AGLI Recortes de Prensa   Domingo 13 Julio  2014

¿Representantes democráticos o delincuentes?
Pío Moa http://www.piomoa.es  13 Julio 2014

Ha llamado mucho la atención la sentencia de un juez exculpando a los que intentaron asaltar el Parlament. La tónica ha sido denunciar la sentencia por antidemocrática, ya que los asaltantes no solo obraban con violencia, sino que agredían nada menos que a los representantes del pueblo, elegidos por los ciudadanos. ¿Qué hay de eso, en realidad?

La noción estrafalaria que se tiene en España de la democracia hace creer a muchos que los “representantes”, los políticos “democráticos”, tienen poder omnímodo para hacer y deshacer legalmente. El Charlamento catalán ha aprobado leyes contrarias a la Constitución, sus jefes han anunciado que se pasaban por la entrepierna las decisiones del tribunal constitucional –el cual tampoco merece demasiado respeto–, muchos de ellos están implicados en redes de corrupción… ¿Qué es esto sino delincuencia? Pero esos “demócratas” saben blindarse. Se aforan y pretenden que cualquier decisión que ellos tomen está por encima de la Constitución y sobre todo de España, a la que pretenden balcanizar. Para ellos, la ley, la moral, no existen por sí: consisten en lo que ellos mismos decidan por mayoría en cada caso. Lo mismo ocurre con las Cortes españolas: han aprobado la colaboración con la ETA, leyes inadmisibles de aborto, la totalitaria ley de memoria histórica, están entregando “toneladas de soberanía” a la burocracia de Bruselas, se desentienden del problema de Gibraltar… Todo esto es pura y simple delincuencia. En torno a la colaboración con la ETA, he hablado con abogados y por lo visto nada se puede hacer, porque estos individuos se han blindado convenientemente: ellos hacen la ley, con lo que no puede perseguírseles. Pero sí, al menos, denunciarlos ante la opinión pública, porque el delito persiste, incluso agravado. Como cuando el Parlamento francés decidió amnistiarse sus corrupciones. Llamar a eso democracia es una burla indecente.

Por otra parte, ¿son representantes de verdad? ¿Los conocen acaso los supuestos representados, fuera de la docena que suena habitualmente en los medios? Ciertamente, los representados no conocen a la inmensa mayoría de sus representantes, y de los que conocen tienen ideas a menudo peregrinas. Esta realidad llega al súmmum en la Unión Europea. En definitiva, la representación es una ficción en todas partes. Pero se trata, en general, de una ficción útil, como hay tantas: permite cierto grado de cambio político de modo pacífico y sin mayores convulsiones. Ahora bien: ¿qué pasa cuando los supuestos representantes son en gran medida corruptos, no vacilan en vulnerar la ley, en atacar los cimientos de la propia nación e imponer leyes cada vez más antidemocráticas?

Suelen pasar muchas cosas, empezando por la putrefacción de la democracia. Una de cuyas manifestaciones es, precisamente, el mencionado acoso al Parlamento o Charlamento catalán, por obra de unos ciudadanos a su vez delincuentes. Por eso urge una alternativa clara y razonable, que podría venir de VOX. Y por eso fuerzas oscuras, o botarates, o mezcla de ellos, se están afanando en destruir ese partido.

Lengua y libertad
Andrés Aberasturi www.estrelladigital.com 13 Julio 2014

Confieso en que yo al menos -tal vez porque no soy parte- ya estoy absolutamente perdido en el tema de la llamada inmersión lingüística; ya ni sé lo que ahora está en vigor, lo que estuvo y se corrigió, lo que se corrigió y nunca estuvo, los decretos, las sentencias, los recursos... toda esa guerra de la que han hecho bandera unos y otros y que tanto daño está haciendo -imagino- a los estudiantes en Cataluña sin olvidar lo que ocurre en Baleares. Ahora parece que el Gobierno quiere sacar adelante un alambicado plan para que todos aquellos que quieran estudiar en castellano y no puedan, lo hagan en un centro privado al que pagará la Administración central para luego descontar esas cantidades pagadas de lo que debe dar a la Generalidad catalana. La cosa resulta absolutamente complicada y encima ya han dicho en Cataluña que piensas recurrir la medida por ilegal en cuanto salga. Y seguimos.

Lo que no se entiende es que aquí alguien se está saltando la legalidad y hay que recurrir a estas complicadas argucias para que esa legalidad sea un hecho. Hay sentencias del Constitucional que dejan claras las obligaciones de unos y de otros de forma que sólo se trata de cumplirlas y hacerlas cumplir. Si las tales sentencias se prestan a distintas interpretaciones, habrá que instar a que el propio Constitucional se explique sin tener que recurrir cada quince días a nuevos decretos que sólo provocan nuevos recursos que, a su vez, reclaman nuevas sentencias. Y como tenemos el Poder Judicial que tenemos -del que se podría decir aquello que de decía de las fincas de Extremadura, que es "manifiestamente mejorable"- pues depende del Constitucional que toque para que la sentencia se incline hacia un lado más que hacia el otro. Y no es una cuestión baladí.

Escribía Félix Grande: "sólo a ti y al lenguaje llamé patria...". Y es cierto que la lengua hace patria pero no tiene mucho sentido en un mundo global esta guerra que no conduce a nada porque no se puede imponer por la fuerza la realidad de un sentimiento -como so se pudo evitar en tiempos dictatoriales- ni cerrar los ojos a la verdad que no rodea. Estoy seguro que problema de la enseñanza en catalán o en español es en la realidad cotidiana infinitamente menor de lo que se nos dice y sólo una mínima buena voluntad por parte de todos salvaría esta cantidad de problemas que, vistos desde fuera, parecen imposibles de solucionar. Pero al final lo que choca no es la realidad de la vida sino dos "ismos", dos nacionalismos que llegan en muchas ocasiones al ridículo como las multas por no rotular los nombres de las tiendas en catalán o a la pérdida de oportunidades como la obligación del doblaje de películas.

Al final sólo cabe preguntarse si a alguien le preocupa la libertad de la gente más que la obligación de la lengua. Pero parece que eso preocupa cada vez menos.

Usted y yo somos más víctimas
En uno de los Seminarios integrados en los Cursos de Verano de la Universidad Complutense de Madrid un juez de la Audiencia Nacional ha expresado su opinión favorable a tratar a los terroristas de ETA
José María de la Cuesta y Rute www.estrelladigital.com 13 Julio 2014

Me gustaría que no hubiere el menor resquicio para que mis palabras pudieran interpretarse, ni siquiera mínimamente, como desafección, esto es, falta de afecto, hacia las víctimas del terrorismo. Como por desgracia lo que de hecho un emisor comunica depende en parte de lo que el recepto entiende, quiero ante todo, dejar bien claro el sentido de mis palabras.

Al parecer, en uno de los Seminarios integrados en los Cursos de Verano de la Universidad Complutense de Madrid un juez de la Audiencia Nacional ha expresado su opinión favorable a tratar a los terroristas de ETA con mayor benevolencia de la que se deduce de las penas atribuidas por el Ordenamiento penal español. Tal y como se ha publicado por algunos medios, el juez aludido se situaría en el terreno que ocupan quienes propician la negociación con la banda terrorista de cuño español.

Desde luego el criterio patrocinado por el juez toca a la cuestión de fondo consistente en si procede proseguir (y digo proseguir aunque se niegue que se esté siguiendo) el camino de la negociación, del que se considera pieza esencial la benignidad de las penas y de las condiciones de su cumplimiento, en tanto llega a coronarse la negociación. Pero no quiero considerar aquí directamente el punto relativo a la negociación. Otro aspecto me parece digno de la primaria atención especialmente de los juristas. Aspecto éste que no solo no nos desvía de la cuestión de fondo y central del tratamiento del terrorismo sino que, en mi opinión, no puede dejarse de tener presente en la solución real del problema terrorista, porque la correcta consideración de éste desde el punto de vista jurídico es condición de su satisfactoria y efectiva solución desde el punto de vista político.

De la intervención del juez de la Audiencia Nacional que motiva este comentario se ha resaltado, muy especialmente por los medios contrarios a la negociación, la desconsideración que sus palabras representan para las víctimas del terrorismo; se ha llegado a decir que suponen un “bofetón para las víctimas”. Incluso algunos medios audiovisuales con el fin de contextualizar la información han tomado contacto con directivos de las asociaciones de víctimas en solicitud de su parecer y subrayando la conveniencia de tomar alguna iniciativa jurídica ante la opinión del juez.

No se negara que en todo comentario relativo al terrorismo, de un modo u otro, siempre se hace referencia a las víctimas del terrorismo considerando, por lo general, desacertado cualquier comentario que no las tenga en cuenta. Tal parece como si el terrorismo agotase sus efectos en el sufrimiento y el dolor de aquellos que han sufrido bien en su integridad física o bien en su ámbito espiritual las consecuencias del acto terrorista.

No es preciso desconocer ese sufrimiento y dolor de las victimas para apreciar en su debido contexto el significado de la acción terrorista. El contexto propio de esta acción es el del orden jurídico y solo, pues, la adecuada respuesta de este orden puede y debe marcar los cauces dentro de los que debe abordarse la solución política. El acto terrorista es el supremo acto antisocial puesto que no se dirige a causar daños concretos a personas determinadas sino a causar terror a los miembros de la sociedad organizada en Estado por el mero hecho de esta organización política. Que en ciertos supuestos se haya atentado contra personas determinadas no supone más que asegurarse en esos casos el éxito de la intimidación y el miedo. La consideración de la naturaleza del acto terrorista que aquí sostengo no puede dejar de ser tenida en cuenta por el derecho y, en concreto, el derecho penal como punto de partida para el tratamiento del terrorismo. Vistas así las cosas, las posiciones que desde los ámbitos judiciales y políticos se alinean con las del juez de nuestro comentario atentan radicalmente contra el orden jurídico y manifiestan su inconsistencia con el orden político de nuestra comunidad.

Desde este presupuesto, se comprende que la ponderación del sufrimiento y del dolor de las victimas debe ceder ante la preocupación por parte de la sociedad civil y por parte de los gobernantes ante el terrorismo. Yo también soy víctima del terrorismo, usted es víctima del terrorismo y, por mi parte, me niego a que el tratamiento jurídico penal y consiguientemente político del terrorismo no tenga en cuenta nuestra condición de víctimas en nuestro simple carácter de miembros de la comunidad española.

Polarizar la atención en el dolor y el sufrimiento de las victimas concentrando en sus asociaciones la raíz de las soluciones del terrorismo representa una manifestación más del eclipse del derecho que padecemos. No negaré que también da idea del eclipse del derecho el que no se atienda adecuadamente el dolor y el sufrimiento de las víctimas, pero, si se me permite, diré que así como en éste último caso el eclipse es parcial el eclipse del derecho en el otro caso es un eclipse total por provocar una oscuridad que nos deja absolutamente a ciegas para abordar el problema repugnante del terrorismo.

Sin perdón
Luis del Pino Libertad Digital 13 Julio 2014

Sin perdón es una película dirigida y protagonizada por Clint Eastwood en 1992. Obtuvo el óscar a la mejor película, al mejor director, al mejor montaje y al mejor actor de reparto (premio que recayó en Gene Hackman).

Se trata de un western atípico, crepuscular, con un guión poco ejemplarizante: unas prostitutas ofrecen una recompensa de 1.000$ a quien mate a dos indeseables que han desfigurado el rostro de una de sus compañeras. Entre los que acuden al reclamo de la recompensa están dos vaqueros ya retirados (Clint Eastwood y Morgan Freeman), acompañados de otro joven aspirante a vaquero y completamente miope. La cinta narra la lucha de ese terceto bastante patético con otro matón a sueldo que también busca la recompensa, y también con el sheriff del lugar (Gene Hackman), dispuesto a todo para que en su pueblo no se consume el asesinato.

