en virtud de la cual si el nacionalismo excluyente es más fuerte se debe a que hay o ha habido otro al que se ha tenido que enfrentar. Pudo ser así en un pasado no muy lejano, aunque sólo en parte; pero la gran victoria de la democracia española frente al nacionalismo excluyente es haber hecho posible que las nuevas generaciones crezcan siendo españolas sin tener que preguntarse por lo que eso significa en términos culturales. Por eso, en buena medida, ninguno de los dos grandes partidos ha tenido la necesidad de extremar en su discurso el peso de una ideología propia en términos de nacionalismo cultural español. La consolidación de la democracia lo ha impedido y sería oportuno clarificar los términos del debate para impedir que algunos aprovechen esta circunstancia. Lo que ocurra en un futuro cercano está por ver, pero por el momento los que agitan fantasmas para justificar el victimismo de las identidades excluyentes lo hacen sin fundamento y, me temo, desde un rancio prejuicio ideológico.

Un proyecto común
Con el abandono de la primera línea de la generación de la Transición se ha perdido el rumbo y se ha abierto de nuevo el viejo «problema de España»
Antonio López Vega La Razón 13 Octubre 2013

Historiador y biógrafo de Gregorio Marañón.

Para Ortega y Gasset el elemento fundamental que definía a una nación era un proyecto de vida en común. En la historia reciente de España, la generación de la Transición tuvo por proyecto la conquista de la democracia, la modernización del país y su plena integración en Europa. El éxito de ese programa generacional hizo suponer que los problemas que habían sobrevolado la historia de España en los dos últimos siglos estaban definitivamente superados.

El problema de vertebración territorial parecía haber logrado su definitivo encaje en la España autonómica; tras el golpe de Estado de 1981, el problema militar quedó resuelto con la feliz profesionalización de las Fuerzas Armadas; las ideologías políticas extremas no fueron en absoluto respaldadas por el pueblo español en las urnas –si la representatividad de la extrema derecha fue nula, el Partido Comunista vio defraudadas sus iniciales expectativas y su peso e incidencia en el Parlamento asistió a un lento declive–; la separación Iglesia-Estado pareció entrar en vías de solución definitiva cuando, tras el Concilio Vaticano II y a la muerte del dictador, la Iglesia fue liderada por el cardenal Tarancón; el problema de integración del mundo rural se superó con el espectacular desarrollo de las infraestructuras al que hemos asistido y, cumplido el éxodo de sus habitantes hacia el ámbito urbano, la reconversión industrial y la gravitación del universo laboral hacia el sector servicios, incorporaba la economía española a las más desarrolladas del mundo; y, en fin, si el desarrollismo de los años sesenta del siglo pasado había sentado las bases para la implantación del Estado del Bienestar, también tras la muerte de Franco se asistió a su plenitud con la incorporación de los resortes administrativos necesarios que hicieron posible la enseñanza y la sanidad universal y gratuita en un contexto cada vez más coherente de igualdad de oportunidades.

Cuando la generación de la Transición abandonó la primera fila del escenario político español y sucedió el relevo generacional, tanto el partido conservador como el partido socialista abandonaron ese proyecto de vida en común. Si la política económica del primero, entre otras cosas, abrió las puertas a la desregulación masiva e irresponsable de los mercados –origen fundamental de nuestra actual crisis económica–, o rompió el consenso existente en materias como la política exterior, abandonando la vocación europea que había asistido a los hombres de la Transición en favor de la atlantismo, el segundo traicionó los valores más esenciales del socialismo como, por ejemplo, cuando, con el último Estatuto de Autonomía catalán, aceptó la validez y prevalencia de los derechos históricos de los pueblos sobre la significación de los ciudadanos libres e iguales en un régimen soberano.

La malhadada crisis económica que ha sobrevenido a la economía mundial desde 2008 parece haber resucitado algunos de los fantasmas de nuestra historia que parecían felizmente superados. El encaje territorial ha saltado por los aires fruto de la insostenibilidad económica del sistema autonómico. Su epígono es el desafío soberanista catalán que, no en balde, fue el gran problema durante las primeras décadas del siglo XX. Afortunadamente, no parece que haya un riesgo cierto de regresión dentro de las Fuerzas Armadas. Sin embargo, el descrédito creciente del sistema insti-tucional entre los ciudadanos españoles, ha hecho que en los últimos tiempos hayamos asistidos a apelaciones franquistas y aunque, en ningún caso, parece que puedan tener incidencia electoral, está por ver, si el debilitamiento de los dos grandes partidos nacionales da algún tipo de rédito en las urnas a posiciones políticas extremas a derecha e izquierda.

La dicotomía entre jerarquía eclesiástica y católicos de a pie se pone de manifiesto en todas las encuestas. Si bien la población española se sigue declarando mayoritariamente católica (en torno a un 70%) y valora muy positivamente la acción social de la Iglesia (Cáritas), la identificación con las posiciones de la Conferencia Episcopal es mucho menor. La elevadísima tasa de desempleo ha provocado que miles de familias españolas se encuentren en una situación dramática. Y, finalmente, como bien sabemos, se está cuestionando el Estado de Bienestar que, fruto de los recortes económicos, parece abocado a su expiración y, con ella, a la creciente igualdad de oportunidades que existía en nuestro país.

Hoy discutimos sobre el futuro de la nación española y la generación política que nos dirige no tiene un discurso articulado y coherente sobre lo que entiende que deben ser los asuntos esenciales que nos deben ocupar en los próximos años –economía, política exterior, vertebración del Estado–. Está alcanzando tintes dramáticos y, en cierto grado esperpénticos, el inicio de la discusión sobre una posible reforma constitucional en la que los conceptos e ideas políticas que se manejan adolecen de una falta de rigor verdaderamente sobrecogedora. El problema de España hoy no es tanto un problema de desafíos periféricos –que también–, es, sobre todo, un problema de proyecto.

Europa , indivisible
Objeto de mofa y burla por parte de algunos sectores del nacionalismo catalán más recalcitrante, el carácter «indivisible» de la nación española no es exclusivo de nuestra Constitución. Al contrario, la gran mayoría de Cartas Magnas europeas recogen en sus preámbulos la indisolubilidad del territorio expresada prácticamente con las mismas palabras. En el caso de Francia o Noruega, por ejemplo, ambos artículos primeros expresan que república y monarquía son «indivisibles». Más allá, la Constitución de Brasil habla de la «unión indisoluble» de sus municipios.

La sangre y las banderas
La izquierda española nació raquítica intelectualmente y no quiso identificarse con nuestra historia
César Vidal. La Razón 13 Octubre 2013

Francia tiene un Frente Nacional y el nacionalismo no es excluido ni siquiera por su Partido Comunista. Ese nacionalismo es también un factor político nada desdeñable en la vida de naciones con una tradición histórica tan distinta como Holanda o Austria. Incluso se puede decir que es el soporte ideológico, aunque moderado y matizado, de la Rusia de Putin. Sin embargo, ese fenómeno carece de paralelo en España. No es la suya una situación anómala, pero sí chocante cuando se compara con la agresividad de los nacionalismos catalán y vasco que, históricamente, no se corresponden con la existencia de una nación previa.

Las razones para la ausencia de ese nacionalismo español están vinculadas, de manera bien reveladora, a una serie de fracasos políticos. Uno de ellos fue el trágico destino de las Cortes de Cádiz. Aunque responsables del primer texto constitucional español – si se exceptúa el Estatuto de Bayona– los liberales, que hubieran podido articular un patriotismo constitucional, fueron barridos por el regreso de Fernando VII y arrojados al vertedero de la Historia hasta la muerte de este monarca y con la excepción del trienio de 1820-23.

Mientras que Inglaterra había terminado de forjar su identidad con las revoluciones puritanas del siglo XVII; Francia articulaba la idea de un civismo republicano desde 1791 y Alemania e Italia se valían del nacionalismo para reu-nificarse, España no logró, desgarrada por luchas dinásticas, levantar un estado moderno a lo largo del siglo XIX.

