AGLI Recortes de Prensa   Sábado 21 Diciembre 2013

Muchos lobos y pocas ovejas
Vicente Benedito www.vozpopuli.com 21 Diciembre 2013

De muy joven me leí los Episodios Nacionales de Benito Pérez Galdós y descubrí entonces lo brutos que éramos los españoles y lo mucho que hacíamos sufrir a este bendito país llamado España.

Cien años después de la publicación de esa joya de nuestra literatura, y a la vista de lo que está sucediendo en el mundo de la política, me sigue pareciendo, hoy, que los inexorables vaticinios del prolífico canario están más vigentes que nunca. Su especial preocupación por la memoria histórica de los españoles del siglo XIX le llevó a evolucionar en su pensamiento hasta hacer suyo el amargo escepticismo construido desde la duda infinita de nuestra capacidad para superarnos a nosotros mismos.

Seguimos instalados en esa incapacidad para resolver aquellas cuestiones que urge acometer para progresar en el tiempo. Continuamos viviendo en un estado de carencia absoluta de “fe nacional” y volvemos, siempre indecisos, una y otra vez, sobre nuestros propios pasos. Es decir, seguimos siendo brutos, pero con una diferencia: los pastores se han convertido en lobos, que son muchos y las ovejas somos pocas. Y cuando hay un tirano sólo hay un objetivo a batir, pero cuando hay tantos y tan bien colocados es complicado. Te dan ganas de echarte al monte.

Entiendo oportuno y conveniente reproducir ahora y aquí un fragmento del libro de Benito Pérez-Galdós "La fe nacional y otros escritos sobre España" publicado en 1912:

“Los dos partidos que se han concordado para turnarse pacíficamente en el poder, son dos manadas de hombres que no aspiran más que a pastar en el presupuesto.

Carecen de ideales, ningún fin elevado les mueve; no mejorarán en lo más mínimo las condiciones de vida de esta infeliz raza, pobrísima y analfabeta.

Pasarán unos tras otros dejando todo como hoy se halla, y llevarán a España a un estado de consunción que, de fijo, ha de acabar en muerte.

No acometerán ni el problema religioso, ni el económico, ni el educativo;

No harán más que burocracia pura, caciquismo, estéril trabajo de recomendaciones, favores a los amigotes, legislar sin ninguna eficacia practica, y adelante con los farolitos.

Si nada se puede esperar de las turbas monárquicas, tampoco debemos tener fe en la grey revolucionaria. No creo en los revolucionarios de nuevo cuño ni en los antediluvianos.

La España que aspira a un cambio radical y violento de la política se está quedando, a mi entender, tan anémica como la otra.

Han de pasar años, tal vez lustros, antes de que este Régimen, atacado de tuberculosis ética, sea sustituido por otro que traiga nueva sangre y nuevos focos de lumbre mental.”

Releyendo este texto, me sorprendo del fantástico sentido de la anticipación de Galdós y me amarga, a la vez, comprobar, como decía el famoso filósofo, que “nada cambia, solo se transforma” y en nuestro caso a peor. Resistiéndome a caer en la melancolía de los tiempos que vivimos, el mero repaso de las noticias con las que cada día los medios de comunicación nos atormentan, en el ejercicio de su más importante función informativa, nos confirman esas premonitorias palabras del gran novelista español del Siglo XIX.

Continúa, sin ejercicio de contrición alguno, la corrupción de toda índole extendiendo su fango hasta por instituciones que algunos cándidos idealistas pensábamos que eran invulnerables. No dejan de aflorar los casos de amiguismo caciquil, la cultura del dedo, el legislar por legislar, el engaño al pueblo llano y soberano, el afán de destruir, revive la eterna España revisionista que se preocupa más de reinterpretar la historia que de superarla.

