AGLI Recortes de Prensa   Domingo 8 Junio  2014

¿Borbón y cuenta nueva?
De justicia resulta constatar que las malas prácticas que en estas décadas se han cobijado en Zarzuela han sido excesos gratuitos. Todo lo tenían los Reyes de España: un país rendido a sus pies, un país dispuesto a todo… Y todo lo han tirado por la borda por el pecado de la avaricia, que casi siempre llegó del brazo de las pésimas amistades de las que se rodeó el monarca.
Jesús Cacho www.vozpopuli.com 8 Junio 2014

Reunión de pastores. Hablaba un conocido coplista madrileño a rebufo del acontecimiento histórico que estos días nos ocupa y, relatando las ventajas de las que el heredero de la Corona, rey en capilla, va a disponer para tratar de hincarle el diente a problemas crónicos como el de la corrupción, componía el relato ficción de un cara a cara entre Juan Carlos I y el presidente del Gobierno, pongamos que hablo de Zarzuela, el Rey mirando fijamente a Rajoy, Mariano, que os estáis pasando, que esto es una vergüenza, hombre, no puede ser que el partido del Gobierno haya pagado las obras de su sede con dinero negro, y lo de Bárcenas, lo de Bárcenas y sus sobresueldos no tiene un pase… y al instante teatralizaba la respuesta de un Rajoy venido arriba, devolviendo la misma fija mirada, pues peor lo suyo, Señor, ¿qué autoridad tiene vuestra majestad para afear la conducta de nadie en asuntos de dinero? Sin necesidad de ir más lejos, ¿no querrá usted que le recuerde el escándalo de su hija y su marido, o que hablemos de esos últimos viajes precipitados al Golfo Pérsico?, ¿Hemos ido a poner orden en las cuentas, o a recoger los últimos duros? Y claro, remataba el plumífero con media verónica, eso al Príncipe no le va a pasar cuando sea Rey, porque el Príncipe está limpio de polvo y paja…

A la conversación asistía una señora que, reconocida fan de la Institución, debió sentirse obligada a salir al paso, de modo que la doña, con gesto impostado, pidió la palabra, quiero protestar con toda firmeza por las insinuaciones que sobre la conducta del Rey se acaban de hacer en esta sala…! Y la sala se miró perpleja, con esa perplejidad con la que, quienes han seguido de cerca lo acontecido en el entorno de don Juan Carlos desde los tiempos del “intendente” Manolo Prado y Colón de Carvajal, se enfrentan a esos monárquicos enragé dispuestos, como la dama de armiño aludida, a negar la mayor de lo ocurrido y a decir que no, que es todo una patraña, una burda mentira destinada a desprestigiar a la institución, que los críticos confunden interesadamente los magros dineros del Monarca con las propiedades inmuebles de Patrimonio Nacional, y que no es cierto que el Rey abdicado sea un hombre rico, muy rico, con una fortuna imposible de justificar a la luz de la asignación anual de los PGE.

Uno de los ricos de siempre que, con Juan Carlos apenas convertido en Príncipe Incierto de Franco, acudieron a socorrer sus penurias económicas fue don Emilio Botín-Sanz de Sautuola y López (1903-1993), padre del actual presidente del Santander. Fue Botín II quien regaló un millón de pesetas de la época a un Juan Carlos recién casado con Sofía de Grecia, para que los novios pudieran pagar su viaje de bodas -una vuelta al mundo-, porque el joven Príncipe estaba más tieso que la mojama. En realidad no tenía donde caerse muerto, de modo que don Emilio hizo más: le fue haciendo una cartera de inversiones capaz de soportar con holgura el entonces modesto tren de vida de la pareja. Luego vendrían operaciones tan inauditas como aquel préstamo (100 millones de dólares, 10.000 millones de pesetas al cambio de la época, a devolver en 10 años sin intereses) efectuado por la monarquía saudita, que, con los tipos de interés entonces vigentes, le hubieran podido permitir doblar la suma –ese era precisamente el objeto del regalo- de haber sido bien gestionados, pero que el genio de Manolo Prado medio malgastó, y a continuación llegarían más favores, más negocios, más intermediaciones y más comisiones, en una orgia de dinero cuyo sustrato psicológico hay que buscar en el recuerdo de los años de penuria vividos al lado de su padre, el conde de Barcelona, algo que llevó a Juan Carlos a sublimar la célebre frase que Scarlett O´Hara inmortalizó en Lo que el viento se llevó: “A Dios pongo por testigo que jamás volveré a pasar hambre…”

El gran éxito del régimen juancarlista ha consistido en mantener los escándalos encerrados bajo siete llave
De aquellos polvos, estos lodos. La corrupción en cadena que ha terminado por embarrarlo todo. Y la irresponsabilidad culposa de los sucesivos presidentes del Gobierno, que vieron, callaron y consintieron. Aquella frase para la historia de Felipe González, un día en Zarzuela en que, cabreado tras llevar una hora larga haciendo antesala, exclama ante Sabino “¡Y dile a Manolo que se conforme con el 2%, porque eso de cobrar 20% es un escándalo!”. La feria de los regalos, las novias, las cacerías. Los negocios varios. Business as usual en una familia rota, donde el Rey no daba los buenos días a la Reina, y donde los hijos crecían en la soledad más absoluta. Todo el que tenía que saber, sabía. Pero todo el mundo callaba, mientras los españoles de a pie seguían llenando las aceras para vitorear a los reyes (a esa “profesional” llamada Sofía) cuando viajaban por provincias. De justicia resulta constatar que las malas prácticas que en estas décadas se han cobijado en Zarzuela han sido excesos gratuitos. Todo lo tenían los Reyes de España: un país rendido a sus pies, un país dispuesto a todo… Y todo lo han tirado por la borda por el pecado de la avaricia, que casi siempre llegó del brazo de las pésimas amistades de las que se rodeó el monarca.

La ley de hierro de la monarquía juancarlista
El gran éxito del régimen juancarlista, o uno de los más notables, ha consistido en mantener los escándalos encerrados bajo siete llaves, lejos de la opinión pública, gracias a ese pacto no escrito con los grandes medios de comunicación que ha funcionado cual ley de hierro desde que don Juan Carlos asumiera el trono y según el cual lo que ocurría en la casa real era, y en parte sigue siendo, asunto tabú del que no había que hablar. La cortina de silencio, con todo, se hubiera rasgado más pronto que tarde de no ser por los efectos anestésicos que el crecimiento experimentado por el país surtió sobre el inconsciente colectivo. Al españolito de a pie no le importaba demasiado que el Rey se estuviera enriqueciendo de manera poco ortodoxa siempre y cuando él y los suyos pudieran participar del creciente bienestar proporcionado por el desarrollo, la sanidad universal, la educación gratuita, el consumo, las vacaciones… Injusto sería no reconocer que durante estas décadas el país ha conocido una modernización radical de sus infraestructuras y un notable aumento del nivel de vida colectivo, además de haberse familiarizado con el ejercicio de la libertad hasta el punto de, por ejemplo, haberse convertido en el más tolerante del mundo mundial en temas de sexo, lo que explica que la sociedad española haya mirado hacia otra parte con los escándalos de faldas, más bien de bragas, del Monarca.

Todo saltó por los aires en día que los españoles se enteraron de que su Rey había tenido que ser rescatado en avión privado del lejano Botswana, donde, con España sumida en una crisis de caballo, su Monarca se solazaba matando elefantes en compañía de su última novia, a la sazón también compañera de aventuras mercantiles. Además de marcar el principio del fin de la salud del Rey, 76 años, el accidente marcó en lo más profundo el final del régimen de la Transición. Hasta aquí llegó la marea. Aquel 14 de abril de 2012, mientras un par de agentes del CNI ponían a la princesa Corinna y a su hijo de patitas en Barajas, los españoles se despertaron ante la realidad de un país con 6 millones de parados, con todas las instituciones, empezando por la propia Corona, afectadas por la carcoma de la corrupción y con un problema territorial gravísimo, cuya manifestación máxima es el envite secesionista catalán, o el empeño de una elite regional decidida, en el momento de mayor debilidad de España, a romper la baraja para tener Estadito propio. Una crisis económica muy profunda, pero, por encima de todo, una crisis política de grandes proporciones, a la que no se adivina solución con los liderazgos actuales.

La abdicación tiene su exacta metáfora en el aliviadero que se abre en esa presa a punto de reventar que es España
La brecha que en una democracia de baja calidad como la nuestra siempre ha separado al pueblo llano de sus elites políticas y financieras sostenedoras del régimen se ha transformado, tras siete años de sufrimiento colectivo, en un auténtico foso, un abismo que el pasado 25 de mayo se materializó en el derrumbe del bipartidismo y en el surgimiento de partidos nuevos que reclaman un saneamiento integral de las instituciones. La consecuencia inmediata fue el anuncio de dimisión de Rubalcaba, el líder al que los poderes constituidos pretendían mantener entre algodones hasta ver cómo hincarle el diente al drama colectivo. Si hoy hubiera elecciones generales, una hipotética alianza entre Podemos, IU y Equo superaría en voto al PSOE, para convertirse en el segunda fuerza política más votada. Esta es la revolución del momento. La realidad es que la viga maestra, el muro de carga llamado a soportar la nueva etapa histórica que se abre con la entronización de Felipe VI está formado por dos partidos afectados por arterioesclerosis múltiple, caso de PP y PSOE, una circunstancia que habla a las claras del complicado horizonte político al que se enfrentan los españoles.

Juan Carlos I quema el penúltimo cartucho
Y en esto llegó la abdicación. Desde aquí hemos defendido con reiteración la idea del relevo en el trono como una condición sine qua non para abordar un cambio de rumbo que permita encarar los problemas del país. El Monarca finalmente ha cedido, y tal vez la historia llegue a agradecerle un gesto que ha venido a desmentir a quienes, en el propio establishment, juraban por sus muertos que del trono solo lo sacarían con los pies por delante. La abdicación tiene su exacta metáfora en el aliviadero que se abre en esa presa a punto de reventar que es la España de hoy. El muro de contención es muy tenue, y el agua del resquemor que almacena es mucha. Don Juan Carlos se lo ha jugado todo a una carta, ha quemado el penúltimo cartucho. Felipe VI es, en efecto, el último dique de contención de la Monarquía. El desprestigio de la institución es tan grande como esa coronación de tapadillo, casi clandestina, con que la casta política ha decidido obsequiar al nuevo Rey. Una operación, en suma, muy arriesgada, que va a toparse con el inmovilismo exasperante de un tipo como Mariano Rajoy en Moncloa.