Ciertamente, la guerra de 1898 significó un desgarro en el alma nacional –el Desastre– pero no cuajó en la creación de un nacionalismo similar al de otras naciones. Al fracaso, a pesar suyo, de los liberales se sumaron las especiales peculiaridades de la izquierda española. De entrada, poseyó desde el principio un tinte religioso que se advierte lo mismo en las proclamas milenaristas del anarquista Anselmo Lorenzo que en los cuatro evangelistas –también es casualidad– que narraron la vida del socialista Pablo Iglesias. Esa izquierda –a diferencia de la francesa, la inglesa o la alemana– no sólo era raquítica intelectualmente sino que además nació tardíamente y ni supo ni quiso identificarse con la Historia de España.

Si el jacobino Napoleón podía apelar a Carlomagno o Kautsky a Thomas Müntzer, la izquierda española fue incapaz de mostrar más allá de un desprecio hacia un pasado que veía inasumible. Desde luego, el pensamiento conservador no ayudó lo más mínimo a superar los escollos señalados. Menéndez Pelayo –a la vez tan erudito y tan repulsivamente fanático– se empeñó cerrilmente, como otros, en encajar la Historia de España en un patrón ideológico que no sólo no le hacía justicia sino que además expulsaba a no pocas corrientes reformistas. Se mire como se mire, asumir como algo positivo las hogueras de la Inquisición o la expulsión de los judíos incluso en el siglo XIX no era una conducta apta para todos los paladares. La situación estalló –de todos es sabido– con la Segunda República. Personajes como Azaña intentaron crear un patriotismo constitucional tributario del francés, pero les sobró sectarismo y les faltó generosidad para integrar a los que no pensaban como ellos. Cuando, finalmente, las diferencias, como señaló el socialista Indalecio Prieto, acabaron dirimiéndose con las armas y a pesar de que autores como Hugh Thomas han calificado a los rebeldes como «nacionalistas», es dudoso que semejante calificación sea correcta. Que eran contrarios a lo que consideraban la «antiespaña» –es decir, independentistas catalanes y vascos y otros seguidores de ideologías antinacionales– es verdad y también lo era que deseaban una España mejor.

Sin embargo, el nacionalismo español seguía siendo inexistente salvo en un grupo tan marginal como la Falange que no logró obtener un solo diputado en las elecciones de febrero de 1936. El régimen de Franco pudo manifestarse nacionalista en los años de la guerra mundial cuando todavía creía en un nuevo orden que, por ejemplo, entregaría territorios africanos a España. Dejó de serlo en 1945. Insistía en España y en tópicos, a veces ciertos, a veces erróneos, pero, a pesar de incurrir en errores previos, no optó por una política nacionalista. Por el contrario, aunque suela olvidarse, las manifestaciones culturales en vascuence –incluidas las ikastolas– y en catalán comenzaron a darse muy pronto porque el régimen –especialmente sectores como el carlismo– sentía como suyo un foralismo difuso. La situación no cambió durante la Transición. La izquierda siguió empeñada en identificar España con la prédica odiosa de Menéndez Pelayo y del franquismo; la derecha, no pocas veces acomplejada, guardó la bandera y mientras los nacionalismos catalán y vasco se convertían cada vez en más arrogantes, el nacionalismo quedó limitado a grupúsculos sin peso social alguno. No existe nacionalismo español desde hace décadas y, seguramente, es mejor que así sea. Sin embargo, sigue resultando indispensable el acometer una tarea frustrada durante siglos, la de articular una nación de ciudadanos libres e iguales, en la que todos, a izquierda y derecha, tengan cabida y sientan el orgullo de saludar la enseña nacional.

Motivos para una fiesta
Kiko Méndez-Monasterio www.gaceta.es 13 Octubre 2013

Hoy es fiesta porque existe España a pesar de nosotros y hay que soplar las velas.

Si me quieres insultar, llámame cosmopolita, como avisaba Cernuda. Y sin embargo a veces nos cuesta trabajo hasta pronunciar el nombre de España, y se hace con el susurro quedo de una voz prohibida, mirando alrededor por si alguna cara hostil nos obliga a una excusa avergonzada. Es cierto que a menudo la han manoseado en exceso, y que igual ha servido como argumento para conquistar un mundo que como anzuelo de una banda de estafadores. Pero no alimentemos nuestra soberbia al disculparnos por los pecados que creemos que en su nombre se han cometido, porque en realidad son hazañas que no nos pertenecen. Queda tan ridículo como adoptar la pose de humilde anfitrión cuando eres el más miserable entre los invitados.

Hoy es fiesta porque existe España a pesar de nosotros, y no puede haber nada malo en acercarse a la tarta para ayudar a soplar las velas, levantando por un momento la mirada que desde hace tanto yace en las miserias del siglo. Cosas más absurdas se celebran todos los días con grandes alharacas, y aunque el patriotismo sea una virtud tan desusada –porque sale carísimo ejercerla– qué equivocados los que piensan que se puede extinguir sólo porque un par de generaciones han salido defectuosas. Si eso fuera suficiente para liquidar la nación ya seríamos sarracenos o franceses, o peor, como llanitos patéticos queriendo ser británicos. Y al que no le guste que se opere, porque queda España para rato. Emilio Romero se ponía solemne –quizá demasiado– para decir algo parecido al jurar bandera: “Sí, juramos, no perecer bajo ninguna bota,/no sucumbir bajo ningún tirano,/ no jurar ante Dios su ley en vano,/ no aceptar una España pobre y rota. / Y si por nuestra culpa vence la derrota, que Dios nos deje siempre de su mano.”

Y Unamuno –ese católico en rebeldía que hacía del españolismo su religión– hasta le negaba a la divinidad el poder para desentenderse de lo nuestro. Cuentan que el último día de 1936 el vizcaíno recibía en su casa de Salamanca a un amigo pesimista, que se quejaba de que Dios se había olvidado de nosotros. “Dios no puede hacer eso –repuso el vizcaíno contra toda teología, y luego añadió:– España se salvará porque tiene que salvarse”. Poco después expiraba, probablemente contento de haberle prohibido algo al Altísimo antes de acudir a su llamada.

A veces hay que recurrir a ese elaborado argumento unamuniano para conservar la esperanza. Y a su carácter del demonio para que nuestra voz no se convierta en un susurro cobardón y amedrentado.

Hay España
IGNACIO CAMACHO ABC  13 Octubre 2013

Sin grandilocuencia retórica ni postureo de musculatura política, el Estado ha enviado un explícito mensaje de cohesión

ESPAÑA, esta vieja nación tan habituada a pelearse consigo misma, ha vivido sus mejores momentos cuando ha encerrado a sus recurrentes fantasmas de discordia. Viceversa, se ha echado a perder cada vez que los españoles han dado en convertirse en sus propios enemigos, cuando la ideología ha suplantado a la patria y cuando han prevalecido las banderas del sectarismo. Aquí se ha querido implantar un patriotismo unívoco y hemipléjico y se han redactado constituciones de medio país contra el otro medio. El éxito de la actual democracia consistió en encontrar espacios comunes para una inmensa mayoría; un territorio político de convivencia frente a la tradición del enfrentamiento civil. Una especie de vacuna moral contra el odio.

Ese patrimonio de unidad sin imposiciones fue ayer el eje de una sencilla y breve reivindicación nacional que el Príncipe esbozó en nombre del Rey que hizo posible la reconciliación democrática de unas Españas fracturadas durante medio siglo. En el día de la fiesta española tocaba mover ficha a un Estado debilitado por la carcoma de la crisis y asaltado por el virus de la ruptura. Sucedió sin exhibicionismos arrogantes, sin esencialismos ni altisonancias dialécticas, en un clima de discreta preocupación responsable. Bajo el amable otoño soleado de la capital, entre el elegante protocolo de alabarderos y tapices, la clase dirigente institucional se juntó en mayor número y con más intensidad emocional que otras veces, con un espíritu de suave desvelo, con una conciencia expectante de estar viviendo momentos delicados que exigen de nuevo aquella mezcla de generosidad, tolerancia y determinación que sirvió para alumbrar un régimen de libertades.

Frente a otros 12 de octubre crispados por el debate, el banderismo y la duda, el de 2013 tuvo un tono de mesura contenida bajo la inquietud de una circunstancia crítica. En Barcelona habían salido muchos miles de ciudadanos a reivindicar una catalanidad española, y desde la capital el Estado envió un mensaje integrador que expresaba con cautela una disposición de resistencia ante los desafíos aventureristas. No hubo grandilocuencia retórica ni artificial postureo de musculatura política; sólo una explícita manifestación de presencia que venía a representar una voluntad de cohesión. Patriotismo constitucional, vocación de concordia, responsabilidad histórica.

