AGLI Recortes de Prensa   Domingo 15 Diciembre 2013

El Gobierno, por detrás de la sociedad civil
EDITORIAL Libertad Digital 15 Diciembre 2013

Dos días después de que Artur Mas hiciera pública su rebelión formal contra España y su Constitución, el Gobierno de la nación sigue sin adoptar ninguna medida más allá de anunciar sus intenciones de evitar que la consulta secesionista se lleve finalmente a efecto. Lejos de actuar de manera tajante con los mecanismos establecidos en nuestra Carta Magna, la respuesta del Gobierno de Rajoy ha sido inyectar más liquidez a las pavorosas finanzas de la Generalidad con una aportación de otros 874 millones de euros procedentes del Fondo de Liquidez Autonómica. Ante la ilegalidad formal de los nacionalistas catalanes, situándose clara y voluntariamente extramuros del orden constitucional, la réplica de Rajoy es premiarlos con más liquidez procedente de la España productiva para seguir alimentando su permanente derroche.

Y mientras el Gobierno hace dejación de sus funciones, la primera de las cuales es cumplir y hacer cumplir la Constitución Española en todo el territorio nacional, la sociedad civil catalana y la española en su conjunto tienen muy claro que el paso dado por la Generalidad de Cataluña ha de ser refutado con toda la firmeza que exige este gesto de rebeldía. No son pocas las personalidades de la vida pública catalana las que ya se han pronunciado a este respecto, con una claridad que contrasta con las palabras ambiguas de Rajoy y los líderes de su partido, incapaces de tomar las riendas de una situación que ya les ha desbordado por completo.

El Gobierno sigue sin mencionar el artículo 155 de la Carta Magna, que le faculta para adoptar cuantas medidas sean necesarias en casos de incumplimientos flagrantes de la Constitución o el ordenamiento jurídico español por parte de una autonomía. De hecho es una medida que tendría que haberse adoptado desde el mismo momento en que el ejecutivo catalán manifestó abiertamente su decisión de no cumplir las decisiones de los tribunales, por no mencionar la perversión de su modelo de adoctrinamiento escolar, que debería haber sido zanjado con la recuperación de las competencias en educación antes de que los casos más flagrantes llegaran a las distintas cortes judiciales.

Esta actitud de Rajoy, contemporizando con un problema que no va a dejar de agravarse en los nueve meses que restan hasta la fecha prevista para el plebiscito secesionista, no sólo va a perjudicar a todos los catalanes sino también a España en su conjunto. No es raro que desde el exterior vean a España como un país cada vez menos fiable, cuyas autoridades legítimas son incapaces de hacer cumplir la ley en su propio territorio.

Los partidos de la Constitución
“El Estado, creado bajo el franquismo, es Dios”
Almudena Negro. www.diariosigloxxi.com  15 Diciembre 2013

(9 Diciembre 2014)

Superchería en el marco de actos propios más bien de una sociedad primitiva. Es el festival de celebración de la Carta Otorgada, que no Constitución puesto que la clase política no estimó oportuno convocar Cortes Constituyentes, de 1978.

“España se constituye en Estado Social y Democrático de Derecho”, proclama el texto de 1978. En primer lugar, todo Estado lo es de Derecho, por lo cual la simple mención, tan reiterada por muchos, es una bobada. En segundo lugar la palabra democracia, vacía de contenido y acaso la más prostituida en el siglo XX, como ya advirtiera certeramente Ortega y Gasset, se refiere, tal y como menciona el texto legal a una “democracia avanzada”, lo que en lenguaje socialdemócrata leninista viene a señalar la utopía de una sociedad nueva. De esa nación de naciones que defienden los nacionalistas y, por ende, los socialistas. El Estado, creado bajo el franquismo, es Dios. Un Estado que hoy reniega de las víctimas del terrorismo, asesinadas, como certeramente señalara el ex funcionario de prisiones José Antonio Ortega Lara en días pasados, “por ser españoles”. Es el Estado del consenso social…demócrata. Incompatible con la democracia política, sustraída a los españoles, a quienes se sigue negando la libertad política.

Estos días atrás asistíamos a todo un rosario de frases vacías de contenido, políticamente correctas, cursis en muchos casos, en defensa de un texto que nacía ya viejo y en cuyas páginas se encuentra el germen de los males que nos afligen.

La oligarquía anda debatiendo con tal ocasión, que con algo hay que entretener al respetable, acerca de una modificación constitucional. Los de Pérez Rubalcaba, acaso los que mejor comprenden el texto, proponen introducir en ella el federalismo, por eso de acabar de destruir el êthos de la nación española. Los del PP, que han asumido plenamente el ideario socialista, hacen como que se resisten. Pero sólo un poco. El resto de partidos, sin excepción, no se entera o comparte ideas con ellos.

Porque es precisamente en la Constitución, la de las nacionalidades, en donde se sientan las bases para una nueva sociedad, una nueva nación. Nihilista. La nación “discutida y discutible” de Rodríguez Zapatero. Nada pareciera haber existido antes de ella.

Mucho menos, la nación histórica, que está siendo tenazmente destruida por los actores del consenso, en el cual se va a integrar la banda terrorista ETA. El papel que dicha organización criminal ha jugado a favor del Estado de Partidos, tan necesitado de enemigos internos o externos con el fin de desviar la atención de la opinión pública, está por estudiar.

No hay derecho
IGNACIO CAMACHO ABC  15 Diciembre 2013

Ni pregunta ni respuestas: Cataluña no tiene derecho de autodeterminación y por tanto no cabe discutir una entelequia

QUE no, que no se trata de la pregunta, por mucho que resulte ambigua, capciosa, preintencionada. Que no es tampoco la respuesta, o las respuestas posibles, lo que importa. Ése, el de las preguntas y las respuestas, es el debate al que quiere conducir el nacionalismo: a una especie de encuesta, con o sin urnas, sobre quién se quiere separar de España y quién no. Lo veremos estos días: morbosos sondeos sobre porcentajes que traten de anticipar un resultado fantasma de una consulta fantasma. Pero no es el caso porque hay una cuestión previa, esencial y principalísima, que se antepone a este juego perverso en que los soberanistas catalanes han envuelto su delirio de secesión: el derecho. El derecho que no tienen a plantear ninguna clase de propuesta que implique su capacidad de autodeterminarse al margen del resto de los españoles ni de decidir su destino por su propia cuenta.

Éste y no otro es el único marco en el que hay que abordar el desafío secesionista. No existe el derecho de autodeterminación para Cataluña, y por tanto no se puede discutir sobre una entelequia. No caben respuestas porque no cabe ninguna pregunta. El que quiera plantearla debe reunir primero una mayoría suficiente para cambiar la Constitución, y debe reunirla en toda España porque somos los españoles el sujeto indivisible de la soberanía. Tal vez ni siquiera el Congreso de los Diputados podría autorizar en este momento un referéndum como el propuesto en Cataluña porque incumpliría la norma fundamental por mucho consenso que alcanzar pudiese. Y esta supremacía jurídica del orden constitucional sobre el político es lo que no quieren aceptar los independentistas y sus compañeros de aventura, que tratan de plantear un inexistente conflicto de legitimidades. No hay ninguna legitimidad superior a la de la Constitución, de la que emana la arquitectura institucional de la democracia y del Estado.

Por eso no es posible consulta alguna ni decisión de rango menor que quiebre el modelo supremo. Si el Gobierno o el Parlamento autorizasen la celebración del referéndum, confiados como Cameron respecto a Escocia en que ganaría el no a la independencia, estarían concediendo de facto a Cataluña un derecho de autodeterminación inexistente, y por tanto inconstitucional. Amén de que abrirían la puerta a la independencia catalana cuando sus partidarios lograsen reunir la mayoría necesaria: insistirían en repetir la votación más adelante y no habría modo legal de impedírselo. Y eso, sencillamente, no puede ocurrir porque los españoles acordamos que sólo nosotros, en conjunto y no en parte, tenemos la potestad de decidir sobre la unidad de España. Y hasta para suicidarnos como nación, balcanizar y destruir nuestra convivencia y convertirnos en una especie de Yugoslavia necesitamos volverlo a acordar entre todos, reforma de la Constitución mediante. Y por ahora no estamos por la labor. Me parece.

