AGLI Recortes de Prensa   Domingo 14  Diciembre  2014

La teoría del más tonto
Carlos Sánchez El Confidencial 14 Diciembre 2014

En la economía, como en la física, las leyes de la naturaleza tienden a cumplirse. Y el mejor ejemplo que lo acredita es lo que muchos economistas denominan con cierta sorna ‘la teoría del más tonto’. La premisa fundamental de esta proposición se basa en que siempre habrá alguien dispuesto a pagar un precio superior por un bien cuyo valor es claramente ficticio. Va en la naturaleza humana. El ejemplo más socorrido es el del mercado inmobiliario, y eso es lo que explica la formación de burbujas.

Obviamente, ‘el más tonto’ es el último de la fila, y cuando la burbuja estalla el más perjudicado es, precisamente, quien ha pagado la entrada más cara por acudir a la fiesta de la estulticia. Algunos economistas han denominado al instante en que estallan las burbujas ‘momento Minsky’, que se produce cuando la cordura vuelve a imperar en los mercados (normalmente porque no hay más remedio) y el precio de esos activos (la célebre exuberancia irracional de los mercados) se desinfla a la misma velocidad que lo hace un globo pinchado con un punzón.

Minsky, como se sabe, investigó inteligentemente la fragilidad que esconde la economía financiera, que necesariamente es procíclica. Los bancos prestan dinero cuando no se necesita. Y cuando realmente el crédito es esencial para hacer crecer la economía tras el pinchazo de una burbuja (el momento Minsky), se niegan a prestarlo porque, paradójicamente, desconfían de la solvencia de sus clientes.
Zapatero fue un claro ejemplo de que la ‘teoría del más tonto’ es una verdad científica. Cuando todo el mundo conocía con argumentos sólidos que había una crisis colosal en el sistema financiero -la más grave desde 1929-, Zapatero y sus conmilitones seguían comprando entradas para entrar en la fiesta de la burbujaEl expresidente Rodríguez Zapatero fue un claro ejemplo de que la ‘teoría del más tonto’ es una verdad científica avalada por los hechos. Cuando todo el mundo conocía con argumentos sólidos que había una crisis colosal en el sistema financiero -la más grave desde 1929-, Zapatero y sus conmilitones seguían comprando entradas para entrar en la fiesta de la burbuja aunque el precio del billete fuera desorbitado. Y eso es lo que explica que España tardara años en tomar medidas para hacer frente a la crisis, lo cual ha costado millones de empleos.

Ahora el presidente Rajoy corre el riesgo de caer en el momento Minsky, pero al revés. No pincha la burbuja (porque ya ha estallado), pero proclama el fin de la crisis. Es decir, una nueva era en la que el globo se vuelve a hinchar. Y aunque no le faltan razones, hay motivos para desconfiar.

La dureza del ajuste
Es algo más que evidente que los cinco años de recesión han quedado atrás; que se está creando empleo (todavía escaso) y que la economía crecerá durante algunos trimestres en el entorno del 2-2,5% gracias a factores exógenos que engordarán la renta disponible de las familias, a la dureza del ajuste y a algunas reformas.

Pero dicho esto, parece una temeridad proclamar con cierta alegría el fin de la crisis en un país con más de cinco millones de parados. Al fin y al cabo, como dijo Larry Summers, el ex secretario del Tesoro de EEUU con Clinton, el mundo avanza de burbuja en burbuja, por lo que la teoría de más tonto sigue plenamente vigente. Va en la naturaleza humana volver a caer en errores de bulto.

Esta aparente discrepancia entre recuperación y altas tasas de desempleo tiene una explicación consustancial a la esencia de lo que ha ocurrido en la economía española desde 2008.

La crisis se ha cebado, fundamentalmente, en las rentas medias y bajas, cuya principal fuente de ingresos es el empleo, fundamentalmente el que está localizado en el sector inmobiliario y en la construcción, y su recolocación será extremadamente lenta debido a un doble problema: la baja cualificación y la escasa movilidad laboral. Nada menos que el 32,8% de los desempleados no ha cambiado de municipio de residencia desde su nacimiento. O lo que va en la misma dirección: tan sólo el 4,1% de los desempleados ha cambiado de municipio de residencia hace menos de un año.

En el lado opuesto están quienes han conservado su puesto de trabajo (aunque sea con recortes salariales y con una nueva correlación de fuerzas en las empresas por las continuas reformas laborales) y han podido llegar a 2014 en una situación más favorable. La devaluación salarial interna beneficia a las rentas estables, y por ello hay amplios sectores que hoy pueden ver la luz al final del túnel. A esto se debía referir Rajoy cuando proclamó el fin de la crisis.
Parece evidente que las probabilidades que tiene hoy un asalariado de perder su empleo son bastante menores que las que tenía hace algunos trimestres. Incluso, una pequeña parte de la población puede volver a trabajar, aunque sea con salarios bajos y precariosParece evidente que las probabilidades que tiene hoy un asalariado de perder su empleo son bastante menores que las que tenía hace algunos trimestres. Incluso, una pequeña parte de la población puede volver a trabajar, aunque sea con salarios bajos y precarios. Lo más fácil, como siempre sucede, es ponernos todos estupendos (tiene más éxito mediático) y decir que el país compite ya en pobreza con los países del Golfo de Guinea.

Es verdad, sin embargo, que hay una España muy numerosa (en al menos 1,8 millones de hogares todos sus miembros están parados) que sigue inmersa en una profunda crisis y que tardará años en salir de ella. Simplemente porque los destrozos han sido enormes y el armario de la economía está lleno de cadáveres. Por eso, precisamente, parece poco prudente hablar de que se ha puesto punto y final a un proceso muy doloroso que se ha llevado por delante más de 3,2 millones de empleos. Ya decía el sabio Juan de Mairena que por debajo de lo que se piensa está en una capa inferior lo que se cree. “Hay hombres”, sostenía, “tan profundamente divididos consigo mismos que creen lo contrario de lo que piensan”. Sobre todo en público, habría que añadir.

Una situación precaria
Incluso muchos de quienes han encontrado un empleo siguen en una situación precaria debido a la extensión irresponsable de eso que se ha venido en denominar ‘trabajadores pobres’. Un fenómeno cada vez más inquietante que está socavando la esencia de las democracias consolidadas, en las que el Estado protector juega un papel determinante.