En el lenguaje simbólico de la vida pública quedó pronunciado un discurso sin texto: hay España. Una España sin remordimientos sobre sí misma que no está dispuesta a dejarse arrastrar de nuevo a la compulsiva contingencia de los saltos al vacío. Una España que sabe lo que cuestan los devaneos con el destino común. Y una España un poco cansada, en medio de una crisis de modelo social que afecta al futuro de varias generaciones, de tener que debatir en pleno siglo XXI unos problemas que ya eran viejos en el XIX.

Españoles, catalanes, vascos
JOSÉ MARÍA CARRASCAL ABC  13 Octubre 2013

Lo innegable, lo paradójico, es que esos nacionalistas llevan lo español en su código genético

¿SE puede ser catalán ?o vasco, asturiano, aragonés, andaluz, etc., etc.? y español al mismo tiempo? No solo se puede, sino que se es. Todas son modalidades de lo español, que se encarna en ellas sin menoscabarlas. Bien al contrario, las recopila, les da una base, una especie de denominador común que las fortifica. Así han venido funcionando y creciendo juntas a lo largo de los siglos, como un árbol de ancho tronco y ramas frondosas, compartiendo sabia y frutos, sequías e inundaciones, tormentas y carcoma.

Lo estamos comprobando, ante el envite de unos españoles que quieren dejar de serlo. Dicen que no lo han sido nunca, algo incierto, pues muchos de ellos dieron la vida por España. Y aún hoy, sigue habiendo allí gentes que se echan a la calle para proclamar que se sienten españoles, sabiendo que no va a granjearles la simpatía de sus vecinos e incluso puede dañarles profesional y económicamente, por no hablar ya de aquellos a los que les ha costado la vida o una pintada en la fachada de su casa. Al resto, a los que no asistieron a la manifestación de la Plaza de Cataluña y permanecen mudos ante la marea secesionista, nada puede reprochárseles. La democracia no exige héroes ni mártires. Precisamente, se creó para que ni unos ni otros fueran necesarios. Y esa «mayoría silenciosa» catalana y vasca que el Gobierno intenta movilizar seguirá siendo silenciosa si esos gobernantes no hacen nada para que dicha mayoría tenga voz y se sienta protegida. Porque los distintos gobiernos que ha tenido nuestra democracia desde la Transición han estado más interesados en llegar a acuerdos con los nacionalistas que en apoyar a los que allí querían continuar siendo españoles. Sólo cuando esa marea independentista ha tomado el aspecto de tsumani, empiezan ?sólo empiezan? a reaccionar. Que estemos todavía a tiempo de evitar que lo español quede barrido de ambas comunidades es algo que nadie puede garantizar.

Una de las cosas más curiosas en esta lastimosa situación es que el fenómeno se da, no en las regiones que han sido reinos por sí solos ?como Galicia, Asturias, León, Navarra, Aragón o distintas provincias andaluzas?, sino en dos de los territorios hispanos que nunca lo han sido: el País Vasco, que cuando más ha sido fue Señorío de Vizcaya, y Cataluña, que formaba parte de la Corona de Aragón. ¿Tiene algo que ver con lo que algunos historiadores llaman «naciones fallidas», es decir, las que a lo largo de la historia no han logrado cristalizar en Estado propio? Si es así, los nacionalistas vascos y catalanes han elegido el peor momento para agenciarse el suyo: justo cuando los estados nacionales entran en crisis por una globalización que exige su fusión, no su cuarteamiento, como ellos pretenden.

Pero lo importante, lo innegable, lo paradójico, es que esos nacionalistas llevan lo español en su código genético como en su documento de identidad. Les guste o no. Son tan españoles como catalanes o vascos. Lo demuestran, entre otras cosas, en su pertinacia en el error.

‘Gallinas’
¿Por qué se dejan conducir los partidos moderados hacia la polarización?
Enrique Gil Calvo El Pais  13 Octubre 2013

Como ya ocurrió en la Europa de entreguerras, parece que también la crisis actual ha impuesto entre los líderes políticos el d'annunziano vivere pericolosamente, pues últimamente arrecian los grandes hombres que se arrojan con patriótico ardor a jugarse a cara o cruz el futuro colectivo de su país, apostando toda su carrera política al llamado juego del gallina. Ya saben, ese duelo suicida donde dos gallitos arrogantes, como James Dean y Corey Allen en Rebelde sin causa, se desafían a una carrera hacia el abismo para ver quién es el gallina que se retira antes. Es un célebre modelo de la teoría de juegos, afín al análogo dilema de los prisioneros, pero en el que no se puede cooperar y que solo arroja dos resultados posibles: o un jugador se retira y pierde todas sus bazas o las pierden los dos si ninguno se echa atrás. La política española lo suele llamar “choque de trenes” para de-signar un ultimátum o un órdago contra reloj que abre una crisis de confrontación bipolar donde se acaba el tiempo para negociar.

Tres ejemplos. El primero es el desafío de Berlusconi a Enrico Letta, al que amenazó con acabar con su Gobierno si no se suspendía su condena de inhabilitación. Letta aguantó el pulso y Berlusconi hubo de retirarse ante la deserción de los suyos, perdiendo la partida para siempre. Los otros dos ejemplos están pendientes de resolver. Uno es el desafío del partido republicano (GOP) contra el presidente de EE UU, al que amenaza con provocar su default si no acepta suspender la aplicación de su nueva ley de sanidad (el Obama Care). El otro es el desafío del soberanismo catalán contra el Gobierno, al que amenaza con convocar el año que viene un referéndum de autodeterminación si no acepta legalizarlo antes como derecho a decidir. Y el paralelo entre ambos ultimatos queda reforzado por dos factores coincidentes. En ambos casos interviene el poder de veto de la mayoría parlamentaria: la del GOP estadounidense, que se resiste a desbloquear el presupuesto de Obama, y la del PP, que se niega a autorizar la consulta catalana (pese al ejemplo escocés y quebequés). Y en los dos casos ambas partes han impedido que surjan terceras vías para encarrilar así el juego hacia su trágica confrontación bipolar.

Y ante la inminencia del choque, cabe preguntarse cómo se ha podido llegar hasta ese punto de no retorno. Se puede entender que los radicales del Tea Party o de ERC defiendan el maximalista todo o nada, dado que para ellos se cumple la máxima de “cuanto peor, mejor” pues la catástrofe colectiva les carga de razones para desestabilizar el sistema. Pero parece mucho menos comprensible que los moderados del GOP o de CiU (el partido del mundo de los negocios en sus respectivos países) acepten sumarse a semejante ultimátum que solo conduce a la autodestructiva política del abismo. ¿Acaso no sería más lógico que en lugar de caer en la confrontación bipolar buscasen el acuerdo consociativo, como ha hecho el PNV en Euskadi al alcanzar un pacto fiscal con sus adversarios del PSE y el PP vasco?

Y en el otro bando se puede decir lo mismo. ¿Cómo se entien-de que ni Obama ni Rajoy hayan sabido evitar la caída en la trampa del juego del gallina? ¿Por qué se dejan conducir los partidos moderados, habitualmente interesados en el acuerdo transversal consociativo, hacia la polarización antagónica? Este amor al peligro podría entenderse como una estrategia de negociación, que usa como amenaza el maximalismo de un social radical, como el Tea Party o ERC, para intimidar al adversario forzándole a retirarse. Y por esta razón se excluye la opción de tercera vía. Todo bajo la esperanza de ganar tanto si el rival cede dándose por vencido como si acepta el reto y porfía en la escalada, lo que reforzará la credibilidad del abismo amenazador que constituye su base negociadora.

Pero el mismo cálculo se hace el otro jugador, al pensar que un moderado que se disfraza de radical va de farol. Por eso acepta el envite y entra en el juego de ver quién aguanta más, bajo la misma esperanza de que su adversario no pueda sostener el pulso y tire la toalla. Mientras, el tiempo corre y el abismo se aproxima, lo que incrementa la amenaza ante la inminencia del choque. Y al ascender la tensión llega un momento en que la correlación de fuerzas entre radicales y moderados invierte su signo, quedando estos en poder de aquellos. Entonces los negociadores se quedan sin incentivos que ofrecer y los maximalistas imponen su exigencia de todo o nada. Y el juego del gallina se convierte en una profecía apocalíptica que amenaza con cumplirse a sí misma.

