AGLI Recortes de Prensa   Miércoles 25  Diciembre 2013

Discurso de Nochebuena
El Rey guarda silencio ante el desafío separatista catalán
Dice que asume las "exigencias de ejemplaridad", pero no se refiere, ni indirectamente, al caso Nóos.
libertad digital 25 Diciembre 2013

El rey Juan Carlos pronunció su discurso navideño, en medio de la más grave crisis nacional en décadas y el mayor deterioro de la institución monárquica desde que fuese nombrado jefe de Estado, tras el fallecimiento de Franco.

Sin embargo, y a pesar de una coyuntura tan especial, muy poco se puede sacar en claro de un discurso en el que ha vuelto a emplear un lenguaje alambicado, plagado de circunloquios, en el que no se ha referido de manera directa y expresa a los grandes problemas nacionales.

El discurso volvió a estar marcado más por lo que el Rey calló, que por lo que dijo. Ejemplo de silencio clamoroso fue el desafío separatista catalán, que ni lo ha mencionado.

Pocas veces estuvo tan claro el titular que buscaban los redactores del discurso: "Asumo las exigencias de ejemplaridad y transparencia que reclama la sociedad". Pero la frase no fue acompañada de ninguna referencia concreta al escándalo del Caso Nóos, aunque dará lugar a múltiples especulaciones periodísticas.

"Sé que la sociedad española reclama hoy un profundo cambio de actitud y un compromiso ético en todos los ámbitos de la vida política, económica y social que satisfaga las exigencias imprescindibles en una democracia", ha subrayado el Monarca en su mensaje de Navidad, en el que se declara consciente de que la crisis económica ha provocado "desaliento" en los ciudadanos.

Tras reconocer que "la dificultad para alcanzar soluciones rápidas" a la crisis y "los casos de falta de ejemplaridad en la vida pública han afectado al prestigio de la política y de las instituciones", don Juan Carlos se ha referido también a las "voces" que "quieren una actualización de los acuerdos de convivencia" entre los españoles.

Sin una sola mención al desafío separatista de Artur Mas, el Rey se ha limitado a decir que la Corona promueve y cree en una España abierta en la que caben todos, "un país libre, justo y unido dentro de su diversidad".

En este contexto, ha recordado que el sistema político nacido con la Constitución de 1978 ha proporcionado a los españoles el periodo más largo no sólo de "libertad, convivencia y prosperidad", sino también de "reconocimiento efectivo de la diversidad" que compone la realidad de España.

"Conviene que lo tengamos bien presente, pues a menudo se pretende que lo ignoremos o lo olvidemos cuando se proclama una supuesta decadencia de nuestra sociedad y de nuestras instituciones", ha recalcado.

"Siempre hemos sabido los españoles salir juntos de los malos (momentos) y construir juntos los buenos". "Juntos hemos resuelto problemas no más fáciles que los que hoy afrontamos", ha insistido, antes de animar a los líderes políticos y agentes sociales a combatir "el conformismo, el desaliento y el victimismo" y aconsejar diálogo y generosidad para "saber ceder cuando es preciso".

"Convivencia", "ética", "juntos" y "democracia" destacan entre las palabras más repetidas y enfatizadas durante su intervención, en la que ha hecho llegar a los españoles dos compromisos como Rey: la determinación de continuar su mandato de jefe del Estado "estimulando la convivencia cívica". Un mensaje que llega después de pasar un año convaleciente, tras someterse a varias operaciones de cadera. Aunque no se ha referido a su salud expresamente, el Rey parece dejar claro que no piensa dar paso al príncipe Felipe, como reclaman amplios sectores de la sociedad española.

Don Juan Carlos apela al "funcionamiento del Estado de Derecho para que la ejemplaridad presida las instituciones" y "se cumplan y hagan cumplir la Constitución y las leyes", un llamamiento que sigue la línea de la reivindicación de la ética que incluyó en su anterior alocución de Nochebuena y del mensaje de Navidad de 2011, días después de que la Casa del Rey calificara de "no ejemplar" el comportamiento del esposo de la infanta Cristina, Iñaki Urdangarin. Sin embargo, desde ese mensaje de 2011, la Casa del Rey, lejos de expulsar a la infanta Cristina, no ha hecho más que torpedear la instrucción judicial para evitar que la hija del Rey sea imputada.

