AGLI Recortes de Prensa   Lunes 23  Junio  2014

El discurso del Rey: ni ideas ni voluntad
Roberto Centeno El Confidencial 23 Junio 2014

Con Gran Bretaña al borde de la guerra y necesitada desesperadamente de un líder, el rey Jorge VI de Inglaterra, superando su tartamudez, pronunció un discurso radiofónico que inspiró a su pueblo y lo unió en la batalla. Todo un ejemplo magnífico de superación y valentía. Justo lo contrario al discurso del nuevo Rey, que pronunció un sermón lleno de tópicos, vaguedades, quimeras y frases de propaganda dedicadas al autobombo de su monarquía, sin coger el toro por los cuernos de la gravísima realidad política, económica y moral española.

Cero ideas, un déjà vu, las mismas afirmaciones grandilocuentes y vanas de siempre, y cero voluntad: ni separación de poderes, ni reforma democrática, ni cambio del modelo territorial, ni lucha en serio contra la corrupción, ni nada de nada. Comenzó su sermón (llamar discurso a esta repetición de trivialidades y lugares comunes sería atentar contra el idioma español) calificándose a sí mismo de Rey constitucional. Esta afirmación solo sería cierta si se entiende como sinónimo de rey legal, dado que ha cumplido los requisitos exigidos en la Constitución para ser nombrado como tal. Jamás puede ser entendido como titular de una monarquía constitucional. Aunque en realidad lo que ha dicho exactamente es que él es un Rey constitucional en una monarquía parlamentaria, un verdadero disparate jurídico.

La ignorancia de lo que es una monarquía constitucional resulta pasmosa. En las monarquías constitucionales, el rey gobierna y los representantes del pueblo legislan, es decir, existe una separación clara y absoluta de poderes. Por eso precisamente se llama constitucional. Tampoco es una monarquía parlamentaria, como cree y repite varias veces en su sermón inaugural el nuevo Rey. No es parlamentaria porque el Parlamento no es la institución fundamental, ni la hegemónica, ni la más importante del régimen monárquico español. La diferencia entre una monarquía parlamentaria, cuyo paradigma actual es la británica, y la monarquía española es abismal, como corresponde a la diferencia sustantiva entre un Estado parlamentario y un Estado de partidos. El titular de la Corona española reina en una Monarquía de nuevo cuño, llamada jurídicamente monarquía de partidos.

En España el poder soberano no lo tiene el titular de la Corona. Tampoco lo tiene el pueblo. Aquí no existe el concepto de soberanía popular, sino sólo el de soberanía nacional, que no es la que reside en el pueblo sino en las dos cámaras legislativas, una contradicción flagrante contenida ya en la propia letra de la Constitución. Y eso es a lo que el nuevo Rey ha llamado en su sermón "soberanía parlamentaria" (la ficticia soberanía de las Cortes y del Senado), que no traduce una supuesta soberanía nacional, que no existe en parte alguna en el Estado de partidos, como ha demostrado de forma irrefutable en todas sus publicaciones el famoso constitucionalista Don Antonio García Trevijano.

"Oscuro se presentaba el reinado de Witiza"
Así cuenta la Historia el comienzo del infortunado reinado de Witiza, cuya decadencia política y moral produjo la ruina del reino. Witiza falleció en 710 y en 713 Tarik había liquidado totalmente el Reino Visigodo. Entonces empezó la larga reconquista de ocho siglos. En 1212, después de las Navas de Tolosa, la mayor batalla ocurrida en Europa –80.000 muertos en un solo día– hasta la Primera Guerra Mundial, el poder musulmán en España estaba sentenciado.

Sin asimilar aquella situación a la iniciada con el nuevo Borbón en España, excepto en lo oscuro que se presenta el panorama, no deja de ser llamativo que el rey Felipe VI comience su entronización atacando gratuitamente a la esencia del largo reinado de su padre, el rey Juan Carlos. No era necesario afirmar su propia personalidad anulando las tres características esenciales que han definido el anterior reinado. Decir que, a diferencia de su padre, él será un monarca íntegro, honesto y transparente lleva implícito necesariamente su profunda creencia en que la Monarquía de su padre no ha sido ni íntegra, ni honesta, ni transparente.

Hoy ante un país al borde del abismo moral y económico, ante un país donde la Constitución es constantemente vulnerada por el mandato imperativo de los jefes de partido, que son los auténticos legisladores; en un país donde las leyes adversas a la oligarquía se incumplen con total impunidad; en un país donde hasta la Corona pone paños calientes al "derecho a decidir" separatista, sin oponerse frontalmente a la traición que sin decirlo está negociando el Gobierno con los separatistas catalanes, a espaldas de la opinión pública, que llevaría al resto de España a convertirse en una colonia política y económica de Cataluña, donde además no se aplicarían las leyes españolas, se quiere hacer respetable el paso de un monarca por otro, sin interrumpir la decadencia imparable a que ha conducido y continuará conduciendo la Corona.

En un país que la partitocracia evita llamar España, en un país donde no se cumplen las leyes, en un país carcomido por la corrupción, por el cinismo de la clase dominante y por la deformación de la realidad en los medios de comunicación, resultan algo más que chocante las vanas esperanzas puestas por los ilusionistas en un mero cambio de titular de la Corona, forzado por unos hechos graves que se nos ocultan, y donde lo único que sabemos cierto es la absoluta falsedad de que el tema de la abdicación de Don Juan Carlos se iniciara a principios de año, y que, por el contrario, algo inesperado y muy grave ocurrió recientemente que obligó a una abdicación precipitada para evitar males mayores. Todo improvisación, todo mentira. Y de esta chapuza Rajoy afirma sin sonrojarse ¡que es un ejemplo para el mundo!

Algunas teorías (falsas probablemente) apuntan a una exigencia del poderoso foro Bilderberg, que reúne anualmente a las 130 personas más poderosas del planeta. A estas reuniones sólo se asiste por rigurosa invitación y la reina Sofía ha sido la única española invitada regularmente a las mismas. Lo que sí se conoce es que la opinión del foro sobre España es muy pesimista. El año pasado fue invitada Sáenz de Santamaría (también Zapatero asistió en una ocasión). Acusaron al Gobierno de Rajoy de mentir en todo, de no tener política económica alguna, sólo improvisación y voluntarismo, de mantener un sistema territorial insostenible y corrupto hasta la médula y de estar endeudándose de forma tan alocada que será la ruina de varias generaciones. Concluyeron que, de no cambiar, España iba a un desastre seguro. Soraya salió casi llorando, pero Rajoy ha ignorado las advertencias del club y todo ha seguido igual.

Como viene siendo habitual desde hace casi 40 años, los lugares comunes han sido las coletillas más repetidas. La primera, la palabra España, donde a pesar de repetirla 27 veces en ningún momento ha dicho con la firmeza debida que no permitirá jamás la ruptura de una de las unidades políticas más antiguas de Europa y del mundo, sólo ha dicho la majadería de que aquí cabemos todos, pero de los que ya dicen que no caben, de los que están preparando un golpe contra el Estado a plena luz del día, y no han sido detenidos y ni siquiera expulsados de sus cargos de gobierno, de los que ignoran las Leyes del Estado y persiguen y discriminan impunemente todo lo español, no se ha dicho ni pío.

Mal empieza el reinado: Rajoy sube impuestos a las clases medias
Y para que no quede vileza por cometer ni canallada por hacer, para "celebrar" la coronación de Felipe VI, el Gobierno de Rajoy anuncia una reforma fiscal con una supuesta rebaja del IRPF del 12,5% por ciento entre 2015 y 2016, "que para el 62% de los contribuyentes, que son aquellos que cobran menos de 24.000 euros al año, la rebaja alcanza el 23,5 %. "Ha llegado el momento de bajar los impuestos para todos": realmente el grado de miseria moral de este Gobierno no tiene límite ni fronteras. La realidad es justamente todo lo contrario.

En un comunicado emitido por Ghestha, la asociación de los técnicos del ministerio de Hacienda, se afirma que se trata de una reforma fiscal regresiva donde las clases medias pagarán la rebaja fiscal de las clases altas. En concreto, los 11,5 millones de trabajadores y pensionistas que ganan menos de 11.200 euros anuales no se verán afectados por la rebaja, y serán las clases medias quienes amortigüen una vez más el grueso de la rebaja fiscal que se aplicara a los más ricos. Una vulneración en toda regla del artículo 31 de la Constitución, según el cual el sistema tributario debe aportar recursos suficientes para garantizar el Estado de bienestar y cómo cada ciudadano debe contribuir con progresividad en función de su capacidad económica.

Vulnerar la Constitución y expoliar a las clases medias, una bonita medida para inaugurar el reinado de Felipe VI, algo que entusiasmará sin duda a los españoles. Según los cálculos de esta asociación, los beneficiarios de este nuevo expolio del Gobierno de Rajoy serán aquellos cuyos ingresos superen los 150.000 euros anuales, unos 73.000 contribuyentes equivalentes al 0,3% del total. "La progresividad es la gran perjudicada de la reforma" al simplificar de siete a cinco los tramos actuales del IRPF. Los 8,8 millones de ciudadanos que ingresan entre 12.450 y 33.000 euros amortiguarán el impacto de la rebaja fiscal de las grandes fortunas, con un aumento de sus tipos de entre el 0,25 y un punto sobre la tarifa vigente.

