AGLI Recortes de Prensa   Domingo 22 Junio  2014

El Frankenstein fiscal de Montoro sigue vivo: hay un recorte de impuestos pero no una reforma
Antonio Maqueda www.vozpopuli.com 22 Junio 2014

Montoro ha comenzado a deshacer alguna de las numerosísimas subidas tributarias que han acabado creando un auténtico Frankenstein fiscal. Sin embargo, las medidas que el ministro ha anunciado tan sólo suponen una rebaja de impuestos, no una reforma fiscal que desactive al monstruo.

En medio de la fatal tormenta de los mercados, con el país al borde del abismo, Montoro se encuentra al llegar al poder con un sistema fiscal que hace agua por todos y cada uno de sus conductos. Trufado de exenciones, deducciones y bonificaciones, se recauda menos que en Grecia aunque los tipos nominales sean muy elevados.

Aprovechando la excesiva diferencia entre el tipo del IRPF y el de una pyme, demasiadas rentas altas se escapan al tipo más bajo de Sociedades y encima se deducen gastos. Apenas se tributa por las rentas inmobiliarias, y en general todo lo que no sea una nómina esquiva el IRPF con una facilidad pasmosa.

El sistema de módulos también se ha identificado como una fuente de baja tributación y, sobre todo, de estafas, al permitir que muchos moduleros puedan emitir facturas sin límite que otras empresas pueden deducirse.

Tras las todavía recientes alzas del IVA, los propios expertos que elaboraron la propuesta de reforma fiscal detectan un agujero de 7.000 millones en la recaudación por esta figura que puede achacarse a un mayor fraude.

¿Y a qué viene eso de subvencionar también a los ricos con un IVA reducido o superreducido cuando se dan un homenaje en un restaurante o compran el pan? ¿Acaso no sería mejor recaudar todo ese dinero y compensar a las rentas bajas de otra forma mucho más barata, quizás mediante una ayuda directa en el IRPF? Por no hablar de que la desgravación por compra de vivienda simplemente alentó unos precios inmobiliarios aún más inflados.

Por lo que respecta a las grandes empresas, éstas recurren a una planificación fiscal agresiva que les permite reducir su factura fiscal en cuanto las rentabilidades se contraen, aunque bien mirado ya se les proporcionó mucho antes importantes incentivos fiscales para internacionalizarse a golpe de deuda, de forma que ahora consiguen el grueso del león de sus beneficios del exterior y, por lo tanto, no lo tributan aquí.

Y para colmo de males, unos tipos marginales altísimos desincentivan el trabajo y la declaración de las rentas, máxime después de haber sumado unos recargos autonómicos del IRPF habitualmente considerados confiscatorios. En definitiva, el sistema fiscal español constituye una suerte de anomalía basada en los ingresos extraordinarios de la burbuja inmobiliaria. El día que un ciudadano pagaba más impuestos era aquél en el que compraba una vivienda, ya fuese por el IVA, el ITP y el AJD, el IBI, la tasa de basuras o el recibo eléctrico. Amén de las enajenaciones de suelo de los ayuntamientos. Pero en cuanto se secó la venta de viviendas, se vino abajo el chiringuito.

El nacimiento del Frankenstein
Los impuestos sencillamente no funcionaban. Y descartada la operación de adelgazamiento de la Administración, del Estado del Bienestar y de las Autonomías, a fuerza de alzas tributarias indiscriminadas, el profesor Montoro resucitó en la mesa de operaciones a un auténtico Frankenstein fiscal, voraz como el solo y parcheado hasta la médula.

Había que alimentar el monstruo con menos gente contribuyendo, y eso provocó que la presión fiscal obviamente se disparase hasta máximos históricos en 2013. Prácticamente en ningún país de nuestro entorno se grava con un tipo del 47 por ciento las bases a partir de 53.000 euros o con un 40 las bases de 33.000. Sólo así se logró que se estabilizasen los ingresos por IRPF en los 70.000 millones, una cifra obtenida a pesar de contar con casi cuatro millones menos de empleos y que sólo se había dado en 2007 y 2008, justo en el pico de la burbuja.

Pero incluso así, pese a una serie de alzas impositivas cuyo impacto se calcula en unos 30.000 millones, la mala noticia es que la recaudación apenas subió. Los ingresos del conjunto de las Administraciones todavía se sitúan en el entorno del 38 por ciento del PIB, muy por debajo de la media europea y menos que en Grecia. “Este país tiene un gran problema con la política fiscal. Por lo general se percibe que se soportan muchos impuestos, y sin embargo la recaudación es baja”, explica un exalto cargo.

Después de haber aprobado medio centenar de alzas tributarias y haber llevado la presión fiscal por IRPF e IVA a máximos históricos, el ministro de Hacienda por fin anunció este viernes que revierte parcialmente alguna de las subidas de impuestos con las que ha machacado el bolsillo de los contribuyentes en los dos últimos años. ¿Ha llegado entonces la hora de desconectar el Frankenstein tras un año entero publicitándolo?

¿Adiós al Frankenstein?
Pues la respuesta va a ser que no. Para este viaje no hacían falta tantas alforjas. No hacía falta una comisión de expertos y un debate abierto en canal durante más de doce meses para luego concebir una simple reconfiguración de tipos.

Aunque en realidad no se trate de una simple reconfiguración de tipos. De hecho, con tal de salvar la recaudación, Montoro al principio sólo quería una rebaja centrada en la parte inferior de las rentas. Pero las elecciones europeas dieron un vuelco a todo el escenario político y de una rebaja a 12 millones de contribuyentes, acuérdense, hemos pasado a una reforma que se extenderá hasta los 20 millones. Moncloa exige que se haga notar el recorte del IRPF entre aquellas rentas más altas que puedan votar a los populares. ¿Y cómo se hace eso sin ocasionar una abrupta caída de la recaudación?

Pues modulando las bajadas de tipos y compensándolas con pequeñas subidas en algunos tramos que son muy nutridos y en los que hay pocos votantes potenciales del PP. Pese a que se decía que la rebaja iba a afectar a todos los tramos, ésa no es la realidad. En el tramo entre los 12.450 y los 17.707 euros en verdad se pagarán 0,25 puntos más en 2015. Y lo mismo ocurre con el tramo que se comprende entre los 22.200 y los 33.007 euros, que se elevará en 2015 en un punto. Parece evidente que los tipos se van bajando pero que, de repente, se echa el freno en algún segmento para no perder tanta recaudación. Y como ya hemos apuntado, curiosamente se frena en aquellos tramos muy nutridos y en los que hay menos votantes desencantados del PP. ¿Por qué si no se sube el tipo entre los 22.000 y los 33.000 euros y en cambio se baja a partir de los 33.000 euros hacia arriba?

Lo lógico sería que proporcionalmente hubiese una rebaja mayor para las rentas entre 22.000 y 33.000 euros. Sin embargo, debido a esta peculiar modulación de la rebaja de tipos, lo normal será que el recorte sea proporcionalmente igual, o incluso en algunos casos mayor, entre los 33.000 y los 60.000 euros. Todo sea por ganar las próximas elecciones generales.

La película de terror continúa
Pero lo peor de todo es que se desaprovecha la oportunidad idónea para desmontar el Frankenstein. Sin tener por qué perder recaudación, era el momento para ser valiente y llevar a cabo una reordenación de los impuestos que paliase muchas de las anomalías existentes en el marco tributario español. Montoro tan sólo tenía que ceñirse a las recomendaciones del grupo de expertos que él mismo constituyó.