Es una película donde no hay héroes, donde no hay causas justas. Donde la violencia parece casi una maldición de la que fuera imposible zafarse. Lo que se cuenta es la crónica de tres fracasados que tratan de vengar a otras pobres fracasadas, pero sin que la justicia, ni tampoco la recompensa, cuenten en realidad demasiado.

Lo que late en toda la historia es una sensación de inevitabilidad: todos los protagonistas parecen atrapados por un destino fatal, como si estuvieran prisioneros de su papel y como si los acontecimientos, una vez puestos en marcha, siguieran su curso indefectiblemente, ajenos a la voluntad humana. Y es esa aceptación de su destino lo que da grandeza a los personajes, que al final no simbolizan otra cosa que el fin de un Oeste que se muere, que no tiene cabida en el mundo civilizado.

En la vida real, lo queramos o no, todos somos prisioneros de nuestro propio papel. Hay veces que lo que no se hace por amor, ni por honor, ni por convencimiento, se hace simplemente por fidelidad a ese papel que los demás nos han asignado. Incluso aunque seamos conscientes de que se trata de un papel estúpido. Es como si no pudiéramos salirnos de un guión ya trazado por otros.

No he podido evitar acordarme de ese terceto protagonista de la película de Clint Eastwood, al ver ayer una foto de los tres candidatos a liderar el Partido Socialista. Como aquellos vaqueros crepusculares, los tres aspirantes a secretario general del PSOE han protagonizado una campaña sin gloria y sin propósito, para dirigir un partido que se muere y que, en realidad, a nadie ya le importa. Los tres son conscientes de ello, de lo inútiles que son sus esfuerzos tanto si pierden como si ganan su batalla personal, pero los tres están presos de un guión ya establecido, de una liturgia gastada, que les obliga a representar un papel que saben que no va a ninguna parte.

Como en la película Sin perdón, ese Salvaje Oeste llamado PSOE se muere, desplazado definitivamente por el mundo que está por venir, en el que no tienen cabida los tópicos de antaño, las banderas de otros tiempos, ni las organizaciones ya caducas. El viejo partido socialista agoniza, víctima de sus excesos. Y, sin embargo, los madinas, y los sánchez, y los pérez tapias, no tienen otro remedio que cumplir con esa liturgia que saben que es estéril, amagando enfrentamientos con olor a naftalina y enarbolando propuestas en las que los remiendos no dejan ver la letra impresa.

Como ese terceto de vaqueros patéticos, los tres candidatos socialistas arrastran como una losa su pasado y sus defectos, que los hacen aún más prisioneros de un destino que saben fatal. Y aunque tratan de justificarse pensando en la recompensa, en esa secretaría general que a uno de ellos le aguarda, en realidad hasta eso dejó de tener sentido hace mucho tiempo, porque saben que tampoco el que gane podrá gozar de ningún poder real. Pero todos siguen adelante, porque así es la historia y ya no cabe dar marcha atrás, ahora que los acontecimientos han empezado a desarrollarse.

Hoy sabremos quién de los tres se llevará la recompensa. Se despejará la incertidumbre de quién será el encargado de amortajar al Partido Socialista. Con Concordato o sin él, el PSOE elige hoy al que tendrá que oficiar su misa de difuntos.

¡Déjenme ser un pesimista agorero!
Juan Laborda www.vozpopuli.com  13 Julio 2014

Aquellos cuyas encuestas internas les auguran la pérdida de todo su poder autonómico y municipal; los mismos que ansían cambiar a mitad de partida las reglas del juego democrático para mantenerse inútilmente en el poder; ésos cuya valoración en sus propias encuestas precocinadas alcanzan mínimos históricos; todos éstos, pretenden ahora decidir unilateralmente cuando los españoles debemos ser y estar felices, cuando tenemos que abandonar el pesimismo agorero, a pesar de ver como cada día la inmensa mayoría de nuestra ciudadanía se está empobreciendo como nunca en nuestra corta historia democrática.

Personalmente me declaro un pesimista agorero frente a sus medias verdades y reafirmo que no hay recuperación económica en ciernes. Pero a diferencia de sus economistas voy a razonar con los datos disponibles, voy a utilizar mis razonamientos teóricos, basados en aquellas hipótesis que creo que de una manera más o menos fiel reflejan la realidad. Y sobre todo, pretendo que la economía sirva en última instancia para mejorar las condiciones de vida de mis conciudadanos, especialmente de aquellos sobre los que las élites extractivas se han lanzado como aves carroñeras dejándoles en una situación de desamparo absoluto. Ansío, en definitiva, ser libre a la hora de expresar mis opiniones y mis previsiones, que unas veces acertarán y otras errarán.

Un poco de teoría para argumentar
Para poder anticipar, con suficiente antelación, entender, y tratar la actual crisis económica sistémica, era necesario, en su momento, al menos, haber echado una ojeada a la Hipótesis de Inestabilidad Financiera de Hyman Minsky; a la Teoría de Deflación por Deuda de Irving Fisher; al papel de la deuda privada y de los bancos en la Teoría Monetaria Endógena de Steve Keen; al análisis de la economía monetaria con sus Modelos de Stock-Flujo de Wynne Godley y Marc Lavoie; y a la Recesión de Balances de Richard Koo. En base a todo ello, con mis propios instrumentos analíticos y de previsión mantengo que no existe recuperación económica en ciernes, y que estamos a las puertas de lo que en su momento denominé la Segunda Fase de la Gran Recesión. Pero vayamos por partes.

Personalmente me declaro un pesimista agorero frente a sus medias verdades
En primer lugar, niego la mayor: no hay recuperación económica. Los datos del PIB de 2013-2014 publicados por el Instituto Nacional de Estadística (INE) son preliminares y serán revisados fuertemente a la baja. Recientemente, la publicación de los datos de la Encuesta de Presupuestos Familiares de 2013 confirman la segunda mayor caída en el gasto de las familias desde el inicio de la crisis, de manera que el consumo privado deberá ser revisado a la baja.

Además los datos del sector exterior con incompatibles con los aportados por el Ministerio de Economía, de manera que en el segundo semestre de 2013 la contribución del sector exterior en realidad fue negativa. Respecto a los datos de consumo público, cuyas cifras recogidas en la Contabilidad Nacional de los dos últimos trimestres pasarán a las hemerotecas como claros ejemplos de ingeniería contable, son absolutamente incoherentes con los datos de la Intervención General del Estado.

El Gobierno habría desplazado parte del gasto público realizado en el último trimestre de 2013 al primero de 2014 con el objetivo de aproximarse al cumplimiento del déficit público establecido por Bruselas. En las revisiones de agosto de este año y en la definitiva de agosto de 2015, el PIB de 2013 debería caer finalmente entre un 2,0% y un 2,5%, salvo que se trate de mantener artificialmente el PIB real revisando fuertemente a la baja el deflactor del PIB. Ya se hizo esto para el período 2008-2011. En ese caso ustedes deberían fijarse en el PIB nominal.

Círculo explosivo deuda-burbujas financieras
Después de más de seis años de intensa recesión, ninguna de las causas que originaron la actual crisis sistémica, un volumen brutal de deuda y una banca insolvente, se han solucionado. Se ha vuelto a reactivar una dinámica de retroalimentación del proceso de endeudamiento con nuevas burbujas financieras como único camino de superación de la crisis. Sin embargo, hay una notoria diferencia respecto a 2008. Mientras que en 2008 la mayoría de la deuda era privada, los procesos de resolución de la crisis bancaria y otros procesos de socialización de pérdidas privadas ha disparado el volumen de deuda pública a niveles inasumibles. La deuda total de nuestra economía, privada y pública, no ha parado de crecer, y se aproxima a los 4,4 billones de euros, alrededor del 430% de nuestro PIB. Simple y llanamente es impagable.

Después de más de seis años de intensa recesión, ninguna de las causas que originaron la actual crisis se han solucionado
La deuda desde el inicio de la crisis, por lo tanto, no ha dejado de crecer, si bien su composición ha variado. Ello genera un grave problema sobre el proceso de reducción de la misma. Mientras que los problemas de deuda privada se solucionan en los juzgados con los concursos de acreedores, la deuda pública sólo puede reducirse de manera centralizada y negociada dentro de Europa u en otro organismo supranacional. Yanis Varoufakis y Stuart Holland, ya expusieron en 2011 un programa para Europa, que abarcaba la centralización y renegociación de la deuda, más un programa de inversiones. Recientemente el presidente del IFO alemán, de manera sorpresiva y positiva, apuntó esta posibilidad.

La tormenta perfecta
Como la mayor parte de activos financieros están sobrevalorados, sobre ello ya hemos hablado largo y tendido desde estas modestas líneas, es cuestión de tiempo esperar a que se desate la siguiente fase de venta masiva de los mismos. Se activará entonces la tormenta perfecta, un ciclo perverso que se retroalimentará: crisis soberana, crisis de balanza de pagos, crisis bancaria y deflación por deuda. Bastará solo con que aumente la aversión al riesgo de los mercados. Se trata de una variable que no controla nuestro gobierno, y ninguno otro, por mucho que traten de desvirtuar su comportamiento vía política monetaria.

He tratado de argumentar con cifras, y he expuesto las teorías en las que me baso. Lo mínimo que pido al actual ejecutivo y al Instituto Nacional de Estadística es que expliquen las contradicciones de sus cifras, por muy preliminares que sean, y nos detallen cómo se puede crecer de manera sostenible con un nivel récord de deuda total, un máximo histórico en nuestra deuda externa neta, y unos mercados fuertemente sobrevalorados. Y por favor no me hablen del sector exterior y de sus tópicos. Léanse sus propias cifras.

Mariano el optimista y una obsesión llamada Podemos
Jesús Cacho www.vozpopuli.com  13 Julio 2014

Que el partido de Pablo Iglesias se ha convertido en la obsesión del Gobierno y del PP es una evidencia que la actualidad se encarga de ratificar todos los días, entre otras cosas porque un partido sin otro objetivo que la ocupación del poder, es incapaz de oponerse con eficacia al vendaval de unas gentes que, con mentalidad de soviets, han decidido plantarse y decir hasta aquí hemos llegado.

El ministro Montoro ha tenido una semana movida, como casi todas las suyas. El miércoles aseguró en el Senado que el gasto que las Administraciones Públicas destinan a pensiones, desempleo, educación y sanidad pasó de 184.560 millones en 2011 a los 186.000 millones previstos para 2014, es decir, que los gastos sociales no sólo no se han reducido con este Gobierno, sino que han crecido. “Estamos haciendo una reducción del gasto claramente solidaria, sin olvidarnos de la cohesión social”, se adornó. Lo que no dijo el titular de Hacienda es que a cuenta de tanta solidaridad España sigue gastando en torno a 70.000 millones más de lo que ingresa (un 6,6% de déficit público), dinero que hay que pedir prestado y que está llevando al galope la deuda pública hacia la cumbre mítica del billón de euros o el 100% de nuestro Producto Interior Bruto. ¿Para qué necesitamos socialdemocracia teniendo al señor Montoro y al Partido Popular?

Esta misma semana, el ministro reunió en su despacho a un grupo de periodistas para venderles las bondades de su reforma fiscal, y tan confiado andaba explicando el proyecto, tan contento de haberse conocido, que no intuyó la agria ruptura que un conocido periodista, con su característica voz ronca, estaba a punto de protagonizar negando la mayor y asegurando que el PP había empobrecido a una clase media que no estaba dispuesta a volver a votarles “por esta mierda de reforma fiscal que habéis hecho”. Ya metido en harina, el valiente acusó al Gobierno de no saber lo que está ocurriendo en la calle y de no haberse enterado, por ejemplo, de que Podemos es ya la segunda fuerza política de la Comunidad de Madrid en intención de voto, por delante del PSOE: “No os estáis dando cuenta de que esto se va a la mierda si no cambiáis de registro”. A Montoro se le quebró la sonrisa, y en el ambiente gélido del saloncito de Alcalá 9 apenas pudo balbucear un “bueno, bueno, no hay que ser tan drásticos, las cosas no son ni blanco ni negro…”.

