AGLI Recortes de Prensa   Miércoles 22  Octubre  2014

Rajoy y el descontrol del déficit autonómico
EDITORIAL Libertad Digital  22 Octubre 2014

"No se puede gastar más de lo que se ingresa, y sobre el que gaste más caerá el peso de la ley, porque la primera obligación de un responsable político es saber gestionar con lo que tiene y no comprometer el futuro con lo que no tiene". Desde que la vicepresidenta del Gobierno, Soraya Sáenz de Santa María, pronunciara estas encomiables palabras, a inicios de 2012, para justificar la necesidad de la Ley de Estabilidad Presupuestaria, no ha habido un solo año en el que el conjunto de las Administraciones Públicas haya cumplido los objetivos de reducción del déficit a los que se refiere dicha ley. Y eso a pesar de que el Gobierno ha ido modificando permanentemente al alza dichos topes e introduciendo cambios contables del PIB que facilitan enormemente su cumplimiento.

De nada ha servido –salvo para retrasar y debilitar la recuperación económica– que el Ejecutivo popular haya aprobado una brutal subida de impuestos, pues el endeudamiento público ha crecido también a un ritmo y a unas cotas nunca vistos. De nada ha servido que la Ley de Estabilidad Presupuestaria contemplara mecanismos de "vigilancia, sanción e intervención", tal y como el ministro Montoro advirtió en abril de 2012 a los manirrotos gobernantes autonómicos, justo después de incrementarles las transferencias y avalar su endeudamiento mediante los llamados hispabonos. El hecho es que el Gobierno no sólo no ha sancionado –menos aun intervenido– a ninguna de las comunidades autónomas que han incumplido sus objetivos de reducción del déficit, sino que las ha premiado con nuevas transferencias a cargo del Fondo de Liquidez Autonómica y con topes de reducción del déficit más laxos que las que sí cumplieron.

Con estos antecedentes, a nadie debería sorprender que las Administraciones regionales vayan casi a duplicar el tope máximo del 1% fijado por Hacienda para este año, tal y como asegura el último informe del Observatorio Fiscal y Financiero de las CCAA publicado por la Fundación de Estudios de Economía Aplicada (Fedea). Tampoco debe sorprender que entre las comunidades previsiblemente incumplidoras se encuentren muchas de las que sí cumplieron los objetivos el año pasado.

Sin duda, el sistema autonómico adolece de un mal diseño estructural, que permite al gobernante autonómico recoger el beneficio electoral de incrementar el gasto público pero no hacerle responsable del coste de subir los impuestos. Pero si el Gobierno de la nación, además de dejar aparcada su promesa de una "profunda reforma" del sistema autonómico, no cumple ni hace cumplir su propia ley de Estabilidad Presupuestaria, el desastre está servido.

Es posible que este Gobierno tan renuente a poner a adelgazar al sector público pida a las comunidades que suban sus impuestos, tal y como de hecho proponía Montoro hace escasos días. Pero lo más probable es que encubra su fracaso mostrando una hipócrita satisfacción con el nivel de cumplimiento logrado, cosa que ya ha hecho con la misma desfachatez que dice defender la austeridad pública.

El desbarajuste catalán
TONIA ETXARRI. EL CORREO  22 Octubre 2014

· Sin calendario claro. Sin brújula. Y sin liderazgo. Así está actualmente el panorama político catalán por culpa de unos gobernantes que, incapaces de gestionar las dificultades, han ido avanzando hacia la nada, envueltos en una bandera hecha jirones. Desde que Artur Mas anunció el simulacro del referéndum ilegal para el 9-N ha transcurrido exactamente una semana. En el transcurso de estos días, el espectáculo ofrecido por los partidos favorables al referéndum ha sido lastimoso. Si no fuera por las consecuencias negativas que tanta agitación vacía está provocando entre los ciudadanos, se podría considerar que los protagonistas están representando una ópera bufa que, como se sabe, es una derivación musical de la ópera considerada «seria».

