AGLI Recortes de Prensa   Domingo 30  Noviembre  2014

Una conspiración española
Carlos Sánchez El Confidencial 30 Noviembre 2014

En La mujer del año, una extraordinaria película de 1942 que cuenta con uno de los guiones más lúcidos que haya dado nunca el cine, los protagonistas (dos periodistas) sostienen un perspicaz duelo dialéctico. Uno de ellos (Spencer Tracy) representa la sensatez. Su felicidad es completa simplemente escribiendo crónicas de béisbol o fútbol americano. Su antagonista (Katharine Hepburn) es una mujer impetuosa y de carácter que quiere cambiar el mundo, y que en un momento dado se pregunta con horror:

-‘¿Tenemos dos reporteros cubriendo un partido de béisbol y solo uno en Vichy?’.

Ni que decir tiene que eran los tiempos de la Francia ocupada, pero lo que le preocupaba al director del periódico era, ni más ni menos,vender periódicos.

Sin embargo, la ambición de la Hepburn por poner todo patas arriba no tenía límites, y en un momento de la película el bueno de Sam le dice a un compañero de trabajo con cierta sorna:

-‘Tess Hardy lleva tanto tiempo diciendo a los americanos lo que tienen que hacer que probablemente no haya tenido tiempo de conocer a ninguno’.

A España le empieza a pasar algo parecido. El país lleva tanto tiempo enredado con la corrupción que probablemente se haya olvidado de cómo salir de la crisis económica y de la falta de empleo, que sigue siendo el gran agujero de la democracia española. Y aunque hay una evidente relación entre ambas realidades (la crisis económica ha derivado en una crisis política), lo cierto es que la corrupción lo anega todo, y eso explica que en lugar de centrar el debate sobre cuestiones concretas: el paro, las pensiones, la precariedad laboral o la desigualdad, el único enigma que parece tener hoy la sociedad española es saber quién será el próximo corrupto.

El resultado, como no podía ser de otra manera, es un país metido cada mañana en el fango, y en el que se oyen todo tipo de barbaridades. Y lo que es peor, se ha generalizado un régimen de sospechas -sólo hay que ver la televisión a algunas horas de la noche de los sábados- que suele ser el antecedente histórico de democracias populistas.

Se duda de los políticos, de los jueces, de los profesores de universidad, de los sindicalistas, de los empresarios, de los médicos, de los banqueros… Y es que, guste o no guste, la política está en el centro de los problemas del hombre, y parece evidente que este país se ha contagiado de ese virus como nunca antes lo había hecho desde la Transición. Pero no para hablar de problemas concretos y de soluciones eficaces, como entonces, sino para hacer juicios sumarísimos sobre todo lo que huela a política. Y en esto da igual que se trate de televisiones de derechas o de izquierdas. Ya decía Josep Pla que lo más parecido a un español de derechas es uno de izquierdas, y viceversa.

Tanta sospecha sobre el entramado institucional y sobre todos los políticos -triunfa el ‘todos a la cárcel’- conlleva, sin embargo, peligros. Muchos peligros.

Una lúcida teoría
El profesor Moisés Naím, que es venezolano y sabe de qué habla, tiene una curiosa teoría que describe con lucidez los riesgos de determinados procesos políticos en los que cada vez se puede mirar mejor España. Primero se dice que el país está sembrado de pobres; después que hay grandes dosis de injusticia y de desigualdad; a continuación se clama contra la corrupción política como si cada uno de los cargos públicos fuera un delincuente por acción o por omisión; posteriormente se dice que los partidos son los culpables de todo (la casta) y al final se presenta el país como un erial que lleva a las clases medias a convertirse en los nuevos pobres.

Este proceso político es el que llevó al poder, por ejemplo, a Berlusconi en Italia, donde a mediados de los años 90 se produjo una auténtica implosión del sistema político heredado de la postguerra. Y sin duda que era necesario ese cambio a la vista de tanta corrupción y desgobierno. El problema fue que quien sucedió a la democracia cristiana o al PCI fue una legión de buscavidas que en realidad emponzoñaron un poco más el sistema político hasta que por fin se ha podido enderezar algo la situación con la llegada de este extraño conglomerado que es el Partido Democrático. Y no es que Italia, como hoy España, no tuviera problemas. Al contrario.

En el caso español, parece evidente que el país tiene pobres (1,8 millones de hogares tienen a todos sus miembros en paro); existen enormes desigualdades (el peso de los salarios en la tarta nacional se ha achicado de forma dramática en los últimos años); hay una enorme corrupción política (a la vista está); los partidos son un problema (su presencia en las instituciones es hegemónica) y parece evidente que la crisis y las subidas de impuestos han empobrecido a las clases medias.

¿Quiere decir esto que en España existe ese caldo de cultivo necesario para que florezcan los populismos? Probablemente, no. Y no sólo porque un país con 22.000 euros de renta per cápita (en términos reales) está vacunado contra la demagogia fácil (Italia los tenía y no sirvió el antídoto), sino, sobre todo, porque la cohesión social (con todas sus grietas) espanta cualquier solución radical. Y hoy en España, con todos sus defectos, es un país que funciona.

Una imagen irreal
Desde luego no por su arquitectura institucional (que está seriamente agrietada) o por la clase política, sino porque hay una sociedad civil que se levanta a las seis de la mañana y saca el país adelante pagando impuestos. Una de las cosas que asombran a los extranjeros que vienen a España es que su imagen previa -la que transmiten los medios de comunicación- es infinitamente peor que la real.

Recuerdo un corresponsal japonés que visitó Madrid en los años más duros de la crisis y que cuando llegó a Barajas se imaginaba un país devastado donde la gente comía de los contenedores, por cierto la imagen que reflejó en su día el New York Times. Cuando volvió a París, que es donde tiene su sede permanente en Europa el Asahi Shimbum, no entendía nada. O antes de los recortes España era el paraíso terrenal -algo disparatado- o es que este país había vuelto al subdesarrollo, lo cual es una memez.

¿Quiere decir esto que es España es jauja y que no hay que preocuparse? Evidentemente, no. Los cadáveres que ha dejado esta crisis en el armario (y que todos los gobiernos intentan ocultar) son cuantiosos.

España tiene una de las tasas de ocupación más bajas de los países avanzados; un nivel de deuda pública que casi se ha triplicado en apenas media docena de años; un sistema de formación muy deficiente y un problema secular de productividad que ningún Gobierno de la democracia ha sido capaz de enderezar. Además de grandes problemas territoriales o de cohesión social. Como, por cierto, tienen otras naciones que no están cada día mirándose en el espejo de la autoflagelación. Sin duda por ese movimiento pendular tan característico del comportamiento hispano. Ya se sabe que el escarnio público es uno de los comportamientos más acendrados en la identidad nacional.

Sin embargo, ni el bueno de Sam tenía razón queriendo ir a los partidos de béisbol cuando el mundo estaba en guerra ni la tenía la fiera de Tess Hardy, incapaz de pulsar la realidad por esa excéntrica manía de decir a todo el mundo lo que debía hacer. Probablemente, basta con un chorrito de sensatez y algunas gotas de sentido de Estado. O, al menos, basta con que este país comience a quererse algo.

Incongruencia.
Vicente A. C. M. Periodista Digital 30 Noviembre 2014

Parece que unos buscan su lugar al sol mientras otros se refugian en sótanos. Mientras Pedro Sánchez se escora hacia la extrema izquierda haciendo una carga sobre el espacio que le disputa PODEMOS y el de la larga coleta, Mariano Rajoy se va a Barcelona a un mitin en el sotanillo, escondido de las huestes separatistas para dar apoyo moral a sus militantes condenados a la inanidad más absoluta en una sociedad lobotomizada por décadas de manipulación. Pero lo que a ambos les une es solo una cosa, el miedo. Y más que miedo es auténtico pánico ante algo que ellos mismos han provocado y alimentado, el resurgimiento de un populismo ultra comunista que amenaza con alcanzar el poder y terminar de dar la puntilla a España y a nosotros, los asombrados y acobardados ciudadanos que no hacemos nada por impedirlo.

Anda Pedro Sánchez intentando aparentar lo que no es. Porque su imagen de joven simpático, afable y prototipo del buen chaval que todas las madres quisieran tener como yerno, no casa bien con su discurso actual y su nada conseguida expresión de enfado y firmeza en los mensajes que lanza en cada mitin y comparecencia parlamentaria. Se nota demasiado la impostura y el que esa pose le viene demasiado grande. Es decir, existe una incongruencia entre su impacto visual y su discurso incapaz de convencer a la audiencia, incluida la de su propio partido. Nada que ver con algunos de sus antecesores como González o Rubalcaba, maestros de la escenificación y de la comunicación de masas.

A Mariano Rajoy le aquejan otros problemas igualmente de incongruencia entre lo que dice y lo que hace. Porque por un lado aprovecha cualquier ocasión favorable en la que nadie pueda interrumpirle ni agobiarle con preguntas incómodas para soltar mensajes lapidarios sobre cualquier tema, ya sea económico o de relevancia Institucional como es el desafío separatista. Por otro lado su actitud huidiza, esquiva con los medios de comunicación y de pánico escénico corrobora su verdadera personalidad inadecuada para representar la firmeza y defensa del interés general sobre los partidistas y personales.

Así que la conclusión es que la incongruencia se ha apoderado de la política española y el vacío de poder es aprovechado por los que siempre buscan sacar ventaja en río revuelto. Es por eso que considero nuestro deber como ciudadanos tomar las riendas de la situación y exigir un cambio de actitud y responsabilidad de Estado a los únicos que tienen la oportunidad de reconducirla. Debemos exigir el final de la política de enfrentamiento cortoplacista y egoísta y pedir un consenso que saque a España de la deriva separatista y de la populista y demagógica que la llevaría a su destrucción.

Sobre corrupción
Fermín BocosEstrella Digital 30 Noviembre 2014

Hemos salido del debate parlamentario entorno a la corrupción con los pies fríos y la cabeza caliente. Las medidas propuestas por el Presidente del Gobierno para combatir las ocasiones de corrupción --limitación de las donaciones de dineros de empresas a los partidos, prohibir que los bancos les condonen las deudas, alargamiento del tiempo de inhabilitación para ejercer cargos públicos en los casos de condena, etc.-- apuntan en la buena dirección, pero no resolverán el problema. No lo resolverán porque lo que facilita la proliferación de casos de corrupción es que el sistema está colonizado por los partidos políticos. Colonización cuya primera consecuencia (grave) fue la laminación de los contrapesos y mecanismos de control. Son los políticos, los partidos --a escote según su representación parlamentaria-- quienes nombran y deciden qué magistrados deben formar parte del CGPJ (el gobierno de los jueces).

Los aforamientos: ¡17.621¡ según recuento hecho en su día por el entonces ministro de Justicia Alberto Ruiz Gallardón, son otro blindaje. La Ley Electoral que impone listas cerradas, fomenta el bipartidismo y favorece a los nacionalistas es otro factor a tener en cuenta en el diagnóstico acerca de la proliferación de los casos de corrupción. Ha sido tal el clima de prepotencia e impunidad en el que se han movido algunos partidos que hasta se han atrevido a llevar en sus listas a políticos imputados en casos de corrupción. Las listas cerradas privan al ciudadano de la imprescindible facultad de escrutinio que permitiría apartar de la vida pública a los corruptos. Sin olvidar la demora en la ejecución de los procesos judiciales. Los procesos se alargan en busca de la prescripción de las responsabilidades penales contraídas por los encausados. El caso "Gürtel" (PP) lleva cinco años pendiente de juicio; el de los ERES que afecta al PSOE de Andalucía, otros tantos. Desde la auto inculpación de Jordi Pujol reconociendo que había estado más de veinte años ocultado un patrimonio millonario al Fisco, no hemos sabido nada más del caso. Diez años se ha hecho esperar la sentencia en el caso Pallerols... Jueces y fiscales por boca de los portavoces de sus asociaciones reiteran la misma denuncia: faltan medios. Más jueces, más fiscales y más recursos materiales. Hacienda y la Agencia Tributaria disponen de medios y programas informáticos de los que carecen los juzgados y las audiencias provinciales. Si Mariano Rajoy dice ahora que hay que combatir la corrupción es porque las encuestas dicen lo que dicen y el auto del juez Ruz está tan claro que no le quedaba más remedio que salir a decir algo. Pero por sus hechos los conoceréis: haber mantenido a Ana Mato durante tres años en el Ejecutivo lo dice todo acerca del lugar que ocupa la lucha contra la corrupción en su agenda política.

