AGLI Recortes de Prensa   Sábado 12 Abril  2014

DENTRO DE LA GRAVEDAD
'Vengo por España'
Eurico Campano www.gaceta.es 12 Abril 2014

Aunque esté mal decirlo, es difícil para un periodista político, con más de veinte años de oficio, sorprenderse ya por casi nada. Pero la vida profesional aún depara sorpresas agradables. Como la que experimenté hace unos días. Tuve ocasión de visitar la sede central de 'Vox' en la capital de España, citado para una larga conversación cuyo extracto pueden leer en ésta misma página con su número uno' en la lista al Parlamento de Estrasburgo, el siempre oceánico Alejo Vidal-Quadras. Y mientras Santiago Abascal, su secretario General me iba enseñando las distintas dependencias y presentándome a sus colaboradores, en uno de sus despachos, encontré a una joven de apenas veinte años que tecleaba listados de nuevos militantes con fruición. Tan enfrascada estaba en su trabajo que no pude por menos de preguntarle:

-"Y tú, ¿vienes por aquí desinteresadamente?", a lo que ella, muy seria, alzó la vista y contestó: -"Desinteresadamente no. Vengo por España". Demoledor.

En apenas unos segundos, pasó por mi mente la imagen de tantos y tantos jóvenes cachorros de otras formaciones políticas, sobradamente asentadas, cuya máxima aspiración de mayores es convertirse en algo muy parecido a la generación política que ahora gobierna España. Estatus, buen sueldo... más de lo mismo. Degradación del sistema. Puro interés. Y no pude evitar preguntarme que sería de España si algún día desaparecieran, no ya los apoltronados políticos profesionales, sino también los aspirantes a lo mismo. Y la calles y pueblos de nuestra patria se cuajaran de personas como ésta joven voluntaria, dispuestas a dejarse la piel simplemente por unos principios, por unos valores, por un ideal... Tal vez en España volvería a salir el sol. Ojalá podamos verlo. Algún día.

Un país que apesta
Luis del Pino Libertad Digital 12 Abril 2014

La trimetilaminuria es una rara enfermedad genética a la que también se conoce con el nombre de "síndrome del olor a pescado podrido".

Las personas que padecen esta enfermedad no pueden metabolizar la trimetilamina, debido a la ausencia de una enzima necesaria. Como resultado, la trimetilamina se acumula en el organismo y se expulsa a través de la orina o el sudor. Y el paciente exhala de forma continua un insoportable mal olor, que la gente atribuye a la falta de higiene.

Es el caso, por ejemplo, de Ellie James, una británica de 44 años cuya existencia fue, hasta que por fin consiguieron diagnosticarla, un auténtico infierno de problemas laborales, personales y familiares, debido a ese permanente mal olor que la ha acompañado toda su vida. Dependiendo de lo que comiera, de su nivel de estrés o incluso del momento de su ciclo hormonal, podía oler a pescado podrido, a perfume barato, a neumático quemado, a azufre o a aguas residuales. Pero siempre la acompañaba un olor enormemente desagradable, a pesar de ducharse cinco veces al día. De hecho, los jabones normales sólo conseguían acentuar el olor.

Imagínense la escena: una mujer que sabe que apesta y que no sabe por qué. Y, lo que es peor, que muchas veces no es capaz ella misma de detectar cuándo apesta de manera especialmente ofensiva, porque su nariz se ha acostumbrado al mal olor. Esa mujer viaja en el autobús y tiene que soportar que algún otro viajero la insulte, pensando que esa señora es, pura y simplemente, una cochina. O tiene que ver cómo los compañeros de trabajo le dejan pastillas de jabón en la mesa, para ver si entiende la indirecta y se ducha, a pesar de que la pobre Ellie lleva ya tres duchas ese día.

El calvario de Ellie James terminó el día en que por fin los médicos identificaron qué es lo que le pasaba. La enfermedad no tiene cura, pero al menos Ellie James lograba entender a qué se debía aquel permanente olor.

Y, de hecho, aunque la enfermedad no tiene cura, sí que se pueden paliar sus efectos en buena medida, controlando estrictamente la dieta, evitando ciertos compuestos químicos y ciertos fármacos y utilizando un jabón especial.

Hoy en día, esa mujer británica lleva por fin una vida laboral y sentimental casi completamente normalizada.

Pero fíjense ustedes en algo importante: ahora, Ellie James puede controlar el olor de su cuerpo de una forma razonable. Pero aunque eso no fuera así, aunque fuera incontrolable ese olor, la vida de Ellie James ya había mejorado con solo saber cuál era la causa de ese olor apestoso. Porque el saber que tenía una enfermedad genética al menos le servía para convencerse de que ella no era la culpable, de que no se debía a una falta de higiene suya, ni a ninguna otra cosa que estuviera en su mano.

Nuestra nación, España, se parece en cierto sentido a Ellie James. Son muchas las cosas que apestan en este país. De hecho, el olor es permanente y variado, pero siempre insoportable: dirigentes que tratan a los españoles como si fueran siervos; personas que se dejan tratar como siervos por los dirigentes; funcionarios que actúan al servicio de sus propios intereses o de los de su partido; corruptos que saquean el presupuesto público sin ningún rubor; personas de a pie que callan ante la corrupción del poderoso, porque también ellas trampean como pueden; paniaguados que viven del chollo, vegetando en algún puesto de asesor; jueces vendidos; periodistas lacayunos; sindicalistas que no son tales... Todo parece estar corrompido o funcionar mal.

Y lo peor es esa sensación de no saber por qué nos pasa todo esto, de no saber qué es lo que estamos haciendo mal. Nos sentimos colectivamente culpables: no sabemos qué hemos hecho mal, pero nos sentimos culpables de algo: quizá de no ser un pueblo instruido, quizá de no ser un pueblo disciplinado, quizá de no ser un pueblo trabajador. Y no hay nada más desesperante que creer que estás haciendo algo mal, y no saber qué es.

Y a lo mejor resulta que no estamos haciendo nada mal, como Ellie James. A lo mejor resulta que hay cosas que no están, simplemente, bajo nuestro control, porque dependen de nuestra constitución cultural, de nuestra forma de ser. Y a lo mejor lo que tenemos que hacer es, como Ellie James, darnos cuenta de que a nuestro organismo le falta alguna enzima que otras naciones sí tienen. Y no vamos a poder segregar esa enzima por mucho que nos empeñemos, pero lo que sí podremos hacer es adaptar nuestro modo de vida a nuestra propia condición, para mantener los síntomas perniciosos bajo control.

Quizá fuera hora, por ejemplo, de analizar nuestras instituciones y ver si se adecúan a nuestro carácter, porque a lo mejor tenemos que desarrollar nuevas formas de participación política y ciudadana adaptadas a nuestra propia forma de ser. ¿Los españoles somos anárquicos? Bueno, pues eso puede ser un defecto que lleve a la inacción, o una virtud que fomente la capacidad creadora, así que tendremos que pensar en instituciones que conviertan esa anarquía en algo positivo. ¿Los españoles tendemos a no respetar las leyes? Bueno, pues a lo mejor necesitamos menos leyes y reglamentaciones, en lugar de más. ¿Los españoles tendemos a abusar del poder? Pues a lo mejor tenemos que repensar los mecanismos de separación de poderes y desarrollar otros que trasciendan a Montesquieu y se adapten mejor a nuestro carácter.