De modo que el de Hacienda llegó a El Escorial el jueves por la tarde muy necesitado de mimos y carantoñas. Las tuvo a destajo por parte de la tropa que asistía a La Escuela de Verano del PP, donde intervino para contar de nuevo su hazaña fiscal, escoltado por la ministra Báñez y la vicepresidenta Soraya. Y ahí sí, ahí recibió parabienes y palmadas en la espalda por doquier. “Este es el que va a hacer posible que volvamos a ganar en 2015”, le adulaba generoso un alto cargo. Pocas cosas, sin embargo, está haciendo bien para alcanzar ese objetivo un partido que a la indefinición ideológica une su ausencia de proyecto para España. Participo de la opinión de que el PP atraviesa por una situación interna muy similar a la del PSOE: la de un partido roto en banderías, formado por grupos de intereses de distintas ideologías a quienes mantiene unidos la ocupación del poder y la larga lista de canonjías que la formación puede repartir tanto a nivel estatal como autonómico y municipal.

Los resultados de las pasadas europeas, donde más de 2,5 millones de votantes de centro-derecha se quedaron en casa, surtieron el efecto de despertar a muchos del sueño del poder cuasi absoluto. Fue la constatación del fracaso de este Gobierno a la hora de cumplir con las expectativas que los casi 11 millones de votantes que le dieron su voto en noviembre de 2011 para que arreglara la caótica situación económica y abordara la crisis política por la vía de esa regeneración democrática que tantos españoles consideran inaplazable. Tras haber dilapidado en dos años esa cómoda mayoría absoluta, los resultados del 25 de mayo ponen de nuevo al PP ante el espejo del fiasco del año 2004, infausta fecha en la que el partido pasó de otra mayoría absoluta a la oposición sin solución de continuidad.

Podemos como reacción al fracaso de las políticas de PP y PSOE

Ocurre, sin embargo, que la situación española ha empeorado mucho desde aquel 2004 a esta parte, como consecuencia de los desmanes de Zapatero con el nacionalismo catalán y del laissez faire en la materia de un Rajoy que, si bien no hace locuras a lo ZP, tampoco parece querer arrimarse a toro tan peligroso como el de esta España amenazada por la ruptura de su unidad territorial, por no hablar de cosas tales como la corrupción o el paro. De hecho, la aparición de Podemos con la fuerza de un tornado en el escenario político español es consecuencia directa de la incapacidad de los partidos mayoritarios del régimen para dar respuesta a las demandas de una población que no solo reclama bienestar económico, sino una democracia de calidad decidida a perseguir la corrupción a sangre y fuego, una sociedad harta de la corrupción que padecemos. En realidad, Podemos solo puede explicarse como una consecuencia de la corrupción moral que atenaza al régimen de la Transición.

Que el partido de Pablo Iglesias se ha convertido en la obsesión del Gobierno Rajoy y del PP es una evidencia que la actualidad se encarga de ratificar todos los días. En El Escorial hemos asistido esta semana a la carga de la brigada ligera de altos cargos dispuestos a lanzar contra Podemos una batería de dardos que en el fondo no pasaban de ser patéticos pellizcos de monja, entre otras cosas porque un partido sin ideología y sin proyecto, sin otro objetivo que la ocupación del poder, es incapaz de oponerse con eficacia al vendaval de unas gentes tremendamente ideologizadas que, con mentalidad de soviets, han decidido plantarse y decir hasta aquí hemos llegado con este pobre remedo de democracia. Las referencias de peperos más o menos ilustres que estos días inundan los medios con anuncios sobre planes para acabar con la corrupción, no son creíbles en un partido prisionero de escándalos tan notables como los de Gürtel o Bárcenas. Mientras en El Escorial la vicepresidenta Soraya hablaba de “medidas regeneradoras basadas en la ejemplaridad, la responsabilidad y la transparencia”, su partido cerraba filas en torno al protagonista del último escandalete que le ha surgido en los alrededores de Madrid: el del alcalde de Brunete. De espaldas a la realidad y lejos de la calle, al Gobierno y al PP les ha salido un grano llamado Podemos que no saben cómo afrontar.

Enfrascados en sus guerras de poder internas, en el Ejecutivo de Rajoy empieza a primar aquello de “¿qué hay de lo mío?”. Soraya mueve las piezas de sus “sorayos” dispuesta a ocupar todos los espacios de poder posibles con la vista puesta en el postmarianismo, convencida tal vez de que, sin un PSOE capaz de hacerle sombra, la derecha tiene por delante muchos años de usufructo del poder. La vicepresidenta quiere colocar en Economía a uno de sus chicos, al más listo del barrio, Alvarito Nadal, actual responsable de la Oficina Económica de La Moncloa, ello en sustitución del gran Luis de Guindos, ese hombre de verbo fluido que está a punto de deshacer su equipo en el Ministerio, porque todos los altos cargos de Economía han buscado ya acomodo o están a punto de hacerlo en empleos muchos mejor remunerados, y él mismo aspira a presidir el Eurogrupo en cuanto el terco holandés que ahora ocupa la plaza la desaloje.

Moncloa y los ecos de la calle
El espectáculo de un Ministerio de Economía cuyos altos cargos se buscan una vida lejos de España, en organismos internacionales representando a España, es de esas cosas que causan un poquito de vergüenza ajena y son fiel reflejo de la España en almoneda de hoy, donde el honor del servicio público es apenas literatura tan vacía como estéril. Y Montoro reclamando la vicepresidencia económica como premio a su labor en el saneamiento de la Economía, y los barones autonómicos y municipales simplemente acojonados porque, lejos de la ensoñación de Moncloa y más cerca del ruido de la calle, temen un revolcón histórico en las autonómicas y municipales de mayo próximo, temen perder su sillón y acuden a Moncloa a pedir más pasta para poder gastar y cortar cintas y presumir y convencer al vecindario o al menos intentarlo.

Los ecos de la calle, sin embargo, no pueden ser más inquietantes para los inquilinos de Moncloa. No sólo es que el PP se haya convertido en un partido profundamente antipático, no, es que tras muchos años de corrupción descarada y descarnada están a punto de perder una Valencia convertida antaño en baluarte del partido, y lo mismo está a punto de ocurrir en un Madrid que va a ser imposible de retener, tanto en su vertiente autonómica como municipal –¿se atreverá Mariano a decirle a la señora de Aznar que tiene que irse a su casa?-, por no hablar del papel testimonial que hoy juega el PP en Cataluña y el País Vasco, y de la vuelta atrás experimentada en Andalucía, la eterna asignatura pendiente que no logran superar los señoritos que Madrid suele colocar allí por candidatos.

De modo que todos los huevos puestos en la cesta de la recuperación económica y en la capacidad del personal para olvidar/perdonar y, sobre todo, en el miedo al pavoroso horizonte que se abre para España tras las legislativas de 2015, con un Parlamento muy fragmentado en el que, incluso ganando, el PP tendría grandes dificultades para poder formar Gobierno, con Podemos convertida en tercera fuerza política, tal vez incluso en segunda por delante del PSOE que hoy se juega su futuro a la carta de tres candidatos muy débiles. Todos acojonados con Podemos. A pesar de los pesares, quienes le visitan aseguran que Mariano está contento, que va incluso sobrado, convencido tal vez por el gran maestro Arriola de que lo único que importa es la economía, y que si este año se crece al 1,5% y el siguiente se supera el 2%, y el comportamiento del empleo empieza a dar la cara, no habrá tío páseme el río capaz de impedir un nuevo triunfo electoral del PP. Razón por la cual Mariano nos riñó ayer y, desde El Escorial, tachó a quienes no comparten su weltanschauung de “extremistas, pesimistas y agoreros”. ¡No sabe el señor presidente cuánto darían muchos españoles de bien por volver un día no lejano a sentirse orgullosos de su país!

Las oscuras manos del olvido
IGNACIO CAMACHO. ABC  13 Julio 2014
Preguntémonos ahora si nosotros, los de entonces, los de las manos blancas de julio del 97, seguimos siendo los mismos

LE he tomado prestado ?en realidad es una apropiación indebida? el título de esta columna a un comic de Felipe Hernández Cava, un relato dibujado con estructura de novela negra y fondo argumental de terrorismo, que no sé si por casualidad fue presentado en el aniversario del secuestro de Miguel Ángel Blanco. Fueron aquellos tres días de julio del 97, los del llamado espíritu de Ermua, un momento en que la sociedad española ofreció un retrato digno de sí misma, bien distinto por cierto de la triste selfie colectiva del 11 de marzo de 2004; aquel verano maldito éste parecía un país noble y maduro, cosido con el hilo moral de un coraje honorable y una rabia serena. Más vale no preguntarse qué sucedería hoy si ETA asesinase a un político; hay cuestiones que es mejor no plantear si no se está seguro de afrontar con honestidad una respuesta antipática. Y tenemos demasiados problemas ciertos para especular con los improbables.

Pero sí cabe la pregunta de si éste de ahora era el final que entonces reclamábamos. Y sobre todo si este horizonte grisáceo de víctimas doloridas y ciudadanos desentendidos se parece a aquel que exigíamos en la larga cuenta atrás del crimen. Si este pacto de autoconveniencia, esta suerte de armisticio pragmático, se compadece con el clamor de justicia que brotó de la nación entera en aquella expectante vela de angustia y rebeldía civil. Si en los días trémulos de hace diecisiete años hubiésemos admitido este tácito acuerdo de paz por instituciones. O más sencillamente, si hoy podríamos reconocernos en quienes salimos a las calles con las manos blancas levantadas al cielo que no nos escuchó. Si nosotros, en suma, los de entonces, seguimos siendo los mismos.

Porque tal vez sean ésas las oscuras manos del olvido. Las que hemos bajado con disimulo para aceptar que los tipos a los que el pueblo acorraló en sus sedes ocupen más poder que nunca a cambio de haber dejado de matar. Las que hemos guardado en los bolsillos para pasar silbando ante la postergación de las víctimas. Las que nos hemos lavado de la tiza blanca de la indignación para secárnoslas con un paño ?más bien apaño? conformista. Las que hemos utilizado para pasar la página de un libro que damos por leído sin que nos importe conocer el final.

Sin embargo, el final sigue pendiente. No sólo porque ETA aún no se haya disuelto, ni porque sus herederos no hayan condenado los crímenes aunque se hayan lucrado políticamente con ellos, ni porque queden 315 asesinatos sin aclarar, sino porque continúa inconclusa la cuestión esencial de la memoria del sufrimiento. Porque se nos está olvidando lo que sabíamos en 1997: que las víctimas éramos todos y que a todos nos concernía el desafío que nos acalambró el alma en la macabra tarde del bosque de Lasarte. Que los muertos habían caído en nuestro nombre y que no tenemos derecho a olvidar en el suyo.

LE he tomado prestado ?en realidad es una apropiación indebida? el título de esta columna a un comic de Felipe Hernández Cava, un relato dibujado con estructura de novela negra y fondo argumental de terrorismo, que no sé si por casualidad fue presentado en el aniversario del secuestro de Miguel Ángel Blanco. Fueron aquellos tres días de julio del 97, los del llamado espíritu de Ermua, un momento en que la sociedad española ofreció un retrato digno de sí misma, bien distinto por cierto de la triste selfie colectiva del 11 de marzo de 2004; aquel verano maldito éste parecía un país noble y maduro, cosido con el hilo moral de un coraje honorable y una rabia serena. Más vale no preguntarse qué sucedería hoy si ETA asesinase a un político; hay cuestiones que es mejor no plantear si no se está seguro de afrontar con honestidad una respuesta antipática. Y tenemos demasiados problemas ciertos para especular con los improbables.