Como señala el conocido inspector de Hacienda Francisco de la Torre, "es imposible cumplir los objetivos de déficit 2015 y 2016 rebajando impuestos y sin recortar gasto público. Esto quiere decir que la rebaja puede ser flor de un día". El Gobierno no ha explicado, porque se lo comerían crudo, cómo financiará la caída de ingresos que supondrá la reducción de impuestos a 73.000 grandes fortunas. Pero témanse lo peor: están buscando fórmulas como el copago y la privatización de lo poco bueno que queda en el esquilmado sector público. El tema es tan escandaloso que la bajada de la tributación a las rentas de capital afecta gravísimamente a lo progresividad "porque quien obtenga más de un millón de euros en dividendos pagará proporcionalmente igual a un trabajador o un autónomo que gane 50.000 euros".

Luego bajan la tributación a las empresas, pero de nuevo aquí, ¡cómo no!, el secretario general de Ghesta afirma que "sólo beneficiará a las grandes empresas, que a día de hoy ya no tributan ni de lejos por esa cuantía", la rebaja del impuesto de sociedades será un estímulo al no deslocalizarse a otros países. Claro que el problema no es sólo la presión fiscal, y para muchas empresas ni siquiera el más importante. Lo importante para la deslocalización es el coste de los inputs esenciales, la energía en concreto.

¿Cómo no van a deslocalizarse empresas con los precios del gas y de la electricidad más elevados del Europa? A veces hasta el doble. ¿Con las comisiones y costes bancarios más elevados de la Eurozona o con los costes de las telecomunicaciones también entre los más caros del mundo industrializado? Estamos en lo mismo de siempre. Más impuestos sobre la clase media, lo que reducirá más aún la renta disponible de las familias, más endeudamiento para cubrir el déficit fiscal que generará la rebaja fiscal a las grandes familias y a las grandes empresas, y cero recorte de gasto político improductivo que es un insulto inaceptable a los millones de familias que viven al borde del hambre, a los más de diez millones de mileuristas, a los seis millones de parados y a la otrora poderosa clase media creada en los años 60 y ahora en curso de liquidación por aquellos a quienes han votado y han situado en el poder. Oscuro se presenta el reinado de Felipe VI.

Lo advirtió David Hume
El populismo simplifica la comprensión de lo social y de lo político

José María Ruiz Soroa El Pais  23 Junio 2014

El populismo no es algo extraño a la democracia, ni puede ser considerado sin más como un enemigo de ella. Como señaló Marx, el populismo es a la vez el síntoma de un fracaso del régimen democrático existente (su incapacidad para realizarse más plenamente cumpliendo con sus propias promesas) y la expresión de una ilusión que se siente capaz de corregir ese fracaso. El terreno natural del populismo es la crisis y su atractivo es la promesa de superarla mediante la maximización de uno de los polos de la democracia, el que sitúa el poder original en el pueblo. El pueblo es para el populismo la instancia capaz de superar las desigualdades o las disociaciones mediante la exaltación de la homogeneidad del Uno, sea este Uno la clase, la nación, o una ciudadanía autoconsciente gracias a su intervención directa en la toma de decisiones.

El problema principal del populismo es el de su simplicidad. David Hume lo advirtió hace ya un par de siglos: en la base de la mayoría de los razonamientos equivocados está precisamente la muy humana inclinación por la simplicidad. El populismo es un caso de perversión simplificadora en la comprensión de lo social y de lo político, lo confirma Rosanvallon más recientemente. Lo cual debe ser dicho con firmeza, como a continuación se expone, pero también con respeto: porque en la crítica populista, y en la ilusión que promueve, hay mucho de verdad. Para nada cabe adoptar ante él esa postura desdeñosa típica de quien se considera moral e intelectualmente superior como sucede con cierta derecha española. La crítica al populismo nunca puede ser la de mantener invariada una democracia que se encuentra patentemente inacabada en sus promesas.

Simplicidad, decimos. Simplicidad en el análisis de los problemas de la democracia, donde frecuentemente el populismo toma los síntomas por causas y, sobre todo, atribuye reduccionistamente la culpa de los incumplimientos democráticos a un enemigo que define como “exterior” a la buena sociedad. Sea ese enemigo la casta, la élite, el neoliberalismo, el capitalismo, la economía o el sistema, se trata siempre de una abstracción cuya propia indefinición concreta permite oponerla con toda facilidad al pueblo, a la ciudadanía, a la sociedad. No se comprende la sociedad como el resultado conjunto y complejo de unas interacciones muy plurales y conflictivas, sino como el cuento de caperucita y el lobo, ambos radicalmente ajenos entre sí.

La sociedad se entiende como el cuento de caperucita y el lobo
Simplicidad en las emociones que cultiva, que son la indignación, la rebelión, la empatía ante el sufrimiento, la compasión, las emociones nobles y cálidas. El discurso democrático liberal siempre ha sonado como un aburrido sermón de cautelas y renuncias, un canto a las emociones burguesas de la austeridad y la contención, lo dijo Rorty y es algo que no tiene remedio. El populismo inflama, el liberalismo aburre, y el aburrimiento es hoy la emoción más universalmente rehuida.

Simplicidad en las soluciones que propone, que básicamente pasan por maximizar la participación ciudadana directa en la toma de las decisiones, buscando en el horizonte a un nuevo hombre que se implique gozoso en la política (reviviendo el ideal aristotélico del zoon politikon). El populismo decide directamente desconocer los aspectos verticales del ejercicio del poder (qué pasa entre arriba y abajo) y dedica su discurso a sus aspectos horizontales (difusión y participación). Es selectivamente tuerto en la comprensión del poder.

El populismo recupera para su discurso una profunda veta intelectual que ha considerado desde el siglo XVIII que la democracia indirecta o representativa fue un robo histórico de la élite de los poderosos a un pueblo engañado. Que, como mucho, es un second best al que nos tenemos que sujetar por mor del tamaño de nuestras sociedades, pero que el ideal es siempre aquel de la asamblea decidiendo directamente las issues conflictivas. Comete con ello un craso error, pues la representativa no es un ersatz de la democracia popular, sino la única forma de construir esta (Urbinati). El pueblo en asamblea siempre decidirá mal, si es que puede llamarse decisión y no aclamación a lo que hace, aunque sólo sea por una razón pragmática: porque, como decía Tucídides a sus ciudadanos, si los que deciden no son los que tienen que llevar a cabo las decisiones, decidirán sin responsabilidad.

La respuesta es complicar la democracia, hacerla más rica y plural
Tampoco es cierto, por mucho que decirlo sea un pecado nefando para nuestro difuso republicanismo, que el ciudadano desee realmente implicarse y participar directamente en la política. Esa implicación es una especie de metapreferencia virtuosa, lo que todos diremos que nos gustaría ser y hacer si nos lo preguntan porque nos parece noble y altruista, pero no existe ninguna evidencia empírica de que los ciudadanos deseen realmente tomar la gobernación en sus manos. Más bien de lo contrario. Por la sencilla razón de que la política dejó de ser hace mucho tiempo (si alguna vez lo fue) la instancia que unificaba y dotaba de sentido a la autocomprensión del ser humano. De nuevo, las cosas no son tan simples como el populista las sueña.

Dicho lo cual, no conviene olvidar que los fracasos de nuestra democracia española provienen también del exceso de simplificación, aunque no la populista sino la partitocrática. La forma en que los partidos políticos se han adueñado de la institucionalidad democrática y han colonizado a una débil y lacayuna sociedad civil ha sido precisamente una forma de simplificación de la política y su reducción al juego de la ocupación y disfrute alternativo del poder y poco más. Simplificación a la que ha colaborado la presentación de la política (el encuadrado o frame) que han llevado a cabo con entusiasmo los medios de difusión, más atentos a sus negocios que al desarrollo de la complejidad y la pluralidad.

Por eso, precisamente por eso, la respuesta al desafío de la perversión simplificadora que proponen los populismos no puede estar en cultivar los rasgos más simpáticos de ella (como parece hacer el socialismo entonando los cantos de la elección ciudadana y de la empatía compasiva), pero tampoco en mantener la simplicidad rígida de un sistema tontunamente democrático pero que no cumple ya con sus propias promesas de control, responsabilidad y dación de cuentas. La respuesta sólo puede ser la de complicar la democracia, hacerla más rica y plural. El problema, claro está, es el cómo hacerlo.

José María Ruiz Soroa es abogado

De Juan Carlos I a Felipe VI: apuntes sobre un regio despacho
Iván Vélez Cipriano www.lavozlibre.com 23 Junio 2014

Arquitecto e Investigador

Terminadas las ceremonias de abdicación y coronación que han trocado a Juan Carlos I por Felipe VI, la normalidad que reclaman en España múltiples facciones políticas, periodísticas y propagandísticas, ha regresado justo antes de que comience el solsticio de verano que precederá a un otoño previsiblemente convulso.