Los españoles somos como somos, y esa manera de ser tiene virtudes e inconvenientes. ¿Qué tal si dejamos de querer ser lo que no somos y, en lugar de ello, tratamos de aprovechar lo que tenemos?

Y ya sé que lo que digo no son sino generalidades, pero estoy seguro de que entienden ustedes la idea: basta de sentirnos culpables por cosas de las que no tenemos culpa alguna, y pongámonos manos a la obra, sin ideas preconcebidas, para adaptar las instituciones a nuestra forma de ser, en lugar de pretender que los españoles se adapten a instituciones que quizá funcionen bien en otros países, pero que aquí no parecen dar un gran resultado.

Tenemos que empezar a desarrollar y a profundizar nuestra propia forma de democracia. Y estamos, con el advenimiento de la era electrónica, en un momento óptimo para poder conseguirlo.

Política
La democracia espejismo
Enrique Calvet Chambon www.lavozlibre.com 12 Abril 2014

Economista y miembro del Comité Económico y Social Europeo

No más tarde que ayer decía el Señor García Margallo que lo más importante, con mucho, de lo que está condicionando el futuro en prosperidad, libertad democrática y ética personal de los españoles es lo que acontece con la Cataluña hispana en este momento. Es de agradecer que un Ministro de nuestro Gobierno, por fin, ponga el acento en un problema trascendental, de trascendencia histórica que afectará a una decena de generaciones, y no intente camuflar el debate político de nivel con panfletillos de corto vuelo o sobredimensionando problemas coyunturales (como el ciclo económico, por ejemplo).

Pero, a partir de ahí, lo que de verdad está en juego, queda mucho más confuso en la mente de nuestros gobernantes y de los políticos del Partido más representado de la oposición. Por ejemplo, si creen que el asunto importante es una racionalización de la descentralización territorial, o preservar la pluralidad cultural (indestructible per se) o un perfeccionamiento del sistema de financiación de las regiones, o una satisfacción para oligarquías identitarias anti-democráticas, o “el encaje” de una región de España en España (no se puede ser más grotesco), o no sé cuales zarandajas históricas que cualquier territorio puede argumentar por igual, o instalar una 'Commonwealth' en la secular nación española,… y demás temas interesantes, están muy lejos, a mi juicio, del problema nuclear y fundamental. El tema son los ciudadanos españoles, todos, como parte de los europeos, y su derecho y posibilidad de vivir su futuro en una comunidad de ciudadanos libres iguales y fraternales.

En la mejor democracia posible que respete los derechos civiles y fundamentales de todos los demócratas….y los defienda hasta las últimas consecuencias.
Por eso, conviene delimitar bien lo que algunos llaman el “problema catalán” y que debe quedar bien determinado: primero, es el problema de cuatro provincias españolas (como bien sabe el catalán primer ministro francés), y segundo es el problema de que en esas provincias existe una oligarquía secesionista con enorme capacidad concedida de manipular e intoxicar. El problema es el de una secesión y de un secesionismo fomentado impune, manipulada e ilegalmente, galopando.

Y, para enfrentarse a eso, conviene de una vez informar con veracidad de que estamos ante un problema de democracia y de valores democráticos, que es lo que importa. Conviene deshacerse del velo de la “democracia espejismo” que fomentan todos los políticos caciques, de uno y otro lado, por intereses politicastros.

Conviene partir de una vez del hecho de que lo importante que acaece en la política del Principado no tiene nada de democrático. Léanme bien: NADA. Había empezado a hacer una lista de hechos, situaciones, a veces anécdotas, absolutamente a-democráticos de la política catalana. Me paré en 50 y se los reduzco a:

1/ No respetar las sentencias de los tribunales de justicia desde instituciones del Estado no tiene nada de democrático.

2/ Trabajar abierta e impunemente contra el bien común de los españoles desde instituciones del Estado que han jurado o prometido la Constitución, y con el dinero de todos los españoles, es absolutamente anti-democrático.

3/ Fomentar con dinero público fanatismos manipulados y engañados, histerias sin fondo veraz, hasta basar la política en eventos de “democracia aclamativa” a lo Nüremberg es esencialmente anti-democrático. Esencialmente quiere decir esencialmente.

4/ Practicar la discriminación por el idioma, o la pureza de etnia, y en particular atentando contra los derechos civiles de los niños es radicalmente anti democrático.

5/ Tejer durante lustros un clientelismo opresivo, una violencia no cruenta contra el no secesionista, una exclusión social contra el traidor que no admite la raza superior (¿Boadella?, ¿miles de profesores exiliados? ¿autores catalanes castellano hablantes expulsados del patrocinio público?...) es profundamente anti democrático.

6/ Financiar y crear desde el Estado y con fondos públicos organismos dedicados a propalar mentiras, sembrar el odio y el enfrentamiento en vez de la convivencia y utilizarlos contra los valores humanistas de la Ilustración es obscenamente anti-democrático.

7/ La apelación a inventados derechos históricos pre-constitucionales basados en razas, tribus o lo que sea para dividir a la ciudadanía es, por definición, anti democrático.

8/ Pretender que los derechos pertenecen a territorios y no a los ciudadanos es regresivamente anti-democrático (el objetivo es hacerlos pertenecer a una oligarquía dominante, evidentemente).

9/ Propalar, desde la cedida educación y desde los “media” controlados, el veneno, sobre mentiras y falsedades, de la visión “del otro ciudadano” como enemigo, expoliador, es asquerosamente anti-democrático.

Podría seguir, como he dicho, pero ya vale. Comprendamos bien eso, lo que sucede en la Cataluña citerior es profundamente anti democrático y hace lustros que no se dan las condiciones reales para consultas democráticas.

Con ello comprenderemos que lo que está en juego para los próximos 100 años es la democracia, la libertad y la dignidad de todos los españoles, y por ende, la prosperidad. Recuperemos el Estado de Derecho y en un marco de estabilidad política racional digamos la verdad durante un tiempo, sobre todo en las escuelas, y decidamos dentro de un tiempo. sobre la base de la verdad si queremos ser una sociedad democrática de individuos libres y solidarios o un puzzle de caciquismos feudales.

La primera tentativa que se puede considerar intentona democrática en España se prostituyó y acabó en golpe militar. A la segunda le pasó lo mismo y acabó en guerra civil. La tercera va camino de hacer desaparecer España y su democracia. Los españoles todos nos lo tenemos que hacer mirar…

La razón de Estado nacionalista: Pensamiento único, multipartito único.
José Rosiñol Lorenzo Periodista Digital 12 Abril 2014

Vivan las Caenas 001“… españolidad (en todas sus formas y graduaciones) que es tomada como una corrupción de la catalanidad (nunca como un factor que de suma democrática), como una herejía en la ortodoxia “nacional”, como si se tratase de un error de la historia, una anomalía identitaria que debe extirparse…”

Desde las filas nacionalistas, aquellas que otrora se denominaban catalanistas y ahora han mutado a un simple y descarnado independentismo, parecen estar empeñados en exigir el grado de adhesión a la Causa a cualquier político o persona de cierta relevancia pública, parece que solo exista un camino: el de la revelación soberanista (sincera o no), una vía que permite el reenganche en lo público y, casi asegura, la notoriedad mediática, pero no me refiero únicamente a los casos de las “deserciones” en el PSC, no, es algo cuyo calado es mucho más cultural, algo que permea en la moral de la ciudadanía.

