AGLI Recortes de Prensa   Viernes 6 Junio  2014

A mandíbula batiente.
Vicente A. C. M. Periodista Digital 6 Junio 2014

Cuando uno hace este tipo de declaraciones tan inusuales y pretéritas no puede nunca convencer de que él representa la savia nueva para una regeneración. Eso es lo que le ha pasado al aún Vicepresidente del PP Europeo Alejo Vidal Quadras candidato de VOX en estas pasadas elecciones al Parlamento europeo. La frase en cuestión proviene de un célebre cómic de los años 50 el famoso caballero medieval El Capitán Trueno con su fiel escudero Crispín, el gigantesco "Cascanueces" y la princesa nórdica de Thule. Pero al final esa risa exagerada a mandíbula batiente se ha quedado en la risa sardónica de una calavera politica por culpa de unos cuantos miles de votos. Tan es así que ayer mismo se produjo la noticia de que Alejo no se va a presentar a la Presidencia del partido del que es uno de los principales creadores.

Para esta época de la imagen y de la información digital a través de internet, lo que no aparece en los medios audiovisuales o en las redes sociales, simplemente no existe. Eso que llevan años muchas televisiones practicándolo es capaz de crear de la nada los iconos sociales más dispares que alcanzan cotas de popularidad que ya quiseran los de la casta política dominante. La última estrella es sin duda el populista y demagogo Pablo Iglesias que ha hecho en seis meses de su organización PODEMOS lo que otros en años aún no han alcanzado. Alejo solo ha podido prodigarse en un medio de muy escasa difusión como es Inter Economía, perseguido por el Gobierno y casi asfixiado económicamente.

Pero lo de VOX y Alejo Vidal tiene además otras connotaciones particulares que han producido un fracaso anunciado en un proyecto que de por sí parecia a priori por su oferta política capaz de obener mejores resultados. El lastre principal ha sido el excesivo protagonismo de un candidato al que muchos podían criticar por intentar mantener su privilegiado estatus de diputado comunitario con los excelentes salarios y complementos que reciben. Todo por el nada altruista motivo de prolongar cinco años más su "bicoca" hasta la jubilación. Esa visión de lo más creíble y usada por sus enemigos ha sido sin duda un lastre para la formación VOX, que con otro candidato hubiera tenido más credibilidad y alguna oportunidad.

Los que se estarán riendo a mandíbula batiente son los del PP que habrán suspirado por ver que la fuga de votos que se preveía no ha sido tal y que los de VOX tardarán mucho tiempo en recuperarse y ser una opción a considerar. VOX ha fracasado sin paliativos y su futuro es más que dudoso por varios motivos, entre los que destacan fundamentalmente la falta de medios económicos y la falta de militantes e infraestructura para acometer unas elecciones generales con posibilidades reales. Un segundo fracaso supondrá la desaparición total de ese partido.

Hace bien en retirarse de la primera fila Alejo Vidal, pero su decisión llega muy tarde y el daño al proyecto de VOX puede ser irreparable. Personalmente lo siento porque en este escenario político se echa de menos a formaciones que sean alternativas reales al bipartidismo enquistado. La democracia requiere pluralidad de ideas y necesita del consenso como forma de gobierno para tener el equilibrio necesario. Lo malo es además el nulo control mediático de la derecha rente al dominio de la propaganda de la izquierda.

Crisis institucional
Zapatero es culpable
Emilio Campmany Libertad Digital 6 Junio 2014

La profundidad de la crisis institucional que sufrimos es insondable. Están los dos partidos mayoritarios que se niegan a zanjar el nepotismo, el favoritismo y la discrecionalidad con los que reparten prebendas, nombran interinos, adjudican subvenciones y alimentan la clientela que los sostiene en el poder. Tampoco hacen nada por regenerar el sistema. Ni se les pasa por la cabeza, por ejemplo, despolitizar la Justicia. Predican mucho, pero no dan un solo grano de trigo. Están los independentistas, que como nadie les para los pies, no vaya a ser que se separen, resulta que se van a separar de verdad sin que nadie se haya nunca enfrentado a ellos. Está la violencia de la extrema izquierda, émula de la separatista, aplaudida, comprendida, justificada y entendida por quienes, por simpatizar con sus objetivos, no quieren denunciar sus medios. Junto a ellos están la cobardía, los complejos y el acogotamiento de quienes, medrosos, sin compartir ideas ni medios, no se atreven a censurarla por temor a ser tachados de derechas o simplemente de fachas. Está la reforma constitucional, que nadie sabe adónde va, pero a la que se atribuye el poder taumatúrgico de arreglarlo todo, cuando es evidente que no hay acuerdo acerca del sentido que ha de tener, con lo que parece más bien que de lo que se trata es de que una España se la imponga a la otra.

De todo esto tenemos la culpa todos de alguna manera. Aunque, naturalmente, los políticos la tienen en mayor medida. Pero si es posible encontrar a alguien en quien personificarla ése es José Luis Rodríguez Zapatero. Fue él quien lo empezó todo. Fue él quien abrió las fosas de la Guerra Civil. Fue él quien, abusando de la bonanza económica, compró votos con prebendas sociales que agotaron la despensa a la que hoy no podemos acudir para atender a gastos sociales verdaderamente necesarios. Fue él quien se empeñó en dorar la píldora a los separatistas catalanes con un estatuto groseramente inconstitucional. Fue él quien torció la mano al Tribunal Constitucional para acomodar sus decisiones a sus torpes designios. Fue él quien expuso a la desconsideración ciudadana todas las instituciones que tocó con su tontiloca forma de gobernar.

En su descargo y para nuestro oprobio, podemos decir que lo votamos. Y que lo hicimos dos veces. Pero también es cierto que Rubalcaba, de quien hoy se deshacen en elogios en el PP por su supuesta sensatez, le dejó hacer a cambio de seguir estando en la pomada. Que Felipe González, presentado hoy como el hombre de Estado que nunca fue, no denunció las sansiroladas que iba cometiendo atolondradamente el personaje. Que Rajoy no supo derrotarle en 2008 y que no quiere enmendar sus muchos entuertos en 2014. Todo eso es verdad, pero eso no libra al solemne de la responsabilidad que tiene en todo lo que está ocurriendo. No comprendo cómo tiene valor para pasearse por ahí con su sonrisa helada de maniquí de grandes almacenes dándoselas de expresidente.

Sucesión a la Corona
Mas, Rajoy y la hipocresía con mayúsculas
Guillermo Dupuy Libertad Digital 6 Junio 2014

El presidente del Gobierno, en un acto de valentía política sin precedentes, se ha atrevido a advertir a CiU de que "no es momento de política pequeña", en referencia a la lógica abstención de los nacionalistas en la votación de la ley que regulará la sucesión de Don Juan Carlos. Será que Rajoy debe de creer que todos son de su condición, pues sólo quien es capaz de dar gato por liebre como lo ha hecho este Gobierno del PP puede aspirar a que una formación como CiU, inmersa en pleno proceso separatista, vaya a respaldar ahora la sucesión a la Corona, símbolo de la unidad y permanencia de la nación española.