Reforma constitucional
La Transición ha muerto. ¡Viva la Improvisación!
Javier Somalo Libertad Digital 30 Noviembre 2014

Quizá algún día tengamos que definir la Transición como el paso de cuarenta años de dictadura a cuarenta años de democracia. El próximo 20-N podría cumplirse ese redondo calendario. Cuarenta por cuarenta y ni uno más. Y para algunos, el germen del mal está en la Constitución.

A estas alturas resulta indiscutible que Adolfo Suárez cometió errores, otra cosa es perder la perspectiva. Los primeros años de esta cuarentena en democracia no tienen nada que ver con los últimos –dejémoslo, de momento, en los actuales– porque una transición hacia algo mejor es más peligrosa al principio: no se respira hasta que se deja de ver por el retrovisor el lugar que se abandona. Y en ese espejo no sólo aparecieron los tricornios de febrero del 81. Hubo muchas más intentonas golpistas, más o menos organizadas, ETA golpeaba más duro en democracia que en la dictadura y eso hacía hervir los cuarteles y que cada entierro público se convirtiera en un polvorín en medio de un bosque en llamas. La extrema derecha y la extrema izquierda y todas sus terminales conspiradoras estaban frente a frente, infiltradas unas en otras, apenas sujetas por una goma a punto de estallar y, para colmo, en mitad de una crisis económica tan pertinaz y cruda como las sequías del NO-DO.

La Transición, al menos así la entiendo yo, empieza con Franco tan vivo que vivía Carrero Blanco. Tuvo como ejes, entre otros no muchos, a Torcuato Fernández Miranda, al príncipe Juan Carlos –mientras empezaba a trabar las amistades y a soñar con lo que jamás ha lamentado y que siempre volvió a ocurrir– y a Adolfo Suárez. Como enemigos, entre muchísimos otros que aquí no caben, a Carlos Arias Navarro, a Cristóbal Martínez Bordiú y, en el fondo de su alma, en medio de la esquizofrenia producida por la conciencia de mal padre, la soberana soberbia y el accidentado fracaso dinástico, a don Juan de Borbón. Y luego, no tanto enemigos como moscas cojoneras, allí estuvieron los Areilza, y demás oportunistas que quisieron tocar poder antes de tiempo. La Transición fue el famoso "de la Ley a la Ley" con la enorme fragilidad y riesgo que aquello suponía. Llevarla mucho más allá en el tiempo como hacen los que opinan que la transición termina cuando empieza la alternancia en el poder entre PSOE y PP no me parece riguroso. Lo que ahí comienza es la improvisación. Y esa sí que llega hasta hoy.

Adolfo Suárez cometió errores, qué duda cabe, sobre todo al plantar los cimientos del edificio autonómico tras varias rondas de barra libre con los más bebedores del lugar. Así nos ha salido la casita. Pero considero injusto tratarlo ahora como el único polvo de los lodos en los que hoy chapotea España. Una vez más lo diré para que sean tres: sí, cometió errores garrafales que hoy se han colapsado. Pero después de Suárez, ¿quién ha trabajado para evitarlo? ¿No es más grave el error de los presidentes que lo sucedieron? Muy lejos de aquellas curvas por la que transitó Suárez en las que aún aparecían fantasmas en el retrovisor, nuestros presidentes se han sentado a rendir honores a la Constitución y a jurar cumplirla y hacerla cumplir –perjurando sin rubor– al calor del "espíritu de la Transición". Los errores de Suárez tienen explicación: fallar hoy sale literalmente gratis pero entonces podía significar un baño de sangre. Suárez llevó a España, a trompicones, al punto sin retorno hacia lo anterior o a algo todavía peor. Hecho lo más difícil, los del Poder en España, empezando por el Rey, se echaron a dormir. Al despertar resultó que el problema de nuestros males era la Constitución.

Esta semana durante una conferencia, Casimiro García Abadillo –felizmente arreglado del todo con Pedro J. Ramírez– dijo que "la Constitución está agotada" y que hay que afrontar una reforma que no supere "tres líneas rojas", a saber: la unidad de España, la monarquía constitucional y la separación de poderes.

¿Agotada? Discrepo de Casimiro. Yo veo artículos sin estrenar, otros jamás cumplidos y casi todos, claramente subvertidos. Y lo que la Constitución prohíbe se consigue por la puerta de atrás con una reforma de los Estatutos de Autonomía visados por el Tribunal Constitucional, la forma más común hoy en día de traspasar líneas rojas y saludarlas con la mano desde el otro lado. Más que líneas rojas, creo que lo que menciona Casimiro son los pilares mismos de la Constitución y su flanco más atacado. ¿Hay que cambiar el texto para mantener precisamente lo que lo justifica? Sin embargo, el verdadero problema es cuando se propone que en esa reforma se busque "un nuevo encaje a Cataluña". Si eso se hiciera sería incompatible con las dichosas líneas rojas. ¿Existe una reforma constitucional capaz de contentar a los separatistas que no suponga enterrar la unidad de España, la monarquía constitucional y la separación de poderes? En otro momento de su discurso, el director de El Mundo abogó por afrontar ya –"o se hace en esta legislatura, o no se hace"– esa reforma porque, en su opinión, "un país con un Parlamento con 110 diputados del PP, 100 del PSOE y 60 de Podemos, es ingobernable. La prima de riesgo se iría a los 600 puntos, Mas se presentaría en el Congreso y diría que se va de España...".

Parte Casimiro de la mejor de las encuestas, la de su periódico mostraba el mismo pódium pero al revés. Desde luego, cualquiera de esas posibilidades es desoladora pero hoy y con mayoría absoluta avalada por 11 millones de españoles esto no sé si es ingobernable, lo que es seguro que está ingobernado. En cuanto a los 600 puntos de la prima de riesgo los superamos hace ya tiempo, en el peor momento de la crisis. Y Mas ya ha dicho claramente que se va aunque Rajoy asegure que no ha sido así. Dos de los tres vaticinios de Casimiro ya han sucedido. Miramos siempre lo que puede pasar sin prestar atención a lo está pasando y eso que García Abadillo ha sido de los pocos que ha entrado en los detalles de una eventual reforma. Otros, como no tienen vocales, todavía no han pronunciado una frase completa.

Yo propongo una reforma de la Constitución que consista en usarla de una vez y, dado el caso, devolverle la capacidad de ser la ley de leyes. Un ejemplo claro, además del artículo 155, es la Justicia. Fue Alfonso Guerra –y por tanto Felipe González– en 1985 quien decidió que el Poder Judicial fuera repartido entre los políticos muy en contra de lo que dice la Constitución. Fue Alberto Ruiz Gallardón –y por tanto Mariano Rajoy–, el que incumplió el compromiso de devolver al CGPJ su naturaleza autónoma previa a 1985. Nada hizo Calvo Sotelo (LOAPA), ni Aznar y de Zapatero es mejor ni acordarse en términos históricos. Ya los hay que pueden repartirse culpas con Adolfo Suárez.

La improvisación en el debate "la reforma sí-la reforma no" siempre evoca los consensos de antaño. Volver a ellos es imposible porque fueron ad hoc. Muchos, además de Suárez, sabían que empezábamos a pagar una hipoteca firmada con los nacionalistas. Ha habido mucho tiempo desde entonces para renegociar o denunciar los términos de ese contrato abusivo. Ahora vienen los desahucios. Ojalá me equivoque pero hoy no cabe pensar en grandes acuerdos porque lo único que parece consensuado es la corrupción y con ella la improvisación. Tal es el espíritu y la culpa que hoy les une.

Rajoy en la clandestinidad en Barcelona
EDITORIAL Libertad Digital 30 Noviembre 2014

La primera visita del presidente del Gobierno a Cataluña tras el episodio golpista del 9-N ha sido para intervenir en un acto de su partido en los sótanos de un hotel de la zona portuaria, una escena que bien podría corresponder a un acto político organizado en circunstancias de clandestinidad. En total, Rajoy ha estado dos horas en la Comunidad Autónoma cuyas autoridades se han puesto fuera de la ley al impulsar una intentona secesionista, una brevísima visita en la que sólo ha tenido tiempo para esbozar unas cuantas obviedades frente a un auditorio complacido -formado por miembros de su propio partido-, tras lo cual partió con urgencia hacia la capital de España para asistir puntualmente a una boda.

Las circunstancias en las que se ha producido esta aparición pública del presidente del Gobierno en tierras catalanas contrasta con la ostentación de los actos convocados por la Generalidad, cuyas autoridades exaltan una y otra vez su condición sediciosa junto con la parte de la sociedad catalana que comparte sus consignas o vive de sus subvenciones. A pesar de que simpatizantes del PP en Cataluña (y no pocos de sus dirigentes del resto de España) esperaban de Rajoy un acto público con personalidades relevantes de la sociedad civil y dirigentes de los movimientos constitucionalistas, el presidente del Gobierno decidió limitar su presencia en Barcelona a una intervención en un acto de partido que, por más firmeza que intentara aparentar en la forma, no deja de ser, en el fondo, un acto de servilismo que caracteriza perfectamente la estrategia de Rajoy respecto a la intentona secesionista del Ejecutivo de Artur Mas.

Desde el congreso de Valencia en 2008, en el que Rajoy renunció formalmente a las ideas y principios del PP, las esperanzas electorales de su partido se han cifrado en la pulcritud de la gestión pública y el apoyo a las capas productivas de la sociedad española para iniciar con garantías la senda de la recuperación económica. Los continuos casos de corrupción que afectan a su partido cuestionan la primera pretensión y, en cuanto a la defensa de las clases medias y los creadores de riqueza, basta con señalar el castigo fiscal sin precedentes que el Gobierno viene aplicando a discreción desde que llegó al poder para percibir claramente a qué coste y con qué garantías se está apuntalando la salida de la crisis.

Pero con ser graves los incumplimientos de su programa y la inacción ante las corruptelas de su propio partido, lo peor de la gestión de Rajoy es su transigencia con los delitos continuados que las autoridades catalanes están perpetrando contra la unidad de España y nuestra Constitución. El presidente del Gobierno ha renunciado a aplicar los preceptos establecidos en la Carta Magna para acabar con la sedición de unas autoridades del Estado, irresponsabilidad que tendrá consecuencias en el futuro probablemente irreparables. El acto cuasi clandestino de Rajoy ayer en Barcelona fue simplemente la metáfora de hasta qué punto el Gobierno se ha rendido a la tiranía del nacionalismo catalán, con cuya clase dirigente compite en mediocridad.

HOJA DE RUTA DEL DIRECTOR
La segunda Transición o la III República
CASIMIRO GARCÍA-ABADILLO El Mundo 30 Noviembre 2014

1. Vientos de cambio.
Vivimos momentos de cambio e incertidumbre. Pocos se atreven a hacer pronósticos sobre cómo va a ser nuestro país no ya en 10 años, sino en tan sólo 12 meses. Lo que nadie pone en duda es que nos encontramos en un momento histórico, que estamos abocados a un cambio de ciclo. La temperatura social ha llegado al punto de ebullición; el hartazgo ciudadano está a punto de hacer saltar por los aires el sistema tal y como lo hemos conocido en los últimos 36 años. Algunos hitos parecen confirmar que estamos a punto de pasar una página de nuestra historia. En marzo murió Adolfo Suárez y en junio abdicó el Rey Juan Carlos I, los dos protagonistas de la Transición.

