AGLI Recortes de Prensa  Domingo 21 Septiembre  2014

El 'everéndum' de Escocia: ni remedio ni escarmiento
Federico Jiménez Losantos Libertad Digital 21 Septiembre 2014

Cuando Shakespeare escribió que la vida "es un cuento lleno de ruido y furia contado por un idiota" ("Tale told by an idiot, full of sound and fury, signifying nothing". Macbeth, Act. V. Esc. V), muchos pensaron que el idiota podía ser cualquiera, incluso Shakespeare. Creo que la duda quedó disipada este jueves: el idiota perfecto, el idiota por Eton, el perfecto idiota británico contemporáneo, que excede en necedad y peligro intelectual al "perfecto idiota latinoamericano" magistralmente descrito por A. Vargas Llosa, Mendoza y Montaner, se llama David Cameron. Si existiera la Unión Europea de verdad, Cameron estaría en la Isla del Diablo, como un Papillon pinchado en un corcho. Y Gran Bretaña sería apartada de la UE hasta que reforme sus leyes, tras comprobar que cualquier politicastro como Cameron, sólo por ganar unas elecciones, es capaz de poner patas arriba el frágil pero valioso edificio de la Unión.

Pero si Shakespeare no pudo prevenirnos sobre la identidad del idiota, nos dibujó la especie: "La vida no es más que una sombra en marcha, un mal actor que se pavonea y se agita una hora en el escenario y después nadie vuelve a saber de él, un cuento, etc" ("Life's but a walking shadow, a poor player /That struts and frets his hour upon the stage/ And then is heard no more. It is a tale/ Told by an idiot, etc…"). El éxito de esos versos de Macbeth, que Faulkner y otros tomaron como escabel de sus obras, estriba en su carácter enigmático. ¿Qué es lo que, con el ruido y la furia, no significa nada? ¿La vida o el cuento? ¿El idiota o la vida? Con esa duda a cuestas pasamos por la Tierra, sin entender nunca del todo por qué, tratando de no ensordecer por el ruido y guardándonos, en lo posible, de la furia ajena o propia, de los idiotas y de las idioteces, incluidas las nuestras. Pero, como Shakespeare, sin vernos más que como sombras que andan, o que anduvieron un día.
La felicidad del idiota

La actualidad, y su culto habitual, que es el periodismo, nos redime un tanto de la angustia metafísica, arrojándonos certezas físicas con las que entretenernos: por ejemplo, Cameron, un tonto feliz tras provocar uno de los mayores estropicios de la vida europea de este siglo socapa de remediar un problema nacional británico mediante un escarmiento regional escocés.

Pero el resultado del referéndum ni remedia la debilidad británica de no tener clara y por escrito su Constitución ni escarmienta al separatismo escocés, sino que lo cita para jugar a la ruleta rusa cada pocos años. En ningún momento han dicho los separatistas escoceses que, si ganaba el sí a la independencia, volverían a convocar otra consulta quince años después para volver al Reino Unido, pero, como reconocimiento a su soberanía, una derrota puede enmendarse con cuantas repeticiones hagan falta. Estamos, pues, ante un everéndum, and ever, and ever… El de Cameron faculta a cualquier cameroncito a repetirlo. Si la costumbre hace ley en todas partes, en Inglaterra, más. Y en Escocia, una legalidad dudosa se hará ordinaria.

A España, a esta España de Rajoy, mariacomplejinada siempre ante el separatismo catalán, le convenía que en Escocia ganara el Sí. Porque, como bien señaló Emilio Campmany en LD, de ganar los separatistas, los perjuicios indudables que desde Londres y Bruselas hubieran llovido sobre Edimburgo –que votó no- y Glasgow –que votó sí- hubieran ayudado algo a la causa de la unión con España. No por el temor que en Mas y Jonqueras pudiera suscitar el rechazo europeo –que es ninguno- sino porque a lo mejor en Madrit se animaban a luchar un poco, un poquitín, sin exagerar, contra la destrucción de España.

Por ejemplo, es improbable, pero cabe dentro de lo posible, que TVE, la TVE catalana y el duopolio de los amigotes de Rajoy, Lara y Berlusconi, desalojaran la muchedumbre de okupas progres y catalanistas de las cadenas estatales, tan poco españolas. Es aún más improbable pero no imposible que Montoro dejara de exprimir fiscalmente a los españoles para pagar las nóminas de los funcionarios del régimen golpista de Mas. Y si el PP tuviera una política informativa que no fuera la de perseguir liberales y conservadores sueltos y una política autonómica no subordinada a financiar el separatismo catalán, ¿quién sabe lo que podría llegar a pasar?

Pero ha sucedido lo peor que podía suceder: que, aparentemente, no ha pasado nada. Por supuesto que ha pasado, sólo una selección de memos pueden dejar de ver que la Unión Europea aplaude que Gran Bretaña, uno de sus medio miembros, haya mantenido su integridad estatal por 300.000 votos, tras conceder a un censo de cuatro millones el derecho a decidir por los 67 millones que pueblan el Reino Unido. En un plebiscito tramposo y grotesco en el que, además, ni se sabía qué "Estado independiente" sería el de la Escocia independiente: ni moneda, ni ejército, ni fronteras -las islas Shetland anunciaban su propio referéndum para quedarse con el petróleo y dentro del RU-, ni legalidad, ni Corona –que aunque se ha comportado vilmente para conservar Balmoral podía ser sustituida por la República-, ni relación con la Unión Europea, ni con la OTAN, ni con cualquier otra alianza militar, política, económica o comercial.
La reperrepetición del everéndum

Cameron ha jugado a lo mismo que Salmond: a lanzarse al vacío sin paracaídas. El separatismo no tenía nada y ha ganado mucho: las concesiones improvisadas durante la campaña por la clase política británica y ese precedente de legitimidad y soberanía que le permitirá reclamar la reperrepetición del everéndum. La legitimidad británica, que parte del derecho a la integridad territorial, ha saltado hecha pedazos. Irlanda, del Norte y, por qué no, del Sur, amén de Gales, pedirán lo mismo que Escocia. Y la integridad de los Estados de la UE ha quedado fatalmente comprometida por una de las frivolidades más innecesarias y siniestras de la política europea desde hace muchas décadas.

En España, Bélgica, Francia e Italia, entre otros países europeos, hay muchas escocias, mucha xenofobia y mucha gaita, que no dejará de sonar. Y sobran cameroncitos y camebroncitos dispuestos a jugar a demócratas a costa de la libertad. Porque, por desgracia, en el everéndum escocés, parece que no haya pasado nada. Y eso es lo peor que nos podía pasar. Allí y aquí.

¿Quién plantó la semilla del diablo?
Carlos Sánchez El Confidencial 21 Septiembre 2014

El economista Jesús Fernández-Villaverde -inexplicablemente todavía fuera del Gobierno- rescataba hace unos días un prodigioso aforismo del filósofo danés Soren Kierkegaard, de quien Pio Baroja decía que era “un tipo muy poco explicable para un meridional”. El conocido aforismo hace referencia a lo que imaginariamente sucedió en un teatro tras declararse un incendio entre bastidores.

‘En ese momento’, decía Kierkegaard, ‘el payaso salió al proscenio para dar la noticia al público. Pero éste creyó que se trataba de un chiste y aplaudió con ganas. El payaso repitió la noticia a los espectadores, esta vez con mayor firmeza, pero los aplausos fueron todavía más jubilosos. Así creo yo’-sostenía el padre del existencialismo- ‘que perecerá el mundo: en medio del júbilo general de la gente respetable, que pensará que se trata de un chiste”. Baroja, con razón, sostenía* que Kierkegaard era “un hombre tan triste como su apellido (cementerio)”.

Lo era. Pero lo que está fuera de toda duda es que el sabio danés acertaba cuando situaba en la incredulidad el origen de muchas catástrofes. O dicho desde otro ángulo: la ausencia de credibilidad de los protagonistas de la cosa pública -como le sucedía al payaso de Kierkegaard en medio del incendio- está detrás de una corriente de fondo (no es un movimiento coyuntural) que recorre Europa sin que, por el momento, nadie -o casi nadie- sea capaz de prever o, incluso, identificar el nacimiento de algunas catástrofes.

Y el hecho de que el continente celebre con alborozo que Escocia haya dicho 'NO' a la independencia es probable que esconda una trágica realidad. Cuando se convocó el referéndum, hace apenas un año, el porcentaje de escoceses favorable a la secesión apenas representaba la tercera parte de los electores. Hoy, el dimitido Alex Salmond puede acreditar que casi el 45% está a favor de la independencia. Inimaginable hace muy poco tiempo.

Algo parecido sucede en Cataluña, donde hace cinco años apenas el 17% de los catalanes se declaraba a favor de la creación de un Estado, mientras que al comenzar el desafío soberanista ese porcentaje se había duplicado. Hoy, sin embargo, según el CIS catalán, nada menos que alrededor del 45% de los votantes -un porcentaje similar al de Escocia- se inclinaría por la creación de un Estado catalán. Por cierto, con una singularidad. El granero de votos del independentismo está ahora en la izquierda (PSC o IC) y no en la derecha, que ha girado del catalanismo al nacionalismo radical. Algo falla en la izquierda cuando cree que los problemas se solucionan con más nacionalismo.

El funcionamiento de la democracia
Habrá, sin embargo, quien piense que detrás de este movimiento hacia la independencia lo que existe es un virus nacionalista; pero tanto en Escocia como en Cataluña lo que en realidad se ha inoculado es el sarampión del hartazgo político. Y lo que hace el nacionalismo (como el populismo) es canalizar el malestar que existe en amplias capas de la sociedad sobre el funcionamiento de la democracia.

Ese es el caldo de cultivo -parece una obviedad- en el que florece el nacionalismo. De hecho, es muy probable que si se pregunta a los ciudadanos que apoyan la independencia si se sienten nacionalistas –el 71% de los menores de 18 años votó ‘SÍ’ en Escocia’- es casi seguro que el porcentaje bajaría de forma relevante respecto de quienes votan la secesión.

Para encontrar una explicación racional al florecimiento del nacionalismo merece la pena rescatar el último informe de Global Democracy -una organización no gubernamental con sede en Viena- en el que a partir de una serie de variables se puntúa lo que en la jerga política se suele denominar ‘calidad de la democracia’. Y los resultados son elocuentes. España ocupa el puesto número 17 del mundo y Reino Unido, el 14. En ambos casos, con una cierta tendencia a la baja que ha sido especialmente visible en los últimos años, justamente los de la crisis y la recesión, en los que la desigualdad y el descrédito de la política no han hecho más que crecer.

Es evidente que medir la calidad de una democracia no es fácil. Pero al hacerse sobre una serie de indicadores homogéneos -los derechos políticos, las libertades civiles, las diferencias de género, la libertad de prensa, la corrupción, la estabilidad del Gobierno o el funcionamiento de los partidos políticos-, se puede llegar a conclusiones valiosas.

La más evidente es que los diez mejores países del mundo (salvo Nueva Zelanda) son los del centro y norte de Europa, donde los niveles de desigualdad son menores. Es decir, que hay una evidente relación entre cohesión social y económica -que no es incompatible con el crecimiento económico- y calidad de la democracia. Por lo tanto, parece evidente que detrás de los nuevos nacionalismos –muy diferentes a los de correaje que pulularon por Europa hace un siglo- se encuentra una determinada forma de hacer política que se olvida de los ciudadanos y de los problemas que antes solucionaba el Estado y ahora se marginan.

O dicho en palabras del economista Robert Skidelsky, cuando triunfa el “fundamentalismo del mercado” la gente se siente defraudada y se agarra a cualquier ideología, por muy nociva que sea. Es lo que sucede cuando no se cumplen las promesas del capitalismo liberal. El empleo y esas cosas.