Resulta sorprendente y preocupante que los “adheridos” recientes al Proceso no solo sean aquellos que, gracias a dos funestos Tripartitos, pusieron las bases que nos conducirían a un callejón sin salida, a un premeditado “choque de trenes”, a una propiciatoria fractura de la sociedad catalana (como Ferran Mascarell o Ernest Maragall), no, hablo de una intelectualidad entusiásticamente orgánica, a un periodismo reconvertido a independentista que, hasta hace no mucho, se denominaba como “moderado” y, sobre todo, a las razones que suelen aducir para esa metamorfosis y a un relato profundamente irracional y totalizador.

El pasado martes día cinco de marzo, Pere Navarro fue entrevistado en la radio catalana del Grupo Godó, RAC1, naturalmente el tema que monopolizó la entrevista fue la independencia, pero no quiero detenerme en las preguntas/mitin que pretendían poner contra las cuerdas al líder socialista catalán (preguntas que siempre intentan reducir al absurdo el discurso contrario), en este caso quiero destacar la interpelación que le hizo el periodista Rafael Nadal –previo reconocimiento de su pasado “federalista” y su convencimiento de ser una vía muerta al menos en una generación-, pues bien, este es un resumen del diálogo (el Món a Rac1 10:00):

Rafael Nadal: “… ¿podemos contar los ciudadanos a la recíproca que usted será leal si en estas elecciones ganan la fuerzas independentistas…a favor de la que decisión de los ciudadanos de Cataluña puedan llevarse a la práctica?…”
Pere Navarro: “… sin ser anti-independentista no es mi proyecto, es un mal negocio para Cataluña pero también para España…”
Rafael Nadal: “…pero se puede trabajar a favor del país, en esta hipótesis…”

Y es, precisamente en esta última afirmación, dónde encontramos una de la claves sobre las que se está cargando de razones el discurso del nacionalismo, ya hasta los moderados hablan de trabajar a favor del país, ya se empieza a confundir eso que llaman “país” con ideología, ya estamos en la fase en que esta especie de partido “transversalmente” único independentista camuflado tras distintas siglas se convierte en el partido del Estado, del “País”, de la sociedad misma…pero ¿de qué tipo de razones se trataría?, pues algo tan prosaico como la razón de Estado de un estado inexistente, de un país solo imaginado.

Esta razón de Estado nacionalista parece hundir sus raíces en la Edad Moderna, es la praxis de la política/espectáculo, de los actos y las movilizaciones sociales, de los discursos tan escatológicos como vacíos, es la concreción del proyecto, concreción que pasa por usar todos los medios a su alcance hasta fundar un Estado anacrónicamente decimonónico, medios que están por encima de la esa “voluntad popular” que tanto dicen defender, voluntad que hoy día, en la política catalana, no es más que voluntad mediatizada.

Conciben un estado organicista, una “actualizada” concepción negativa de la naturaleza humana, pero dicha concepción negativa es ahora social y culturalista en vez de ontológica, está fundamentada en función de la españolidad de la ciudadanía catalana, españolidad (en todas sus formas y graduaciones) que es tomada como una corrupción de la catalanidad (nunca como un factor que de suma democrática), como una herejía en la ortodoxia “nacional”, como si se tratase de un error de la historia, una anomalía identitaria que debe extirparse, esa es la razón de estado que subyace al discurso “ilusionante” que nos vende el independentismo: desaparición forzosa de la pluralidad cultural y lingüística en Cataluña en pos de un mundo proyectado, de una ciudadanía homogeneizada.

Cuando éramos libres y felices
La retórica política sigue refiriéndose a un pasado paradisíaco, una época anterior mejor que la actual. Pero no hay el menor indicio de que fuera así. Sería preferible debatir sobre el presente sin recurrir a los mitos
José Álvarez Junco. El Pais  12 Abril 2014

La utilización de la Historia para legitimar dominaciones políticas se basó, durante milenios, en la existencia de antecedentes remotos e ilustres. Nada justificaba más un poder político que tener una antigüedad de milenios. Y nada proporcionaba mayor autoestima colectiva que provenir —el pueblo entero o su casta dirigente— de héroes legendarios. De ahí las repetidas invenciones de reyes o personajes que habrían protagonizado hazañas sobrehumanas. Hoy, estas no pasan de ser cuentos infantiles, algunos muy fascinantes. Pero no sirven ya para justificar nuestras estructuras o propuestas políticas, algo que en la actualidad es producto del debate y de la voluntad popular.

Hay, sin embargo, aspectos en los que seguimos anclados en la leyenda. La retórica política sigue refiriéndose, por ejemplo, a un pasado paradisíaco, una época en la que las relaciones sociales fueron más naturales, armoniosas y felices de lo que lo son en la actualidad. Se trataría de una Edad de Oro, un mundo perfecto, anterior al surgimiento del mal.

Son tantos y tan constantes los ejemplos que podrían citarse de este tipo de nostalgia que se siente uno tentado de explicarlo, en términos psicoanalíticos, como un deseo universal de retorno al seno materno. Recordemos el Paraíso Terrenal, de la Biblia, o la “Edad de Oro” de los clásicos grecolatinos (un “reino de Saturno”, anterior al destronamiento de este dios por su hijo Júpiter, caracterizado por la abundancia y la comunidad de bienes, la inexistencia de enfermedades o de esclavitud). Los primeros teólogos cristianos recibieron la leyenda de la Edad de Oro a través de la filosofía estoica y la fundieron con la del Paraíso bíblico. Durante toda la Edad Media, la Iglesia siguió manteniendo que en una sociedad “natural” reinarían la igualdad y la comunidad de bienes. Era un mero recurso retórico, ya que de inmediato se justificaba la existencia de jerarquías sociales, propiedad privada y coacción gubernamental debido a que una naturaleza “caída” como la humana exigía estas instituciones imperfectas.

En parte por herencia cristiana, y en tiempos mucho más recientes, el socialismo clásico recurrió al “comunismo primitivo”, paraíso del que la humanidad habría salido tras el pecado originario de la apropiación privada. Engels, apoyándose en Morgan y Bachofen, idealizó aquella “antigua sociedad de las gens, sin clases” de la que se salió por una “degradación”, una “caída”, al instituirse la propiedad privada; a partir de entonces, dominaron la codicia, el egoísmo y “los intereses más viles”, impuestos por “los medios más vergonzosos” —la violencia, la perfidia, el robo—. Y el “abuelo” del anarquismo español, Anselmo Lorenzo, escribió que la futura sociedad sin autoridad, realización de “la felicidad humana, la igualdad, la libertad y la justicia”, sería “como el reingreso de la humanidad en aquel paraíso de la fábula genesiaca, enriquecido con los infinitos del progreso”.

Han sido sobre todo los nacionalismos los que han hecho del pasado una pieza esencial del discurso

Pero han sido sobre todo los nacionalismos los que han hecho del mito del pasado feliz pieza esencial de su discurso. Todos ellos han planteado su programa como una “recuperación del pasado nacional”, a partir de narraciones o “recuerdos” mitificados de antiguos reinos o imperios autóctonos que fueron periodos de esplendor para su comunidad. Los nacionalistas tienen, además, una ventaja sobre las religiones o las utopías sociales: que resuelven con más facilidad el problema teodiceico, el origen del mal. Porque, a decir verdad, si se cree en un Dios omnipotente y omnisciente es muy difícil explicar el origen de las desgracias humanas. Que exista un demonio no resuelve nada, porque ¿no ha sido Dios todopoderoso el creador de este personaje maléfico y no sabía él de antemano las consecuencias de su creación? En cuanto al socialismo, ¿qué explica que la humanidad abandonara aquella situación feliz de comunismo primitivo y optara por la propiedad privada? ¿Qué nos garantiza que no volverá a ocurrir lo mismo después de hacer esta revolución que tantas penalidades nos está costando? Los nacionalistas, en cambio, resuelven este problema con soltura, atribuyendo todos los males a las interferencias foráneas, esos malvados extranjeros que son los únicos culpables de las distorsiones que han perturbado nuestra idílica situación originaria.

