AGLI Recortes de Prensa   Domingo 28  Diciembre  2014

Menos impuestos, más crecimiento
EDITORIAL El Mundo 28 Diciembre 2014

EN PLENO debate político sobre el alcance de la recuperación, muchos españoles van a empezar a notar a partir del próximo mes que algo está cambiando para mejor en la economía. Más de 17,5 millones de asalariados verán cómo sus nóminas se incrementarán una media de 30 euros mensuales gracias a la rebaja de retenciones que conlleva la reforma fiscal. El Gobierno ha planteado esta reducción para que beneficie más a las clases medias y bajas. Así, al 39% de los declarantes, los que ganan menos de 12.000 euros, no se les va a aplicar retención -por lo que ingresarán la nómina bruta- y las rentas inferiores a 24.000 euros anuales verán reducida su tributación un 12,5% entre 2015 y 2016. Es importante porque en esos tramos de renta están buena parte de quienes han encontrado trabajo en los últimos años, que tienen contratos temporales con sueldos bajos.

El Ejecutivo también hace un guiño a otros colectivos, como las familias numerosas y personas con discapacidad, a quienes se suben los mínimos exentos y se les aumentan los beneficios sociales. El ciudadano medio todavía va a seguir pagando más impuestos que cuando llegó el PP al poder -la segunda parte de la reforma entrará en vigor en 2016-, pero sin duda, esta rebaja será uno de los signos a través del cual muchos españoles van a palpar que lo peor de la crisis ya ha pasado. Otros seguirán sufriendo las consecuencias de la profunda recesión. Pero, a la postre, esta reducción de impuestos va a suponer un estímulo al consumo, al ahorro y a la inversión. Todo ello impulsará el crecimiento económico y, por tanto, la creación de empleo. Hacienda calcula que la rebaja fiscal aportará 0,55 puntos al crecimiento del PIB.

El ministro de Hacienda, Cristóbal Montoro, dice que se bajan los impuestos «cuando la situación lo permite». Es cierto que España está en una situación mucho más favorable que hace apenas un año. El PIB cerrará el ejercicio con un crecimiento del 1,4% -por encima de las previsiones- y todos los institutos de análisis están mejorando su perspectiva para 2015: algunos pronostican que la actividad crecerá hasta un 2,5%. Reconocer hoy todo esto no es ponerse del lado del Gobierno. Es constatar una realidad, aunque quede todavía mucho por hacer y sean necesarios esfuerzos adicionales para que esa recuperación llegue a todo el mundo, en especial a los parados y a los desprotegidos socialmente. El Gobierno, además, cuenta con el viento a favor de la rebaja del coste de la deuda y de la reducción del precio del petróleo. Si se mantienen en el tiempo, estos dos factores pueden suponer un ahorro de unos 25.000 millones de euros al presupuesto estatal.

Montoro afirma en estas páginas que «ésta es la reforma fiscal que necesita nuestra economía para salir de la crisis y la que necesitan los españoles para compensar una etapa larga y penosa». No estamos de acuerdo porque lo que entra en vigor el próximo 1 de enero no es una reforma fiscal, sino una rebaja de impuestos que podría haber sido mayor. Reforma era lo que planteaba la comisión presidida por Manuel Lagares, pero su propuesta ha quedado casi en nada. Ahora bien, la rebaja fiscal es un gran alivio financiero para buena parte de la población y un empujón a la confianza. Bienvenidos sean los euros de más que los españoles tendremos en nuestros bolsillos a partir del mes próximo

El falso e hipócrita triunfalismo de Rajoy
EDITORIAL Libertad Digital 28 Diciembre 2014

Mariano Rajoy ha empleado el último Consejo de Ministros del año para lanzar las campanas al vuelo y atribuirse méritos que no son suyos, aprovechando el favorable viento de la recuperación en beneficio propio, consciente de que es la única baza que posee de cara a las importantes citas electorales del próximo año. El presidente del Gobierno ha centrado su medido discurso en destacar el crecimiento que está experimentando el PIB, la esperanzadora creación de empleo, el repunte del consumo interno, los primeros síntomas de reactivación del crédito e incluso el fin del ajuste inmobiliario para transmitir que lo peor de la crisis ha quedado atrás y, de hecho, se avecina un 2015 "muy bueno", siempre y cuando se mantenga la depreciación del euro y la caída del precio del petróleo. Y ello, negando en todo momento que se trate de un mensaje "triunfalista", ya que el PP "nunca" ha engañado a los españoles, o que su Gobierno haya caído en la contraproducente complacencia.

