AGLI Recortes de Prensa   Martes 15 Julio  2014

Hoy quisiera ser francés
Javier Saavedra www.elsemanaldigital.com 15 Julio 2014

Napoleón I decía que el hombre más importante de París no era él, sino el juez de instrucción… y con el caso Sarkozy es evidente que el emperador sabía lo que decía.

Hoy quisiera ser francés, de ese país vecino donde la ley mide a todos por el mismo rasero. El abogado del Sr Sarkozy y dos magistrados del Tribunal Supremo han sido detenidos (sí, han leído bien: ¡dos magistrados del Tribunal Supremo!) porque podrían formar parte de una red que informaban al expresidente del estado de las pesquisas policiales referentes a distintos casos de corrupción.

¿Y cómo se llegó a destapar esa red? Pues mediante escuchas telefónicas de la Policía Judicial. Ha sucedido en Francia, la república monárquica en la que, si bien el presidente es inviolable durante su mandato, después se convierte en un ciudadano normal que tiene que enfrentarse a los posibles delitos cometidos precisamente durante el ejercicio de su cargo.

¿Se imagina alguien en España exigiendo responsabilidades penales a cualquiera de los ex de nuestro amplio elenco de personalidades, entre ellos al abdicado Rey? Sarkozy estuvo detenido y fue interrogado durante toda una larga noche. ¿Nos podemos imaginar en algún momento que la Policía y los jueces de instrucción detuviesen e interrogasen a José María Aznar, a Rodríguez Zapatero o al mismísimo Juan Carlos?

En España esas cosas no suceden porque la corrupción sólo atañe a aquellos alfiles de los que se puede prescindir. El emperador Napoleón I decía que el hombre más importante de París no era él, sino el juez de instrucción… y con el caso Sarkozy es evidente que el emperador sabía lo que decía.

Hablando de aforamientos, ¿será que nuestros políticos se quieren refugiar en un tribunal más alto, precisamente para que no les juzguen los mismos que lo hacen con el resto del pueblo? ¿Será porque conocen por dentro el nivel de los juzgadores y precisamente por eso no se fían?

El esperpento de Mallorca no lo mejora ni Jardiel Poncela (para alumnos de la logse: escritor de comedias del absurdo que resultó incomprendido en sus últimos años y que todavía se considera políticamente incorrecto). El fiscal descalificando al juez y éste retándole a que presente una querella por prevaricación.

Todo fiscal se debe de atener al principio de legalidad, es decir a no acusar por acusar, si bien no está obligado a ser imparcial, como el juez. El Ministerio Fiscal es sólo una parte en el procedimiento y no debe tener ningún privilegio sobre los demás. Cuando un reo se sienta en el banquillo y observa que el fiscal está hablando con el juez -o cuando en el descanso los encuentra tomando un café- siente vértigo.

El TDH se ha pronunciado constantemente en el sentido de que el juzgado debe sentir la imparcialidad del juzgador. Ahora entendemos por qué Europa comienza en los Pirineos y no tiene frontera con Italia. Podemos gritar "papá yo de mayor quiero ser como los franceses que, aunque haya sido mediante revoluciones, han conseguido que todos los galos sean iguales ante la ley".

Y ya llevan dos: el anterior presidente Jacques Chirac y ahora a su sucesor Sarkozy. LIBERTÉ, EGALITÉ et FRATERNITÉ. ¡Qué bien suenan esas palabras cuando se elige por cuota a los que a su vez nombran los cargos importantes de la administración judicial! Así entendemos que no quieran ser juzgados por los del primer nivel. ¡Se conocen el percal!

Los partidos políticos y la corrupción
Vicente Baquero www.gaceta.es 15 Julio 2014

Los profesionales de la política se reclutan desde su más tierna infancia en las llamadas “juventudes”, instituciones que deberían estar prohibidas. Nadie debería ejercer un cargo de responsabilidad pública sin una carrera personal anterior a la política y una ocupación a la que dedicarse cuando la abandone.

Los ciudadanos se escandalizan con la corrupción pero no se detienen analizar las causas que la motivan, porque eso les obligaría a plantearse el sistema político en su conjunto. Habría que exigir que de verdad se tomaran las medidas para erradicar esta práctica generalizada.

¿Por qué existe la corrupción? Creo sinceramente que una gran mayoría de los que sienten vocación política no son corruptos, y sin embargo ésta existe y es obviada por la mayoría. ¿No será que el sistema de partidos se ha salido de sus cauces y se ha convertido en una gigantesca maquinaria de colocación y de poder? Creo que el mantenimiento de un aparato excesivo requiere de una financiación extraordinaria, mucho mayor que la que le conceden las actuales leyes, y por eso busca compulsivamente recursos para mantener esa estructura elefantiásica de políticos profesionales. La corrupción no es una anomalía sino el medio normal de financiar en España a los partidos políticos, utilizando al sector público con su capacidad normativa para recaudar fondos para su propia subsistencia. Mientras no se ataje la causa, difícilmente se erradicaran las consecuencias.

Los profesionales de la política se reclutan desde su más tierna infancia en las llamadas “juventudes”, instituciones que deberían estar prohibidas. Nadie debería ejercer un cargo de responsabilidad pública sin una carrera personal anterior a la política y una ocupación a la que dedicarse cuando la abandone. Hemos caído en un sistema que no es más que una “partitocracia”, una hipertrofia política que ahoga económicamente al sistema democrático y a la sociedad productiva en su conjunto además de corromperlo.

La necesaria financiación irregular de los partidos conduce a que algunos, a nivel personal, también busquen lucrarse en la impunidad. El efecto es doble no solo genera gastos propios de los partidos sino que sus miembros colonizan empresas y puesto públicos innecesarios, para proporcionar un sueldo a sus militantes. La solución: reducir drásticamente el personal de los partidos fuera y dentro de la administración. Mientras eso no ocurra tendremos corrupción, que nadie se engañe. ¿Es que nos hemos olvidado ya de cómo salió Felipe Gonzalez y su gobierno del poder? La alternativa, por desgracia, es una dictadura, nos guste o no, el fin del sistema: entre los partidos, la avaricia regionalista y la violencia revolucionaria de una izquierda trasnochada acabarán por cargarse el modelo de democracia que nos habíamos dado en la transición. Que aunque no perfecta podría haber funcionado.

La corrupción una y otra vez
Luis de Velasco www.republica.com 15 Julio 2014

El barómetro del CIS correspondiente a junio y publicado este lunes muestra un par de datos dignos de reflexión. Baja la preocupación ciudadana por el paro respecto del mes anterior: el 76.8 por ciento de los encuestados lo sitúa como primera preocupación frente al 80.8. Mientras que la segunda preocupación, la corrupción y el fraude crece del 35.7 por ciento al 38.8. El tercer puesto de preocupación es la economía y el cuarto los partidos políticos y la política que suben tres puntos. Radiografía clara y muy grave, sobre todo respecto de la corrupción y la política en general.

Mejor dicho, debería ser preocupante sobre todo para quien tiene mayor responsabilidad es decir el gobierno de la nación y de la mayor parte de la autonomías y ayuntamientos y el partido que lo sustenta. Pero no parece ser el caso a la vista, no tanto de declaraciones que pocos toman en serio como de las acciones, y es ahí donde alcanza el juicio ciudadano que, a la vista de estos datos, acierta plenamente.

El gobierno nos “amenaza” con un nuevo plan de regeneración democrática que, de momento y como los malos estudiantes, queda para septiembre. Hasta ahora poco o más bien nada, salvo algunos pellizquitos de monja, ha hecho para combatir de verdad la lacra de la corrupción en sus múltiples formas. Recordemos la negación de Rajoy a la portavoz de UPyD insistiendo en que en nuestro país no hay corrupción institucional o las veinte preguntas de esa portavoz al mismo presidente sobre este asunto, fundamentalmente el caso Bárcenas, todavía sin responder. Tan sólo han aprobado y en solitario una totalmente insuficiente ley de transparencia y alguna cosita más mientras el panorama se ennegrece día a día y la desafección ciudadana lógicamente crece y crece. Se sigue negando la evidencia de un caso palmario de financiación irregular del partido como son los casos Bárcenas y Gürtel y otras ramificaciones en varias comunidades autónomas. Claro que ahí el PP está bien acompañado por, entre otros, el escándalo de los EREs en Andalucía con gobierno PSOE o los múltiples en Cataluña, virreinato de CiU, con el último florón del escándalo de la “primera familia”, los Pujol.

No hay recetas mágicas para acabar con la corrupción pero las hay para combatirla con decisión y la primera es eliminar la impunidad. Eso exige a su vez voluntad política para que el partido enfrente a “los suyos” y los sancione políticamente sin esperar la larguísima vía jurisdiccional, llena además de ayudas para los amigos desde los aforamientos hasta los indultos. El reciente caso Brunete con los máximos dirigentes autonómicos madrileños Aguirre y González cerrando filas con un alcalde demostrado corrupto por grabaciones inapelables confirma lo anterior.

La conclusión no puede ser sino pesimista y es que o se enfrenta muy seriamente esta lacra o nuestra democracia será cada vez más pobre. Eso está pasando ya, no es un futurible.

La TV y el marketing político se imponen a las ideas
Lucio A. Muñoz www.gaceta.es 15 Julio 2014

Los partidos se han convertido en organizaciones marketinianas que diariamente confunden a la sociedad a través de mensajes contradictorios, vacíos e incoherentes.

Diseñar un eficaz "Plan de Marketing estratégico y emocional" de última generación constituye la base del éxito comercial de una empresa y, por tanto, es uno de los factores que influyen en el crecimiento de la misma. Igualmente, una acertada política de comunicación interna que transmita la estrategia de marketing a toda la organización será vital para que el citado plan se ejecute a la perfección.

El objetivo de todo ello es posicionar los productos o servicios de la compañía en el mercado para seducir a un público previamente segmentado. Y cubrir las necesidades de los potenciales clientes con el fin de fidelizarlos.

Actualmente, los partidos políticos están adaptando a su manera determinadas estrategias de marketing procedentes del ámbito empresarial. Del mismo modo, las redes sociales, que han revolucionado las políticas de comunicación de las empresas, también son utilizadas por los partidos para difundir su propaganda política.

Tanto es así que el marketing engañoso de los dos principales partidos políticos españoles únicamente crea "pseudo líderes de papel". Es decir, políticos que han desgobernado de forma corrupta instituciones públicas, ayuntamientos, comunidades autónomas y, globalmente, nuestro país. El PP-PSOE nos ha vendido constantemente productos defectuosos.

El denominado "marketing político" es en realidad una metodología (integrada por la sociología, la comunicación y la ciencia política) que publicita las campañas electorales de los partidos. Pero este concepto está obsoleto en la actualidad debido a que los partidos se han convertido en organizaciones marketinianas que diariamente confunden a la sociedad a través de mensajes contradictorios, vacíos e incoherentes.

En España se están produciendo relevos generacionales en determinados partidos políticos.

En el PSOE, los tres candidatos a asumir el liderazgo de este partido no han generado ni una sola idea en relación a la regeneración democrática que necesita nuestro sistema político. Y tampoco han aportado ninguna solución a los problemas que preocupan a la ciudadanía. Tales como, la corrupción política institucionalizada, la insostenible burbuja de deuda publica, el agujero negro del déficit, el desempleo de larga duración, la progresiva precariedad del mercado laboral, los "ninis", el independentismo catalán y vasco, etc. ¿Echarán de menos al Faisán?

En el PP, desgraciadamente tanto para los votantes de este partido como para todos los españoles, aún no se ha producido la renovación de su cúpula directiva. El caladero de las Nuevas Generaciones del Partido Popular está rebosante de "ridiculums" vitae. Este contrastado hecho muestra que lo peor de la sociedad opta por hacer carrera, de manera profesional, en la política.

El partido emergente Podemos, por mediación de la TV, y de un marketing mix cubano-venezolano y de corte totalitario y dictatorial, está recogiendo el desencanto de parte de la ciudadanía en relación a la corrupción del PP-PSOE y al bajo perfil de los políticos del bipartidismo. No obstante, los españoles debemos evitar que venga una nueva casta política todavía de peor calidad que la actual.

Si los partidos políticos quieren aprender de las empresas, pueden comenzar por adaptar los métodos de atracción, detección y desarrollo del talento, así como los inteligentes procesos de selección que ejecutan multitud de compañías para elegir al candidato más cualificado e idóneo.

¡Ya vivimos juntos! Pero no es eso…
Enrique Calvet Chambon  www.lavozlibre.com 15 Julio 2014

Economista y miembro del Comité Económico y Social Europeo

Dentro de la ceremonia de la confusión y del páramo yermo intelectual en que se mueve el problema del secesionismo del Principado (a la espera de otros lares) no dejan de entrar enfoques disparatados que demuestran que no se puede (muy probable) o no se quiere (unos pocos) admitir el fondo importante del tema, que es democrático y de valores esenciales de las democracias avanzadas. Y son esos valores por los que merece la pena luchar hasta el último aliento.

Ahora, la idea papanata de moda para ser vergonzosamente buenista es la del político que afirma, en su luminaria visión, que “queremos vivir juntos”. Se entiende que junto a las cuatro provincias hispano catalanas. Si no fueran tan memos o tan traidores les consolaría descubriéndoles la realidad, como a Monsieur Jourdain, de que ya vivimos juntos, para que no se preocupasen. Pero entonces, seguro que ante el descubrimiento inesperado se les harían las nalgas pepitoria, y no se merecen tal gozo.

Porque también vivimos juntos con los europeos, con los andorranos, con los gibraltareños y con los emigrantes, entre muchos otros, afortunadamente. ¿Y qué tiene que ver eso con la secesión racista? Nada (o res de res).

El problema ético fundamental es comprender que la España del siglo XXI, por mucho que se haya prostituido su Constitución imperfecta (gracias, jueces del TC), es, o debe ser si quiere ser una democracia, una unidad política de ciudadanos, nunca de súbditos, iguales en dignidad, derechos políticos, libertades y obligaciones de solidaridad. Es decir, que, como ciudadanos, somos lo mismo. Exacta y esencialmente lo mismo. Eso es lo que hay que entender….y defender, si uno cree en los valores de la democracia moderna, que son contrarios al racismo, a la xenofobia, a la discriminación por territorios, clases sociales o raíces culturales. Pues estas últimas son el fundamento de la discriminación por “raza superior”, y no les digo más…

Que España ha sido desde decenios y siglos un conjunto de ciudadanos, con su movilidad (¿sabían que la ganadería Miura es de origen vasco?), su mezcolanza ubérrima de culturas, sus matrimonios supra regionales, su lucha por proyectos comunes, con la plena integración de todas sus gentes, con los mismos derechos políticos (muchos o pocos) es una constatación. Que ha podido gobernar España el catalán Prim como el gallego Rajoy como el andaluz González como el vasco Indalecio Prieto, etc…otra. Que desde hace tan sólo unos 100 años y pico, en escasos periodos de posible democracia, una oligarquía depredadora quiere gobernar en solitario, rompiendo la unidad ciudadana, también. Pero para lograr eso tiene que apoyarse en un valor antidemocrático, tiene que pretender que un español de Masnou (por DNI) no es igual ciudadano que un español de Mogroviejo. Y eso, no sólo es mentira, sino que ofende a los valores de la Ilustración y la Modernidad. U ofende pura y simplemente.

Claro que somos todos distintos, maravillosamente, y tenemos todos nuestra identidad individual. Claro que hay rasgos culturales en sociedades benditamente distintos en una misma Nación. Y de evolución dinámica. Un catalán de Palafrugell, por ejemplo, ya no tiene el mismo rasgo cultural común exacto que uno de Perpiñán. Las sociedades evolucionan. Generalmente alejándose del tribalismo. La propia cultura hispano catalana de hoy no sería la misma si no se hubiera producido ese enriquecedor movimiento migratorio de otras regiones (piénsese en la “rumba catalana”, epítome Peret). Y que conviene proteger, optimizar y, por supuesto, disfrutar de la diversidad cultural no lo duda ningún demócrata.
Pero eso no tiene nada que ver con crear ciudadanos de primera y de segunda con derechos políticos distintos (por ejemplo el derecho a decidir… de unos pocos...) ¿Alguien puede sostener, moral y democráticamente que el ex -honorable Montilla, hiznajeño, tenga distintos derechos políticos que sus padres o hermanos? ¿Y la almeriense Chacón? Hemos perdido el norte, y algunos la vergüenza, y navegamos hacia el racismo. Vivir, vivimos y viviremos juntos, siempre, pero se trata de hacerlo como ciudadanos iguales y con los mismos derechos. Porque así lo hemos votado. Y ni bajo toneladas de mentiras y manipulación se puede encontrar un solo argumento que privilegie un ciudadano español sobre otro, en cuanto a derechos políticos.

Un líder hipotecado.
Vicente A. C. M. Periodista Digital 15 Julio 2014

Deber algo a alguien siempre es algo incómodo. Todo el mundo sabe lo difícil que es una Hipoteca y lo tranquilo que uno se queda al pagar el último plazo. Lo malo es que en política la hipoteca es algo incalculable y los plazos son a voluntad del prestamista que puede elegir el mejor momento para exigir el cobro total de la deuda. En el caso de Pedro Sánchez su ascenso a la Secretaría General del PSOE ha venido del apoyo explícito de la lideresa del PSOE-A Susana Díaz que se atribuye la influencia sobre la mayoría del importante voto de los militantes socialistas de Andalucía. Y puede que no le falte razón porque no hay mejor voto cautivo que aquél que han impuesto en ese cortijo los clanes socialistas como el de Alcalá de los Gazules con Chaves y Griñán como más destacados “padrinos” en todos los sentidos, incluyendo el padrinazgo de la misma Susana Díaz.

Y esa hipoteca comienza por la regeneración del PSOE como signo identitario de un cambio de actitud de nula convivencia con la corrupción y los modos clientelares usados de modo habitual por el PSOE-A en su autonomía. EL hecho de que Susana Díaz diera ese discurso de regeneración y hasta el momento se haya puesto de perfil, cuando no en actitud frontal a tomar cualquier medida correctora, hace dudar de la libertad de acción de este “hipotecado” al que le han hecho saber que el puesto lo debe sobre todo al apoyo de esos socialistas andaluces tan comprensivos con las prácticas delictivas de algunos de sus dirigentes imputados en la mayor causa de corrupción de España en el desvío ilegal de millones de euros en las causas de los falsos ERE’s y los cursos de formación de trabajadores en paro.

También es una gran incógnita la credibilidad que puede tener alguien que “olvida” en su currículo hacer referencia de su paso por Caja Madrid nada menos que durante cinco años. O que ha realizado declaraciones sobre una España Federal asimétrica con el reconocimiento de Cataluña como nación y un trato fiscal especial diferenciado del resto de los españoles. Ese discurso no casa bien con el de su “benefactora” al que según parece el abdicado Rey D. Juan Carlos I supuestamente le pidió que liderase el PSOE. Pero todos sabemos que Susana Dáz no tiene ambiciones políticas y prefiere dedicarse en cuerpo y alma a su Andalucía y su compromiso con los andaluces, el resto de España que espere su momento.

Ahora Pedro Sánchez tras la petición de Susana Díaz de que posponga las primarias para la elección de candidato a las elecciones generales tras conocerse los resultados de las elecciones municipales, pide “autonomía” para poder fijar su propio calendario. No han pasado ni horas desde su elección cuando ya se enfrenta a la cruda realidad de los intereses personalísimos de sus barones regionales o federales que sería más apropiado. Y es verdad que PSOE y PP se juegan mucho en las municipales y autonómicas donde la irrupción de otras formaciones puede poner una incómoda situación de gobierno y de influencia, donde Susana Díaz aparezca como la imagen salvadora que el Rey demandaba para el discurso de Unidad de España.