Nombres y apellidos
Tanto en el Reino Unido como en España, el fracaso tiene nombres y apellidos. El laborismo de Blair, que acabó por desacreditar las políticas de izquierda con el deterioro de los servicios públicos (ese es el espacio que ha ocupado Salmond en Escocia, donde históricamente había ganado el laborismo); el Tripartito catalán, que fue un auténtico naufragio que sólo sirvió para empobrecer a amplias capas de la población mediante políticas suicidas y construir un discurso hueco; la intransigente política económica diseñada desde Alemania para salvar sólo a los acreedores y no a los ciudadanos o, incluso, la irresponsabilidad de muchos políticos que en vez de conjurarse para apuntalar las instituciones -como el Tribunal Constitucional- llaman a la insumisión.

Sin olvidar las políticas de Cameron, la burocracia de Bruselas (que ha alimentado fenómenos como el del UKIP en el Reino Unido) o, en el caso español, el demencial proceso estatutario en Cataluña, que propició -y eso fue lo más preocupante- una ruptura del consenso constitucional por la irresponsabilidad de Zapatero y Mas y el egoísmo de Rajoy para ganar votos negándose a ver lo que era evidente: que algo se movía en Cataluña.

Lo más tremendo, sin embargo, es que los gobiernos en vez de preguntarse por qué florece el nacionalismo, siguen regándolo con políticas equivocadas. Unos instando a la convocatoria de consultas populares sobre problemas que deberían resolver los políticos a partir de una democracia verdaderamente representativa, y otros poniéndose de perfil ante los evidentes cambios que se están produciendo en una sociedad inevitablemente dinámica y que reclama otra forma de hacer política, con menos corrupción y más atenta a los problemas sociales. En última instancia, una política que resuelva los problemas de la gente y no los cree favoreciendo a minorías privilegiadas.

Los nacionalismos, por lo tanto, no son la causa de los problemas, sino la consecuencia de malas decisiones. Y sólo la democracia -ahogando los adoctrinamientos- puede salir al rescate de la propia democracia. De lo contrario, es probable que el payaso de Kierkegaard deje de ser una metáfora.

*El gran torbellino del mundo. Pio Baroja. Edit. Caro Raggio

Tres hurras por Escocia
El sentido común con el que han votado los escoceses por permanecer en Reino Unido debería servir para contrarrestar esa movilización irracional que quiere desandar la historia
Mario Vargas Llosa.  El Pais  21 Septiembre 2014

Me pasé casi toda la noche entre el 18 y el 19 de septiembre prendido del televisor y, raspando las seis de la mañana, cuando la BBC pronosticó que el no a la independencia ganaría el referéndum por más del 10% de los votos, me puse de pie y, en la soledad de mi escritorio, lancé tres estentóreos hurras por Escocia.

Viví muchos años en Gran Bretaña, que me sigue pareciendo el país más civilizado y democrático del mundo, y estaba convencido de que la desaparición de esa nación de cuatro naciones que es el Reino Unido hubiera sido una catástrofe no sólo para Inglaterra y para Escocia, sino para Europa, donde aquella secesión hubiera alentado los movimientos separatistas e independentistas que pululan por toda la geografía europea —en España, Italia, Bélgica, Francia, Polonia, Letonia y varios más— y que, de prevalecer, darían un golpe de muerte a la Unión Europea y retrocederían al continente que inventó los derechos humanos, la democracia y la libertad a la prehistoria de las tribus, las fronteras y el ensimismamiento cultural. La sensatez con que han votado los escoceses en este referéndum debería servir para contrarrestar en algo esa movilización irracional que, en el siglo de la globalización y la lenta desaparición de las fronteras, se empeña en desandar la historia y enjaular a los ciudadanos en prisiones artificialmente fabricadas por el victimismo, la falsificación histórica, la demagogia y el fanatismo ideológico.

Se pensaba que, como en esta consulta votaban por primera vez los jóvenes de 16 años, y los adolescentes suelen ser proclives a la novedad y la aventura, el independentismo atraería mucho voto juvenil. No ha sido así; los sondeos son bastante explícitos: en casi todas las edades la inclinación por una y otra opción ha sido muy semejante, lo que significa que el realismo y su contrario —la sensatez y la insensatez— están parejamente repartidos en el mundo de los filósofos que trajeron la Ilustración a la tierra de Shakespeare. La voluntaria integración de Escocia en Gran Bretaña hace más de tres siglos no la ha privado de fuego creativo propio —intelectual y artístico— y su contribución en este campo a la cultura de lengua inglesa ha sido enorme. Y sin duda lo será más todavía ahora que, como resultado de esta confrontación electoral, gane mayor autonomía y manejo de sus propios recursos (aunque, digamos de paso, lejos todavía de los que disponen en España las regiones y culturas locales).

He estado varias veces en Escocia, pero la que recuerdo con mayor gratitud y nostalgia fue la del año 1985, cuando recibí la más original invitación que pueda recibir un escritor. El Scottish Arts Council me proponía un fellowship, creado en homenaje a Neil M. Gunn, que me obligaba a dar dos charlas, una en Glasgow y otra en Edimburgo, y algunas entrevistas. Pero luego, el mes siguiente, me alquilaron un coche y me dejaron solo por cuatro semanas, vagabundeando por las tierras altas (Highlands), islas y aldeas pesqueras, bosques, castillos, albergues que parecían fuera del tiempo y de la historia, encajados en la literatura y la fantasía más febril, un mes que me pasé leyendo las novelas del simpático Neil M. Gunn, como The Silver Darlings y The Silver Bough, que me recordaban mucho la literatura regionalista latinoamericana, en la que el paisaje estaba a veces más vivo que los seres humanos y cuyas páginas transpiraban una pasión ardiente por las costumbres y ritos ancestrales.

Mi memoria conserva muy fresca esa maravillosa experiencia, sobre todo las pensiones familiares a la orilla de los lagos o en el fondo de los bosques, y sus desayunos opíparos con pescaditos frescos, panes recién horneados y mermeladas hechas por la dueña de la casa. Era octubre, el otoño doraba los árboles y las hierbas de las despobladas planicies, y, como al anochecer comenzaba a hacer frío, la matrona de uno de esos albergues me entregó con la llave de la habitación una botella de agua hirviendo para calentar la cama. Nunca había sido muy afecto a los pubs londinenses, pero en esa excursión por la Escocia profunda visité muchos, por la fantástica atmósfera que reinaba en ellos y sus parroquianos que parecían escapados de novelas góticas y que, sentados junto a chisporroteantes chimeneas, fumaban en pipas de mar y se emborrachaban con cerveza ácida o whisky tibio y cantaban canciones en un inglés que parecía (o era) gaélico.

En ese viaje pude visitar, en Edimburgo, la casa natal de Robert Louis Stevenson. Era una casa privada, no un museo, pero la dueña, una señora muy literaria y muy amable, me la mostró acompañada de mil anécdotas, me invitó a una tacita de té con galletitas y, al despedirnos, me puso en la mano un regalo que resultó nada menos que una edición antigua de las poesías completas de Stevenson.

Tuve menos suerte con Adam Smith. Yo quería llevar unas flores a su tumba y la oficina de turismo, en Edimburgo, me aseguró que estaba enterrado en Greyfriars Kirkyard, cementerio en el que reposan toda clase de personalidades eminentes, además de Bobby, un perro famosísimo porque, al parecer, no se apartó ni un solo día, durante 14 años, de la tumba de su dueño. Me pasé toda una mañana buscando la lápida de Adam Smith, y, por supuesto, nunca la encontré, porque los huesos del ilustre pensador (a quien hubiera horrorizado imaginar que la posteridad lo llamaría un “economista”) reposan en realidad en el cementerio de Canongate, junto a la iglesita de la entrada.

Viajé también a Kirkcaldy, donde Adam Smith nació y donde, a lo largo de siete años, junto a su madre, escribió Una investigación sobre la naturaleza y causas de la riqueza de las naciones (1776), un período que recordaría luego como el más feliz de su vida. El trencito que me llevó de Edimburgo a Kirkcaldy serpenteaba a orillas de un mar bravo, pero hacía sol y cuando llegué a su ciudad natal no parecía otoño sino un alegre y luminoso día de verano. Smith era un solterón muy distraído, propenso a ensimismarse, y, alguna vez, una diligencia tuvo que recogerlo en medio del camino porque, absorbido por sus especulaciones intelectuales, se había ido alejando insensiblemente varias millas de la ciudad. Esta visita fue más bien decepcionante, porque la casa de Adam Smith había desaparecido hacía tiempo y sólo quedaba de ella un pedazo de pared con una inscripción alusiva. Y en el museo de Kirkcaldy —hasta donde recuerdo— sólo encontré del más ilustre nativo de esta ciudad una pipa, una pluma de ganso, unas gafas y un tintero.

Varias veces he vuelto a Escocia desde entonces, al Festival de Edimburgo, por ejemplo, a ver teatro o a hacer lecturas, y a su bella universidad, donde conocí a un gran hispanista, escocés y pelirrojo, con el que hablamos de Tirant lo Blanc, y que, en el curso de una cena, me hizo esta confesión extraordinaria: “Cada vez que explico a Góngora, me pongo cachondo”.

En esta larga noche del referéndum, estos y otros recuerdos se han actualizado en mi memoria, acompañados de un sentimiento de congratulación. Si, seducidos por la simpatía innegable y los argumentos en apariencia inofensivos de Alex Salmond, el ministro principal de Escocia y paladín de la independencia, los escoceses hubieran votado por el sí, hubieran precipitado una crisis de tremendas consecuencias. Habrían dado un golpe de muerte a Gran Bretaña, reduciendo en poderío e influencia internacional a uno de los países más firmemente comprometidos con la causa de la libertad en el mundo, y atizado de manera decisiva las expectativas soberanistas de galeses y norirlandeses, además, por supuesto, de dar impulso y aliento a quienes, en Cataluña, en el País Vasco, en Flandes, en la fantasiosa Padania, en Córcega, etcétera, aspiran a ser cabezas de ratón y, queriéndolo o no, acabarían con la construcción de la Unión Europea y regresarían a ésta a su pasado fragmentario de rencillas, enconos y guerras sanguinarias. Nada de esto ha sucedido y por eso esta mañana un gran suspiro de alivio ha levantado el ánimo, en todo Europa y buena parte del mundo, a los amantes de la libertad.

Derechos mundiales de prensa en todas las lenguas reservados a Ediciones EL PAÍS, SL, 2014.
© Mario Vargas Llosa, 2014

La hora del Estado
Editorial ABC 21 Septiembre 2014

El lenguaje nacionalista encierra principios inaceptables para un sistema democrático. La «voluntad política» no deroga la ley, ni la Constitución; y votar al margen de la ley no es democracia, sino populismo

DESDE que el nacionalismo catalán inició el proceso de enfrentamiento con el Estado y fijó la consulta del 9-N como su más expresiva manifestación, Artur Mas ha acabado dando todos y cada uno de los pasos que parecía que no se atrevería a dar. En definitiva, Artur Mas fijó un agenda que está cumpliendo. No faltan voces que insisten en presentar el estado actual de discordia territorial como el síntoma del agotamiento constitucional o la consecuencia de la falta de sensibilidad hacia las aspiraciones de Cataluña. De este modo, la ilegalidad incuestionable de la consulta separatista del 9-N diluye su gravedad en las culpas del Estado y, singularmente, del Partido Popular. Sin embargo, habría que recordar y no hay que remontarse tres siglos atrás cómo trataron los nacionalistas catalanes el estatuto autonómico de 2006, que era, con los patrones de la actual polémica, el pacto por excelencia, el necesario federalismo asimétrico y el abordaje definitivo del problema catalán. Pues bien, quienes oponen el ideal de un pacto audaz y valiente como antítesis al inmovilismo de Mariano Rajoy deberían recordar que para Artur Mas, el estatuto casi confederal de 2006 «no es la situación término de la construcción nacional de Cataluña».

