AGLI Recortes de Prensa   Martes 21  Enero  2014

El ‘tirapiedrismo’, Marca España
Javier Caraballo El Confidencial 21 Enero 2014

Miró el poeta, y lloraba, por los muros de su patria y si hoy levantara la mirada compondría versos nuevos con esas mismas piedras desmoronadas, convertidas en munición habitual de la vida española. ¿Qué otra cosa hacemos aquí a diario más que tirarnos piedras? El ‘tirapiedrismo’. Eso que ha dicho el grotesco presidente venezolano, ese término que ha acuñado y que tan bien nos define a los españoles. El ‘tirapiedrismo’ como principal característica de nuestro ser; el ‘tirapiedrismo’ como auténtica marca España. Eso somos y así nos va.

No hay otro país como España que haya desaprovechado más oportunidades de progresar. La historia de España de los últimos quinientos años es una secuencia de tropiezos, zancadillas que nos ponemos a nosotros mismos para evitar que pueda consolidarse algún progreso sólido y definitivo. Todo aquí parece abocado a la inestabilidad de lo coyuntural. Desde los Reyes Católicos, la expulsión de los judíos y la Inquisición, llegamos a esta España de ahora en la que, como todo ha vuelto a ponerse de cara para afianzar la modernidad que tantas veces nos hemos negado, somos los propios españoles los que, de nuevo, nos empeñamos en tropezar.

La historia de España de los últimos quinientos años es una secuencia de tropiezos, zancadillas que nos ponemos a nosotros mismos para evitar que pueda consolidarse algún progreso sólido y definitivoPor primera vez en la historia, en España se ha logrado asentar, sin algaradas, sin golpismo, una Constitución y una democracia moderna; por primera vez, la integración en Europa, la eliminación de las fronteras y la llegada, por miles de millones, de ayudas estructurales europeas le han permitido al país ponerse a la par, acelerar la modernización que se había retrasado en los últimos 150 años. Pues bien, parece que todo eso incomoda, que molesta, y ahora que todo está de frente, España busca la amenaza en sí misma y responde a la unidad europea con la desintegración interna y el cuestionamiento de todo el marco constitucional. Cuando comenzó la crisis, un corresponsal alemán escribió en su periódico: “Los españoles saben qué es soportar una crisis. Llevan quinientos años haciéndolo”. Pues eso.

No hay más que coger este mismo periódico, El Confidencial, y detenerse cualquier día, a cualquier hora, a repasar la ingente cantidad de trifulcas inútiles en las que nos enfrascamos a diario y, siempre, con la mayor crispación posible. No es ya sólo por la deriva independentista de Cataluña o del País Vasco, que eso supone una amenaza mayor que constituye el mejor exponente de la irracionalidad del ser español; es peor, es sobre todo por la cansina superficialidad de cualquier debate político en España.

Todo es tan previsible, tan agotador, como dañino. Si un Gobierno del Partido Popular presenta un proyecto, ya sabemos de antemano qué le van a responder desde el Partido Socialista o Izquierda Unida. Y si es al revés, lo mismo. La oposición consiste en la negación de la misma forma que el Gobierno consiste en la imposición. Coja usted un barrio como el que se ha hecho famoso de Burgos, Gamonal, y comprobará cómo en tan sólo unos días una protesta vecinal por la remodelación de una avenida deriva en jornadas de agitación nacional en las que siempre, indefectiblemente, se encuentra la oportunidad de echar a un alcalde, tumbar un Gobierno o incendiar un parlamento.

Desde Quevedo a Unamuno o a Chaves Nogales se traza una línea de pensamiento derrotista sobre el ser españolCuando el dictador estaba a punto de expirar, escribió Juan Goytisolo un ensayo, España y los españoles, que sigue ofreciendo el vértigo de otras lecturas de hace decenas de años que parecen escritas para el día de hoy. Tiempo detenido. En el prólogo de ese ensayo se lee, sobre la inexplicable identidad de los españoles: “Los franceses se saben siempre franceses, con independencia de que cada uno de ellos pueda individualmente modular, mediante la acentuación o atenuación de tales o cuales rasgos constitutivos, dicha identidad con la que se identifica. (…) La ‘españolidad’, lejos de ser un referente en el que la mayoría de los españoles acepte reconocerse, es una entidad problemática, abierta a discusión y disenso, y una y otra vez puesta en tela de juicio o sometida a revisión. (…) Lo que singulariza a los españoles es un prolongado y pertinaz afán de tratarse a si´ mismos como si fueran otros”. Retengamos esto último: el prolongado y pertinaz afán de los españoles de tratarse a sí mismos como si fueran otros.

Desde Quevedo a Unamuno o a Chaves Nogales se traza una línea de pensamiento derrotista sobre el ser español que se ha ido cumpliendo de forma implacable en los cinco últimos siglos, aunque no tengamos ahora intelectuales que se fustiguen con la acidez brillante y agria de entonces. La historia es la misma. Es un fenómeno de malestar interior, de desorientación y dudas identitarias, de cainismo pertinaz, de incomodidad que por mucho que haya sido estudiado y analizado es imposible de entender.

“Miré los muros de la patria mía / si un tiempo fuertes, ya desmoronados…”, lloraba Quevedo. Las piedras de esos muros, esparcidas por el suelo, son las que sirven ahora para este ejercicio diario de enfrentamientos enquistados y disputas inútiles. El ‘tirapiedrismo’ que nos define como españoles. Marca España.

Rajoy, abogado defensor de la infanta
EDITORIAL Libertad Digital 21 Enero 2014

Si cualquier aparición televisiva de un presidente genera la lógica atención a través de los medios y las redes sociales, ésta todavía es mayor en el caso de un político con tan escaso aprecio por las comparecencias públicas y las preguntas de la prensa como Mariano Rajoy.

Pero lo cierto es que habitualmente el jefe del Ejecutivo deja una sensación más bien agridulce tras su paso por los platós televisivos, y esta vez no ha sido una excepción, ya que, fiel a su estilo, no se ha comprometido a nada, no ha explicado mucho y sólo se ha mostrado tajante en una cuestión: su convicción personal sobre la inocencia de la infanta Cristina y, aún peor, de que "todo le irá bien".

Son frases que, puestas en boca del hombre con más poder del país, aquel que decide quién se sienta en el Consejo General del Poder Judicial y en los más altos tribunales, es muy difícil no interpretar como una presión sobre la Justicia. Y sería así incluso aunque fuese cierto que Rajoy mantiene una fe tan ilimitada como irracional en la inocencia de la infanta.

Esta cerrada defensa ha llegado, además, justo después de que afirmara: "Todos somos iguales ante la Ley". Lo cierto es que se hace difícil creerlo; por lo pronto, la inmensa mayoría de los imputados no disfruta de la confianza ciega y el apoyo del presidente del Gobierno.

Todo esto resulta aún más grave en el contexto de una entrevista en la que el presidente no ha sido tajante en ninguna otra cuestión; en la que, preguntado por otros temas candentes, se ha limitado a escurrir el bulto con un "no hay que adelantar acontecimientos".

La claridad y la contundencia con que Rajoy ha defendido a la infanta se echan especialmente en falta en otras cuestiones en las que sí es necesario que deje claro a los ciudadanos no solamente lo que piensa, sino lo que piensa hacer.

Por ejemplo, muchos españoles esperan saber qué va a hacer su presidente en relación con el desafío independentista que se ha lanzado en Cataluña, pero respecto a eso Rajoy se limita a mostrar una seguridad -"mientras yo sea presidente, no habrá independencia de ningún territorio España"- que, como en el caso de la inocencia de la infanta Cristina, no tiene nada sólido en lo que basarse.

En resumen, una vez más, Rajoy ha renunciado a ejercer el liderazgo político que necesita el país y que se le supone a un presidente respaldado por más de 180 diputados. Lo que no ha olvidado, sin embargo, es lanzar su mensaje al mundo judicial; aunque eso no lo necesitan los españoles, sino sólo algunos privilegiados.

Partido Popular
Ortega Lara como síntoma
Cayetano González Libertad Digital 21 Enero 2014

¿Qué ha pasado para que el funcionario de prisiones y militante del PP José Antonio Ortega Lara -que permaneció secuestrado por ETA 532 días con sus 532 noches, entre enero de 1996 y junio de 1997, en un inmundo agujero construido en el subsuelo de una nave industrial de Mondragón- primero se diera de baja de su partido (en el 2008) y hace unos días apareciera públicamente como uno de los fundadores e impulsores de la nueva formación política Vox?