De este modo, tras el amplio despliegue que cubrió los apresurados y discretos fastos, el día después nos ha dejado reportajes sobre el previsible discurso del nuevo Rey y unas cuantas imágenes en las cuales se podía ver a pequeños grupos de portadores de la bandera de la II República española que eran neutralizados por las fuerzas del orden dispuesto por el Estado de las autonomías.

Gracias a la televisión también hemos podido conocer los cambios decorativos que ha sufrido el que fuera despacho de Juan Carlos I, ahora ocupado por el nuevo monarca. Unos cambios que, huelga decirlo, van acompañados de una alta dosis simbólica a cuya interpretación han consagrado sus esfuerzos numerosos expertos en tan especializada exégesis. La cuestión no es en absoluto baladí. Precisamente por tratarse de interpretaciones de las verdaderas intenciones que han llevado a producir tales cambios, el error siempre rondará las conclusiones que se puedan extraer.

Sea como fuere, en tan aúlica estancia ha aparecido, abriendo paso a lo digital entre lo vegetal, un ordenador portátil, una serie de nuevas fotos en las que aparece la nueva reina y su distinguida progenie, una reproducción del la Copa del Mundo de fútbol ganada hace cuatro años y, sobre todo, un cuadro de Carlos III.

Es precisamente tal retrato el que ha suscitado numerosos comentarios, pues al reinado de su antepasado parece acogerse, a decir de los intérpretes, Felipe VI. Monarca de gran popularidad sobre todo desde que en los años noventa fuera elegido por la socialdemocracia gobernante, ampliamente representada en la cena que en el restaurante Currito dio don Juan Carlos antes de su despedida, como una suerte de patrón ideológico al cual se dedicó una universidad cuyo rectorado recayó en la figura de uno de los padres de la Constitución del 78 y hombre protegido por el democristiano Ruiz Giménez: Gregorio Peces-Barba.

De Carlos III se ha destacado su amor por la cultura, palabra que empleó en su discurso don Felipe hasta en siete ocasiones, ya sea en el sentido que cabe atribuir a la expresión por él utilizada: "cultura democrática", ya en el que pueda existir cuando se refirió a una serie de culturas que han convivido en España y "han enriquecido a sus pueblos". En definitiva, tal nos parece, una de las conexiones más potentes entre estos dos monarcas pudiera venir a través de la idea de cultura incorporada a la Carta Magna que juró, en la cual podemos leer que "Los poderes públicos promoverán y tutelarán el acceso a la cultura".

Y si de cultura se trata, en España tiene un relevante papel el jugado por las lenguas que en España, con mayor o menor asistencia institucional, son. La cuestión no fue eludida por Felipe VI, quien, tras hablar del «castellano», añadió que "las otras lenguas de España forman un patrimonio común que, tal y como establece la Constitución, debe ser objeto de especial respeto y protección; pues las lenguas constituyen las vías naturales de acceso al conocimiento de los pueblos y son a la vez los puentes para el diálogo de todos los españoles".

Y es en lo concerniente a las lenguas donde la distancia entre Felipe VI y el antepasado que se sitúa a espaldas de su mesa, aumenta considerablemente. En efecto, consciente de las dificultades políticas que entraña la coexistencia de diferentes lenguas, muchas de ellas conservadas gracias a la acción de la Iglesia, el absolutista Carlos III, sépanlo o no sus sobrevenidos fans embelesados por el mito de la Ilustración, fue quien eliminó el catalán de la enseñanza en 1768, medida que fue acompañada en 1770 por un Decreto en el que ordena, a todas las autoridades de Nueva España, Perú, y Nueva Granada, que extiendan el español con el objeto de que "se extingan los diferentes idiomas de que se usa en los mismos dominios y sólo se hable el castellano".

¡Quién le ha visto y quién le ve, D.Federico!
Vicente A. C. M. Periodista Digital 23 Junio 2014

De ácido pepinillo a arrope intenso. Ese es el cambio sorprendente de uno de los mejores comunicadores españoles. Me refiero ni más ni menos que al azote audiovisual de Mariano Rajoy y del PP, al paladín del liberalismo español, al inimitable, respetado y muy admirado por mí D. Federico Jiménez Losantos. Y la verdad es que desconozco los motivos que han llevado a este personaje a semejante transformación y pasar de un encarnizado anti “juancarlismo” a una entusiasta defensa del nuevo Rey, Felipe VI. Sus artículos en prensa impresa, así como las efusivas adulaciones en su edición digital en los editoriales y video blog en Libertad Digital no dejan lugar a dudas sobre el rotundo cambio.

Porque alabar la conducta de D. Felipe cuando es un hecho que se ha dejado llevar por las rencillas personales de un ministro para vetar la asistencia de la asociación de víctimas del terrorismo Víctimas Contra el Terrorismo liderada por Francisco José Alcaraz, es estar ciego a la realidad. Y no podrá aludir desconocimiento cuando fue denunciado públicamente por Alcaraz en el medio de comunicación de FJL Esradio. Una actitud incomprensible en quien ha sido el defensor a ultranza de las víctimas, criticando posicionamientos politizados como el de Pilar Manjón, y apoyando con sus escasos medios a la difusión de las manifestaciones, concentraciones y demás actos organizados por las víctimas contra las actuaciones del Gobierno de turno.

No sé si uno de los motivos del cambio puede ser debido a que ahora FJL ve la oportunidad de congraciarse con la Monarquía, como revulsivo a seguir manteniendo su ácida crítica al nefasto paso de la dinastía borbónica por España. Es verdad que las tentativas de instaurar una República consistente y equiparable a las verdaderas democracias del mundo, fueron un rotundo fracaso motivado por el comportamiento anti democrático de partidos políticos, en un auge europeo del totalitarismo radical del fascismo y del comunismo. Y es verdad que España vuelve a sentir un miedo irracional por el nuevo auge de una formación totalitaria radical de izquierda como PODEMOS.

Puede ser que FJL se haya quedado sin referentes políticos dignos de confianza, incluida Esperanza Aguirre, la teórica líder Liberal que nunca dio el paso decisivo para romper con un PP desnortado e irreconocible. Puede ser que FJL haya querido agarrarse a lo que parece la promesa de un nuevo estilo de ejercer como Jefe del Estado. Un Rey que se dice a sí mismo “Constitucional”, sin saber muy bien lo que eso significa, porque si hay algo indiscutible, incluso para FJL, es que la Constitución es un papel mojado que nadie respeta desde hace años, ni siquiera los propios padres de la Constitución que piden su reforma y la adecuación a los tiempos.

Porque España sigue siendo un barco a la deriva sin un timonel que tome el mando con mano firme y la aleje de zozobrar contra los acantilados. Una nación que ha sido cuestionada y está ahora en peligro de desintegración por el desafío de los secesionistas catalanes y vascos. Una nación que ve como una parte sustancial de sus ciudadanos está siendo educada en el odio a todo lo que sea y signifique ser español y hablar en esa lengua. Y eso no esperará FJL que lo resuelva de un plumazo el nuevo Rey, porque en primer lugar no tiene poder ejecutivo y en segundo lugar creo que sobrepasa sus capacidades como estadista.

Desde luego que como Liberal no puedo menos que respetar a D. Federico en su nueva faceta pro monárquica, pero no la comparto. Allá cada uno con lo que defiende

Crisis nacional
Un tiempo nuevo a la derecha
Santiago Abascal Libertad Digital 23 Junio 2014

Además de su propio reinado, Felipe VI inaugura una hora decisiva para la nación. España necesita una reforma profunda que ataje las múltiples crisis que la están sofocando, como aquella hiedra de la que advertía Ramiro de Maeztu, en otra época difícil. El desastre económico –que tiene responsables y culpables aún no imputados– ha destapado toda la podredumbre, los errores, traiciones y falsedades sobre los que unos pocos estaban construyendo su poder o directamente su fortuna. Por eso ahora asumimos también que, además de en la economía, hay una profunda crisis en lo moral, en lo social, en lo político y en lo territorial.

A juzgar por ciertos gestos y murmullos, parece que ya hay quien pretende manejar esta hora crítica en su particular beneficio. No tengo la menor duda de que a Felipe VI van a tratar de embaucarle los charlatanes de siempre, pretendiendo convencerle de que la única forma de consolidar la Corona es cediendo ante quienes la desprecian y la insultan a diario. Incluso es muy probable que le aconsejen que lidere la culminación del llamado proceso de paz, como remedo de un 23-F que sirva para fortalecer el reinado. Se barajan sobre este asunto ideas que pudieran parecer delirantes, como una monarquía confederal que amparase la independencia de hecho de Cataluña y del País Vasco y Navarra; y que se cimentaría con numerosos indultos a terroristas, haciendo caso a esa izquierda creciente que ya trata a Otegui como a su Mandela. Nadie otorgaría credibilidad a estos rumores apocalípticos si no fuera porque Bolinaga está de paseo, la Generalidad continúa en rebeldía y Rajoy sigue preocupado por la lluvia. Sin embargo, es de esperar que el nuevo rey haya comprobado –como lo ha hecho toda nuestra generación– que es imposible construir la unidad otorgando crédito y poder a quienes sólo pretenden la ruptura. Y que el nacionalismo y la izquierda radical interpretan cualquier gesto generoso –desde la amnistía al estado autonómico– como síntomas de debilidad del sistema que pretenden liquidar. Hoy cabe esperar –y hasta exigir– que la Corona no repita los mismos errores que tanto dolor y tanta miseria han provocado, y que desautorice a los que se empeñan en liquidar la nación y la libertad. Tal y como dijo el mismo rey en su proclamación, necesitamos "una monarquía renovada para un tiempo nuevo".