ERC, posible ganador de futuras elecciones autonómicas, votó en contra del estatuto en el Congreso de los Diputados y en el referendo de ratificación porque se le quedaba corto. Estas declaraciones se hicieron cuatro años antes de que el Tribunal Constitucional enmendara el texto estatutario. Si aquel acuerdo estatutario de máximos entre el nacionalismo y el PSOE no era suficiente para colmar la aspiración secesionista de CiU y de ERC, cabe preguntarse qué es lo que hoy podría ofrecerse a los nacionalistas para sellar su definitiva lealtad al Estado y la Constitución, fuera la de 1978 u otra reformada. El momento actual es el de aceptar que el conflicto entre el Estado y el secesionismo catalán no tiene alternativa a la aplicación de la Constitución y de las leyes pertinentes. La aprobación de la ley de consultas es la última llave que cierra las puertas al pacto y abre el período de las responsabilidades políticas y legales. Pedir a Rajoy «gestos» mientras Mas moviliza el poder autonómico contra el Estado es desconocer que lo que está en juego es la supervivencia de España como Estado de Derecho, en el que todas las instituciones y ciudadanos se someten a la primacía constitucional y en el que la deslealtad no debe ser negociada. No hay que hablar de Rajoy, sino del Estado; no hay que hablar de «gestos», sino de leyes.

En este caos nacionalista, el caso escocés iba a servir al separatismo catalán para un argumento y para su contrario. Si ganaba el «sí» a la independencia, iba a decir que Cataluña era la siguiente. Si ganaba el «no», lo importante sería la consulta. Después de que ganara el «no», se pretende afear a Rajoy su conducta por todos los frentes, porque ni permite como si dependiera de él el referéndum del 9-N ni sigue el ejemplo de Cameron al ofrecer más competencias a Escocia. Ambos reproches, utilizados al unísono por nacionalistas y socialistas, ignoran las profundas diferencias entre el sistema constitucional británico y el español. Sobre todo, silencian el poder del Parlamento del Londres sobre los autogobiernos reconocidos a Escocia, Gales e Irlanda del Norte. Estas regiones no tienen más garantía para sus autogobiernos que la mera confianza política, no normativa, de que no será necesaria la recuperación de esas competencias. Probablemente, cuando los nacionalistas catalanes conozcan a fondo el sistema británico moderarán su afición por el caso escocés.

En cuanto Artur Mas deje de manipular los tiempos y convoque la consulta separatista, el guión de las respuestas del Estado está escrito y el Gobierno no puede dejarse enredar por la perversión de las palabras. El lenguaje nacionalista encierra principios inaceptables para un sistema democrático. La «voluntad política» no deroga la ley, ni la Constitución; y votar al margen de la ley no es democracia, sino populismo. El nacionalismo catalán propone a Cataluña un futuro sobre estas bases: la división, la ilegalidad y, por supuesto, la corrupción patriótica. La transacción no es posible. Cuando la legalidad sea restaurada y la cúpula nacionalista que ha llevado a Cataluña a esta crisis predemocrática una ensoñación con los privilegios del absolutismo monárquico deje el paso a otra generación, más sensata y consciente del tiempo actual, quizá sea posible una reflexión colectiva, de todos los españoles, sobre su sistema de convivencia. Pero ahora el Estado tiene que ganar el desafío separatista.

DESDE que el nacionalismo catalán inició el proceso de enfrentamiento con el Estado y fijó la consulta del 9-N como su más expresiva manifestación, Artur Mas ha acabado dando todos y cada uno de los pasos que parecía que no se atrevería a dar. En definitiva, Artur Mas fijó un agenda que está cumpliendo. No faltan voces que insisten en presentar el estado actual de discordia territorial como el síntoma del agotamiento constitucional o la consecuencia de la falta de sensibilidad hacia las aspiraciones de Cataluña. De este modo, la ilegalidad incuestionable de la consulta separatista del 9-N diluye su gravedad en las culpas del Estado y, singularmente, del Partido Popular. Sin embargo, habría que recordar y no hay que remontarse tres siglos atrás cómo trataron los nacionalistas catalanes el estatuto autonómico de 2006, que era, con los patrones de la actual polémica, el pacto por excelencia, el necesario federalismo asimétrico y el abordaje definitivo del problema catalán. Pues bien, quienes oponen el ideal de un pacto audaz y valiente como antítesis al inmovilismo de Mariano Rajoy deberían recordar que para Artur Mas, el estatuto casi confederal de 2006 «no es la situación término de la construcción nacional de Cataluña».

ERC, posible ganador de futuras elecciones autonómicas, votó en contra del estatuto en el Congreso de los Diputados y en el referendo de ratificación porque se le quedaba corto. Estas declaraciones se hicieron cuatro años antes de que el Tribunal Constitucional enmendara el texto estatutario. Si aquel acuerdo estatutario de máximos entre el nacionalismo y el PSOE no era suficiente para colmar la aspiración secesionista de CiU y de ERC, cabe preguntarse qué es lo que hoy podría ofrecerse a los nacionalistas para sellar su definitiva lealtad al Estado y la Constitución, fuera la de 1978 u otra reformada. El momento actual es el de aceptar que el conflicto entre el Estado y el secesionismo catalán no tiene alternativa a la aplicación de la Constitución y de las leyes pertinentes. La aprobación de la ley de consultas es la última llave que cierra las puertas al pacto y abre el período de las responsabilidades políticas y legales. Pedir a Rajoy «gestos» mientras Mas moviliza el poder autonómico contra el Estado es desconocer que lo que está en juego es la supervivencia de España como Estado de Derecho, en el que todas las instituciones y ciudadanos se someten a la primacía constitucional y en el que la deslealtad no debe ser negociada. No hay que hablar de Rajoy, sino del Estado; no hay que hablar de «gestos», sino de leyes.

En este caos nacionalista, el caso escocés iba a servir al separatismo catalán para un argumento y para su contrario. Si ganaba el «sí» a la independencia, iba a decir que Cataluña era la siguiente. Si ganaba el «no», lo importante sería la consulta. Después de que ganara el «no», se pretende afear a Rajoy su conducta por todos los frentes, porque ni permite como si dependiera de él el referéndum del 9-N ni sigue el ejemplo de Cameron al ofrecer más competencias a Escocia. Ambos reproches, utilizados al unísono por nacionalistas y socialistas, ignoran las profundas diferencias entre el sistema constitucional británico y el español. Sobre todo, silencian el poder del Parlamento del Londres sobre los autogobiernos reconocidos a Escocia, Gales e Irlanda del Norte. Estas regiones no tienen más garantía para sus autogobiernos que la mera confianza política, no normativa, de que no será necesaria la recuperación de esas competencias. Probablemente, cuando los nacionalistas catalanes conozcan a fondo el sistema británico moderarán su afición por el caso escocés.

En cuanto Artur Mas deje de manipular los tiempos y convoque la consulta separatista, el guión de las respuestas del Estado está escrito y el Gobierno no puede dejarse enredar por la perversión de las palabras. El lenguaje nacionalista encierra principios inaceptables para un sistema democrático. La «voluntad política» no deroga la ley, ni la Constitución; y votar al margen de la ley no es democracia, sino populismo. El nacionalismo catalán propone a Cataluña un futuro sobre estas bases: la división, la ilegalidad y, por supuesto, la corrupción patriótica. La transacción no es posible. Cuando la legalidad sea restaurada y la cúpula nacionalista que ha llevado a Cataluña a esta crisis predemocrática una ensoñación con los privilegios del absolutismo monárquico deje el paso a otra generación, más sensata y consciente del tiempo actual, quizá sea posible una reflexión colectiva, de todos los españoles, sobre su sistema de convivencia. Pero ahora el Estado tiene que ganar el desafío separatista.

DESDE que el nacionalismo catalán inició el proceso de enfrentamiento con el Estado y fijó la consulta del 9-N como su más expresiva manifestación, Artur Mas ha acabado dando todos y cada uno de los pasos que parecía que no se atrevería a dar. En definitiva, Artur Mas fijó un agenda que está cumpliendo. No faltan voces que insisten en presentar el estado actual de discordia territorial como el síntoma del agotamiento constitucional o la consecuencia de la falta de sensibilidad hacia las aspiraciones de Cataluña. De este modo, la ilegalidad incuestionable de la consulta separatista del 9-N diluye su gravedad en las culpas del Estado y, singularmente, del Partido Popular. Sin embargo, habría que recordar y no hay que remontarse tres siglos atrás cómo trataron los nacionalistas catalanes el estatuto autonómico de 2006, que era, con los patrones de la actual polémica, el pacto por excelencia, el necesario federalismo asimétrico y el abordaje definitivo del problema catalán. Pues bien, quienes oponen el ideal de un pacto audaz y valiente como antítesis al inmovilismo de Mariano Rajoy deberían recordar que para Artur Mas, el estatuto casi confederal de 2006 «no es la situación término de la construcción nacional de Cataluña».

ERC, posible ganador de futuras elecciones autonómicas, votó en contra del estatuto en el Congreso de los Diputados y en el referendo de ratificación porque se le quedaba corto. Estas declaraciones se hicieron cuatro años antes de que el Tribunal Constitucional enmendara el texto estatutario. Si aquel acuerdo estatutario de máximos entre el nacionalismo y el PSOE no era suficiente para colmar la aspiración secesionista de CiU y de ERC, cabe preguntarse qué es lo que hoy podría ofrecerse a los nacionalistas para sellar su definitiva lealtad al Estado y la Constitución, fuera la de 1978 u otra reformada. El momento actual es el de aceptar que el conflicto entre el Estado y el secesionismo catalán no tiene alternativa a la aplicación de la Constitución y de las leyes pertinentes. La aprobación de la ley de consultas es la última llave que cierra las puertas al pacto y abre el período de las responsabilidades políticas y legales. Pedir a Rajoy «gestos» mientras Mas moviliza el poder autonómico contra el Estado es desconocer que lo que está en juego es la supervivencia de España como Estado de Derecho, en el que todas las instituciones y ciudadanos se someten a la primacía constitucional y en el que la deslealtad no debe ser negociada. No hay que hablar de Rajoy, sino del Estado; no hay que hablar de «gestos», sino de leyes.

En este caos nacionalista, el caso escocés iba a servir al separatismo catalán para un argumento y para su contrario. Si ganaba el «sí» a la independencia, iba a decir que Cataluña era la siguiente. Si ganaba el «no», lo importante sería la consulta. Después de que ganara el «no», se pretende afear a Rajoy su conducta por todos los frentes, porque ni permite como si dependiera de él el referéndum del 9-N ni sigue el ejemplo de Cameron al ofrecer más competencias a Escocia. Ambos reproches, utilizados al unísono por nacionalistas y socialistas, ignoran las profundas diferencias entre el sistema constitucional británico y el español. Sobre todo, silencian el poder del Parlamento del Londres sobre los autogobiernos reconocidos a Escocia, Gales e Irlanda del Norte. Estas regiones no tienen más garantía para sus autogobiernos que la mera confianza política, no normativa, de que no será necesaria la recuperación de esas competencias. Probablemente, cuando los nacionalistas catalanes conozcan a fondo el sistema británico moderarán su afición por el caso escocés.

En cuanto Artur Mas deje de manipular los tiempos y convoque la consulta separatista, el guión de las respuestas del Estado está escrito y el Gobierno no puede dejarse enredar por la perversión de las palabras. El lenguaje nacionalista encierra principios inaceptables para un sistema democrático. La «voluntad política» no deroga la ley, ni la Constitución; y votar al margen de la ley no es democracia, sino populismo. El nacionalismo catalán propone a Cataluña un futuro sobre estas bases: la división, la ilegalidad y, por supuesto, la corrupción patriótica. La transacción no es posible. Cuando la legalidad sea restaurada y la cúpula nacionalista que ha llevado a Cataluña a esta crisis predemocrática una ensoñación con los privilegios del absolutismo monárquico deje el paso a otra generación, más sensata y consciente del tiempo actual, quizá sea posible una reflexión colectiva, de todos los españoles, sobre su sistema de convivencia. Pero ahora el Estado tiene que ganar el desafío separatista.