Entre el sentimiento monárquico de quienes defienden la continuidad de la institución y el republicanismo creciente de los que reclaman un referéndum como paso obligado para la recuperación por el pueblo español de su plena soberanía, existe la opción, defendible como tantas otras, de quienes, desde un sentimiento genuinamente republicano, valoran la estabilidad como un bien supremo a preservar en momento tan crítico como el actual, un melón que sería locura abrir ahora, con el país reclamando a gritos un periodo de 5 a 10 años de tranquilidad para abordar la cirugía que el enfermo está pidiendo a gritos y que, en consecuencia, dejan a futuras generaciones de españoles la tarea de despejar la incógnita Monarquía-República. ¿Borbón y cuenta nueva, entonces? Ni hablar. Aterriza Felipe VI en el trono con la obligación de abanderar, primero, el saneamiento de la institución monárquica, restaurar el honor perdido de la Corona, manteniendo a raya a ese capitalismo castizo y de amiguetes que de inmediato intentarán captarle para conducirle por el camino de perdición por el que tan alegre y francamente caminó su padre, y, después, la regeneración integral del sistema, regeneración que pasa por dar paso a una reforma en profundidad de la Constitución del 78.

El futuro rey se la juega en este envite. No va a disponer de mucho tiempo. El problema catalán está llamando a la puerta de un otoño muy azaroso, que reclama soluciones inmediatas, soluciones pactadas si es posible, capaces de alumbrar un futuro en común entre españoles, incluidos esos millones de catalanes que no forman parte de la casta nacionalista. En contra de algunas opiniones de botafumeiro que sostienen que “la monarquía tiene un panorama despejado”, la realidad es que ese panorama no puede ser más incierto. Talento, determinación y unas gotas de patriotismo. Y una esperanza como punto de partida: lo que viene es mejor que lo que se va. Felipe es mejor que Juan Carlos, y además llega aprendido, con una mujer al lado que nada tiene que ver con la patética Sofía de Grecia. “¿Qué había de hacer yo, jovencilla, reina a los 14 años, sin ningún freno a mi voluntad, con todo el dinero a mano para mis antojos y para darme el gusto de favorecer a los necesitados, no viendo al lado mío más que personas que se doblaban como cañas, ni oyendo más que voces de adulación que me aturdían ¿Qué había de hacer yo…? Póngase en mi caso”, se preguntaba la reina castiza doña Isabel II en su exilio del parisino palacio Basilewsky ante el gran Pérez Galdós. Tome nota el joven Rey.

El analgésico monetario
Alejo Vidal-Quadras www.vozpopuli.com 8 Junio 2014

Ante el estancamiento de la economía europea y el peligro de deflación, Mario Draghi ha sacado el cañón Berta y ha disparado una salva de proyectiles de grueso calibre. Las medidas que ha anunciado pertenecen al repertorio clásico, pero lo que el Banco de Inglaterra o en la Reserva Federal son prácticas dentro de su tradición y sus competencias, en el Banco Central Europeo, entidad emisora diseñada con el Bundesbank como referente, provoca una cierta conmoción. Hasta ahora, el simple recurso a las expectativas afirmando que se hará “todo lo necesario” para garantizar la solidez del euro, había bastado para domesticar a los fieros mercados, pero la persistencia de la calma chicha sin visos de viento en las predicciones ha activado acciones contundentes. Esta reacción del BCE ha causado general satisfacción, salvo en los ahorradores, e incluso el ama dominante de Berlín se ha abstenido de mostrar irritación, limitándose a fruncir ligeramente el ceño.

Sin embargo, el problema de fondo subsiste. Las inyecciones condicionadas de liquidez para facilitar el crédito a PYMES y hogares o el castigo a la inmovilización del dinero por parte de las entidades financieras están muy bien, pero sin reformas estructurales y sin contención del gasto público improductivo seguiremos en las mismas y el alivio temporal proporcionado desde Frankfurt será el equivalente al analgésico, que mitiga el dolor sin atacar las raíces de la enfermedad. Si los Gobiernos del sur de Europa no se deciden de una vez a explicar a sus ciudadanos que han de aceptar un período de sacrificios para ganar competitividad, a simplificar y adelgazar sus Administraciones y a poner en marcha una batería de liberalizaciones, la recesión desaparecerá, pero la crisis continuará instalada en nuestras vidas.

En el caso español, el regreso de la prima de riesgo a niveles tolerables ha de ser bienvenido, aunque si sólo sirve para animar al Gobierno a seguir la senda fácil del endeudamiento creciente, lo que tendremos es pan para hoy y serias dificultades para mañana. Ni nuestro mercado laboral ni nuestro modelo educativo ni nuestro sistema tributario ni nuestra estructura territorial con su multiplicidad de barreras a la libre circulación de los factores de producción entre Comunidades Autónomas, son aptos para permitir un crecimiento suficiente que conduzca a una creación neta de empleo al ritmo deseado.

Si a estas deficiencias básicas, se añaden la inestabilidad política creada por la abdicación del Rey, la proximidad de la fecha fatídica del 9 de noviembre, la emergencia de la extrema izquierda de corte bolivariano y el caos interno del PSOE, el panorama que se dibuja a medio plazo no es precisamente estimulante. Por tanto, es indispensable insistir en las ideas correctas frente a la ola de fanatismo, populismo y resentimiento que nos invade. Es verdad que después de la tormenta siempre sale el sol, pero sería deseable que cuando se levante de nuevo en el cielo no ilumine un paisaje arrasado de cauces secos, árboles caídos y ruinas calcinadas. Nuestra historia ha conocido ya las reconstrucciones traumáticas y parece mentira que hayamos aprendido tan poco de un pasado que en vez de ser fuentes de rencores, debería proporcionarnos una guía segura hacia el futuro.

Y el juancarlismo provocó la crisis de la Monarquía
Arlos Ruiz Miguel Periodista Digital 8 Junio 2014

El anuncio de la abdicación de Juan Carlos I y el debate que se ha suscitado sobre la república, me invitan a reproducir unas consideraciones que escribí en diciembre de 2010 a un cuestionario que se me sometió, que fueron muy fragmentariamente publicadas en enero de 2011 y que reproduje íntegramente en este blog en abril de 2012. Ahora, en junio de 2014, constato que aquello que escribí hace años mantiene, a mi juicio, muchísima actualidad, razón por la que me permito reproducirlo. @Desdelatlantico

1· ¿Cree que hay demanda social de cambio de la forma de gobierno?
- La pregunta es equívoca si entendemos que hoy en día la "monarquía" no es una "forma de gobierno", sino una "forma de Estado". Creo que hay poca demanda social de cambio de "forma de Estado" y hay una difusa demanda de cambio de "forma de gobierno".
Dado que el rey no ejerce ya el poder ejecutivo, la monarquía parlamentaria no es una "forma de Gobierno".
La "forma de Estado" alude, entre otras cosas, al modo en que se configura la representación externa del Estado.

2· ¿Por qué el republicanismo no cuaja?
- Creo que porque no acierta a presentar la diferencia que ofrecería respecto a la forma de Estado actual.

3· ¿Qué tipo de factores son los que pueden desgastar a la Monarquía?
- En mi opinión, sobre todo, dos. Uno sería la ruptura territorial de España. No puede haber "Reino de España" si deja de existir "España". El otro sería la eventual implicación de la monarquía en conductas reprochables.

4· ¿Qué condiciones se tienen que dar para que el debate republicano germine?
- Yo creo que las condiciones se dan ahora. Básicamente, estamos asistiendo a una crisis global, que ya no sólo es económica, sino
política. Porque el sistema político establecido en 1978, por un lado, ha sido una de las causas de la crisis económica actual y, por otro, no puede formar parte de la solución ya que tiene un coste económico insoportable en la presente situación.

5· ¿Estamos ante un agotamiento del sistema del calibre del que propició la proclamación de la II República?
- A mi juicio, el sistema actual está aún más agotado que el de la Constitución de 1876 cuando se proclamó la II república. La diferencia no está tanto en el agotamiento del sistema jurídico, cuanto en el consenso de ciertas elites en mantenerlo.

6· Cuando habla del coste del sistema, ¿se refiere al coste del sistema autonómico, que ya es insostenible?
- Por supuesto el coste autonómico es insostenible. Ahora, por ejemplo, se demuestra que es un error que la Constitución no prohiba
la fusión de Comunidades autónomas, con el ahorro que ello conllevaría. Pero la quiebra afecta a todas las administraciones. La
Administración local, los municipios, se puede decir que o está en quiebra técnica o al borde de la misma. Las llamadas "administraciones autónomas", como las Universidades, otro tanto de lo mismo. Incluso la administración central tiene muchos órganos, costosos e inútiles. Por ejemplo: ¿cuanto cuestan y para qué sirven los "Consejos Económicos y Sociales" nacionales y autonómicos?

7· ¿El caldo de cultivo que podría darse debería ser semejante al que llevó a la II República?
- Considero que no tiene por qué ser semejante. De hecho, uno de los problemas actuales que puede desatar la crisis terminal del sistema, como son los nacionalismos, eran un problema bastante menos importante en 1931 y no creo que fuera entonces una de las causas relevantes de la proclamación de la II República.

8· ¿Cree que los nacionalismos pueden contribuir a ese colapso del sistema? ¿Los nacionalismos periféricos o el español también?
- El nacionalismo español hoy en día no existe. Pero los nacionalismos periféricos están contribuyendo, sin duda, no sólo al colapso
político, sino también económico, del sistema por su propensión a crear estructuras administrativas copiadas de las del Estado.

9· ¿Qué debemos aprender de las dos experiencias republicanas previas?
- Que no se puede sacrificar la realidad a la consecución de una ideología.