Cataluña y su encaje en esa gran nación enferma que es hoy España
Jesús Cacho www.vozpopuli.com 13 Octubre 2013

“No me cabe ninguna duda de que durante aquellos dos días de agosto (de 1939), Inglaterra tuvo la posibilidad de evitar la crisis, y con ella el peligro de una guerra, haciendo una llamada a Varsovia. Y el hecho de que el Gobierno británico no lo hiciera demuestra de una manera evidente que Inglaterra estaba decidida a ir a la guerra”. El párrafo pertenece a las memorias de Joachim von Ribbentrop, ministro de Asuntos Exteriores del III Reich, redactadas poco antes de ser ajusticiado como criminal de guerra en cumplimiento de la sentencia dictada por el tribunal de Núremberg. “Ellos –un fantasmal grupo de conjurados alemanes que estarían intentando derrocar a Hitler- sabotearon todos nuestros esfuerzos, especialmente los que hicimos durante aquellos dos días de agosto para llegar a una solución pacífica del conflicto, y ellos fueron seguramente quienes acabaron de decidir la voluntad militar de Inglaterra”.

Lo terrible del pasaje transcrito es que para un hombre que estaba a punto de morir en la horca, la culpa de la invasión de Polonia y del inicio de un conflicto que se llevó por delante decenas de millones de vidas y causó estragos sin cuento, no fue de la Alemania nazi, no de la paranoia asesina de Adolf Hitler, sino de la Gran Bretaña, y ello porque, para el ministro de Asuntos Exteriores nazi, Londres se negó a pedir al Gobierno de Varsovia que se pusiera de rodillas ante el dictador. Londres no solo no hizo eso, sino que honró los pactos suscritos con Polonia declarando la guerra a Alemania en cuanto, al amanecer del 1 de septiembre de ese 1939, el invasor holló suelo polaco. La estrategia del victimismo y la tergiversación de la realidad ya le había funcionado a Hitler con ocasión de la crisis de los Sudetes, que supuso el principio del fin de Checoslovaquia. El miedo a la guerra llevó entonces al primer ministro Neville Chamberlain a aceptar en Múnich una solución que no hizo otra cosa que dar alas al monstruo. “Por evitar la guerra habéis aceptado el deshonor; tendréis guerra y deshonor”, en célebre frase de Winston Churchill.

Las memorias, aunque mejor cabría decir la desmemoria, de Von Ribbentrop es un ejemplo sublime a la par que siniestro de cómo la perversión del lenguaje puede servir para distorsionar la realidad hasta el punto de convertir al agredido en agresor. “Había pasado mucho tiempo desde 1911, y otro mortal peligro volvía a amenazarnos partiendo de la misma nación. De nuevo desenvainábamos la espada para defender a un Estado débil contra una agresión no provocada. Otra vez peleábamos por el honor y la vida contra el poder y la furia de la disciplinada e implacable raza germánica. ¡Otra vez!”. El párrafo pertenece a las “Memorias” de Churchill, en los primeros dramáticos meses de la segunda guerra mundial, cuando “la vieja Inglaterra, pacífica y mal preparada, pero indómita y presta a la llamada del honor”, le encargó hacer frente al mortal peligro que se avecinaba.

Ellos son el todo. Ellos son Cataluña. Quien no es nacionalista es por tanto anti catalán
Casi 75 años después de aquella tragedia, también ahora estamos viviendo, mutatis mutandis, uno de esos episodios en los que la manipulación, la tergiversación del lenguaje al servicio de una ideología ha alcanzado ese grado de perversión moral capaz de volver la realidad del revés como un calcetín para, arrollada la razón por la fuerza del sentimiento, hacer pasar al agredido por agresor, al ofendido por ofensor. Alguien dijo que todo abuso de lenguaje es un abuso de poder, y que el que es capaz de engañarte con juegos de palabras, es capaz de robarte la cartera y hasta la vida. El nacionalismo catalán ha ganado la batalla del lenguaje ante la desidia del Gobierno central y de las elites de la centralidad. Como antes hiciera el nacionalismo vasco, la táctica ha consistido en tomar la parte por el todo. Ellos son el todo. Ellos son Cataluña. El mensaje subliminal es sencillo: quien no es nacionalista es anti catalán, aunque también cabe la posibilidad de que sencillamente sea un traidor.

“Recuerdo con especial agrado a un compañero de clase en el instituto Fichte, distrito de Berlín-Wilmersdorf”, cuenta Marcel Reich-Ranicki en “Mi Vida” (Galaxia Gutenberg). “Era amable y, a pesar de simpatizar con las Juventudes Hitlerianas, se comportaba correctamente con los judíos. Cuando lo volví a ver después de la guerra, me contó que en 1940, cerca de la estación de Stettin, había visto a nuestro compañero T. en medio de una gran fila de judíos conducidos y vigilados por la policía. Tenía un aspecto deplorable: `pensé que a T. le resultaría muy penoso que le viera en un estado tan lamentable. Me sentí incómodo y miré rápidamente para otro lado´”. También ahora en Cataluña millones de personas miran para otro lado, guardan silencio –empezando por los grandes empresarios-, se esconden. Parecen aturdidos por el ruido, the sound and the fury, el fragor de la implacable campaña de tergiversación de la Historia, con los medios de comunicación –TV3 a la cabeza- alineados en primera posición de saludo, firmes como todo subvencionado. La mayoría silenciosa parece perdida, perpleja al comprobar que el Estado ha abdicado de su obligación de proteger en su propio país a quien no piensa en nacionalista, de hacer cumplir la ley en todo el territorio. Solo ayer, y muy tímidamente, esa mayoría silenciosa se atrevió a asomar la cabeza en Barcelona.

Consolidar las conquistas antes de que España despierte
La batalla se perdió hace tiempo. Y desde entonces la marea no ha dejado de crecer imparable, implacable. No hay foro donde las disciplinadas huestes del secesionismo no desgranen el memorial de ofensas infligidas a Cataluña por el centralismo español. Madrid ens roba. El viernes supimos que Artur Mas ha puesto a trabajar a su Gobierno en la preparación de un “dossier de agravios” del Gobierno central para con Cataluña. En una carrera contrarreloj, las distintas consejerías recopilan estos días las vicisitudes de sus respectivas áreas para incorporarlas al redactado final, con el fin de utilizarlo como arma para convencer a los indecisos del “maltrato” que sufre Cataluña. Será una especie de catecismo, de libro sagrado del que el nacionalismo deberá tirar en los próximos meses para justificar el camino hacia la independencia.

Uncido al yugo de ERC, Mas está obligado a poner fecha a la celebración del referéndum y concretar la pregunta del mismo antes de fin de año. Pero su socio Junqueras, sabedor de que el de CiU pueda flaquear o incluso dar marcha atrás en el último minuto, tiene previsto volver a sacar a sus fieles a la calle en una especie de Diada 2, según decía aquí el viernes Federico Castaño, para mantener viva la llama de la movilización ciudadana y obligar al President a cumplir sus compromisos. Para los líderes de la “revolución” nacionalista el tiempo es oro. Hay que consolidar las conquistas y hacer imposible la vuelta atrás antes de que una eventual vuelta al crecimiento económico, una recuperación de las constantes vitales de esa gran nación enferma que es hoy España, triste y desencantada hasta parecer muerta, mande al traste las ensoñaciones de esa minoría radicalizada que, tras años de adoctrinamiento contra el opresor, de manipulación del lenguaje, y de dejación dolosa por parte de los sucesivos Gobiernos centrales, ha logrado conducir por la senda de Hamelin de la ficción de Estado propio a buena parte del electorado catalán. Es ahora o nunca.