Cataluña
La seducción del secesionismo
José Luis González Quirós Libertad Digital 21 Diciembre 2013

Los separatistas en fase de disimulo han hablado siempre de los separadores, de unos supuestos personajes cuya sola presencia incita a pacíficos patriotas españoles a convertirse en secesionistas catalanes, de momento. Hay que reconocer que el fenómeno, de ser cierto, debiera considerarse extremadamente peculiar, porque funciona contra toda lógica. El argumento, si se le puede llamar así, que subyace tras este raro fenómeno desafía, en efecto, a cualquier razonamiento ordinario. Hace días lo expuso con implacable lucidez Arcadi Espada a propósito de uno de los últimos conversos ("a ver si en Madrid se enteran") a ese estado de confusión colectiva en el que rige la extraña regla de que la mejor manera de negarle algo a alguien es dárselo, para que deje de pedirlo. En resumen, como, al parecer, cada día que pasa el victimismo hace ganar votos al independentismo, la mejor solución sería conceder la independencia para que dejen de tener motivos para pedirla. No está mal el atajo, no señor.

En este curioso algoritmo político hay algo de portentoso, y, gracias a un don del cielo, hace días comprendí el motivo de tan oculto atractivo. Resulta que un conocido intérprete, de izquierdas, por supuesto, hizo recientemente unas declaraciones, muy sentidas, como corresponde a personajes tan tiernos y solidarios, en que manifestaba que él era madrileño pero se sentía independentista catalán. Risum teneatis, pensé yo, pero enseguida me di cuenta de que tal vez no fuese la risa el mejor homenaje a tan excelsa identificación con lo ajeno. Pensé inicialmente que acaso todo pudiera reducirse a que años de vivir de la subvención te hagan ser muy generoso con el dinero ajeno, pero pronto caí en la cuenta de que esa sería una interpretación groseramente marxista de las ideas de un mozo, bueno ya no tanto, asaz gentil y desprendido. Si uno se pregunta qué puede sentir un madrileño común para desear que Cataluña se independice, difícilmente se contestará que una admiración ilimitada por las virtudes raciales y culturales de los catalanes, de manera que esa no parece que pueda ser la causa, porque este actor seguro que admira fervorosamente el teatro catalán y su música sinfónica, por decir algo, o sea que esa no puede ser la causa. Tampoco podría ser un separador al uso, porque no deja de haber un fondo de admiración incondicional en esa declaración tan amorosa.

¿De qué se trata, pues? A mi modo de ver, existe una vieja convicción común a casi todos los inconformistas de plantilla, a saber, la idea de que lo que no existe es siempre mejor que lo que hay, excepción hecha de sus inmarcesibles películas. ¿Cómo no va a ser mejor una Cataluña inexistente que una España tan persistente? Ese estado ideal, sobrehumano, que se alcanzaría con una Cataluña en que todos sus ciudadanos podrían viajar gratis total por el mundo explicando el milagro de su existencia es suficientemente poderoso para concitar la admiración y el deseo vehemente de todos los que profesan la negación como culmen de sus muchas virtudes, méritos, dicho sea de paso, cuyo reconocimiento ha de ser la excepción a la negatividad universal.

Volvamos ahora a los separadores y comparemos su inaudita y rancia cerrazón con la pasmosa apertura del actor madrileño y separatista catalán, todo en uno. Los primeros se privan del placer soberano de admirar lo inaudito, lo portentoso. Están tan pegados a su ramplón sentido común que cuando les dicen que Mas es un estadista se acuerdan del infante don Juan Manuel, del retablo cervantino de las maravillas y de los cuentos de Andersen, o sea de que el rey está desnudo, y claro es que imaginarse tal escena no debe de ser plato de buen gusto. He aquí, pues, el bálsamo de Fierabrás para combatir esta pesadilla reduccionista: cómprese en toda su extensión y en la forma más inconcreta, difuminada y esquiva el relato independentista, celébrese el derecho a decidir, idea en la que no había reparado ningún jurisconsulto, y se verá que Mas, autor de la inmortal pregunta en su música y letra, no se queda chiquito comparado con Lincoln, con Gandhi o con Mandela, que son estos los que se achican ante tamaña grandeza.

¡Separadores! ¡Libraos de la pesadilla del buen sentido y abríos al encanto, a la seducción, al milagro! Y, mientras tanto, que Montoro siga pasándoles lo necesario, no vaya a ser cosa de que se pongan a echar cuentas y caigan en lo caro que sale el montaje, sobre todo para estar desnudo frente al mundo, como Gina Lollobrigida en aquella película.

José Luis González Quirós, profesor de Filosofía y analista político.