Por un lado, se trata sencillamente de eliminar reducciones, deducciones y bonificaciones con el fin de poder repartir la carga tributaria de una forma más acorde con la capacidad de pago y lograr así unos tipos impositivos más bajos y que, por consiguiente, incentiven el trabajo y desincentiven el fraude. Y, por otro lado, se tendría que reordenar la fiscalidad hacia unos impuestos más eficientes y menos onerosos para la actividad económica. O dicho de otro modo, el intercambio de los impuestos directos que encarecen el trabajo por los indirectos que gravan las importaciones pero no las exportaciones.

Es más, esta reformilla comete el gravísimo de error de pasar de largo de los dos principales retos de la economía española: la pérdida de competitividad con respecto al exterior y el déficit público.

La disminución de impuestos no ataja el problema de la recuperación de competitividad. Han bastado unos meses de crecimiento de la economía para que las importaciones vuelvan a dispararse y poner en peligro el reequilibrio de nuestro saldo exterior y, por ende, el pago de nuestras deudas con foráneos. Cuando lo que se necesita es seguir recuperando competitividad para exportar más y sustituir más productos extranjeros por nacionales, el Gobierno se concentra en lugar de ello en bajar el IRPF al objeto de estimular de nuevo el consumo doméstico. La reforma fiscal es por lo tanto una oportunidad perdida para haber bajado cotizaciones y propiciar una segunda ronda de devaluación interna del factor trabajo sin tener que recurrir a los dolorosos despidos o recortes salariales.

El recorte tributario tampoco contribuye a corregir el drama del déficit público. La mayor parte de analistas y la propia Comisión Europea consideran que en 2015 harán falta mayores esfuerzos para reducir el desfase presupuestario en unos 13.000 millones de euros. Si además se bajan los impuestos sin compensarlos con alzas de otras figuras, por mucho que haya un efecto Laffer, se antoja harto complicado el cumplimiento de las metas de consolidación fiscal.

En la mesa de operaciones, Montoro ha renunciado a aplicar el bisturí y desconectar el monstruo. Demasiado problemático con unas elecciones por delante. Así que el Frankenstein fiscal seguirá muy vivo y coleando para gran disgusto de los españoles de a pie.

Un nuevo lenguaje político
Luis del Pino Libertad Digital 22 Junio 2014

En 1977, poco antes de la revolución sandinista, el gobierno nicaragüense abrió en Managua la primera escuela del país destinada a los sordomudos. Tres años después se inauguraba en la misma ciudad una segunda escuela, y de ese modo empezaron a cursar estudios unos cuatrocientos niños de diversas edades.

Antes de eso, los niños sordomudos no habían contado en Nicaragua con ningún tipo de apoyo social, por lo que su grado de alfabetización era nulo. Inicialmente, los profesores intentaron enseñar a los niños el idioma español, centrándose en la lectura de labios y en la utilización de signos para las letras del alfabeto. Pero aquellos niños se mostraban incapaces de entender siquiera el propio concepto de palabra.

Sin embargo, para sorpresa de los maestros, los alumnos comenzaron a desarrollar su propio lenguaje de signos. Hasta entonces, esos niños sordomudos apenas habían tenido oportunidad de interaccionar con otros como ellos. Pero al verse juntos día tras día en aquellas escuelas, en muy pocos años crearon y perfeccionaron de forma completamente espontánea el que hoy se conoce con el nombre de Idioma de Señas de Nicaragua, un idioma complejo con sus propias reglas gramaticales y sus concordancias verbales.

Inicialmente, los profesores eran incapaces de entender a los niños, por lo que se solicitó ayuda de personal especializado. Y de ese modo, y por primera vez en la Historia, los lingüistas pudieron contemplar en directo, y documentar, el nacimiento y evolución de un nuevo lenguaje. Hoy en día, el Idioma de Señas de Nicaragua cuenta con reconocimiento legal en aquel país.

Si uno se fija en la actualidad política, lo que salta inmediatamente a la vista es que existe un grave problema de comunicación. La clase política ha estado tantos años metida en su propio mundo, que hay una desconexión completa entre el lenguaje que habla el ciudadano y lo que Amando de Miguel denomina, con razón, "politiqués". Fíjense en las palabras de un Rubalcaba, o de un Rajoy, o de un Artur Mas. ¿Alguien entiende lo que dicen, lo que piensan, lo que pretenden? Parece como si vivieran en un mundo virtual, en el que no existiera ninguna relación entre las palabras y los hechos, ni entre unas palabras y otras. Quizá el mejor ejemplo de este caos semántico sean los ridículos malabarismos lingüísticos en torno al referéndum catalán, en el que cada matiz contradice el anterior, en el que se juega con las palabras con el fin de colar hechos consumados, y en el que hemos visto ya cómo se pueden montar escisiones en un partido porque una parte del mismo quiere apoyar un referéndum de independencia con el teórico fin de votar en contra de una independencia que, de todos modos, sería imposible si no se convocara ese referéndum. Esquizofrenia total.

Hace mucho tiempo que la gente de la calle dejó de entender a los políticos de los principales partidos. Y hasta ahora eso no se había convertido en un problema, porque eran los políticos los que marcaban la agenda informativa. Pero el desarrollo de Internet y de las redes sociales ha cambiado el panorama. Ahora la gente puede informarse e interaccionar al margen de los circuitos habituales.

Y lo que ha emergido es un nuevo lenguaje político, con verdadero anclaje en la realidad y mucho más pegado al terreno. Un lenguaje en el que la gente puede asociar cada enunciado con sus propios conceptos intuitivos de Bien y de Mal. Un lenguaje en el que existe una correspondencia más o menos clara entre lo que se dice y los problemas reales de la gente.

Si personajes como Albert Rivera o como Pablo Iglesias conectan con la gente, no es por lo que dicen, sino porque al menos se entiende lo que dicen. Al menos hablan en términos que resultan comprensibles para un ciudadano normal y que un ciudadano normal puede poner en relación con sus problemas cotidianos. Por el contrario, los políticos de la Casta pueden estar hablando horas sin que los demás seamos capaces de entender qué demonios han querido decir.

En el PSOE debaten estos días sobre a quién elegir secretario general, y si ustedes escuchan a los distintos candidatos, podrán darse cuenta de que ninguno de ellos ha aprendido la lección del pasado 25-M. Siguen hablando de sus cosas, de sus luchas de poder, de asuntos teóricos y organizativos que a nadie le importan un bledo... y siguen sin dedicar un minuto a los problemas y a los sentimientos de la gente normal. El uno, Madina, recurriendo a frases huecas como lo del "shock de modernidad" y haciendo equilibrismos lingüísticos con el tema del referéndum en Cataluña. El otro, Pedro Sánchez, hablando del "cambio con cabeza", compitiendo con Madina en vaciedades. El tercero, Sotillos, empeñado en hablar de república en un país con 6 millones de parados, como si la república viniera, como los niños, con un pan bajo el brazo. Y el último, Pérez Tapias, encomendándose al "estado plurinacional", como si con eso pudieran los votantes socialistas pagar la factura del supermercado.

Mientras tanto, un Albert Rivera habla de respetar sentencias, un Toni Cantó se moja por la custodia compartida o un Pablo Iglesias le restriega en la cara los desahucios a los partidos de la Casta.

¿Se dan ustedes cuenta de dónde está el problema? Los partidos viejunos (porque en el PP o CiU pasa lo mismo que en el PSOE) no se han dado cuenta de que los ciudadanos han desarrollado ya su propio lenguaje político, que simplemente recupera el sentido común existente en la calle. No se han dado cuenta de que los ciudadanos hablan ya entre ellos en otro idioma político, que nada tiene que ver con los conceptos ridículos que la Casta maneja.