Escoceses
JON JUARISTI ABC  21 Septiembre 2014

¿Y si el fin de ciclo histórico que estamos viviendo fuera el comienzo del declive de los pequeños nacionalismos secesionistas, por no hablar ya de pequeños nacionalismos a secas? Es cierto que el escocés no es un ejemplo típico de nacionalismo étnico. Así como entre el nacionalismo irlandés, el bretón, el vasco, el catalán y el flamenco hay bastantes semejanzas, el escocés se distingue con bastante claridad de todos ellos por la debilidad si no por la ausencia de místicas identitarias. La mayor parte de la tradición escocesa fue inventada a finales del siglo XVIII, tras la derrota de los partidarios de los Estuardo y el despoblamiento de las tierras altas, cuyos naturales, los mitificados highlanders, emigraron a Norteamérica. De finales del XVIII y comienzos del XIX proceden, en efecto, el tartan, los colores de los clanes, los poemas de Ossián y las estupendas novelas de Sir Walter Scott. Se improvisaron todos para crear cuanto antes la milicia escocesa, aportación fundamental del viejo reino a la empresa imperial: los suboficiales escoceses en la India fueron tan característicos del Ejército británico del XIX como lo habían sido los oficiales escoceses, el siglo anterior, en la guerra contra los franceses o contra los colonos rebeldes en América de Norte (recuérdese a los Munro o a los Duncan de las novelas de Fenimore Cooper).

Escocia no tiene una lengua «nacional», lo que es una enorme ventaja. El gaélico se conserva en algunas comarcas muy poco pobladas de las tierras altas; el escocés (Scottish) es un inglés dialectal, y, en fin, con muy buen sentido, los escoceses nunca han desarrollado particularismos lingüísticos exclusivistas. Tampoco religiosos. Su nacionalismo no es historicista ni cultural, sino pragmático, y eso es lo que tiene en común con el unionismo que ha salido victorioso en las urnas. A un lado y al otro hay escoceses que hablan la misma lengua y no se diferencian por iglesias ni por tradiciones culturales.

En Escocia hay una división clara entre el occidente industrial y las viejas ciudades del este, más conservadoras en todo, pero no ha existido, desde hace más de dos siglos, la oposición entre lo rural y lo urbano que tan determinante ha sido en Cataluña o en el País Vasco. Es evidente que los nacionalismos de una y otra región se han «modernizado» a su modo, arraigando en las ciudades y apostando por la tecnología y la secularización (aunque controladas por un clero nacionalista), pero el imaginario rural sigue predominando en ambos. No sucede lo mismo en el escocés, cuya disputa con el unionismo poco tiene que ver con la conservación de identidades lingüísticas o etnoculturales y sí mucho, en cambio, con la viabilidad económica de un proyecto político (no es casual que la economía política naciera en Escocia). Personalmente, me ha parecido admirable la bajísima temperatura retórica del contencioso entre los partidarios del «sí» y los del «no» a la independencia, y el hecho de que no se hayan tratado mutuamente de traidores ni de botiflers. No es que albergue esperanza alguna de que se siga su ejemplo durante los próximos meses en Cataluña (ni en Madrid), pero a la larga se acabará imponiendo una similar despolitización de la pertenencia a determinadas culturas ancestrales o a sus restos. Lo que hemos presenciado esta semana en Escocia, desde la distancia, es un acontecimiento de civilización: se ha preservado, no una vieja nación, sino un Estado plurinacional con más de tres siglos de historia en los que las luces han superado a las sombras. Así, aunque divididos y británicos, los escoceses han demostrado ser una nación. No como otros.

El gran fracaso
JOSEBA ARREGI EL CORREO 21 Septiembre 2014

El independentismo catalán es una cuestión de querer, de voluntad, un argumento bendecido por el número

No es ninguna casualidad que este título pueda recordar a algunos lo que a lo largo del año y especialmente durante el verano se ha estado recordando, la Gran Guerra de 1914-1918. Un siglo XIX europeo que, recuperándose de las guerras napoleónicas, vive del optimismo basado en el desarrollo económico y en el desarrollo científico, revoluciona las ciencias y las artes, pone los fundamentos definitivos de lo que es la cultura moderna, da paso a la Gran Guerra del 14 poniendo de manifiesto la debilidad del optimismo de todo el siglo precedente, la debilidad de los fundamentos de la cultura moderna, y la cara oculta de ella.

Hoy, un siglo después, parece que no es exagerado hablar del gran fracaso de la cultura moderna y de su inspiración, la Ilustración. Una Ilustración que en su puesta en práctica en la Revolución francesa dejaba ya ver que no todo era luz y lustre, sino que también comportaba caras ocultas y oscuridades. Hegel, el gran conceptualizador de la Ilustración y de la Revolución francesa ya hablaba de la Ilustración insatisfecha. Pero tratando de superar esa insatisfacción puso en marcha ideas y sueños que, directa o indirectamente, bastante tienen que ver con los desarrollos catastróficos posteriores, con las dos guerras mundiales y con los fascismos y el estalinismo del siglo veinte.

Hegel veía que la Ilustración no llegó a definir como es debido la idea de libertad, en especial la libertad que se compadece con el espíritu absoluto que él vio aparecer con la Revolución francesa y con Napoleón. Para ello no bastaba con negar a Dios, sino que era preciso incorporar la verdad de Dios, su carácter absoluto y perfecto, a la inmanencia histórica, a la historia humana. Y desde entonces quedó suelto el sueño de la libertad absoluta, del espíritu absoluto, ilimitado, todopoderoso, en el espacio limitado de la historia humana como algo que para respirar tiene que hacer saltar los límites de esa historia por todos los costados.

La cultura moderna comenzó como la cultura que pretendía fundamentarse en la razón humana. Y Kant añadió que la razón, como todo lo demás, debía ser concebido dentro de los límites de la propia razón. La razón kantiana que destruye la metafísica se define a sí misma como limitada: puede conocer lo que puede conocer, lo que queda limitado a las capacidades de la razón, capacidades que no alcanzan al mundo que está más allá de lo razonablemente cognoscible.

Pero esta apuesta de Kant y de la Ilustración ha fracasado por partida doble: porque la razón no ha respetado sus propios límites y ha creído poder conocer la verdad de la historia, la libertad absoluta, y ha querido constituirse como espíritu absoluto –Hegel y todos sus seguidores–, y porque frente a la razón limitada y limitadora se han alzado los poderes del sentimiento, de la identidad, de las convicciones absolutas, del subjetivismo que todo lo invade y a lo que nada puede oponerse.

El genio del espíritu absoluto y de la libertad absoluta, y el genio de la subjetividad, del sentimiento, de la identidad ilimitados han salido de la botella entreabierta por la Ilustración y se han escapado a cualquier control. Lo pone claramente de manifiesto lo que reportan algunos medios de comunicación: un abogado barcelonés independentista se sube al muro que rodea una farola para divisar mejor desde allí la ‘uve’ de la última Diada, y le dice, a un periodista que se ha encaramado como él al pequeño muro, «nosotros no estamos enfadados con nadie, simplemente queremos irnos, y ya somos demasiados para preguntar por las causas». El independentismo catalán es una cuestión de querer, de voluntad. No es una cuestión de razón, de argumento racional. Cuando el querer es numeroso no se puede preguntar por razones. Hay que someterse. Hay que irse sin preguntarse ni de dónde, ni a dónde, ni por qué ni para qué. Hay que darse el gustazo, un gustazo bendecido por el número.

La débil razón parida por la Ilustración y analizada por Kant se encuentra en estos momentos, que si bien el calendario nos dice que son de inicio de un siglo nuevo –todo el mundo anda cantando las excelencias de lo nuevo, de la superación de lo viejo–, se parecen al clima que imperaba a finales del siglo XIX, lo que se llamó el sentimiento de ‘fin de siécle’, y quizá sea fin de ciclo, más débil que nunca erosionado por la fuerza del subjetivismo: independentismos, voluntades de secesión, convicciones religiosas subjetivas que legitiman todo tipo de terror, desintegración de lo existente, concepción de los derechos propios aunque se hunda el mundo, aunque se desintegre la estructura social, aunque se haga imposible cualquier política que, para serlo, tiene que seguir refiriéndose al bien común que solo puede ser definido con recurso a elementos objetivables.

Nos encontramos ante un gran fracaso, el fracaso de lo que intentó la cultura moderna con la Ilustración. La razón humana está desacreditada, todo el mundo vive montado sobre el caballo desbocado de los sentimientos, de las identidades, de las convicciones subjetivas –sean éstas religiosas, supuestamente científicas, identitarias–, horadando las estructuras institucionales y de relación que tanto ha costado crear tras salir de violencias, terrores y guerras causadas, entre otras cosas, por los mismos caballos desbocados que ahora campan a sus anchas.

Lo peor de las situaciones como la actual no es que los caballos del apocalipsis anden desbocados, sino que quienes los montan se aferran a la vieja creencia de que esta vez ellos, los caballeros, serán capaces de dominar a las bestias desbocadas, olvidando que siempre los jinetes se creían en posesión de esa capacidad, que ellos no son los primeros, pero que el desastre es tanto mayor cuanto mayor es la creencia en su propia capacidad.

Ahora que tanto se invoca la capacidad de liderazgo de los políticos, alguien tendría que decirles que su función primordial es volver a meter en la botella a los espíritus de destrucción que han dejado escapar.

Deriva independentista
El PSC consagra su sumisión al independentismo
EDITORIAL Libertad Digital 21 Septiembre 2014

Por 106 votos a favor y sólo 28 en contra, correspondientes estos últimos al PP y a Ciudadanos, el parlamento de Cataluña ha aprobado la norma que permitirá a Artur Mas convocar su referéndum ilegal. Todos los partidos con representación en la cámara catalana, a excepción de las formaciones lideradas por Sánchez Camacho y Albert Rivera, dieron el pasado viernes su aprobación a una ley que supone un fraude desde su misma concepción, puesto que está destinada a dar cobertura jurídica a un acto político que vulnera la Constitución en su misma esencia. El apoyo de los partidos nacionalistas a la ley de consultas era lo esperado, puesto que llevan embarcados en la iniciativa soberanista liderada por Artur Mas desde el principio. El voto a favor de los diputados del PSC, en cambio, certificó que la franquicia catalana del PSOE está irremediablemente uncida a un proyecto soberanista, de una manera que probablemente acabará desembocando en su desaparición como fuerza política relevante en el panorama catalán.

El pretexto que los diputados del PSC esgrimieron para justificar su alineamiento con las fuerzas separatistas no pudo ser más insultante para sus votantes. Según explicaron tras la sesión parlamentaria, su apoyo a la ley de consultas no implica que defiendan un referéndum tal y como quiere convocarlo Mas, sino que obedece al hecho de que se trata de una norma que servirá para acercar la política al ciudadano sometiendo a debate público determinados asuntos de carácter meramente administrativo. Como les espetó Albert Rivera en su brillante intervención parlamentaria, los diputados socialistas catalanes son los únicos en toda España que no se han enterado que lo que pretenden Mas y Junqueras es llevar adelante una consulta ilegal con el objeto de declarar la independencia de Cataluña.

En realidad, la decisión del PSC fue una solución consensuada para evitar las deserciones de algunos de sus diputados, puestas de manifiesto una vez más dos días antes en una votación de apoyo al referéndum del 9 de noviembre. La consecuencia de todo ello es la constatación de que los socialistas catalanes llevan a cabo su propia estrategia política al margen del PSOE, cuyo flamante secretario general sigue siendo tan incapaz como sus antecesores de poner algo de orden en una federación que desde hace ya años ha abandonado toda disciplina orgánica.

Pero la debacle más que previsible de un partido que siempre concitó el apoyo de las capas obreras catalanas refractarias al nacionalismo no es la única consecuencia de esta deriva independentista del PSC. Lo realmente grave es que abona la incapacidad del PSOE de mantener un discurso nacional y pone todavía más de relieve la irresponsabilidad de Pedro Sánchez, líder de la segunda fuerza política del país, que ha adoptado una posición de equidistancia política entre los que dirigen, fomentan y apoyan la rebelión de la Generalidad, y el Gobierno de Rajoy al que acusan de "inmovilismo".

