AGLI Recortes de Prensa   Viernes 24  Octubre  2014

Nuestro Carlos Andrés Pérez
EDITORIAL Libertad Digitial 24 Octubre 2014

La corrupción es un cáncer que corroe las entrañas de la joven democracia española desde hace años, pero las graves dificultades económicas que ha infligido la actual crisis al conjunto de los españoles han terminado convirtiendo en inaceptable lo que antes, siendo igualmente injusto y bochornoso, se sobrellevaba con mayor o menor resignación, ya que la mayoría de la sociedad, dada la inmadurez democrática que, por entonces, sufría el país, entendía que las ventajas que propiciaba el recién estrenado sistema político eran muy superiores a sus taras y defectos. Esta situación ha cambiado de forma radical en los últimos tiempos, y ahora la corrupción no sólo ni se olvida ni se perdona, sino que, además, amenaza con pasar una elevada factura al tradicional bipartidismo, fruto de sus numerosos y garrafales errores pasados y presentes. Lo más grave, sin embargo, es que los responsables políticos y, muy especialmente, el presidente del Gobierno, Mariano Rajoy, no saben o, lo que es peor, prefieren ignorar el diagnóstico, permitiendo así que el cáncer mute en una metástasis incurable, capaz, incluso, de enterrar el sistema democrático vigente a través del populismo.

En este sentido, no hay mejor alimento para los enemigos de la democracia, la libertad y los derechos fundamentales del individuo que la pasividad y complacencia, cuando no ya complicidad, de la clase política con la corrupción que anida en su seno. Este mismo viernes, sin ir más lejos, la Audiencia Nacional ha constatado que el PP pagó con dinero negro otros 750.000 euros para reformar la planta baja de su sede central en Génova, lo cual se sumaría al descuadre de 960.000 euros ya descubiertos. Por desgracia, se trata del penúltimo capítulo de la extensa retahíla de corruptelas, irregularidades y presuntos delitos que han surgido a raíz del caso Gürtel y las posteriores revelaciones de Luis Bárcenas. Y puesto que el tiempo da y quita razones, todas y cada una de las pruebas apuntan en una única dirección: la financiación irregular del PP y la consiguiente existencia de una caja B, tal y como ha denunciado el extesorero ante el juez. Vaya por delante que los populares no son los únicos que han caído en el execrable pozo de la corrupción, como bien demuestra el escándalo de los ERE en Andalucía, con PSOE y sindicatos de por medio, o el ingente expolio cometido por la familia Pujol en Cataluña, a la vista de las abultadas cifras que se van conociendo, gracias a la impunidad que les ha otorgado la bandera del nacionalismo.

Pero si la lacra de la corrupción no tiene un pase, lo que resulta ya imperdonable es, sin duda, la posición hierática de Rajoy ante esta gravísima problemática. "Espero que nunca jamás se vuelvan a producir estas cosas". Con esta simple frase ha intentado zanjar este viernes la baja voluntaria de Rodrigo Rato, las constantes noticias sobre corrupción que afectan al PP o el gigantesco escándalo de la corrupción de los Pujol y su impunidad. Su desfachatez y desvergüenza en este ámbito tan sólo es equiparable a su necedad e incompetencia como presidente del Gobierno durante la crisis. Nada que ver con la gestión llevada a cabo por Esperanza Aguirre, quien, como presidenta de la Comunidad de Madrid, no dudó en destituir de inmediato a todos los cargos salpicados por Gürtel, sin necesidad de esperar a hipotéticas imputaciones judiciales.

Lo peor, si cabe, es que Rajoy tampoco ha hecho el más mínimo ademán por reformar y corregir los importantes defectos estructurales que presenta el sistema político español, abogando, por ejemplo, por una ley de financiación de partidos que otorgue transparencia y seguridad jurídica, a imagen y semejanza de otros muchos países desarrollados, o medidas realmente eficaces y contundentes contra la corrupción, con penas acordes al delito cometido, y, sobre todo, la necesaria y urgente reforma del Poder Judicial para que goce de independencia plena y de los recursos adecuados para impartir Justicia, reinstaurando así la separación de poderes que debe regir en todo Estado de Derecho. Rajoy, por el contrario, no ha hecho nada, salvo cruzarse de brazos, negar la mayor y mirar hacia otro lado a la espera de que la tormenta escampe.

Su insensatez en este campo no puede ser mayor, y no sólo porque dañe los intereses de su propio partido, sino porque también perjudica, y mucho, a todos los españoles, puesto que su transigencia está siendo aprovechada muy hábilmente por el populismo que acaba de prender en España. Los desaciertos de Rajoy son nuevas victorias para Pablo Iglesias. Se equivoca de plano el PP si piensa que el fenómeno Podemos les beneficia porque, en última instancia, acabará movilizando el voto del miedo. Es un error y una grave imprudencia, ya que la indolente estrategia de permisividad y mentiras sobre la corrupción interna del partido es munición gratuita para la oposición e indigna, cada vez más, a unos votantes, los suyos, que ya están muy hartos de los absurdos complejos y las vergonzosas traiciones protagonizadas por la actual cúpula popular.

En este sentido, Mariano Rajoy se parece peligrosamente al expresidente venezolano Carlos Andrés Pérez, cuya incompetencia en materia económica y su condescendencia hacia la corrupción acabó desembocando en la llegada al poder de Hugo Chávez, el populista que tanto admira y venera Pablo Iglesias. Esperemos, por el bien de todos, que la trágica historia venezolana no encuentre réplica en España, a pesar de Rajoy.

Por qué no hay más corruptos en la cárcel
Enrique Arias Vega La Voz Libre 24 Octubre 2014

Periodista y economista

Lo acaba de reconocer Carlos Lesmes, el presidente de los jueces españoles: "La ley —ha dicho— está pensada para el robagallinas, pero no para el gran defraudador ni los casos de tanta corrupción".

Verde y con asas. Yo me he recorrido el patio de recreo de dos cárceles españolas y es como pasear por Lavapiés o el Raval de Barcelona; ni Pintor Rosales, ni la Bonanova; y ustedes ya me entienden.

O sea, que muchas veces las inmoralidades, trapacerías y otras sinvergonzonerías cometidas por delincuentes de cuello alto resulta difícil tipificarlas como delitos. Eso deben hacerlo además unos jueces poco preparados para la ingeniería informática de hoy, con unos Juzgados rebosantes de papeleo y escasos medios materiales y humanos.

Total, que los corruptos se salen de rositas. En último caso, como Carlos Fabra, piden no entrar en la cárcel hasta que el Consejo de Ministros se pronuncie sobre un hipotético indulto. De conseguir ese tratamiento todos los condenados, veríamos unas cárceles desérticas en espera de la bondad ministerial. Una vergüenza, vamos.

No es eso, sin embargo, lo más trascendente para que los ladrones de carácter millonario anden tan campantes. Lo relevante es que en los años dorados del dinero fácil, poco antes de los 90, prácticamente todos han participado del negocio: no sólo los políticos corruptos, sino los empresarios corruptores —las cárceles deberían estar llenas de ellos—, los intermediarios sin escrúpulos, los abogados dedicados a legalizar las trapisondas y hasta algunos jueces venales: ¿se acuerdan de los sobornos admitidos por Penalva de Vega y García Lavernia o las extorsiones realizadas por el magistrado Pascual Estevill?

