AGLI Recortes de Prensa   Domingo 26  Octubre  2014

En tierra de Jovellanos, patriota español
Federico Jiménez Losantos Libertad Digital 26 Octubre 2014

Anteayer, al asomarme al patio de butacas del Teatro Jovellanos de Gijón, donde centenares de oyentes de esRadio y lectores de Libertad Digital nos acogieron tan generosamente, llevaba en la mano las Memorias de su paisano y amigo Ceán Bermúdez "Para Don Gaspar Melchor María de Jove Llanos" y un viejo ejemplar de Los Nuestros donde hace ya quince años publiqué un ensayo sobre el prócer asturiano con el título El español por excelencia. Y al leer este párrafo quise rendir homenaje al hombre cuya azacanada peripecia política y atroces padecimientos personales resumen lo mejor del patriotismo español:

La idea fundamental de Jovellanos era la de conciliar los principios del liberalismo moderno, tanto en lo político como en lo económico, con lo que él llamaba «la Constitución histórica de España». Es decir, que para el prócer asturiano España no era una nación que desconociera la libertad, ni que hubiera dejado nunca de luchar por ella en su larga y azarosa historia sino que esa libertad no estaba delimitada claramente en una Constitución sino que latía en las muchas instituciones que, a lo largo de los siglos, habían creado precisamente la nación. Desde el Derecho Romano a los fueros medievales, desde la lucha de los comuneros contra Carlos I a la de los aragoneses contra Felipe II en defensa de sus libertades, pasando por los decretos de Nueva Planta que Felipe V introdujo para igualar a sus súbditos y abrir a todos el camino de América, Jovellanos veía una continuidad no sólo histórica, sino de orden moral. En ese sentido, es quizás el primer liberal moderno de nuestra historia, puesto que la nación es para él mucho más que un grupo humano o que una historia común: debe ser un proyecto ético en el que el individuo quede protegido y no tutelado por el Estado, donde la libertad sea la norma básica de la actividad pública y donde lo privado sea casi sinónimo de sagrado.

La ruina política de nuestro Estado y la necesidad imperiosa de revivir la idea nacional española no pueden acogerse a mejor sombra que la de Jovellanos y así lo aplaudieron sus paisanos. Pero, si yo no padeciera la manía didáctica -hija de mi madre, nieta de mi abuelo y que morirá conmigo- me habría limitado, como hizo poco después Andrés Amorós, a citar una frase de don Gaspar que él extrae del resumen de sus Diarios hecho por Julián Marías y que puede leerse también en la extensa biografía de Jovellanos de Gaspar Gómez de la Serna y la breve de Fernández Álvarez. Es la famosa carta a Cabarrús en la que explica por qué no será ministro de José Bonaparte:

España no lidia por los Borbones ni por Fernando; lidia por sus propios derechos originales, sagrados, imprescriptibles, superiores e independientes a toda familia o dinastía. España lidia por su religión por su Constitución, por sus leyes, sus costumbres, sus usos; en una palabra: por su libertad, que es la hipoteca de tantos y tan sagrados derechos.

La Constitución de Cádiz, por la que tanto luchó Jovellanos y cuya proclamación no alcanzó a ver, lo resumió magníficamente es este artículo:
La Nación española es libre e independiente y no puede ser propiedad de ninguna familia ni persona.

Que es lo que en su carta seguía Jovellanos explicando a Cabarrús:
España juró reconocer a Fernando de Borbón; España le reconoce y reconocerá por su rey mientras respire; pero si la fuerza le detiene, o si la priva de príncipe, ¿no sabrá buscar otro que la gobierne? Y cuando tema que la ambición o la flaqueza de un rey la exponga a males tamaños como los que ahora sufre, ¿no sabrá vivir sin rey y gobernarse por ella misma?

Este patriotismo que, a fuer de nacional, va más allá de la Corona o la República, y que le lleva a rechazar un puesto ministerial en el Poder que se había enseñoreado ya de casi toda España, lo explica así en carta a su amigo Mazarredo:

La causa de mi país, como la de otras provincias, puede ser temeraria, pero es, a lo menos, honrada; y nunca puede estar bien a un hombre que ha sufrido tanto por conservar su opinión, arriesgarla tan abiertamente cuando se va acercando el término de su vida.

Precisamente por ser ese "hombre que ha sufrido tanto por conservar su opinión" Jovellanos no aceptaba la supresión de los derechos sagrados, imprescriptibles, de la nación española a regirse por sí misma. Justamente por haber sufrido tantos años defendiendo lo que en conciencia creía, al llegar el momento decisivo de elegir entre la vida y el honor, eligió el honor de combatir a quienes querían imponerse por la fuerza en las conciencias de sus compatriotas. Don Gaspar labró su ruina -y su gloria- por entender que su libertad personal no era diferente ni podía separarse de la libertad de los que, con tanto sagrado derecho como él, componían su nación: España.

Al volver a Madrid, entre adustos montes desdentados y hermosos valles cobrizos, llameando en las hojas doradas y caedizas de los chopos, pensaba en Jovellanos recorriendo aquellas sierras e ideando cómo sería posible aserrarlas, para dar a su Asturias las "comunicaciones y luces" que le faltaban. Son las mismas que, en la "espaciosa y triste España" evocada por Fray Luis en su cárcel -y recordada por Jovellanos en la suya-, a la misma lumbre de los chopos y la amable fiereza de los montes en otoño, hoy no encontramos. Al cabo, la patria exige patriotismo; y en este país amillonado, dicen, de españoles lo que nos falta es, precisamente, lo que llenaba el corazón y la cabeza de Jovellanos: España.

Sobre la kleptocracia
LORENZO B. DE QUIRÓS El Mundo 26 Octubre 2014

La corrupción ha sido una de las miserias de la Democracia española desde su restauración en 1977, pero hasta ahora no se había colocado en el centro del sistema y no había hecho metástasis a su corazón institucional. En una sociedad convaleciente de la Gran Recesión, con altos niveles de desempleo y con millones de españoles en una delicada posición económica, la sensación de que las prácticas corruptas son o han sido realizadas por todas las fuerzas fundadoras del régimen democrático hace cuatro décadas crea un extraordinario caldo de cultivo para alimentar las opciones anti-sistema. La idea de una casta de buscadores y de extractores de rentas es una imagen de extraordinaria eficacia para transmitir la idea de que todos son iguales. En este marco de análisis sólo los movimientos que no han participado en el expolio tienen la autoridad moral y la credibilidad para purificar la vida pública que proclaman.

"La corrupción está claramente ligada con las actividades que desempeña el Estado"
La corrupción está ligada de manera clara con las actividades desempeñadas por el Estado, en especial, con el ejercicio de su poder discrecional. Por eso, Gary Becker apuntó hace unos años, en su columna de Busisess Week, que si se abolía el Estado, desaparecería la corrupción. Es evidente que el Nobel de Economía sabía perfectamente que una sociedad civilizada no puede funcionar sin una organización estatal que cumpla una serie de funciones básicas, pero también lo es que, cuando éstas se extienden más allá de ciertos límites, la posibilidad y la tentación de usar el poder político para obtener beneficios privados se dispara tanto en el lado de la oferta -responsables de la res publica- como en el de la demanda -agentes económicos privados-.

La corrupción en España aparece conectada de manera directa y evidente con los sectores de la economía con mayores niveles de regulación. La concesión de licencias y de permisos administrativos para emprender o mantenerse dentro de determinadas actividades productivas concede a los burócratas y a los políticos una extraordinaria oportunidad para obtener dádivas de quienes se benefician de sus decisiones. También la corrupción guarda una estrecha correlación con la gestión y el volumen del gasto público. Los proyectos de inversión de la Administración Central y de las subcentrales conceden un amplio margen de discrecionalidad a quienes los adjudican como también la compra de bienes y servicios por parte de las administraciones. Los casos podrían extenderse hasta casi el infinito.