Dice el refrán que quien mal empieza, mal acaba y todo parece indicar que a este recién estrenado Secretario General del PSOE le espera una titánica tarea si quiere hacer realidad su discurso de que “quiere cambiar el PSOE para cambiar España”. Otros antes que él y con más experiencia y “colmillo retorcido” o “alienados” lo intentaron y fracasaron. Nada hace pensar que este nuevo producto del “apparat” sin experiencia real en gestión ni siquiera de una corporación local, pase a la historia del partido por algo más que la completa inanidad y el rápido olvido tras el primer batacazo. Veremos quienes serán sus colaboradores y la influencia real que harán desde la sede de Ferraz. Porque una cosa es obtener el apoyo de la militancia de base y otra coger el timón con firmeza del barco socialista y llevarlo en la dirección que han pensado. El lastre y los “motines” son impedimentos que pueden hacer imposible esa tarea.

Personalmente no estoy de acuerdo con las “convicciones” que ese líder socialista ha esbozado en sus discursos, pero tampoco lo estoy con el de su madrina Susana Díaz. El PSOE hace tiempo que ha dejado de ser un referente de partido de Gobierno al no tener un discurso homogéneo y ceder al chantaje secesionista de los nacionalismos. Esta deriva es mala para España que se está radicalizando a marchas forzadas y puede acabar con el secuestro total de su escasa democracia y de las libertades por las nuevas formaciones radicales de izquierda emergentes expertas en la propaganda populista que cala hondo en unos ciudadanos hartos de su clase política.

España necesita una revolución pero no aquella que la lleve a un retroceso histórico que la hunda definitivamente y la aleje del progreso económico y social de Europa. Ni Cuba ni Venezuela ni Bolivia, pueden ser nunca los referentes ni los modelos a seguir.

PSOE: entre el susanato y la nada
EDITORIAL Libertad Digital 15 Julio 2014

La elección de Pedro Sánchez como secretario general del PSOE ha sido una demostración de fuerza de una mujer que, en este momento, es sin duda la persona más influyente dentro del partido: la presidenta andaluza, Susana Díaz.

Es muy llamativo, y un síntoma bastante claro de la situación dramática en la que se encuentra el Partido Socialista, que Díaz haya llegado a acumular ese poder, esa capacidad de poner a todo un secretario general casi a la carta sin haber ganado jamás no ya unas elecciones a una alcaldía cualquiera, ni siquiera un proceso democrático interno de segundo o tercer nivel.

Díaz, que decidió retirarse de la batalla por la Secretaría General antes de que empezase, se hizo con el poder en el PSOE andaluz en un simulacro de primarias organizado para dejarla sin rival, igual que accedió a la Presidencia de la Junta subida en el dedo de su antecesor, que por cierto abandonaba el cargo manchado por el escándalo de los ERE.

Pero tal es el estado calamitoso del PSOE post Zapatero que con sus inexistentes méritos Díaz ha logrado designar al nuevo secretario general. Y presumen de regeneración.

Ahora bien, falta saber si los 60.000 votos que ha obtenido Pedro Sánchez, y que suponen el apoyo de prácticamente el 50% de los militantes socialistas, pueden servir para que el nuevo secretario general se sienta lo suficientemente fuerte para romper los hilos con los que, a buen seguro, Susana Díaz quiere manejarlo. Nada parece indicar que será así: ni las alabanzas de Sánchez a la reacción del socialismo andaluz ante el vergonzoso caso de corrupción y saqueo de los ERE, ni la ausencia de mensajes de calado durante su campaña ni el paupérrimo discurso que pronunció la noche del domingo, tras confirmarse su victoria.

Y es que si el nuevo socialismo va a preocuparse de asuntos como algunos de los que comentó Sánchez: la laicidad del Estado, el cambio climático o lo que está ocurriendo en Gaza, poco importará que el PSOE sea un susanato o la nada, pues correrá la misma suerte de otros partidos socialistas europeos, por ejemplo el PSI italiano o el Pasok griego, tal y como alertaba el domingo uno de los candidatos derrotados, José Antonio Pérez Tapias.

Cataluña
Los planes golpistas de Mas, a la cara de Rajoy
Pablo Planas Libertad Digital 15 Julio 2014

Está escrito. Mas quiere llegar hasta el final en su intentona golpista, salvo que su propio partido lo sacrifique antes de tiempo. El Consejo Asesor para la Transición Nacional es el organismo consultivo de la Generalidad creado para dar cobertura documental y jurídica a la secesión, un pesebre cuyos componentes responden a las cuotas de los partidos que forman parte del frente separatista y que publica unos informes que en Cataluña se consideran las bases del futuro estado catalán. El último, el número diez, presentado ayer junto a otros tres dosieres, aborda "el proceso constituyente" en lo que precisamente constituye la última y palmaria evidencia de que las instituciones autonómicas están secuestradas, al servicio de un proyecto totalitario que se presenta como cívico y pacífico mientras teoriza sobre las ventajas de provocar un estado de excepción, sitio o alarma en Cataluña.

No es que la Generalidad de Mas y Junqueras asuma con naturalidad la posibilidad, ahora más bien remota, de que el Gobierno de España haga algo al respecto de la escalada separatista. Es que lo busca con denuedo, lo intenta provocar y ahora, además, incluye amenazas como la de imponer un orden paralelo tras la proclamación de independencia, tal como se infiere de párrafos como el siguiente:

Es posible que al menos durante un tiempo se produzca un conflicto entre los dos órdenes, de manera que las autoridades y los ordenamientos de cada uno de ellos pugnen por imponerse y obtener el control. Por este motivo, la efectividad de una proclamación unilateral de independencia está en gran parte condicionada por la existencia de las estructuras de estado con la capacidad para ejercer las funciones de gobierno sobre el territorio y obtener la aceptación social de su ejercicio.

Los padres de la futura Cataluña, además de legitimar los asaltos y tropelías previstas por la Asamblea Nacional Catalana si no hay consulta, apuestan por un escenario de choque total tras unas elecciones plebiscitarias y la consiguiente proclamación de independencia. Les resulta un escenario plausible y potencialmente positivo, por lo que no tienen el más mínimo reparo en describir lo que pasará el día después si el Estado no colabora:

La proclamación unilateral de independencia comporta la desconexión de manera inmediata de las instituciones del Estado español y de su ordenamiento jurídico, de tal manera que ya no se reconoce la autoridad de las primeras ni la vinculación al segundo. La autoridad pública en Cataluña a partir de este momento es sólo la Generalidad y el ordenamiento jurídico aplicable es sólo el que emana de la voluntad de sus instituciones, incluyendo el derecho internacional que se reconozca internamente.

Ya no se trata de un papelito de la ANC de Forcadell, ni de una declaración tan solemne como tramposa sobre el derecho a decidir en el parlamento autonómico. Es, directamente, el anuncio de que se está dispuesto a someter a siete millones de españoles a una situación de violencia, al margen de la ley, de Europa y de las más elementales nociones sobre los derechos humanos.

Si con ese informe público sobre la mesa, el número 10, el presidente del Gobierno, Mariano Rajoy, mantiene el encuentro previsto con el responsable de las amenazas, Artur Mas, es que a lo peor es cierto, como también apunta el documento oficial, que no se puede descartar que el Gobierno adopte una "actitud pasiva y no beligerante" ante el proceso. De hecho, si Rajoy recibe a Mas sólo caben dos alternativas: o está de acuerdo o hay algo en la frase "Voy a dar un golpe de Estado sí y sí" que el inquilino de La Moncloa no entiende.

La verdadera cara de Podemos
Lo que Pablo Iglesias esconde cuando habla de democracia
Podemos busca "la dictadura del proletariado" convenciendo a la "gente normal" que "no es libre" y que "cree lo que le cuentan por la tele".
Luis F. Quintero Libertad Digital 15 Julio 2014

El discurso de Pablo Iglesias, de Podemos, ha seducido a muchos. Los datos que arrojan las encuestas, así como el brillante resultado que sacó este partido en las recientes elecciones europeas dejan al descubierto que se trata de una formación que puede llegar a convertirse en primera fuerza en ayuntamientos, así como en bisagra política en el Congreso. Pero, ¿qué hay detrás de estos líderes?

Un repaso a las numerosísimas intervenciones que ofrece internet de Pablo Iglesias, o del ideólogo del partido Juan Carlos Monedero, desvela cómo lo que vemos a día de hoy de esta formación lleva tiempo gestándose.

En una charla en marzo de 2013 organizada por la Unión de Juventudes Comunistas de España (UJCE) en Aragón, Pablo Iglesias explicaba los pilares básicos de su acción de comunicación política para tratar de hacer cambiar los paradigmas del sentido común de "la gente normal", decía Pablo Iglesias, para convencer a los españoles.
Busca "la dictadura del proletariado"

Así explicaba, por ejemplo, su idea de democracia y por qué es la palabra "que hay que disputarle al enemigo cuando hagamos política". Dice Pablo Iglesias que "hay palabras que tienen una carga valorativa positiva y otra negativa. La palabra democracia mola, por lo tanto, hay que disputársela al enemigo. La palabra dictadura no mola, aunque sea dictadura del proletariado. No mola, no hay manera de vender eso. Aunque podamos teorizar que la dictadura del proletariado es la máxima expresión de la democracia en la medida en que aspira a anular unas relaciones de clase injusta que en sí mismas, ontológicamente, anulan la posibilidad de la igualdad que es la base de la democracia, no hay a quien le vendas que la palabra dictadura mola. La palabra que hay que disputar es democracia".
¡A quién le importa la historiografía!

Otra de las palabras que hay que disputar, dice Iglesias, es el concepto de nación, porque tiene "un peso agregador importante", por eso "hay que disputar el término nacional" porque, "a quién le importa la historiografía si la gente se siente vasca, catalana o española. Eso tiene peso agregador, por lo tanto, hay que disputar el término nacional". En este sentido, también recuerda que "no hay un sólo proceso histórico de transformación social en una dirección progresista, socialista, que no haya asumido el elemento nacional como una de las claves agregadoras importantes".
La televisión

Para Iglesias, el mejor medio de producción ideológica para insertar estas ideas en el sentido común de la gente es la televisión. Además, la idea es hacerlo mediante el debate político y las tertulias ya que las "series de televisión y los magacines son el producto televisivo y de producción ideológica más importante, pero son muy caras y las tertulias son baratas y nosotros hemos tenido la oportunidad de hacer una tertulia".
La gente no es libre

Resulta curioso que en las charlas de Juan Carlos Monedero, o de Pablo Iglesias, es habitual escuchar conceptos como la lucha de clases, la igualdad, la opresión, la codicia de los ricos, o la dignidad de los pobres, pero poco o nada se habla de libertad. En aquella charla para las Juventudes Comunistas de Aragón, Pablo Iglesias dejó claro qué entiende por libertad: "La gente está convencida de que es libre y de que cada uno tiene la ideología que quiere. Eso es una estupidez. La gente cree que es guay y que tiene libertad para elegir. No. Eso es mentira", insistía.

Según su proyecto, la gente no elige lo que cree o no elige su ideología, sino que repite lo que oye, lo que le han contado en casa o lo que ha escuchado en televisión. Por este motivo, su estrategia pasa por "trabajar en el ámbito de la ideología produciendo imaginarios y adaptarlos en forma de tertulia". Así, Pablo Iglesias se considera que ha sido desde sus programas de televisión "productor de sentido común" para la gente.
El momento idóneo

La guinda del pastel de su estrategia política es el momento que han elegido para inocular su mensaje. "Los comunistas han tenido éxito en momentos de crisis. La transformación social no ocurre en circunstancias de normalidad, sino de excepcionalidad", dice Iglesias. Es en esos momentos cuando "caen los consensos, explotan por los aires y abren las puertas a que se pueda reconfigurar el poder". Por eso, son momentos en los que "es posible que suceda lo que hasta ese momento parecía imposible". Como ejemplo de esta realidad, Iglesias pone a la plataforma Stop Desahucios que "ha conseguido que a la mayor parte de la gente le parezca más importante el derecho al uso y disfrute de una vivienda que la propiedad de la misma".

Por ese motivo, para Pablo Iglesias, el objetivo de Podemos es alcanzar el poder mediante una estrategia de comunicación que emplee conceptos "agregadores" que disfracen de "democracia" lo que en realidad es "la dictadura del proletariado" a través de la modificación del sentido común de la "gente normal" que "no es libre" y que en realidad "cree lo que le cuentan por la tele". En aquel momento, su plataforma de propaganda era el programa Fort Apache en Hispan TV, una cadena financiada por el régimen de Teherán. Sobre el asunto, confesaba Iglesias que no le gusta la teocracia iraní, pero que no por ello va a renunciar a tener su programa de televisión para aleccionar a esa "gente normal".

Ley Mordaza: un monstruo jurídico de tres cabezas
Carlos Sánchez Almeida El Mundo 15 Julio 2014

El efecto combinado de las próximas reformas de la Ley de Seguridad Ciudadana, Código Penal y Ley de Propiedad Intelectual puede ser devastador para las libertades públicas, tanto en las calles como en las redes.

En los últimos años hemos vivido un progresivo recorte de derechos fundamentales, que ha sido respondido mediante una movilización social sin precedentes, en buena parte alimentada por la interacción entre la acción callejera y el ciberactivismo online. Desde el Pásalo de marzo de 2004, pasando por el activismo por el derecho a la vivienda, la desobediencia civil masiva del 15M, la paralización sistemática de desahucios y las ocupaciones de oficinas públicas y privadas, la última década está salpicada de acontecimientos donde el activismo político no se ha limitado al plano físico, sino que se han nutrido de la comunicación en tiempo real de los activistas facilitada por las nuevas tecnologías telemáticas. Y es contra esa fecunda complicidad de calles y redes contra lo que pretende cargar todo el aparato jurídico del sistema.

Si hay un hilo conductor común entre la reforma de la Ley de Seguridad Ciudadana, Código Penal y Ley de Propiedad Intelectual, es precisamente limitar la libre expresión de los ciudadanos, con independencia del medio donde ésta se verifique. El objetivo último es la creación de un gueto informacional que impida de forma efectiva la organización de protestas al amparo de los derechos fundamentales de libertad de expresión y reunión.

Sin ánimo de resultar exhaustivo, intentaré explicar en próximos párrafos hasta dónde llega la limitación de nuestras libertades, intercalando párrafos concretos de las leyes que pretenden reformarse.

Comencemos por el proyecto de Código Penal, que pretende establecer un nuevo delito en el artículo 559:
"La distribución o difusión pública, a través de cualquier medio, de mensajes o consignas que inciten a la comisión de alguno de los delitos de alteración del orden público del artículo 557 bis del Código Penal, o que sirvan para reforzar la decisión de llevarlos a cabo, será castigado con una pena de multa de tres a doce meses o prisión de tres meses a un año."

Ahora leamos lo que indica el artículo 30.3 del proyecto de Ley Orgánica de Seguridad Ciudadana:
"A los efectos de esta ley se considerarán organizadores o promotores de las reuniones en lugares de tránsito público o manifestaciones las personas físicas o jurídicas que hayan suscrito la preceptiva comunicación. Asimismo, aun no habiendo suscrito o presentado la comunicación, también se considerarán organizadores o promotores quienes de hecho las presidan, dirijan o ejerzan actos semejantes, o quienes por publicaciones o declaraciones de convocatoria de las mismas, por las manifestaciones orales o escritas que en ellas se difundan, por los lemas, banderas u otros signos que ostenten o por cualesquiera otros hechos pueda determinarse razonablemente que son directores de aquéllas."

Ahora piensen en un escenario habitual en las protestas de los últimos años. Una conocida activista lanza un hashtag por Twitter, convocando a una manifestación no autorizada ante la Delegación del Gobierno. Con la nueva redacción del Código Penal y de la Ley de Seguridad Ciudadana, las autoridades pueden intentar responsabilizar a esa activista de los disturbios que se produzcan, exclusivamente por las consignas lanzadas en una red social.

Buena parte de las infracciones recogidas en el proyecto de Ley de Seguridad Ciudadana están dirigidas a restringir el derecho de reunión y manifestación. En los artículos 35 y siguientes del proyecto de ley se persiguen todo tipo de manifestaciones, desde las 'no comunicadas o prohibidas en infraestructuras o instalaciones en las que se prestan servicios básicos para la comunidad o en sus inmediaciones' (que pueden ser sancionadas hasta con 600.000 euros de multa), pasando por la negativa a disolver manifestaciones no comunicadas (hasta 30.000 euros de multa), hasta el más mínimo incidente, como "el incumplimiento de las restricciones de circulación peatonal o itinerario con ocasión de un acto público, reunión o manifestación, cuando provoquen alteraciones menores en el normal desarrollo de los mismos" (multa de hasta 600 euros).

La obsesión gubernamental con el derecho de reunión es absoluta, y sitúa fuera de la ley a acciones de protesta civil pacífica que los jueces han considerado lícitas en innumerables sentencias. Véase en los párrafos siguientes, extraídos de la ley, las nuevas infracciones graves destinadas a colectivos civiles como la Plataforma de Afectados por la Hipoteca o los Yayoflautas, a los que se podrá sancionar con hasta 30.000 euros de multa por parar desahucios u ocupar oficinas bancarias:

"4. Los actos de obstrucción que pretendan impedir a cualquier autoridad, empleado público o corporación oficial el ejercicio legítimo de sus funciones, el cumplimiento o la ejecución de acuerdos o resoluciones administrativas o judiciales, siempre que se produzcan al margen de los procedimientos legalmente establecidos y no sean constitutivos de delito.

6. La desobediencia o la resistencia a la autoridad o a sus agentes en el ejercicio de sus funciones, cuando no sean constitutivas de delito, así como la negativa a identificarse a requerimiento de la autoridad o de sus agentes o la alegación de datos falsos o inexactos en los procesos de identificación.

7. La negativa a la disolución de reuniones y manifestaciones en lugares de tránsito público ordenada por la autoridad competente cuando concurran los supuestos del artículo 5 de la Ley Orgánica 9/1983, de 15 de julio."

Pero no solo se criminaliza la desobediencia civil pacífica. También se restringe el derecho a la libre expresión y a recabar pruebas de los excesos policiales, mediante un demencial redactado del artículo 36.26 del proyecto de Ley de Seguridad Ciudadana, destinado a impedir que se fotografíe a policías antidisturbios:

"26. El uso no autorizado de imágenes o datos personales o profesionales de autoridades o miembros de las Fuerzas y Cuerpos de Seguridad que pueda poner en peligro la seguridad personal o familiar de los agentes, de las instalaciones protegidas o en riesgo el éxito de una operación, con respeto al derecho fundamental a la información."

Las reformas proyectadas configuran un panorama desolador para las libertades públicas, pero no vienen solas, sino que por el contrario consolidan una política de censura administrativa de la que fue pionera la norma tristemente conocida como Ley Sinde. La proyectada reforma de la Ley de Propiedad Intelectual, que será sometida a votación el próximo día 22 de julio en el Congreso de los Diputados, pretende una nueva vuelta de tuerca al control administrativo de internet, posibilitando el cierre de páginas web sin intervención judicial previa, al convertir a los proveedores de servicios de alojamiento, enlace, publicidad y sistemas de pago en cómplices forzosos de la censura, bajo la coacción de la multa administrativa. Una restricción de libertades destinada a poner la red en estado de excepción, además de gravarla con un nuevo canon destinado a impedir el ejercicio del derecho a enlazar.

Sustituir las garantías del proceso penal por sanciones administrativas tiene tristes antecedentes históricos: era la práctica habitual en regímenes totalitarios. Y evidencia un desprecio absoluto al poder judicial: desde el 15M han sido numerosas las sentencias absolutorias en juicios de faltas seguidos contra los activistas que ejercían la desobediencia civil pacífica. Al despenalizar las faltas, desaparecerán los jueces y las garantías del proceso penal, para ser sustituidos por multas de policías a los que la ley otorgará total credibilidad.

Al censurarnos, el poder demuestra cual es su principal preocupación: la unión de todos los frentes del activismo, de las calles y las redes, en un movimiento político común. Revelando sus temores, el sistema evidencia su principal debilidad: habrá que darle al poder lo que más teme.