¿Qué ha pasado para que aquel Ortega Lara que le dijera con un hilillo de voz que todavía conservaba, a pesar de su largo cautiverio, al entonces ministro del Interior, Jaime Mayor Oreja, en el despacho del jefe del cuartel de la Guardia Civil de Intxaurrondo, a las cinco horas de haber sido liberado por la Benemérita en la madrugada del 1 de julio de 1997: "Ministro, ya se lo decía a mis secuestradores: no perdáis el tiempo y matadme ya porque estoy seguro de que este Gobierno no va a ceder a vuestro chantaje"; qué ha pasado, digo, para que Ortega Lara piense que el actual PP no es el mismo que el de entonces en cuestiones tan clave como la lucha antiterrorista o la defensa de la Nación frente a los que quieren su ruptura?

¿Qué ha pasado para que Ortega Lara esté fuera del PP, en otro partido, mientras que uno de sus secuestradores, Josu Bolinaga, esté también fuera, en este caso de la cárcel, merced a una decisión estrictamente política del Gobierno de Rajoy, cuando hace año y medio el Ministerio de Interior le concedió el tercer grado penitenciario, so capa de que padecía una enfermedad terminal?

¿Cómo es posible que ni Rajoy ni nadie de la cúpula del PP se den cuenta de que la baja como militante del PP de Ortega Lara hace cinco años y su apoyo actual a otro partido son todo un síntoma de que las cosas las han hecho mal, muy mal, rematadamente mal en este terreno?

Ha dicho la secretaria general del PP, María Dolores de Cospedal, que Ortega Lara "siempre ha sido, es y será una figura muy respetada, querida y admirada en el PP". Se equivoca de plano Cospedal: ese respeto, cariño y admiración a Ortega Lara es algo que sentimos todos los españoles de bien y no sólo los militantes o votantes del PP, porque Ortega Lara es todo un símbolo y un referente de la decencia, de la resistencia moral y de la lucha por la libertad frente al totalitarismo de ETA. Ortega Lara, al igual que todas y cada una de las víctimas del terrorismo, es patrimonio de todos los españoles, de todos los ciudadanos que durante tantos años han sufrido el dolor causado por los asesinatos de la banda terrorista. Por lo tanto, habría que decirle a la número dos del PP que menos palabras vacías, menos palmaditas en la espalda a Ortega Lara y más respeto a la Memoria, a la Dignidad y a la Justicia que exigen y que se merecen todas las víctimas del terrorismo.

Además, el desencanto que ha tenido Ortega Lara con su ya expartido no es el único caso conocido. Por ejemplo, ese mismo desencanto o mayor por la política antiterrorista y de apaciguamiento de los nacionalismos seguida por Rajoy fue lo que llevó en su día a María San Gil a tomar la radical decisión de dejar la política e irse a su casa. El mismo desencanto que tienen la viuda y la hermana de Gregorio Ordóñez, Ana Iríbar y Consuelo Ordóñez, u otra víctima del terrorismo como Ana Velasco Vidal Abarca, impulsora también junto a Ortega Lara del nuevo partido Vox, o tantas y tantas víctimas del terrorismo que no podían ni imaginarse que con un Gobierno del PP tuvieran que ver y soportar las cosas que han sucedido en los últimos meses.

Y, sobre todo, el desencanto con la política seguida por Rajoy en la lucha contra ETA -que no ha sido otra que continuar la hoja de ruta pactada por Zapatero con la banda terrorista- lo tienen muchos votantes del PP que no entienden cómo se ha podido llegar hasta aquí. Por eso, el llamamiento hecho por Esperanza Aguirre a la dirección de su partido para que tienda todos los puentes posibles para recuperar a militantes como Ortega Lara no tiene ninguna posibilidad de éxito, entre otras razones porque no habrá sido ni escuchado. Rajoy y su entorno, lo ha dicho él, están sólo en la economía. En los próximos meses serán los ciudadanos, con su voto en las diversas citas electorales previstas, los que juzguen los comportamientos de unos y de otros.

Justicia y política
El purgatorio de la corrupción
Cristina Losada Libertad Digital 21 Enero 2014

Hace mucho tiempo que la política dejó de ser una actividad de propósitos limitados y no menos limitadas realizaciones. Ahora se espera de ella la solución a todos los problemas, ¡hasta de la infelicidad!, y casi no hay políticos que renuncien a estar a esa altura. Es decir, lo contrario de aquella más modesta finalidad de paliar temporalmente los problemas existentes y no añadir otros nuevos. La confusión de la política con una suerte de proyecto de salvación ha contribuido mucho a desplazar la atención de las realizaciones a las intenciones.

El caso más notorio de tal desplazamiento es, como en su día documentó Revel, el del comunismo. Aun a la vista del horror y la miseria provocados, los creyentes siguieron –o siguen, que alguno queda– fascinados por el ideal. No se pudo realizar en la Tierra, siempre hay excusas para ello, pero ah, la intención valía y vale la pena. Ahora bien, este mecanismo no sólo funciona con las ideologías, blindándolas del encontronazo con la realidad. La preeminencia de las buenas intenciones sobre los resultados que producen esas intenciones es un hecho constatable en la política y en la legislación más comunes y corrientes.

Véase, por ir a pie de calle, lo que sucede con nuestro sistema procesal penal, ahora sometido a prueba en los juicios por corrupción que tenemos en danza. No hay duda de que es una buenísima intención la de preservar los derechos de los imputados, acusados y partes en un proceso, y de permitir que prácticamente todo pueda ser objeto de recurso. La mala consecuencia es que así se ralentiza todavía más la instrucción de asuntos ya muy complejos, que van desplegando ramas como arbusto en primavera, y que la causa se prolonga durante años y años. La instrucción del caso Gürtel empezó en 2009 y ahí sigue, por citar sólo la obra del Escorial de estos procesos.

El resultado de ese estado de cosas es justo el contrario del que se pretendía. De una parte, los implicados cuyos derechos se quiere proteger permanecen largo tiempo en un purgatorio público hasta que llegue el día del juicio final y se los mande, ya era ahora, al cielo o al infierno. Igual se merecen el purgatorio, y algunos hacen lo posible por alargar la estancia, pero ésa no es la cuestión. Y lo principal y más preocupante: la falta de resolución provoca una descomunal falta de confianza. Entre otras, la sospecha de que se obstaculiza la acción de la justicia contra los corruptos por la vía de privarla de medios. Así, el buenismo de nuestro sistema judicial acaba por inducir el malismo, esto es, una sorda insatisfacción que deriva en ruidoso afán de linchamiento.

La integridad del vigilante y el cumplimiento de la norma
María Blanco www.vozpopuli.com 21 Enero 2014

Uno de los temas más agradecidos de explicar en políticas públicas es el problema llamado del Principal y el Agente. Estudia la típica situación de riesgo moral (o moral hazard) aplicado al comportamiento del gobierno y de las empresas. Los alumnos entienden perfectamente la tentación del vigilante de llegar a un acuerdo con el vigilado en cuanto les cuento un caso real de una niña de once años que le cuenta a su madre que esa mañana, en el colegio, la profesora ha tenido que salir de clase y ha dejado a una alumna encargada de apuntar a los charlatanes. La niña protagonista, inquieta y parlanchina, fue apuntada en la lista y la vigilante tuvo que ponerle tres cruces porque no paraba de hablar con el compañero. Viendo la cara de enfado de su madre, y antes de que ésta pudiera decir una palabra, la niña explicaba que consiguió que la borraran de la lista. Ofreció regalices rojos a la vigilante y todo resuelto. Todos tenemos un precio. Mis alumnos se ríen pero entienden de inmediato que si un niño se ve tentado a pactar con el vigilante, cómo no va a suceder esto entre empresas, reguladores y gobernantes. Cambiamos las golosinas por dinero y privilegios y ya tenemos el Problema de la Agencia o Problema del Principal y el Agente.

La vigilancia ¿pública o privada?
Vigilar al vigilante es un ancestral problema que no nos hemos inventado ahora. Pero desde la aparición de nuestros modernos estados democráticos la organización de la vigilancia aparenta ser más problemática.