Alfredo Pérez Rubalcaba decidió en verano abandonar la política; Cayo Lara anunció este mes de noviembre que ya no será el cabeza de lista de IU. Hasta Cándido Méndez dice que se va. Han desaparecido personas tan relevantes en nuestra vida económica como Emilio Botín o Isidoro Álvarez.. Incluso algunos de los grandes periódicos han cambiado de director.

Si estuviera entre nosotros Federico Engels no dudaría en afirmar que estamos ante una acumulación de cambios cuantitativos que nos llevan inexorablemente a un cambio cualitativo en España. Sí, hay momentos en que la manecilla de la historia cambia de época. Quien no quiera ver que atravesamos el umbral de una gran transformación es que o no quiere ver la realidad o bien pretende mantener el statu quo. Los que no se adapten al cambio, serán arrollados por su empuje.

2º La crisis económica y la corrupción.
Sin apenas habernos dado cuenta -aquí todos tenemos que entonar un mea culpa- en menos de un año, un partido nuevo, con viejas recetas, ha logrado hacer tambalear el sistema. La última encuesta publicada por EL MUNDO da a Podemos el liderazgo político, con casi un tercio de los votos, por encima del PP y del PSOE, que juntos no suman ni el 50% del electorado.

A esto hemos llegado después de seis años de durísima crisis económica, que elevó la tasa del paro por encima del 26% y que ha condenado a una generación de jóvenes a la emigración o al subempleo, por no hablar de los desempleados de más de 50 años, cuyas esperanzas de encontrar trabajo son prácticamente nulas.

Los ajustes, necesarios para reducir el déficit público, se han repartido mal. Los ciudadanos tienen la sensación de que han pagado los de siempre. En el sector privado, muchas empresas han hecho recortes y han bajado salarios mientras sus altos ejecutivos cobraban multimillonarias indemnizaciones escudándose en sus contratos blindados.

El Estado de Bienestar, la Educación, la Sanidad, se han deteriorado en estos años de penuria.

Al mismo tiempo que eso ocurría, no han parado de salir a la luz casos de corrupción en los que están involucrados todos los viejos grandes partidos sin excepción. El PP, el PSOE, CiU, etc. El caso de las tarjetas black de Caja Madrid, aunque no representa una enorme cantidad de dinero -sobre todo si lo comparamos con la desviación de fondos en el caso de los ERE en Andalucía- sí es un buen ejemplo de lo que estamos hablando. Representantes de partidos y sindicatos, desde el PSOE a IU, pasando por el PP, UGT y CCOO, compartían una misma forma de lucrarse ocultando sus prebendas al fisco.

Crisis, desigualdad y corrupción, ése ha sido el caldo de cultivo de Podemos. Quienes más han colaborado a aupar a Pablo Iglesias no han sido las redes sociales o la televisión, sino los líderes de los partidos que han cerrado los ojos ante las injusticias y los escándalos.

3º Cataluña: el desencuentro.
Lo que está ocurriendo en Cataluña no puede separarse de la situación general que acabo de describir.

La desafección que lleva a muchos ciudadanos del resto de España a votar a Podemos, en Cataluña, además, ha encontrado en la independencia un cauce para mostrar la repulsa contra el sistema.

Los errores del Gobierno a la hora de analizar el auge del independentismo son difíciles de justificar y sólo pueden ser debidos al desconocimiento de la realidad o bien a la supeditación de la respuesta a ese problema a otros intereses políticos.

No me voy a remontar a las decisiones que se adoptaron durante el Gobierno de Zapatero, que han sido determinantes para explicar por qué hemos llegado a este punto de desencuentro. Me centraré sólo en lo que ha sucedido en los últimos meses.

Rajoy ha basado toda su acción de gobierno en la recuperación económica y todavía confía en ella para invertir la correlación de fuerzas en Cataluña. De ahí la teoría del soufflé. La tesis es sencilla: con crecimiento y creación de empleo, el independentismo se desinflará como un postre sacado del horno antes de tiempo.

Pero Cataluña no es un soufflé, sino una olla a presión a la que hay que dar una respuesta política.

El Gobierno no ha analizado bien lo que ocurrió el 9-N. Es verdad que dos tercios de los ciudadanos de Cataluña no acudieron a participar en la mascarada de referéndum. Pero si ahora hubiera elecciones, los independentistas volverían a tener una cómoda mayoría en el Parlament. Por principio, de los que no votaron el 9-N lo único que se puede decir es que no se creen las promesas de los nacionalistas.

Pero los grandes cambios sociales y políticos siempre han sido protagonizados por una minoría muy movilizada. Eso es lo que está ocurriendo en Cataluña. Si los partidos constitucionalistas no logran ilusionar a esos dos tercios, que en las encuestas dicen sentirse tan catalanes como españoles, al final los independentistas se llevarán el gato al agua.

La hoja de ruta anunciada por Mas el pasado martes, que prevé una declaración de independencia a finales de 2016, pone de relieve la urgencia en la búsqueda de una solución que vaya más allá de la aplicación de la ley, aunque, por supuesto, haya que cumplir la ley.

4º Reforma constitucional.
Les decía que no se puede separar lo que ocurre en Cataluña de lo que está pasando en el resto de España.

Lo que muestran todas las encuestas, lo que demuestra el ascenso de Podemos, es que la arquitectura del sistema, la Constitución, tal y como se concibió en 1978, está agotada.

No creo que haya que hacer una enmienda a la totalidad, pero sí remozar las vigas que se han quedado viejas y revocar una fachada que ya no atrae a la mayoría de los jóvenes. En esencia, la Carta Magna es un edificio sólido que ha dado cobijo a los 36 mejores años de nuestra Historia.

La reforma de la Constitución es, en mi opinión, una oportunidad:

- Primero, para volver a ilusionar a los ciudadanos con un proyecto al que van a ser llamados a participar.
- Segundo, para recuperar el espíritu de la Transición, la concordia.
- Tercero, para ensayar un gran pacto nacional entre el PP y el PSOE que pueda servir de base para afrontar un futuro inmediato caracterizado por la fragmentación política.
- Cuarto, para buscar un encaje de Cataluña en España redefiniendo el modelo territorial (el 60% de los catalanes -última encuesta de Sigma Dos- cree que la reforma es el mejor modo de resolver el desencuentro).

No queda mucho tiempo. Apenas un año para unas elecciones generales en las que ya no habrá una mayoría absoluta. Si los grandes partidos no dejan en un segundo plano su tacticismo y no piensan más en el país, en los ciudadanos; si no son más generosos, estaremos ante un riesgo real de que pueda proclamarse una Tercera República, con todo lo que ello lleva consigo.

Si Podemos se sale con la suya y logra 50 o 60 escaños en las próximas elecciones generales, todo lo conseguido en el terreno económico saltará por los aires. Podemos es ya -junto a Cataluña- un elemento de riesgo para las inversiones extranjeras.

Insisto: o afrontamos una segunda Transición, o nos arriesgamos a una Tercera República.

5º El papel de los medios.
En esta situación de inestabilidad, de riesgo, el papel de los medios de comunicación es más esencial que nunca.

Vivimos en medio de una encrucijada. Hay un escenario, en el que yo no creo, y en el que algunos contemplan incluso la desaparición de los grandes periódicos. Esa hipótesis encierra el peligro de que los grupos editoriales puedan ser sustituidos por cientos, miles de webs, unas controladas por los partidos, otras por grandes corporaciones, por el Gobierno, por los bancos, etc.

Cada elemento de esa maraña no necesitaría de grandes plantillas y podría financiarse con la publicidad de sus patrocinadores. El milagro se habría hecho realidad: numerosos medios gratuitos sobrevivirían gracias a que sus fuentes se habrían convertido en sus financiadores. Si ese panorama se concretase, viviríamos en un mundo como el descrito por George Orwell en 1984.

¿Cuál es el escenario por el que yo apuesto? Evidentemente, vivimos en un mundo en el que la información se distribuye y se distribuirá cada vez en mayor medida a través de soportes digitales. Somos conscientes y, por ello, nuestra apuesta ha sido muy clara: elmundo.es es el medio digital líder en castellano. A pesar del estancamiento de la difusión en el soporte de papel, la suma de lectores de EL MUNDO Orbyt y elmundo.es sigue creciendo y nos coloca en la cabeza por difusión e influencia. Mi opinión es que en el futuro habrá una convivencia de soportes: papel, ordenadores, tabletas, móviles, etc. Cada uno de ellos tendrá una función.

Pero las nuevas tecnologías no nos liberan a los periodistas de nuestras responsabilidades. Para cumplirlas son necesarios grandes y sólidos grupos de comunicación.

Los periódicos, los denostados periódicos, siguen siendo, hoy por hoy, la principal vía por la cual se hace posible el derecho constitucional a la información. Los periódicos -en el soporte que ustedes quieran- son un sistema de alarma ante los abusos del poder y, por tanto, una base fundamental para el funcionamiento del sistema democrático.

Los periódicos, guste o no, seguimos marcando la agenda política no sólo aquí, sino en los países más avanzados. Marcamos las prioridades con la información y también somos un hervidero de ideas para los ciudadanos que buscan respuestas a los problemas que les afectan.

Un periódico, no lo olviden, es un proyecto intelectual. La calidad democrática de un país se mide por la calidad de sus periódicos.

La función de la prensa, incluso en el escenario más tecnológicamente desarrollado, es la misma que le dio sentido en sus orígenes, la misma que le hizo pronunciar a Thomas Jefferson su famosa frase: «Si yo tuviera que decidir entre tener un gobierno y no tener periódicos o tener periódicos y no tener gobierno, no dudaría un segundo en elegir esto último».

Muchos políticos piensan que la crisis de la prensa es un problema sectorial, como la crisis de los astilleros. Pero no, cada vez que un medio se cierra, no sólo se pierden empleos, sino que los ciudadanos pierden una parte de su libertad.

Yo creo en este país y en sus ciudadanos. Tenemos una gran nación y todos tenemos una parte de responsabilidad en la búsqueda de una salida en medio de esta tormenta perfecta. El futuro no está escrito. Ante el determinismo de los que piensan que vamos al desastre, está nuestra capacidad de decisión, de reacción, de inconformismo.

Les aseguro que desde EL MUNDO haremos todo lo posible para responder a ese apasionante desafío.
(Conferencia pronunciada el día 27 en el Foro Nueva Comunicación)

La reforma de la constitución, como forma de hacer parecer que cambia algo para que todo siga igual
Nota del Editor  30 Noviembre 2014

Es imposible hacer una constitución con 46 millones de "españoles". Si los 46 millones fueran españoles, se podría llegar a una constitución con dos artículos, el primero diciendo que España es una y que las autonomías quedan desmontadas y segundo que el idioma oficial de España es el español. Pero ni con dos artículos es posible llegar a convencer a una tropa como la adormecida sociedad española y menos llegar a un acuerdo.

En la calle no Podemos
Luis del Pino Libertad Digital 30 Noviembre 2014

Ayer se celebraron las denominadas Marchas de la Dignidad, esa cosa sucesora de las mareas de todos los colores que de vez en cuando convocan a la gente a la calle. Y la jornada volvió a saldarse con un nuevo fracaso: 2.000 personas en Sevilla, 1.000 en Bilbao, 1.500 en Barcelona, 10.000 (siendo muy generosos) en Madrid...

Ese nuevo fracaso no sería noticia, de no ser por un aspecto: esta vez, las marchas contaban con el respaldo explícito de Podemos, el partido ascendente en las encuestas, que le otorgan ya el 25% en unas hipotéticas elecciones.