10· ¿Cómo puede penetrar con más fuerza en el discurso de los partidos?
- A través de la exigencia de máxima ejemplaridad en la política.

11· ¿Qué efecto tiene la crisis (si hace que ese debate se desinfle o no)?
- Como he dicho antes, me parece que la crisis económica puede tener un papel decisivo pues lleva visos de provocar una crisis del sistema político.

12· ¿qué síntomas percibe de que la actual crisis económica puede acabar alcanzando a la monarquía?
- ¿Síntomas? En sentido estricto, ninguno. Pero llegará el momento de plantear las responsabilidades de la situación. Y entonces las pregunta serán: ¿qué hizo la monarquía para evitar que llegáramos a esta situación? y ¿se habría llegado a esta situación si hubiera habido una república?

13· ¿Cómo afecta la poca transparencia de las cuentas de la Casa del Rey?
- Afecta poco porque los medios no conceden relevancia a la cuestión.

14· ¿Hay un cambio generacional? ¿Los jóvenes son más republicanos, mientras que los mayores están más aferrados a la monarquía?
- Se podría decir que los jóvenes son menos afectos a la monarquía, pero no por ello son más afectos a la república. Hay una peligrosa despoliticización en la juventud. Y al hablar de "despoliticización" no me refiero a tomas de posición en cuestiones concretas o de detalle, sino al modo de juzgar si la gestión política afecta positiva o negativamente al bien común. Se está perdiendo la idea de "bien común" y sin esta idea previa no puede cuajar, a mi juicio, un debate entre monarquía y república.

15· ¿Existe o no el llamado juancarlismo? ¿Habrá más desafección cuando llegue al trono el príncipe Felipe? ¿Se ha generado una imagen de la Corona como mito, como icono, como tabú? ¿Existe ese tabú en España y no en otros países (caso del Reino Unido)? ¿Por qué?
- Sin duda sí existe el "juancarlismo".
No habrá "desafección" sino que habrá un cambio de titularidad de los afectos. La "afección" al "juancarlismo" existe en una cierta base social, de cada vez más edad, pero también en una importante elite económica y política. El príncipe, junto con Letizia, creo que tienen más afecto entre los jóvenes, pero me temo que no tiene, y difícilmente tendrá, la oportunidad de tener complicidades con esa elite económica y política.
La Corona no puede dejar de ser mito o icono, porque si no sería tal. Pero no tiene por qué ser un tabú. El hecho cierto es que numerosas cuestiones relativas a la Corona son un tabú mediático, lo cual se explica por la complicidad de esa elite económica y política a la que me he referido. Esa complicidad, por cierto, también existen en monarquías como la británica o la holandesa.

16· ¿Cómo puede hacerse el cambio constitucionalmente? ¿Hay miedo a un referéndum?
- El cambio a través de la Constitución de 1978 es virtualmente imposible. Yo no creo que haya miedo a un referéndum. Es algo peor:
hay miedo al debate, tanto por los escasos militantes activos por el monarquismo o el republicanismo, porque ese debate obligaría a
clarificar muchas cosas en ambos bandos que esos bandos no quieren y, en algunos casos, no saben clarificar. En cualquier caso, si se produce una crisis terminal del sistema, habrá que convocar Cortes Constituyentes.

17· ¿Cree verdaderamente factible que en un plazo medio el sistema colapsaría de tal modo que haría inevitable la convocatoria de Cortes Constituyentes?
- Creo que el sistema ya ha colapsado. A mi juicio, existen muchos artículos de la Constitución que en este momento sólo son papel.
Ocurre que algunos tienen temor, a la vez que intereses, en que el modelo no cambie. Pero el hecho es que el modelo en aspectos
esenciales ya no es viable: valga por todos el caso del TC.

18· ¿Por qué se sigue asociando República con izquierda?
- Porque la izquierda asocia la República a sí misma, sobre todo simbólicamente. En el momento en que la izquierda apostara por una III República con la bandera nacional (que fue, por cierto, la de la I República) y no se obstinara en revivir los símbolos de la II
República, creo que el republicanismo empezaría a ser algo "transversal". Precisamente por eso, creo que los defensores del
"juancarlismo" son los primeros interesados en que la república quede simbólicamente asociada a la izquierda.

19· Para que la derecha se sume al proyecto republicano, ¿basta con despojar a la República de sus símbolos tradicionales?
- No sé si basta. Pero sin duda esto sería la condición "sine qua non" para que eso ocurriera. A partir de ahí, creo que el debate sería
posible porque existiría un terreno común que, ahora, no existe.

20· ¿No es la propia concepción de una jefatura del Estado no monárquica la que repugna a la derecha?
- No necesariamente. No todas las presidencias republicanas son iguales. No es lo mismo la alemana que la norteamericana. Creo que una presidencia como la norteamericana tiene un gran atractivo en el pensamiento liberal y conservador que forma el núcleo básico de la derecha.

39 años de Transición y otro de improvisación
Federico Jiménez Losantos Libertad Digital 8 Junio 2014

El juancarlismo ha hecho tanto daño a la monarquía reinstaurada por Franco que, tras la súbita e inexplicada abdicación del que fuera heredero del Caudillo a título de Rey, y luego, dígase ahora lo que se diga, monarca constitucional refrendado por las urnas mediante el referéndum de 1978 y asistido por unos partidos políticos y una opinión pública que, en general, se desentendieron durante treinta años de la forma de Estado –de 1975 a 2005-, ahora tiene a la nación dividida sobre la continuidad de la Corona.

Franco le dejó a Juan Carlos una institución polvorienta y, a la vez, inédita, cuya eficacia para pasar de la Dictadura a la democracia resulta indiscutible. Juan Carlos I le deja a su heredero por sorpresa una institución recibida con hostilidad por un tercio largo de los españoles, según la encuesta del diario juancarlista El País, y que los otros dos tercios ven seguramente como el último mecanismo de defensa de un Estado nacional que está siendo dinamitado por los separatistas y la izquierda asilvestrada sin que el Gobierno de la derecha sea capaz de hacer absolutamente nada.

Esa, la desesperanza en los dos grandes partidos políticos para abordar con decisión y contundencia la crisis nacional en Cataluña y el País Vasco, es la razón de la esperanza en el Príncipe de Asturias. Es el clavo ardiendo al que se aferran muchos que ven cómo Juan Carlos, pese a estar asistido por todos los poderes políticos, mediáticos y fácticos, ha huido de sus responsabilidades como el acobardado Alfonso XIII en 1931; y que también ven a Felipe como el último valladar ante la descomposición de España. No es que muchos se hagan ilusiones sobre el carácter y la capacidad del nuevo Rey para impedir la disolución del régimen, pero menos ilusiones se hacían casi todos sobre la capacidad de Juan Carlos para dar una salida honorable al franquismo y una solución honrosa al antifranquismo, y, contra pronóstico, salió sorprendentemente bien, gracias al saludable miedo que la gente tenía a la Guerra Civil.

Lo malo para la Corona es que el Rey ha basado su legitimidad en su papel en la Transición y en la descarada manipulación del Golpe del 23-F, es decir, en dos hechos que en rigor son sólo uno: el paso a la Democracia. Y que, al unir la suerte de la Corona a su persona, y ésta al régimen del 78, la ha dejado atada de pies y manos ante su descrédito. Por desgracia para su hijo, Juan Carlos heredaba una España a la que sólo le faltaba cambiar de régimen. Felipe hereda un régimen, el de su padre y el bipartidismo de estos 39 años, incapaz de conservar España. Y como el Rey viejo no ha querido serlo de la nación, sino de la Transición, el Rey nuevo va a tener que hacer una transición mucho más difícil para que la nación no se hunda en el caos.

La fuerza de Juan Carlos radicaba en la solidez berroqueña del Ejército, que le apoyó por ser el heredero de Franco y por la necesidad de mantener el orden público mientras se cambiaba el régimen "de la Ley a la Ley". El "santo temor a la guerra civil" fue en la Transición el equivalente al "santo temor al déficit" de nuestros bisabuelos liberales en el siglo XIX. Felipe no tiene un ejército "acampado –se decía- en el territorio nacional". Pero cualquier Gobierno de España tiene hoy las fuerzas -Ejército, Policía Nacional, Guardia Civil- que le permiten afrontar y derrotar al golpismo separatista y al nuevo golpismo chequista, que no merece llamarse republicano. La cuestión es si el Rey respaldará al Gobierno, como hizo con Suárez, en el uso de la fuerza del régimen moribundo para garantizar la continuidad del Estado y la supervivencia de España en el régimen por venir o si se atará a Rajoy, el nuevo Arias Navarro, uniendo la suerte de la Corona a la de una legalidad en cuya legitimidad ya no cree buena parte de la nación.

Respaldar la resistencia ante el separatismo de un Gobierno dispuesto a usar toda la fuerza legal y material para impedir la destrucción del régimen constitucional no es lo mismo, sin embargo, que respaldar la capitulación de la casta política ante el separatismo mediante una reforma de la Constitución que suponga la liquidación de la soberanía nacional. El Príncipe puede tener –es lo que le aconsejan Cebrián y otros magnates de la ruina- la tentación de unir su suerte personal y la de la Corona a una improvisación partitocrática de este género. Es lo que ya han preconizado en Barcelona Herrero de Miñón y Jaúregui, con la orquesta del Imperio de Prisa y los coros del Conde de Godó. Y esa reforma de la Constitución en un sentido feudal –Cataluña y el País Vasco como Estados separados de España pero que seguirían teniendo en la Corona la coartada para su inserción europea- no encontraría en el abúlico Rajoy y el cloroformizado PP obstáculo serio.

En ese caso, si Juan Carlos nos ha obsequiado con 39 años de Transición, sin institucionalizar finalmente nada, al Príncipe le quedaría otro año largo, hasta las generales de Noviembre de 2015, de pura improvisación. Si opta por la continuidad del régimen de su padre, es decir, por el experimento de la reforma constitucional que supondría la liquidación de la soberanía nacional, España deberá optar entre la Corona bipartidista del IBEX 35 y la Checa tricolor. Porque no habrá elección entre Monarquía y República, ambas nacionales, sino entre la decadencia y el caos, la peste y el cólera. A eso nos aboca la abdicación de un Rey que sólo quiso estar de paso. Y pasó.