Su balance de fin de año, sin embargo, no puede ser más falso e hipócrita. Es evidente que la economía nacional lleva un año y medio creciendo tras sufrir una larga y agónica recesión y que, por fin, se está creando empleo, lo cual es muy positivo, sin duda. Sin embargo, la recuperación de España se sigue sustentando sobre bases frágiles y endebles, de modo que su evolución no depende tanto de las fortalezas propias como del devenir ajeno. Las expectativas económicas para 2015 han mejorado gracias al descenso del crudo y las nuevas medidas del BCE para debilitar el euro, pero la debilidad que sufre la economía europea o el estallido de una nueva tormenta financiera podrían revertir de inmediato esa benigna estimación, trayendo de vuelta los nubarrones del pasado. Es decir, el problema de fondo es que España no depende de sí misma, lo cual ya es preocupante de por sí.

Por otro lado, el país sigue registrando graves problemas estructurales que el Gobierno se niega a corregir. Prueba de ello es que el déficit exterior está aumentando de nuevo como consecuencia del repunte del consumo interno, lo cual significa que la estructura productiva se asienta aún sobre las ruinas de la burbuja inmobiliaria y, por tanto, no ha cambiado lo suficiente en los últimos años como para generar empleo de forma rápida e intensa. Además, el déficit público continúa siendo muy elevado y la deuda avanza sin freno hacia el fatídico umbral del 100% del PIB, al tiempo que los costes fiscales, energéticos y laborales se sitúan entre los más altos del mundo desarrollado.

El problema de fondo es que el Ejecutivo se ha empeñado en mantener una estructura estatal sobredimensionada, a costa de sangrar con impuestos a familias y empresas, sin acometer las profundas reformas estructurales que precisa el país para atraer inversión, mejorar de forma sustancial la competitividad y garantizar la sostenibilidad y eficiencia de los servicios públicos. El único mérito del PP digno de tal nombre se limita a la tímida reforma laboral aprobada en 2012. En este sentido, Rajoy olvida que si la economía crece y crea empleo es gracias, exclusivamente, al inmenso esfuerzo que ha realizado el conjunto de los españoles para reducir sus abultadas deudas y recomponer sus balances, apretándose el cinturón e incrementando su productividad, y no a la acción del Gobierno. Es decir, la economía avanza a pesar de Rajoy, no gracias a él. Por ello, el presidente no tiene méritos que atribuirse ni medallas que colgarse, puesto que su política económica y fiscal ha consistido, sencillamente, en disparar los impuestos y en mantener el brutal peso del Estado más o menos intacto, haciendo lo mínimo e indispensable para que siga todo igual.

De hecho, lejos de corregir los defectos y desequilibrios que aún acumula el país, Rajoy ya se ha instalado de lleno en la complacencia y en el populismo de cara a las elecciones de 2015, como bien demuestra la simbólica subida del salario mínimo interprofesional, el aumento de las pensiones o las nuevas facilidades de financiación a las comunidades autónomas para incrementar el gasto de forma generalizada el próximo ejercicio, con el objetivo de frenar el histórico desgaste electoral del PP. En definitiva, a Rajoy le sobran triunfalismos y la atribución de méritos ajenos, y le ha faltado responsabilidad, convicción y valentía para hacer lo que debía contra la crisis, gustara o no.

Todos contra Podemos
Luis del Pino Libertad Digital 28 Diciembre 2014

Ayer, Josep Rull, el Secretario de Organización del partido de Artur Mas, se descolgó con unas declaraciones que causaron un enorme revuelo en los medios de comunicación y en las redes sociales.

"Podemos es un caballo de Troya contra el independentismo", afirmó Josep Rull, para a continuación pedir a todos los nacionalistas la elaboración de una lista electoral conjunta, como mejor modo de frenar a Podemos. El partido político de Pablo Iglesias ofrece, según Rull, un "producto muy español y que tiene muy poco que ver con Cataluña". Tampoco perdió Rull la ocasión de tildar al líder de Podemos de lerrouxista (el insulto favorito de los separatistas, después de botifler).

No es solo Convergencia como partido quien ha optado por el ataque frontal a Podemos. También los opinadores habituales en medios catalanes, como la inefable Pilar Rahola, llevan destilando bilis contra Pablo Iglesias desde que éste desembarcara en Barcelona para dar un mitin en el que se atrevió a denunciar la corrupción de CIU y a decir que Pujol no tiene más patria que su dinero.

Con lo cual, de repente nos encontramos en una situación esquizofrénica muy divertida, en la que muchos medios de comunicación no catalanes tildan a Podemos de comunista y pro-separatista, mientras que los medios separatistas en Cataluña lo tildan de populista y españolista. Se repite así lo que sucedió hace ya tres años con el 15-M, a quien los medios de Madrid tildaban de proetarra, mientras en Cataluña se lo tildaba de unionista e incluso de nazi.