El debate que todo lo oscurece
Se nos distrae a los españoles con la excusa de Cataluña y se distrae a los catalanes con la excusa de España
Soledad Gallego-Díaz El Pais  15 Diciembre 2013

A la vuelta de las vacaciones navideñas se pondrán en marcha las maquinarias electorales: en mayo se celebrarán las elecciones europeas y algunos no descartan la posibilidad de que se junten con unas elecciones andaluzas, en el caso de que la nueva presidenta de la Junta decida adelantarlas para someterse al voto directo de los ciudadanos.

Sea como sea, empezará un año delicado desde el punto de vista político: la recuperación económica, de producirse, no tendrá efectos apreciables sobre los ciudadanos; por el contrario, se empezará a notar cómo los recortes se han transformado en auténticas reformas estructurales que dañan el núcleo del sistema sanitario, educativo, judicial y asistencial. Cubriéndolo todo, e impidiendo casi cualquier otro análisis, se acelerará el debate catalán, colocado ya en el disparadero por la intención de Artur Mas de convocar antes de fin de año una consulta sobre la independencia.

La situación va a depender mucho de cómo se quiera conducir este último capítulo. De un lado, por parte de CiU, por supuesto, pero también por parte del PP. El presidente del Gobierno advirtió ya que la consulta catalana se sitúa fuera de la Constitución, por lo que ningún Gobierno español podrá nunca autorizarla. Rajoy cuenta con el apoyo del PSOE (295 diputados sobre un total de 350). Rubalcaba fue terminante al calificar la hipotética consulta de “referéndum de autodeterminación”.

Pero Rajoy sigue sin proporcionar a la amplia capa de dirigentes intermedios del PP un discurso articulado, más allá de la pura negativa, con el que hacer frente al tema catalán. Corre así el riesgo de que esos militantes crean que pueden salir airosos si alientan el nacionalismo español. Si se lanzan a ese debate de manera desordenada e injustamente agresiva, pueden terminar provocando confusión y alimentando el independentismo. La tentación será intensa en Andalucía, donde, si se adelanta el proceso electoral, el PP estará descolocado, sin discurso, sin líder y sin candidato.

La forma en la que el PP actúe influirá necesariamente en el desarrollo de los acontecimientos en Cataluña. Llegado el momento, CiU tendrá que optar entre romper la legalidad constitucional y celebrar la consulta o dejar caer el gobierno de la Generalitat y convocar nuevas elecciones, es de suponer que con carácter plebiscitario, a fin de dejar establecida, de alguna forma, la relación de fuerzas independentistas.

Rajoy confía seguramente en el segundo supuesto y en la influencia de un reducido círculo de personalidades catalanas a la hora de desactivar cualquier gesto inconstitucional. Pero en sectores de su propio entorno inquieta la falta de un plan alternativo y su incapacidad para analizar la situación en términos de opinión pública catalana y de sus dinámicas internas.

Obligados, casi, en 2014 a estar concentrados en la situación catalana, los ciudadanos no pueden prestar atención a otras cuestiones clave para su convivencia. Se nos distrae a los españoles con la excusa de Cataluña y se distrae a los catalanes con la excusa de España. Solo así se explica, por ejemplo, que pasen casi sin debate datos tan brutales como que las tasas judiciales han hecho que los ciudadanos renuncien en un 45% a reclamar sus derechos ante las Administraciones (datos de la Asociación Francisco de Vitoria), o que se hayan destruido los rasgos que hicieron al sistema sanitario público español inclusivo y solidario, sin haber puesto en marcha siquiera una auténtica cultura evaluadora que analice el resultado de las decisiones adoptadas. El hecho es que se ha producido un giro brutal en una de las pocas cosas que todos valorábamos, los principios del sistema sanitario español, cambiando la asistencia sanitaria gratuita y universal por otra privativa de los “asegurados”, sin que catalanes y españoles en su conjunto hayamos sido capaces de reaccionar.

En el resto de España echamos de menos el impulso que siempre ofreció Cataluña para luchar contra los abusos. Y Cataluña debería probablemente echar también de menos al resto de los españoles, justo por las mismas razones.

La peste y el golpe
HERMANN TERTSCH ABC 15 Diciembre 2013

Los nacionalismos se inventaron una historia épica que nada tenía que ver con la realidad histórica

PROSIGUE el proceso de envenenamiento de las almas y ofuscación de mentes. Todos los pasos son de manual. Y estamos avisados por la experiencia de siglo y medio. Esperemos que el enésimo tropiezo en la misma piedra no se tan sangriento como los anteriores.

La peste nacionalista que surgió de la tonta adolescencia del idealismo alemán y el romanticismo europeo en el siglo XIX, en el XX sembró de millones de cadáveres el viejo continente. Creíamos que con el fin del siglo terrible y los centenares de miles de cadáveres que cubrieron los Balcanes, Europa se liberaba para siempre de esta terrible enfermedad, infecciosa como pocas, que enloquece a las sociedades y envilece a las personas antes de comenzar a matar.

Como en casi todo, hemos sido los últimos de Europa en España también en esto. Con los compañeros en pobreza e ignorancia que han sido Rusia y los Balcanes. E igual que al caer los regímenes comunistas surgieron en Centroeuropa los nacionalismos, largo tiempo congelados en Guerra Fría, en España también aparecieron tras el final del franquismo. Lo hicieron reclamando con la izquierda unas supuestas legitimidades y una superioridad moral que ni les correspondía ni merecían. Les fueron otorgadas por una sociedad cobarde y con mala conciencia, temerosa que se les recordara que su paz y armonía con el régimen de Franco apenas se habían visto turbadas desde la posguerra hasta ya enterrado el dictador.

Con tal de acceder al nuevo carnet de demócrata que repartían unos antifranquistas reales o supuestos, los hasta hacía muy poco probos ciudadanos franquistas estaban dispuestos a aceptar casi todo. También a ceder la supremacía a las tesis generales sobre la historia de la izquierda y los nacionalismos. La izquierda se inventó el pueblo español antifascista que era el mismo colectivo humano que había prosperado en obediencia, sumisión y apoliticismo bajo el régimen del general. Los nacionalismos se inventaron una historia épica que nada tenía que ver con la realidad histórica. Pero que nadie se atrevía a cuestionar. En esa mentira sobre la historia inmediata vivían y medraban, una vez más, todos los protagonistas.

Hubo, cierto, gentes gallardas y dignas durante la transición y después de ella, honradas y desprendidas, que se esforzaron por sacar a España de su postración y anomalía histórica. Que sabían que una sociedad para ser libre y próspera necesita la verdad. Después fracasarían. Pero ni siquiera ellos, para no generar discordias entre españoles, cuestionaron jamás la inmensa mentira histórica que la izquierda y los nacionalistas habían logrado imponer. Era base del rechazo a una España que en su unidad y continuidad histórica habían condenado como cómplice de la dictadura. Lo demás fueron ya pactos parlamentarios, de izquierdas y derechas con los nacionalistas. PSOE y PP simularon creer en una lealtad nacionalista obviamente inexistente.

Y la permanente labor de descrédito de España que se ha transmitido en las regiones nacionalistas y en la educación izquierdista en general. Así llegamos al Pacto del Tinell en 2003 y justo diez años después al grotesco espectáculo de ayer. Hay daños irremediables. Las generaciones crecidas en el odio nacionalista vivirán con él, alimentado por la frustración de su sueño que se verá roto en el futuro próximo. Pero la ley ha de manifestarse. La impunidad es ya una perversión española con la que hay que acabar si no queremos que acabe con todos nosotros. Es hoy una peste peor que el propio nacionalismo. Hemos llegado al hito en el camino en el que España, por primera vez en 30 años ha de pasar de no defenderse a la ofensiva. La conspiración para delinquir de San Jaime es un golpe de Estado. Como tal debe ser tratado.

Ay que sí que sí

juan carlos girauta ABC Cataluña 15 Diciembre 2013

La consulta trampa de «los ochenta y siete» se inspira en el álgebra booleana y en la magia con naipes

La consulta trampa de «los ochenta y siete» se inspira en el álgebra booleana y en la magia con naipes. El que sabes engaña a todos a la vez, demostrando un gran sentido igualitario: centralistas, autonomistas, federalistas, confederalistas e independentistas están en el objetivo del gran embaucador. «Los ochenta y siete» que le dan palmas deberían ser considerados una sola cosa a partir de ahora; son los diputados con que cuentan, sumadas, las fuerzas que suscriben. ¿Son astutos o cándidos?