Rajoy carece, por otra parte, de total legitimidad para reprochar a nadie su "política pequeña". ¿O es que acaso Rajoy hizo política con mayúsculas cuando trató de simple "algarabía" los inicios del proceso secesionista? ¿Acaso es una muestra de política con mayúsculas tratar de contentar al chantajista de Mas con un privilegiado pacto fiscal con semillas de Hacienda propia, tal y como Rajoy ofreció a la Generalidad poco tiempo después? ¿Es acaso una muestra de política con mayúsculas situar a los gobernantes de la Generalidad por encima de la ley, que en nuestro país tipifica los delitos de desobediencia, prevaricación, usurpación de atribuciones y malversación de fondos públicos? ¿Lo es acaso premiarlos con una financiación extraordinaria a cargo de los Fondos de Liquidez Autonómica, no sea que el carísimo, además de ilegal, proceso de construcción nacional lleve a la bancarrota a la Administración autonómica catalana?

Los nacionalistas son ciertamente muy hipócritas cuando desvirtúan a su favor el papel de arbitraje y moderación que debe desempeñar el monarca. Si Juan Carlos I merece una crítica en su papel de árbitro ha sido precisamente por las veces en que no ha pitado fuera de juego y ha hecho la vista gorda ante los nacionalistas que se saltaban las reglas que establece nuestra Constitución. Este compadreo, este "hablando se entiende la gente", que nada tiene de encomiable arbitraje, lejos de moderar, ha contribuido a radicalizar todavía más a los nacionalistas. Intermediar para buscar una solución que satisfaga a las partes en conflicto, cuando el conflicto para una de ellas es la existencia misma de la nación española, en la que se asienta el entero edificio constitucional, no es función de un rey sino una vía segura para acabar con la monarquía parlamentaria.

Lo preocupante, por tanto, no es que CiU dé la espalda a la Corona. Lo preocupante sería que los separatistas vieran en ella algo tan útil para sus propósitos como para respaldar la proclamación de Felipe VI.

Con todo, y por bueno que sea, no habrá rey –ni debe haberlo– capaz de sofocar por sí solo lo que no es capaz de sofocar la hipocresía y debilidad de quienes nosotros elegimos como nuestros gobernantes.

Tiananmen
La ilusión del fin del comunismo
Cristina Losada Libertad Digital 6 Junio 2014

Cada aniversario de la masacre en la plaza Tiananmen me pregunto por los motivos de que se le preste tan poca atención a aquella revuelta encabezada por los estudiantes chinos. Entonces, en 1989, sí fue noticia, claro. Pero es ahora cuando la noticia merecería reflexión. A fin de cuentas, en Tiananmen hizo su primera gran aparición en la escena contemporánea el fenómeno sobre el que han corrido estos años ríos de tinta salpicada de lágrimas de emoción. El periodista Thomas L. Friedman, del New York Times, lo llama "square people": la gente de las plazas. La primavera árabe, el 15-M y demás. ¡Los de abajo frente a los de arriba!, vocean populistas de todos los pelajes, deseosos de que la calle, su calle, venza a las urnas.

El papanatismo de la novedad, tan fascinado por el papel de las redes sociales en las primaveras de antes de ayer, ha olvidado –es lo suyo– que en Tiananmen se utilizó por vez primera internet, entonces en pañales, para contactar con el mundo exterior. Los estudiantes chinos pudieron eludir así la censura del régimen comunista y contar lo que sucedía. Pero su rebelión, ahí similar a todas las de las plazas, adolecía de ingenuidad y caos, y fracasó. Aunque no adquirió por ello aura romántica. Una revuelta contra el comunismo no complace tanto como una contra el capitalismo. Además, somos eurocéntricos, egocéntricos y presentistas. Tiananmen no existe. Como no existe en China.

Hace 25 años el comunismo, que ya estaba acabado, acabó realmente. Mientras el ejército chino aplastaba a los estudiantes que pedían apertura, en Polonia se celebraban las primeras elecciones democráticas. La pretensión de reformar políticamente el comunismo, la perestroika de Gorby, contribuyó a darle la puntilla. En China, la reforma económica del comunismo no lo hizo caer: condujo a un capitalismo sin democracia que mantiene el aparato y la simbología comunistas. Gato negro o gato blanco, la dictadura. No hubo más Tiananmen. El caso chino muestra que el crecimiento económico no trae per se una mayor demanda de libertad, como sí sucedió en alguna medida en la España del tardofraquismo.

La ilusión que tomó cuerpo en 1989, tras la caída del Muro, fue que la democracia liberal estaba destinada a extenderse, ineluctable, por todo el mundo. Fue la ilusión del "fin de la Historia", como en el célebre ensayo de Fukuyama. La creencia en que, por más que hubiera algún tropiezo, los valores liberales occidentales serían asumidos en cualquier parte. La realidad que ha tomado cuerpo en los veinticinco años transcurridos es, en cambio, que la planta de la democracia liberal no arraiga en todos los suelos. Más fácilmente se levanta un decorado democrático, como el que a duras penas recubre el régimen autoritario de Putin.

No sólo es de difícil arraigo la planta de la democracia liberal. La realidad que está asomando de nuevo, ahora y aquí mismo, en la vieja Europa, es la de su fragilidad: no hay que dar por sentada su pervivencia. Es ilusorio pensar que la democracia es un producto natural de la condición humana. Ha costado siglos y ha costado guerras, y, como escribe Guy Sorman, "es una conquista incesante de nosotros mismos que hay que renovar constantemente frente a la aparición de nuestros instintos". Veinticinco años después de triunfar sobre el comunismo, el adversario que encara la democracia en Europa se llama populismo. Y crece tanto en las plazas como en los platós.

Mr. Draghi: es la demanda de crédito, no la oferta
Juan Ramón Rallo www.vozpopuli.com 6 Junio 2014

Se puede llevar al caballo al río, pero no se le puede obligar a beber. Ésa debería ser una máxima inscrita en el frontispicio de todos los bancos centrales del planeta, especialmente en momentos de crisis deflacionaria. Pero, atendiendo a lo observado en los últimos años, parece que los institutos emisores de la moneda fiat prefieren seguir creyendo en la inocua omnipotencia de sus actuaciones: esa ingenuidad, de hecho, parece hallarse detrás del reciente paquete de medidas del BCE.

¿Qué ha hecho el BCE?
Básicamente, aprobar una inyección de financiación barata al sistema financiero por tres canales.

El primero, penalizar a los bancos que mantengan depósitos en el BCE en lugar de prestarlos: esto es, imponer tipos de interés negativos sobre los depósitos. Actualmente, los depósitos bancarios en el BCE ascienden a 350.000 millones de euros.

Segundo, dejar de “esterilizar” las compras de deuda pública que efectuó entre mayo de 2010 y febrero de 2012 bajo el mecanismo del Securities Markets Programme. Básicamente, durante esos años el BCE estuvo comprando deuda periférica en los mercados secundarios, pero financiaba esas compras colocando semanalmente depósitos a una semana al sistema financiero: es decir, la liquidez que añadió comprando deuda la retiraba incentivando a que los bancos la aparcaran en depósitos remunerados en el BCE. Ahora, el banco central dejará de subastar semanalmente esos depósitos, de modo que los bancos tendrán disponible toda esa liquidez. El importe aproximado de la liquidez que dejará de drenarse es de 175.000 millones de euros.