Y en cierto modo, está bien que así sea. Cuanto más tiempo tarden los partidos de la Casta en asimilar que el lenguaje ha cambiado, más se ampliará la brecha entre ellos y la ciudadanía, y antes nos podremos librar de esos partidos caducos, para construir una democracia un poco menos imperfecta.

CARTAS DE UN ARPONERO INGENUO
Pequeños Anales de Diecisiete Días
PEDRO J. RAMÍREZ El Mundo 22 Junio 2014

«A 31 de marzo de este año de 1621 a las nueve de la mañana, la majestad del Rey don Felipe III pasó a mejor vida que en los justos y santos tiene más corteses nombres la muerte». Así comienzan los Grandes Anales de Quince Días, obra maestra inconclusa, en la que Quevedo glosa los prometedores inicios del reinado de Felipe IV.

Cuatro siglos después sobra la aclaración eufemística. No sabemos los detalles de esa «mejor vida» que Juan Carlos I tiene la intención de emprender, pero todo indica que no va a estar orientada a apresurar su abrazo con la fría y desdentada parca. A nadie se le escapa que en materia de santidad -lo de la justicia es más complejo- el hijo de Don Juan de Borbón ha sido tan fiel a sus genes como lo fue el de Felipe II.

También lo clava de manera inconsciente Quevedo al advertir que «a los Reyes más los acaba la adulación de la cura y el halago de los remedios que el rigor de la enfermedad». De hecho Don Juan Carlos dejó muy claro, en público y en priva- do, que si abandonaba el trono no era porque estuviera peor de sus achaques sino por todo lo contrario. Que fue al haberse recuperado de sus desdichas quirúrgicas cuando decidió que había llegado el momento de dar paso a la «nueva generación». Sin esta singularidad que bien podría ir moldeando una variedad de Monarquía Abdicatoria, según la cual el titular de la Corona debería abandonarla y «pasar a mejor vida» siempre en buen uso de sus facultades, es imposible entender cuanto ha ocurrido en España entre el 2 y el 19 del presente. Más allá del merengue tipográfico que todo lo pringa y embadurna es obvio que Juan Carlos se ha ido porque ha querido y que a cambio le han impuesto un duro y hasta cruel peaje de salida.

No sabemos por ahora cuál fue el detonante del nasciturus institucional por el que el presidente del Gobierno anunció la dimisión del Rey y no a la inversa, como en cualquier país democrático prescribirían las responsabilidades políticas de Rajoy («Lo entiendo Luis. Sé fuerte. Mañana te llamo») y su contundente castigo electoral. La improvisación y lo prematuro del parto quedan, eso sí, acreditados por la pobreza del mensaje del Monarca, la dispersión de los miembros de la Familia Real en el momento de emitirlo, los compromisos exteriores adquiridos poco antes por el dimisionario y la falta de toda normativa previa que regulara su inscripción bautismal.

Todo indica que tras las puertas cerradas de La Zarzuela y La Moncloa tuvo lugar una negociación exprés a cuatro bandas entre el Rey, el Príncipe, Rajoy y Rubalcaba -acelerada por la cornada electoral que sacaba de la plaza al líder socialista- para fijar la hoja de ruta ahora recorrida. Sólo así se explica la Ley Tuit, o si se quiere el microrrelato, que bastó a las Cortes para refrendar la abdicación sin siquiera preguntar o debatir sobre sus causas; sólo así se explica el posterior remiendo de todos los desgarros de la normativa vigente mediante parches tan inauditos como el blindaje penal y civil del Rey cesante a través de la ley de jubilación de los funcionarios judiciales; y sobre todo sólo así se explica, planteada como un do ut des, la de otro modo incomprensible ausencia de Juan Carlos en la ceremonia de proclamación de su hijo y heredero.

Este ha sido el hito crucial de un itinerario dramático a mitad de camino entre el mito de Edipo y los reyes de Shakespeare, representado ante nuestros distraídos ojos por un elenco de seres que, de puro humanos, se creen distintos a los demás. A la vista de lo sucedido el jueves hay que ser muy crédulo, casi bobalicón, para seguir conformándose con lo que desde el principio no era sino un cliché de tertulia de prensa rosa: ¡el padre no quería restar protagonismo al hijo! Eso ni está en el código del corazón humano, ni debía haber preponderado sobre la obligación institucional de quien -de forma harto discutible, por cierto- mantiene la dignidad de Rey, en el caso de haberse planteado como rareza u ocurrencia.

No, si Don Felipe no requirió la presencia de su padre, si Rajoy no reclamó la presencia de Su Majestad Don Juan Carlos, fue porque el que no acudiera formaba parte del acuerdo, porque lo que estaba en el guión era su ausencia. Una ausencia instrumental, política y dialéctica que ha permitido construir el relato lampedusiano de la ruptura para la continuidad: ese matar al padre que se hace siempre con los políticos caídos y a menudo también con los reyes pero cuando ya únicamente viven en el pudridero.

¿Acaso alguien ha interpretado como una merma de protagonismo para el nuevo monarca la forma en que su madre se levantó ante las dos Cámaras para recibir como pináculo de su realización vital el homenaje inducido por él mismo? Basta repasar la literalidad de los dos párrafos de ese medidísimo discurso -tan medido que de su geometría de trapecio isósceles no sobresalió nada, ni se alborotó nada, ni nos extasió nada-, dedicados a los Reyes Viejos por el joven Rey, para darse cuenta de cuán dispar era su propósito.

A Don Juan Carlos le rindió «un homenaje de gratitud y respeto» por su «legado político extraordinario», precisando que «apeló a los valores defendidos por mi abuelo el conde de Barcelona» -también Quevedo decía que los méritos de Felipe III eran de Felipe II- y añadiendo que en su persona condensaba «el agradecimiento que merece una generación de ciudadanos que abrió camino a la democracia» bajo su «liderazgo». Eso fue todo. Parecía estar refiriéndose al portaestandarte de un colectivo que supo escuchar los cascos del caballo del progreso, subirse a su grupa y encauzar para bien esa fuerza del destino. Nothing personal, only History.

Tal asepsia de conferencia inaugural de ciclo conmemorativo se trocó en pálpito a flor de piel cuando puso el foco sobre su madre Doña Sofía para «describir toda una vida impecable al servicio de los españoles, su dedicación y lealtad al Rey Juan Carlos, su dignidad y sentido de la responsabilidad». Virtudes humanas todas para engalanar a la tantas veces amortizada como reina profesional. Como el torero que va enlazando los pases de pecho, arrimándose cada vez más a la fiera de las pasiones, Don Felipe quería que sonara la música y vaya que si lo consiguió aclarando que le rendía un «tributo emocionado» y que anhelaba seguir contando con su «cariño».

Cuando ya se caían los tendidos, un diputado insípido comentó que aquello era el reconocimiento al difícil «papel» de Doña Sofía durante los últimos años y una senadora andaluza le pasó por encima replicando que lo que se aplaudía no era su «papel» sino su «papelón». Una ráfaga con las mejores escenas de James Bond -de la bahía de Palma al campamento de Botswana pasando por los Alpes suizos- cruzó en ese instante por el marcador electrónico mientras algunas almas pacatas se preguntaban si el hecho de que la vida privada de los Reyes tenga una indiscutible trascendencia pública conlleva que, aun con esa técnica inversa, deba someterse a una moción reprobatoria en el Congreso.