No sé, cada uno cree ser lo primero, pero eso es imposible. Por otra parte, los ochenta y siete no alcanzan, según la legislación catalana, para reformar el estatuto de autonomía. Sin embargo, sí alcanzarían, por lo visto, para reformar la Constitución Española por retambufa. Ojo con las mangas del ilusionista.

He aquí los grupos resultantes del árbol de decisión que despliega la consulta trampa, así como los que quedan fuera al talarse gratuitamente la rama del «No a un Estado catalán», cuando bien podían haber seguido preguntando por una Cataluña nacionalidad o región, por una región descentralizada o no, etcétera. La ventaja es que todo en el álgebra booleana nacionalista es gratuito. Vamos allá.

Grupo Sí-sí: Que sí, que sí. Que te digo que sí. Han colado a los independentistas una condición que jamás compraría ningún otro pueblo autodeterminante del planeta. Será que les falta la mala leche ex colonial. En idiomas como el francés -o el catalán ampurdanés- hay que negar dos veces para que algo se entienda realmente negado. Lo que no se conocía era un código que obligara a afirmar dos veces para dar por hecho que asientes. La estafa de Mas a este grupo consiste en ofrecer al votante dos oportunidades de descolgarse de la independencia en una misma consulta. Aunque fuera legal, jamás la ganarían los pobres ilusos.

Grupo Sí-no: Encaja con el carácter catalán, magistral y escuetamente resumido por Josep Cuní en su ya célebre «Sí pero no». Esta opción insólita, llamada a desbaratar el derecho comparado, es un gran regalo para los indecisos, para Unió, para las niñas caprichosas y para los federalistas del PSC que opten por no boicotear la consulta. Podríamos definir tan flojo «sí», tan desganado «sí», como el sí de las niñas. Dada su incoherencia, atraerá a las gentes del común, que jamás se han planteado el asunto: «¡Coño, sí, pero no; para compensar!» Este grupo no necesita ser estafado porque es, en sí mismo, una estafa. A Mas le ha bastado con hacerle un hueco.

Grupo No: Tienen derecho a sentirse discriminados, pues su respuesta corta la comunicación con el poder tontorrón -tan locuaz con otros- como si se colgara el teléfono. «¿No? ¡Pues a tomar viento!» Es un grupo estafado con la premura de votar, tan extemporánea, cuando lo único que podemos hacer fuera de un referéndum legal sobre la independencia es boicotearlo todo, sin piedad. Pasaremos ahora a los grupos inexistentes pero concebibles:

Grupo No-No: Al negarnos esta vía («No quiero un Estado y no quiero un Estado independiente») se creen muy listos y vienen a decirnos que lo primero presupone lo segundo. Pero hay quien desea negar dos veces al Estado catalán, y hasta tres. Además, también el «sí» a la primera presupone el «sí» a la segunda y bien que les dejan pacer fuera de la lógica y del diccionario.

Grupo No-Sí: Si cree usted que no se puede estar contra el Estado (catalán o no), y a favor de crear uno (catalán), es que no se ha paseado por los bares de Gracia.

Recomendación a los políticos no nacionalistas
Francesc Moreno www.cronicaglobal.com 15 Diciembre 2013

Pasadas 48 horas desde el anuncio público del acuerdo entre CiU, ERC, ICV-EUiA y la CUP sobre la consulta me ratifico en lo dicho pocos minutos después de conocerse la pregunta. Para ratificarme aporto tres reflexiones: la euforia de los miembros de la ejecutiva de CDC, las contradicciones de ERC y el perfil bajo de Oriol Junqueras. Por último, la evidencia de que las plebiscitarias ya aparecen como objetivo final indisimulado de CiU.

Si de lo que se trata, de lo que siempre se ha tratado en el caso de CiU, es de volver a ganar las elecciones, al menos por ahora, me parece evidente que los que no somos partidarios de la independencia, ni amigos del nacionalismo, deberíamos concentrarnos en construir un alternativa política que ponga el énfasis en construir una Cataluña más rica, menos victimista y centrada en la calidad de vida de sus ciudadanos. Una Cataluña más democrática y mejor preparada para competir en un mundo global que, nos guste más o menos, es lo que nos va a tocar vivir en las próximas décadas.

Prometo no volver a hablar de la consulta. Que se aclaren con Rajoy. Cuando un niño pretende llamar la atención con una pataleta no hay que seguirle la corriente

Para ello, lo primero es dejar de ir a remolque de los nacionalistas. Prometo no volver a hablar de la consulta. Que se aclaren con Rajoy. Cuando un niño pretende llamar la atención con una pataleta no hay que seguirle la corriente. Las pataletas pretenden mantener a quien las realiza como centro de atención del resto de la familia.

Lo que yo haría, si tuviera alguna influencia, de la que carezco, es construir un relato político en positivo, centrado en contraponer a la ficción decimonónica de una Cataluña independiente una Cataluña para el siglo XXI fundamentada en fortalecer la economía productiva, asegurar un sistema político democrático y transparente, que se concentre en mejorar los servicios públicos básicos y evitar la exclusión social. Una Cataluña que rentabilizara sus activos, entre ellos su pluralidad. Que fuera capaz de definir su papel en un mundo globalizado. Que dejara de reescribir el pasado y construyera el único futuro posible y deseable. El de una Cataluña interrelacionada, potente, que deje de obsesionarse con crear estructuras de un Estado-nación, que ni se va a concretar, y que si lo hiciese sería muy perjudicial para la mayoría de catalanes.

Los nacionalistas utilizan la experiencia de éxito del Barça para reivindicar sus postulados. Precisamente, si algo nos enseña el Barça es justo lo contrario. El Barça no basa su éxito en el aislamiento en una liga catalana que no podría crear más que un Celtic bis. No basa su éxito en reivindicar la catalanidad de sus estrellas, como hace el Athlétic de Bilbao. Ni en obligar a Messi o Iniesta a perder sus raíces. Aprovecha jugar en una liga potente para ser atractivo para los mejores y ser líder mundial. Un buen ejemplo.

Cataluña no nació ayer. Amputarla y aislarla es degradarla. Construyamos una alternativa mejor. Dejemos de bailar al son que nos marca un telepredicador cuyo único objetivo es mantener el poder propio y el de su camarilla a costa de los intereses generale

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¡Muévase, señor Rajoy, muévase!
Carlos Sánchez El Confidencial 15 Diciembre 2013

El editorial del viernes de La Vanguardia -publicado horas después de que Mas y sus socios pactaran el contenido y la fecha de la consulta- finalizaba así: “La Cataluña moderada, socialmente mayoritaria, aprecia la democracia participativa, desea el pacto, rechaza la intransigencia y no apoyaría aventurerismos que con toda seguridad no se van a dar. Tiempo para la política”.

Falso. La Cataluña moderada y transigente -la que respaldó la Constitución con una mayoría de más del 90%- ha sucumbido ante una pésima clase política. Aquella que responde a eso que algunos llaman con desdén madrid, continúa observando con indolencia lo que sucede en Cataluña; mientras que la catalana (al menos cerca de dos tercios del parlament) sigue subyugada por un grupo de iluminados dispuesto a meter a la población en un convoy que va directamente hacia el abismo.

Probablemente, por un cierto desconocimiento de nuestra propia historia. El devenir de España, cuando ha derrotado hacia los extremos, siempre ha acabado mal, como en los versos de Gil de Biedma.

El propio Luis Companys tenía más sentido de Estado que muchos de los que hoy presumen de catalanismo. El periodista Chaves Nogales lo entrevistó en una ocasión en Barcelona después del triunfo del Frente Popular, y le preguntó, de una forma un tanto alambicada (fruto de la época), si los ‘elementos revolucionarios’ que coexistían en la coalición de izquierdas podrían gobernar “de forma fatal para las clases conservadoras y los elementos productores del país”. La respuesta de Companys fue tajante:

-“Eso asegurarán nuestros adversarios, pero yo puedo afirmar que al gobernar lo haré teniendo siempre presente los intereses fundamentales de la economía de España y de Cataluña. No vamos a cegar estúpidamente las fuentes de riqueza del país con aventuras gubernamentales”.