Ya sabemos que en las épocas turbulentas de la historia las minorías decididas son capaces de imponerse a las mayorías silenciosas. En España sucede que, más que silenciosa, esa mayoría está silenciada, porque la deslealtad del Partido Popular con sus votantes ha dejado sin representación política a amplísimas capas sociales. No durará mucho, porque sus sucesivas traiciones, la larga marcha hacia el centrorreformismo y más allá, el complejo ante lo progre y el fantasma de UCD lo convierten en un partido en descomposición, a pesar de todo el poder que todavía conserva. Por todo esto, ya sabemos que es imperativo construir una derecha renovada para el tiempo nuevo.

Crisis nacional
Regeneración o caos
Pedro de Tena Libertad Digital 23 Junio 2014

Regeneración es un concepto que hace referencia a la capacidad que tiene un organismo para generar tejidos o miembros nuevos cuando están dañados o se han perdido. Un cangrejo pierde una pinza y genera una nueva, esto es, se regenera. Aplicado a la política este concepto no se limita a indicar la necesidad de recuperar algo perdido o dañado sino que incluye, no sólo la restauración de viejos valores supuestamente esenciales, sino que alude a valores y comportamientos nuevos. En España la fiebre de la regeneración llegó con los acontecimientos de 1898. Ortega, que apenas usó esta palabra, consideraba que regeneración era idéntica a europeización y que Joaquín Costa era el "regenerador" por excelencia. Unamuno, por el contrario, no creía en la regeneración desde arriba y situaba la España regenerada en dos integraciones amplias: la de la diversidad regional y el problema social. Al final, como es sabido, vino la cruenta guerra civil y la dictadura. La instauración de la monarquía constitucional y parlamentaria desde 1978 hizo creer que la regeneración era un hecho: ingreso en la Comunidad Europea, prosperidad económica y social a pesar de las crisis y sistema autonómico con el fin de salvar la unidad nacional sin perder su diversidad.

Con la proclamación de Felipe VI, vuelve a hablarse abiertamente de regeneración pero mucho más extensamente abarcando desde la propia Monarquía a las instituciones fundamentales de la democracia, desde la política a la justicia. En estos últimos casi cuarenta años, hay demasiadas cosas que no han funcionado, sobre todo dos: la corrupción, el abandono generalizado de los comportamientos morales, y la traición nacionalista, alentada por el abandono de los valores patrióticos y nacionales. Ahora se le pide al nuevo rey que encabece el movimiento regeneracionista pero, como decía Unamuno, la regeneración es cosa del pueblo, porque la corrupción y el pasotismo de España no son sólo cosa de partidos, sindicatos e instituciones sino que es algo que está profundamente arraigado en cada uno de nosotros, en la gente. Proyectar los males de la nación en determinados grupos o personajes es hipócrita y una regeneración adecuada no puede comenzar con una mentira. Por ejemplo, para que un político pueda corromperse se necesita, cuando menos, de unos empresarios dispuestos a saltarse la competencia, de unos abogados capaces de vestir a cualquier santo, de unos sindicatos capaces de implicarse en porquerías laborales, de unos trabajadores convencidos de que no son nadie ni pueden nada y así sucesivamente.

Ciertamente, los políticos, rey incluido, pueden hacer mucho porque hacen las leyes y ocupan las principales instituciones. Pero sobre todo, seguimos necesitando, de abajo arriba, como en los tiempos de Costa, escuela y despensa, los brazos de Dios para la nación española como dijo Ramiro de Maetztu. Necesitamos una nueva educación moral, nacional y democrática desde la familia, que no puede seguir desertando de esa misión, a la universidad. Necesitamos valores ético-filosóficos y científico-técnicos que nos permitan seguir la construcción de la nación española, su escuela y su despensa, en el mundo contemporáneo sin nuevos ladrones ni gibraltares. La importancia de los educadores es decisiva, pero también la de los periodistas, las familias y las organizaciones emisoras de ideas y valores, desde las empresas y las televisiones a las iglesias.

Algo no ha ido bien en la nueva España democrática, algo ha sido dañado y algo se ha perdido. La regeneración es necesaria e imprescindible para preservar la nación, pero dicha regeneración abarca, es un poner, desde no asfixiar fiscalmente a ciudadanos que acaban prefiriendo cobrar y/o pagar en negro acostumbrándose a las corruptelas, a la ejemplaridad de la monarquía y los líderes sindicales y políticos pasando por un patriotismo activo que ame con pasión racional a la nación de la que somos parte. Sí. O regeneración o caos.

'La cultura política liberal'
La vía irónica al liberalismo
Santiago Navajas Libertad Digital

"Yo conozco tus obras, que ni eres frío ni caliente. ¡Ojalá fueses frío o caliente! Pero por cuanto eres tibio, y no frío ni caliente, te vomitaré de mi boca". Esta condena de un ángel bíblico podrían haberla firmado Leo Strauss, el padre del neoconservadurismo, y Sayid Qutb, el inspirador del fanatismo religioso de los Hermanos Musulmanes, en referencia a las sociedades liberales que –salvando todas las distancias entre uno y otro– les parecían falta de valores, moralmente débiles y políticamente fofas, incapaces de articular un proyecto de sentido vital y existencial tanto desde el punto de vista individual como colectivo, con lo que necesariamente caerían en el relativismo y el nihilismo, en la anomia y el caos. En definitiva, unas nenazas esos liberales.

Alfonso Galindo y Enrique Ujaldón, en La cultura política liberal. Pasado, presente y futuro, elaboran un manual de respuesta a las críticas que desde el conservadurismo y el socialismo, desde el dogmatismo religioso y el utopismo anarquista, se lanzan contra el liberalismo, abriendo una nueva tercera vía que articula lo político con lo económico y lo ético para crear una antropología irónica que supere el habitual reduccionismo de lo liberal al discurso economicista (con el fantasma heurístico del Homo economicus) reacio a pensar el liberalismo filosóficamente por falta de ambición retórica y pobreza conceptual.

Por ello es conveniente empezar el libro por el capítulo final, en el que se expone una visión ironista del liberalismo que bebe del escepticismo dialogante de Sócrates, a través de su última encarnación en la figura de Richard Rorty y su obra clave, Contingencia, ironía y solidaridad, en la que, sintomáticamente, el capítulo decisivo se denomina "Ironía privada y esperanza liberal", con el filósofo norteamericano contemplando la actividad filosófica como algo más parecido a una tertulia (flexible, amistosa, argumentativa, divertida) que a un sermón (dogmático, unidireccional, intimidante, aburrido). Es decir, lo contrario de lo que venía siendo la habitual tradición filosófica, desde la escolástica, para retomar la afición ateniense por la cháchara de altos vuelos.

Y es que Galindo y Ujaldón tratan de reelaborar un liberalismo que hunda sus raíces en la filosofía moderna, la Ilustración y su método crítico. Sólo que ahora se trata de ser crítico con la propia crítica para asumir que, como sostuvo Popper en La lógica de la investigación científica, en referencia al conocimiento, pero que podemos extrapolar a cualquier actividad humana:

La base empírica de la ciencia objetiva no tiene, por consiguiente, nada de absoluto. La ciencia no descansa en una sólida roca. La estructura audaz de sus teorías se levanta, como si dijéramos, encima de un pantano. Es como un edificio construido sobre pilotes. Los pilotes son hincados desde arriba en el pantano, pero no en una base natural o dada; y si no hincamos los pilotes más profundamente no es porque hayamos alcanzado suelo firme. Simplemente paramos cuando nos satisface la firmeza de los pilotes, que es suficiente para soportar la estructura, al menos por el momento.

Es desde esa conciencia de la cimentación pantanosa y por el momento de nuestras concepciones político-jurídico-económicas que la tercera vía del liberalismo de Galindo y Ujaldón adquiere un carácter dinámico y juguetón, en cuanto que es capaz de cambiar de opinión si cambian los hechos o a alguien se le ocurre una versión mejor. Entre el realismo complejo de Keynes ("Cuando los hechos cambian, cambio de opinión. ¿Qué hace usted, señor?") y la ironía creativa de Groucho Marx ("Estos son mis principios; si no le gustan, tengo otros"), el liberalismo ironista de Galindo y Ujaldón viene a significar una renovación del pensamiento liberal español a través de un talante nietzscheano.

En síntesis, el mundo que nos ofrece [la cultura liberal], la forma de hablar de la realidad a la que nos invita, el tipo de trato entre los hombres al que contribuye, la mirada que fomenta sobre las propias pasiones, sobre los propios miedos, la intensidad que reclama para nuestras creencias, y a la que nos induce el tercer liberalismo no elimina la inseguridad, la conciencia de que todo es contingente, falible, deconstruible; en definitiva, finito.