Así, el mito ha complementado a la razón en los planteamientos políticos modernos. A partir de los enormes descubrimientos y novedades que ha vivido la humanidad en el último medio milenio, cuando en filosofía se ha ido imponiendo la razón sobre la fe y la tradición, pareció que la argumentación política también se basaría en principios tales como la libertad o la igualdad, y que solo recurrirían a la Historia los defensores del orden tradicional. Pero no fue así. También los revolucionarios se inventaron sus mitos históricos.

A finales del XVI, los monarcómacos franceses se rebelaron contra el absolutismo denunciando su “novedad” frente a un pasado de libertades. Algo parecido harían los revolucionarios ingleses en el XVII, reclamando el retorno (la “revolución”) a las libertades sajonas, a partir del mito del “inglés nacido libre”. Y aunque la Gran Revolución de 1789 se apoyó en la razón y decidió arrojar al cubo de la basura el recurso al pasado como justificación de los privilegios políticos, también algún revolucionario, como Sieyès, ancló sus demandas en antecedentes históricos (el pueblo galo frente a la nobleza celta).

Pese a que la razón se impuso sobre la tradición, también los revolucionarios apelaron a mitos históricos

En el caso español, los liberales gaditanos, que no podían acudir al racionalismo ni a la terminología revolucionaria para no parecerse al enemigo, se inventaron también un idílico pasado de libertades medievales que se supone restablecía la Constitución de 1812. El historiador Martínez Marina describió unas Cortes medievales que limitaban el poder del monarca, que elegían y destituían reyes y les hacían jurar los fueros y libertades, cosa que en realidad nunca ocurrió. La idea era que en la historia española había habido un feliz periodo de libertad, que además expresaba la verdadera “forma de ser” de los españoles, y que la propuesta de establecer un régimen político constitucional no era sino un retorno a aquella situación.

Pero este recurso a la Historia resultó un fiasco. Porque, siguiendo las huellas de los primeros liberales, también el romanticismo catalán idealizó sus glorias medievales: su imperio mediterráneo, su literatura, su lengua… y sus libertades. Y se empezaron a recuperar invenciones barrocas, muy sensatamente descartadas durante el siglo ilustrado. No serían verdad aquellas leyendas, argüían los románticos, pero qué hermosas eran. Y con la Renaixença empezó un culto al pasado que fue la base del posterior nacionalismo, enfrentado al final con el españolismo.

No menos idealizaron los vascos su paraíso perdido, pese a que esta identidad haya tendido a ser menos autoconmiserativa que la catalana. “Feliz vivía el pueblo vasco en sus montañas hasta que por las fronteras se nos entraron los hábitos emponzoñados de los liberales…”, escribiría, en pleno siglo XX, el tradicionalista, luego franquista, Esteban Bilbao. Los vascos, nunca derrotados ni invadidos, siempre fueron independientes. Se vincularon de forma pactada con el reino de Castilla, a condición de que se respetaran sus fueros y libertades. Y aquel mundo feliz desprovisto de tensiones y desgarramientos internos fue al fin perturbado por la “invasión” de los abyectos maketos o españoles.

Incluso en Andalucía, en el revival autonomista de los años setenta se publicaron estudios con pretensiones científicas que hablaban de los “soberbios avances de la Antigüedad y el Medievo”, de Tartessos o el Islam como espléndidas culturas basadas en el “modo de producción andalusí” (¡basado en el despilfarro!) y de sus “retrocesos” posteriores debidos a la “dominación de Castilla” sobre la nación andaluza.

No hay el menor indicio de que haya habido tiempos felices en el pasado humano. Lo que constatan los documentos existentes son constantes quejas de nuestros ancestros por los malos tiempos que les ha tocado vivir. Tampoco es cierto que los reinos peninsulares vivieran bajo un régimen “liberal” o “constitucional” en la Edad Media; ni que Cataluña fuera “independiente” antes de 1714; ni que los vascos lo hayan sido siempre (ni nunca)… Las propuestas políticas son legítimas en sí mismas, sin necesidad de apoyarlas en mitos. Debatámoslas, considerando simplemente sus ventajas e inconvenientes actuales. Quizás así nos entendamos mejor.

José Álvarez Junco es catedrático de Historia en la Universidad Complutense de Madrid. Su último libro es Las historias de España (Pons/Crítica)


"CATALUÑA, CORRIENDO HACIA SU LIBERTAD"
El adoctrinamiento secesionista se acentúa en la escuela catalana
La promoción de la causa independentista entre los escolares es una constante en el sistema educativo catalán, que afecta tanto a los colegios públicos como a los concertados y privados
Periodista Digital  12 Abril 2014

"Cataluña, corriendo hacia su libertad. Cataluña, un nuevo Estado de Europa. Cataluña, luchando por su futuro. Todo eso es lo que realmente queremos para Cataluña".

Así reza la primera estrofa de una canción que han editado en vídeo los alumnos de sexto de primaria del colegio El Carme-Vedruna, un centro concertado de Manlleu (Barcelona). Para ilustrar esta letra -cantada en inglés-, en el vídeo se puede ver, también, a los estudiantes enarbolando esteladas.

Según recoge este viernes,11 de abril de 2014, Libertad Digital en un artículo firmado por Pablo Planas, el material ha sido expuesto en las redes sociales y forma parte de una actividad en el marco de la asignatura de inglés para potenciar el aprendizaje de esta lengua. De hecho, el vídeo ha participado en un concurso de canciones en inglés.

Se trata de un ejemplo más del adoctrinamiento político para promocionar la causa independentista que se extiende por todo el sistema educativo catalán y que en los últimos tiempos se ha intensificado.

Basta con recordar cómo las propias AMPA de los colegios públicos colaboran activamente con la Assemblea Nacional Catalana (ANC) a la hora de difundir el proyecto secesionista promovido por el presidente de la Generalidad, Artur Mas; cómo las pancartas independentistas se exhiben con total impunidad en las clases de parvularios; o cómo la propia consejera de Enseñanza, Irene Rigau, justifica la presencia de esteladas en los colegios.

El (no) ajuste del sector público

El Confidencial 12 Abril 2014

A pesar de las cifras aireadas por el Gobierno, la realidad es otra muy distinta

Hemos conocido hace pocos días las cifras provisionales del sector público para el año 2013. En las cifras más publicitadas se ve una intensa mejora en el déficit público, que es lo que está representado en el siguiente gráfico.

Independientemente de las sospechas más que fundadas de que se ha contabilizado parte del gasto con cargo al ejercicio de 2014, lo más grave de todo esto es que los ingresos apenas suben, a pesar de las fuertes subidas de impuestos.