Es el drama de una región siempre rica e industriosa que ahora cabalga con el brazo atado
Y lo es con desprecio de las necesidades reales de la gente, de las preocupaciones diarias de millones de ciudadanos que, sin ser nacionalistas, asisten estupefactos a una deriva que nadie parece capaz de parar con la fuerza de la sensatez. Como resultado de la ensoñación identitaria, Cataluña ha perdido buena parte de su liderazgo económico en los últimos ocho años, desde el PIB a la inversión pasando por el consumo o el empleo. Un informe de Convivencia Cívica de Cataluña, desgranado aquí el jueves por Antonio Maqueda, detalla 10 indicadores que revelan cómo la economía catalana ha empeorado en comparación con el resto de España, en gran medida a cuenta de la incertidumbre introducida por el deterioro del marco institucional y regulatorio impuesto por el nacionalismo. Entre 2005 y 2012, el PIB per cápita de Cataluña engordó un 12%, pasando de los 23.277 a los 26.134 euros. En cambio, tanto la media española (pasó de los 19.266 a los 22.289 euros), como la de Madrid (saltó de los 25.202 a los 28.998 euros), avanzaron en un 15%. Y no hay balanzas fiscales que valga, como han demostrado numerosos autores, alguno tan brillante como Antoni Zabalza (“Francamente, a la vista de estos números, es difícil ver dónde está el expolio fiscal del que tanto se habla”).

Conviene no olvidar que crisis económica y nacionalismo rampante fueron las palancas que hicieron triunfar a los totalitarismos que en el pasado siglo provocaron muerte y desolación por doquier. Hace ya tiempo que, con motivo de la elaboración del nuevo Estatuto catalán tan absurdamente apoyado por esa desgracia nacional apellidada Rodríguez Zapatero, escribí que lo que Cataluña necesitaba no era más autonomía sino más libertad. El aserto vuelve a ser una realidad deslumbrante años después, hasta haberse convertido en una evidencia que solo las anteojeras del mesianismo independentista es incapaz de ver. El de Cataluña y de España es un problema de calidad democrática. Es el drama de una región siempre rica e industriosa que ahora cabalga con el brazo atado a la espalda de una minoría, una elite extractiva –una de las más corruptas de España, que reclama independencia pero pone a buen recaudo su dinero en Suiza- empeñada en implantar un marco institucional y regulatorio enemigo de la actividad privada y de la libertad.

Una Cataluña abierta en una España igualmente abierta
Este es el único gran reto que merecería la pena abordar a aquellos ciudadanos cultos de Cataluña y España preocupados por la pobre calidad de nuestra democracia y el futuro de las nuevas generaciones: la necesidad, más bien la obligación moral, de trabajar por una Cataluña abierta en una España igualmente abierta, vale decir radicalmente democrática, lo que equivale a decir empeñada en la separación efectiva de poderes, reñida con la corrupción institucionalizada, con el clientelismo y con la violencia; una sociedad que garantice la igualdad de oportunidades pero reconozca el valor del esfuerzo y el talento individual; una sociedad de hombres libres capaces de asumir sus responsabilidades y de trabajar y prosperar sin la interferencia de un Estado mastodóntico; una sociedad tolerante, que viva y deje vivir… Este es el único ideario que debería movilizar a los demócratas catalanes y españoles, y concitarlos para acabar con el aventurerismo de esas elites corruptas que en el fondo solo pretenden seguir haciendo de su capa un sayo sin que un juez descontrolado en Madrid o en Mataró pueda meterlos un buen día en la cárcel.

Nadie en su sano juicio puede mantener que Cataluña es un sujeto de derechos similar a La Rioja
Llegados a este punto es obligado reconocer que Barcelona y Madrid están condenadas a entenderse, que Cataluña debe encontrar justo acomodo en el cauce de una España mejor, más democrática, menos áspera, en el marco de esa regeneración que tantos millones reclaman hoy a gritos. En el fondo, el “problema catalán” (o al menos su virulencia actual) no es sino una manifestación más de la gran crisis española, crisis de agotamiento de modelo, crisis del régimen salido de la Transición. En tanto en cuanto se aborde ésta, surgirán esperanzas razonables de resolver aquélla. El conflicto es malo para ambas partes. La confrontación resta futuro tanto a unos como a otros. Urge el acuerdo, aunque no pueda, no deba parecerse en nada al viejo y caduco appaisement del que presumió Chamberlain cuando, a su vuelta de Múnich, aseguró solemnemente que Hitler “había perdido el autobús”. Imperio de la Ley, primero. Respeto a la Constitución del 78 aprobada por una amplia mayoría de catalanes y españoles. Y búsqueda, después, de soluciones para las justas reivindicaciones de una tierra que reclama el reconocimiento de su hecho diferencial, porque nadie en su sano juicio puede hoy mantener que la comunidad autónoma de Cataluña es un sujeto de derechos similar a la de La Rioja.

En este sentido, la respuesta dada por los barones del PP a la iniciativa –pactada en secreto con Moncloa- de Sánchez-Camacho no ha podido ser más desalentadora. Los errores de Madrid han sido muchos y muy largamente sostenidos en el tiempo. Esta batalla, que no es otra que la de la concordia y diseño de un futuro común cimentado sobre la arquitectura de un país respetuoso con la Ley y generador de riqueza, no se ganará apelando a la testosterona, no se ganará con las vísceras, sino con él diálogo, el talento y, sobre todo, la razón. Falta por saber si España, tan poco afortunada con su clase dirigente, una España que en los últimos 10 años ha sufrido un “abismal problema de liderazgo”, en palabras de Jesús Fernández-Villaverde, va a saber afrontar ese reto con solvencia, va a ser capaz de encontrar la energía moral y el patriotismo cívico necesario para encajar el puzzle español de una vez por todas.

En defensa de La Rioja
Nota del Editor 13 Octubre 2013

A ver si nos enteramos, todos somos diferentes, sólo hay que mirarse las palmas de las manos para ver la diferencia. Pretender a estas alturas que Cataluña es un sujeto de derechos superior a La Rioja es una gilipollez mayúscula. Cataluña no puede tener derechos ni obligaciones, quienes tienen derechos y obligaciones son los ciudadanos que además según reza la Constitucíón Española, aunque sea una mentira tambien mayúscula, somos todos iguales ante la ley. Estamos llegando a una situación kafkiana, cuanto más gritan mas derechos quieren concederles por encima de los demás.

? Quien debe tener derechos superiores, el que vive en Cataluña y no sabe la lengua regional, o el que la sabe, o el que ha nacido allí, o el que trabaja por allí o el que compra productos distribuidos por empresas afincadas allí, o el que se compromete a inocular la lengua regional a los hijos de los demás ?

Ser catalanes en España
Editorial La Razón 13 Octubre 2013

El mensaje expresado ayer en Barcelona por miles de manifestantes fue sencillo, claro y de un civismo ejemplar: queremos ser catalanes y españoles. Con ese mismo lema se han construido los años más prósperos y libres de Cataluña. Muchos de los asistentes insistían en que esa expresión llena de «seny» no debería ser noticia y habría de convertirse en normal. Y no hay mayor normalidad de vivir en tolerancia sin necesidad de pedir en la calle lo que está escrito en las leyes: que se tenga en cuenta que Cataluña no puede ser constreñida por un Gobierno nacionalista. Sin duda, resuenan las palabras expresadas por el presidente Adolfo Suárez hace treinta y siete años: «Elevar a la categoría de normal lo que a nivel de calle es plenamente normal».

En la cita de ayer hubo más manifestantes que el año anterior, en contra de aquellos que auguraban con desdén y soberbia que a España sólo la podían defender cuatro trasnochados. Sin duda, no se referían a la España constitucional que ha permitido unas cotas de autonomía impensables en cualquier país de Europa. No fue así, ni sirvió la estrategia de intoxicación de decir que el 12 de octubre sólo convocaría a un reducto de la extrema derecha. La convocatoria fue importante y, por encima de los números, hay que destacar dos hechos: el respeto a las instituciones democráticas y la pérdida del miedo a expresar que Cataluña es plural.

Se ha roto una frontera custodiada por una idea largamente cultivada: quien no aceptaba el ideario nacionalista en algunas de sus variedades e intensidades –ahora es el discurso victimista y falso del expolio– estaba fuera del sistema. Secuestrados por esta idea maniquea, los dirigentes socialistas del PSC no acudieron a la manifestación, optando por seguir participando en un proceso soberanista rechazado por sus propias bases. Si la convocatoria de manifestación ha tenido más eco es por la alarma social que ha provocado el proyecto separatista encabezado por la primera autoridad de Cataluña y su uso desleal de las instituciones así como la irresponsabilidad de dividir a los propios catalanes. Artur Mas debería tener en cuenta al conjunto de la sociedad, porque Cataluña es plural y toda construcción nacional basada en la exclusión de una parte de sus ciudadanos sólo llevará a la fractura social, de la que empieza a haber signos alarmantes.

