AGLI Recortes de Prensa   Miércoles 12  Noviembre  2014

La quiebra del Estado de Derecho y la división de los regeneracionistas
EDITORIAL Libertad Digital 12 Noviembre 2014

Es lógico que quien durante más de dos años no ha sabido o no ha querido impedir la comisión de una ilegalidad tan largamente anunciada y flagrante como el 9-N busque ahora consuelo en una reconfortante distorsión de la realidad de lo que ha pasado. Tal es el caso de los miembros del Gobierno, cuyo presidente, por cierto, sigue desaparecido.

El ministro Soria ha declarado: "El Gobierno desde un primer momento dijo que el referéndum no se iba a realizar y que no se iba a realizar la consulta, y no se ha realizado ni referéndum ni consulta. Ha habido una apariencia de consulta que no tiene ningún tipo de efecto". Resulta alucinante que un ministro haga suyas las triquiñuelas nominativas empleadas por los separatistas para dar apariencia de legalidad a un monumental fraude de ley. Olvida Soria, además, que tan impugnados y nulos efectos otorga la ley al "referéndum", a la "consulta" y a ese "proceso participativo" que, con el declarado mismo fin, finalmente se perpetró. Está visto, sin embargo, que quien rehuye su obligación de hacer cumplir la ley está abocado a coincidir, aunque sea en triquiñuelas nominativas, con quien la vulnera.

Por otro lado, la vicepresidenta Sáenz de Santa María, sin dejar de reconocer que el Gobierno de Mas "se salta la ley con la excusa de la política", ha buscado un patético consuelo en el hecho de que "dos de cada tres" catalanes no han participado en la ilegal consulta soberanista. No es un dato desdeñable, pero lo decisivo en este asunto no es la participación ni el sentido del voto de los que han participado; lo decisivo es que "ni los tribunales ni la Constitución", tal y como aseguró Mas en su día, han impedido su celebración. Por la dejación de responsabilidades de un Gobierno central que se ha negado a inhabilitar, a disuadir o a dejar de financiar privilegiadamente a unos mandatarios regionales en abierta y anunciada rebeldía contra la Nación y el Estado de Derecho.

El argumentario de la vicepresidenta podría, además, ser pulverizado por los nacionalistas sin siquiera recurrir a su proverbial desfachatez. Podrían decir que la negativa del Gobierno a dar validez a los resultados del 9-N llevó a muchos catalanes a no hacer colas o a abandonarlas por una votación que no iba a resultar vinculante. Podrían alegar que lo que han querido y siguen queriendo es que se respete lo que decida la mayoría de los catalanes, sea la permanencia en España o su salida; que por esa razón no renuncian a un referéndum que sea verdaderamente vinculante para el Gobierno.

La cuestión, sin embargo, es que la soberanía nacional no reside ni en el tercio de catalanes que han participado en la ilegal consulta de Mas ni en los dos tercios que le han dado la espalda, sino en el conjunto de los ciudadanos españoles.

Negar la quiebra que ha sufrido el Estado de Derecho el 9-N es tanto como negar la ilegalidad de la persistente desobediencia nacionalista a los tribunales en materia lingüística, la existencia de un Consejo Asesor para la Transición Nacional, el embrión de la Agencia Tributaria catalana y demás "estructuras de Estado", ante la voluntaria ceguera de Rajoy.

Si se compara la determinación de los nacionalistas a la hora de saltarse la ley con la de Rajoy para impedirlo, no extrañe que los directores de los colegios de Cataluña digan: "Temíamos más al Departament que al Gobierno".

Se comprende que este espectáculo de quiebra del Estado de Derecho sea ocultado por quienes lo toleran. Pero ¿qué falta más por ver para que partidos y movimientos regeneracionistas como Libres e Iguales, UPyD, Vox y Ciudadanos aúnen fuerzas en pro de una gran coalición electoral como genuina alternativa? Sus legítimas diferencias son meras cuestiones de matiz en comparación con la amenaza que supone tanto la persistente degradación del sistema por culpa de PP y PSOE como la irrupción del populismo liberticida de Podemos. Y no querer verlo es casi tan grave como la ceguera voluntaria que padecen quienes son responsables de este estado de cosas.

EL PENÚLTIMO DESAFÍO
La incomparecencia del Estado en Cataluña
Rafael Núñez Huesca www.elsemanaldigital.com 12 Noviembre 2014

Al margen de las cifras, los síes y los noes, las abstenciones y la participación, al margen, en definitiva, de las diferentes interpretaciones que sobre el 9N se vienen haciendo, lo verdaderamente descorazonador de todo esto es la inacción, casi apatía, del Estado de derecho.

Una región ha lanzado un órdago al Estado y lo ha ganado. Artur Mas avisó que se votaría "sí o sí", que habría papeletas, urnas, preguntas, observadores; que habría consulta al fin y al cabo. Rajoy, presidente del Gobierno, advirtió lo contrario: "esa consulta no se va a producir". Pero la consulta se ha producido. A partir de este momento ya todo es posible. El Estado, al no regir, al no ejercer sus facultades democráticas, pierde su legitimidad de hecho y de derecho. La Generalidad ya es, de facto, la única autoridad competente en Cataluña.

El nacionalismo ha ganado su penúltimo desafío como viene ganándolos desde la inclusión de aquél término, "nacionalidades", en la Constitución del 78. Al secesionismo se le lleva dejando hacer desde hace casi 40 años sin que el Gobierno de la Nación, presa de atávicos complejos, actúe para evitarlo.

Desde la cesión absoluta del sistema educativo a las embajadas autónomas en el extranjero, desde la inmersión lingüística obligatoria a la corrupción tolerada. El papel del Estado en Cataluña ha ido desapareciendo paulatinamente a fuerza de ceder la legitimidad democrática exclusiva al gobierno autónomo. Lo del domingo no es sino el resultado de cuatro décadas de claudicación. España, su gobierno, ha renunciado a defender su integridad porque pensaba que renunciando la garantizaba. Que esquivando los conflictos, evitando el enfrentamiento directo con el nacionalismo, éste se apaciguaría, ignorando que cualquier nacionalismo es, por defecto, insaciable.

España está perdiendo el combate de su unidad por incomparecencia. España hace años que ha desertado de Cataluña, dejando a millones de catalanes desamparados frente a un nacionalismo ambiental que lo impregna todo y cuyo discurso es ya hegemónico. La cesión y el apaciguamiento tan solo han servido para alimentar la voracidad del nacionalismo, no para integrarlo en el proyecto común. Sencillamente porque no es posible integrar a quien no se quiere integrar.

Pepé y pesoe son los responsables, por omisión, del actual estado de cosas. Sus promesas de nuevas reformas constitucionales y vías federales suponen un empecinamiento suicida por seguir los mismos paso que nos han llevado hasta aquí. Son partidos amortizados que urge sustituir. Y existen tres opciones para hacerlo, dos en el centro izquierda y una en la derecha. Son UPyD, C´s y Vox respectivamente.

La nueva "espantá" de Mariano Rajoy.
Vicente A. C. M. Periodista Digital 12 Noviembre 2014

Han pasado ya más de 48 horas desde que los secesionistas lograron su objetivo de realizar aunque fuera un simulacro de consulta por la pasividad y complicidad manifiesta de Mariano Rajoy y su Gobierno. Una fecha que enmarcar entre las efemérides de la vergüenza nacional al ver como el delincuente Artur Mas cumplía su promesa de que el 9N iba a haber urnas y papeletas, mientras que Mariano Rajoy cometió la mayor traición a España y al pueblo español por permitir que una vez más se violara la Ley que defiende a todos los españoles. Y no contento con eso, en vez de dar la cara y aparecer públicamente, da la callada como respuesta y vuelve a huir de forma indigna con la excusa de su asistencia a una reunión en las antípodas, allí en Australia, con lo que estará ausente durante los próximos diez días.

Esto que a veces lo he llamado toreramente “la espantá” solo nos sirve como argumento sólido para incidir en nuestra exigencia de pedir su dimisión junto a todo su Gabinete, la creación de un Gobierno transitorio funcional, la disolución de las Cámaras y la convocatoria inmediata de elecciones generales. Como ya dije ayer ni Mariano ni este Gobierno están ya legitimados para seguir gobernando España. No nos representan los que de forma tan flagrante han dejado a millones españoles en Cataluña desamparados e impotentes al ser testigos del auténtico “golpe de Estado” que representa el desafío secesionista y la impunidad de sus actos ante la pasividad de la FFyCCSE maniatadas por orden del Gobierno.

Es igualmente indignante querer cargar las culpas en otros como acusaciones sobre el mismo Tribunal Constitucional que carece de las competencias para hacer cumplir sus sentencias o sus disposiciones. Bastante es que jurídicamente baste admitir a trámite una impugnación para que automáticamente lo recurrido sufra una suspensión en su aplicación y desarrollo mientras el TC se pronuncie sobre el fondo y dicte sentencia de su constitucionalidad o no. O como otros dirigentes apuntaron, acusar de parsimonia y relajación a la Fiscalía General por no haber identificado a los responsables de la apertura de los colegios electorales, cuando lo efectivo habría sido impedirlo mediante la presencia de las FFyCCSE.

Esta huida de Mariano Rajoy me recuerda aquella que realizó tras la derrota en las elecciones generales del 2004, dejando aquella imagen compungida desde el balcón de Génova que fue el colofón a aquellos miserables días de los atentados terroristas en los trenes de cercanías de Madrid. Aquella aparición televisiva de sorpresa y pánico ante el rodeo de las sedes del PP en el día de reflexión que fue seguido por otra aparición de Alfredo Pérez Rubalcaba. Si aquello fue otro golpe de Estado para forzar la opinión de los ciudadanos en una dirección de voto, hoy se vuelve a repetir la historia con un PP errático y huidizo y con un PSOE empeñado en sacar tajada política hablando de “diálogo” donde solo es una rendición incondicional ante el separatismo.

España no debe pasar otra vez por esto y que se mercadee con nuestro futuro ante el chantaje de unos delincuentes cuyo fin último es obtener la independencia y además que les salga gratis y sin asumir la parte de la deuda nacional que les corresponde. No podemos consentir que se ahonde en la separación y en la discriminación entre regiones de España, por la cobardía de un Gobierno incapaz de haber usado todos los medios que el Estado de Derecho pone a su disposición para hacer cumplir las leyes. No debemos permitir que se consolide la creación de ciudadanos de primera, de segunda y de tercera clase. Exijamos nuestros derechos y la igualdad de todos los españoles ante la Ley. Acabemos con las prebendas y elitismos de una casta política corrupta y cobarde que negocia paz por territorios y está dispuesta a sacrificar a los ciudadanos para contentar a una casta igualmente corrupta que se envuelve en banderas nacionalistas como forma de tapar sus fechorías y su enriquecimiento delictivo.

Por una España Unida, Libre y Solidaria, demostremos de forma contundente que no estamos dispuestos a que estos delincuentes logren su objetivo. La Soberanía Nacional es nuestra, del pueblo español y no es ninguna moneda de cambio, ni siquiera virtual. Acabemos con este sistema corrupto y comencemos la regeneración. ¡GOBIERNO TRAIDOR DIMISIÓN!¡ELECCIONES GENERALES YA!

Cataluña
El independentismo ha fracasado
José García Domínguez Libertad Digital 12 Noviembre 2014

Conocer, dicen los matemáticos, gentes refractarias por oficio al griterío histriónico y la retórica huera es cuantificar. De ahí que cualquiera que domine los rudimentos más básicos de la aritmética, pericia por desventura ajena al grueso del gremio periodístico, tenga que llegar a idéntica conclusión a propósito del simulacro del 9-N. Llámese como se le quiera llamar a lo del domingo, la cosa ha supuesto un fracaso absoluto para la causa de los independentistas. Absoluto y sin paliativos. Contra lo que quiere creer el Madrid nihilista y anumérico, eterna víctima de un muy castizo síndrome de Estocolmo intelectual, los separatistas han perdido. Y apenas hace falta, decía, saber sumar a fin de comprobarlo. Con absolutamente todo a su favor. Con la Administración en sus manos y de su parte. Con los medios de comunicación públicos (amén de los pensionados) en sus manos y de su parte.

Con la logística del evento en sus manos y de su parte. Con los discrepantes callados y aparte. Con unas condiciones ideales solo factibles por tratarse el asunto de una coña marinera, no de un referéndum de verdad, resulta que han fracasado. Y estrepitosamente, además. Pero si es que ni en Gerona han ganado (con una participación similar a la de las autonómicas de 2012, el sí no pasaría del 47,5% de los votos). ¡Ni en Gerona! Pero si es que únicamente se han impuesto en tres miserables capitales de comarca. Siempre en relación al censo electoral de 2012, resultan ser mayoría en Vic (60,9%), en Olot (55,3%), en Tárrega (52,7%) y para de contar. ¡Solo en tres! Pero si en la segunda ciudad de Cataluña, Hospitalet del Llobregat, no les ha votado ni el gato (17,7%). Pero si en Santa Coloma de Gramanet no llegan ni a un miserable 15% (14,1%). Pero si en Tarragona se quedan lejos del 30% (26,3%). Pero si en la propia capital del nasciturus escasamente logran sobrepasar, y con indecibles sudores y esfuerzos, un ridículo tercio de las voluntades de la plaza (35%).

Sin jugarse en el envite la pensión de la Seguridad Social, sin arriesgar el saldo de la cartilla en La Caixa, sin someterse a la contingencia de morar fuera del euro y de la Unión Europea, saliendo la broma gratis total, solo son 1.861.753 personas (el 33% del censo electoral). Ni uno más. Y con 1.861.753 personas, ¡ay!, no se gana un referéndum de autodeterminación en Cataluña. No se gana, punto. Se pongan como se pongan, los números no salen. En el viaje a Ítaca hay demasiados asientos vacíos, los de la inmensa multitud silente que ha preferido quedarse en tierra firme. Así las cosas, bastaría una participación similar a la de las anteriores elecciones autonómicas (67%) para que el independentismo fuese barrido del mapa en un hipotético referéndum legal. Como en Escocia. Como en Québec. El Madrid nihilista seguirá sin enterarse como suele, pero esta partida la vamos a ganar los españolistas de Cataluña. La estamos ganando ya.

Cataluña
Mejor un referéndum que la reforma
Emilio Campmany Libertad Digital 12 Noviembre 2014

El Gobierno, la oposición y buena parte de la prensa creen que Mas va de farol y que ha insistido en celebrar la consulta ilegal y hacerse portavoz de una supuesta mayoría de catalanes que desean la independencia sólo para fortalecer su posición negociadora. Es posible que sea así, pues de otro modo no se entiende para qué trajo a Madrid 23 propuestas que negociar cuando lo que se supone que quiere es la independencia y punto. Rajoy, por su parte, aun queriendo negociar, no está dispuesto a llegar ni mucho menos hasta donde quiere Mas, de forma que aprovecha la consulta para emprender acciones legales contra el presidente de la Generalidad para negociar con él su retirada. El PSOE y la mayoría de la prensa instan a ambos a negociar y a reformar la Constitución. No está claro que haya una reforma capaz de hacer que los independentistas renuncien a su objetivo, pero supongamos que sí que la hay.

El caso es que todos aquellos que, ya sean Pedro Sánchez o Anson, la patrocinan como medio de resolver el problema catalán no dicen nada del contenido que debería tener ni hasta dónde están dispuestos a ceder. Y no lo dicen porque si dijeran en lo que están pensando la mayoría de los españoles la rechazaría. Más bien creen que todo se debería cocinar de espaldas a la opinión pública para, una vez se haya llegado a un acuerdo, servir el guiso aprisa y corriendo y que nos lo comamos sin hacer demasiadas preguntas. Porque esa reforma, con independencia de los detalles, convertirá a España en una confederación donde la soberanía ya no será del pueblo español sino que estará troceada entre varios pueblos, uno de ellos, por supuesto, el catalán. Y será así porque Mas no puede, y probablemente tampoco quiera, conformarse con menos.

Y, francamente, creo que es inadmisible. Antes de que España se transforme de facto en una confederación y que el pueblo español deje de existir como entidad soberana, es preferible que los independentistas proclamen la independencia de su región. Para todos aquellos que, dentro y fuera de Cataluña, deseen hacer algo que, sin emplear la violencia, impida que los independentistas consuman su amenaza, la única solución que los demás podemos aceptar es la del referéndum. Uno en el que los catalanes tengan que decir sí o no como Cristo nos enseña. Si sale sí, adiós y que les vaya bonito, y si sale no que se conformen con la mucha autonomía que ya tienen, pero ni un privilegio más. Y que ellos decidan qué es lo que prefieren. Pero perseverar en los ingenuos esfuerzos de encajar a Cataluña en España después de que ha sido precisamente eso lo que nos ha conducido a este cleptocrático Estado de las Autonomías es estúpido. No tiene sentido que destruyamos un poco más España con el fin de dar satisfacción a los independentistas catalanes si de todas formas nunca estarán satisfechos hasta que la vean destruida del todo.

Desafio secesionista
Cuando Mas y Homs se ríen de ti
Pablo Molina Libertad Digital 12 Noviembre 2014

La primera reunión del Gobierno regional de Cataluña tras el 9-N ha sido una fiesta en la que Mas y sus ministrillos no paraban de comentar jubilosos la jugada del domingo, señal de que todavía les dura el subidón. Están como los adolescentes la primera vez que se van de juerga a espaldas de sus padres, que al día siguiente se echan unas risas recordando la nochecita para dar envidia a los que aún no han vivido su primer botellón. Los nacionalistas se nos han hecho mayores, y eso que parece que fue ayer cuando se limitaban a llorar para sacarnos la pasta al por mayor y robar al detall.

En Madrid, los medios de comunicación de referencia, los intelectuales de progreso y el Partido Socialista insisten en que ahora Rajoy tiene que negociar con Artur Mas el famoso encaje de Cataluña. Para que nos entendamos, el "encaje" no hace referencia al ajuste de una pieza mal colocada, como se pretende hacer ver, sino a la destrucción del puzle entero. La tesis ampliamente compartida es que Rajoy no tenía que actuar cuando estaba a tiempo de hacerlo para impedir un acto ilegal, sino ahora que el delito se ha consumado, pero haciendo ver que aquí no sólo no ha pasado nada sino que hay que premiar a los delincuentes. Es como si el Gobierno se pusiera a negociar con la Pantoja no en qué centro penitenciario quiere cumplir su sentencia, sino cuánto quiere cobrar por hacer un programa semanal de televisión en la franja estelar de TVE.