¿Qué tiene Podemos para que partidos teóricamente tan dispares como el PP, Convergencia o las CUP, carguen de repente contra él? Pues que se ha atrevido a romper las reglas del juego y a poner en riesgo el statu quo. Por ejemplo, en el mitin de Podemos en Barcelona, Pablo Iglesias optó porque no se exhibiera ninguna bandera: ni catalana, ni española, ni estelada, ni roja, ni republicana. Que yo recuerde, es el primer mitin político celebrado en Barcelona en el que la bandera catalana no hizo acto de presencia. Ese tipo de gestos hace saltar por los aires el terreno de juego que los partidos catalanes han elegido para la confrontación política: la no exhibición de banderas en ese mitin es un gesto consciente con el que Pablo Iglesias deja claro que será él quien elija los temas de los que quiere tratar, en lugar de plegarse a la agenda marcada por la clase política catalana.

Ante ese desafío, ante esa enmienda a la totalidad que Pablo Iglesias está realizando, la Casta reacciona, lo mismo en Barcelona que en Madrid, defendiendo sus intereses y descalificando a quien constituye para ellos una amenaza. Y es lógico que los distintos partidos elijan insultos adaptados a sus electores respectivos. ¿Cuál es el insulto que más puede movilizar el voto del miedo a Podemos entre los electores del PP? Comunista o proetarra. En consecuencia, esa es la descalificación que el PP utilizará contra Podemos. ¿Cuál es insulto que más puede movilizar el voto del miedo a Podemos entre los electores de los partidos separatistas catalanes? Lerrouxista o españolista. En consecuencia, esa es la descalificación que utilizará alguien de CiU.

El problema es que la superposición de mensajes contradictorios genera una disonancia cognitiva en los electores. Si Podemos es separatista y proetarra, difícilmente puede ser a la vez españolista, con lo cual alguien miente. Quizá todos.

Y no solo es que la superposición de mensajes contradictorios reste credibilidad a esos insultos, sino que se está consiguiendo encima transmitir la sensación de que la Casta está cerrando filas en contra de Podemos. Y a ojos de los electores eso refuerza a Podemos como voto útil contra la Casta.

Es como si todo el mundo se hubiera vuelto loco. Parece que PP, PSOE, CiU y demás partidos de la Casta no se han dado cuenta aún de que las reglas han cambiado, de que Pablo Iglesias ha impuesto normas nuevas y un nuevo terreno de juego. Un terreno de juego que favorece a Podemos: "somos los de abajo y vamos a por los de arriba".

Nuestra clase política parece haber perdido el contacto con la realidad y no comprende que Podemos no se puede analizar en términos meramente ideológicos. Podemos se está limitando a canalizar el monumental descontento de una población machacada. Por tanto, solo hay dos maneras de frenar a Podemos: o acabar con la fuente de ese descontento, acometiendo reformas reales en beneficio del ciudadano; o canalizar ese descontento a través de otras alternativas políticas igual de creíbles que Podemos. Todo lo demás es inútil, o incluso contraproducente.

Decía Jonathan Swift que "cuando aparece un verdadero genio, se lo puede reconocer fácilmente porque todos los necios se conjuran contra él". Pablo Iglesias no es ningún genio, pero todos los necios de este país van a conseguir que termine pareciéndolo.

Los supuestos progresistas son unos cobardes atemorizados por el islam
Richard Landes. Minuto Digital  28 Diciembre 2014

La mayoría de los occidentales están más que hartos de los inmigrantes musulmanes cuya violenta cultura supremacista es incompatible con nuestra cultura de civilidad. Un abismo separa la población de las élites supuestamente progresistas, que se comportan como una mujer maltratada que hace todo lo posible para evitar la cólera de su violento marido. Y estas cobardes élites se atreven a acusar de islamofobía a todos aquellos que se niegan a permanecer encerrados en esa relación patólogica y se someten al síndrome de Estocolmo. En realidad estos “progresistas” son unos cobardes afectados de una verdadera fobia de la crítica al islam: han elegido el apaciguamiento y la sumisión antes que la afirmación de sí mismos. No debemos contar con estos cobardes para defender los logros de nuestra cultura de libre debate.

La cortesía consiste en evitar decir las verdades que puedan sucitar reacciones violentas, el civismo consiste en poder decir esas verdades sin exponerse a la violencia.

Una reciente serie de reportajes nos informa que la opinión pública de los países europeos se preocupa seriamente del carácter cada vez más agresivo del islam, tal y como este se expresa a través de las poblaciones inmigradas. Citaremos a Soeren Kern, investigador responsable del servicio Relaciones Transatlánticas, en la sede del “Strategic Studies Group”.