La solidaridad con "aquellos a quienes con más dureza está golpeando" la crisis económica ocupa asimismo un lugar destacado en la intervención del Monarca, que ha apelado a instituciones públicas, empresarios e inversores para que apuesten por la investigación y la innovación para crear empleo.

Así, ha reclamado un esfuerzo "para que la economía confirme los indicios de recuperación que se están empezando a ver y que tienen que ser todavía más sólidos", según ha precisado, antes de advertir: "No podemos aceptar como normal la angustia de los millones de españoles que no pueden trabajar; para mí, la crisis empezará resolverse cuando los parados tengan oportunidad de trabajar".

Tras la grabación de 2012 en su despacho, el Salón de Audiencias de la Zarzuela ha vuelto a ser este año el escenario donde el Rey ha comparecido en Nochebuena ante los españoles, sentado tras una mesa de trabajo en la que se podía ver el ejemplar de la Constitución.

El Rey pronunció el discurso sentado, ya que todavía está muy reciente su última operación de cadera. Después de una novedosa introducción televisiva que les ha acercado al Palacio de la Zarzuela con una imagen aérea, los espectadores han podido seguir un mensaje algo más largo que el año pasado -once minutos y 35 segundos y 1.381 palabras, 292 más que en 2012-, en el que el Rey se ha dirigido a los españoles ante las banderas de España y la UE.

******************* Sección "bilingüe" ***********************
El Rey se compromete con el ‘orden constitucional’

Pablo Sebastián www.republica.com 25 Diciembre 2013

Suele ser habitual con motivo de los discursos navideños del Rey de España, el que los políticos y los analistas hagan interpretaciones distintas y a veces contradictorias sobre el alcance y contenido del discurso del monarca. La ambigüedad calculada de algunas de sus afirmaciones permiten las distintas versiones interpretativas que cada uno escoge desde su óptica política y sus intereses. Pero hay afirmaciones del Rey, en el discurso de esta Nochebuena como el ‘orden constitucional’ y la necesidad de hacer cumplir la ley y la Constitución que no deben de pasar desapercibidas y que conviene subrayar, como hay que destacar la frase del monarca sobre su compromiso de permanencia en la jefatura del Estado, lo que sirve para acallar las especulaciones sobre su posible abdicación.

Por ello se puede afirmar que el Rey Juan Carlos ha querido decir, frente al desafío independentista catalán, que en su ‘determinación’ de continuar en el cargo y de no abdicar se incluye su compromiso de hacer cumplir ‘el orden constitucional’. Añadiendo el monarca que el Estado de Derecho debe hacer que se cumplan en España la Constitución y las leyes. Aunque otros observadores, como los del flanco socialista de la política, pondrán el acento en las palabras relativas al diálogo y la necesidad de renovar los ‘acuerdos de convivencia’ en alusión a sus pretensiones de reforma federalista de la Constitución.

Sin embargo, nosotros apreciamos una doble advertencia que debería afectar no sólo a la Generalitat de Cataluña, que preside Artur Mas camino de la autodeterminación para la independencia, sino que también obliga al Gobierno de España que preside Mariano Rajoy. Porque esta claro que en Cataluña ya se ha desbordado el marco Constitucional y no se cumple la legalidad. Se aprecia en el incumplimiento reiterado de las sentencias de los Tribunales Constitucional y Supremo que obligan a la enseñanza en castellano y del castellano. Lo que ocurre sin que el Ejecutivo de Rajoy actúe con la contundencia y celeridad que le exige la legalidad.