Y la famosa tonadillera andaluza al menos sabe cantar y goza de gran prestigio en su profesión, pero que el Gobierno de un país desarrollado se arrodille ante personajes como Homs, Mas o el Tío de la Chancla es un trance vergonzoso que los españoles no tendríamos por qué sufrir. La única negociación que Artur Mas puede mantener con el Estado es la que lleve a cabo en su día su abogado con la Fiscalía durante el juicio oral, por haber incumplido las sentencias de los tribunales y haber impulsado un acto sedicioso como presidente de la Generalidad. "Es la hora de la política", dicen los partidarios de la negociación a calzón quitado para garantizar la inmunidad de Mas; pero olvidan que la primera condición de la política en un Estado de Derecho es garantizar la aplicación de la ley a todos por igual. Curiosamente, son las mismas voces que se escandalizan por el elevado número de aforados que hay en España, porque ese es un privilegio que sus epidermis superdemocráticas no pueden tolerar. Recordémoslo la próxima vez que pidan la dimisión de un senador por haber viajado a visitar a sus queridas con cargo al presupuesto estatal.

El qué y la nada
IGNACIO CAMACHO ABC 12  Noviembre 2014

Unas elecciones «plebiscitarias» no desembocarán en la secesión exprés. La independencia carece aún de masa crítica

EL periodismo goza de algunos privilegios de información restringida pero no hay entre ellos elementos bastantes para predecir con cierta verosimilitud el futuro. Sobre todo si entre las variables de ese porvenir dudoso hay que evaluar los retorcidos designios de Artur Mas, ese dirigente con apariencia de maniquí de cartón que ha pasado de manejable testaferro ?por ahora solo político? de Pujol a iluminado mesías de la independencia catalana. Por eso cuando estos días me hacen la inevitable pregunta de moda, que es la de qué va a pasar después del 9-N, me acojo a la receta galaica y pragmática del viejo Pío Cabanillas, un tipo cuyo hermetismo haría pasar el de Rajoy por un libro abierto: es urgente esperar. Entre otras cosas porque por mucho que los soberanistas se agiten eso es lo que parece dispuesto a hacer, o a seguir haciendo más bien, el presidente del Gobierno.

En realidad, salvado mal que peor su reto inmediato con un referéndum de mentirijillas, a Mas también le conviene la espera. Simplemente porque dentro de algo más de un año habrá en Madrid un Gabinete sin mayoría estable ante el que tal vez pueda maniobrar con el margen que hasta ahora Rajoy no le ha dado. Si por el contrario decide adelantar elecciones para febrero será por mantener la cohesión del impaciente bloque secesionista y continuar ganando tiempo, que es su objetivo principal desde que decidió convertirse en adalid del «destino manifiesto». El líder nacionalista solo tiene a corto plazo el objetivo de su supervivencia política. Y hay que admitir que lo cumple entre equilibrios inestables y saltos al vacío, por más que la propaganda marianista ?los muertos que vos matáis gozan de buena salud? insista en darlo por liquidado. No es un prodigio de astucia, como blasona, pero se las apaña para ir tirando.

En todo caso esas elecciones «plebiscitarias» no desembocarán en la secesión exprés que desea Esquerra Republicana. Con o sin lista común, la independencia carece aún de masa crítica suficiente en una Cataluña más dividida y plural de lo que mantiene el asfixiante discurso oficial del soberanismo. Lo que va a ser difícil es sostener el statu quo actual más allá de esta legislatura por la sencilla razón de que en la próxima la nación no tendrá un poder homogéneo. Rajoy lo sabe y aguanta: no concederá nada mientras la correlación de fuerzas le permita evitarlo. Ha recibido muchas sugerencias para emprender un proceso de reforma del modelo territorial y las ha desechado. Será difícil que cambie de posición en un año electoral, siempre complicado para consensos. Si Mas es especialista en funambulismo, el presidente lo es en estatuaria. Eso es lo que nos aguarda, una larga partida de frontón entre aventureristas y esfinges. Al menos en lo que queda de mandato. Después la verdadera incógnita tal vez no sea lo que vaya a pasar con Cataluña sino con la propia España.

ATERRIZA COMO PUEDAS
DAVID GISTAU ABC 12 Noviembre 2014

No hubo actuación de ningún tipo, lo cual permitió al independentismo inferir que el Gobierno iba de farol

PARTE de mi resignación ante lo venidero se debe a la certeza de que ninguna nación europea habría salido indemne de la fatídica sucesión de dos presidentes como Zapatero y Rajoy. La única comparación posible, tomada de las vecindades españolas pero con características propias, tal vez sea el colapso italiano coincidente con el desmoronamiento de la Democracia Cristiana y los maxiprocesos de Palermo. Pero aun entonces refulgía la inteligencia malvada, terminal, de Andreotti. El Gobierno del PP está superando ahora sus propias marcas de mezquindad y sus instintos de supervivencia ramplona al desviar sobre la Fiscalía y el TC sus responsabilidades y sus inhibiciones. Así como la carencia absoluta de un propósito general de respuesta ?aquel Plan que probaría la infalibilidad del Estado aparte de la filtración de dossiers de desacreditación? a los movimientos independentistas en Cataluña que vaya más allá del principio de conducta vertebral del marianismo: evitarse «los líos» y encomendarse a la esperanza de que las cosas se resuelvan solas o, cuando no se resuelvan, encontrar a alguien a quien colocarle el marrón. Después del 9-N, Mariano Rajoy ni ha hablado. A la espera de la comparecencia de hoy, ni siquiera lo ha hecho parapetado detrás de cualquiera de los burladeros habituales, un plasma, una ínfima digresión en una pregunta parlamentaria, unas señales de humo, un movimiento de abanico.

Pensé el domingo, y lo sigo pensando ahora, que irrumpir en el 9-N con furgonetas policiales habría sido una torpeza. Pero eso no quita que el Gobierno esté al pairo, paralizado salvo por una indigencia reactiva, siempre basada en improvisaciones, que depende de las sensaciones que le lleguen de la calle. Eso era el Plan. Para comprenderlo, basta con sintetizar la cadena de actuaciones. La parodia de consulta era una «charlotada». A pesar de ello, el Estado le concedió el prestigio de la impugnación. Una vez hecha, esta impugnación equivalía a un compromiso de actuación, a un reto autoimpuesto. No hubo actuación de ningún tipo, lo cual permitió al independentismo inferir que el Gobierno iba de farol y que haría cualquier cosa antes que arrojarse sobre un problema, hasta el punto de que Mas pudo macarrear con sus bravatas de díganle al Estado que aquí lo espero. ¿Cuál fue entonces la reacción? Regresar al primer supuesto: el 9-N fue una «charlotada», y si algo había que hacer, correspondía a otros hacerlo, en ningún caso a un personaje tan secundario como todo un presidente del Gobierno que está encerrado y con las persianas bajadas.

Ahora, y una vez comprobado el sentimiento de humillación de una parte de su electorado y de su partido, la siguiente improvisación del Gobierno será el intento de apropiarse y de conceder valor político a la querella de la Fiscalía. En eso están los voceros del marianismo, en trasladar las exigencias a ámbitos en los que no pueda interrumpirse el sesteo de Rajoy. ¿Hay alguien a bordo que sepa pilotar un país?

La resaca
JOSÉ MARÍA CARRASCAL ABC 12  Noviembre 2014

Lo que no podemos hacer es seguir empleando tanto tiempo, energías y recursos al problema catalán indefinidamente

CON la visceralidad que nos caracteriza, los españoles hemos ido de un extremo a otro: unos quieren procesar a Mas por desobediencia al Tribunal Constitucional, otros quieren procesar a Rajoy por no haber hecho cumplir la Constitución. Hay júbilo entre los nacionalistas, rabia en el PP y desconcierto en el Gobierno, que intenta tapar sus vergüenzas con la intervención de la Fiscalía contra quienes tan olímpicamente se han pasado la Carta Magna por el arco del triunfo. Tarde. Muy tarde. ¿Demasiado tarde? Posiblemente, para enmendar el inmenso error cometido y reparar el daño causado. Pero tampoco puede quedarse con los brazos cruzados, como hizo el fin de semana.

Es en estos momentos cuando se mide la talla de los gobernantes y se demuestra la entereza de un pueblo, dos cualidades hoy en entredicho en España. Y para salvar al menos el juicio, ya que no hemos podido salvar el honor, conviene no olvidar tres hechos inapelables:

Primero. Lo ocurrido en Cataluña el 9-N no puede quedar impune. Contra lo que dicen quienes hasta ayer tachaban a Rajoy de inmovilista y hoy alaban su «prudencia», bajo esa prudencia se han cometido al menos dos delitos: desobediencia al TC y prevaricación, que podrían ampliarse. Con el agravante del presumir de hacerlo. Más grave aún sería ceder a sus demandas. Cornudos y apaleados. Un Estado de Derecho no puede vivir sin Ley. El Gobierno que lo consienta está deslegitimado para seguir gobernando.

Segundo. Dicen los ingleses «cuando las cosas se ponen realmente mal, lo mejor es estropearlas del todo». Será para ellos. Para nosotros, cuando las cosas van mal, solo se ponen peor, porque creemos que los problemas se arreglan cambiando las leyes. Pero de nada sirve cambiar las leyes para seguir igual, es decir, seguir violándolas, y los primeros en hacerlo son los gobernantes. De poco servirá una nueva Constitución si tampoco la cumplimos. O un Estado Federal, como pide el PSOE, si somos incapaces de manejar un Estado de las Autonomías. Lo que hay que hacer es respetar lo pactado.

Tercero. Es un error y una pérdida de tiempo advertir a los catalanes de las desventajas que les traerá la independencia. Las conocen de sobra. Lo que hay que hacer es señalarles en manos de quién quedarán: en las de una clase política que ha aprovechado la autonomía para enriquecerse, provincializarlos y lavarles el cerebro con una ficción histórica, geográfica y económica que no coincide con la realidad. Tiene que ser esta ?la caída de las inversiones anunciada por la agencia Fitch es un buen comienzo? la que arregle el desaguisado, si tiene arreglo. Lo que no podemos hacer es seguir empleando tanto tiempo, energías y recursos al problema catalán indefinidamente. Dura ya demasiado. Tiene que acabar de una vez y para siempre.
Y que Dios reparta suerte, que vamos a necesitarla.

Desamparados
Xavier Pericay www.cronicaglobal.com 12 Noviembre 2014

Cualquier español poseedor de un carné de conducir —e incluso si no lo posee, como es, de momento, mi caso—, sabe que existe un código de circulación. Y que ese código hay que respetarlo, o sea, cumplirlo, so pena de exponerse a una sanción. Es más, desde 2005 está vigente en España una ley de tráfico que introduce un sistema denominado «permiso y licencia de conducción por puntos», ley que ha sido reformada en años sucesivos aunque sin modificar el sistema en cuestión. En paralelo, se han intensificado los controles de alcoholemia y perfeccionado los de velocidad, hasta tal punto que todo conductor sabe hoy en día a lo que se expone si viaja con una copa de más o acelera más de lo debido. En el mejor de los casos, perderá sólo algunos puntos del crédito de que dispone; en el peor, se quedará sin carné o dará incluso con sus huesos en la cárcel. Los efectos de ese nuevo marco legal son de sobra conocidos: han disminuido los accidentes y, en consecuencia, se ha reducido considerablemente el número de muertes en nuestras carreteras. O, si lo prefieren, ha aumentado la seguridad de automovilistas y motociclistas. De todos, por más que, como es lógico, sea imposible garantizar esa seguridad al cien por cien, dado que siempre hay algún loco que no atiende a razones ni a sanciones y está dispuesto incluso a jugarse la vida poniendo en peligro la de los demás.

El «proceso participativo» del 9N había constituido un éxito para los inductores, organizadores y ejecutantes de la burla a la democracia, esto es, para los violadores de la ley

Figúrense ahora que, con ese marco legal en vigor, la Guardia Civil o las policías autonómicas de Cataluña y País Vasco, tras comprobar que la velocidad de un conductor o su grado de ingesta alcohólica son manifiestamente excesivos, se limitaran a mirar para otro lado, esto es, a no aplicar la ley sancionando al infractor con arreglo a la falta o al delito cometidos. ¿Qué pensaría el infractor? Pues, como mínimo, que ancha es Castilla —o Cataluña o el País Vasco—. ¿Y qué pensarían los demás y, en especial, los que nunca cometerían adrede una infracción parecida? Pues que la ley es papel mojado. Y, al mismo tiempo, sentirían una gran desazón, una sensación de profundo desamparo ante la evidencia de que el Estado, que es a quien compete garantizar la seguridad vial de los ciudadanos —y, por extensión, su seguridad jurídica—, no está por la labor que tiene encomendada.

Algo parecido han sentido muchísimos españoles este domingo al constatar como el Gobierno central permanecía impasible ante la violación del Estado de derecho que se estaba produciendo en Cataluña. Durante los días anteriores, tras la segunda de las sentencias del Constitucional suspendiendo de forma inequívoca toda acción relacionada con lo que el propio presidente de la Generalidad había rebautizado como «proceso participativo», ya tuvimos ocasión de comprobar hasta qué punto Mas y sus derviches estaban dispuestos a llevar la cosa hasta el final. Y no en la sombra, sino en un primerísimo plano. Y también comprobamos, por boca del ministro de Justicia, que este no era el caso del Gobierno. Pero la bravuconería, la desfachatez y la chulería del presidente de la Generalidad llegó a su máxima expresión el mismo domingo, cuando desafió los tímidos intentos de la Fiscalía por aplicar la ley en lo tocante a la apertura de locales públicos y a la presencia en ellos de funcionarios indicando que asumía toda la responsabilidad. Y tampoco pasó nada.

Porque, en realidad, ya había pasado todo. El «proceso participativo» del 9N había constituido un éxito para los inductores, organizadores y ejecutantes de la burla a la democracia, esto es, para los violadores de la ley, y un fracaso para los encargados de cumplirla y hacerla cumplir. Y eso ya no tiene remedio, por más que intente compensarse ahora con apelaciones a la Fiscalía y con alusiones a la patochada electoral, a su falta de validez jurídica y a los parcos, por imprevistos, porcentajes de participación y voto independentista. Cuando alguien puede saltarse la ley y montar lo que se montó hace tres días en Cataluña sin que tal comportamiento traiga consecuencias, es que el Estado no existe. En otras palabras, es como si aquí todo Dios pudiera circular borracho y a 200 por hora sin que nadie le llamara al orden y lo metiese en vereda. El desamparo ciudadano, convendrán en ello, no puede ser mayor.


Una revolución del pensamiento
Juan M. Blanco www.vozpopuli.com 12 Noviembre 2014

A juzgar por los últimos acontecimientos, se diría que la política española se ha transformado completamente, como si un rayo paralizante golpeara a unos dirigentes ya de por sí lentos, torpes y desacertados. Pero nuestra política siempre fue así. Ni los gobernantes han modificado su conducta ni los partidos su rumbo secular. Lo que ha cambiado es la percepción del ciudadano. Pareciera que el andén retrocede pero se trata de una ilusión óptica; es nuestro tren el que se ha puesto en marcha.

Los últimos años han alterado radicalmente la conciencia de las gentes, descolocado completamente a unos políticos desprovistos de capacidad de reacción. Encerrados en su burbuja, se ven todavía en los días de vino y rosas, merecedores de vítores, aplausos y admiración del respetable. Pero los partidos fueron rebasados vertiginosamente por una radical revolución del pensamiento, por un silencioso vendaval de nuevas ideas, opiniones y percepciones. Quedaron rezagados, fuera de juego, incapacitados para reaccionar, para adaptarse a las nuevas circunstancias. El camión les pasó por encima, sin que se diesen cuenta, y quedaron atrás, en la cuneta, empleando el mismo lenguaje obsoleto, demodé, repitiendo esas absurdas consignas propias de adolescentes, esgrimiendo los acostumbrados ademanes rancios y grotescos, anclados en otras épocas.

Las arbitrariedades y desafueros, toleradas antaño por el público, comenzaron a generar creciente cabreo e indignación. Y la gente fue tomando conciencia de la verdadera naturaleza del sistema que, sin pudor ni recato, se exhibía a los ojos de todos: el régimen no era más que una insustancial "nada con gaseosa", una maquinaria sólo eficiente para repartir favores, ventajas, prebendas... y cobrar a cambio. Poco ha cambiado pero el ciudadano reacciona ahora con ira y animosidad. ¿Por qué se ha transformado tan radicalmente la percepción del público?

El régimen impuso una espiral de silencio
Elisabeth Noelle-Neumann expuso en La Espiral del silencio (1977) ciertos mecanismos que determinan los derroteros de la opinión pública, los procesos capaces de dar un vuelco a las creencias. Para la politóloga alemana, los individuos son mayoritariamente cobardes y carecen de un elevado grado de confianza en sí mismos. Buscan la aceptación del grupo, el sentido de pertenencia. Por ello, muchos renunciarán a su propio juicio, o evitarán manifestarlo en público, si éste no coincide con el de la mayoría. Enmudecerán, o abrazarán planteamientos contrarios para no sentirse aislados, rechazados por el resto. Algunos albergaran dos pensamientos contradictorios, una suerte de esquizofrenia: el suyo privado, vergonzante, que va quedando arrinconado, sometido a una espiral de silencio, y el mayoritario, ése que procura la aceptación de otros. Un entorno donde se autocensuran quienes sienten inseguridad, miedo a la soledad, al aislamiento.

El régimen de la Transición funcionó con una bien estructurada espiral de silencio. Un terrible tabú protegía el entramado identificando el concepto de democracia con la Constitución, el proceso autonómico o la figura del Rey. Ponerlos en cuestión, o criticar la generalizada arbitrariedad, la ubicua corrupción, conllevaba el vacío, el ostracismo, el desprecio: la calificación de antidemócrata. La dinámica de grupos condujo a un marco patológico que sustituía la libertad de pensamiento por las consignas, los clichés, las frases hechas. Los controlados medios difundían los enunciados aceptados, trazaban la frontera entre lo tolerable y lo intolerable, mientras un porcentaje sustancial de la población se limitaba a reproducirlos como papagayos, accionando inconscientemente la espiral.

Durante demasiado tiempo, la gente no se escandalizaba al enterarse confidencialmente, o escuchar rumores, de casos de corrupción donde muchos colaboraban y todos callaban. Protestar o denunciarlo implicaba situarse en contra de la corriente principal, con riesgo de censura o exclusión. Pero la cosa cambiaba cuando la prensa aireaba y denunciaba el caso; era ya el momento de rasgarse las vestiduras pues la opinión pública se posicionaba mayoritariamente contra ese manejo. Así, la corrupción silenciada generaba mucha menos indignación que los escándalos denunciados por la prensa. A moro muerto... gran lanzada.

La espiral se ha quebrado; el régimen no se sostiene
Pero la espiral de silencio no es tan correosa como aparenta. A veces cambian las tornas, la tortilla se voltea. Un porcentaje minoritario de individuos, con resistencia al ostracismo, al aislamiento, a la desaprobación, mantiene siempre sus planteamientos a contracorriente, aun en ambientes adversos y hostiles. Cuando logran difundir sus ideas con convicción, y el poder es incapaz de ofrecer una réplica creíble, el tabú se rompe con estrépito. La gente comienza a percibir que esos nuevos planteamientos van ganando adeptos, que podrían convertirse en mayoritarios. Aun con la prensa convencional controlada, los medios digitales divulgaron eficazmente unas potentes ideas no neutralizables por los inocuos antídotos del poder. El fuerte efecto arrastre condujo a muchos a criticar con dureza el régimen de 1978 y a exigir una radical reforma para un sistema completamente podrido.