¿Negociar con el independentismo?: los catalanes (siempre) pierden
José Rosiñol Lorenzo Periodista Digital 21 Diciembre 2013

Este artículo parte de un supuesto, imagino que el final de todo este lío soberanista acabe como están reclamando algunos partidos políticos y algún medio de comunicación como La Vanguardia, que todo derive en una “negociación” entre el “Estado” y la Generalitat, que todo se dirima en un diálogo entre “Cataluña y España”, que todo acabe con una ciudadanía catalana secuestrada políticamente por el nacionalismo y que el Gobierno lo acepte como interlocutor válido y único de la sociedad catalana.

Eso sería volver a caer en el error primigenio de nuestra democracia, en conformarnos con una visión unívoca de la realidad catalana, en una legitimización del discurso nacionalista como voz y discurso único catalán. Ya hay quién reclama el momento de la “política”, que he llegado el momento del “diálogo”, que exigen una “España” seductora, entre estos últimos se haya Joan Herrera de ICV, o un Pere Navarro un pelín menos despistado de lo habitual, pero también las editoriales soberanistamente edulcoradas de La Vanguardia.

Un parágrafo de la editorial del día 13 de diciembre de este diario versaba así: “…La Cataluña moderada, socialmente mayoritaria, aprecia la democracia participativa, desea el pacto, rechaza la intransigencia y no apoyaría aventurismos…Tiempo para la política.”, como vemos se están poniendo las bases con las que reafirmar la legitimidad del nacionalismo como representante único de Cataluña, parte de premisas falsas o simplemente inventadas (¿a qué tipo de aprecio se refiere con lo de la “democracia participativa”?, ¿significa acaso que quién no estamos a favor de saltarnos la ley “participativamente” no somos moderados y por tanto debemos quedar fuera de este hipotético diálogo?).

El problema radica en que estamos ante una representatividad virtual, mediática, porque Artur Mas ha renunciado a representar a todos los catalanes y se ha convertido en el abanderado de un frente independentistas, del ellos contra todos los demás, de los singularizado contra lo plural, del bloque homogéneo del “sí, sí” contra el variopinto colectivo del “¿por qué y para qué?”.

Pero, volviendo a esa ficticia negociación, ¿qué habría que negociar?, ¿qué puede ceder el Estado ante las exigencias independentistas?, ¿cómo puedes negociar a quién simplemente te niega (Rorty ya se planteaba qué se habría podido dialogar con un incipiente régimen nacional-socialista)?, ¿acaso el mismo diálogo bilateral ya sería la conquista del principal argumento nacionalista: la soberanía se basa en el territorio catalán? y lo más importante ¿la democracia y los derechos cívicos e individuales son negociables?.

Nos enfrentamos a los incómodos límites de la democracia, a lo que sobrepasa los principios democráticos, a la instrumentalización de la democracia, esto es así porque lo único que podría ponerse en la mesa “negociadora” sería precisamente eso: los derechos de los ciudadanos de Cataluña, el derecho a elegir su propia identidad, a que las instituciones no se inmiscuyan en su sagrada esfera privada, a no tener una cobertura jurídica constitucional que nos defienda ante la uniformización lingüística, a quedar expuestos ante la manipulación de los poderes públicos, ante la conformación ideológica de la sociedad.

De hecho nos enfrentaríamos ante una situación negocial de conflicto puro en la que quién siempre saldría perdiendo seríamos los ciudadanos catalanes, cualquier zona de posible acuerdo (ZOPA) pasaría aceptar los postulados más totalitarios del nacionalismo, aquellos que entienden a la ciudadanía como un objeto a tutelar, pero no solo lo sufriríamos los que no somos nacionalistas, perderíamos todos los catalanes, perdería la democracia…y ante esto no hay nada que negociar, solo podemos y debemos defender la (auténtica) libertad.
 