¿Cómo es posible que un apoyo electoral de millones de votos se traduzca luego en un sonoro fracaso de convocatoria, a la hora de salir a la calle? ¿No es una contradicción?

En absoluto: es perfectamente lógico. Y demuestra que los españoles son bastante más sensatos de lo que normalmente se piensa. Una cosa es que alguien se declare dispuesto a votar a Pablo Iglesias y otra bien distinta que esté de acuerdo con él, o que vaya a respaldarle en cualquier cosa que haga o que convoque.

Se puede votar por muchos motivos; por ejemplo, puede votarse a alguien por proximidad ideológica. Pero también se puede votar una determinada opción como mal menor, sin estar del todo de acuerdo con ella. O incluso se puede votar a alguien fundamentalmente contrario a tus ideas, solo por castigar a otros.

¿Sería posible que Podemos ganara unas elecciones en España? Sí, lo sería. Al paso que vamos, empieza a ser cada vez más probable. Pero se equivocaría quien piense que esos votos son de Podemos. A quien esos votos pertenecen es a personas que, lejos de ser estúpidas o manipulables, usan su voto de la forma que creen mejor para reconducir una situación que no les gusta.

A Pablo Iglesias le agrada la imagen de Podemos como "escoba", que viene a barrer la porquería generada por la Casta. Y el propio Rajoy utilizó también esa misma imagen en el Parlamento el otro día, dejando caer que, si se siguen extendiendo las sospechas de corrupción sobre todos los políticos, "solo quedará espacio para salvapatrias de escoba".

Resulta dudoso, en realidad, que Podemos sea una verdadera escoba, vista la reacción de Pablo Iglesias ante las primeras sospechas que afectan a su partido. Pero, suponiendo que lo fuera, lo importante en el análisis es recordar quién maneja el instrumento. Porque todos tendemos a pensar, inconscientemente, que si algo como Podemos es una escoba, entonces el que la empuña es Pablo Iglesias, pero no es así: Pablo Iglesias sería, en todo caso, una pieza más de la escoba, pero el que maneja esa escoba es el pueblo español, con su voto y con sus opiniones. Y prueba de ello es que, si la escoba no funciona, se cambia el instrumento completo, con su líder a la cabeza, y se empuña otra escoba.

He intentando muchas veces explicar en este programa que la verdadera democracia no consiste en elegir a quien manda, sino a quien sirve: elegimos al que nos parece que va a servir mejor a nuestros intereses, pero quienes mandamos somos nosotros, los votantes. Y por eso es bueno castigar con la máxima dureza electoral al sirviente que te engaña, que te sisa o que se te sube a las barbas.

Si Pablo Iglesias fuera inteligente, y creo que tonto no es, debería mirar la enorme desproporción entre la fuerza electoral que le auguran las encuestas y su capacidad de movilización en la calle, que es más bien nula. Y debería deducir de esa disparidad que, en realidad, toda su fuerza electoral es prestada. Y prestada en unas condiciones muy concretas y para algo muy concreto. Y que, como dice el refrán, "al que viste de prestado, en la calle lo desnudan".

Veremos qué dicen las encuestas en semanas y meses posteriores, pero Pablo Iglesias y Podemos deberían ser conscientes de que lo único que una parte de la ciudadanía ha hecho ha sido prestarles su voto de forma coyuntural. Los electores van a jugar al voto útil. Punto. Si Podemos y Pablo Iglesias quieren algo más, si quieren un verdadero apoyo de la gente, van a tener que ganárselo.

Me temo que la gente está ya muy resabiada y escarmentada, como para que venga ningún vendedor de humo a contarle milongas. Y me temo también que los planteamientos de Podemos son demasiado decimonónicos en muchos aspectos, y sus actitudes y símbolos demasiado casposos, como para poder desatar pasiones en nadie.

Un ejemplo: la canción elegida para cerrar la asamblea de Podemos fue La estaca, de Lluis Llach. Lo cual resultaba enormemente cómico: ¿de verdad se piensan los de Podemos que nadie se va a emocionar a estas alturas cantando eso? Parece una escena sacada de la serie "Cuéntame cómo pasó". Conseguir que la gente te preste el voto es más sencillo que llegar a su corazón, por muy Pablo Iglesias que seas.

Y eso que vale para Pablo Iglesias, vale también para otros aspirantes a construir una alternativa. La pregunta que todos ellos - UPyD, Ciudadanos, Vox, Podemos - deberían hacerse es: ¿por qué no somos capaces de llegar al corazón de la gente?

Para tocar un acorde, tienes que pulsar las teclas adecuadas.

Lo que está en juego con la descomposición del PP
Jesús Cacho www.vozpopuli.com 30 Noviembre 2014

Entre gente notable del centroderecha, incluso entre ex altos cargos del partido, comienza a abrirse paso la idea de que el PP camina aceleradamente hacia un proceso de ucedización, o la repetición del drama que llevó a la UCD de Adolfo Suárez a desaparecer como partido. El drama del PP es que el único que podría arreglar la situación, porque dispone de mayoría absoluta, no la quiere arreglar.
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Entre las heridas abiertas en canal que tienen a España postrada en la UVI hay una, larvada aunque subliminalmente presente en todas las crisis que ahora mismo son, que podría resultar determinante para el futuro colectivo: me refiero al riesgo de descomposición interna que hoy amenaza al Partido Popular (PP), zarandeado por la corrupción galopante y la desafección de gran parte de sus votantes, frustrados todos, confundidos y/o humillados por la falta de respuesta, la ausencia de liderazgo de un presidente al que hace tres años otorgaron la mayoría para que rescatara España de su triple crisis económica, institucional y moral. El discurso de Mariano Rajoy del miércoles en las Cortes marcó seguramente el punto más bajo de su Gobierno y de él mismo como jefe del Ejecutivo. Entre gente notable del centroderecha, incluso entre ex altos cargos del partido, comienza a abrirse paso la idea de que el PP camina aceleradamente hacia un proceso de ucedización, o la repetición del drama que llevó a la UCD de Adolfo Suárez a desaparecer como partido tras haber gozado de dos amplias mayorías y haber pilotado con solvencia la redacción de la Constitución de 1978.

El panorama es ciertamente sombrío. Con el cadáver político de la ministra Mato aún caliente, el debate sobre la corrupción se presentaba para Rajoy en el peor momento posible, 24 horas después de que el juez Ruz hubiera apuntado al propio PP como beneficiario directo de las actividades delictivas de la trama Gürtel. De modo que don Mariano iba deseoso de dar una larga cambiada a tan agobiante asunto, para centrarse en la venta de la medicina milagrosa capaz de sanar al enfermo del virus que corrompe las conciencias más aseadas: don dinero. Pero como hace tiempo que el político gallego renegó del gran proyecto nacional que hubiera dado sentido a su presidencia y asegurado el futuro de España, consistente en enarbolar la bandera de la regeneración democrática abordando con su mayoría absoluta la reforma de la Constitución para restaurar la separación de poderes, democratizar las instituciones y embridar el caballo desbocado de la organización territorial del Estado, como eso nunca figuró en sus alforjas intelectuales e ideológicas, don Mariano, acorralado ahora por la corrupción que su laissez faire ha consolidado, solo puede ofrecer small politics, iniciativas para distraer al personal, leyes parche a mogollón, aseadas proclamas de buena voluntad cuyo destino, en el mejor de los casos, apunta a reducir el tamaño del incendio sin pretender apagar el fuego.

La dimensión del personaje quedó retratada en la tarde del martes cuando, chamuscada por el auto del juez Ruz, la ministra de Sanidad no tuvo más remedio que dimitir, aunque para hacerlo tuviera que vencer las reticencias de este personaje incapaz de hacer frente a ese punto de dramatismo que cualquier gestor tiene que soportar para poner en la calle a un empleado desleal o golfo. “Ana tiene que irse, pero ¿quién se lo dice?”. Gente enterada hay en el partido que sostiene que Mato ha dimitido porque ha querido, no porque se lo haya exigido Mariano, “porque Rajoy no tiene autoridad para echar a una mujer que ha sido testigo de casi todo, que lo sabe todo del funcionamiento de las sentinas de Génova desde los años noventa, que ha visto cómo Paco Correa entraba en su despacho [el de Rajoy] como Pedro por su casa”. Ana tiene que irse, pero ¿quién se lo dice?

La corrupción de las elites organizadas
La del miércoles era una oportunidad de oro para que este hombre cuestionado, cuando no vituperado, por casi todos hubiera sorprendido al personal con alguna iniciativa capaz de insuflar algo de confianza en su propia grey, proponiendo, por ejemplo, la celebración de primarias en el PP como primer paso en la democratización de un partido esclerotizado, asfixiado por falta de debate interno. Se lo dijo Martínez Gorriarán, de UPyD. “Le pedimos un plan anticorrupción serio. ¿Más leyes parche? No, por favor. Se trata de profundizar en la reforma de la Constitución en dos puntos clave tras los que se parapeta la corrupción: la falta de separación de poderes, es decir, la necesidad de un poder judicial independiente, y la ausencia de supervisores igualmente independientes, de organismos de control no colonizados por los partidos. La corrupción en España no es un problema de malas prácticas personales: es una corrupción institucional, es la corrupción de unas elites organizadas para el saqueo sistemático de las instituciones, a las que en algún caso se puede calificar de verdaderas tramas de crimen organizado. Son elites políticas y económico-financieras que se han puesto de acuerdo para repartirse el control de la economía y del poder político, de las instituciones”. Se puede decir más alto, pero no más claro.

¿Nada que hacer? ¿Algo que esperar? La tarea rebasa con mucho la arquitectura intelectual y moral de un personaje que, sin embargo, es pura pulsión de poder. El drama del PP es que el único que podría arreglar la situación, porque dispone de mayoría absoluta y de más poder que ningún otro gobernante en la democracia española, no la quiere arreglar. Entre gente ligada a la derecha crece la opinión de que “Mariano terminará llevándose por delante al partido”. En realidad no hay partido, si como tal se entiende a esa Cospedal que los lunes predica en el desierto de la calle Génova, ignorada por la Moncloa y puenteada desde la propia Génova por el camarada Arenas. Los barones regionales, que sí tienen poder, mucho poder en tanto en cuanto controlan los compromisarios a los Congresos, corren como pollos sin cabeza alarmados por la desafección de la militancia, no digamos ya de los votantes, mirando de soslayo y con auténtico pavor la fecha de las autonómicas y municipales del próximo mayo.

No hará falta, pues, esperar mucho. Si en esa cita electoral el PP recibiera el castigo que las encuestas auguran, es muy probable que la formación se viera sumida en una crisis de proporciones desconocidas, crisis que convertiría en una broma las conspiraciones que, previas al congreso de Valencia, cercaron a Rajoy en 2008. En una estructura tan férreamente jerarquizada como la de los partidos españoles, no hay la menor posibilidad de acabar con Mariano, “y él no se va a ir ni a tiros”. Mariano es una especie de emperador romano, un hombre sin piedad que ha dejado ya muchos cadáveres en la cuneta, y a quien terminará asesinando su propia guardia de corps. ¿Una rebelión de los coroneles? El viejo PP gestado en torno a Aznar, el hombre que sembró la semilla del desastre actual, es una jaula de grillos –el propio Franquito, Gallardón, Aguirre-, todos conspirando, todos jurando en hebreo contra el baluarte del hombre sin rostro, el tipo oscuro y a la par vengativo, el profesional del poder que no perdona. Ni un solo barón con capacidad para la sucesión, con excepción, quizá, del gallego Feijóo. Están sí, los coroneles que le acompañan en Moncloa, la intendencia que blinda a la vicepresidenta Soraya. “Bueno, ahí hay un tío al que tenemos que defender por obligación, pero nuestro futuro está en torno a esta señora, que es la que manda aquí y a la que nos debemos”.