El pensamiento ha evolucionado de forma tan imparable, que los partidos mayoritarios quedaron desfondados, cerrados al análisis, incapaces de acomodarse a las profundas transformaciones. No llegan a comprender que las medidas antaño exitosas, como el intento de blindar a Cristina a ultranza, hoy día sólo provocan desapego, irritación y crecientes ansias de finiquitar el régimen.

Los pequeños partidos regeneracionistas fueron también sobrepasados por la tremenda ola aunque todavía disponen de un pequeño margen para reaccionar, para adaptar sus planteamientos. Esas reformas que, hace cuatro años parecían radicales, hoy sólo ofrecen gusto y aroma a agua con gas. Si estos partidos no elevan con potencia el diapasón de la crítica, decantándose por una reforma radical, contundente, que haga tabla rasa del régimen del 78, menguarán hasta desaparecer en la irrelevancia. Parecen no comprender la crucial diferencia entre cabalgar la revolución del pensamiento, surfeando el rompiente de la espiral del silencio, y navegar a la cola, arrastrados por el cable de un remolcador.

Atajemos las humillantes espirales de silencio, ésas que se tejen con hilos de miedo e inseguridad. Es necesario mantener la confianza en las propias convicciones, contrastar y discutir las propias ideas pero nunca acomodarlas al "qué dirán" o al "qué pensarán". Reducir la dependencia del grupo, de la tribu, reafirmando nuestra independencia como personas. Y, en casos extremos, practicar la sana recomendación de Groucho Marx: no adherirme a ningún grupo capaz de admitirme como socio.

Para entendernos
Kosovo Cataluña
José Manuel Yáñez www.elsemanaldigital.com  12 Noviembre 2014 10

No sé ustedes pero yo llevo completamente alucinado desde que el domingo 9 de noviembre de 2014 asistimos en España y por tanto en Cataluña al mayor ejercicio de dejación de competencias por parte de un Estado que se haya conocido en la historia reciente. Hemos padecido un espectáculo más propio de la literatura del absurdo que a un hecho político intelectualmente digerible.

A saber, una autonomía declarada en rebeldía legal que, con la complicidad de las grandes fuerzas políticas por acción y también por omisión durante los últimos 20 años, ha llevado a cabo un esperpento de supuesta participación ciudadana, amparado tan solo por la testosterona de nacionalistas e independentistas. Cobertura legal: cero.

Hemos sufrido paralelamente un ejercicio irresponsable del poder central que, amparado en declaraciones grandilocuentes, ha hecho dejación de sus funciones y ha permitido el esperpento. Los ciudadanos del resto de España y aproximadamente dos tercios de los catalanes nos hemos quedado con un palmo de narices y cara de pasmo al ver que el Estado de Derecho saltaba hecho añicos y Moncloa no estaba ni se la esperaba.

El Gobierno central se ha limitado a manifestar que lo del 9-N carecía de efectos legales. La oposición del PSOE se ha limitado a saludar a los participantes en "la cosa" y a insistir en que esto se resuelve por la vía del diálogo con el objetivo de un pacto federal.

Y mientras tanto, nacionalistas e independentistas han avanzado unos metros más. Se han saltado la ley y han salido de rositas y han conseguido seguir transitando en progresión constante por la hoja de ruta que les conducirá, si nadie lo remedia y a día de hoy no parece que vaya a ser así, a su objetivo último, la declaración unilateral de independencia.

Es lo que se conoce como la "vía kosovar". El 17 de febrero de 2008 el Parlamento de lo que entonces era una provincia serbia de mayoría albanesa declaró de manera unilateral su independencia. No había entonces amparo legal, ni interno ni externo, pero la fuerza de los hechos se impuso y para sorpresa de todos, Estados Unidos y una parte de la UE acordaron aceptar los hechos consumados y darles cobertura legal.

Ese es el riesgo actual y esa es la hoja de ruta de nacionalistas e independentistas catalanes. Avanzan pasito a pasito desafiando de continuo al Estado y la ley, y van consiguiendo pequeñas victorias hasta la victoria final: la declaración unilateral de independencia.

Ya es hora de dejar de jugar a equilibrios jurídicos de abogados del Estado "monclovitas" para dar la sensación de firmeza, y abrir el tiempo de la política con mayúsculas.

El reloj avanza y Kosovo está más cerca. Veremos.

'España contra Cataluña, historia de un fraude'
'No se aplicarán medidas de fuerza en Cataluña'
Eduardo García Serrano www.gaceta.es 12 Noviembre 2014

Para Jesús Lainz, uno de los historiadores que mejor conoce los movimientos nacionalistas y separatistas en España, el Estado no responderá nunca con la legítima fuerza de la que dispone.

En ningún país del mundo un desafío al Estado queda impune en ninguna de sus fases, ni al plantearse ni, mucho menos, al ejecutarse. En España, sí. Todos los Estados del mundo disponen del arsenal jurídico y legal, además de la legitimidad necesaria, para impedir la materialización de un desafio a sus leyes y a su integridad territorial. España también, pero no las ha aplicado más allá de la retórica política. Gaceta.es se ha puesto en contacto con el historiador Jesús Lainz, profundo conocedor de la historia de los nacionalismos separatistas españoles, quien asegura que "los nacionalistas catalanes incumplen reiteradamente la ley porque saben que el Estado, en ningún caso, adoptará medidas de fuerza, legales y legítimas, contra ellos".

Para Jesús Lainz, cuyo último libro "España contra Cataluña, historia de un fraude" es un ensayo histórico imprescindible para entender lo que está sucediendo, "hemos llegado a esta situación no sólo por la acción política de los nacionalistas y los separatistas que al fin y al cabo responden a su propia naturaleza, sino por el permanente dejar hacer dejar pasar del PSOE y del PP. La derecha le ha tenido siempre mucho miedo a la hipotética reacción de las masas en caso de que, con la ley en la mano, hubiese que aplicar las medidas de fuerza contempladas en la Constitución. Y en el caso de la izquierda, fundamentalmente el PSOE, que es el que ha gobernado, sus complicidades y coqueteos con los nacionalistas y los separatistas vienen dados porque siempre ha considerado como un error toda la Historia de España, a la que siempre han visto como una especie de mazmorra de naciones que un día fueron libres y que acabaron siendo sojuzgadas por España". En definitiva, de la convergencia de esas dos formas de contemplar la Nación y la política surge la pasividad ante el desafio separatista que, paradójicamente, se está dando en Cataluña que fue la región más patriótica de toda España. como queda rigurosa e históricamente demostrado en el último libro de Jesús Lainz.

Fiscales molestos por la injerencia del Gobierno en la querella a Mas ¿En serio?
Mario Conde www.gaceta.es 12 Noviembre 2014

Pues ahora resulta que, cuando menos según la informaciones que circulan por los mentideros de la Villa , los fiscales, —sin concretar mas— se encuentran “molestos” por la actuación del Gobierno para con ellos. Concretamente la noticia es que existe “malestar en la fiscalía por la presión del Gobierno para actuar ya contra Mas”. Yo no se si en medio del esperpento que nos toca vivir en este país y en ciertos aspectos de nuestra vida pública —y privada— han decidido que lo mas operativo es tomarnos a todos el pelo. Primero el Sr. Presidente asegurando a bombo y a unos cuantos platillos que bajo ningún concepto y en ninguna circunstancia la consulta, esa de nombre tan curioso como “proceso participativo”, se iba a celebrar. Por ello dio la orden a los abogados del Estado modernos de que pusieran recurso ante el Constitucional y se supone —solo supone— que informaría a los magistrados del Constitucional, al menos los nombrados por el PP, de la enorme conveniencia, en función de la Razón de Estado, de suspender la consulta. Y el imperativo constitucional, al admitir el recurso a trámite, provocó la suspensión esa que los juristas llaman “ope legis”. Y lo curioso —aunque comienza a ser anecdótico— es que a pesar de esos pesares, Mas dijo que no reconoce la autoridad ni del Gobierno ni del consitucional, y que la consulta se iba a celebrar. Y Rajoy decidió “tolerarla” de modo que no sólo queda en ridículo el Constitucional, sino la autoridad del Estado. Pero, vamos, esto es tan manido ya que ni siquiera merece la pena dedicarle unas líneas adicionales.

Se forma la gris en el seno del PP y algunos se sienten “frustrados” por la inacción del Presidente que, por cierto, hoy va a contar algo a las 12.30. Curiosamente desde el Grupo Prisa se dice que esa inacción es un ejemplo de inteligencia, de prudencia, de buen hacer político y le dedica ni mas ni menos que un editorial elogioso al Presidente. Por cierto, y sin que nada tenga que ver con esto, no sé como andan las finanzas por el grupo que otrora dirigió Jesus Polanco.

Y ahora, los fiscales…
Insisto en que tomarnos el pelo parece ser el deporte de la clase política, o al menos, de algunos de sus mas significados componentes. Dicen los fiscales que la injerencia del gobierno ha dejado en mal lugar su “autonomía”. Vamos ver. Que una diputada del PP diga a la prensa que se prepara la querella y que además especifique, con acierto o no, los supuestos delitos, y que se va presentar de inmediato, es un ejemplo de poca delicadeza. Cuando desde el Gobierno se dijo que la Fiscalía actuaba con independencia en este caso, todos sabíamos que eso es lo que hay que decir aunque no sea así ni de lejos. La Fiscalía, según su Estatuto, obedece al principio de legalidad. Pero entre el Estatuto y la vida real, la de todos los días, existe un abismo de esos que llaman insondables. ¡Por Dios!. La Fiscalía depende del Fiscal General y está sujeta al principio de autoridad y jerarquía. Y al Fiscal General lo nombra el Gobierno. Punto y final. Bueno, punto y seguido. ¿Pero es que necesito recordar los casos en los que la evidencia de injerencia es tan notoria como lacerante? Hace nada leía unas declaraciones o un artículo de un fiscal que dice reconocer esas injerencias cuando los asuntos son políticos. Creo que su apellido es Viada. Y curiosamente su nombre Salvador…No es que sea sincero, es que renuncia como persona a instalarse en la mentira. Otra cosa es que todos los fiscales acepten presiones. Otra cosa es que en todos los casos existan. Pero, vamos, a estas alturas de mi vida, con el lío que hay formado, que alguien me quiera convencer de que la querella contra Mas es algo que nace de un indomable deseo de legalidad sin que el gobierno de este país tenga nada que decir, es una ofensa a mi inteligencia y a mi experiencia.

Vamos a ser claros. No todos los jueces ni todos los fiscales son personas que arrinconan el Derecho por la justicia del Principe, ni renuncian a sus postulados básicos. Estoy seguro y se muy bien lo que digo. Y posiblemente incluso, esos jueces y fiscales honestos sean la mayoría. Pero con los que obedecen al poder por encima de cualquier consideración buscando su conveniencia, sucede lo mismo que con mis meigas gallegas, que no existen pero haberlos hailos.

Por favor, ya está bien. Una de las asignaturas pendientes, y de las mas importantes, es conseguir de verdad la independencia de la Justicia. Hacen falta muchas cosas para semejante objetivo, entre otras destapar de una vez los casos de corrupción que se han producido en España en ese ámbito, ¿o es que nos creemos que se trata de un territorio, de un reducto exento a la corrupción generalizada que inunda la vida pública y privada de este país? Sin cambios en los efectivos humanos eso no se va a lograr. Cirugía de personas. Y todos sabemos que las leyes justas si se aplican por jueces y fiscales corruptos no sirven mas que para dañar la libertad, la dignidad y la hacienda de los ciudadanos. Busquemos la Justicia independiente como prioridad absoluta. Pero, por favor, ya somos mayores para que nos cuenten historias para niños pequeños.

Podemos o el lado oscuro de la política
Antonio España El Confidencial 12 Noviembre 2014

Probablemente han visto ustedes la primera película de la saga de La Guerra de las Galaxias, La amenaza fantasma, escrita, dirigida y coproducida por George Lucas en 1999. En una escena que seguramente recordarán si han visto el filme, un joven Anakin Skywalker es presentado ante el Consejo Jedi, una suerte de tabla redonda formada por una mezcla entre caballeros y monjes galácticos. Durante el examen al que es sometido, el maestro jedi más anciano y, por tanto, más sabio, pronuncia a modo de advertencia una de las frases más célebres de la película: "El miedo es el camino al lado oscuro. El miedo lleva a la ira, la ira lleva al odio, el odio lleva al sufrimiento" (clip de vídeo aquí). Pues bien, en estos tiempos donde el que no está asustado por la incertidumbre política y económica, está indignado con la corrupción, o está cabreado con los políticos, quizás convenga hacer caso del viejo Yoda y mantener la cabeza libre de emociones.

Y es que, cuando se habla del panorama político y económico nacional en tertulias improvisadas con familiares y amigos en el bar o en las redes sociales, es frecuente escuchar a quienes, en su ingenuidad, reclaman una oportunidad para Podemos, de forma que se remuevan las estructuras de un sistema que una gran parte de la población considera agotado. Como si fuera un experimento inocuo que no implicara consecuencias graves para la sociedad. Cabe recordar que una oportunidad similar fue la que le concedió el pueblo alemán al NSDAP de Hitler en 1933 cuando, agotados por una depresión económica interminable, profundamente desmoralizados por la hiperinflación de los años 20 y enrabietados con las deudas de las reparaciones de la I Guerra Mundial, consideró que la República de Weimar ya no daba más de sí.
No hay más que repasar la historia de estos movimientos salvadores en general, y del grupo encabezado por Iglesias en particular, para darse cuenta de que el montaje de las asambleas, los círculos, el lenguaje utilizado y el resto de la puesta en escena parecen pura fachada, diseñada cuidadosamente para engatusar a la gente normal que está harta de crisis, de políticos mentirosos y de corrupción

Antes de que me llamen exagerado por aludir al nazismo para comentar el ascenso de Podemos en las últimas elecciones europeas y en las encuestas recientes, sepan que es su propio líder, Pablo Iglesias, quien suele utilizar la misma referencia. Así lo hizo, por ejemplo, en diciembre de 2012, cuando dejó publicada en Twitter la siguiente frase: "Estamos en tiempos de Weimar en los que ganará quien agregue un amplio sentimiento popular".

Y es que no hay más que repasar la historia de estos movimientos salvadores en general, y del grupo encabezado por Iglesias en particular, para darse cuenta de que el montaje de las asambleas, los círculos, el lenguaje utilizado y el resto de la puesta en escena parecen pura fachada diseñada cuidadosamente para engatusar a la gente normal, que está harta de crisis, de políticos mentirosos y de corrupción. Recuerden, si vieron la película que les comentaba al principio, cómo acaba el parlamento de la República cuando cae en manos del senador Palpatine, supuesto salvador que iba a acabar con la corrupción. Se trata de la búsqueda del poder a toda costa.

Como afirma en su libro recién publicado Asis Tímermans, "Si algo destacaba en la carrera de Pablo Iglesias era la obsesión por ganar. Y tenía claro qué era ganar: gobernar con las manos libres. Obtener un 51%, o controlar un 51%. La Facultad, Izquierda Anticapitalista, La Tuerka, Fort Apache, Intereconomía, La Cuatro, las Elecciones Europeas, los Círculos ... Nada de esto tenía como objetivo renovar la política, «empoderar» a la gente o mejorar la calidad de vida de la clase trabajadora. Se trataba de ganar".¹

No se lleven a engaño con el mantra de que las propuestas de Podemos son deseables socialmente pero irrealizables en la práctica. El programa económico de los seguidores de Pablo Iglesias no es malo porque no sea realista –que no lo es–, sino porque la única forma de llevarlo a cabo implica cambiar desde la raíz nuestro de modelo de libertad individual que tanto ha hecho mejorar las condiciones de vida de la gente, para sustituirlo por otro sustentado en la coacción, la anulación del individuo y la eliminación del auténtico motor del progreso, que es la iniciativa empresarial. Las reformas económicas de Monedero no deben criticarse tanto porque no le salgan las cuentas, sino porque su plan es cuadrarlas a base de coacción para igualarnos a todos en la miseria.
O estás conmigo o formas parte de la casta

No hay más que darse una vuelta por las redes sociales para percibir que se ha instalado en muchas mentes una especie de maniqueísmo, según el cual ser detractor de unos implica apoyar sin fisuras a los otros. Por ejemplo, para el seguidor tipo de Podemos supone un signo inequívoco de pertenencia a eso que ellos llaman casta el que alguien critique la inviabilidad de las disparatadas propuestas económicas que propone Juan Carlos Monedero, alerte de las consecuencias para nuestro país del modelo bolivariano, que ha vaciado los lineales de los supermercados venezolanos y llenado las calles de Caracas de violencia, o rechace los experimentos de ingeniería social que creíamos felizmente abandonados en Europa desde que derribamos el Muro de Berlín hace veinticinco años.

Por otro lado, para quienes aún apoyan a los partidos tradicionales, que históricamente vienen alternando las posiciones de gobierno y de principal partido de la oposición, votar cualesquiera siglas que no sean las suyas supone hacerle el caldo gordo a los que consideran unos "frikis". Y es que nunca terminamos de librarnos del fatal concepto del voto útil ni del voto del miedo.

Pero nadie dice que sea cosa de dos. Rechazar el comunismo disfrazado de los promotores de Podemos no implica abrazar el modelo actual. Hay otras opciones razonables entre lo de ahora y lo que proponen. Entre el totalitarismo radical de izquierdas y el socialcapitalismo de amiguetes del PP y PSOE existe todo un rango de opciones democráticas que también proponen la regeneración de la política –junto con la defensa de la unidad de España– y que perfectamente podrían ser consideradas razonables para el elector medio, tengan un fondo de armario ideológico de corte socialdemócrata, como es el caso de C's o UPyD, o una combinación entre conservador y liberal, como es VOX.

Tristemente, esos partidos, UPyD, C's y, especialmente VOX –al que sólo parece quedarle la vía judicial para lograr algo de notoriedad en los medios–, parecen estar silenciados, cuando no abiertamente vetados, por eso que los fanboys y fangirls de Pablo Iglesias llaman casta. Y no son pocos los que consideran que ha sido el arriolismo suicida del PP quien le ha dado alas al líder supremo de Podemos, abriéndole la puerta a los grandes medios de comunicación de este país.