Bienvenidos a la libertad
Luis del Pino Libertad Digital 8 Junio 2014

Si hay alguien cuya imagen está saliendo engrandecida de la presente situación de crisis, ése es, sin duda ninguna, el pueblo español. Resulta llamativa la tranquilidad con la que ha afrontado el cada vez más patente desmoronamiento del actual régimen. Mientras que la Casta política que ha gobernado (y destrozado) este país en los últimos años manotea espasmódicamente, sin entender aún del todo las consecuencias de lo que se está viviendo, el ambiente general en la calle es más de expectación y esperanza, que de preocupación. No sabemos aún a dónde vamos, pero sí que nos hemos dado cuenta, de repente, de que existe la posibilidad de cambiar las cosas. Y de que somos capaces de cambiarlas a mejor.

Resultan especialmente significativas las encuestas y las manifestaciones en torno a la continuidad de la Monarquía. A pesar del descrédito en que esa Monarquía se había sumido en los últimos años, a pesar de los errores del Rey, a pesar del caso Urdangarín, a pesar del evidente anacronismo de la institución... a pesar de todo eso, los que han tratado de desviar la atención sobre nuestros problemas, abriendo ahora el debate entre Monarquía y República, no han conseguido reunir ayer más que a unos pocos miles de personas en las manifestaciones republicanas convocadas en toda España. Y las encuestas realizadas por medios como El País o La Sexta reflejan que los españoles que prefieren la Monarquía superan a los que optarían por la República en una proporción aproximada de 3 a 2. Los españoles no están por los experimentos, ni por la retórica hueca. Ni por perder en chorraditas un tiempo que necesitan dedicar a resolver problemas verdaderamente importantes.

Como también resulta llamativa la encuesta postelectoral realizada por Metroscopia, en la que 2 de cada 3 encuestados ven como algo positivo que el desplome del PP y del PSOE se repita en las próximas elecciones generales, y que nuevos partidos entren en el Parlamento para dinamizar la vida política. En las pasadas elecciones europeas no se ha castigado a tal o cual partido, sino que se he planteado una auténtica enmienda a la totalidad de un sistema que hace agua por todas partes.

La fiesta se ha acabado. Hemos llegado a un fin de ciclo. El pasado 25-M, como en el final de la obra El otoño del patriarca, de Gabriel García Márquez, los españoles recibieron de pronto "la buena nueva de que el tiempo incontable de la eternidad había por fin terminado". Lo que parecía un muro infranqueable, lo que se presentaba como una situación perpetua de bloqueo político e institucional... de repente se ha desmoronado. Los electores han comprendido que cada voto cuenta mucho más de lo que se pensaban, y que no tienen por qué soportar de sus gobernantes ningún desplante, ni ningún desprecio, ni ningún desafuero, ni ninguna corrupción, ni ninguna incompetencia.

El cambio está en marcha y es imparable. Pero además, esa constatación, la de que tenemos el poder en nuestras manos, se ha realizado de forma serena, con más sorpresa que excitación, con más ilusión que pasión, como quien logra por fin cancelar un crédito que le ha tenido agobiado los últimos años. Nos hemos quitado un peso de encima y de repente empezamos a respirar. No sabemos aún lo que haremos, pero sí que sabemos que las cosas van a ser más fáciles a partir de ahora.

Y tampoco vamos a dedicar demasiado tiempo a pensar en esa hipoteca de la que nos acabamos de librar. Tenemos demasiadas cosas que hacer, demasiado que reconstruir, como para perder el tiempo mirando hacia el pasado. Lo hemos pasado mal, y lo seguiremos pasando mal aún durante un tiempo. Pero hemos vivido y hemos sobrevivido. Como en El otoño del patriarca, lo hemos hecho en "este lado de pobres donde estaba el reguero de hojas amarillas de nuestros incontables años de infortunio y nuestros instantes inasibles de felicidad, donde el amor estaba contaminado por los gérmenes de la muerte, pero era todo el amor, mi general".

Me contaba mi tío, que vivió la posguerra en Alemania, cómo las casas derrumbadas por los bombardeos tenían carteles que decían: "Si pasa usted por el vertedero, llévese un cascote". Y la gente cargaba con algún escombro, camino de su trabajo, y lo tiraba al pasar por el vertedero. Por aprovechar el viaje, por poner su cotidiano granito de arena para reconstruir aquel país devastado.

No son los bombardeos lo que ha devastado este país, sino la codicia, la mezquindad y la incompetencia de una clase política, empresarial y mediática, que ha antepuesto siempre su propio interés al de España y de los españoles. Ahora toca reconstruir. Y toca hacerlo sin ellos. Porque no queremos que contaminen otra vez con sus falsos problemas, con sus mentiras, con sus intereses creados... un país que tantas cosas buenas tiene. Ahora toca tirar los cascotes en el vertedero. Y levantar de nuevo esta Nación entre todos.

Creíamos que nada cambiaba nunca en España, y de repente hemos comprobado que podemos cambiarlo todo. Y que podemos hacer ese cambio tranquilo sin tutelas y sin ataduras.

Bueno, pues manos a la obra. Bienvenidos a la libertad.

Totalitarios disfrazados de republicanos
EDITORIAL Libertad Digital 8 Junio 2014

La Puerta del Sol de Madrid vivió ayer otro episodio de fervorín republicano, instigado por las habituales formaciones de izquierda que suele encabezar IU. Partidos ecologistas y excipientes del llamado Movimiento 15-M, se sumaron alegremente al acto callejero con el que sus asistentes pretenden acabar con la actual monarquía parlamentaria e instaurar una nueva república previo referéndum sobre la forma del Estado. El acto de ayer, tan minoritario como todos los que hemos vivido desde que el Rey anunció su intención de abdicar, no fue de ninguna manera la reclamación responsable de unas libertades supuestamente vulneradas por el régimen monárquico, sino una arremetida más de las fuerzas de la izquierda radical para convertir su ideología totalitaria en un régimen hegemónico a imagen y semejanza de la II República.

La presencia masiva de la enseña de la II República en estas manifestaciones convocadas por la izquierda no es algo gratuito ni meramente casual. Al contrario, los dirigentes e instigadores de estas algaradas reclaman como propio el legado de sus antecesores al frente de la última experiencia republicana, cuyo sectarismo sin tasa y su notable ausencia de convicciones democráticas la hicieron fracasar estrepitosamente hasta desembocar en una cruenta Guerra Civil. Se equivocan gravemente quienes piensan que la actual ofensiva, minoritaria en el número y extravagante en sus formas, se reduce a un cuestionamiento legítimo de la forma del Estado. Lo que se está poniendo en tela de juicio es el régimen de libertades de nuestro régimen constitucional, cuya propia esencia actúa de valladar contra las tentativas totalitarias de estos grupos radicalizados en los que, para desgracia de todos los españoles, participa también una parte importante del PSOE.

Nuestra actual monarquía parlamentaria legitima el ejercicio de las libertades políticas y los derechos individuales, cuya garantía reside en las instituciones de nuestro Estado de Derecho. Los grupos que piden su desmantelamiento sólo utilizan la dialéctica monarquía/república como una argucia instrumental para alcanzar sus fines que, como se puede apreciar a poco que se preste atención a sus proclamas, responden a la vocación totalitaria que una gran parte de la izquierda española lleva en su ADN político como principal seña de identidad.

Precisamente por todo ello la coronación de Felipe VI trasciende la mera sucesión al trono de España. La significación del acto y la tesitura política actual, en plena embestida de los enemigos de la libertad y de la Nación española (imposible lo uno sin lo otro) deberían ser motivo más que suficiente para que el traspaso de poderes al frente de la Jefatura del Estado se haga con la máxima ceremonia y visibilidad.

España ha encontrado en la fórmula monárquica la garantía de su estabilidad, como ocurre en muchos otros países europeos de honda tradición democrática, y no tiene de qué avergonzarse a pesar de lo que digan los que disfrazan sus aspiraciones totalitarias con la presunta defensa de una forma determinada del Estado. Ni el futuro Felipe VI tiene por qué esconderse ni el pueblo español pedir disculpas a los que han hecho de la unidad de la Nación y la libertad de sus ciudadanos sus principales enemigos a batir. Ahora toca demostrar que las instituciones españolas también lo creen así.

Monarquía o república, ¿ahora?
José Castellano www.cronicaglobal.com 8 Junio 2014

Empiezo por afirmar que soy republicano por la tradición y formación recibidas en el seno de una familia en la que algunos miembros fueron asesinados cuando "la canalla fascista" -como dice la copla-, se levantaron en armas y asesinaron también a la República. Mi familia, además de aquellos que faltan desde entonces y recordaremos siempre, como ocurrió a tantos españoles, padeció años de cárcel y otros muchos desmanes durante la larga noche de la dictadura franquista que empezamos a superar a partir de la actual Constitución.

Entiendo que las cosas que nos han servido se deben reformar y no tirarlas a la basura como proponen aquellos que se manifiestan en uso de sus libertades

Por otra parte, desde el frustrado anhelo de ese republicanismo soñado durante tantos años de tiranía, he vivido y usado de esa Constitución nacida de un amplio consenso y que había sido redactada con la muy destacada participación del PSOE, el partido de mis mayores y el mío de toda la vida. Por vez primera en nuestra cainita historia, esa ley de leyes fue de todos, sin que unos españoles la arrojasen contra otros españoles y se puede afirmar con toda propiedad que sobre esa base y alrededor de ese eje, este país nuestro ha podido transitar en paz durante muchos años y ha accedido a las mayores cotas de desarrollo social, económico y de libertades que jamás conocimos antes.

Todo ello no me puede cegar como para no reconocer que, desde primera hora y mucho más cuando han pasado por ella varias décadas, la Constitución contiene aspectos que es preciso actualizar y otros que por novedosos habría que incorporar, así que teniendo una Carta Magna que nos ha sido más que útil, aunque sea por reconocimiento y por apego, entiendo que las cosas que nos han servido se deben reformar y no tirarlas a la basura como proponen aquellos que se manifiestan en uso de sus libertades mientras que muchos más también ejercen sus derechos con normalidad y sin recurrir a la calle.