Ésas eran las excepciones visibles de un grandioso y maloliente magma subterráneo. Ahora, la larga duración de las vacas flacas y los estragos causados por ella en una sufrida y paciente clase media parecen haber quebrado la omertà de los poderosos y emergen uno tras otro los casos de corrupciones estratosféricas.

Pese a todo —y a los casos que exponencialmente irán apareciendo—, los autores de estos crímenes económicos sólo tienen, de momento, la sanción de la ignominia ciudadana, que no es poco. Pero acabarán conociendo de primera mano la miseria al tener que restituir lo que creyeron suyo para siempre y acabarán llenando los patios de recreo de las cárceles españolas porque lo suyo ha sido tan ominoso que ninguna ley, ningún legislador y ningún juez se atreverán a ampararles en el futuro.

Un topo nacionalista.
Vicente A. C. M. Periodista Digitial 24 Octubre 2014

Ayer se produjo la operación ordenada por el juez de la Audiencia Nacional Santiago Pedraz de los registros de las viviendas y oficinas de Oleguer Pujol Ferrusola y de su socio Luis Iglesias, procediéndose a la detención preventiva durante unas horas de ambos para que no entorpecieran ese operativo. Pero el caso es que cuando los agentes llegaron a la casa de Oleguer Pujol se encontraron al abogado de la familia que les recibió y estuvo presente durante la realización del registro. Y la pregunta que hay que hacerse es si desgraciadamente hubo un “chivatazo” avisando de la actuación policial y si se dio con el tiempo suficiente para la eliminación de pruebas.

Y no es que me extrañe que en la cadena de las pocas personas que conocieran el inminente registro, hubiera un topo que estaba dispuesto a traicionar bajo la excusa de la persecución policial y judicial a quienes consideraba héroes del nacionalismo catalán con el que está identificado y comprometido. Un topo que posiblemente haya conseguido el objetivo de hacer estéril el registro, a pesar de las declaraciones de satisfacción por el resultado realizadas por la policía judicial. Otro caso que debe ser aclarado hasta las últimas consecuencias, descubierto el topo y puesto a disposición judicial.

No es la primera vez ni será la última que sucede una cosa así que solo provoca vergüenza y desconfianza en quienes deben ser escrupulosamente estancos en sus actuaciones para evitar filtraciones y delaciones que hagan inútiles sus esfuerzos por descubrir pruebas incriminatorias de los investigados. Porque si no se toman medidas, habrá que concluir que en realidad no existe una voluntad real de descubrir lo que parece una trama familiar de enriquecimiento ilícito, de blanqueo de capitales y de fraude fiscal y concluir que los diferentes Gobiernos de España han sido cómplices por omisión de haber permitido el que esa familia haya campado a su voluntad durante casi tres décadas.

No resulta comprensible el que siendo conocedores de esta trama, se haya permitido la total libertad de los implicados dándoles el tiempo suficiente para destruir pruebas y poner a buen recaudo el fruto de su rapiña. Ningún pacto de Gobierno puede basarse en la consciente violación de la Ley abandonando a millones de ciudadanos al capricho y la avaricia de verdaderos delincuentes que se presentaban como “hombres de Estado” y nacionalismo moderado en un principio, y finalmente una vez enriquecidos y expoliada la sociedad española y catalana como insaciables exaltados y mesiánicos independentistas.

Creo que deben ser la Audiencia Nacional y la Policía Judicial los primeros interesados en acabar con la inseguridad y desprestigio que los topos representan en su organización. Tras el caso de bar Faisán, no sería entendible tener ahora un caso Pujol.

De la epidemia de corrupción, ¿quién se encarga?
Irene Lozano El Confidencial 24 Octubre 2014

Me temo que el Gobierno no se da cuenta, pero la epidemia de corrupción que asuela el país es la mayor amenaza al sistema democrático desde el 23-F. Pocos discutirán el carácter viral de esta enfermedad que corroe el país y cuyos síntomas están a la vista: saqueo de las arcas públicas, impunidad de los corruptos, hundimiento del país, parálisis de la economía, crisis política.

Ninguna institución está a salvo, porque se trata de un fallo multiorgánico que sufrimos desde hace demasiado tiempo. La más grave secuela de este mal también va quedando patente. Los ciudadanos creímos vivir en una democracia, pero descubrimos con frustración que se trata de una oligarquía de ladrones. Los cleptócratas discuten en público sobre cuestiones políticas que les hacen parecer irreconciliables. Pero forman parte del círculo cerrado de parásitos y están de acuerdo en que la vida vale la pena a costa del contribuyente.

Vean qué curioso bucle de amistades se descubrió ayer. El hasta hace poco socio y ahora sospechoso de ser testaferro de Oleguer Pujol, Luis Iglesias, está casado con la hija de Eduardo Zaplana, asesora de la secretaria de Estado de Turismo, a su vez amiga del diputado del PP Martínez-Pujalte. ¿Por qué pregona Rajoy en público su deseo de dialogar con Mas? ¿No ve Mariano que si le dice a Eduardo que acuda a María para hablar con Oleguer y este le transmite a Jordi que avise a Artur todo iría como la seda y se acabaría el pernicioso separatismo? Será verdad ese tópico de que la distancia máxima entre dos personas son seis contactos. En el caso de nuestra oligarquía andan tan juntos que no se pueden ni rebullir.

Un comité de crisis como el del ébola sería una medida adecuada, porque esa enfermedad constituye la metáfora perfecta de España. Un riesgo que debía estar previsto nos coge por sorpresa causando un peligro objetivo para la sociedad (pongamos la crisis financiera, la corrupción, el ébola). La actuación de los poderes públicos a través de las instituciones, lejos de solucionar el problema, lo agrava (como las cajas de ahorros agravaron la crisis con las preferentes). Finalmente, gracias al buen trabajo de los profesionales y la resistencia de la población el país supera el trance. No se consigue por el papel desempeñado por las instituciones, sino a pesar de ellas. Así se ha curado Teresa Romero, pero en el caso de la crisis general de España será más difícil lograrlo. Y la capacidad de resistencia de la población está al límite.

Sólo queda una salida política contra la corrupción: tomarse en serio el riesgo y constituir un comité de crisis que aborde el problema de frente. ¿Por qué lo hizo el Gobierno con el ébola? En primer lugar, para contener el contagio y evitar un problema de salud pública. Pues bien, la corrupción es un problema de salud democrática de primera magnitud, y si no se hace algo seriamente, se llevará por delante nuestra democracia.

En segundo lugar, el Gobierno quiso contrarrestar la alarma social causada por la pésima gestión de los primeros días de la crisis. ¿No ve llegado el momento de combatir la alarma social provocada por la corrupción y aumentada por la nula labor de limpieza que se está haciendo? Se equivoca el Gobierno si piensa que serán los tribunales los que pongan las cosas en su sitio. Los jueces encarcelarán a los ladrones –y Pedraz es uno de mis favoritos, desde luego–. Pero restaurar la dignidad de la vida pública y la autoridad social de las instituciones sólo puede hacerse desde la política. Es un trabajo para la vicepresidenta. Y debe iniciarlo ya.