******************* Sección "bilingüe" ***********************

El amigo imaginario
juan carlos girauta ABC Cataluña 21 Diciembre 2013

Todo lo que un día defendieron es papel mojado, sus principios son como los de Groucho Marx: si no gustan, tienen otros. Ahí está su insistencia durante décadas en el derecho a ser educado en la lengua materna. En dicha demanda nos juntamos muchos; contaba con el aval de las Naciones Unidas. La convicción les duró justo hasta que pudieron ellos hacer las leyes. Hasta que tuvieron la oportunidad de invertir la diglosia. Ahora consideran una cafrada lo de la lengua materna, una cosa terrible y discriminatoria. Así que no se trataba de ningún derecho; se trataba, como siempre, de quién tiene el poder. Viene en Alicia en el país de las maravillas.

Se venden de antiguo como los demócratas pulquérrimos. ¡Que nos van a contar de tolerancia y pluralismo y parlamentarismo -se dicen-, si todo eso lo inventamos nosotros! Es como con el Quijote, y el descubrimiento de América, y tal. No les lleven la contraria. Sus modos hablan por sí solos. Vean. El líder de un grupo político le pide al jefe del ejecutivo una respuesta simple a esto: ¿Adelantará o no adelantará las elecciones? Artur Mas le responde que presente una moción de censura y, ante el resultado, a ver si recupera el juicio (seny) que le falta y «nos deja en paz».

¡Déjeme en paz, loco! No está mal para despachar el control del Parlamento. Lo que no acabamos de saber es si hablaba el presidente o la persona. Como todo el mundo sabe, Artur Mas tiene un amigo imaginario y abunda en el capricho de emitir dos voces.

El Presidente es neutral y no apoya expresamente ningún proyecto concreto para Cataluña. La Persona es pasional, independentista, partidaria y partidista. Tiene el hombre la personalidad partía. Yo lo entiendo muy bien: como analista, lo observo fríamente. Como persona física, siento vergüenza ajena al verlo y pienso: ¡A ver si recuperas el juicio y nos dejas en paz, obseso! Observen que en mí la persona tutea, más decontracté que el analista.

País Vasco y posmodernidad
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Raúl González Zorrillalatribunadelpaisvasco.com 21 Diciembre 2013

La escritora británica P. D. James, una anciana brillante que a su extraordinaria habilidad para escribir magníficas novelas policiacas añade una intensa capacidad de análisis para identificar las grietas morales por las que el mal se cuela en nuestras sociedades, no deja de insistir en algo que, al parecer, hemos olvidado o que, quizás, aún no hemos aprendido: "el crimen cambia a todo el mundo que entra en contacto con él". Siguiendo este axioma, las dramáticas desgarraduras, las permutas infames producidas en el tejido moral vasco por cinco décadas de intensa actividad terrorista de ETA no solamente se reflejan en los testimonios siempre necesarios de las víctimas sino también, y de un modo especial, en el tratamiento esencialmente grosero e impúdico que los principios democráticos más elementales reciben en este país.


Según estudios recientes realizados por el Euskobarómetro y el Ararteko, casi la mitad de los vascos dudaron de la legitimidad de un gobierno socialista con apoyo del Partido Popular, el 60% de los ciudadanos de Euskadi se muestra contrario a la ilegalización de siglas que forman parte de un entramado terrorista y la mitad de los estudiantes todavía cree, con diversos grados de convencimento, que un atentado terrorista puede tener algún tipo de justificación. Lo más terrible de estas conclusiones, que esbozan una colectividad perdida en un lugar equidistante entre las víctimas y los verdugos y que nos hablan de una ciudadanía más que displicente en la defensa de los derechos fundamentales de muchos de sus miembros, es que se obtienen tras investigar en un ámbito geográfico económicamente sólido, culturalmente avanzado y con un índice de calidad de vida situado entre los más elevados del mundo. ¿Cómo puede entenderse, entonces, la profunda, siniestra e íntima convivencia entre progreso e irracionalidad que revelan estas investigaciones?, ¿cómo pueden coexistir, apenas separadas por un puñado de kilómetros, dos realidades tan contradictorias como las que reflejan, por ejemplo, el vanguardista Museo Guggenheim de Bilbao y los proetarras muros de la vergüenza que todavía existen en no pocas localidades vascas?