“En estos momentos en que los europeos despiertan a las consecuencias de décadas de inmigración masiva proveniente de países musulmanes, los resultados revelan el abismo que separa los electores de sus dirigentes políticos en el tema de la ideología multicultural, que anima a los inmigrantes musulmanes a permanecer en una segregación voluntaria en lugar de integrarse en su sociedad de acogida. Estos resultados son similares a los de decenas de otros sondeos recientes. Estos proporcionan una abundante prueba empírica que demuestra que el profundo escepticismo hacia la inmigración musulmana no está limitada a una minoría de “extrema derecha”, como lo pretenden muchas veces los militantes del multiculturalismo. Una mayoría de electores provenientes de todo el abanico político expresan ya su inquietud sobre el papel del islam en Europa”.

El abismo al que se refiere el artículo constituye uno de los hechos más preocupantes en la cultura occidental en el transcurso de la última década: por una parte, una élite que controla una gran parte del discurso en el espacio público (periodistas, universitarios, comentadores, políticos tradicionales…) y que teme más ser tachada de islamófoba y de racista que lo que teme a los racistas islamistas, y por otra parte, un población que se hace sermonear sobre la islamofobia y el racismo en cuanto expresa sus preocupaciones sobre el comportamiento de sus vecisnos musulmanes.

En las culturas del honor, es legítimo, previsible e incluso deseable, ir hasta el extremo de derramar la sangre para salvar el honor mancillado. La crítica pública es percibida como una afrenta, una ofensa personal insoportable. Así, en esas culturas, las personas se cuidan mucho de parecer “correctas”, y la libertad de prensa es imposible, aun en el caso en que sus leyes proclamen lo contrario. Sin embargo, la modernidad está basada sobre el debate público, sobre la civilidad antes que sobre el deseo de agradar. A la inversa, el islam contemporáneo rechaza vehementemente la autocrítica que exige la modernidad. El espíritu crítico le parece un ataque insoportable hacia el honor de los musulmanes. De esta manera, la yihad mundial y los profetas apocalípticos que mantienen una retórica genocidaria representan una forma particularmente violenta de modernidad abreactiva, en la cual los poderes de la sociedad moderna (en particular la tecnología) están centrados sobre la destrucción de la cultura moderna de los debates públicos abiertos. Sin embargo, la modernidad exige una mayor madurez, la secularización implica un mayor civismo de parte de las religiones y les prohibe el recurso a la fuerza del Estado para imponer sus creencias a los demás. Las comunidades religiosas deben renunciar a su necesidad de demostrar que detentan la verdad por la exposición de signos ostentosos de su superioridad. Esto implica un alto grado de confianza en si mismo y de tolerancia hacia la crítica pública.

Las manifestaciones actuales del resurgimiento islámico tienden a tratar al “otro”, el infiel, con brutalidad. Los peligros padecidos por los no musulmanes en las naciones de mayoría musulmana se reproducen de manera casi perfecta en el comportamiento musulmán en los enclaves musulmanes en Europa, esas zonas ya fuera del alcance la ley y en otras zonas sometidas al imperio de la sharia donde el derecho ya no se ejerce. En consecuencia, la relación del islam y de los musulmanes con el kafir (el infiel, literalmente: el que enmascara la verdad) será el gran problema a resolver durante la próxima generación, y en el corazón de este problema reside la facultad de los musulmanes de tolerar las críticas provenientes de los no musulmanes.

Nosotros, occidentales modernos (y posmodernos), que hemos sido pioneros en establecer las reglas grandiosas del dominio de uno mismo, nosotros que hemos imaginado y creado esta cultura tan rica, tan abigarrada y sin embargo tan tolerante, estamos en nuestro derecho de exigir que el islam adopte esas reglas, y sobre todo por aquellos que se aprovechan de la cortesía y el civismo de esta sociedad que hemos creado.

En realidad, porque nos importan esos valores de tolerancia, de libertad y de generosidad hacia el “otro”, nos debemos a nosotros mismos y a los musulmanes que están entre nosotros, imponerles esas reglas. Todo lo demás, incluida la idea fantasiosa que esto no es un problema, será un suicidio cultural. A pesar de ello, hasta ahora no logramos llevar las cosas bien, sobre todo porque tratamos de eludir el problema. La “sensibilidad exarcerbada” de los musulmanes es proverbial, y una buena parte del discurso público y hasta universitario reconoce tácitamente esta realidad cultural practicando el apaciguamiento.

A lo largo de esta última década la situación se ha degradado sin cesar. La actitud de la izquierda autoproclamada “progresista” (que fue antaño el bastión de las críticas contra los abusos del poder, la misoginia o la beligerancia) se ha mostrado extremadamente pusilánime hacia los musulmanes “hipersensibles”. Continuamente, como cuando el discurso de Benedicto XVI en Ratisbona en 2006, han intentado impedir que los infieles, que tratan de islamófobos, digan lo más mínimo que pudiera herir los sentimientos de los musulmanes. En efecto, los progresistas se muestran más preocupados de ver a los críticos del islam provocar una erupción de cólera musulmana que de explorar las fuentes de esa violencia islámica. Y estos bienpensantes atacan aquellos que defienden los principios de la democracia arrojándoles el anatema con un tono despreciativo, lo que nunca se atreverían a hacer con los musulmanes.