No es solo la suerte del PP lo que está en juego
La señora que soluciona los problemas a Mariano, la abogada del Estado lista, la mujer perspicaz protegida de toda crítica a lo largo de tres años críticos que, sin ensamblaje serio con las bases, encarna una solución técnica que no política para los problemas de España, como si la tecnocracia pudiera sustituir a la política en un momento como este necesitado de grandes liderazgos políticos. La posibilidad de una implosión del PP a corto plazo, dependiendo del castigo electoral que reciba en las próximas grandes citas, no es una quimera. Hay quien apuesta por la aparición de una derecha pura, una derecha conservadora en torno a Vox –atentos a los movimientos de Ruiz-Gallardón-, y por un partido de centro derecha para el que no se adivinan ahora mismo mimbres ni ideológicos ni personales. El horizonte de futuro para esa mitad de españoles que, grosso modo, buscan soluciones moderadas para los problemas de España es muy inquietante. Porque no es la suerte del PP lo que está en juego, sino la capacidad del centro derecha español para dirigir el país hacia posiciones respetuosas con el triple principio liberal de “propiedad, seguridad y libertad”.

La derecha política podría quedar sin representación en las Cortes -o con una presencia testimonial, sin peso decisorio-, ante la eventual apertura de un periodo constituyente tras las generales de 2015. La Constitución de 1931 fracasó precisamente por su incapacidad para cobijar a todos los españoles. “Quiero decir, sin enmascarar nuestro pensamiento, que esta es una Constitución de izquierda, que quiere ser así para no defraudar las ansias del pueblo”, aseguró el socialista Luis Jiménez de Asúa, presidente de la Comisión de Constitución, el jueves 27 de agosto de 1931 en su discurso de presentación del proyecto. “Hacemos una Constitución de izquierdas, que va directa al alma popular. No quiere la Comisión que la compuso que el pueblo español, que salió a la calle a ganar la República, tenga que salir un día a ganar su contenido”. El experimento acabó como todo el mundo sabe. Por el contrario, es opinión unánime que, a pesar de las lagunas que el paso del tiempo ha puesto en evidencia, la mayor virtud de la Constitución del 78 fue quizá su capacidad para integrar en un mismo texto las aspiraciones básicas de todos los españoles. Eso es lo que podría estar en juego en estos días: por supuesto la unidad de España y la solidaridad entre sus territorios, pero también las libertades tanto tiempo perdidas, por no hablar de la paz y la prosperidad de los españoles. Todo podría irse al traste por culpa de lo que hoy está sucediendo tras las bambalinas en la derecha española.

Fuera de la Constitución no hay vida... democrática
Santiago Trancón www.cronicaglobal.com 30 Noviembre 2014

Descubre Duran i Lleida (el Martín Villa del nacional-catalanismo) que fuera del independentismo también hay vida. Lo que no ha descubierto, ni descubrirá jamás, es que fuera de la Constitución no hay vida democrática posible. En España está ocurriendo algo absolutamente anómalo e inconcebible en cualquier otro país democrático: que se reniegue del fundamento mismo sobre el que el Estado se constituye y del que nace toda legitimidad y legalidad, empezando por la que les otorga el poder a esos mismos que lo utilizan para negarlo y destruirlo.

Que el Estado vaya contra sí mismo; que unos políticos elegidos gracias a la existencia del Estado -y a que ese Estado es democrático- utilicen los recursos y resortes que les otorga para destruirlo, es algo en sí mismo aberrante. Sin embargo, está ocurriendo, lleva ocurriendo en Cataluña desde hace lustros. Todo esto no sería posible si los partidos mayoritarios y la sociedad fueran conscientes del suicidio programado e inducido al que está siendo sometida por una especie de cirujanos psicópatas que juegan a ver si el enfermo puede vivir sin hígado, sin pulmones o sin corazón. Apuremos la metáfora: pues no, no hay vida sin hígado, pulmones o corazón.

No hay vida democrática sin Constitución. Es el momento de repetirlo, explicarlo y defenderlo con total determinación. Los demócratas no tenemos tarea más urgente. Frente al ataque y desprecio sistemático de los independentistas (a los que se une ahora Podemos); frente a los titubeos de socialistas, abducidos por el independentismo "federalista" de los Iceta; frente a las componendas y apaños de la/os Soraya; frente al pesimismo y derrotismo de los poderes mal llamados "fácticos"; frente a la desesperación e impotencia de la mayoría, es el momento de aclarar y difundir ideas básicas, principios diáfanos que necesitan ocupar el centro de cualquier debate.

El primero, revalorizar y legitimar la Constitución de 1978. Antes de nada, antes de hablar de reforma o renovación de la Constitución, hay que proclamar sin complejo alguno que esta Constitución es plenamente democrática, que está legítimamente constituida y que goza de la aprobación de la mayoría de ciudadanos. Que está, por tanto, absolutamente vigente. No es una antigualla, no es un estorbo, no tiene candado alguno que haya que romper, no es letra muerta, no es el origen de ningún problema, no está impidiendo ningún cambio, no niega ni coarta el ejercicio de ningún derecho o libertad.

La mayoría de los políticos, sin embargo, empujados por el independentismo, tratan de convencernos de que la Constitución se ha convertido hoy en nuestro principal problema. Saben de sobra que el problema no está en la Constitución, sino en los que ni la aceptan ni la respetan. Saben de sobra que, hoy por hoy, sin la posibilidad de una discusión seria, sincera y profunda, será imposible llegar a un mínimo acuerdo sobre los aspectos de la Constitución que sí están requiriendo un cambio o renovación. Lo saben, pero se tiran al monte de la demagogia o la irresponsabilidad con el señuelo de rapiñar votos de no se sabe quién, ni para qué. No tienen claro ni el país, ni el Estado, ni la sociedad que quieren construir o defender, pero sí quieren reformar la Constitución o crear una nueva. Es otra forma de deslegitimar la actual Constitución, sembrar dudas sobre su valor democrático, vaciarla de sentido, hacerla más inoperante.

La actual Constitución, hay que repetirlo, es una buena Constitución; gran parte de su contenido es absolutamente defendible y ha servido para darnos una estabilidad política y social de la que hemos de estar plenamente satisfechos. No hace falta añadir orgullos, no hace falta enfatizar lo que es un hecho indiscutible. Pasados más de 35 años, sin embargo, y teniendo en cuenta la evolución política y social, hay aspectos fundamentales de la Constitución que deben ser revisados y redefinidos (aprovechando, precisamente, la experiencia acumulada). Tienen que ver con la estructura del Estado, con su organización política y con el funcionamiento de las instituciones. Desde la función de la Monarquía a la definición y funcionamiento de las Comunidades Autónomas; de la confusa y absurda oposición entre Gobierno Central y Comunidades Autónomas, enfrentadas en una guerra de competencias exclusivas disgregadora y paralizante; de la organización y funcionamiento de los partidos políticos, los sindicatos, la administración, el sistema judicial, los poderes económicos, la garantía efectiva de la igualdad de derechos y obligaciones de todos los ciudadanos, incluidos los derechos lingüísticos; de la anulación de cualquier referencia a derechos o identidades históricas, una mejor definición del ciudadano como sujeto jurídico por encima de cualquier otra identidad; del respeto a la voluntad de la mayoría libremente expresada como origen de toda legalidad, etc. De todo esto y más, se puede y se debe discutir para mejor definirlo y aplicarlo.

Hay otro principio general, básico, que hemos de aclarar para contrarrestar la agobiante propaganda y manipulación política del independentismo: el concepto mismo de democracia. Es aquí donde el nacional-catalanismo ha tenido mayor éxito. Los independentistas han logrado convencer a muchos ciudadanos, y hacer dudar a otros tantos, del carácter democrático de nuestra Constitución. El hecho de haberse redactado y aprobado en un contexto excepcional, el de la salida de la dictadura, es argumento suficiente para tildarla de franquista y antidemocrática. Despreciarla, situarse por encima y no aceptar su legalidad, no se presenta como lo que es, sino como un alarde de democracia. Frente a la legalidad "antidemocrática" de la Constitución española, la legitimidad democrática del pueblo catalán. Esta falacia es el fundamento de todo lo demás. Constitución, Gobierno del PP, España franquista y Españoles fachas y antidemócratas (paletos, ocupantes, burdos, atrasados...), todo es uno y lo mismo. En frente, el pueblo catalán, pacífico, demócrata, culto, moderno y creativo. Seres singulares y superiores.

La verdad es otra y radicalmente inversa. Definamos la democracia como lo que es: la voluntad de la mayoría expresada libremente. Esta es la base de la legitimidad de nuestra Constitución, no otra. Nuestra Constitución se fundamenta en la decisión de una mayoría de ciudadanos libres que la aprobaron en 1978 y que, desde entonces, la siguen apoyando a través de su voto y el ejercicio constante de los derechos democráticos que esa Constitución les otorga.

La Constitución no es algo del pasado, una norma caduca basada en un hecho o decisión del pasado, sino algo presente y del presente, algo que los españoles aprobamos y defendemos hoy porque nos ha servido y nos sirve para mantener la convivencia y el Estado con el que regimos nuestras relaciones y solucionamos nuestros conflictos. La Constitución es hoy tan democrática como lo fue el día que se aprobó, y lo seguirá siendo en todas y cada una de sus normas mientras no se modifique a través de la voluntad de la mayoría.

Protestan los catalanistas e independentistas argumentando que ellos no aprobaron esta Constitución (falso, la aprobó el 90% de catalanes, con un 30% de abstención, más que en Madrid) o, en todo caso, que no la aprueban ni aprobarían hoy, y que, por lo mismo, para ellos no es democrática y no están obligados a cumplirla, sino a torearla (o directamente a pasársela por el Arco de Triunfo del Passeig de Sant Joan). El "pueblo de Cataluña" no considera democrática esta Constitución y los españoles no tienen ningún derecho a imponérsela. Así lo repiten con provocadora arrogancia. Se constituyen en el único sujeto legítimo sobre el que asentar el ejercicio de la democracia; quien se oponga a esta verdad, la de que es "el pueblo catalán" el único sujeto de su soberanía y, por tanto, el único sujeto democrático, es un facha-franquista-antidemócrata-españolista.

Veamos. Desenredemos este pegajoso razonamiento, basado en afirmar primero lo que se tiene que demostrar, para esgrimirlo luego como argumento. La fuerza persuasiva de esta falacia se basa en oponer "pueblo catalán" a "españoles" (no se nos reconoce como "pueblo"), "Catalunya" a "España". El pueblo catalán quiere ser independiente y éste es un derecho democrático irrenunciable; Cataluña no es España, España no tiene por tanto ningún derecho a impedir que Cataluña sea libre e independiente, insisten.

El mínimo sentido de la lógica nos lleva a intentar definir qué es eso del "pueblo catalán", piedra angular del tinglado. Aceptemos el término "pueblo" para no meternos en más enredos; digamos que pueblo catalán es el conjunto de los ciudadanos que viven en Cataluña (no añadamos, como dijo Pujol, "y trabajan", para no excluir, no sólo a los parados, sino a los parásitos y corruptos). ¿Aceptan esta definición los independentistas? De boquilla sí, afirmar lo contrario les delataría como lo que son, exclusivistas. Dicen que todos forman parte del pueblo catalán, pero en realidad piensan que sólo son ellos el "verdadero" pueblo catalán, o sea, los que se consideran sólo catalanes, y no los que se sienten catalanes españoles, o al revés. Si atendemos a las estadísticas menos interesadas, excluiremos del pueblo catalán más de la mitad de los habitantes actuales de Cataluña. De aceptar esto, si fueran demócratas, deberían decir algo así como que "la mitad menos uno del pueblo catalán quiere votar la independencia", nunca "la mayoría". O lo más correcto: el 30% que dicen apoyó la independencia el pasado 9N. Ese es "el pueblo catalán" con el que se llenan la boca y la papada.