Pero sí cabe la pregunta de si éste de ahora era el final que entonces reclamábamos. Y sobre todo si este horizonte grisáceo de víctimas doloridas y ciudadanos desentendidos se parece a aquel que exigíamos en la larga cuenta atrás del crimen. Si este pacto de autoconveniencia, esta suerte de armisticio pragmático, se compadece con el clamor de justicia que brotó de la nación entera en aquella expectante vela de angustia y rebeldía civil. Si en los días trémulos de hace diecisiete años hubiésemos admitido este tácito acuerdo de paz por instituciones. O más sencillamente, si hoy podríamos reconocernos en quienes salimos a las calles con las manos blancas levantadas al cielo que no nos escuchó. Si nosotros, en suma, los de entonces, seguimos siendo los mismos.

Porque tal vez sean ésas las oscuras manos del olvido. Las que hemos bajado con disimulo para aceptar que los tipos a los que el pueblo acorraló en sus sedes ocupen más poder que nunca a cambio de haber dejado de matar. Las que hemos guardado en los bolsillos para pasar silbando ante la postergación de las víctimas. Las que nos hemos lavado de la tiza blanca de la indignación para secárnoslas con un paño ?más bien apaño? conformista. Las que hemos utilizado para pasar la página de un libro que damos por leído sin que nos importe conocer el final.

Sin embargo, el final sigue pendiente. No sólo porque ETA aún no se haya disuelto, ni porque sus herederos no hayan condenado los crímenes aunque se hayan lucrado políticamente con ellos, ni porque queden 315 asesinatos sin aclarar, sino porque continúa inconclusa la cuestión esencial de la memoria del sufrimiento. Porque se nos está olvidando lo que sabíamos en 1997: que las víctimas éramos todos y que a todos nos concernía el desafío que nos acalambró el alma en la macabra tarde del bosque de Lasarte. Que los muertos habían caído en nuestro nombre y que no tenemos derecho a olvidar en el suyo.

Reforma sin Reformadores
EDUARDO ‘TEO’ URIARTE. FUNDACIÓN PARA LA LIBERTAD 13 Julio 2014

· Estamos acostumbrados desde hace un tiempo a que se nos anuncie desde políticos o medios de comunicación grandes iniciativas para descubrir, a poco que se profundicen en ellas, que son meros señuelos para llamar la atención. En el fondo significan otras cosas mucho más ramplonas, encaminadas de manera infantil al provecho inmediato del que lo enuncia.

La reforma de Rajoy para la democratización de la vida pública parece buscar, simplemente, tener alcaldes no disponiendo de la mayoría absoluta, y poco más. Lo que es muy respetable, en otros tiempos era reclamado por el PSOE, pero al estar envuelto en el excelso concepto de una reforma democrática inmediatamente obliga a echar de menos muchas tareas pendientes más importantes, empezando por mecanismos para atajar la corrupción, o promover la autonomía de la justicia, o la de los tribunales de cuentas, reformas a las que no osarán acercarse los grandes partidos porque afectarían a su poder. Uno se siente engañado cuando le hablan de reformas que no los son. Y la altisonante llamada a la reforma constitucional por parte del PSOE parece ser lo mismo, más un arma contra el PP que otra cosa. Existe una irresponsable frivolidad en el uso de grandes conceptos, vacíos de contenido, que sólo buscan titulares en los medios.

Perdonen que mire con seria preocupación las ínfulas reformistas de los grandes partidos, especialmente la que viene hoy promovida por los líderes del PSOE. Porque la reforma constitucional, nada menos, al ser un tema tan sensible para la convivencia, puede convertirse, en estos momentos de política utilitarista y sectaria, en la antesala de la arbitrariedad. Y no es por negarme a la posibilidad de la reforma constitucional, y entienda que existen elementos que deben ser adecuados a los tiempos, aunque considere que los aspectos que lo necesitan y con posibilidades de reforma sean muy concretos. La reforma constitucional me produce preocupación por la frivolidad con la que se reclama, por el ansia con la que se reivindica, por el ímpetu con el que se insiste, y sobre todo, y de manera muy especial, por su concepción infantil, estúpida e idealista, que osa presentarla a la opinión pública como un hecho milagroso que puede sanarlo todo, incluida la secesión catalana. Formas y comportamientos más acordes con la ruptura constitucional que con el sereno talante que requeriría toda reforma que a tal se atuviese.

Una reforma constitucional que se preciara exigiría unas condiciones dialógicas y colaboradoras entre los grandes partidos inimaginables tras la conversión del Congreso en corrala de bronca zarzuelera, donde ni siquiera se acuerda la ley de educación. Necesitaría la rehabilitación de la política para que ésta fuera capaz de atender tan importante empeño. Por el contrario, creo que si el PP aceptara entrar en el proceso de reforma el PSOE lo denunciaría como una maniobra de la artera derecha. Además, sospecho que ni siquiera sabe el partido proponente en qué consiste su reforma, salvo su genérico anuncio de dotarla de una forma federal. La propuesta de reforma constitucional, si sinceramente se desea, exigiría un acercamiento al PP por parte del PSOE para llevarla a cabo, algo inimaginable en el presente.

De nuevo está acertado Ruiz Soroa (“¿Y Usted Qué Opina?”, El Correo, 8, 6, 14) cuando afirma que “no hay nada sustancial en el diseño constitucional de 1978 que deba ser corregido”. Atinado cuando avisa que “las averías del presente (insisto, graves averías) no las ha causado el diseño institucional sino el comportamiento de los actores políticos a lo largo de los años. Cambiar las leyes sin cambiar los comportamientos es tarea fútil”. Todo ello rubricado con la demoledora referencia de Darehndorf : “cuando los políticos no saben qué hacer se ponen a hablar de cambiar la Constitución”. Reforma constitucional que pueden sus promotores reclamar sin saber en qué consiste, y sin sonrojo, en el ambiente disparatado de un populismo que vino a practicarse entre políticos y medios de comunicación mucho antes de que llegara Podemos.

Mi preocupación se basa en que reformar la Constitución es una cuestión muy seria, porque supone remover la legalidad en unos momentos de gran inestabilidad política, pero, sobre todo, porque esa legalidad es el escudo del que disponemos los ciudadanos ante los caprichos de los partidos políticos y del populismo que moviliza a las masas tras fomentarlo ellos mismos. Andrea Greppi (“La Concesiones de la Democracia en el Pensamiento Politico Contemporáneo”, Trotta, Madrid, 2006) aprecia que la democracia se basa hoy en “ampliar y consolidar los instrumentos jurisdiccionales del Estado constitucional de derecho porque en ellos se encuentran la única garantía segura de las libertades” y mucho hay que temer que los partidos, no sólo los partidos nacionalistas, vayan a debilitar por su propio interés el marco de libertades para la ciudadanía que la Constitución, bien hallada y consensuada en el 78, nos dotó.

Hay que temer a los partidos cuando enarbolan las reformas constitucionales, máxime cuando éstas se reclaman unilateralmente y se hace en un contexto de pugna partidista, alejado del necesario espíritu de diálogo constituyente. Y máxime cuando se hace ante la tesitura del Gobierno de dar cauce a una difícil reivindicación secesionista que pone en crisis la democracia misma. Con estas premisas resulta sacrílego utilizar como arma de desgate del adversario la apelación a la reforma de la Constitución. Las constituciones, o sus reformas, se hacen en momentos de cierta enjundia histórica, cuando se aprecia un hálito de encuentro nacional tras determinada experiencia, nada parecido a estos. Y aunque la Constitución del 78 la hicieron partidos, aquellos no estaban sumidos en la actual concepción utilitarista y sectaria de la política, existía un encuentro nacional tras la experiencia de la dictadura. La política en los momentos constituyentes debe ser concebida como un instrumento trascendente al servicio de los intereses generales de la sociedad, no de la nomenclatura de cualquier partido determinado. Por eso escama esta reforma.

Pero, además, una reforma si quiere ser tal tiene que marcar previamente su límite. Una reforma sin límite es, por el contrario, un golpe a la legalidad vigente. Juan José Solozábal (“La Reforma Federal…”, Biblioteca Nueva, Madrid, 2014), sensible ante una posible reducción del ámbito estatutario y alteración del sujeto de soberanía, insiste en los límites que toda reforma constitucional debe prever. Así avisa que “…algo que no puede hacer el poder constituyente constituido [en su tarea de reforma] es destruir la propia base constitucional o impedir el funcionamiento democrático del Estado. Se trata de aspectos que la reforma constitucional no puede abordar, de modo que no cabe una reforma que quiebre las bases constitucionales porque no puede contemplarse como una actuación basada en la Constitución”. Es decir, debe respetar la Constitución original y sus procedimientos, sin afectar a sus elementos fundamentales.

En eso consistiría si es una reforma. Por lo que no hay reforma si no se respeta previamente sus límites. No hay borrón y cuenta nueva. Existen, pues, demasiadas carencias y énfasis innecesarios para apreciar con tranquilidad la llamada a la reforma constitucional, pues para realizarla sería necesaria la lealtad constitucional por parte del partido proponente. Aunque si ésta hubiera existido entre los partidos, probablemente no hubiera sido necesario apelar a tal reforma.

El idealismo de la izquierda y su querencia por el borrón y cuenta nueva.

Tengo que reconocer que esta no es mi izquierda, que el idealismo exacerbado que manifiesta en sus argumentaciones escandaliza a los viejos lectores que nos empachábamos de marxismo a la sombra de los barrotes. La izquierda surgida al socaire del Estado de bienestar, y de las becas a malos alumnos de cinco y medio, es incapaz de distinguir el materialismo dialéctico del idealismo platónico. Por eso sus propuestas tienen más que ver con “Camino de Perfección”, o simplemente “Camino”, que con “La Ideología Alemana” (aunque puedan acusarme que ésta obra sea de transición entre el joven y el viejo Marx).

En ambientes académicos izquierdistas he visto el menosprecio a la Transición y a la Constitución, al enumerar los condicionamientos que el anterior régimen seguía ejerciendo sobre ella. Y, sin embargo, eso es lo bueno de aquella Transición, lo materialista, adecuarse a las condiciones objetivas. Porque de no haberse hecho así hubiera surgido otro fracaso para la democracia, como la añorada II República. Añorada, no se sabe bien si por república o por el fracaso de una guerra civil, que quizás es de lo que se tenga nostalgia para ganarla a estas alturas. La condena desde la izquierda actual de lo que supuso la Transición no puede ser más ajena a la realidad, menos realista, más aventurera e idealista. Elementos que están presentes desde que el populismo hizo estragos en su seno, repudiando, como cosa del pasado, el realismo del que hiciera gala la generación de la Transición. Tengo que reconocer que tal discurso idealista me escandaliza, porque, desde mi ortodoxia, el idealismo en la izquierda es el peor de los cócteles, del que suele surgir la violencia.

Efectivamente, la Transición afortunadamente tuvo muy presente la trágica experiencia de la guerra y de la larguísima dictadura. Tuvo que tener presente las amenazas que sobre ella podrían volcarse procedentes del anterior régimen y del terrorismo nacionalista de ETA. Pero no se amilanó, legalizó al PCE y dictó la amnistía que dejó sin un preso por motivos políticos las cárceles (se encargaría ETA en dos días de volverlas a llenar), y otorgó todas las libertades a la ciudadanía, lo que suponía la ruptura con el pasado. Se hizo bien porque acabó teniendo éxito para cuarenta años.