Antropología del soberanismo
Fernando Sánchez Costa El Confidencial 24 Octubre 2014

El auge desbordante del soberanismo ha propiciado, a lo largo de los últimos meses, todo tipo de análisis sobre sus causas y su evolución. El nacionalismo catalán ha ligado la eclosión independentista a la sentencia del Tribunal Constitucional sobre el Estatuto y a un supuesto maltrato sostenido del Estado hacia Cataluña. De acuerdo con este relato, el soberanismo es un movimiento que proviene de la sociedad civil y goza de una inmensa transversalidad.

Desde otras perspectivas, se ha interpretado el fenómeno de masas que vive Cataluña como una forma sofisticada de populismo, como una estrategia política cínica o como el resultado de una gran campaña de propaganda. Recomiendo, en este sentido, la lectura del capítulo con el que Juan Arza y Pau Mari-Klose abren el libro Cataluña. Los mitos de la secesión (Almuzara, 2014). Con un uso riguroso y crítico de datos estadísticos, los autores desmontan la retórica con la que los líderes nacionalistas justifican, día tras día, su insensata aventura.

A mi entender, el éxito social del independentismo se debe, en primer lugar, a la eficacia con la que sus ideólogos han planteado los marcos de discusión pública. El soberanismo ha pasado por cuatro fases discursivas. Las bases las puso el pujolismo. Durante decenios, la élite convergente se encargó de fortalecer el imaginario nacional catalán a través de los medios de comunicación, la educación y el entramado asociativo.

Pero el kairos del independentismo no llegó hasta que estalló la crisis económica. Era el momento adecuado y el tiempo preciso para dar un salto cualitativo. El nacionalismo abandonó su discurso herderiano y esencialista, y apostó por un relato mucho más persuasivo. La lengua y la historia pasaron a un segundo plano. La socialización de la causa independentista exigía una estrategia más eficaz, aunque fuera ruin e inmoral. Así se inició la campaña del agravio fiscal y del “España nos roba”, que tan hondo ha calado. Este marco discursivo funcionó hasta que sus promotores se dieron cuenta de que provocaba rechazo en el resto de Europa. La mezquindad era demasiado descarada.

Los independentistas han dibujado entonces dos nuevos frames, que se han desplegado en paralelo. Por un lado, los estrategas nacionalistas han decidido centrar el debate en la apelación constante a la legitimidad democrática. La palabra democracia se repite como un mantra que derriba con maniquea rapidez otros argumentos más rigurosos, pero menos pirotécnicos.

El ‘marco’ de la democracia cabe en 140 caracteres. En cambio, la argumentación de por qué el principio democrático no justifica ni ampara cualquier cosa no cabe en un canutazo televisivo. La explicación de por qué la palabra democracia está vacía y viciada en el discurso independentista es demasiado larga para un tuit. La apelación a la democracia va acompañada de otro marco, bien construido por ERC. La independencia se presenta como la oportunidad de construir un país nuevo. Un nuevo Estado para diseñar un nuevo futuro. La independencia permite un nuevo comienzo. Es la solución drástica a la quiebra del sistema.

La independencia ofrece, al fin y al cabo, un horizonte de esperanza para mucha gente. Este es, a mi modo de ver, el logos más profundo del movimiento que hay en Cataluña. El ‘Proceso’ soberanista es, en el fondo, la cristalización y la respuesta a un malestar social, político y antropológico de gran calado, que va más allá de la confrontación política. Su éxito radica en que genera ilusión en un mundo desencantado. El independentismo guarda relación con la crisis sociocultural que atraviesa la modernidad ilustrada y liberal.

Procuraré explicarme y encuadrar el movimiento populista que impera en Cataluña en una crisis sistémica que tiene raíz cultural y antropológica. ¿En qué consiste esta crisis?

La posmodernidad nos ha dejado a la intemperie. Los grandes relatos que han guiado a Occidente durante siglos están, para muchos, caducados. Aunque no me cuento entre ellos, un número significativo de contemporáneos considera que las bases de civilización greco-romanas, la cosmovisión cristiana y el paradigma liberal-ilustrado ya no pueden guiar nuestra trayectoria personal y colectiva. La tarea de deconstrucción que han llevado a cabo los filósofos de la sospecha y los críticos posmodernos ha surtido efecto. Las trascendencias han sido denunciadas; las grandes narrativas, torpedeadas; las teleologías, anuladas.

En consecuencia inmediata, la existencia personal ha quedado sin finalidad y sin sentido. El resultado es la angustia vital que describieron los existencialistas. Pero para vivir en el nihilismo hay que tener el carácter trágico y noble de Nietzsche. Y a nuestra sociedad del bienestar solo le gustan un tipo de tragedias: las ajenas.

Ante esta situación cultural, ante este frío antropológico, ¿qué ha ofrecido el soberanismo? Ante todo y sobre todo, sentido. Tal como titulaba Víktor Frankl, el hombre es un ser en busca de sentido. La quiebra de las grandes narrativas nos ha dejado huérfanos. Ante ello, el independentismo ha vuelto a dar razón a la vida y al trabajo de muchas personas. Se levantan, se encuentran y se manifiestan para hacer realidad un sueño. Como ha explicado Roger Griffin, la nación se ha configurado en el mundo contemporáneo como un espacio de transcendencia inmanente y secular. Es un gran objetivo por el que vivir, luchar y hasta morir.

En esta línea, la independencia se ha erigido en el punto de fuga que da sentido a la vida de muchas personas. En un mundo sin teleologías ni finalidades densas, la independencia se ha convertido en la clave que da unidad y sentido a las notas dispersas y fragmentadas de muchas biografías.

El independentismo ha ofrecido, también, un gran ámbito de religación interpersonal y de cohesión social. La posmodernidad se caracteriza por la atomización y la fragmentación de los itinerarios vitales. También, por la soledad en medio del barullo urbano. Frente a la soledad existencial, el populismo independentista integra a los ciudadanos en una gran comunidad, que se encuentra, se celebra y lucha junta. Los independentistas han podido saborear en varias ocasiones la experiencia embriagadora de la colectividad en marcha. La sequedad de las relaciones contractuales es sustituida por el calor de la comunidad vibrante. Estamos ante un nuevo intento de superar el individualismo liberal acudiendo a la nación como nueva ecclesia. Las marchas ofrecen al sujeto la posibilidad de sentirse rescatado de la soledad y la gratificación de pertenecer a una comunidad que trasciende los propios límites temporales y sociales.
Solo superaremos el soberanismo si logramos que España vuelva a ser un proyecto que ilusione

Finalmente, el soberanismo ha logrado despertar la esperanza en muchas intimidades alicaídas. Ortega explicaba que el ser humano vive orientado hacia el futuro. Cuando los proyectos y las ilusiones languidecen, se agosta la vida. Al contrario, cuando hay horizonte de futuro, todo rejuvenece y se revitaliza. Vale la pena analizar los anuncios de la ANC, donde se recogen las esperanzas que los ciudadanos han volcado en el nuevo Estado. El proceso soberanista tiene la garra de los movimientos palingenésicos. Contiene la fuerza de los periodos de nueva creación. Los discursos de sus líderes recuerdan a los que hacían los republicanos a principios de los años 30, cuando la República se presentaba como promesa de “redención” para toda España. También la República fue una metáfora de la esperanza.