Lo cierto es que en el horizonte todavía existen nubarrones que pueden chafar la fiesta de la recuperación: los riesgos asociados un periodo de deflación; las nuevas burbujas que están creando en EEUU en torno a la economía digital, la inestabilidad política que con toda seguridad se producirá a partir de los ciclos electorales de 2015; los efectos del crecimiento de la desigualdad sobre la actividad económica o cuestiones geoestratégicas que afectan a las relaciones de Occidente con Rusia, además del impacto del desplome del petróleo en algunos país productores. Sin contar el efecto demoledor que puede tener el hecho de que la banca haya metido en sus balances ingentes cantidades de deuda pública que algún día pueden estallar. Esta es una crisis de origen financiero y por lo tanto, incierta.

Rajoy, sin embargo, se jacta de estar despejando el camino, lo cual acrecienta la distancia entre el Partido Popular y muchos de sus votantes que no ven por ninguna parte la recuperación. Sin duda, porque el empleo, como todos los economistas saben, es un indicador retrasado de actividad.

Por lo tanto, hablar del fin de la crisis sólo produce frustración en amplios sectores de la sociedad legítimamente cabreados por la corrupción y por la baja calidad democrática de las instituciones. Y justamente lo que menos necesita este país, donde la demagogia y el populismo ganan por goleada, son líderes poco creíbles.

¿Transición o transformación?
Alejo Vidal-Quadras www.vozpopuli.com 14 Diciembre 2014

El rey invocó el pasado jueves en Cataluña el espíritu de la Transición y llamó a recuperarlo para volver a trabajar juntos en pos de un proyecto común. Su discurso, en presencia de Artur Mas y de centenares de empresarios catalanes, estuvo lleno de buena voluntad y su tono no pudo ser más conciliador.

Sin embargo, un somero análisis de la etapa de cambio político profundo que experimentó España entre 1975 y 1978, nos indica que tomarla como referencia para salir de nuestras presentes tribulaciones desenfoca apreciablemente la situación actual. En la Transición, el dictador ya había fallecido y se trataba, por tanto, de llenar un vacío. Las elites del país, tanto las gubernamentales como las de la oposición, salvo un oscuro reducto de fieles al régimen que había muerto con Franco o de rupturistas a ultranza, eran conscientes de que había que construir una democracia homologable con las existentes en el mundo occidental y, por consiguiente, se partía de un acuerdo básico sobre el cual las negociaciones para concretar su contenido, aunque difíciles, estaban abocadas al éxito.

Hoy no existe un vacío, sino un inmenso vertedero, una estructura inviable y un inmenso deseo de venganza por parte de mucha gente que se siente engañada e indignada

Hoy no existe un vacío, sino un inmenso vertedero, una estructura inviable y un inmenso deseo de venganza por parte de mucha gente que se siente engañada e indignada. No disponemos del Adolfo Suárez que, desde dentro de la partitocracia podrida, esté dispuesto a sanearla caiga quien caiga. Tampoco el mismo jefe del Estado tiene la autoridad y el poder del que dispuso su padre a la hora de darle la vuelta a España como un calcetín de la ley a la ley.

En cuanto a los apoyos internacionales, que entonces no faltaron, ahora observan pasivamente el desarrollo de los acontecimientos y la Unión Europea se limita a proclamar su respeto por los asuntos internos de los Estados Miembros sin que sus máximos dirigentes hayan expresado hasta el momento con la rotundidad necesaria su condena de los separatismos basados en identidades étnico-lingüísticas.

La Transición vio como una clase rectora entera se hacía el harakiri para facilitar el paso a nuevos liderazgos y a otra forma de organizar la convivencia

El arco parlamentario español, tras treinta y seis años de vigencia de la Constitución llamada de la concordia, está atrapado en sus intereses partidistas y paralizados por el hecho de que las profundas reformas que requiere el sistema acabarían con su modus vivendi y su control de las instituciones y de la misma sociedad. La Transición vio como una clase rectora entera se hacía el harakiri para facilitar el paso a nuevos liderazgos y a otra forma de organizar la convivencia. Nada indica que las cúpulas de las principales formaciones estén dispuestas a semejante sacrificio patriótico, sino que se aferran a sus poltronas y las sucesivas y más bien cosméticas medidas de mejora de la calidad de nuestro edificio institucional se producen bajo la presión de la calle y a ritmo de crecientes escándalos de corrupción.

Baste decir que el presidente del Gobierno, en cotas bajísimas de apoyo popular, ha anunciado que piensa presentarse como candidato a la reelección sin el menor signo de que abrigue la intención de acudir a la democracia interna en su partido para comprobar si cuenta con el respaldo de sus bases. Todo apunta a que, a diferencia del tan alabado y pacífico tránsito del autoritarismo a la libertad de hace cuatro décadas, a los españoles nos esperan en los próximos años turbulencias traumáticas antes de que nuestro vuelo por la Historia recupere la estabilidad.

Al final, saldremos del hoyo, como siempre ha sucedido en el pasado. La pena es que el egoísmo y la incapacidad de los máximos responsables de que nos encontremos hundidos en él nos obligue a pagar un precio muy alto antes de volver a respirar tranquilos.

Rajoy, el rey desnudo
Juan Laborda www.vozpopuli.com 14 Diciembre 2014

El rey desnudo, un cuento que hizo famoso Hans Christian Andersen, pero que algunos ubican en una de las múltiples historias del Conde Lucanor, obra del infante Juan Manuel, refleja perfectamente la situación a la que hemos llegado en nuestro país. No por el hecho de que una mentira sea repetida y aceptada por muchos, “ya hemos salido de la crisis”, tiene que ser cierta. Mientras abunden aduladores, aquellos supuestos “expertos” que aún a fecha de hoy siguen sin entender qué es una crisis de deuda, y escaseen quienes se atrevan a disentir, la actual crisis sistémica continuará y se extenderá más allá de lo necesario. Si con ello además se mantiene el “statu-quo” de la “superclase”, mejor.