Pero la lidia del toro embolado no terminó ahí. Estaba claro que Don Felipe tendría que decir algo parecido a lo que dijo cuando prometió una Corona «íntegra, honesta y transparente», modelo de «ejemplaridad» -en realidad se echó en falta que pronunciara la palabra «corrupción»-, y estaba claro que ni su hermana Cristina ni por supuesto su cuñado Urdangarin podrían estar presentes en el acto, sin convertirlo en una exhibición de cinismo. De ahí que fuera tan inexcusable la presencia de Don Juan Carlos, a menos que se pretendiera arrojarlo en el imaginario colectivo al mismo cesto de las manzanas podridas, mezclando una causa judicial contante y sonante, con presunciones nunca probadas, leyendas urbanas y cálculos patrimoniales mal hechos. Es lo que a mi modo de ver ha sucedido para alborozo de quienes venían predicando la terapia abdicatoria: el gran caimán se va para Barranquilla, viva el Rey. Sólo faltaba que se difundiera que la Infanta Cristina pasó la jornada en La Zarzuela para suponer a su padre sentado junto a ella ante el televisor, bolsa de palomitas en ristre, viendo una película de buenos y malos.

Habiendo sido director de periódicos durante 34 de los 39 años de su reinado, Don Juan Carlos me ha distinguido en momentos clave con muestras de afecto y confianza pero también ha tenido que ver por acción, omisión o refilón en mis dos destituciones, concebidas, ejecutadas o coadyuvadas por otros bajo el paraguas de su nombre. Nunca he dejado de aplaudir sus muchos aciertos ni de criticar sus contados aunque sonoros errores. Ya dije hace quince días que de todas sus grandes decisiones ésta de la abdicación era la que menos me había gustado, tanto porque suponía un mal broche para un buen reinado como porque creaba un peligroso precedente para la institución. La forma en que se ha ejecutado el relevo en la Jefatura del Estado no viene sino a reafirmarme en el diagnóstico.

Ni el hijo ni el padre debían haber permitido nunca que esa ausencia, incomprensible urbi et orbe, proporcionara elementos para un relato que ensalza al uno denostando al otro. Porque siendo cierto que como escribió Quevedo «ninguna cosa despierta tanto el bullicio del pueblo como la novedad», a la postre después de esta proclamación con tan poca pompa, parcas circunstancias y escaso aliento popular, en la que sólo a los republicanos y a los indiferentes nos ha dado igual que no hubiera ceremonia religiosa, que no vinieran mandatarios extranjeros o que la nueva reina sea ensalzada en la prensa internacional como ejemplo de movilidad social en la España postmoderna, y a menos que Felipe encuentre su muy improbable momento de gloria frente al separatismo catalán, tendremos un trono mucho más sometido a los vaivenes de la coyuntura política que antes.

Por eso lo seguro y prudente era aguardar a que la naturaleza cumpliera su ciclo. Porque el óbito de un rey nunca puede adquirir un sentido figurado. Porque ningún hombre vivo, desde luego no Juan Carlos I, merece el cortejo fúnebre descrito por el preso de la Torre de Juan Abad: «Salió para el Escorial el cuerpo del grande y piadoso rey, no bien acompañado de luces y mal asistido de criados». Porque, ojo: «Fue mortificación de su grandeza y amenaza de la de su heredero, pues le mostró cuán seca es la muerte de los monarcas y cuán deslucida ydesamparada su memoria».

¿Cuánto manda un Rey de España?
Jesús Cacho www.vozpopuli.com 22 Junio 2014

Interesantes las fotos del primer despacho en Zarzuela entre el nuevo Rey y el presidente del Gobierno, porque ponen en evidencia dónde está ahora la pelota del relevo generacional, quien necesita un cambio de cara completo, un alicatado hasta el techo, la renovación de un partido envejecido y acartonado, quinta esencia de lo conservador, negado para las exigencias del momento político que vive España, esa barba blanca y ese pelito tan repeinado como sospechosamente negro, realidad y ficción, verdad y mentira, yin y yang, Jefe del Estado y primer ministro con el trasero instalado en una silla sospechosamente baja, de modo que la figura de Felipe VI queda elevada por encima de la de Mariano Rajoy, como si alguien hubiera querido hacer evidente una relación de dependencia, una evidencia de superioridad en calidad o rango entre Rey y Presidente, una anécdota que es casi categoría en este inicio de reinado, cuando muchas voces están pidiendo al sucesor de Juan Carlos I un protagonismo del que constitucionalmente carece para impulsar las reformas que el país reclama, tal que si fuera ese líder carismático con poder bastante para mover la mole del miedo al cambio. ¿Puede Felipe VI convertirse en motor de ese cambio, o es un papel que le está vedado? ¿Cuánto manda un Rey de España?

Mucho. Casi todo. En realidad el poder de Juan Carlos I en la Transición española ha sido casi total, con independencia de que lo ejerciera y, sobre todo, de que lo hiciera para bien. Abundan estos días los filibusteros empeñados en hacernos comulgar con las ruedas de molino de recluir el papel del Rey en nuestra monarquía parlamentaria a los términos explícitos que le asigna la Constitución del 78, un error interesado de quienes pretenden seguir camuflando la realidad española y engañando a la procesión de bobos, algunos pretendidamente listos, dispuestos a picar ese anzuelo. La pura verdad es que Juan Carlos I ha tenido en España un poder y un protagonismo que ha rebasado con mucho el mero papel moderador y de arbitraje que le adjudica la Carta Magna, y lo ha tenido porque la sociedad española, las generaciones que conocieron el final del franquismo hicieron posible la Transición, con los traumas del franquismo a cuestas, se lo fueron a ofrecer en bandeja de plata, se lo brindaron, incluso le exigieron que lo ejerciera, desde luego que sí la clase política y naturalmente que también las elites económico financieras, que incluso han pretendido hacer de él un aventajado agente comercial dispuesto a conseguirles contratos por las cuatro esquinas del planeta.

La explicación del fenómeno rebasa con mucho los límites de este artículo, pero sin duda tiene que ver con el origen de nuestra pobre, maltratada democracia, con ese franquismo sociológico aún enquistado en personas e instituciones y con las dificultades de poner en marcha una democracia sin demócratas como la nuestra, una democracia que al final ha venido a mostrar todas esas carencias que hoy están en el frontispicio de las exigencias populares. Son los riesgos de una sociedad sin tradición democrática, con querencia a los liderazgos fuertes (el de Franco, antes; el de Juan Carlos I -a la monarquía se le apellidó de “juancarlista”-, después; el liderazgo feble de un Rajoy que tantos detestan ahora), incluso a los viejos espadones de antaño, donde los perfiles del poder siempre son difusos, entre otras cosas porque la separación de poderes es una quimera y no hay límites claros entre lo público y lo privado. Una democracia de muy baja calidad.

Un poder ejercido siempre en la sombra
Sorprende, por eso, que sean precisamente los que con más dureza censuran las carencias del sistema quienes más empeño pongan en aceptar la versión interesada de que el rey “no manda” porque la Constitución lo impide. Desde luego que ha sido un poder ejercido en la sombra, tras las bambalinas, siempre pegado a los banqueros –una de las aficiones del Monarca cesante ha sido la de hablar por teléfono a todas horas con los “amigos” situados en la cúpula de la gran banca-, siempre con notoria falta de transparencia, carencia demostrada en la opacidad que envuelve ingresos y gastos de la familia real, en la ausencia de una regulación específica –esa Ley de la Corona que ahora se ha echado en falta tras la abdicación-, y naturalmente con una total falta de ejemplaridad en las conductas, pecado del que ha sido en parte responsable el blindaje mediático del que ha gozado Juan Carlos I. Seguramente el “éxito” de la Transición llevaba en su seno la penitencia de una democracia de baja calidad, que los dos grandes partidos, las elites financieras y el propio rey Borbón se encargaron de secuestrar para convertirla en un sistema que garantizaba las libertades formales pero concentraba el ejercicio del poder en manos de unos pocos, rechazando la participación ciudadana, y naturalmente dejando manos libres para operar a su antojo al estandarte del sistema, Juan Carlos I.