Pero de la interpretación de este subgénero no se pueden descartar, siquiera, a los socialistas catalanes. Miquel Iceta, ayer, leía ante los medios una partitura de difícil comprensión para el respetable público. A saber, el PSC, que es partidario de un referéndum legal (y, de hecho, votó en el Parlamento catalán a favor de la ley de consulta mientras decía que esa norma no podía «amparar el referéndum secesionista»), dio una vuelta más al pentagrama: los suyos no participarán en la ficción del 9-N, pero –¡atención!– sus alcaldes cederán los locales para que se celebre la consulta. Tilda el numerito del 9-N de «vodevil», pero él pone el escenario. Una forma de dejar una puerta abierta a posibles alianzas con Artur Mas en un futuro, tal como están sugiriendo desde algunas filas de Convergència y Unió.

A Mas, que ha acusado la soledad (y no es una sensación) en esta semana, le están tentando con propuestas en forma de exigencia. La de los ‘lobbies’ de la ANC y de Òmnium Cultural, que solo esperan ya una convocatoria de elecciones adelantadas. Y la de la propia Esquerra Republicana, que no tiene interés alguno en concurrir a unas elecciones en una candidatura conjunta porque sabe que Mas, en nombre de Convergència o de cualquier otra formación nueva o refundada, solo supone un lastre para los independentistas ‘pata negra’.

El presidente de la Generalitat, una vez marcada la línea roja que no va a traspasar mientras la legalidad le mantenga suspendidas cautelarmente sus iniciativas, quiere ganar tiempo. Hasta el 9-N, de momento. Tras las reuniones que mantienen en las últimas horas, a varias bandas, él sabe que las fuerzas independentistas, aunque no les guste nada la ficción de la consulta que no tendrá ningún valor jurídico, le van a echar una mano. Sobre todo porque le han exigido que, a cambio, convoque elecciones. Por propio interés.

Ayer, Junqueras envió un SMS a Artur Mas diciendo que tienen que seguir hablando. De qué lectura hagan ellos de la movilización ante el sucedáneo de las urnas, dependerán los siguientes pasos. Hablarán de éxito, seguramente, aunque no haya forma legal de controlar censos y votaciones. A partir de ahí, podrán pasar muchas cosas. Pero lo que parece claro es que el 9-N será el primer acto de campaña, aunque no sepamos todavía cuándo va a convocar las elecciones, para qué y con que candidaturas o programas. No cabe más desgobierno. ¿Quid prodest?


Antropología del soberanismo
Fernando Sánchez Costa cronicaglobal.com  22 Octubre 2014

El auge desbordante del soberanismo ha propiciado, a lo largo de los últimos meses, todo tipo de análisis sobre sus causas y evolución. El nacionalismo catalán ha ligado la eclosión independentista a la sentencia del Tribunal Constitucional sobre el Estatuto y a un supuesto maltrato sostenido del Estado hacia Cataluña. De acuerdo a este relato, el soberanismo es un movimiento que proviene de la sociedad civil y goza de una inmensa transversalidad. Desde otras perspectivas, se ha interpretado el fenómeno de masas que vive Cataluña como una forma sofisticada de populismo, como una estrategia política cínica o como el resultado de una gran campaña de propaganda. Recomiendo, en este sentido, la lectura del capítulo con el que Juan Arza y Pau Mari-Klose abren el libro Cataluña. Los mitos de la secesión (Almuzara, 2014).

Pero me gustaría dejar de lado el ángulo habitual de análisis para esbozar una interpretación del soberanismo como fenómeno y síntoma sociocultural. Un fenómeno que puede ser leído como respuesta idealista a la primera crisis económica de la posmodernidad. En este contexto, la independencia se presenta como la oportunidad de construir un país nuevo y de dibujar un futuro renovado. La independencia permite así un nuevo comienzo. Sería la solución drástica a la quiebra del sistema. La independencia ofrece, al fin y al cabo, un horizonte de esperanza para mucha gente. Este es el logos más profundo del movimiento que hay en Cataluña. El Proceso soberanista es, en el fondo, la cristalización y la respuesta a un malestar social, político y antropológico de gran calado, que va más allá de la confrontación política.