Ese es el panorama actual. Un gobierno y su presidente, el inefable Rajoy, en el inicio de una larga campaña electoral, que no dudarán en usar todos los medios a su disposición, a costa del erario público, para repetir una y mil veces que ya hemos salido de la crisis. No les queda otra, sus encuestas internas les auguran una muy dura caída. Una oposición, la otrora socialdemocracia, incapaz de entender la dinámica económica subyacente actual y presentar una enmienda a la totalidad. Los asesores económicos de unos y otros asumen que hemos salido de la crisis, y las únicas diferencias radican en ciertos matices sobre la intensidad de la desigualdad. Sin embargo, se equivocan, siguen sin entender nada, absolutamente nada.

¡No! No hemos salido de la crisis. En realidad solamente ha habido un semestre de ligero crecimiento, tras varios años de destrozos consecutivos. Sin embargo, ese breve período de reactivación fue de nuevo alimentado y soportado por más deuda, por obra y gracia de los Bancos Centrales. La dinámica de la deuda de nuestro país hace ya tiempo que está fuera de control. Primero fue la privada, ahora la pública; y la deuda externa neta en niveles récord.

Las burbujas de los Bancos Centrales
La tremenda propensión al riesgo de los mercados financieros es lo que ha evitado hasta ahora el derrumbe de la economía patria. Digámoslo claramente, la propensión al riesgo alimentada de nuevo por unos irresponsables Bancos Centrales, ha evitado temporalmente el colapso de nuestra economía. Y esto señor Rajoy usted ni lo controla ni lo controlará. Recuerden nuestro viejo símil, la política monetaria es una nueva droga de diseño de consecuencias tremendamente dañinas. Da una sensación de tranquilidad y protección cuando en realidad lo único que genera es un estado de nirvana, una mera ilusión óptica, vía inflación de activos. Y cuando las nuevas burbujas estallan, boom, se activa una crisis todavía peor que la anterior. Así llevamos desde 1998, y en esas estamos ahora. Pero aún no se han enterado de sus implicaciones, piensen en ciertos análisis hilarantes publicados estos días sobre las “tremendas consecuencias positivas de la bajada del precio del petróleo”.

Se olvidan de las condiciones iniciales, obvio por que la ortodoxia desconoce qué es eso de sistemas complejos y/o caóticos. Todo lo reducen a un mundo ideal hipotético falso donde se pueden hacer simulaciones lineales sencillas, y movernos de un equilibrio a otro como si nada. Como ya detallamos en nuestro anterior blog, el efecto renta derivado de un menor precio de la energía va a ser “devorado” por el comienzo de un nuevo ciclo de aversión al riesgo en los mercados financieros, que llevará a Occidente, y muy particularmente a España, a la Segunda Fase de la Gran Recesión, a una deflación por deuda que según su intensidad podría transformar la recesión en depresión.

Ciclo de aversión al riesgo y economía española
Desde junio los mercados financieros han hecho varios amagos de iniciar una nueva fase de aversión al riesgo, de comenzar de nuevo un mercado bajista en todos los activos de riesgo globales –bolsa, materias primas, bonos corporativos, deuda periférica…-. Al final, sin embargo, esos nuevos creadores de drogas de diseño, los Bancos Centrales, volvían a suministrar nuevas dosis que evitaran el colapso, con la eterna esperanza de ganar tiempo para que los problemas subyacentes se fueran desinflando. El objetivo último, en última instancia, es proteger a la superclase. Incompetencia estructural y prerrogativa de clase, tanto monta, monta tanto.

Sin embargo, el fuerte descenso del precio del petróleo y de las materias primas industriales, unido a la depreciación de ciertas monedas con tipos de interés más altos, sugiere que ahora sí podemos estar ante el inicio de un nuevo ciclo secular de aversión al riesgo. Por “casualidad”, mientras nuestro rey desnudo se desgañitaba vendiendo a los suyos lo bien que nos va, la semana en los mercados ha sido movidita –hundimiento bonos corporativos, especialmente energéticos; las mayores caídas bursátiles y la peor semana del dólar de los últimos tres años; el mayor repunte del oro en los últimos 6 meses…

Si realmente estamos ante un nuevo ciclo de aumento de la aversión al riesgo en los mercados financieros los países occidentales más endeudados (Estados Unidos, España, o Reino Unido) registrarán en los próximos dos años caídas en el crecimiento del PIB acumulado superiores al 4%. Y por lo que nos toca, en nuestra querida España se activaría un círculo vicioso: crisis de deuda soberana, crisis de balanza de pagos, crisis bancaria, y crisis de la Seguridad Social. Y si pasara esto, señor Rajoy, ¿cuál sería su responsabilidad? Piénselo detenidamente, por favor.

Una teoría sobre el contagio nacionalista
Santiago Trancón www.cronicaglobal.com 14 Diciembre 2014

Ignacio Gómez de Liaño hablaba recientemente en El País del "veneno del nacionalismo catalán y vasco". Josep M. Vallès, en el mismo periódico, discurre sobre la "metástasis patológica del nacionalismo", aunque va por otros derroteros. Albert Boadella insiste en otra patología para entender el fenómeno del nacionalismo tribal: "Paranoia colectiva". Antonio Muñoz Molina, en su excelente libro 'Todo lo que era sólido', interpreta la influencia del modelo nacionalista como un "fenómeno de mímesis". El virus del ébola ha proporcionado también una metáfora recurrente para describir cómo el independentismo se está propagando en Cataluña. Todos estos símiles coinciden en calificar el nacionalismo independentista como una enfermedad colectiva. ¿Lo es?

Antes de calificarlo así deberíamos definirlo. El nacionalismo es un fenómeno mental de identificación colectiva: un conjunto de individuos se identifica con el nombre de un territorio, ese nombre se sobrecarga de imágenes, símbolos, ideas y sentimientos hasta el punto de formar un conjunto semántico-emocional cerrado, autosuficiente. Las ideas se convierten en creencias, las creencias en dogmas, los dogmas son intocables. A escala más amplia, el nacionalismo funciona como una secta: lo que importa es la identificación y el sentimiento de pertenencia que exige adhesión inquebrantable. Una vez lograda esa identificación, el individuo encuentra la seguridad y protección que otorga el grupo. Cuanto más amplio sea, cuanto más cohesionado, poderoso y visible se haga ese grupo, mayor capacidad de atracción provoca, mayor número de individuos buscará formar parte de él.