¿A qué nos lleva todo lo expuesto? A nivel político, estas reflexiones nos conducen a la conclusión de que, a largo plazo, solo superaremos el soberanismo si logramos que España vuelva a ser un proyecto que ilusione. Tenemos el deber moral y político de repensar nuestro país para proponerlo como relato apasionante y creativo, capaz de generar compromiso. Necesitamos rediseñar el proyecto histórico español y contarlo con una nueva narrativa. Nos urge reformular el relato nacional –intelectual, visual y emotivo– para hilvanar con coherencia nuestra actividad política y social.

Más allá de la valoración política, el movimiento soberanista subraya también un hecho cultural cada vez más patente. Vivimos en una sociedad que tiene hambre de esperanzas. Quien sepa acercarlas se impondrá en la esfera pública. Por encima de nuestras banderas tenemos el reto común de redescubrir fuentes de Esperanza y horizontes de Sentido. Esta vez, escritas con mayúscula, porque todas las esperanzas que empiezan con minúscula acaban como terminará el proceso independentista: disolviéndose en su propio límite.

*Fernando Sánchez Costa es doctor en Historia contemporánea y diputado del PP en el Parlamento catalán.

Las cuentas del cuento
Cuando las palabras impiden entender las cosas, toca abandonarlas: las dificultades que surgen de preguntas incorrectas no tienen solución. En Cataluña, los problemas de los políticos no son los de los ciudadanos
Félix Ovejero El Pais 24 Octubre 2014

La dignidad de las palabras es la primera víctima del nacionalismo. Los nacionalistas han puesto en circulación expresiones que nada significan (lengua propia, encaje, hecho diferencial, singularidad, desafección), que se usan en sentido contrario al debido (reconocimiento, discriminación positiva, democracia, cohesión, igualdad) o, simplemente, que, bien pensadas, resultan contradictorias (programa —nacionalista— de construcción nacional, federalismo asimétrico, golpes de Estado del Tribunal Constitucional).

Cuando las palabras impiden entender las cosas, toca abandonarlas. Los problemas resultado de preguntas incorrectas son irresolubles. Los científicos no determinaron la naturaleza del flogisto, el peso del calórico o la densidad del éter. Se limitaron a mostrar el desafuero de los marcos conceptuales que sostenían tales “sustancias”. El primer paso para resolver los problemas es describirlos debidamente. De otro modo nos sucederá como a los de la NASA cuando empeñaron recursos en un bolígrafo para escribir en ausencia de gravedad. Los rusos restauraron la mirada sensata: existían lápices de grafito.

Otras veces sí que cabe tasar las afirmaciones. El trabajo requiere orden intelectual, calibrar fuentes y paciencia para rebuscar en la hojarasca. Así se han desmontado mentiras sobre balanzas fiscales, el informe PISA y sentencias de La Haya o del Tribunal Constitucional alemán. A esos resultados cabe añadir ahora el trabajo de Juan F. Arza y Pau Marí-Klose, recogido en el libro Cataluña. El mito de la secesión. <TB>De su lectura se desprende que tampoco ahora el cuento es como se cuenta.

El cuento sostiene que el origen del lío hay que buscarlo en el recorte del Constitucional de un Estatuto que condensaba una demanda generalizada —ricos y pobres, catalanes de todas las procedencias— de mayor autogobierno. El referéndum sería la respuesta de los políticos a un impulso popular. La intransigencia del PP, la causa última del independentismo.

Pues bien, a la luz de datos y fechas, ninguna de las afirmaciones empíricas contenidas en el párrafo anterior se sostiene. Los despropósitos normativos o jurídicos ya se conocen: el derecho de autodeterminación, mientras se respeten los derechos y libertades, resulta incompatible con una idea cabal de democracia; defender las propuestas políticas y acudir al Constitucional forma parte del juego democrático, al menos tanto como dar por bueno un referéndum con una menesterosa participación como el del Estatut. Allí han acudido todos (hubo siete recursos, recuerden), incluidos Gobiernos nacionalistas en cuestiones que afectaban a todos los españoles y, por cierto, con excelentes resultados: han obtenido tantas o más sentencias favorables que el Gobierno central.

La condición nacionalista parece oficiar como requisito para ingresar en la clase política

Pero la fábula importante afecta a los hechos. Para empezar no había demanda de autogobierno (si es que se puede asociar, sin más, el autogobierno con un aumento de las competencias autonómicas). Conocíamos, por distintas encuestas, que, antes de desatarse la pasión por un Estatuto, los catalanes estábamos entre los españoles más satisfechos con nuestro grado de autogobierno. Y no cambiaron mucho las cosas cuando comenzó el baile. En el 2002, poco antes de iniciarse el debate estatutario, el 52,7% de los catalanes veía a Cataluña como una región española, mientras un 37,6% la veía como nación. En el 2006, después de varios años con políticos y medios entregados a la causa, poco antes del referéndum, solo el 36,3% valoraba positivamente la denominación de Cataluña como nación en el Estatuto. De hecho, por entonces, el “reconocimiento” de la identidad parecía caminar la dirección opuesta a la de sus voceros: el 73,9% de los catalanes suscribía la frase “el idioma español es un elemento básico de nuestra identidad” y un 66,4% la afirmación “la historia que compartimos, con sus cosas buenas y malas, es la que nos hace a todos españoles”. Y del Estatuto, pues ya sabemos: ratificado con el 36% del electorado. Incluso ahora, según datos de la Generalitat, la proporción de catalanes que identifican la relación Cataluña-España como un problema importante oscila entre el 20 y 25% en los distintos barómetros que se publican en 2013 y 2014. Únicamente para el 10% supone el principal problema.

Con todo, lo más interesante es desmenuzar los datos por clases sociales: sólo el 11% de los entrevistados en hogares humildes considera alguno de los aspectos relacionados con la organización del Estado uno de los principales problemas de Cataluña. Entre los que ingresan más de 2.400 euros la cosa cambia, pero tampoco parece ser una obsesión: un 31%.

Y es que la transversalidad es otra de las fantasías nacionalistas. Ni la cultural ni la social, si resultan distinguibles, a la vista de quienes son ricos y quienes no. El secesionismo no reúne a los catalanes. Si nos atenemos al origen cultural, hay un brecha, creciente, entre personas cuyos padres nacieron en Cataluña y aquellas otras cuyos padres nacieron fuera. Unos resultados que se corresponden casi como un calco cuando examinamos los apoyos según los ingresos. Incluso ahora, en plena campaña independentista, una amplia mayoría de la clase obrera se muestra contraria al derecho a la autodeterminación, a diferencia de lo que sucede con las clases medias y altas. También aquí la brecha se ha ensanchado en los últimos años. Vamos, que transversalidad social, tampoco.