Tercero, el BCE ofrecerá en septiembre y en diciembre de este año financiación a la banca por importe equivalente al 7% de la cartera de créditos que los bancos hubieran extendido al sector privado no financiero europeo (familias y empresas) a fecha de 30 de abril de 2014 (se excluyen de ese cómputo los créditos hipotecarios): es lo que se conoce como Targeted Long Term Refinancing Operations (TLTRO). El BCE estima que la financiación ofrecida por esta vía ascenderá a 400.000 millones de euros. Además, desde marzo de 2015 a junio de 2016, se ofrecerá trimestralmente a la banca la posibilidad de pedirle prestado al BCE una cantidad de financiación equivalente al triple del crédito neto que le hayan otorgado al sector privado (de nuevo, excluyendo del cómputo los créditos hipotecarios).

Y por si lo anterior fuera poco, Draghi también ha prometido (forward guidance) que los tipos de interés se mantendrán en los actuales niveles durante tanto tiempo como sea necesario y ha apuntado al establecimiento futuro de nuevos mecanismos de provisión de liquidez: un programa de compra de titulizaciones de préstamos empresariales e incluso, ha amagado, un Quantitative Easing.

Las medidas del BCE, por tanto, van a proporcionarle a la banca un muy importante volumen de financiación que podría canalizar hacia el sector privado: para que nos hagamos una idea de su magnitud, tan sólo la liquidez que quedará liberada en 2014 (alrededor de un billón de euros) equivale a todo el endeudamiento actual de las empresas españolas. No es un monto ciertamente pequeño, y son muchos quienes ya se están frotando las manos pensando en cómo ese chorreo crediticio “reactivará” el gasto interno de la Eurozona. Sólo hay dos problemas. Primero: a corto plazo, es muy probable que este paquete de medidas apenas surta efecto alguno. Segundo: si surtieran efecto, las consecuencias serían harto negativas.

¿Y si el caballo no quiere beber?
De entrada, deberíamos plantearnos en qué cambian estas medidas la situación subyacente de la Eurozona: las perspectivas de crecimiento siguen siendo débiles (el propio Draghi ha rebajado hoy su expectativa de crecimiento para la Eurozona), el paro sigue por las nubes en la periferia y familias y empresas siguen muy endeudadas (aunque sustancialmente menos que hace cinco años). Ninguno de estos elementos invita a que el sector privado quiera endeudarse mucho más de lo que se está endeudando hasta la fecha: es decir, en términos agregados, nada.

No en vano, este paquete de liquidez ha sido aprobado en un contexto en el que, según constata el propio BCE, el crédito a las empresas está cayendo un 2,7% en su tasa interanual: es decir, las empresas amortizan más deuda de la que piden prestada en un razonable y necesario proceso de saneamiento financiero. Sabido es que el banco central aspira a revertir este proceso, ralentizando las amortizaciones de deuda y, sobre todo, aumentando la concesión de nuevos préstamos por parte del sector financiero. Pero, ¿en qué sentido todas estas medidas del BCE contribuyen a que aumente el nuevo crédito? Sin duda, aumentan la oferta potencial de crédito, pero no queda claro cómo van a hacer repuntar la demanda solvente: y ese es el auténtico quid de la cuestión.

A la postre, en la actualidad los bancos europeos ya cuentan con excedentes de liquidez para prestar. Sin ir más lejos, ya hemos comentado que disponen de 350.000 millones de euros depositados en el BCE a un tipo de interés que hasta hoy era del 0%. ¿Por qué no los prestan (o por qué los están prestando a un ritmo inferior al de las amortizaciones de créditos)? Dejando de lado los nuevos requisitos de capital que vengan impuestos por Basilea III (y sobre los que las medidas de liquidez del BCE no influyen), el motivo esencial es que la demanda solvente de crédito sigue siendo muy pequeña en comparación con los deudores que se están desapalancando (aunque en los últimos meses estamos asistiendo a una progresiva mejora de la misma). Darles más financiación a los bancos no modifica en absoluto esta circunstancia… salvo si lo que se pretende es que las entidades financieras extiendan créditos a deudores que hoy ellas mismas aprecian como insolventes.

¿Y si el caballo sí quiere beber?
La oferta de crédito bancaria no estaba constreñida hasta la fecha por la falta de liquidez de los bancos, sino por la ausencia de demanda solvente de crédito. Aumentar la liquidez de los bancos no hará que la demanda se vuelva más solvente y, por tanto, que los bancos se lancen a prestar de nuevo. Lo normal si el BCE inyecta masivamente nueva liquidez es que ésta se canalice hacia activos seguros, como la deuda pública o los depósitos del BCE (exactamente lo mismo que sucedió en EEUU).

Acaso por ello el banco central ha optado por penalizar con tipos negativos sus depósitos y por condicionar parte de la provisión de liquidez a su materialización en préstamos a empresas. Pero ninguna de estas medidas se antoja suficiente para que los bancos quieran prestar más… a menos que la borrachera de liquidez inducida por el BCE les conduzca a relajar sus estándares crediticios y a volver a prestar sin mirar a quién. Sin duda, ese es el mayor riesgo a largo plazo de las medidas que tomó ayer el BCE: no es un escenario ni mucho menos inexorable, pero cuanta más liquidez ociosa acumulen los bancos, mayor será la tentación de aparcarla en algún activo (especialmente, si se castiga su tenencia de activos libres de riesgo).

Los riesgos, pues, vuelven a ser los de siempre: que este alud de liquidez termine filtrándose donde no debe: a saber, a los pobrecitos países periféricos (que ya llevan cinco años sufriendo la burbuja de crédito barato creada por Occidente) o a los demandantes internos de crédito subprime. Los mismos que se quejan del alocado y especulativo ánimo de lucro de las entidades financieras son los primeros que, cuando la banca trata de minimizar sus riesgos, la presionan para que vuelva a las andadas.

Europa no necesita chutes de liquidez para volver a crecer, sino reestructurar su economía y sus finanzas: cuando emerjan oportunidades de inversión (liberalización de la economía) a riesgos razonables (estabilidad institucional, consolidación presupuestaria, saneamiento bancario y amortización de deuda privada), el crédito volverá a fluir con normalidad. Si el crédito no fluye ahora no es por falta de liquidez, sino por falta de esas oportunidades de inversión a riesgos razonables. Tratar de alterar el orden lógico del proceso (que el crédito fluya antes de que aparezcan las oportunidades de inversión a riesgos razonables) sólo acicatea emprender inversiones con muy bajos retornos esperados y a riesgos altos: la economía de burbuja que nos ha abocado al colapso actual y que, por lo visto, algunos se apresuran en querer recuperar.

De momento, mi apuesta es que este paquete de medidas del BCE será poco relevante en el corto plazo: pero si no lo fuera, si consiguiera forzar un incremento sustancioso del crédito a pesar de la insuficiencia de demanda solvente, tan sólo estaríamos cavando un nuevo agujero antes de haber tapado el que ha estado a punto de engullirnos.