El Rey, con su discurso de doble lectura, parece haber cumplido con su responsabilidad constitucional en su alocución de Nochebuena a pesar que esta cita con los españoles no era fácil por causa de los muchos problemas por los que atraviesa España (y la Corona). Y, de especial manera, frente al disparate secesionista catalán de Artur Más quien ha aprovechado el inmovilismo de Rajoy y la ambigüedad de Rubalcaba ante la ilegal posición del PSC favorable a la autodeterminación, para traspasar todas las líneas rojas de la legalidad mientras se encamina hacia la confrontación y la ruptura de España. Y si no fuera cierto que de la alusión del Rey al orden constitucional y al cumplimiento de la ley se desprenden estas dos advertencias, entonces mal irán las cosas y el monarca habría perdió una excelente oportunidad.

El Rey, pues, ha cumplido directa o indirectamente con su mandato constitucional -como Jefe del Estado y de las Fuerzas Armadas- y ahora hace falta que lo cumpla el presidente Rajoy, el Parlamento y las fuerzas democráticas y constitucionalistas, como lo ha pedido el Rey.Y el mismo mensaje afecta de manera frontal a la Generalitat y a CiU, ERC, ICV y CUP como los promotores que son de una ‘consulta’ ilegal de autodeterminación para la independencia de Cataluña, para lo que están utilizando los fondos públicos del Estado español, lo que constituye el delito añadido de malversación.

El rey se ha solidarizado con todos los colectivos que sufren la crisis y también con las víctimas del terrorismo que soportan la afrenta del anunciado final de la doctrina Parot que ha permitido la excarcelación de muchos terroristas. Y ha sido prudente el monarca al hacerse eco de las expectativas de mejoras económicas, que anuncia el gobierno al decir que mientras no existan oportunidades para los parados no se podrá hablar de una clara recuperación.

Y tampoco ha eludido el Rey los problemas de la corrupción aunque ahí pasó ligero sobre las ascuas al pedir ejemplaridad a políticos y gobernantes, en vez de pedir dimisiones y que se asuman las responsabilidades políticas de cada caso, sin uso y abuso del control de la fiscalía del Estado y del Poder Judicial. La continua protección de la Infanta Cristina por el Gobierno, la fiscalía y la larga mano del Poder Judicial, le restan credibilidad a estas palabras del monarca, así como al nuevo compromiso de la Corona con ‘la ejemplaridad y la transparencia’.

Es decir una de arena en favor de la unidad de España, y una de cal para pasar de puntillas sobre la corrupción, y por causa de una alusión del Rey que parece contraria a que se reformé la Constitución de 1978. Porque esa reforma, en lo que se refiere al vigente ‘sistema democrático’ del que el Rey hizo un elogio tan desmedido como ahora injustificado, bien merece un impulso y en profundidad. No en vano muchos de los problemas actuales de España vienen de las carencias del modelo partitocrático español, ajeno a las grandes democracias de nuestro entornó europeo y Occidental. De ahí que las someras alusiones del Rey a las reformas nos parezcan insuficientes porque se corre el riesgo de que todo quede como está.
www.pablosebastian.com

Acertadas palabras regeneracionistas, veamos los hechos

Editorial El Mundo 25 Diciembre 2013

FUE ELde ayer un mensaje de Navidad de gran calado político, con un Rey que se esforzó en conectar con el desencanto extendido entre los ciudadanos mediante un lenguaje regeneracionista que no se le había escuchado en años anteriores.

Tal vez lo más relevante de su intervención navideña fue la vinculación expresa que realizó entre la crisis económica y los graves errores de la clase política dirigente, algo que el Gobierno de Rajoy siempre ha intentado negar pero que ha calado profundamente en la opinión pública.

En ese sentido, Don Juan Carlos afirmó que existe «un desaliento» provocado tanto por la situación económica como por «los casos de falta de ejemplaridad en la vida pública», que ha afectado al «prestigio de las instituciones». Incidiendo en esta idea, el Monarca reclamó a políticos, altos cargos y líderes sociales «un profundo cambio de actitud -nunca había empleado una expresión así- y un compromiso ético en todos los ámbitos». Reconocía así que existe una creciente desafección hacia el sistema y que hay un profundo divorcio entre las instituciones y la calle.