Toda esta asfixiante propaganda y manipulación conceptual y emocional es, además, una gran patraña. Cataluña no es más que un territorio; la tierra no tiene ni lengua ni derechos; Cataluña no es ninguna esencia colectiva que haya pervivido milagrosamente a lo largo de los siglos. No lo es tampoco España, ni existe el pueblo español como entidad ni identidad milenaria, ni lingüística ni étnica. La democracia se fundamenta en la voluntad de los ciudadanos, no en los pueblos considerados como esencias o identidades biológicas, culturales o históricas.

Digámoslo más claro: nuestra Constitución es legítima por ser democrática, y es democrática porque la han aprobado la mayoría de los españoles, incluidos los catalanes de 1978 y los de ahora. No es legítima porque se asiente en ninguna idea esencialista de España, del pueblo español o la nación española; no es democrática porque se base en ningún derecho ni legitimidad histórica o divina. De nada hubiera servido apelar a la historia, a la patria, a las esencias de España, si los ciudadanos españoles no hubieran aprobado libre y voluntariamente por mayoría esta Constitución. Que la propaganda, la coacción e intimidación llevada a cabo por el catalanismo y el independentismo durante casi cuarenta años (los mismos que el franquismo) haya conseguido secuestrar la opinión pública catalana; que los antidemócratas hayan llevado a cabo una infatigable campaña contra España y la Constitución, eso no puede borrar el hecho de que hoy no exista en Cataluña ninguna otra legalidad democrática que la que establece y permite la Constitución.

No necesitamos remontarnos a los Reyes Católicos, ni a Felipe V ni a Felipe VI, para defender el carácter democrático de nuestra Constitución y denunciar, al mismo tiempo, el carácter antidemocrático y totalitario de quienes quieren destruirla.

España es un territorio con fronteras geográficas definidas en el que viven unos 47 millones de ciudadanos. La mayoría de estos ciudadanos han aprobado un pacto de convivencia que se recoge en la Constitución. Lo hicieron en 1978 de forma natural y libre, no obligados ni engañados ni forzados a hacerlo. Podían haberla rechazado. Decir que esta decisión no fue libre y democrática es un insulto y una provocación. Las Constituciones están vigentes hasta que no se reforman o sustituyan por otras. Hoy sigue existiendo una mayoría que respeta y acepta esta Constitución, y no se opone a que sea renovada o reformada. No hay otra legalidad ni legitimidad democrática. Quienes erosionan la Constitución, quienes la atacan, quienes la desprecian, quienes no respetan ni cumplen sus normas, son antidemócratas; son enemigos de la democracia y como tales deben ser tratados y perseguidos. Intelectual, moral, democrática y legalmente denunciados y perseguidos. Sin complejo de culpa alguna, con la determinación que otorga el derecho a defender la voluntad de la mayoría; con la convicción de estar defendiendo la democracia como el único medio legítimo de asegurar la convivencia pacífica entre todos los ciudadanos.

Los independentistas tienen una vía democrática para alcanzar su objetivo: una reforma de la Constitución que permita someter la independencia de Cataluña a la decisión de todos los españoles o a que esa mayoría acepte que lo decidan sólo los catalanes. El sujeto de cualquier decisión sobre este tema es el conjunto de ciudadanos españoles. Afirmar que ese sujeto es Cataluña (pueblo, nación) es presuponer que existe una entidad superior (imaginaria, no constituida mediante ningún proceso democrático) que tiene derecho a negar la única legalidad democráticamente constituida y a impedir que los españoles decidan sobre algo que les afecta directamente. Esto es un ataque directo a la democracia. Atacar y destruir la democracia y la convivencia aprovechándose impunemente de la democracia es un procedimiento abiertamente fascista. Los nacionalistas catalanes, hoy independentistas, actúan del mismo modo que el partido nazi de los años treinta.

Vivimos en un país donde están sucediendo cosas que no son normales, actos que son inconcebibles en países como Alemania, Francia o Italia. Allí, ni la Constitución ni los ciudadanos permitirían nada parecido. Allí no es posible atacar a la Constitución, utilizar todos los resortes del poder para socavarla, destruirla o invalidarla y hacerlo con total impunidad y usando para ello, además, el dinero público. Absolutamente inconcebible. Los mecanismos democráticos lo impedirían inmediatamente. Aquí los que se comportan como hicieron los fascistas y los nazis (disfrazados también de nacionalismo) nos dan lecciones de democracia, nos amenazan, asustan y retan cada día con descaro y chulería. Han ganado la batalla ideológica, mediática, propagandística; controlan el lenguaje, tienen la hegemonía intelectual y emocional; dominan muchas conciencias; han utilizado sin titubeos la enseñanza para adoctrinar y ganar adeptos. Lo más irritante ha sido que lo han hecho con el consentimiento de los partidos mayoritarios, que han contribuido así a adormecer a la sociedad. Habrá que empezar a decirlo: no tienen verdaderas convicciones democráticas, son demócratas de salón que han chalaneado con los fundamentos de nuestra democracia, que es tanto como decir con nuestra convivencia y nuestro futuro.

De nuevo y hasta la saciedad: España es un Estado democrático, nuestra Constitución es democrática, quienes la socavan y destruyen están atacando la convivencia pacífica y la base de nuestras relaciones sociales. Lo hacen despreciando la voluntad de la mayoría, imponiendo por la coacción, el insulto y la mentira un proyecto de ruptura y desmoronamiento del Estado. Quien lo consiente es doblemente culpable: por dejación propia y por permitir la impunidad de otros. Defendemos la democracia, defendemos la convivencia pacífica, defendemos la voluntad de la mayoría. España es una nación y un Estado democrático. Su legitimidad nace de una Constitución aprobada por la mayoría, no se fundamenta en el pasado, ni en la historia, ni en la lengua, ni en la cultura, ni en ninguna imposición totalitaria. La historia, el pasado, nos permite comprender que la decisión mayoritaria de 1978 no fue un capricho, un invento, sino que dio continuidad a una realidad histórica que nadie puede borrar, la permanencia de un Estado y una nación de al menos cinco siglos que ha permitido la convivencia y unión entre todos los españoles, incluidos los catalanes, que nunca en su historia han sido una nación ni un estado independiente. Habrá quien niegue estos hechos, que no los acepte y que se invente otra historia para dar fundamento a sus mezquinos propósitos de revancha y a sus delirios de superioridad. Lo único que podemos hacer es poner freno a sus mentiras, chantajes y amenazas. No consentirlo. Con la ley y con la verdad. Con el apoyo de la mayoría. Los partidos actuales parecen incapaces de hacerlo. Creo que ha llegado la hora de que surja un nuevo proyecto político. Parece imprescindible. Podemos va por otra senda, camina en otra dirección, igualmente suicida. Confunde una vía agropecuaria con una autopista. Como van en un todoterreno no lo notan. Detrás, el rebaño, entre esperanzado y desesperado, se deja llevar. ¿Hasta dónde y hasta cuándo?

El delicado juego político del PSOE de Pedro Sánchez
Miguel Massanet  www.diariosigloxxi.com 30 Noviembre 2014

Todos sabemos que los tahúres, los grandes prestidigitadores del juego de naipes, son verdaderos expertos en los complicados juegos de azar relacionados con las barajas; algo que implica, además de una gran pericia en el cálculo de probabilidades; en el estudio de las distintas peculiaridades personales del resto de partícipes en el juego; de sus tics habituales y del mismo ambiente que rodea la partida; un especial sexto sentido que le hace detectar cuando es el momento oportuno de apostar fuerte para sacar el máximo provecho de su participación en la apuesta. En política se puede decir que se trata de una competición en la que también son necesarias las cualidades que hemos descrito para el caso de los tahúres, sólo que, en este caso, aplicadas al “juego” en el que se disputa alcanzar el poder, convenciendo a una sociedad determinada de que, el que resulta vencedor, es el más apropiado para hacerse con el gobierno de una nación. Claro que, por la cantidad de factores que concurren en esta especial pugna, se trata de estudiar las estrategias más adecuadas para tocar la fibra sensible de los electores mientras se intenta, utilizando los medios posibles, ( no siempre los más éticos y correctos) para desprestigiar al adversario, sacar a relucir sus defectos y desmontar sus argumentos, utilizando la dialéctica y la oratoria aunque, en la mayoría de casos, lo que más se acaba empleando es la demagogia y el juego sucio, dos conceptos que, desgraciadamente, se puede decir que son la vera efigie de toda campaña política.

El PSOE del señor Pedro Sánchez ha querido diferenciarse, desde el primer momento, del partido dirigido por el señor Pérez Rubalcaba (un verdadero experto de la política), pretendiendo dar una imagen renovada que se diferencie de aquel partido al que el señor Rodríguez Zapatero consiguió llevar al borde de su disolución definitiva. No es tarea fácil, ni se puede pedir a la mayoría de sus antiguos votantes que, en unos pocos años, se olviden de aquellos que con sus dilates, sus utopías, sus absurdas apuestas y su falta de preparación para dirigir a un país, al que la crisis le amenazaba más que a muchos de su entorno, empezando por negar que nos pudiera afectar y acabando por tener que implorar ayuda a Europa porque, en caso contrario, íbamos directos al abismo de la caída en default. Sin embargo, no parece que el actual dirigente de los socialistas haya comprendido el papel que le corresponde a su partido en la actual política española; una política que ha entrado en una peligrosa espiral en la que la desconfianza, la desafección, la indignación y la reprobación de los ciudadanos amenaza con dejar desprestigiada a la clase política por muchos años; con el peligro que ello entraña ante la amenaza de los separatismos y la aparición de nuevos partidos extremistas, dispuestos a acoger en su seno a todos los actuales descontentos con el sistema político actual.

En lugar de seguir la senda de Felipe González, de intentar recuperar el puesto que han venido cubriendo durante los pasados años, antes del desastre del señor Zapatero, de un centro izquierda moderado capaz de continuar la deseable alternancia en el poder, de modo que, los cambios precisos se pudieran llevar a cabo sin estridencias, peligro de rupturas y de la mejor manera posible para mantenerse dentro de las normas constitucionales; conservando, en los importantes asuntos de Estado, la capacidad para afrontarlos juntos, de modo que, en ningún momento, se corriera peligro, tanto respecto a la unidad de la nación como en aquellos temas internacionales que precisasen del apoyo de ambos partidos, de que las discrepancias entre ellos pudieran romper el consenso necesario en beneficio y provecho de todos los españoles.

No parece, sin embargo, que el señor Pedro Sánchez, a pesar de que la primera impresión que tuvimos de él fuera favorable y nos hiciera pensar que podría retornar al PSOE a aquella posición responsable que, durante tantos años, fue capaz de mantener; al fin y si nos dejamos guiar por sus últimas actuaciones, no tendremos más remedio que reconocer que, el camino que ha emprendido de confrontación sistemática, de oportunismo, de radicalización y de optar por un viraje hacia la izquierda más extremista, en competición con la IU del señor Cayo Lara; no parece que pueda llevar a su partido a buen puerto, si se toma en cuenta que la postura ecléctica y poco comprometida que ha decidido adoptar frente al conflicto catalán, jugando a satisfacer al PSC del señor Izeta – una partido, actualmente minoritario en Catalunya, que ha estado jugando a apoyar a los separatistas en ocasiones o a mostrarse contrario a ellos, en otras; sin que hayan tenido otra cosa que aportar que, el invento de Pere Navarro, consistente en pretender la formación de una España federal que, curiosamente, es lo más parecido a lo que tenemos ahora con las autonomías y que no aportaría más novedad que complicar, si cabe, aún más el actual panorama de confusión e inestabilidad en el que estamos inmersos – no tiene futuro alguno, sin que su postura imprecisa y equívoca lo pueda situar, claramente, en apoyo del Gobierno central; cuando ahora sería el momento más oportuno para hacerlo, dejando para cuando fuere conveniente el hablar de la reforma constitucional, cuando el país estuviera más en calma; no tan acuciado por la necesidad de superar la crisis, reducir el desempleo, mejorar nuestra imagen exterior; cuando más hace falta dar la sensación de solidez interna y es necesario conseguir reactivar, de una vez, nuestra actividad industrial de modo que, poco a poco, el desempleo fuera dejando de ser el problema más crucial de España.