Entre un PSOE capaz de cualquier traición a los intereses generales para buscar lo que han dado en llamar "un nuevo encaje de Cataluña" y el Partido Popular, que al frente del Gobierno ya ha demostrado su disposición a aumentar los privilegios de los que ya disfruta la administración autonómica catalana a cambio de cierta paz a medio plazo, la defensa de la unidad territorial del Estado y la lealtad de sus instituciones autonómicas depende hoy de formaciones minoritarias, como puso de manifiesto el líder de Ciudadanos en su intervención parlamentaria del pasado viernes. Todo un ejemplo de un político comprometido con la defensa de la legalidad constitucional y de la igualdad de todos los españoles, que los electores catalanes de los dos grandes partidos españoles seguramente no van a olvidar.

El triunfo de la razón
Alejo Vidal-Quadras www.vozpopuli.com 21 Septiembre 2014

La victoria del no en el referendo escocés ha representado un gran alivio para el Gobierno británico, para las instituciones europeas, para los mandatarios de países con problemas de nacionalismos agresivos y para todos aquellos ciudadanos de nuestro continente que desean la paz, la estabilidad y la previsibilidad para sus existencias en este segundo decenio del siglo XXI. Una vez escrutadas las urnas y conocida la voluntad mayoritaria del pueblo septentrional de la Gran Bretaña, han empezado a irrumpir los análisis ex post facto, que, como todo el mundo sabe, nunca fallan porque trabajan sobre la seguridad de los hechos ya consumados. Un punto polémico es si Cameron acertó o no al convocar la consulta y lanzar un arriesgado desafío a los separatistas. A juzgar por la evolución de la intención de voto de las últimas semanas, la operación podía haber terminado en un desastre, dada la rápida progresión de los secesionistas a medida que se acercaba la fecha fatídica del 18 de septiembre. Sin embargo, la disyuntiva que se le ofrecía al inquilino del 10 de Downing Street era o aceptar las exigencias de Salmond proporcionándole más y más instrumentos jurídicos, políticos y financieros para seguir progresando en su senda hacia la disgregación del Reino Unido o plantarle cara con un órdago a lo grande y liquidar sus pretensiones para el resto de su vida pública. La primera opción suponía prolongar el sufrimiento y la zozobra y hubiera terminado sin duda con una llamada a los colegios electorales tarde o temprano. La segunda, preñada de peligro, implicaba el todo o nada, con la evidente ventaja si se imponía la unión de zanjar por completo el asunto.

Los motivos por los cuales el premier inglés decidió jugársela es obvio que se basaron en su confianza en la sensatez de sus compatriotas de más allá de la muralla de Adriano. Era tanto lo que podían perder y tantas las incógnitas que se abrían en caso de que la separación hubiese ganado, tanto el peso de trescientos años de gloriosa historia compartida, tan fuertes los vínculos afectivos, económicos, dinásticos y culturales entre las dos naciones, que su examen objetivo de la cuestión y su instinto le inclinaron por plantar cara al independentismo. Es cierto que al final también se ha comprometido, como le requerían los nacionalistas antes de iniciarse este inquietante proceso, a conceder una autonomía más amplia al Parlamento de Holyrood y a extenderla a los otros tres componentes agrupados bajo la Corona de Isabel II, pero no es lo mismo descentralizar una vez aclarado el tema escocés que manteniendo la tensión centrífuga año tras año. Cameron actúo de acuerdo con el orden constitucional imperante, dentro de la estricta legalidad e imbuido del espíritu deportivo y del fair play característico de su isla. Dichosa la sociedad que llamada a elegir entre el sentimiento tribal y la reflexión serena, entre la baja pasión identitaria y la civilización ilustrada y entre las tripas y el cerebro, escoge guiada por aquello que nos distingue de los chimpancés. Los escoceses pueden sentirse orgullosos de haber contribuido en un momento decisivo del devenir de Europa a un reconfortante triunfo de la razón.

Los nacionalistas insaciables y el adiós de Salmond
José Antonio Zarzalejos El Confidencial 21 Septiembre 2014

“El dinero y no la moral es el principio de las naciones fuertes”. Thomas Jefferson, presidente de los Estados Unidos

El nacionalismo que no logra para el territorio en el que está implantado su estatalidad y se desarrolla en entidades autonómicas o regionales, jamás puede expresar su conformidad con esa situación jurídica y política que considera subalterna e injusta. La satisfacción en el nacionalismo carecería de sentido porque dejaría de ser lo que es: una constante reivindicación. De ahí se deriva la creencia de que los nacionalismos son insaciables, de que aspiran al privilegio mucho más que a la mera diferencia y conviven mal con sistemas políticos estatales compuestos, sean autonómicos o federales. Por fin, suele vincularse el nacionalismo a un afán meramente materialista en línea con la famosa frase de Jefferson que encabeza este post.

Es posible que este planteamiento tenga parte de razón. Pero no la tiene toda. Y, especialmente, es un planteamiento bastante estéril. El tratamiento de los nacionalismos secesionistas no es homogéneo porque está en función de las diferentes legalidades constitucionales. Hay Estados divisibles (Canadá y el Reino Unido, por ejemplo) y otros que no lo son por pacto constitucional (caso de España, Francia o Alemania). El hecho de que Quebec haya decidido hasta dos veces en referéndum su preferencia por seguir en Canadá y que el jueves los escoceses hayan apostado holgadamente por continuar en el Reino Unido no implica que el Estado español deba autorizar una consulta no vinculante en Cataluña. Nuestro marco constitucional es diferente al canadiense y al británico y la democracia no consiste sólo en votar sino también en respetar la legitimidad de las leyes y de los procedimientos en un Estado de Derecho.

El hecho de que Quebec haya decidido hasta dos veces en referéndum su preferencia por seguir en Canadá y que el jueves los escoceses hayan apostado holgadamente por continuar en el Reino Unido no implica que el Estado español deba autorizar una consulta no vinculante en CataluñaSin embargo, cuando los nacionalismos en determinadas fases históricas adquieren fuerza y, sobre todo, se expansionan sobre grandes sectores de la población como está ocurriendo en Cataluña y como ha ocurrido en Escocia, el cumplimiento de la ley es una condición necesaria pero no suficiente porque no se crea sólo un conflicto que pueda resolverse con la mera aplicación de las normas sino que exige de la acción política.

La negativa a asumir que tenemos en Cataluña un problema político es simétrica a la de los secesionistas a admitir que la ley no puede relativizarse mediante su sustitución por una reiterada apelación a la voluntad política. Hay que aplicar la ley y hay que hacer política. Las dos cosas a la vez. Y la política requiere plantear reformas que, aunque no vayan a saciar a los secesionistas (eso nunca ocurrirá), sí desagregará del separatismo a cientos de miles de ciudadanos que se unen a él por falta de alternativas.

Si Cameron, Miliband y Clegg no hubieran formulado el juramento (The Vow) de proceder a una devolución de poderes a Escocia si se mantenía en el Reino Unido, seguramente el resultado del referendo hubiera sido muy diferente. En Canadá, si no se hubiese dictado una Ley de Claridad con condiciones estrictas a la posibilidad de una secesión, seguramente no habrían transcurrido casi 20 años, desde 1995, sin nuevos intentos de consulta separatista. Es cierto que en ambos países se sigue hablando del Neverendum, contracción del never (nunca) y end (fin), esto es, de la posibilidad de que vuelva a ponerse sobre la mesa una consulta independentista, pero eso dependerá -como ha ocurrido en Canadá con Quebec- de la calidad de los acuerdos a que se llegue y a los mecanismos de preservación de la unidad que se pacten.

El intento vasco y el proceso catalán
En España el nacionalismo vasco hizo su particular intento en 2005 planteando una Comunidad Libre Asociada con España. Fracasó y han transcurrido diez años sin que se vuelva a plantear. Ahora estamos con el proceso soberanista en Cataluña que ha fracasado, aunque persista la energía secesionista en niveles altos, aunque -como se ha demostrado en Escocia- nada hay peor para el separatismo que la movilización de los silenciosos. Y en Cataluña, los hay y muchos.

Ahora bien: la dimensión de la reivindicación de Cataluña -dando por supuesto que la consulta no se puede celebrar y que el Estado español se ha pactado constitucionalmente como indivisible- emparenta, en cuanto a las soluciones de fondo, con Escocia y aun con Canadá: exige el pacto, la remoción de los acuerdos de la convivencia. Intentemos un Senado territorial con competencia legislativa exclusiva y una cámara para acuerdos horizontales en las políticas del Estado; intentemos la definición de las grandes líneas de financiación autonómica en la Constitución introduciendo, además de la solidaridad, la ordinalidad; intentemos establecer una cláusula de atribución de competencias del Estado; introduzcamos mecanismos de coordinación y de libertad en políticas varias y, sobre todo, demos autonomía interna -reduciendo la expansión normativa del Estado- en las comunidades exigiéndoles autorresponsabilidad política y financiera. Y asumamos la diferencia -no el privilegio- en aquellos extremos en los que sea razonable.

Los recalcitrantes seguirán siendo insaciables y les rondará permanentemente el neverendum pero serán muchos menos de los que ahora son, o creen serlo, como lo demuestra Escocia o Quebec. Si la política en Cataluña entra en juego, sin merma de la ley, el número de insaciables será menor. Esto es lo que tiene la convivencia en democracia: que hay que estar en un tira y afloja permanente, en un partido constante. Lo cual es soportable si se basa en un compromiso de lealtad. Por eso, cuando el proceso soberanista en Cataluña ha fracasado -y no es probable un desacato o una desobediencia civil- habrá que preguntar al nacionalismo si está dispuesto a renegociar con una sola condición: la intangibilidad del Estado. Nada nuevo. Se trataría de copiar la inteligente fórmula de compromiso alemana, que dispone del federalismo más eficiente de Europa.

En este contexto, la dimisión de Salmond no es por fracaso sino, entre otras razones, por respeto al alineamiento entre las expectativas generadas y las realidades. Se trata de una cultura política que no es la nuestra -por desgracia- y que remite a una concepción muy determinada de cómo debe sopesarse el compromiso entre dirigentes y electores. El ministro principal de Escocia, además, no quiere estar en la negociación de la devo-max y busca un refresco generacional para un SNP que, quizás como le ocurrió al partido quebequés después de 1995, tenga muy difícil repetir hegemonía en el futuro inmediato. No se tome al nacionalismo por menos de lo que es: en Escocia su líder ha sido hábil y, ahora, al marcharse sin exigencia de que lo hiciera, demuestra que es inteligente. Una muestra evidente de que el nacionalismo perspicaz sabe sacrificar a sus peones más valiosos. Algo que en Cataluña ya no es posible porque Artur Mas ha llevado las términos de su envite a un callejón sin salida. Importa ya poco si sigue o si se va.

¿Un cambio radical? ¡Sí, gracias!
Juan Laborda www.vozpopuli.com 21 Septiembre 2014

La actual crisis sistémica no solo no ha terminado sino que la probabilidad de una reactivación, continuación y profundización en la misma es cada vez mayor. Ello supone un auténtico problema que va más allá de la asfixia y miseria que se está infligiendo a las vidas de millones de personas. Después del fracaso más absoluto de la ortodoxia, de quienes aún a fecha de hoy no saben que el dinero es endógeno, de aquellos que desconocen que primero es la inversión y luego el ahorro, ¿qué herramientas disponemos para hacer frente a esta nueva crisis?

Sólo hay una opción posible, reestructuración de la deuda global, y reordenación, a costa de gerencia y acreedores, de quien la concedió, el sector bancario. Necesitamos además inversión productiva urgentemente, pero ésta solo es posible mediante el desarrollo de un vasto programa de inversión en infraestructuras global por parte del sector público, que sirva de arrastre y de señal de reactivación de una inversión productiva privada que está en parada cardiorrespiratoria. La política monetaria y la devaluación salarial han fracasado. El progreso tecnológico actual es insuficiente. Necesitamos recuperar a los clásicos, a Michal Kalecki, ¡ya!

Buscando el catalizador
Para identificar la reactivación de la actual crisis sistémica tenemos que conocer las condiciones actuales. Aunque no sabemos qué es lo que van a hacer los agentes económicos, y qué eventos se producirán en un futuro cercano, sí que podemos discernir la topografía y el paisaje futuro. Lo primero que debemos tener en cuenta es que, de nuevo, la próxima será otra crisis de deuda. La deuda es otra vez la moneda de curso legal y el mecanismo de financiación global. La diferencia es que ahora ya se ha esparcido alrededor del planeta.