Documentos:
Proyecto de Ley Orgánica de Seguridad Ciudadana (PDF)
http://estaticos.elmundo.es/documentos/2014/07/15/Proyecto_LOPSC.pdf
Proyecto de reforma del Código Penal (PDF)
http://www.congreso.es/public_oficiales/L10/CONG/BOCG/A/BOCG-10-A-66-1.PDF#page=1
Proyecto de reforma de la Ley de Propiedad Intelectual (PDF)
http://www.congreso.es/public_oficiales/L10/CONG/BOCG/A/BOCG-10-A-81-1.PDF#page=1

Podemos: de la casta a la costra
Javier Benegas www.vozpopuli.com 15 Julio 2014

El 10 de noviembre de 1918, en el Hospital Militar de Pasewalk, un subofical de veintinueve años, convaleciente de los efectos del gas venenoso empleado en el frente de Ypres, al escuchar de boca del capellán luterano que el Reich se rendía incondicionalmente, se arrojó sobre su camastro, hundió la cabeza en la almohada y lloró amargamente. Aquel soldado, según reconocería más tarde, sólo había llorado dos veces en su vida. La primera vez fue junto a la tumba de su madre; la segunda, aquel día. Ese joven suboficial del ejército alemán era Adolf Hitler. Y según afirmaría, la caída del Reich fue la peor catástrofe que el mundo había conocido. Desde entonces solo tuvo un propósito: devolver al Reich el esplendor perdido. La catástrofe que asoló Europa después es de todos conocida.

Del fracaso del comunismo al ‘todo por la pasta’
Salvando las distancias, una situación muy similar tuvo lugar en 1989: fue con la caída del Muro de Berlín y el colapso del Imperio Soviético. Trauma histórico que, al gusto de los nuevos tiempos, no impactó en una mente solitaria y enfermiza sino en otra colectiva: la de los llamados intelectuales de izquierdas, que súbitamente se vieron a los pies de los caballos, abrumados por un mundo posmoderno que proclamaba eufórico el final de la Historia; es decir, el acabóse de las utopías.

En efecto. Para los irreductibles apóstatas del marxismo, al igual que le sucedió al joven Hitler tras la caída del II Reich, la ‘derrota’ del comunismo fue algo tan terrible como inaceptable. Sin embargo, no vertieron ni una lágrima, si acaso tuvieron que superar un breve periodo de desconcierto. Pero pronto se juramentaron para renacer de sus cenizas.

Sin embargo, no les movió el idealismo. En realidad su labor proselitista se había convertido en su sustento, en su forma de vida. Y su angustia era evidente: tras el cataclismo soviético, ¿quién iba a sostener a los adalides de una ideología fracasada de manera tan estrepitosa? ¿Cómo iban a prosperar ahora sus clérigos si los estados mecenas habían colapsado y las sociedades occidentales les identificaban como vestigios inservibles de una época finiquitada?

Así, ante la arrolladora marcha triunfal de Occidente, los irreductibles proselitistas adoptaron un perfil bajo. Se enquistaron en sectores claves del Estado, donde pusieron a punto organizaciones informales con las que aprovechar el efecto arrastre de un previsible cambio de ciclo. Y, a salvo de las tribulaciones materiales del común, se dedicaron a reescribir la Historia y a engatusar a las nuevas generaciones, conocedores de que la lucha del hombre contra el poder es la lucha de la memoria contra el olvido.

Afortunadamente para ellos, y desgraciadamente par el resto, el llamado ‘mundo libre’, dispensado de la necesidad de ejemplaridad y, en apariencia, a salvo de amenazas inmediatas, se instaló en una peligrosa zona de confort. Y rendido al ‘todo por la pasta’, lejos de perfeccionar la democracia como sistema de gobierno, abrió definitivamente la puerta a los Estados corporativos; sistemas de acceso restringido que, controlados por grupos de interés, son propensos a los colapsos económicos. Camino de perdición que tarde o temprano habría de conducir a las democracias occidentales a una nueva encrucijada: regeneración o populismo.

Del ‘todo por la pasta’ al romanticismo justiciero
Sin embargo, lo realmente peligroso no es esa súper clase, esa élite intelectual que se adhiere a la utopía como una rémora, tal y como las actuales élites extractivas se aferran al falso pragmatismo para forrarse a costa del Estado –Casta y Costra, las dos caras de una misma moneda–. Y tampoco que de entre aquellos que se apacientan de ese intangible que llaman ‘lo público’ emerja cada cierto tiempo algún ungido que, con el plato de garbanzos asegurado, se siente predestinado a hacer felices a las personas, aunque sea a la fuerza, como es el caso de Pablo Iglesias Turrión (Madrid, 1978) o, mejor dicho, de ese triunvirato de césares que son el tal Pablo, Íñigo Errejón Galván (Madrid, 1983) y Juan Carlos Monedero Fernández-Gala (Madrid, 1963), todos profesores de Ciencias Políticas y, por ende, aspirantes a políticos profesionales que, agrupados bajo la marca paraguas Podemos, exacerban el romanticismo justiciero del ‘pueblo’.

Como digo, nada de eso es lo que más debería preocuparnos a quienes defendemos la causa de la libertad contra oligarcas y dogmáticos; contra Casta y Costra (si dejamos al margen, claro está, que mientras ambas facciones tienen acceso a los cañones de los ‘mass media’, el resto vamos a la guerra con un palo). Lo que debe alarmarnos es que muchas personas corrientes sigan queriendo la luna. Y que en los momentos de desesperación la deseen aún con más vehemencia. Porque los totalitarios siempre se la prometen.

En cualquier caso, sea cual sea el plan de los neocomunistas, lo que sabemos es que éstos, siguiendo la tradición, son ante todo oportunistas. Necesitan pues que la corrupción progrese y que quienes manejan los resortes del poder, ciegos, sordos y mudos, se muestren tan estúpidos como avariciosos y crueles. Y es que, tal y como advirtió Albert Camus, “la tiranía totalitaria no se edifica sobre las virtudes de los totalitarios sino sobre las faltas de los demócratas”.

Y en ese camino de perdición estamos, cumpliendo el guión hasta la última coma. Demasiadas faltas cometidas y, lo que es peor, ninguna voluntad de enmendarlas por parte de quienes aún tienen la sartén por el mango. Muy al contrario, es tal su cerrazón que el régimen nacido en 1978 parece irremediablemente condenado a emular a Calígula: “Hasta ahora mi reinado ha sido demasiado feliz. Ni peste universal, ni religión cruel, ni siquiera un golpe de Estado; en una palabra, nada que pueda haceros pasar a la posteridad. En parte por eso, sabéis, trato de compensar la prudencia del destino. Quiero decir... no sé si me habéis comprendido, en fin, yo reemplazo a la peste.”

La rebelión contra la LOMCE
Ernesto Ladrón de Guevara www.latribunadelpaisvasco.com  15 Julio 2014

Lo mejor de la llamada Ley Wert ha sido la reválida que va a obligar a la colación de grado que periódicamente en la historia reciente de la educación en España se ha implantado, al efecto de garantizar un cuerpo homogéneo de conocimientos que asegure la homogeneidad y la validez de los títulos académicos y universitarios en todo el territorio nacional. Hemos de recordar que el Estado tiene competencia exclusiva en la materia y por eso regula la Alta Inspección de Educación en las comunidades autónomas, al efecto de crear las bases de ese entramado común formativo para evitar los reinos de taifas en los que ya estamos y la disgregación de esa estructura común educativa que es fundamental en cualquier nación seria que se precie.

Es precisamente esta cuestión la que está poniendo muy nerviosos a los nacionalismos periféricos, y por eso están interponiendo recursos de inconstitucionalidad con la paradoja de que ellos, precisamente, reniegan de la Constitución. ¡Crasa incongruencia!

Vamos a ver cómo van a elaborar una alambicada ingeniería jurídico-administrativa para eludir el cumplimiento de la Ley Wert. Bajo ningún concepto van a aceptar la colación de grado que supone la reválida. Saben de sobra que los sistemas educativos catalán y vasco adolecen de la suficiente calidad para pasar esa criba que supone poner en contraste y superar el tamiz de los contenidos generales fundamentales que debe tener un estudiante de bachillerato al final del proceso su formación. Son perfectamente conscientes de que se está sustrayendo al alumnado vasco y catalán de aquellos conocimientos humanísticos fundamentales para una formación integral, y que esa obsesión enfermiza por aplicar unas políticas lingüísticas nada liberales y muy opresivas está restando posibilidades reales de lograr unos estándares de calidad educativa y egresos de conocimiento elementales para interpretar con objetividad nuestra realidad social y cultural, no la que tratan de forzar de forma absolutamente dictatorial.

Por eso la reválida ha de ser una aspiración de todo padre que quiera lo mejor para sus hijos, que aspire a la certificación de que sus hijos no hayan sido manipulados y privados de esa formación rigurosa y completa para alcanzar la madurez como personas. Eso es lo que debe caracterizar a todo padre o madre serios y responsables.

Sin embargo, la preocupación del gobierno nacionalista vasco se centra casi en exclusiva en dar nuevos giros de tuerca a las políticas de euskaldunización. Quieren someter al colectivo de emigrantes, hoy colonos de los modelos A (en castellano). Y, yo, que durante más de una década me he dedicado a esta franja de la población escolar, me escandalizo. Porque una persona que llega a nuestro país, o al sistema educativo vasco, con unos ingredientes muy escasos de comunicación en la lengua preponderante de nuestras sociedades, ya tiene, de por sí, importantes barreras y dificultades para lograr una escolarización básica. Si se le imponen nuevos obstáculos en su formación, más impedimentos para alcanzar una escolarización suficiente en la lengua del entorno, lo que se estará haciendo con esos colectivos será condenarles al fracaso, a la exclusión y a la marginalidad. Eso que es de sentido común, de perogrullo, los nacionalistas lo ignoran, que no lo desconocen, en una actitud cínica e inmoral que demuestra que les importan lo más mínimo la población, la gente, las personas particulares.

Es por eso que el nacionalismo es una lacra y un problema para el desarrollo de la humanidad.
www.educacionynacionalismo.com

Israel vs. Hamás: entre el terrorismo y las causas justas
Gerardo Sotelo columnistas.montevideo.com.uy  15 Julio 2014

“No hay guerras justas. Lo que hay son causas justas”. La frase se la escuché por primera vez hace más de veinte años a Adolfo Pérez Esquivel, probablemente en unas jornadas sobre derechos humanos que se desarrollaron en una universidad del barrio de Flores, en Buenos Aires.

Por aquellos años, Argentina y Uruguay transitaban sus primeros años de restauración democrática, entre pedidos de justicia ante la barbarie militar. En estas últimas horas, mientras veía por televisión caer las bombas sobre Gaza y las ciudades israelíes como Sderot, Ashkelon y la misma Tel Aviv, volvió a mi memoria aquella sentencia del premio Nobel de la Paz.

La guerra es siempre una acción criminal pero más que eso, toda resolución violenta de un conflicto encierra el germen de un enfrentamiento futuro. La guerra puede terminar con un bando ganador y otro derrotado, pero nunca arroja justicia sobre las causas que las disparan. Por el contrario, la guerra suele enmascarar y pervertir una causa justa bajo el oprobio de las víctimas que deja a su paso.

Para no acumular más lamentos e hipocresía a un conflicto en el que ambas abundan, pensemos en la guerra que se libra en Gaza sobre la base de las causas que uno y otro dicen defender para establecer un criterio de justicia. Una forma práctica de acercarnos a ellas es preguntarle a los contendores qué reclaman a cambio de dejar de bombardear al enemigo. El resultado es muy revelador: mientras que Hamás pretende la desaparición de los judíos y de su estado nacional y la imposición de una teocracia islamista sobre toda Palestina, Israel pide que Hamás deje de bombardear a su población civil como ha hecho día tras día desde que arrebató el gobierno de la Franja de Gaza por la fuerza a sus hermanos palestinos de Fatah.

Una primera conclusión podría ser que, mientras los gobiernos de Jerusalén y Ramallah buscan una forma honorable de sentarse a resolver su conflicto sobre territorios, soberanía y seguridad, los milicianos de Hamás luchan, según el Art. 6 de su estatuto, por "levantar la bandera de Alá sobre cada pulgada de Palestina". En caso de que queden dudas sobre la justicia de su causa, alcanza con leer el artículo 9 de su estatuto. Allí se dice claramente que la organización tiene como objetivo "la lucha contra el mal, derrotarlo y vencerlo para que la justicia pueda prevalecer, las patrias sean recuperadas y desde todas las mezquitas emerja la voz del muazín declarando el establecimiento del Estado del Islam, de modo que la gente y las cosas retornen a los lugares correctos y Alá sea nuestro salvador". Como se ve, ya no estamos ante un conflicto árabe-israelí sino uno entre una organización de musulmanes que "temen a Alá y alzan la bandera de la Yihad" (la guerra santa contra los infieles) por un lado, y habitantes de Medio Oriente de fe judía, musulmana, cristiana o de ninguna, que luchan por establecer los límites de dos estados nacionales, uno judío y otro palestino.

La justicia de la causa nacional palestina está fuera de discusión. Tanto lo está que ya en 1947 las Naciones Unidas promovía la creación de un estado soberano para los árabes de Palestina, al lado de uno para los judíos, mientras los vecinos árabes esperaban la oportunidad de echarle mano a ese árido pedazo del mundo. Los líderes árabes de Palestina, alentados por sus hermanos árabes de la región, se opusieron a la partición de Palestina y lanzaron una guerra contra la población judía antes de que esta alcanzara a tener un Estado y un ejército. El dato no es menor porque marca el inicio de un tiempo de dolor y guerra que los palestinos llaman "nakba" ("catástrofe" en árabe) y que constituyó una gigantesca humillación: los ejércitos de Egipto, Siria, Líbano, Irak y Transjordania (que contaban con apoyo de Yemen y Arabia Saudita) fueron derrotados por un conjunto milicianos y colonos mal armados pero determinados a luchar. El destierro, la derrota, la precariedad de los campamentos de refugiados, la pobreza, la ocupación israelí y la humillación militar (que se reiteraría en las guerras de los Seis Días, en 1967, y de Yom Kipur, en 1973) constituyeron un caldo de cultivo ideal para que aumentara el resentimiento y se alentara la solución violenta a un conflicto que se pudo evitar en 1947.

Sin embargo, cuando se habla de la guerra entre Israel y Hamás, aquel conflicto pasa a un segundo plano. Sería escandaloso, si no fuera además repugnante, que muchos de los encolerizados defensores de la población de Gaza pretendan confundir la justa lucha del pueblo palestino por su independencia con la ideología fundamentalista y genocida de Hamás. En rigor, no estamos ante un reclamo sobre fronteras y dignidad nacional sino sobre el exterminio de una de las partes. Declaraciones como las del gobierno uruguayo, condenando lo que califica como una reacción "desproporcionada", no ayudan a la pretendida búsqueda de la paz. Más bien se inscriben, sin proponérselo, en la dinámica de los hechos que propone Hamás. Primero porque patrocinar la reacción "proporcionada", la que cada día emprende Israel contra quienes bombardean a su población civil desde la Franja de Gaza, es aceptar el statu quo del terror. Segundo porque evitar la guerra, promover la búsqueda de la paz, proteger a la población civil y limitar las acciones bélicas a blancos militares, son propósitos que se corresponden con los de Estados de Derecho como Israel o Uruguay, pero no con los de una organización extremista como Hamás. Una organización que adoctrina a sus niños en el odio, entrena a sus jóvenes en el martirio, esconde sus pertrechos bajo edificios civiles y bombardea indiscriminadamente a judíos y palestinos israelíes.

Si el gobierno uruguayo y la comunidad internacional quieren lograr la paz inmediata en Gaza, alcanza con que le exijan a Hamás que deje de bombardear las ciudades y kibutzim del vecino Israel. Sería un intento en vano porque Hamás tiene como propósito el exterminio de Israel y la expulsión o la aniquilación de todo aquel que no se convierta a la versión suní del Islam. Si no se quiere llegar tan lejos, se puede exigir a los líderes de Hamás que al menos protejan a sus hijos y ancianos, renunciando a la repulsiva táctica de esconder sus milicianos y pertrechos debajo de hospitales, mezquitas y casas de familia. Sin embargo, se prefirió el insólito expediente de pedirle a una nación agredida que ejerza la defensa de sus ciudadanos sin hacer prevalecer su superioridad militar.

Por cierto, ninguna de estas exigencias habría tenido una respuesta positiva. El negocio de Hamás no es la paz sino la guerra. La paz definitiva, la que permite reconstruir la vida de dos pueblos desde la aceptación, la dignidad nacional, la libertad política y religiosa y la prosperidad compartida, sigue esperando un liderazgo más valiente y menos ubicuo, capaz de ayudar a que se consoliden las causas justas. La de Hamás, claramente, no lo es.

Crisis de Gaza
Margen Protector: éxito y problemas
José María Marco Libertad Digital 15 Julio 2014

La Operación Margen Protector, que las IDF, las Fuerzas Armadas israelíes, pusieron en marcha hace siete días, ha puesto de relieve algunos hechos que conviene tener en cuenta para intentar entender lo que ocurre en Oriente Medio.

El primero es que Israel, por el momento, tiene una capacidad de maniobra relativamente amplia. Ahora mismo, casi nadie tiene interés en una desestabilización de uno de los pocos países seguros y previsibles de la región. Jordania, con la presión de los islamistas del Estado Islámico (antiguo Estado Islámico de Irak y el Levante) en su frontera norte, desea mantener relaciones pacíficas con su vecino. Egipto está deseando que alguien castigue, y a ser posible destruya, a Hamás, aliado de los Hermanos Musulmanes. Algo parecido les ocurre a los sirios y a sus amigos los terroristas de Hezbolá, así como a Arabia Saudí. (Recuérdese, sin embargo, que el dicho del enemigo de mi enemigo es mi amigo resulta demasiado sencillo para Oriente Medio).

Después del fracaso de las negociaciones en las que se empeñó John Kerry, las democracias liberales, en particular Estados Unidos, parecen haber decidido que este es un asunto israelo- palestino. Incluso la Iglesia católica ha adoptado un perfil bajo. Queda la izquierda global, con capacidad para influir la opinión pública de los países democráticos.

Otro hecho es la superioridad técnica, militar y en última instancia moral de Israel. El sistema de protección Cúpula de Hierro (Iron Dome), que permite la interceptación de los misiles lanzados desde Gaza, está teniendo un éxito mayor incluso del que sus creadores imaginaron. La organización de los refugios es excelente, y lo será más cuando se apliquen todos los avances que permiten las nuevas tecnologías. Lo peor, en este punto, es que muchos israelíes parecen haber perdido el miedo a los misiles. Así que el lanzamiento de centenares de proyectiles desde la Franja pasa inadvertida para la opinión internacional por falta de víctimas. Hay que imaginar cómo reaccionaría la población de cualquier país democrático sometido al bombardeo diario, permanente, que padece el sur de Israel.

Por otra parte, la superioridad israelí se manifiesta en la precisión de los ataques contra Gaza. Los muertos civiles son, evidentemente, una tragedia, pero los avances técnicos y los avisos, realizados antes de los disparos, están permitiendo reducir las consecuencias no deseadas, tanto en destrucción como en vidas y en heridos. Una vez termine la batalla se podrá calcular cuántas víctimas son responsabilidad de los atacantes y cuántas del empeño de Hamás por refugiarse detrás de los civiles para promocionar su causa y hacer propaganda.

Finalmente, también ha quedado al descubierto, una vez más, la inferioridad de Hamás. Claro que es capaz de lanzar misiles, algunos muy potentes. No es capaz, sin embargo, de precisar el blanco ni la trayectoria. Algunos han caído en Hebrón y en Belén, lo que ha obligado a los israelíes a intervenir para proteger a palestinos amenazados desde Gaza. (Y que celebraban el lanzamiento de misiles… Hay quien se ha preguntado qué ocurriría, y quién sería declarado responsable, si uno de ellos dañara la mezquita de Al-Aqsa, por ejemplo).