Es legítimo y moralmente necesario rechazar la corrupción del PP, del PSOE y del partido del que se trate. Pero es igualmente legítimo oponerse a modelos que está demostrado que, lejos de ayudar a los más desfavorecidos, sólo cercenan la libertad y generalizan la miseria y la pobreza, como es el comunismo, de corte soviético, maoísta o bolivariano, disfrazado o no de populismo transversal.
O estás conmigo o tienes miedo a la democracia

Una de las respuestas comunes que suelen recibirse cuando uno se opone públicamente en las redes sociales a las propuestas de Podemos es la de que la crítica responde al miedo, cuando no al rechazo a la democracia. No sé qué pensarán ustedes, pero resulta sintomático que simplemente opinar contra un partido sea considerado por sus seguidores como oponerse al voto ciudadano. Esto nos ofrece una pista de la auténtica calidad democrática que transpira dicha organización. No es la democracia lo que asusta, lo que preocupan son los iluminados que muestran una sed infinita de poder y que no tienen reparos en engañar a la gente con un discurso demagógico, ocultando sus verdaderas ideas.
Estás anunciando el apocalipsis

Otro de los ataques que se reciben consistentemente cuando se critican las referencias ideológicas genuinamente radicales de Pablo Iglesias es responder que se está anunciando el apocalipsis –y, además, porque uno quiere alentar el voto del miedo para favorecer al PP–. Al que alerta de que estos activistas de izquierda quieren para España los nefastos modelos de Venezuela, Cuba o Corea del Norte suelen acusarle de querer asustar a la población avisando que viene el lobo. Pues bien, si alguien les dice, como manifestó el líder de Podemos en una entrevista concedida a la TV del régimen chavista en marzo del año pasado (min. 28:30), que envidia a los venezolanos y a los españoles que viven allí, y que el régimen bolivariano es el ejemplo, no hay otra que pensar que quiere aquello para España, ¿no creen?

No hace falta tener, pues, una inteligencia fuera de lo común ni poseer una bola de cristal para vislumbrar el escenario que nos espera con esta gente si llevan a cabo sus planes: basta ver la ruina que han sembrado sus doctrinas allí donde se han puesto en práctica. Y es que el descontento, la rabia y la indignación no nos deben conducir a darnos un tiro en el pie. No nos dejemos llevar por el lado oscuro de la política.

1: Asís Tímermans, ¿Podemos? Editorial Última Línea

******************* Sección "bilingüe" ***********************

Mariano, estás despedido
Pedro de Hoyos Periodista Digital 12 Noviembre 2014

Finalizada la payasada de Cataluña –payasada pero eficacísima para los planes perseguidos- tocaría recomponer la figura, apretarse los machos y retomar las riendas de la nación. Pero Rajoy está, nuevamente, desaparecido. Ni está ni se le espera. España te echa de menos, Mariano, aparécete.

Rajoy ha completada la tarea que iniciaron Aznar –pactado sus intereses a cambio de los de Pujol- y el inútil de León, ese al que se le calentó la boca y prometió aceptar el estatuto que saliese –y como saliese- del Parlament Catalá. Y la ha completado permitiendo estultamente el adoctrinamiento de la sociedad catalana a través de los medios de comunicación públicos y privados, así como a través de la Educación con la que la Generalitat alimentaba s sus corderos.

Nada ha hecho Rajoy en este asunto salvo consentir y callar. Qué pocas veces se le ha visto al mando de la situación, siempre yendo a remolque del catalanismo, siempre carente de iniciativa y de reflejos. España es así porque pobres personajes como él lo han permitido o facilitado. Cuánto habríamos dado los españoles por verle con aptitudes de gobierno, al frente de la tripulación, en el puente de mando. ¿Le recuerda usted contrarrestando la torpe astucia de Artur Mas?
Toca ponerse al frente, Señor Rajoy (Ahora que lo pienso, ¿no sería más adecuado llamarle “señor Mariano”?) y usted calla empecinadamente. Y otorga empecinadamente. Le necesitábamos al pie del cañón, pero es evidente que debe tener tareas mucho más importantes y atractivas que dirigir España.

Nos van a reformar la constitución porque no les vale a los catalanistas. La misma que fue masivamente aprobada por ellos es ahora mindundeada y ya no vale. A los nacionalistas catalanes –que tienen un estatuto privilegiado, al que los humanos no llegamos- nunca les valió que los demás tuviésemos las mismas oportunidades, siempre han querido privilegios, ventajas. Por eso cada vez sus demandas iban subiendo de tono cada vez que alguien necesitaba sus votos o cada vez que se reformaba un estatuto ellos empezaban a sentirse incómodos. Hoy los catalanistas son ese vecino incómodo que llega de madrugada haciendo ruido o que tiene la radio, la música y la tele a la vez y a un volumen insoportable. Observe el lector despistado que digo “los catalanistas”.

Finalizada la payasada de Cataluña tocaría recomponer la figura, apretarse los machos y retomar las riendas de la nación. Necesitamos un presidente de Gobierno que esté en su sitio (o simplemente que esté), que trasmita sensación de seguridad, de dominio y conocimiento del problema, que sepa gobernar y lo demuestre. Mariano, estás despedido.

108 apellidos catalanes

F. JIMÉNEZ LOSANTOS El Mundo 12 Noviembre 2014

ESTE lunes comenté aquí, a propósito del referéndum separatista catalán, que a la traición del Poder Ejecutivo y la prevaricación del Poder Judicial sólo le faltaba que el Poder Legislativo decretara la abolición de la soberanía nacional española, pero que seguro que Soraya estaba en ello. No era difícil acertar, pero no esperaba hacerlo tan rápido. Ayer, uno de esos talentos parlamentarios que Doña Cebriana acaudilla en el banquillo del PP alumbró una doctrina que parece el anuncio de Ocho apellidos vascos en la TV3. Dijo Dolors Montserrat -y lo ratificó ante Dieter Brandau en esRadio- que Cayetana Álvarez de Toledo «no puede hablar de lo que pasa en Cataluña porque no es catalana». Ahora pedirá que la multen por hablar en español este sábado en Gerona contra el referéndum pactado por Rajoy y Mas a través de un tío con ciento ocho apellidos catalanes: Pedro Arriola.

Aunque nadie se hubiera dado cuenta hasta ahora, porque sus obras completas caben en un folio y sus discursos en un tuit, doña Dolors -no confundir con La Dolores de la jota- es vicepresidenta tercera del Congreso de los Diputados y diputada nacional como Álvarez de Toledo. Y es la primera vez, desde que en España hay Constitución, que un diputado niega a otro el derecho a hablar sobre España. Todos, hasta los etarras, representan al pueblo español en su conjunto, nunca a una parte, y, salvo algún servil lelo, nunca un diputado, desde la propia Mesa del Parlamento y a las órdenes del Gobierno, había negado la soberanía nacional. Cuando las Cortes de Cádiz, los catalanes eran los que más se enorgullecían de no representar ya a una comarca, provincia o distrito, sino a la Nación Española, que ya no era «propiedad de ninguna familia ni persona», porque todo lo español era de todos los españoles, constituidos en ciudadanos. Y llega doña Dolors y dice que «sólo pueden hablar de la política de las comunidades los que las pisan cada día», privilegio que en el PP extiende sólo a Rajoy y Cospedal. Se olvida de Arriola y no cita a Soraya, detalle que en las mafias torpes es el que delata al jefe de la banda. O sea, que según Doña Landelina, el golpista Mas que pisa Cataluña y pisotea España puede hablar por las dos. Pero una diputada española, si es del PP, no.

Los va a votar su soberanísima madre.

El derecho a decidir como golpe de estado
Javier Orrico Periodista Digital 12 Noviembre 2014

Hace poco más de un año, el 26 de octubre de 2013, publiqué este artículo en papel.

Pasmo produce el ostentóreo (feliz dislate de aquel precursor malayo que fue Jesús Gil) silencio del presidente del Gobierno español ante el enésimo intento del catalanismo de someter al resto de los españoles, de consolidar legalmente la situación de preeminencia y control de España como mercado cautivo de que vienen gozando ya más de un siglo. Limitarse a algunos mensajes indirectos o a una protocolaria carta, que podría imitar muy bien si siguiera vivo el gran Miguel Gila (“Oiga, ¿está la independencia? Dígale que se ponga”), no basta en absoluto. Y no basta porque lo que los españoles, de aquí, pero sobre todo los de allí, los catalanes, necesitan es que alguien con autoridad desmonte una por una las falacias, insidias, mentiras e insultos que llevamos soportando desde hace ya demasiado tiempo, y que se han incrementado exponencialmente en cuanto los separatistas han olido la sangre débil del manso.

Es cierto que el silencio de Rajoy puede llegar a desconcertar al separatismo, pero también nos está desconcertando a todos los demás. Y, sobre todo, puede ser interpretado al gusto. Como silencio culpable, por ejemplo, que ni siquiera se ha atrevido a recordar que fueron Zapatero y Maragall los responsables del entuerto. Dícese, al contrario, que el PP es el culpable del crecimiento del independentismo catalán por haber interpuesto recurso de inconstitucionalidad contra el Estatut y negarse a darles la independencia. Curioso razonamiento. Cuando los vascos, o los gallegos, que ya han empezado, planteen su independencia, lo que hay que hacer es dársela antes de que crezca la demanda. Fenómeno que podríamos resumir como inteligencia española, ya un oxímoron. Y sin embargo, el Gobierno de Rajoy es, efectivamente, muy culpable del crecimiento del separatismo, pero no por no haber cedido aún, sino por no haber desenmascarado los infundios que han terminado por calar en un pueblo catalán que ha venido siendo abonado durante treinta años, desde la enseñanza y los medios de comunicación, para lo que hoy sucede.

Se podrían haber hecho muchas cosas. Desde recordarles que el Estado autonómico, carísimo, se hizo por ellos y para ellos, y que resulta mezquino que hoy exijan un estatus de singularidad en el que nadie pueda ser como ellos, lo que podríamos denominar como el síndrome de la madrastra de Blancanieves, en el que el espejito mágico es Madrit; hasta obligar a cumplir las sentencias y haber suspendido la autonomía por desacato a la Justicia. O haber desmontado el “España nos roba” con una simple difusión de las cifras reales, las balanzas comerciales o el hecho de que Cataluña es hoy la cuarta autonomía mejor financiada (¿qué pasa con la identidad, el reconocimiento o las infraestructuras de regiones secularmente olvidadas por ese triángulo oligárquico Madrid, Bilbao, Barcelona, que todo se lo reparten desde la Restauración?). Y, de paso, recordarles a las izquierdas que adherirse a una campaña en la que los ricos reniegan de compartir su destino con los pobres es, sobre miserable, suicida.

Al contrario, hasta hoy lo único que se ha hecho es callar y otorgar.

Pero lo que no se puede hacer, en modo alguno, es ceder ante un derecho a decidir cuya formulación misma ya encierra una infamia moral y política: que unos pocos tengan derecho a decidir sobre lo que afecta a todos, y que legalmente constituye un golpe de Estado. Transgredir la ley en nombre de cualquier causa superior ha sido siempre la excusa por definición de los golpistas de toda laya. El nacionalismo catalán alega hoy, para destruir la democracia, nada menos que la defensa del derecho democrático a expresarse. Sólo ellos, claro. Y sin embargo, la democracia no es otra cosa que la ley, el respeto a la ley votada por todos, pacto que sólo puede ser variado igualmente por todos. Y que de ser traicionado, pone a quien lo traiciona fuera de la ley. Eso, y no otra cosa, es lo que se llama un golpe de Estado: la imposición, a través de la algarada y la revuelta callejera, de una decisión ante la que saben que nadie en España está dispuesto a iniciar un conflicto civil.

El llamado derecho a decidir, por tanto, no puede ser ejercido más que como golpe de Estado. De hecho, su mera convocatoria haría innecesario ese ejercicio, puesto que en sí misma supondría la afirmación de una nueva soberanía segregada, una nación otra: un referéndum sólo para ellos supondría de facto la independencia. De lo que sí habría que advertir, sin embargo, es de que esa independencia ejercida por el mero hecho de votar les serviría para separarse del Estado español (de España no tienen manera de irse). Pero en ningún caso para seguir en él. Eso sí que tendrían que preguntárnoslo a los demás. Y arriesgarse. O ya que nos declaren siervos. Hace ciento cincuenta años que lo somos.
La Gaceta, Sala Vip, 26 de octubre de 2013.

Reformar hoy o volver a empezar
Nicolás Redondo Terreros. El Pais 12 Noviembre 2014

El 9N el Estado no compareció por cálculo o por temor a las consecuencias de la aplicación de su propia fuerza. Los independentistas hicieron todo lo necesario para conseguir su objetivo: utilizaron toda la fuerza del poder de la Generalitat, manipularon los medios de comunicación públicos y privados catalanes y usaron a una sociedad domesticada con dinero público. De esta manera pudieron votar en una consulta, que para nosotros no deja de ser una expresión antidemocrática de un nacionalismo radicalizado; pero que para ellos goza de toda la legitimidad y entrará ya en su particular calendario de "hechos heroicos", con el regusto irresistible además, de ser protagonistas de un momento histórico y con la seguridad de no provocar ninguna consecuencia negativa para sus intereses. Por el contrario los que defendemos la Constitución y la ley como garantía de la libertad de todos, nos hemos visto arrinconados en la defensa de su aplicación, que nos hubiera gustado que se hubiera hecho antes del 9N, porque hacerlo posteriormente originará numerosas contradicciones.

La mejor prueba del éxito de los nacionalistas es su alegría y nuestra melancolía; que ellos al día siguiente tienen metas que alcanzar y nosotros, una vez más, nos enzarzamos en una discusión sobre quienes son más responsables. Pero todavía podemos, presos de la improvisación y la cólera que provoca el orgullo herido, afianzar más su victoria. Lo podemos hacer queriendo remediar, por vía penal, lo que en el momento adecuado no supimos, no pudimos o no quisimos solucionar. La legalidad constitucional puede ser quebrada por impulsos políticos con apoyos electorales suficientes, y cuando ésto sucede ya no se puede recomponer, no consiente zurcidos de Celestina vieja. La Fiscalía, el Tribunal Constitucional, El Supremo o Las Cortes pueden actuar con justificada contundencia, blandiendo el código penal, pero me temo que al final no habrá consecuencias penales, y esa exhibición aparatosa del plumaje legal conseguirá que los independentistas además de todo tengan mártires, héroes en los que personificar un sacrificio que nunca ha existido, una reacción contra el "poderoso enemigo español".

En realidad, nada tan importante como la quiebra de la legalidad constitucional ha costado tan poco. La cuestión catalana nunca fue exclusivamente legal. Desde luego la exigencia del cumplimiento de la ley debe ser para todos igual y más para los representantes institucionales, pero el contenido político era, es y será indudable. Esta realidad compleja no la ha sabido ver el gobierno de Rajoy. Este error de apreciación ha provocado una deuda que no corresponde pagar sólo al ejecutivo, aunque por su responsabilidad lo tenga que hacer el primero, también el principal partido de la oposición tiene su responsabilidad, empeñado en bailar su rigodón federalista en solitario. El diálogo es imposible cuando una parte se apresta al conflicto y la otra a la huída, cuando una parte se arma social, ideológica y políticamente y la otra se dispone a firmar como sea la paz.

Dicen que el gobierno se ha encontrado solo en esta disyuntiva histórica. En realidad quien se ha encontrado solo, sin su gobierno siquiera, ha sido Rajoy, prisionero de sus propias decisiones. Sin embargo, tiene mayoría suficiente para hacer lo que debe hacer y recabar los apoyos necesarios de una sociedad española, que quiere que se emprendan las reformas necesarias para remediar la situación, sin populismos ni aventuras. Para conseguirlo tiene que acertar en el diagnóstico y tendrá la mitad del camino hecho, pero si se equivoca seguirá perdido en su propio laberinto.

Ha pasado demasiado tiempo pero no es tarde para remediar la situación. No es principalmente un problema legal al que se enfrenta hoy el presidente del gobierno, es un reto político de envergadura constitucional el que nos han planteado los independentistas catalanes, y no lo podemos eludir. Decía el historiador clásico: "vosotros pensáis que lo que se trata es si se ha de hacer la guerra o no; y no es así. Lo que se trata es si esperáis al enemigo en Italia, o iréis a combatirlo a Macedonia, porque Filipo no os permite escoger la paz". A la solución al órdago de los independentistas catalanes tenemos que estar convocados todos los españoles, e ineludiblemente nos obligará a cambiar el marco de la acción política, que debe definirse por las reformas necesarias para volver a legitimar las instituciones constitucionales.

Entre esas reformas un objetivo nuclear será encontrar soluciones que satisfagan a la mayoría de los ciudadanos españoles que viven en Euskadi y Cataluña —teniendo en cuenta, aunque no me guste mencionarlo, que en el simulacro votaron 2.305.290 ciudadanos y en las últimas elecciones en las que se presentó Zapatero, en Cataluña sólo el PSOE obtuvo 1.689.911 votos—, sin que su satisfacción se base en el menoscabo de los derechos del resto de los ciudadanos. Hasta que los españoles no vuelvan a confiar en sus instituciones, no podremos solucionar ninguna de las crisis que nos aprisionan, tampoco la catalana. En el mismo sentido añado que esta última crisis no tiene solución pacífica en el estrecho margen de la Comunidad Autónoma Catalana. Sí, probablemente los catalanes tendrán que votar, pero lo tendrán que hacer a la vez o después de que lo hagamos todos los españoles. Rajoy tiene la responsabilidad de iniciar este camino y lo tiene que hacer al final de su legislatura. Tiene para ello la legitimidad que le da su mayoría y que sólo se la puede quitar quien se la ha dado, la sociedad española. Los españoles, por desgracia, volvemos a una disyuntiva que ya se nos ha presentado en muchas ocasiones en nuestra historia y que hemos solucionado mal la mayoría de las veces: reformar hoy o volver a empezar desde cero mañana.

Nicolás Redondo Terreros es presidente de la Fundación para la Libertad.

Del 9-N a la independencia
JOSU DE MIGUEL BÁRCENA. EL CORREO 12 Noviembre 2014

ABOGADO Y PROFESOR DE DERECHO CONSTITUCIONAL

Desde hace meses, la asociación catalanista e independentista Òmnium Cultural, ha llenado Cataluña de pegatinas y carteles donde se decía que en los países normales se votaba. Por fin llegó la consulta patrocinada, ejecutada y garantizada por Mas y su Gobierno, y hemos podido saber qué era aquello de la normalidad democrática.

Algunos ejemplos de esta normalidad han sido la presencia de Junqueras en una mesa electoral y recontando votos, la existencia en los colegios electorales de defensores de la independencia haciendo propaganda el mismo 9-N o la aparición de observadores internacionales con bufandas independentistas al cuello. También ha podido saberse que los votantes tenían que incluir en el mismo sobre donde respondían a las preguntas planteadas por Mas su número de DNI, para asegurarse de que no se votaba varias veces. Todo ello, sin ningún tipo de garantía sobre el destino de los datos allí consignados, como ocurre en el voto por correo. Estamos acostumbrados a que los gobiernos, en ocasiones, nos tomen el pelo, pero los ciudadanos también tendrían que saber que la democracia es una cosa seria.