La desinformación y la mentira, difundidas por las élites políticas y económicas, y jadeadas a través de sus voceros mediáticos, se han convertido en la moneda de curso legal. La carga de la deuda soberana de la mayoría de las naciones al comienzo de la actual crisis no estaba fuera de control. Solamente después de que los bancos sistémicos quebraran y se rescataran con dinero de los contribuyentes, la deuda pública empezó a ser un grave problema.

En casi todos los países de la OCDE la deuda sobre el PIB se mantenía a niveles razonables, e incluso en algunos casos bajando, antes de que los bancos fueron rescatados. Posteriormente, cuando se rescató a los bancos con dinero de los contribuyentes más que se duplicó. Esta es la realidad, en lugar de la propaganda de lo que pasó y por qué.

La repentina explosión de la deuda soberana europea es el resultado directo e indiscutible de que la mayoría de los partidos políticos del "establishment" decidieron que se salvaguardase su propia riqueza personal y las de sus amiguitos del alma. Nos referimos a aquella correspondiente al 10% más rico, que poseen la mayor parte de su riqueza en productos financieros, y que se hubiese evaporado en un colapso bancario. Por eso el rescate de los bancos privados, acumulando sus deudas pendientes de pago a costa de las arcas públicas.

Así que sea cual sea el desencadenante de la próxima crisis, nuestros políticos deberían ser conscientes que cualquier solución que quiera mantener de nuevo la riqueza y el poder de la superclase ya no es posible. El volumen de deuda soberana hace inviable querer trasladar de nuevo el problema a la ciudadanía.

Cambio radical
Sin embargo es necesario un cambio radical. Mientras el 1% de la superclase está pensando en su futuro, muchos del restante 99% siguen paralizados, en estado de shock. Se les ha dicho una y otra vez que no es posible ningún cambio radical en nuestro sistema financiero y político actual, y si se intenta sólo traería el desastre sobre nosotros.

Lo importante para ese 1% es que la dirección de cualquier cambio les beneficie de nuevo a ellos y que el resto de la gente ni se dé cuenta de lo que está sucediendo. Y eso hasta ahora ha funcionando. La buena noticia, sin embargo, es que cada día el número de personas que realmente creen en la propaganda del "Totalitarismo Invertido", descrito magistralmente en 2003 por el profesor Sheldon Wolin, es menor. Además, la mayoría de aquellos que lo hacen es por miedo. Hay que perder el miedo, reactivar la movilización cívica y política. Es vital una mayor implicación de la ciudadanía que poco a poco vaya abandonando y marginando a unos medios de comunicación cada vez más concentrados y aduladores con el poder.

Desde un punto de vista económico, el nuevo pensamiento que va emergiendo debe tener muy claro que la continua aplicación de regulaciones, o re-regulaciones a favor de la movilización del capital es una constante histórica, que desdice la visión ingenua que alude a los problemas de codicia desatada para explicar la actual crisis. Por ello cualquier ejercicio de prospectiva debe tener en cuenta las posibles estrategias de las clases dominantes y las configuraciones históricas que dan forma operativa y real a los intereses de las elites. Éstas siguen pensando que aún puede continuar extrayendo rentas especulativas, aprovechando los escenarios de geoescasez energética y alimentaría, y diseñar, a espaldas del poder democrático, nuevas arquitecturas financieras globales. Esperemos que esta vez, sin embargo, por el bien de todos, y el de ellos, ni lo intenten.

El plebiscito escocés: una falsa solución
No ha sido un suceso netamente nacionalista fruto de una verdadera aflicción identitaria, sino consecuencia de una crisis que en Europa dura ya demasiado, y para la cual los gobernantes europeos no han sabido, o no han querido, tomar las decisiones correctas, porque hacerlo llevaba aparejados costes demasiado elevados para ellos y sus partidos.
Javier Benegas www.vozpopuli.com 21 Septiembre 2014

El pasado jueves 18 de septiembre, la vieja y escarmentada Europa, siempre temerosa de esa detonación que desencadene una fractura territorial en cadena, suspiró aliviada al conocer que el 55,3% de los escoceses había dicho no a la secesión y el Reino Unido permanecería unido, al menos de manera formal.

Sin embargo, el hecho de que el voto contrario a la secesión fuera mayoritario en aquellas regiones de Escocia donde el nivel de renta es mayor y donde los pensionistas son más numerosos, apunta a una victoria de la prudencia, no de la convicción. Y por más que el triunfo de la unión frente a la división haya inspirado titulares grandilocuentes, en realidad no ha habido en el voto unionista grandes ideales a los que aferrarse, como tampoco los ha habido en un gran número de escoceses que votaron a favor de la secesión. Lo que finalmente ha prevalecido ha sido el sentido común de una mayoría que no ha querido jugárselo todo por un sueño lleno de incertidumbres. Y es que para muchos escoceses “jugar” a la independencia era una forma de demostrar su creciente desafección hacia las élites de Westminster.

Así pues, el referéndum escocés no ha sido un suceso netamente nacionalista fruto de una verdadera aflicción identitaria, sino consecuencia de una crisis que en Europa dura ya demasiado, y para la cual los gobernantes europeos no han sabido, o no han querido, tomar las decisiones correctas, porque hacerlo llevaba aparejados costes demasiado elevados para ellos y sus partidos. Y cuando las crisis se prolongan en el tiempo, las sociedades dejan de percibirlas como coyunturales y se instalan en el convencimiento de que su mala situación no mejorará, ni siquiera a largo plazo. Surge entonces en las personas el sentimiento de que el sistema les ha negado lo que es suyo por derecho y que de alguna manera han sido engañadas. Y miran con creciente simpatía a los movimientos nacionalistas y populistas, con la esperanza de que una instituciones locales y cercanas, y en teoría controladas por el pueblo, mejorarán su mala situación. Por eso los defensores de la secesión de Escocia basaron su campaña en una gestión mucho más cercana y magnánima de los recursos públicos, prometiendo, en definitiva, más Estado de bienestar.

Esa fiesta democrática, que, dicen, ha sido el referéndum escocés, no ha resuelto el problema sino que sencillamente ha cambiado su formulación y, acaso, lo ha aplazado. De hecho, el líder independentista Alex Salmond, según presentaba su dimisión tras la derrota del sí, avisaba que “para Escocia, la campaña continúa y el sueño no morirá”. Advertencia que, a la vista del elevado porcentaje de votos a favor de la secesión, no hay que menospreciar.

Por otro lado, el Primer Ministro David Cameron deberá ceder importantes cuotas de poder al Parlamento de Holyrood, puesto que, ante el peligroso avance del voto secesionista, los tres principales partidos británicos con representación parlamentaria se comprometieron a ceder competencias a Escocia en vísperas de la celebración del referéndum. Y ahora el Gobierno de Londres tendrá que cumplir lo prometido y traspasar a Edimburgo importantes competencias tributarias y sanitarias. Y por si esto no fuera suficiente, para evitar agravios comparativos, Cameron también deberá acelerar nuevas transferencias a Gales, Irlanda del Norte y las regiones de Inglaterra, lo que sumado a lo anterior será el colofón a un proceso de descentralización sin precedentes en el Reino Unido.

En definitiva, el referéndum de Escocia, lejos de ser el punto y final al problema territorial, ha abierto la puerta a la política del “café para todos”, que, como bien sabemos por estos pagos, además de anular una de las mayores ventajas de los grandes Estados, tal cual es la economía de escala, crea poderosas élites locales, multiplica exponencialmente la relaciones clientelares y dispara los costes administrativos, amén de socavar el poder del gobierno central hasta cotas alarmantes.

Dicho todo lo anterior, no es posible concluir sin añadir que ya quisiéramos en España tener un Gordon Brown, quien, con todos sus defectos, ha hecho una campaña inmensa a favor de la unidad. Ejemplo palmario de esa otra izquierda europea que, al contrario que la española, tiene determinadas cuestiones de Estado no ya meridianamente claras sino insertas en su ADN.

Escocia: no confundir el triunfo del 'no' con la derrota del independentismo
CASIMIRO GARCÍA-ABADILLO El Mundo 21 Septiembre 2014

¿Han desaparecido nuestros problemas con la clara victoria del 'no' en el referéndum de Escocia? ¿Será suficiente ese jarro de agua fría al independentismo para congelar las pretensiones secesionistas de Artur Mas y Oriol Junqueras?

Quien piense que la derrota de Salmond -¡qué ejemplo le ha dado a Mas con su dimisión!- es la vacuna definitiva contra los movimientos nacionalistas que ponen en peligro el proceso de construcción europea se equivoca.

Londres ha ganado tiempo. La UE ha ganado tiempo. Nada más.

Lo que ocurre en Escocia, como lo que está pasando en Cataluña, es la confluencia de un proceso de rechazo a la globalización, a la uniformidad en busca de la identidad propia, con el hartazgo hacia las políticas de recortes obligadas por una durísima recesión económica. Si a ese gran reto político le añadimos una gestión política desastrosa, caracterizada por la soberbia, el desprecio hacia lo que piensan los jóvenes y la ignorancia sobre la trascendencia de las redes sociales, entonces tendremos una explicación del auge del independentismo.

Una parte importante de los votantes del sí en Escocia (1,6 millones) no ha acudido a votar por razones históricas o culturales, lo ha hecho porque está cansada de la supremacía de Londres, porque creía que votando sí le daba una patada a los conservadores de Cameron, y porque creía que, separándose del Reino Unido, iba a vivir mejor.

Con los procesos secesionistas pasa como con las encuestas de valoración de los líderes políticos. El rechazo une más que la simpatía. Por eso Rajoy sale tan mal parado.
Eso lo saben Mas y Junqueras, y por eso han diseñado un modelo en el que suman apoyos que nunca tendrían de otra forma.

Es un proceso trampa, en el que muchos ciudadanos -y algún partido, como el PSC- han caído con candidez o cobardía. Los socialistas catalanes no recuperarán nunca su crédito si actúan como lo hicieron en la votación del viernes pasado.

El argumentario nacionalista parte de un razonamiento tan simple como engañoso: la democracia es votar, los catalanes tienen derecho a decidir su futuro.
Esa lógica llevaría al absurdo de que los ciudadanos del barrio de Sarrià, en Barcelona, pudieran decidir, por ejemplo, sobre los impuestos que pagan o cómo gastarlos.

Como bien saben Mas y Junqueras, enfrentar la legalidad a la democracia tiene muchos riesgos. La ahora alabada democracia británica no tuvo empacho en mandar su ejército a Irlanda del Norte o en suspender su autonomía (decisiones llevadas a cabo por conservadores y laboristas), sin que nadie cuestionara la legitimidad de tales medidas.

Un Estado que incumple las leyes acaba siendo un Estado fallido. Ese es el gran error de Mas y Junqueras en comparación con Salmond.
El líder del SNP ha actuado de acuerdo con la legalidad, entrando por la puerta abierta por el primer ministro británico.
De hecho, el referéndum no era la opción favorita de Salmond.

Esta semana, el presidente de Iberdrola, Ignacio Sánchez Galán, que conoce bien al líder nacionalista (su empresa tiene una fuerte implantación en Escocia), me contó que, durante una cena compartida por Patxi López e Iñigo Urkullu, Salmond confesó que su deseo era lograr un nivel de autonomía parecido al del País Vasco.

Y, de hecho, esa fue su oferta al Gobierno británico, que la rechazó sin contemplaciones, como la posibilidad de incluir en el referéndum una tercera alternativa: el aumento de las cotas de autonomía.

Cameron, cegado por las encuestas que hace dos años daban a los unionistas una holgada victoria, pensó que la mejor forma de no hacer concesiones era echar el órdago del referéndum para que los nacionalistas se callaran para siempre.

Pero Londres, con la victoria del no, lograda en los últimos días, apelando al miedo, en esfuerzo conjunto de conservadores, laboristas y liberales, sólo ha ganado tiempo.