La abdicación y el cuento de Caperucita
J. L. González Quirós www.vozpopuli.com 6 Junio 2014

Cuando no nos habíamos repuesto de los abruptos comentarios que siguieron al resultado electoral del pasado 25-M, pues aquí es corriente despachar a las sardinas como ballenas de buen porte, don Juan Carlos decidió acaparar la atención pública comunicando que iba a hacer aquello que siempre había parecido que no haría, abdicar. Enseguida empezó una extraña competición entre los que dijeron que ya lo sabían y los que reconocieron que sólo se habían enterado unos días, o unas horas, antes. Luego se descargó sobre nosotros, inmisericorde, la inacabable retahíla de elogios institucionales vertida por las numerosas televisiones oficiales y por los medios que empiezan a preguntar sus impresiones sobre el caso a los diversos figurones, con el resultado de abundantes vanidades heridas por no haber sido llamados a este singular coro informativo.

No tardó tampoco en comenzar la andanada del republicanismo que ya venía muy motivada del supuesto éxito del 25-M, y otra vez a la Puerta del Sol, porque esta izquierda supuestamente nueva le tiene un gran apego a sus tradiciones y no desdeña la magia. Apareció entonces, rutilante, la vieja imagen de la República reconvertida por sus reclamantes en el nuevo cuerno de la abundancia, todo bienes, ninguna corrupción, un océano de promesas embebido en las palabras más hermosas, olvidando, eso sí, que de venir de la mano del voto bien pudiera ser que el presidente fuese alguien como Aznar, por poner un ejemplo que pueda resultarles familiar a los de Podemos, pero imagino que estos son detalles que a nadie deben amargarle una fiesta 'popular' como la que estos agitadores cívicos decidieron iniciar el día 2 de junio.

No sé si alguno llegó a pensar que el rey acudía en su auxilio al afirmar que “Una nueva generación reclama el papel protagonista para afrontar con renovada intensidad los desafíos”. Por si alguien no ha caído, no estará de más recordar que esta exaltación retórica de las nuevas generaciones es un producto ideológico de procedencia nada incierta, a saber, casi el único rasgo de la cultura política de los vencidos en la segunda gran guerra, nazis y fascistas, que ha sido acogido por los vencedores, y que, en el caso de los comunistas, que nunca habían sido especialmente juvenilistas, fue llevado a extremos de barbarie inaudita en la revolución cultural del maoísmo, pero no es cosa de ponerse estrechos, y tampoco vamos a privar a don Juan Carlos de este apaño argumentario para tratar de explicar lo hiperoculto.

Un relato preventivo
Las palabras de don Juan Carlos han cumplido la función que se le suele reconocer a los cuentos infantiles, y muy especialmente al escasamente ecologista de Caperucita, la abuelita y el lobo. Aunque se pueda discutir sobre la función social de este relato, apenas cabe dudar de su índole preventiva, de su condición de administrador de miedos y prudencias para que las tiernas infantas no se aventuren por bosques escasamente iluminados.

Naturalmente que don Juan Carlos no iba a contar ninguna versión de una historia tan sentimental y terrorífica, pero la retórica escogida por el monarca para explicar su salida del escenario no deja de tener aspectos monitorios, por mucho que se recubran de la retórica común sobre lo muy conveniente que es dejar sitio a las nuevas generaciones, un mensaje que seguro han escuchado con arrobo ese amplio 55% de jóvenes españoles que no conocen otro empleo que el del paro.

Admitiendo que el rey debía dar alguna explicación sobre su inesperada decisión, cabe dudar que la retórica escogida sea la más adecuada. Por supuesto cabría desear que hubiese dado una explicación más directa de las causas de su abdicación, pero tal tipo de discurso siempre se prestaría a controversias que pudo considerar indeseables. Dado que parece comprensible que se ha estimado que una verdad rotunda no hubiera sido una buena compañera del mensaje de despedida, cabe preguntarse qué es lo que ha querido decirnos el monarca, siempre que, como me parece ser el caso, no demos en considerar que la monserga generacional contenga una razón suficiente del mutis real.

La hipótesis más favorable al monarca es la que apunta a que con su despedida ha querido decirnos que no está dispuesto a sancionar algunas cosas que parecen adivinarse en el horizonte inmediato, o que ha querido decir a la clase política que son ellos y no él quienes tienen que arreglar el carajal institucional y el desprestigio político en que parece atascado el sistema del 78. Si esta interpretación se considera excesivamente generosa con el significado del gesto regio, sólo cabría pensar que ha salido corriendo ante la que se avecina. Lo peor de esta última hipótesis es la evidencia de que ese gesto mismo puede agravar y acelerar los supuestos males en ciernes. Yo prefiero la interpretación generosa, aunque el cuento de Caperucita se preste a lecturas asaz extravagantes.

Ahora mismo, cabe cualquier suposición sobre el futuro, no tanto por lo que ha pasado como porque ahora parecen posibles situaciones impensables hace menos de dos años. El 25 de mayo el PP recibió un castigo que, si se mide en comparación con el voto de las últimas generales, cosa que no suele hacerse, adquiere la condición de una debacle, que es lo que debieron suponer los que se negaron a acudir a los pies del balcón genovés para celebrar esta segunda victoria rajoyana. El consuelo de que el PSOE está peor no es gran cosa, y menos ha debido suponer para el monarca. Dos de los soportes tradicionales del sistema de 1978, PP y PSOE, PSOE y PP, amenazan ruina, y no porque los electores se hayan vuelto locos, sino, precisamente, porque no lo han hecho. Se trata de un problema que requiere algo más y algo distinto que relevos generacionales. Desde 1975, si no antes, los españoles vamos corriendo detrás del espantajo de la renovación generacional, como si lo único malo de Franco es que fuese un octogenario. Va siendo hora de que dejemos de contarnos historias infantiles y pensemos en serio en lo que está mal y en lo que hay que hacer para arreglarlo, y mejor será que nos olvidemos de que un nuevo rey tenga mucho que decir o que hacer para corregir defectos que afectan a la monarquía pero que ni han nacido con ella, ni se pueden eliminar sin un serio cambio político en el interior de las dos grandes fuerzas que soportan el sistema.


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'Mentimos'
EDITORIAL Libertad Digital 6 Junio 2014

El líder de la nueva formación de izquierdas, Podemos, no sólo participó en el ataque que impidió a Rosa Díez impartir una charla en la Universidad Complutense (UCM) en octubre de 2010, sino que fue uno de sus principales instigadores, tal y como se puede comprobar en las imágenes que ofrecimos ayer en primicia a nuestros lectores. Pablo Iglesias ya era entonces profesor de la UCM, lo que no le impidió participar en esta operación de acoso como un estudiante radical, totalitario y maleducado más.

Enfrentado a los hechos, Iglesias intentó zafarse negando la realidad, pero desde ayer ha quedado claro que estamos ante un liberticida cuyo concepto de acción política no difiere del de la caterva bolivariana, con la que, por cierto, mantiene estrechos y jugosos vínculos.

Iglesias es un fanático marxista partidario de las peores dictaduras que imparte su tóxica doctrina en las aulas por obra y desgracia de la indecente endogamia académica que carcome la Universidad española. No es de extrañar que, con ejemplos como el suyo y el de algún otro compinche de su aventura política, la Universidad pública española sea una auténtica y muy onerosa vergüenza.