En verdad, estos últimos lo han tenido difícil. No es fácil sustraerse en Cataluña, desde hace años, a la presión mediática e ideológica que los nacionalistas han realizado por tierra, mar y aire. Ocurre que en los últimos meses esa presión se ha transformado en coacción directa a los individuos. Empezó la cosa con miles de visitas de voluntarios de la Asamblea Nacional Catalana a los domicilios, encuestando sobre la independencia y resolviendo dudas sobre la consulta. Continuó el esperpento con la organización de llamadas masivas a teléfonos particulares para convencer a los ciudadanos de que fueran a votar, a cuya cabeza se puso el propio portavoz del Gobierno catalán, Francesc Homs (¡dónde ha quedado el derecho fundamental a la protección de datos!). Y terminó la campaña con una orden de la Generalitat para que los medios privados realizaran anuncios de la consulta del 9-N, lo que vulnera el principio de neutralidad de los poderes públicos establecido en el art. 16 de la Constitución.

Como se sabe, el resultado de la consulta, ha sido considerado por sus impulsores como un éxito. El CEO (CIS catalán) había pronosticado una participación del 80%. Sin embargo, el porcentaje final de esta, sobre el presunto censo de mayores de 16 años ha quedado reducido a un 36,6%. El número de votos favorables a la independencia de Cataluña es, siempre según los organizadores, de 1.861.753 (80,76%), cifra que apenas logra aumentar la suma de votos conseguida por CiU, ERC y la CUP en las elecciones autonómicas de 2012. Nada se dice, poco se sabe, de los terceristas que quieren que Cataluña sea un Estado dentro de España, pero no independiente, lo que demuestra que el invento de las dos preguntas de Mas estaba destinado a sumar al carro del derecho a decidir a los despistados (PSC) y los oportunistas (Iniciativa). Sea como fuere, en la televisión pública catalana y en los medios subvencionados, se afirma sin descanso que la participación fue multitudinaria; algunos tertulianos señalan incluso que la revolución es inminente e imparable.

Pero no hay que engañarse. El hecho de que la participación haya sido modesta y de que el independentismo no parezca romper electoralmente, no implica que la consulta de Mas no haya sido un triunfo. Lo es en cuanto supone la quiebra de la democracia y el Estado de Derecho en España. Sabemos que nuestro sistema institucional se pudre como consecuencia de la corrupción y la desafección ciudadana, pero lo ocurrido en Cataluña el 9-N supone un salto cualitativo: por primera vez, un poder del Estado hace caso omiso clara y explícitamente de una decisión del Tribunal Constitucional (TC).

El art. 9.1 de la Constitución, que señala que los ciudadanos y los poderes públicos están sujetos a ella y al resto del ordenamiento jurídico, ha sido y es, probablemente, la norma más importante de la historia del constitucionalismo español. Pues bien, la celebración de la consulta pese a la suspensión del TC supone el primer acto importante (de soberanía) del Gobierno de Mas en la consecución de la independencia. Y lo es porque la Generalitat ha dejado sin efecto el art. 9.1 en Cataluña y el Gobierno de Rajoy apenas se ha inmutado, como cabía esperar. Una vez se da entrada a la vía de hecho en la política, cualquier acto puede esperarse por parte de unos poderes públicos que solo tienen el límite de su propia voluntad.

La consulta realizada puede tener un efecto paradójicamente peligroso en este contexto fáctico. El secesionismo que lidera Mas se ha percatado de que los números no salen. Por ello puede salir más rentable realizar unas elecciones plebiscitarias donde lo que se cuenten sean diputados y no votos, que serían más difíciles de interpretar dada la ambigüedad de partidos como el PSC o Iniciativa, y después hacer una declaración unilateral de independencia en el Parlament. Esta podría coincidir con cambios sustanciales en el panorama político español durante 2015, donde la fuerza política que empieza a liderar la intención de voto (Podemos) pretende plantear un nuevo proceso constituyente si hacemos caso de las declaraciones de algunos de sus líderes. En otras palabras, si Rajoy no hace algo rápido y trata de resolver la cuestión catalana antes de acabar el mandato, España se aproxima a una tormenta institucional perfecta de consecuencias verdaderamente imprevisibles.

Orwell, Canetti y la masa de acoso
Jesús Cacho www.vozpopuli.com 12 Noviembre 2014

Todo proyecto nacionalista se sustenta en la propaganda, una materia en la que el Gobierno no llega ni a la categoría de aprendiz. A los 2 millones de catalanes abducidos por el discurso independentista, la corrupción de CiU les importa un bledo. Para el separatismo, los 5,7 millones de catalanes que no apoyan la secesión no cuentan, son ciudadanos de segunda, sombras apenas que la niebla difumina por la rambla de la resignación.

“Por nacionalismo quiero referirme primero al hábito de asumir que los seres humanos pueden ser clasificados como insectos y que grupos enteros de millones de personas pueden razonablemente ser etiquetadas como “buenas” o “malas”. Pero en segundo lugar –y esto es mucho más importante- quiero referirme al hábito de identificarse uno mismo con una determinada nación u otra unidad, colocándola más allá del bien y del mal y no reconociendo otro deber que el de apoyar sus intereses”. La cita pertenece a George Orwell, seudónimo del escritor y periodista inglés Eric Arthur Blair, autor del celebrado “Homenaje a Cataluña”, un libro que, entre otras cosas, constituye, años antes de que el gran maestro Goebbels, ministro de propaganda de la Alemania nazi, elevara la técnica a la categoría de arte, un eficaz prontuario sobre como la mentira utilizada como arma de propaganda puede llegar a manipular a millones de seres humanos hasta hacerles cambiar el sentido de sus vidas.

Orwell, maestro también a la hora de advertir sobre la amenaza de los totalitarismos (el “Big Brother”) para las libertades, hubiera alucinado en la Cataluña de 2014 asistiendo en primera fila al éxito propagandístico cosechado por el Gobierno de la Generalitat en su remedo de consulta. Dando por buenas las cifras suministradas por los organizadores de la farsa, que ya es dar, 1.861.753 de los 7.571.000 habitantes con que cuenta Cataluña dieron el “sí” a la independencia: el 24.59% de la población catalana. “Éxito total”, se apresuró a ventear Artur Mas. “Hemos ganado la semifinal por goleada; jugaremos la final cuando nos convenga”, desafió ayer uno de sus generales. Semifinal ganada por incomparecencia del contrario, porque el Gobierno central había salido de puente (ayer era festivo en Madrid) y porque los millones de catalanes que dieron la espalda al esperpento estaban en sus casas guarecidos, descorazonados, francamente deprimidos en muchos casos ante el espectáculo que se vivía en las calles de Barcelona.

Maestros de la propaganda. Una materia en la que el Gobierno Rajoy no llega ni a la categoría de aprendiz. Es la clave del arco sobre el que descansa todo proyecto nacionalista, sea democrático o totalitario, la propaganda, la eficaz utilización de los medios de comunicación de masas para transformar el yo individual, capaz de responsabilizarse de sus actos, en el “nos” plural, en esa mente grupal en el seno del cual el individuo pierde su identidad y se ve arrastrado por la masa, hasta el punto de abandonar su sistema de valores para abrazar el del grupo. El triunfo de la propaganda. “Pero Fulano, ¿no vas a ir a votar? Anímate, hombre, ¿vas a ser el único de la familia que no lo haga?”. Me contaba ayer un amigo barcelonés. Se lo decía su madre, emocionada; le animaba su propia madre, “hasta tu padre dice que va a ir, aunque solo sea por chinchar a Rajoy”, y era peor el vecino de al lado, hijo de emigrantes murcianos venido a más, encantado con su estelada, nacionalista tirando a nazi, que se decía dispuesto a intentar votar en varias mesas, porque para él “no participar en el procés te convierte en reo del peor españolismo, corresponsable de la mierda de los Monagos, la corrupción de los Granados y por ahí…”

Hasta Jordi Pujol fue a votar (La Vanguardia, antaño Española, que está ahora peor que con Antich, escondió cuidadosamente su foto), y dijo sentirse muy contento el padre putativo de la Cataluña nacionalista. Es de suponer que también votarían sus hijos, enriquecidos todos en esta España que ens roba, y votado igualmente habrán esas elites corruptas acostumbradas desde el principio de los tiempos a sacar su pasta a Andorra y/o Suiza en cuanto hacen cuatro duros, no confundir la patria con la pela, que el nacionalismo es así, solo tiene memoria para los pecados ajenos. Sabemos de sobra que Cataluña encabeza el ranking de la corrupción española, pero eso no importa, lo que importa es votar una patria distinta, una patria mejor en la que, según Mas, correrán ríos de leche y miel. A los 2 millones de catalanes abducidos por el discurso independentista, la corrupción de CiU les importa un bledo. Se han convertido en lo que Elias Canetti, en su “Masa y Poder”, denomina “masa de acoso”: “aquella que se forma teniendo como finalidad la consecución rápida de un objetivo que es conocido y está señalado con precisión; se encuentra, además, próximo. Con decisión incomparable avanza hacia la meta, y es imposible escamoteársela. Todos quieren participar; todos golpean”.

La batalla internacional
“Nos queda por ganar la batalla internacional”, dijo ayer Francesc Homs, el ministro de propaganda catalán, y en eso está la Generalitat, a ello se dedica en cuerpo y alma esa cosa llamada DIPLOCAT (Consejo de Diplomacia Pública de Cataluña), que el domingo invitó a Barcelona y a cuerpo de rey a cientos de periodistas extranjeros, todos a gastos pagos, un misterio la pasta que esta Cataluña étnica se está dejando por el camino en su viaje a la Ítaca de la independencia, una Cataluña a la que es preciso rescatar de la suspensión de pagos desde Madrid, pero eso tampoco cuenta, eso no vale, lo que importa es que gracias a los euros de DIPLOCAT nos dedicamos a comprar la voluntad de periodistas, políticos y diplomáticos foráneos, periodistas dispuestos a escribir después elogiosos artículos sobre el “dret a decidir”, como ese escribidor de Bloomberg que la semana pasada titulaba que “la corrupción en España puede hacer a Cataluña independiente”, porque, claro está, en Cataluña no hay corrupción, en la República Independiente del 3% todo es virtud pública y vicios privados.

Mientras, por la ribera del Manzanares, los responsables del Estado se dedican a tocar la lira, mientras sus corazones reverberan ante el espectáculo de los cielos velazqueños que el otoño madrileño recrea contra el perfil de la sierra. (“La razón importante del rápido crecimiento de la masa de acoso es la ausencia de peligro. No hay peligro porque la superioridad de la masa es enorme. La víctima nada puede contra ella. O huye o queda atrapada. En su indefensión es solo víctima”). En Madrid miran, sí, hacia otra parte, bueno, no, también firman con diligencia los cheques con los que la Generalitat podrá seguir pagando a sus funcionarios (ayer mismo garantizó a los sindicatos de la Función Pública que en 2015 recuperarán la paga extra, y volverán a tener 12 pagas ordinarias y 2 extras), sosteniendo DIPLOCAT, la Asamblea Nacional Catalana, el Òmnium Cultural y lo que sea menester sostener con el dinero de Madrit.

Ayer era su día y, como estaba previsto, fue un éxito sin necesidad de que Mas lo dijera, un éxito enorme, porque a ver en qué libreto nacionalista no estaba escrito que lo de ayer iba a ser un éxito sin precedentes. (“Es una empresa tan fácil y se desarrolla con tanta rapidez que hay que darse prisa para llegar a tiempo. La prisa, la euforia y la seguridad de una masa semejante tienen algo de siniestro. Es la excitación de unos ciegos tanto más ciegos cuanto que de pronto creen ver”). Votaron, es un decir, los mismos que, más o menos, hubieran depositado la papeleta en cualquier circunstancia, menos de un tercio de la población catalana, en todo caso, menos de los que en junio de 2006 apoyaron la segunda versión del Estatut impulsada por el inane Zapatero (2.546.235 frente a los 2.305.290 del domingo), y si aquel 18 de junio dieron el “sí” al mismo un total de 1.881.765 personas, ahora la cifra se ha reducido a 1.861.753. Esa es la dura realidad tras años de bombardeo inocuo, de propaganda infecta, de odio inoculado en vena contra la fraternidad entre españoles. Y naturalmente de desgobierno o de no-Gobierno. De mala calidad democrática. De corrupción. Esa es la gran victoria que el separatismo burgués logró ayer: menos votos para el “sí” que en junio de 2006, y ello con todo a favor y sin contrario en frente, sin nada que estorbara en frente.

Los catalanes que no apoyan la sedición no cuentan
Para el separatismo, los 5,7 millones de catalanes que no apoyan la secesión no cuentan, son ciudadanos de segunda categoría, sombras apenas que la niebla difumina por la rambla de la resignación (“La soledad en su forma más rigurosa es el castigo extremo que la masa impone al individuo que se aparta del grupo”, Canetti, en fin), porque para la propaganda nacionalista esos catalanes no existen, el “pueblo catalán” son esos dos millones, largos o escasos, como quieran, ganados para la causa. Lo cual que no se entiende la modestia de los organizadores de la charlotada porque, ya puestos, en un sucedáneo de consulta que no gozó de las mínimas garantías democráticas, donde cualquiera, desde cualquier lugar del mundo, podía inscribirse y votar, no se entiende, digo, que la Generalitat no haya proclamado a los cuatro vientos que han sido tres los millones que votaron anteayer, tres o cuatro, mejor cinco ya puestos, porque al final hubiera dado lo mismo, y mejor una vez rojos que cien colorados. Ahí han faltado reflejos, porque en Nueva York no hubiera dejado de tener su aquél decir que el 70% de la población catalana aprueba la independencia. Un fallo impropio, en fin, de los maestros del agitprop.

Han perdido el sentido común pero han ganado la batalla de la propaganda, y ganarán a este paso la otra, la de la independencia, la de la ruptura de España, si el resto de España, sobre todo Madrid, no despierta de su mortal letargo. El 9-N ha sido una charlotada que la inacción del Gobierno y el descaro de los sediciosos han convertido en la mayor afrenta a la Constitución –a la Ley, en definitiva- conocida hasta ahora. No caben engaños. Los capos de la Generalitat, con el desafiante Mas al frente (“El responsable soy yo”) están decididos a seguir por la senda no ya de la deslealtad institucional sino de la más flagrante rebelión. La ruptura de España ha dejado de ser una entelequia para convertirse en un peligro cierto que amenaza la paz y la prosperidad, desde luego las libertades, de todos los españoles, incluido los millones de catalanes no secesionistas. Un peligro que a muchos parece tan cierto como el intento de golpe de Estado del 23-F. Mariano Rajoy y su Gobierno no pueden permanecer mudos, no pueden quedarse quietos. Y si lo hacen, tendrán que ser los ciudadanos de a pie quienes se movilicen y se echen a la calle. Empieza a estar mucho en juego.

La solución final
Pau Guix www.cronicaglobal.com 12 Noviembre 2014

Václav Havel, previamente a la invasión rusa de Checoslovaquia en 1968, escribió una carta de rechazo a Alexander Dubcek, el secretario del Partido Comunista checo, el cual justificaba la inminente invasión, advirtiéndole: “Aunque un acto puramente moral no aparente tener siquiera un efecto político inmediato y visible, gradual e indirectamente, con el paso del tiempo, tendrá significancia política”. Y esto es lo que le ha pasado a Poncio Rajoy, el prefecto español que el 9N se lavó las manos. Dejó organizar una votación a los enemigos declarados de la justicia, de la ley y del Estado, en una pantomima antidemocrática de urnas de cartón con votantes menores de edad e inmigrantes que nos estaban en posesión de los derechos civiles que conlleva la ciudadanía y que otorgan el derecho a voto. Un Grand Guignol electivo donde los votos fueron recontados a puerta cerrada por el ‘¿líder de la oposición?’ Oriol Junqueras y donde no había garantías legales de ningún tipo. Ese acto puramente moral de la indiferencia de Rajoy, ha provocado que esa paródica votación, aun siendo un fracaso, haya tenido dos días después una ominosa significancia política. El Sr. Mas, el President de los catalanes secesionistas, ha instrumentalizado ese fracaso donde sólo 1 de cada 3 catalanes (entre los que han votado no y los que no han votado, que son la mayoría) se ha manifestado a favor de la secesión en este ‘butifarrèndum’dominical que parece extraído de un sainete de Pitarra. La consulta ilegal ha sido, pues, una vergonzosa derrota para ese nacionalismo que no ha obtenido el rédito esperado del adoctrinamiento de niños durante tres décadas y de la manipulación mediática de los ciudadanos mediante una maniquea propaganda a través de unos medios de comunicación (tanto públicos como subvencionados) en cuyo libro de estilo la palabra ‘pluralidad’ ha sido sustituida por el oxímoron ‘pensamiento único’. Pero Mas ha convertido ese fracaso en una victoria por la no aplicación de la ley y por la no ejecución de las decisiones de los altos tribunales por parte de los organismos del Estado, que suponemos a priori garantes de nuestra democracia.

Este martes 11 de noviembre ha comparecido el ‘insigne’ President para hablar del ‘estado de la cuestión’, haciendo gala de una de las muchas imposturas del nacionalismo catalán, que es mostrarse como un movimiento pacífico y democrático. Pero la verdad es otra: es una ideología que rezuma odio por los cuatro costados. Y en el centro de su pensamiento siempre tiene que existir un enemigo exterior al cual poder culpar de sus carencias y de sus errores, y al cual dirigir su odio al tiempo que camufla con ello sus propias miserias. Mas ha empezado el último de sus discursos (con los cuales me empieza a recordar preocupantemente a los del Comandante Castro, tanto en longitud como en demagogia) afirmando que el 9N, los sistemas informáticos de la Generalitat habían sido objeto de ataques cibernéticos organizados para boicotear su ‘proceso participativo’ y ha afirmado que no podían provenir de hackers amateurs por su magnitud, insinuando perniciosamente la culpabilidad de su cruel archienemigo, el Estado español, ¡que encima ha cometido la osadía de dejar votar! Seguidamente, el pitarresco Mas ha planteado el siguiente paso, la solución final: esperar a que Poncio Rajoy se lave una vez más las manos y no le responda a la carta que le acaba de enviar pidiendo una consulta pactada como en Escocia y en el Quebec. Ante la negativa (seguramente por el previsible silencio del Sr. Rajoy), piensa entonces plantear unas elecciones ‘plebiscitarias’ de lista única, a la espera de una gran victoria y una consiguiente declaración unilateral de independencia, si es que sus socios, tan desleales como él, bailan al son de sus melodías de sirena. Pero si éstos no le dan su apoyo, veo al Sr. Mas en futuro cercano lamentándose, en una oscura soledad, de su muerte política, cual Felipe II en la verdiana ópera ‘Don Carlo’:

¡Pasar veo mis días, lentamente!
El sueño, ¡Dios mío!,
desapareció de mis ojos languidecientes.
Dormiré solo en mi manto real
cuando a mis días les llegue la noche.
Dormiré solo bajo la bóveda negra,
allí, en el sepulcro de El Escorial.