Algunos empresarios del puente aéreo (Gabarró, Alemany…) intentan una especie de tercera vía, pero Rajoy juega a la esfinge y hace mal en no escucharlos, lo cual es extremadamente peligroso. Desoyendo, incluso, a los ministros más proclives a buscar soluciones, como García-MargalloCon razón, como sugiere un avezado economista catalán que ha desempeñado importantes puestos en madrid, "al final la solución de la cuestión catalana [al menos temporal] tendrá que venir de Europa". En algún momento, Francia y Alemania impondrán algo de cordura y obligarán a buscar soluciones. En realidad, como casi siempre ha ocurrido en nuestra historia, que los vientos de cambio siempre han venido de fuera: en 1959, con el Plan de Estabilización; en 1986, tras la entrada de España en la UE, o más recientemente, con la intervención de facto de las cuentas públicas a cambio de una mayor involucración del BCE en la financiación de la deuda soberana.

Soberanismo y multinacionales
No hay que olvidar el gran número de multinacionales radicadas en Cataluña, que representa nada menos que el 26% de las exportaciones de España y el 27% de las importaciones, lo que da idea de lo que supone en términos económicos. Artur Mas es plenamente consciente de ello y por eso busca la internacionalización de la cuestión catalana. Aunque también es probable que en algún momento un trío de banqueros o media docena de grandes empresarios exijan sensatez a los políticos para no romper la unidad de mercado.

Algunos como los empresarios del puente aéreo (Gabarró, Alemany…) intentan una especie de tercera vía, pero Rajoy juega a la esfinge y hace mal en no escucharlos, lo cual es extremadamente peligroso. Desoyendo, incluso, a los ministros más proclives a buscar soluciones, como García-Margallo, bien visto por los nacionalistas y que no quiere esperar a hacer política de último minuto. Europa, ya se sabe, reacciona tarde y muchas veces mal, pero siempre de forma reactiva, pocas veces de forma preventiva. Y haría mal Rajoy en pensar que los votos que pierde en Cataluña los gana en el resto de España con su postura inmóvil. Es un juego demasiado peligroso.

Es curioso que cuando se habla de reformar la Constitución se dice, con acierto, que no hay el necesario consenso de las fuerzas políticas. Pero los consensos no caen del cielo, se tejen de forma paciente haciendo política. Antes de que los acontecimientos se precipiten.

El silencio ya no vale. Como alguien dijo, hay un momento para el valor, y otro para la prudencia. Y el que es inteligente, sabe distinguirlos. Y la vía de suspender la economía es simplemente irreal. Los Balcanes, como con acierto recordaba ayer Zarzalejos, están ahí.

Un fino economista que conoce bien los entresijos del mundo soberanista lo ha resumido de forma magistral: “Se equivoca Rajoy si piensa que el territorio pequeño no puede arrastrar al grande”. Cataluña sufriría, y mucho, con la independencia, pero también España, que tendría que apechugar con la deuda pública que hoy le corresponde a Cataluña. ¿O es que alguien se cree que el nuevo Estado le devolvería a España la parte alícuota que le corresponde?

Los mercados y las mayorías absolutas
Aunque los detalles de la consulta ya estaban descontados, lo cierto es que, como aseguraba el jueves a este diario un portavoz de uno de los mayores fondos de deuda soberana del mundo, lo que sucede en Cataluña preocupa. Y mucho. Básicamente por la capacidad que tiene para contaminar la estabilidad del Gobierno central, un aspecto clave que ha ayudado a rebajar la prima de riesgo. Ya se sabe que a los mercados les gustan las mayorías absolutas.

El problema, sin embargo, es que el campo de juego es cada vez más estrecho, y ya apenas hay margen para retroceder. Rajoy, sin embargo, sigue pensando que tarde o temprano se producirá una implosión en la mayoría política que sustenta la consulta, pero hoy por hoy nada indica que eso vaya a ocurrirCiU, ERC y sus comparsas han ganado al menos un año manteniendo la unidad de acción. Y a medida que los mercados visualicen que el PP no podrá revalidar la mayoría absoluta en las elecciones generales de 2015, todo será más difícil.

Esta es la baza política que juega el bloque soberanista: desgastar al Gobierno central. ¿O es que alguien cree que se puede abordar mejor la cuestión catalana con un Gobierno minoritario en Madrid? Sobre todo cuando el apoyo a la consulta amenaza con abrir en canal al PSC, lo cual tendrá necesariamente efectos colaterales sobre la posición del PSOE. ¿O es que el federalismo no acepta la existencia de estados? ¿Alguien cree que el PSOE no intentará obtener réditos electorales de un Gobierno acorralado por el desafío soberanista?

El problema, sin embargo, es que el campo de juego es cada vez más estrecho, y ya apenas hay margen para retroceder. Rajoy, sin embargo, sigue pensando que tarde o temprano se producirá una implosión en la mayoría política que sustenta la consulta, pero nada indica que eso vaya a ocurrir. Confiar la salida de la cuestión catalana a la ruptura de CiU y de ERC es sólo ganar tiempo. El soberanismo va quemando etapas y la vuelta atrás es cada vez más difícil. Sólo si la unidad de los independentistas se rompe, la estrategia de Rajoy será la acertada.

El escenario más probable es que el 9-N se celebren, en realidad, unas elecciones plebiscitarias (una contradicción evidente) para lograr una mayoría suficiente con la que responder a Moncloa. De nuevo, otro choque de legitimidades, como cuando el Estatut fue aprobado por la mayoría de los catalanes y un Tribunal Constitucional que había caducado lo echó para atrás. Pero ahora con un argumento sólido: los dos tercios necesarios para cambiar la arquitectura institucional de Cataluña.

Sería injusto, sin embargo, situar en el mismo plano las distintas responsabilidades. Quienes siguen adelante con el proceso soberanista sabiendo que el presidente del Gobierno está obligado a prohibir cualquier consulta ilegal, rozan el mesianismo y olvidan que la gestión de las frustraciones colectivas suele acabar mal. Por eso, seguir haciendo creer a muchos catalanes que la independencia en paz es posible, es una irresponsabilidad. Como ha dejado escrito Antonio Puigverd también en La Vanguardia, ahora veremos “qué capacidad de resistencia tienen los sueños”.

El independentismo -en estos momentos eufórico- se había movido siempre en el terreno de la irrealidad, consciente de que removiendo las aguas de los sentimientos, la cosecha electoral sería copiosa. Algo que explica que muchos se subieran al carro del independentismo emocional. Precisamente, porque sabían que esa posibilidad estaba lejos de la realidad.

Ese decorado de cartón piedra, sin embargo, es el que está punto de convertirse en una pesadilla. Muchos piensan que los sueños están al alcance de la mano. Es verdad que se trata de una realidad inventada, pero muy útil políticamente. Sobre todo cuando la economía está en bancarrota.

La Generalitat necesita sostener la bandera del independentismo para ocultar la realidad de un territorio quebrado económicamente, y por eso seguirá pedaleando para no caerse de la bicicleta. Una especie de fuga hacia ninguna parte que necesariamente lleva a la confrontación. Si alguien no lo remedia.

La Cataluña real no es como les gustaría a los independentistas
EDITORIAL El Mundo 15 Diciembre 2013

EL ANUNCIO de la doble pregunta del referéndum que la Generalitat de Cataluña pretende llevar a cabo ha suscitado un lógico interés entre los ciudadanos por saber cuál sería el resultado de la votación. Con la intención de satisfacer esa curiosidad y tomar a la vez la temperatura a la realidad del soberanismo en Cataluña, ELMUNDOha encargado una encuesta para saber qué responderían sus ciudadanos a las dos cuestiones planteadas, aun cuando nuestra posición es la de que ese referéndum nunca debería realizarse y estamos convencidos de que el Gobierno cumplirá su obligación constitucional para impedir que se lleve a cabo. Ni la Generalitat es competente para organizarlo, ni los catalanes son titulares de soberanía para acordar cuestiones que afectan al conjunto del país: el pretendido derecho a decidir que reclaman los nacionalistas supone conculcar el derecho del resto de españoles a pronunciarse.

El sondeo indica que ante la primera pregunta del referéndum, «¿Quiere usted que Cataluña sea un Estado?», el 43% votaría sí y el 39%, no; con un 18% de abstención o de indecisos. De ese 43% partidario del «Estado», casi el 82% sería favorable también a la independencia. Es decir: sólo un 35% de los catalanes con derecho a voto se pronunciaría hoy a favor de la independencia, un porcentaje menor incluso del 39% que no es partidario ni de un Estado ni de la secesión. Y eso en el momento de mayor movilización nacionalista, con la Generalitat poniendo a trabajar todos los medios a su alcance en esa dirección y con los soberanistas crecidos tras el acuerdo que ha permitido pactar la fecha y la pregunta del referéndum. Son cifras que están sideralmente alejadas de lo que podría sugerir que el ansia independentista es dominante en Cataluña y más lejos aún de lo que legitimaría reclamar una modificación del statu quo de muchos siglos.