Comenzando con los impuestos indirectos, podemos ver que la recaudación ha subido un 4,6% en el año, cuando realmente se esperaba una subida del 11% en función de la repercusión de la subida del IVA. Dado que el conjunto de los impuestos indirectos han subido más del 30% desde 2007, podemos ver la extrema caída implícita del consumo que refleja el hecho de que la recaudación haya sido a pesar de todo un 7,5% menor que en ese año. Una parte (sobre el 10%) puede explicarse por la virtual desaparición de las ventas de vivienda nueva, pero el resto queda como fotografía del hundimiento de la economía del país. Y todo esto sin contar que habría que deflactar este dato con la inflación habida desde 2007 (12%). Contando subidas impositivas y deflactando la recaudación ahora es más de un 35% menor que en 2007.

En cuanto a los impuestos directos la situación no es mucho mejor. Si es cierto lo que dice Funcas sobre que el tipo medio del IRPF se ha situado en 2013 en el 14% (aún no está el dato oficial), eso significaría que la subida impositiva desde 2008 ha sido de casi el 30% para este impuesto. Sin embargo, y como se ve en el siguiente gráfico, la recaudación es ahora mucho menor, de hecho y deflactando con el IPC sería 32% más baja. Si el tipo impositivo medio hubiera permanecido donde estaba en 2008 estaríamos hablando de bajadas mucho mayores. 

La otra gran partida de la recaudación pública son las cotizaciones sociales. La caída deflactada de la recaudación es en este caso del 20%, a pesar de que buena parte de los parados siguen cotizando. Es lo que vemos en el siguiente gráfico.

En cuanto a los gastos, el gasto corriente ha seguido subiendo en 2013 (+1%), ya que los recortes en las partidas de consumos intermedios (sobre lo que hay muchas dudas en su precisión en el cuarto trimestre) se han compensado con creces con las subidas en prestaciones (una vez más a pesar del desamparo en que han caído decenas de miles de parados) y los mayores intereses pagados por la enorme deuda pública. La reducción del déficit se debe, comparando con 2011, exclusivamente a la caída en los salarios públicos debida la reducción del número de empleados públicos (-13%) y la de la inversión pública (-64%). Sin embargo, el nivel de inversión pública de 2013 no parece muy sostenible, ya que el inmenso número de infraestructuras construido durante la burbuja hace que estemos ya por debajo de los costes de mantenimiento de éstas, como se ve de forma palpable en el deterioro de las vías públicas. De hecho ya se observa un fuerte aumento en la inversión pública en los últimos meses de 2013 y primeros de 2014.

La recuperación de la economía es sumamente débil. La mayor parte de los indicadores muestran estancamiento, y en una situación deflacionaria los ingresos fiscales es improbable que crezcanEn relación a los gastos es sólo una moderación del gasto público para acercarlo a la nueva realidad de la economía. De hecho la renta salarial total ha caído un 3,5% en 2013 y el beneficio empresarial –tomando datos de resultado económico bruto de la Central de Balances– lo ha hecho un 6%.

La recuperación de la economía es sumamente débil. La mayor parte de los indicadores muestran estancamiento, y en una situación deflacionaria los ingresos fiscales es improbable que crezcan. El incremento de los dos primeros meses del año es un espejismo fruto de ajustes que hubo en el inicio de 2013 por la ausencia de ingresos de las retenciones del IRPF de la paga extra de los empleados públicos que no se cobró y de la imputación de devoluciones al ejercicio de 2013, cosa que no ha ocurrido este año. Teniendo en cuenta que la estabilización de la economía es fruto casi exclusivamente del flujo de capital exterior que traen los bonos del Tesoro, cualquier intento de reducir el déficit provocará de forma inevitable el hundimiento de la economía y por lo tanto de la recaudación, abocándolo por tanto al fracaso.

No se quiere asumir que el problema real es la debilidad extrema del sistema productivo español, fuera de juego en un mundo posglobal de crecimientos cada vez más débiles, ni se quiere abordar su reforma. Y esto no tanto por desconocimiento de nuestros dirigentes como por interés. Una reforma en profundidad de nuestro sistema productivo implicaría que buena parte de los extractores de rentas del país quedarían fuera de juego y eso, evidentemente, no lo van a consentir, máxime cuando están totalmente infiltrados en los propios partidos, de tal forma que casi no hay manera ya de diferenciar a las empresas parásitas de la sociedad de éstos.

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Tribulaciones democráticas
Los movimientos separatistas son antieuropeos, aunque digan lo contrario
Fernando Savater. El País  12 Abril 2014

Observó Nietzsche que las cosas que admiten definición exacta es porque no tienen historia, mientras que cuanto cambia históricamente solo se define con borrones y tachaduras: de modo que sabemos de una vez por todas lo que es el triángulo equilátero pero no la democracia. La controversia que rodea esta última no es una cuestión meramente académica, desde luego, como se ve claramente desde hace al menos un par de décadas en España y cada vez con más fuerza en Europa: las elecciones del próximo 25 de mayo van a pivotar en gran medida sobre esta cuestión, aunque probablemente la mayor parte de los candidatos que se presenten a ellas no harán muchas elucubraciones teóricas al respecto. Sin embargo, la opción básica está ahí, entre una democracia cuyo apellido puede ser “europea” pero cuyo nombre propio será siempre nacional y otra basada en los derechos y deberes de ciudadanía pero no en ninguna identidad predeterminada.

La democracia exige la laicidad; no admite mediaciones tales como la identidad

Sobre ello, aproximadamente, debatieron en Le Monde el pasado 3 de febrero Alain Finkielkraut y Daniel Cohn-Bendit, con razonada elocuencia. Para Finkielkraut, las instituciones comunes europeas nos interesan y convienen, pero no nos sentiremos nunca plenamente representados por ellas porque la sede de la democracia es y seguirá siendo el estado nacional. En cambio, Cohn-Bendit sostuvo que construir la identidad europea es superar la identidad nacional y aún más, que ser europeo es no tener una identidad predeterminada.

En realidad, se trata de la vieja cuestión de la génesis moderna de la democracia misma. La ancestral batalla entre la reacción, que considera la raigambre genealógica como el fundamento de la jerarquía de los derechos, y el progresismo, cuyas raíces están en el futuro y no en el pasado, por lo que parten del radicalismo de la igualdad ciudadana ante la ley.

Los primeros adversarios de la democracia fueron monarcas de derecho divino y aristócratas, pero después han venido a serlo los partidarios de identidades nacionales, religiosas o ideológicas que se convierten en filtros necesarios a través de los cuales llegan los derechos y los deberes a los ciudadanos. La democracia apuesta por la participación de cada cual sin otro fundamento que su libre voluntad y se opone al cortocircuito de las pertenencias prepolíticas en forma de identidades cuyos derechos colectivos fueran tan dignos de respeto como los individuales.

La participación de cada cual por libre voluntad se opone al cortocircuito de las pertenencias prepolíticas

Por eso precisamente el laicismo es su requisito básico: “Una asociación política laica no puede ser jamás una asociación de comunidades, por numerosas y variadas que sean. Si las asociaciones culturales pueden tener un estatuto jurídico, en revancha no pueden adquirir un estatuto político: la laicidad es incompatible con una democracia de asociación o de reconocimiento de cuerpos intermedios” (Catherine Kintzler, Qu'est ce que la laïcité?, ed. Vrin). El componente emancipador que incluye el Estado democrático europeo es la posibilidad de no ser obligatoriamente como los demás que se ofrece al ciudadano a cambio de cumplir unas básicas leyes comunes. La identidad no es el requisito de la ciudadanía, sino esta el cauce para que cada cual diseñe su perfil propio.