En este contexto, el Monarca apeló a «una regeneración que no es competencia exclusiva de los responsables políticos» sino de toda la sociedad española. También era la primera vez en sus discursos navideños que empleaba el término «regeneración».

El Rey no se refirió expresamente a la reforma constitucional en su alocución, pero apuntó que «hay voces que quieren una actualización de los acuerdos de convivencia», lo que sugiere que toma nota de que ese debate está abierto.

No faltaron tampoco oportunas referencias a las víctimas del terrorismo, con las que todos seguimos teniendo «una permanente deuda de gratitud». «Sé que estáis pasando momentos especialmente difíciles», señaló en alusión a la reciente excarcelación de etarras por la anulación de la doctrina Parot.

Don Juan Carlos aludió al reto soberanista de Mas de forma ambigua y genérica. Subrayó que «las controversias» hay que dirimirlas dentro de las «reglas de juego democráticas aprobadas por todos» y reivindicó la Constitución de 1978 como fuente de prosperidad y libertad. Pero el Rey no hizo ninguna referencia concreta a la consulta independentista del 9 de noviembre ni al desafío a la legalidad que implica, como si hiciera suya la estrategia pasiva del Gobierno ante un hecho tan excepcional.

Pero sin duda lo más llamativo del mensaje fueron los últimos parrafos, en los que expresó su «determinación» de continuar su «mandato» como jefe del Estado con el «fiel desempeño» de «las competencias» que le atribuye la Constitución, cerrando así toda especulación sobre su abdicación. Don Juan Carlos recalcó: «Asumo las exigencias de ejemplaridad y transparencia que hoy reclama la sociedad», unas palabras que suponen un compromiso personal por el que se le va a medir de ahora en adelante.

No hay duda de que el Rey es perfectamente consciente del deterioro de la imagen de la Monarquía y pretende con esa aseveración tan contundente salir al encuentro del problema. Eso es positivo, pero seguro que muchos españoles recordaron anoche que hace dos años aseguró que «la ley es igual para todos» en relación al caso Urdangarin y luego se ha demostrado que no es así.

La propia Casa del Rey le ha desmentido en 2013 al criticar al juez Castro, al incitar a la Fiscalía a salir en defensa de la Infanta, al buscar un abogado que hace lobby político y al atizar a los medios ultramonárquicos contra las decisiones de dicho magistrado.

En resumen, el de ayer fue un mensaje importante en el que Don Juan Carlos estuvo a la altura de los díficiles tiempos que atravesamos. Es evidente que hizo un esfuerzo por mejorar su imagen y demostrar que conecta con la indignación de los ciudadanos ante la corrupción y los abusos de la partitocracia. Pero habrá que esperar para constatar si los hechos están de ahora en adelante en consonancia con el atractivo regeneracionismo por el que abogó.

En mitad de ninguna parte
Sobre Cataluña, el problema no es de moderación o radicalismo, sino de naturaleza de las cosas y claridad de ideas. Incluso cuando las ‘terceras vías’ son posibles, no hay razón para atribuirles superioridad alguna
Félix Ovejero El Pais  25Diciembre 2013

Que yo recuerde, Juan de Mairena en sus clases de retórica no se ocupa de los artículos intercambiables. Me refiero a esos textos que avanzan sin otro sostén que un andamio de lugares comunes que, de tan repetidos, nos parecen indisputables. Nunca se llega a decir nada, aunque todo suena muy convincente. Permítanme recrear el género: “Hay que evitar cualquier extremismo. Lo que tienen que hacer los que están a favor y en contra de X es buscar consensos, dialogar, ceder en sus radicalismos. Los que no estamos ni con unos ni con otros nos vemos tironeados por quienes vuelven la espalda a soluciones democráticas y pactadas. La única propuesta realista y responsable pasa por establecer puentes y ceder cada uno un poco, hasta llegar a acuerdos en donde nos encontremos todos. La intransigencia no conduce más que al enfrentamiento y a extremar posturas. La moderación y la prudencia han de regir cambios que opten por soluciones imaginativas”.