Ajenos a la revelación como fuente de conocimiento y a la redención como método político, Galindo y Ujaldón establecen una conversación con liberales y antiliberales, del comunitarismo anarquista de Michael Taylor al anarcocapitalismo de Murray Rothbard, pasando por la socialdemocracia de Michael Sandel, apoyándose fundamentalmente en el citado Richard Rorty y dos autores que son claves a la hora de diseñar esta tercera vía a un liberalismo "postmoderno": Bruce Ackerman, y en particular su libro La política del diálogo liberal, y Hans Blumenberg, con su antropología basada en una praxis libre de dogmas y aprioris.

Donde mejor se comprueba este talante ironista del liberalismo propuesto por Galindo y Ujaldón es en la imposibilidad teórica de definirlo. Porque toda definición implica una fosilización y este liberalismo es fluctuante, en cuanto que la libertad que propugna haría saltar por los aires cualquier definición, que, por esencia, es dogmática. En lugar de ello, los autores confían su argumentación a una serie de ideas-fuerza que pasan por el reconocimiento del mercado flexible al lado de un Estado fuerte, que se priorice al individuo tanto a la hora de establecer un mercado no dominado por las empresas (soberanía del consumidor y de la competencia) como un Estado purgado de tentaciones paternalistas (soberanía del ciudadano y la democracia), lo que lleva a una limitación del poder tanto de los capitalistas (recordemos que desde Adam Smith está claro que los empresarios son los primeros que conspiran para acabar con la competencia dentro del capitalismo, ya que sueñan con monopolios perfectos) como de las ramas del Estado (en las que su éxito se mide en virtud de su tamaño, presupuesto y capacidad de coacción).

Galindo y Ujaldón se sitúan en una atalaya única para elaborar una perspectiva completa del liberalismo, dada la amplitud de su mirada, que abarca desde Gary Becker a Michel Foucault, con una facilidad para la expresión que resulta no sólo cortés, como quería Ortega y Gasset, sino estimulante para transitar la suma de referencias en la que nos invitan a sumergirnos en las notas a pie de página. Se preguntaba más sarcástica que irónicamente Jardiel Poncela si alguna vez hubo 11.000 vírgenes, y lo mismo podemos sospechar nosotros respecto de los liberales, una vez visto el resultado obtenido por el Partido de la Libertad Individual en las últimas elecciones. Un tanto pesimistamente sostiene Pedro J. Ramírez que la historia del liberalismo en España tiene más de desventura que de aventura. Sin embargo, obras como la de Galindo y Ujaldón muestran que en la nación que dio al mundo el término liberalismo sigue siendo una opción que no sólo vive y colea, sino que las mejores mentes de nuestra generación participan de ella, renovándola y enriqueciéndola. Un libro imprescindible en cualquier biblioteca liberal y muy recomendable para todos aquellos que sean un poco menos que dioses pero un poco más que bestias.

Alfonso Galindo y Enrique Ujaldón, La cultura política liberal, Tecnos (Madrid), 2014.
cineypolitica.blogspot.com.es

El síndrome de Walter Long
Quienes se empeñan en rechazar la idoneidad del sistema federal para resolver la insatisfacción en Cataluña y el País Vasco corren el riesgo de darse cuenta, demasiado tarde, de que no había más alternativa
Alberto López Basaguren El Pais  23 Junio 2014

El reto planteado por las instituciones catalanas con lo que llaman “derecho a decidir” se está afrontando desde la pasividad. El sistema político español ha renunciado a la iniciativa política y se ha refugiado en la trinchera de la legalidad. Un cinturón de hierro con la UE como último bastión: el rechazo en su seno de una Cataluña independiente, sin el acuerdo de España, diluiría gran parte del apoyo a la independencia, ante los riesgos que acarrearía.

La confianza ciega y exclusiva en líneas de defensa pretendidamente inexpugnables ha provocado grandes desastres históricos. Trasladar a la UE la resolución de un problema político interno sería una muestra de incapacidad que España pagaría muy cara. Pero, sobre todo, la ausencia de iniciativa supone renunciar a la confrontación política democrática por convencer a la mayoría de la sociedad catalana no ya de la inviabilidad de la independencia o de lo inconveniente de ese proyecto, sino de lo beneficioso de su integración en España y de lo conveniente de la forma en que se materializa.

Las instituciones catalanas han planteado el debate en la forma en que el nacionalismo ha creído más conveniente: realización de un referéndum sobre el futuro político de Cataluña con la independencia como opción. El sistema político español corre importantes riesgos si no afronta el debate sobre la legitimidad democrática de esa pretensión y, en su caso, sobre la forma de adecuar su regulación legal. Pero, por encima de todo, debería tratar de cambiar los términos del debate. Frente al tablero elegido por el nacionalismo catalán, tendría que poner encima de la mesa el de la reforma del sistema autonómico, con el objetivo de lograr el acomodo de Cataluña. Mientras no lo haga seguirá a merced de la estrategia del nacionalismo y estará incapacitado para atraer a la mayoría de la sociedad catalana.

Resolver de forma idónea los problemas del sistema autonómico —que es el origen del problema—, mirando lejos, sin dejarse arrastrar por la corriente del momento, solo será posible mediante una reforma constitucional que profundice en la senda federal por la que se ha caminado en estos decenios, sirviéndonos de la experiencia de los sistemas federales más solventes de nuestro entorno.

Frente al referéndum pedido por el nacionalismo, el sistema español no toma iniciativas

La tradición política española es reacia a los planteamientos federalistas. La catastrófica experiencia de la Primera República tuvo una influencia determinante en el rechazo expreso del sistema federal en 1931; diseño que copió la Constitución actual. Sin embargo, el sistema autonómico ha avanzado por el camino de los sistemas federales, como lo reconocen, significativamente, prestigiosos estudiosos foráneos del federalismo. Ha sido un gran acierto, porque fuera del esquema federal no es posible una solución estable de futuro. Pero mantiene singularidades que, una vez despejadas las incógnitas presentes en 1978, son fuente de problemas más que de soluciones; y están ausentes elementos que se han mostrado saludables en otros sistemas federales.

El recelo frente al federalismo, sin embargo, sigue todavía muy vivo en sectores variados de nuestro país. A los motivos históricos se añaden dos razones fundamentales. El sistema federal no es adecuado para España porque solo hay dos territorios (Cataluña y País Vasco) que están insatisfechos con el sistema autonómico; y, además, el federalismo no satisface a los nacionalistas, que lideran la expresión política de esa insatisfacción. Por tanto, el federalismo no serviría para resolver el problema que tenemos entre manos.

Idénticos argumentos fueron utilizados en Reino Unido (RU). Albert V. Dicey, el más prestigioso constitucionalista británico de los últimos dos siglos, los expuso brillantemente en su encendida y radical oposición a los sucesivos proyectos de home rule (autogobierno) para Irlanda y a cualquier solución federal. Se trataba, a su juicio, de un salto al vacío (a leap in the dark), que Inglaterra no necesitaba ni quería dar; y no servía para resolver la cuestión irlandesa: como solución, era un paraíso para ingenuos (a fool’s paradise).

Los unionistas impidieron cualquier salida, hundiendo al sistema británico en una de sus más graves crisis políticas: la fractura puso a Reino Unido en la antesala de la guerra civil y llevó a la independencia de Irlanda, aunque fuese al precio de la guerra fratricida dentro del nacionalismo irlandés, la división de la isla y la violencia sectaria en el norte, que ha llegado hasta nuestros días.

Los unionistas cerraron toda salida en Reino Unido, lo cual llevó a la división de Irlanda y a la violencia

Como ha puesto de relieve el historiador canadiense John Kendle —agudo estudioso de este proceso—, el éxito del unionismo fue facilitado por los importantes defectos de los sucesivos proyectos, provocados, en gran medida, por el rechazo británico a la lógica federal, impidiendo un proyecto coherente y de sólidos fundamentos.

Algo similar está ocurriendo en España con la oposición a la reforma de la Constitución para profundizar en la senda federal. La cuestión no es si el sistema federal satisface o no a los nacionalistas, sino si permite afrontar mejor la integración política de la diversidad —logrando una satisfacción suficiente de las comunidades con un fuerte sentimiento de identidad diferenciada—, garantizando mejor la estabilidad política. Es decir, si el sistema federal es la mejor plataforma para afrontar con solidez el reto rupturista del nacionalismo. El desarrollo de los acontecimientos en Quebec pone de relieve que, a pesar de todo, el sistema federal facilita la adhesión de una parte muy importante de la ciudadanía en sociedades de esas características y la satisfacción suficiente de parte significativa, incluso, de quienes desearían, en su corazón, la independencia. Una tercera vía que permitiría la movilización de una parte cuantitativa y cualitativamente relevante de la sociedad catalana y la atenuación de la adhesión a la independencia por parte significativa de los independentistas recientes; algo que el unionismo, puro y simple, es incapaz de lograr. Las encuestas parecen avalar, todavía hoy, que esto es posible en Cataluña —y también en el País Vasco—, a pesar de la extensión del escepticismo sobre la capacidad de España para plantearlo de forma seria y convincente.