Por tanto, a mi juicio no cabe duda de que los movimientos separatistas que pretenden deshacer los Estados existentes en nombre de cualquier tipo de identidad prepolítica son antieuropeos de hecho, aunque proclamen lo contrario. Pero también lo son dentro de los Estados los que se empeñan en hacer exámenes de conocimientos “nacionales” a quienes aspiran a la ciudadanía o los que difunden sospechas o rechazo contra ciertos grupos humanos en su conjunto porque no les parecen semejantes en costumbres o creencias. El actual primer ministro de Francia Manuel Valls, cuando ocupaba la cartera de Interior, protagonizó actitudes como estas respecto a oriundos de Rumanía o Bulgaria, con el episodio vergonzoso de la deportación de una muchacha gitana a un país que ni siquiera conocía. En cambio tuvo razón cuando, en su discurso como primer ministro, se felicitó porque alguien nacido en Barcelona pudiese ocupar tal cargo: “Eso es Francia”, dijo. En efecto, eso es Francia y eso debería ser la Europa democrática, no la demonización global de minorías y la deportación de quienes desean cumplir las leyes y por tanto tener derecho a sus diferencias dentro de ellas.

De los movimientos separatistas que se están dando en Europa, algunos tan recientes como el del Véneto y otros ya casi tradicionales como en Escocia, el que nos toca hoy más de cerca es el de los nacionalistas catalanes. Y nótese que digo “nacionalistas catalanes”, no los catalanes ni Cataluña. Los argumentos con que apoyan su pretensión de ruptura (agravios históricos pasados o presentes, maltrato económico por el Estado, incomprensión del resto del país y sobre todo identidad inconfundible y sempiterna) pertenecen al prontuario separatista habitual en todas las latitudes. Tampoco es demasiado original la reivindicación del “derecho a decidir”, entendido como derecho a prohibir al resto del país que decida sobre algo que también es políticamente suyo. De este modo se establece como punto de partida lo que pretende alcanzarse al final del proceso.

A este respecto es particularmente significativo un razonamiento ofrecido en el documento que la Generalitat ha enviado a las embajadas como réplica al argumentario contra la secesión del Ministerio de Exteriores: se dice que exigir que todos los españoles participasen en un referéndum sobre la independencia de Cataluña sería como si, en el caso de que España quisiera abandonar la Unión Europea, debiera consultarse para ello a todos los demás países. O sea que según esto la posición de Cataluña en España es como la del Estado español en la organización de Estados europeos. Partiendo de aquí, hacer o no hacer el dichoso referéndum es ya lo de menos…

Hace mucho que Raymond Aron escribió sabiamente que apenas importa saber si el nacionalismo es la expresión de una nación real o imaginaria porque "es una pasión decidida a crear la entidad que invoca". Pero en este caso tal creación comporta la mutilación de los derechos políticos de millones de ciudadanos, en Cataluña y en el resto de España.

No sé cómo ni cuánto habrá que dialogar sobre ello, pero me sorprende el estoicismo con que los afectados responden al caso. Uno puede temer que si la gente está dispuesta a protestar en la calle porque un alcalde proyecta privarles de un aparcamiento pero no cuando otros políticos quieren recortar sustancialmente su ciudadanía es porque saben lo que es un aparcamiento pero no lo que es la ciudadanía. Aunque quizá sea, cazurramente, porque no creen que la sangre vaya a llegar al río ni el río a dividir su cauce. Ojalá no se equivoquen.

Fernando Savater es escritor.

Cataluña
Cocinando el pucherazo
Eduardo Goligorsky Libertad Digital 12 Abril 2014

Si un médico está totalmente desprovisto de material quirúrgico, será ocioso que sus colegas discutan si su especialidad lo autoriza a operar al paciente ingresado en el quirófano. No podrá hacerlo por falta de elementos, independientemente de su mayor o menor preparación. Cosa curiosa: lo mismo sucede con el trajinado referéndum catalán. Los constitucionalistas y una nutrida pléyade de expertos en Derecho pueden debatir hasta hartarse si la Generalitat está autorizada a convocarlo dentro del marco legal y, sorpresivamente, la respuesta negativa cobra forma, con rotundidad inapelable, en un artículo que se ha colado en el somatén mediático con un título que no deja lugar a dudas: "Referéndum inviable sin ley electoral" (LV, 7/4).
El golpe de gracia

Ni un eximio cirujano ni un practicante chapucero pueden operar si carecen de los instrumentos indispensables. Lo que no puede ser no puede ser y además es imposible. Joan Botella y Josep M. Colomer, exvocal y expresidente de la comisión de expertos para la ley electoral de Cataluña (2007-2010), enumeran en dicho artículo las razones por las cuales el referéndum es inviable, y lo hacen con tanta precisión didáctica que lo entenderían hasta los párvulos a los que hacen desfilar por los fetiches del Born para lavarles el cerebro. Los párvulos lo entenderían, y si a los sabios del Consell Assesor per a la Transició Nacional no les sucede lo mismo es porque nunca han contemplado la posibilidad de ceñirse a las normas legales para lograr sus fines.

Botella y Colomer no se dejan enredar en polémicas sectarias y van al grano con un argumento sólido que desnuda desde el vamos la insolvencia del proyecto secesionista:

El próximo día 9 de noviembre no podrá haber un referéndum legal porque la Generalitat no tiene el censo electoral ni existe una Junta Electoral de Catalunya que pueda velar por el cumplimiento de las normas, defender los derechos de los votantes y acreditar el resultado. Esto se debe a que Catalunya, tras 34 años de autogobierno, no tiene ley electoral propia, por lo que depende de la Junta Electoral Central Española incluso para las elecciones autonómicas.

Después de explicar las razones por las cuales los dos partidos que hasta hace poco tiempo tenían más peso electoral en Cataluña -CiU y PSC- bloquearon la promulgación de una ley electoral que podía perjudicar sus intereses, Botella y Colomer dan el golpe de gracia:

Una gran parte de la retórica a favor de la independencia se basa en el supuesto de que los representantes políticos de los catalanes, si no dependieran del Estado español, aprobarían políticas públicas socialmente más eficientes y elevarían el nivel de calidad de la democracia. Con respecto a la ley electoral, los hechos -hasta ahora- indican lo contrario. El Parlament de Catalunya ya es de hecho soberano en este tema, pues la ley electoral es una competencia exclusiva de la Generalitat. Pero el Parlament ha sido incapaz de autogobernarse mediante la aprobación de una ley para su propia elección. Catalunya continuará siendo la única comunidad autónoma sin ley electoral propia.

Sin embargo, antes de llegar a esta conclusión, los dos autores incursionan por un terreno resbaladizo que nos da la pista de que se podría estar cocinando un pucherazo. Un pucherazo que tampoco sería original, pues recordaría el que, según muchas versiones, empañó el triunfo de Jaume Collboni en las primarias del PSC. Advierten Botella y Colomer:

También se ha oído recientemente la propuesta de sustituir el censo electoral por los padrones municipales, en los que se incluyen niños, extranjeros y otras personas sin derecho a voto, pero no está claro que todos los ayuntamientos se prestaran a ceder la información. Finalmente, un referéndum basado en un censo de electores registrados voluntariamente para la ocasión no sería aceptado como legal ni legítimo, ni dentro ni fuera de Catalunya.