El orden causal no es de abajo a arriba. Los políticos no son el eco de las demandas de los ciudadanos. No hay otro eco que el de su propia voz. Sucede, sin ir más lejos, con el desatino de la inmersión, un caso único en el mundo. Hasta donde sabemos, los catalanes apostamos por el bilingüismo en la enseñanza. Quizá por eso la Generalitat, que encuesta sobre lo humano y lo divino, nunca pregunta acerca de las lenguas en la enseñanza. En la única encuesta fiable, de 1998, el 50,2% de los catalanes se mostraba a favor de una enseñanza bilingüe y solo un 9,3% de la enseñanza exclusiva en catalán. Desde entonces nada más se ha querido saber. Lo que sí sostiene la Generalitat es que la inmersión es un modelo de éxito y que aumenta la cohesión. Sobre él éxito, lo que muestran los estudios serios es que, ceteris paribus, la inmersión perjudica significativamente la competencia de los estudiantes que tienen el castellano como lengua habitual. Sobre la cohesión, basta con ver como está el patio y, ya de paso, comparar, por ejemplo, con Finlandia, donde la elección de la lengua vehicular no parece que haya conducido al cainismo.

Las piezas empíricas del relato —transversalidad, identidad, discriminación, expolio— son débiles

Sencillamente, los problemas de los políticos no son los problemas de los ciudadanos. Algo que no sorprende cuando estudiamos la identidad de los políticos. Sabíamos, por los estudios sobre apellidos (un procedimiento común entre investigadores para identificar exclusiones sociales de raíz cultural), que los parlamentarios catalanes y sus votantes, en lo que atañe a identidades culturales, guardaban escasas semejanzas. También sabíamos, desde 1999, que mientras Cataluña era una nación para el 70% de los parlamentarios socialistas, entre sus votantes la cosa quedaba en un 26%. Estudios más recientes confirman que viven en mundos diferentes. En 2009-2010, el 70% de los representantes autonómicos de CiU se reconocía exclusivamente catalán y el resto más catalán que español. Entre sus votantes los porcentajes eran 36% y 35%. Mientras solo el 20% de los votantes socialistas se sentía más catalán que español, entre los parlamentarios del PSC el porcentaje era del 75%.

No es que los parlamentarios se sitúen lejos del núcleo central de sus votantes, es que están en posiciones más nacionalistas que sus votantes más nacionalistas. Visto de otro modo: por circunstancias sociales o, directamente, culturales, la condición nacionalista parece oficiar como requisito para ingresar en la clase política.

Por lo que se ve, las transversalidad, la identidad, la cohesión, las piezas empíricas del relato, son tan débiles como las que sostienen el relato normativo: la discriminación y el expolio. En realidad, la hipótesis más parsimoniosa es que el nacionalismo, sostenido por unas élites políticas culturales alejadas de la sociedad catalana, ceba un problema al que se presenta como solución. Lo malo es que, si quiere sobrevivir como proyecto político, el problema no ha de encontrar nunca solución. Su supervivencia está vinculada a la recreación del problema, al naufragio de las terceras vías.

Félix Ovejero es profesor de la Universidad de Barcelona. Acaba de publicará El compromiso del creador (Galaxia Gutenberg / Círculo de Lectores).

Cataluña
9-N, nada por escrito
Antonio RoblesLibertad Digitial 24 Octubre 2014

En los últimos días, diferentes responsables de los servicios territoriales de la educación en Cataluña han convocado de manera discreta, casi clandestina a directores de institutos de enseñanzas medias para buscar su colaboración y la del resto del profesorado y del personal no docente en la puesta en marcha de la última ocurrencia semántica del 9-N: "El proceso participativo". Especialmente, las de abrir y mantener los institutos disponibles como colegios electorales. Las consignas han corrido rápidas y ya hay 6.210 funcionarios dispuestos a la farsa. No obstante, varios directores, temiendo poder incurrir en un delito, han solicitado a los responsables que las directrices se las den por escrito. Sin resultado alguno. Curioso, los responsables del Gobierno se han negado a dar por escrito lo que les requieren de palabra. ¡Ay, la escuela!, siempre la escuela, como ejército de conciencias. Todo de palabra, nada por escrito. Ante ello, los sindicatos de enseñanza -¡por fin aparecen en algo!- han pedido a la Generalidad que den a los funcionarios por escrito las órdenes de colaboración con el 9-N. De momento, silencio.

Es mezquino y muy cobarde exigir colaboración a los profesores de secundaria para mantener abiertos sus institutos como colegios electorales y, a la vez, negarse a dárselo por escrito. Nada nuevo en el procedimiento de la administración educativa nacionalista.

Durante décadas fue el procedimiento escogido por los primeros Gobiernos de Pujol para evitar responsabilidades legales y, sobre todo, poder negar las órdenes si éstas eran denunciadas públicamente como un abuso. Así, cuando en los primeros años ochenta aún no estaba generalizada la inmersión lingüística ni había una atmósfera social amaestrada que la amparase, la imponían a golpe de órdenes no escritas para pasar a negarlas en cuanto alguien las sacaba a la luz pública. De esa guisa fueron las consignas dadas a los directores de escuelas e institutos con el objetivo de catalanizar el nombre a los niños, sugerirles que estos no hablaran catalán entre ellos en horario escolar, incluido el patio, o evitaran dar en bilingüe la información a los padres. Amén de exigir que los maestros jamás se dirigieran a los niños en castellano, ni publicaran revistas en bilingüe. Hasta se atrevían a sugerir que los profesores entre sí y estos con los padres mantuvieran las formas y lo hicieran siempre en catalán. Una retahíla de normas de esta guisa, poblaron la conquista de la escuela por el nacionalismo hasta lograr expulsar de las aulas todo rastro de la lengua común de los españoles.

Durante décadas negaron que no se pudiera estudiar en castellano, y hasta la misma inmersión. Era paradójico que se negara la inmersión, cuando tanto esfuerzo hacían para imponerla, pero es que la sociedad aún no se había rendido a su chantaje. Y había que evitar el conflicto social, pues en el silencio se asentaba el atropello. Todavía a principios de este siglo se negaba la evidencia. Era muy fácil de creer fuera de Cataluña, porque ¿cómo se iba a creer en el resto de España que en uno de sus territorios no se pudiera estudiar en la lengua del Estado? Sólo cuando coparon la educación por completo, y se sintieron seguros socialmente, la reivindicaron como imprescindible para evitar la cohesión social. Otra mentira.

Artur Mas no puede ser más ruin. Cuando hace unos días renunció a seguir adelante con la consulta del 9-N, se justificó ante los suyos diciendo que no quería perjudicar a los funcionarios. Hipócrita y tramposo a partes iguales. Se negó a llevarlo adelante porque es más fácil predicar que dar trigo. O si quieren, por pura cobardía. Entonces se escudó en los funcionarios para evitar perjudicarles, y a la primera de cambio que tiene la oportunidad de demostrarlo, no tiene agallas para asumir por escrito la responsabilidad que les quiere traspasar de contrabando. Tiene motivos, UPyD acaba de denunciar ante la Fiscalía del TSJC la alternativa al 9-N por suponer "un evidente fraude de ley".