Para terminar, volvamos al “abismo” que separa el pueblo de las élites. Nuestros periodistas, nuestros maestros pensadores, sienten un temor desmesurado a criticar el islam. Traicionan sin ningún escrúpulo a sus conciudadanos, a todos aquellos que se han enrolado para defender nuestras reglas de vida cívica. No podemos contar con esta banda de cobardes que dominan el espacio público para defender nuestra cultura política moderna, tolerante y liberal.

Yihad en la mezquita
Manuel Molares do Val Periodista Digital 28 Diciembre 2014

La cobardía que generó entre tantos españoles la cadena de atentados del 11M de 2004 aliada a la corrección política y al relativismo por miedo a ser tachados de islamófobos ha provocado un temeroso silencio general ante la aparición del yihadismo en numerosas mezquitas que crecientemente se establecen en España.

Debería sorprender la nula reacción y análisis de los políticos del gobierno y la oposición, especialmente la laica, tras lo ocurrido días atrás en la gran mezquita sunita “de la M-30”, la carretera que rodea el núcleo central de Madrid, construida y sostenida por Arabia Saudita.

En su centro cultural y en su cafetería operaba, al menos, un grupo yihadista de unos quince miembros autoproclamados desde 2011 “Brigada Al-Andalus”, que supuestamente tiene tres de sus “hermanos” combatiendo en el terriblemente sanguinario Califato Islámico en Siria e Irak.

Naturalmente, proponiéndose volver a España. Pregúntese a qué.

Posiblemente esa mezquita es la más controlada del país, y aun así tardaron casi cuatro años en saber que se albergaba allí un grupo terrorista, por lo menos, a pesar de que su joven imán, Hussam Khoja, es un saudí que jura ser pacifista.

Porque el islam, afirma, es una “religión de paz”, como repitenoccidentales como Barack Obama y demás políticamente correctos, pero no millones de perseguidos en peligro de muerte, especialmente cristianos, en Asia, África, e incluso en algunos barrios de ciudades europeas.

Entre tanto, y con cada vez más mezquitas de toda España en precaria vigilancia ante su posible radicalización, la izquierda andaluza exige convertir en centro mixto islamo-católico la catedral de Córdoba, extensión de la mezquita construida sobre una basílica cristiana, y con sus materiales, cuando el conjunto está consagrado como iglesia desde la Reconquista de la ciudad, hará ahora 777 años.

Aunque sólo sea parcialmente, entregar esa capitalidad político-religiosa a quienes quieren restablecer Al-Andalus es crear múltiples comandos como el de la M-30, muchos más 11M, e incitar a que se proclame allí un nuevo Califato.

Irak: los errores de Occidente
Vincent Revel Minuto Digital 28 Diciembre 2014

La ausencia de voluntad de los europeos para defender su identidad le permite a las nuevas comunidades extraeuropeas, presentes en gran número desde hace poco en sus territorios, reivindicar derechos puramente comunitarios, muchas veces alejados de los valores y principios de las sociedades de acogida.

Digan lo que digan nuestros detractores, el comunitarismo ha sido a menudo un motivo de división de las sociedades que lo han adoptado como sistema de organización. En el segundo conflicto iraquí, que opuso en un primer momento a los EEUU y sus sociedades privadas militares al ejército del dictador Sadam Husein, y después en un segundo tiempo a los terroristas sunitas, encantados de tener una nueva ocasión de poder combatir a Occidente, haciéndose pasar por resistentes que luchan en nombre de una libertad que desprecian y pisotean a diario, la administración norteamericana cometió un error fundamental: creer que era posible exportar la democracia, sistema político occidental, a un país de mayoría musulmana, dividido en comunidades (sunita, chiíta, kurda, cristiana). Más de 4.000 jóvenes norteamericanos han perdido la vida en esa guerra.

A semejanza de lo que hicieron después de la Segunda Guerra Mundial por Japón o Europa Occidental, los EEUU han invertido miles de millones de dólares en Irak para que este país se instalara en la vía del desarrollo que le permita consolidarse económica y políticamente, al tiempo que sirvieran dócilmente los intereses del Tío Sam.

El comunitarismo, que divide la unidad de Irak, acentuado por la locura asesina de los fundamentalistas musulmanes, ha tomado este país entregado al caos por su nuevo terreno de juego, y logra hacer fracasar la intervención norteamericana provocando la muerte de 150.000 iraquíes.

13 años después del inicio de ese conflicto, Irak sigue estando en le corazón de la actualidad internacional con la llegada en escena del Estado Islámico. Los occidentales hacen como si descubrieran con estupor las atrocidades cometidas en nombre de Alá por los yihadistas vencedores.