Sin duda, a unos y otros, silentes o gritando, a voluntad, lo primero que nos toca hacer como condición y medida básica de toda democracia que se precie es respetar a las leyes empezando por una Constitución que en las urnas había recibido el mayor respaldo habido en cualquiera otra votación pero que, sin duda, después de tan larga vigencia, puede y debe cambiarse siempre que se haga con estricta observancia de los procedimientos en ella establecidos y en esto deberíamos coincidir todos los demócratas, cualquiera que sean nuestras convicciones políticas y los colores de la bandera de nuestras preferencias.

Llegado a este punto, añadiré que también creo manifiestamente mejorable el funcionamiento de nuestro sistema democrático porque está afectado por un tremendo desgaste y por el mal momento que atraviesan la mayoría de sus instituciones. También aquí es de aplicación lo que escribí antes sobre la reforma de aquello que siéndonos necesario y todavía útil, estamos obligados a reformar y procurarle continuidad en lugar de desecharlo y precipitarnos al vacío.

La mayoría real la constituyen siempre esos millones que rara vez gritan o se manifiestan
Pero volviendo a ocuparme de esas minorías más o menos estridentes a las que nadie debe discutir el derecho a defender pacíficamente sus reivindicaciones, yo afirmo rotundamente que la mayoría real la constituyen siempre esos millones que rara vez gritan o se manifiestan, afirmación que me salta a borbotones porque en Cataluña llevamos demasiado tiempo padeciendo una agobiante presión en la calle y el pisoteo de derechos fundamentales en medio de un permanente desprecio de las leyes, todo ello derivado de las conductas pro golpistas de unas minorías que son consentidas y amparadas desde el sectario gobierno autonómico y su falsa oposición, con el empleo además de ingentes recursos públicos que esas legiones de radicales están utilizando contra millones de ciudadanos que no somos nacionalistas ni mucho menos independentistas.

Así las cosas, sólo falta recordar la situación por la que estamos transitando: una tremenda crisis económica cuyo final sólo está en la calenturienta imaginación propagandística de la derecha que nos gobierna, el desempleo y la miseria que padecen millones de personas, decenas y decenas de miles de desahuciados, el desmantelamiento de la sanidad, de la enseñanza y otras muchas plagas como la amenaza de quiebra social en Cataluña y del hundimiento del Estado más antiguo de Europa, todo ello a mayor gloria de los dirigentes del régimen catalanista que se han echado al monte.

Duras palabas, sin duda, pero aún más dura es la realidad ante la que sería una irresponsabilidad suicida dejarnos arrastrar por quienes a tantas desgracias pretenden añadir la ruptura del pacto constitucional, que ya tenemos demasiado problemas como para crearnos otros todavía más graves así que mejor dedicarnos a los que de verdad son ahora urgentes y por supuesto mucho más importantes.

¿Y usted qué opina?
J. M. RUIZ SOROA. EL CORREO 8 Junio 2014

· No hay nada substancial en el diseño constitucional de 1978 que deba ser corregido.

Eso es lo que me pregunta mi amable director. ¿Qué reflexión te merecen los sucesos que se nos amontonan en la política nacional? ¿Coincides con la sensación generalizada de que son síntomas del agotamiento de un tiempo político y de la apertura de una nueva etapa en el discurrir de la democracia española? Y ¿cómo sería esta nueva etapa?

Lo cierto es que, como advertía el clásico latino, a una cierta edad no toca ya al hombre hacer de augur del futuro porque su propia senectud le inhabilita para ello. Lo que sí le cabe, quizás con algún provecho para los demás, es revisar el tiempo pasado, su propio pasado, para entender mejor la estructura del proceso que nos ha traído donde hoy estamos. Y, desde esta perspectiva es desde donde se escriben las siguientes líneas, precisamente porque creo que el análisis que efectúan los nuevos actores políticos que comparecen hoy en la escena política española contiene notables errores de diagnóstico. Dicho de otra forma, que mal empezamos un proceso de recambio institucional o personal si arrancamos de un diagnóstico erróneo sobre la naturaleza y las causas de las averías (serias averías sin duda) de la institucionalidad presente.

Verán, empecemos por la tan traída y llevada ‘transición política’, aquel proceso histórico del que derivó la democracia que hoy vivimos. Hoy se añora el espíritu de pacto y consenso que la dirigió, y se reclama un nuevo consenso y un nuevo contrato social para unas nuevas generaciones. Y, sin embargo, se ignora o se percibe como negativo el hecho fundamental que hizo posible (más que posible, lo hizo inevitable) el consenso de aquella época. Que fue, me atreveré a decirlo, el hecho de que existían unos límites fácticos inapelables a lo que en aquel momento se podía hacer: como eran el peso del recuerdo muy vivo de la guerra civil, la necesidad de no volver a repetir el enfrentamiento, la vigilancia muy estrecha de las fuerzas armadas, la necesidad de la derecha de borrar un pasado ignominioso, la impotencia de la izquierda para ‘dar la vuelta a la tortilla’, etcétera.

Bien sé yo que hoy en día se consideran todos estos hechos como constricciones insoportables de un proceso democrático, se ven de una manera globalmente negativa, se tildan de estigmas insoportables de la democracia que se puso en marcha en 1978. Me parece una visión superficial y presentista. Precisamente porque desconoce el enorme valor que poseen los límites externos para el desarrollo de un proceso de cambio democrático. Esos límites pueden ser en sí mismos negativos o ignominiosos, es lo de menos, lo importante es que existan y actúen como moderadores de una voluntad democrática que, de otra forma, se consumiriría a sí misma en un proceso vertiginoso.

La historia es una demostración continua de que la ‘hybris’, como denominaban los griegos al exceso de cualquier bien o valor, conduce al fracaso en la convivencia. ‘Nada en demasía’ era el oráculo de Delfos. Por eso los límites a la voluntad humana son tan necesarios, por indignantes que resulten a quienes sólo quieren ver el valor de la libertad del pueblo para decidir sin constricciones su futuro.

Citaré a dos clásicos del pensamiento conservador para apuntalar esta idea seminal de que el éxito de la transición democrática española radicó precisamente, por mucho que nos disguste, en su sujeción a los límites muy estrechos a que la sometían la historia y los poderes fácticos existentes. Leszek Kolakowski escribió que debe siempre tenerse en cuenta a la hora de evaluar un avance en la historia humana que «los bienes o las bondades se autolimitan o anulan entre sí, por lo cual no los podemos gozar plenamente al mismo tiempo (no es posible una sociedad que maximice la igualdad y la libertad a la vez, la seguridad y el progreso, la planificación y la autonomía personal)».

En cambio, ominosa advertencia del filósofo polaco, las innumerables maldades sí son compatibles y las podemos soportar de manera inclusiva y simultánea: es posible, ¡vaya si lo es!, un régimen sin libertad, sin igualdad y sin justicia. O, tal como lo decía Cánovas, el arquitecto de la prototransición del siglo XIX, «la política es el arte de practicar en cada época histórica aquella parte del ideario político que las circunstancias hacen posible».

Pues bien, es en este sentido que veo con preocupación la deriva voluntarista de nuestros hodiernos profetas políticos y me pregunto: ¿cuáles serán sus límites, cuando arrancan precisamente de la negación de toda constricción ajena a la voluntad popular, cuando perciben la propia institucionalidad democrática liberal como un límite que hay que asaltar y saltar? Naturalmente que al final a todo proyecto se le impone siempre el principio de realidad, como recordaba el siempre admirado Daniel Innerarity hace poco. Pero en tanto ello sucede, el proceso político y la convivencia pueden deteriorarse mucho. Pero que mucho. Piensen en Maduro. El rechazo indignado a los límites, la reivindicación del poder constituyente de la voluntad popular instantánea y actualizada en cada momento, el someter el mundo al previo consentimiento, ideas que están influyendo incluso en partidos hasta ahora más centrados, son sencillamente datos preocupantes. No es por ahí por donde se va al futuro.

Otro error de diagnóstico, para mí muy claro. No hay nada substancial en el diseño constitucional instaurado en 1978 que deba ser corregido, y quienes reclaman un cambio constitucional como panacea de nuestros males se equivocan y distraen al personal (ya apuntó Darehndorf que cuando los políticos no saben qué hacer se ponen a hablar de cambiar la Constitución). Sencillamente dicho: las averías del presente (insisto, graves averías) no las ha causado el diseño institucional sino el comportamiento de los actores políticos a lo largo de los años. Cambiar las leyes sin cambiar los comportamientos es tarea fútil. Y no hablo de cambiar las personas, como el superficialismo renovador proclama: no es cambiar de Rey, ni de secretario general, ni de presidente de nada.

Es cambiar los comportamientos de los actores políticos, más allá de su personificación. De todos los actores: ante todo de los partidos políticos, cuya desmesura ha causado los peores daños al sistema. Pero también de las instituciones, cuya falta de independencia ha sido en general clamorosa. Y de la sociedad civil, que se ha dejado clientelizar y patrocinar con sumisión lacayuna. Por eso veo con preocupación la absoluta carencia de conciencia autocrítica de todos los actores políticos, que prefieren achacar los males a las concretas personas o los agotamientos del sistema antes que afrontar el verdadero problema: ¿por qué nos hemos desviado tanto del modelo democrático y cómo podríamos cambiarnos para volver a adecuarnos a sus exigencias? Lo demás, mucho me temo, son sucesos muy noticiables para la opinión pero auténticas zarandajas para lo importante.

Lo dijo ya un inglés cuyo nombre no recuerdo ahora: «hablar sobre personas, en lugar de sobre cosas o ideas, es la forma más degradada de una conversación».