El líder de Podemos parece haberse creído el personaje creado por sus medios afines. Del nacionalismo proetarra al separatismo catalán, no hay proyecto totalitario de odio a España que no haya contado con su aplauso y apoyo. Enfrentado a su responsabilidad actual como receptor de la confianza de más de un millón de españoles, Iglesias pretende ahora hacer compatibles sus simpatías con las organizaciones proetarras y su defensa del descuartizamiento de la Nación por parte de las burguesías vasca y catalana con una imagen de político razonable al que pueda votar también la izquierda menos exaltada. Sus intentos de eludir un pronunciamiento claro sobre la ofensiva separatista de vascos y catalanes quedará, por su patetismo, como un caso paradigmático de joven radicalizado que, finalmente, se da cuenta de que la política es algo más que un juego para universitarios ociosos.

El salto a la política de Iglesias ha puesto de relieve con más nitidez la verdadera naturaleza de estos movimientos antisistema surgidos en la izquierda, de los que él se ha erigido en máximo representante por mor de la voluntad popular expresada en las recientes elecciones europeas.

El enaltecimiento de su figura que ejercen sin pudor los medios progresistas y la corrección dialéctica de la que hace gala cuando debate ante las cámaras lo han convertido en un político de nuevo cuño que encandila a unos y atemoriza a otros. Desde ayer ha quedado todavía más claro que no hay la menor justificación para lo primero, pero mucho menos para lo segundo, por más que al partido en el Gobierno le convenga disponer a su izquierda de un coco tan vergonzoso en términos éticos, políticos e intelectuales.

¿Qué reforma de la Constitución?

Aleix Vidal-Quadras GCT

Ante la evidente inviabilidad financiera y política del Estado de las Autonomías en su actual configuración, funcionamiento y coste, se alzan numerosas voces proponiendo una reforma de la Constitución, tanto desde las filas del partido del Gobierno como de la principal fuerza de la oposición. La necesidad de una modificación de la Ley de leyes de 1978 que surja al paso de la insatisfactoria realidad surgida del desarrollo del Título VIII mediante el principio dispositivo no es algo que se plantee ahora por primera vez. Algunos ya señalamos la conveniencia de este cambio hace siete años y presentamos un nuevo texto articulado que hubiera corregido a tiempo la deriva rupturista que ha desembocado en la convocatoria por parte de la Generalitat de Cataluña de una consulta de autodeterminación inconstitucional e ilegal para el próximo 9 de noviembre. La pasividad del PP y del PSOE, combinada con la contumacia divisiva de los nacionalistas, nos ha arrastrado a una grave crisis institucional a la que no se le ve salida fácil y sin traumas.

El panorama que se dibuja tras la abdicación de Don Juan Carlos es el de un Rey joven y bien preparado con capacidad para pilotar una transformación de nuestro sistema político que nos proporcione estabilidad y nos permita afrontar los serios problemas de competitividad, fragmentación interna y descontento social que padece España tras el vendaval arrasador de las tres burbujas, la de los bancos y cajas, la del ladrillo y la de la elefantiasis del sector público. Sin embargo, en semejante coyuntura se plantea un dilema decisivo: ¿en qué dirección se van a corregir las notorias deficiencias de nuestra Carta Magna? ¿En el sentido de un fortalecimiento de las instancias centrales del Estado y una simplificación de la multiplicidad de Administraciones que nos devuelvan la posibilidad de crecer impulsando el dinamismo de una economía libre de trabas o en el de una confederalización del Reino, con Cataluña y el País Vasco como pseudoestados cuasisoberanos asociados y el resto de la Nación dotada de un grado aún más alto de descentralización para compensar los privilegios concedidos a las comunidades de hegemonía nacionalista? En otras palabras, una reforma que subsane los defectos existentes u otra que ahonde en ellos. La primera requeriría un acuerdo muy sólido entre los dos grandes partidos establecidos y una amplísima base social en toda España, Cataluña y el País Vasco incluidos, que venciera la feroz resistencia que los separatistas ofrecerían a esta operación regeneradora; la segunda sólo sería la antesala a la desaparición definitiva de España como proyecto común y como identidad política, histórica y civil reconocible.

Urge, pues, que todas las corrientes y movimientos políticos y sociales que desean que España mantenga su cohesión y que se sitúe en el ámbito de las sociedades abiertas y democráticas frente a los ataques del oscurantismo preilustrado y totalitario que representan los nacionalismos secesionistas, aúnen sus esfuerzos y coordinen estrechamente sus acciones. Nada podemos esperar del duopolio parlamentario declinante que nos ha arrastrado hasta el presente callejón sin salida con su miopía, su cobardía y su corrupción. Los millones de españoles decentes, racionales y productivos que sostienen con su trabajo, su ahorro y su creatividad lo que va quedando de nuestra antigua y atribulada patria, han de reaccionar porque nos jugamos el ser o el no ser, el seguir formando parte de las democracias occidentales avanzadas o disolvernos en un caos violento de tribus inconexas. Poco hay a nuestro alrededor que nos induzca al optimismo, pero todo nos recuerda nuestra obligación de seguir luchando hasta el último aliento.

Un follón innecesario

F. JIMÉNEZ LOSANTOS El Mundo 6 Junio 2014

LA ABDICACIÓN del Rey ha sido una improvisación del Rey que la torpeza del Gobierno ha convertido en un lío monumental. Si en Justicia no padeciéramos un ministro tan fatuo como Gallardón, hubiera bastado consultar a un par de expertos para ahorrarnos las dos sesiones en las Cortes que se van a convertir una decisión personal -la del Rey- en un debate sobre la forma de Estado, o sea, en una reedición de la trampa del «derecho a decidir», sobre monarquía o república. Y tanto la una como la otra sólo tienen sentido dentro de una Constitución, es decir, de una carta de derechos y libertades, porque no es lo mismo la república de Corea del Norte que la monarquía holandesa; ni cabe comparar la monarquía de Ubu Amin Dada con la república de los Estados Unidos de América.

Hay repúblicas y repúblicas, monarquías y monarquías. Es cuestión de régimen, no de forma de Estado. Por eso no sorprende que Pablemos se una a los etarras en la cadena separatista vasca o respalde el referéndum separatista catalán; ni que el demagogo de la coleta haya dicho con una falsa humildad que no veíamos desde Guardiola: «¿Y quién soy yo para decirles lo que tienen que hacer a los vascos y a los catalanes?». Pues, hombre, el mismo que tras conseguir -gracias a Lara y Berlusconi- un millón de votos quiere decirnos qué debemos hacer todos los españoles.

Los separatistas y sus aliados no pretenden referendos consultivos. Para eso bastarían las encuestas y tampoco bastarían, porque la gente cambia de opinión. Lo que ERC y CiU, ETA y PNV, y sus compañeros de viaje socialistas y comunistas quieren poner en marcha son procesos de irás y no volverás, golpes de Estado que nunca podría recurrir el que mañana se sintiera incómodo en la república soviética vasca -al asalto de Navarra y el país vasco francés- o en la república catalana -dispuesta a tomar Valencia, Baleares, parte de Aragón, el Rosellón y la Cerdaña.