Los datos que arroja la encuesta son interesantes, pues revelan que la celebración de la consulta no responde a ningún clamor de la sociedad catalana ni la independencia cuenta con nada parecido a un respaldo mayoritario. Pero es que ni siquiera lo obtendría ese confuso Estado imaginario no independiente y asociado a una España confederal inexistente que se ha sacado de la manga Artur Mas para contentar a Duran e Iniciativa.

Si todo esto es así, y no hay motivos para dudar del resultado de una muestra suficiente ni de la fiabilidad de Sigma Dos, se confirmaría que estamos asistiendo a una operación demencial del nacionalismo catalán, capaz de tensionar a la sociedad y de sembrar el odio y la división simplemente para alimentar sus mitos y quimeras. Es una frivolidad que con ese nivel de respaldo sus dirigentes hayan metido a la sociedad en esta dinámica destructiva, una irresponsabilidad que sólo podría explicarse por la intención de ocultar tras una cortina de humo su mediocridad y la quiebra a la que han llevado a la Generalitat.

Rajoy volvió ayer a exhibir firmeza en su discurso frente al desafío soberanista y UPyD pidió acertadamente que los Mossos pasen a estar bajo mando de la Delegación del Gobierno, para que no puedan ser utilizados en ninguna actividad preparatoria del referéndum ilegal.

Aunque los sondeos fueran favorables a la independencia por amplia mayoría, seguiríamos siendo partidarios de que ni éste ni ningún otro referéndum se celebrara sin la pertinente autorización de las Cortes Generales. Pero hay que decir que el resultado de la encuesta es sociológicamente tranquilizador. Por otra parte, viene a mostrar que el problema de Cataluña no es muy distinto, en el fondo, al del resto de España: la existencia de una casta que ha hecho de la política su modus vivendi y que es capaz de llevar a la ruina o al enfrentamiento a la sociedad para mantener su posición, si bien en esta autonomía se ve agravado por el fanatismo y la visión totalizadora del nacionalismo.

Acción sin reacción
Alejo Vidal-Quadras www.vozpopuli.com 15 Diciembre 2013

La tercera ley de Newton establece que a toda acción le corresponde una reacción igual y de sentido contrario. En el caso de la ofensiva separatista del nacionalismo catalán que se inició desde el momento mismo de la Transición, aunque disimulada hasta el Estatuto de 2006, la violación de este principio elemental de la Mecánica ha sido flagrante e incomprensible.

Los dos grandes partidos nacionales, lejos de aplicar estrategias conducentes a frenar y neutralizar los planes subversivos y anticonstitucionales de los secesionistas, les han facilitado sistemáticamente a lo largo de treinta años los instrumentos políticos, financieros, educativos y culturales para que fueran avanzando en su propósito. No sólo han auspiciado sucesivas reformas estatutarias, sistemas de financiación y transferencias de competencias estatales vía el artículo 150.2 de la Constitución que han ido dotando de un poder creciente a los particularistas, sino que, en una demostración inaudita de pulsión suicida, han debilitado a sus propias organizaciones en Cataluña hasta transformarlas en entidades colaboradoras del nacionalismo mediante la asunción directa de sus tesis o la renuncia a cualquier iniciativa efectiva capaz de derrotarlo.

Esta actitud sumisa y acomplejada se ha debido, por un lado, a conveniencias cortoplacistas y, por otro, a la carencia de una base conceptual e ideológica sólida más allá de los lugares comunes retóricos.

Ahora mismo, la Generalitat en manos de los separatistas está impulsando proyectos como la Agencia Tributaria, el Servicio Exterior, el Consejo de Transición, el Servicio de Inteligencia, el Documento de Ciudadanía, el referendo de autodeterminación o el Simposio "España contra Cataluña", todos ellos conducentes de forma directa a la liquidación de España como Nación, sin que el Gobierno, que dispone de la mayoría absoluta en el Congreso y en el Senado, mueva un dedo para contrarrestarlas.

Esta pasividad responde a una visión extraordinariamente peligrosa, la de que estamos ante un desafío tan absurdo e irrealizable que se disolverá solo y que lo más inteligente es dejarle que se cueza en su propia salsa. Puede que sea así, pero el riesgo que se corre si al final triunfa el disparate es tan alto que un mínimo sentido de la precaución aconseja tomar medidas fuertes para apagar la hoguera mientras sea controlable. Lejos de eso, los días, las semanas y los meses transcurren ante la plácida indiferencia del Presidente del Gobierno que ve acercarse la fecha fatídica de la celebración de la consulta independentista envuelto en las lentas volutas de sus aromáticos habanos.

Cuando las urnas estén instaladas y se abran los colegios, ¿Qué sucederá? ¿Quién intervendrá para impedir el desafuero? ¿Con qué medios? ¿O seguiremos en la feliz inopia del avestruz con la cabeza hundida en la arena? No parece prudente permitir que el país se exponga a un trance de esta gravedad sin haber previsto las consecuencias ni haber preparado una respuesta proporcional a la magnitud del embate. Gobierno sin sangre en las venas, acción sin reacción, derrota asegurada.

Las palabras tranquilas
ANTONIO HERNÁNDEZ-GIL. ABC  15 Diciembre 2013

«Hoy, hijo de uno de los padres olvidados de la Constitución de 1978, pienso en claudicar: será más fácil reformarla que imprimirla en el corazón de la parte más reticente de una ciudadanía que no se identifica con ella. Lástima»

Soberanía, independencia, sedición, federalismo, consulta, decidir, expolio, legitimidad, pacto, referéndum, pueblo, libertad. Las palabras son inocentes; nosotros, no tanto. El intento de alistarlas de uno u otro lado es ilusorio: «Español» procede del provenzal «espaignol», y para Joan Margarit, obispo de Gerona en el siglo XV, «Catalunya» vendría de «Gotholonia», cediendo a los godos un origen que parece más noble cuando viene de sangre carolingia. Otros han propuesto una etimología común para «catalán» y «castellano», abrazadas las lenguas hispánicas en una vasta red de préstamos e influencias. Pero las identidades no están en la historia sino en el futuro, y términos como aquellos iniciales se emplean hoy apasionadamente para dividir, interponiendo espacios semánticos difusos carentes de un mínimo de precisión. Envoltorios fonéticos con pocas ideas dentro para unos discursos desplegados en tweets que provocan reacciones epidérmicas en la red y las encuestas, alimento del vuelo raso de muchos políticos. La cuestión catalana, del siglo XVII a hoy, no es un mero problema del lenguaje, desde luego, pero el mal uso del lenguaje dificulta el diálogo y la búsqueda de valores compartidos en una sociedad civil que siempre fue especialmente densa en Cataluña, sin Estado o contra el Estado, y que hoy palidece ante los excesos del poder a cargo de quienes pretenden ahormar libertades por venir en un proceso confuso, sin hoja de ruta y proyecto final.

¿Por qué reconocemos a los políticos ese poder taumatúrgico sobre las palabras en cuestiones tan sensibles? Difícilmente las resolverán quienes, sin experiencia, se empeñan en desarmar y armar el Estado como si fuera un reloj roto. La Constitución es mucho más que un puñado de votos desparramado sobre un texto, en las Cortes o a pie de urna: fue el esfuerzo generoso de un pueblo con sed de libertad que trazó el camino de la democracia con principios de potencial aún inexplorado para construir un Estado social y democrático de derecho con la justicia, la igualdad, la libertad y el pluralismo como valores superiores. Nadie debería sentirse al margen de un texto tan inclusivo y socialmente avanzado. Pero la Constitución no es perfecta y su Título VIII respondió a un equilibrio demasiado circunstancial entre tradición y aspiraciones de futuro, concesiones y silencios. No supimos conservarlo y toca recomponerlo en estos tiempos difíciles.