El éxito soberanista radica en su capacidad de generar ilusión en un mundo desencantado. La posmodernidad nos ha dejado a la intemperie. Los grandes relatos que han guiado a Occidente durante siglos están, para muchos, caducados. Aunque no me cuento entre ellos, un número significativo de contemporáneos considera que las bases de civilización greco-romanas, la cosmovisión cristiana y el paradigma liberal-ilustrado ya no pueden guiar nuestra trayectoria personal y colectiva. Las trascendencias han sido denunciadas; las grandes narrativas, deconstruídas; las teleologías, anuladas. En consecuencia, la existencia personal ha quedado sin finalidad y sin sentido. El resultado es la angustia vital que describieron los existencialistas. Pero para vivir en el nihilismo hay que tener el carácter trágico y noble de Nietzsche. Y a nuestra sociedad del bienestar solo le gustan un tipo de tragedias: las ajenas.

Ante esta situación cultural, ante este frío antropológico, ¿qué ha ofrecido el soberanismo? Ante todo y sobre todo, sentido. La quiebra de las grandes narrativas nos ha dejado huérfanos. Ante ello, el independentismo ha vuelto a dar razón a la vida y al trabajo de muchas personas. Se levantan, se encuentran y se manifiestan para hacer realidad un sueño. Como ha explicado Roger Griffin, la nación se ha configurado en el mundo contemporáneo como un espacio de transcendencia inmanente y secular. Es un gran objetivo por el que vivir, luchar y hasta morir. En esta línea, la independencia se ha erigido en el punto de fuga que da sentido a la vida de mucha gente. En un mundo sin teleologías ni finalidades densas, la independencia es la clave que da unidad y sentido a las notas dispersas y fragmentadas de muchas biografías.

El independentismo ha ofrecido, también, un gran ámbito de religación y de cohesión social. La posmodernidad se caracteriza por la atomización y la fragmentación de los itinerarios vitales. Por la soledad en medio del barullo urbano. Frente a la soledad existencial, el populismo independentista integra a los ciudadanos en una gran comunidad, que se encuentra, se celebra y lucha junta. Los independentistas han podido saborear en varias ocasiones la experiencia embriagadora de la colectividad en marcha. La sequedad de las relaciones contractuales es sustituida por el calor de la comunidad vibrante. Estamos ante un nuevo intento de superar el individualismo posmoderno acudiendo a la nación como nueva ecclesia. Las marchas ofrecen al sujeto la posibilidad de sentirse rescatado de la soledad y la gratificación de pertenecer a una comunidad que trasciende los propios límites temporales y sociales.

Finalmente, el soberanismo ha logrado despertar la esperanza en muchas intimidades alicaídas. Ortega explicaba que el ser humano vive orientado hacia el futuro. Cuando los proyectos y las ilusiones languidecen, se agosta la vida. Al contrario, cuando hay horizonte de futuro, todo rejuvenece y se revitaliza. Vale la pena analizar los anuncios de la ANC, donde se recogen las esperanzas que los ciudadanos han volcado en el nuevo Estado. El proceso soberanista tiene la garra de los movimientos palingenésicos. Contiene la fuerza de los periodos de nueva creación. Los discursos de sus líderes recuerdan a los que hacían los republicanos a principios de los años 30, cuando la República se presentaba como promesa de “redención” para toda España. También la República fue una metáfora de la esperanza.


¿A qué nos lleva todo lo expuesto? A nivel político, estas reflexiones nos conducen a la conclusión de que, a largo plazo, solo superaremos el soberanismo si logramos que España vuelva a ser un proyecto que ilusione. Tenemos el deber moral y político de repensar nuestro país para proponerlo como relato apasionante y creativo, capaz de generar compromiso. Necesitamos rediseñar el proyecto histórico español y contarlo con una nueva narrativa. En este sentido, me parece muy valiosa la aportación que realiza Juan Milián en su reciente libro El acuerdo del seny. Superar al nacionalismo desde la libertad (Unión Editorial, 2014). Se trata de una lúcida denuncia del bucle discursivo nacionalista, pero, más aún, de una sugerente propuesta para rehacer el proyecto español desde los valores de la tradición liberal más genuina.