La inferioridad se ve también en la actitud de chantaje ante la población civil, que es exactamente la contraria a lo que ocurre en territorio israelí. El Estado de Israel se está esforzando por garantizar la seguridad de todos sus habitantes. Hamás busca lo contrario, como si quisiera que la población civil permanezca amenazada. Algún día habrá que analizar la naturaleza de una guerra que se quiere ganar perdiéndola, y a costa de la población civil.

Esto, en realidad, descubre una completa falta de liderazgo. Por eso cobran cada vez más fuerza las voces de quienes consideran que la unidad de Hamás es una ficción, que hay diversas facciones enfrentadas (una de ellas sería la que asesinó a los jóvenes israelíes) y que la propia supervivencia de la organización se cifra en la continuación del conflicto o, al menos, en su habilidad para seguir presentando como un éxito el lanzamiento de misiles, aunque estos no consigan ningún objetivo táctico.

Parece claro que al Gobierno de Israel le gustaría poder acabar con el poder de los terroristas de Hamás en Gaza. El margen de maniobra es pequeño, sin embargo, y eso a pesar del apoyo internacional que tiene por el momento. El colapso de Hamás podría traer el auge de organizaciones islamistas que conectarían Gaza con la yihad global. Esto, que tal vez esté en trance de ocurrir ya, sería catastrófico. Por otro lado, aunque Mahmud Abás ha demostrado una cierta buena voluntad (y sigue siendo el principal interlocutor del Gobierno israelí), no parece haber forma de que entre los palestinos surja un liderazgo responsable, con voluntad de ir más allá del victimismo perpetuo y capacidad para dar a los suyos un horizonte de prosperidad, autonomía y transparencia mínimas.

Un analista acostumbrado a la negociación con los palestinos recordaba estos días su experiencia. Resulta fácil, decía, dialogar con cualquiera de ellos porque individualmente, y como es natural, cada uno expresa su opinión; pero en cuanto hay más de uno se impone, como un automatismo moral, la unanimidad.

© elmed.io
 

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Terrorismo
Diecisiete años después... hemos perdido

Cayetano González Libertad Digital 15 Julio 2014

Cada aniversario del asesinato a cámara lenta de Miguel Ángel Blanco, cometido en aquellos tres días terribles del mes de julio de 1997, sirve no sólo para recordar aquel atroz crimen perpetrado por ETA en la persona del joven concejal del PP de Ermua, también para preguntarnos dónde y cómo estábamos entonces en la batalla por derrotar a la banda terrorista y dónde y cómo estamos ahora.

Desgraciadamente, hay elementos más que sobrados para concluir que a día de hoy estamos peor. Ya sé que lo políticamente correcto sería decir que, como ETA no mata, estamos mucho mejor. Eso es lo que piensan muchos ciudadanos vascos: los que son nacionalistas porque se han quitado un peso de encima que gravaba sobre sus conciencias; otros, no nacionalistas, porque, tras vivir diariamente con la angustia y el clima asfixiante creado por ETA y su mundo, consideran que la situación actual es casi paradisiaca. Y luego está cierta clase política y periodística de Madrid que, bien por ignorancia, por frivolidad, por comodidad, por cobardía o por una mezcla de estos factores está dispuesta a mantener la tesis oficial de que ETA ha sido derrotada por el Estado de Derecho.

Pero hay cuestiones, y el dolor y daño causado por el terrorismo de ETA durante tantos años es una de ellas, en las que algunos no estamos dispuestos ni a ser políticamente correctos ni a dejarnos llevar por ese discurso fácil e, insisto, cobarde y cómodo de que ETA ha sido derrotada. No, no es así. ETA ha podido ser derrotada policialmente, y eso es un mérito atribuible exclusivamente a la labor sacrificada, abnegada y eficaz de los Cuerpos y Fuerzas de Seguridad del Estado, Policía Nacional y Guardia Civil, porque la Ertzaintza pocas medallas se puede poner al respecto.

Pero ETA es algo más que una banda de criminales y pistoleros. ETA es un proyecto político totalitario que nació en 1959 para supuestamente combatir el régimen franquista pero que continuó matando después de llegar la democracia, porque, llevada por su odio a España, lo que buscaba era la destrucción de la Nación y, por supuesto, la independencia de esa Euskadi idílica y pastoril soñada por el visionario de Sabino Arana que comprende los tres territorios de la actual Comunidad Autónoma Vasca, Navarra y tres provincias del sur de Francia, lo que los nacionalistas llaman Iparralde.

Ese proyecto político de ETA está en estos momentos más fuerte que nunca. Es la segunda fuerza política en el Parlamento vasco, gobierna la Diputación Foral de Guipúzcoa, el Ayuntamiento de San Sebastián, muchos otros consistorios de País Vasco y sus expectativas electorales en Navarra son muy buenas: en las últimas elecciones europeas la marca de ETA quedó en segunda posición, superando ya a un moribundo Partido Socialista de Navarra. ¿Puede por cierto garantizar el nuevo secretario general del PSOE que su partido nunca a apoyará ni se coaligará con una marca de ETA para llegar al poder o para echar de él a la derecha, por ejemplo, en Navarra a UPN? Porque si se ha apresurado a decir que el PSOE nunca gobernará con el PP, no creo que sea mucho pedir que se pronuncie sobre si lo haría con Bildu, con Sortu o como se denomine en un futuro la marca de ETA.

No sé si ETA llegará pronto a alcanzar el poder total en el País Vasco. La última encuesta del Euskobarómetro le alejaba de esa posibilidad, al mantener e incluso reforzar al PNV como primer partido en el Parlamento autonómico, con 29 escaños de 75, mientras que Bildu obtendría 22. Pero ya veremos lo que consigue esta marca de ETA en las próximas elecciones municipales y forales, mucho más si el Gobierno del PP lleva a cabo esa partidista reforma de la ley electoral para que el alcalde sea el candidato de la lista más votada. Si eso es así, que se prepare Rajoy para no cansarse de contar en la misma la noche electoral la cantidad de ayuntamientos en el País Vasco y Navarra que caerán en manos de ETA. Pero a los Arriola's Boys probablemente eso les parezca una cuestión menor, porque hay otros intereses electorales en juego.

Pues bien, si en el momento actual, y a la vista de lo que puede suceder en un futuro próximo, es muy difícil negar la realidad de que ETA va ganando, hace diecisiete años, cuando asesinó a Miguel Ángel Blanco, no era así. Aquel atentado supuso un punto de inflexión en la reacción social y política contra ETA y contra el nacionalismo obligatorio, que encarnaba mejor que nadie el PNV. Baste recordar que el partido que entonces presidía Arzalluz se asustó tanto ante esa reacción que optó por irse con ETA a Estella para pactar que unos siguieran moviendo el árbol y los otros recogiendo las nueces. Lo mismo que luego hizo Carod Rovira en Perpiñán.

Hace diecisiete años, el constitucionalismo político, cultural y social tenía bastante fuerza en el País Vasco y plantó cara al nacionalismo. El PP vasco era entonces un referente moral y ético para muchos españoles por su lucha en favor de la libertad; y el PSE de Nicolás Redondo y Rosa Díez, lo mismo. Nació el Foro de Ermua, con gentes como Vidal de Nicolás o Jon Juaristi, y movimientos como Basta Ya, que fueron clave en esa batalla cultural, intelectual y social contra el nacionalismo y contra la expresión violenta de este.

Diecisiete años después, el PP y el PSE están literalmente hundidos en el País Vasco. La última encuesta del Euskobarómetro da 12 diputados a los socialistas y 7 a los populares, cuando ambos partidos, en las famosas elecciones de 2001, con Mayor Oreja y Redondo Terreros como candidatos a lehendakari, sacaron un total de 32 escaños: 19 el PP, 13 el PSE. El constitucionalismo, a día de hoy, prácticamente no existe en el País Vasco y, desde luego, no es referente de nada ni de nadie.

¿Responsables de que se haya llegado a este punto? Sin ningún género de dudas, en muy primer lugar, el expresidente Zapatero, que con su suicida proceso de negociación política con ETA proporcionó a la banda terrorista un balón de oxígeno cuando se encontraba contra las cuerdas y con el agua al cuello debido a la política que habían llevado a cabo los Gobiernos de Aznar.

Pero Rajoy no está libre de culpa. Al dar continuidad a la manida hoja de ruta" que Zapatero había pactado con ETA –y que el expresidente socialista transmitió con pelos y señales al inane ministro del Interior en una insólita reunión de dos horas celebrada en la sede del ministerio–, estaba renunciando en la práctica a derrotar no sólo a la ETA de los comandos, que eso ya se lo encontró hecho, sino al proyecto ideológico y político por el que la banda ha asesinado a 857 personas.

De ahí el titular de este artículo: transcurridos diecisiete años desde el asesinato de Miguel Ángel Blanco, no es que ETA nos haya ganado, es que hemos perdido nosotros –entiéndase este plural mayestático dirigido fundamentalmente a políticos, jueces, instituciones como el Tribunal Constitucional que legalizó a Sortu...–, por incomparecencia, por haber renunciado casi al final del partido a seguir dando la batalla para conseguir la derrota total y absoluta de la organización terrorista: no sólo de los que aprietan el gatillo, también de los que están en las instituciones defendiendo el proyecto político por el que asesinaron, entre otros, a Miguel Ángel Blanco.

Planteamientos erróneos de Podemos (II): La actitud ante el nacionalismo

E. Milá Minuto Digital 15 Julio 2014

El programa de Podemos es bastante ambiguo en la cuestión de la vertebración del Estado. Los términos “Cataluña”, “Euzkadi”, “independencia”, “nacionalismo”, no aparecen en ningún lugar. Por otra parte, si bien es cierto que Pablo Iglesias no ha defendido a ETA en ninguna ocasión, no es menos cierto que Podemos ve con “simpatía” la celebración de referendos sobre el derecho de autodeterminación. Todo esto es completamente incoherente con su opción antiglobalizadora. Es más, ignora el origen de los nacionalismos y el hecho de que combatiendo a los Estados Nacionales se allana el camino para la globalización.

El “derecho de autodeterminación” en el programa de Podemos.
Vanamente buscaríamos en el programa electoral de Podemos una toma de posición clara y rotunda en relación a los nacionalismos periféricos. Podría pensarse, inicialmente, que esta formación recupera el sentir de la “izquierda tradicional” que siempre ha sido, en toda Europa, jacobina, partidaria de la unidad de los Estados–Nación e incluso apisonador de las autonomías regionales. Sin embargo, a poco que se examina el “espíritu” de Podemos, se percibe que no es así y que, en su “ultrademocratismo” tiende a ver con buenos ojos las reivindicaciones del “derecho de autodeterminación” que defienden los independentistas catalanes y vascos.

En efecto, las palabras “Cataluña”, “Euzkadi”, “independencia” y “nacionalismo” no aparecen en lugar alguno del programa de Podemos, a diferencia de la palabra “fascismo” que aparece, sorprendentemente, vinculada a las instituciones europeas y a sus directivas “racistas y xenófobas”… Si tenemos en cuenta que las instituciones de Bruselas si pueden ser definidas como algo es como “ultraliberales”, es evidente que esto casa muy mal con el calificativo de “fascismo” que reciben en tanto que su orientación es precisamente, su antítesis: el anti–ultraliberalismo. Pero el universo conceptual en el que se mueve Podemos es absolutamente tributario de los mitos y de las confusiones generadas en la postguerra y se sitúa en el ámbito genérico del “progresismo”, construido más por tópicos que por razonamientos coherentes. Esta falta de rigor y de coherencia vuelve a encontrarse en la actitud de este partido ante el Estado, ante los nacionalismos y ante los procesos independentistas catalán y vasco.

Lo que si aparece en el programa de Podemos y en dos ocasiones es la palabra–mágica “autodeterminación”. Una de estas referencias no tiene nada que ver con España y pide una razonable “Política de apoyo a la autodeterminación del Sáhara Occidental. Reconocimiento del Estado Palestino y exigencia de la devolución íntegra de los territorios ocupados por Israel”; pero la segunda referencia es mucho más interesante. En el apartado “Conquistar la libertad, construir la democracia”, se enfatiza la necesidad de que la población sea consultada en referendos y se propone:
“2.2 – Ampliación y extensión del uso de las Iniciativas Legislativas Populares en los distintos ámbitos, incluido el europeo. Ampliación y extensión de la figura del referéndum vinculante, también para todas las decisiones sobre la forma de Estado y las relaciones a mantener entre los distintos pueblos si solicitaran el derecho de autodeterminación. Democratización de todas las instituciones, incluida la jefatura de los Estados, desde los niveles locales de la administración a la propia UE, y el nombramiento y control de los órganos ejecutivos de la UE”.

Así pues, no hay duda: Podemos se sitúa a favor de cualquier tipo de referendo que tenga que ver con la “autodeterminación” de partes del Estado. No hace falta, pues, que exista una declaración directa de apoyo a las pretensiones de Artur Mas. Podemos evita pronunciarse sobre si está a favor o en contra de la independencia –lo que parece comprometido–, y adopta simplemente una posición ambigua a favor de este tipo de consultas, amagando cuál será su opción en la misma. Es la eterna trampa en la que han caído todo aquellos que, presos por sus tópicos ideológicos, terminan considerando que la defensa de la “unidad del Estado” es cuestión de “fachas” y “franquistas” y que cuantos más referendos se convoquen para cualquier cuestión, desde las más trascendentales hasta las más mezquinas, es “positivo para la democracia”.

Referendos ¿hasta dónde? Idealismos y realidades
Sobre esto cabe señalar dos actitudes: en primer lugar, valdría la pena que los dirigentes de Podemos fueran capaces de realizar un ejercicio de objetividad: deberían mirara su alrededor, percibir el ambiente de apatía, desinterés, ignorancia, empobrecimiento cultural creciente, para percibir que la inmensa mayoría de la gente carece de conocimientos e información suficiente como para poder dar un voto razonado que no sea, simplemente, el producto de su ignorancia.

No se puede reconocer que España está a la cola de Europa en materia educativa, ni se puede reconocer el proceso de visible empobrecimiento cultural y brutalización de la sociedad española, para luego defender el “un hombre, un voto” y el ultrademocratismo. Una cosa es que todos seamos “iguales” en derechos y otra muy distinta pensar que todos somos iguales en “capacidades”. En un referéndum sobre política internacional española, no puede pesar lo mismo el voto de un miembro del cuerpo diplomático o el de un profesor de geopolítica, que el voto de un ni–ni o de una chony poligonera… Está claro que estos últimos son víctimas de un sistema educativo frustrado, fracasado y que se ha cuidado especialmente de amputar la capacidad crítica de las nuevas generaciones (sin olvidar que ese sistema educativo ha sido obra exclusiva en democracia del PSOE que siempre ha considerado ese terreno como propio y que se ha opuesto rabiosamente a cualquier injerencia en la materia…), pero tales son las condiciones en las que hoy se celebraría cualquier referendo: con una población manipulable por cualquiera de las partes.

Así pues, es posible admitir las bondades de los referendos en materias que afectan muy directamente a la totalidad de la población y sería, efectivamente, de desear que este tipo de consultas se realizaran más a menudo (por ejemplo, sobre el tema de si España precisa o no más inmigración), pero cuando se trata de asuntos más graves, más importantes y de “políticas de Estado”, hace falta expresar las más sólidas reservas.

Crear una nación, romper otra, pertenece a esos “grandes temas” cuya resolución no puede depender de un electorado que, en buena medida, ignore lo esencial de la materia. Por otra parte, ninguna Nación se ha creado gracias a un referéndum; cuando estos se han convocado y han generado una ha sido porque el conjunto al que pertenecían hasta ese momento era el producto de un pacto coyuntural realizado en unas condiciones muy concretas que, una vez desaparecían, situaban a ese Estado ante el vacío (caso de Yugoslavia creada tras la Primera Guerra Mundial por las potencias aliadas y para reordenar Europa Central y los Balcanes tras la desmembración del Imperio Austro–Húngaro, rota durante la Segunda Guerra Mundial, reconstruida por el mariscal Tito en la postguerra y desmembrada de nuevo a su muerte y tras el hundimiento del “telón de acero”). No es el caso de España, país que tiene una existencia histórica y una homogeneidad que se remontan a la noche de los tiempos.

Nación, nacionalismo y fondo de la cuestión
Las naciones no se crean porque una generación, en un momento dado de la historia, lo haya decidido, ni se destruyen porque otra, en otro tiempo, haya querido ser independiente y lo haya expresado mediante un referendo. La aparición del “deseo de independencia” denota, simplemente, la existencia de un desajuste y de un malestar en un momento dado de la historia, pero no sentencia ni el fin de una Nación, ni el alba de otra.

Las naciones nacen de procesos históricos y tienen raíces profundas que trascienden con mucho lo que pueda opinar una generación en un momento dado. Es evidente que si en un Estado funciona correctamente, si la población progresa y las instituciones funcionan, si la vida política se desarrolla de manera ponderada y se reconocen derechos culturales y lingüísticos a una parte y esa parte, sigue manteniendo lealtad hacia el Estado, los independentismos no prosperarían. Es sólo cuando aparece una crisis en el Estado, un mal gobierno en el centro y egoísmos nacionalistas en la periferia, cuando aparecen los procesos independentistas. Ejercer el derecho de autodeterminación en cada uno de estos dos momentos, dará, obviamente resultados diferentes, de lo que se deduce que tal derecho no puede aplicarse a cuestiones que, en sí mismas, están situadas por encima del tiempo y de las generaciones.

Una “nación” existe cuando tiene raíces profundas y cuando se ha ido gestando a lo largo de la historia. Sin olvidar, por supuesto, las condiciones geopolíticas, étnicas, religiosas, etc, que sin ser determinantes, sí al menos contribuyen a dar “identidad” de conjunto a una Nación. De hecho, los Imperios históricos que hemos conocido en Europa, han sido cualquier cosa menos “imperialistas” y, ante todo han sido crisoles de lenguas, de etnias y de nacionalidades. Unidad, nunca está reñido con diversidad.

¿Cuál es el fondo de la cuestión? Que existe “problema nacional” en España porque los nacionalismos periféricos catalán y vasco, han actuado deslealmente en relación al Estado Español. Han adulterado la historia, retorciéndola hasta lo ridículo, han ofrecido una visión de su propia nacionalidad que nada tiene que ver ni con la historia, ni con las raíces y han construido una “nación” que tiene tanto que ver con la realidad como una planta de plástico tiene que ver con una real por cuyas hojas corra la savia y la vida.

En la medida en que la constitución de 1978 se redactó de manera ambigua y la arquitectura electoral fue elaborada para generar un régimen de bipartidismo imperfecto, en el cual, cuando alguno de los dos grandes partidos no tenía la mayoría absoluta debía recurrir a alguno de los dos partidos nacionalistas para poder gobernar, el peso del nacionalismo catalán y vasco, quedó sobredimensionado. A partir de entonces, ambos nacionalismos pasaron a extorsionar cada vez más al Estado para aumentar, no solamente el techo autonómico, sino su dotación presupuestaria y sus manos libres en materia educativa y cultural. El resultado ha sido el que conocemos que no es independiente del “sentir” de los nacionalistas.

Pero, a fin de cuentas, ¿qué es el nacionalismo?
Porque, otro de los errores–clave de Podemos consiste en apoyar los “procesos de autodeterminación”… ignorando que están dirigidos y condicionados por el nacionalismo e ignorando, por tanto, lo que es precisamente el nacionalismo. Históricamente la Nación surge entre las guillotinas de la Revolución Francesa, cuando cae la monarquía, y el “Reino” pasa a ser “Nación”, cambiando el protagonismo del Rey a los “ciudadanos”. Pero, en realidad, tal cambio implica un tránsito del poder de la aristocracia a la burguesía. Es la burguesía la que crea todos los nacionalismos y, por tanto, esta ideología está vinculada a sus intereses como grupo social. En el momento en el que en algún lugar de un Estado–Nación aparece una burguesía pujante, homogénea, vinculada por lazos de sangre o por lazos económicos (y frecuentemente por los unos y por los otros entremezclados) esa burguesía tiende siempre, automáticamente, a generar un “nacionalismo” y abordar el “proceso de construcción nacional”, partiendo algún “hecho diferencial” (la lengua, el RH…) que tiende a magnificarse.