Basta un examen superficial para reparar en que la naturalidad del chisporroteo anterior escamotea supuestos que están lejos de resultar obvios. Sin ir más lejos, el de que siempre hay soluciones intermedias. Algo discutible. Si sustituyen X por pena de muerte lo comprobarán. El problema no es de discrepancias o actitudes políticas, de moderación o radicalismo, sino de naturaleza de las cosas y claridad de ideas. Se puede estar más o menos cansado o gordo, pero no se puede estar un poco embarazada o muerto. La distinción entre la calidad de las cosas y la calidad de nuestras ideas sobre ellas no es una tontería. La próxima vez que alguien le diga “piensa y aclárate, ¿me quieres o no?” recuerde que, con toda la razón del mundo, le puede contestar: “tengo muy claro que mi sentimiento es confuso”. Tener claro que una realidad es confusa no es lo mismo que tener una idea confusa sobre la realidad.

La secesión es uno de esos asuntos que no toleran el equilibrismo. Una frontera se levanta o no. La ciudadanía, a diferencia de la estupidez, no admite grados. A partir de determinado momento dejamos de compartir derechos y libertades con millones de conciudadanos. Por voluntad de una parte, ya no integramos la misma comunidad de decisión y de justicia. La voluntad y el oficio de los nacionalistas nos ha situado en ese terreno y, a estas alturas, entregarse al consolador conjuro de los buenos deseos comienza a ser algo peor que deshonestidad intelectual. La disposición a ignorar las malas noticias, a creer que lo que se quiere llegará a ser y que podemos jugar con situaciones dramáticas sin instalarnos en el drama, es un ejercicio de adolescencia política que no nos podemos permitir. La falta de limpieza mental, a fuerza de hurtar o edulcorar los problemas, los ahonda.

El independentismo busca reducir el perímetro de la ciudadanía solo a unos cuantos, ‘los nuestros’
Ejemplos de esa inmadurez no faltan. El más evidente está en la trastienda de la esperada pregunta, que han resultado ser dos y malas: ni claras ni distintas no descartan resultados inconsistentes. En el trasfondo del despropósito no hay más que el intento de satisfacer la imposible exigencia de ICV de “una pregunta que permita contestar afirmativamente tanto a los independentistas como a los federalistas”. En realidad, solo había una pregunta, condición de posibilidad de cualquier otra, que permitiera salir de ese atolladero y que yo hubiera ofrecido gratis si me hubieran consultado: “¿Debemos abolir el principio de contradicción?”. Solo bajo el supuesto de que cabe apuntarse a una cosa y la contraria, tenía sentido la reclamación de ICV.

Algunos podrían creer que estas ocurrencias son herencias de los tratos de ICV con la dialéctica hegeliana o —esto quizá sea mucho suponer— con las lógicas paraconsistentes. Pudiera ser, aunque hay razones para pensar que la causa última se encuentra en una atmósfera juvenilmente atolondrada común en la política catalana, tan gestera y ampulosa. Al cabo, no es menor el desatino de ciertos socialistas cuando defienden que en el PSC caben independentistas, nacionalistas, confederalistas y federalistas, esto es, unos que quieren discutir cómo vivir juntos y otros que quieren convertir en extranjeros a sus conciudadanos.

Nadie que piense limpio puede decir estas cosas. Un socialista, menos aún. El independentismo busca reducir el perímetro de la ciudadanía. Los derechos y las redistribuciones solo se contemplan para unos cuantos, los nuestros. Por decisión de unos, otros no cuentan. De hecho, de estar justificado el derecho de secesión (de la rica Cataluña respecto de España), la posibilidad de levantar unilateralmente una frontera, habría que contemplar un equivalente derecho de expulsión (de la pobre Extremadura de España).