Es sintomático que lo que ayer se expresó no se diferencia del catalanismo moderado e integrador: ser catalán es una forma de ser español y es en el ámbito de la Constitución y el Estatuto de Autonomía donde se respeta la propia identidad bilingüe. Mientas las «senyeras» desaparecen de la iconografía independentista, ésta aparece en manifestaciones como las de ayer. Hoy en día, el mayor enemigo de Cataluña es el nacionalismo. Como apuntó ayer el Príncipe de Asturias: «Es un día para celebrar lo que nos une, recordar nuestra historia milenaria y valorar lo mucho que hemos conseguido juntos».

Delegación de Gobierno: 105.000 personas
La sociedad civil asume la defensa de España y la libertad en Cataluña
El éxito de la manifestación ha sido tan evidente que la guardia urbana -que el año pasado hablaba de 6.000 personas- ha dado 30.000 asistentes.
Libertad Digital  13 Octubre 2013

Éxito rotundo de la concentración por el Día de la Hispanidad convocada en la Plaza de Cataluña. Miles de personas se concentraron este mediodía en Barcelona a favor de la convivencia y de la unidad de España, mostrando así su rechazo absoluto al desafío separatista de Artur Mas.

Desde principios de la mañana se ha podido ver la Plaza llena hasta la bandera. Y nunca mejor dicho, la concentración en la Plaza de Cataluña se ha desarrollado en un ambiente festivo con múltiples banderas españolas y catalanas, bajo el eslogan de la plataforma convocante, "Somos Cataluña. Somos España".
La Guardia Urbana quintuplica las cifras

Tal ha sido el éxito de convocatoria cosechado en la concentración de este sábado en Barcelona, que la Delegación de Gobierno ha doblado la cifra ofrecida en el mismo acto el año pasado. Si la primara convocatoria del 12-O en Barcelona cosechó una asistencia de más de 50.000 personas, en esta ocasión, la Delegación de Gobierno dobla esta cifra y habla de 105.000 asistentes.

Además, llama la atención que incluso la Guardia Urbana -que suele ofrecer cifras a la baja de las convocatorias que no estén avaladas por CiU- ha quintuplicado los cálculos de asistencia del año pasado. Si el año pasado dijo que la asistencia había sido de unas 6.000 personas, en esta ocasión habla de 30.000.

La concentración se ha desarrollado en un ambiente plenamente festivo y sin incidentes. Familias y grupos de amigos han disfrutado de una jornada soleada en la que la Plaza de Cataluña se ha llenado de banderas de España y de Cataluña. También se han visto numerosas banderas europeas y banderas españolas con la paloma de la paz dibujada en el centro. Otros asistentes llevaban pancartas en las que podía leerse "la cadena de nuestros abuelos rodea toda España", en alusión a la cadena independentista de la Diada y al origen que la mayoría de los catalanes tienen de todas las partes de España.

Algunos de los asistentes han destacado que esta manifestación deja claro que "la gente empieza a perder el miedo". El éxito ha sido tal que ni siquiera la contramanifestación aprobada por la Consejería de Interior convocada para este mismo sábado a escasos 200 metros de la Plaza de Cataluña ha derivado en incidentes -gracias a un cordón policial instalado entre ambas concentraciones-.
Un éxito que "ha sorprendido muchísimo"

El columnista y colaborador del grupo Libertad Digital, José García Domínguez, destacaba desde la intersección entre el Paseo de Gracia y la Plaza de Cataluña el éxito "enorme" de convocatoria. Un éxito que "suena a tópico, pero ha sorprendido muchísimo".

En el Paseo de Gracia se ha podido ver una gran bandera con los colores de la enseña nacional y también de la catalana hermanados en una sábana de unos cien metros por 150.

Cientos de catalanes se han acercado a la Plaza de Cataluña para celebrar libremente su sentimiento de ciudadanos españoles y catalanes. El periodista José García Domínguez se ha mostrado categórico, "si el año pasado el constitucionalismo nacional en Cataluña salió del armario, este año esto sí que es la mayoría silenciosa".

Plana mayor del PP y Ciudadanos
Entre los asistentes, que lucían banderas catalanas, españolas y europeas, estaban la plana mayor de PP y Ciudadanos, encabezados por sus respectivos líderes, Alicia Sánchez-Camacho y Albert Rivera, así como la mayoría de los diputados de ambos grupos en el Parlament, del PP en el Congreso y concejales, además del eurodiputado popular Alejo Vidal-Quadras y el secretario general del PP vasco, Iñaki Oyarzábal.

Sánchez-Camacho ha recalcado que, por encima de todo, hay que estar unidos frente al reto independentista. "Yo quiero dejarle a mis hijos una Cataluña dentro de España. "Se me ha acercado una persona y me ha dicho, 'soy socialista, pero antes del socialismo está España'".

Por su parte, para Albert Rivera la concentración "ha corroborado que Cataluña es España". Y es que tras el éxito de la concentración vivida en la "segunda capital de España", Albert Rivera ha anunciado que volverán a convocar una próxima concentración el próximo día 6 de diciembre, Día de la Constitución. "Hay que perder el miedo, se ha acabado el tiempo del silencio".

En declaraciones a los informativos de esRadio el alcalde Badalona Xavier García Albiol ha destacado que la concentración de este 12 de octubre en Barcelona demuestra que "somos la mayoría los que nos sentimos profundamente catalanes y españoles". Además, ha dicho que "no entendemos la catalanidad sin que Cataluña siga formando parte de este proyecto que es España".

El portavoz de "Somos Cataluña. Somos España", José Domingo, también en declaraciones a esRadio ha dicho que la concentración de esta Fiesta Nacional "ha sido un éxito. La plaza de Cataluña se ha desbordado". Además, ha añadido que "ha quedado demostrado que en Cataluña hay mucha gente, muchos jóvenes, que se sienten catalanes y españoles".

Alejo Vidal Quadras ha asegurado que un Estado catalán "no contaría para nada en el mundo y estaría económicamente arruinado". Además, el eurodiputado ha señalado "que el pueblo de Cataluña ha mostrado este sábado bastante lo que piensa de su confusión mental", recordando que cuando el presidía el PP catalán, el PSC contaba con 40 escaños.

Y es que Vidal Quadras ha pedido a los socialistas catalanes que reflexionen profundamente sobre su actitud ante el desafío independentista. Por último, el antiguo líder catalán ha celebrado que el acto acontecido en la Plaza Cataluña desmienta que "el independentismo es hegemónico en Cataluña".

Izquierda y Nacionalismo
Nuestro especial lugar en el mundo
José Bastida Libertad Digital 13 Octubre 2013

En aquellos tiempos en los que no se ponía el sol en el Imperio, la época de los Austrias, no se permitiría que a unos pescadores les destruyeran su hábitat natural de faena con esa arrogancia de la que hace gala Gran Bretaña en sus múltiples y rentables colonias, ni tampoco se aceptaría que una casta privilegiada, sectaria y corrupta como la nacionalista catalana, lanzase un órdago independentista tan falso y antidemocrático que produce sonrojo intelectual y vergüenza ajena. Pero vivimos en un país-nación-estado tan indefinido, regido por un desorientado Borbón y gobernado por un primer ministro cuya insoportable levedad se ve acuciada ahora por su extesorero, que no hay arrestos para interpretar la realidad política y social con determinación; haciendo ver al planeta y a los mismos españoles que son herederos de una historia tan digna o más que la de cualquier potencia europea.

Gestas como la de Blas de Lezo en Cartagena de Indias o la de Núñez de Balboa, descubridor del Pacífico -que se conmemoran este otoño- confirman nuestro especial lugar en el mundo. (Nietzsche definió a los españoles como "esos hombres que querían ser demasiado", una frase genial que retrata el genio hispánico).

Afortunadamente ya no es tiempo de cañones, aunque siguen los corsarios de guante blanco. La actual clase política española, heredera de la patrañera Transición, no ha querido ni ha sabido mantener ni solemnizar los referentes históricos que servirían de base emocional para afrontar con rigor los desafíos del presente, conjurando así los actuales complejos y supercherías que sufre este Estado de taifas, dominado en todos sus resortes por la ideología frentista de la izquierda y amparada ésta por unos nacionalismos periféricos paranoicos.