No hay ningún régimen democrático que no haya tenido presente las condiciones de las que surgía, porque de no haberlo tenido o no hubiera existido o su corta existencia hubiera sido traumática. El planteamiento idealista de que la democracia no debe tener en cuenta los condicionamientos existentes es muy poco democrático, tiende a sostener la idea sobre la realidad para imponernos un modelo político, que normalmente se hace por la fuerza, antitético con la democracia. La democracia es un sistema que se gestiona a través de la política en una realidad conflictiva. Los modelos platónicos acaban en dictadura.

Las constituciones europeas surgieron en su mayoría de malas experiencias y fuertes presiones. La italiana en el 48 con la flota norteamericana en todos sus puertos, y presionada por USA para que el PCI, a pesar de su sincero papel en el nuevo sistema “pentapartito”, no accediera nunca al poder. Se dice que la Constitución alemana se redactó en sus líneas maestras sobe el capó de un jeep, lo cierto es que fue entregada como anteproyecto por la inteligencia americana con la imposición de que fuera federal como mecanismo para tarar la fortaleza del nuevo Estado y con muy limitados poderes para su presidencia. Pero la lección aprendida, la asunción culpable de su pasado, y la lealtad constitucional, hicieron que tal constitución impuesta funcionase en Alemania, hasta tal punto que podría inspirar hoy a los socialistas españoles en su organización federal. Demostración de que no sólo el texto magno es suficiente para la convivencia, depende mucho más del comportamiento de los partidos políticos. En cuanto a la colaboración y diálogo entre partidos Alemania es un gran ejemplo: hoy gobierna, y no es la primera vez, una coalición de conservadores y socialdemócratas. ¡Esa si que es una mala Constitución para nuestra izquierda!

La francesa del 58, la de la V República, surge tras la experiencia del amago de guerra civil por la descolonización de Argelia, con un impulso presidencialista preocupante –inaceptable aquí-, resuelto por el comportamiento de los partidos que llegaron, tras Miterrand, por habilitar algo tan extraño en estas latitudes como la “cohabitación” entre derechas e izquierdas. Seguro que todas estas constituciones serían condenadas hoy por nuestra izquierda, posiblemente porque lo que late detrás de esta crítica sea un espíritu acrático disfrazado de postmodernidad. Y es que: ¡todos los países europeos no son auténticamente democráticos!

Vistos los ejemplos parece deducirse que la estabilidad política depende mucho más del comportamiento de los partidos que de la carta magna. Si nuestra situación política está en vilo no es por la Constitución, es porque los partidos optaron por comportamientos ajenos a la legalidad, como el nuevo Estatuto catalán, o el plan Ibarretxe, o el proyecto secesionista catalán, después de haberse convertido a la sombra del poder en tramas corruptoras.

La Reforma en el plano teórico. De la teoría a la práctica.

El plano teórico es sin duda el espacio donde con más nitidez se puede observar las carencias constitucionales y la necesidad de su reforma. Es también donde con serenidad, prudencia y concreción se está expresando este debate. Y, de momento, es el espacio donde poder tomarnos en serio algo tan importante.

A estas alturas está claro (lo estaba desde tiempos de Felipe González y no se hizo nada salvo la frustrada maniobra de la LOAPA) que el Título VIII quedó inconcluso. Muy pronto se vio superado por un nivel descentralizador no sospechado por los constituyentes, dotándonos a la postre de una organización territorial de naturaleza federal que carece, como disponen los sistemas federales, de límites a la tensión centrífuga de las entidades autónomas. En esa tensión centrifuga ha jugado un gran papel la carencia de lealtad constitucional, la búsqueda y creación por parte de los partidos de feudos territoriales donde asentar su poder, en los que no se ha evitado fomentar comportamientos fóbicos hacia el resto de la nación, y el abandono del consenso mínimo entre los dos grandes partidos. Pero, por supuesto, también ha facilitado su deterioro, aunque no sea su mayor responsable, un texto constitucional equívoco e insuficiente ante una deriva federalizante cuajada de elementos contradictorios de origen tradicionalista, confederales e, incluso, secesionistas.

En el plano teórico se ven las cosa mucho más claras, incluida la necesidad de reforma. Pero la aplicación de un hallazgo teórico hay que contrastarlo en el seno de una determinada dinámica política, incluso histórica, y es ahí, después que anteriormente hayamos osado criticar el idealismo de nuestra izquierda, donde tengamos que precisar o matizar los límites de todo planteamiento teórico. Una iniciativa desde la filosofía política puede tener un resultado contradictorio en el seno de la dinámica política. Y en otro aspecto debemos considerar, también, que si el Título VIII en su momento no pudo cerrase de forma más coherente fue porque no alcanzó el acuerdo político necesario. Al final lo determinante es la política, lugar donde a la postre se aplican las ideas.

No viene mal, por lo anterior, volver a Greppi (Op. Cit. P. 148) cuando nos recuerda, tras una larga exposición teórica, el límite de las ideas: “La alternativa es entender que la democracia no es el reflejo de una doctrina, ni tampoco el resultado de la correcta aplicación de principios, sino la suma de una serie de prácticas vigentes en determinadas sociedades, aquellas en la que se da una disposición favorable a la resolución pacífica de los conflictos”. En un determinado contexto político es a la postre donde se plantean las ideas, y ese contexto hoy en España se haya profundamente deteriorado, lo que no significa que observe con toda admiración y cierta ansiedad cualquier aportación teórica, especialmente si proceden de autorizados pensadores progresistas. Eso si, teniendo muy presente que ya cuando se redactaba nuestra primera y venerada constitución alguien cayó en la cuenta de que mientras los legisladores en Cádiz eran ejemplo de “ideas sin hechos”, la practica, el quehacer de las partidas, era ejemplo de “hechos sin ideas”. Desde entonces nos persigue la maldición de la emotividad en la política y el distanciamiento entre teoría y práctica. Máxime en el seno del socialismo español, al que mi difunto amigo Onaindia con mucha guasa sólo atribuía la aportación teórica de la movida madrileña.

El profesor López Basaguren lleva un tiempo exponiendo soluciones democráticas a la pretensión secesionista del actual Gobierno catalán, promotor junto a otros de un procedimiento inspirado en la Ley de la Claridad canadiense, y defensor de una reforma federal de la Constitución para dar cauce a éste y otros problemas. Este autor (“El síndrome de Walter Long”, El País, 23, 6, 2014) achaca al Gobierno central pasividad ante el contenciosos catalán de una forma rotunda: “El sistema político español corre importantes riesgos si no afronta el debate sobre la legitimidad democrática de esa pretensión {el referéndum para la secesión] y, en su caso, sobre la forma de adecuar su regulación legal.[…] Frente al tablero elegido por el nacionalismo catalán, tendría que poner encima de la mesa el de la reforma del sistema autonómico, con el objetivo de lograr el acomodo de Cataluña. Mientras no lo haga seguirá a merced de la estrategia del nacionalismo y estará incapacitado para atraer a la mayoría de la sociedad catalana”. Dicha reforma la inscribe en una reforma constitucional que profundice en la senda federal por la que se ha caminado en estos decenios, “sirviéndonos de la experiencia de los sistemas federales más solventes de nuestro entorno”. Aunque advierte: “La cuestión no es si el sistema federal satisface o no a los nacionalistas, sino si permite afrontar mejor la integración política de la diversidad -logrando una satisfacción suficiente de las comunidades con un fuerte sentimiento de identidad diferenciada-, garantizando mejor la estabilidad política”.

Soy un convencido de esta tesis, creo que el sistema federal otorgaría límite y orden al actual caos autonómico, aún a sabiendas, como parte el profesor, de que cualquier vía democrática que se articule no daría satisfacción a los nacionalismos periféricos. En mi opinión, sencillamente, porque la insatisfacción forma parte de su esencia (un nacionalismo satisfecho no existe), y, porque es evidente que el nacionalismo catalán ha elegido, bajo ropajes más o menos democráticos, la vía fáctica de imposición de sus pretensiones. Otras aportaciones importantes en semejante sentido federal son la ya citada de Juan José Solozábal o la recientísimamente realizada por Eliseo Aja. Todas ellas, opciones a favor de la unión desde una perspectiva democrática y de progreso. Sin embargo, asumiendo la naturaleza positiva de una reforma constitucional planteada en estos términos, no estaría de más matizarla con otros argumentos que pudieran dar cierto sentido a la espantá de Rajoy al chiquero de la legalidad.

Es muy posible que la decisión del PP de enrocarse en la defensa legal de la constitución esté fundamentalmente apoyada en la postura de la derecha conservadora española, muy negativa respecto al federalismo, tras la experiencia de este frustrado modelo durante la I República, que degeneraría en cantonalismo. Pero es muy posible que también influya la carencia de una oferta desde la izquierda seria y acabada sobre el marco y límite de dicha reforma, pues el PSOE no ha dejado de dar tumbos, especialmente el PSC en Cataluña con aproximaciones al soberanismo, y aún, en la actualidad, durante la campaña de primarias en el PSOE, no han dejado de existir variopintas propuestas sobre el problema catalán y la concepción del federalismo que sus líderes formulan. En esa tesitura, lo más prudente para la derecha era refugiarse en su prejuicio antifederal, aún a sabiendas de que los silencios sobre el tema se acaban pagando, y que Rajoy se conforme con enarbolar la defensa de la legalidad. Pero puede haber algo más.

Puede ser que nos hallemos ante dos concepciones constitucionales que no deben excluirse mutuamente. Una de carácter más tradicional, en cierta manera más ortodoxa, propia de los países meridionales europeos, donde la Constitución sustituye la referencia de poder sacralizado del monarca absoluto, lo que da lugar a los estados constitucionales. Y otra propia de estados legislativos, estados que carecen de constitución, como el Reino Unido, o mixtos como Canadá, donde todo tema fundamental necesariamente tiene que ser debatido y legislado dando lugar a una activa democracia deliberativa. Fundamentos políticos que en los estados constitucionales serían incuestionables (porque así se configuran previamente al inicio constituyente), como el sujeto de soberanía, en el Reino Unido o Canadá son debatidos. A falta de una referencia sacralizada y reverenciada como la constitución toda cuestión por fundamental que fuere es deliberada y resuelta en estos estados legislativos mediante procedimientos de mayorías. De tal manera dieron lugar a sus particulares soluciones sobre Irlanda, Québec o Escocia.

Nos encontramos ante dos concepciones del Estado, con diferentes concepciones del papel y los límites de la democracia, resultado del origen y papel de la Constitución. Por ello, no es de extrañar que una búsqueda en las fuentes de la jurisprudencia política británica inspire soluciones de carácter de deliberativo, con soluciones similares a las allí encontradas, donde se prioriza el debate político como fuente de legitimidad. Este pudiera ser el caso de Basaguren o Soroa. Pero debiera reconocerse también la otra legitimidad, la legitimidad de la defensa numantina de la legalidad constitucional (en Francia se la llamaría legalidad republicana) aunque a los progres nos suene autoritaria. La respuesta rotunda en el rechazo de todo secesionismo por atentar a uno de los principios sagrados del constitucionalismo clásico como es el sujeto de soberanía. En cuyo caso la actitud de Rajoy forma parte de ese comportamiento clásico, en coherencia con el Estado constitucional que somos.