Ese proceso se ha dado en España desde que las circunstancias históricas de la segunda mitad del siglo XIX, por distintos motivos, generaron el que en Cataluña y en Euzkadi aparecieran burguesías regionales en torno a las cuales se articuló el nacionalismo. Pero quien dice “burguesía local” está diciendo también capitalismo local. Esas burguesías fueron las clases sociales explotadoras contra las que la izquierda trató de movilizar al proletariado (“que no tiene patria”). Un partido de izquierdas como es Podemos, debería haber realizado un análisis de la génesis de los nacionalismos catalán y vasco, examinar sus “logros” desde 1978 y condenarlos sin más dilación como instrumentos de las altas burguesías locales que explotan (y crean de la nada mediante intelectuales retribuidos) unas visiones “nacionales” que apelan a la emotividad y el sentimentalismo de las poblaciones y a las que estas pueden hacer caso en tiempos de crisis.

En lugar de eso, Podemos lo que ha hecho ha sido adoptar la vía más incoherente: “ejercer el derecho al voto es democracia, queremos más democracia, luego ejerzamos el derecho al voto cuantas más veces mejor y no importa sobre qué tema, ni el resultado que pueda tener esta orgía de consultas”…

Nacionalismo y globalización
Pero este apoyo a los “derechos de autodeterminación” y a lo que implican es todavía más insensato si tenemos en cuenta el actual momento histórico en el que el “enemigo principal” no es otro que la Globalización. La globalización es una apisonadora de pueblos, la creación de un mercado mundial en manos de especuladores, alta finanza y neocapitalismo salvaje operando en un territorio propio: “los mercados”. Si aceptamos esto, deberemos aceptar también que para defenderse de la globalización hace falta poner palos en sus engranajes y establecer barreras defensivas. Algunas ya existen: son los Estados Nacionales.

La existencia de un Estado Nacional implica la existencia de un arsenal legislativo, de instituciones, de barreras con fuerza coactiva y disuasiva para quienes intenten atentar contra los intereses de la población. De ahí que la globalización sea incompatible con las fronteras nacionales, porque estas implican la existencia de Estados Nación que pueden oponerse a su rodillo. No es raro que una de las armas de la globalización sea precisamente el controlar a los Estados mediante la deuda pública, aumentarla y hacerlos depender de los poseedores de sus títulos que, además, cobran por ello intereses.

Así pues, puede establecerse este axioma: en las actuales circunstancias históricas, todo aquello que tienda a debilitar a los Estados Nacionales existentes y a romperlos en unidades menores y, por tanto, más vulnerables, es negativo. En cambio, todo aquello que tiende a la cooperación entre Estados Nacionales para crear espacios económicos desconectados del proceso de globalización, es positivo. Por eso, quien no asume hoy la defensa del Estado Español trabaja en beneficio de los intereses de la globalización.

Habría que añadir también que la principal tarea histórica de nuestros días consiste en restaurar la autoridad y la dignidad del Estado, caído –como en el caso español– sobre el estiércol por culpa de la mala gestión, la ineficiencia y la corrupción de una clase política que debe desaparecer en la oscuridad de las prisiones. Sin una regeneración del Estado Español es imposible que éste cumpla sus fines. Y “regeneración” no quiere decir “desintegración” ni siquiera “desagregación”.

Conclusión: otro fallo argumental de Podemos
Podemos insiste mucho en que es un movimiento que lucha contra la globalización. Debería de demostrarlo en su programa. Hoy, es evidente, que todos los que nos sentimos incómodos con la actual situación de nuestro país, estamos situados ante la necesidad de establecer un “modelo de Estado”. Ese modelo debe garantizar, de un lado justas políticas sociales para nuestro pueblo (y aquí hay que distinguir entre “nosotros” y “los otros”, no en vano, manifestar la solidaridad por un malgache o zambiano o un habitante de las Galápagos, está muy bien… cuando se hayan resuelto los problemas y los derechos de nuestro pueblo en nuestra tierra), de otro integridad, dignidad, estabilidad y viabilidad del Estado (cuanto más fuerte es un Estado más está en condiciones defender los derechos y el bienestar de sus ciudadanos) y esto es incompatible con la inflación de referendos vinculantes que propone Podemos.

La “regeneración” del Estado Español no implica el apisonamiento de las autonomías y de las características regionales, lo que implica es que en esas autonomías existan libertades tan básicas e indiscutibles como para elegir el idioma en el que se quieren que sean educados los hijos, implica rigor en los conceptos culturales e históricos que se enseñanza al margen de la lengua en la que se enseñan, implica tolerancia y libertad… algo que ningún nacionalismo ha podido soportar nunca.

A fin de cuentas, quien dice nacionalismo dice sobrevaloración de la propia nación en relación a otras y, finalmente, enfrentamientos con las otras. Quien dice nacionalismo dice manipulación de la emotividad y de los sentimientos de apego a la tierra natal. Quien dice nacionalismo dice hegemonía de las burguesías locales y postración ante los intereses de estas entendidas abusivamente como “intereses nacionales”… Y, finalmente, quien dice nacionalismo dice debilidad ante la globalización.

Por todo ello, nos resulta imposible entender la incoherencia de los planteamientos de Podemos ante estos problemas y percibimos aquí otro error de planteamiento que puede ser “fatal” para el futuro de un partido hoy en ascenso.

Cinco mentiras del nacionalismo catalán sobre Valencia

d. martínez. valencia ABC 15 Julio 2014

El imaginario soberanista ha retorcido la historia valenciana hasta encajarla en la entelequia de los «países catalanes»

1. El Reino de Valencia, antes que el Principado de Cataluña
Estatua bajo la cual reposan los restos de Jaime I el Conquistador, creador del Reino de Valencia

En el imaginario nacionalista que sustenta el desafío secesionista, se suele dar por válido que la Comunidad Valenciana (o «País Valenciano», en la terminología nacionalista) debería formar parte de unos imaginarios países catalanes en base a un glorioso pasado común. Con Cataluña como impulsor de dicha unidad, evidentemente.

Sin embargo, nada más lejos de la realidad. La relación histórica entre Valencia y Cataluña antes del nacimiento de la España moderna se articuló a través de la expansión de la Corona de Aragón a lo largo del siglo XIII, pero nunca directamente ni con una relación de vasallaje de los valencianos hacia los catalanes. Es más, Valencia conservó su estatus de Reino (otorgado tras la conquista de Jaime I de los antiguo taifas musulmanes de Denia y Valencia en el siglo XIII), mientras que Cataluña siguió siendo un Principado, cuyo señor era el rey de la Corona de Aragón.

Para terminar de desmontar el mito, resulta que los registros documentales respecto al Reino de Valencia son más antiguos que los que fijan la existencia del Principado de Cataluña. Así, el Reino de Valencia fue creado por el rey Jaime I el Conquistador en 1238. Sin embargo, y aunque el Principado catalán ya existía antes como concepto (el término se usaba desde el siglo XI para referirse a los condados de Barcelona, Gerona y Osona), la primera referencia escrita al Principatus Cathaloniae no llega hasta el año 1350, en la convocatoria de las Cortes de Perpiñán, presididas por el rey Pedro IV el Ceremonioso.

2. Del romance a la lengua valenciana
Las tesis de los pancatalanistas (aquellos que apuestan por sumar a la Comunidad Valenciana, Baleares y Andorra a los «países catalanes») se apoyan en buena medida en la unidad de la lengua autóctona de estos cuatro territorios. Sin embargo, y si bien es innegable que tanto el catalán como el valenciano y el balear proceden de la misma rama del latín vulgar, no está tan claro que el catalán sea la «madre» del valenciano y el balear, como sostienen los independentistas.

En el Reino de Valencia ya se usaba en el siglo XII el romance (derivado del latín) como lengua habitual entre sus habitantes. De hecho, el propio rey Jaime I ordenó redactar en esa lengua los Fueros del Reino. La primera referencia al «valenciano» en un documento jurídico data de 1343, y figura en la documentación de un proceso judicial celebrado en Mallorca. En dichos legajos se hace constar que la madre del acusado, Sibila, hablaba en «valencianesch» por ser de Orihuela. No obstante, diez años antes, un discípulo de Ramón Llull se refería en un comentario en latín a la «lingua valentina».

Es decir, la denominación de la lengua como «valenciano» hunde sus raíces en el siglo XIV, y no es un invento moderno para negar la unidad de la lengua, como sostienen aquellos que, desde posiciones soberanistas, insisten en llamar «catalán» al valenciano.

3. Siglo de Oro Valenciano, no catalán
En la estrategia de apropiación de elementos culturales para construir la identidad catalana que llevan a cabo los soberanistas, la literatura juega un papel fundamental. Sin embargo, la historia de las letras valencianas disfruta de un estatus propio, dado que contó con un Siglo de Oro que, sin embargo, no se dio entre los autores catalanes.

El Siglo de Oro valenciano, que aunque abarcó todas las artes, se refiere especialmente a las letras, abarcó prácticamente todo el siglo XV, cuando el Reino de Valencia ya se había consolidado como tal. La ciudad de Valencia se había convertido en el centro económico y cultural de la Corona de Aragón, en contraposición a un progresivo despoblamiento de Barcelona por los conflictos políticos en los condados catalanes.

El primer libro impreso en valenciano (no en catalán) se realizó precisamente en la capital del Turia: «Obres o trobes en lahors de la Verge Maria», impreso en 1474. Desde ese momento, el Siglo de Oro valenciano daría un puñado de autores que hoy en día se estudian en todo el mundo: el poeta trovador Jordi de Sant Jordi, el poeta renacentista Ausiàs March, y sobre todo Joanot Martorell, autor de «Tirant lo Blanc», reconocida por Cervantes en su Quijote como «la mejor obra de caballerías de la historia».

La gran mayoría de historiadores de las artes coinciden en que el valenciano fue la única lengua romance en tener un Siglo de Oro literario, y además, muy anterior al español. Nada se dice de un Siglo de Oro catalán.

4. El «mal de Almansa»
Si hay un símbolo que los catalanistas han explotado hasta la saciedad, es la archiconocida Batalla de Almansa. Una batalla que en 1707 puso fin a la guerra de sucesión con la victoria de los partidarios de Felipe V frente a los del Archiduque Carlos de Austria, quien al ocupar el trono de España suprimió los Fueros de la Corona de Aragón y el Reino de Valencia, vigentes hasta el momento desde el matrimonio entre Fernando e Isabel en el siglo XV.

En el imaginario nacionalista, la de Almansa fue una batalla entre los «catalanes» (incluidos los valencianos, claro) y los «españoles», que ganaron los segundos para terminar con la identidad catalana que ahora espolea Artur Mas. Sin embargo, como defendió una y otra vez desde sus artículos en ABC el poeta y ensayista Obdulio Jovaní, la batalla para dirimir cuál de los dos aspirantes, extranjeros los dos, debía ocupar el trono español, podría considerarse una «guerra mundial» en la que se implicaron distintas naciones por su interés para la geopolítica europea, y en la que en realidad apenas participó activamente un grupo de valencianos de Cocentaina (Alicante). Que, para más inri, lo hicieron en el bando de Felipe V.

Sin embargo, la Batalla de Almansa sigue inflamando el espíritu de los nacionalistas, especialmente en la Comunidad Valenciana. Y se repite una y otra vez que «Quan el mal ve d'Almansa, a tots alcança» («Cuando el mal viene de Almansa, a todos alcanza»).

5. El «País Valencià», un invento reciente
En la terminología nacionalista se suele utilizar el nombre de «País Valencià» para referirse a la Comunidad Valenciana, de forma que esta nomenclatura encaje a la perfección con la entelequia de los «países catalanes». Sin embargo, Valencia nunca se ha llamado «país» en toda su historia. Tanto durante su etapa como reino integrado en la Corona de Aragón, como luego bajo la dinastía bornónica, siempre mantuvo su denominación de Reino de Valencia, que en la transición se completó con el calificativo de «Antiguo».

La denominación de «País Valenciano», acuñada durante la II República, fue usada en el tardofranquismo por el escritor nacionalista Joan Fuster, partidario de la identificación como «países catalanes» basándose en la lengua común. Durante la transición, la izquierda valenciana, incluso aquella no netamente catalanista (como el PSPV-PSOE) la agitó como símbolo. En 1982, el primer Estatuto de Autonomía de la región acuñó el actual término legal, «Comunidad Valenciana», como solución intermedia entre los partidarios del «País», a la izquierda, y los del «Antiguo Reino», a la derecha.

Sin embargo, y más allá de discusiones políticas, el territorio que aproximadamente coincide en la actualidad con los límites de la Comunidad Valenciana se denominó «Reino de Valencia» durante varios siglos, mientras que nunca fue conocido como «país».

'Caso de las ITV'
La corrupción acaba con Oriol Pujol
Deja definitivamente la secretaría general de Convergència y renuncia a su escaño en el Parlamento catalán
Europa Press www.lavozlibre.com 15 Julio 2014

Barcelona.- El diputado de CiU en el Parlament Oriol Pujol ha anunciado este lunes que dejará el escaño y que abandonará definitivamente la Secretaría General de Convergència Democràtica de Catalunya (CDC), de la que se apartó provisionalmente delegando sus funciones en Josep Rull y Lluís Corominas tras ser imputado en el caso de las ITV.

En un comunicado, ha dicho que ambas decisiones son irreversibles y las toma para que el próximo período de sesiones en el Parlament y el próximo curso político arranquen "con el orden, liderazgo y personas que CDC necesita para poder dar la máxima garantía de que el proceso -separatista- saldrá bien".

Pujol afirma que ha llegado el momento de acabar con la situación de "interinaje" que vive el partido y que los máximos órganos de la formación nacionalista y su Consell Nacional puedan acordar una nueva estructura y nuevas responsabilidades en CDC.

El diputado defiende que ha sido una buena "decisión temporal" apartarse de la secretaría general y del liderazgo del partido en el Parlament, pero sentencia que esta situación de provisionalidad, en contra de su deseo, se está haciendo demasiado larga.

Así, Pujol concluye que esta situación interina en la que se encontraba el partido y el grupo en el Parlament "no será lo bastante fuerte para dar soluciones y respuestas para los próximos y decisivos meses".

"Voy dejándolo todo para no perjudicar en nada", concluye el diputado, que ve clave e histórico el segundo semestre de este año, en el que está prevista la celebración de la consulta el 9 de noviembre.

Pujol dice que su relevo al frente del partido en "ningún caso" puede alterar el planteamiento estratégico e ideológico por el que CDC apostó en su último congreso en Reus (Tarragona), en el que apostó por primera vez por el Estado propio.

MÁS DE UN AÑO DE IMPUTACIÓN
En marzo de 2013 cuando se conoció su imputación, Pujol delegó sus funciones como presidente del grupo parlamentario y como secretario general para no entorpecer el proceso soberanista, aunque entonces remarcó que esperaba que fuese una situación "reversible".

Desde entonces, sus funciones en el partido las asumieron de forma compartida el secretario de organización, Josep Rull, y el vicesecretario de Coordinación Institucional, Lluís Corominas, mientras que Jordi Turull se hizo con el liderazgo de CiU en el Parlament.

Este marzo la Sala Civil y Penal del Tribunal Superior de Justicia de Catalunya (TSJC) sumó a la imputación inicial por presunto tráfico de influencias otra por presunto soborno, una acusación que se extendió a su mujer, Anna Vidal, y a los empresarios Sergi Alsina y Ricard Puignou.

La izquierda, el nacionalismo y el guindo (I)
Félix Ovejero http://claveciudadana.es/la-izquierda-el-nacionalismo-el-guindo/  15 Julio 2014

Héroes, heterodoxos y traidores. Historia de Euzkadiko Ezkerra (1974-1994)
Gaizka Fernández Soldevilla
Madrid Tecnos 2013

Tiempo de canallas. La democracia ante el fin de ETA
Eduardo Teo Uriarte
Vitoria, Ikusager 2013

1979/2006. Historia de la Resistencia al nacionalismo en Cataluña
Antonio Robles
Barcelona , Biblioteca Crónica Global

Podrá contarse de muchas maneras, pero la idea fundamental de nuestros nacionalismos más tremendos es muy sencilla: España ha oprimido históricamente a vascos y catalanes, explotados en su riqueza y despreciados en su identidad cultural. El maltrato económico y la falta de reconocimiento político de una identidad cultural compartida serían la cristalización consumada de un conflicto que se ha prolongado durante siglos y que se manifiesta de distintas formas. Algunos, como Esquerra Republicana de Catalunya, hablan sin rubor de colonias víctimas de ocupación militar. Es el relato del conflicto (1)12. Un relato que, apenas sin reservas, la izquierda española ha hecho suyo con muy pocas excepciones. En ese guindo anda y no parece que se vaya a caer.

Y ahora, la realidad. La económica, primero. En palabras de Teo Uriarte en uno de los libros reseñados: «El País Vasco es una de las zonas de mayor bienestar de Europa y el mundo, donde más de cien mil ciudadanos vascos, de una población de 2,1 millones, disponen de una segunda vivienda en propiedad en otras partes de España, donde los salarios medios en activo y las pensiones de jubilación superan la media española y donde dos de sus localidades, San Sebastian y Getxo, tienen las viviendas más caras de España. Además, la cobertura de servicios sociales alcanza los niveles más altos. También hay que mencionar la relación de privilegio fiscal y financiero con el resto de España». Exactamente, según uno de los más competentes analistas de estas cosas,Ángel de la Fuente, «la financiación por habitante del País Vasco es superior en un 60% a la media de las regiones de régimen común a igualdad de competencias». La fantasía no es menor si atendemos a la acusación de falta de reconocimiento de la identidad. El sistema público ofrece la posibilidad de estudiar íntegra y exclusivamente en euskera, una lengua que sólo utilizan el 13,3% de los vascos. Eso sí, el euskera es un requisito para acceder a concursos, empleos públicos y ayudas a proyectos de cualquier orden. Una decisión institucional que cercena las opciones sociales y laborales de una mayoría de los vascos, incompetentes en euskera. Y, por supuesto, también del resto de los ciudadanos españoles, a los que no les cabe ni la posibilidad de jugar el partido.

En Cataluña, pues poco más o menos. O peor: aunque no existe la posibilidad de escolarizarse en castellano, ésta es, además de la lengua común, la lengua materna del 55% de los catalanes, frente 31,6%, que tiene el catalán. La clase política de primera línea presenta otro perfil: según solventes estudios de hace pocos años, tan solo el 7% de los parlamentarios reconoce el castellano como su «identidad lingüística»(2) 3. Una circunstancia poco compatible con lo que normalmente sucede con las colonias: los colonizados son los que mandan. Como tampoco lo es que Cataluña sea la región con mayor PIB de España, que el presidente de la Comisión de Exteriores de la metrópoli sea un nacionalista catalán o que el presidente de la Generalitat, Artur Mas, y otros cincuenta y cinco altos cargos de la Generalitat cobren más que el presidente del Gobierno. Y, si se mira la trama social, la fabulación nacionalista todavía resulta más extravagante. Cerca del 70% de los catalanes, que en primera y segunda generación proceden de otras partes de España, ocupan las partes más bajas de la pirámide social y viven en el extrarradio de las ciudades, mientras que los «colonizados» habitan en los mejores barrios. También aquí la lengua empeora las cosas, al menos si nos importa la igualdad. Al convertirse el catalán en requisito para acceder a muchos puestos laborales, entre ellos los de la administración pública, la lengua oficia como un filtro que penaliza a los castellanoparlantes, los más humildes. La exclusión real es la de los supuestos invasores. Y no es retórica, que, de tan naturalizada que está la patología, se expresa con pasmosa brutalidad. Es el caso de Mas cuando recomienda a los que piden la escolarización en castellano «que monten un colegio privado en castellano para el que quiera pagarlo, igual que se montó uno en japonés en su momento». Otro ejemplo: en pleno debate electoral, ante la presencia callada de los políticos de izquierda, interrumpe a otro candidato para decirle: «Miren si este país es tolerante que ustedes vienen aquí, hablan en castellano en la televisión nacional de Cataluña y no pasa nada». Lo más inquietante de todo es el «vienen aquí», ese sentido patrimonial del territorio político, asociado, además, a la identidad.