El famoso “borboneo” del que tanto se quejaba Felipe González cobró toda su vigencia tras el golpe del 23-F, aunque sea imposible ignorar a estas alturas que ya antes el monarca se había llevado por delante la presidencia de un Adolfo Suárez elegido por las urnas. La incapacidad de un PSOE recién llegado al Gobierno con mayoría absoluta para lidiar con el problema de un Ejército plagado de golpistas dejó las manos libres al Rey para maniobrar a su gusto en los cuarteles, y le otorgó después carta blanca para operar a su antojo, aureolado por el mito del 23-F, como “salvador” de la democracia. Los pulsos que, al margen del mandato constitucional, mantuvo con José María Aznar (incluso algunas claves “marruecas” que tienen que ver con el 11-M) se conocerán el día en que Franquito quiera contar la verdad, en lugar de esas Memorias paniaguadas que ha publicado para hacer caja. Lo que pasó en el ínterin es sabido, aunque aún no se vea en letra impresa, pero se resume en la plena dedicación a su divertimento personal, mayormente mujeres y caza –hasta 176 días de 365 llegó a cazar durante los años de su noviazgo con Marta Gayá- y a acumular una considerable fortuna personal.

El nuevo Rey se ha comprometido a “velar por la dignidad de la institución, preservar su prestigio y observar una conducta íntegra, honesta y transparente”. Casi nada. Fue la parte más valiosa y relevante de su discurso de coronación, en tanto en cuanto constituyó una enmienda a la totalidad del reinado de su padre, una denuncia explícita a unas conductas –las morales y las otras- que el entonces príncipe Felipe detestaba y que están en el origen del distanciamiento entre ambos. Alguna prensa ha pretendido desviar la atención hacia el 'caso Urdangarin', cuando lo cierto y verdad es que hija y yerno no hicieron nunca nada que no hubieran visto hacer muchas veces en La Zarzuela. A esa promesa solemnemente vertida en las Cortes se han agarrado, cual clavo ardiendo, muchos regeneracionistas que, sintiéndose republicanos, quieren creer que tales promesas emplazan a la Corona, y con ella al resto de las instituciones, a emprender una batalla sin cuartel contra la corrupción como principal lacra del sistema. Desde esta perspectiva, no estaría nada mal que, para empezar, el joven Rey hiciera una pública declaración de bienes, para que los españoles terminaran de creerse sus buenas intenciones y supieran a qué atenerse en el futuro.

El envite catalán, primera prueba para Felipe VI
El primer envite se dibuja en Cataluña. Salvadas todas las distancias, el paralelismo entre el peligro golpista al que tuvo que hacer frente el padre y el desafío secesionista catalán que ahora encara el hijo como primer plato de su reinado está servido. También esta es una amenaza para las libertades y desde luego para la paz y prosperidad de los españoles. Una clase política, con Rajoy a la cabeza, incapaz de hincarle el diente al problema podría tener la tentación de pedirle al joven Rey que se arremangue, salte al ruedo y toree ese morlaco, un desafío del que la Corona podría salir trasquilada en caso de fracaso, pero que, de verse aupada por el éxito, podría abrir la puerta al repertorio de abusos que presidió el reinado de Juan Carlos y que, contaminando por el camino todas las instituciones, culminó en el lamentable episodio de Botsuana y en la obligación ahora, a uña de caballo, de proporcionarle un “aforamiento completo” (sic), es decir, un blindaje judicial total capaz de cubrir tanto el ámbito civil como el penal, y que de tapadillo se meterá este martes en una enmienda a la Ley de Racionalización del Sector Público. Un episodio capaz de avergonzar a cualquier demócrata, pero que a nuestra clase política y periodística, que sigue silbando, distraída, en el muelle de la bahía, le deja indiferente.

¿Cuánto manda un rey de España? Lo que taxativamente marca la Constitución cuando las instituciones están sanas; todo o casi todo cuando, como es el caso, están podridas. Una monarquía pendiente de un hilo, muy dañada en su prestigio, se juega su futuro en ese ejercicio de ejemplaridad que el joven Felipe VI prometió en su discurso, porque solo siendo ejemplar “se hará acreedora de la autoridad moral necesaria para el ejercicio de sus funciones”. Son palabras que han abierto una ventana de esperanza a muchos españoles empeñados en la regeneración de nuestra democracia que, con todas las reservas que hacen al caso, han optado por dar un margen de confianza, un periodo de gracia al nuevo titular de la Corona en la ilusión de que, haciendo uso de su enorme capacidad de influencia, anime e impulse esas reformas que después la clase política estará encargada de llevar a efecto. ¿Confiar la regeneración al impulso de un Borbón no es esperanza vana? Nunca como ahora fueron tan válidos para tantos españoles estos hermosos versos de Sor Juana Inés de la Cruz: “En dos partes dividida/ tengo el alma en confusión:/ una, esclava a la pasión,/ y otra, a la razón medida”.

Un autorretrato
JOSÉ MARÍA CARRASCAL ABC   22 Junio 2014

Lo que realmente sienten vascos y catalanes es que son superiores. Pero no se atreven a decirlo

NO me molestó el hieratismo de Mas y Urkullu ante el discurso del nuevo Rey de España. Incluso se lo agradecí. Primero, porque estaban en su perfecto derecho a disentir, pese a ocupar la presidencia de sus respectivas comunidades gracias a la Monarquía que Felipe VI personifica, y, segundo, porque fue el retrato más elocuente de sí mismos, el selfie que mejor reflejaba la inutilidad de todo intento de aproximación, de entendimiento, de diálogo con ellos. La España plural, abierta, democrática de una monarquía constitucional no les satisface por la sencilla razón de que no se sienten españoles.

Quieren una nación distinta a la española. Algo que ni el nuevo Rey ni ningún gobierno puede ofrecerles porque sería tanto como pegarse un tiro en la sien. Y todas las vueltas que le demos o le den los constitucionalistas de prosapia o estampillados son inútiles. Se comprende entonces las caras largas de los señores Roca y Herrero de Miñón, muñidores de trampas legales. La proclamación del nuevo Rey no abrió la vía a las naciones vasca y catalana, ya que la Constitución que ellos redactaron admite solo «nacionalidades», junto a la «indisoluble unidad de la Nación española». O cambian la Constitución o cambian Mas y Urkullu, empecinados en el error (en esto, les sale lo español), pues ni Cataluña ni Vasconia fueron nunca reinos por sí solas. Aunque, repito, discutir con ellos son ganas de perder el tiempo.

Lo que nos devuelve al punto de partida: ¿por qué los nacionalistas vascos y catalanes no se sienten españoles? Porque nos sentimos distintos, responden. Otro embeleco. Todos los españoles nos sentimos distintos. ¿O son lo mismo un andaluz, un asturiano, un aragonés, un extremeño? Lo que realmente sienten vascos y catalanes es que son superiores. Pero no se atreven a decirlo porque el nacionalismo identitario adquirió mala fama después del experimento nazi. Aunque lo que de verdad les molesta es que el resto de los españoles, a los que hasta ahora solo veían como mano de obra barata y mercado de sus productos, de inferior calidad que los equivalentes extranjeros, se les estén aproximando debido al salto dado por bastantes comunidades españolas, que han aprovechado su autonomía para ponerse a la altura de los tiempos, en vez de malgastar sus esfuerzos en veleidades nacionalistas como ellos. Es lo que llaman «envidia invertida»: la que siente el que está arriba hacia el que está abajo, pero se le acerca. Eso es lo que les hizo quedarse tiesos ante el discurso abarcador de Felipe VI y amenazar con marcharse si no se les permite conservar los privilegios tenían y aún tienen, gracias a los que conservan su ventaja sobre el resto. ¡Y todavía se atreven a pedir al nuevo Rey que les ayude a dejar de ser españoles! Está visto que el nacionalismo afecta también a las meninges. Bueno, eso ya lo sabíamos, pero no es políticamente correcto decirlo hoy en España.