Quienes se empeñan en rechazar la idoneidad del sistema federal corren un serio riesgo de caer en el mismo error que Walter Long. También magníficamente estudiado por Kendle, Long fue uno de los más destacados políticos unionistas, defensor de primera línea de los intereses del unionismo irlandés desde su escaño en Westminster —y en distintos Gabinetes— y uno de los principales protagonistas del fracaso de los sucesivos proyectos de home rule para Irlanda desde 1886. Pero Walter Long poseía una destacada inteligencia política. Durante el debate de lo que llegaría a ser la home rule de 1914 (que no entró en vigor por el estallido de la Gran Guerra), llegó a la convicción de que el mantenimiento de los postulados unionistas llevaba inexorablemente a la pérdida de Irlanda. Y se empeñó en tratar de encontrar una solución que fuera capaz de acomodar los intereses de los unionistas, mayoritarios en seis de los nueve condados del Ulster —lo que acabará siendo Irlanda del Norte—, y de los nacionalistas, muy mayoritarios en el resto de Irlanda. Sobre la base de lo observado en su largo viaje a Canadá, llegó a la conclusión de que solo había una solución posible: el sistema federal. Pero era ya 1914; demasiado tarde para que una solución de este tipo fuera factible. El gran opositor a la home rule y a la solución federal descubre el federalismo como solución cuando ya el sistema federal no puede ser la solución; cuando ya no hay solución. Es lo que llamo el síndrome de Walter Long.

El federalismo no es ninguna panacea. Por sí mismo, no garantiza el éxito de la empresa. Como escribió Walter Bagehot, ninguna política es capaz de extraer de una nación más de lo que esa nación tiene en su interior. En esa reforma constitucional España se enfrentará a sí misma y mostrará su capacidad para resolver el problema planteado por la reclamación catalana; o su incapacidad. Pero no hay alternativa.

Alberto López Basaguren es catedrático de Derecho Constitucional en la Universidad del País Vasco (UPV/EHU).
La conspiración rojo-judeo-masónico… ¿neoliberal?
Fernando José Vaquero Oroquieta  latribunadelpaisvasco.com 23 Junio 2014

En el artículo anterior de esta columna, Hijos de Trotski, Gramsci y papá-Estado, señalábamos la llamativa circunstancia de que determinados personajes, de notable ascendencia social, compartieran un pasado común en organizaciones trotskistas; no sólo en España. E incluso aventurábamos, a modo de hipótesis explicativa, que una vez superada la militancia en esos cenáculos asfixiantes y deterministas, permanecerían impregnados por el marchamo de semejantes factorías ideológicas especializadas en el cálculo y la abstracción; orientándose, finalmente, hacia un liderazgo social de carácter elitista... y en espacios de poder muy distintos de lo que inicialmente imaginaron. Una versión posmoderna del “todo para el pueblo, pero sin el pueblo” que caracterizó al Despotismo Ilustrado.

Todo ello venía a cuento al constatar la mutua implicación de Izquierda Anticapitalista con "Podemos": una expresión más de esa tentación tan trotskista dirigida a la infiltración (que denominan “entrismo”) y la experimentación. Fue en ese contexto en el que mencionábamos, a título ilustrativo, a Jame Roures (empresario de medios de comunicación), Joaquín Trigo (prestigioso economista liberal), y al representante del ala liberal de CiU Antoni Fernández-Teixidó.

Como era de esperar, nos llegaron algunos comentarios jocosos en los que se sugerían que enlazáramos tales nexos a la “conspiración rojo-judeo-masónico-separatista-internacional”; aquel artificio del franquismo en el que se personificaba pomposamente al enemigo del régimen.

Pocos días después leíamos el editorial de 15 de junio de la publicación PáginasDigital.es, una interesante publicación madrileña dirigida por el periodista Fernando de Haro, en la que colaboran, junto a otros, algunos exponentes de Comunión y Liberación. Titulado Trágica resaca neocon, reflexionaba, muy acertadamente desde nuestro punto de vista, acerca de las trágicas consecuencias derivadas de las intervenciones militares norteamericanas en Iraq, que nos llegan hasta las masacres estos días perpetradas por los terroristas de EIIL en Mosul y otras localidades del centro del país. Allí se afirmaba, entre otras cuestiones que «En los orígenes de esta tragedia, que ya desestabiliza toda la zona, tienen mucho peso los errores de Obama y la ideología neocon que dominó muchos despachos de la Casa Blanca durante el mandato de Bush. Obama ha fracasado en su intento de resucitar el proceso de paz en Tierra Santa, se equivocó al apoyar a los Hermanos Musulmanes en Egipto (afortunadamente hay un Egipto musulmán y maduro que rechaza a los radicales) y también ha errado en Iraq. Ha apoyado a Maliki a pesar de que es un presidente sectario. Mandó sacar las tropas hace dos años cuando todavía faltaba mucho para conseguir la estabilidad. Iraq no era Afganistán. Hasta hace no mucho era un país moderno, con infraestructura, con una cierta clase media bien formada. El general Petraeus, ahora de capa caída, le dijo claro al presidente cuál era la solución: tropas y fomento de la reconciliación nacional». Y continuaba, ¡oh, sorpresa!, así: «Más responsabilidad tiene el trotskismo occidental. Sí, el trotskismo. Buena parte de los neocon que estuvieron al mando tras el 11 S eran revolucionarios que habían bebido en los fundamentos de la IV Internacional. Luego pegaron el pendulazo, pero mantenían la impaciencia ante la historia en su propósito de utilizar el poder para instaurar los valores occidentales en el mundo. El American Enterprise Institute for Public Policy Research y el Project for the New American Century se convirtieron en sus plataformas. El vicepresidente Cheney les abrió la puerta a la Casa Blanca. Y alguno de ellos, como Richard Perle, llegó muy alto. Tan alto que fue el padre de la operación contra Sadam». Una constatación que, en cierto modo, avalaría nuestra hipótesis.

En realidad, antiguos trotskistas los encontramos un poco por todas partes: en la familia, el trabajo... incluso ¡en el Frente Nacional de Marine Le Pen! Nos referimos, por ejemplo, al ex-militante de Lucha Obrera y del NPA, sindicalista de la CGT y alcalde de Hayange por el FN, Fabien Engelmann. ¿Simple oportunista u otro espécimen moldeado en las barricadas trotskistas?

Tan particular “escuela” marxista-trotskista imprimiría a sus aventajados alumnos, decíamos, unas determinadas características temperamentales que, en Páginas calificaban, de manera muy delicada, como una compartida «impaciencia ante la historia». Diríamos, por nuestra parte, que se trataría, más bien, de una ortopraxis despegada de la realidad y devenida en un elitismo implacable; la experimentación social a máxima escala; un notable desprecio por la libertad y los derechos de personas y pueblos. Verdadero espíritu de secta, en suma, al servicio de los intereses de una oligarquía alejada de la gente real; ya lo sea a nivel local, nacional o universal.

Siempre han existido minorías, más o menos reconocibles, que disfrutan un tanto arbitrariamente -cuando no de modo tiránico- de los poderes reales; bien desde una plataforma sectaria, familiar, económica, o sencillamente seducidos por la erótica del poder. Como decía Giulio Andreotti: “el poder desgaste, pero mucho más el no tenerlo”; una máxima seguida a pie juntillas por arribistas de todos los colores y latitudes. En todo caso, lo más trascendente de esta “ley” histórica, no es tanto su denominación o autopercepción, como los métodos “discretos”, cuando no totalmente secretos, de los que se sirven esas minorías; y sobre todo sus nefastas consecuencias. Un estilo, un modo viciado de relación con los demás a los que manipular y dirigir.

Desde una perspectiva histórica, observamos que las diversas ideologías políticas -también desde las teorías conspirativas- vienen identificando al menos a grosso modo a esos supuestos “amos del mundo”; quienes moverían los hilos detrás del telón del teatro del mundo. Una modalidad de ello, la nominalmente franquista “conspiración rojo-judeo-masónico-separatista”, generó muchas risas; sobre todo muerto el viejo dictador en su cama. Pero, ¿es más risible esta categoría que la que se verbaliza en “la alta finanza internacional” y/o la “ideología neoliberal” a las que la extrema izquierda mundial atribuye todos los males del mundo? ¿No serán ambas, en cierto modo, dos aproximaciones, imperfectas y por ello deformadas, de esa fractura que divide a la humanidad?

Un ejemplo próximo de todo ello. PODEMOS señala acusatoriamente a esa supuestas minoría autócrata en “los poderosos”; y el Frente Nacional, en el país vecino, por mirar otra experiencia cercana, la señala como el “poder anónimo de las élites de Estrasburgo”. Pero, ¿no existe un terreno común entre ambas categorizaciones?

Lo que es evidente es que no existe una conspiración trotskista para dominar el mundo. Otra cosa es que sus irreductibles militantes enarbolen, todavía hoy y con juvenil entusiasmo, viejas banderas en empeños propios de los años treinta del siglo pasado. Y que, desengañados de sus antiguos ideales, algunos otros se vayan insertando -cualificados y gustosos- en esas elites que en un principio pretendieron derrocar. Unas minorías –tan exclusivas como inaccesibles para el común de los mortales- que viven al margen de no pocas leyes nacionales e internacionales: imponiendo sus designios a la inmensa mayoría, determinando sus valores, condiciones de vida y la manera de pensar. Si se llaman Club Bilderberger, Comisión Trilateral, NOM, la Troika o el Banco Mundial, ya no es tan importante. Y si entre ellos hay antiguos trotskistas, únicamente constituiría una anécdota ilustrativa de esa minoría autoproclamada en clase dirigente – muy “discreta”, eso sí- de una inmensa mayoría velis nolis. Con democracia formal o sin ella. Blanda o duramente.