El pánico que le ha entrado a Pedro Sánchez ante la espectacular irrupción de Podemos, del señor Pablo Iglesias, en la arena política; tenemos la sensación que lo ha descolocado y, por ello, está intentando luchar con ellos en su mismo terreno, en el que tiene todas las de perder porque, al pretender imitarlos, lo único que consigue es luchar en inferioridad de condiciones con ellos que, por el momento, han conseguido superarle en extremismo, radicalidad y favor de las izquierdas más antisistema, ácratas, comunistas y revanchistas de modo que, hasta en Catalunya, ya están avanzando, a pesar de la implantación que allí tiene el sentimiento separatista. Los ataques al gobierno del señor Rajoy no tienen en qué sostenerse cuando se basan en la corrupción, algo que en su partido tienen para reglar y vender; en el desempleo, ellos fueron los que dejaron el mayor número de desempleados y por añadidura a la nación más endeudada y con peor déficit, en situación de solicitar el rescate de Europa ( algo que sí podemos agradecer al señor Rajoy, que ha conseguido superar con nota aquella grave situación) o en el endeudamiento público, una lacra que ha tenido que soportar el actual gobierno del PP gracias a las deudas y el elevado déficit público que el PSOE, les dejó en herencia a los actuales gobernantes.

Su oposición a llegar a acuerdos en el tema de la corrupción pública no tiene en que sostenerse si no se toma en consideración la obcecación del señor Sánchez en aparentar que se ha vuelto más de izquierdas que el señor Garzón de IU y los mismos antisistema de Podemos. Un grave error del que, con toda probabilidad no tardará en apercibirse cuando se encuentre entra la tenaza de una derecha malparada, eso sí, pero sin otra alternativa posible a la que acudir y la izquierda más extremista, compuesta por Podemos y una desaparecida IU a la que ya está empezando a fagocitar el partido de Pablo Iglesias. Hace mal don Pedro de tirar tanto de la cuerda en su enfrentamiento al PP porque es muy posible que, así como se están presentando las cosas, para las legislativas del 2015 quizá la única solución que les quedaría a ambos partidos, sería la de llegar a un acuerdo de gobierno para evitar un gobierno extremista de Podemos y el resto de partidos más extremistas de todo el arco político. O así es como, desde la óptica de un ciudadano de a pie, vemos como nuestros políticos están empeñados en hacer ciscos España.

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LA FRONTERA VIRTUAL
IGNACIO CAMACHO ABC 30 Noviembre 2014

Al Gobierno le falta mucha calle. En el debate de Cataluña ha de abolir la frontera virtual levantada por el nacionalismo

EL pasado martes, cuando anunció su enésimo itinerario de secesión con una espectacular puesta en escena caudillista en materia de comunicación política el nacionalismo lleva años luz de ventaja, Artur Mas se refirió al Estado como el epítome de los males de Cataluña. Cuando un nacionalista dice el Estado se refiere a España pero en el caso de Mas esa referencia en tercera persona consuma un simbólico lapsus de explícita deslealtad. Porque el Estado, en Cataluña, lo representa él como máxima autoridad institucional del territorio. Y al mencionarlo como un adversario estaba ejecutando un acto de doblez que muestra hasta qué punto ha traicionado la responsabilidad que juró asumir cuando aceptó el cargo.

Desde ahora, pues, es menester que el Estado se haga presente en Cataluña al margen de unas instituciones autonómicas que actúan como si ya se hubiesen emancipado. En ese sentido visitas como la de ayer de Rajoy tienen que dejar de ser excepcionales para convertirse en una referencia habitual, explícita, de soberanía nacional. El Gobierno lleva demasiado tiempo cediendo cuotas de poder y hasta su propia ausencia; ha probado por la vía del apaciguamiento y ha fracasado porque no hay modo de que Mas cumpla un pacto. La teoría de que el rigor legal y político favorece el victimismo independentista no se sostiene; para evitar que el nacionalismo se victime habría que complacer todos sus objetivos. Los catalanes unionistas necesitan comprobar que España no les ha abandonado, y los secesionistas han de entender que no habrá dejación de funciones ante su designio de independencia psicológica. Si la Generalitat renuncia a ejercer la representación del Estado tendrá que ser el Gobierno el que ocupe con decisión ese espacio institucional que le están vaciando.

Este es un debate presencial, sobre el terreno, y no se puede ganar sin una comparecencia continua. Como decía aquel entrenador de fútbol, Pacho Maturana, un fundamentalista de la táctica, «para jugar en zona hay que vivir en zona». El Gabinete tiene que pisar el campo donde se juega este partido decisivo del que lleva demasiado tiempo ausente. Los nacionalistas han tomado mucha delantera porque han logrado crear un ambiente de exclusión en el que parece que, en efecto, el Estado se ha retirado de Cataluña, siendo así que es el que paga sus servicios públicos, avala la deuda de la autonomía y evita su quiebra. La frontera virtual levantada por el nacionalismo ha de ser abolida. Con o sin elecciones, el presidente y su equipo deben convertir Cataluña en un escenario físico de su actividad cotidiana; hablar desde Madrid no basta. A este Gobierno le falta mucha calle en toda España. Y no le queda mucho tiempo ya para recuperar esa dimensión esencial de la política que consiste en salir a buscar a la gente, llamar a su puerta y hablar con ella mirándola de frente y a la cara..

EL pasado martes, cuando anunció su enésimo itinerario de secesión con una espectacular puesta en escena caudillista en materia de comunicación política el nacionalismo lleva años luz de ventaja, Artur Mas se refirió al Estado como el epítome de los males de Cataluña. Cuando un nacionalista dice el Estado se refiere a España pero en el caso de Mas esa referencia en tercera persona consuma un simbólico lapsus de explícita deslealtad. Porque el Estado, en Cataluña, lo representa él como máxima autoridad institucional del territorio. Y al mencionarlo como un adversario estaba ejecutando un acto de doblez que muestra hasta qué punto ha traicionado la responsabilidad que juró asumir cuando aceptó el cargo.

Desde ahora, pues, es menester que el Estado se haga presente en Cataluña al margen de unas instituciones autonómicas que actúan como si ya se hubiesen emancipado. En ese sentido visitas como la de ayer de Rajoy tienen que dejar de ser excepcionales para convertirse en una referencia habitual, explícita, de soberanía nacional. El Gobierno lleva demasiado tiempo cediendo cuotas de poder y hasta su propia ausencia; ha probado por la vía del apaciguamiento y ha fracasado porque no hay modo de que Mas cumpla un pacto. La teoría de que el rigor legal y político favorece el victimismo independentista no se sostiene; para evitar que el nacionalismo se victime habría que complacer todos sus objetivos. Los catalanes unionistas necesitan comprobar que España no les ha abandonado, y los secesionistas han de entender que no habrá dejación de funciones ante su designio de independencia psicológica. Si la Generalitat renuncia a ejercer la representación del Estado tendrá que ser el Gobierno el que ocupe con decisión ese espacio institucional que le están vaciando.

Este es un debate presencial, sobre el terreno, y no se puede ganar sin una comparecencia continua. Como decía aquel entrenador de fútbol, Pacho Maturana, un fundamentalista de la táctica, «para jugar en zona hay que vivir en zona». El Gabinete tiene que pisar el campo donde se juega este partido decisivo del que lleva demasiado tiempo ausente. Los nacionalistas han tomado mucha delantera porque han logrado crear un ambiente de exclusión en el que parece que, en efecto, el Estado se ha retirado de Cataluña, siendo así que es el que paga sus servicios públicos, avala la deuda de la autonomía y evita su quiebra. La frontera virtual levantada por el nacionalismo ha de ser abolida. Con o sin elecciones, el presidente y su equipo deben convertir Cataluña en un escenario físico de su actividad cotidiana; hablar desde Madrid no basta. A este Gobierno le falta mucha calle en toda España. Y no le queda mucho tiempo ya para recuperar esa dimensión esencial de la política que consiste en salir a buscar a la gente, llamar a su puerta y hablar con ella mirándola de frente y a la cara..

Un trágala
José Antonio Zarzalejos. La Vanguardia  30 Noviembre 2014

EL ÁGORA
Mas ha perdido referencias democráticas y se desliza hacia el territorio del caudillismo

Cuesta creer que una sociedad democrática acepte acríticamente la suerte de sus propias libertades y derechos dejándolas a la autónoma interpretación de un líder que, como Artur Mas, no ha recibido otro mandato democrático en las elecciones que aquel que le legitima para el desempeño de la presidencia de la Generalitat de Catalunya. No es, querido José Antich, el presidente de la República Francesa. La propuesta de conducir el Principado a la independencia de España en dieciocho fulminantes meses, además de un ejercicio de autismo político, es de un despotismo extremo porque se somete a un condicionado que pasa por una serie de exigencias exorbitantes -el apartamiento de los partidos, una lista única independentista, candidatos de la sociedad civil y política que no podrían presentarse posteriormente- que se configuran como un enorme trágala político.

De tal manera que da la impresión de que Mas ha perdido las referencias democráticas más elementales y se ha deslizado hacia el territorio pantanoso y arriesgado del caudillismo que, casi siempre, incluye una disposición engañosa a la autoinmolación que en este caso consistiría en ofrecerse a cerrar la lista única y en desaparecer de la vida política una vez se consiga la independencia. La generosidad del president de la Generalitat, en realidad, no puede ser más impostada porque el único que tiene el botón para la implosión política de la actual Catalunya es él y lo tiene gracias a la “legalidad vigente”. Todo futuro inmediato catalán pasa por su exclusiva voluntad.

Pero se concitan muchos más elementos que ilustran sobre el despotismo del líder independentista. Y no es el de menor importancia el personalismo que conlleva su propuesta. Habría que cuestionarse muy seriamente si Mas es autónomo de su partido -que bien o mal sigue existiendo- y si, por tanto, cuenta con una autorización habilitante de CDC para una formulación como la que expuso en el Fòrum el pasado martes. Por muy desarbolada que esté la organización nacionalista que él preside ¿acaso se han volatilizado sus órganos de decisión?, ¿ha sometido previamente a un congreso su hoja de ruta?

El actual Govern está integrado y sostenido también por Unió. Pues bien ¿ha contado con los democristianos?, ¿ha dispuesto el partido de Duran de la posibilidad de contrastar con Mas las pautas esenciales de su trayecto a la independencia? Ha debido de creer el president que la caída en desgracia de su patrocinador -Jordi Pujol- y de su hijo y potencial competidor -Oriol Pujol- le permite saltarse a la torera los controles a los que un líder de un partido debe someterse. El déficit democrático de su planteamiento es de la misma dimensión que su deslealtad al sistema que reinstauró la Generalitat y que le sitúo a él, mediante unas elecciones que quiere desnaturalizar, al frente del autogobierno de Catalunya.

Resulta también despótico el reduccionismo del planteamiento de Mas que no sólo busca el objetivo de la independencia de Catalunya, sino otro adicional y tan importante como aquel: domeñar la voluntad de ERC -quizás también de la CUP- y ningunear a Unió, planteando así -al socaire de un gran objetivo nacional- una pelea sorda por la hegemonía del nacionalismo independentista. Pero no sólo: en la exposición de intenciones de Mas late un propósito ventajista que consistiría en volcar sobre los republicanos -si no se avienen a estar y pasar por su plan- la responsabilidad de que se frustre la invocada independencia. Porque, ciertamente, si la legislatura catalana se prolonga hasta el 2016 la energía secesionista que arranca del 2012 y se ha ido revalidando en hitos varios -hasta llegar al 9-N- se erosionaría. Estos procesos sólo son sostenibles si se instalan en una tensión constante y en una disposición fervorosa a superar desafíos.