¿Debe haber un organismo regulador de la competencia? ¿Son eficientes los organismos encargados de vigilar el adecuado suministro de energía? ¿Sería preferible contratar a una auditoría externa independiente de los partidos políticos? Todas estas preguntas siguen derivando en serias polémicas en las que los partidarios de una u otra opción discurren buscando el beneficio de la sociedad. Nadie quiere que los mercados no funcionen (excepto en casos de ignorancia aguda), o que la población que paga sus impuestos no reciba un adecuado suministro de luz y agua. Todos queremos que los euros que los ciudadanos (Principal) pagan al Estado, a la fuerza o con ingenua alegría, sirvan para que los servicios delegados en manos del Estado (que es Agente de los ciudadanos y el Principal de los reguladores y auditorías) sean provistos en condiciones.

Nuestro Tribunal de Cuentas es famoso por revisar las cuentas públicas con 5 años. Y ahí está, con su enorme agujero financiero, funcionando
Las consecuencias de que los vigilantes incumplan, sea el Tribunal de Cuentas, sea la auditoría privada ya desaparecida Arthur Andersen, son muy graves. Por eso es tan importante dilucidar qué titularidad, pública o privada, es mejor. La mayoría de las personas que conozco tienen mucha más fe en la vigilancia pública que en la privada. Es una postura perfectamente respetable. Pero no se basa en la evidencia, sino en la fe. Porque la realidad es que la traición, el engaño y el robo son vicios humanos, no institucionales. Y, en definitiva, para evitar los Problemas de Agencia hay que diseñar incentivos adecuados. Incentivos que tocan la motivación de seres humanos, de personas cuya naturaleza o moralidad no cambia si trabajan para el Estado o para la empresa privada. Lo que sí varía es el número de oportunidades que se le presentan al vigilante en uno y otro ámbito. Dicho en castizo, el inmoral trinca en cuanto tiene oportunidad a menos que le pongas trabas.

La rendición de cuentas define la mejor opción
La mejor manera de evitar el riesgo moral de los Agentes es obligar a que justifiquen lo que hacen y el dinero que gastan. En este sentido, una empresa cuyos propietarios ven que su dinero no rinde por un comportamiento inmoral y no hacen nada sucumbirá probablemente. O al menos, no será todo lo próspera que podría. Las cuentas de la empresa tienen que ser revisadas cada cierto tiempo. De lo contrario, se pueden acumular pufos ocultos sin que los responsables den la cara.

Y he sacado el caso de la auditora Arthur Andersen y el Tribunal de Cuentas adrede. La primera no cumplió con su obligación y, como nos cuenta Miquel Roig en Expansión, permitió que la empresa Wordcom mintiera en sus cuentas por tres años en pleno boom de las puntocom. El presidente de la compañía está en prisión y Arthur Andersen también ha pasado por los tribunales.

Por el contrario, nuestro Tribunal de Cuentas es famoso por arrastrar un retraso en su revisión de las cuentas públicas de entorno a cinco años. No solamente eso. Es muy conocido el escándalo de la Universidad Complutense que, requerida por el Tribunal, se negó a entregar sus cuentas. Y ahí está, con su enorme agujero financiero, funcionando.

Que hay fallos institucionales en ambos casos es evidente, pero también lo es en cuál de los dos la rendición de cuentas funciona. Lo mismo podríamos decir de los partidos políticos, los sindicatos, las fundaciones, y demás organismos semi-públicos en los que se descubren fraudes cada día.

La tranquilidad del PP
La presentación de VOX sorprendió, por sus propuestas, a la España oficial, que está que no gana para sustos
Almudena Negro @almudenanegro http://www.diariosigloxxi.com 21 Enero 2014

“En el Partido Popular no preocupa nada de nada”, “no nos perjudica porque se llevará votos de UPyD y quien les vote será gente que ya tenía decidido no votarnos a nosotros”, “nos viene bien un partido en la extrema derecha (o derecha extrema, según quien sea el que habla) que nos centre”. Es el argumentario oficial y oficioso de los populares y sus terminales mediáticas después de la presentación del partido VOX, que tiene entre sus filas a ex cargos del PP como el vasco Santiago Abascal, a independientes como el economista Iván Espinosa de los Monteros, a ex UCD como Ignacio Camuñas o al que debería ser reconocido como símbolo nacional tanto por la izquierda como por la derecha si en este país hubiera sentido común y decencia política, que es José Antonio Ortega Lara. Todo ello junto a la orden del desprecio, del silencio mediático en la medida de lo posible, no sea que el respetable, más que mosqueado con el gobierno, se entere que hay alternativa al corrupto y corrompido establishment.

Ya lo hemos visto en otras ocasiones. Sucedió cuando nació Ciudadanos, a quien Alicia Sánchez Camacho, que tiene al PPC al borde la extinción, sigue empeñada en despreciar. Sucedió con UPyD hasta que entraron en el Congreso de los Diputados. Sucedió con SCD, que se va afianzando poco a poco en Galicia y que podría llegar a ser un problema para el PP en ciudades clave gallegas en las próximas municipales. El Sistema, tan pagado de sí mismo, no comprende que el personal se ha dado cuenta del timo del tocomocho. Creen que cambiando las reglas del juego o ley electoral a su favor y teniendo a su favor a los medios de comunicación, como han hecho siempre, evitarán la marejada, que empieza a ser tsunami. Y ellos en Babia mientras que la abstención, quizá el único remedio a lo que vivimos, se dispara en las encuestas hasta tal punto que la legitimidad de las urnas podría llegar a estar en entredicho. La desafección de los votantes hacia los partidos políticos tradicionales es cada vez mayor.

La presentación de VOX sorprendió, por sus propuestas, a la España oficial, que está que no gana para sustos. De la imputación real a Burgos, campo de experimentación de la extrema izquierda. Y es que las propuestas fundamentales de la nueva formación, conectan con la base social de la derecha e incluso con parte de la izquierda. No al terrorismo sin matices, economía de mercado, libertad educativa, división de poderes, nada de contemplaciones con los nacionalistas. Algo que, extremismos aparte, gusta. Y liquidación del fracasado Estado de las Autonomías. Supresión de los parlamentos autonómicos. Adiós a los baroncitos y las taifas. Algo que, vista la encuesta que lanzaba elmundo.es, es un clamor.

Que ello requiere abrir un proceso constituyente, aunque no se diga, es de cajón. Sin duda, VOX, pese al desprecio oficial y siempre y cuando no acabe suplicando poder entrar en el consenso, podría tener futuro.

Los del PP y sus voceros –cuya tranquilidad debe de ser inversamente proporcional a los nervios que muestran en las redes sociales- que sigan tranquilos en su mundo feliz, irreal y políticamente correcto. También lo estaban de puertas hacia afuera los de la UCD en los ochenta.

Crisis institucional
Javier Benegas www.vozpopuli.com 21 Enero 2014

La semana pasada, Luis Garicano (Valladolid, 1967), catedrático de Economía y Estrategia en la London School of Economics y doctor por la Universidad de Chicago, uno de esos escasísimos personajes autóctonos que sin ser políticos gozan de cierta relevancia en España, inició una tournée por los medios informativos con motivo de la presentación de su nuevo libro, El dilema de España (Ed. Península), un interesante ensayo en el que desgrana una serie de recetas con las que, en su opinión, sería posible sacar a España del hoyo o, dicho más claramente, evitar el desastre.

Dada la relevancia del personaje, cuyos méritos son más que sobrados, y del predicamento de que goza en determinados círculos académicos y extraacadémicos, parece que, por fortuna, en su gira promocional no habrá radio, televisión, diario impreso o diario digital que se resista a abrirle sus puertas, privilegio este al alcance de muy pocos en una España hermética y, por qué no decirlo, sectaria, amante de los currículos y las relaciones y obsesionada con preguntar a cada cual “¿de dónde vienes?”, en vez de “¿a dónde vas?”.

En cualquier caso, se trata de una de esas extrañas ocasiones, dado el catenaccio informativo, en las que alguien ajeno a los gremios que acaparan todos los micrófonos, como son el de los políticos profesionales y sus voceros, puede difundir un mensaje a priori mucho más elaborado, enriquecedor y, sobre todo, libre de las cortoplacistas e interesadas consignas partidarias.

Lo bueno: alguna luz. Lo malo: demasiada niebla
En lo positivo, hay que decir que Garicano se vuelve de verdad sugerente cuando, más allá de enumerar una serie de propuestas económicas, hace una concesión relevante y, quizá, para muchos novedosa: la naturaleza institucional de la crisis y, por consiguiente, la perentoria necesidad de regenerar las instituciones, lo cual le ha llevado a entonar el mea culpa en una entrevista reciente: “Los economistas empezamos pensando que lo que España necesitaba eran reformas económicas para salir adelante, y a medida que avanzaba la crisis nos dimos cuenta de que el problema era más profundo, porque había muchas resistencias al cambio en un sistema político muy rígido y jerárquico”.