Más allá de la valoración política, el movimiento soberanista subraya también un hecho cultural cada vez más patente. Vivimos en una sociedad que tiene hambre de esperanzas. Quien sepa acercarlas se impondrá en la esfera pública. Por encima de nuestras banderas tenemos el reto común de redescubrir fuentes de Esperanza y horizontes de Sentido. Esta vez, escritas con mayúscula, porque todas las esperanzas que empiezan con minúscula acaban como terminará el proceso independentista: disolviéndose en su propio límite.

******************* Sección "bilingüe" ***********************

Corrupción
La mierda
José García Domínguez Libertad Digital  22 Octubre 2014

Como si del portavoz de un gangster de Chicago se tratase, el director de un diario de circulación nacional advierte a sus lectores de que un exvicepresidente del Gobierno de España guarda "patatas calientes" en algún brasero oculto. Al modo de un padrino de la Mafia calabresa, un anciano expresidente de la Generalitat de Cataluña amenaza en pleno hemiciclo a los suyos advirtiéndoles de que, si se mueve el árbol, podrían caer todas las ramas, y no solo una. Luego, el silencio. No se trata de fragmentos aislados de un guión de Coppola. Ocurre, día sí y día también, en España. Aunque solo de un tiempo a esta parte. Y es que la corrupción más o menos consentida, lejos de encarnar una lacra de nuestra vida pública, ha representado desde la Transición la vergonzante garantía de su estabilidad, el sórdido lubricante llamado a garantizar el funcionamiento cotidiano de las instituciones.

A fin de cuentas, patrimonializar las Administraciones sometidas al fuero de los partidos, el genuino programa privatizador que aquí todos suscribían (y suscriben), desde Izquierda Unida y el PSOE a los altivos tecnócratas engominados del PP, conllevaba de modo inevitable la generalización del nepotismo. Al cabo, sin el bálsamo de la corrupción habría sido imposible el asalto de los partidos al aparato del Estado previa demolición sistemática de los cauces objetivos de acceso a lo que alguna vez se había llamado la función pública. Así las cosas, y tal como ha señalado el académico Josep Maria Colomer, la verdadera cuestión no es que ahora haya más casos de corrupción que antes, sino por qué salen más a la luz.

Repárese en el ejemplo paradigmático de Cataluña, una cleptocracia africana desde hace más de un cuarto de siglo que únicamente desde fechas muy recientes ha emergido de las sombras. Por lo demás, no es que exista espíritu regenerador alguno en la vida política nacional. Si los partidos han dado en lanzarse mierda unos a otros, aireando en la prensa vicios secretos antes amparados por una tácita omertà, es porque, tal como sostiene el mentado Colomer, ya no tienen nada más que ofrecer. Desposeído el Estado hasta de la más mínima soberanía económica, atado de pies y manos ante los efectos de la crisis, por entero impotente, apenas les queda eso, la mierda, para competir entre sí por el favor de los votantes. Que siga, pues, el espectáculo.

¿Qué piensan los ciudadanos de la política lingüística?
Mercè Vilarrubias cronicaglobal.com  22 Octubre 2014

Somos muchos los ciudadanos en Cataluña que no estamos de acuerdo con la política lingüística (PL) de la Generalitat. Algunos, como yo misma y otros colegas míos, tenemos la oportunidad de expresar este desacuerdo en artículos y ponencias, de argumentar los errores de la PL y cómo estos podrían subsanarse. Sin embargo, hay muchas personas que, de manera anónima, padecen la PL, sienten rechazo hacia ella o son absolutamente críticos pero sus razones son expresadas en privado.

No es fácil significarse públicamente en este tema, el tema tabú, el tema minado. La lengua es el símbolo por excelencia del nacionalismo y como es sabido, cualquier crítica es rechazada como un ataque al catalán. El discurso nacionalista sobre este tema está muy bien trabado: o se está con ellos o se está contra ellos. O amas el catalán y por ello das apoyo a la PL de la Generalitat o lo odias y por ello cuestionas la PL. Hasta ahora, la crítica razonada ha sido imposible, que es exactamente lo que quieren los nacionalistas.