Cualquier estrategia realista para combatir esta pandemia ha de partir de una pregunta esencial: ¿qué determina el comportamiento de los demandantes de actos de corrupción por parte del sector público y de quienes están dispuestos por un precio a acometerlos? La conducta de los productores y de los consumidores de corrupción depende del marco institucional en el que operan los actores. Este crea los incentivos que estimulan o no la perpetración de actos corruptos. Desde luego, esta visión supone abandonar la idílica concepción la burocracia formulada por Max Weber, conforme a la cual los funcionarios y los políticos son seres inmaculados al servicio del interés general. Al margen de que esta idea resulta un sarcasmo a la vista de los hechos supone un profundo desconocimiento de la naturaleza humana.

De entrada, la propensión de cualquier individuo a delinquir viene determinada por la posibilidad que tiene de ser capturado y por la pena en la que incurre si esto sucede. En España, poca gente ha sido encarcelada por prácticas corruptas. Además, la justicia es lenta y la legislación penal con las reducciones de condena por buena conducta, los esquemas de régimen abierto y un sinfin más de desgravaciones, abren una enorme brecha entre la pena a la que el delincuente es condenado y la que efectivamente cumple. Ante este panorama, el coste del delito disminuye y los potenciales beneficios obtenidos de él aumentan.

En la lucha contra la corrupción, la despolitización de los organismos de control del Estado, del Gobierno y de la Administración proporcionaría una inestimable ayuda. Todas las entidades cuya misión es controlar el poder -Tribunal Constitucional, Consejo General del Poder Judicial o Tribunal de Cuentas, por citar tres- están dominadas y/o condicionadas por aquellos a quienes han de vigilar. Son una expresión, bien de la mayoría nacida de unas elecciones cuando el Gobierno cuenta con los votos precisos, bien de un reparto de cuotas entre partidos cuando es necesario obtener la mayoría cualificada para nombrar a los miembros de esos organismos. Esto supone, valga el casticismo, poner al zorro a cuidar el gallinero.

La corrupción no desaparecerá nunca como no lo harán jamás otras actividades ilegítimas, pero los límites alcanzados por ella en España y la alarma social generada no son el efecto de la economía de mercado y de la democracia, como muchos sostienen, sino de la existencia de un entorno institucional deficiente derivado de un excesivo tamaño del sector público, de una justicia lenta y poco eficiente, de una normativa penal incentivadora del delito y de la politización de las instituciones; esto es, del proceso degenerativo experimentado por el Estado de Derecho en España, por cierto facilitado en gran medida, por la Constitución de 1978. Lo irónico y paradójico es que los grandes debeladores de la kleptocracia hispana, tipo Podemos, plantean remedios contra ella que son precisamente la causa de su efervescencia en la Vieja Piel de Toro: el incremento del papel Estado en la economía y en la sociedad así como el control por el «poder popular» de todos los pesos y contrapesos constitucionales al poder. Ante esta situación, los grandes partidos tienen la responsabilidad de liderar la regeneración de la Democracia. Si no lo hacen, el atractivo de quienes aspiran a destruirla crecerá de manera inexorable.

Aunque algunos lo consideren excesivo, tremendista o radical, España afronta una crisis del sistema fletado hace cuarenta años y, como sucedió al final de la Dictadura, se abre de nuevo la dialéctica reforma-ruptura. Cabe esperar que las elites, sí, las clases dirigentes de este país sean conscientes de esta peligrosa situación y tengan el valor y la inteligencia necesarias para abordarla.

Socialistas zombis
Luis del Pino Libertad Digital 26 Octubre 2014

El "hongo de las hormigas zombi" es uno de los seres vivos más asombrosos que existen. Cuando las esporas de ese hongo caen sobre una hormiga de una especie concreta (la hormiga maderera), el hongo comienza a crecer en el exterior de la hormiga y a segregar enzimas que le permiten, finalmente, introducirse dentro del cuerpo, atravesando la cutícula.

Una vez que ha conseguido penetrar en el cuerpo de la hormiga, comienza a alimentarse de los tejidos del insecto y a expandirse por su interior. Hasta ahí, ese hongo no se diferencia en nada de otros parásitos que atacan a insectos o a otros animales. Lo extraordinario es lo que sucede cuando el hongo consigue alcanzar el cerebro de la hormiga.

Una vez que ha llegado al cerebro, el hongo comienza a segregar un cóctel de productos químicos que alteran el comportamiento de la hormiga y permiten al hongo tomar el control de sus actos.

En cuanto el hongo se ha hecho con el control, la hormiga infectada, que suele vivir en los árboles tropicales, comienza primero a tener espasmos que la hacen caer al suelo de la selva. A continuación, la hormiga busca una planta y asciende por su tallo. No vale cualquier planta: la hormiga busca una planta que esté situada en una zona con un 95% de humedad y una temperatura de entre 20º C y 30º C. Además, sube a la planta siempre por su lado norte y asciende solo hasta una altura determinada: al llegar a una hoja situada a unos 25 cm de altura, la hormiga se detiene, muerde con todas sus fuerzas la vena principal de la hoja y se queda allí anclada, sujeta por las mandíbulas, hasta morir.

Muerta la hormiga, el hongo continúa creciendo por su interior y alrededor de ella, y luego suelta sus esporas, que infectarán a otras hormigas que pasen por las proximidades de su congénere muerta.

Obviamente, las condiciones tan precisas de humedad, temperatura, orientación y altura de los lugares que las hormigas infectadas eligen para morir, son las idóneas para que el hongo pueda crecer y producir esporas. Si hacemos el experimento de transportar a una hormiga muerta, desde la hoja que ha elegido ella a otro lugar con condiciones ligeramente distintas, el hongo crece, pero no produce esporas y no es capaz de reproducirse e infectar a otras hormigas.

La pregunta que tiene maravillados a los científicos es: ¿cómo consigue ese hongo, carente de cerebro, controlar el cerebro de la hormiga, para alterar su comportamiento de una manera tan concreta? ¿Cuáles son los mecanismos que permiten al hongo transformar a la hormiga en un zombi a su servicio?

Los experimentos realizados han permitido comprobar que, al alcanzar el cerebro de la hormiga, el hongo segrega miles de compuestos químicos distintos. Entre ellos se han identificado algunos neuromoduladores, como la esfingosina, pero la mayoría de esos compuestos son desconocidos aún para nosotros. Pasarán todavía años antes de que seamos capaces de comprender exactamente qué hace cada uno de esos compuestos y cómo se las arregla el hongo para producirlos en la secuencia correcta como para regular el comportamiento de la hormiga con tanta precisión.

Acostumbrados como estamos a los grandes escándalos, ayer se produjo un hecho aparentemente menor, pero que, sin embargo, provocó una oleada de revuelo e indignación en las redes sociales: el Partido Socialista de Cataluña (es decir, la sucursal catalana del partido de Pedro Sánchez) anunció en Twitter que acababa de presentar una propuesta para que se elimine de los presupuestos de la Generalidad la partida destinada a educación en castellano.

Renuncio, por pudor, a reproducir los insultos que semejante despropósito le hizo cosechar al PSC en las redes. Mucho más preocupantes que los insultos, eran los mensajes de asombrada decepción de votantes socialistas.