Por lo demás, el aislamiento de Mas de la realidad española e internacional es propia de una personalidad que ha interiorizado un populismo adolescente. Sacar de España a Catalunya en año y medio a partir de unas elecciones que taumatúrgicamente él convierte en una consulta, podría resultar ingenuo si, en realidad, no constituyese un aventurerismo irresponsable o, lo que es aún peor, una insensatez. La épica tiene dos límites: el principio del primum vivere deinde philosophari, por una parte, y, por otra, la realidad del propio país en el que un alto porcentaje de su población no secundaría en ningún caso la hoja de ruta de Mas. La Catalunya del president es una Catalunya demediada, parcial, visionada con un angular estrecho, sin panorámica. Artur Mas ha errado en términos democráticos y ofrece una nueva oportunidad al Estado para resituarse ante el conflicto.

Carta a la derecha que aún cree al PP

Blas Piñar Pinedo www.latribunadelpaisvasco.com 30 Noviembre 2014

Me molesto en escribiros porque tenéis una grave responsabilidad.

Yo creo que vosotros no sois como los que viven del partido, con cargos en el mismo o repitiendo el argumentario en los medios afines. Yo creo que vosotros no sois “progres” de la derecha que han perdido todo criterio moral e, incluso, si acaso creen en España, se han echado en manos de Rosa Díez o creen que Ciudadanos puede representarles....

Yo creo que vosotros sois mucha buena gente engañada, traicionada, aturdida, desesperada. Con vuestros votos os han insultado y quieren que volváis a darles vuestra confianza porque os están enseñando el peligro comunista que ellos mismo han fomentado para volver a engañaros.

Vosotros sois los que os agarráis a cualquier dato para defender al partido, por muchos motivos. Pero ya no sirve ninguno. Por eso me molesto en escribiros. Porque tenéis una grave responsabilidad.

Vosotros defendéis la libertad económica, pero desde hace tres años hacéis cábalas para intentar entender por qué Rajoy subió los impuestos más que la propuesta de los comunistas.

Vosotros no soportáis la corrupción, pero comprobáis que se mantiene día tras día sin reforma alguna el gran aparato institucional diseñado para seguir robando de todas las maneras imaginables.

Vosotros defendéis la vida, pero Rajoy mantienen la ley del aborto de Zapatero porque es necesario el consenso que facilite todos los pactos con el PSOE.

Vosotros tenéis principios, y respetáis nuestra mejor tradición, porque sabéis que es la que hizo que España venciera en la Reconquista, sostuviera un imperio, mantuviera su independencia y venciera al marxismo. Pero el programa de ingeniería social de Zapatero ha recibido 522 millones en los presupuestos de 2014 y se mantiene la infumable y sectaria ley de memoria histórica.

Vosotros defendéis la unidad de España, pero el Gobierno de la nación no cumple la ley en Cataluña, permite que allí muchos compatriotas padezcan el totalitarismo del separatismo y se reúne en secreto para buscar acuerdos que favorezcan a los que nos agreden y roban a todos.

Vosotros estáis con las víctimas del terrorismo y queréis que a ETA se le aplique una justicia adecuada a sus crímenes, pero contempláis como desde todas las instituciones del Estado se favorece a los terroristas, económica, judicial y políticamente. También sufrís cuando veis que a Francisco José Alcaraz se le excluye de las reuniones con las víctimas solo porque le dice a Rajoy, con coherencia impecable, lo mismo que decía a Zapatero. Vosotros sentís asco de las sentencias del Faisán o la de Estrasburgo diseñadas en los acuerdos del PP con el PSOE.

Vosotros seguís empeñados en conocer la verdad de lo que ocurrió el 11 de marzo de 2004 en Madrid, pero habéis comprobado que el PP solo estuvo interesado en la verdad un tiempo para fastidiar a Zapatero y ahora es el mejor garante de la falsa versión oficial.

Vosotros, en fin, votasteis al PP con la esperanza de borrar el “zapaterismo” y tres años después habéis visto ya, aunque cerréis los ojos, os tapéis la nariz, y os pongáis tapones en los oídos, que vuestro voto ha servido para mantener el aborto, para favorecer al separatismo, para proteger la corrupción del Estado autonómico, para entregar a ETA la victoria liberando etarras y para implantar un sistema impositivo confiscatorio más allá del comunismo. Habéis votado por todo eso. Duele, pero es así. No me digáis ahora que queréis confiar en el PP para que no llegue el Frente Popular porque la izquierda sigue gobernando con toda su radicalidad. Tenéis una gran responsabilidad: no volver a votar al PP y apoyar nuevas alternativas como VOX sin excusas ni retrasos. Sed responsables, sed libres, sed coherentes; actuad. Por favor. Por España.

La Cataluña depravada

xavier pericay ABC Cataluña 30 Noviembre 2014

Uno de los signos palmarios de la depravación de un país y de sus gentes es el desparpajo con que exhiben sus vergüenzas. En todos los órdenes, pero especialmente en el de la moral. En eso la Cataluña de hoy constituye también un referente. Son muchos los ejemplos, pero los más elocuentes se dan sin duda en el campo de la enseñanza.

Como muestra más reciente, este libro de la editorial La Galera titulado «L’abecedari de la independència». Se trata, por supuesto, de un libro escolar. Tan escolar que está pensado, como su nombre indica y la página web de la editorial ratifica, «perquè els nens i les nenes aprenguin les lletres de l’abecedari».

O sea, siendo generosos —la nueva pedagogía todo lo retrasa—, pongamos que para niños y niñas de 5 años. La página web también promete que el libro —traduzco— «hará las delicias de los niños y las niñas (y adultos) y los acercará al momento histórico que estamos viviendo». Cierto. Al menos, en lo que respecta a la segunda parte de la promesa. El extracto facilitado por la editorial no incluye más que las cuatro primeras letras del alfabeto, debidamente ilustradas, pero les aseguro que son más que suficientes.

La A está dedicada a la Assemblea Nacional Catalana y la ilustración muestra a adultos y niños inscribiéndose para formar parte de tan noble iniciativa. La B tiene como protagonista al burro catalán, del que tiran dos niños afanosamente, y acaso revele por sí sola el nivel de la enseñanza en la Comunidad. La C está consagrada, cómo no, a la palabra «consulta» y se ilustra con una mujer —prototipo de progre catalana— votando. Y la D —seguro que ya lo han adivinado— se vincula al derecho a decidir, ejemplificado con una mesa en la que aparecen sentados niños y adultos, armados de boli y papel, en pleno ejercicio, se supone, de semejante derecho. Eso se enseña hoy, en Cataluña, a la más tierna edad. Y no pasa nada. Quiero decir que a nadie se le ocurre meter en vereda a los depravados que han editado el libro, a la administración que lo ha bendecido, a los maestros que lo utilizan en clase o a los padres que consienten o aplauden semejante barbaridad. Esta es la ruina de país que está construyendo el nacionalismo.

Euskonomics
335 millones de usos mejores que el euskera
www.latribunadelpaisvasco.com 30 Noviembre 2014

Ya lo adelantó La Tribuna del País Vasco allá por julio de este año. Ajeno a la realidad, el Ejecutivo de Iñigo Urkullu decidió dilapidar 335 millones de euros en “fomentar el uso del euskera” hasta 2016. Con sensatez, el Partido Popular y UPyD han exigido esta semana que el dinero de esa partida fuera destinado a paliar los recortes sociales promovidos por el PNV. Sin embargo y como era previsible, PNV, EH Bildu y PSE –cuyo papel se limita a ser los palmeros del separatismo- han descartado las exigencias populares y magentas.

Recordemos la cifra: 335 millones de euros. Más de 50.000 millones de las antiguas pesetas que saldrán de los bolsillos de los casi 2.200.000 habitantes de la Comunidad Autónoma Vasca. Algo más de 27.727 pesetas por cabeza. No está nada mal para una lengua que apenas llega a los 600.000 conocedores -que no hablantes habituales- y cuya influencia científica, económica, empresarial y política es nula a nivel global.

Y nuestros lectores se preguntarán: ¿a qué cuestiones más provechosas que “fomentar el uso del euskera” se podían haber destinado esos 335 millones de euros el Gobierno Vasco? Sin ánimo de ser exhaustivos, se nos ocurren unas cuantas, mejores y más productivas finalidades para ese potosí:

Pagar 336.683 camas hospitalarias a razón de un coste promedio de 995 euros anuales.
Otorgar a los más de 170.000 desempleados vascos con una paga extraordinaria de 1.960,41 euros.

Crear 14.164 empleos con un salario medio anual de 23.650 euros.
Liquidar una parte de los más de 9.500 millones de euros de deuda pública vasca.

Conceder un crédito a interés cero o una ayuda por valor de 104.654 euros a cada una de las 3.201 empresas creadas en la Comunidad Autónoma Vasca el ejercicio pasado.
Construir 2.093 kilómetros de autovías con el coste medio de 160.000 euros por kilómetro.

Pagar los 250 millones de euros para la construcción de las dársenas exteriores del Puerto de Pasajes y acometer las remodelaciones necesarias en el de Bilbao con los 85 millones sobrantes.
Costear casi 73 millones de comidas escolares a razón de 4,6 euros por comensal y día.

Abonar el sueldo anual de 9.107 profesores del sistema educativo público cuyo salario medio asciende a 36.784 euros.
Plantar casi 24 millones de árboles cuyo coste es de 14 euros por unidad en la Comunidad Autónoma Vasca.

Conceder una paga extra de 647,18 euros a los más de medio millón de jubilados vascos.
Construir 2.190 pisos de 100 metros cuadrados de protección oficial en San Sebastián.

¿A que les resulta más interesante destinar ese dinero a estas propuestas que subvencionar una lengua ultraminoritaria?

Cataluña
El Parlament aprueba la tasa para financiar el cine catalán
abc. esABC Barcelona  30 Noviembre 2014

El proyecto de ley, fue aprobado con los votos de CiU, ERC, ICV-EUiA, PSC y la CUP y con la abstención de Ciutadans y PPC

El Parlament de Cataluña aprobó ayer un proyecto de ley que crea una tasa para las operadoras de internet, con el que se prevé una recaudación de 20,5 millones de euros, dinero que servirá para fomentar el sector audiovisual y del cine catalán.

El proyecto de ley, que ha sido apoyado por 104 votos de CiU, ERC, ICV-EUiA, PSC y la CUP y con la abstención de Ciutadans y PPC, pretende aplicar un impuesto de 0,25 euros mensuales por contrato de las operadoras y además prohíbe que las empresas hagan recaer el impuesto en los consumidores.

La diputada del PPC Alicia Alegret fue crítica con una tasa que «puede afectar a la competitividad de las operadoras». Aunque dijo que su grupo comparte «el fondo de la cuestión», advirtió de que esta medida «no resuelve» el «gran problema» que a su juicio es «la propiedad intelectual y la piratería».

El diputado de Ciudadanos José Manuel Villegas justificó la abstención de su grupo porque ve «inevitable» que este impuesto se traslade al usuario. El diputado de CiU Ferran Falco, por su parte, aseguró que esta ley tendrá «efectos directos en la gente que trabaja en un sector estratégico del país» y que actúa de manera «justa y proporcionada» con las operadoras, creando una «correa de transmisión» de recursos entre ambos sectores sin que el Govern se quede «ni un céntimo».

Para el consejero de Cultura, Ferran Mascarell, que espera empezar a aplicar la tasa en 2015, la medida «tendrá repercusión en el conjunto de empresas del sector del audiovisual» y puede condicir a «la reconversión del sector audiovisual como uno de los más activos del país. la producción» .


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