En cuanto a los que se quejan de la falta de dignatarios extranjeros en la proclamación, no hace falta contestarles: son los mismos que, de haber venido, hubieran criticado el boato palaciego del ceremonial. Los de siempre.

Historias y memorias
JOSEBA ARREGI, EL CORREO 22 Junio 2014

· La sociedad vasca tiene la oportunidad de enfrentarse a su relato propio, dominado por ETA, para cimentar la calidad de su futuro.

Renan escribió que lo que constituye a las naciones es compartir un propósito común, así como compartir el mismo olvido sobre su pasado. Y si uno recurre a la ayuda de grandes historiadores como Tony Judt para saber lo que sucedió tras la Segunda Guerra Mundial con la memoria del Holocausto y sus consecuencias, constata que el olvido es la clave de la supervivencia de no pocas naciones europeas.

Quien fuera arzobispo de París, cardenal Lustiger, dijo en una entrevista que los franceses nunca agradecerían lo suficiente a De Gaulle haberles hecho creíble la mentira de la resistencia. Si Hitler no consiguió, a pesar de todo, eliminar por completo al pueblo judío y completar su genocidio, tampoco las naciones que se construyen sobre el olvido lo consiguen del todo. No solo por lo que dice el filósofo norteamericano Santayana, que quien no recuerda la historia está condenado a repetirla, sino también por el esfuerzo de historiadores que sacan a la luz los momentos, los actos, las vergüenzas y las realidades que nos esforzamos en olvidar o en desfigurar.

Los vascos, tras la decisión de ETA de abandonar la lucha armada obligada por el éxito de la lucha antiterrorista, vivimos la oportunidad de preguntarnos cuál ha sido nuestra posición en la historia definida por ETA. Porque la historia reciente de Euskadi, algo más de cincuenta años, ha estado definida, sobre todo, por ETA. También se han producido otras cosas importantes que nos han afectado como la muerte de Franco, la Transición, la instauración de la democracia con la aprobación de la Constitución de 1978, la aprobación del Estatuto de Gernika con una capacidad nunca vista de autogobierno. Pero, y es la misma ETA quien lo dice, es ésta la que ha condicionado de una manera diferente y radical la vida de los vascos. En EL CORREO del 2007 de este mismo mes, se transcribe la siguiente frase de Ainhoa Ozaeta: «Hablamos para salir del paso de la intencionalidad política de negar los cambios en el País Vasco». Los cambios son los que vienen de la mano de ETA –la renuncia a la violencia–, no la Constitución y el Estatuto.

La sociedad vasca está ante la oportunidad de enfrentarse a su propia historia dominada por ETA y formularse algunas preguntas, pues de ello depende la calidad de su futuro. No se trata tanto de convivencia y reconciliación. Ni la una o la otra serán posibles sin la confrontación con nuestra historia. El historiador citado, Tony Judt, en uno de sus libros dedicado a la recopilación de sus recensiones de otros autores, comenta con espíritu crítico la obra de otro gran historiador, Eric Hobsbawn.

No es crítico con su obra de historiador, sino con lo que no aparece en ella. Se muestra especialmente crítico con su incapacidad de enfrentarse al comunismo y a las consecuencias de la historia del comunismo en Europa, siendo así que él mismo fue parte de ese movimiento comunista. Dice Judt que Hobsbawn rehúsa mirar al mal a la cara y no se atreve a nombrarlo por su propio nombre, que no lleva a cabo ninguna valoración política y tampoco moral de la herencia de Stalin. Y escribe: «Si la izquierda quiere recobrar la confianza en sí misma y dejar de estar arrodillada tenemos que dejar de contarnos historias que nos tranquilicen sobre nuestro pasado» (‘Reappraisals / Re-evaluaciones’, p. 126). Como se ve, el autor se incluye como alguien de la izquierda. Pero lo que dice vale para todos.

En la misma edición de EL CORREO antes citada aparece la transcripción de otro miembro de ETA, Igor Suberbiola, que dice lo siguiente: «Ha llegado la hora de resolver las causas del conflicto y reparar las consecuencias y el sufrimiento». La cuestión es resolver las causas del conflicto, matando y dejando de matar. Lo dice un miembro de ETA, pero son muchos los que han explicado la historia de terror de ETA como consecuencia del conflicto. Si del conflicto se deriva la necesidad del terror, de la necesidad de renunciar al terror, ¿qué se deduce? ¿La desaparición del conflicto porque está al alcance de la mano la consecución de aquello que legitimó matar?

Judt habla de no contarse historias tranquilizantes si se quiere dejar de estar arrodillado, hundido en tierra. EL CORREO, en la misma edición, cita otra frase, ésta de Jon Salaberria: «El proceso de desarme se produce de forma unilateral, incluso contra la voluntad de los gobiernos español y francés». No es ETA, no es su proyecto político el que está derrotado, sino que ETA ha puesto de rodillas, ahora con el desarme, a Francia y a España. Buena forma de tranquilizarse a sí mismo. Y si fuera verdad lo que dice Salaberria, ello significaría que la historia de terror de ETA ha servido, ha sido efectiva, que da frutos, uno de los cuales, el más terrible, es que los asesinados vuelven a ser asesinados, pues estuvo bien su primer asesinato, ha sido bueno para la sociedad vasca.

Evaluando la obra de Edward Said –el autor de ‘Orientalismo’–, dice Judt que criticaba más a los palestinos que a Israel, y que lo hacía porque creía que era su deber como palestino. Y escribe, citando al propio Said: «En consecuencia, como interesantemente observaba Said pocos meses antes de su muerte, yo todavía no he sido capaz de entender lo que significa amar un país». Ésta es, por supuesto, la condición propia del cosmopolita desenraizado. No es cómodo ni seguro vivir sin un país que amar: puede descargar sobre tu cabeza la hostilidad ansiosa de aquellos para quienes dicho desenraizamiento sugiere una corrosiva independencia de espíritu. Pero es liberador: El mundo sobre el que miras puede no ser tan tranquilizador como la vista gozada por los patriotas y los nacionalistas, pero tú puedes ver más lejos. Como escribió Said en 1993, «no tengo paciencia con la posición de que nosotros debiéramos estar sólo o principalmente preocupados con lo que es nuestro» (‘Re-evaluaciones’, 166).

¿Estaremos aún a tiempo de mirarnos en el espejo de nuestra historia? La oportunidad aún está ahí.

una querella le implica en el 23-f
La Audiencia tiene en sus manos la primera decisión sobre el estatus de Don Juan Carlos
José María Olmo El Confidencial 22 Junio 2014

La Audiencia Nacional tiene en sus manos el primer dictamen sobre la nueva situación legal de Don Juan Carlos. El Gobierno trabaja contrarreloj para dotarlo de un aforamiento completo que le proteja tanto en su faceta de exgobernante como en su vida privada, después de que el pasado miércoles perdiera la inviolabilidad que le otorgaba la Constitución como jefe del Estado. Pero la primera resolución va a llegar antes de que concluyan esos trámites legales impulsados por el Ejecutivo de Mariano Rajoy. Este mismo lunes, la Sección Segunda de la Sala de lo Penal de la Audiencia Nacional debe deliberar sobre la admisión a trámite de una querella contra el Rey Juan Carlos. Y con independencia del resultado del dictamen, los jueces tendrán que pronunciarse sobre el estatus que tiene en estos momentos el monarca, en teoría, sin más derechos que cualquier otro ciudadano.