La hipótesis del pucherazo tampoco resulta descabellada si se estudia el currículum de los protagonistas del guiñol secesionista. Ni siquiera basta para tranquilizar a los observadores imparciales el panorama que el consejero de Economía, Andreu Mas-Colell, le dibujó a The Wall Street Journal (3/4), con certificado de cordura incluido:

No nos hemos vuelto locos. Somos un gobierno de moderados, centristas y amigos del mundo empresarial [business friendly]. Nos impulsa hacia delante un sentimiento popular masivo y ordenado de apoyo al referéndum, una reacción a los recientes recortes drásticos en la extensión del autogobierno que en su día disfrutó Cataluña.

Titiriteros despiadados
Curioso, más que curioso, como exclamó Alicia en el País de las Maravillas. Lo que impulsa hacia delante al "gobierno de moderados, centristas y amigos del mundo empresarial" es un conglomerado en el que lleva la batuta un partido -ERC- cuyos capitostes hacen la apología del totalitarismo chavista, con socios castristas (ICV-EUiA) y antisistema (CUP). En tanto que "el sentimiento popular masivo y ordenado" se encarna en un movimiento nacional populista, de matriz insurreccional, la Assemblea Nacional Catalana. La hoja de ruta de la ANC incluye la proclamación unilateral de la independencia de Cataluña el 23 de abril del 2015, festividad de Sant Jordi, y la celebración del referéndum constitucional del nuevo estado el siguiente 11 de septiembre. Hasta entonces, el plan de la ANC contempla una manifestación gigantesca en forma de V para la próxima Diada y, según informa La Vanguardia (6/4), mosaicos semanales durante el verano y un acto diario durante todo el otoño, además de movilizaciones a través de las redes sociales.

La quimera, sustentada por la ANC, e inspirada en un documento de la Generalitat (Pablo Planas, Libertad Digital, 27/3), de que el día de la declaración unilateral de la independencia los continuadores del "gobierno moderado, centrista y amigo del mundo empresarial" asuman, a la manera de los sóviets, el control de las grandes infraestructuras, las fronteras, los aeropuertos, los puertos, los sistemas de comunicaciones, la seguridad y todo lo que encuentre a su alcance, termina de borrar la imagen de cordura que Mas-Colell intentó vender al público estadounidense. En medio de este ambiente propicio a la subversión, también crecen las sospechas de que se puede estar cocinando un pucherazo con padrones municipales engañosos, inflados con vecinos sin derecho a votar.

Lo que está igualmente claro es que si la conjura tuviese éxito, los fundadores radicales de la nueva república independiente -marginada de la Unión Europea, de la OTAN y de todos los organismos internacionales- la convertirían en un Estado totalitario cuyas primeras víctimas desprotegidas serían los moderados, centristas y amigos del mundo empresarial, que pusieron en manos de los enemigos congénitos de la sociedad abierta la llave maestra apropiada para clausurarla. Los titiriteros son despiadados con sus muñecos cuando ya no los necesitan. Compadezco, por ejemplo, al secretario general de Unió, Josep Maria Pelegrí, que cometió la herejía de decir (LV, 6/4): "La única asamblea nacional de Catalunya es el Parlament". Para no hablar de la dura represión que descargarían los guardianes de la identidad milenaria -en plan Stasi- sobre los contestatarios y arrepentidos que reclamaran el derecho a decidir la reunificación de Cataluña con España y la Unión Europea. No sería la isla de Robinson Crusoe, como pronosticó Mariano Rajoy, sino la isla-prisión de los hermanos Castro. O la Alemania comunista, donde la dictadura levantó un muro perverso entre compatriotas y castigó a quienes reclamaban el derecho a decidir la reunificación.

Esta es la realidad pura y dura, como nos lo enseña la trayectoria de los regímenes comunistas, fascistas y nazis, y de todos los que hoy son la prolongación de unos u otros bajo el manto común del totalitarismo nacional populista, cuyo fantasma recorre España, Europa y el mundo entero.

Aintzane Ezenarro o la incesante búsqueda del olvido

Raúl González Zorrilla. Director de "La Tribuna del País Vasco" 12 Abril 2014

Si por algo se caracteriza Aintzane Ezenarro, la nueva asesora de víctimas del Gobierno de Íñigo Urkullu, es por su absoluta falta de empatía no solamente con quienes más han sufrido la violencia de los criminales sino también, y sobre todo, con el pasado y el presente de la sociedad vasca, dramáticamente marcado por el terror etarra.

De tanto buscar evidencias para diluir el comportamiento totalitario y criminal de los terroristas, sus próximos ideológicos, Aintzane Ezenarro, imitando a gran parte del mundo nacionalista vasco, ha terminado por confundir a los verdugos con las víctimas de éstos y ha optado por repartir responsabilidades entre quienes llevan cinco décadas asesinando y quienes llevan el mismo tiempo poniendo los muertos para proteger la libertad de la que ahora disfrutamos todos, incluida Aintzane Ezenarro.

La sociedad vasca, la misma que durante años ha callado soezmente ante los crímenes de ETA, la misma que ha tolerado los vítores a los pistoleros mientras se avergonzaba de mirar a los ojos de los damnificados por la violencia y la misma que ha tardado medio siglo en homenajear tímidamente a quienes han dado su vida por nuestra libertad, debe muchas cosas a las víctimas del terrorismo. Pero, sobre todo, se debe dos cosas, y muy importantes, a sí misma: la memoria histórica y la verdad de lo sucedido.

Frente a quienes como Aintzane Ezenarro apelan a no volver la vista hacia atrás para no despertar las iras de quienes todavía pretenden recibir un premio político por dejar de matar, el recuerdo constante y permanente de lo sucedido durante los últimos cincuenta años ha de erigirse como el núcleo central de cualquier proyecto conjunto de sociedad que pretenda superar varias décadas de terror. A pesar de las interpretaciones perversas que se hacen al respecto, la memoria de lo reciente no es algo que impida cerrar las viejas heridas. Más bien al contrario, la memoria es la única herramienta de que dispone una sociedad para interiorizar sus desmanes, para vertebrar nuevos caminos de futuro que se alejen de la atrocidad y, sobre todo, para cerrar con un mínimo de solidez heridas colectivas que jamás debieron haberse provocado.

Aintzane Ezenarro debe saber que nada se podrá reconstruir desde un punto de vista ético en el País Vasco si, interesadamente y para satisfacer a los verdugos, se intenta correr un tupido velo sobre la infamia, la iniquidad y sobre casi un millar de muertos inocentes. Y la restitución del pasado para reconstruir con firmeza ética el futuro, solamente puede hacerse sobre la evidencia, la verdad y la certeza de lo sucedido. Durante decenios, en el País Vasco ha predominado una concepción falsaria de la historia que Ezenarro y los suyos ahora quieren perpetuar para hacernos creer a todos los ciudadanos que los frutos amargos del terrorismo han sido simples peajes que ha habido que pagar en aras de la construcción de una presunta nación fantasmal que solamente pervive en la mente de unos pocos. Es mentira que en esta tierra haya existido un conflicto entre dos partes enfrentadas, es una aberración insinuar que un grupo de asesinos posee la misma legitimidad democrática que cualquier institución, no es cierto que los verdugos posean los mismos derechos que sus víctimas y, desde luego, es una profunda depravación política y moral afirmar sin el menor sonrojo, como hacen reiteradamente personas como Aintzane Ezenarro, "que ha habido dolor por ambas partes". Primero, por el hecho de que en el País Vasco jamás ha habido dos bandos enfrentados y, en segundo lugar, porque de ninguna manera es lo mismo ser penado por la justicia que ser una víctima de la injusticia. Ser victimario exige una postura activa y voluntaria; ser víctima, es un estigma no querido e impuesto por la sinrazón, el odio y la crueldad.