El «problema catalán» dudo que sea, como dijo Ortega en 1932, un «problema irresoluble» que, todo lo más, puede «conllevarse» de ambos lados. No hay inducción racional que lo justifique a partir de una experiencia histórica en la que somos, a la vez, observadores y responsables. ¿Cuál es ese «siempre» implícito en lo irresoluble orteguiano que ya cuestionaba Azaña? ¿Qué hay de malo en «conllevarse» en paz? No es distinto de cualquier problema de la convivencia en sociedad a resolver con tolerancia y fe en el derecho. Para aplicarlo y también para transformarlo. Las identidades colectivas siguen estando delante, en los proyectos de futuro.

Los abogados, como los poetas, vivimos de juntar palabras. No las tememos. La articulación de un Estado federal no tiene por qué ser ni mejor ni peor, para cualquier ideal de distribución de poderes, que el Estado autonómico que en 1978 tomamos de la segunda república; una organización territorial singular, asimétrica y carente de reglas claras que definieran de partida quiénes debían ser –iguales o no– los sujetos de la autonomía y cuáles los límites competenciales cuando las comunidades jugasen a tensar la cuerda en su favor. Ahora no cabe conjurar con fórmulas vagas las dificultades acumuladas en treinta y cinco años de carrera desordenada hacia el máximo de autonomía, en el peso insoportable de las administraciones y en las aspiraciones de autogobierno. ¿Qué modelo de Estado Federal? ¿Qué derecho a decidir qué y quiénes? ¿Qué ordenación de competencias y prioridades? ¿Hacia dónde la relativa independencia? No importan los nombres, sino las normas y los valores sociales. Falta de nuevo la visión ordenada de un futuro posible.

Estamos en la Torre de Babel. Según el Estatut, dentro de un elenco de derechos mucho más amplio que el de la Constitución, la Generalitat tiene «el deber de promover la cultura de la paz en el mundo»; y «competencias exclusivas» que incluyen las de «primera acogida de las personas inmigradas», como si en Madrid no nos hirieran las cuchillas de Melilla o la opacidad sin ley de los Centros de Internamiento de Extranjeros de cualquier lugar de España, incluida la zona franca de Barcelona. En materia de financiación, el Estatut imponía obligaciones a otras Comunidades, que debían realizar «un esfuerzo fiscal similar» como condición para ajustar los recursos financieros de Cataluña y que «el sistema estatal de financiación disponga de recursos suficientes para garantizar la nivelación y solidaridad de las demás Comunidades Autónomas» (condición declarada inconstitucional). El propio Estado estaría obligado a garantizar que «la aplicación de los mecanismos de nivelación no altere en ningún caso la posición de Cataluña en la ordenación de rentas per cápita entre las Comunidades Autónomas antes de la nivelación» (garantía no declarada inconstitucional siempre que se interprete correctamente, según la sentencia).

El problema no es si la sentencia del Tribunal Constitucional de 28 de junio de 2010 se quedó una coma más acá o fue un milímetro más allá, como si la geografía de la Constitución tuviera el detalle preciosista de un cuadro de Patinir. Lo preocupante es el escenario de pugna entre partes enfrentadas, esa violencia de comunidad de vecinos mal avenidos con que tantas veces se lanzan los recursos de inconstitucionalidad y otras armas arrojadizas, poniendo a las instituciones bajo sospecha de seguir a unos partidos que hacen lo posible para servirse de ellas. El último problema del Estatut de 2006 fue someter la voluntad democráticamente expresada del pueblo catalán a la ordalía de una sentencia que podía proporcionar legítimamente la medida exacta de su constitucionalidad, pero nunca dar solución política a lo que quedara fuera de la Constitución; una extralimitación que, en mayor o menor grado, era previsible desde el primer momento y nadie quiso prevenir, jugándoselo todo a la carta de un fallo incierto que iba a demorarse por años. Cuatro. No hubiera hecho falta tanto para concertar entre todos una respuesta realista a pulsiones cívicas atendibles, que las había, aunque el pacto social necesitara rehacer algunas reglas del juego antes de violentarlas y, quizás, modificar una Constitución que tardó mucho menos en redactarse desde cero.

En el derecho hay, junto a un componente de coerción, una dosis variable, pero necesaria, de cumplimiento espontáneo que evita tener que imponer cada norma a golpe de sentencia. Vale para todo; para pagar el periódico de la mañana y para respetar un tablero constitucional que se ha cuajado de emboscadas. Hoy, hijo de uno de los padres olvidados de la Constitución de 1978, pienso en claudicar: será más fácil reformarla que imprimirla en el corazón de la parte más reticente de una ciudadanía que, por olvido, ignorancia o desafección sincera, no se identifica con ella. Lástima. Pero mientras buscamos desde la pluralidad ideológica, geográfica y cultural un consenso suficiente para reformar prudentemente nuestra Carta Magna, el ordenamiento jurídico que preside, norma a norma, tiene que observarse y hacerse observar. Aunque no sea suficiente. El resto pasa por hacer seguros los puentes del diálogo e intentar comprender y amar las diversas razones y las hablas de Sepharad, como decía Espríu, el poeta que amaba les paraules calmoses y la Biblia bellamente traducida por los monjes de Montserrat: las palabras tranqui-las de los sabios se escuchan másque el grito del rey de los necios (Eclesiastés, 9, 17). Eso decía el libro sapiencial. Aquí abajo, hay más palabras que sabios, más ruido que música, más poder que sociedad, más ordenanzas locales que valores e integración europea, y así nos va.

ANTONIO HERNÁNDEZ-GIL ES MIEMBRO DE LA REAL ACADEMIA DE JURISPRUDENCIA Y LEGISLACIÓN

Irrealidad secesionista y Cortes de Cádiz
El simposio es más que un error político: es institucionalizar una provocación encarnándola
en un prejuicio
Valenti Puig El Pais Cataluña   15 Diciembre 2013

Lengua, cultura e historia han sido, de forma gradual y acumulativa, los objetivos metódicos de la ocupación conceptual nacionalista. La lengua catalana ya pasó de ser una reivindicación natural a ejercer de cuota apropiada por el nacionalismo; la cultura, cuanto más identificada con el nacionalismo, más se estanca y pierde creatividad; la historiografía nacionalista supedita el rigor a la noción de la Cataluña irredenta. Existen en Cataluña una historiografía oficial, una cultura oficial y una lengua adscrita a la imposible voluntad monolingüe.

Que las realidades del día a día sean muy distintas importa poco. Al contrario, incluso existe un sistema de recompensas que genera exclusión y reparte patentes de catalanidad. El caso más manifiesto y decorativo es el Premi d’Honor de les Lletres Catalanes que concede Òmnium Cultural, fundacionalmente dedicado a fomentar la enseñanza del catalán en tiempos adversos y hoy plataforma explícita del independentismo. Haberse negado a conceder el premio a Josep Pla o a otros escritores el catalán y el castellano recalca un sesgo discriminatorio del sistema de recompensas, oficial y paraoficial.

Un 70% de los ciudadanos de Cataluña —en grados distintos— no estima irreal su condición simultánea de catalán y español. Así, el simposio de historiadores titulado Espanya contra Catalunya (con financiación de la Generalitat) connota beligerancia contra un amplio sector de la sociedad catalana, además de tener un indudable efecto reactivo en el conjunto de España. Ni de aceptar la tesis de una desventaja fiscal para Cataluña es deducible que una mayoría de catalanes tenga in mente un expolio permanente, irresoluble y perverso por parte de España. Pero la acusación no es nueva porque, en el caso catalán y de otros tantos nacionalismos, la historiografía se ha puesto al servicio de la identidad. En algunos casos se echa mano del fórceps metodológico y en otros se hace uso del corporativismo universitario del que todo el mundo se queja, pero casi nadie hace nada. La historia como arma pacífica al servicio de Cataluña, ha dicho el director del simposio.

En realidad, el simposio es más que un error político: es institucionalizar una provocación encarnándola en un prejuicio. El historiador Josep Fontana, hombre de añoranzas estalinistas aunque haya caído el muro de Berlín, lo ha reafirmado: Cataluña está siendo forzosamente asimilada y reducida a provincia de España. Al mismo tiempo, unas pautas pedagógicas para profesores de historia de Cataluña sostienen que la Guerra de Secesión no fue parte de un conflicto internacional ni una guerra dinástica, sino una guerra de España contra Cataluña, igual que la Guerra Civil de 1936.