El pasado mes de abril, el prolífico abogado José Luis Mazón presentó una querella en el Juzgado Central de Instrucción número 1 de la Audiencia Nacional contra el expresidente del Gobierno Felipe González, acusándole de un delito de rebelión, tipificado por el artículo 472 y siguientes del Código Penal y castigado con hasta 25 años de cárcel. La querella aludía concretamente al supuesto papel que González jugó en el 23-F basándose en los datos sobre el golpe de Estado aportados por Pilar Urbano en su último libro. La periodista sitúa al expresidente socialista en el Gobierno de concentración que iba a liderar Alfonso Armada tras el golpe, y Mazón recogió esas informaciones y se querelló contra González al considerarlo corresponsable del complot.
Consulte aquí el expediente. Consulte aquí el expediente.

Pero el letrado no se conformó con la acusación a González. En la querella también pidió que se citara como testigo al Rey Juan Carlos, por su supuesta relación con el levantamiento. Sin embargo, el titular del Juzgado Central de Instrucción número 1, Santiago Pedraz, sólo necesitó un mes para dictar un auto en el que inadmitió la querella. Además de oponerse a la apertura del procedimiento, en esa resolución también recordó que, “la consecuencia prevista en el artículo 56.3 de la Constitución, de que S. M. el Rey es inviolable y no está sujeta a responsabilidad, prohíbe, inexcusablemente, que pueda ser llamado por un juez, ni para declarar, ni para ser juzgado”. Es decir, que Pedraz remarcó, al igual que otros muchos jueces en los 39 años que ha durado el reinado de Don Juan Carlos, que era imposible que el jefe del Estado pisara un tribunal.

Con todo, Mazón recurrió el archivo de la querella alegando que el monarca podía declarar voluntariamente como testigo si así lo deseaba. A su juicio, la ley sólo le eximía de la obligatoriedad de comparecer. Y el pasado 2 de junio, cuando el rey anunció por sorpresa su voluntad de abdicar, el letrado decidió ir más allá y amplió la denuncia inicial extendiendo la sombra de la acusación al propio monarca, al apreciar que con esa decisión se daba por terminada la protección excepcional que le correspondía por su cargo.

Semanas sin protección
Técnicamente, en ese momento el Rey aún gozaba de la inviolabilidad que estipula la Carta Magna, pero esa protección desapareció de forma definitiva el pasado miércoles cuando firmó su renuncia al trono. El Ejecutivo de Mariano Rajoy ha colado el aforamiento del monarca en una ley sobre la jubilación de los funcionarios para que en menos de un mes vuelva a estar totalmente protegido. Sin embargo, la deliberación sobre el recurso presentado por Mazón tendrá lugar en el pequeño paréntesis que se ha abierto ahora, concretamente, este mismo lunes, sólo cinco días después de que Don Juan Carlos perdiera su inviolabilidad.

Lo lógico es que la Sección Segunda de la Sala de lo Penal de la Audiencia aborde la actual situación legal del Rey para justificar correctamente su dictamen, aunque acabe desestimando la admisión a trámite de la querella. Y, al contrario de lo que ocurrió cuando Pedraz se pronunció en primera instancia sobre esta cuestión, los jueces de la Sección Segunda no podrán rechazar la imputación o comparecencia del monarca remitiendo al artículo 56.3 de la Constitución.

Hechos prescritos y juzgados
El magistrado ponente que redactará esta nueva resolución será José Ricardo de Prada Solaesa, y estará acompañado en el tribunal de los jueces Concepción Espejel Jorquera y Julio de Diego López. La trascendencia de la deliberación no se encuentra tanto en los hechos juzgados sino en que el dictamen será el primero -y puede que el único- que se pronuncie sobre la ausencia de garantías especiales para Don Juan Carlos.
Consulte el auto de inadmisión.Consulte el auto de inadmisión.

Pedraz resolvió el pasado mes de mayo que los hechos denunciados por Mazón estaban prescritos, al haber transcurrido los 20 años de plazo que fija el artículo 131 del Código Penal para la extinción del delito de rebelión. Además, el magistrado subrayó que el objeto de la querella ya fue sentenciado en el conocido como Juicio de Campamento, en el que se sentaron en el banquillo los máximos responsables militares del 23-F. Las posibilidades de que la querella prospere son prácticamente nulas. Pero el foco se centra en los argumentos que deberán utilizar los magistrados de la Sala de lo Penal para justificar su resolución, que pueden sentar un precedente y desbaratar los planes de Moncloa y Zarzuela.

La Reforma Fiscal que España necesita

El Confidencial 22 Junio 2014

"For a nation to try to tax itself into prosperity is like a man standing in a bucket and trying to lift himself up by the handle". (Winston Churchill)

Una reforma fiscal debe estar orientada a conseguir los siguientes objetivos:

- Mejorar la renta disponible de las personas, para apoyar el consumo.

- Apoyar el crecimiento económico, para generar mejores ingresos fiscales futuros.

Es decir, olvidar el objetivo recaudatorio cortoplacista del Sheriff de Nottingham arrancando monedas al que sobrevive y apostar por el crecimiento y una mayor calidad y sostenibilidad de ingresos fiscales.

Todas las reformas fiscales que olvidan esos objetivos fracasan.

Las líneas generales de la reforma planteada por el Gobierno el viernes recuperan esos objetivos tras el fallido intento de subir impuestos que exigía el aparato, la izquierda, Bruselas y los aristócratas del gasto público. Tras subirlos todos, los ingresos solo mejoraron en 3.664 millones de euros.

Aprender de los errores y recuperar los principios tradicionales de bajos impuestos y crecimiento es un paso adelante, y no puede más que valorarse positivamente. Pero hace falta más.

La reforma fiscal debe plantearse también como una mejora de renta disponible y lanzadera de crecimiento desde el recorte del gasto. La sociedad española no saldrá de la resaca del exceso de obra civil e inmobiliaria hasta que no pinche las superestructura de gasto que se creó al calor de dicho exceso, un aumento del gasto público de casi el 50% en cuatro años. Seguimos siendo uno de los países con mayor gasto político innecesario, entre subvenciones (10.000 millones anuales), administraciones duplicadas (22.000 millones anuales) e ineficiencias (miles de empresas y observatorios públicos con más de 40.000 millones de euros de deuda) y todo ese gasto político que comentábamos aquí (http://www.dlacalle.com/extractos-de-viaje-a-la-libertad-economica/ ).

Plantear que la reducción de impuestos es imposible y no atacar ese enorme despilfarro o, lo que es peor, justificarlo, es un insulto a las familias y empresas que trabajan duramente para llegar a fin de mes. Porque es el dinero de todos lo que estamos tirando.

Los recortes fiscales expansivos son importantes, y los que dicen que nunca se ha aumentado ingresos bajando impuestos, además de despreciar el esfuerzo de los trabajadores y analizar desde una perspectiva recaudatoria cortoplacista, mienten (lean http://www.forbes.com/sites/mikepatton/2012/10/15/do-tax-cuts-increase-government-revenue/). Rusia, EEUU, Singapur, Reino Unido, Suecia, Chile o Uruguay vieron aumentos de ingresos con bajadas de impuestos. En Reino Unido, 24.000 millones de libras de aumento con la bajada del tipo marginal.