Esas soberanías que se reclaman como derechos históricos y hechos democráticos ni han existido históricamente ni, si llegaran a existir, tendrían enmienda democrática. Serían «conquistas irrenunciables», como el castrismo en Cuba o el chavismo en Venezuela, modelos de Pablemos. Esos proyectos totalitarios se harán llamar República en las Cortes -y no Tiranía, que es lo que son- en un debate que nunca debió celebrarse.

La máscara de la muerte 'estelada'
Pau Guix www.cronicaglobal.com 6 Junio 2014

Después de comprobar por enésima vez, gracias a la retahíla de sucesos violentos asociados a la demolición de Can Vies, que Barcelona es la sede de los antisistema no sólo catalana sino española y europea (al menos en algo, aunque pésimo, tenemos voluntad global y no local), y de constatar la ominosa gestión de esa clase política envuelta exclusivamente en la bandera estelada como eje único de su (in-) actuación ejecutiva y legislativa, los ciudadanos no podemos más que exigir y reclamar nuestros derechos y la necesidad de un buen gobierno, en el más amplio sentido platónico. Cuando Platón en La República defendía la sofocracia o gobierno de los mejores, imbuidos del saber, como la forma más provechosa de gobierno para el conjunto de los ciudadanos, jamás podría haberse imaginado que en pleno siglo XXI la forma imperante sería tristemente la oligarquía, bien definida por Aristóteles como la forma de gobierno ejercida por un reducido grupo de personas pertenecientes a una misma clase social y que busca su propio beneficio y no el bien común de sus ciudadanos. En Cataluña, por desgracia, esta afirmación no es baladí, ya que la oligarquía convergente, con los Pujol aún abanderándolos en la sombra, sólo ha buscado dos cosas: 1) satisfacer totalitariamente su concepto excluyente y xenófobo de "país" a costa del conjunto diverso de sensibilidades que conforman Cataluña (al documento de estrategia de recatalanización redactado por Pujol y aparecido en los medios en 1990 me remito); y 2) llenar sus propios bolsillos (a las imputaciones e inexplicable patrimonio familiar me remito).

En democracia, el respeto a la ley es básico. Las leyes son un marco jurídico que ordena y regula la convivencia de una sociedad. En los últimos tiempos, nuestros gobernantes han decidido que están por encima de la ley lo cual es completamente aterrador

La situación de Can Vies no es una moderna manifestación de la anarquía, como nos quieren vender desde nuestras instituciones. Anarquía también proviene del griego y significa etimológicamente "sin soberano" o "sin gobierno", y define aquella situación de ausencia de Estado o poder público sobre un territorio, siendo inaplicable el monopolio de la fuerza por parte de un inexistente gobierno. Lo de Can Vies no es un movimiento anárquico, es decir, asistema, sino un movimiento antisistema, es decir, de lucha violenta, gratuita y nihilista sin voluntad de construcción social de ningún tipo. Platón nos advirtió que "cuando una multitud ejerce la autoridad, es más cruel aún que los tiranos". Can Vies constata fehacientemente la sumisión de los derechos soberanos que residen en el conjunto de los ciudadanos (los muchos) al chantaje de los violentos (los pocos) amparados en la falta de ética, de sapiencia y de responsabilidad de nuestros representantes públicos, el alcalde Trias y el president Mas. Pero, ¿quiénes son ellos, el señor Trias y el señor Mas, para exigir legítimamente a aquellos que se amparan en el anonimato de las capuchas, los pañuelos y la violenta y destructiva guerrilla urbana, con desprecio absoluto del Estado de Derecho, que cumplan la ley si ellos son los primeros en no acatarla y en hacer inconsciente proselitismo de ello? Al vivir arropados en todos los ámbitos de su (in-) acción política con el dichoso trapo estelado, aquellos que conducen desde las instituciones catalanas, a cara descubierta, tan desleal e irresponsablemente "el proceso" secesionista, han perdido por el camino toda legitimidad democrática por su desobediencia de las leyes y el desacato de sentencias judiciales.

En democracia, ya sea en una forma pura o impura de gobierno, el respeto a la ley es básico. Marco Tulio Cicerón (106-43aC) ya planteó estas cuestiones en su época, ante la grave crisis institucional que vivía la República, y por ello afirmaba contundentemente: "Seamos esclavos de las leyes para poder vivir en libertad”. Las leyes son un marco jurídico que ordena y regula la convivencia de una sociedad con el fin de proteger a sus integrantes. En los últimos tiempos, nuestros gobernantes han decidido que están por encima de la ley, lo cual es completamente aterrador. Cuando los malos gobernantes deciden despreciar y no ejecutar las sentencias de los tribunales, tanto de los ordinarios como de los altos tribunales, hay una lesión tenebrosa y profunda de la democracia que nos acerca a la parte más oscura de los regímenes totalitarios que hemos sufrido en Europa en el siglo XX y que sigue viva en pleno siglo XXI en América y Asia. Nuestros malos gobernantes han olvidado completamente las enseñanzas de Cicerón, quien afirmaba que "la ley suprema es el bien del pueblo", una verdad esencial que no puede ser rebatida ni secuestrada. No sólo no les importa lo más mínimo lo anterior sino que permiten con laxitud la violencia de sus juventudes para imponer su criterio mediante el miedo al resto de ciudadanos, volviendo a lesionar de nuevo los derechos y libertades democráticos que tantos siglos nos han costado conseguir, olvidando que no hay "nada más opuesto a la justicia que la violencia" y que "la fuerza es el derecho de las bestias". Pero estos pésimos gobernantes en su deriva hacia la nada, en su viaje sin retorno, desgraciadamente hacen cierta la frase de que "el hombre no tiene enemigo peor que él mismo" porque si "de todos es errar, sólo del necio es perseverar en el error". La falta de enmienda, de cordura, de sentido de la realidad, la facilidad pasmosa para hacer castillos en el aire de estos falsos "políticos-profetas", que prometen al pueblo utopías que nunca podrán darle, hipotecándonos económicamente para las tres próximas generaciones en esta fútil búsqueda de una inexistente Arcadia arropada en el trapo estelado, hace que todavía no sepan (o que no les importe nada) que "la verdadera gloria arraiga y se expande, las vanas pretensiones caen al suelo como las flores. Lo falso no dura mucho".

En la Cataluña de hoy las empresas y los capitales deciden deslocalizarse hacia otras regiones de España, y también profesionales y trabajadores se marchan, puesto que ven un futuro muy incierto si permanecen aquí

Por cierto, el trapo estelado no es más que la bandera del primer partido fundado en 1922 por Francesc Macià, Estat Català (Estado Catalán), insurreccionalista y de ideología combativa y violenta análoga a la del contemporáneo Sinn Féin irlandés. Así que cuando se envuelvan alegremente en ella aquellos ciudadanos que así lo deseen (por obra y gracia del dirigismo mental orquestado meticulosamente por Jordi Pujol y su régimen nacionalizador durante más de tres décadas), que sepan claramente lo que representa y a lo que se remite esa bandera. Nunca hay que olvidar de dónde provienen las cosas y por ende lo que subyace en ellas.