¡Qué paradoja histórica! Los antiguos revolucionarios que pretendían asaltar los cielos… ¡al servicio de los todopoderosos! Y de ellos mismos.

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S. McCoy El Confidencial 23 Junio 2014
Revelador: 36 horas de infarto en territorio catalán

Acudo el pasado jueves –"tres jueves hay en el año que brillan más que el Sol, Corpus Christi, Jueves Santo y el día de la Ascensión"– a la maravillosa ciudad de Barcelona para participar en un debate acerca del futuro de la economía española junto con otros periodistas, algún político y un número razonable de empresarios de toda clase y condición. Como se trató de un encuentro privado, me van a permitir que omita los detalles. Permanecí en la Ciudad Condal hasta el sábado por la mañana, 36 horas en total.

En todas las reuniones y encuentros mantenidos en ese día y medio, el ‘tema’ o la ‘cosa’ –como allí se conoce al proceso que se manifestó por primera vez con fuerza en la Diada de 2012 y tendrá en el nueve de noviembre, fecha tentativa para la convocatoria de un referéndum que, si no se produce oficialmente, lo hará por la vía de los hechos, su siguiente momento culmen– se convirtió antes o después en parte central de la conversación. Entre la preocupación de los unos y la esperanza de los otros, todos los rincones no ya de la Catalunya payesa, sino de la metropolitana capital, discuten sobre el entorno político de segregación territorial en curso. Nadie es ajeno a él, no cabe mirar hacia otro lado. La quiebra social es evidente.

Las interpretaciones son diversas.
Entre los más ‘españoles’ se impone la tesis de que es la falta de una idea de España la que hace que triunfe entre los ciudadanos de esta región la idea de una alternativa local, por disparatada o utópica que parezca. Si recuperamos la ilusión Nacional, con mayúsculas, se diluirá esa esperanza 'nacional' que cada vez cuenta con más adhesiones. Se trata de una visión naïf pero con un fondo innegable de verdad. No hay un proyecto colectivo que ilusione, al estilo del cambio de régimen de la Transición, al que adherirse entusiásticamente como español. Falta argumentario para aunar el esfuerzo de todos alrededor de una idea en el resto de la piel de toro, defecto que se suple de esta manera en Catalunya.

La situación es CiU es crítica. La desesperación se palpa en su seno. Necesitan un gesto del Gobierno central –que envuelven en poesía cultural e intelectual pero que desean sea prosaicamente financiero– como única salida al lío en el que ellos mismos se han metido. A su error de estrategia de convertir innecesariamente y como forma de presión una cuestión económica en materia sentimental, respondió el PP de Madrid creyendo que la asfixia regional terminaría por vencer a los impulsores cuando la realidad es que dicha precariedad ha multiplicado entre la población la sensación de agravio. La posibilidad de una ruptura de la coalición que históricamente ha gobernado en Catalunya es altísima a día de hoy, como lo es que se llegue a quebrar, llegado el caso, la propia Convergència. En un entorno de desmantelamiento del PSC, el panorama parlamentario local quedaría severamente tocado a futuro y en manos de los que ya han demostrado su nula capacidad de gestión: la muerta ERC a la que Artur Mas ha imprudentemente resucitado.

La elite catalana, fundamentalmente empresarial, tiene miedo. Tanto por sus negocios como por su estatus. Los mensajes que se lanzan desde la izquierda radical son de desmantelamiento del régimen burgués que ha caracterizado a la que se pretende sea nación hasta ahora. Sus miembros se mueven entre la necesidad de que el horizonte se despeje ("que se vote sí o no pero que se vote ya") y el pragmatismo que han acumulado en años de vida societaria ("que se encierren un una sala Rajoy y el president y no salgan hasta que lleguen a un acuerdo"). Aunque nadie lo reconoce, el modo binario como se ha planteado hasta ahora la cuestión hace que los parámetros sobre los que se ha de construir cualquier plan B asusten al más pintado.

¿Qué va a suceder?, ¿dónde está la clave? En si hay posibilidad desde el Govern de controlar o no la Asamblea Nacional Catalana, ese monstruo que han alimentado y que amenaza con devorar –si no lo ha hecho ya– a sus creadores.

Si no se produce gesto alguno desde el Ejecutivo central, la suerte está echada, poco más hay que hablar. La ANC seguirá acumulando partidarios y la posibilidad de una decisión unilateral y, por ende, de una confrontación con España ganará peso con el paso de los días. No habrá manera, por más que se quiera, de frenar la marea separatista. Racionalmente irracional, pero el término razón hace tiempo que dejó de formar parte de la ecuación. Es, al menos, lo que se desprende de los interlocutores con los que he hablado. El "no va a pasar nada" resulta infantil como análisis político a día de hoy.

Supongamos que ocurra lo que se antoja, a estas alturas de la película, imposible: la negociación de un nuevo marco fiscal entre Nación y nación. ¿Se contentaría la ANC con el nuevo entorno y renunciaría al calor de ese potencial pacto a sus reivindicaciones separatistas, o no? Esa es la pregunta del millón, cuya respuesta es desigual. Desde CiU piensan que, con el apoyo de los medios de comunicación públicos locales y el control ejercido hasta ahora sobre los dirigentes de la Asamblea, es cosa hecha siempre que tengan argumentos que les salven a ellos y sirvan para contentar a la parte más moderada del movimiento, si la hubiera o hubiese. Sin embargo, la sensación personal que uno se lleva es que esta gente vuela más sola de lo que se dice y que se ha alimentado una ilusión colectiva que difícilmente se podrá desmontar simplemente con dinero. Veremos a ver. Lo que sí parece cierto es que esta es, no la mejor, sino la única opción para frenar de alguna manera el ‘tema’ o la ‘cosa’ a día de hoy. Si hubiéramos tenido a ambos lado de la mesa a estadistas y no a escapistas, a estrategas y no expertos en la táctica electoral, otro gallo nos habría cantado, pero el problema es que, ahora, cualquier decisión en este sentido que se tome será mal interpretada tanto dentro como fuera de las ‘fronteras’ catalanas. Mala pinta, lo digo de verdad, tiene el tema. Muy mala, de hecho.

Nos esperan unos meses de infarto que está por ver en qué desembocan. Pero lo improbable hace un par de años es en este momento más posible que nunca. Al menos desde el terreno. Se ha renunciado antes de empezar a la figura del nuevo Rey como componedor, en aras de una posición en el ordenamiento jurídico que no le arroga tal papel. Sería un desperdicio. No en vano, la caída de su padre es fruto de sus malos gestos pero también de sus clamorosos silencios. "Una Monarquía renovada para un tiempo nuevo" exige también esto, remangarse y empujar. De hecho, las probabilidades de una secesión no querida ni por España ni por CiU están ahí. Sufrirá fiscalmente nuestro país y se colapsará su tenue recuperación, males menores. Lo verdaderamente importante será que nuestra patria jamás volverá a ser la misma sin Catalunya. Y eso, me temo, es lo que puede estar por llegar.

Horas intensas y preocupantemente reveladoras en la capital catalana.
Buena semana a todos.

¿Qué hacer? (I): El control del "proceso"
Jordi Carrillo www.cronicaglobal.com 23 Junio 2014

Por mucho que algunas collas castelleras haciendo turismo se empeñen, no existe ningún "derecho a decidir", entendiendo por ello algún tipo de democracia extraparlamentaria, si es que tal cosa existe. Para un servidor, como ciudadano español, pancartas con el lema "Catalans want to vote" son un menosprecio. España es un Estado democrático. Los españoles, y por tanto los catalanes, sí votamos. Sí votamos y por tanto sí decidimos. Votar en unas elecciones es decidir. Pero justamente porque votar en unas elecciones es decidir, tendremos que tener claro que en pocos años, si no meses, llegará una votación, sea en la forma que sea, en la que la independencia será, al menos en Cataluña, el asunto central. Pensamos que esta votación puede tomar cuatro formas:

1. Una consulta, referendaria o no, organizada por la Generalidad.
2. Un referéndum convocado por el Gobierno español.
3. Unas elecciones autonómicas o generales en clave "plebiscitaria".
4. Un referéndum de reforma constitucional.

En esta primera entrega nos centraremos en analizar la oportunidad política de las tres primeras opciones, mientras que en la segunda entrega nos ocuparemos de la reforma constitucional. El análisis de oportunidad se hará de acuerdo con tres criterios:

1. El momento. Hay momentos que serán más o menos oportunos. Por ejemplo, hacer coincidir esta votación con las elecciones municipales puede llevar a una inflación de voto nacionalista catalán y, consecuentemente, a un incremento de sus cuotas de poder municipal. Otra cuestión es si nos conviene más que la votación sea durante esta legislatura española, con una sólida mayoría del PP y con una presencia notable del PSOE o en la próxima, cuando estos dos partidos no sabemos si llegarán no ya a los 2/3 de Diputados del Congreso (234), sino a los 3/5 (210).