No sabemos hasta qué punto se trata de un proceso psicológico o de algo más. No sabemos si ese conglomerado mental es una fuerza psíquica real, supraindividual, que, a partir de la existencia de una masa crítica, acaba transformándose en una entidad autónoma. No sabemos si existe una mente colectiva. Jung habló del "inconsciente colectivo", algo muy difícil de confirmar, pero que explicaría algunas evidencias inquietantes.

La existencia de una entidad colectiva que actúa como un todo no es sólo un fenómeno humano. Cuando observamos un hormiguero, un banco de peces o una bandada de estorninos actuando como un todo sincronizado, nos resulta difícil creer que se trata de una simple agregación de individuos.

Reflexiono sobre estos enigmas para entender el fenómeno del nacionalismo. Salvando las distancias, no hay duda de que, al modo de los estorninos, los independentistas tienden a formar un todo, una masa cada día más compacta y uniforme. El nacionalismo trata de establecer unos vínculos que permitan una acción conjunta y sincronizada. Este proceso exige la anulación progresiva de la individualidad a favor de la cohesión y los movimientos del grupo.

Seguramente este proceso tiene su origen en el miedo, un miedo individual que acaba convirtiéndose en miedo colectivo. El miedo es algo natural: somos seres individualmente frágiles y muy indefensos: sin la protección del grupo estamos perdidos, no tenemos ninguna posibilidad de supervivencia. Los grupos también son frágiles, pueden ser destruidos internamente o por otro grupo más poderoso.

En cuanto se percibe el miedo, individual o colectivamente, se produce una reacción automática de defensa y ataque. Si se tiene éxito, el miedo se puede transformar en poder y autoconfianza, reforzando la imagen del individuo o del grupo. Un grupo consolidado genera seguridad, conciencia de poder y, por lo mismo, expectativas de futuro.

Pero este proceso de pasar del miedo a la confianza, de la defensa al ataque, no es nada simple. En primer lugar, ¿cómo un conjunto de individuos puede percibir una amenaza, definirla y sentirla como un peligro colectivo? ¿Es posible, en la sociedad actual, la aparición de un miedo colectivo espontáneo, no inducido o alimentado por los medios de comunicación o por la acción de una minoría influyente?

Tratamos de comprender un fenómeno que hunde sus raíces en reacciones emocionales primarias. Llegamos a la conclusión de que el nacionalismo es algo natural, pero no espontáneo: requiere la acción sostenida de una minoría que defina una amenaza, que construya una entidad mental con la que defenderse y que genere una identificación de grupo que ofrezca protección y confianza en los individuos que se integran en él.

Tendremos que hablar, en el caso catalán, de una minoría de origen rural, noble o aristocrático que, desde finales de la Edad Media, y en sucesivas adaptaciones, llegó al siglo XIX y se transformó en una poderosa burguesía empresarial y mercantil. De su origen feudal mantiene la defensa primitiva del territorio como fuente de poder y legitimidad; de su experiencia burguesa, la ambición del dinero y la necesidad de controlar y utilizar al Estado en beneficio propio. Es esta minoría, mezcla de feudalismo y burguesía aprovechada y favorecida, la que inventó el nacionalismo a finales del XIX, primero catalanista, ahora independentista.

Hablamos de una minoría poderosa e influyente que ha llegado a la conclusión, no sin superar del todo sus dudas, de que puede irle mejor en un Estado independiente que interdependiendo de España. Esta minoría lo primero que ha hecho es controlar el poder político, mediático, cultural, intelectual y económico para poner en marcha su proyecto independentista. Ha actuado con determinación, sin pausa y sin escrúpulos hasta encontrar el momento oportuno y convertir el nacionalismo en una fuerza capaz de arrastrar a la mayoría. Es aquí donde interviene mi teoría sobre la contagio emocional del nacionalismo.

La minoría independentista ha logrado transformar el miedo y la incertidumbre en conciencia e identificación de grupo. Ha elaborado una imagen concreta del enemigo, le ha puesto nombre (España, español), le ha cargado de prejuicios, imágenes e ideas negativas (el insulto de facha o franquista ha sido muy eficaz) y ha contrapuesto el "constructo" Cataluña como entidad soberana, autosuficiente y cargada de atributos positivos.

Para lograr este objetivo ha sido necesario apropiarse de la legitimidad democrática, la superioridad moral, el prestigio intelectual, el apoyo de analistas, investigadores, historiadores; ha tenido que crear expectativas de ascenso social, distribuir cargos, subvenciones y ayudas de todo tipo; generar recompensas inmediatas, proporcionar a muchos individuos un modus vivendi que jamás hubieran podido alcanzar por sus propios méritos; facilitar la corrupción y el enriquecimiento rápido, otorgar protagonismo social a personajes mediocres, xenófobos y engreídos, etc.

Entre todos han ido construyendo un relato y un discurso dominante. Han creado una opinión pública y un ambiente en el que expresar simplemente el desacuerdo supone arriesgarse al insulto, la marginación, la exclusión social. Poco a poco han ido anulando todos los espacios de crítica. Cualquier denuncia se identifica como un ataque antidemocrático y oscurantista, reaccionario y anticatalán.

Insistamos en que todo ha sido obra de un grupo minoritario dominante que se ha mostrado como el único representante legítimo de un territorio y de una entidad mental llamada Cataluña. Una minoría que ha logrado difundir en la sociedad el miedo al aislamiento, el miedo al rechazo social, el miedo a no ser aceptado por el grupo. Una minoría intimidatoria que se ha aprovechado del desarraigo, la pérdida de referencias de una mayoría de emigrantes que se vieron obligados a abandonar sus lugares de origen y a rehacer su sentido de pertenencia. Una mayoría a la que no se le ha ofrecido, en cambio, otro relato, otra imagen que le permita identificarse con una identidad colectiva, distinta y no excluyente, llamada España. Si un grupo no ofrece seguridad, los ciudadanos la buscan en otro que se muestre capaz de aliviar de la tensión del anonimato y el rechazo, que les ofrezca recompensas emocionales y reconocimiento.