De forma directa o subliminal, se pretende contribuir a la demostración definitiva de que no hay posible encaje de Cataluña en España o que, puestos a extraer derivaciones deterministas, Cataluña no es España. Un historiador de tanto fuste como John H. Elliot, quien tuvo acceso a la historia de Cataluña de la mano de Jaume Vicens Vives, dice que el simposio es un disparate. Mientras, la conmemoración sesgada de 1714 ya ha comenzado, con abundancia de dinero público y bajo las directrices de personajes que en comparación con lo que hubiese dicho y hecho Vicens Vives tienen la dimensión de un forúnculo. El lema de la conmemoración es Viure lliure. En resumen: hasta 1714 Cataluña era libre y en 2013 los catalanes carecen de libertades.

Si Cataluña fue siempre inasimilable a la realidad de España, uno se pregunta qué hacían en las Cortes de Cádiz de 1810 la veintena de diputados catalanes que acudieron para la fundación constitucional de un Estado liberal, mientras las tropas de Napoleón dominaban gran parte del territorio. Por ejemplo, Antoni de Capmany. Con mesura, Enric Jardí describió el quehacer de los catalanes en las Cortes de Cádiz. Capmany era un moderado, defensor del foralismo y del acervo del derecho catalán. Había colaborado con Olavide y estaba por abolir la Inquisición. Como historiador de la economía de Cataluña, fue valedor constante de los réditos del comercio por mar y tierra. Aquellos diputados en las Cortes de Cádiz —dicen Jardí y otros historiadores— actuaron con realismo, con más sentido pragmático que abstracción, afectos a unas nuevas instituciones y según el eficaz modo pactista.

Más allá de brumas y mitos medievales, la Cataluña moderna había comenzado a partir de 1714. Como mucho más tarde ratificó Vicens Vives, Antoni de Capmany ya decía que el Decreto de Nueva Planta impuesto a Cataluña con la llegada de los Borbones había sido positivo porque eliminó el lastre feudal, abrió la economía catalana y acabó con el anquilosamiento político. Barcelona, puerto franco. Comercio con América. Entre otras cosas, por eso estaban los diputados catalanes en las Cortes de Cádiz y contribuyeron al nacimiento político de la España moderna. Actualmente hay en el Congreso de los Diputados 46 escaños elegidos por los votos catalanes. En su gran mayoría tampoco son secesionistas ni suponen que España vaya contra Cataluña. Para eso se hacen las constituciones.

Valentí Puig es escritor.

Dobletes
JON JUARISTI ABC 15 15 Diciembre 2013

El presidente de la Generalitat catalana ha convertido la opción federalista de la izquierda en pura subversión antidemocrática

EL 6 de octubre de 1934, el presidente de la Generalitat de Cataluña, Lluís Companys, proclamó el Estado catalán en la República Federal española. No era una declaración de independencia, pero sí de rebelión abierta contra la II República, su gobierno y la constitución entonces vigente, la de 1931.

El desafío, como se sabe, terminó bastante mal para Companys y la Generalitat. El Gobierno de coalición de los radicales y la CEDA, un gabinete de centro-derecha presidido por Alejandro Lerroux, no sacó tanques a la calle, pero sí cañones. Companys y sus consejeros fueron a parar a la cárcel y la autonomía catalana desapareció en la práctica hasta las elecciones de febrero de 1936. Conviene recordar las circunstancias históricas de la proclamación de Companys para entender su sentido.

En primer lugar, las disensiones internas de la propia sociedad catalana, en la que no sólo se contraponían los intereses de los partidos catalanistas a los del bloque radical-cedista y los de todo el conjunto republicano a los del anarcosindicalismo, sino los del nacionalismo catalán conservador de la Lliga a los del gobierno de Companys por la cuestión candente de la llamada Ley de Contratos, un proyecto de reforma agraria que, además de enfrentar a la Generalitat con el Gobierno de la nación, había agravado la división del catalanismo.

En segundo, la insurrección armada de los socialistas contra el Gobierno, culminación de una escalada de movimientos focales huelguísticos y de rebeliones administrativas (como la de los ayuntamientos vascos) impulsadas por el PSOE, el republicanismo de izquierda y los nacionalistas con la intención expresa de minar la legitimidad del gobierno salido de las urnas el año anterior. En este contexto se produjo la sonada proclamación de Companys.

Dicha proclamación fue doble. No postulaba uno, sino dos sujetos políticos incompatibles con la Constitución de 1931: el Estado catalán y la República Federal española. No hay que hacer grandes esfuerzos de imaginación ni de memoria para adivinar cuál era el modelo que seguía el presidente de la Generalitat: el de la insurgencia cantonalista de 1873 contra la I República. Como entonces, se intentaba cambiar el sistema político por la vía de la rebelión abierta, al margen de los dispositivos legales arbitrados por la propia Constitución para su reforma.

Las circunstancias actuales no son, evidentemente, las de 1934 ni las de 1873, pero el modelo subyacente al doblete anunciado el jueves por el presidente de la Generalitat catalana es el mismo que el de las proclamas insurreccionales de ambas fechas. Se trata de forzar el cambio del sistema político desde fuera de la legalidad. Es obvio que el mensaje que los nacionalistas catalanes han lanzado al conjunto de la sociedad española consiste en un dilema, es decir, en una falsa alternativa: tanto si el horizonte de la consulta anunciada es un Estado catalán no independiente, como el que proclamó Companys, o uno independiente, emplaza a todas las demás fuerzas políticas a cambiar el sistema pasando por encima de la Constitución de 1978. Es también obvio que el Gobierno de la nación no puede siquiera tomar en consideración los términos del dilema, porque su única opción, como ha vuelto a recordar Rajoy, es la defensa de la Constitución. La incógnita por despejar es lo que hará la oposición, y sobre todo su principal partido. La opción por una federalización como mal menor implicaría unirse a la impugnación insurreccional del sistema. Ya no es posible moverse alegremente entre la legalidad y el sueño. Como Companys en 1934, y también por la vía del doblete, Mas ha convertido la propuesta federal en subversión antidemocrática.

Alucinación colectiva
javier barraycoa ABC Cataluña  15 Diciembre 2013

Entre los exiliados austracistas no sólo hubo catalanes sino también castellanos

Llegó el tercer día del Simposio. No faltaron manifestaciones el primer día del simposio por parte de catalanes que quisieron expresar su indignación con la manipulación de la historia. El día de la clausura tampoco faltaron quejas del grupo « Somatemps» que entregó a los responsables un escrito de protesta firmado por profesores e historiadores. Esta jornada, que acabó al mediodía se centró en el «exilio»: el de los austracistas en el siglo XVIII, el de los carlistas y republicanos en el XIX, o en el de la Guerra Civil del XX. No hubo novedad ni discusión, el tema es más que obvio: las guerras causan exiliados.

Lo sorprendente sería descubrir lo contrario. Los exilios son duros y dejan profundas cicatrices, pero es parte de las Guerras. Entre los exiliados austracistas no sólo hubo catalanes sino también castellanos. Muchos carlistas debieron abandonar la Patria tras tres Guerras civiles en el XIX. Y, evidentemente, no se habla de los catalanes que se tuvieron que exiliar durante la represión republicana entre el 36 y el 39. Sólo se habla de los exiliados tras la entrada de las fuerzas nacionales.

Para finalizar el acto intervino el sociólogo Salvador Cardús, de reconocido prestigio en Cataluña. Como curiosidad, diremos de él que empezó como estudioso del suicidio y temas que nada tenían que ver con el nacionalismo. Sólo a partir del año 2000 se inició en los estudios sobre nacionalismo decantándose por las tesis catalanistas, coincidiendo con su ascenso a importantes cargos académicos. Por eso su última obra lleva el significativo título de «El camino de la independencia» (2010). ¿Nada que ver con su primer estudio sobre el suicidio, o una curiosa coincidencia? ¿Será la independencia el suicidio de Cataluña?

El título de su excurso no tiene precio: «La humillación como desencadenante de la eclosión independentista». En fin, su actitud confirma la tesis de Max Scheler que afirma que el resentimiento es un generador de actitudes autodestructivas. El resentimiento es la subjetivación de la realidad ante la falta de capacidad para aceptarla. Porque, podríamos preguntarnos, ¿quién ha humillado a Cataluña, la que ha sido la región más próspera de España (hasta que la gobernó el nacionalismo)?