Es curioso que los que se pasan el día diciendo que hay que imitar a Obama rechacen de plano una reforma que va en un sentido similar a la estructura de EEUU. Ojala les leyera pedir la fiscalidad de EEUU. Vean el grafico.

Es por ello que la medida anunciada el viernes debe valorarse de manera positiva, ya que revierte la subida del IRPF de 2011, apoya a las familias numerosas, las más castigadas en casi todas las reformas desde 1979, y mejora la fiscalidad de empresas para facilitar la contratación.

Una reforma fiscal confiscatoria, como la que plantean algunos, que buscase recuperar ingresos extraordinarios creados por la burbuja inmobiliaria, es suicida. Recordemos que suponía casi 50.000 millones de euros anuales excepcionales para las arcas del estado. Intentar recuperar esos ingresos con lo que ha sobrevivido del colapso burbujero es imprudente.

Intentar apostarlo todo a la lucha contra el fraude, que es necesaria, parte de las estimaciones optimistas de cuento de la lechera que comentábamos en mi artículo "PIB, fraude y las estimaciones peligrosas" (http://www.dlacalle.com/pib-fraude-fiscal-y-las-estimaciones-peligrosas/ ). Estimaciones optimistas de ingresos futuros para justificar gastos muy reales y concretos hoy. Suicida.

Mejorar renta disponible y facilitar la contratación. No excepcional, ni ideal, pero merece valorarse. La reforma fiscal planteada por el Gobierno el pasado viernes tiene varios puntos positivos, como hemos comentado, y varios interrogantes.

- Es tímida, al plantearse en dos años. Algunos atribuyen objetivos electoralistas. No lo sé, pero no está mal que alguien haga electoralismo bajando impuestos y no tirando de la chequera para hacer otra ciudad del circo.

- El impacto negativo de la eliminación de deducciones en la inversión de las empresas debe analizarse en detalle.

- Supone, según primeras estimaciones, una subida a algunos ciudadanos en algunos tramos. Aunque en media se percibe un impacto positivo en general, se debe aclarar este punto. Lean el excelente análisis de Eduardo Segovia (http://www.elconfidencial.com/economia/2014-06-21/los-que-ganan-entre-33-000-y-35-000-euros-veran-como-su-tipo-marginal-baja-10-puntos_150187/ ).

Sin embargo, y con todo, tras estas medidas España seguirá siendo uno de los países con mayor esfuerzo fiscal de la OCDE, casi el 40%.

Lo llevamos comentando desde hace años, la reforma fiscal que España necesita debe ser ambiciosa y valiente, empezando por:

- Bajar más los impuestos a empresas y familias. Rebajar cuotas a autónomos, de una manera clara y que haga a estas personas valorar positivamente la decisión de montar su negocio independiente. Algo se comenta en esta noticia de El Confidencial http://www.elconfidencial.com/espana/2014-06-21/rajoy-pide-colaboracion-para-incorporar-a-la-reforma-fiscal-cosas-que-sean-razonables_150320/), veremos si es correcto. Un régimen de autónomos donde se pague una cuota mucho menor, en línea con los países de nuestro entorno  -a todos, no solamente los jóvenes- y se deduzcan impuestos si se crea empleo estable. Un entorno impositivo atractivo y bajo, tanto a nivel corporativo como personal, predecible a largo plazo, es esencial para ayudar al país a recuperarse.

- Apoyo fiscal a PyMes. La tarifa plana es una buena medida para mejorar la transición a gran empresa. En España, el 70% del valor añadido y el empleo lo crean las pequeñas y medianas empresas, pero la transición a gran empresa es una de las más bajas de Europa. España es el país de la UE donde es más caro establecerse después de Francia y esto, añadido a la burocracia, hace que sea aún muy laborioso crear puestos de trabajo (en Reino Unido se tarda un día en crear una empresa). En vez de penalizar con más regulación y coste, facilitar la transición eliminando trabas, no “suavizándolas”.

El informe “Doing Business” del Banco Mundial sitúa a España en puestos muy inferiores a países de su entorno en cuanto a facilidad para crear una empresa. Según Morgan Stanley (“adopting Anglosaxon flexibility could boost GDP by 15% in the long run”), España se beneficiaria de un entorno menos asfixiante y restrictivo, con una regulación eficaz, no confiscatoria. Utilizar nuestro capital humano, que hoy está desaprovechado en funciones burocráticas, para facilitar y asesorar a las empresas a crear valor, con un sistema de remuneración basado en beneficios generados, no en papeles acumulados.

Invertir en España se percibe como un ejercicio tedioso y complejo que necesita de favores de los políticos locales. Debemos convertir estas estructuras en “facilitadoras” en vez de “obstructoras”. Disminuir drásticamente las barreras de entrada eliminando limitaciones proteccionistas.

Lo comentaba el viernes con mis seguidores en Twitter, la reforma fiscal ideal es reducir el esfuerzo fiscal a niveles pre-2004. Leo a demasiados “expertos” que quieren un esfuerzo fiscal aún mayor al actual, a pesar de que jamás ha funcionado para relanzar la economía.

El déficit no se reduce confiscando, se reduce con crecimiento económico, prosperidad y prudencia presupuestaria.

Los ingresos fiscales mejorarían aumentando el porcentaje de rentas altas. Igualando a la baja no se recauda. Ninguna sociedad ha mejorado ingresos fiscales redistribuyendo la miseria, sino aumentando las oportunidades para prosperar y enriquecerse

En definitiva, tenemos que crear un país “España 2.0” donde se maximicen las posibilidades de que las familias y empresas prosperen. No repartir la miseria. La solución no es ir bajando la definición de rico hasta que no quede ninguno, sino permitir que se enriquezca el mayor porcentaje posible de la población. Tenemos que crear cultura emprendedora, aprender y no demonizar el fracaso, olvidar la envidia, premiar el esfuerzo y el éxito.

La reforma fiscal no es la panacea, es un mero instrumento. Necesitamos la reforma integral de la economía nacional. El crecimiento y la riqueza son los objetivos a perseguir. Hace falta mucho más… Y España puede conseguirlo.


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COVITE (Colectivo de Víctimas del Terrorismo en el País Vasco)
El olvido de las víctimas en el País Vasco
  latribunadelpaisvasco.com  22 Junio 2014

El Colectivo de Víctimas del Terrorismo, Covite, ha lamentado hoy en Madrid el desprecio y el olvido al que se somete a las víctimas del terrorismo en el País Vasco, donde las ciudades no recuerdan a los damnificados allí donde fueron asesinados.

La portavoz y directiva de Covite Regina Otaola ha realizado estas declaraciones tras acudir a un pleno del Ayuntamiento de Madrid en representación de las víctimas del terrorismo en el que el Consistorio ha acordado la colocación de placas en los lugares de la ciudad donde murieron centenares de personas a manos del terrorismo.

“Es un hecho que en el País Vasco los proetarras silencian y desprecian la memoria, dignidad y justicia de las víctimas”, ha insistido Otaola. Según ha apuntado, la estrategia de quienes justifican el pasado criminal de ETA es la de “echar tierra sobre todo lo que pueda recordar a las víctimas. Quieren volver a enterrarlas bajo la losa del silencio y ninguneo”.

Covite, de la mano de su portavoz, ha anunciado que no va a permitir que se silencie la memoria de los damnificados y ha añadido que para ello es clave el apoyo de las instituciones. “La colocación de las placas es primordial para mantener su recuerdo como acicate para seguir trabajando en pos de la dignidad y la justicia”, ha zanjado Otaola, quien ha destacado que Madrid es “un espacio de libertad para todos los ciudadanos, más aún para los que se exiliaron del País Vasco”.


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