El Partido Socialista ha cosechado mínimos históricos de voto en las últimas elecciones, tanto catalanas como legislativas. El Partido Socialista va camino de la irrelevancia electoral, según todas las encuestas, tanto en Cataluña como en el resto de España. El Partido Socialista está atrapado en una catarata monumental de casos de corrupción, que le impiden levantar la cabeza. El Partido Socialista ve cómo sus votantes huyen en masa hacia Podemos, que amenaza ya con sobrepasarlo... Y a pesar de todo ello, el Partido Socialista acelera su carrera hacia el abismo, sin desperdiciar ninguna oportunidad de sumar sus fuerzas a quienes quieren dinamitar España.

Y así, un día vemos cómo el Partido Socialista vota en el parlamento catalán a favor de la ley de consultas que ampara el referéndum de secesión. Después vemos cómo el Partido Socialista ofrece sus ayuntamientos para celebrar la consulta, después de haber sido esta suspendida por el Tribunal Constitucional. Ayer, vemos a los socialistas sumarse a la persecución del castellano. Y durante todo ese tiempo, Pedro Sánchez dedicándose a ofrecer, un día sí y otro también, reformas constitucionales que blinden el poder de los nacionalistas.

Como la hormiga de nuestra historia de hoy, hace tiempo que el Partido Socialista se ha convertido en un zombi. El hongo de la desintegración de España controla su comportamiento, y el socialista-zombi ya no puede hacer otra cosa que agarrarse con las mandíbulas a la cuestión catalana, hasta dejarse morir, mientras el hongo lo devora desde el interior.

¿Cuáles son los mecanismos que utiliza el hongo separatista para alterar la voluntad del socialista-zombi? No lo sabemos aún; los científicos están divididos al respecto. Quizá sea una conocida enzima catalizadora, la tresporcentina, la responsable del inexplicable comportamiento del animal. O tal vez el hongo favorezca la multiplicación de otro compuesto químico, la hispanofobina, cuya presencia ya se había detectado en el cerebro socialista. Sea como sea, pasarán años hasta que los científicos desentrañen los extraordinarios mecanismos que permiten al hongo alterar, de una forma tan concreta, el comportamiento del socialista-zombi.

Pero, sin necesidad de esperar a que concluyan las investigaciones, hay un par de cosas de las que podemos estar seguros. La primera es que, para cuando desentrañemos el misterio, el Partido Socialista estará ya muerto. Y la segunda, que no hay nada que el Partido Socialista pueda hacer para escapar a su destino.

¿Quiénes somos, de dónde venimos?
FERNANDO SAVATER. EL CORREO 26 Octubre 2014

· El soporte de la alianza política en democracia es el fundamento legal compartido y no los etnos que se basan en requisitos genealógicos o tradicionalistas.

Una de las muestras más indudables de la honradez intelectual de Spinoza es que en cada capítulo de su ‘Ética’ procura previamente definir los principales términos que va a manejar en él, algunos tan litigiosos como ‘Dios’, ‘Naturaleza’, ‘causa’, ‘idea’, etc… De ese modo el lector puede compartir o no sus argumentaciones, pero al menos sabe a qué se refiere precisamente cada una de ellas. No sería malo que en nuestras polémicas sobre ciudadanía, identidades nacionales, autogobierno, etc… los contrincantes aclarasen del mismo modo algunos términos recurrentes como ‘vasco’, ‘catalán’, ‘español’, ‘pueblo’, ‘ciudadano’ y otros no menos frecuentados. Porque se dan por obvios y sabidos, cuando en realidad ocultan campos semánticos muy diferentes. Cuando oímos al gerente de unos grandes almacenes asegurar que su ‘filosofía’ de ventas es tal o cual, algunos quisiéramos que se aclarase que en ese contexto la palabra ‘filosofía’ poco tiene que ver con lo que hicieron Aristóteles o Kant. Pues lo mismo ocurre con otras voces que se emplean con idéntico desenfado pero dan lugar a malentendidos políticos de alcance mucho mayor.

El principal es confundir el significado de esos términos según se apliquen desde un punto de vista genealógico, cultural o según la perspectiva política. Es indudable que podemos hablar de vascos o catalanes, por ejemplo, según su estirpe familiar: los famosos ocho apellidos, más o menos, que últimamente han dado lugar a versiones cinematográficas humorísticas. También hay vascos o catalanes (y andaluces, gallegos, extremeños…) de acuerdo con sus costumbres, su lengua materna, ciertos aspectos de su forma de vida, su lugar de nacimiento o sus principales identificaciones simbólicas.

Y por supuesto existen con gran frecuencia combinaciones bastante complejas de varios de estos elementos en una misma persona: nace en un lugar de padres llegados de lejos, se traslada a otro por razones de trabajo o de amores, siente entusiasmo por formas gastronómicas o rituales religiosos ajenos a su infancia, aprende una nueva lengua que termina prefiriendo a la suya materna o se mantiene fiel a las tradiciones de lo que considera su linaje, etc… Si alguien le pregunta qué se siente, responderá con el gentilicio que en ese momento le resulte más entrañable pero en realidad debería contestar: «Me siento un ciudadano libre de un Estado de derecho, no un nativo atado por la tierra y la sangre a una forma de ser o parecer. Como acepto la ley común que comparto con mis compatriotas constitucionales, tengo libertad para diseñar según mi gusto personal o los azares de la existencia el perfil propio de mi identidad o, mejor, de mis identidades culturales. Tengo derecho a parecerme a quien quiera o a ser diferente a todos los demás».

Las identidades culturales difieren así de la condición política: en cuanto personas que a lo largo de la vida van adoptando o desechando formas de ser de acuerdo a las circunstancias o a nuestras elecciones, somos vascos, catalanes, murcianos, bisexuales, forofos de Osasuna, filatélicos sin fronteras o lo que ustedes gusten. Pero en cuanto ciudadanos, somos ciudadanos del Estado de España, porque sólo los Estados de derecho conceden la ciudadanía que nos permite todas las demás opciones que se dan precisamente gracias a ella. Dentro del demos de cada Estado democrático se da siempre una pluralidad más o menos amplia (más amplia cuanto más avanzada es la democracia constitucional) de etnos diferentes y de mestizajes entre ellos.

Pero el fundamento de la alianza política en democracia es el demos, es decir el fundamento legal compartido, y no ninguno de los etnos que se basan en condicionar la ciudadanía según requisitos prepolíticos genealógicos o tradicionalistas. Conscientes de que hoy reclamar la vuelta al etnos como condicionante de la ciudadanía es un retroceso en el largo proceso de universalización democrática, algunos reclaman varios demos dentro de cada Estado, lo cual no es sino un intento de hacernos aceptar formas de etnos travestidos en ‘demos’ para que resulten menos abiertamente reaccionarios. Ningún paso que nos acerque a convertirnos en oriundos o nativos forzosos, ningún ‘derecho a decidir’ (el que precisamente todos tenemos como ciudadanos y sólo así) entendido como derecho a decidir que el resto de los compatriotas constitucionales no decidan sobre determinado territorio del país que legalmente compartimos, sirve para profundizar la democracia o hacerla más real, sino para desnaturalizarla y retrotraerla al derecho tribal. Tantas veces se ha dicho, pero no hay más remedio que insistir: el derecho a la diferencia se basa precisamente en que no haya diferencia de derechos.

Imaginemos por un momento que tenemos que decidir quién deberá votar en un referéndum sobre la independencia de… Fridonia, por dar gusto a Groucho Marx. ¿Los nacidos en Fridonia? ¿Los que tienen ocho apellidos fridonenses? ¿Los hijos de padres nacidos allí? ¿Los que viven y trabajan en Fridonia? ¿Los que vivieron y trabajaron en Fridonia, pero luego se fueron a otro sitio? ¿Los que se sienten fridonenses, aunque vivan en Tegucigalpa? ¿Los que comen, beben, rezan y copulan como se estila en Fridonia? ¿Los que…? Nada, mejor que sólo voten los que se pinten un bigote como el que ostenta Groucho Marx.