El contagio nacionalista tiene, por tanto, una explicación. Sin comprender sus raíces y sus mecanismos de difusión e imposición no podremos enfrentarnos a él. Todos necesitamos ser aceptados por el entorno, no sentirnos rechazados ni señalados o excluidos del grupo. Sin ofrecer a los ciudadanos otros modelos de identificación, otros formas de agrupación y de protección individual y colectiva, modos de resistencia a la presión social y al miedo; sin empezar a ocupar un espacio social y visible que contrarreste la hegemonía del independentismo en todos los ámbitos sociales, de nada servirá el espejismo de las actuales estadísticas en las que sólo un 30% es abiertamente independentista. La mayoría acabará inclinándose hacia el lugar en el que se sienta social y emocionalmente más segura.

Teniendo en cuenta estos mecanismos psicológicos, nada más equivocado que "blindar" la educación, la cultura y la lengua a los independentistas (un poder, por otra parte, del que ahora ya gozan sin someterse a más ley que la suya). En la educación se generan las imágenes del sentimiento, los tópicos y prejuicios, la identificación de grupo, la ilusión de pertenencia a una nación superior, los relatos míticos, las creencias y dogmas nacionalistas, el rechazo del otro, el odio al enemigo interior y exterior. Viendo el avance y la dominación ideológica, mental y psicológica del independentismo, es inconcebible que ni el Estado ni los partidos hasta ahora mayoritarios se hayan preocupado lo más mínimo por contrarrestarlo con leyes, con la enseñanza, los medios de comunicación y difusión, el apoyo a los no independentistas; que no se hayan preocupado por generar un relato y un discurso con el que puedan identificarse tantos ciudadanos demócratas que todavía hoy se resisten al contagio nacionalista, a la presión de esa minoría hegemónica que hace todo lo posible por inclinar a su favor la voluntad de la mayoría.

Nada de esencias milenarias, por tanto; nada de un pueblo ejemplar y superior que ha pervivido a lo largo de los siglos; nada de una identidad lingüística, cultural, psicológica o biológica que ha resistido a la invasión, la dominación, la opresión de España y la brutalidad de los españoles. Todo esto forma parte del mapa mental con que un grupo minoritario ha construido la imagen de Cataluña con el propósito de arrastrar emocionalmente a la mayoría. Desde Durkeim y su análisis de la relación del individuo con la masa, hasta Noelle-Neumann con su teoría de la espiral del silencio; del estudio de la disonancia cognitiva de Festinger, a Lazarsfeld con su investigación sobre la influencia personal, a Asch y Milgram con sus teorías sobre la conformidad, la obediencia y la influencia social, etc. Existen multitud de investigaciones sociológicas que fundamentan lo que aquí he llamado el contagio independentista. Lo que sorprende es la ignorancia oceánica en la que chapotean nuestros políticos haciendo componendas y fabricando cambalaches legislativos para frenar algo que va mucho más allá del oportunismo o el apaciguamiento suicida.

¿Por qué descienden los gallegohablantes?
Roberto L. Blanco Valdés La Voz 14 Diciembre 2014

Hable bien. Sea Patriota. No sea Bárbaro. Es de cumplido caballero que Usted hable nuestro idioma oficial, o sea, el castellano. Es ser patriota. Viva España y la disciplina y nuestro idioma cervantino ¡¡Arriba España!!». Este texto, salido de la Imprenta Sindical coruñesa en 1955 en forma de hoja volandera, da idea cabal de la cruel y estúpida enemiga, entonces dominante en los ambientes oficiales, contra las otras lenguas españolas. Y es que no ha habido régimen o movimiento autoritario que no haya aspirado a acabar con la pluralidad lingüística en su propio territorio.

De hecho, la idea de que es legítimo hacer hablantes a la fuerza se ha contagiado a los sistemas democráticos, como acaba de mostrar esa descabellada idea de la CSU, el partido bávaro coaligado con la CDU de Angela Merkel, que planteó que los inmigrantes debían hablar alemán ¡en sus propias casas! Rechazada la ocurrencia de inmediato, los socialdemócratas la denunciaron proclamando que sería «como para morirse de la risa si no fuera por lo peligrosa que es». ¡Gran verdad! Es una desgracia que cosas igual de peligrosas -por ejemplo, obligar a los escolares de Cataluña a hablar catalán en el recreo- hayan pasado por aquí sin que se levantaran otras voces que las habituales, descalificadas con dureza como enemigas de la lengua catalana.

Hace pocos días hemos conocido la última encuesta sobre conocimiento y uso del gallego elaborada por el Instituto Galego de Estatística que constata lo que cualquiera puede percibir a poco que conozca este país: que el castellano gana hablantes de forma progresiva y el gallego los pierde en la misma proporción. El gallego es, de hecho, un idioma que envejece poco a poco, mientras el uso del castellano aumenta entre los jóvenes: solo uno de cada cuatro menores de 15 años habla gallego.

En cuanto los datos salieron a la luz, quienes llevan décadas demostrando no entender nada de lo que ocurre en Galicia con sus lenguas, se lanzaron en tromba contra la Xunta, a la que calificaron de directa y única responsable de esa evolución. Tal explicación se compadece mal, sin embargo, con dos hechos evidentes: que nunca, como en las tres últimas décadas, el gallego ha tenido tantos apoyos de todo tipo a favor de su mantenimiento y expansión; y que el acoso al gallego durante el franquismo no logró lo que está consiguiendo la demografía: reducir su número de hablantes a medida que van desapareciendo los grupos de edad donde su dominio es absoluto.

La gran cuestión consiste por ello en explicar por qué la única generación de jóvenes que ha sido coeducada en lengua gallega es la que menos lo utiliza. Y qué medidas cabe proponer para corregir esa deriva que sean compatibles con la libertad individual, es decir, con el derecho de cada uno a hablar la lengua que desee.

Los que viven a costa de los demás
Nota del Editor 14 Diciembre 2014

Cuando los profesionales de la política montaron el tinglado para vivir del cuento, tuvieron que crear una red de apoyo que les permitiera controlar la sociedad para conseguir sus votor y poder permanecer defendiendo su objetivo que no es otro que vivir a costa de los demás.