El conflicto antisistema, amparado en la excusa del desalojo y derribo de Can Vies, no es sino el fruto del desgobierno del señor Trias y del señor Mas, y cuya herencia, en cuanto a la situación económica y social de Cataluña, me recuerda muchísimo a aquella resultado de la pestilencia que describe el gran Giovanni Boccaccio en El Decamerón. Cuando en 1348 Boccaccio regresó a Florencia fue testigo de la terrible peste bubónica y su pavorosa mortandad, que asolaba no sólo a la ciudad cuna del Renacimiento sino a toda Europa; tanto le impactó la enfermedad, altamente contagiosa (tanto como el virus del separatismo), y el cambio de usos sociales de los florentinos ante ella, que comenzó la Primera Jornada su inmortal Decamerón describiendo detalladamente esa nueva realidad social "bubónica". Boccaccio testimonia varias maneras de enfrentarse a la peste: 1) Los que se encierran en sus casas, haciendo acopio de alimentos y desentendiéndose del resto de la sociedad, evitando todo tipo de contacto con los infectados y esperando a que desaparezca la enfermedad; 2) los que abandonan casas, negocios, familia y obligaciones y vagan de manera nihilista de fiesta en fiesta a todas horas con la única intención de satisfacer sus propias pasiones, entre música, festines, orgías y vino, con un ilusorio y absoluto desdén de la muerte (Boccaccio cuenta que entre marzo y julio de 1348 murieron sólo intramuros en la ciudad de Florencia más de 100.000 personas); y 3) los que abandonan la ciudad huyendo de la pestilencia con la esperanza de tener futuro. En una sencilla analogía con la Cataluña de hoy el primer grupo sería la mayoría silenciosa (casi la mitad del censo no vota); el segundo, los secesionistas, en ese irresponsable viaje hacia ninguna parte, quemando todas sus naves y con ellas lo que aún queda de la maltrecha economía catalana; y el tercero, las empresas y los capitales que deciden deslocalizarse hacia otras regiones de España, y también profesionales y trabajadores que se marchan puesto que ven un futuro muy incierto si permanecen aquí.

Los ciudadanos nos tenemos que hacer oír y no debemos bajo ningún pretexto ni aceptar este desgobierno ni encerrarnos en casa a esperar que pase la pestilencia del nacionalismo secesionista catalán, omitiendo nuestras responsabilidades cívicas

Edgar Allan Poe, con toda seguridad conocedor de El Decamerón, en su renombrado cuento La máscara de la muerte roja, recoge la situación descrita por Boccaccio y la adapta a su imaginario "gótico". En el cuento, el príncipe Próspero, cuando sus dominios quedan semidespoblados por la peste, llama a mil caballeros y damas de su corte para que se retiren con él al seguro encierro de una de sus abadías fortificadas, a esperar ilusoriamente que la epidemia pase. Se dan a los placeres y a la vida alegre con total inconsciencia. Pero un día aparece una misteriosa figura con una máscara manchada de rojo; la clase pudiente, que inútilmente allí se ha refugiado, se lanza sobre la misteriosa figura para reducirla, pero se dan cuenta demasiado tarde que el negar continua, dogmática y neciamente la realidad y tratar de huir de ella es inútil, porque al final ésta siempre te alcanza: "... al apoderarse del desconocido, cuya alta figura permanecía erecta e inmóvil a la sombra del reloj de ébano, retrocedieron con inexpresable horror al descubrir que el sudario y la máscara cadavérica que con tanta rudeza habían aferrado no contenían ninguna figura tangible. Y entonces reconocieron la presencia de la Muerte Roja. Había venido como un ladrón en la noche. Y uno por uno cayeron los convidados en las salas de orgía manchadas de sangre y cada uno murió en la desesperada actitud de su caída. Y la vida del reloj de ébano se apagó con la del último de aquellos alegres seres. Y las llamas de los pebeteros expiraron. Y las tinieblas y la corrupción y la Muerte Roja lo dominaron todo".

Ese trapo estelado al que con tanta rudeza se han aferrado los dirigentes nacionalistas y esa parte de la sociedad civil a la que tanto ayudan y subvencionan para que sean sus voceros del odio y la discordia, se acabará convirtiendo, en un futuro mucho más cercano de lo que imaginan, en su MÁScara de la muerte estelada, pues la realidad, la sensatez y la legalidad entrarán en los pútridos salones del separatismo como el necesario aire renovador que se cuela por las rendijas de una puerta o ventana aun estando sellada; y uno tras otro caerán en el olvido esos convidados que ahora pueblan y expolian las neciamente identitarias salas del nacionalismo secesionista, manchadas de odio y de sinrazón.

Y volviendo nuevamente a Platón debemos recordar que "el legislador, cuando trate de promulgar sus leyes, debe proponerse tres objetivos: que el estado que ha de aplicarlas debe ser libre; que sus ciudadanos han de estar unidos; y que éstos han de ser cultos", lo cual no parece que esté entre las aspiraciones del proyecto del nacionalismo secesionista catalán, excluyente y totalitario, porque si así fuera no podrían manipularnos y adoctrinarnos como tratan de hacerlo desde hace ya más de 30 años. Por todo ello, los ciudadanos nos tenemos que hacer oír y no debemos bajo ningún pretexto ni aceptar este desgobierno ni encerrarnos en casa o en la abadía fortificada a esperar que pase la pestilencia, omitiendo nuestras responsabilidades cívicas, la primera de las cuales es participar políticamente en nuestra sociedad mediante la elección de nuestros gobernantes ejerciendo nuestro derecho al voto, y poder así detener este despropósito en el que están anclados nuestros gobernantes secesionistas, porque sino, en palabras de Platón, "uno de los castigos por rehusarte a participar en política es que terminarás siendo gobernado por hombres inferiores a ti".

Desmond Tutu, la Constitución y el espejismo nacionalista
José Rosiñol Lorenzo. Periodista Digital 6 Junio 2014

Desmond Tutu: "Si una mayoría en Catalunya quiere independencia, España debe escuchar"

El relato impuesto por el nacionalismo se ha caracterizado por una lógica de conflicto, por una impresentable inversión de los valores morales y por la creación de un oneroso escenario con el que ocultar un esencialismo que categoriza al ciudadano en función de un catálogo de comportamientos socioculturales, esta increíble paradoja ha sido y está siendo posible gracias a la utilización de recursos públicos en pos de una ideología disfrazada de obviedad, de sentido común, de “normalidad”.

Lamentablemente hay una multitud de ciudadanos que han asumido como propios todo este tipo de maniobras políticas como si de máximas morales se tratasen, todos estos parámetros culturales politizados como si cultura y política fuesen indefectiblemente una sola cosa, esa peligrosa y poco democrática obsesión de territorializar hábitos, costumbres y variedades lingüísticas… ciudadanos que están siendo (cada vez menos) sutilmente discriminados sin que reparen en ello o que, simplemente, asuman un rol secundario en la sociedad ideada por el secesionismo.

Esta cada vez más densa red tejida por el independentismo alrededor de la sociedad catalana hace que creamos que nuestra realidad es el espejismo nacionalista, que la virtualidad de los argumentos sea una Verdad atemporal, una red que ahoga la pluralidad política, uniformiza mentes, seres y estares, que está consiguiendo ocultar una diversidad tan intrínseca a Cataluña como saludable para los sistemas democráticos.