Marruecos y nuestra política exterior
EDITORIAL Libertad Digital 26 Octubre 2014

Los continuos problemas a los que se enfrentan nuestros Cuerpos y Fuerzas de Seguridad en las fronteras de Ceuta y Melilla, consecuencia de la presión migratoria de los africanos que pretenden llegar a Europa a cualquier precio, dependen en gran medida del grado de colaboración de las autoridades marroquíes en un asunto que manejan como una herramienta más de su política exterior. Como saben bien nuestros policías y guardias civiles, sus colegas al otro lado de la valla juegan un papel crucial en el mantenimiento de la seguridad, pues su acción en territorio marroquí es determinante para evitar los intentos de asalto masivo con que periódicamente tienen que lidiar nuestros agentes.

Las ambiciones territoriales de Mohamed VI sobre Ceuta y Melilla, dos ciudades de indiscutible soberanía española sobre lo que no caben dudas a la luz del derecho internacional, son un elemento estratégico que vertebra la política exterior de Marruecos y es utilizado en clave interna cuando el monarca lo necesita para desviar la atención de los problemas reales que sufre su pueblo. Como hizo su padre con el Sáhara, territorio donde Marruecos sigue manteniendo una posición abusiva a despecho de las resoluciones de la ONU, Mohamed VI busca aprovechar la debilidad de España a causa de los agudos problemas internos, también de carácter territorial, con que lidia actualmente nuestro país.

La amenaza de Marruecos sobre la soberanía española de Ceuta y Melilla habría perdido toda su vigencia si España hubiera mantenido el vínculo atlántico establecido durante la presidencia de José María Aznar. La alianza con Estados Unidos como socio de referencia en el Mediterráneo occidental, por su carácter disuasorio, hubiera permitido a nuestro país garantizar sin ningún tipo de fisuras la tranquilidad de nuestra frontera sur. Los años de Zapatero al frente del Gobierno fueron tan desastrosos y su política exterior tan insensata que hoy es Marruecos el referente norteamericano en la zona, precisamente el país con el que mantenemos la línea fronteriza más problemática de toda la UE.

El Gobierno de Rajoy no parece que esté actuando para revertir el rechazo estadounidense que, de forma muy justificada, se ganó a pulso la gestión del inefable Moratinos y su jefe Zapatero. Si en clave interior la política de Rajoy es no hacer política, en las cuestiones más polémicas del exterior tampoco se perciben impulsos decididos para abordar graves cuestiones como nuestras relaciones con Marruecos y la seguridad de Ceuta y Melilla. La existencia de un flujo importante de radicales islamistas marroquíes que acuden a integrarse en las filas del Estado Islámico es otra grave amenaza que se suma a nuestros problemas con Marruecos por la posibilidad de que, a su vuelta, algunos de estos miles de yihadistas intenten entrar en suelo europeo a través de España.

Es un error que el Gobierno centre su acción de manera exclusiva en solventar los problemas puntuales que ocurren en la valla fronteriza de Ceuta y Melilla. España debe volver a jugar un papel determinante en el Mediterráneo, no sólo como herramienta para nuestra proyección exterior, sino también por la propia seguridad de nuestras fronteras y de todos los españoles. Pero nada de esto será posible si el Gobierno no engloba nuestros problemas fronterizos en un objetivo más ambicioso, que convierta a España en el socio fiable para las grandes potencias y las organizaciones internacionales que fue en otro tiempo.

La onfalocracia catalana
Juan Pérez cronicaglobal.com 26 Octubre 2014

Seguimos a la espera de una definición del improbable futuro estado y de la forma de gobierno con que quiera dotarse. Un juez español (a su pesar, parece) elabora en los ratos libres de su dedicación al procomún español una constitución sobre la que poco o nada se conoce, pero, dada la proclividad del tripartito a los articulados que pretenden aprehender la totalidad de lo real para no dejar nada al azar de la libre iniciativa individual y colectiva, no me extrañaría, si este señor juez simpatiza con alguno de los partidos que lo formaban, como así parece también, que se demore en darnos algunas migajas de unos fueros con cuya extensión no pueden competir ni los de toda la Edad Media juntos.

Que se adopte, para la nueva democracia, el más honroso y adecuado título de Onfalocracia, porque es el que refleja más poderosamente el intenso ensimismamiento de ese futuro estado

Modestamente sugiero en el título, como aportación desinteresada, y dada la facilidad con que en la tribu nostrada se recurre a nociones forjadas en la fragua donde se atiza con frenesí el fuego del delirio, que se adopte, para la nueva democracia, el más honroso y adecuado título de Onfalocracia, porque es el que refleja más poderosamente el intenso ensimismamiento de ese futuro estado, que se quiere crear para romper con el pasado, y mucho me temo que en ese derribo incontrolado hasta San Jorge salte por los aires y se entronice al auténtico patrón de la Onfalocracia: San Narciso. Pasaría, pues, de patrón del catalán oriental y de la ciudad inmortal, a patrón de la veguerial, por puro sentido común y etimológico. Estos cambios en el santoral no deben asustar a nadie: que se lo digan a la pobre santa Eulàlia, que perdió el patronazgo por un quítame allá estas langostas en cuyo exterminio sí que se afanó la Mercè.

Así pues, una sociedad que ha hecho del meliquisme, que es la versión catalana del chovinismo cercano, casi una religión dispuesta a entonar a coro la conocida canción “Som els millors…en tot!”, que desgraciadamente no renta derechos de autor, caso excepcional en esta comunidad tan amante de regalías y, sobre todo, de privilegios y aranceles y consideraciones especiales en honor a esa milloria ante la que han de prosternarse las naciones vecinas y lejanas, en acción de sumillaje, más que de sumisión, porque suma a esta a la humillación a que les gustaría someter a quienes han impedido con tan malas artes histórico-políticas que ellos pudieran alcanzar la Onfalocracia que llevan en los genes desde el hombre de Talteüll, “el primer català”, como decía en tiempos de su descubrimiento la propaganda oficial de la Delirohistoria propia de ese improbable futuro país onfalocrático.

Recrearse en la imagen ideal de uno mismo, el narcisismo primario de que hablaba Freud, no deja de tener sus consecuencias nefastas, entre ellas la radical desconexión con el principio de realidad, de manera que, sometido el narcisismo al choque inevitable con ella, los daños se multiplican y son capaces de deprimirnos profundamente. La onfalocracia no actuaría como un espejo donde, según quería Lacan, ha de sustanciarse la compleja dialéctica entre el yo, la imagen, el otro, el mundo y la verdad, sino al revés, como el velo de Maya que convierte en mundo nebuloso los impulsos emocionales acríticos que son el fundamento de la onfalocracia.

Si el Movimiento Nacional que se declaró en rebeldía contra la II República escogió la denominación de Democracia orgánica, es evidente que su émulo, el Movimiento Nacional bis, que se quiere declarar en rebeldía contra la democracia actual, heredera y superadora de ambos fracasos, el de la República y, sobre todo, el del MN1, habría de escoger el ombligo como la representación simbólica de su forma de presentarse ante el resto de estados del mundo. Los círculos perfectos son siempre círculos viciosos, porque nada hay fuera de la perfección que pueda igualársele. A la Onfalocracia catalana le sucedería lo mismo: de puro orgullo umbilical acabaría haciendo realidad el viaje a la semilla de Alejo Carpentier: sumiéndose en la nada perfecta del no ser a fuerza de serlo todo; lo mejor, obviamente.