Aunque en el caso del President supongo que preferiría un sepulcro en Montserrat al lado de La Moreneta. La inacción de los supuestos garantes de nuestros derechos fundamentales es la ganancia en el río revuelto de aquellos que creen poderse situar por encima de las leyes. Cicerón ya nos advirtió que “el buen ciudadano es aquel que no puede tolerar en su patria un poder que pretende hacerse superior a las leyes”. Y la mayoría de los catalanes hemos demostrado, con ‘seny’, este 9N, que somos buenos ciudadanos, y que el nacionalismo secesionista del Sr. Mas ni lo queremos ni nos conviene. Lo que nos preocupa es la tenebrosa sensación de orfandad que el gobierno y las instituciones de nuestro país, España, nos ha hecho sentir. Y es que al final, el señor Rajoy va a sufrir soriasis de tanto lavarse las manos.

Cataluña kitsch

Alberto Ramos Minuto Digital 12 Noviembre 2014

Fiel a su imagen de marca, Cataluña ha vivido un capítulo más de su existencia tal como lo manda su vocación de republiqueta bananera. En efecto, conociendo lo que es a día de hoy Cataluña, sus instituciones, su cultura vigente y su condición guiñolesca, no cabía esperar otra cosa que el esperpéntico espectáculo que ha escenificado esa insignificante y cacareante casta nacionalista catalana, y en el que han participado interactivamente un par de millones de idiotas con código de barras. Se trataba en principio de un referéndum, pero bien hubiera podido ser un intento de pulverizar el Record Guinness de concentración de cretinos en un sólo día y por un mismo motivo. En ese caso creo que el objetivo ha sido alcanzado con creces. Con el entrenamiento que tienen los catalanes en esta clase de charlotadas, era difícil que no hicieran historia. Cada día ponen el listón de su imbecilidad algo más alto.

El lema de Cataluña debería ser: “Soy grotesco porque yo lo valgo”.
Cataluña es una realidad kitsch: El tamboriler del Bruch, Salvador Dalí, los “menjadore de calçots”, la barretina, la sardana, los castellers, Jordi Pujol y su familia, “Els Segadors”, la Diada, Joan Miró, la Torre Agbar (un colosal dildo para una ciudad icono del mundo gay), el “Barça més que un club”, el caganer, el “pá amb tomaca”, “La Fura del Baus”, la rumba catalana, etc, etc… Es un país de chiste, una caricatura. ¿Qué se puede esperar de serio en esas condiciones? Es digno de estudio la inclinación inveterada de esta gente por la patochada.

Cataluña, la Cataluña oficial hay que puntualizar, es ridícula e irrisoria porque, contradiciendo ese típico y tópico complejo de excelencia y superioridad catalán, que les lleva a los catalanes (no todos hay que decir) a menospreciar a los demás españoles (menos a los vascos con los cuales alimentan un claro complejo de inferioridad), sin fijarse en la realidad que no pocas veces desmiente esa pretensión, la verdad que perciben los sentidos le devuelve la verdadera imagen de lo que es: un quiero y no puedo incesante, una rabieta sin fin, una frustración sin remedio.

A las viejas manías y resentimientos de la burguesía catalana que ha logrado contaminar a gran parte de una sociedad con sus neuras de clase, se une ahora los trastornos mentales y la mortificante crisis de identidad de una porción de la población de origen no catalán, un charneguismo acomplejado que sólo encuentran alivio y consuelo a su dolor por no haber nacido con los apellidos “com cal “en la sobrepuja en la adhesión vociferante al catalanismo más extremo. Y es que en Cataluña algunos llevan como una cruz el apellidarse Martínez o García cuando queda tan bien y abre tantas puertas el llamarse Puigbadaló i Moltfulleda o Bertomeu del Fuet. Como única salida al desprecio de los catalanes “de debó” algunos no han encontrado otra salida a esa penitencia de unos orígenes indignos que ser más papistas que el Papa y adorar a sus despreciadores en la esperanza de ser escupidos un poco menos por estos.

A fuerza de darse de narices con la realidad, los nacionalistas catalanes han llegado a la conclusión de que si no son mejores de lo que son es porque otros le ponen trabas a su destino manifiesto de grandeza. De ahí que el nacionalismo catalán sea eminentemente rencoroso, acomplejado, resentido, despreciativo, lleno de negatividad, de odio y de revanchismo. Esas cualidades son las que caracterizan a los nacionalistas. Cualquiera que los conozca de lejos o de cerca, se habrá percatado que no hay en ellos nada noble o elevado. Ni en lo moral, ni en lo espiritual, ni en lo intelectual… En esta gente todo es mezquino, rastrero, bajo, pequeño, despreciable, ruin. Piensen en Jordi 1º de Catalunya y la sarta de sabandijas que ha salido de sus prolíficos genes. “Eso” es la viva imagen del nacionalismo catalán. Todas las virtudes patrias están encarnadas en este ejemplar y su ralea. Pareciera que la condición sine qua non para ser nacionalista catalán es ser un cretino integral y un perfecto mierda. No sé a ciencia cierta si el nacionalismo vuelve idiotas a los malvados o si la maldad vuelve nacionalistas a los idiotas. La respuesta sin duda está en la observación detenida de los Pujol, Mas, Junqueras (éste, francamente parece que salió de una casa de orates un día de puertas abiertas y nunca más regresó. Este gañán denota un claro problema de riego cerebral y algún cromosoma desparejado) y el largo etcétera de especímenes salidos de las filas del catalanismo más rancio y más auténtico.

En cuanto al referéndum en sí, ¿cabe perder el tiempo con semejante cutrería? Han votado los moros del Rif, los cafres del Monomotapa, los rumanos del cobre, y hasta una pareja de agapornis. La pantomima fue mayúscula: sin censo, sin papeletas custodiadas, sin seguridad, sin pluralismo, sin jornada de reflexión, sin oposición, sin interventores, sin observadores, sin nada de lo que se exige en una votación democrática occidental: un referéndum “de los chinos”. Todo fue muy catalán, todo muy kitsch, estrafalario y pretensioso. Nada nuevo. Cataluña sigue igual a ella misma. O sea diferente. Fíjense que en medio de todas esas carencias, el referéndum ha gozado de una novedad inédita en ambos hemisferios: la posibilidad de votar hasta 15 días después del 9 de noviembre. Ni en Venezuela se atreven a tanto.

De momento sigue el circo. Otra cosa no cabe esperar de una congregación de payasos.

Las salpicaduras del 9N y las responsabilidades pendientes de valorar.
En el ámbito del electorado del PP, el clamor de desagrado, protesta y reclamación de responsabilidades que, desde las bases del partido, se ha elevado hacia la dirección de los populares
Miguel Massanet  www.diariosigloxxi.com 12 Noviembre 2014

Como era de esperar, no han tardado en producirse las reacciones a la consulta celebrada en Catalunya el pasado domingo día 9N. Suele suceder, en estos casos, que se produzca diversidad de opiniones según sea el color político de las personas y la cercanía o lejanía que tengan respecto al separatismo excluyente o la españolidad de quienes opinan. Sin entrar en disquisiciones filosóficas sobre el, tan comentado, “derecho a decidir”, sostenido por quienes han sido los verdaderos causantes de que se produjeran las votaciones del día 9 de noviembre; lo cierto es que de ellas han surgido un reguero de opiniones, análisis, interpretaciones y comentarios, a cerca de las consecuencias que se van a derivar de lo que ha sido el gran desafío lanzado contra el Estado de Derecho y la unidad de España, desde que la democracia sentó sus reales en la nación española.

No obstante, lo que si es cierto es el gran impacto que, en toda España, ha tenido el hecho incomprensible y desalentador de que, en Catalunya, se haya podido celebrar, sin que se les pusiera obstáculo alguno ni interviniera ninguna autoridad para evitarlo, una consulta a la que se la ha querido camuflar como una iniciativa privada cuando, desde el mismo TC hasta el último ciudadanos español, sabían a ciencia cierta que estaba promovida, dirigida y amparada por el gobierno de la Generalitat, que ha colaborado activamente, tanto en la propaganda del evento como en facilitar todos los medios materiales y personales que han sido precisos, para que se abrieran las mesas y las urnas para recibir el voto de todos aquellos, catalanes, españoles o extranjeros, mayores de 16 ( o, posiblemente, menores) sin que existiera censo electoral, interventores, componentes de las mesas elegidos por sorteo ni presidente nombrado democráticamente para dirigir la votación.

El primer efecto derivado de esta absurda actitud del nacionalismo catalán, ha sido el gran impacto que ha causado en todos los españoles ( incluso en los mismo catalanes que han ido a votar) y el estupor, desasosiego y posterior rabia e indignación, ante la pasividad absoluta del Ejecutivo del señor Rajoy que ha estado viendo, desde la grada, como se desarrollaba, impunemente y con entera libertad, un acto que, en si mismo ya suponía el enfrentamiento al Parlamento español, una desobediencia a las órdenes del Gobierno y un incumplimiento de lo dispuesto por el TC respecto a la suspensión de todos los actos relacionados con la consulta catalana. Salvo los pusilánimes de siempre, especialmente numerosos en la prensa de izquierdas, los beneficiados por las boutades del señor Mas y Junqueras, los intelectuales ( entre los que se han encontrado los exministros señores Piqué y Sevilla), como el señor P.Sánchez del PSOE, que siguen empeñados en que lo que hace falta es “dialogar”, aunque nadie haya sido capaz de decirnos con claridad ¿sobre qué temas se tiene que tratar, cuando los secesionistas no admiten otra solución que la separación de Catalunya de España?.

O ¿acaso se pretende premiar su afrenta a España, al Gobierno y al resto de españoles, dándoles más privilegios que al resto de autonomías, otorgándoles un régimen fiscal que los favorezca más que a los españoles del resto de España y permitiéndoles que dispongan de su propia Administración de Justicia, su Hacienda, su Ejército y su Armada? O ¿será que el señor Rajoy está dispuesto a asumir los 60.000 millones de deuda catalana, su déficit fiscal, sus impagos a las farmacias, tal y como viene haciendo hasta ahora cuando, a cargo del FLA, en los últimos tres años Catalunya ha recibido de dicho fondo la friolera de 30.000 millones y, por si fuera poco, el señor Montoro les ha bajado los intereses de esta deuda?

Otro de los efectos negativos ha sido el evidente impacto de lo ocurrido en Catalunya, en el resto de países de la UE, que están mirando de reojo los dos fenómenos que, en este momento afectan a la confianza en nuestra nación: el crecimiento de Podemos y la celebración de la consulta catalana. Ambos están enturbiando la fe que se había depositado en España –como consecuencia de la recuperación, aunque incipiente, se empezaba a producir en nuestra nación – con el resultado del descenso vertiginoso de nuestra prima de riesgo y de la tasa de interés que se pagaba por nuestra Deuda y la renovada confianza de los inversores que han venido acudiendo en tropel a paliar nuestras necesidades de financiación. Todo ello está, de nuevo, pendiente de cómo se resuelvan por el Ejecutivo ambos desafíos.

En el ámbito del electorado del PP, el clamor de desagrado, protesta y reclamación de responsabilidades que, desde las bases del partido, se ha elevado hacia la dirección de los populares, no tiene parangón en toda la historia del partido de Fraga Iribarne. El señor Rajoy, hoy oculto y en ignorado paradero, no sólo ha conseguido defraudar las esperanzas de su electorado en una recuperación de la nación, una bajada de impuestos y una política enérgica y tajante en contra de cualquier brote de separatismo, sino que ha conseguido que, no sólo sus votantes y simpatizantes, sino también todos los españoles que desean que España continúe unida bajo el mandato de nuestra Constitución; se sientan defraudados y expresen su rechazo a una política innoble de cesiones, componendas, negociaciones secretas y actitudes vergonzantes de contemporización con aquellos que no se esconden, en cuanto a sus intenciones de conseguir esquilmar a España, para luego separarse de ella, en una aventura predestinada al fracaso absoluto pero que, también va a perjudicar y mucho a lo que quede de la nación española.

Ha resultado inútil y contraproducente el intento de la cúpula del partido de los populares de intentar endosar las culpas al TC y el insistir en que, la política de apaciguamiento y de cesiones al secesionismo son las que convienen a España. El eterno miedo de soliviantar a las minorías, el empeño en retrasar la aplicación del artículo 155 de la Constitución y aplicar la Ley, ésta que parece que a muchos les asusta y quieren seguir cediendo terreno, para evitar que se produzca lo que, tarde o temprano, va a suceder: la necesidad de defender la unidad de España apelando a los medios que tienen previstos las normas constitucionales. Cuanto más se retrase la quimioterapia destinada a acabar con el cáncer separatista, más dosis van a ser necesarias y peores pueden llegar a ser los resultados. En España ya se nota un cierto cansancio entre la ciudadanía respecto al tema catalán. Ya tenemos un 12% que estarían dispuestos a prescindir de Catalunya y no verían con malos ojos que se les diera permiso para que se fueran con viento fresco. Por desgracia, los socialistas y la filosofía relativista parece que han conseguido que, el número de patriotas, haya descendido vertiginosamente y son ya pocos los que quedamos que, todavía, somos capaces de intentar luchar por la unidad del país.

A toro pasado, cuando el mal ya está hecho y la amenaza separatista consumada; asustados ante la reacción negativa de la mayoría de españoles, entre ellos sus votantes y muchos miembros de la élite del partido; el señor Rajoy y sus consejeros ( veremos que tiene que decir a esto el señor Arriola) intentan sacar pecho y han ordenado a los fiscales ( que permanecieron desaparecidos lo mismo que muchos jueces que, en Catalunya, se negaron a aceptar las denuncias de los ciudadanos en contra de la apertura de las urnas) que “busquen” elementos incriminatorios en las actuaciones de algunos de los miembros del Gobern. ¡Pero si ellos mismos se han imputado voluntariamente!, ¡todos los directivos de los partidos en pro de la consulta participaron en el simulacro y muchos de ellos, como el señor Junqueras y su segunda, presidieron sendas mesas en las que se votaba! O es que ¿en Catalunya todos estaban ciegos o no se quería o tenían miedo de hacer cumplir las leyes? Se habla de imputar al señor Mas o la señora Ortega, pero todos sabemos que, aún que se atrevan a hacerlo, se convertirá en un proceso que durará años hasta que todo ello va a acabar, como suele ocurrir, con una multa y ¡pelillos a la mar! O así es como, señores, desde la óptica de un ciudadano de a pie, renegamos de quienes por intereses espurios no se atreven a luchar por España.

Cataluña
Más fotos y menos votos
Eduardo Goligorsky Libertad Digital 12 Noviembre 2014

Este artículo podría condensarse en unas pocas cifras, sin complementos retóricos. Pero la magnitud de la campaña de desinformación, confesadamente urdida para engañar al resto del mundo e internacionalizar el proceso secesionista, obliga a desplegar un arsenal de argumentos razonados. Si nos circunscribiéramos a las cifras, bastaría una simple resta para pulverizar el discurso eufórico con que Artur Mas y su séquito saludaron el resultado de la consulta trucada del 9-N.
Show prefabricado

Según la página web del Instituto de Estadística de Cataluña, el censo de mayores de 16 años, o sea el que incluye a quienes no están legalmente autorizados a votar pero lo hicieron, tenía, el 1/1/2013, 6.297.727 inscriptos. Redondeando números, en el 9-N votaron 2.200.000 personas (no ciudadanos, porque además de los menores había una cantidad indeterminada e incontrolada de extranjeros, pero dejémoslo así, porque somos tolerantes). Si practicamos una resta elemental, frente a los 2.200.000 votantes de los que se jactan los facciosos tenemos 4.100.000 inscriptos que se quedaron en sus casas. Y si exageramos nuestra tolerancia hasta el punto de aceptar las preguntas y los mecanismos torticeros de la consulta, resulta que descontando los sí-no que se decantaron por el Estado quimérico pero no por la independencia, los partidarios de ésta se reducen a 1.800.000. Exactamente el 30% del censo electoral abultado con los menores que no tienen derecho legal al voto y los extranjeros infiltrados. Esta es la mayoría de la que se jactan los secesionistas. Repito que aquí se podría dar por terminado el debate si éste discurriera por carriles racionales. Pero no es así.

El objetivo del show prefabricado por el agitprop quedó explícito en un artículo del beligerante Francesc-Marc Álvaro y en otro de Ferran Requejo que aparecieron, ambos, en el somatén mediático el 3 de noviembre. "La foto de las colas de personas que quieren votar será portada por doquier", alardeó Álvaro, y Requejo remachó:

Con una movilización que sea un éxito, incluidas fotos en la prensa internacional (…) Hace falta que ese día haya urnas y colas de ciudadanos con votos en la mano (…) A partir del 9-N habrá que internacionalizar el proceso mucho más que ahora.

Por supuesto, a los 40.000 voluntarios militantes que controlaron el evento no les resultó difícil dosificar los tiempos para que la buena gente se alineara como convenía a las cámaras. Y las colas no fueron más impresionantes que las que convocan Justin Bieber, Lady Gaga, el salón del Manga o los cines en los días de precios reducidos. Artur Mas representó su papel ante los corresponsales extranjeros hablándoles en varios idiomas, incluido el proscripto castellano, gracias a que pertenece a la clase privilegiada que estudió, como más tarde lo harían sus hijos, en el Liceo Francés y en la escuela Aula, y no en los actuales reductos del monolingüismo catalán.

Tampoco hay que creer a pies juntillas las versiones que transmiten esos corresponsales. Algunos son auténticos héroes, que se juegan la vida en la primera línea de fuego. Otros recogen bulos que les cuentan informantes interesados frente a un vaso de whisky en un hotel de cinco estrellas y así nacen camelos como el de las primaveras árabes. Y finalmente están los que marchan al compás de la banda que dirigen Noam Chomsky e Ignacio Ramonet, dos flamantes socios del entramado secesionista.
Una falacia compartida

El balance del 9-N habría sido mucho más ecuánime si se hubiera prestado más atención a los votos que a las fotos precocinadas y a los discursos triunfalistas de una élite que ha encontrado el sistema ideal para seguir viviendo del cuento. Volvamos a los votos que contabilizábamos al principio, ya sean esos 2.200.000 del presunto total emitido o los 1.800.000 del presunto núcleo duro independentista, tanto da. En las elecciones de noviembre del 2012, los partidos que acaban de participar en la jugada secesionista sumaron en total, como acaba de confesarlo el gurú Enric Juliana, los votos de "2.147.361 ciudadanos mayores de 18 años" (LV, 10/11). O sea, el 39 por ciento del censo de 5.500.000 ciudadanos. Hoy, el total de supuestos sufragios representaría el 36 por ciento del nuevo censo y los votos netamente secesionistas de ese supuesto total representarían el 30 por ciento.