Supero la tentación de lanzar una hipótesis sobre la razón de la inspiración de las soluciones constitucionales desde teóricos de la izquierda en sistemas que no son constitucionales, y que por no serlo exigen una democracia deliberativa admirable. Máxime cuando aquí hemos caído en una abusiva democracia utilitarista, de mercado, y alérgica a la profusión de actos democráticos. Pero este rechazo a la democracia deliberativa no es sólo patrimonio de la derecha, lo es también del socialismo, por lo que hay que considerar afortunado que algunos teóricos de su esfera ideológica opten sinceramente por la democracia deliberativa. Así, de esta manera, el sobrevenido constitucionalismo de la izquierda española, ajeno al tradicional comportamiento reverencial ante la Constitución, procede por la vía democrática a su apoyo, uniéndose de esta manera al movimiento de “insurgencia democrática” del resto de la izquierda europea. A ver si en ésta marcamos el paso a la vez y no nos quedamos atrás.

Pero según Greppi (op. cit. p.58) los procedimientos deliberativos tienen límite “cuando se enfrentan identidades o intereses que no pueden ser generalizados y cuando aparecen discrepancias en torno a las reglas que rigen el procedimiento democrático”, como es el caso de los secesionismos periféricos. Y aunque el diálogo habermasiano debe regir la convivencia y la solidaridad, el mismo Habermas advierte de los abundantes conflictos existentes, y entonces…”se disuelve la autoridad de lo sagrado y se difuminan los puntos de referencia que debieran servir de base para la cooperación y la solidaridad. El derecho acaba convirtiéndose entonces en la única alternativa de la violencia, en la última tabla de salvación ante el naufragio de la convivencia civilizada”. Y en palabras de Greppi éste nos recuerda “… que nuestra democracia no es sólo, o no lo es tanto, gobierno de las mayorías en los límites establecidos por la ley, como gobierno de todos en un marco constitucional predeterminado”.Y prosigue: “la tendencia a pasar de puntillas sobre la cuestión de por qué la democracia necesita reglas y procedimientos, y no sólo principios, explica la inconsistencia de muchas propuestas….”.

No creo que las propuestas de nuestros teóricos ubicados en la izquierda intelectual sean inconsistentes, no creo que estén condicionadas por la perversa y destructiva dinámica de enfrentamiento con la derecha que la izquierda militante padece. Pienso, por el contrario, que es una aportación constructiva y colaboradora. Sin embargo, considero que debiera dejar un espacio para la compresión de la defensa de la unidad nacional elegida por parte de Rajoy desde la legalidad, pues tiene un fundamento potente cuando las reglas de funcionamiento se han roto unilateralmente. Otra cosa es, y la crítica sigue siendo constructiva, que no es lo útil evitar un debate necesario para la puesta en valor de la unidad nacional. Así y todo, lo que hace Rajoy ante las pretensiones secesionistas tiene su fundamento, aunque éste sea más legal que político. Pero ya lo dice Habermass, cuando las reglas se rompen sólo queda el derecho como última tabla de salvación. El problema es que el presidente haya ido tan rápidamente a por la tabla de salvación, obviando el debate que podría poner en valor la necesidad de España.

Somos nuestra historia. La historia del constitucionalismo español ha estado impregnada por una actitud de veneración hacia la Constitución desde el momento en que el republicanismo ilustrado la impulsara. La izquierda democrática española no puede identificar la historia democrática con su corta historia, y considerar excluyente cualquier otro tipo de asunción constitucional. Existen otras concepciones democráticas para asumir la Constitución, respetables y necesarias. Es nuestro deber crear desde la izquierda nuestra teoría de apoyo a la Constitución sin exclusiones, y conseguir, además, que la misma influya en los que llevan a cabo la práctica política con el fin de que dispongamos de auténticos reformadores y no sólo de showmen televisivos.

Israel, Hamás y la guerra de la propaganda
EDITORIAL Libertad Digital 13 Julio 2014

La operación militar Margen Protector, iniciada por el Ejército israelí contra los terroristas de Hamás para acabar con el lanzamiento continuo de misiles desde la Franja de Gaza, está siendo aprovechada por los dirigentes palestinos en su particular guerra de propaganda contra el Estado judío, con ayuda de una parte no pequeña de los medios de comunicación occidentales. Las víctimas civiles que está dejando el conflicto son arrojadas a la cara de Israel sin atender al más mínimo razonamiento lógico, como si ese fuera el objetivo de las Fuerzas de Defensa Israelíes (IDF) que, si por algo se han distinguido siempre, es por tratar de minimizar por todos los medios posibles los daños para la población civil.

En contra de la teoría más extendida, la operación israelí contra objetivos terroristas de Gaza poco tiene que ver con una venganza por el secuestro y asesinato a mediados de junio de tres adolescentes judíos en Hebrón. Ese fue solamente un elemento más de toda una escalada planificada de provocaciones y agresiones, iniciada con el Gobierno de Unidad de Hamás y Al Fatah -al margen de los acuerdos internacionales y el marco de las conversaciones de paz con el Gobierno israelí- y culminada con el lanzamiento masivo de cohetes desde la Franja hacia poblaciones israelíes, con una frecuencia y distancia de alcance nunca vista hasta ese momento. Entre tanto, unos fanáticos israelíes asesinaron vilmente a un chico palestino, al que quemaron vivo, contribuyendo a incendiar una situación ya suficientemente explosiva de por sí.

Una diferencia esencial cabe poner de manifiesto en este asunto concreto: mientras los asesinos israelíes están detenidos y las autoridades los execran por la vileza de su conducta criminal, los dirigentes de Hamás ensalzan a los desconocidos que hicieron lo mismo con los tres jóvenes judíos, tan inocentes como el chico palestino salvo para alguien sea víctima del más puro fanatismo.

Los relatos de los que realmente están sufriendo las consecuencias de las acciones de Hamás contra Israel reflejan, sin el menor asomo de duda, las prevenciones que las IDF están adoptando nuevamente para evitar daños a la población. Las llamadas de teléfono a las viviendas que van a ser atacadas por su utilización por Hamás para sus objetivos terroristas, el "toque en el techo" (un proyectil de baja intensidad que se hace explotar en la azotea como último aviso) o el reparto de folletos con avisos a la población de qué lugares debe evitar, son mecanismos suficientes para que ni un solo palestino ajeno a las redes terroristas presentes en la Franja sufriera daños personales. Lo que deben preguntarse los que acusan a Israel de estar perpetrando una "masacre" en las calles de Gaza es quién incita -o mejor, obliga- a los ciudadanos a actuar de fútiles escudos humanos poniendo en riesgo inútilmente su vida y perdiéndola en muchos casos.

Las cifras de víctimas mortales y heridos esgrimidas hasta el momento son las ofrecidas por los propios terroristas, cuyo brazo político está también al frente del Gobierno de la Franja. No sería la primera vez que se magnificaran las consecuencias de una acción israelí hasta extremos sonrojantes con la tradicional falta de escrúpulos de la que siempre han hecho gala los dirigentes palestinos. Los mismos dirigentes, por cierto, que prefieren mantener a su pueblo en la indigencia, malviviendo de la caridad internacional, antes que aceptar un acuerdo de convivencia pacífica con Israel que redundaría en beneficio directo de todos los palestinos.

Hamás ha buscado con sus acciones esta respuesta del Estado de Israel, obligado a preservar la seguridad de sus ciudadanos como cualquier otro país sometido al hostigamiento de organizaciones terroristas. La población civil no debería estar sufriendo las consecuencias de las malas decisiones de los líderes de Hamás, y mucho menos los niños, las víctimas más inocentes de este conflicto, que los dirigentes palestinos no vacilan en utilizar para ganar una vez más la guerra de la propaganda al enemigo.

Pronunciamientos
xavier pericay ABC Cataluña 13 Julio 2014

«No habrá una solución estable al problema de encaje entre Cataluña y España sin que los catalanes se puedan pronunciar sobre su futuro en un referéndum.» Son palabras de esta semana de Miquel Iceta, futuro primer secretario del PSC. Es verdad que fueron precedidas de la advertencia de que ese pronunciamiento catalán debía producirse tras un acuerdo entre las partes, o sea, entre el Gobierno autonómico y el central. Y también lo es que Iceta no estaba aludiendo con ello a una consulta como la prevista el 9 de noviembre, sino a una cuya pregunta él mismo formuló como sigue: «¿Quiere que el Gobierno de Cataluña negocie con las instituciones del Estado un acuerdo que garantice el reconocimiento del carácter nacional de Cataluña, un pacto fiscal solidario y el blindaje de las competencias en lengua y cultura?» Pero, aun así, su postura —y la del partido que pronto va a representar al máximo nivel— continúa estando fuera de lugar, por cuanto parte de una premisa falsa: la de que los catalanes no se han pronunciado sobre su futuro.

Sí lo hicieron. En junio de 2006, para ser precisos. Y luego el Tribunal Constitucional, atendiendo a la circunstancia de que el Estatuto votado y aprobado por las Cortes españolas y por una considerable mayoría de la minoría del cuerpo electoral catalán que ejerció su derecho al voto contenía unos cuantos artículos incompatibles con la Carta Magna, anuló lo que entraba en colisión con nuestro ordenamiento jurídico. Ciertamente, si las Cortes hubieran hecho bien su trabajo, lo aprobado por los catalanes en referéndum no habría merecido recorte alguno. Pero, qué se le va a hacer, el PSOE necesitaba salvar la cara ante sus socios nacionalistas y no le importó ensuciarse las manos en el Congreso en la confianza de que la sentencia del Constitucional sería benévola y, en último término, tardaría en llegar —como así fue—. Si bien se mira, lo que Iceta está proponiendo ahora es devolverle al Estatuto aquellos artículos que no encajaban en la Constitución y fueron, por tanto, justamente eliminados. Y hacerlo, por supuesto, sin que el resto de los españoles puedan pronunciarse al respecto.

******************* Sección "bilingüe" ***********************
VOX, acosado y en la encrucijada

Pio Moa. www.gaceta.es  13 Julio 2014

Aparte de una crisis económica sin mejora real previsible, la situación política en España puede describirse en cuatro rasgos,: descrédito creciente de los partidos que desde la transición se han repartido el poder; radicalización en la izquierda y desencanto pasivo en la derecha; desvirtuación creciente del sistema democrático y putrefacción del sistema; presiones hacia la balcanización de España, por una parte, y hacia su práctica disolución en la UE, por otra.

En estas circunstancias, cada vez peores, urge desde hace mucho una alternativa. La más razonable parece VOX, que obtuvo la mejor votación, dentro de su escasez. Es obvio que el PP la vio como un peligro serio, por lo que volcó su poder para silenciarla en los medios, mientras daba toda la fuerza posible a Podemos. Lo sigue haciendo con típico maquiavelismo de aldea, tratando de asustar a los votantes de derecha para que, como supuesto mal menor, sigan votando al PP. También ha sufrido VOX la hostilidad de la extrema derecha, empeñada en quitarle posibles votantes que ella jamás tendría.

No le falta al nuevo partido un enemigo interno. En la campaña electoral dije en tuíter que González Quirós era una piedra atada al cuello de VOX, y examiné sus posturas sobre la nación española y el aborto (http://www.gaceta.es/pio-moa/aborto-eternidad-espana-vox-04052014-1303), esperando que la cosa no fuera grave. Pero sí lo es. Las palabras de Quirós las podía decir cualquier líder del PP o del PSOE, y seguramente restaron muchos votos a VOX. Y hoy, cuando más urgente resulta poner en pie una alternativa clara ante el proceso de disolución de España y la democracia, me dicen que está en marcha dentro de ese partido una una campaña para desacreditar a Santi Abascal y reemplazarlo por algún pepero de ocasión. So pretexto de “democracia”, como se suelen realizar estas operaciones.