Partido Popular, un grupo en liquidación por derribo
Jesús Cacho  www.vozpopuli.com 26 Octubre 2014

Cuando el Gobierno imaginaba estar ya recogiendo los frutos de la recuperación económica, resulta que sobre el PP ha caído de nuevo una de esas tormentas que no dejan títere con cabeza. Con un cabreo ciudadano que no deja de enviar riadas de votos a Podemos, la situación puede suponer la contaminación de cualquier proyecto de una derecha liberal dispuesta a abordar el saneamiento del sistema desde dentro.

“Luis [de Guindos] está muy presionado por el caso de las putas tarjetas, que así es como se refieren a ellas en Economía, las putas tarjetas”, asegura una fuente del Gobierno, “porque sabe que se ha ganado la enemiga de por vida de 86 señores que ahora están en boca de todo el mundo y de sus familias, 86 tíos que jamás le van a perdonar que haya activado la espoleta judicial, empezando por Rodrigo Rato, mal enemigo, y siguiendo por mucha gente del propio PP que están que muerden, que se la tienen jurada, porque hay que oír lo que dicen por aquí sobre Guindos, lo más suave de hijo de su madre para arriba, que si le importa un huevo el partido porque él no es militante, que si por su culpa vamos a perder las próximas generales, que habría que ponerle en la puta calle cuanto antes… Un drama y una contradicción un poco alucinante, porque, gracias a la decisión de Luis, el PP podría presumir de estar combatiendo la corrupción con medidas concretas como llevar ante el juez a los tarjeteros abusadores. En fin, una muestra de cómo están las cosas en el partido, con los nervios a flor de piel…”

Con buena parte de la legislatura consumida y cuando el Gobierno que preside Mariano Rajoy imaginaba estar ya recogiendo los frutos de la recuperación económica, lejos los días de angustia vividos en estos traumáticos años, resulta que sobre el Partido Popular (PP) han empezado a caer de nuevo chuzos de punta. Otra vez Moncloa y Génova sumidas en una de esas tormentas perfectas que no dejan títere con cabeza. Otra vez Mariano obligado a esconder la cabeza bajo el ala o, como los barcos en pleno temporal, a reducir máquina para ponerse a la capa, resuelto a esperar que escampe. Son semanas que recuerdan la tensión vivida en julio de 2013, cuando vieron la luz aquellos mensajes del presidente al malote de Bárcenas: "Luis, nada es fácil, pero hacemos lo que podemos (…) Sé fuerte. Mañana te llamaré. Un abrazo”. Un partido en permanente estado de shock, al que el destino parece empeñado en negarle respiro.

Y menos mal que ha logrado salvar el matchball del ébola, después de que Sáenz de Santamaría tomara cartas en el asunto desplazando a Ana Mato a un rincón y encomendándose al expertise demostrado por el equipo médico que ha atendido a la enferma. Con la izquierda movilizada a pesar del final feliz del envite, es fácil imaginar lo que habría pasado si Teresa Romero hubiera fallecido, porque todo parecía preparado para una reedición del episodio Prestige. Troya. El venturoso epílogo del espasmo ébola vino a solaparse, sin embargo, con el episodio de las tarjetas opacas de Caja Madrid, plástico con el que partidos y sindicatos festejaron por igual, pero cuya cuenta paga el PP en razón a la presencia en la cúspide de la Caja de Blesa –el amigo de Aznar, colocado por Aznar-, primero, y de Rodrigo Rato –nada amigo de Rajoy, pero colocado por Rajoy, simplemente porque le debía un favor o tal vez un desagravio-, después. Ébola y Bankia han truncado en flor las expectativas de recuperación de voto de un PP que llegó a creer en una cierta primavera al socaire de un eventual regreso al crecimiento económico.

¿Es el final del viejo PP?
En éstas estábamos cuando el séptimo de caballería de la Audiencia Nacional cayó sobre Ángel Acebes, secretario general que fue entre 2004 y 2008 con Rajoy al frente del partido. Acebes, un tipo más bien simplón pero honrado, al decir de quienes le conocen, seguía la estela de Rato, el hombre que seguramente ha gozado de mayor prestigio en las filas del partido, empitonado por los jueces por culpa de la ambición dineraria, la pulsión por el enriquecimiento a cualquier precio. En realidad, asistimos a la decapitación del PP salido de la revolución interna emprendida por José María Aznar en los noventa. Todos, o casi, han resultado engullidos por escándalos de distinto pelaje. Todos políticamente amortizados. El propio Aznar encabeza la lista de pesos muertos, en la que habría que incluir a Zaplana, Cascos, Rato, Acebes, Matas, Aguirre y un largo etcétera. ¿El final del viejo PP? Sí y no, porque al frente de la formación sigue impertérrito un Rajoy que fue compañero de fatigas de los aludidos y que debe su cargo al dedazo de Aznar. Es el flanco abierto en el costado de un partido que atraviesa por un momento crítico.

Son las consecuencias de laissez passer de un Rajoy que, aprovechando su paso por la oposición, tendría que haber acometido una profunda renovación en el partido durante las dos legislaturas de Zapatero. Como eso no se hizo, como nada parecido se ha hecho, como el desprestigio de la clase política no ha cesado de crecer, el PP, falto además de un discurso político y de un relato coherente de su línea de Gobierno, es incapaz de sacar algún provecho de episodios como el de las tarjetas opacas, siendo así que fue el FROB quien remitió al fiscal el expediente de marras, un FROB que depende de Economía, del mismo modo que De Guindos depende de Rajoy. “Nadie concibe que una decisión tan importante como la de sacar a la luz este escándalo haya podido tomarse sin el visto bueno del presidente”, asegura la fuente arriba citada. “Si Economía hubiera derivado este asunto hacia el Banco de España, aquí no nos hubiéramos enterado nunca de cómo esos 86 señores se gastaban la pasta de la Caja en lencería fina, porque todo se hubiera tapado. Guindos decide ejemplarizar, y en esa operación cuenta con el respaldo total de Rajoy”. Con nulos resultados, porque cualquier cosa que intente ahora el Gobierno resulta desbordada por la marea del cabreo social, de la protesta contra una clase política desprestigiada.

La penúltima víctima de la brigada judicial ha sido el exalcalde de Toledo José Manuel Molina, imputado por el caso Bárcenas, un disparo que por elevación parece apuntar a la cabeza de la secretaria general, María Dolores de Cospedal. La guinda llegó el viernes, cuando la Agencia Tributaria confirmó al juez Pablo Ruz la sospecha de que el PP pagó buena parte de la reforma de su sede de Génova con dinero de la “caja B”. ¿Cabe imaginar alguna piedra más cayendo sobre el tejado del partido del Gobierno? ¿Queda algo en el actual PP que no se haya visto afectado por la riada judicial? Queda, sí, la vicepresidenta Soraya como gran triunfadora de la purga, último asidero existente en la derecha española en caso de que Rajoy renunciara a presentarse a las próximas generales, asunto que podría ser algo más que una especulación infundada a tenor del cansancio acumulado por el personaje. El de Soraya sería el Ejecutivo de los abogados del Estado, chicos listísimos y con idiomas, muy sobrados, muy soberbios, que nunca han dirigido una empresa, que carecen de ideología y por tanto de proyecto de país, y cuya máxima aspiración consistiría en gestionar con eficacia al estilo de los Gobiernos tecnocráticos que en el mundo han sido.