Esta red está formada por tres grupos o niveles: en lo alto de la pirámide los más beneficiados, quienes pastorean a los dos niveles inferiores, profesionales de la política, que utilizan las lenguas regionales como arma para romper la sociedad y vivir a costa de la obligación para los demás de conocer las lenguas regionales; en el nivel siguiente los que han conseguido un enchufe de funcionario en las administraciones, aportando como valor supremo su conocimiento de la lengua regional, constituyendo un muro infranqueable de defensa del primer nivel mediante la producción de todo tipo de normas y triquiñuelas para imponer su lengua regional a los demás y en todos los ámbitos donde hay dinero; y en tercer nivel los menos beneficiados, los engañados por los anteriores a los que ven como ejemplo a seguir para poder vivir del cuento, creyéndose la trola de que su lengua regional es un tesoro a conservar y defender porque los coloca en primera fila para dar el salto al grupo de los beneficiados.

Pero al terminarse la rueda, la bola, de enchufes, se vino el tinglado abajo, los de siempre seguimos pagando la fiesta, y los idiomas siguen su camino de la lengua de quienes los hablan, que no tienen otro objetivo que comunicarse con los demás.

El Gobierno no presupuesta el mantenimiento
'La desidia del PP acabará con el Valle de los Caídos'
Eduardo García Serrano www.gaceta.es 14 Diciembre 2014

No hará falta dinamitarlo como pide la izquierda. La desidia programada del PP, que se niega a financiar, a través de Patrimonio Nacional, su rehabilitación y mantenimiento, acabará con el Valle de los Caídos.

Ángeles González Sinde, ministra de Cultura de Zapatero ( lo cual es el paradígma de la paradoja ) esbozó el futuro del Valle de los Caídos cuando afirmó que "si conseguimos crear un lugar de recuerdo de lo que fue la represión franquista, no será necesario dinamitar la Cruz". Ese proyecto de reciclaje sigue gravitando sobre el Valle de los Caídos, a pesar de que el PSOE y su ley de venganza, solapada y codificada como Memoria Histórica, ya no están en el Gobierno. Tal y como funciona la obsolescencia programada opera también la desidia programada, que es la ley no escrita que el PP y su gobierno le están aplicando al Valle de los Caídos desde que llegaron al Poder. Hoy, el Valle se cae poco a poco comido por la intemperie, devorado por las goteras y mutilado por la desatendida ancianidad de las piedras que derrumba las esculturas sin que una cuadrilla de albañiles de Patrimonio Nacional acuda a adecentarlo.

Ante el estado de abandono del Valle, Gaceta.es se ha puesto en contacto con la Asociación de Defensa del Valle de los Caídos. Su presidente, Pablo Linares, manifiesta estar convencido de que " al Valle se lo comerá la voracidad política de lo que haya de venir tras las próximas elecciones. Si gobierna el PP lo entregará, motu proprio o forzado, y si gobierna una alianza de izquierdas, los destruirán". En la actualidad, de los monumentos tutelados por Patrimonio Nacional, el Valle de los Caídos es el tercero más visitado después del Palacio Real y de El Escorial. Ni aún así Patrimonio Nacional hace absolutamente nada por mantenerlo y cuidarlo. Según Pablo Linares, "sólo se ocupan de adecentarlo, en la modesta medida de sus posibilidades, los Benedictinos que allí viven. Pero nada más. Cuando nos entrevistamos con el presidente de Patrimonio Nacional, José Rodriguez Spitery, nos pide calma y tranquilidad, pero no da las órdenes necesarias para el mantenimiento del Valle. Sencillamente, y esta es la verdad, porque para el Valle no hay presupuesto, no hay financiación. Tan es así, que la Gerente de Patrimonio Nacional, Alicia Pastor, nos ha pedido que del Valle no se hable, que es un monumento sobre el que, dadas las sensibilidades que provoca, hay que mantener un perfil muy bajo".

Y tan bajo. Para atender y cuidar de las 1.366 hectáreas del Valle de los Caídos hay sólo un jardinero. Las humedades en el interior de la Basílica son cada vez más numerosas y más grandes. Nadie las repara. Las estatuas de los Evangelistas que están al pie de la Cruz se caen a pedazos. La base de la Cruz se ha cerrado al público porque su deterioro la hace peligrosa. El funicular no funciona, pero Patrimonio Nacional ha subido las entradas un 80% . Precio que la gente paga para no poder visitarlo porque en su mayor parte está impracticable y supone un riesgo para la integridad de las personas. Pablo Linares relata en Gaceta.es que "ya en el año 2000 los arquitectos avisaron del mal estado del valle. Catorce años después no se ha hecho practicamente nada para remediarlo, salvo reparar La Piedad del pórtico que Zapatero mandó destrozar deliberadamente. El coste estimado de la rehabilitación de Valle en 2000 ascendía a 1.200.000 euros, hoy costaría cerca de 13 de millones. Cantidad que el PP no libraría en sus presupuestos, ni aunque la situación económica general fuese razonablemente buena, porque el PP es, a la vez, víctima y rehén de sus propios complejos históricos respecto de lo que el Valle de los Caídos representa".

******************* Sección "bilingüe" ***********************
Sucedió un día

J. M. RUIZ SOROA. EL CORREO 14 Diciembre 2014

Me lo contaron en Bruselas hace tiempo, como anécdota de café entre burócratas europeos. Sucedió allá por 2018, cuando aterrizaron en la sede de la Unión Europea los legítimos representantes del Estado vasco recién independizado del Reino de España por mutuo acuerdo. Venimos a preparar nuestro ingreso en este magnífico experimento de federalismo que es la Unión, dijeron. Porque sabrán ustedes, añadieron altivos, que los nacionalistas vascos somos de los primerísimos federalistas europeos, pertenecemos a la estirpe de los padres de la Europa unida. ¡Estupendo, entonces nos entenderemos rápido!, pensaron los bruselenses.

Seguro que sí, añadieron risueños los vascos, sólo es necesario que queden claramente recogidos en el Acuerdo de Ingreso de Euskalherria en la Unión Europea unos pocos puntos que, eso sí, para nosotros son innegociables porque resumen nuestra particular forma de ser y estar en el mundo (precisamente nos hemos ido de España porque se empeñaban en negárnoslos). ¡Digan, digan, faltaría más!, asintieron los eurócratas.