Las élites políticas y mediáticas nacionalistas son conscientes de que muchos ciudadanos no comparten la PL de la Generalitat pero ello no les preocupa mientras no sean muchos los que se manifiesten públicamente. Que a muchos no les gusta la PL, peor para ellos. Que algunos quieren expresarlo públicamente, que lo hagan; ya se encargará su aparato mediático de desacreditar estas críticas. O, como opción alternativa, se ignora la crítica, se la silencia, no existe. Atacar al discrepante o ignorarle, estas son las dos estrategias nacionalistas para mantener su hegemonía.

Si se trata de descalificar al que discrepa de la PL, los argumentos se centran en la persona que hace la crítica en lugar de en los argumentos. Por ejemplo, si el crítico es castellanohablante, su desacuerdo no es más que una muestra de su inadaptación y su españolismo. Si es un residente extranjero, aunque haga 30 años, pongamos por caso, que vive en Cataluña, el argumento para descalificarle es que no se entera, que no lo entiende, que al no ser de aquí, no puede emitir un juicio racional. Finalmente, si el crítico es catalanohablante, entonces es un bicho raro, un traidor, poseído por una enfermedad llamada auto-odio, la cual es conocida solo en los libros de psicopatología nacionalista. O sea que o eres un inadaptado o no te enteras o estás enfermo. La cuestión es neutralizar la crítica y descalificar al que la emite.

Como consecuencia de este pensamiento único lingüístico, hay muchísimos ciudadanos, especialmente catalanohablantes nativos, persuadidos de que la PL de la Generalitat tiene todas las buenas intenciones del mundo. Es la única manera de proteger el catalán, dicen, y muchos lo creen de buena fe. Es lógico; en 30 años jamás han escuchado un discurso alternativo que les explique que otra PL es posible, que hay muchas maneras de promocionar una lengua minoritaria y que la que ha escogido la Generalitat no es ni mucho menos la más adecuada. Estos mismos ciudadanos son ignorantes de los derechos lingüísticos, de los suyos y de los de los demás. Desconocen también la violencia simbólica que se ejerce sobre los hablantes del español cuando se califica esta lengua como impuesta o forastera en Cataluña, tal y como hacen los libros escolares nacionalistas. Una violencia simbólica que se ejerce especialmente sobre los hablantes del español pero también sobre los catalanohablantes nativos que se consideran bilingües y sienten el español como lengua suya.

Estos ciudadanos que creen de buena fe que la PL pretende lo mejor para el catalán y que no supone ninguna exclusión del español no son conscientes del rechazo que esta PL causa en muchas personas. Tampoco son conscientes de que, en muchos casos, la PL nacionalista consigue lo contrario de lo que busca: muchas personas que en sus inicios hicieron todo lo posible para que el catalán dejara de ser una lengua de segunda, se descolgaron del proyecto una vez fueron conscientes de lo que en realidad estaba en juego. Otros, venidos de otras partes de España o del extranjero, se sintieron al principio atraídos por el catalán y con deseos de aprenderlo pero la PL impositiva del gobierno catalán les fue quitando las ganas y nunca pudieron hacer suya esta lengua. Otros han sido capaces de dar el paso y aprender la lengua y utilizarla pero lamentando profundamente su politización y su imposición. Ciudadanos anónimos que hablan con amigos del tema pero que se guardarán mucho de expresarlo públicamente.

Desde mi punto de vista, ha llegado la hora de tomar la palabra y hablar. En estos tiempos tan agitados, donde los independentistas han ido tan lejos y han emprendido un camino sin retorno del que no sabemos cómo saldremos, ha llegado el momento de hablar y de hablar todos. Por ello, quería hacer partícipes de mi nuevo proyecto a los lectores de Crónica Global.