Después de haber todo lo posible para debilitar a Siria, apoyando a los oponentes islamistas a Bashar Al-Assad, los EEUU y sus vasallos europeos declaran ahora que es inaceptable tolerar un régimen tan bárbaro como el Estado Islámico. Después de haber financiado y armado a estos nuevos yihadistas, contra la opinión de Rusia, hay que recordarlo, Washington vuelve sobre el sendero de la guerra, como en Afganistán.

Es hora que los europeos recuperen un poco de independencia política sobre la escena internacional y de dejen de lado su ideología de la convivencia con el islam para descubrir que el mundo en el que realmente viven no es el mismo que en el que creen vivir.

¡El choque de civilizaciones es bien real! Reconocerlo no significa que debemos marchar a la guerra en todo momento, pero esta toma de conciencia nos permitiría evitar graves errores de juicio.

El mundo islámico sunita está en plena efervescencia y vive una verdadera revolución. El 90 % de los conflictos actuales en el mundo conciernen al islam. Es un hecho que no podemos ignorar.

Más allá de las explicaciones falsamente ingenuas, unos nuevos censores nos cantan los méritos del multiculturalismo, según el cual esta realidad no corresponde al verdadero islam. Debemos entender que hoy numerosos musulmanes se están radicalizando y esperan simplemente reeditar el islam conquistador de los primeros creyentes de los tiempos de Mahoma. El Estado Islámico del norte de Irak y de Siria no es desgraciadamente más que un representante entre otros muchos de esta dinámica islamista ultra violenta.

En Valores Éticos, Historia y Psicología
La escuela reconoce a las víctimas del terrorismo
R. Manzaneque www.gaceta.es 28 Diciembre 2014

El currículo básico de la ESO y Bachillerato incluye diversos contenidos orientados al rechazo del terrorismo y su repercusión en la sociedad.

La Ley Wert incluirá en el temario de los cursos de Secundaria y Bachillerato el rechazo al terrorismo, el respeto a sus víctimas y las repercursiones de este tipo de violencia. Los contenidos abarcarán también la prevención de la violencia de género, el racismo y la xenofobia después de que el Consejo de Ministros aprobara el pasado viernes el real decreto por el que se regula el currículo básico de la ESO y Bachillerato.

Primero, segundo y tercero de la ESO serán los niveles que, a partir del curso 2015-16, integrarán en sus horarios la asignatura Valores Éticos como alternativa a Religión. A petición del Ministerio del Interior, la clase introducirá investigaciones sobre guerras, terrorismo, dictaduras, genocidio y refugiados políticos, entre otros temas, así como la prevención de la violencia de género y la conductas racistas y xenófobas.

Además, Interior añade que estos contenidos continuarán presentes también en cuarto de la ESO y Bachillerato, aunque integrados dentro de diversas asignaturas. De esta forma, el último curso de Secundaria tratará en Geografía e Historia el análisis del terrorismo en España, desde su génesis hasta la aparición de los primeros movimientos asociativos en defensa de las víctimas.

En Historia del mundo contemporáneo, en primero de Bachillerato, se analizarán las nuevas amenazas para la seguridad y la paz mundial, como el terrorismo, con sus efectos en la sociedad y en la vida cotidiana, y se estudiarán las organizaciones terroristas capaces de perpetrar atentados de la envergadura del 11-S o 11-M. En segundo de Bachillerato, Psicología analizará las causas psicológicas detrás de los atentados, mientras que la asignatura Historia de España explicará la génesis y evolución de las diferentes organizaciones terroristas que han actuado desde la Transición hasta hoy.
La primera evaluación será en el curso 2016-17

La primera evaluación final de ESO se realizará al finalizar el curso 2016-2017 al alumnado que haya cursado cuarto, aunque no tendrá efectos académicos, es decir, no será necesario superarla para obtener el título de Graduado. Sin embargo, la prueba final que se ejecute al concluir el curso 2017-2018 sí tendrá efectos académicos, según el real decreto por el que se regula el currículo básico de ESO y de Bachillerato aprobado por el Consejo de Ministros, para adecuarlo a la Ley Orgánica para la Mejora de la Calidad Educativa.

Al finalizar el cuarto curso de ESO y la etapa de Bachillerato, los alumnos realizarán una evaluación individualizada en la que se comprobará el logro de los objetivos y el grado de adquisición de las competencias correspondientes.

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Robespierre al asalto de la Moncloa

Carlos Sánchez El Confidencial 28 Diciembre 2014

Dentro de un año, aproximadamente, se celebrarán nuevas elecciones generales. Un año, como se sabe, es bastante tiempo en política. Una eternidad en algunas ocasiones.