No puede haber paz sin verdad y la reconstrucción ética de nuestra comunidad exige decir muy alto y muy claro que lo único que ha habido en el País Vasco es una serie de grupos terroristas, entre los que ETA destaca por encima de todo, que han segado cientos de vidas inocentes, que han sembrado el terror entre miles de personas pacíficas y que han puesto en grave peligro un ordenamiento institucional democráticamente aprobado por la mayoría de los ciudadanos. Y esta verdad, la única posible, exige, como consecuencia más directa, un derroche de justicia, de firmeza y de equidad. Y exige, muy especialmente, ser contada a nuestros hijos

“Cuando se jodió lo nuestro”
José Antonio Zarzalejos El Confidencial 12 Abril 2014

Recomendable libro –para leerlo desde la perspectiva de un catalán catalanista– titulado Cuando se jodió lo nuestro. Cataluña-España: crónica de un portazo (Editorial Península). El autor, Arturo San Agustín, es un periodista de recorrido y un conocido publicitario. Con ironía pero con gran perspicacia su ensayo es un retablo de la actual Cataluña que vive bajo la pulsión del conflicto con España (ya se ha instalado el lenguaje bilateral). San Agustín, pregunta a todos los personajes a los que entrevista “cuándo se jodió” la relación entre Cataluña y el resto de España. Utiliza bien la manida expresión de Vargas Llosa que está en el pórtico de una de sus mejores novelas, Conversación en la catedral (“Cuando se jodió el Perú”) y sonsaca apreciaciones, opiniones y expresiones que algunos de sus autores quizás ahora no les gusta ver reflejadas en el papel.

De este ensayo-reportaje, presentado el jueves en Barcelona por el director de La Vanguardia, Màrius Carol, y por el ex director del Periódico de Catalunya, Rafael Nadal, se pueden extraer muchas conclusiones pero la que interesa en esta semana intensa sobre la cuestión catalana, es comprobar –o volver a comprobar– que en Cataluña muchas personalidades que engrosan las filas del independentismo están sumidas en una notable confusión. Ni la independencia es un concepto unívoco ni los augurios sobre el futuro de Cataluña –mucho menos– coinciden en este puzle de opiniones y percepciones que ha construido con buena prosa Arturo San Agustín. Un escaparate de la confusión que alberga hoy la vida política y social catalana.

Para unos, la relación con el resto de España se jodió en Cataluña hace siglos; para otros, antes de ayer; para no pocos, a cuenta de la sentencia del TC sobre el Estatuto de 2006; para otros la ruptura trae causa de la LOAPA de los años ochenta del siglo pasado. Unos hablan del café para todos como origen de los males actuales; otros niegan la existencia de España (“España no existe. España es un concepto secuestrado por una elite madrileña”, llega a decir el afamado periodista Josep Cuní), en tanto los hay que están dispuestos a renunciar a la independencia como Josep Ramoneda (“Creo que la independencia de Cataluña sólo es posible en un escenario de implosión de la UE. Y yo no estoy dispuesto a pagar ese precio por la independencia de mi país”). Pero no faltan los que se remontan al Conde Duque de Olivares (1587-1645) para explicar lo que sucede, en tanto otros aparcan el origen mucho más cerca: en la segunda legislatura de Aznar.

Jordi Turull, Marta Rovira y Joan Herrera, al inicio del pleno del Congreso. (Efe)Jordi Turull, Marta Rovira y Joan Herrera, al inicio del pleno del Congreso. (Efe)

De los capítulos de este libro dos resultan especialmente interesantes: el 44 y el 46. En el primero, San Agustín conversa con Lluìs Foix, un grandísimo periodista que, en su catalanismo, es un ejemplo de sensatez. Cuando el autor le pregunta: “¿Qué puede pasar en Cataluña si no se produce un encuentro con el Gobierno central?”, Foix responde: “Que nos pelearemos entre nosotros”. En el capítulo 46, San Agustín reproduce documentos del archivo Tarradellas-Màcia en el Monasterio de Poblet y son tan expresivos del error que están perpetrando los secesionistas que les remito al texto para que lo comprueben quienes estén interesados en profundizar en el desaguisado que un Mas “políticamente desautorizado” (sic de un independentista entrevistado) ha puesto en marcha.

Cuando se jodió la cohesión catalana
La falta de consistencia del proceso soberanista de Cataluña no se deduce sólo de lecturas actuales o históricas, sino también de planteamientos de presente. Los tres comisionados que el martes, en representación del Parlamento catalán, intervinieron en el Congreso de los Diputados, resultan el trasunto de la confusión que Arturo San Agustín refleja en su libro. Si no es posible anclar en una determinada secuencia historia cuándo se jodió la relación entre Cataluña y el resto de España, mucho menos es posible saber qué quieren exactamente los partidos partidarios de la consulta –más allá de la misma consulta– a tenor de los discursos de Turull, Rovira y Herrera. Fueron romos, en ocasiones contradictorios y, en todo caso, ofrecían una perspectiva yuxtapuesta y no coordinada ni complementaria del mandato del Parlamento catalán.

La cuestión catalana, así, es un problema español, pero es, también, un problemón de los catalanes en el entendimiento de la propia Cataluña. Pueden preguntarse cuándo se 'jodió' la relación con el resto de España, pero muy pronto podrían tener que preguntarse cuándo se 'jodió' la cohesión de la propia sociedad catalanaLa cuestión catalana, así, es un problema español, pero es, también, un problemón de los catalanes en el entendimiento de la propia Cataluña. Pueden preguntarse cuándo se jodió la relación con el resto de España, pero muy pronto podrían tener que preguntarse cuándo se jodió la cohesión de la propia sociedad catalana. No se necesitan demasiados argumentos para sostener esta opinión. Basta reproducir este párrafo del artículo de la escritora –¡Que lúcida es esta mujer!– Laura Freixas en La Vanguardia del pasado miércoles: “Soy una ciudadana nacida en Catalunya, de familia –como tantísimas– catalana y castellana; ahora vivo en Madrid, pero sigo ligada a Barcelona. Para mí, sentimentalmente hablando, poner una frontera entre Barcelona y Ávila (donde nacieron mis abuelos) sería, usando el símil del divorcio, divorciarme de mí misma (…) Catalunya no es ni más ni menos milenaria que España, y desde luego no es unánime ni lo ha sido nunca; tampoco es moralmente superior a nadie; allá hay un caso Gürtel, aquí un caso Palau, por poner un ejemplo. Los cantos patrióticos, los gritos rituales, las banderas, me parecen tan sospechosos con tres franjas como con cuatro barras. Creo que sirven para cerrar los ojos (o intentar que los cierren los votantes) ante las injusticias, la corrupción, la incompetencia, echándole la culpa de todo lo que sale mal al malvado enemigo”.

Más claro, agua. Insisto: alguien estará ya preparando otro ensayo como el de Arturo San Agustín pero con un título ligeramente distinto: Cuando se jodió Cataluña y un subtítulo, ¿Quiénes lo hicieron? A ver si alguien se anima a editarlo.


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