Lo importante es que Garicano desborda, por fin, los límites de esa economía exógena y todopoderosa, que parece tutelarnos como una distante y severa madrastra ajena a nuestras legítimas aspiraciones, y reconoce que no basta con aplicar medidas estrictamente económicas para salir del atolladero sino que es imprescindible una regeneración institucional.

Sin embargo, si bien afirma que “las instituciones y su buen funcionamiento son vitales para el crecimiento [económico]”, no llega, o no se atreve, a formular la pregunta correcta: ¿es nuestra crisis una crisis de naturaleza estrictamente económica o en realidad tiene un origen institucional? Pregunta clave que, puestos a pedir, debería conducir a formular la siguiente cuestión, igualmente inquietante: ¿es el capitalismo global el problema o lo es un Occidente, donde las instituciones se están demostrando, en mayor o menor medida y según países, colonizadas, disfuncionales y extractivas?

La apuesta de Garicano llega un poco tarde y se queda lejos de formular las preguntas pertinentes: plantea líneas rojas a las reformas institucionales de forma arbitraria

Desgraciadamente, la “conversión” de Garicano no es completa o, mejor dicho, su apuesta llega un poco tarde y se queda aún muy lejos de formular, al menos, las preguntas pertinentes. Y si bien flirtea con el carácter institucional de la crisis, diríase que le falta convicción para profundizar, asumir riesgos y adoptar inequívocamente una visión institucionalista desde la que articular una propuesta más ambiciosa y coherente. A cambio, dedica demasiado esfuerzo a enumerar una serie de medidas puramente económicas, casi recetas de cocina rápida, y se apresura a poner líneas rojas a las reformas institucionales de manera arbitraria, sin diferenciar previamente entre instituciones y organizaciones. Ni siquiera se plantea una tarea fundamental: la vía para transformar unas organizaciones informales que, basadas en las expectativas de los agentes participantes, siguen a merced de una poderosa inercia.

Después de seis años de crisis es demasiado poco
En mi modesta opinión, diríase que, en general, aún nos cuesta entender que las instituciones son el principal patrimonio de cualquier sociedad. Y que son éstas las que determinan el tipo de organizaciones y, también, el marco de libertades e interacciones legítimas de las personas. De ahí que la eficiencia, equidad y justicia de un orden social dependan, por encima de todo, de su sistema institucional y, de forma subordinada, de la calidad de sus organizaciones. Y si bien las organizaciones pueden ser modificadas siguiendo unos objetivos previos definidos por un grupo reducido de “planificadores”, las instituciones necesitan de procesos mucho más complejos en los que es imprescindible la participación de la sociedad en su conjunto. De ahí que pretender marcar previamente líneas rojas a la regeneración institucional sea incompatible con el proceso de regeneración en sí mismo: pura contradicción.

Quizá se deba a esta falta de claridad de ideas o de ambición que las cuestiones finalistas, como pueden ser, por ejemplo, la profundización en la reforma laboral, la formación de unas élites adecuadas, la protección de los más débiles, etc., parezcan ser colocadas en el mismo plano que la mucho más relevante y compleja cuestión institucional. Cuando, en todo caso, es desde unas instituciones coherentes y arraigadas en la sociedad, y también tuteladas por ésta, de donde podrían dimanar los incentivos correctos para transformar España en una nación más competitiva, eficiente, equitativa y justa.

Los impermeables
Juan Carlos Girauta. ABC  21 Enero 2014

A veces la realidad, por tozuda que sea, no altera los planes del poder político. Pienso en el proyecto central, o único, del gobierno de la Generalidad. Eso que llaman «el proceso». Pero la impermeabilidad al mundo –a la estructura sociológica, a la mayoría castellanoparlante, a las advertencias europeas, al temor empresarial, a los límites de la ley– no es eterna. En este caso, durará lo que dure la presidencia de Artur Mas y, con ella, la influencia de su círculo de voluntaristas adánicos. Sería bueno que los analistas capitalinos que tocan de oído entendieran esta ley de hierro antes de dar la razón a los nacionalistas aceptando que «Cataluña es así».

Comprendo el estupor. La mayoría de gobiernos democráticos del mundo no provoca deliberadamente choques institucionales, ni tiene intención de acabar con la estabilidad política, ni se juega a cara o cruz la seguridad jurídica, ni trabaja en la fractura de la convivencia. Pero si un gobierno, por las razones que sea, desea hacer todo eso, cuenta con excelentes recursos para lograrlo. Por ejemplo, negando con sus actos y con su discurso la legitimidad del sistema… que lo puso ahí. El modo en que crean sentido unos medios públicos militantes y unos medios privados dependientes puede chocar con la realidad sin que los responsables del relato se sientan incómodos ni culpables. La razón básica es que cuentan con conformar ellos la realidad. Así, una gran mayoría de analistas y de políticos, empezando por los socialistas, han aceptado que en Cataluña existe un tremendo malestar y una profunda desafección respecto a España desde que el Tribunal Constitucional estableció lo que todos sabíamos: que el Estatuto impulsado por Maragall, y materializado gracias a un acuerdo entre Zapatero y Mas, no se ajustaba a la Carta Magna y consagraba la imposible bilateralidad estructural entre el Estado y una parte de él. Ese malestar es un mito. El Estatuto no le interesaba a nadie (al 0’4% de la población) y su referéndum no alcanzó el 50% de participación. El drama es que el PSOE comprara ese mito, y que luego nos lo vendiera.

Bueno es que subrayen, como acaba de hacer Elena Valenciano, su oposición a la independencia de Cataluña. Faltaría más. Ya solo les falta deshacer algunos equívocos. Cuatro cosillas. Para empezar, poner en su sitio a los díscolos que tiene el PSC en su grupo parlamentario, miembros de pleno derecho del movimiento nacionalista-secesionista catalán. En su Consejo Nacional (ay, esos nombres) quedó patente que representan al 13 % de la formación. Con tales dimensiones, parece una broma calificarlos de «ala catalanista»; más les encajaría «muñón secesionista».

A continuación, PSOE y PSC deberían descontaminarse de conceptos ajenos. Por puro afán de situarse en un espacio político que no existe –equidistante de secesionistas y constitucionalistas– Pere Navarro incorporó a su programa el derecho a decidir, convirtiéndolo en centro de su discurso. Se sometió así a los esquemas de quien se suponía su principal adversario. Todos sus pasos desde entonces van encaminados a salir de aquel jardín. Lo logrará cuando reconozca abiertamente el error. El llamado derecho a decidir, una advocación del derecho de autodeterminación, no importaba un ardite a sus votantes, del mismo modo que la cuestión de la independencia –de nuevo, y por mucho que pueda extrañar al lector– no está entre las principales preocupaciones de los catalanes, que son las mismas que las del conjunto de los españoles según demoscopia recurrente: el paro, la corrupción, la economía, los partidos políticos. Cuanto antes culminen los socialistas sus correcciones, antes recuperarán su credibilidad y, sobre todo, antes topará Mas con la realidad.


******************* Sección "bilingüe" ***********************

El Duque de Santiago de Compostela.
Vicente A. C. M. Periodista Digital 21 Enero 2014

Nadie podrá negar que ayer noche Mariano Rajoy se ganó a pulso el título que de modo tradicional concede Su Majestad a los exPresidentes de Gobierno por los servicios prestados. Porque servicial y cortesano lo fue hasta el empalago en la defensa visceral e inapropiada de la Infanta Dª Cristina imputada en la trama de blanqueo de capital y apropiación de fondos públicos de Noós y su entramado societario. Causa bochorno y repugnancia ver cómo el Presidente del Gobierno se transforma en abogado defensor y lanza un mensaje a la judicatura que el mismo nombró para aseverar que "cree que a la Infanta le irá bien" y que debe exigirse la presunción de inocencia. Y de esa afirmación es que no cabe ninguna duda tras el comportamiento anormal de Hacienda y de la Fiscalía. No Sr. Rajoy, no todos somos iguales ante la Ley, y ustedes, la casta política y la elitista monarquía impuesta, aún menos.