Las esperanzas de remontada de Pedro Arriola
Imagen del PP destruida por la marea de la corrupción. En el castillo encantado donde habita Pedro Arriola siguen confiando en que los 13 meses que quedan para las generales sean capaces de diluir el clima de descrédito que hoy tiene al partido metido en la hura, ello en la confianza de que la recuperación económica obre el milagro de otorgarle una nueva legislatura, incluso una nueva mayoría absoluta que los más optimistas en Génova no descartan en caso de que Mariano lograra gestionar bien el envite del separatismo catalán, lo cual parece aquí y ahora el cuento de la lechera redivivo. El cabreo ciudadano no deja de enviar riadas de votos hacia el caladero de Podemos, en una marea alarmante para quienes ansían un proyecto de sociedad abierta con escrupuloso respeto hacia las libertades individuales. Esa es la peor lectura que desprende la crisis sistémica que atenaza al PP: la de contaminar cualquier proyecto, siquiera teórico, de una derecha liberal dispuesta a abordar el saneamiento integral del sistema desde dentro.

La situación política no puede estar ahora mismo más cargada de incertidumbres de cara a ese 2015 que, a priori, se presenta como uno de esos años capaces de pasar por derecho propio a los libros de Historia, como lo fue 1975 y como lo fue, por tristes motivos, 1936. Los dos partidos que dan soporte al sistema se encuentran internamente muy dañados y sin liderazgos fiables. Al uno lo sostiene el poder de la mayoría absoluta. El otro, obligado a testar un nuevo liderazgo sin poder territorial y con el desgaste de sus propias corrupciones, parece en caída libre. Una situación que podría hacer realidad, en las peores circunstancias posibles, la vieja quimera del Gobierno de coalición o de concentración como una vía de sostén mutuo capaz, además, de permitir aguantar el sistema el tiempo preciso para abordar el reto de la reforma constitucional, un envite que hoy ya parece como la única solución, casi la panacea, para encarar los desafíos presentes –desprestigio de la clase política, desafío de los populismos, envite de los nacionalismos, etc.- y alumbrar ese nuevo periodo de convivencia para los próximos 30 o 40 años del que tanto hemos hablado aquí. ¿Con estos bueyes? Pues sí, con estos bueyes habrá que arar, porque, desde la tierra yerma de la España liberal, no se adivinan otros.

Sociedad envilecida
Alejo Vidal-Quadras  www.vozpopuli.com 26 Octubre 2014

Como en una dolorosa confesión pública, cada mañana los titulares de las portadas de los grandes rotativos y los informativos de las principales cadenas de televisión desgranan corruptela tras corruptela, estafa tras estafa, cohecho tras cohecho, prevaricación tras prevaricación, saqueo tras saqueo, latrocinio tras latrocinio, en una serie interminable de escándalos, que abarcan desde la Corona hasta el más pequeño municipio, recorriendo toda la escala vertical y horizontal del Estado, Administración central, Autonomías, Ayuntamientos, empresas públicas, organismos oficiales, judicatura, como una infecta corriente de podredumbre que no se detiene ante nada, ni leyes, ni controles, ni escrúpulos éticos. En paralelo, la esfera privada o la parapública tampoco se libran de esta infección deletérea, sindicatos, partidos, elites empresariales, sociedad de autores y otras diversas instancias civiles, por su cuenta o en sucia colisión con las instituciones oficiales, participan en este festín obsceno de aprovechamiento indecoroso de los recursos de todos.

Cabe preguntarse cómo empezó esta pesadilla, cuáles han sido sus causas, qué fenómeno fatídico puso en marcha este proceso imparable de fechorías repulsivas. Sin duda, hay factores estructurales en la arquitectura legal e institucional de nuestro país que facilitan tales desmanes. Un excesivo intervencionismo, la multiplicación de poderes arbitrarios, el relajamiento de la supervisión de los gestores del erario a todos los niveles, una justicia lenta, ineficaz y absurdamente garantista, el debilitamiento peligroso de la separación de poderes, serían posibles explicaciones concurrentes para semejante caída de España en los infiernos de la venalidad. Pero en la base de tan profunda degradación, yace una causa primera, fundamental y determinante que sustenta y alimenta el resto de deficiencias tangibles de nuestro sistema.

Nos encontramos sin duda ante una pérdida generalizada de conciencia moral, una desaparición letal de referentes que guíen las conductas, un olvido suicida de nuestras obligaciones con nosotros mismos y con los demás. El gran número de gobernantes corruptos, de sindicalistas ladrones, de financieros aprovechados, de custodios de los bienes ajenos transformados en pirañas voraces de los caudales que se les confiaron contando con su honradez, han perdido aquella vergüenza que les llenaría de consternación al contemplarse diariamente en el espejo.

Solamente la recuperación de una métrica moral seria y consistente, que se enseñe en las escuelas, que se practique desde cualquier responsabilidad pública o privada, que se difunda desde los instrumentos de creación de opinión, acompañada de la repulsa social más enérgica y del castigo inmediato y severo de estos comportamientos, nos permitirá volver a la senda de la respetabilidad, de la autoestima, del crecimiento y la prosperidad. El ciclo electoral que se aproxima, y que terminará en el otoño de 2015, nos da a los españoles la oportunidad de enderezar nuestro rumbo perdido en el oleaje pestilente de la corrupción. Hay que borrar del mapa a las formaciones que nos han precipitado en este abismo y dar la mayoría, cada uno según sus preferencias ideológicas, a aquellas opciones cuya historia esté limpia de abusos de esta naturaleza. Lo demás vendrá por añadidura, pero sin este paso previo indispensable seguiremos chapoteando en el barro viscoso de la ignominia y el fracaso.

En España el modelo de estado sigue sin cerrarse, lo que se ha traducido en una dinámica de descomposición
¿Los últimos días de España?
http://www.diarioya.es/  26 Octubre 2014

"En 2007, el prestigioso escritor de la posguerra europea Walter Laqueur publicó "The Last Days of Europe", un lúcido estudio sobre las causas de la decadencia europea. El libro no ha sido publicado todavía en España, donde la corrección política se impone.
Laqueur trata de dar respuesta a la cuestión de qué ocurre en una sociedad cuando bajos índices de natalidad sostenidos, envejecimiento, se juntan con una inmigración incontrolada.

El autor cree que Europa, dada su debilidad, jugará, en el futuro, un modesto papel en los asuntos mundiales, a la vez que muestra su certeza de que será algo más que un museo de pasadas gestas culturales, para el solaz de turistas asiáticos.

Por supuesto que España no se escapa de su agudo análisis y deja constancia de su rol en el "landslide" europeo.

El contexto sociocultural que expone Laqueur, es motivo para reflexionar sobre las singularidades que aquejan a España y que no comparte con ningún otro país de Europa, lo que hace de su situación algo particularmente grave:

- En España, a los 30 años de aprobarse una constitución democrática, el modelo de estado sigue sin cerrarse, lo que se ha traducido en una dinámica de descomposición. En un arrebato de originalidad se puso en práctica un modelo excepcional en el constitucionalismo comparado: se inventó el "estado de las autonomías".

Su materialización ha consistido en ir desposeyendo, paulatinamente y sin pausa al Estado de sus competencias, creando a la vez fronteras interiores basadas en exclusivismos artificiales y en diferentes niveles de bienestar.

- España es el único país de Europa con un terrorismo propio, de carácter secesionista, donde sus miembros y simpatizantes están en las instituciones del estado y reciben ayuda de los presupuestos públicos.