Pero la cuestión es, a mi entender, ¿cómo es posible que una sociedad tan diversa y plural como la catalana no se revuelva ante el intento de homogeneización cultural e ideológica?, ¿cómo es posible que esa mayoría social identitariamente múltiple no reaccione ante la negación de su propia realidad?, ¿cómo es posible tanto silencio ante una política que cercena derechos básicos y obliga a la renuncia de lo propio como ineludible paso para ejercer lo que llaman democracia?

La respuesta la encontramos en episodios como el Premio Internacional Cataluña 2014 entregado por la Generalitat a Desmond Tutu, arzobispo emérito de Ciudad del Cabo y premio Nobel de la Paz, como no, este reconocimiento al sudafricano no es algo inocente, no busca apoyar el proceso de reconciliación de ese país, no, con ese espíritu y práxis totalizadora, los próceres del nacionalismo siempre politizan en clave interna y utilizan como propaganda cualquier evento o personaje nacional o internacional, de hecho lo remarcable de alguien que ha combatido el apartheid han sido unas declaraciones en las que asume esa visión simplista que reconoce una diversidad española pero que la niega para los catalanes, que parte de una visión organicista de la política, que confunde derecho y territorio.

Esa concepción mostrada y convenientemente difundida hasta la saciedad por los medios de comunicación públicos y subvencionados catalanes, presupone que existe una Cataluña cuasi unívocamente independentista y que inevitablemente –la inevitabilidad como algo plausible, convertida en (buenas) costumbres es lo que acrecienta el silencio de los que no comulgan con el relato nacionalista- debe desembocar en la ruptura con el resto de España, el premio Nobel Desmond Tutu ha repetido todo el mantra secesionista y, como no podía ser de otra forma, Artur Mas se ha apuntado a la moda reivindicativa adjetivando el independentismo como una “causa justa”.

De hecho las palabras del que tendría que ser el Presidente de todos los catalanes son un compendio de la inversión de valores morales que hablaba más arriba, de esa presión política y social que sufrimos todos los catalanes que o bien estamos en contra del “proceso” o de aquellos que no se sienten vinculados con el mismo, Artur Mas ha dicho: “Si eres neutral en una causa injusta, has elegido la posición del opresor…”, es decir emerge con fuerza esa lógica del conflicto, existe un opresor ante el cual no se puede ser neutral, parece que en Cataluña ya ni siquiera se puede practicar la duda razonable, se moraliza lo que no es más que una opción política, se politiza una moral que debería ser (auténticamente) democrática…

Quizás alguien debería explicar a Desmond Tutu que en Cataluña existe un apartheid cultural, una política que fomenta una diglosia institucional y social promovida desde la Generalitat, que en España no solo se reconoce la diversidad cultural y lingüística de todos los españoles sino que se protege jurídicamente, hasta el punto que en Cataluña llevamos más de treinta años con un sistema de inmersión lingüística obligatoria que pisotea los derechos de cientos de miles de padres y, quizás por un complejo de inferioridad política y moral, ningún partido que haya llegado al poder se ha atrevido a cuestionar.

Pero para lograr inocular en el subconsciente colectivo la “normalidad” de esa lógica no solo es necesario crear una alteridad en forma de chivo expiatorio llamado “España o los españoles”, hace falta denostar y deslegitimar todas las instituciones de nuestra democracia, convertirlas en una herramienta de la “opresión” en vez de garantía de la libertad, invertir la realidad haciendo pasar por oprimidos a los opresores, como víctimas a los verdugos.

El principal objetivo a batir ha sido y es nuestra Carta Magna, y esto es así porque la letra y el espíritu de la misma contradicen ese argumentario victimista agonístico que afirma que en España no se reconocen los derechos lingüísticos ni se protegen las distintas opciones culturales presentes en nuestro país, lo que sorprende es la escasa defensa y la casi nula pedagogía que han hecho los distintos gobienos de nuestra Constitución, máxime cuando ya en el preámbulo se dice:

Lo más preocupante de la situación creada por el secesionismo es que desde partidos políticos nacionales se propongan cambios constitucionales para tratar de saciar a un nacionalismo que concibe la libertad y la estabilidad jurídica como un obstáculo a su objetivo final, lo cierto es que creo que la Constitución puede cambiarse, que el cambio es una cualidad intrínseca a la perfectibilidad democrática, pero lo que no hemos de permitir que el cambio parta de presiones espurias, desde premisas falsas o torticeras, de argumentos interesados.

No debemos caer en un historicismo decimonónico que relaciona axiomáticamente cambio con progreso, porque a la historia nos demuestra que, muchas veces, cambio solo significa retroceso, y en este caso, aquí y ahora, en Cataluña, no debemos tolerar que para diferir unos pocos años el desenlace secesionista, se mercadee con los derechos de cientos de miles de ciudadanos catalanes que únicamente queremos vivir siendo reconocidos como ciudadanos de primera, hablemos la lengua que hablemos, sintamos nuestra existencia como la sintamos, defendamos la opción política que defendamos.

'El Periódico' se embolsa 623.243 euros por dedicar una sección quincenal al Área Metropolitana de Barcelona
La adjudicación del contrato, que se ha otorgado mediante "negociado sin publicidad", supone una suerte de subvención encubierta que se suma a las ya cuantiosas ayudas directas que recibe el diario de la Redacción www.cronicaglobal.com

Área Metropolitana de Barcelona (AMB) ha adjudicado a El Periódico de Catalunya un contrato de 623.243,17 euros (515.077 euros +IVA) para incluir en el diario un espacio patrocinado por la entidad con la denominación 'Barcelona Metropolitana'.

Así lo recoge el Boletín Oficial del Estado (BOE) de este jueves -aunque la fecha de adjudicación se remonta al pasado 20 de marzo-, en el que se especifica que el procedimiento de tramitación ha sido el de "negociado sin publicidad".

También se indica que la agencia intermediaria es Arena Media Communications España, pero no se especifican más detalles del contrato, como su duración o el número y frecuencia de las inserciones.

La AMB, presidida por Trias y controlada por PSC y CiU
Según se puede comprobar en el El Periódico, desde marzo el diario del Grupo Zeta ha venido publicando una noticia o un reportaje en esta sección cada dos semanas, aproximadamente, siempre para destacar aspectos positivos de la AMB y sin ninguna referencia a que se trata de un espacio patrocinado. De hecho, se confunde con el resto de informaciones.

Este tipo de adjudicaciones suponen una suerte de subvenciones en cubiertas, que se suman a las que desde la Generalidad y otras administraciones acostumbran a otorgar a los medios de forma directa y de las que El Periódico es uno de los principales beneficiarios.

La AMB es una entidad pública que agrupa a 36 municipios del área de Barcelona para coordinar la gestión de los servicios que sobrepasan los límites de los municipios. Su presidente es el alcalde de Barcelona, Xavier Trias, y la Junta de Gobierno está formada por ocho miembros del PSC; cinco de CiU; tres de ICV-EUiA y uno de ERC.


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