Ahora viene la gestión del posreferéndum. En primer lugar, Cameron tendrá que ceder amplias competencias en gestión de impuestos y capacidad de gasto social, lo que reducirá el margen de maniobra del presupuesto británico.

Ni Gales, ni Irlanda del Norte, ni siquiera Inglaterra van a permanecer inmóviles ante ese movimiento descentralizador. Como ocurre en España, todas querrán los mismos niveles de autonomía, y, finalmente, Escocia querrá más que Gales, porque en Gales los nacionalistas son una ínfima minoría, lo que, a su vez, llevará a que el nacionalismo crezca en Gales.

La nueva Ley de Consultas aprobada el viernes por el 78% del Parlament, junto con el decreto aún no publicado, será recurrido por el Gobierno, y el Constitucional suspenderá de oficio el referéndum convocado para el 9 de noviembre.

Mas puede hacer alguna tontería, sacando algunas urnas a la calle, o aceptar el resultado convocando, a renglón seguido, elecciones anticipadas, opción que parece la más probable.
Ocurra lo que ocurra el 9-N, el Gobierno de España tendrá un problema que gestionar: un porcentaje importante de catalanes quieren la independencia.

Como en Escocia, en Cataluña el independentismo está hinchado por los descontentos y los que piensan que separándose de España van a estar mejor que ahora.
La ley es un instrumento de la política, pero no es la política.

Como en Escocia, en Cataluña, si queremos que el independentismo no termine ganando la partida, hay que hacer política, política de altura.
El inmovilismo es la peor receta para solucionar un desafío como al que nos enfrentamos.

El cumplimiento de la ley -no hacerlo sería prevaricador- debe conjugarse con altas dosis de pragmatismo.
Los pasos a dar tienen que ser sólidos y gozar del mayor grado de consenso político posible.

Por ejemplo, afrontar una reforma constitucional, que podría ser una vía de solución, debe hacerse sobre la base de un acuerdo con el principal partido de la oposición, como mínimo. Hay que tener en cuenta que una clave del éxito del no en Escocia ha sido la posición unida de los grandes partidos: conservador, laborista y liberal.

Pero eso no es todo. El aumento del voto independentista tiene que ver también con las políticas de ajuste y con la marginación que sufren los más jóvenes.

Si queremos que una mayoría de catalanes o vascos quiera seguir unida a España, tenemos que involucrarles en el proyecto. Tenemos de dejar de ser los aguafiestas del no para defender el sí a un futuro en el que, unidos, a todos nos irá mejor.

Vencedores y vencidos
Fermín Bocos Estrella Digital 21 Septiembre 2014

Escocia seguirá siendo británica, pero tras el referéndum hay vencedores y vencidos y nada volverá a ser igual ni en la vida social escocesa ni en las relaciones entre Escocia e Inglaterra. A pesar del triunfo del "no" a la independencia: 55,30% frente al 44,70% partidario de la secesión. Y a pesar del compromiso de Alex Salmond (el líder independentista), de no volver a exigir una consulta hasta dentro de 20 años, el resultado habla a las claras de una sociedad dividida: dos millones de partidarios de seguir en el Reino Unido frente a más de un millón seiscientos mil que querían la independencia. Dividida como no lo estaba hasta que la semilla de la discordia -que es el germen de la ideología nacionalista- no encendió la imaginación muchos que nunca antes habían pensado en la independencia. En la independencia como panacea para todo y con el petróleo del Mar del Norte como maná. Que haya sido un referéndum pactado y que se haya desarrollado pacíficamente no quiere decir que no haya dejado en el aire el polen de la desconfianza entre gentes que, hasta hace un par de años -salvo una minoría-, ni habían sentido la necesidad de reafirmar sus señas de identidad ni vivían de manera traumática la pertenencia a ésa unidad supranacional que durante trescientos años ha sido el Reino Unido de la Gran Bretaña e Irlanda del Norte.

Es verdad que en esa unión Inglaterra siempre fue el pariente rico, circunstancia que explica el menor desarrollo de Gales y Escocia. En Escocia acostumbran a ganar los laboristas, pero dado lo exiguo de la población (poco más de 5 millones respecto de los más de 53 que tiene Inglaterra), su peso político en el Parlamento de Londres es reducido y esa circunstancia se refleja en todos los órdenes: desde estar a la cola en materia de inversiones a la parva capacidad (hasta la fecha) de autogobierno. David Cameron el "premier" británico -a quien no le llegaba la camisa al cuello hasta que conoció, ya de madrugada, el resultado de la votación- se ha comprometido a mejorar todas las escalas de transferencias de poder en la relación Londres-Edimburgo. Incluida la administración fiscal. Visto lo que hemos visto, tengo para mí que para una parte de los escoceses ya nada será suficiente.

Ni aunque les dejaran administrar en exclusiva los recursos del petróleo del Mar del Norte o a los seguidores del SNP (el partido de Salmond) les dieran la satisfacción de cerrar la base de submarinos nucleares de Faslane, una de sus reclamaciones permanentes. La crisis económica y las políticas de austeridad impuestas por el Gobierno Cameron también han generado un rechazo del que, probablemente, se han nutrido las filas de los partidarios del "sí" a la independencia. Todo aquél que mantiene un agravio contra el Estado o contra el entorno ha encontrado un aliviadero en la consulta. Los secesionistas han vivido una aventura que se salda en frustración por el momento.

El referéndum ha tenido vencedores y vencidos, pero la Historia nos enseña que todo aquél que prueba un referéndum, repite. Ya digo, nada volverá a ser igual en el país de las "Highlands". El nacionalismo es un sentimiento ajeno a la razón que por estar basado en la exaltación de lo propio y el denuesto o incluso el odio al vecino, solo culmina su sueño cuando consigue plantar frontera y tener rancho aparte. Tenemos ejemplos muy cerca, en nuestra propia casa.

COMUNICADO DE PRENSA

La Asociación por la Tolerancia ve la campaña de persuasión puerta a puerta de la ANC como una forma potencial de identificación de ‘desafectos’ y una amenaza a la privacidad
Asociación por la Tolerancia 21 Septiembre 2014

La Asociación por la Tolerancia manifiesta su preocupación por la campaña de persuasión puerta a puerta por la independencia anunciada por la organización ANC para la que pretende reclutar a 100.000 voluntarios. Esta campaña es una intromisión inaceptable en la privacidad de los ciudadanos, constituye una evidente coacción a domicilio contra la convivencia y ahonda de manera irresponsable en la fractura social que se vive en Cataluña. La alarmante iniciativa de la organización ANC se suma a los episodios vividos recientemente como las marchas nocturnas de antorchas, una escenografía típicamente hitleriana, el encuadramiento milimétrico de multitudes, donde el individuo se despersonaliza y subsume en la masa obediente en detrimento de su percepción crítica de la realidad, o los continuos llamamientos al desbordamiento del marco legal vigente.

El efecto más pernicioso de esta nueva estrategia es, inevitablemente, la identificación por parte de los agentes voluntarios de ANC de aquellos ciudadanos que no quieran recibirlos en su propio domicilio o discrepen del mensaje difundido, por esta razón recomendamos a todos aquellos que no quieran someterse a su presión adoctrinadora que oculten sus datos personales expuestos a la vista en los buzones de correo para dificultar la hipotética elaboración de un censo de disidentes, contrarios a la independencia, y para evitar, acaso, posteriores represalias.

La Asociación por la Tolerancia invita a la organización promotora a que reconsidere la oportunidad de su campaña intimidatoria, al tiempo que insta a los representantes institucionales y políticos (cargos electos, partidos, favorables o no a los postulados de ANC, Síndic de Greuges, etc.) a que disuadan a la citada organización de perpetrar tan inaudito acoso a domicilio a la ciudadanía de Cataluña.

Eduardo López-Dóriga
Presidente de la Asociación por la Tolerancia
Barcelona, a 16 de septiembre de 2014

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¿Alivio en Bruselas? El 'no' escocés no consigue aplacar la tensión nacionalista que recorre Europa

Realmente, no son tantos los territorios europeos que afrontan una admonición independentista inminente: Flandes y Cataluña. Una llama que no se apagará tan fácilmente, debido al desenlace escocés en las urnas. Les sigue un País Vasco en ‘calma chicha’ y, muy de lejos, esa fábula llamada Padania. Córcega aspira a menos autonomía que la de las CCAA. Escocia preocupó tanto al PP que esta semana ha sido muy intensa para sus eurodiputados en Estrasburgo.
Pablo García (Bruselas) www.vozpopuli.com 21 Septiembre 2014

Realmente, no son tantos los territorios europeos que afrontan una admonición independentista inminente: Flandes y Cataluña. Una llama que no se apagará tan fácilmente, debido al desenlace escocés en las urnas. Les sigue un País Vasco en ‘calma chicha’ y, muy de lejos, esa fábula llamada Padania. Córcega aspira a menos autonomía que la de las CCAA. Escocia preocupó tanto al PP que esta semana ha sido muy intensa para sus eurodiputados en Estrasburgo.

“Aquí, ni referéndum como en Glasgow ni manifestaciones masivas como en Barcelona”, resume el semanario belga Le Vif. En Bruselas se siguió con interés desde el jueves el desenlace del referéndum sobre la independencia de Escocia (55% de votos negativos), pero esta ciudad con 85% de residentes francófonos no solo es la capital europea y de la OTAN, sino también la de Flandes. Y del Gobierno Federal, que está a punto de formarse y que por primera vez va a contar con un solo partido francófono, por tres flamencos. Y estará liderado por el N-VA, independentista.

Cuidado: todo en Bélgica es complejo. En Flandes solo el 15% es independentista, pero una abrumadora mayoría quiere asumir más competencias (¡como los escoceses, y probablemente los catalanes!) Así que el plan del líder del N-VA, Bart de Wever, es el siguiente: dado que tanto el gobierno flamenco como el que se está negociando para el país tienen un sesgo conservador, cristiano y liberal, la idea es obligar a la francófona Valonia (dominada por los socialistas) a asumir competencias aunque no las quieran, para evitar, por ejemplo, futuros recortes. Así avanza Bélgica hacia la confederación.

Claro que, los flamencos constituyen el 60% de la población y los catalanes el 20%. Así, no es raro que el espejo de Artur Mas sea Escocia (7% de la población del Reino Unido), especialmente ahora, tras la derrota del sí: por un lado, Alex Salmond y David Cameron pactaron un referendo dentro de la ley, como pretende el dirigente catalán, y por otro Westminster se verá abocado ahora a cumplir lo que prometió a la desesperada en la recta final del plebiscito y transferir más competencias a Escocia (pero también a Gales), incluyendo una casi plena autonomía fiscal. Una concesión que se parece mucho al concierto fiscal que persigue Mas, el principal aspecto negociable que podría desactivar la consulta catalana, según ha expresado en alguna ocasión el propio dirigente.

Significativa es la cautela que se mantiene en el País Vasco sobre el tema: región pacificada desde el final de ETA y sin mucho que negociar debido al aforamiento que blinda las competencias vascas, declaraciones como las del lehendakari Urkullu (“Escocia marca el camino a seguir”) están medidas a cuentagotas y suenan, por el momento, como un brindis al sol antes que como desafío al poder central. Las palabras de un portavoz del PNV sobre el pacto escocés son reveladoras: “Es justo el modelo que nosotros defendemos, basado en un acuerdo primero dentro de la comunidad escocesa, nosotros queremos que sea dentro de Euskadi, y después un acuerdo con el Estado para ver cómo superamos el conflicto, la cuestión nacional pendiente”. Bildu apoya trasladar cuánto antes el debate sobre la consulta, frente a la vía pragmática de los nacionalistas vascos.

Más difícil lo tiene la Liga Norte y su Padania en el norte italiano –una región inexistente delimitada por el Río Po que se encaramó desde los años noventa a la cúspide de la política transalpina, y que se basa en un norte trabajador frente a un sur zángano y en políticas ultra contra la inmigración y los homosexuales-. Los italianos del norte, e incluso algunos dirigentes de LN, no están tan convencidos de la independencia padana, por lo que sus proclamas son una cacofonía de críticas a los sureños y de reclamación de más autonomía y de estatutos especiales para Lombardía o el Véneto, mezcladas con soflamas independentistas.