Por lo demás, la entrevista fue otra oportunidad perdida de poner a Rajoy frente a la realidad y no dejar que se escabullera en generalidades y en ambigüedades, en lo que este personaje es un maestro consumado. Su falta de concreción a la hora de enfrentarse al problema gravísimo de insumisión y de secesión de la Generalitat y del Parlamento de Cataluña, así como su disposición a seguir financiando el despilfarro y la gestión desleal de ese gobierno secesionista, no dejan lugar a mucha esperanza en un futuro cercano en el que habría que tomar medidas drásticas para impedir la destrucción de España. Su evasiva sobre el problema de ETA y la suelta de etarras, solo indica el grado de complicidad y abandono de la lucha anti terrorista, escudándose en la falsa "jerarquía" del Tribunal de Derechos Humanos sobre el Tribunal Supremo de España por la anulación de la doctrina Parot.

Sus promesas incumplidas y su hipócrita agradecimiento al pueblo español por su comportamiento ejemplar frente al sacrificio impuesto, solo puede aumentar el grado de "cabreo" general que existe al ver cómo la casta política no solo no ha compartido ningún sacrificio, sino que ha incrementado su poder y sus prebendas. La promesa de los famosos "brotes verdes" y la recuperación del empleo y del poder adquisitivo suena a "brindis al sol" cuando tras dos años de gestión lo único que ha aumentado ha sido el paro y la deuda nacional. Porque si la "herencia recibida" fue de quiebra absoluta y de intervención inmediata por la UE, tras estos dos años y gracias al aumento descomunal de la deuda, se ha logrado salvar a la banca, principal responsable de la crisis y a unas Cajas de Ahorrros quebradas por el mangoneo de la casta política sumida en proyectos faraónicos y en corrupción urbanística generalizada.

La conclusión que se puede sacar de la comparecencia televisiva de ayer es solo una, frustración. Nadie puede confiar en quien destaca su descarado carácter cortesano sobre el deber y la imparcialidad exigible a un Presidente del Gobierno. Como Mariano Rajoy, es muy libre de expresar sus opiniones y filias personales, pero como Presidente del Gobierno de España ha de ser escrupulosamente respetuoso con las actuaciones judiciales y no entorpecer la labor de la Justicia mediante la presión mediática y el uso de instituciones como Hacienda o la Fiscalía. Yo no creo en la inocencia de la Infanta, ni en la imparcialidad de quienes han demostrado un interés anormal en actuar como defensa y no como ministerio fiscal. La presunción de inocencia existe, pero también los indicios racionales de comisión de delito y eso es lo que la Justicia tiene el deber de exclarecer.

Ayer estuve viendo esta entrevista por si de ella surgía algún signo de cambio de actitud en Mariano Rajoy. No lo hubo y solo ví a un político con más conchas que un galápago enrocarse en una posición irreal de satisfacción por lo hecho y con una incontenida euforia de un futuro de "dias azules y soleados". Supongo que hoy se lanzarán cientos de encuestas para conocer el pulso de la calle. Por si vale de algo, solo espero que este personaje se retire con su futuro título a su tierra y que sea la Historia la que le juzgue. ¡Y yo que creía que Zapatero era el de las "nubes"! ¿Qué hemos hecho los españoles para merecer semejantes gobernantes? Lo peor, no rebelarnos.

Gotholaunia: memoria y economía
JAVIER MORILLAS / Catedrático de Economía. ABC  21 Enero 2014

· El gran economista y ministro ilustrado asturiano Jovellanos sintetizó lo que vino después del 711 diciendo: «Tu recuerdo triste origen será de eterno llanto». Entre mis apellidos gerundenses más cercanos figuran, sucesivamente, Constáns, Carbonell, Roquet, Cops… Ni eterno ni mencionable: el recuerdo de Mas será efímero. Por su falta de grandeza, por el bien y la prosperidad económica de España, y por tanto también de Cataluña y de todos nuestros conciudadanos.

La relación entre identidad cultural y crecimiento económico ha sido objeto de tratamiento desde hace años por los economistas. Fiedrich List, en su Sistema-Nacionalde Economía Politica (1841), señalaba cómo los países con una «mayor calidad como nación» son los que presentan una mayor homogeneidad de tradición y pasado compartido, lo que redunda en mayores posibilidades de desenvolvimiento económico. En este sentido, la huida en la que está embarcado Artur Mas, desde los medios financiados por la propia Generalitat, nos obliga a poner en valor nuestras bases comunes de identidad, incluso a los que nos dedicamos a la economía. O precisamente por eso. La consulta de un supuesto y sagaz estadista capaz de adelantar unas elecciones autonómicas para acabar perdiéndolas; y luego retener el poder sirviéndose de los más extremistas de la sociedad, cuyas figuras ha agigantado para su provecho personal utilizando lo que los italianos llaman la política de los focos.

Su regusto por las referencias medievales, con una escenografía de mesa redonda con fondo de diseños góticos, bien pudiera servirle de reflexión sobre el contrasentido de su particular camino hacia el despeñadero económico.

Porque la Hispania romana –que no en vano había empezado por la Tarraconense– bien pudo haberse acabado llamando Gotholaunia, Cataluña, tierra de los godos. Como la Galia se acabó llamando Francia, tras la invasión de los francos. Los dos estados más antiguos de Europa: España y Francia. Esta, partiendo de la Îlede

France a orillas del Sena, desde donde el poder franco fue imponiendo su ley en lo que acabó siendo un hexágono.

En España el proceso fue más rico. El primer rey visigodo, Ataúlfo, estableció su corte en Barcelona –donde, por cierto, muere en el 415– junto a su esposa Gala –hija del emperador hispanorromano Teodosio–, por quien se convirtió al cristianismo. Mientras, Roma se descomponía económicamente: por un déficit público creciente y una deuda desbocada; por la inseguridad y la inestabilidad política derivada de las continuas guerras internas y fronterizas; por la desatención agropecuaria. Se iba al colapso de la actividad productiva. Entretanto, seguían llegando cientos de barcos cargados de los variados productos hispanos, como testifican las muestras de los miles de tinajas y ánforas de la época encontradas en los alrededores del puerto de Ostia. Todavía el rey Teodorico I, desde su poder en Hispania y con su capital en Tolo—sa, acude con Aecio para derrotar a Atila.

Cuando definitivamente en el 476 caen Roma y su moneda, la del «Euricus Hispania Rex» tiene curso legal en nuestro país. Y el Código de Eurico impulsa una economía y una nación en crecimiento; con un reino cimentado y ordenado –según la época– del que Leovigildo acaba trasladando su capital a Toledo, que lo sería de España desde el siglo VI –con unos pocos años en la gallega Tuy– hasta el VIII.

No es extraño que en ese ambiente económicamente estable y expansivo pudieran desplegar su potencia intelectual personalidades como –entre otras– san Isidoro de Sevilla (560-636), capaz de recoger y asimilar toda la cultura grecolatina transmitiéndola para la Edad Media, permaneciendo como uno de los grandes maestros europeos de aquellos siglos con influencia global hasta el Renacimiento. Incluso su exaltación económica de los recursos naturales en sus Lau

des Hispaniae será utilizada, aunque de manera desenfocada, por muchos de los regeneracionistas y autores españoles, no economistas; el propio Pablo Iglesias y la misma generación del 98, en su autoflagelación derivada de una optimista visión sobre la supuestamente rica base económica de España. Ignorando su adversa infraestructura física; su desfavorable marco natural, como mostrarían Mallada y Perpiñá, necesitado de ingentes cantidades de ahorro e inversión de capitales para adaptarlo a las necesidades del siglo XX.

Pero en los violentos siglos inmediatamente posteriores a Roma, y más distante de esta que la Galia, había un país que aparecía cultivado, con muchos frutos, lanas, minerales y abundancia de ganados de todas clases, y donde una notable exportación –aceite, trigo, vino, miel, pez, cochinilla y minio– se vendía merced a un activo comercio marítimo.

Con una población diseminada, pegada al terreno, y clima más suave, ¿quién se detenía a pensar entonces en nuestra orografía endiablada o su altitud media? ¿Quién en los desembolsos que habrían de ser necesarios para perforar nuestras disgregadoras cadenas montañosas para desarrollar conexiones ferroviarias y transporte interior? ¿Quién se percataba de nuestros limitados recursos hídricos o la falta de grandes ríos navegables que cual modernas autopistas de la época transportarían en nuestros países vecinos las mercancías al por mayor que favorecieron las economías de escala y los grandes clusters productivos futuros? ¿Quién comparaba la fertilidad media del suelo? ¿Cuántas generaciones serían necesarias para ir acumulando el ahorro suficiente y las ingentes cantidades de capital necesarias para doblegar una realidad verdaderamente adversa de cara al desarrollo económico?