Como apuntaba recientemente un lector de El Confidencial, hace apenas 365 días Podemos no existía. UPyD aparecía para ciertos sectores como la alternativa al bipartidismo, mientras que Ciudadanos no era más que la representación formal de una resistencia numantina contra el independentismo catalán. Izquierda Unida se relamía con el derrumbe socialista; ERC crecía sobre las ruinas de CiU -lo que hoy no está tan claro- y hasta Bildu disfrutaba de una cómoda cuota de poder en el País Vasco ahora amenazada por la formación de Pablo Iglesias. Hace un año, incluso, el PP tenía una estimación de voto (según el CIS) equivalente al 34% de los sufragios, lo que con la Ley D´Hondt en la mano le acercaba a una confortable mayoría parlamentaria.

Todo ha saltado por los aires. Y no sólo por la irrupción de Podemos. El deterioro de las instituciones es un clamor y hoy todo el sistema de representación está bajo sospecha. Un niñato como el pequeño Nicolás tiene, para muchos, más credibilidad que algunas instituciones del Estado, lo que revela un estado de ánimo por los suelos y un problema de autoestima nacional que no presagia nada bueno.

El Gobierno confía, quizá con una lógica excesivamente racional, en que la recuperación de la actividad económica le permitirá recuperar la preferencia del electorado. Sin embargo, como sostenía el sagaz lector de este periódico, la lógica no es siempre la mejor guía para anticipar hechos históricos. Y ponía un ejemplo verdaderamente lúcido: la Revolución Francesa se inició cuando reinaba el reformista Luis XVI (que acabó sus días en la guillotina) y no, como hubiera sido más “lógico”, cuando lo hacía el despótico Luis XIV. A Mariano Rajoy le puede suceder lo mismo.

Es evidente que la economía se ha enderezado, pero eso no es incompatible con el hecho de que todavía hoy la situación de millones de familias siga siendo angustiosa. Sin duda, por un error de bulto en la estrategia de política económica diseñada por Alemania -para salvar a sus multinacionales instaladas en España- y acatada disciplinadamente por el Gobierno, que consistió en hacer un ajuste más severo de lo razonable. Hoy, ese injusto y desmesurado ajuste -subiendo el IRPF de forma absurda, bajando salarios, precarizando las relaciones laborales hasta más allá de lo prudente y favoreciendo los despidos de forma indiscriminada- es lo que le pasa factura a Rajoy.

Un problema de credibilidad
Los ciudadanos recelan de las cifras oficiales. Y eso significa lisa y llanamente que pocos creen lo que diga el presidente del Gobierno por mucha convicción que ponga en sus palabras. Es un problema de credibilidad. Y aunque Rajoy dijera que éste es o ha sido el último domingo del año, muchos ciudadanos no le creerían. Así de simple.

Un dato lo corrobora. En octubre de 2011, poco antes de llegar a Moncloa, la estimación de voto del PP alcanzaba el 46,6%, según el CIS, y hoy apenas llega a la mitad. Y aunque las encuestas valen lo que valen a un año vista, lo que parece obvio es que el país ha dejado de creer en muchos de sus líderes. Algo que explica que se abrace con fervor a cualquier salvapatrias que diga lo que la gente quiere oír. Un Robespierre de medio pelo que hace bueno a aquel catedrático de Universidad de quien se decía que su única obra literaria era su tarjeta de visita.

Y es que en tiempos de angustia, la gente busca héroes. Y los encuentra cundo el presidente del Gobierno yerra en su análisis ofreciendo a los ciudadanos una salida a la crisis en clave exclusivamente económica, sin duda necesaria. Lo que ahora quieren escuchar los ciudadanos son reformas políticas que dignifiquen la arquitectura institucional del Estado. Y soluciones como una especie de Gobierno de concentración tras las próximas elecciones, como reclaman buena parte de la aristocracia empresarial a través de sus órganos de expresión, principalmente el diario El País, es simplemente no entender nada. Sólo agravaría los problemas. Lo que es bueno para ese fantasmagórico Consejo de Competitividad -impensable en cualquier democracia consolidada por su capacidad de influencia en la vida pública- no siempre es bueno para el país. Apelar al voto del miedo es un atropello democrático.

Zapatero se equivocó cuando no entendió que a España se le venía encima una formidable crisis que acabó poniendo al descubierto la ínfima calidad de la democracia española en términos institucionales (de ahí la crisis política y la extensión de fenómenos como la corrupción por ausencia de controles internos). Y Rajoy comete ahora el error inverso.