Ese es el cuadro: España muestra un grado de reconocimiento institucional de sus lenguas minoritarias absolutamente excepcional, que, desde luego, no encontramos en ningún otro país de la Unión Europea con un grado de pluralidad cultural comparable o mayor (3). Opresión, ninguna: riqueza y reconocimiento. Sin embargo, la izquierda ha comprado el cuento de la opresión nacional. Asume que hay un fondo de verdad en el relato nacionalista. Y hasta reproduce sus mentiras. En el caso catalán sobran los ejemplos. Así, la Conferencia Política de EUiA, (Esquerra Unida i Alternativa, referente de Izquierda Unida en Cataluña) defiende la existencia de un límite del 4% de la solidaridad interterritorial «como en Alemania», aunque hoy todo el mundo sabe –y admite, incluidos sus promotores– que la existencia de ese límite es una falsedad puesta en circulación por los nacionalistas, como lo es, dicho sea de paso, la existencia de balanzas fiscales oficiales en los Estados federales del mundo. Pero lo peor no es ya que la izquierda compre la mentira sino que, también, adquiera en el lote el sustrato moral que acompaña a la mentira: la indecencia del límite a la solidaridad. Por este camino, EUiA se encuentra, en estos asuntos, al lado de la Liga Norte, el incómodo apoyo internacional del presidente de la Generalitat.

Pero los desórdenes morales en torno al nacionalismo catalán de los últimos tiempos resultan pecados veniales comparados con los que han acompañado durante tantos años al nacionalismo vasco. El más evidente, el matonismo cotidiano: el asesinato, la intimidación y los desplazados políticos. La falta de libertad, sin más, tan magníficamente sintetizada en la clásica secuencia de Blade Runner: «Es toda una experiencia vivir con miedo, ¿verdad? Eso es lo que significa ser esclavo». Falta de libertad de unos que era falta de libertad sin más, porque en la buena sociedad, como nos recordaba el Manifiesto comunista, «La libertad de cada uno es condición de la libertad de todos». Y es que por no ser libres ni siquiera lo eran quienes compartían la perspectiva de los asesinos, que no eran libres de defender cosas distintas de las que defendían, de cambiar de ideas. Incluso ellos mismos tenían razones para dudar de si lo que decían creer lo creían honestamente o lo hacían porque era lo único que les dejaban creer.

A partir de ahí, el resto. El terror era el soporte material –que no el intelectual– último de las miserias de muchos otros, de cómplices, que cobijaban al criminal y señalaban a la víctima; de los que comprendían los asesinatos, «porque algo habrán hecho»; de los apocados, que educadamente pedían a su vecino que «por favor, no deje el coche en el garaje de la comunidad, que los demás no queremos pagar por sus ideas», y de los equidistantes, que otorgaron razón a la violencia por el hecho mismo de serlo y pedían «diálogo», como sucedió con aquel improvisado remate de la periodista Gemma Nierga –portavoz circunstancial de los allí presentes– a la manifestación posterior al asesinato de Ernest Lluch: «Estoy convencida de que Ernest, hasta con la persona que lo mató, habría intentado dialogar; ustedes que pueden, dialoguen, por favor».

Pero ha habido más. La contaminación moral alcanzó también a aquellos que parecían oponerse al relato del conflicto. Expresiones como «los esfuerzos de ETA no son suficientes» o, incluso, «ETA tiene que comprender que su única opción es disolverse y entregar las armas», se avecinaban inquietantemente al trato que el profesor otorga al alumno descarriado del cual espera que reconduzca su conducta. Atentos a las buenas señales, debíamos elogiar los gestos y agradecer el respeto a la ley, el comportamiento que se da por supuesto a cualquier ciudadano. Parecía que les debíamos alguna cosa, que la deuda era nuestra, aunque fuera ETA la que debía bastantes más cosas que explicaciones.

El trasfondo de reproche y elogio, una versión de la parábola del hijo pródigo, reposaba en un inquietante poso de confianza, en la creencia de que la reconvención y nuestra decepción escuecen al criminal porque le importan tanto nuestro juicio sobre él como el paisaje moral de fondo que hace inteligible el reproche. Si te recrimino una grosería, es porque espero que te importen tanto las buenas maneras como mi opinión. Sustituyan ETA por Al Capone o Jack el Destripador y entenderán lo que quiero decir. Si a algún lector la comparación le parece un desafuero, es porque está preso precisamente de lo que quiero señalar, porque cree que hay razones para entender a ETA que no se dan en los otros dos casos. Confío en que siga leyendo: detrás de su incomodidad se esconde el meollo de problema, el soporte intelectual del desorden.

Hay muchas razones psicológicas por detrás de un desajuste moral que lleva a empatizar con los asesinos, casi todas con el nombre de solemnes teorías psicológicas: disonancias cognitivas, preferencias adaptativas, síndrome de Estocolmo, etc. Cada una a su manera confirma que los humanos andamos necesitados de levantar patrañas para afrontar fragilidades y desamparos, hasta incluso buscar la simpatía de quien nos esclaviza. Intentamos recrear nuestras biografías y pactar con miserias y cobardías sin sentirnos miserables o cobardes. Eso y mil cosas más, seguramente. Y casi es normal que suceda. Pero si en el caso del terrorismo nacionalista se materializan con tal naturalidad es porque un armazón argumental allana el camino: el relato del conflicto con la nación oprimida. A partir de la asunción de que hay una justicia última en el relato nacionalista, de que una reclamación digna late por debajo de la indignidad de los procedimientos, la retórica de la comprensión se precipita. La identidad ignorada, el trato especial, las asimetrías y la historia, sobre todo la historia, servirán para establecer reconciliaciones y equidistancias imposibles entre víctimas y victimarios, para contraponer los esfuerzos de «la izquierda abertzale» a la intransigencia del «Tea Party pepero», para reclamar diálogos, perdones y el aquí paz y después gloria.

Con todo, no es lo peor. A primera vista, parecería que la perversión radica en asumir que, por «políticos», los «chicos de la gasolina» y los de las pistolas son mejores que los criminales comunes. Al fin y al cabo, no hay motivo para pensar que las razones políticas son más limpias que las impúdicamente criminales. Más bien al contrario: el crimen por «razones políticas», en una sociedad democrática, es peor que el crimen que no busca coartadas ni escamotea su indignidad. No cabe exculpación en la invocación a la naturaleza política de los objetivos de la organización terrorista, cuando precisamente la política decente se sostiene en el respeto a la dignidad del discrepante. Pero la magnitud del desarreglo moral es todavía mayor, si tenemos en cuenta que la política no siempre es coartada: pocos disculpan los crímenes de nazis y xenófobos. La vileza radica en que cuando se dice «por razones políticas», se está queriendo decir «razones políticas justas». Ahí se instala la línea de demarcación con los nazis, la que sostiene el edificio entero de la comprensión, la que hace impensable la retórica del arrepentimiento, la que allana el camino a que, al salir de la cárcel, los criminales sean recibidos como héroes y encuentren a los suyos ofreciéndoles el balcón de los consistorios para los aplausos de los vecinos. Nada que ver con el final del franquismo, cuando los cómplices de la dictadura volvían discretamente a sus casas, confiando en que nadie les recordara su pasado. El problema no era de poder, pues poder siguieron conservando los franquistas durante bastante tiempo, mucho más que el de una ETA policialmente derrotada por un Estado democrático, sino de paisaje moral, de ese sórdido paisaje moral ocupado por el mentiroso relato nacionalista del conflicto. El problema era que «franquista» era una ofensa y «abertzale» es un honor.

La izquierda, el nacionalismo y el guindo (II)
Félix Ovejero http://claveciudadana.es/la-izquierda-el-nacionalismo-el-guindo/  15 Julio 2014

Si el embrollo moral funciona es porque los pasos en falso son altamente probables cuando quiere combatirse la violencia dando por buenos sus motivos, que es lo que sucede cuando se acepta el relato nacionalista. La moraleja más extendida entre quienes compran el relato del conflicto es que, aunque las buenas causas se han defendido de malas maneras, eso no supone que las malas maneras enloden la justicia de las causas. Y sí, estrictamente, no es descartable que una buena causa se defienda de mala manera. Pero ese no es el presente caso. Aquí no sólo hay malas maneras: también hay malas causas, y, además, la relación entre unas cosas y otras no es casual. En realidad, lo que sucede es que: a) en una sociedad razonablemente democrática se han cometido asesinatos y violencias; b) se ha hecho en nombre de ideas nacionalistas, esto es, de una noción de ciudadanía excluyente; y c) el vínculo entre a) y b) está lejos de ser circunstancial. Como no creo que nadie pueda discutir de buena fe las dos primeras tesis, déjenme desarrollar la tercera.

Vaya por delante que no estoy sosteniendo que el vínculo sea necesario, que la relación entre la violencia y el relato sea como el que se da entre el teorema de Pitágoras y los axiomas de la geometría euclidiana. Pace quienes quieren encontrar el gulag en las páginas de El capital, la relación entre ideas y prácticas está lejos de ser inexorable. Ideas y prácticas se mueven en planos diferentes y, por lo demás, siempre cabe introducir premisas intermedias para enderezar conclusiones que, a primera vista, pueden parecer obvias. Carl Schmitt sirvió a los nazis y a las Brigadas Rojas. Dicho esto, el hecho de que los vínculos no sean necesarios no descarta la existencia de vínculos de plausibilidad. Difícilmente servirá el Corán para fundamentar una comuna hippie y en Mein Kampf no se encuentran instrucciones para el Bar Mitzvah. En nuestro caso sucede que difícilmente será compatible con la convivencia democrática un ideario que pone la pertenencia a la comunidad cultural por encima de consideraciones igualitarias y se fija como objetivo la recreación de una identidad esencial. Se necesita construir la nación y poner en vereda a los que se resisten.

Para ser algo más precisos: que el vínculo entre a) y b) no resulte circunstancial no deriva en puridad de la incompatibilidad conceptual entre la nación identitaria y la nación democrática. Que esa incompatibilidad existe está fuera de duda: sobre ella se levanta el combate de los dos últimos siglos entre el ideal nacido en la Revolución Francesa, la nación de ciudadanos iguales en derechos y libertades, y la nación delVolksgeist de los historicistas, la étnica, asociada a la identidad, que tendrá su expresión más consumada en las apelaciones a la raza aria. Por supuesto, la nación identitaria podría decorarse como democrática en un mundo de ficción, de islas perdidas con poblaciones desconectadas, en las que –a falta de un doctor Mengele– operase una suerte de especiación alopátrica, por aislamiento geográfico. Otra cosa es en la vida real, en la historia conocida, mestiza y mudadiza, donde los intentos de levantar naciones a partir de ciudadanías compactas culturalmente conducen inexorablemente a levantar fronteras, socavar derechos y expulsar poblaciones. La aspiración a naciones sostenidas en comunidades culturales tuvo mucho que ver con la Gran Guerra y, en nuestro mundo, en el que apenas se encuentran veinticinco Estados lingüísticamente homogéneos –esto es, en los que al menos el 90% de la población habla la misma lengua– es una garantía segura de zapatiesta no menor, incluso en el continente «más normalizado», Europa, con cuarenta y nueve Estados y doscientas veinticinco lenguas, por no hablar de lo que sucedería en países como Nueva Guinea, que para responder a su configuración lingüística debería atomizarse en mil Estados, a razón de una identidad lingüística por Estado.

Los descarríos de fundamentar las comunidades políticas en las identidades constituyen un poderoso argumento para apostar por las naciones democráticas, en las que el perímetro de la ciudadanía no se atiene a patrones culturales. Al revés, la prioridad de la ley y la democracia, el compromiso con las reglas como único requisito de ciudadanía, es garantía de la pluralidad: no hay ciudadanos fetén, ni más propiamente «nacionales» según su grado de «integración»; no caben preocupaciones, como la expresada por Jordi Pujol, por un mestizaje que se convierte en «una cuestión de ser o no ser» de la comunidad política, porque sucede como con «un vaso (al que) se le tira sal y la disuelve; se le tira un poco más, y también la disuelve», pero llega un momento en que «no la disuelve». Dicho de otro modo: en una sociedad razonablemente democrática, como la nuestra, mientras no se limiten los derechos de nadie, no está justificado romper las reglas. El derecho de autodeterminación sólo procede cuando se explota o se priva de derechos a las minorías nacionales. Es lo que en inglés se denomina remedial secession: la autodeterminación externa, la secesión y la creación de nuevas fronteras y de un nuevo Estado como respuesta a la opresión sistemática por parte del Estado. Era lo que sucedía con las colonias y es, tal vez, lo que puede suceder con poblaciones indígenas, homogéneas y concentradas territorialmente. En ausencia de democracia y con comunidades excluidas, desprovistas de derechos, el relato del conflicto, si no es fantasioso, conduce sin excesivos desórdenes morales a la rebelión.

La incompatibilidad entre el mundo de las naciones identitarias, levantadas sobre etnias homogéneas, y los principios de las naciones democráticas está, por lo visto, fuera de toda duda. Pero, más allá de eso, y de que un mundo levantado sobre etnias homogéneas resulte peligroso o improbable, lo que en nuestro caso empeora las cosas y estrecha el vínculo entre malas ideas y malas acciones es una circunstancia bien precisa: la falsedad de los supuestos empíricos del relato nacionalista. Porque aquí hay algo más que la incompatibilidad en los principios entre la nación democrática y la nación identitaria. Ésta, como tal, no impide, bajo ciertas circunstancias, la compatibilidad práctica. Si, por ejemplo, se da la improbable circunstancia del aislamiento reproductivo de poblaciones dispersas (la citada especiación alopátrica) y la nación ciudadana se levanta sobre la homogeneidad étnica, sobre comunidades culturalmente compactas (como las que sueñan los nacionalistas), con arreglo al principio que propugnó Wilson y –sufrimientos y bestialidades bélicas mediante– permitió a Rusia, Alemania y el Reino Unido destruir primero y quedarse después con los restos de los imperios turco y austrohúngaro, en ese caso, el nacionalismo podrá forzar la maquinaría de la democracia y, en nombre de la mayoría, imponer su ley. Una minoría que es mayoría territorialmente concentrada puede jugar a la democracia en su perímetro geográfico y, si existen instituciones de autogobierno, atrincherarse en apelaciones a la «voluntad del pueblo». En el límite, hasta puede pensar en levantar su Estado en nombre de la nación.

Pero ese no es el caso de nuestros nacionalismos y por eso no pueden ni siquiera simular el juego de la nación democrática. Como nos recordaban los datos iniciales, «la identidad nacional» es un cuento y la explotación, un deliro. Aquí no hay minorías excluidas ni oprimidas. Por no haber, no hay minorías que sean mayoritarias en los territorios de las naciones recreadas. Nadie en su sano juicio puede pensar que Mas o Urkullu son Gandhi, Luther King o Mandela. Y, claro, cuando, como es el caso, no se encuentra por lado alguno la nación invocada; incluso más, cuando hasta el invento goza de reconocimiento, ya no hay manera de jugar a la democracia, ni en serio ni en broma. Para que se entienda: en un País Vasco o en una Cataluña independientes, la «cultura nacional» de los nacionalistas nada tendría que ver con la cultura de los nacionales y, en consecuencia, para construir la nación habría que prescindir de la democracia, sea liberal, republicana, participativa o elitista.

De hecho, todos los argumentos que se han utilizado para defender la «cultura nacional» de los ciudadanos de las supuestas naciones exigirían, en rigor, acabar con las identidades nacionales que saturan las proclamas nacionalistas. No lo digo yo: lo dice uno de los mayores teóricos del nacionalismo, cuando sostiene que la nueva nación debe hacer uso exclusivo de «la lengua y la identidad comunes [...]. Una economía moderna requiere una fuerza de trabajo móvil, alfabetizada e instruida. La educación pública estandarizada en un mismo idioma se ha considerado esencial si se quiere que todos los ciudadanos tengan iguales oportunidades laborales en la economía moderna. De hecho, la igualdad de oportunidades se define en razón, precisamente, del igual acceso a las principales instituciones que operan en el idioma de la mayoría»(4)5. Si tomamos como buena la –por lo general solvente– argumentación de Will Kymlicka, en una Cataluña y un País Vasco independientes, su propio principio nos conduciría a mantener el castellano, «el idioma de la mayoría», como única lengua «para asegurar la igualdad de oportunidades», y enviar a los museos la cultura nacional sobre cuya defensa se pretende sostener la independencia de las «naciones sin Estado».

Por supuesto, para un nacionalismo, que tiene un trato infrecuente con la realidad que invoca, los principios tampoco son un problema. De modo que su moraleja es sencilla: peor para la realidad, lo que, en este caso, quiere decir «peor para la libertad». Si no hay minorías oprimidas concentradas territorialmente, que son mayoría en el ámbito de la supuesta nación, no queda otra que levantar la nación inexistente con los genuinamente nacionales y tratar a los que no entran en la horma como ciudadanos en proceso de reconversión, como extranjeros con identidad suspendida. Pueden entrar, pero de uno en uno y sin ensuciar las esencias. Los españoles, si acaso, de visita y sin tocar los muebles: de prestado y a pedir permiso. Esa era la disposición que había en las palabras de Mas y, si se quiere un ejemplo muy reciente, en el acto organizado el pasado 21 de febrero, con motivo del Día Internacional de la Lengua Materna, el Parlamento autonómico de Cataluña situaba al castellano como uno más de los doscientos setenta idiomas extranjeros que se hablan en Cataluña, junto al wólof, el urdú, el quechua, el inglés, el amazig o el árabe. En las intervenciones se defendió al catalán como la única «lengua común» en Cataluña, porque es «nuestra lengua nacional» y como exclusivo «factor de cohesión». Y ahora recuerden: la lengua materna del más del 55% de los catalanes es el castellano. También la común, entre nosotros y entre los españoles.

Así las cosas, cuando los nacionales no están a la altura del proyecto nacionalista y hay que crear la identidad, la construcción nacional exige forzar las costuras de los derechos, olvidarse de la mínima neutralidad liberal, comprometer a la instituciones públicas con el proyecto identitario, convertir a los medios de comunicación y a las comunidades de identificación (deportivas, recreativas) en herramientas de propaganda y, sobre todo, establecer mecanismos de filtro y penalización, de tal modo que los ciudadanos se vean obligados a decantarse entre unas identidades que se dibujan como excluyentes. Para acomodar el mundo al relato, el nacionalismo oficiará como ingeniero de vidas y de almas. La sociedad civil en marcha a toque de silbato. Una pormenorizada ingeniería social de premios y castigos, y hasta de amenazas o de comprensión ante las amenazas, que animará a unos a marcharse, a otros a recluirse y a unos pocos, muy pocos, a levantar la voz, como nos muestra con documentado detalle el libro de Antonio Robles en el caso catalán. Sobe el caso vasco, no es necesaria otra documentación que la lectura de la prensa de las últimas décadas.

Lo extraño, si se piensa bien, es que tengan que recordarse estas cosas, de sentido común. En realidad, ha habido momentos en los que parecía que el sentido común se imponía. En uno de ellos, quizás el más digno de todos, espontáneo de verdad, en los días que siguieron al asesinato de Miguel Ángel Blanco, muchos ciudadanos cayeron en la cuenta de que unas cosas no estaban alejadas de otras, de que el relato del conflicto no era ajeno a la barbarie. Y entre ellos, algunos dieron unos pasos más hasta las puertas del nacionalismo para reparar en que la obscena moraleja de la compresión no tenía otro sostén que la patraña del conflicto. El nacionalismo se dio cuenta de que se le había descubierto el truco, de que el rey estaba desnudo. Los cultivadores y beneficiarios del relato, que no ignoraban su fragilidad, se asustaron. Y reaccionaron con rapidez. El PNV, antes de que las inevitables conclusiones se impusieran, temeroso de que el deprecio se extendiera desde los procedimientos hasta las ideas, desde los que agitaban el árbol hasta lo que recogían las nueces, intentó frenar la marea y nos advirtió de un singular peligro que, no se sabe por qué, suponía un riesgo para la sociedad democrática: el aislamiento de Herri Batasuna. Al poco firmó el Pacto de Lizarra.