- En España, se relativiza, o se niega el concepto de nación, impulsado por un "status" de idiosincrasia política que permite la puesta en manos de exiguas minorías independentistas, resortes políticos que cualquier estado con un mínimo sentido de la supervivencia no osaría considerar, ni tan siquiera en tono de broma, su transferencia a las regiones. Ejemplo: la educación.

- Y, sobre todo, existe un hecho de enorme importancia social: el pueblo español cree que vive en una democracia consolidada.

Las "élites" políticas españolas trasmitieron al pueblo que se había terminado con éxito la "transición política" y que todos se habían convertido en "demócratas de toda la vida". Se había conseguido un hecho espectacular, lo que otras naciones habían tardado siglos en alcanzar, España lo había conseguido en una década prodigiosa.

Se instaló en la opinión pública la certeza que era madura y estaba bien informada, que había una clase política experta y con sentido de estado, que funcionaba la separación de poderes y actuaba como la fortaleza de la democracia, dado el vigor y prestigio de sus instituciones. Todo era una falacia.

Un largo periodo de crecimiento económico y bienestar material enmascaró durante años la metástasis que corroía el cuerpo nacional.

El fin de los sueños se produjo el 11 de marzo de 2004. Un ataque, posiblemente por parte de un actor no estatal, en forma de acción terrorista, iba a poner de manifiesto la enfermedad terminal que aquejaba a España.

La sociedad lo encajó como un "atentado", un hecho al que estaba acostumbrada por las innumerables acciones de ETA y que tenía su liturgia particular.

Empieza con el estupor e indignación, sigue con las condenas, las manos blancas a continuación y, después, el olvido, hasta el siguiente golpe.

Pero esta vez, el ataque era de carácter "apocalíptico", no era "selectivo" como los anteriores.
Tenía un objetivo claro, destruir España como actor estratégico.

Los casi doscientos muertos y los cientos de heridos, efecto material del ataque, sólo eran el catalizador para alcanzar los efectos estratégicos, los terroristas habían finalizado su trabajo.

Los creadores de opinión pública y la puesta en práctica de una política diferente se encargarían de materializar esos efectos.

El pueblo español se encogió.

No había sido casual que España fuese elegida como blanco. La debilidad de sus instituciones y la vulnerabilidad de su opinión pública, la hacían pieza adecuada para asestar un duro golpe al mundo occidental, suprimiendo a uno de sus peones.

A partir del 11 de marzo de 2004, España desapareció como actor estratégico y se volvió hacia si misma, como había hecho en los dos siglos anteriores.

Una ola de "catetismo" invadió el país. La fabricación de "diferencias" entre regiones se acentuó, " la España plural", a la vez que la Constitución , se adaptaba convenientemente a las circunstancias.
Se apeló a la "memoria histórica", como si de la Guerra Civil al posmodernismo de principios del siglo XXI no hubiese ocurrido nada, y se articuló una política de "ampliación de derechos" que no era más que ingeniería social, al más puro estilo orwelliano.

El 11 de marzo de 2004 se convirtió en fecha incómoda. La sociedad española no consideró la acción terrorista un ataque a su integridad, sólo una retribución por una errónea política exterior.
Cualquier estado moderno que sufriese una agresión semejante habría empleado los resortes adecuados para conocer quién promovió el ataque y a quién beneficiaba, en el ámbito internacional, para actuar en consecuencia.

Pero a una sociedad que se le había inoculado el "no a la guerra", no podía concebir que alguien emplease la violencia organizada para alcanzar fines políticos. La solución fue aplicar el procedimiento penal, aunque era, a todas luces, insuficiente.

La "verdad judicial" aclararía el hecho. Hoy se conoce dicha verdad, pero poco se sabe de quién ordenó el ataque y a quién benefició en el ámbito internacional. La opinión pública, dirigida por su clase política y por los medios de comunicación, olvida.

Como señala Laqueur, Europa está enferma. El bajo nivel de natalidad y una inmigración descontrolada es un cóctel letal para el ser europeo y para cualquier sociedad. España sufre esa enfermedad y, además, su propia deriva centrífuga, que puede acelerarse al ampliarse las desigualdades sociales por la crisis económica.

Su sociedad está enferma y su mediocre clase política es incapaz de encontrar el tratamiento adecuado, ya que, sin excepciones, se embarca en una huida hacia delante, alabando el "estado de las autonomías" y evitando las referencias éticas.

Si no se reacciona, todo hace indicar que "The last days of Spain" precederán a los del resto de Europa."

******************* Sección "bilingüe" ***********************

Juego de palabras
JOSÉ MARÍA CARRASCAL ABC  26 Octubre 2014

COMO Potemkín, primer ministro de Catalina de Rusia, iba montando falsas villas a orillas del Volga al paso de la zarina, Artur Mas ha montado un falso referendo en Cataluña. De entrada, convirtió el referendo, para el que no tenía atribuciones, en consulta. Suspendida esta por el Tribunal Constitucional, la ha convertido en «proceso participativo», con las mismas preguntas y en la misma fecha, sin garantía alguna, al no haber censo, convocatoria, listas, supervisión ni recuentos oficiales, a celebrar en locales de la Generalitat o de los ayuntamientos, que deberán nombrar un coordinador del evento, apoyado por voluntarios, a los que se hará una póliza de seguro «por las responsabilidades en que puedan incurrir», mientras el president queda libre de ellas.

Añádanle que la Generalitat ha lanzado una campaña publicitaria informativa e instado a los catalanes en el extranjero a participar en sus delegaciones internacionales, y tendrán que estamos ante un simulacro de consulta, calificado también de ficción, timo, farsa y otras lindezas, cuando, de hecho, se trata de un fraude de ley, al preguntar a los catalanes, bajo otro nombre y embalaje, algo que solo el Gobierno puede autorizar y todos los españoles decidir: si quieren separarse de España. Lo que debe permitir a Mas salvar la cara ante los suyos y venderlo fuera como legal. Si se lo impiden por orden gubernativa o judicial, clamará a todos los vientos que los catalanes no han podido expresar su voluntad. El Gobierno debe prepararse para ello. En el callejón sin salida en que se encuentra, Mas no tiene nada que perder y parece dispuesto a llevar su desafío hasta el final. Mientras, los catalanes, engañados y desesperados, quieren votar aunque sea un simulacro y aunque sea ilegal. Pero los funcionarios y cargos públicos envueltos deben saber que están colaborando en la misma consulta suspendida por el Tribunal Constitucional, con otro nombre.

Que lo intenten los nacionalistas no debe indignarnos ni extrañarnos. A fin de cuentas, buscan nación y estado propio. Pero que el PSC se preste al embeleco resulta más grave y confirma que es un partido político partido por la mitad. Una sombra errante por la escena catalana, condenada a terminar siendo engullida por otros partidos que saben lo que son y lo que buscan.
Iceta, su secretario general, ha pedido a los alcaldes socialistas que cooperen con esa parodia. Cuando se les pregunta por qué lo hacen, su respuesta es: «Nosotros queremos votar, pero vamos a votar que no». ¡Vaya forma de engañar y de engañarse! La mejor forma de votar «no» es que no se celebre esa farsa. Pero el PSOE hace ya tiempo que vive sin saber si es socialista, si es español y ni siquiera si es un partido o varios. Ahí lo tienen, desangrándose por la izquierda y vendiendo al resto de los españoles el federalismo como curalotodo, como vendía la tercera vía, sin decirnos qué eran una cosa ni la otra.

Posiblemente, por no saberlo.