Evidentemente este cierre de un penoso y politizado simposio, sólo puede alentar la alucinación colectiva que quiere provocar el nacionalismo catalán. Todo este evento sólo ha tenido una finalidad provocar a la opinión pública con un título explosivo, pero sin contenidos relevantes.

Javier Barraycoa es sociólogo, politólogo y director de estudios de Ciencias Políticas en la Universidad Abat Oliba CEU de Barcelona

El día después
josé garcía domínguez ABC Cataluña  15 Diciembre 2013

Apenas un minuto después de nacer, pues, el Estado catalán se declararía en suspensión de pagos

Supongamos que sí, que queremos ser un Estado y además independiente. Bien, en el instante mismo del alumbramiento de la criatura, la deuda pública de la República Catalana pasaría a ascender a 160.000 millones de euros (el monto correspondiente al 16% de la española si tomásemos como criterio de reparto el porcentaje de población). Deuda que, huelga decirlo, no se podría honrar. Apenas un minuto después de nacer, pues, el Estado catalán se declararía en suspensión de pagos. Ya insolvente, su segundo acto de soberanía habría de consistir en crear a toda prisa una nueva moneda, dado que la expulsión de la Unión Europea conllevaría la paralela salida del euro. Asunto que nos traería algunos pequeños contratiempos.

Recuérdese que hicieron falta años de preparación y un complejo proceso de adaptaciones técnicas previo a la implantación de la divisa. Mas, por obvias razones de urgencia, aquellas precauciones y ensayos deberían ser soslayados esta vez. Imagínese el caos. Flamante signo monetario, el catalán, que se daría a conocer ante el mundo derrumbándose en el acto. Una caída libre, la de su tipo de cambio frente al euro, cuyo final nadie estaría en condiciones de adivinar. Sirva de indicio lo sucedido con el peso argentino tras suprimirse la paridad con el dólar, cuando perdió de golpe un 75% de su valor.

Y tradúzcanse a la economía cotidiana esos movimientos de montaña rusa. Cada tuerca industrial holandesa, cada motor de frigoríficos japonés, cada pieza de automóvil coreana, cada barril de petróleo saudí, todo lo que consumimos y que no se produce dentro de las fronteras de Cataluña vería multiplicado su precio por tres o por cuatro.

De repente. Pero eso no sería lo peor. Al contrario, constituiría una broma sin importancia ante el problema las deudas privadas. ¿Cómo pagar, por ejemplo, hipotecas en moneditas de juguete a unas entidades financieras hiper-endeudadas en euros? Ni un solo banco catalán se libraría de la quiebra inmediata; ni uno. Pero adelante con los faroles.

El insulto
Marcus Pucnik www.cronicaglobal.com 15 Diciembre 2013

El insulto no es nuevo. En la década de los 90, la comparación entre Cataluña y los nuevos estados ex yugoslavos derivaba en una equiparación de España con Yugoslavia, y esto significa poner democracia y dictadura al mismo nivel. Representa un desprecio hacia España, y un insulto a todos aquellos que lucharon por la democracia en Yugoslavia, entre ellos mi padre, quien pagó su compromiso por la libertad con prisión y exilio. Por lo tanto, es un insulto que me tomo de manera personal.

Hay situaciones que son simplemente incomparables. Trabajando como reportero, no me arriesgaba la vida en Bosnia porque ésta sufriera algún "expolio fiscal". Y nunca olvidaré esa manifestación pro Bosnia en 1992, cuando marchábamos por las Ramblas de Barcelona y de repente, al pasar al lado de unos policías nacionales, unos jóvenes de ERC gritaron: "¡Los polis son serbios!". ¡Qué vergüenza ajena!

Nos quieren hacer creer que libertad significaba lo mismo en Sudáfrica que hoy en Cataluña, y que "luchar contra leyes establecidas" de un Estado dictatorial es lo mismo que vulnerar las leyes de otro, democrático

Han pasado más de 20 años, y el insulto no ha ido a menos, sino todo lo contrario, tanto en calidad -ya no insultan sólo los cachorros descerebrados, sino el mismo presidente de la Generalidad cuando invoca a Martin Luther King- como también en cantidad: van añadiendo más y más países y gentes a la lista. Nelson Mandela no está enterrado aún, y ya nos quieren hacer creer que libertad significaba lo mismo en Sudáfrica que hoy en Cataluña, y que "luchar contra leyes establecidas" de un Estado dictatorial es lo mismo que vulnerar las leyes de otro, democrático. En la web del colectivo Freecatalonia usan dos fotos de Mandela como reclamo para la frase: "I'm Catalan I love freedom".

Inolvidable también la historia de cómo conseguió Alfred Bosch el visto bueno de Gandhi, King y Mandela para encabezar la lista de ERC en las últimas elecciones generales. Le llegó la oferta por móvil cuando se encontró en el museo Tussauds, y las figuras de los tres ilustres le hacían que sí con la cabeza. Un clásico es la comparación entre los catalanes y los judíos amenazados por los nazis. Sirva como ejemplo lo que dicen dos entrevistados en el documental de Sobirania i Progrés "Spain's Secret Conflict", el escritor Matthew Tree (minuto 17:13) y el historiador Josep M. Solé i Sabaté (minuto 28).

Seguramente la comparación entre catalanes y judíos más contundente vino estos días de Santiago Espot, para quien Cataluña es como "el ghetto de Varsòvia". No es sólo casualidad que el filósofo Josep M. Terricabras sea candidato de ERC en las próximas elecciones europeas, aquel señor que habla de un "genocidio cultural". Esta manera de pensar, desde este insulto repetido mil veces, enlaza en una linea directa con el simposio "Espanya contra Catalunya".

En el lado positivo, no siempre abusan de los que sufrieron prisión, tortura o asesinato. A veces hacen reir, y mucho. Así es con la famosa frase de Artur Mas cuando dijo que "somos los alemanes de España". Se rie aquí mi parte alemana, porque una de las cosas que apreciamos los alemanes es el Estado de derecho, principio al que los nacionalistas catalanes reverencian profundamente. Es por eso que David Fernàndez llamó a la Alemania nazi un Estado de derecho, y Mas declaró que las dictaduras también tienen leyes. La ignorancia es total, así que por favor no se comparen conmigo y los míos. Me provoca urticaria.

Como no puede ser de otra manera, la palma se la lleva Pilar Rahola. Este personaje que acumula más y mejores títulos académicos que Joana Ortega añadió en una sola frase a los kurdos, los palestinos, los armenios y a "cualquier colectivo que lucha en alguna selva amazónica" a la lista de insultados.

¿Ha sido usted víctima de algún abuso o crimen? Quédese pendiente del telediario, seguro que pronto un nacionalista catalán lo homenajeará con un "¡nosotros también!"

Aquí no se escapa nadie. ¿Violencia de género? Cataluña es la mujer rubia maltratada por el señorito español y narizón. (¡Vaya estereotipos!, me suenan). Xavier Sala i Martín comparte este punto de vista. Hablando de matrimonios, más vale ser gay que catalán. Los gays se pueden casar aunque, según Mas, la Constitución "lo niega taxativamente". ¿Ha sido usted víctima de algún abuso o crimen? Quédese pendiente del telediario, seguro que pronto un nacionalista catalán lo homenajeará con un "¡nosotros también!", y si tiene suerte le regala un llavero con estelada.

Estas frivolizaciones indican dos cosas. Primero, que quien las usa no puede presumir de ser culto ni educado, y segundo, que está seguro de que su audiencia lo es aún menos. Arturo Pérez-Reverte lo acaba de decir con claridad: "El independentismo también es un problema de educación. A un pueblo poco educado, acrítico y sin lucidez intelectual se le manipula fácilmente". No nos engañemos, estas desvergonzadas comparaciones tan insultantes para tantas y tantas víctimas tienen finalidad política. Y en este caldo de cultivo crece un populismo que en tiempos de crisis económica es sumamente peligroso.

Aquel que se siente víctima busca a un culpable. El nacionalismo le ofrece un enemigo. Cuanto más esta persona se vea en apuros por el desempleo u otras adversidades, más le quiere hacer pagar por ello. Y cuánto más se sienta en posesión de la verdad y una causa justa, con tanto más fervor buscará al enemigo no sólo lejos, sino cada vez más cerca, en su población, su calle y su vecindario. En Cataluña, los enemigos del pueblo están siendo señalados. No tengo duda de que a mi también me ponen en esta categoría.
 


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