Lo primero que debe quedar claro es que los vascos ostentamos el derecho unilateral a definir cuál va a ser nuestro estatus dentro de la Unión, como parte del derecho humano fundamental de decidirlo todo garantizado por la ONU. Hombre, bueno, verán ustedes, farfullaron los burócratas, la Unión no admite esa posibilidad; ustedes ingresan como un país más de los 32 que componen Europa y tendrán el mismo estatus que cualquier otro país, es decir, el que definen las normas de la Unión. Ese estatus puede cambiar si todos los miembros lo deciden así, pero no es lógico ni hacedero que quien forma parte de una asociación pretenda definir unilateralmente su estatus de socio, ¿lo entienden, verdad?

Nuestros representantes fruncieron el ceño: mal empezamos si no se respeta nuestro derecho a decidir, pero… sigamos. También debe quedar claro que la relación del Estado vasco con la Unión Europea será bilateral y de igual a igual, sin que ninguna de las partes esté sometida a la otra. De nuevo sorpresa y rictus de incomprensión: verán, ustedes como Estado miembro serán iguales a todos y cada uno de los demás Estados miembros, sin sumisión ninguna. Pero con respecto a la Unión en su conjunto, es obvio que su Estado estará subordinado al conjunto y que el Derecho europeo que ya existe o se vaya creando en la Unión prevalecerá automáticamente sobre el suyo propio. La parte no puede tener el mismo trato que el todo, ¿no? Y en cuanto a la relación bilateral, verán, aquí los Estados se relacionan multilateralmente en las instituciones europeas (el Parlamento, la Comisión, el Consejo, etc.) y con su hacer común crean las decisiones de la Unión. Pero nadie tiene una relación bilateral con la Unión, salvo los países terceros como China o USA. Si son ustedes un miembro de un grupo no pueden a la vez ser un extraño al grupo.

El ceño ya francamente disparado, … una cuestión más: naturalmente, en el futuro surgirán roces y desacuerdos entre Euskalherria y la Unión, no seamos ingenuos. Seguro que la Unión trata de invadir nuestras competencias propias y limitar nuestro autogobierno, nos ha pasado siempre con todos desde el neolítico, así que necesitamos que queden claras dos cuestiones: primera, nuestras competencias estarán blindadas y nadie, menos aún la Unión, podrá tocarlas en lo más mínimo; segunda, para los casos de desacuerdo, tendremos un Tribunal o Comisión Mixta compuesto a partes iguales de tres representantes de la Unión y tres del Estado vasco que decidirán las cuestiones conflictivas por mayoría de votos. Miradas de asombro, meneo de cabezas. Pero, miren ustedes, en la Unión nada está blindado salvo los derechos humanos. El Tratado constitutivo fija unos títulos generales de actuación de la Unión y los vamos desarrollando progresivamente en un sentido creativo, con el acuerdo de todos. Reconocemos, cómo no, el principio de subsidiariedad en virtud del cual las políticas deben hacerse cuando sea posible en el nivel más cercano al ciudadano, pero la determinación del nivel posible está siempre abierta. Y para decidir las controversias tenemos un Tribunal de la Unión compuesto de Magistrados independientes que representan a toda la Unión, no a ningún país en particular. Sus ideas sobre las relaciones federales son más bien peculiares, si no les molesta que se lo digamos.

Cabreo abierto… ¿Y el Concierto? ¿Qué concierto? Bueno, pues el que tendremos como derecho histórico santificado en la tradición foral: es decir, el Estado vasco recauda por sí todos los impuestos y se queda con ellos, salvo una cuota que pagaremos a Bruselas calculada como una fracción proporcional a nuestro PIB sobre el coste estricto del aparato burocrático de la Unión. El coste del aparato, ¿eh?, nada de pagar parte de las ayudas a los países más pobres o las transferencias a los sectores necesitados o cualquier otro fondo de solidaridad. Los bruselenses abrían los ojos: no, miren ustedes, aquí el sistema no es así, aquí eso del concierto no se conoce y la expresión ‘derechos históricos forales’ no aparece en el acervo común. Parece que hay un malentendido.

Furia helada. ¿Malentendido? De eso nada, no te jode, lo que pasa es que aquí sois todos unos franquistas. Y se fueron airados.

En Bruselas todavía se sonríen cuando se acuerdan. Aunque, la verdad es que con lo de la invasión china de Rusia no hay mucho tiempo para chanzas.

Inmersión lingüística: el franquismo redivivo
https://clementepolo.wordpress.com/2012/12/14/inmersion-linguistica-el-franquismo-redivivo/  14 Diciembre 2014

De acuerdo con el último estudio preelectoral del CIS publicado el 8 de noviembre, en vísperas del inicio de la campaña electoral catalana, el 52,3% de los catalanes entrevistados declaraban que su lengua materna es el español. Como aclara la pregunta siguiente, la razón principal que explica esa elevada proporción es que el 27,6% de los entrevistados nacieron fuera de Cataluña, y el 53,5% de las madres y el 54,0% de los padres de los entrevistados nacieron en el resto de España. Cataluña es a todas luces una sociedad plural, desde el punto de vista lingüístico, donde conviven pacíficamente quienes tenemos como lengua materna el castellano y quienes tienen como lengua materna el catalán. Esta es la verdadera realidad social de Cataluña que los políticos nacionalistas intentan ocultar y eliminar mediante la imposición de la inmersión lingüística en catalán.