Este evidente drenaje de votos viene a desmontar una falacia que, paradójicamente, han compartido los secesionistas y muchos constitucionalistas. Los primeros se complacen en burlarse de Mariano Rajoy, José Manuel García-Margallo y José Ignacio Wert afirmando que cada medida que toman y cada discurso que pronuncian suma nuevos contingentes a la masa secesionista. Pues parece que no es así y que son sus huestes las que sufren deserciones. Los segundos no son menos inclementes con los que califican como errores de bulto en la forma de abordar el proceso secesionista, ya sea por pasividad, por condescendencia, por falta de coraje para enfrentar la insumisión o por incapacidad para tender puentes. Mi trabajosamente adquirida inclinación al pragmatismo y el posibilismo me inhibe de polemizar con quienes reaccionan, en la vertiente constitucionalista, con un exceso de severidad crítica, pero tampoco puedo callar mi discrepancia con el admirado Francesc de Carreras cuando opina (El País, 10/11):

Mas ha ganado a Rajoy, es decir, la arbitrariedad ha ganado a la ley.

Ni Mas ni la arbitrariedad que forma parte de su táctica de supervivencia en el poder han ganado. El desbarajuste institucional y el desprecio por el orden legal que acompañan el proceso de balcanización como las rémoras a los cetáceos, pavimentarán el camino de la discordia entre los protagonistas de la insurrección, que no son gente de fiar, cuyas rivalidades empiezan a cobrarse sus primeras víctimas. La viga maestra del pajar convergente está podrida y su Casa Grande está embargada. El titiritero mayor y las dos titiriteras advenedizas afilan, metafóricamente, los cuchillos largos. Y mientras tanto, en el plancton social del que se nutren, ganan fotos y pierden votos.
Exhibición histriónica

La realidad es terca y cruel. La escritora Carme Riera, ajena a la servidumbre crónica de los plumillas del régimen, la destapa el mismo día en que la Generalitat monta su exhibición histriónica, de la que Artur Mas, desafiante, se declara responsable. La denuncia de Carme Riera (LV, 9/11) merece más atención que las muchas fotos y los menos votos:

Es a partir del lunes 10 cuando el señor Mas y su gobierno, de una vez por todas, tienen que dedicarse a los asuntos pendientes, aplazados por la causa independentista. De un tiempo a esta parte la, sin duda para muchos, esperanzadora estelada ha cubierto no sólo los balcones de numerosas calles de Catalunya sino que, a modo de poderoso manto mágico y especie de refugium pecatorum ha servido también para tapar la inmensa mayoría de problemas ocultándolos a la vista de todos. Sin embargo, no por el hecho de permanecer escondidos dejan de estar ahí pudriéndose. (…) Acuciantes problemas de los ciudadanos que, por descontado, la independencia tampoco va a solucionar, sino en muchos casos a agravar, como reconoce el propio presidente Mas.

(…)
Hay que abordar los problemas en sanidad o en enseñanza, dos cuestiones clave para la ciudadanía, hay que tomar por los cuernos el asunto de la corrupción salpique a quien salpique, hay que negociar con los empleados públicos, hay que asumir la deuda con los farmacéuticos, y hay que acometer de verdad lo que para mí, en estos momentos, es una cuestión gravísima e inaplazable. Me refiero a la pobreza y a su espantoso aumento durante los últimos años.

Según los informes más recientes, proporcionados tan sólo hace una semana por el Idescat (Instituto de Estadística de Catalunya), en el 2013 casi el 20% de catalanes, el 19,8%, para ser exactos, vivía en una miseria que rozaba o estaba ya en riesgo de exclusión social. (…) A día de hoy, en Catalunya viven en la pobreza alrededor de un millón y medio de personas y más de medio millón carecen de cualquier ingreso. Además los desahucios han aumentado más que en el resto de España. No parece que al Govern de la Generalitat le haya preocupado demasiado la situación de ese casi 20 % de ciudadanos.

Es aconsejable que la buena gente y los corresponsales extranjeros tomen conciencia de esta realidad antes de que madure la plaga que ya se está gestando: la de la demagogia populista.

L´estaca nacionalista
José Rosiñol Lorenzo Periodista Digital 12 Noviembre 2014

Lluis Llach se preguntaba a finales de los años sesenta “Siset: ¿No ves la estaca a la que estamos todos atados?”, el cantautor veía como el franquismo y su obsesión totalitaria denominado “nacionalcatolicismo” había permeado tanto en la sociedad que había llegado a anestesiar a la ciudadanía, había cercenado la capacidad crítica de un individuo acosado por el adoctrinamiento y condenado a adaptarse a un econosistema que había institucionalizado los valores del “Movimiento”.

Hoy día parece que la ceguera se ha impuesto en gran parte de la sociedad catalana, acostumbrada al bombardeo constante de los principios del Dogma de la “construcción nacional”, a la deslegitimación del marco jurídico democrático y al Estado, a un extensivo plan de ingeniería social intensificado durante la última década (aprovechando la descomposición social y la desafección política provocada de la Gran Recesión).

Los catalanes estamos atados a una estaca invisible pero palpable para todo aquél que tenga interés en mirar más allá de la propaganda, más allá de la cortina de humo mediática, más allá de la doctrina, esta estaca totalitaria se esconde tras una ficción de pluralidad política, ficción porque todo aquél que no comulga con el Sistema es condenado a la calumnia, al ostracismo y a la muerte social.

El aparato de condicionamiento social (y político) es denso, está dotado y sustentado gracias a ingentes cantidades de dinero público y a la más que remarcable inacción de los poderes del Estado, ya no solo hablamos del oneroso sistema mediático que cubre una gran parte del espectro sociológico y que machaconamente desdibuja la realidad política, crea una agresiva alteridad llamada España y trata de inocular un nacionalismo esencialista y excluyente, una hispanofobia que ridiculiza a los castellanoparlantes e institucionaliza una diglosia, que arrincona y desprestigia todo lo que suene a “español”…

La estaca también se traduce en el sistema educativo que tras la llamada “inmersión lingüística” se esconde un programa de adoctrinamiento con el que socializar los dogmas nacionalistas para que nuestros hijos interioricen una cosmovisión basada en el relativismo lingüístico y una adscripción identitaria obligatoria, a un uniformizado comportamiento social, a un disciplinado encuadramiento en una politizada estratificación social determinada en función de la proximidad de las Verdades Nacionales, una inercia social que hace irresistible seguir al rebaño, una (supuesta) unanimidad que corrompe la ya de por sí debilitada salud de nuestra democracia.

Pero no todo es doctrina y dogma de fe culturalista, no todo es institucionalizar unos valores ético-morales de obligado cumplimiento, también se ha creado un sistema de incentivos económicos y un abanico de oportunidades y prebendas para todo aquél que hace acto público de defensa de la Causa, sistema directamente proporcional al que desincentiva la disensión, que obliga a una adaptación socioeconómica para no quedar apartado de la competencia y que puede abortar carreras profesionales, claro está que el objetivo no solo son personalidades relevantes, sobre todo está en lograr una ciudadanía dispuesta a condicionar la socialización primaria de sus descendientes y una resocialización ¿voluntaria? de sí mismos, es solo cuestión de supervivencia y expectativa económicas.

Y aquí entramos en lo que los partidarios de la secesión creen que es la última etapa de su misión redentora, la intromisión en la “sagrada esfera privada del individuo”, pisoteando las libertades negativas que nos defienden nuestra individualidad y sustentan la calidad y la perfectibilidad de la democracia (permiten la auténtica pluralidad que parte del individuo), resulta que desde una asociación que se arroga la representatividad de todos los catalanes (la ANC), de todo “el pueblo catalán” (concepto que trata de diluir al individuo en una masa ideológica e identitariamente unívoca), ha decidido pedir a 100.000 voluntarios para que vayan casa por casa para convencer a los “indecisos” y para “reforzar” la voluntad de los que ya están convencidos…

Estamos ante una intromisión en nuestra intimidad, parece que ya no se conforman con la deformación propagandística de los medios de comunicación públicos y subvencionados al servicio de la Causa, ahora parece que quieren tener claro quién está y quién no a favor de la secesión y la ruptura, parece que la tensión sobre la que se sustenta el “procés” está sacando su verdadera cara, aquella que gradúa entre buenos y malos catalanes, aquella que llega a segmentar dependiendo el grado “pureza” de los que defienden la independencia… Esta presión social llegará a nuestras puertas (con la connivencia y, quizás colaboración, de los poderes públicos catalanes) y ello me hace rememorar los versos de otro cantautor catalán, Joan Manel Serra, que decían “Què volen aquesta gent que truquen de matinada?”.

El 9-N visto el 12-N… Rajoy salva a Mas
ernesto milá Minuto Digital 12 Noviembre 2014

Cada vez da más la sensación de haber asistido a una pequeña y mediocre escenificación teatral, pactada desde hace meses, en el cual las dos partes se han atenido a un guion en el que ambas salvaban la cara ante su electorado. Acabado el primer acto del sainete, ahora empieza el segundo. Los dos actores principales, Artur Mas y Mariano Rajoy, apenas han hecho otra cosa que mantener la adhesión de los admiradores incondicionales, si bien cierto número de espectadores que buscaban más credibilidad se han visto decepcionados. El problema es que el segundo acto va a ser el decisivo. Los dos actores lo único que han hecho es prolongar la vigencia del problema.

Gangs mafiosos y “marcas caídas”
La política es ejercicio del Poder. Cuando se renuncia a esa prerrogativa lo que se hace no es política sino teatro. Rajoy, ante la “cuestión catalana” no ha hecho en absoluto política, ni ejercicio de poder, tan solo “teatro”. En cuanto a Mas parecía como si hubiera olvidado que el trueque, la negociación, el cambalacheo, a ratos chantajeando y a ratos jugando la carta del pedigüeño, la de la virgen ofendida y la del vendedor de textil trabajador y honesto a carta cabal, han constituido las imágenes a las que ha recurrido el nacionalismo catalán desde sus orígenes decimonónicos. Durante unos meses la actitud política de Mas era absolutamente incomprensible para un “catalán de seny”, siempre partidario del “parlem-hi” (hablemos), que parecía haberse anclado en el maximalismo, el todo o nada, el hágase mi voluntad y demás lindezas con las que nos ha obsequiado diariamente en estos últimos seis meses.

Rajoy y Mas han representado una farsa. El reproche principal que podemos hacerles hoy es que ambos han negociado (seguramente a través de terceros y discretamente), estableciendo los límites a los que podía llegar cada uno y blindando sus respectivas posiciones. Un pacto mafioso, a fin de cuentas, entre dos gangs asaeteados por la corrupción, desprestigiados progresivamente ante la opinión pública, dos partidos cada vez más parecidos a bandas mafiosas que se han repartido España desde hace décadas, como los gánsters de Chicago se distribuían los barrios de aquella ciudad durante la ley seca: el South Side para Al Capone, de Jefferson Park hacia arriba para la mafia irlandesa…

¿A qué otra cosa sino a un gang se podría comparar el PP del Caso Gürtel, de Jaume Matas entrando y saliendo de prisión con la velocidad que Superman se pone y se quita el traje de super-héroe, del Caso Granados y de todo lo que irá saliendo? ¿A qué se podría comparar una CiU asaeteada por el Caso Palau, la docena y media de sumarios en los que se traducirán los escándalos que rodean a la familia Pujol, los que alcanzarán al alcalde de Barcelona y al mismo Artur Mas, sino a una “organización para delinquir”?

Desde el punto de vista del marketing ambas marcas han sido arrastradas por los lodos, han perdido el lustre que tuvieron en otros momentos, la credibilidad que pudieron tener tiempo atrás. Hoy son lo que en términos de marketing se llama “marcas caídas”: las que un día tuvieron mucha audiencia pero irremediablemente la están perdiendo. Las próximas elecciones municipales de mayo de 2015 y las generales de 2016 lo demostrarán. En cuanto al PSOE, casi mejor no hablar, porque más que de marcas caídas habría que hablar a marca pulverizada.

Nos habíamos olvidado de Ockham y de su navaja
Había algo en el planteamiento de Artur Mas que parecía incomprensible: ¿Cómo era capaz de ir hacia adelante en la convocatoria del referéndum cuando la independencia de Cataluña, desde todos los puntos de vista es imposible, inviable, insostenible, irrealizable? Mas tiene todos los elementos a su alcance para comprobarlo. Es más, lo ha sabido siempre. Esto era lo inexplicable del conjunto. La navaja de Ockham cuenta que “en igualdad de condiciones, la explicación más sencilla suele ser la correcta”. En otras palabras: la teoría más simple, es siempre la correcta. Y la explicación más sencilla era la que estaba ante nuestros ojos.

Era imposible que alguien que dispone de mínimas fuentes de información siguiera avanzando hacia el abismo de la independencia. Era imposible que el “seny” nacionalista se hubiera evaporado de un día para otro. Inviable el que buscara una independencia imposible. Durante meses nos hemos estado preguntando en dónde residía la seguridad casi teológica, propia de un iluminado con la que Artur Mas llevaba “a su pueblo”, báculo en mano, hacia la independencia… ¿Quién le apoyaba? ¿Algún sector del capital financiero internacional? ¿La mafia de los casinos? ¿Los ingleses siempre dispuestos a crear un “roto” en España? ¿Quién…? Y todas las pesquisas no llevaban a ninguna desembocadura creíble.

En realidad lo que ocurría era mucho más simple. Estaba allí delante, ante nuestros ojos y no lo veíamos: Artur Mas no quería la independencia, porque sabía mejor que nadie que con un bono de la Generalitat a la altura del “bono-basura”, la independencia era completamente imposible. Es más, resultaba imposible que Mas no dispusiera de sondeos sobre quién estaba a favor y quién en contra de la independencia. Esos sondeos, antes de pasar por la “cocina” de la Generalitat, debían de constatar algo que se percibe inmediatamente en Cataluña: que habiendo nacionalismo, existiendo soberanismo y gozando el independentismo de cierto incremento en los últimos tres años, dista mucho de tener fuerza social suficiente para impulsar el nacimiento de una nación.

Las cifras de la consulta del 9-N lo han demostrado: ahí estaba todo el soberanismo. Seguramente ni un independentista se ha quedado en casa. Es más, han votado tantas veces como han querido, han votado inmigrantes que aspiran a una subvención, niños llevados por papá y mamá independentistas. Ese es el techo del independentismo, nada más. De haber habido campaña en contra, de haberse autorizado el referéndum y de haberse abierto en los medios de comunicación catalanes debates sobre el independentismo, y spots publicitarios sobre lo que implicaba la independencia, el número de No-No (No a un Estado catalán y no a la independencia) y el de Si-No (si a un Estado catalán, no a un Estado catalán independiente), hubiera restado todavía más votos a esos magros y opacos resultados que por sí mismos cierran el camino a la independencia, como mínimo en una generación.

La explicación más simple era esta: “vamos a pedir la independencia aunque sabemos que es inviable técnicamente y que electoralmente incluso será rechazada por las urnas, pero vamos a pedirla, en primer lugar porque nos consta que el referéndum no será autorizado y, sobre todo, para jugar nuestro papel de nacionalistas, para garantizar la hegemonía del nacionalismo en Cataluña durante décadas, para que CiU siga siendo hegemónica en el sector soberanista”… Ockham eternamente.

Las estridencias que se han producido en algunos momentos del proceso, los maximalismos, las declaraciones que han hecho creer a algunos espíritus simples que la independencia era para el 10-N, era todo, absolutamente todo, iniciativas de cara a la “parroquia”, a los convencidos. La negociación Rajoy-Mas estaba blindada ante estos vaivenes.

La ficción independentista, cortina de humo ante la triste realidad
También aquí se trata de aplicar la lógica más simple y elemental: CiU es el partido que sociológicamente está más próximo al PP. CiU es en Cataluña lo que el PP es en el Estado: un partido de centro-derecha. ¿Cómo hemos podido pensar en algún momento que CiU iba a romper estridentemente con el gobierno de España cuando tan bien se ha entendido con él durante 38 años? ¿Es que no sabéis que la constitución española es un producto de la sinergia creada en 1978 por UCD (hoy PP), CiU y PSOE? ¿Es que hemos olvidado que el régimen que configuraron, ese “bipartidismo imperfecto”, suponía que estas tres fuerzas políticas se repartirían el poder durante décadas?

Cada vez que CiU ha prestado su apoyo a gobiernos del PP y del PSOE para sacar adelante las leyes de presupuestos anuales o cualquier otra iniciativa legislativa, le ha bastado simplemente negociar con quien mandara en Madrid en esos momentos, pedir unos milloncejos de más, garantizar que todo lo que se hacía y deshacía sobre territorio catalán sería para mayor gloria del nacionalismo y que las sentencias contrarias del Supremo que menoscabaran esa hegemonía no se aplicarían en Cataluña. Eso ha sido todo.

La crisis económica iniciada en 2007, brutal especialmente en Cataluña (que ha perdido en 15 años más del 30% de su capacidad industrial y tiene el lastre insoportable de 1.250.000 inmigrantes y de otros 500.000 que ya han adquirido la nacionalidad española, con un paro juvenil similar al andaluz y que cada vez vive más del turismo y menos de la actividad industrial) ha hecho lo demás: había que crear falsas expectativas, objetivos “nacionales”, que reavivaran el nacionalismo. Ya no bastaba con aquel “nou estatut” impulsado por el pobre Maragall aquejado por una triste enfermedad degenerativa. Ya no bastaba con cobrar comisiones del 3-5%. Era preciso recuperar el impulso nacionalista… que, a fin de cuentas beneficiaría a CiU. Había que evitar que ERC pudiera obtener ventajas con la crisis económica y, por tanto, había que ser más nacionalista que ERC, más independentista que el “ceballut mes ceballut del Països Catalans”. Eso para evitar que la población viera cuál era la situación real de Cataluña: agotada, sin perspectivas, viviendo del turismo, desindustrializada, étnicamente convertida en un mosaico, sin nacimientos autóctonos, con una deuda de 60.000 millones de euros, saqueada por una corrupción galopante que sería imposible mantener oculta mucho tiempo.

El nacionalismo, históricamente desde el Caso Banca Catalana ha aprendido que cualquier excusa emotiva y sentimental relativa a Cataluña y al patriotismo catalán basta para ocultar las vergüenzas ante un electorado tan poco exigente como el del resto del Estado. La envergadura de la crisis económica iniciada en 2007 era de tal magnitud, que la cortina de humo creada para ocultar la ineficacia de la Generalitat ha tenido que ser desproporcionada. Ha consistido, simplemente, el crear la ficción del “día 10-N seremos independientes”.