Para buscar una solución a esta aparente contradicción debemos tener en cuenta que tanto el importante avance material protagonizado por el País Vasco en los últimos cincuenta años como el grueso de la actividad terrorista de ETA, han tenido lugar en un marco histórico definido por un espíritu posmoderno, todavía demasiado vigente entre nosotros, que se ha revelado como un magnífico mecenas del "todo vale" ideológico y del relativismo más deshonesto. Lo que se conoce como pensamiento débil, corriente intelectual íntimamente ligada al fenómeno posmoderno que se resume perfectamente en esa aberración, tan repetida en este país, que afirma que "todas las ideas son igualmente respetables", ha provocado una voladura incontrolada de valores esenciales para la convivencia y ha disgregado la capacidad de muchos ciudadanos para defender derechos fundamentales y principios básicos de comportamiento colectivo. Esto lleva, indefectiblemente, a que la sociedad vasca perviva en un demencial "efecto Disney" que impulsa a buena parte de la población a desligarse del horror y a creer que el complejo sistema de derechos y libertades sobre los que se asienta su bienestar ha surgido por generación espontánea o que se trata de un estado de cosas inmutable e inmanente que, sencillamente, siempre ha estado ahí. Como no podía ser de otra forma, esta mirada anómala sobre la realidad ha dado luz a una ética muy particular. Se trata de una moralidad blanda, indolora, acomodaticia y dúctil que, efectivamente, habla en favor de los derechos humanos, demanda la paz, exige el fin de los crímenes y reclama la conclusión de la extorsión y de las amenazas, pero que lo hace siempre con emplastos argumentales que difuminan la autoría de los asesinatos, que evitan señalar con nombres y apellidos a los responsables de los delitos, que abogan por universalizar la responsabilidad de la barbarie, que obvia a los muchos cómplices políticos de la atrocidad y que, en su máximo nivel de indolencia, llora por las víctimas del horror al mismo tiempo que solloza por la existencia de los victimarios.


"La trivialidad es la fatalidad de nuestro mundo", dijo el filósofo francés Jean Baudrillard, y es precisamente esa insustancialidad cruel la que ha provocado que el predominio de la razón política propia de la modernidad se convierta en el País Vasco en preeminencia de una razón simbólica, claramente posmoderna, que ha tratado de imponer como referentes supremos conceptos abstractos y míticos como los de patria, pueblo o tradición. El ideario nacionalista y el sentir posmoderno se han aliado en Euskadi para extender entre la ciudadanía una suerte de movimiento intensamente sentimental, subjetivo, parcial y acientífico que, tras desmontar de una forma escabrosa el indudable valor referencial de los grandes modelos éticos, ha asentado las bases para que puedan cuestionarse y despreciarse hasta la náusea las que siempre han sido herramientas básicas de cohesión, coexistencia y civilidad entre los ciudadanos vascos, y entre éstos y el resto de los ciudadanos españoles.


Los informes del Euskobarómetro y del Ararteko anteriormente citados descubren con acerada pertinencia el predominio de esta moral difusa y de esta empatía abotargada que caracteriza a una parte importante de la sociedad vasca. En este sentido, la principal tarea de las instituciones, más allá de la necesidad inmediata que les obliga a cerrar filas frente a las crisis económica, ha de consistir, precisamente, en crear orden y en disminuir los niveles de entropía de un sistema socio-político como el vasco que, durante las últimas décadas, y envenenado por los efectos de una actividad terrorista demoledora, ha invertido radicalmente los principios, los derechos, los deberes y los valores fundamentales que nos definen como personas y como ciudadanos.


"Por la noche, todos los gatos son pardos: Apaguemos la luz". Frente a este famoso aforismo posmoderno a favor del más absoluto caos ideológico, una sociedad avanzada, sólida y resistente, formada por hombres y mujeres libres, ha de fundamentarse sobre valores tan humildes, tan cotidianos y tan caros de conseguir como los de la previsibilidad y la confianza. En democracia, los ciudadanos han de poder prever que las leyes se cumplen, que los sistemas de convivencia funcionan, que las fuerzas de seguridad trabajan, que los recursos dispuestos para la protección de sus derechos fundamentales se encuentran correctamente engrasados y que la solidaridad de las instituciones se dirige hacia quienes sufren y no hacia quienes han convertido la socialización del dolor en el objetivo primordial de su existencia. Este es el reto. Y nuestra única esperanza de civilidad.
 


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