Las cosas son exactamente al revés. El acuerdo importante se sitúa al otro lado de la pregunta de ICV o del fantasioso partido “oh, benvinguts, passeu passeu, ara ja no falta ningú”. Federalistas y jacobinos, socialistas y conservadores, no ponen en duda quiénes son sus conciudadanos. Quienes se toman en serio la democracia comparten un compromiso con una comunidad de ciudadanos iguales en derechos y libertades, donde la procedencia territorial es una simple circunstancia geográfica y parcialmente cultural que jamás puede ser fuente de privilegios ni fundamento de exigencias políticas. Sobre esa convicción compartida, los ciudadanos levantan sus discrepancias razonables, la posibilidad misma del debate democrático, de abordar los problemas —entre ellos, una financiación más justa y más eficaz— sin otros avales que la apelación a lo justo y debido.

Formar parte de la misma comunidad política implica que unos a otros nos otorgamos la elemental dignidad de debernos razones. Tenemos la obligación de explicar nuestras propuestas y el derecho a esperar explicaciones de los demás. Con los extranjeros eso no sucede. El que quiere levantar una frontera excluye a sus conciudadanos de su comunidad de justicia y de decisión, no los considera dignos de recibir razones. Por eso, la discrepancia política fundamental se establece entre quienes quieren la ruptura de la comunidad civil y quienes no, entre quienes defienden la secesión y quienes nos reconocemos conciudadanos. Una vez trazada esa línea, comienza la pasión de la democracia, entre gentes que aspiran a entenderse y a resolver sus discrepancias.

El problema de las soluciones intermedias es su imprecisión, su contenido mudadizo
Pero hay otro problema en la retórica de las “soluciones intermedias”. Y es que, incluso cuando son posibles, no hay razón para atribuirles superioridad alguna. Algunos defensores de la tercera vía no tienen más argumentos que la vacua cháchara con la que comenzaba este artículo, ese “ni unos ni otros”. Tampoco ahora hay que confundir el sesgo cognitivo en favor del “camino de en medio”, la fascinación de la equidistancia, del que tanto provecho obtienen encuestadores y defensores de la superstición del “centro político”, con las buenas razones. El único atractivo de la tercera vía es su indeterminación. El alivio de la vaguedad ante los malos diagnósticos. Para confirmar la eficacia balsámica de los buenos deseos basta con ver la alegría con la que desde el PSOE se defienden dos propuestas incompatibles, el federalismo y el trato diferencial para “las comunidades históricas”. Todos están de acuerdo aunque no se sabe en qué y mejor no entrar en detalle, no sea qué. El problema de las soluciones intermedias es su inexorable imprecisión, su contenido mudadizo, subordinado a unos extremos que perfilan otros. Si mañana se interviniera la autonomía catalana, como hicieron Eisenhower, Kennedy o Johnson en diversos Estados de la Unión o Blair en el Ulster, el camino de en medio sería otro bien distinto.

La tercera vía no es nueva. Llevamos la vida entera en ella. La situación actual es la tercera vía respecto a otra previa que era la tercera vía de otra que también se presentaba como solución. En ese guion falaz ha instalado el nacionalismo su identidad y su estrategia: crear problemas para los que se presentan como solución y vuelta a empezar. Un somero paseo por Google confirma que, ya en los días en que se gestaba el Estatut, quienes ahora reescriben la historia y presentan los “recortes” del Constitucional como el origen de su independentismo, nos anticipaban que, fuera cual fuera el resultado, no bastaría para satisfacerlos, que el Estatut era solo estación de paso. La vida entera en la tercera vía y estamos peor que nunca. La política como promedio es, casi siempre, la política mediocre.

Félix Ovejero es profesor de la Universidad de Barcelona.

Artur Mas, el «Gran Hermano» del independentismo
MARÍA JESÚS CAÑIZARES / BARCELONA ABC Cataluña 25 Diciembre 2013

Seis acciones del Gobierno catalán que invaden el terreno de los derechos y libertades ciudadanas

Desde que hace un año se entregó a la causa independentista, el Gobierno de Artur Mas ha intensificado sus esfuerzos en materia de adoctrinamiento. Es más, algunas acciones del Ejecutivo autonómica invaden el terreno de los derechos y libertades, pues en su afán de controlar las afinidades secesionistas de los ciudadanos catalanes, ha impulsado algunas iniciativas que recuerdan al "Gran Hermano" orwelliano. A continuación, las seis injerencias gubernamentales más polémicas de la Generalitat:

1. Fichero patriótico: La Generalitat estudió la creación de un fichero de "adhesiones a propuestas impulsadas por el Gobierno de la Generalitat". De esta forma, el Ejecutivo de Artur Mas pretendía "recoger la opinión y/o adhesión de la ciudadanía" en el marco de las políticas de "mejora de la agilidad y la transparencia en el funcionamiento de la administración", según consta en el borrador de la orden que preparaba la Consejería de Presidencia, dirigida por Francesc Homs. La polémica suscitada obligó a suspender el proyecto "sine die".