¿Y el gobierno del Estado?
Hoy podemos intuir que el pacto Rajoy-Mas consistía simplemente en que el segundo convocaba un referéndum a través de una “ley de consultas” aprobada ad hoc. Rajoy impugnaría el referéndum con lo cual queda bien ante su electorado. Mas seguiría adelante con el referéndum pasando a llamarlo “consulta”, manifestando una firmeza que encandilaría a su electorado. Ambos contentos, porque en definitiva, ni el referéndum hubiera dado mayoría al independentismo en caso de ser legal (hoy lo sabemos a raíz de los resultados del 9-N), ni la “consulta” como tal tiene el más mínimo valor jurídico ante nadie y en cuando a sus resultados cada cual la puede interpretar como le dé la gana.

Diferente hubiera sido si Rajoy hubiera lanzado a los GEOS y a los blindados, hubiera instado a los mozos a cerrar los colegios electorales e identificar a quienes estaban tras las mesas plegables y las urnas de cartón. Entonces sí que el 10-N, Artur Mas hubiera debido llamar a la insumisión generalizada y él mismo habría terminado en la cárcel… pero Rajoy se hubiera quedado sin interlocutor en Cataluña. Porque, hoy en Cataluña, el interlocutor de Rajoy solamente puede ser Artur Mas u Oriol Junqueras. Al menos el primero pertenece al gang con el que ya hubo acuerdo para distribuirse las zonas de influencia y tapar vergüenzas mutuas.

En el momento actual, todavía los portavoces del gobierno hablan de que actuará la Fiscalía contra los que realizaron la consulta, nos cuentan que están estudiando la denuncia a presentar. Mentiras. Son las mentiras que preceden al inicio del segundo acto del sainete catalán: la negociación. Lo más probable es que se prolongue hasta después de las elecciones municipales ya próximas: terminará antes de que comience el verano de 2015 posiblemente con una “hacienda catalana” o quizás con un compromiso de mayores dotaciones presupuestarias para Cataluña, un impulso al corredor mediterráneo o, simplemente, que el Estado se hará cargo de parte del déficit de la Generalitat y la Fiscalía General del Estado se olvide de los procesos por corrupción contra nacionalistas. Eso es todo.

A Mas le bastará con disminuir el flujo de euros a las solícitas dirigentes del Ómnium Cultural, de la ANC, de Dret a Décidir, con lo que el entramado soberanista se diluirá como un azucarillo. Los libros de historia que utilizarán los escolares en Cataluña dirán que fue una “gran victoria” del nacionalismo y a otra cosa… El “éxito” de la negociación debería generar un renovado entusiasmo hacia Artur Mas y hacia CiU que favorecerían su resurrección política y atenuarían el crecimiento de ERC. Todos contentos. Quizás a Junqueras volverían a caérsele lágrimas y mocos. Pero Rajoy y Mas respirarían tranquilos.

La “unidad de España” no ha estado verdaderamente en peligro. Lo que se ha hundido es la dignidad y la credibilidad de la clase política, de Artur Mas y de Mariano Rajoy. Ni uno ni otro saldrán indemnes de esta aventura. Y lo peor es que el país está gobernado por esa clase política indigna y miserable capaz de cambalachear y jugar hasta con conceptos y entidades como “Nación”, “Estado”, “Soberanía”.

Lo que se les escapa a las dos partes
Cuando escribimos esto, los primeros en haberse dado cuenta del juego Rajoy-Mas han sido los miembros de ERC que en la tarde del martes daban por roto el pacto de unidad y pedían elecciones autonómicas anticipadas. A día de hoy, las ganarían. El lunes 10-N ya se ponía de manifiesto el intento de Mas de reforzar a CiU con una candidatura que integrara a caras conocidas de la ANC y del Ómnium, tendiendo puentes hacia CUP en el intento de atrapar a ERC en una doble tenaza. De “borrokas” a palanganeros de Mas, tal es el destino de las CUP. En cualquier caso, las elecciones anticipadas planean sobre Cataluña: Mas las retrasará tanto como pueda y sólo las adelantará cuando esté convencido de que puede ganarlas. ERC presionará al máximo. El PSC no sabe/no contesta. El PP es demasiado débil para representar algo en aquella autonomía. La inestabilidad política se instala en Cataluña a partir de ahora.

El error de Mas y de Rajoy consiste en tomar la crisis catalana como algo aislado de la crisis política e institucional que está viviendo el Estado Español a raíz de la prolongación de la crisis económica. Ambos no reconocen que cada vez existen más sectores sociales disconformes con el rumbo del Estado, la ineficacia de las instituciones para resolver los problemas y los niveles de corrupción generalizada. La crisis del ébola, las imágenes de la valla de Melilla, los viajes de Monago, las disculpas de Rajoy y de la Aguirre con los casos de corrupción, las propuestas absurdas de Pedro Sánchez, el crecimiento de Podemos, los silencios de la monarquía, la economía que sigue sin funcionar pese a las increíbles “cifras macroeconómicas”, al “derecho a decidir” canario, la consideración de la clase política como conjunto de aprovechados sin escrúpulos, las imágenes de un parlamento que bosteza y no legisla, de un gobierno que no gobierna, de un poder judicial al que se le acumulan casos, pero parece incapaz de concluir sumarios y encarcelar a culpables, unido al sainete catalán.. Todo esto son distintos frentes de la crisis del Estado surgido de la Constitución de 1978.

Las siglas que hicieron esta constitución viven hoy de inercias adquiridas en tiempos pasados, pero las próximas elecciones municipales, autonómicas y generales en los dos próximos años van a redimensionarlas. Hoy son “marcas caídas”. Desde el puntos de vista del marketing (¿y que es la política al uso sino el arte de vender un producto en forma de sigla?) levantar una marca caída es siempre imposible. Resulta mucho más barato crear una marca nueva. Por eso Podemos arrasará. Por eso las siglas del “viejo orden”, los PP, PSOE, CiU, PNV menguarán.

¿Habrá sitio en el “nuevo orden” del futuro para formaciones identitarias que propongan una estructura foral para España? ¿Será posible de una vez por todas que los mayores niveles de autonomía no estén vinculados a las mayores presiones chantajistas o a la acción amenazadora de movimientos terroristas, sino a los mayores niveles de lealtad?
¿Será posible, en definitiva, que la “política” se convierta en Gran Política capaz de suscitar energías, concebir proyectos históricos, en lugar de ser la gestión mediocre del día a día, la posibilidad de acumular algún que otro millón de euros a la sombra del poder o, simplemente, el cambalacheo entre dos bandas de gánster por el control de las zonas de influencia?

La peor corrupción, la del lenguaje
Jesús Royo Arpón www.lavozlibre.com 12 Noviembre 2014

Lingüista

Ha pasado el 9N con un balance para unos memorable, y para otros -entre los que me cuento- deplorable. Pero que hagan otros el balance, la valoración y la perspectiva. Yo prefiero volver sobre el análisis de los conceptos, el uso y el abuso de las palabras, la solidez o endeblez de los ladrillos de este tinglado.

A mí no me importaría que Cataluña fuera independiente, lo he dicho muchas veces. Ser español, al revés que a José Antonio, me emociona muy poco, casi tan poco como ser catalán. No me sentiría más desdichado si fuera canadiense, mongol o keniata. No me importaría que Cataluña fuera independiente, pero da la casualidad de que no lo es, y no voy a dar un paso para que lo sea. Sobre todo si ese paso me supone un coste. Y no hablo del coste en dinero, sino en horizonte. Pero lo que es insoportable es la poca categoría de la argumentación, las trampas lingüísticas, los chantajes emocionales con que nos ofenden a diario estos nacionalistas. La peor corrupción es la del lenguaje. Me cuesta suponer que hay quien lo sabe, quien sabe que todo es manipulación y propaganda, y sin embargo lo celebra. Prefiero pensar que los que sostienen las tesis independentistas lo hacen de buena fe, que les ciega la pasión y quizá el amor. Ya sabemos que el amor es ciego, que hace ver a la sin par 'Dulcinea' en una vulgar labradora "que despide un aliento a ajos crudos, que me encalabrinó y atosigó el alma", al decir de 'Sancho'. La independencia de Cataluña es algo parecido: una moza tosca y fétida que para sus enamorados es una doncella ideal, perfecta como una estatua clásica, como aquella que d'Ors llamó 'La Ben Plantada'.

Empecemos. La base de todo es el famoso "derecho a decidir". El propio Agustí Colomines, independentista redomado, reconoce que "es una chorrada que nos hemos inventado para que cuele el derecho de autodeterminación". Una chorrada que nos hemos inventado: o sea maquillaje, ardid, camelo. La trampa está en que "decidir" es un verbo transitivo, que exige un complemento directo: por sí mismo apenas significa nada. El derecho no es a decidir, sino a decidir algo. Y el acento lo lleva ese algo. No es lo mismo decidir quedarse en casa si llueve que decidir bombardear una ciudad, aunque ambas son "decisiones". Puestos a imaginar derechos falaces, tendríamos: derecho a intentar, derecho a continuar, derecho a insistir, derecho a conseguir. En el extremo, el colmo de absurdo serían los "derechos" sobre los verbos llamados "modales": poder, deber, soler, pretender, cuyo complemento es siempre otro verbo.

Decidir es casi un verbo modal. Por eso es inexpugnable: porque su negación (no decidir) aparece como una barbaridad o un abuso, cuando no una imposibilidad. Compárenlo con los ejemplos paralelos: no intentar, no continuar, no insistir, no conseguir. Por esa razón, por ser inexpugnable, el PSOE dio por perdida la batalla antes de empezar. Cuando se planteó el "derecho a decidir" de Cataluña lo vieron claro: imposible oponérsele. ¿Quién va a oponerse a que "se" decida "algo"? ("se" vale igual para una persona que para una nación, y "algo" vale para cualquier cosa). Así que IC y el PSC corrieron a sumarse a los partidos "pel Dretadecidir". Tonto el último.

Ponencia de Autogobierno del Parlamento vasco
Savater alerta de que el federalismo se use para 'encubrir la disgregación del Estado'
"A cambio de no llamarlo independencia, se acaba concediendo lo que reclamaban los independentistas", afirma el filósofo
Europa Press www.lavozlibre.com 12 Noviembre 2014

Vitoria.- El filósofo Fernando Savater ha alertado del peligro de utilizar el federalismo para "encubrir" los objetivos independentistas y la "disgregación social y cívica" del Estado español. Savater, además, ha denunciado que los derechos históricos -que en el caso de Euskadi y Navarra están amparados por la Constitución- no deben entenderse como una forma de "soborno" por parte de los nacionalismos "levantiscos".

El filósofo ha comparecido este miércoles ante la Ponencia de Autogobierno del Parlamento vasco, encargada de analizar un posible cambio de estatus político para Euskadi.

Fernando Savater no sólo se ha referido a la situación de Euskadi, sino que también ha aludido al proceso separatista catalán. En este caso, ha alertado de que cuando desde esa comunidad autónoma se habla de "blindar competencias", lo que en realidad se pretende es "sostener las reivindicaciones características de los nacionalismos separatistas", aunque sin emplear el término de "independencia".

Savater considera que algunas alternativas que se presentan a las reivindicaciones soberanistas de Cataluña, como el federalismo, pueden acabar sirviendo para aceptar las demandas independentistas. "A cambio de no llamarlo independencia, se acaba concediendo lo que reclamaban los independentistas", ha manifestado.

En su opinión, la fórmula federal puede servir para "resolver algunos problemas" desde el punto de vista administrativo. Sin embargo, ha afirmado que "las federaciones que funcionan" son las de entidades territoriales "que se han querido unir", no las que han sufrido el proceso inverso.

"PRIVILEGIOS"
"El problema es que se quiera convertir el Estado federal en una forma simulada de desunión, que conceda los privilegios que reclaman los nacionalistas", ha explicado. En la misma línea, ha alertado del riesgo de que el federalismo se utilice para "encubrir el problema de la disgregación social y cívica del país".

Savater también ha aludido a los derechos históricos, que en el caso de Euskadi y Navarra, como territorios forales, están amparados por la Constitución. El filosofo ha afirmado que estos derechos no pueden interpretarse como "un derecho de pernada política", que "en el fondo no representa más que una forma de soborno de los grupos levantiscos, que pueden alterar -mediante sus reivindicaciones atávicas- la implementación de la democracia moderna".

ESCOCIA
Aunque ha reconocido que el derecho a decidir de cada ciudadano, ha destacado que esta facultad no implica que alguien pueda "excluir al resto de sus compatriotas constitucionales de las decisiones que afecten a la integridad territorial o a las leyes de todo el Estado".

El filósofo se ha referido al referéndum de independencia celebrado en Escocia, que fue acordado entre los gobiernos británico y escocés y en el que vencieron los partidarios de seguir formando parte del Reino Unido. Savater ha criticado la decisión del Gobierno británico de aceptar la celebración de esa consulta, y ha considerado que la Unión Europea "debería haber dejado claro" que no acepta que los estados miembros permitan "fracciones étnicas".

'1980'
Cientos de muertos por ocho apellidos vascos
Santiago Navajas Libertad Digital 12 Noviembre 2014

1. En 8 apellidos vascos, la comedia española sobre la tragedia vasca, el padrazo nacionalista interpretado por Karra Elejalde le pregunta al pretendiente de su hija cuántos apellidos vascos le respaldan, preocupado como está por garantizar la pureza de sangre vasca. Entre carcajadas de pacotilla y malos chistes, la película de Emilio Martínez Lázaro hace un retrato del racismo inherente al nacionalismo vasco desde Sabino Arana.

Este racismo se manifiesta en el término con que los nacionalistas vascos denominaban a los españoles: coreanos. No conocía esta denominación hasta que la he escuchado en el documental de Iñaki Arteta sobre uno de los años más duros de la actividad criminal de la extrema izquierda en el País Vasco: 1980. De manera complementaria a como se calificaba a los policías: zipayos y txakurras (perros). Como mostró Sebastián Haffner en su relato del ascenso cultural del nazismo en Alemania, el primer paso para la deshumanización del adversario consiste en denominarlo de una manera tal que se borre su identidad humana. Los nazis llamaban "ratas" a los judíos.

2. En el programa La Tuerka, el canal ideológico de Podemos, cuando uno de los invitados defiende que debe haber ahora "una paz pero sin vencedores ni vencidos, para así empezar a dialogar", Pablo Iglesias remacha esa identidad de fondo entre verdugos y víctimas cuando dice que "la diferencia entre un terrorista y un patriota es la diferencia entre la victoria y la derrota".
ADVERTISEMENT

Se trata, por tanto, paradójicamente, de defender que no debe haber vencedores ni vencidos para que, dándole la vuelta a la tortilla de la derrota de ETA, finalmente los Otegui, Bolinaga y compañía no sufran ningún tipo de humillación y menosprecio por su apoyo a una corriente política psicópata, sino que, por el contrario, puedan tranquilamente recoger las nueces del árbol que agitaron con su violencia.

Por eso es tan importante que a las plumas contrarias al terror nacional-estalinista (Fernando Savater, Santiago González, Fernando Aramburu y algunos otros) se les haya unido la cámara documental de Iñaki Arteta, cuya última entrega, decíamos, 1980, enfoca el objetivo en el año más duro de los asesinatos cometidos por la izquierda terrorista contra todos aquellos que tenían la desgracia, pero también el doloroso privilegio, de sentirse españoles y de defender la democracia. Haffner mostraba la anomia que dominaba el ambiente moral y político de Alemania en la época de los nazis:

No hay criminales que respondan de sus actos ni mártires que carguen con su sufrimiento, todo sucede como en un estado de ligera anestesia.

Iñaki Arteta ha tenido la sabiduría y el valor de grabar el olor a anestesia en las calles vascas.

3. ¿Por qué 1980? No sólo porque había innumerables asesinatos sino porque la legitimidad de ETA no se ponía en cuestión por gran parte de la izquierda sociológica española, que seguía en la inercia contra el Estado español, como si la democracia de la UCD fuese la heredera directa de la dictadura franquista. Contra esa maquinaria a lo Münzerberg, Iñaki Arteta conjuga la estética del documental y el compromiso con la verdad con la ética de la reivindicación moral y la defensa de las víctimas. Para ETA, importaba mucho a quién se mataba y cómo se masacraba. Del mismo modo, pero en sentido moral inverso, para Iñaki Arteta la cámara sirve para resucitar el recuerdo de los que fueron asesinados doblemente: por ETA pero también en el plano de la memoria cuando se ha querido correr sobre sus muertes un velo de olvido para no entorpecer la "negociación", la "paz", el "futuro" y otros simulacros de los intereses creados de los políticos de todas las tendencias, porque los muertos no votan. De ahí la cita de Cicerón con la que se abre 1980:

La vida de los muertos está en la memoria de los vivos.

4. Iñaki Arteta no puede eliminar el sufrimiento de las víctimas pero sí remediar su silenciamiento, ya que, en nombre del esquema político y del bien común, se trata de que no cuenten nada que pueda estropear las digestiones electorales próximas. Arteta se niega a asumir la ecuación perversa que pretende imponer que, a más paz, menos justicia. O que el precio de la paz es el olvido. O que no haya vencedores ni vencidos en aras del consenso. O que las víctimas pueden convertirse en los obstáculos para la convivencia, con lo que pasarían a ser simplemente una incómoda molestia, como la cicatriz que nos recuerda un tumor extirpado y que tratamos de hacer desaparecer con cirugía estética.

De las declaraciones de intelectuales como el obispo Setién -a medio camino entre la palidez de Nosferatu y el cliché exculpatorio de Eichmann- se desprende la tremenda confusión ideológica que sirvió de caldo de cultivo para el prestigio del que gozaba ETA en instituciones como la iglesia vasca o la intelligentsia, derivado de la presunta lucha de los etarras tanto por la liberación nacional(ista) como la justicia social(ista).

5. Según Walter Benjamin, "la verdadera imagen del pasado pasa súbitamente". Una imagen que "relampaguea en el instante". Ayer, enterrábamos a los muertos. Hoy, hacemos comedias de dudoso gusto y remarcado éxito. Como si más de 800 muertos y cuarenta años no hubiesen sido más que una raya en el agua. Describía también Benjamin al Ángel de la Historia:

Su rostro está vuelto hacia el pasado. Donde nosotros percibimos una cadena de acontecimientos, él ve una catástrofe única que amontona ruina sobre ruina y la arroja a sus pies. Bien quisiera él detenerse, despertar a los muertos y recomponer lo despedazado, pero desde el Paraíso sopla un huracán que se enreda en sus alas (...) Ese huracán es lo que nosotros llamamos progreso.

Así me sentía viendo el documental de Iñaki Arteta, entre apesadumbrado y horrorizado, porque donde la mayoría ve paz y progreso yo sólo contemplo escombros y, sobre todo, a los muertos que ya no hay quien los despierte.

Presentación pública del documental 1980 de Iñaki Arteta en Madrid, este miércoles en el cine Callao a las 8 de la tarde.

cineypolitica.blogspot.com.es
 


Recortes de Prensa   Página Inicial