Y sin embargo, con el tiempo, se lograría dar la vuelta a la situación. Aunque sabemos que no fue inmediatamente. Y no sin esfuerzo. Sin inmensos sacrificios, de necesarias acumulaciones e inversiones de capital intergeneracional no inferiores al 3 o 4 por ciento medio del PIB anual. Año tras año. Generación tras generación. Y en muchas ocasiones superior, para recuperar décadas perdidas. Unos recursos enterrados solo para doblegar esa adversa infraestructura de partida –frente a nuestros países vecinos mejor dotados por la naturaleza–, pero que, llegado un momento, nos permitieron entrar en una espiral virtuosa de expansión y crecimiento sostenido a partir del finales del XIX y XX. Como sin duda volverá a ocurrir cuando terminemos con esta recesión 2009-2013, cuyo final atisbamos.

La fase siguiente de aquella España de capitales y cortes itinerantes desde Asturias, duró en alguna parte más de 700 años. Pero el espíritu y la fuerza de la memoria común por reconquistar la unidad y el progreso del Reino perdido fueron idénticos desde todos sus rincones.

El gran economista y ministro ilustrado asturiano Jovellanos sintetizó lo que vino después del 711 diciendo: «Tu recuerdo triste origen será de eterno llanto». Entre mis apellidos gerundenses más cercanos figuran, sucesivamente, Constáns, Carbonell, Roquet, Cops… Ni eterno ni mencionable: el recuerdo de Mas será efímero. Por su falta de grandeza, por el bien y la prosperidad económica de España, y por tanto también de Cataluña y de todos nuestros conciudadanos.

ETA
¿Txikierdi en Bildu y Otegi en la cárcel?
Guillermo Dupuy Libertad Digital 21 Enero 2014

Ante la noticia de que la ETA está sopesando la posibilidad de colocar a algunos de sus pistoleros recientemente excarcelados en las listas de sus legalizados brazos políticos –Bildu, Sortu o Amaiur–, el ministro del Interior ha considerado que la organización terrorista "no tiene voluntad de disolverse", sino que pretende perpetuarse como "actor político", lo que, a su parecer, es "inadmisible".

Hombre, sin pretensiones de mantener un orden cronológico, lo "inadmisible" es que una clase dirigente como la que padecemos haya dejado en papel mojado la Ley de Partidos y dado sobrados motivos a ETA para celebrar públicamente el "haber ganado la batalla de la ilegalización".

Lo inadmisible es no haber hecho todo lo política y jurídicamente posible para impedir una sentencia como la que dictó Estrasburgo sobre la etarra Inés del Río, para luego, encima, utilizarla de excusa para hacer excarcelaciones masivas de otros sanguinarios terroristas de la banda.

Lo inadmisible es ver a un ministro del Interior utilizar el hecho de que, junto a los etarras, hayan salido a la calle violadores y otros delincuentes en serie, para hacernos creer que dichas excarcelaciones constituían, en realidad, una "derrota" de ETA.

Lo inadmisible –y ya entonces una razón más que suficiente para no votarlo– fue ver a un candidato a la presidencia del Gobierno como Mariano Rajoy celebrar al alimón con Rubalcaba el nauseabundo y chantajista comunicado de "alto el fuego definitivo" como una "buena noticia", ocultando para ello tanto las concesiones políticas que habían precedido a dicho comunicado como los chantajistas y vanagloriosos términos en que los etarras lo habían redactado.

Lo inadmisible fue ver a un recién nombrado ministro del Interior, el mismo Fernández Díaz, asegurar, "para que lo sepa todo el mundo", que le constaba que el Estado de Derecho "no ha estado en suspenso durante el mandato de mis antecesores"; cuando lo cierto era que, al margen del chivatazo en el bar Faisán, ya entonces eran públicas y notorias las reuniones con ETA en las que el Gobierno de Zapatero, además de perpetrar el delito de omisión del deber de detener delincuentes, había llegado al compromiso de derogar la Doctrina Parot.

Lo inadmisible fue ver, poco después, a ese mismo ministro del PP excarcelar al torturador de Ortega Lara y mentir al asegurar que "prevaricaría" si no lo soltaba.

Lo inadmisible es que aún estén sin detener Josu Ternera y otros terroristas que todavía no han rendido cuenta alguna ante la justicia, y ver al mismo tiempo al ministro del Interior afirmar que su objetivo es la "disolución" y la "entrega de las armas". ¿Que diríamos de un ministro que, ante el Violador del Punzón o ante cualquier banda de atracadores de banco, dijese que su objetivo es que el violador entregase el punzón o que la banda de atracadores se disolviera? Pues estas inadmisibles declaraciones se las oímos día sí y día también a nuestro inadmisible ministro del Interior con respecto a ETA, sin no poca aceptación.

Lo inadmisible es que, por culpa de nuestras élites políticas y de su subordinado poder judicial, ETA pueda aspirar a colocar a Txikierdi o a Kubati en cualquiera de sus tolerados brazos políticos. Lo inadmisible, en definitiva, es que una justa pena de prisión como la que castiga a Arnaldo Otegi por tratar de burlar la ilegalizada Batasuna se haya convertido en tan monumental acto de hipocresía.

El prestigio de ETA
HERMANN TERTSCH. ABC  21 Enero 2014

Ya no necesitan el grito de «ETA, mátalos», les sobra con el mucho más eficaz de «sabemos dónde vives»

ES cierto que el asunto en sí, que es ETA, sus objetivos y recursos, no tiene ninguna gracia. Pero sí son de risa muchas de las reacciones que suscita la banda, tanto entre sus cómplices como sus compañeros de viaje o sus enemigos. Como cómplices de la banda terrorista se puede considerar a aquellos que creen tener objetivos comunes con ella. A los que tienen o han compartido intereses tácticos o estratégicos con los terroristas. Aunque no les gustara que mataran.

Sus enemigos fundamentales son todos los que buscan una derrota incondicional de los terroristas y de sus objetivos. Que creen en una España unida y plural y exigen por ello el fin del permanente acoso político, educativo, cultural y mediático del nacionalismo contra la Constitución, del que ETA ha sido vanguardia durante medio siglo. Y quiere seguir siéndolo.

Es obvio que la pujanza de todos los nacionalismos antiespañoles y los planteamientos independentistas actuales serían una absoluta y ridícula quimera de no haber existido ETA. Cierto es que a la lamentable situación actual han ayudado todo el espectro político español y las propias instituciones. Con cotas de tolerancia hacia los desafíos al Estado de Derecho y la Constitución que en cualquier otro país europeo habrían sido impensables y por lo demás delictivos.

Risa producen estas reacciones escandalizadas cuando se valoran los pasos dados por ETA desde que anunció que, a la vista de los acuerdos alcanzados con el Gobierno de Zapatero, había dejado de tener necesidad de matarnos para lograr sus objetivos. Con esa proclamación, ETA recuperó de golpe su pleno prestigio en la izquierda española. No habría de necesitar más, ni arrepentirse, ni lamentar el daño, ni condenar, ni distanciarse de ETA ni mucho menos colaborar con la Justicia a esclarecer los casos pendientes. ¡A dónde íbamos a ir a parar, exigirles esas cosas a los etarras que volvían al seno de la familia política progresista tras años de rabia y confusión moral! Ahora se sorprenden algunos ante la noticia de que las organizaciones de ETA, Sortu, Bildu, también lo es Amaiur, van a incorporar etarras a sus listas para cargos políticos.

Son los mismos que desde derecha e izquierda aplauden a este ministro del Interior cuando dice que los etarras están acabados por ser liberados con violadores, que el aquelarre de Durango era inevitable, que Zapatero no hizo concesiones a ETA o incluso que Bolinaga se nos muere. Aplauden y no se ríen como debieran. Por supuesto que ETA va a incorporar a sus asesinos a las listas de sus organizaciones porque les dan el lustre. Y porque dejan claro que son ellos. Los combatientes dan prestigio a las listas. Incorporan la épica a la política. Tienen el valor añadido de la fuerza armada, el argumento de la lucha que impone. O intimida, da igual. Se incorporan los excombatientes al poder popular que se extiende como una mancha de aceite. Y tienen ese prestigio y esa legitimidad añadida que dan las hazañas bélicas.