La reacción del PNV se explicaba: vive y alienta un conflicto al que se ofrece como solución. Necesita que no se apague. Su existencia política se justifica en la retórica del conflicto: el PNV se presenta como la respuesta mediante los justos procedimientos a la causa justa. Lo que ya resultaba más difícil de entender era que muchas voces de la izquierda, cuando los ciudadanos establecían las sencillas ecuaciones, siguieran insistiendo –y hasta ofendidos– en la existencia de tan extravagante peligro. El aislamiento político de quienes hacían imposible la democracia y la libertad –y que daban por bueno algo bastante peor que el aislamiento de sus conciudadanos: su exterminio– se convertía, por arte de birlibirloque, en un peligro para la democracia y la libertad. Y ahora comparen de nuevo el trato que se ha dispensado a franquistas o racistas, e intenten recordar a alguien que hubiera condenado su aislamiento. La diferente respuesta sólo se explica porque sigue reconociéndose justicia y verdad en la retórica del conflicto. La integración de los que habían justificado el asesinato era la integración de sus argumentos.

La reacción del PNV resultaba previsible, pues mucho le iba en el negocio, pero que la izquierda hubiera dado curso al relato del conflicto resultaba simplemente ininteligible. El socialismo es un ahondamiento del ideal jacobino que inspira la Revolución Francesa. El propio Marx no dudará en reivindicar explícitamente su lema más completo: Unité, Indivisibilité de la République, Liberté, Égalité, Fraternité (5)6. En condiciones normales, nuestra izquierda debería adoptar frente a los nacionalistas una posición parecida a la que ha tenido la europea frente a la Liga Norte: ponerlos al lado de la reacción, la defensa mezquina de privilegios y la indefendible identidad. No hablamos –no está de más recordarlo– de nacionalismos del Tercer Mundo, a la Nasser, casi siempre de raíz republicana. En coordenadas parecidas, jacobinas, se había situado a lo largo de su historia el grueso de la izquierda española, salvo extrañas excepciones, como el POUM, que, mitologías retrospectivas aparte, fue siempre un partido irrelevante. Pero con el franquismo, sin que nadie se molestara en explicarlo, todo cambió.

No es ocasión de indagar aquí por qué fueron así las cosas, pero así fueron. Con todo, ese no es el problema mayor. En principio, no deberían tener mayor trascendencia los desbarajustes intelectuales de nuestra izquierda, aparte de llevarnos a evocar el clásico lema spinoziano que le gustaba repetir a Marx, según el cual «Ignorantia non est argumentum». El problema aparece cuando al desbarajuste intelectual se une, como es el caso, una suerte de autoridad moral que exime a la izquierda de explicar el porqué de sus apuestas. Basta con su nihil obstatpara dar por santa y buena una causa, sin que tenga que demorarse en el trámite del razonamiento. Ante realidades cambiantes, esa combinación de indigencia intelectual y talante sentencioso resulta particularmente patológica, aunque sólo sea porque, por falta de ejercicio, entumece la musculatura mental. El resultado es una retórica menesterosa, reactiva en unos casos e inercial casi siempre, que si sale del «¿De qué se habla? Que me opongo» es sólo para recalar en el «¿De qué se habla? Que me apunto». Sus coqueteos multiculturales, que harían palidecer a Marx de vergüenza, han sido quizás el ejemplo más solemne de esa deriva. Pero tampoco hay que engañarse, que ese es incluso demasiado vuelo. Aquí simplemente bastó que el nacionalismo se reescribiera a sí mismo como antifranquista para otorgarle –sin preguntas históricas ni conceptuales– el sello de calidad democrática. Como si el antifascismo –ese sí, real– de Stalin lo convirtiera en demócrata. En todo caso, el resultado es el conocido: la izquierda compró la mercancía más trucada del nacionalismo, el relato del conflicto, sin tasarlo empírica o ideológicamente, y le concedió un sello de limpieza moral del que carecía por historia y por principios. Un sello que, por lo que fuera, administraba en exclusiva. Resultó malo para todos y pésimo para la izquierda. Porque con el relato nacionalista, enredado en el corto plazo de la política parlamentaria y en el ir tirando, se llevó el tóxico que ha acabado por desquiciar ideológicamente al nacionalismo, como le sucede a cualquiera que intenta cuadrar lo incompatible: con los principios desdibujados y como vaca sin cencerro.

Esa ha sido la corriente dominante, la que explica que estemos donde estamos. Pero no es toda la historia. Unos pocos se cayeron del guindo, se apearon y hasta se resistieron al trastorno general. Los libros aquí reseñados son crónicas de las vidas de algunos que se cayeron, en unos casos en primera persona, en otros con la mirada pulcra del analista. Todos lúcidos. Todos perdedores.

(4) Will Kymlicka, Fronteras territoriales. Una perspectiva liberal igualitarista, trad. de Karla Pérez Portilla, Madrid, Trotta, 2006, p. 67
(5) Karl Marx y Friedrich Engels defendieron una «república alemana única e indivisible» en diversos artículos en laNueva Gaceta Renana y en The New York Daily Tribune.

(1 ) Hay una tercera tesis –no menos endeble– en el relato del conflicto que merecería un tratamiento aparte: la Guerra Civil como una guerra contra Cataluña y el País Vasco. Un dato para cada caso. Las provincias vascongadas fue el lugar de España donde fue menor la represión franquista: «sólo en las provincias de Burgos o de Santander se fusiló a más gente que en toda la hoy comunidad autónoma, a pesar de la diferencia enorme de población» (José María Ruiz Soroa, «Los muertos que perdieron su identidad»). El otro dato ejemplifica con su eficiencia la recreación histórica del «conflicto». En la versión original de las memorias de Pasqual Maragall, escrita por Esther Tusquets y Mercedes Vilanova, el expresidente de la Generalitat contaba que la familia Maragall recibió con algo parecido al entusiasmo «la liberación de Barcelona». Digo «en la versión original», porque esa edición no fue la que finalmente llegó a las librerías. A ésta le faltaron veinte páginas, precisamente las que corresponden a esa parte de la historia. La presión de la familia consiguió que, en plena democracia y sin mediación judicial alguna, se destruyeran veinte mil ejemplares en los que se contaba la historia completa. Por cierto que, en aquellos mismos días, Pasqual Maragall aparecía en un acto de apoyo al juez Garzón, en la Universidad de Barcelona, en el que, al grito de «No nos callarán», se criticaba a «quienes pretenden borrar la memoria del franquismo»

2.- Thomas Jeffrey Miley, Nacionalismo y política lingüística: el caso de Cataluña, Madrid, Centro de Estudios Políticos y Constitucionales, 2006. Las fuentes de las restantes informaciones pueden encontrarse en Félix Ovejero, La trama estéril, Barcelona, Montesinos, 2011. Esto es también aplicable a las afirmaciones empíricas recogidas en esta reseña, salvo que se indique lo contrario.

3.- Según el número de lenguas que se hablan, hay bastantes más en Alemania (29), Francia (29) o Italia (33). Hilando más fino, habría que utilizar el llamado índice de «fragmentación étnicolingüística o de diversidad lingüística», esto es, la probabilidad de que dos personas cualesquiera de un país elegidas al azar tengan una lengua materna diferente.

La izquierda, el nacionalismo y el guindo (III)
Félix Ovejero http://claveciudadana.es/la-izquierda-el-nacionalismo-el-guindo/  16 Julio 2014

Una historia de traidores

Héroes, heterodoxos y traidores ya fue comentado en estas mismas páginas de Revista de Libros, pero resulta inevitable volver sobre él en el contexto de la presente reflexión. El libro de Fernández Soldevilla arranca de su tesis doctoral, de una investigación académica. Lo es en el mejor de los sentidos, en su afán de verdad. Los juicios son ponderados y no hay afirmación sin documentar. Un esmerado trabajo que es, a la vez, una muestra ejemplar de la reciente historiografía vasca, joven y no tan joven, capaz de tocar los asuntos políticamente calientes sin vocación de trinchera ni servilismos de causa. Y tiene su mérito, porque ese quehacer se ha realizado en una atmósfera de las que invitan al silencio o, aún peor, dada la fácil y tentadora transición desde la explicación a la compresión, a las disculpas y a las justificaciones. Basta con ver lo sucedido con tantos historiadores catalanes, no hace tanto fervorosos marxistas y hoy verdaderos nation builders, entregados a recrear mitologías de esencias nacionales y eternos conflictos entre pueblos impermeables al trasiego de gentes y mercancías. El hecho de que relatos propios de la peor historiografía romántica, en la frontera de la ininteligibilidad intelectual, prosperen en circunstancias bastante más llevaderas que las que han regido la vida de los historiadores vascos invita, por lo pronto, a melancólicas consideraciones acerca del afán de servicio de los académicos cuando los poderes los convocan en nombre de las patrias y, por contraste, resalta más el temple de los que pensaron bajo las amenazas. Algún día habrá que ponerse en serio a indagar en la explicación de tales diferencias: no cabe descartar que la explicación se encuentre precisamente en la violencia, en que las pistolas emplazaban a mirarse en el espejo con menos concesiones para el autoengaño.

Que nadie entienda el recordatorio de la procedencia académica de Héroes, heterodoxos y traidores como una advertencia esquinada: no estamos ante un ladrillo. El libro está bien escrito, no evita las discusiones hondas, de concepto y de alcance general, se lee con la facilidad de una crónica periodística y, sin omitir la información relevante, no permite que el lector se pierda en el boscaje de nombres, siglas y aconteceres. Porque son muchos los nombres, siglas y aconteceres que jalonan la historia de ETA y de EE, los dos principales protagonistas del libro. Esas dos y, también, su paisaje de fondo, la historia más reciente del nacionalismo vasco y, de paso, su mayor obra: la construcción del relato del conflicto, la enorme mentira sobre la que ha querido justificarse el terror.

No está de más recordar a los más jóvenes que EE es Euskadiko Ezkerra, esa coletilla que remata las siglas de los socialistas vascos: PSE-EE. Un partido político que nace como una coalición electoral, fundamentalmente del EMK, Euskadiko Mugimendu Komunista, y de EIA, Euskal Iraultzarako Alderdia, brazo político de ETA político-militar, la vertiente decididamente leninista de ETA, que, con la llegada de la democracia, apuesta por la prioridad de la actividad política. Prioridad quiere decir eso, que la violencia no quedaba excluida. Y es que, hasta 1981, los polimilis continuarían con sus actividades criminales sin que ello despertara recelo alguno entre sus primos políticos, incluidos los votantes de EE. Sabían lo que pasaba y, en el mejor de los casos, les traía sin cuidado. Lo que pasaba, no debemos olvidarlo, era muy serio. Como nos advierte el autor, entre unos y otros, los asesinos consiguieron «que la cultura política de derechas no abertzales casi desapareciera de Euskadi. Tardó décadas en recuperarse y, cuando lo hizo, volvió a sufrir la persecución de los violentos. Lo cierto es que en ningún caso EE mostró preocupación alguna por la suerte de este sector». No es ocioso rememorar que simplemente se optó por exterminar a la derecha que no era nacionalista vasca sin que nadie levantara la voz, sin que los que leían el Manifiesto comunista se acordarán de la idea de libertad allí defendida.

Con el tiempo, cierto es, la complicidad y la comprensión con el terrorismo dieron lugar al activismo cívico contra ETA, la descalificación sin tregua de la naciente democracia dio paso al oportunismo institucional y, más tarde, a una lealtad constitucional. El leninismo derivó en socialdemocracia y republicanismo político, y el independentismo de la identidad en apuesta autonomista o federal. Si se quiere, podría hablarse hasta de evolución hegeliana, de superposición del curso histórico con el de la razón, habida cuenta la esencial incompatibilidad, que el autor destaca en distintos momentos, entre «las narrativas del nacionalismo radical y de la extrema izquierda». Eso sí, con un final nada hegeliano, pues está contándosenos la historia de unos perdedores, algo que, dicho sea de paso, está en el origen de la tesis, porque, según nos confiesa el autor, al igual que Tony Judt, «no me interesaban los ganadores, a los que nunca falta quien estudie. Siento debilidad por las causas perdidas y ésta, no cabe duda, lo era».

Quizás a alguno puede parecerle que Fernández Soldevilla se deja vencer por pasiones literarias, por lo general siempre propensas a regocijarse en las derrotas y que, en realidad, la sensatez que alentó aquel proceso ha acabado por imponerse, más allá de la suerte de sus protagonistas. Es posible, aunque tengo mis dudas a la vista del éxito del relato del conflicto. En todo caso, lo peor de todo es que el fracaso que nos cuenta no fue sólo el fracaso de un modesto grupo político, sino que, por decirlo con palabras de Gurutz Jáuregui, citadas por el autor: «[la desaparición de EE» constituyó, una vez más, el reflejo del fracaso de la construcción de la nación vasca como una sociedad moderna, plural, heterogénea y abierta al mundo». Como símbolo, «representa, en cierta medida, el fracaso del pueblo vasco en su intento de pasar del tribalismo a la modernidad, del parroquialismo a la universalidad».

En su primera parte, el libro ofrece una apretada historia del nacionalismo vasco, del real, no del reescrito retrospectivamente, desde Sabino Arana hasta, más o menos, la muerte de Franco, con el PNV y la ETA original como principales protagonistas. No hay mayores novedades, pero lo sabido, y muchas veces emborronado, está expuesto con buen orden, incluidas historias pantanosas, como el escaso compromiso del nacionalismo con una República que, en aquella hora, equivalía a escaso compromiso con la democracia, o el sustrato impúdicamente etnicista en el sentido más fuerte que pueda imaginarse de la ETA original. En la segunda parte, ya con mano y guión propio, el autor nos cuenta la aparición de los polimilis, la decisión de participar en las elecciones por parte de EIA, compatible con su descalificación de la Constitución y, un momento decisivo, la creación en 1979 de una HB que, al estrechar el terreno de las marcas políticas, precipitará los planes de algunos, muy señaladamente de Mario Onaindia, obligándoles a trazar la línea de demarcación con la violencia para enmarcar su propio territorio diferencial. Como es tradición en la izquierda, EE se «refundará» con notable frecuencia, primero en compañía de los comunistas vascos de Roberto Lertxundi y, algunos años más tarde, en la del PSE. Un recorrido político que se acompasaba con su evolución política, con su alejamiento del nacionalismo y de la violencia. Entretanto, con su propia andadura, y sus escisiones, porque al final en estos procesos siempre se quedan las depositarios de las esencias señalando con el dedo y, a veces, con la punta de la pistola, ETA-pm iniciará una reinserción que alcanzará a una parte importante de sus miembros y en la que no faltarán asesinatos entre «excamaradas», porque ETA militar, con la inexorable lógica del gángster, equiparaba los cambios de ideas a traiciones. Por decirlo con la clásica fórmula de Albert Hirschman, un alto precio de salida aseguraba la ausencia de voz, de críticas, la cohesión de la organización. Se asesinaba a Yoyes para advertir a los que podían pensárselo que mejor que no.

A partir de 1984, más o menos, EE deja de andar a vueltas con sus herencias y apuesta por constituirse en un partido normal, o todo lo normal que podía ser cuando la locura afectaba a tantas gentes. Son buenos años, según los patrones comunes del éxito político: se afina un programa, socialdemócrata convencional, y se alientan pactos menos convencionales, destacadamente el de Ajuria Enea, «por la paz y contra el terrorismo». Esos pasos, incluida la apuesta por la constitución, confirmaban que EE era ya un partido como cualquier otro, eso sí, en mitad de una torrentera tan vertiginosa que cada una de esos pasos, por su dramatismo, se parecía a los congresos de Gotha o de Bad Godesberg. Serán años de relativa presencia electoral, con idas y venidas, en competencia con el PSE y la compañía del PNV, que tendrán un final relativamente brusco en 1993 cuando se produce la fusión con los socialistas en medio de desgarros, abandonos y luchas de fracciones, que acabarán por cristalizar en la aparición de nuevos partidos de escaso aliento: una constante en la historia de EE.

Contada así la historia, podría parecer que los que se cayeron del guindo eran unas almas de cántaro, unos cuantos ingenuos que cierto día, redimidas sus penas, adquirieron un lirio y se dedicaron a pasearlo. Es lo que tienen los apretados resúmenes de historias con tantos matices y con saludables finales desde cualquier punto de vista de decencia moral. Desafortunadamente, la historia real es más retorcida, más humana. También esta otra historia se muestra en la investigación de Fernández Soldevilla. Los trapicheos organizativos, las reuniones trucadas, los enconamientos, el cálculo político que conduce a administrar verdades a medias, las vanidades y las malquerencias, en fin, los comunes casos de toda suerte humana, que diría Borges, también están presentes entre los protagonistas de esa historia. El autor nos lo cuenta, con la misma limpieza mental con que nos habla de corajes, decencias y apuestas vitales, de la vida de verdad. Sencillamente, Héroes, heterodoxos y traidoresestá lejos de ser una hagiografía.

No crean que no tiene su mérito. Porque el libro es la historia de un organización política, pero también es la historia de una cuantas personas muy especiales. Hay variantes, porque los caminos de Damasco son diversos, y los del Señor inescrutables, sobre todo cuando el trayecto lo rige la autonomía de juicio, la decisión de pensar a contracorriente y contra biografía, pero, en lo esencial, los protagonistas de aquella historia (Mario Onaindia, Juan Mari Bandrés, Teo Uriarte, Kepa Aulestia y unos pocos más) confirmarán con su complicada vida que pensar bien requiere, entre otras cosas, carácter. En no pocas ocasiones, las caídas del caballo, una vez superadas las secuelas del trastazo, acostumbran a concluir en beneficios personales: no es este el caso. Así de rara ha sido la vida política vasca. El hecho de que, desde el punto de vista de los fundamentos, la estación de llegada equivaliera a descubrir el mediterráneo, la incompatibilidad entre izquierda y el nacionalismo étnico de ETA y su ecosistema, y que, sin embargo, fueran tan pocos los que repararan en ello, es, además de una confirmación del coraje vital e intelectual de aquellos pocos, una muestra más de la patológica atmósfera, de ese aire enrarecido que ha convertido en héroes a criminales. Una atmósfera que está lejos de haberse disipado.

La izquierda, el nacionalismo y el guindo (IV)
Félix Ovejero http://claveciudadana.es/la-izquierda-el-nacionalismo-el-guindo/  17 Julio 2014

UNO DE LOS TRAIDORES

Teo Uriarte es uno de esos Héroes, heterodoxos y traidores. Miembro de la dirección de la primera ETA, condenado a dos penas de muerte en el proceso de Burgos, protagonista de la disolución de los polimilis y de la transición de EE, activista de los movimientos cívicos contra el terrorismo y amenazado en serio por ETA, condensa sucesivamente en su vida la triple condición que da título al libro de Fernández Soldevilla. Alguien que ha sobrevivido con entereza y equilibrio psicológico a todo eso, e incluso, según se deja ver en las páginas de Tiempo de canallas, a la atenta lectura de las obras de Jesús Eguiguren, tiene cosas que contar y temple para hacerlo. Unas cuantas de ellas asoman en la obra que comentamos, un libro que, en realidad, son tres o, si se quiere, tres géneros en un solo libro: biografía, historia y análisis político.