Documental
'1980' o cómo no se ha contado antes el terror de ETA
Cristina Losada Libertad Digitial 24 Octubre 2014

Imagínese un país donde un grupo terrorista comete un asesinato aproximadamente cada tres días y en el telediario, el único que hay entonces, el presentador anuncia un tanto cariacontecido, no demasiado, quizá por la costumbre: "Ahora pasamos a informarles, como decía Joaquín, de los hechos terroristas del día". Como quien informa del estado de las carreteras. ¿Ficción? No. Es la nueva película de Iñaki Arteta sobre el terror de ETA, sobre el año en que más asesinaron los terroristas nacionalistas vascos: exactamente noventa y ocho asesinatos y más de doscientos atentados. 1980, ése fue el año y ése es el título. Un relato apoyado en documentos fotográficos, televisivos, periodísticos, y en testimonios de los que sufrieron el terrorismo y de los que vieron cómo sucedía y aún se preguntan cómo fue posible. Cómo fue posible la indiferencia.

En aquel telediario utilizaron el término terrorista, pero no se piense que eso era habitual. La prensa, dice uno de los entrevistados por Arteta, procuraba no utilizar la palabra. La prensa vasca en especial, pues era allí donde las redes de complicidad con ETA eran extensas, mucho más extensas entonces, como señala Teo Uriarte, que en los años de la dictadura. Es en democracia, con el estatuto de autonomía, cuando se produce una gran afluencia de jóvenes a la banda, que llegó a contar con decenas y decenas de células gracias al dinero de la extorsión y al refugio, auténtico santuario, que tenía en Francia. Esto es bien sabido, como es sabido que el grueso de la actividad criminal de ETA sucedió en democracia, pero procede repetirlo: no hace tanto que incluso miembros de un gobierno español consideraban a ETA como un "último residuo del franquismo". Su supervivencia, entonces, les debe resultar inexplicable.

Mientras caían asesinados ¡sólo aquel año! noventa y ocho ciudadanos, muchos guardias civiles, policías y militares, muchos otros civiles de toda clase de oficios y profesiones, el apoyo social a ETA en el País Vasco crecía, como si se cumpliera aquello que observó Sebastian Haffner en la Alemania que se fue haciendo nazi: primero participaron sólo por miedo, pero al cabo no puede uno aceptar que es un ser tan despreciable, así que "terminaron incorporando el convencimiento político necesario". Al tiempo, los políticos no nacionalistas eran blanco preferente del terror, y partidos como UCD fueron prácticamente exterminados. Y al hacerse rutinario el terrorismo, como apunta Aurelio Arteta, perdió las aristas, perdió el horror. Se podía, tranquilamente, mirar para otro lado. No sólo allí, aunque ciertamente más allí, también en el resto de España.

Las víctimas del terrorismo no existían. Eran invisibles. Los periodistas Cayetano González y Florencio Domínguez dan testimonio de ello. Los protagonistas de la información sobre el terrorismo eran los propios terroristas. Se les daba un tratamiento personalizado y extenso, se contaba hasta en qué escuela habían estudiado. Pero apenas nada de las víctimas. La mayor parte de los asesinados eran de fuera del País Vasco, a sus familiares los llevaban allí para unos funerales exprés y solitarios, y enseguida regresaban a sus lugares de origen, con los féretros. Cuando los familiares sí vivían allí, sus vecinos les dejaban de saludar. Las muestras de desprecio hacia los de fuera eran constantes. "Nos llamaban coreanos y maquetos", recuerda un familiar. El historiador Gaizka Fernández Soldevilla da cuenta de tan perverso estado de cosas: "Cuando los familiares de las víctimas aparecen en la prensa es para rebatir las acusaciones de ETA". No para decir que ETA ha cometido un crimen, sino para asegurar que se había equivocado y que su pariente no era un chivato ni un ultraderechista. Se había aceptado la culpabilidad de las víctimas de ETA. "Algo habrá hecho".

Cómo una banda de asesinos pudo apoderarse de las vidas y las almas de tantos individuos no es materia que llegue a agotarse en una película. Es más, tanto se apoderó que no hay prácticamente películas que exploren esta gran tragedia española de nuestro tiempo. Tuve ocasión de preguntarle a Arteta sobre ello, y esto me dijo: desde la Transición se han estrenado unas cuatro mil películas españolas, sólo cincuenta se han acercado al mundo de ETA, la mayoría desde la figura del terrorista y sus dilemas, sólo nueve de esas cincuenta se aproximaron a las víctimas, y de ellas cuatro son del propio Arteta. De ahí que en el tráiler de esta película extraordinaria surja esta pregunta: "¿Cómo no se ha contado antes una historia así?". Vean 1980, que la cuenta un cineasta de raro y exquisito talento.

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'El laberinto territorial español'
El pulso nacionalista a la democracia
Jorge VilchesLibertad Digitial 24 Octubre 2014

Los particularismos territoriales y los nacionalismos periféricos siempre han aprovechado las crisis generales para extremar sus reivindicaciones aludiendo a que el autogobierno es su destino. No han respetado las reglas del juego político, ni la Constitución, esgrimiendo un concepto de democracia propio del populismo y de los regímenes autoritarios del siglo XX. El problema es que no hay una fórmula constitucional, o que responda al racionalismo jurídico, que les dé toda la razón y que satisfaga definitivamente un planteamiento que es puramente sentimental. Los sentimientos no son negociables, por eso escapan a la democracia y han generado históricamente crisis y dictaduras.

Roberto L. Blanco Valdés, catedrático en la Universidad de Santiago, es uno de los grandes constitucionalistas españoles. Ha dedicado los últimos años a estudiar la descentralización y el federalismo, primero de forma teórica, en Los rostros del federalismo (2012), y ahora en su aplicación al caso español, con esta obre de título significativo: El laberinto territorial español. Del cantón de Cartagena al secesionismo catalán. La tesis es bien clara: el nacionalismo es una insatisfacción constante que no puede saciar fórmula descentralizadora alguna. Las estrategias constitucionales empleadas por las élites políticas para dar solución al conflicto territorial planteado por nacionalistas vascos y catalanes han sido rotundos fracasos.

La demostración de esta tesis está en el estudio que el autor hace de los casos en los que las élites políticas españolas trataron de compaginar los particularismos con la unidad nacional en un sistema democrático. Blanco Valdés ha escogido tres momentos: la república de 1873, la Segunda República y el régimen actual, al que llama "república coronada" y "federal". Los paralelismos son complicados, pero sí se puede sacar un mismo patrón: los dirigentes nacionales pusieron en marcha una descentralización para satisfacer a los particularismos territoriales, pero las élites locales forzaron el régimen hasta propiciar su ruina.

La primera parte está dedicada a la Primera República. Los factores que echaron abajo aquella experiencia son múltiples, pero hay uno que destaca: la rebelión cantonal. Los republicanos no tenían un proyecto de federalización de España, salvo la cantonalización espontánea, de la que surgiría el pacto federal para reconstruir el país. Surgió así el cantonalismo que hizo inviable la República, como señaló tarde Castelar a los diputados que le preguntaron por el proyecto constitucional: "Lo quemasteis en Cartagena". La preferencia por la insurrección antes que por las reglas de juego democráticas hizo inviable aquel régimen descentralizador.