17 ‘miniestados’
Piensa que si la economía crece los problemas políticos se irán diluyendo. Pero eso es desconocer la esencia de la convivencia democrática, que no es otra que la creencia en las instituciones. Y cuando los ciudadanos desconfían de ellas sólo hay una forma de volver al punto de partida: anunciar reformas políticas de calado que afecten a cuestiones como la propia credibilidad del poder judicial, al modelo de elección de los miembros del Tribunal Constitucional, al sistema electoral cerrado imperante desde 1977 o al propio régimen de administraciones territoriales que ha creado de forma insensata 17 miniestados a imitación del Estado español al tiempo que subsisten decenas de diputaciones provinciales. Dicho de forma sencilla: la puesta al día del pésimo entramado institucional que explica por qué las crisis económicas son siempre más intensas en España que en los países de su entorno.

España tiene hoy un problema político y no sólo económico. Y la violencia de la crisis lo pone de manifiesto. Otros países con peores indicadores macroeconómicos -como reconoció el propio Rajoy en su comparecencia del viernes- no tienen tantos problemas institucionales ni su clase política está tan desprestigiada. Hollande será un desastre como gestor, pero casi nadie cuestiona la esencia de la República francesa.

El poeta Heine dijo en una ocasión una frase sublime: Dios me perdonará: es su oficio. Los ciudadanos no son dioses y su capacidad de olvidar y de perdonar es muy limitada. Lo que la mayoría quiere es volver a creer en la política y en los políticos. Algo que explica la eclosión de nuevas alternativas simplemente por el hecho de que no están contaminadas por el ‘antiguo régimen’. Aunque sean absurdas y puedan llevar al país a un retroceso histórico.

Ese es el problema y no si el PIB crece un 2% o los pensionistas ganan medio punto de poder adquisitivo. No hay más que echar la vista atrás y recordar lo que sucedió en 1977. En medio de una profunda crisis económica -tras el primer choque petrolífero de 1973- el país se puso manos a la obra para cambiar el sistema político heredado de la dictadura, y gracias a ello España salió adelante alumbrando una Constitución respetada por la inmensa mayoría. Esa corriente de fondo que llevaba agua limpia es la que tenido fuerza durante casi 40 años. Pero ahora el agua está estancada. Y sólo la política puede solucionar un problema político que ayudará a resolver la cuestión económica.

Condenado a 50 años de cárcel el etarra Raúl Fuentes Villota
El etarra Raúl Fuentes Villota, durante el juicio que se celebra en la Audiencia Nacional.El etarra Raúl Fuentes Villota, durante el juicio que se celebra en la Audiencia
vasco press | bilbao 28 Diciembre 2014

La sentencia considera probado que Fuentes intentó colocar un artefacto explosivo en el coche de un polícia en Barakaldo el 6 de junio de 1991

El miembro de ETA Raúl Fuentes Villota ha sido condenado por la Audiencia Nacional a penas que suman 50 años de cárcel por intentar matar a un policía nacional con una bomba que iban a colocar en el vehículo del agente cuando fue detenido. El tribunal le considera culpable de un delito de asesinato en grado de tentativa, pertenencia a banda armada, tenencia de explosivos y tenencia ilícita de armas. Le absuelve del delito de depósito de armas de guerra. Fuentes Villota fue entregado por las autoridades británicas el pasado mes de agosto tras haber sido detenido en Inglaterra.

El miembro de ETA formó parte del 'comando Matalaz', un grupo satélite del 'comando Vizcaya', hasta su detención el 6 de junio de 1991 junto con los también integrantes de la célula terrorista Jon Mirena San Pedro y Germán Urizar de Paz. Los tres fueron sorprendidos por agentes de la Policía Nacional cuando se dirigían a colocar una bomba bajo el vehículo de miembro de ese cuerpo en la localidad de Barakaldo. El 5 de junio de 1995, agotado el periodo de prisión preventiva sin ser juzgado, Raúl Fuentes fue puesto en libertad, circunstancia que aprovechó para darse a la fuga. Permaneció en paradero desconocido hasta su arresto en Gran Bretaña en 2012.

La sentencia considera probado que Fuentes se integró en 1990 en un comando de ETA cuyos miembros fueron adiestrados por los 'liberados' del 'comando Vizcaya' que les facilitaron informaciones para realizar atentados. Uno de esos objetivos fue un vehículo propiedad de un policía nacional residente en Barakaldo que fue vigilado por los tres miembros del 'comando Matalaz'. El 6 de junio de 1991, los tres etarras se trasladaron hasta Barakaldo para colocar un artefacto en el coche, pero se encontraron con otros agentes de la Policía que estaban vigilando la zona. Tras un tiroteo, los tres etarras fueron capturados. Se les incautaron armas y la bomba que iban a colocar en el coche del policía.

La sentencia cuenta con un voto particular del magistrado José Ricardo de Prada que, en contra de la opinión de los otros jueces, da credibilidad a las denuncias de malos tratos y torturas. Además considera que debiera declararse prescrito el delito y que se debería tener en cuenta la apreciación de dilaciones indebidas.
 


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