El Rey abdica La república, el experimento dos veces fallido
fernando garcía de cortázar / madrid ABC

Los dos intentos fracasaron en dar solución a los problemas de una España mayoritariamente monárquica

La mirada de Alfonso: Aunque ha sido la imagen de la Puerta del Sol la que pasó a la historia, el fotógrafo retrató las multitudes en 1931 en puntos como la calle de Alcalá

Decía Ortega que los problemas seculares de España no responden únicamente al absentismo o a la soberbia de las clases conservadoras, sino también a la curiosa miopía de los eternos progresistas, que hacen confundir la nación con unas concentraciones de entusiastas. En la España contemporánea, la historia de las luchas revolucionarias hechas en nombre del pueblo ha dejado tras de sí una vergonzosa crónica de estrepitosos fracasos; de excesos que han acabado haciendo antipática la palabra libertad; de intransigencia fanática y torpe, capaz de sacrificar la seguridad de lo ganado a la histeria de las realizaciones imaginarias.

Aun con todo el talante progresista de la Constitución de Cádiz, hay que reconocer que, convertida por algunos en la promesa de la suprema felicidad, llegó a transformarse en un obstáculo para el reformismo político y en una razón para el divorcio entre los liberales y el pueblo. Porque este, al fin, era algo bastante menos abstracto que esa «opinión pública» de cuya identidad dudaba Larra cuando preguntaba: «¿Será el público el que en las épocas tumultuosas quema, asesina o arrastra, o el que en tiempos pacíficos sufre y adula? Y esa opinión pública tan respetable, ¿será acaso la misma que tantas veces suele estar en contradicción hasta con las leyes y con la justicia?».

La república, el experimento dos veces fallido
Proclamación de la Primera República. Cinco tipos de República, una Constitución nonata, una guerra colonial, dos guerras civiles y el ¡viva Cartagena! fueron demasiado para 11 meses

La primera, irreal
Precisamente, el gran error de los republicanos de 1871 fue vivir de espaldas completamente a la realidad. El refresco intelectual que Figueras, Pi i Margall, Salmerón o Castelar llevaron a las Cortes quedó rápidamente enterrado por la pataleta cantonalista que los intransigentes desataron en las provincias y la furia popular, milagrera y alucinante, que se infantilizó con presagios igualitarios en las horas de máxima turbulencia. Cinco tipos de República, una Constitución nonata, una guerra colonial, dos guerras civiles y una danza carnavalesca de ¡viva Cartagena! fueron demasiado para llenar once meses. Al final, los políticos responsables no pudieron más. Emilio Castelar llegó a decir en un discurso en las Cortes: «Aquí todo el mundo prefiere su secta a su Patria… De ahí una guerra que yo he calificado muchas veces de animal, guerra que se declaran aquí unos partidos a otros, intolerantes todos, intransigentes todos.»

Dramática II República
No menos dramática fue la historia de la Segunda República, que sobrevino sin apenas herida, ni apenas dolores, y acabó despeñándose en los horrores de la más incivil de nuestras guerras civiles.

Por mucho que los nostálgicos de la primavera de 1931 se empeñen en imponer su versión de los hechos, los historiadores sabemos que la ruina de la Segunda República no se debió únicamente a la soberbia de las clases conservadoras ni a la conspiración de la derecha. A derrumbar la promesa del 14 de abril también contribuyeron la incompetencia de los llamados republicanos históricos y la ceguera sectaria de los republicanos de izquierdas. La actitud normal entre los socialistas no fue la moderada de Prieto o Fernando de los Ríos, sino la intransigente de Largo Caballero, principal artífice de la revolución de octubre de 1934. ¡Y qué decir de los anarquistas!, cuya impaciencia empujó a la CNT por el camino de la insurrección permanente.

Nadie como Julio Camba puso en evidencia las contradicciones, los delirios y los desengaños de aquel régimen de 1931: «Imagínense ustedes un caserón viejo, destartalado, lleno de telarañas. Esto era España antes de la República».

Según el genial periodista, el agotamiento que generó el sistema de la Restauración puso a todos de acuerdo en la necesidad de acometer reformas, pero el resultado estuvo muy lejos de resultar exitoso: «La República nos dejó sin República, como si dijéramos. Nos quitó la gran ilusión republicana, y esto es, en resumen, todo lo que ha hecho».

Animada por el espíritu de revancha y el extremismo, e hipotecada a los intereses de nacionalistas y de otros grupos que no perseguían más que su propio beneficio, la República no se mostró como un proyecto constructivo e integrador. Lo dijo Valle-Inclán durante una conferencia en Madrid, en la que sentenció: «No es verdad que España sea republicana. No es verdad que España haya votado a la República. Y se equivocan los que quieren halagar a los nuevos políticos llamándoles representantes del pueblo republicano. Las elecciones de abril no fueron a favor de la República. Fueron únicamente una sanción ética dirigida contra don Alfonso XIII».

La república, el experimento dos veces fallido
El Gobierno de la República se llegó a incautar de ABC, una medida no muy respetuosa con la libertad de expresión en el régimen

Recordemos aquí aquel chascarrillo contado por un diputado, sobre la forma en que se jaleaba en un pueblo de Aragón el advenimiento de la República. Varios paisanos corrían por las calles gritando «¡Viva la República! ¡Abajo los Borbones!», cuando de pronto se asomó una viejecilla a una ventana y preguntó: «¿Quiénes son los Borbones?». A lo que contestó uno de los manifestantes: «¡Otra que Dios! ¡Los Borbones son la Guardia Civil!»

Sin embargo, la memoria de la República en España no está asociada a los penosos errores y gravísimas faltas de sus prohombres ni a las ocurrencias peregrinas y a la picaresca folclórica. Por desgracia, su recuerdo permanece teñido de colores románticos. Hoy los grupos de izquierda revolucionaria y los antisistema del 15-M se muestran en la Puerta del Sol con una nostalgia casi gráfica, que pretende reproducir, tal cual las han visto en fotos y en documentales, las escenas del 14 de abril de 1931.

Y no son pocos los socialistas y sindicalistas a los que les parece el súmmum del progresismo suspirar por la Segunda República o el federalismo de 1871, cuando resulta difícil encontrar un solo español que consiga explicar las novedades prácticas que el sistema federal introduciría respecto del Estado de las Autonomías. Esta pose, magnificada con la addicación del Rey Juan Carlos, distrae de la seriedad de la vida y la historia, y evoca la mordaz reflexión de Karl Marx: «Todos los grandes hechos de la historia acontecen, por así decirlo, dos veces: una vez como tragedia, y la otra, como lamentable farsa».

Mayoritariamente monárquica
Nota del Editor 8 Junio 2014

Algunos historiadores pretenden influenciar contando sólo una prte de la historia. Si cuentan los fallos de las repúblicas deberían contar también los fallos de las monarquías.

Y hablar de una ciudadanía mayoritariamente monárquica es como dotar de sexo a los ángeles. Hay que ser serios, no se puede afirmar que cualquier ciudadano que no sabía leer, que sufría la fuerza de la iglesia y del estado y que no podía levantar ni la vista, fuera monárquico. Hay que preguntar a los ciudadanos que hayan tenido la ocasión de formarse intelectualmente, lo otro es demagogia y así nos va.

Cómo evitar el «declive» de la democracia en España
Jaime G. Mora / Madrid ABC 8 Junio 2014

Funciva reclama en un informe medidas que despoliticen la Justicia, pongan coto a la corrupción y regeneren la vida política

«Diez propuestas para mejorar la calidad de la democracia en España»

La Fundación Ciudadanía y Valores (Funciva), formada, entre otros, por expertos en derecho constitucional, reclama una reforma de la Constitución antes de las elecciones generales de 2015 para atajar el «declive» de la democracia en España, responsabilidad de unos partidos dominados por una «oligarquía» que se ha dedicado a «colonizar» y «asaltar» todos los campos de la vida política y social.

En el informe «Diez propuestas para mejorar la calidad de la democracia en España», los expertos en Derecho Constitucional Javier Tajadura, Elviro Aranda, Josu de Miguel y José María Román reclaman reducir la influencia de los partidos -y del Gobierno- en las instituciones, especialmente en el ámbito de la justicia. Para ello, proponen una reforma constitucional que elimine el sistema de cuotas en Consejo General del Poder Judicial (CGPJ) y en el Tribunal Constitucional, entre otras medidas.

Esta fundación reclama que la independencia se extienda a otras instituciones, como la Autoridad Fiscal Independiente, donde proponen que sus miembros sean elegidos «tras un proceso competitivo», y no por designación directa del Gobierno. Funciva pide también que se revise y acote la figura del indulto y que se reduzca el número de aforados a cinco. La Fundación ve igualmente necesario modificar la ley electoral para crear una circunscripción única con el fin de «dar entrada a nuevas formaciones» y empujar a los grandes partidos a «esforzarse por mantener su representación».

«No se trata en modo alguno de hacer tabla rasa del pasado, ni de defender ningún tipo de refundación del Estado, ni mucho menos de propugnar la apertura de un nuevo proceso constituyente», explica Funciva. «No hay en nuestras propuestas ninguna apelación a las viejas fantasías ideológicas de la democracia directa, ni a las nuevas fantasías populistas de la teledemocracia. El hilo conductor y el principio inspirador de todas ellas es la necesidad de corregir los defectos y fallos que presenta la democracia representativa actual».

Funciva reclama al PP y al PSOE que lleven a cabo esta reforma de la Constitución antes de las elecciones generales de 2015, pues vaticinan que ambos partidos no alcanzarán en esa cita la mayoría necesaria para hacerlo después.
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El respeto Institucional.
Vicente A. C. M. Periodista Digital 8 Junio 2014

Ante los grandes retos, grandes respuestas. Hoy con el tema de la abdicación de D. Juan Carlos I en su hijo Felipe lo que más se escucha en los medios de comunicación, en los corrillos políticos y en los portavoces de los partidos es "respeto Institucional" y la vigencia de la Constitución. Una actitud que solo denota el pánico a la democracia y a que los ciudadanos nos pronunciemos sobre algo tan importante como es el sistema de gobierno de nuestra propia nación, España. Porque si algo debería haberse producido es un debate sereno y sin imposiciones de disciplina de voto, amén de poner en igualdad de condiciones los requisitos para poder acceder a cualquiera de las alternativas posibles. Un debate como decía siempre Felipe González, sin acritud.