El eurodiputado de la Lega, Mario Borghezio, tiró de épica y la leyenda en un discurso que causaría sorna en España: “Damos la bienvenida a los caballeros escoceses, feroces de su propia identidad, demostrando sus mejores valores en esta hermosa batalla. Una batalla perdida con honor. Mejor una derrota a lo Braveheart que cien años como siervos de los bancos”. La Lega no atraviesa su mejor momento, bajando al 5% de votos en las últimas elecciones (han llegado a superar el 10% concurriendo solo en estados del norte) y corroída como está por decenas de escándalos de corrupción. Pero ya habían pasado antes por momentos malos, y una pérdida de popularidad del Gobierno de Matteo Renzi les permitiría remontar.

Muy lejos del escenario escocés se sitúa Córcega, isla francesa. Tras el referéndum, el alcalde nacionalista de Bastia, Gilles Simeoni, defendió el pragmatismo frente a una salida unilateral. “Un Estatuto que nos diera tanta autonomía como la que Escocia consiguió en 1997 me parecería una solución absolutamente satisfactoria”, declaró Simeoni.

Flandes, pero sobre todo Cataluña. No fue casualidad que Mariano Rajoy fuera de los pocos mandatarios europeos en congratularse de manera tan vehemente y temprana de la decisión de los escoceses de votar no a la independencia. Y es que el asunto ha mantenido en vilo al PP, aunque nadie lo dijera abiertamente: de hecho, el partido ha estado esta semana activo, muy activo, en los pasillos del Parlamento Europeo, cuya sesión plenaria arrancó el lunes en Estrasburgo.

¿El motivo de la hiperactividad? Secundados por dirigentes de UPyD, según algunas fuentes, los eurodiputados han tratado de convencer al mayor número posible de colegas del Partido Popular Europeo (221 escaños) para bloquear la eventual entrada en la UE de una Escocia independiente. La estrategia contó con un aliado improvisado, un movimiento similar de las filas del grupo Socialistas & Demócratas (191 asientos), espoleado por eurodiputados belgas francófonos.

La maniobra, que algunos califican de “precipitada”, ya no tiene ningún sentido, pero es la prueba del miedo a que Escocia inflamara las pretensiones flamencas y catalanas ante la hipotética victoria del yes, augurada por algunas encuestas.

Desde la Comisión Europea, Barroso señaló que el resultado “es bueno para la Europa unida, abierta y fuerte que la Comisión defiende”. Su comunicado, leído por una portavoz, provocó un aluvión de preguntas sobre si la “bondad” del no escocés es aplicable a otros casos, como las citadas Cataluña y Flandes. Hasta una decena de veces la portavoz rechazó esta premisa, lo que hubiera sido del deseo de Rajoy, revela una fuente en representación del Gobierno español en Europa. Pero Barroso no se comprometió.

Más catastrofista fue el comisario en funciones Karel De Gucht sobre el escenario post-referéndum: "Si Escocia hubiera optado por la independencia, habría sido un terremoto político de naturaleza similar al desmembramiento de la Unión Soviética”. De Gucht es precisamente un flamenco que dejará su plaza con la nueva Comisión

Los choques entre Ertzaintza, Policía y Guardia Civil se disparan hasta niveles sin precedentes
Una imagen poco frecuente, agentes de la Ertzaintza y un guardia civil en una operación conjunta desarrollada en un barrio de Bilbao.Una imagen poco frecuente, agentes de la Ertzaintza y un guardia civil en una operación conjunta desarrollada en un barrio de Bilbao. / Luis Calabor
Los rifirrafes y la falta de coordinación entre los cuerpos que operan en Euskadi afectan ya a la seguridad de los ciudadanos
David S. Olabarri | bilbao El Coreo 21 Septiembre 2014

Las "recurrentes" disfunciones y las fricciones que enfrentan desde hace años a los principales cuerpos policiales que operan en Euskadi se han disparado en los últimos tiempos hasta alcanzar "niveles preocupantes y prácticamente desconocidos hasta ahora", según coinciden en señalar mandos de la Ertzaintza y el Cuerpo Nacional de Policía. La explicación a este problema no es sencilla y, de hecho, las causas varían sustancialmente en función de la perspectiva desde la que se enfoque. Pero lo cierto es que las controversias que periódicamente sacuden a las relaciones de la Ertzaintza con la Policía Nacional y la Guardia Civil acaban afectando, de uno u otro modo, a los ciudadanos del País Vasco, que con sus casi 7 agentes por cada mil habitantes tiene uno de los ratios policiales más altos de la Unión Europea. El último ejemplo de las repercusiones que acarrean estos rifirrafes, que se dejan sentir más en las relaciones al más alto nivel que entre los funcionarios, se vivió hace apenas dos semanas en San Sebastián. La descoordinación entre los cuerpos provocaron que dos peligros delincuentes fueran puestos en libertad tras un primer arresto por robo, a pesar de que pendía sobre ellos una orden de ingreso en prisión por secuestro.

No es la primera vez que se produce un fallo de estas características. Pero el día a día está salpicado de enfrentamientos, de mayor o menor calibre, algunos más simbólicos que prácticos, que se han agudizado en los últimos meses. ¿Cómo es posible que se haya llegado a una situación semejante? Un mando policial con cerca de 30 años de experiencia considera que el problema viene de lejos. En concreto, desde que la Ertzaintza comenzó en la década de los 80 su despliegue por los territorios de Euskadi como policía integral y responsable de la seguridad ciudadana. Gran parte de las discusiones de hoy –apunta– se deben a que los mecanismos de coordinación y los protocolos para hacer frente a las disfunciones del día a día no se fijaron con claridad entonces.

Pero estas disputas policiales no han hecho si no agrandarse a raíz del cese definitivo de la violencia de ETA, hace ya casi tres años. Y, sobre todo, desde que se produjo el relevo político en el Gobierno vasco y el PSE cedió el bastón de mando al PNV. En su primera intervención en el Parlamento autonómico, en febrero de 2013, la nueva consejera de Seguridad, Estefanía Beltrán de Heredia, aseguró que reclamará con "firmeza" y "contundencia" el repliegue de la Policía Nacional y la Guardia Civil en Euskadi. Beltrán de Heredia fijó esta cuestión como uno de sus grandes objetivos de la legislatura y adelantó que llevaría esta exigencia al Ministerio del Interior "cuantas veces haga falta" porque, según dijo, el final del terrorismo ha creado la "coyuntura propicia". Para ello, solicitó la convocatoria de la Junta de Seguridad –un órgano de coordinación compuesto por representantes de las administraciones central y vasca al más alto nivel– con el objetivo de que se acuerde la reducción del número de efectivos de las Fuerzas de Seguridad del Estado (FSE) hasta amoldarlos a las competencias que tiene asignado cada cuerpo. El Ejecutivo autonómico ha insistido en esta petición al Ministerio que dirige Jorge Fernández Díaz en numerosas ocasiones bajo el argumento de que las FSE "tuvieron un despliegue excepcional por la necesidad de la lucha antiterrorista". Pero ninguna de ellas ha sido atendida. La última vez que se convocó la Junta de Seguridad, todavía con el PSE en Ajuria Enea, fue para tratar las discrepancias sobre el papel de la Guardia Civil y la Ertzaintza con motivo del paso de la Vuelta ciclista a España por Euskadi.

Algunas fechas
Los choques entre Ertzaintza, Policía y Guardia Civil se disparan hasta niveles sin precedentes

Febrero de 2013.La consejera vasca de Seguridad solicita el «repliegue» de las Fuerzas de Seguridad del Estado. El Gobierno central rechaza su petición
Junio de 2014.La Ertzaintza denuncia interferencias de las FSE en sus competencias y un aumento de los controles.

Agosto de 2014. Mandos de la Policía denuncian el afán por «diferenciarse» de la Ertzaintza que sólo beneficia a los delincuentes.

El Gobierno central ha descartado cualquier posibilidad de acceder al repliegue y ha insistido en que la "Guardia Civil y Policía –que en Euskadi suman unos 4.500 efectivos– tienen sus competencias en todo el territorio nacional". El delegado del Ejecutivo de Rajoy en el País Vasco, Carlos Urquijo, acusó además al Gobierno autonómico de buscar la "confrontación institucional" con este tema.

Desde entonces, el enfrentamiento político –la propia consejera de Seguridad ha acusado al Ministerio del Interior de "menospreciar" a la Ertzaintza– ha repercutido de forma negativa en las relaciones entre los cuerpos policiales, sobre todo entre los cuadros de mando, y ha tenido también consecuencias prácticas en algunas operaciones. Los ejemplos de disfunciones son numerosos. El director de la Policía autonómica compareció en junio en el Parlamento vasco para denunciar "interferencias" de las FSE en sus atribuciones que pueden llevar al "fracaso" de las investigaciones y "sólo favorecen al delincuente". Gervasio Gabirondo habló de problemas concretos que, sin embargo, cambian radicalmente de perspectiva observados desde el punto de vista contrario. Curiosamente, el Gobierno vasco alude al Estatuto de autonomía y a la Ley de Fuerzas y Cuerpos de Seguridad del Estado para justificar la adecuación de efectivos que solicita. Y el Ejecutivo central defiende que los mismos textos legales amparan el trabajo de la Policía y la Guardia Civil en Euskadi.

Marihuana y traficantes
Una de las quejas más recurrentes del Gobierno vasco son los "excesivos" controles antiterroristas en las carreteras, que además se han "disparado" desde que Beltrán de Heredia solicitó el repliegue. La Ertzaintza también se queja amargamente de que las FSE, sobre todo la Policía Nacional, investigan delitos relacionados con el tráfico d e drogas y el crimen organizado "que son competencia de la Ertzaintza" al cometerse dentro de Euskadi. Entre otras actuaciones, se ha protestado por algunas recientes operaciones contra traficantes de marihuana o por la desarticulación por parte de la Guardia Civil en el barrio bilbaíno de Santutxu de una banda que reventaba tiendas de teléfonos en Bilbao, pero que también operaba en localidades de Cantabria. El Ejecutivo de Urkullu dice que las FSE se exceden en sus competencias cuando realizan "inspecciones sobre el personal de empresas seguridad privada" y denuncia que, además, el Gobierno central pone trabas a la Ertzaintza para colaborar con otras policías europeas o para incorporarse al sistema Schengen y otros organismos de colaboración "transfronterizos".

La óptica desde el Cuerpo Nacional de Policía es diametralmente opuesta. El Sindicato Unificado de Policía (SUP) en el País Vasco ha asegurado en varias ocasiones que las únicas interferencias que existen son "políticas". Y el Sindicato Profesional de Policía (SPP), compuesto por mandos, envió en abril una carta al director general del cuerpo, Ignacio Cosidó, en la que pedía que tomen las "acciones oportunas" para acabar con las "disfunciones". Entre otras muchas cuestiones, se quejaron en particular de que la Ertzaintza siga siendo el único cuerpo que "funciona por libre" y no utiliza el sistema de identificación de extranjeros y delincuentes de la Policía, que tiene la competencia absoluta en materia de extranjería. Este fue –insisten– el motivo que los dos peligrosos delincuentes fuesen puestos en libertad hace pocas semanas porque dieron por buena la información que tenían en su propia base de datos y no enviaron sus huellas dactilares para ser cotejadas.

Su voluntad de "diferenciarse" –dicen– se traduce en que la Policía vasca es la única que no quiere integrarse en centros de cooperación nacionales contra el terrorismo y el crimen organizado y "aspira" a participar de bases de datos europeas como si fuese una policía nacional. Mandos policiales también censuran que, en muchas ocasiones, la Ertzaintza "no comparte información" sobre traficantes. "Prefieren detener a pequeños camellos en el País Vasco con un kilo de cocaína antes que avisarnos y detenerles a ellos y también a los grandes traficantes en otra ciudad", aseguran.
 


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