Será un argumento de peso para las jóvenes generaciones formadas en el odio y el victimismo y en la narrativa de la «guerra con España». Frente a los peneuvistas, «esos que jamás han sufrido», estarán las biografías heroicas, cuantos más muertos mejor. Kubati ya está lanzado al estrellato, cuentan. El prestigio de los asesinos en ciertos sectores de la sociedad vasca será menor. Pero verán cómo se les ataca poco. Porque no usan las armas, pero no están desarmados. Todos saben que llegan a todas partes. Y que ya actúan con práctica impunidad. Ya no necesitan el grito de «ETA, mátalos», les sobra con el mucho más eficaz de «sabemos dónde vives».

Una generación de catalanes
Ver a Cataluña solo como víctima de la opresión española es manipular la historia

Laura Freixas. El Pais.  21 Enero 2014

En la vida de mis abuelos paternos hay, para mí, un gran misterio. Pertenecían ambos a la burguesía catalana —mi abuelo era empresario textil—; hablaban catalán, no iban a misa, leían a Aldous Huxley y Stefan Zweig; pertenecían a un partido catalanista conservador, la Lliga, equivalente de lo que hoy sería CiU. Nada más alejado, diríase, del franquismo... Sin embargo, cuando las tropas del generalísimo entraron en Barcelona en enero de 1939, mis abuelos las recibieron gritando hasta desgañitarse, brazo en alto: “¡Franco, Franco, Franco!”. ¿Qué había pasado? Por desgracia, murieron antes de que yo pudiera preguntárselo. Pero ahora, tantos años después, se acaba de publicar un libro que me da la respuesta: los Dietaris,de Joan Estelrich.

Contemporáneo de mis abuelos, Estelrich (1896-1958) perteneció como ellos a la Lliga: fue secretario de su fundador, Francesc Cambó, y diputado. Sus anotaciones íntimas, escritas en catalán, inéditas hasta ahora, constituyen un documento extraordinario: nos permiten entender una evolución política a primera vista incomprensible, y que sin embargo fue la de gran parte de una generación. “Nosotros, la Lliga”, escribe en 1935, “estamos decididamente al lado de los conservadores españoles en todos los problemas generales; pero los conservadores están contra nosotros furiosamente en la cuestión catalana” (20-12-35).

Joan Estelrich está en Roma cuando estalla la sublevación del 18 de julio. Su primera reacción es indecisa: “Yo, como catalán, debo desear el triunfo del gobierno y como español, el de los sublevados” (20-7-36). Pero muy pronto, lo ve claro. Frente a “un Estado [CATALÁN] independiente con dictadura del proletariado anárquico”, “la victoria de los militares aparece como el mal menor” (26-8 y 1-9-36). El día en que recibe la noticia (falsa) de que Franco ha entrado en Madrid, lo celebra brindando por “esta victoria y las que vendrán” (8-11-36).

A mi abuelo los obreros le incautaron la fábrica y con Franco la recuperó

En enero de 1940, Estelrich anota: “Hace un año, el día de la liberación, toda Catalunya unánime estaba por Franco y el Movimiento; era el momento para emprender una política de conciliación moral, de integración española. Después han venido las decepciones; toda Catalunya se siente, con razón o sin ella, hostilizada” (31-1-40).

La cosa no debe, con todo, parecerle muy grave, pues cree que un gobernador civil que aunque no sea catalán “conozca la psicología de Catalunya”, con unas simples “disposiciones que satisfagan algún aspecto sentimental y algún aspecto económico”, “se ganaría en un par de días el corazón de todos los catalanes” (23-1-40). En lo que queda del diario (que llega hasta 1949), Estelrich no vuelve a hablar de política. Vive cómodamente desempeñando cargos oficiales: director de la oficina de prensa franquista en París, delegado de España ante la Unesco...

Ciertamente, no toda la burguesía ni toda la intelectualidad catalanas siguieron el ejemplo de Estelrich. Algunos se exiliaron (Carner, Rodoreda, Calders…); otros (Espriu, Manent, Sales…) trabajaron, en el “exilio interior”, en favor de la lengua y la cultura catalanas. Pero tampoco puede decirse, ni mucho menos, que Joan Estelrich fuera un caso aislado. Catalanes tan ilustres como D’Ors, Dalí o Pla fueron franquistas, así como los intelectuales agrupados en torno a la revista Destino; y en sus memorias, elocuentemente tituladas Habíamos ganado la guerra (2007), Esther Tusquets retrata la euforia, en 1939, de muchos catalanes ricos, como sus padres, que jamás dudaron que la victoria de Franco (incluida la disolución de la Generalitat y el fusilamiento de su presidente, Lluís Companys) era la suya.

Lo mismo, supongo, debió sentir mi abuelo. Durante la guerra, los obreros de su fábrica se la incautaron; en 1939, gracias a Franco, la recuperó. Ese mismo año, mi otro abuelo fue encarcelado en Barcelona por los nacionales. Originario de Ávila, había emigrado a Cataluña en 1932 en busca de trabajo; era anarquista y combatió con los republicanos. Al salir de la cárcel fue depurado; pasó miseria el resto de su vida.

El espejismo de unanimidad oculta todos los conflictos internos

Ahora intentemos entender todo esto a la luz de la historia oficial. Una historia formada solamente por dos polos: de un lado “Catalunya”, unánime, resistente, noblemente vencida, siempre víctima; del otro una “España” empeñada, como un solo hombre, en sojuzgar a los catalanes. Es el discurso que destilan las celebraciones del tricentenario de 1714, el reciente congreso titulado España contra Catalunya, el Museu d’Història de Catalunya o la declaración de soberanía aprobada por el Parlament (23-1-13), cuyo preámbulo asegura sin pestañear que “la dictadura de Franco contó con una resistencia activa del pueblo de Catalunya”. Entonces, ¿dónde queda Estelrich? ¿Y Cambó, D’Ors, Dalí, Pla…? ¿Y los padres de Esther Tusquets? ¿Y mis abuelos…? ¿Debo pensar que mi abuela materna, castellana, que era costurera, vivía en un quinto sin ascensor y, en tanto que mujer, no tenía ningún derecho, era la opresora, y mi abuelo paterno, catalán, que tenía dos criadas, una fábrica, un gran piso en Barcelona y tres casas en Lloret de Mar, el oprimido?

Siendo tan burda esa falsificación de la historia, es asombrosa la facilidad con la que está calando. Sin duda en momentos como los actuales, de crisis, miedo al futuro, angustia…, resulta consolador ese espejismo de unanimidad y decisión: “Siempre hemos luchado los mismos por lo mismo, desde hace muchos siglos”, nos vienen a decir. Se ocultan así todos los conflictos internos: de clase, de género, religiosos, ideológicos…, como si el mero hecho de ser catalanes bastara para definirnos y hermanarnos. Es célebre la frase de Cambó, que al conminársele a que eligiera una forma de Estado respondió: “¿Monarquía? ¿República? ¡Catalunya!”. Pero a la hora de la verdad, cuando no pueda seguir echándosele a Madrid la culpa de todo lo que no nos gusta, cuando haya que preguntarse: ¿impuesto de sucesiones?, ¿ley de dependencia?, ¿sanidad pública o privada?, ¿aborto?, ¿religión en la escuela?... “Catalunya” no servirá como respuesta. A la hora de la verdad, por más que seamos todos catalanes, cada persona, cada partido, tendrá que elegir y elegirá, del mismo modo que en 1936 Joan Estelrich tuvo que elegir y eligió sin vacilar a Franco.

Laura Freixas es escritora. Su último libro publicado es Una vida subterránea. Diario 1991-1994 (ed. Errata Naturae, Madrid, 2013).

Nacionalismo
Algo se mueve en la Iglesia de Cataluña
Pablo Planas Libertad Digital 21 Enero 2014

La Iglesia en Cataluña constituye uno de los fenómenos religiosos más singulares del orbe católico, puesto que no hay un ejemplo más redondo en la actualidad de fusión entre la jerarquía eclesiástica y la política. El catolicismo en Cataluña es una opción partidista, un contrato nada espiritual cuya fe se basa en creencias como que Cataluña es la nación más antigua del mundo; los catalanes, el pueblo elegido; el catalán, el auténtico arameo que hablaba Jesucristo, y las Tablas de la Ley, un anteproyecto del Estatut.

La imagen de las banderas independentistas gigantes colgadas de los campanarios no es la expresión de hechos protagonizados por las juventudes de Esquerra, no son activistas políticos los que despliegan las estelades, sino los párrocos del cardenal Martínez Sistach, arzobispo de Barcelona, convertidos en almuédanos, vulgo muecines, de la yihad del separatismo desde los minaretes de sus parroquias.