Sesenta años después, la Segunda República se encontró con un problema similar. Blanco Valdés señala que el primer error fue reconocer la legitimidad de la Generalitat el 14 de abril y su derecho a elaborar un estatuto antes de que se redactara la Constitución; y todo a cambio de que Macià retirara la "República Catalana de la Federación Ibérica", una declaración que rompía el Pacto de San Sebastián de 1930. Los políticos nacionales se dividieron, como muy bien cuenta el autor, entre dos opiniones autorizadas: las de Azaña y Ortega y Gasset. Mientras el primero hablaba de la confianza que le daba el Estado integral, compuesto de autonomías, para satisfacer definitivamente a los nacionalistas, el segundo explicaba que el nacionalismo no estaría nunca satisfecho dentro de España, por lo que un estatuto solo sería una solución con fecha de caducidad. El problema catalán, decía Ortega, solo se puede "conllevar". La proclamación del Estado catalán el 6 de octubre de 1934 pareció darle la razón y fue, en opinión de Blanco Valdés, el principio del fin del experimento republicano, ya que violaban la Constitución y sus reglas los mismos que las habían elaborado.

La tercera parte, dedicada al régimen de la Constitución de 1978, es la más extensa, y responde a la pregunta que inicia el libro: "¿Cómo hemos llegado a esto?". Los dirigentes de la Transición cayeron en el optimismo azañista, creyendo que un régimen estatutario amplio satisfaría a los nacionalismos vasco y catalán. Pero en realidad, señala Blanco Valdés, se diseñó un sistema federal que, rompiendo todas las teorías del federalismo, contenía nacionalidades cuyo objetivo final, y sentimental, es la independencia. La progresiva descentralización no ha calmado a los nacionalistas, sino que ha alimentado su soberanismo, al tiempo que les ha dado los resortes administrativos autonómicos para convencer a sus poblaciones.

Blanco Valdés, al calor de la infatigable campaña propagandista del nacionalismo, acaba contestando tres preguntas: ¿tienen fundamento las quejas nacionalistas sobre la insuficiente descentralización en España?, ¿es cierto que un Estado propio es la única salida frente al supuesto desprecio a la pluralidad?, ¿es cierto que los nacionalismos periféricos son la respuesta a la agresividad del nacionalismo español, que, según dicen, aspira a la uniformidad y al centralismo? El autor ve que la descentralización ha federalizado España a niveles superiores o equiparables a los Estados federales clásicos, y que la exaltación particularista y la invención histórica han llegado a niveles insospechados. Por último, niega la existencia de ese nacionalismo español agresivo, que responde a la necesaria construcción imaginaria del enemigo. Al contrario, la respuesta al desafío secesionista y a la sedición contra la Constitución y la democracia ha sido una respuesta pacífica, legal y cívica.

En definitiva, un buen libro, resultado del pesimismo ilustrado, que recomienda como Ortega conllevar el problema territorial, y mientras tanto, siguiendo las palabras de Azaña –que no su práctica–, saber que se gobierna con la ley, con el Parlamento, y [que] una democracia se disciplina mediante la ley, que el Gobierno aplica bajo su responsabilidad. No se puede gobernar una democracia de otra manera.

Roberto L. Blanco Valdés, El laberinto territorial español. Alianza Editorial, Madrid, 2014, 471 págs.

Vodevil

miquel porta perales ABC Cataluña 24 Octubre 2014

El vodevil responde al interés político: ERC quiere el adelanto electoral porque las encuestas le son favorables; CiU no las quiere porque le son desfavorables

El «proceso» ha entrado en fase de vodevil. Esa comedia frívola y ligera, con actores que entran y salen del escenario, con un argumento que cultiva el equívoco, que provoca la hilaridad del espectador. Y en eso que sale a escena la CUP con medidas para impulsar la no consulta para así consultar a la ciudadanía. El consejero de Presidencia asiente y anuncia preacuerdo. Pero, la CUP dice «no»: ni preacuerdo, ni nada, porque no se aceptan los once puntos presentados.

La CUP sale pitando de escena al darse cuenta de que está en un «fangal». Al salir del proscenio, el diputado «cupaire» que comunica la decisión mantiene una acalorada discusión -en el bar del Parlamento catalán, como corresponde- con la secretaria general de ERC. Mientras tanto, ERC e ICV almuerzan en una charcutería del Ensanche -menú de la casa, por supuesto- para ensayar su papel. Antes de pasar por la charcutería, ICV anuncia que no votará, porque la consulta no es consulta y vale lo mismo una papeleta que una «servilleta».

A pesar de ello, ICV -al día siguiente- invita a la participación en la no consulta que rechaza. Después de salir de la charcutería, ERC anuncia que sólo saldrá a escena si Artur Mas avanza las «plebiscitarias». Incumpliendo la promesa, ERC -al día siguiente- sale a escena, se reúne con el President y declara -¡tregua!- que la prioridad es la no consulta. Final del primer acto: la vicepresidenta de la Generalitat sale a escena para publicitar la logística de la no consulta. Conviene tomar nota del diccionario de la vicepresidenta: «consulta», «voto» y «colegio electoral» se bautizan como «proceso participativo», «participación» y «local de participación». De libro.

El vodevil -ahora en el intermedio- responde al interés político: ERC quiere el adelanto electoral, porque las encuestas le son favorables; CiU no las quiere, porque las encuestas le son desfavorables. Una cuestión de poder estimulada -telón de fondo- por el populismo mandón de la Assemblea Nacional Catalana y Òmnium Cultural.

“El padre de la arqueológica moderna, Edward Harris, apoya los descubrimientos del polémico yacimiento de Iruña-Veleia”
Antonio Arnaiz Villena: “El euskera tiene mucho en común con lenguas como el bereber, el guanche, el egipcio y el dogón”
Raúl González Zorrilla. Director de La Tribuna del País Vasco 24 Octubre 2014

Catedrático en la Universidad Complutense de Madrid, Antonio Arnaiz Villena es actualmente uno de los principales inmunólogos españoles, destacando además por sus investigaciones sobre la historia genética de los grupos étnicos e hipótesis lingüísticas alternativas. Hasta la fecha ha publicado 351 artículos científicos en diferentes revistas internacionales, en su mayor sobre estos temas.

Antonio Arnaiz Villena, de cuyo prestigio académico dan cuenta las 43 tesis doctorales que ha dirigido, es conferenciante invitado del Collège de France-Paris y de las Academias Reales de Francia e Inglaterra, y es, junto con Jorge Alonso-García, el artífice de una metodología propia, descrita aquí, que utiliza el euskera moderno para descifrar lenguas antiguas de la región mediterránea y de Oriente Próximo. Entre las lenguas que estos dos autores consideran emparentadas con el euskera en base a sus trabajos de investigación se encuentran el antiguo egipcio, el hitita, el sumerio, el hurrita, el ugarítico, el akkadio, el fenicio, el guanche y el elamita.