Una treintena de jueces catalanes por el Derecho a Decidir (la independencia)
José Rosiñol Lorenzo Periodista Digital 26 Octubre 2014

Hay dos piedras angulares sobre las que se sustenta el entramado narrativo del independentismo, ambas son deformaciones, la primera es un falaz determinismo economicista concentrado en el “España nos roba” cuyo sentido último (disfrazado de racionalidad) es plenamente emocional, alude al sentimiento de la inquietud, del miedo, de la propiedad, de la delimitación de un otro cuya existencia es, básicamente, la expoliación.

La segunda es la perversión del lenguaje, el juego de la confusión de los términos, de la adjetivación implícita de términos políticos que se hacen pasar por argumentos jurídicos, naturalmente me refiero a la campaña por el “Derecho a Decidir” y sus variantes como “queremos votar”, decidir y votar sin más, sin explicitar qué, porque aquí la cuestión es el qué no el cómo, aunque, lo importante, para el nacionalismo es solo esto último, el cómo llegar al objetivo político.

Esta degeneración democrática, esta fiesta de la manipulación, alcanza todos los ámbitos de la sociedad catalana, parece que el fin justifica el recurso a cualquier método, lo preocupante es que la gente está tan acostumbrada a dichos métodos, tiene tan asumido el discurso, que la aparente unanimidad de la realidad mediática ha contaminado la percepción que el ciudadano tiene de la actualidad política, incluyendo el reparto de roles (bueno/malo; propio/impropio) en función de la cercanía al relato nacionalista.

Parece que con el objetivo de afianzar la percepción de que es “legal, democrático y posible” un referéndum de autodeterminación en Cataluña, una treintena de jueces catalanes han firmado un manifiesto en el que aducen que tanto la Constitución como las “leyes internacionales” avalan el “derecho a decidir”.

Como no podía ser de otra manera, dicho manifiesto ha sido masivamente difundido gracias a la tupida red de medios de comunicación públicos y privados al servicio del Proceso, entre ellos la emisora de radio RAC1, perteneciente al Grupo Godó, ha entrevistado a uno de los promotores y estrella ascendente en el panorama mediático nacionalista, el juez Santiago Vidal.

Para ilustrar las conclusiones de dicha entrevista –en realidad parecía más un publirreportaje- iré transcribiendo las aportaciones del Sr. Vidal, cuando el presentador del programa el Món a RAC1, Jordi Basté, le preguntó acerca de la división del Tribunal Constitucional respecto a la declaración de soberanía del Parlament, la respuesta fue “Es bueno que haya división en el Tribunal Constitucional porque eso demuestra mínimamente la independencia de algunos magistrados…no de todos”, ¿acaso la independencia de un magistrado del Alto Tribunal se demuestra en función de si te da la razón?

Seguidamente han entrado a tratar el tema del manifiesto favorable al “derecho a decidir”, cosa que Jordi Basté lo ha introducido recalcando que se trataba de “un manifiesto a favor del derecho a decidir, repito, del derecho a decidir…”, es decir el objetivo de entrevistado y entrevistador era el mismo: hacer creer que ese derecho no tiene un único objetivo, la independencia.

El juez Vidal ha comenzado su exposición diciendo “Confiamos en alcanzar más de un centenar de adhesiones (de los 750 jueces que ejercen en Cataluña)… la mitad de la plantilla de la carrera judicial son jueces españoles que están destinados aquí forzosamente, por tanto, no son jueces que tengan un concepto de arraigo, de quererse quedar, ni tan siquiera quieren saber nada del futuro de Cataluña…”, parece que la justificación a la no unanimidad del gremio judicial solo puede justificarse porque hay muchos españoles (forzados) en la judicatura catalana…

Seguidamente ha continuado diciendo “…en cambio los que sí que somos de aquí y algunos nacidos fuera pero que ya está perfectamente arraigados porque ya llevan muchos años aquí, es bueno que se pronuncien por un tema…”, es decir, los catalanes hemos de pronunciarnos indefectiblemente respecto al lío independentista, ¿y los catalanes que creemos innecesario e inoportuno hacer un referéndum de autodeterminación?, ¿lo haremos por qué no estamos lo suficientemente arraigados (o convencidos, o asimilados)?

Otra de las contradicciones en las que ha incurrido el Sr. Vidal, contradicciones que revelan la instrumentalización del discurso democrático en pos del Proceso ha sido cuando ha expresado “…no solo por un tema de la legitimidad política…pero sí por la legalidad jurídica de una decisión tan trascendental como es la que adoptó en su día el Parlament y después la Generalitat de fijar una consulta para saber qué quiere el pueblo en relación al futuro Estado, si ha de ser independiente, federal, confederal, etc….”, ¿al futuro Estado?, ¿no habíamos quedado que la pregunta binaria era para “incluir” a los que no querían que Cataluña se convirtiese en Estado?, ¿de dónde se deduce que el resultado a esa primera pregunta sería ineludiblemente sí…?

Jordi Basté para seguir preparando el terreno al entrevistado y para que la soflama quede incrustada en la mente de los radioyentes afirmó: “…es un manifiesto, repito, por el Derecho a Decidir…” a lo que el Sr. Vidal ¿respondió?: “…es muy importante esto, no es un manifiesto a favor de la independencia, es el pueblo quién ha de decidir que estatus jurídico ha de tener este nuevo estado…con este manifiesto nosotros solo defendemos que la gente pueda votar…”, afirmación por la que vuelve a presuponer el resultado a la primera pregunta, parece que el mínimo aceptado por el nacionalismo es que Cataluña sea un Estado, digan lo que digan los catalanes y diga lo que diga la Ley.

Seguidamente, y ante la única pregunta incómoda planteada por un contertulio, el entrevistado respondió: “…hemos hecho un pequeño trabajo de campo para ver qué número de jueces se quedarían en caso en la hipótesis, y nos lo planteamos solo como hipótesis, de que el resultado de la consulta del 9 de noviembre fuese que Cataluña ha de devenir un estado independiente, y casi un 70 u 80 por ciento de esos jueces (los “españoles” que están forzosamente aquí) han dicho legítimamente que ellos pedirán como jueces españoles poderse ir…”, parece que también en el ámbito judicial te tienes que posicionar necesariamente, lo que antaño era un derecho de la privacidad (tu ideología política) ahora es objeto de exposición pública.

Una vez que entrados en el núcleo de la argumentación del manifiesto, el juez expresó su opinión respecto a la más que probable prohibición de la consulta: “…si se prohíbe la consulta, nuestra opinión será…que esta decisión será inconstitucional…porque iría en contra del espíritu de la Constitución y además sería una decisión que iría en contra de la legislación internacional, en concreto de la declaración de Naciones Unidas que reconoce el derecho de autodeterminación de todos los pueblos y del Pacto Internacional de Derechos Civiles y Políticos que también reconoce este Derecho a Decidir…”, ¿pero no habíamos quedado que el “derecho a decidir” no tenía nada que ver con la independencia?, ¿entonces por qué mezcla el derecho de autodeterminación con el “derecho a decidir”?, imagino que cuando te encuentras entre amigos te dejas llevar y sale a flote tu auténticas intencionalidad, y por cierto, ¿desde cuándo el derecho de autodeterminación recogido por la ONU para procesos de descolonización indica que es “para todos los pueblos” o esto solo responde a un intento más de confundir a la población?

Finalmente y como culmen de lo expuesto, el entrevistado dijo: “…y en consecuencia, quién tendría que tener la última palabra, tendría que ser el Tribunal Internacional de Justicia, y nosotros como jueces acataríamos lo que decidiese no solo el Tribunal Constitucional español sino el Tribunal Internacional de Justicia…”, ¿jueces españoles que no acatan las sentencias o los pronunciamientos del Alto Tribunal y se acogen a una incompetente (para este caso) justicia internacional?.


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