La otra Iglesia, la no catalanista, ergo universal, apostólica, católica y romana, sobrevive como puede, en peores condiciones desde luego que los católicos chinos reconocidos por el Vaticano, en tanto que éstos disponen de obispos y sacerdotes alternativos a los reconocidos por el partido. Es muy curioso lo de la división de la Iglesia en China, pero aún lo es más y es más cercano el cisma catalán, en el que Jordi Pujol padre vendría a ser como la reina de la Iglesia Anglicana, rama catalana. Él mismo dedica en sus torrenciales memorias variadas alusiones a sus desencuentros con el Vaticano, con el Papa polaco, mayormente, cuyas relaciones oscilaban entre lo formal y lo inexistente. Pujol reconoce que nunca perdonó al Santo Padre, así, con todas las letras, que no utilizara casi nunca el catalán en sus mensajes urbi et orbi. De "president de Catalunya" a obispo de Roma, dos líderes espirituales como quien dice.
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La última hora de esta Iglesia catalana se puede leer en el único boletín religioso no catalanista que existe en Cataluña, una modesta página en la red, germinansgerminabit.org, perseguida con saña desde los púlpitos y despachos ofciales. Se trata de un diario católico que cuenta con el trabajo voluntario de párrocos disidentes y fieles heterodoxos, a medio camino entre la Resistànce y las catacumbas y en el que el anonimato es más que aconsejable. Uno de sus colaboradores habituales, que firma Desde los últimos bancos, ha escrito una entrada que se titula "Sistach y la fractura social". En el texto, el autor se sorprende de las últimas declaraciones del cardenal, en las que aprecia un tímido conato de reorentación. Preguntado por el papel eclesial en el proceso separatista, Sistach habría dicho en Ràdio Estel lo siguiente:

La Iglesia acompaña a los cristianos, para crear un clima de gran respeto, mucho diálogo y paz entre todos, porque es una estructura que ha de configurar un país y no lo ha de dificultar nunca. Lo importante es que los vínculos que hay entre los ciudadanos sean bien intensos y no se rompan nunca y creo y espero que no se van a romper.

A lo que el autor del artículo añade:
Ni una referencia al proceso, ni al manido derecho a decidir, ni a la supuesta soberanía del pueblo catalán. Al revés, una llamada al diálogo y un especial énfasis en que no se rompan los vínculos entre ciudadanos y a la esperanza de que éstos no se vayan a romper. ¿A qué debía venir esta llamada de atención del cardenal? Sistach es tremendamente astuto y si algo no se le puede negar es que suele tener las antenas bien desplegadas para interpretar las señales y los vientos. Por ello, no se le escapa un fenómeno que está empezando a cundir especialmente en su feligresía y es la división que está produciendo la omnipresencia agobiante del debate independentista (...) Empezamos a ser bastantes los que hemos decidido no arrugarnos ante tanto atropello, ante tanta manipulación de la realidad y de los sentimientos; ante esa calificación de buenos y malos catalanes que se viene perpetrando por activa y por pasiva, ya sea desde los medios de comunicación, las escuelas o incluso algunas de nuestras parroquias, todo ello bien nutrido con el favor y el engrase de los poderes públicos.

El texto está ilustrado con los campanarios independentistas y con una imagen en los estudios de Ràdio Estel (Estrella), emisora de la Iglesia en Cataluña cuyo logotipo es una estrella y cuatro barras. ¿Les suena? Cristianos contra leones, ovejas contra pastores. Algo se mueve en las criptas.

Y se proclaman socialistas
Miquel Porta Perales www.cronicaglobal.com 21 Enero 2014

Durante demasiado tiempo, el Partit dels Socialistes de Catalunya, en lugar de marcar las diferencias en relación al nacionalismo, ha seguido la política nacionalista inaugurada por Jordi Pujol. En este sentido, el socialismo catalán no ha sido el cambio, sino el recambio. Más: el socialismo catalán ha hecho cosas –en materia de política lingüística o educativa, por ejemplo- que Jordi Pujol no se había atrevido a llevar a la práctica. Los socialistas catalanes se empeñaban en decir que ellos no eran nacionalistas. Pero, el lenguaje, las propuestas y las actuaciones eran de carácter nacionalista. Decían que no eran nacionalistas, pero reivindicaban y defendían aquello que los nacionalistas reivindicaban y defendían al tiempo que criticaban y descalificaban aquello que los nacionalistas criticaban y descalificaban. Cosa que conduce a una cuestión de lógica elemental de primer orden: o los nacionalistas no son nacionalistas o los socialistas catalanes son nacionalistas.

Lo que resulta francamente sorprendente es que esta Santa Alianza entre nacionalismo y socialismo catalán se empaquetara y vendiera como una manifestación del progreso. ¿Cómo es posible que el socialismo catalán abandonara –tanto da que fuera por convicción u oportunismo- el pensamiento ilustrado en favor de la farfolla nacionalista ofreciendo gato por libre? El resultado de tan singular metamorfosis: los derechos individuales y la idea de ciudadanía, pierden; el exclusivismo nacionalista, gana.

Y en eso que el 16 de enero de 2014 –la negativa del PSC a votar "sí" a una consulta sobre "el futuro político colectivo de Cataluña": una petición planteada para recibir el "no" del Estado y desencadenar así una nueva oleada de victimismo que beneficiará al independentismo- el Partit dels Socialistes de Catalunya dice "basta".

Los ciudadanos de Cataluña se merecen una izquierda laica –no un sucedáneo, comparsa, muleta o propagandista del nacionalismo- que huya de la cosmogonía, la concepción del mundo, la teología y los intereses nacionalistas

Y en eso que un grupo de ilustres socialistas reacciona con un manifiesto titulado Crida socialista pel referéndum. Otra vez la Santa Alianza. Otra vez el socialismo catalán –en este caso, una parte del mismo- utiliza el mismo lenguaje que el nacionalismo. Otra vez las mismas propuestas. Otra vez una mercancía averiada vendida –como si el socialismo no tuviera ya suficientes problemas de definición, programa y discurso- bajo la etiqueta del progreso.

Los abajo firmantes hablan de "objetivo nacional más inmediato", "reto nacional", de "constantes vitales de la nación catalana", de "construcción nacional de Cataluña", de "causa nacional de Cataluña", de "intereses nacionales de Cataluña".

Los abajo firmantes afirman que "la opción de la independencia puede ser una salida pero no necesariamente la única posible de la crisis actual". Uno se tranquiliza al leer que la independencia no es "necesariamente" la salida a la situación.

Los abajo firmantes aseguran que oponerse a la consulta –así, sin más- "para que el pueblo de Cataluña se pueda pronunciar claramente sobre su relación con España" es "una actitud inaceptable y antidemocrática".

Los abajo firmantes hablan de una "divisoria ineludible": "la gran mayoría que, en los parámetros del catalanismo político, exige el referéndum" frente "a quienes se oponen desde los parámetros de la política española y, en algunos casos, tratando de hacer de ello un factor de división de la sociedad civil catalana". Unos "a un lado" y otros "al otro lado", dicen. La misma topografía construida por el nacionalismo catalán.

Los abajo firmantes proclaman que los "socialistas catalanes hemos de estar donde nos corresponde: en primera fila". Y añaden que "resquebrajar la unidad de este bloque con aceleraciones injustificadas" puede "servir a los intereses del adversario". Concluyen: "El socialismo catalán no puede faltar a la actual cita por Cataluña".

Los abajo firmantes, después de "exigir" sus demandas "en nombre de los intereses nacionales de Cataluña", después de "invitar" a quienes compartan sus ideas a "no desfallecer", después de eso, piden que "se dispongan también a trabajar, a medio plazo, a favor de la recuperación del espacio socialista, por la construcción de una alternativa catalana de izquierdas".

Ese es su lenguaje, esa es su alternativa, esa es su concepción de la democracia, esa es la visión de trinchera que tienen de la sociedad catalana, esa es su opción, esa es su posición, esas son sus prioridades. Y a todo eso lo llaman "poner Cataluña al frente de la lucha por la libertad, la justicia y el progreso". Y se proclaman socialistas. Y se permiten el lujo de dar lecciones de honestidad, moralidad y bondad. Los ciudadanos de Cataluña se merecen una izquierda laica –no un sucedáneo, comparsa, muleta o propagandista del nacionalismo- que huya de la cosmogonía, la concepción del mundo, la teología y los intereses nacionalistas.


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