2. La pregunta. Aquí somos de la opinión de que la pregunta debe ser, dicho de manera sucinta, independencia sí o no, y sólo sobre eso. No debe haber lugar para vías intermedias. Puede considerarse que dividir el voto nacionalista ofreciéndole varias opciones es un antídoto seguro contra la independencia. Aquí, por el contrario, tenemos el convencimiento de que cuando la elección sea entre, por una parte, Cataluña, y, por otra, Cataluña, España y la Unión Europea, triunfará España rotundamente. Y no sólo eso, sino que, además, eliminaremos por muchos años el nacionalismo catalán como eje central de la política catalana y acabaremos con la fosa abisal entre la opinión publicada (o televisada) y la opinión pública en Cataluña. Además, presenciaremos cómo los partidos sin credibilidad independentista, o sea, UDC, PSC e ICV, y ya veremos si CDC, pagarán el precio por su falta de definición, o, en otras palabras, por su apoyo a esta patraña del derecho a decidir.

Por si esto fuera poco, preguntar sólo sobre independencia servirá para que de una vez todos aquellos que, como escribiría Salvador Sostres, juegan a hacerse la virgen en medio de una orgía, como el Sr. Gay de Montellà, o simplemente callan, por ejemplo un Pau Gasol, deban posicionarse. En este sentido, creemos que la movilización nacionalista catalana, especialmente entre el star-sytem, ha llegado a su cenit (quizás falte algún jugador del Barça), mientras que el movimiento español está en pañales.

3. Los electores. Suponiendo que el Gobierno organice la votación, la primera cuestión en este punto será si se debe preguntar al cuerpo electoral español o al catalán. Si queremos ser coherentes con la soberanía nacional, deberían ser preguntados todos los ciudadanos españoles. Esta alternativa tiene, sin embargo, el inconveniente de abrir el melón de la independencia en el País Vasco, en Galicia y al paso que vamos en Baleares, sin evitar las consecuencias que conllevaría un voto claro por la independencia en Cataluña. Restringir la pregunta a Cataluña significaría reconocer tácitamente su derecho a la autodeterminación. Si es, en cambio, la Generalidad quien organiza la votación nos encontraremos, en el caso de una consulta no referendaria, con la ampliación del censo a adolescentes de entre 16 y 18 años (si es que el texto de la proposición de ley no cambia, aunque parece que sí lo hará vistas las enmiendas), y a otros colectivos en principio más receptivos al mensaje nacionalista catalán.

Establecidos los criterios, es ahora el momento de volver al análisis sucinto de las formas que puede tomar la votación sobre la independencia:

1. Consulta, referendaria o no, organizada por la Generalidad. Esta es sin duda la peor vía, ya que otorga el control de todos los elementos al Sr. Mas. Afortunadamente, es una vía antiestatutaria. De acuerdo con el art. 122 del Estatuto, la Generalidad sólo puede organizar consultas, referendarias o no, sobre materias de su competencia, y no vemos que declarar la independencia figure entre las competencias listadas en el título IV del Estatuto. Además, las consultas referendarias necesitan de la autorización del Gobierno de España.

Una consulta no referendaria sólo podría tener lugar si el Gobierno de España abdicara sus funciones y no la impugnara ante los tribunales. La impugnación podría tener lugar ante la justicia constitucional y / o la jurisdicción ordinaria. Habrá que esperar al redactado final de la ley de consultas no referendarias, actualmente en tramitación, para saber si contiene elementos antiestatutarios, lo que la haría impugnable ante el Tribunal Constitucional. Estos elementos podrían ser dos: a) que se sobrepase el art. 122 del Estatuto respecto al objeto de la consulta (art. 3 de la proposición de ley); b) que se conforme un conjunto de personas legitimadas para votar tan similar al cuerpo electoral de elecciones y referendos que se considere que se trata de un referéndum encubierto (art. 5).

Pero sea o no estatutaria la ley, el hecho es que las preguntas anunciadas por el Sr. Mas no lo son de ningún modo. De ahí que, dicho sea de paso, no entendamos el énfasis del Sr. Iceta en el dictamen que el Consejo de Garantías Estatutarias emitirá sobre la ley, cuando lo que cuenta son las preguntas (bueno, sí lo entendemos: es el enésimo intento del PSC de hacerse perdonar por los nacionalistas). Siendo las preguntas antiestatutarias, su convocatoria se convierte, por tanto, en impugnable ante la jurisdicción contencioso-administrativa ordinaria, y, en consecuencia, no sólo por el Gobierno de España sino por todos y cada uno de nosotros.

E incluso, y esto ya sería para los amantes de las maniobras retorcidas, visto que un Estado propio no independiente es un objeto constitucional no identificado que bien podría amparar una reducción de competencias y financiación de la Generalidad, se podría impugnar la pregunta por falta de claridad, con el objetivo de tolerar la consulta pero forzando una pregunta única: independencia sí o no.

2. Un referéndum convocado por el Gobierno español. Esta alternativa da el control de todas las variables en el Gobierno, pero o bien suscita el problema del reconocimiento tácito de la soberanía catalana o bien abre el melón en otras partes de España. Si el Gobierno de España decide ponerse al frente, recomendamos que la convocatoria vaya acompañada de dos declaraciones: a) El Gobierno de España no apoyará ningún procedimiento extraordinario o acelerado de adhesión del nuevo Estado a las organizaciones internacionales de las que España es miembro; b) El Gobierno de España se reserva el derecho de considerar españoles aquellos municipios que hayan votado mayoritariamente mantenerse en España.

3. Unas elecciones autonómicas o generales en clave "plebiscitaria". Estas elecciones tienen diferentes ventajas: plantearán el debate programático en términos de independencia sí o no; el cuerpo electoral no podrá ampliarse al gusto del Gobierno de la Generalidad; no cuestionan la soberanía española ni exportan el problema a otras partes de España. Además, nada impediría que se hicieran las dos declaraciones formuladas en el párrafo anterior. El inconveniente es que se convocarán cuando el Sr. Mas decida, con el peligro de que las haga coincidir con las próximas municipales, o durante la próxima legislatura española, con una, al menos hoy, previsible presencia notable en el Congreso de fuerzas que han desertado la soberanía española.

En la segunda entrega hablaremos de la reforma constitucional.

España inteligible
Escenarios agonísticos
Rafael Núñez Huesca www.elsemanaldigital.com 23 Junio 2014

En base a hechos consumos. Así ha actuado el nacionalismo catalán desde la instauración del actual régimen democrático. Modificando el status quo en su beneficio y sabiendo que la posible rectificación que ejerciera el Estado del nuevo status quo sería usado como valiosísima munición argumental.

El planteamiento es simple pero extraordinariamente provechoso. Se dio, por ejemplo, con la tramitación del actual Estatuto: los partidos redactan un texto jurídicamente imposible y que rompe de facto la soberanía y la propia Constitución. Lo lanzan rápidamente al pueblo y este, aunque con cifras de participación irrisorias, lo respalda. Y ya tenemos el texto legal impulsado por la mayoría de los partidos regionales y avalado democráticamente "por el pueblo de Cataluña". Ahí queda.

Cualquier medida que se tome a partir de este momento por parte del Gobierno central será, ya se sabe, "una intolerable agresión a Cataluña", "un sometimiento centralista" o "el síntoma inequívoco de la decadencia de un Estado que nunca entendió su propia pluralidad y del que urge escapar cuanto antes".

El resultado es el previsto (y causado) por las oligarquías nacionalistas: una gigantesca frustración colectiva que, por la vía del victimismo, suma nuevos afectos a la causa. No de otra cosa se alimenta el nacionalismo. Los diferentes Gobiernos centrales, sabedores de esta endiablada dinámica y para evitar sus consecuencias, han mirado hacia otro lado en asuntos como la política lingüística o la representación internacional, el llamado DiploCat.

Han dejado hacer. El llamado "procés" no es sino la sublimación de esta estrategia. Se establece la celebración de un referéndum secesionista, se fija la fecha, se elaboran las preguntas y casi casi las respuestas. Ya tenemos de nuevo al separatismo tomando la iniciativa y el Estado a remolque de los acontecimientos y con pocas posibilidades de salir airoso.

El Gobierno pierde o pierde. Si se presta a la celebración y se quiebra la soberanía nacional, se genera un gravísimo precedente para otras regiones y se asume el riesgo cierto de que España deje de existir como Estado nación. Mas si el Estado impide la consulta, entonces sí, se desatará una colosal campaña de victimismo que inflamará el ánimo de centeneras de miles de catalanes (incluso no independentistas pero sí partidarios de la consulta) que, como hemos visto, redundaría inmediatamente en beneficio del separatismo.

El nacionalismo, experto en desarrollar escenarios agonísticos, hábil elevando constantemente la tensión, ha obtenido siempre los réditos deseados. Las nueces que dirían los otros. Pero esta vez Mas puede acabar siendo víctima de su propia propaganda. Una parte importante de los catalanes no tolerará que el viaje a Ítaca que les prometió y para el que ya están embarcados, no arribe a puerto. Ha llevado la situación a tal punto de sobreexcitación que ha acabado por perder el control. Y las consecuencias pueden ser dramáticas.


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