VOX es ahora mismo el mayor peligro para el PP en la derecha, y Rajoy hará todo lo posible por hundirlo, destrozándolo por dentro; valiéndose incluso del CNI, como ha sido costumbre. Muchos ingenuos llaman a Rajoy “blando”, “inoperante” o “acomplejado”. En realidad es un hombre sin ideas (aquella de “la economía lo es todo” ya le define), por lo que ha adoptado las de Zapatero, pero no por ello deja de ser un político duro, sin el menor complejo y muy operativo, aunque sus operaciones guste hacerlas a la chita callando. Véase cómo ha domesticado a gran parte de la prensa, como El Mundo o el mismo El país; véase como está asaltando el poder judicial como no había osado hacer el propio PSOE; véase cómo prosigue silenciosamente su política de liberación de etarras (¡y sin exigirles siguiera una declaración explícita de gratitud a él mismo y a ZP!)... En fin, se trata de un maniobrero muy peligroso, a quien no conviene menospreciar.

VOX se encuentra ahora en una encrucijada: o se define como alternativa clara frente al proceso de podredumbre política que asola al país, o elige convertirse en un PP bis. En el primer caso tiene por delante un camino arduo, pero prometedor. En el segundo naufragará irremisible y ridículamente.

CARTAS DE UN ARPONERO INGENUO
El bueno de Jean Paul Iglesias
PEDRO J. RAMÍREZ El Mundo 13 Julio 2014

Me rindo: yo también opinaré hoy sobre Podemos.

Y es que no puedo dejar de darme por aludido cuando en el revelador pasaje de su libro en el que reclama «mecanismos de control público» en los medios de comunicación, Pablo Iglesias invoca, para echar su cuarto a espadas, lo que «ha pasado recientemente en un periódico de tirada nacional» y lo que «el ex director ha reconocido o sugerido».

Y no puedo dejar de hacerlo cuando precisamente mañana se cumple un año de la portada que en cualquier democracia hubiera puesto fin a la presidencia de Rajoy (aquel «Luis, lo entiendo. Sé fuerte. Mañana te llamaré» tecleado desde la Moncloa a las 48 horas de que se descubriera el botín de Bárcenas en Suiza) y en la España partitocrática lo único que desencadenó fue mi propia destitución.

Debo reconocer además que mi diagnóstico de lo sucedido -y de lo que puede suceder- con el que inauguré el curso de El Escorial dedicado a los 25 años de nuestro periódico corrobora algunas de las premisas del líder de Podemos. Por ejemplo que «la gestión de la información no puede depender únicamente de hombres de negocios y de su voluntad por permitir la libertad de expresión». Por ejemplo que «si el derecho a la información es un derecho democrático, la concentración de la propiedad es incompatible con ese derecho». O por ejemplo que «si todos los medios están en manos de la Coca-Cola -o de una teleco vía convenios publicitarios o de un banco que entra en el accionariado de un grupo y coloca al presidente del otro- es difícil que se hable de si hay una mosca muerta dentro de una botella».

No son elucubraciones teóricas sino explicaciones del por qué en España se vive un retroceso palmario del pluralismo periodístico y por ende del derecho a la información de los ciudadanos. El último invento diseñado en los despachos del poder es lo que yo llamo el modelo Hong Kong o sea la absorción de un medio con vocación de independencia por un gran conglomerado como la República Popular China bajo la tranquilizante premisa del «one country, two sistems». Se alega que eso es lo que ya funciona en la televisión tras haberse zampado Lara y Berlusconi a la Sexta y la Cuatro; pero mientras en la pequeña pantalla domina el entretenimiento y el zapeo -nadie se identifica con una cadena- todo periódico tiene detrás un proyecto intelectual que requiere armonía entre la propiedad y la redacción. Sólo un férreo blindaje de la autonomía del absorbido podría paliar el daño a sus lectores y aun así ya vemos cuán vertiginosa está siendo la erosión de las libertades en la antigua colonia británica.

Es verdad que la legislación anti trust es parte de la panoplia de opciones -o más bien de obligaciones- de todo Estado democrático y de hecho ni las autoridades de la Competencia ni los gobiernos de Zapatero y Rajoy debieron haber aceptado el establecimiento del actual duopolio televisivo. Pero tampoco puede soslayarse que la crisis del sector, agravada por el inmovilismo de muchos de sus protagonistas, ha constreñido sus márgenes de rentabilidad y por lo tanto de subsistencia.

Es innegable que Pablo Iglesias hace un buen diagnóstico de la enfermedad pero, como le ocurre con los demás problemas cruciales de España, a continuación prescribe el más contraproducente de los remedios. Las restricciones a la libertad se corrigen con más libertad, las insuficiencias del mercado con más y mejor mercado. Su propuesta de introducir «mecanismos de control público» para obligar a los «medios privados» a comportarse con criterios de «utilidad social» siempre se ha traducido en una escalada represiva que hubiera implicado, en un caso como el mío, que no sólo hubiera sido destituido sino que habría tenido que optar entre la cárcel y el exilio.

No puedo por menos que evocar la tensa entrevista que mantuve con su idolatrado Hugo Chávez como portavoz de una misión de la Asociación Mundial de Periódicos que viajó a Caracas para protestar por el acoso gubernamental a la prensa. El comandante, que nos hizo esperar casi una hora con la excusa de que venía de «trotar» («Ah, ¿le gusta a usted montar, señor presidente?». «No, el caballo soy yo...»), no vaciló en dar la vuelta a nuestras denuncias contra las turbas bolivarianas y presentarse como víctima:

- ¿Ven este vaso de agua? Pues comparar el comportamiento amoral y violento de pequeños grupos que yo condeno con el a-tro-pe-llo (lo dijo así, con tres paradinhas) de gran parte de los medios contra el pueblo de Venezuela, es como comparar este vaso con todo el inmenso mar Caribe.

Claro, el «pueblo» era él:
- Yo amo a ese pueblo y soy capaz de morir por él. Y ese pueblo me ama y es capaz de morir por mí.

Enseguida hizo la misma distinción que hace ahora Pablo Iglesias:
- La culpa no es del camarógrafo, la culpa no es del periodista, la culpa es de los dueños de los medios.

Recuerdo muy bien que los dos casus belli de la discusión, antes de que nos echara de su despacho con cajas destempladas, fueron sus acusaciones contra Globovisión («A mí me estaban dando un golpe de Estado y ellos sólo emitían comiquitas. ¡Sí, películas cómicas!») y mi empeño por defender aEl Universal:

- Con todo respeto, es inaceptable que usted diga en la televisión que los columnistas de El Universal son enemigos del pueblo y que su editor Andrés Mata no parece venezolano y habla como Tarzán...

- Ese es un asunto interno venezolano y ustedes no tienen derecho a intervenir.

La sintonía en la manera de entender la libertad de prensa entre el líder de Podemos y su mentor espiritual no tendría demasiada trascendencia si no fuera porque una década después tanto Globovisión como El Universal han caído en garras del chavismo y a la primera de cambio Iglesias ya trata de empitonar a Esperanza Aguirre y Eduardo Inda en los tribunales por haberle cantado algunas verdades.

Sólo si le toca en suerte un juez del estilo del ponente de la absolución de los vándalos que bloquearon el Parlamento catalán, con su misma tirria hacia los «medios de comunicación privados», conseguirá ponerles en apuros; pero mucho más preocupante es el fondo del asunto, es decir la similar condescendencia del chavismo y los fundadores de Podemos en relación al terrorismo etarra. Mientras Venezuela sigue siendo un santuario para De Juana y otros carniceros similares, Pablo Iglesias ha puesto hace unos días el énfasis en las «explicaciones políticas» de la «violencia» de ETA. Es cierto que luego ha aclarado que «explicar» algo no significa justificarlo pero dos de sus intervenciones anteriores permiten interpretarle.

Me refiero por un lado a la famosa charla de la herriko taberna en la que tras denunciar que nuestra Constitución supone la continuidad del franquismo e impide «ejercer determinados derechos» añade: «Me gusta contar esto aquí porque quien se dio cuenta desde el principio fue la izquierda vasca y ETA». Y por el otro al vídeo en el que elogia la guillotina con palabras de Robespierre: «Castigar a los opresores es clemencia, perdonarles es barbarie». O sea que si alguien se arroga la capacidad de identificar a esos «opresores» -como los jacobinos durante el Terror o ETA durante su medio siglo de actividad- tiene barra libre. Como dice Monedero «la lucha armada va a ser leída en función de a quien mates».

Por eso Marat predicaba de forma explícita que había que «apuñalar», «empalar», «colgar» «quemar» y «degollar» a los «enemigos del pueblo». Sin embargo en ese vídeo Pablo Iglesias habla del «bueno de Jean Paul Marat» como si se tratara de Juan XXIII, la Madre Teresa de Calcuta o el Peter Sellers de Bienvenido míster Chance. Tengo tres mil libros sobre la Revolución -el que yo he escrito se va a publicar este otoño en Francia- y no ignoro que hasta Marat cuenta con partidarios pero desde luego es la primera vez que oigo a alguien llamarle «bueno».

Al comienzo de la Revolución «el bueno de Jean Paul Marat» sostenía que para evitar que corrieran «los ríos de sangre» era preciso verter «algunas gotas». Pero mientras en 1789 creía que bastarían «quinientas o seiscientas cabezas», en 1790 ya reclamaba «diez mil», en 1791 pedía colgar a todos los diputados, en 1792 se regodeaba en lo «maravilloso» que sería que los «patriotas» cortaran «cien mil cuellos» y en 1793, poco antes de que Carlota Corday irrumpiera en su bañera, estimaba necesario que hubiera «quinientas o seiscientas mil» víctimas.

Es verdad, como alega Pablo Iglesias, que la Revolución Francesa alumbró la modernidad política y la democracia representativa pero también el totalitarismo y el terrorismo del siglo XX. ¿Son disociables los «sueños de la razón» de los «monstruos» que a menudo generan? Mientras los liberales creemos que sí, los fanáticos de uno u otro signo han encontrado siempre su coartada en esa ecuación.

Aunque él preferiría verse equiparado al atildado, virtuoso e incorruptible Robespierre -«¿Dónde va ese cura siempre rodeado de mujeres?», se preguntaba Condorcet- la irrupción del líder de Podemos en la política española recuerda a un célebre grabado de la época en el que se ve a Marat emergiendo del sótano en el que se escondía para recoger el candil providencial que le tiende Diógenes. La catacumba de la que Pablo Iglesias ha surgido para tomar el testigo luminoso que el caudillo bolivariano parece haberle entregado desde el más allá es el piélago de miseria y desesperación engendrado por la incompetencia, corrupción y egoísmo de esa «casta» endogámica que es en efecto, y con pocas excepciones, nuestra clase política. Quienes acuñaron el término fueron los periodistas italianos Antonio Stella y Giuseppe Rizzo y EL MUNDO quien les premió en España cuando apareció su libro.

¿Cuál será el recorrido de Podemos? Sin duda que a corto plazo ascendente pero, a juzgar por la facilidad con que su líder se está metiendo en todos los charcos y va dejando un rastro delator del barrizal de sus querencias, todo sugiere que pronto terminará apuntalando lo que dice combatir. Por algo Camille Desmoulins, una de las cabezas más lúcidas del momento hasta que su padrino de boda Robespierre se la cortó por aquello que tanto le gusta a Pablo Iglesias de que «el perdón es barbarie», alegaba que el radicalismo macabro de Marat era el mejor aliado de los enemigos de la Revolución.

Y si a alguien le pareció exagerado que el domingo pasado concluyera endosando al PP el nuevo lema electoral de «In Fear We Trust» que se pregunte por qué la Escuela de Verano del partido gubernamental se ha transformado esta semana en un seminario sobre los peligros de Podemos. La respuesta está en la página 186 del muy recomendable instant-book Deconstruyendo a Pablo Iglesias: «Podemos es lo mejor que nos podía ocurrir», le dice a John Muller un arriolista -perdón, «analista»- de Génova 13.