Pero no, lejos de dar paso a que el pueblo español se pronuncie, la casta política se protege y se ampara en la exigencia de "respeto" mientras no tienen ninguno por los ciudadanos. Porque ¿qué respeto Institucional tienen el PSOE y el PP cuando eligen y se reparten los cargos de Instituciones esenciales como son el CGPJ , el Tribunal Supremo y el mismo Tribunal Constitucional? ¿Dónde está la independencia Institucional y la garantía de la democracia? Piden respeto y se llenan de falsa dignidad ocultando la podredumbre de sus actos y de su hipócrita discurso. Haz lo que digo pero no lo que yo hago.

Respeto es el que han pedido insistentemente las víctimas del terrorismo de ETA y solo han obtenido el silencio y el desprecio con actuaciones tan vergonzosas como la suelta inmediata de etarras acatando por la vía de urgencia una sentencia no vinculante de un Tribunal de Derechos Humanos que solo contemplaba los de los verdugos y no los de las víctimas. Una suelta global incrementada por otras de terroristas sanguinarios por razones "humanitarias" que se han demostrado absolutamente falsas, como los casos de de Juana Chaos o Bolinaga.

Respeto Institucional es el que les falta a los actuales Gobiernos de CCAA como Cataluña y El País Vasco lanzadas a un proceso de secesión, con absoluta deslealtad y desprecio de la legalidad vigente. Los desaires Institucionales del sedicioso Artur Mas han sido constantes desde su acto ilegal de anuncio de la consulta sobre la independencia. Pero esa actitud no ha sido reprobada ni evitada por el Gobierno de España ni por el Congreso de los Diputados usando los mecanismos previstos en la Constitución. Ningún respeto por la Soberanía Nacional que reside exclusivamente en el pueblo español en su conjunto y no en alguna de las partes.

Así que tras esas muestras de evidente falta de respeto Institucional los que lo exigen carecen de legitimidad ética y no son admisibles sus desprecios y descrédito de las justas reivindicaciones democráticas de quienes pedimos un referéndum para decidir entre la caduca y anti democrática Monarquía o la República. Bien es verdad que a esas reivindicaciones no ayuda el que lo que se reclame sea un tipo de República de doloroso recuerdo en el que la libertad fue pisoteada por partidos totalitarios que usurparon el poder. Pero tampoco eso es excusa suficiente para que otros nieguen el derecho a que los españoles se pronuncien en las urnas.

El respeto ha de ser mutuo y no solo exigirlo para los demás. Este Gobierno y los partidos políticos no respetan ni aplican la democracia interna, traicionando a sus bases y usándolas como catapulta a las ambiciones de sus líderes. La disciplina de voto y aquello de "el que se mueva no sale en la foto" son métodos absolutamente anti democráticos y coactivos de la libertad de conciencia que evidencia no solo falta de respeto a los militantes sino también a los que con sus votos apoyan esa opción política.

Desde este pequeño rincón digital solo exijo respeto por los ciudadanos y que si no lo tienen, al final seremos todos los que con nuestros votos lo consigamos. Nada dura eternamente y menos el poder totalitario, la caída del muro de Berlín y de la antigua URSS lo evidencia.

Libertad necesitada
JOSEBA ARREGI. EL CORREO.   8 Junio 2014

· El chantaje del PNV pasa por pedir a los no nacionalistas que contribuyan a frenar a la izquierda abertzale.

De vez en cuando es necesario recurrir a esta idea del filósofo Hans Jonas para colocar algunos de nuestros debates políticos en su verdadera dimensión. En este esfuerzo de reubicación ayuda mucho comparar la idea de libertad necesitada con la idea de Hegel de la libertad absoluta que exige el terror y la liquidación del otro. La idea de libertad necesitada de Jonas nace de su análisis del principio vida como punto de partida para entender la realidad. La vida, dice Jonas, es sustancialmente metabolismo, la necesidad de aportaciones del exterior para, transformándolos en energía, dar continuidad a la vida. En este sentido la vida depende del exterior, el otro que es el entorno, del que se alimenta para seguir definiéndose como vida.

La libertad que se corresponde con esa idea de vida es la de libertad necesitada. La libertad pareja a la vida es igualmente necesitada que ésta: depende del exterior, del entorno, transforma lo que recibe de él en actividad libre. Pero sin recibir del exterior no hay actividad libre. La idea de libertad absoluta, por el contrario, es pareja a la idea de espíritu absoluto que Hegel ve actuando en la historia hasta que llega a la autoconciencia absoluta: en el saberse a sí mismo del espíritu absoluto está condensada toda la realidad, y nada hay fuera de ese autoconocimiento.

La libertad de la democracia moderna es una libertad necesitada. Es una libertad que necesita de un marco de derechos fundamentales que hagan posible una actividad libre en el marco limitado por esos derechos, que son derechos propios y derechos de los otros, pues la libertad de cada cual acaba donde termina la libertad del otro. Es una idea de libertad regulada por las normas que garantizan la libertad de todos. Y para ello es necesario la sumisión al derecho y a las leyes que regulan el tráfico entre los ciudadanos en igualdad: igualdad ante la ley para que todos podamos ser libres.

La idea de libertad que subyace en el reclamado derecho de autodeterminación es la idea de libertad absoluta de Hegel, la libertad del espíritu absoluto, de la autoconciencia completa, no condicionada por nada objetivo que limite su saberse a sí mismo. En ese saberse a sí mismo del espíritu absoluto, en esa autoconciencia, el otro, el entorno, la realidad objetiva es siempre una fuente de limitación, de condicionamiento. Y en esta idea de libertad absoluta da igual su expresión en la radicalidad extrema, no querer saber nada del otro, negarlo como elemento necesario de relación y, por lo tanto, de limitación y de dependencia, como es el caso de la izquierda nacionalista radical, o su expresión en formas supuestamente moderadas porque aceptan una relación con el otro, pero sometida a la reserva de la garantía de inmunidad de mis derechos, de mi libertad incondicionada, como lo plantea el lehendakari Urkullu.

La primera forma, la radical de la izquierda nacionalista es la forma de la libertad debida al espíritu absoluto, a la autoconciencia perfecta, una libertad absoluta que conlleva el terror, como lo ha mostrado la historia de ETA, a la que ha acompañado sumisamente la misma izquierda nacionalista radical, que sigue sin poder desdecirse de su propia historia. La segunda, la del lehendakari Urkullu, parece que admite la necesidad de la relación con el otro, parece que con ello admite la limitación de la libertad propia, la libertad necesitada. Pero la introducción de la cláusula de la bilateralidad con blindaje de los derechos y competencias propias, del autogobierno, y con reconocimiento de ser sujeto homogéneo en el sentimiento de pertenencia nacional, anula el reconocimiento de la necesidad de relación con el otro, pues por medio de dicha cláusula lo vuelve a dejar fuera de juego.

La aprobación reciente del derecho de autodeterminación por el Parlamento vasco implica jugar a ser espíritu absoluto por parte de la izquierda nacionalista radical, espíritu absoluto que se manifiesta en la libertad absoluta y en el terror, e implica, por parte del PNV, no negar del todo ese juego, pero dar la sensación de sujetarse a la limitación del derecho y de las leyes, pero sin cerrar la ventana a la libertad absoluta.

Pero hay algo más en este doble juego: es una lucha por la primacía en el campo nacionalista tomando a los demás ciudadanos como rehenes. Me explico: los nacionalistas del PNV, ante el miedo de que los nacionalistas de la izquierda radical les aventajen en votos, piden a los no nacionalistas –PSE, PP y todos los ciudadanos que sin ser ni del PSE ni del PP son simplemente no nacionalistas– que les ayuden a ganar la batalla para que los radicales no tomen el mando, sino para que lo sigan teniendo ellos, los del PNV, eso sí, colocados en una posición, gracias a los no nacionalistas, en la que pueden jugar a las dos cartas según convenga, a la libertad absoluta y a la libertad necesitada.

Pocas veces se ha visto un chantaje más ventajista: los no nacionalistas tienen que coadyuvar a que el Gobierno de España ceda lo suficiente para frenar a los nacionalistas radicales. Así el PNV consigue más de lo que actualmente tiene, y además consolida su posición frente a los radicales y frente a los no nacionalistas, pero con la ayuda de éstos bajo la amenaza del peligro de que los radicales tomen el mando. Una jugada perfecta, si no fuera porque sigue engordando a la izquierda nacionalista radical.

Pero entre la libertad necesitada, la que se compadece con la vida humana, y la libertad absoluta, cosa de dioses y espíritus absolutos que requieren de la sangre de las víctimas, no hay término medio. La bilateralidad y el blindaje de competencias y del poder de autogobierno implica confederación. Todas las confederaciones habidas o se han desintegrado o han sido reconducidas a federaciones para salvar la unión política –EE UU, Suiza–. Y siempre está en juego la libertad, la libertad concreta, la libertad necesitada, la libertad ciudadana.

El vecino
IGNACIO CAMACHO ABC  8 Junio 2014

Los catalanes y el resto de los españoles no somos vecinos. Somos conciudadanos, que es una categoría política

QUE dice el señor Mas, don Arturo, que somos vecinos. Él y yo, o él y usted, o él y una señora de Almendralejo. O él y cierta familia que vive en el palacio de la Zarzuela. Y que por eso, por razones de buena vecindad él dice «vecinazgo», palabro que no figura en el DRAE, como si fuese el inquilino del cuarto derecha, va a acudir a la proclamación del Rey Felipe VI de España. No es un mal detalle en un caballero que se considera en guerra retroactiva con Felipe V. Pero sucede que Mas, o sea, los catalanes a los que representa, y el resto de los españoles no somos sólo vecinos ni convecinos. Somos compatriotas y conciudadanos. Y que además él, concretamente él, nos representa a todos los españoles en Cataluña como máxima autoridad del Estado en ese territorio. Le guste o no, es así. Y si no le gusta que dimita porque su cargo es voluntario.

A efectos de nacionalidad, el vecino de un español es un francés, un portugués, un marroquí o un andorrano. La vecindad es un concepto que alude a la proximidad física, mientras la ciudadanía es una categoría política que implica compartir derechos y deberes. A Mas y a otros muchos catalanes acaso les gustaría dejar ser españoles pero por el momento lo son y parece que lo de cambiar va para largo.