Arnaiz y Alonso postulan que todas estas lenguas forman una rama "Usko-mediterránea" de la hipotética macrofamilia dené–caucásica, que ellos extienden para incluir a las lenguas bereberes del norte de África, que son clasificadas casi universalmente por los lingüistas como lenguas afroasiáticas. En este sentido, los trabajos de Arnaiz y Alonso contradicen el grueso de la investigación sobre egiptología, estudios indoeuropeos, y filología semítica, sumeria y mesoamericana.

Se pueden compartir o no las tesis de Antonio Arnaiz Villena, pero lo que no puede negarse es su sólida preparación científica, su larga experiencia docente y su rigor profesional. Siempre abierto a la discusión, al debate y al contraste de pruebas, el discurso de este hombre, autor también de libros como “El origen de los vascos y otros pueblos mediterráneos” o “Minoicos, cretenses y vascos”, es siempre enriquecedoramente provocador, apasionado, diferente y contundente. Esta entrevista, construida a base de correos electrónicos, “whatsapp” y llamadas telefónicas, es un buen ejemplo de ello.

De una forma esquemática, ¿cuál es su planteamiento en cuanto al origen y la expansión del euskera?
Existe un grupo de lenguas en la zona mediterránea desde, al menos, la época en que era un muy poblado refugio glaciar hasta unos 10.000 años antes de nuestra era. Con el retiro de los hielos hacia el norte, los seres humanos subieron también desde el Mediterráneo hacia el Norte de Europa y las Islas Británicas (sin excluir, expansiones realizadas también en otras direcciones).

Nosotros hemos definido el grupo de lenguas habladas por estos pobladores como “Usko-mediterráneas” y “de sustrato mediterráneo” por el prestigioso lingüista alemán Jürgen Untermann, fallecido hace unos meses. Este sustrato “euskérico” se encuentra por toda Europa e incluso en lenguas amerindias.

¿En qué consiste el concepto de cultura “Usko-meditarránea que usted ha planteado en diversas ocasiones y qué papel desempeña éste para comprender el origen y la evolución del euskera?
La evolución del euskera ha sido muy lenta y el latín es mucho más moderno y, probablemente, ha tomado muchos préstamos de las lenguas Usko-mediterráneas, como por ejemplo del etrusco. Entre estas lenguas encontramos al menos las siguientes: euskera, ibero-tartésico, guanche, etrusco, bereber, minoico, egipcio antiguo, hitita, eblaico, sumerio… Hay préstamos evidentes en el euskera, pero, por ejemplo, la palabra “ánima” se encuentra en varias lenguas Usko-mediterráneas, incluida el etrusco, de donde probablemente llegó al latín. Las pruebas de que el latín se hablase por la gente común son escasas. Más bien fue una lengua utilizada por religiosos y administradores después del Imperio Romano.

¿Hablar del origen del euskera es hablar del origen de los vascos (entendiendo este concepto como las personas que habitan en lo que hoy conocemos como País Vasco o regiones aledañas?
El problema lo ha creado un popular divulgador: el italiano Luigi Luca Cavalli-Sforza, que ha identificado falsamente genes y lenguas. Los primeros permanecen y las lenguas varían, por modas, imposiciones, guerras, etc. Los genes tienen, por lo tanto, una evolución diferente a las lenguas que muchas veces son impuestas o varían por modas. Por otra parte, la historia vasca concuerda con un aislamiento relativo, que se observa al estudiar la genética en lugares apartados como el Valle de Arratia. Por el contrario, los resultados no concuerdan si la muestra se toma, por ejemplo, en Bilbao, que es un foco de inmigración.

¿Es el euskera, como se afirma periódicamente, una lengua africana?
No, el euskera se puede identificar con el ibero antiguo. Ya se ha demostrado que los números íberos y euskeras son casi idénticos. Así mismo, nosotros hemos publicado un diccionario Ibérico-Euskera-Castellano, donde se observa cómo se puede traducir el ibero con el uso del euskera antiguo.

Como hemos dicho el euskera tiene mucho en común con el bereber, guanche, egipcio, y, probablemente, el dogón, todos ellos idiomas norteafricanos que serían lenguas “mediterráneas”o “Usko-mediterraneas”. En este sentido, se encuentran inscripciones rupestres íberas en Lanzarote y Fuerteventura, cuyo origen está aún poco claro.

¿Cómo rompe su planteamiento, que según tengo entendido también ha sido y es defendido, en todo o en parte, por otros autores, con la postura "oficial" en cuanto al origen del euskera?
El vascoiberismo (el ibero es el vasco antiguo) fue aceptado desde los primeros siglos de nuestra era por Flavio Josefo. Al pasar la Edad Media seguía siendo defendido por el Licenciado Poza, Astarloa, Larramendi y Humboldt. Hacia la mitad del siglo pasado surgieron dudas sobre esta teoría, planteadas por Antonio Tovar y Koldo Mitxelena. Estas que al principio eran solamente dudas, han creado un integrismo radical de negación de la relación del euskera con el ibero. Casi todos los profesores universitarios son hoy practicantes de este radicalismo; los que han disentido se han quedado de profesores de Institutos de Enseñanza Media. Esta radicalización también ha calado en Euskaltzandia.

Sin embargo, tanto la Asociación de profesores y lingüistas catalanes y la Asociación vasca Euskararen Jatorria apoyan el vascoiberismo. Esta última asociación celebró un congreso el pasado mes de mayo en Gernika donde intervinieron filólogos portugueses y españoles, defendiendo el parentesco entre el euskera y el ibero.

¿Cómo han reaccionado las instituciones políticas y culturales del País Vasco ante sus planteamientos?
El profesor Joseba Lakarra y su entorno han sido bastante abruptos contra el vascoiberismo. Otros profesores universitarios, incluso de la Universidad del País Vasco (UPV), mantienen un anti-vascoiberismo matizado. Hay debate, lo que siempre es bueno.

¿Cuál es su posición ante lo ocurrido con el yacimiento arqueológico de Iruña-Veleia?, ¿Afecta éste, de alguna manera, a su teoría sobre el origen y la evolución del euskera?
Me parece que ha sido un desastre metodológico. Los catedráticos de lengua Joakin Gorrotxategi y Joseba Lakarra, y el actual director arqueológico del yacimiento, Julio Núñez, también catedrático de la UPV, redactaron informes, junto con otros, que llevaron a políticos de Eusko Alkartasuna a acusar de falsificación las inscripciones encontradas. En principio, los grafiti hallados en Iruña-Veleia apoyan el vascoiberismo, puesto que hay inscripciones claramente ibéricas.

El experto que ha descubierto la metodología arqueológica moderna, Edward Harris, apoya sin reservas los descubrimientos y la metodología aplicada en Iruña-Veleia, y hace una crítica feroz de las metodologías destructivas e inquisitoriales utilizadas para acusar de falsificación, en base a opiniones, sin prueba objetiva alguna, a los directores iniciales y descubridores de Iruña-Veleia

Estos materiales y su metodología se deben poner en manos de científicos: ni los jueces, ni los políticos pueden resolver las problemáticas que surjan.

 


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