Durante la dictadura franquista, el castellano fue la lengua vehicular en la enseñanza en todos los niveles y el catalán la lengua que muchos catalanes hablaban en su casa, en el patio del colegio, con los amigos y en determinados segmentos de la sociedad civil. Quienes entonces detestábamos la inmersión lingüística en castellano impuesta por el dictador –como tantas otras políticas que reflejaban su concepción totalitaria del Estado–, asistimos estos días perplejos a la defensa por parte de la mayoría de los políticos catalanes del sistema de inmersión lingüística sólo porque ahora la lengua vehicular excluida es el castellano. En cierto modo no me sorprende, porque el proyecto del nacionalismo catalán de construir una identidad nacional en la lengua, resumido en el lema “lengua, cultura, país”, es lo más parecido que conozco al régimen nacional-sindicalista que sufrí durante el tardofranquismo. No es broma.El general Franco en Barcelona

Perplejos y asombrados, digo, escuchamos a la mayoría de los políticos catalanes de todos los partidos, excepto el PP y Ciudadanos, defender ahora la inmersión lingüística con variopintos argumentos. Unos afirman con seriedad que raya en el sarcasmo que se trata de un sistema de éxito probado pues los catalanes conocen tan bien el castellano como el resto de los españoles. Curioso argumento donde los haya, porque si los niños aprenden perfectamente el idioma castellano en los centros de enseñanza primaria dedicando dos o tres horas a la semana a la enseñanza de la asignatura ‘Lengua y literatura castellanas’, también, presumo, aprenderían perfectamente el catalán si dedicaran idéntico tiempo a aprender la asignatura ‘Lengua y literatura catalanas’, y el resto de materias curriculares se impartieran en catalán y castellano, las dos lenguas propias de los catalanes. O, ¿acaso no bastan dos o tres horas a la semana para aprender bien una lengua?

Los políticos nacionalistas, especialmente los que se consideran a sí mismos ‘progresistas’ –y entrecomillo la palabra porque no lo son–, argumentan que el sistema de inmersión lingüística en catalán favorece, además, la cohesión social. Lo curioso es que ninguno explica por qué. Fíjense que si se concede que la inmersión lingüística en catalán favorece la cohesión social, también se tiene que admitir que la inmersión lingüística en castellano impuesta en la dictadura favorecía la cohesión social. O, ¿es que acaso sólo y por razones misteriosas la inmersión lingüística en catalán produce el milagro de la cohesión social? Dicho de otra manera, los políticos nacionalistas que defienden la inmersión lingüística en catalán utilizan los mismos argumentos falaces que habría podido dar Franco para justificar la inmersión lingüística en castellano y la exclusión del catalán como lengua vehicular en la enseñanza. Y como Franco en su momento, ellos niegan ahora la diversidad lingüística de la sociedad catalana.

Ningún catalán que conozco, incluidos los líderes del PP y Ciudadanos, piden que se excluya el catalán como lengua vehicular en la enseñanza, y nadie, incluido el ministro Wert, pretende crear conflicto lingüístico alguno en Cataluña, como aducen los partidarios de la inmersión lingüística en catalán a falta de mejores argumentos para defenderla. Todo lo contrario, lo que deseamos es que ambas lenguas se traten con igual respeto y el proceso educativo refleje la realidad social de Cataluña donde más de la mitad de la población considera el castellano su lengua materna. Decir como ha dicho Rigau, consejera de Educación en funciones del gobierno catalán, que el proyecto de Ley del ministro Wert “es el mayor ataque al catalán desde 1978” y que “nunca un texto del Ministerio había menospreciado tanto al catalán”, no es sólo faltar a la verdad sino ampararse en la mentira para ocultar la exclusión del castellano como lengua vehicular con finalidades políticas.

El modelo de ‘escuela catalana’, contra el que supuestamente atenta el proyecto del Ministerio de Educación, trata al castellano como una lengua extranjera, a pesar de que no sólo es la lengua oficial del Estado sino la lengua materna del 52,3% de los catalanes y la lengua que los catalanes utilizan para comunicarse con el resto de españoles, incluidos quienes se expresan en vascuence y gallego. El proyecto de Ley del Ministerio no sólo no ataca la ‘escuela catalana’ sino que pretende corregir una incongruencia tan grave que hasta resulta difícil entender que el cerebro de los políticos nacionalistas no alcance a comprenderla: el francés, el inglés, el italiano, el alemán o el japonés se emplean como lenguas vehiculares en Cataluña, en colegios de élite donde han estudiado y enviado a sus hijos muchos de los políticos nacionalistas que defienden la inmersión de catalán para el ‘pueblo’, y sin embargo el castellano, la lengua oficial del Estado, está excluida como lengua vehicular. ¿Tan difícil resulta entender semejante disparate?

Lo que pretende el Ministerio de Educación, además de amoldar la legislación a las sentencias del Tribunal Supremo sobre esta cuestión, que el gobierno catalán ha ignorado desde 2010, es lograr que los alumnos catalanes aprendan ambas lenguas, algo que va mucho más allá de recibir dos o tres horas de clase a la semana en castellano, y abarca el aprendizaje del resto de materias curriculares en ambas lenguas. Resulta harto curioso y significativo que los políticos nacionalistas hayan echado en saco roto los consejos de algunos pedagogos catalanes partidarios de que la enseñanza a los niños se realice en su lengua materna. Pero más allá de este olvido intencionado, lo que resulta indubitable es que el “modelo de inmersión” en catalán impuesto en el sistema educativo en Cataluña ni es respetuoso con quienes tienen el castellano como lengua materna, ni equilibrado porque excluye la enseñanza en castellano de cualquier otra materia que no sea ‘Lengua y literatura castellanas’, ni responde a la concepción de una enseñanza bilingüe enriquecedora. Muy al contrario de lo que afirman los políticos nacionalistas, la inmersión lingüística en catalán es un modelo intencionada y políticamente sesgado, como lo era el franquista, que erosiona la cohesión social y empobrece a la sociedad catalana.

Cuando en la pasada campaña electoral catalana, leía en las banderolas de Esquerra Republicana de Catalunya, “un nuevo país para todos”, no podía evitar decirme a mi mismo, ¡qué lema tan falso!, porque obviamente me sentía excluido de ese su ‘país para todos’, y recordaba un pasaje del Gatopardo en que Don Luigi, el maestro organista y compañero de caza, le dice al príncipe de Salinas, “no, no y mil veces, no. Voté no y ha salido sí”. Desde esta posición de resistente, animo al gobierno español a afrontar de una vez con firmeza este asunto porque lo que está en juego es nada menos que la libertad de los catalanes que queremos seguir formando parte de España frente a los nacionalistas que quieren imponer su modelo trasnochado de sociedad tribal con una lengua y una cultura en un estado independiente ‘para todos’ los que piensan como ellos. El gobierno español dispone de suficientes instrumentos para lograrlo y ésta es la ocasión para demostrar que no se achanta ante las nuevas amenazas de los políticos nacionalistas en el Congreso. Ahora o nunca.

 


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