Eso no es como mudarse de casa. Ocurre sin embargo que la intención de separar Cataluña de España implica el designio de obligar a quienes no están de acuerdo a convertirse en extranjeros en su propio país. Se trata de un acto de autoritarismo, una aspiración totalitaria. Esos catalanes que quieren continuar siendo españoles son, por cierto, verdaderos vecinos del señor Mas. Y no parece tenerles mucho respeto.

Como ciudadano español que es, Mas puede hacer el día de la proclamación del nuevo Rey lo que le venga en gana. Irse a la playa, de romería o a Estados Unidos, como tenía previsto hacer. Pero como presidente de la Generalitat y por tanto representante del Estado en Cataluña no existe para él ninguna obligación más importante que la de acudir a esa ceremonia, ni ningún sitio del mundo donde tenga que estar antes que allí. Como finalmente lo ha entendido o se lo han hecho entender tras sus reticencias pretende justificarlo con lo del «vecinazgo», típico retruécano nacionalista para tratar de sostenella sin enmendalla. Pero los presidentes de Francia y Portugal, el rey de Marruecos y los copríncipes de Andorra no han sido invitados. Precisamente porque son eso, vecinos, y el Gobierno y la Casa del Rey han decidido que sea un acto sólo para autoridades españolas? como don Arturo.

Así que el muy honorable ciudadano Mas va a estar el día 19 donde tiene que estar en condición de lo que representa, que no es poco: siete millones y medio de españoles. Sólo habrá presente un jefe de Estado, y no será él. Se siente, como dicen ahora los chavales. Son cosas de la vida.

La rana y el escorpión
Santiago González. santiagonzalez.wordpress.com  8 Junio 2014

Teníamos que llegar a esto. Hay tres causas que explican por qué la humanidad va como va en general y que tiene una evidente aplicación a España. Y a Euskadi, claro. Son: el principio de Peter, que lleva a todo el mundo a ascender hasta su nivel de incompetencia; la Ley de Murphy, según la cual, todo lo que puede empeorar, empeorará. Y el principio Unzueta: en toda organización humana es inevitable que una vez puesta en marcha la máquina de hacer tonterías, ésta se revele autónoma e imparable.

La portavoz de los populares en el Parlamento vasco explicaba el viernes el último viraje de su partido, al votar con la mayoría de la Cámara contra la reapertura de la central nuclear de Garoña. Y lo hizo con una sentencia inapelable: “El PP nacional debe entender que nuestra obligación es defender los intereses de los vascos”. ¿Es que el PP nacional no defiende los intereses de los vascos? Los populares vascos, ¿vivían en el error ellos mismos hasta ayer, el que el alcalde de Vitoria se los llevó al huerto.

Nuklearrik ezLa tarea del PP vasco está clara a partir de ahora: pararle los pies a Madrid. Esto se veía venir desde que la presidenta descalificó a la hermana de Gregorio Ordóñez y las personas que fueron a San Sebastián en el 19º aniversario de quien fue presidente del PP vasco hasta el día de su asesinato. Eran “personas que venían con billete de vuelta a Madrid”. Eso es perderse en las metáforas y la sintaxis. Arzalluz lo expresaba de forma más primaria y eficaz: “Por los menos, nosotros somos de aquí. Y ellos no son de aquí”, dijo a su peña en el Aberri Eguna de 1994.

El 9 de septiembre de 2012, el alcalde de Vitoria explicó en una memorable entrevista en El Correo la agradable sorpresa de su peluquera, una joven de Bildu, al enterarse de que él era su alcalde: “si lo llego a saber, te voto”. Está muy bien, soy un encendido defensor de los consensos, aunque personalmente me conformaría con que el alcalde no acabe votando al partido de su peluquera. Un suponer, Maroto expresaba su pesar por el abandono de Gemma Zabaleta, una socialista necesaria. Ahí la tiene, a punto de participar en la cadena humana por el derecho a decidir. También podría haberles dado por la república con el mismo argumento básico, pero nos han salido antinuklearrak. Hay que joderse, qué tropa tan vistosa.

Casi todo el mundo se aferra a la causa de sus desdichas. En las relaciones amorosas y en la política. El PP tira hacia el zapaterismo, los restos del zapaterismo, junto a la desordenada tropa de IU hacia Podemos. El PSC hacia CiU y CiU hacia Esquerra. El PNV hacia Bildu. Burukides a quienes uno conoció ciruelos son ahora independentistas convencidos. El PSE tira hacia el PNV y el PP hacia el conjunto. Los resultados electorales están a la vista. EH Bildu y la peluquera de Maroto, primer partido en Alava.

Una de las fábulas más tópicas en columnistas y especies afines es la de la rana y el escorpión que pactan atravesar juntos el río. La rana carga con el alacrán a sus espaldas y éste le clava inmisericorde el agujón. Cuando el batracio pregunta por qué: “ahora nos ahogaremos los dos” su ejecutor le dice por toda explicación: “está en mi naturaleza”. Justo al revés. Es la rana la que explica: “está en mi naturaleza”, justo antes de que el escorpión le clave su dardo letal.

Barcelona desgobernada
Editorial El Pais  8 Junio 2014

Obsesionados por el soberanismo, el alcalde y el presidente Mas están atenazados en el día a día

Pocas veces se ha visto una gestión tan desastrosa de un conflicto como el que ha protagonizado el Ayuntamiento de Barcelona en el caso de Can Vies, un edificio propiedad de la empresa metropolitana de transportes situado en zona verde, que se había convertido en símbolo del movimiento okupa tras 17 años de funcionar como centro cívico en régimen de autogestión.

Tras infructuosas negociaciones, el Ayuntamiento ordenó su desalojo y demolición, desencadenando la reacción del movimiento okupa. La intervención de los Mossos d’Esquadra, desmesurada, según las entidades vecinales, pero ajustada a la gravedad de los incidentes según el departamento de Interior, provocó una espiral de protestas que acabaron en violencia. Durante varias noches el barrio ardió y la violencia se extendió más allá de Barcelona.

La actuación municipal ha oscilado entre la criminalización de las protestas y la oferta de diálogo, para terminar cediendo en toda regla. El Ayuntamiento utilizó la fuerza arguyendo la ineludible aplicación de una sentencia que después se permitió ignorar en una evidente claudicación.

Además de incoherencia, el equipo que preside el alcalde Xavier Trias ha hecho exhibición de un pésimo conocimiento de la ciudad y de una escasa sensibilidad ante el malestar de fondo que se vive en sus barrios. Pero al final, tanto las autoridades municipales como las gubernativas de la Generalitat han ofrecido idéntica imagen de torpeza y de debilidad. Después de hacer ostentación de una idea rígida y en ocasiones arbitraria y excesiva del orden público, han pasado a un tacticismo oportunista que les deja exhaustos y sin estrategia.

El mismo día en que se ordenó el desalojo dimitió el director de los Mossos tras perder el apoyo de ERC, el partido que tiene un pacto parlamentario con Artur Mas para la consulta, pero, a la vez, desde la oposición, dirige la movilización soberanista en la calle. Esta dualidad también la vive el alcalde Trias, subordinado a la fuerza política que le atornilla pensando en quitarle la alcaldía en las próximas municipales.

Tanto el alcalde barcelonés como el presidente Mas se hallan atenazados por el mismo síndrome de los gobernantes acomplejados, atentos exclusivamente a la reacción de la calle y a la hábil vigilancia de unos socios que hacen de Gobierno en lo que sirve a su prestigio y de oposición en las decisiones impopulares. Nada se entiende sin el obsesivo lugar que ocupa el proyecto soberanista en la cabeza de quienes gobiernan a ambos lados de la plaza de Sant Jaume, deslumbrados por su propia propaganda acerca de esa panacea independentista que resolverá todos los males e incapaces, mientras tanto, de gobernar en el día a día con un mínimo de coherencia.

El independentismo muestra su cara amable para allanarse el camino

Editorial El Mundo 8 Junio 2014

EL INDEPENDENTISMO catalán quiere esforzarse en demostrar que la ruptura que plantea no está inspirada por el extremismo, que carece de conexiones con los movimientos radicales y que, en el hipotético caso de lograrla, no tendría consecuencias traumáticas para los ciudadanos. En esa política de maquillaje, la Asamblea Nacional Catalana, el movimiento de la sociedad civil que impulsa la independencia, ha sustituido de su dirección a personas que han simpatizado con Terra Lliure y Batasuna o que, directamente, han participado en homenajes a terroristas de ETA. Estos cambios se producen cuando se encara la recta final que lleva a la fecha de la pretendida consulta soberanista, el próximo mes de noviembre. Desde la entidad aseguran que su gran activo es que tienen «un historial sin mácula, democrático y pacífico», pero después de la limpieza realizada aún quedan en el organigrama personas que han dado su apoyo a terroristas de los Grapo y de Terra Lliure. Si realmente la Asamblea Nacional Catalana quisiera combatir a estos elementos y lo que representan, no habría dudado en apartarlos. También podría haberse comprometido públicamente a no apoyarse en quienes han estado respaldando la violencia en el País Vasco. Pero lo cierto es que ya hay evidencias de esa colaboración con el propósito de destruir el Estado.

Carod-Rovira, ex secretario general de Esquerra Republicana, ya enunció en su día un principio que ahora ha sido adoptado como una máxima por los separatistas: «Con radicalidad no se logrará la independencia». Dentro de esa estrategia de ofrecer una cara amable hay que inscribir la actitud de Marta Rovira, la diputada de ERC que defendió la consulta soberanista en el Congreso a la vez que lanzaba un mensaje de concordia: «Si nos conociéramos más, también nos apreciaríamos más». También el anuncio de ayer de Artur Mas de acudir finalmente a la coronación de Felipe VI por «respeto institucional» y para mostrar «buena vecindad». Pero la amabilidad se demuestra con hechos, no con palabras. Ese nacionalismo edulcorado es el que ya hoy, antes de conseguir sus objetivos, persigue desde el poder con multas el castellano, dedica calles a terroristas con delitos de sangre o elabora listas negras de periodistas.


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