Así está configurada hoy la nación más antigua de Europa, cuyo proceso de demolición ya es una realidad de hecho por culpa de la dejación de los poderes del Estado del deber constitucional de preservar la unidad, razón última de la prosperidad económica, igualdad social y libertades civiles.

Ya es tarde para todo porque la traición y la frivolidad política de la izquierda, cada vez más asilvestrada debido a sus compañías nacionalistas, ansiosa de poder a toda costa (conserva intacta la infame tradición leninista) no tiene retorno. Desde los años sesenta, los movimientos de izquierda, es decir, los socialistas, los comunistas, el nacionalismo vasco proetarra y "el de las nueces" además del pancatalanismo transversal inspirador de los movimientos pedagógicos liberticidas en todo el Estado, han modelado una sociedad sumisa a sus proyectos totalitarios, cada vez más próximos al socialismo chandalero castrista.

Su batalla por lo "público" es una reacción a cualquier planteamiento de progreso en las libertades y la riqueza de la nación. Están instalados en la estructura del Estado, controlando la educación, la sanidad, la seguridad, la comunicación y todos los estamentos imaginables para dar muy pronto el paso definitivo a través de las urnas e instaurar el racionamiento soviético en todos los ámbitos de la vida de los ciudadanos: tanto en lo emocional como en lo económico. Eso sí, toda la casta político-funcionarial adicta vivirá con privilegios “a lo Siboney”.

Los nacionalistas vascos y catalanes, por su parte, diseñarán un modelo muy similar pero en vez de colocar en las escuelas fotos del sicópata Che Guevara colgarán al racista Sabino Arana o a cualquier reyezuelo inventado por la imaginería del "Omnium Cultural". (En Galicia, aún se practica el "sentidiño” pero el furor nacionalista en la educación conseguirá cotas idénticas al paisaje definido más arriba. Feijóo, mientras, se conforma con ponerse de perfil, un rasgo muy propio de todo el PP, un partido en el que la mayoría de los españoles había depositado sus esperanzas para que los valores liberales de la civilización occidental fueran preservados. Un craso error, sólo preservan su estatus).

Todo este nuevo paganismo, es decir, la corrección política izquierdosa y la carcundia progre que todo lo invade con sus promesas de vivir todos de "lo público", amenaza lo poco que queda de la libertad, la propiedad y el trabajo. Sólo nos queda el optimismo de Chesterton, quien decía refiriéndose a la izquierda: “estos estoicos paganos siempre fracasan debido a su fortaleza”. Son fuertes por su frialdad ante los sentimientos de sus semejantes y de ahí puede venir su derrota. Los españoles deben demostrar en estos tiempos tan delirantes que son “esa gente que quiere ser demasiado”. Por eso descubrimos el Pacífico y derrotamos en Cartagena de Indias a la mayor Armada que vieron los siglos.

Un éxito absoluto
Silencio, nunca más
"Hoy fuimos decenas de miles. Pero el Día de la Constitución volveremos. Y seremos muchísimos más".
José García Domínguez | Barcelona Libertad Digital 13 Octubre 2013

Ha sido la mayor manifestación constitucionalista nunca celebrada en Cataluña. Un éxito absoluto. Si la del año pasado supuso la salida del armario de la disidencia frente al pensamiento identitario único, la de este sábado ha certificado el final del silencio institucionalizado. "Silencio, nunca máis" podía leerse en una de las pancartas que portaban los concentrados. Un enunciado que sintetiza con lacónica precisión el hastío de esa otra mitad de Cataluña, la que se quiere invisible y muda, ante el afán uniformizador del poder nacionalista . En el resto de España, como en cualquier democracia liberal, del que piensa distinto se dice que es un adversario. En Cataluña, en cambio, se le presume un enemigo de la pàtria. Quien no esté con ellos, pues, está contra Cataluña. Binario, elemental, maniqueo, el catalanismo realmente existente es así.

De ahí escenas tan inimaginables en cualquier lugar civilizado como ésa de la presidenta del Parlament, Núria de Gispert, gritando "¡Márchense! ¡Márchense!" a los diputados de Ciudadanos y PP. Diputados que acababan de ser injuriados por un atrabiliario antisistema en camiseta ante la mirada complaciente de la tercera autoridad de la Comunidad. Imposible, por lo demás, comprender la dimensión trasgresora de una concentración como la de la Plaza Cataluña sin considerar esa vigilancia constante de los guardianes de las esencias frente a los desvíos de la ortodoxia tribal. Una paranoia, la de los micronacionalistas, que ha terminado por anular el eje izquierda-derecha, el que hasta ahora había operado como factor discriminante en todos los mapas de posicionamiento político. Así, desde que Artur Mas abrió la caja de Pandora del independentismo, la variable decisoria única es la que marca las lindes que separan a constitucionalistas y secesionistas. Lo demás ya no importa.

Apenas terminada la manifestación, los programadores de Matrix, esa legión de ingenieros de almas encargados de fabricar a diario la realidad virtual para consumo de los encadenados y demás proles, se lanzaron a la búsqueda obsesiva de la estampa de algún ultra folclórico a fin de desacreditar el acto. Tan útil siempre, la caricatura recurrente de Martínez el Facha les servirá para tapar una evidencia incómoda, a saber, la presencia clamorosa de miles de votantes y militantes del PSC entre los concentrados en defensa de la españolidad de Cataluña. Pero como el dinosaurio del cuento de Monterreso, los socialistas de a pie estaban allí. Por eso hay que seguir en la calle, recuperando el foro del que llevan treinta años queriendo expulsar a los heresiarcas. Hoy fuimos decenas de miles. Pero el Día de la Constitución volveremos. Y seremos muchísimos más. Porque esto solo acaba de empezar. Aún no habéis visto nada, companys.

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La Cataluña silenciada
Exhibición de dignidad el 12-O
Una representación de la mayoría silenciada abarrota el centro de Barcelona.
Pablo Planas | Barcelona Libertad Digital 13 Octubre 2013

Doce de Octubre. Decenas de miles de personas se concentran en la Plaza de Cataluña, en el centro de Barcelona. Se celebra una fiesta, la Fiesta Nacional, y todo está lleno de banderas: de España, de la Unión Europea y de la de las cuatro barras sin estrella, esa que hasta hace unos meses era la senyera de todos los catalanes. Familias al completo, mayores, jóvenes, de mediana edad, niños y bebés. Gente corriente a mansalva, como a la salida de un Barça-Madrid o viceversa. Según la Guardia Urbana del alcalde Xavier Trias, treinta mil personas. El año pasado, la policía local dijo que sólo hubo seis mil. La Delegación del Gobierno eleva la asistencia hasta las 105.000 personas; cincuenta mil apuntó el año pasado. La organización del acto dobla la apuesta y habla de más de 150.000 personas. Pero eso es lo de menos, porque lo de este sábado no era un acto de masas sino un despliegue de dignidad.

A bote pronto, cien mil personas no son un millón y medio de indepedentistas, que es la cifra redonda que la Generalidad acuñó en la última Diada. Con estos cálculos, la plataforma "Som Catalunya, Somos España" sólo habría metido el tanto del honor en una goleada de escándalo de los independentistas. Pero esto de Cataluña, si fuera un partido de fútbol tendría mucho más que ver con el de la película Evasión o victoria (futbolistas alemanes contra prisioneros aliados) que con un hipotético España-Cataluña. Meterle un gol propagandístico a la Generalidad, a su aparato mediático y a sus organizaciones satélites es como si el Alcoyano le clavara cinco al Barça de Guardiola, pero en el Camp Nou.

En cuanto a la organización del acto, un desastre. Allí no había manera de formar ni una sardana. Mucho menos una cadena humana tan perfecta y sofisticada como la de la Diada. En lo de la Plaza de Cataluña, cada uno iba a su bola, aplaudían cuando querían y agitaban las banderas a su antojo, sin ningún orden ni concierto. De consignas, ya ni hablamos. Casi no hubo y ninguna fue seguida con la unanimidad con la que los independentistas braman "in-inde-independència!". Unos tibios los concentrados ayer, nada henchidos de ardor patriótico. En realidad, toda aquella gente parecía el club de fans de Georges Brassens. Ya saben, aquel que cantaba "La mauvaise reputacion"; la que dice eso de que "en el mundo no hay mayor pecado que el de no seguir al abanderado". A saber si por esa razón casi todos llevaban su propia bandera y tantas diferentes, no sólo en términos de tamaño, tejido y diseño.