Este proyecto consiste en recoger testimonios de personas que están en desacuerdo, padecen o sienten rechazo ante la PL de la Generalitat. ¿Cuáles son sus razones, cómo se sienten, qué relación tendrían con el catalán si las cosas fueran distintas? ¿Cuál ha sido su historia personal con el catalán? ¿Qué es lo que les duele más de la PL? ¿Es posible llegar a amar una lengua cuando tu lengua materna está siendo tratada peyorativamente? ¿Es posible hacer tuya una lengua politizada? ¿Sienten a veces que hablar en castellano en ciertos sitios será mal visto? ¿Piensan que tendrían más oportunidades si fueran catalanohablantes natos? ¿Se sienten ciudadanos de segunda lingüísticamente hablando? Los catalanohablantes nativos críticos ¿sienten vergüenza e incomodidad frente a la PL? ¿Se sienten traidores si expresan su disgusto? Y para todos, ¿qué PL deberíamos poner en práctica para lograr el respeto a los derechos lingüísticos de todos? ¿Cómo podríamos invitar a los hablantes de otras lenguas a hablar catalán en lugar de obligarles a hacerlo?

Así, me gustaría contactar con personas que quieran hablar sobre este tema desde un punto de vista personal. Mi idea es, en un principio, recoger un buen número de testimonios y más adelante, considerar qué formato dar a todas estas experiencias y opiniones. Puede ser un libro o un blog o alguna otra forma de expresión. Ello va a depender de los testimonios y de considerar una vez reunido el material, el mejor medio para hacerlo públicos.

Muchas veces he pensado que si hay un cambio en las mayorías políticas en Cataluña y tenemos la suerte de que finalmente haya un gobierno no nacionalista, entonces saldrán a la luz muchos testimonios de personas que han sufrido la PL de la Generalitat. Y que esto sería una gran sorpresa para muchos ciudadanos moderados e independentistas de buena fe, a los que nunca se les ha pasado por la mente que, de la misma manera que ellos exigen respeto a su lengua materna, el catalán, también deben comprender que otros pidan respeto para la suya, sea ésta el español u otra. No sabemos cuándo va a haber este cambio político y nada indica que sea próximo sino más bien todo lo contrario. En consecuencia, creo que no es necesario esperar, que podemos hacerlo ahora aunque nos sigamos encontrando con las barreras de siempre para hacer públicos estos puntos de vista. Sin embargo, si obtenemos datos relevantes, encontraremos la manera de hacernos escuchar. Cada vez lo hacemos mejor y Societat Civil Catalana ha sido un gran impulso hacia sentirnos más libres de expresarnos públicamente.

Así, dejo esta dirección de mail opinionspl@gmail.com para todos aquellos que quieran contactar conmigo para hacer una entrevista sobre la PL de la Generalitat. Muchas gracias a todos los que queráis colaborar.

En tiempos de confusión
Esquerra ha pilotado el cambio: al nacionalismo identitario ha sumado el nacionalismo económico
Francesc de Carreras El Pais 22 Octubre 2014

Lo que está sucediendo estas últimas semanas en la política catalana no puede sorprender a quien haya estado atento a su evolución de los últimos años. Una de las claves para entender esta situación está en que quien lleva la batuta, directa o indirectamente, es ERC, un partido que nunca ha engañado a nadie excepto a aquellos que ingenuamente se han dejado engañar: primero el PSC, después CiU, siempre —al menos hasta ahora— ICV.

En efecto, el partido que hoy dirige Junqueras es independentista y republicano, es decir, un partido antisistema, no en el sentido económico y social —como los de extrema izquierda— sino constitucional: nunca ha considerado a la Constitución como propia, siempre como la de un Estado ajeno del que quiere separarse para formar otro Estado y aprobar otra Constitución. Quien se arrima a ERC ya sabe a lo que se expone: en cualquier momento puede ser víctima de su deslealtad que no es otra cosa que un reflejo de la fidelidad, por encima de todo, a sus ideas y principios. El lema ¡Todo por la Patria! no es solo patrimonio de la Guardia Civil de antaño.