2. Denuncias contra medios de comunicación: La Generalitat anunció que emprendería acciones legales contra Intereconomía y 13TV por considerar que en tertulias e informativos de estas cadenas se comparó la acción de regímenes totalitarios, particularmente el nazismo, con procesos «radicalmente democráticos» como, asegura el Gobierno catalán, la petición de celebrar una consulta soberanista. La decisión del Ejecutivo autonómico se basaba en un informe del Consejo Audiovisual de Cataluña.

3. Una agencia de espionaje catalana: El Gobierno catalán lo niega, pero las actividades realizadas por el oscuro Centro de Seguridad de la Información de Cataluña (Cesicat) se acercan bastante a las que realiza cualquier servicio secreto. Según consta en las denuncias presentada por PP y PSC en la Fiscalía, Cesicat, en coordinación con los Mossos d’Esquadra, ya ha utilizado programas espías y ha hecho seguimiento de altos cargos de la Generalitat, diputados, activistas sociales y abogados, entre otras actividades que podrían vulnerar el derecho a la intimidad y a la privacidad. A estas prácticas se une la aparición del borrador de lo que sería la futura Agencia de Seguridad de Cataluña, desvelado por Ciudadanos, que contempla conexiones con el Mossad israelí vía la Ertzantza.

4. Censo de la consulta con tarjetas sanitarias. El Gobierno catalán se ha planteado utilizar las tarjetas sanitarias como censo en la consulta independentista, ya que no podrá utilizar el censo electoral oficial. Esta información que no se puede utilizar ya que es de carácter confidencial, vulnera la Ley de Protección de Datos y se necesitaría la autorización de los ciudadanos, así como la autorización de los padres en caso de menores de edad, pues está previsto que los menores de 16 años puedan votar en la consulta.

5. Adoctrinamiento a menores. La emisión de un informativo infantil en la televisión catalana en la que aparecían menores defendiendo la independencia e incluso hablando en clave de "derrota de España" hizo sonar las alarmas. En paralelo, el Gobierno catalán ha tolerado la colocación de banderas independentistas en escuelas públicas. De hecho, la celebración del tricentenario de 1714 que tendrá lugar el año próximo incluye enseñar esos hechos en las escuelas.

6. Simposio histórico tutelado. El título del simposio "España contra Cataluña" recientemente celebrado en el Instituto de Estudios Catalanes, ya apuntaba maneras. Pero es que, además, fue inaugurado por el consejero de Presidencia de la Generalitat, Francesc Homs -que se ha ganado el apelativo de "consejero de propaganda"-, lo cual dejó el rigor académico por el suelo.



El entorno etarra capta a los niños utilizando al Olentzero al mostrarlo enjaulado entre fotos de etarras

Idoia Bidaurrazaga. Minuto Digital 25 Diciembre 2013

La izquierda abertzale no pierde oportunidad para reivindicar su ‘causa’. Este año, como otros anteriores, se han centrado en lanzar su mensaje a los niños. Así, no les ha costado utilizar al Olentzero, el ‘Papá Noel vasco’, como apoyo a los presos etarras en muchas localidades vascas.

Un rápido paso por Euskalerria Yndimedia ha sido suficiente para comprobarlo. El Olentzero entre rejas, y con banderas y adhesivos alusivos a los presos etarras, es la imagen habitual de esta web de la izquierda radical.

El Olentzero es un personaje mitológico que el nacionalismo ha impuesto, utilizando para ello los medios de comunicación que controla, a los niños
 


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