Desencuentros
JOSÉ MARÍA CARRASCAL ABC 13 Julio 2014

Por muchas veces que hablen, mientras Mas siga pidiendo la consulta soberanista, Rajoy no va ni puede dársela

SOLO falta pedirles que se besen. O, al menos, que hablen. Desde titulares, tertulias, editoriales, artículos les instan a ello, con gritos o susurros, amenazas o halagos. Y les han hecho caso. Rajoy y Mas han hablado por teléfono, prólogo de un encuentro personal. El último que tuvieron fue el 29 de agosto de 2013, en la Moncloa y en secreto. Hasta que el diario «Ara» diera cuenta del mismo triunfalmente en vísperas de la Diada y de la cadena humana desde la frontera francesa hasta el último pueblo de Tarragona, envueltas en la «estrellada». Poco después, Mas anunciaba el referéndum soberanista, del que Rajoy se enteró por la prensa. ¿Tiene algo de extraño que no se fíe un pelo de él?

Lo malo es que Mas se ha montado en un tigre dispuesto a devorarle en cuanto intente descabalgar. Cada paso hacia el independentismo disminuye su capacidad de maniobra y aumenta la de su aliado y rival Junqueras, que gana terreno sin desgastarse, mientras a Rajoy le basta escudarse en la Constitución, lo que, además, es su deber. Y cada día que pasa, el presidente de la Generalitat se encuentra más solo y más lejos de su objetivo, tanto en una España harta de sus vaivenes como en una Comunidad Europea, que está para todo menos para el desgarre de las naciones que la constituyen.

¡Hay que salvar a Mas!, es el grito angustiado que oigo entre los «catalanes moderados», que buscan desesperadamente ese diálogo entre los dos presidentes. ¡Hay que darle la oportunidad de liberarse del abrazo de oso de Junqueras! Advierten. Y ofrecen puentes de plata en forma del «reconocimiento de la identidad cultural catalana» o de un «pacto fiscal». Pero ¿y si Mas no quiere salvarse? Pues ha desechado tales salidas y sigue erre que erre con consultar a los catalanes lo que quieren. No le basta con que le elijan para gobernarles ni le convence que la Constitución que le ha puesto en el cargo diga que la soberanía es de todo el pueblo español. Él quiere otorgar ya la soberanía al pueblo catalán para que decida no sólo su futuro, sino también el futuro de España. Y eso, naturalmente, Rajoy no puede dárselo. Y no puede dárselo porque sería bastante más que exceder sus poderes. Sería también traicionarlos.

Quiero decir con ello que por muchas veces que se vean y mucho que hablen, mientras Mas siga pidiendo la consulta soberanista, Rajoy no va ni puede dársela. Fue él quien se metió en este lío, fue él quien no previó las consecuencias, quien, una y otra vez, ha dado muestras de deslealtad, volatilidad, falta de palabra y escasa visión tanto personal como general. Da un poco de pena. Pero con este tipo de personas solo puede actuarse de una forma: dejar que la realidad les muestre la situación a la que les ha llevado su imprudencia. Que es lo que está haciendo Rajoy. Así que nadie espere mucho de estos encuentros. Desencuentros más bien.

Valencia sí es Grecia: la Generalitat acumula, al menos, 1.864 millones de gastos sin contabilizar

Los días 24 y 25 de mayo de 2012, funcionarios de Eurostat visitaron España para revisar la contabilidad de la Comunidad Valenciana ante la constancia de que se habían trucado las cuentas públicas. Esa misión regresó en el año 2013. En el año 2014, Bruselas considera que hay, al menos, 1.864 millones de euros de gastos sin contabilizar.
Javier Ruiz www.vozpopuli.com 13 Julio 2014

“Las facturas a crédito para las que no había fondos se dejaban de anotar en el capítulo 409 [Acreedores por operaciones pendientes de aplicar por presupuesto]. Se ordenaba a los centros gestores que tampoco anotaran esas partidas en sus contabilidades oficiales con el compromiso de que esas facturas se regularizarían, algo que se hacía periódicamente”. Así describe a Vozpópuli un antiguo alto cargo de la Generalitat Valenciana el sistema que el consell ha empleado durante años para esconder facturas en el cajón. Denuncia que había una contabilidad B también en lo público, como ha puesto de manifiesto también el Síndic de Comptes en su último informe, que cifra en, al menos, 1.864 millones de euros el agujero oculto. Bruselas ha confirmado esta semana que investiga el maquillaje de las cuentas públicas y que analiza si Valencia ha falseado sus cuentas como hizo Grecia.

"Las facturas para las que no había fondos se dejaban de anotar", admite un ex alto cargo de la Generalitat

Todos los gobiernos se han empeñado en negarlo antes y ahora. “España no es Grecia” dijo el 24 de mayo de 2010 la vicepresidenta socialista Elena Salgado en la cumbre que entonces celebraba el FMI. Los conservadores cuestionaron la frase hasta el punto de que el diario ABC titulaba el 25 de abril de 2010: “España no es Grecia, pero…”. Pero tras conquistar el poder, el PP cambió su discurso y Carlos Floriano reptía el 7 de abril de 2012 “España no es Grecia”. Casualmente, 15 días antes, Bruselas había comenzado a investigar si esa consigna se sostenía. Eurostat envió el 24 y 25 de mayo de 2012 una delegación a la Comunidad Valenciana para investigar su contabilidad. Esa misma delegación europea volvió en mayo de 2013 a Valencia, donde se reunió con el síndico mayor. Ahora, en 2014, Eurostat asume que Valencia ha trucado sus cuentas como lo hizo Grecia y confirma que ha abierto una investigación formal a las cuentas públicas en una región en la que, como el Partenón, ve cómo se caen a pedazos no sólo el trencadís que recubría su Ciudad de las Artes y las Ciencias sino también su credibilidad pública.

El desfase contable superará con mucho los 2.000 millones de euros en los llamados “datos de gastos sanitarios”. Ese agujero afloró en cuánto la Generalitat tuvo que pedir auxilio a Madrid para pagar a proveedores y para seguir financiándose a través del FLA (Fondo de Liquidez Autonómica). Como consecuencia de su asfixia, el gobierno valenciano ha tenido que corregir sus cifras de déficit del 3,6% declarado en 2010 al 4,8% (1.200 millones más de agujero) y del 3,7% declarado en 2011 al 5,1% en 2011 (1.400 millones de desvío).

Pero la desconfianza no está sólo en el cuánto, sino que está también en el cúando se produjo el maquillaje. La UE investiga las cuentas de los años 2008, 2009, 2010 y 2011. Un portavoz de la UE explica que “ha podido haber falsificación de cuentas anterior a esas fechas” pero la contabilidad toma como base el año 2008 y, por tanto, se marca en esa fecha el origen de la investigación. Sin embargo, la discrepancia puede haber continuado más allá de 2011. De hecho, en el año 2012, la Generalitat tuvo que elevar su déficit del 3,6% al 3,9% porque la UE obligó al consell a incluir en su contabilidad 240 millones de euros de agujero por las Ayudas al Plan de Vivienda que el gobierno de Fabra había ‘olvidado’ contabilizar.

Galicia
La cifra de estudiantes universitarios se desplomó un 40 % en quince años
La USC sufre la mayor sangría al pasar de 42.000 alumnos en el 96 a 26.000 actuales

Redacción, Santiago / La Voz  13 Julio 2014

En el curso que acaba de terminar se sentaron en las aulas de las universidades gallegas más de 62.000 estudiantes. Parecen muchos, pero si se compara con los que había hace quince años, se constata un desplome importante, de hasta el 40 %. En el curso 1999-00 la cifra de universitarios se aproximaba en Galicia a los cien mil.

Atrás ha quedado el gran bum de la universidad, al menos en cuanto al número de matrículas. Esta época dorada, que degeneró en la duplicación de titulaciones, se situó entre 1995, cuando se superó por primera vez en Galicia los 90.000 universitarios, y empezó a desinflarse en el 2002 cuando se bajó de esta cifra. En esos años de afluencia masiva a las facultades, el pico más alto se produjo en el curso 99-00, cuando 98.691 alumnos estudiaban una carrera en alguna de las tres universidades gallegas.

La crisis demográfica que atraviesa Galicia, que se encuentra en alerta roja con 1,08 hijos por mujer en edad fértil, tiene mucho que ver en el descenso paulatino del número de matriculados universitarios. La falta de oportunidades laborales, el límite de plazas en algunas carreras y la duplicidad en titulaciones son otras de las explicaciones.

Julio Abalde, Vicerrector de Títulos de la Universidade da Coruña, achaca este descenso a que «muchos alumnos que antes continuaban los estudios ahora no se están incorporando a los másteres, especialmente por la subida de tasas. El teórico quinto curso que estos deberían de constituir, al pasar de titulaciones de cinco a cuatro años, no está siendo capaz de absorber al mismo número de estudiantes. Nosotros esperamos que cuando se estabilicen las titulaciones se pueda recuperar o al menos mantener las cifras de matriculados».

El desplome es generalizado en el sistema universitario gallego aunque algunas universidades lo acusan más que otras, y también unas titulaciones están más en jaque más que otras. La Universidade de Santiago de Compostela (USC) es la que aglutina mayor número de estudiantes (en torno al 40 % del total de Galicia) y, por lo tanto, su caída es más pronunciada. Las aulas de los campus de Santiago y Lugo llegaron a albergar en el curso 96-97 más de 42.000 alumnos. Este curso que acaba de terminar tuvo matriculados a 26.260 estudiantes de grados, másteres y primero y segundo ciclo. La caída es del 37,4 %.

Vigo y A Coruña se encuentra más o menos a la par en la cifra de universitarios, en torno a los 18.000. Sin embargo, el descenso es mayor en la institución olívica pues su cifra récord, alcanzada en el curso 99-00 fue de 30.890, mientras en la misma época la UDC tocó techo en 26.148.

Las titulaciones de Artes y Humanidades sufren especialmente el síndrome de las aulas vacías. En la Universidade da Coruña, que ha perdido más de 8.000 matrículas desde el año 99, la Facultade de Humanidades e Documentación registró durante el curso que acaba de terminar poco más de cien matrículas, de las que 73 corresponden a mujeres y 33 a hombres. Es el centro de la UDC con la cifra de estudiantes más baja. En el lado contrario, con más matrículas, se encuentran la facultad de Economía y Empresa, con 2.430 alumnos; seguido de Informática (1.571), Derecho (1.524) y la Escola Universitaria de Arquitectura Técnica (1.261).

Si se analizan los datos por campus, los que peor parados salen son los campus de Lugo, que depende de la USC y Ferrol, periférico de la UDC.

En el año del bum de las universidades, curso 99-00, las facultades lucenses rozaron los 11.000 alumnos. En solo quince años ese volumen de matrículas se ha reducido considerablemente, con 4.432 en el curso que acaba de finalizar (por 21.828 en Santiago). En Ferrol, el desplome ha sido del 40 %, pasando de los 4.250 del año 99 a los 2.545 actuales.

La USC toca fondo
La USC, donde mañana comienza el proceso de matrícula para el nuevo curso con la primera lista de admitidos, confía haber tocado fondo en el 2013-2014: aunque continuó el descenso global de matrícula, favorecido por la extinción del último año de licenciaturas convertidas en grado, se detectó un incremento de alumnado de primer año, que espera consolidar y que ayude a revertir la tendencia.

El curso recién terminado la USC se nutrió de alumnado de la provincia coruñesa, 10.852 estudiantes, que supusieron el 41,3 % del total. Le siguieron los de Pontevedra (23,3 %), Lugo (16,9 %), de otras comunidades de España y del extranjero (3.071, que representaron el 11,7 %) y de Ourense (6,8 %). Para el próximo curso aplica algunas medidas positivas en Lugo, como la reducción de matrícula en algunos grados, para atraer más alumnado, pues es el campus que más se resiente del descenso.

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