Pues bien, hace cerca de quince años, la ERC dirigida por Carod-Rovira y Puigcercós, tuvo una idea, una brillante idea: la hora de la independencia de Cataluña había llegado, era preciso trazar un estrategia para alcanzar lo más pronto posible este objetivo. Esta idea partía de una base: el nacionalismo de corte identitario propio de la Convergència de Jordi Pujol, había tocado techo, no lograba atraer a más adeptos. Cada día tenía menos adeptos la idea de que Cataluña era una nación porque tenía una lengua propia, un pasado común, unas tradiciones y costumbres que provenían de muy lejos y la diferenciaban del resto de España, y que por todas estas razones era acreedora de un Estado. Era preciso encontrar nuevos caminos, convencer de la necesidad de la independencia a otras capas de la población no sensibles a esta catalanidad sentimental.

El lema ¡Todo por la Patria! no es solo patrimonio de la Guardia Civil de antaño

ERC se puso manos a la obra. Mediante las cuentas resultantes de una balanzas fiscales que, ahora ya lo sabemos, no se correspondían con la realidad, se persuadió a muchos catalanes que España les expoliaba económicamente, en palabras más fuertes, que España les robaba. En pocos años, el número de independentistas, que desde 1980 hasta entonces se mantenía de manera fija alrededor del 15%, se duplicó. Del nacionalismo identitario estábamos pasando al nacionalismo económico.

CiU se sumó al carro para no ser arrollado por este sunami y, como respuesta al expolio fiscal que denunciaba ERC y sus altavoces mediáticos, propuso en su programa electoral el concierto económico para Cataluña, el mismo sistema de financiación del País Vasco y Navarra. Inmediatamente, ERC volvió a doblar la apuesta: ahora tocaba pedir directamente la independencia, somos sujetos de soberanía porque somos una nación.

Esto fue lo que sucedió —todo lo hacía prever aquel verano— en la multitudinaria manifestación del 11 de septiembre de 2012: CiU quería un gran apoyo para respaldar la negociación del concierto con Rajoy y se encontró con una gran marea humana dirigida por Omnium, ERC y un importante sector de la dirección de Convergència, que exigían la independencia. Algunos convergentes moderados estaban perplejos ante lo que estaban contemplando.

Encima, para que el número de independentistas diera la sensación de ir en aumento, al derecho de autodeterminación le llamaron derecho a decidir, un término deliberadamente confuso. ¿quién no quiere decidir en una democracia? Ahora ya no se engañaban entre sí los partidos, ahora eran estos partidos quienes estaban engañando a los ciudadanos. Algunos de estos ciudadanos, pobres inocentes, se han manifestado repetidas veces a favor del derecho a decidir sin darse cuenta que, siendo contrarios a la independencia, la estaban pidiendo.

Así pues, los partidarios actuales de la independencia son los tradicionales nacionalistas identitarios más los nuevos nacionalistas económicos, muchas veces estos segundos ya identificados con los primeros. En el recuento de las manifestaciones hay que sumarles, además, los cándidos no independentistas partidarios del derecho a decidir. Y en los últimos meses, es preciso añadirles también algunos miembros de los movimientos antisistema, los de verdad, los que pretenden un cambio de las estructuras sociales y económicas. “¿Cuál es el enemigo principal?”, se preguntan. La respuesta es obvia: el sistema. “Pues hay que apuntarse al independentismo que, por lo menos, cambiará el sistema político”. A río revuelto ganancia de pescadores.

A esto hemos llegado: los identitarios de siempre, los económicos al estilo de la Liga Norte, los engañados por el derecho a decidir y los antisistema socioeconómico que sienten empatía por otros antisistema muy distintos e intentan sacar provecho de ello. Un batiburrillo ciertamente caótico aunque de momento eficaz. Hasta hace muy poco todo ha sumado y hasta multiplicado, ahora todo esto empieza a dividir, quizás pronto todo comience a restar. Aunque, en tiempos de confusión, nunca se sabe lo que puede llegar a suceder.

Francesc de Carreras es profesor de Derecho Contitucional.


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