En Tiempo de canallas hay biografía, que, por lo anticipado, es cualquier cosa menos anodina. Aunque no es el asunto central, como sucedía en Mirando atrás, su libro anterior, ayuda a hacernos una idea bastante precisa de las dificultades para levantar movimientos cívicos frente al terrorismo, en un mundo tan distorsionado como para que los que disponían del poder, salvo bien poquitas excepciones, se paseasen sin escolta mientras que los militantes de los partidos de la oposición vivían bajo amenaza de muerte. Solos y señalados. Sobre todo, cuando se enfrentaban a maquinarias de propaganda bien engrasadas con dineros públicos y entregadas a difundir aquí y, sobre todo allá, el relato del conflicto, ante la desidia de los gobiernos de España, una circunstancia que todavía pagamos: mientras en el mundo entero la Liga Norte es reconocida en su exacta naturaleza reaccionaria, nuestros nacionalistas, amasados con parejo barro ideológico, son acogidos por las gentes más diversas, incluidas muchas ilustradas, como si se tratara de Bolívar reencarnado. La perplejidad que produce ver a un Estado abúlico se alivia cuando se tiene en cuenta que durante todo este tiempo la simple crítica ideológica al nacionalismo era para muchos una ofensa y una provocación (6)7. Por supuesto, el alivio epistémico es perfectamente compatible con la consternación moral.

La soledad de ese quehacer se muestra con deprimente elocuencia en las páginas que Uriarte dedica a contarnos cómo, con pocos más medios que los literatos de caña y cordel, se paseaba por la ONU o se entrevistaba con autoridades de Estados Unidos o Sudáfrica, absolutamente desinformadas acerca de lo que realmente sucedía, pero que se sentían en condiciones de dar lecciones de garantismo y de democracia. Y seguro que muchas han podido impartirse, aunque no estoy seguro de que existan tantos en condiciones de hacerlo. No conozco ningún país en la Europa democrática que se haya enfrentado a un terrorismo comparable al etarra, con casi un millar de asesinatos y decenas de miles de expulsados de sus casas, de refugiados políticos, sin acudir a estados de excepción, sin que el dolor y el odio de los asesinados se tradujera en una ETA del otro lado y en el que acabaran ante los tribunales y en la cárcel un ministro y varios altos cargos del ministerio del Interior por su participación en la guerra sucia. Seguramente podían haberse hecho muchas más cosas para honrar la libertad y la democracia, pero, ciertamente, si había que buscar ejemplo no era en los países en que se que recibía con admoniciones a Uriarte. Ni Alemania, ni el Reino Unido, ni Estados Unidos, ni Francia, ni Italia, por tirar del repertorio clásico, cuando se han enfrentado a retos infinitamente menos brutales, lo han hecho mejor. Para ser más precisos, lo han hecho bastante peor.

También hay en Tiempo de canallas historia, sobre todo historia reciente, de las negociaciones de los distintos gobiernos, desde las de Argelia, en los días de Felipe González, hasta las de 2006 y 2007, cuando Zapatero rompe el Pacto por las Libertades y parece sentirse obligado a recrear la imagen de sus interlocutores, no se sabe si para allanar el camino a la negociación, creerse sus propias apuestas, hacer digerible a los ciudadanos la negociación o porque pensaba que los asesinos, al modo del general della Rovere en la película de Rossellini, acabarían por aceptar el cuadro que el gobierno proyectaba de ellos. Creerse cualquiera de esas posibilidades era una demostración de ingenuidad, dar por buenas todas, conjuntamente, una superlativa irresponsabilidad y, sobre todo, un peligro: cada vez que se «apreciaban esfuerzos» en los «hombres de paz» estaban dándose cartas de legitimidad a ETA y su mundo político y, sobre todo, al relato del conflicto. A fuerza de agradecer gestos y de apreciar mérito en cumplir la ley se acabó por blanquear los sepulcros de los protagonistas del terror y por sembrar el terreno para que su «normalización» política se acercara antes a la del soldado homenajeado por su pueblo al terminar la guerra que a la del sembrador de miedo y odio que aspira a pasar inadvertido e intenta borrar su pasado. Ahí andamos ahora: una derrota policial de ETA que no es la derrota de sus ideas; aunque tampoco su victoria, conviene añadir. Un mal empate que no es ajeno a la secuencia de acontecimientos que describe el autor, a cómo han ido las cosas y a lo mal que se han hecho. Aunque hoy ya no podemos ignorar que hechas están y que no cabe desandar la historia. Eso sí, reconocer esa circunstancia es algo bien distinto de entregarse a fantaseos hegelianos, que bien, bien, las cosas no están.

Y por esta senda llegamos al tercer plano, vertebrado por una hipótesis realmente fuerte: «El primer instrumento de legitimación de ETA ha sido el Estado español». Una circunstancia que, según el autor, tiene como primer responsable a Franco. Con una notable compañía: Estados Unidos. Y es que el dictador, con la ayuda del departamento de Estado, en un éxito comparable al que más tarde tendría con Al Qaeda, en aras de justificar sus propios empeños, comenzado por la propia supervivencia, se inventó una ETA con los talentos organizativos del Mossad y la vertebración ideológica del Partido Bolchevique. La realidad era menos pinturera. Uriarte nos recuerda, y hay pocas voces más autorizadas que la suya: allí no había nadie o casi nadie, apenas cuatro jóvenes saturados de malas lecturas que acabaron creyéndose las noveleras páginas que la prensa del régimen les dedicaba. Ellos y, con ellos, muchos otros. A partir de entonces procuraron estar a la altura de la ficción. Otros generales della Rovere.

El libro, casi resulta ocioso decirlo, no se entiende sin el autor. No tanto por un protagonismo, porque asome un yoismo inconcebible en Uriarte, sino porque dispone de una suerte de privilegio epistémico: el de quien ha estado en el lugar de los actores, a un lado y otro de la línea fronteriza, de la barbarie y de la civilización. Uriarte, explícitamente, se resiste a aceptar esa condición, pero lo cierto es que resulta imposible que los demás no se la otorguemos. Esa ubicación en el centro de la trama, cuando se tiene la cabeza fría y el carácter suficiente, no es mala cosa; antes al contrario, ayuda a educar la conveniente paciencia, a no dejarse enredar por los titulares de última hora y por «procesos» que empiezan cada dos por tres y a educar la conveniente paciencia. A viajar con las luces largas, que se dice ahora. También es cierto que, como casi siempre, esa disposición a mantenerse atado al mástil tiene sus riesgos. Uno de ellos, lo conoce y asume el autor: la incomodidad del personaje, confirmada en la peripecia del libro, rechazado por la editorial catalana que lo había encargado porque podía «molestar», según nos cuenta el prologuista, Jorge Martínez Reverte. Otro resulta más difícil de prevenir: el empecinamiento en señalar sólo los fallos de los nuestros, de todos los nuestros. Y es que las merecidas críticas a los socialistas requerirían, siquiera como contraste, alguna valoración matizada del PP en su trato con los nacionalismos. En particular, se agradecería un análisis de las idas y venidas de Aznar, no siempre a la altura del personaje retrospectivamente construido. Otro general della Rovere.

(6) Ahora mismo, ante una explícita amenaza secesionista, vemos cómo los socialistas critican «el envío continuo de informes sobre Cataluña a las embajadas españolas. «“Dejen de hacerlo”, ha reclamado el diputado Sanz», El Mundo, 13 de marzo de 2014.

La izquierda, el nacionalismo y el guindo (y V)
Félix Ovejero http://claveciudadana.es/la-izquierda-el-nacionalismo-el-guindo/  19 Julio 2014

OTRA HISTORIA

Antonio Robles se cayó muy pronto del guindo. Nos lo cuenta en los primeros capítulos de su libro. En 1979 llega a Barcelona, como muchos otros jóvenes de izquierda, en busca de un lugar donde estudiar, dar curso a su vocación periodística y, sobre todo, de un mito: la ciudad cosmopolita y progresista que fascinaba a tantos españoles. La fascinación duró poco. No tardó en descubrir, primero en el periodismo y, después de cursar filosofía, en la enseñanza, que, mientras los catalanes seguían con sus vidas, se ponía en marcha un proyecto nacionalista decidido a tutelarlas en sus menores detalles. Y reaccionó: él y unos cuantos más, muy pocos. La historia de la resistencia al nacionalismo en Cataluña es el turbador relato de esa reacción. A veces, muchas, parece una biografía de Robles y sus amigos, pero es que durante mucho tiempo estuvieron muy solos.

Esta historia es mucho menos conocida que la que nos cuentan Uriarte o Fernández Soldevilla. Sí, algunas cosas se conocen: el manifiesto de los dos mil trescientos; el atentado contra Jiménez Losantos; el Foro Babel; la aparición de Ciudadanos. Y poco más. Pues bien, si nos dejamos llevar por la ilusión de la precisión, les diría que todo eso apenas ocupa un 5% del relato de Robles. Desde luego, yo, que llevo algunos años en estos negocios, apenas sabía de la misa la media. Ni de la de la resistencia ni, sobre todo, de la impresionante ingeniería social del nacionalismo, una paciente obra calculada en cada uno de sus movimientos y sin descuidar terreno alguno. Queda por abordar cómo fue posible que no nos enteráramos. Quizá, simplemente, lo que pasó es que nos sentíamos cómodos en el guindo antifranquista y no queríamos enterarnos, porque, ciertamente, los indicios no faltaban. Así, por ejemplo, en 1992 una crónica de El País recogía un «borrador del programa ideológico de Convergència Democràtica(CDC) para la próxima década, [que debía servir] de base para las elecciones autonómicas». El texto, seguía el cronista, «equipara Cataluña a los Países Catalanes –entendiendo estos como el área de influencia de las comunidades catalana, valenciana y parte de sureste francés– y sostiene que Cataluña es una “nación europea emergent”, una “nación discriminada que no puede desarrollar libremente su potencial cultural y económico” [...]. La obsesión por inculcar el sentimiento nacionalista en la sociedad catalana, propiciando un férreo control en casi todos sus ámbitos –el documento propugna la infiltración de elementos nacionalistas en puestos clave de los medios de comunicación y de los sistemas financiero y educativo–, y las referencias a un ámbito geográfico –los Países Catalanes– que sobrepasa los límites del Principado, son algunos ejes del que viene a ser el Programa 2000 de los nacionalistas catalanes». No está de más recordar que, años más tarde, el periodista que firmaba esta crónica, desde la dirección de La Vanguardia, echaría algo más que una mano a la operación, entre ellas la memorable participación de su periódico en un editorial conjunto con otros periódicos catalanes –también subvencionados– en el que se retaba al Tribunal Constitucional antes de su sentencia sobre el estatuto de Cataluña.

Robles documenta la operación al detalle en las casi setecientas páginas de su libro. En un tono de crónica periodística, y a veces de relato de intriga, a trechos en primera persona, porque casi siempre «estaba allí» cuando sucedieron las cosas, nos muestra lo lejos que ha llegado el nacionalismo en la siembra de las peores emociones. Una verdadera orfebrería del odio (7)8. Se compraron unas voluntades y se doblegó a muchas otras, sin faltar amenazas, cartas a casa, campañas en los colegios y agresiones. Sucedió, principalmente, en la enseñanza. Las páginas dedicadas a mostrar las mil trapacerías, incluida la manipulación de instancias presentadas para optar a concursos forzosos de traslados, estremecen. A miles de profesores de institutos se les hizo la vida imposible, hasta que acabaron por marcharse de Cataluña, sin que los medios de comunicación se dieran apenas por enterados, a pesar de los esfuerzos de unos pocos que, organizados con maneras de tiempos de clandestinidad, iban de acá para allá contando lo que sucedía. Cuesta creerlo, pero fue así. La perplejidad y el estupor lo expresó como nadie la hispanista, ensayista y pedagoga sueca Inger Enkvist, en la presentación en Barcelona del libro de Robles: «¿Esto sucedió en un país moderno de Europa y a la vista de todos? Es inaudito. ¿Y con la complicidad de muchos? Es trágico».

Entre las complicidades, en primer lugar, la de los intelectuales. Nada que deba asombrarnos. No ya por su natural disposición cortesana, porque, a qué engañarse, no cabe esperar mucho del gremio, sino porque ellos también estaban en el punto de mira. Basta con repasar una memorable encuesta entre escritores de 1977 realizada por la revista Taula de Canvi, en la órbita de la izquierda, dedicada al hecho de Escribir en castellano en Cataluña. El tono lo daba uno de los encuestados, Manuel de Pedrolo: «Querer pasar por escritor catalán mientras se escribe en castellano equivale a aceptar los planteamientos franquistas». Con todo, lo peor no eran los escritores nacionalistas, sino los otros, que, simplemente, se disculpaban por existir. Un patético Carlos Barral mentía al describirse a sí mismo como «irreductiblemente nacionalista». Y no era el único. Con decir que, visto el promedio, hasta podía apreciarse heroísmo en Pere Gimferrer, cuando reivindicaba a los escritores en español, siempre que «hagan suyas las reivindicaciones catalanas». Ese era el nivel.

Eso sí, la naturaleza de la encuesta apuntaba al meollo del nacionalismo catalán: la pertenencia a la comunidad política gravitando en torno a la identidad, una identidad que se vinculaba a la lengua. No lo ocultó el nacionalismo y, muy tempranamente, lo percibió el autor del libro. En 1977, el dirigente de Convergéncia, Ramón Trias Fargas, lo expresaba con rotunda claridad: «La esencia de Cataluña, el espíritu de Cataluña, la sangre de Cataluña, es su idioma». Esa doctrina, que excluía de Cataluña a más de la mitad de los catalanes, los más pobres, por cierto, la suscribía en esas mismas fechas la izquierda, como lo mostraba la ponencia, redactada por Francesc Valverdú, sobre política lingüística del PSUC, los comunistas catalanes: «La lengua catalana no es únicamente un medio de expresión, sino un medio concreto en el que se articula, a nivel comunicativo, la vida colectiva. A través de la lengua se establece la identidad nacional, se expresa la pertenencia a una cultura diferenciada, se participa de unos sentimientos que concuerdan con los otros». Ahí está la entera la izquierda que llegaría al poder con el tripartito: las tesis más reaccionarias, la fundamentación romántica, herderiana, de la comunidad política; la peor ciencia, la versión más extrema de la insostenible hipótesis de Sapir-Whorf. Por no mencionar la ortopedia de la prosa.

Había que construir la nación para lo que vendría más tarde, en lo que estamos. Todo estaba allí desde el principio y cuando ahora se sostiene que el proyecto secesionista es una reacción a la incomprensión o al desafecto, a que el desprecio de España a sus reclamaciones es lo que les ha abocado al separatismo, lo único que se confirma es el superlativo cinismo de un nacionalismo que no ignora que el autogobierno de Cataluña supera con creces sus demandas históricas, que jamás soñaron con –ni reclamaron– un grado de autonomía como el presente, superior en tantas cosas no ya al Estatuto de la República, sino al mismísimo Estatuto de Nuria. Pero da lo mismo, porque, sencillamente, no puede contentarse a quien no quiere ser contentado, a quien vive de la tensión que alimenta. Al revés, como recordó magníficamente en su reciente conferencia en Barcelona Stéphane Dion, el político canadiense autor de La política de la claridad, la estrategia del contentamiento es una estrategia imposible. Pero que se haya impuesto ese relato, hasta el punto de que hasta aquellos a quienes se ha descrito de las peores maneras (como colonos, ladrones, genocidas, fuerzas de ocupación y demás) lleguen a asumir que deben hacer algo para contentar a los que nunca se darán por contentos, constituye, sobre todo, la mejor prueba de la eficacia de la operación nacionalista, del triunfo del relato del conflicto.

A algún lector puede parecerle que Robles exagera, comenzando por el propio título del libro, y hasta que se entrega a teorías conspirativas, cuando no a paranoias. A mí mismo, muchas cosas de las que leía me resultaban increíbles. Pero es que a veces a los paranoicos los persiguen y, por supuesto, las conspiraciones existen y, cuando tienen éxito, dejan pocas huellas. En todo caso, nada de ello sucede en la historia que se nos cuenta. Todo está precisamente fechado y documentado, incluso con fotocopias reproducidas en el texto. Y lo está no porque unos investigadores becados las recogieran en bibliotecas o centros de estudios, sino porque unos cuantos, cuyos nombres muy pocos conocen –entre otras razones, porque nadie quiso conocerlos–, dedicaron una parte de sus vidas a preservar las pruebas de la infamia.

Entre las infamias no es la menor que los protagonistas de esta historia, en su mayoría gentes de la izquierda con un lucido currículo antifranquista, hayan sido descritos como franquistas: formaba parte del guión. El nacionalismo se ha servido de un omnipresente espantajo franquista para descalificar a cualquiera que se opusiera a ellos. Lo peor es que muchos otros, comenzando por los gobiernos, compraban esa retórica y se inhibían cuando los nacionalistas, sin pudor, proclamaban que ni leyes ni sentencias iban contra ellos, que, por encima de la legalidad, existía una imprecisa legitimidad que no tenía otro sostén que sus propias declaraciones: la legitimidad de unos pueblos oprimidos que, «pacífica y democráticamente», se resistían a las imposiciones de Estado. Que la retórica victimista, la política de exclusión, ostracismo y hasta persecución, el desprecio a la ley, la circulación de las más reaccionarias ideas sobre las comunidades políticas, pudieran levantarse ante la inhibición de todos los partidos nacionales y, lo que es peor, con el silencio de la izquierda y los sindicatos, cuando no con su complicidad, es algo que debe ser explicado. Pero no sólo por los investigadores; es que alguien debe explicaciones.

A veces el libro parece desabrido, no tanto en la prosa, como en la descripción de personajes y situaciones. Más de una vez asoma lo que algunos calificarían como resentimiento y otros, más clásicos o caritativos, como instinto de clase. Asoma no sólo en el trato con los nacionalistas que, por lo demás, han dado sobradas muestras de despreciar a esos supuestos invasores, los «inmigrantes», «ese ejército de ocupación», en clásica expresión de Jordi Pujol, sino también cuando nos habla de «los hijos progres de las masías», «las gentes guapas», los pijos, que no estuvieron a la altura. No diré que me entusiasme la perspectiva, pero tampoco ignoro que, en ocasiones, esas sesgos ayudan a afinar la perspectiva moral, y hasta la analítica, y que, en su distorsión, la caricatura permite resaltar unos trazos que, a la postre, resultan los más relevantes. No faltan ejemplos de ello. Mi favorito en estos negociados es un pasaje deÚltimas tardes con Teresa, una de la mejores novelas españolas del siglo pasado, que, en muchas de sus páginas, se ocupa de mundos no muy diferentes de los que describe Robles y que no resultaría exagerado calificar como profética. En esa novela, Juan Marsé, en 1966 –repito, 1966– escribía a cuenta de los universitarios barceloneses:

Alguien dijo que todo aquello no había sido más que un juego de niños con persecuciones, espías y pistolas de madera, una de las cuales disparó de pronto una bala de verdad; otros se expresarían en términos más altisonantes y hablarían de intento meritorio y digno de respeto; otros, en fin, dirían que los verdaderamente importantes no eran aquellos que más habían brillado, sino otros que estaban en la sombra y muy por encima de todos y que había que respetar. De cualquier modo, salvando el noble impulso que engendró los hechos, lo ocurrido, esa confusión entre apariencia y realidad, nada tiene de extraño. ¿Qué otra cosa puede esperarse de los universitarios españoles, si hasta los hombres que dicen servir a la verdadera causa cultural y democrática de este país son hombres que arrastran su adolescencia mítica hasta los cuarenta años?

Con el tiempo, unos quedarían como farsantes y otros como víctimas, la mayoría como imbéciles o como niños, alguno como sensato, ninguno como inteligente, todos como lo que eran: señoritos de mierda.

El juego de niños, como suele suceder, se alimentó de ficciones en las que muchos crecieron y que todavía no han abandonado. Tristemente, a ese guindo arrastraron a varias generaciones de españoles. Y todavía están en él.

(7) Y sin tregua: un ejemplo de estos días. En una exposición de grabados que la Generalitat organiza en Madrid sobre la guerra de Sucesión, 1714. Memoria gráfica de una guerra, la bandera de un barco, seguramente holandés, aparece repintada como la bandera española, la rojigualda: una bandera que no existió hasta finales del siglo XVIII.

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