Aunque hubieran sido cuatro gatos no se habrían puesto de acuerdo ni para montar una partida de mus. Y menos en consensuar qué hacían allí, qué se pedía o por qué se protestaba. Unos criticaban al nacionalismo, otros la propaganda separatista, algunos se quejaban de todo, otros hablaban hasta de economía y algunos defendían que los niños puedan estudiar en español. De haberse podido alcanzar un consenso, este habría sido el del nombre de la organización, "Som Catalunya, somos España". Esa era la razón común entre gente tan diversa, dispersa y más bien individualista. Esa y la del orgullo paria, la dignidad de los silenciados. En todo lo demás, división de opiniones.

Nada que ver, por tanto, en términos propagandísticos y logísticos, con el acto de la Diada. Si habláramos del "paintball", esas maniobras militares de pega, el equipo independentista le habría pegado una paliza al otro en menos de cinco minutos. Sería como enfrentar a los "seals" contra una partida de librepensadores, una masacre. No obstante, debe tenerse en cuenta que salir por Barcelona con una bandera de España es como ir al campo del Barça con una camiseta de la selección española, algo que sólo se tolera a los turistas con aspecto asiático. Es decir, un acto entre insólito y kamikaze, una locura, el pasaporte directo hacia una reputación nefasta entre los padres del colegio, las vecinas y el cajero del banco, por no hablar de los "funcionaris". Esto es Cataluña. This is Somalilandia. Discurso único y las ideas propias, en casa o entre amigos. Y eso, de momento.

Tal cantidad de disidentes, de heterodoxos y de marginales concentrados en el centro de Barcelona no provocó el más mínimo incidente, a pesar de las prevenciones de las policías local y autonómica, de las advertencias de la Consejería de Interior, del miedo en el cuerpo que atizó la Generalidad ante la avalancha de ultraderechistas que, pregonaban, se darían cita en Barcelona. En realidad, la gente se sonreía, se repartían pegatinas (los corazones con las banderas de Cataluña, España y la Unión Europea), se hacían fotografías, se abrazaban y, sobre todo, se sorprendían de ser tantos, de no ser tan raros, de encontrarse con ciudadanos como ellos, catalanes y españoles, cada uno con sus matices, con sus salvedades, con sus primos en Cuenca, o de Berga de toda la vida. Como si la Cataluña real no fuera un espejismo, como si una parte de la mayoría silenciosa hubiera decidido que tiene derecho a saber, a salir a la calle, a entrar en el campo del Barça con una bandera española para animar al equipo local, a ser escuchados, a decir que ya vale de poner a la gente entre la espada y la pared, que un poquito de por favor tampoco vendría mal. Y todo eso, sin medios, sin propaganda, sin bombardeo informativo, sin preparación y casi sin organización (más allá del esfuerzo brutal de tipos como José Domingo, el impulsor de la plataforma Som Catalunya, Somos España); con los políticos del PP y Ciudadanos en un segundo plano. En suma, una cosa muy extraña, un acto cívico, festivo y familiar, como los otros, pero con más dosis de valentía y como un arrebato de dignidad. Contra el apartheid de quienes no son soberanistas, contra la división de la sociedad, contra las mentiras... Nada que ver con masas, con cadenas ni con números.

La voz recobrada

José Domingo*. La Razón 13 Octubre 2013

Todavía sintiendo el vértigo y la emoción de haber sido testigos y actores de un hito histórico, podemos ya decir, a la vista de los hechos, que la celebración de la Fiesta de España en Barcelona ha sido un éxito indiscutible de participación y un triunfo cívico de la democracia. El discurso disuasorio del miedo, tan intenso en los últimos tiempos, ha fracasado.

Nos sentimos profundamente satisfechos. Los esfuerzos han valido la pena, hemos roto definitivamente no uno, sino decenas de tabúes en la Cataluña del discurso único. Diseñamos un acto abierto a todos los demócratas que entienden España como su Nación y lo hicimos en una plaza emblemática que lleva el nombre de la tierra en la que vivimos y que tanto estimamos. Era, es, imprescindible y necesario que se nos visualice, exteriorizar que lo importante y conveniente es la unión, no la secesión, acallar con la voz de miles de personas las campañas que intentan poner trabas y amedrentar la puesta en la escena democrática de los ciudadanos que se sienten catalanes y españoles. Cataluña es compleja, por lo que quienes pretenden reducirla a los partidarios del proceso o la vía catalana a la independencia, la empobrecen y la limitan democráticamente. Aquí y ahora, miles de catalanes han expresado su compromiso con la defensa intensa de su condición de españoles y demócratas. De los tabúes rotos el último 12 de octubre, el del miedo no es el menor. La calle, en Cataluña, es un espacio ocupado donde, tristemente, mucha gente no se siente libre: el nacionalismo lo ha convertido en un auto de fe, lo ha sacralizado con la parafernalia secesionista y trata de hacer tragar el discurso oficialista a la población en general. Buena prueba de ello, es que la entrada de muchos municipios catalanes está presidida por una bandera independentista, sin que se hayan disparado las alarmas que advierten de los signos totalitarios.

Los españoles de Cataluña queremos ser libres y ayer pusimos una piedra fundamental para conseguirlo. Nuestro particular proceso se fundamenta en construir unas bases para lograr una convivencia mejor entre los propios catalanes y el resto de los españoles. Es hora de recobrar la voz y de celebrar de manera democrática y cívica que estamos aquí, que nuestro país es España y no queremos cambiarlo. No callaremos, vamos a seguir gritando, cada vez con más fuerza, que «Som Catalunya, Somos España».

*Presidente de Impulso Ciudadano y Portavoz de Som Cataluña, Somos España

Memoria del horror
editorial El Correo 13 Octubre 2013

Las atrocidades de los GAL dejaron un rastro de impunidad hiriente para la democracia

Los treinta años que se cumplen desde el secuestro de Joxan Lasa y Joxi Zabala por parte de los GAL obliga a volver la vista atrás para recordar un período en el que altos servidores del Estado socavaron su carácter democrático para entablar con ETA un pulso regido por los impulsos de la ignominia terrorista. El relato judicial de los 28 asesinatos reivindicados en nombre de los GAL atestigua cómo una serie de responsables políticos socialistas, guardias civiles y policías se creyeron en el derecho de tomarse la justicia por su mano siguiendo propósitos que podían ir de la pura venganza a la presunción de guiarse por una estrategia contraterrorista que pudiera ser más disuasoria que el cumplimiento estricto de la legalidad. Las torturas infligidas a Lasa y Zabala hasta su asesinato, el cruel cautiverio al que sometieron a Segundo Marey y la muerte por bombas y tiros de otras veinticinco personas describe la misma irracional actuación de los grupos que en años anteriores habían sembrado de víctimas justificadas desde la extrema derecha la Transición en Euskadi.

La remisión de toda responsabilidad en los hechos a la estricta literalidad de las sentencias y el fugaz paso de los condenados por prisión se vio acompañada por vergonzosas muestras de solidaridad hacia quienes, cuando menos, pudieron atajar la secuencia de crímenes y no lo hicieron. Es imposible imaginar qué hubiese sido de la historia reciente del País Vasco y de España sin la aparición de los GAL, y en qué medida se habría acortado la trayectoria de ETA sin la espiral de violencia a la que sus activistas y seguidores se acogieron como argumento tras la desaparición de Lasa y Zabala. Pero, sin duda, hubiese sido una historia mejor sin la injusticia extrema que supuso arrebatar la vida y violentar la existencia de tantos congéneres como supuesta réplica al terrorismo etarra. La democracia solo puede defenderse con la legalidad en la mano. Toda extralimitación en el ejercicio del poder la socava. Aunque quienes entonces utilizaron los medios de que disponían en cuarteles, comisarías, despachos ministeriales y hasta en sedes socialistas para dar rienda suelta a sus más bajos instintos se olvidaron inmediatamente de la democracia si es que la tuvieron en cuenta alguna vez. Hoy es necesario deplorar y condenar el nefasto episodio histórico que protagonizaron. Pero también resulta conveniente recordar que, afortunadamente, aquella trama terrorista fue desmantelada, aunque no se depurasen todas las responsabilidades contraídas y haya quedado en el ambiente un rastro de impunidad hiriente para las libertades.


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