AGLI Recortes de Prensa    Miércoles 11  Febrero 2015

La muerte de la sociedad civil
Juan M. Blanco www.vozpopuli.com 11 Febrero 2015

La notoria pasividad, la nula visión histórica de Mariano Rajoy al dejar pasar el último tren, la última opción de reforma política, ha conducido al Régimen a un callejón sin salida. Desvanecidas las expectativas de evolución hacia un sistema de libre acceso, con controles, contrapesos e instituciones neutrales, un porvenir conflictivo, poco halagüeño, aguarda a la vuelta de la esquina. Y los monstruos de las profundidades se relamen al olfatear la presa asomada al abismo. "Sólo cabe agarrarse a la iniciativa de la sociedad civil", afirman algunos. "Abandonad toda esperanza", replican otros, "los ciudadanos constituyen una masa informe, carente de aliciente, estímulo o capacidad para transformar la realidad". ¿Existe en España la sociedad civil, esa ciudadanía consciente, decidida a tomar postura activa para corregir el rumbo?

El individuo aislado raramente dispone de motivación para ejercer un control eficaz de sus gobernantes. Ni siquiera incentivos para depositar concienzudamente la papeleta por la enorme desproporción entre los costes de obtención de la información y el nulo efecto de un sólo voto. Sin embargo, muchos ciudadanos poseen ese sentido de la justicia que les impulsa a defender aquello que consideran equitativo, por encima de sus intereses personales. A actuar por altruismo, dedicando tiempo y esfuerzo a causas que, no compensando personalmente sobre el papel, benefician a la sociedad en su conjunto. A dar los pasos necesarios para sentirse partícipes y protagonistas en la forja del futuro.

Pero estas tendencias o impulsos se pierden en el océano de la apatía y el conformismo cuando no encuentran cauce adecuado. En su ya clásica obra, Making Democracy Work, Robert Putnam desarrolló una interesante idea: la capacidad de la ciudadanía para mejorar la calidad de las instituciones políticas depende del Capital Social o beneficio colectivo esperado de la cooperación entre individuos y grupos, de las redes de interacción mutua, normas de reciprocidad y grado de confianza entre ciudadanos. Un capital social que se genera con abundancia cuando la gente participa intensamente en agrupaciones que, lejos de procurar beneficios individuales, persiguen el bien común.

La subvención mató al gato
La participación cívica inculca normas, promueve la cooperación, contribuye a forjar una identidad social común, a formar criterios razonados. Y constituye un contrapeso al poder político. El capital social potencia la preferencia por decisiones políticas encaminadas a beneficiar a la sociedad frente a las que solo favorecen a grupos concretos a costa del resto. Su ausencia deja campo libre a aquellos que se mueven por intereses egoístas, a los cazadores de rentas y ventajas, a quienes buscan arañar mayor trozo de tarta a costa del resto. Ésos que persiguen afanosamente la providencial página del BOE que otorgue jugosos privilegios a su grupo de presión. ¿Por qué en España prevalecen tan abrumadoramente estos últimos?


Tal como señaló con perspicacia Mancur Olson, la diferente estructura de costes e incentivos conduce poco a poco al predominio de grupos de intereses particulares sobre aquellos que buscan el bien común. Pero en España el proceso no ha sido lento y paulatino sino súbito y radical. El Régimen de la Transición laminó sistemáticamente cualquier atisbo de organización ciudadana capaz de impulsar cambios políticos o de controlar a los gobernantes desde la sociedad civil. La inmensa mayoría de asociaciones y organizaciones fueron subvencionadas, compradas, desviadas de sus legítimos fines. La subvención ahuyentó a los bienintencionados y promovió a quienes sólo buscaban posición e ingresos a costa del erario.

La estructura jerárquica y cerrada de los partidos condujo la militancia política hacia la irrelevancia. Las bases fueron silenciadas, su papel reducido a aplaudir, callar, jalear o aclamar a una orden del jefe. El idealismo, el desinterés, la generosidad, el ansia de mejorar la sociedad dieron paso rápidamente al reparto de cargos, prebendas, sueldos y comisiones. Sólo los trepas, pelotas y aprovechados mantuvieron opciones de sacar tajada. Se crearon así unas élites políticas y económicas corruptas, extractoras de rentas. Y una crema de la intelectualidad severamente inclinada a venderse al mejor postor.

Inventando conflictos
La clase política desvertebró la sociedad civil promoviendo enfrentamiento donde debiera imperar la cooperación. Inoculó conflictos políticos inventados con el ánimo de dividir y dominar la sociedad, socavar la cohesión social o menoscabar la propia idea de nación. Generó una ciudadanía polarizada en grupos ideológicos fanáticos, incapaces colaborar entre sí. Pero fomentó la connivencia, el apaño y la componenda allí donde debía prevalecer la competencia. E introdujo el germen de la desconfianza por las grietas de infinitas y enrevesadas leyes que regulaban los aspectos más nimios de la vida privada, conduciendo a una extrema judicialización de la vida cotidiana.

La sociedad española, desvertebrada, desestructurada, tragó en silencio durante décadas miles de leyes caprichosas, discriminatorias, injustas. Innumerables enjuagues, estafas, embustes y trapisondas. Y, tras años de paciencia lanar, una parte se lanza irreflexivamente a los caminos, como masa dominada por la cólera, obnubilada por los cantos de sirena de cualquier caudillo, demagogo o redentor; creyendo a pie juntillas que hay algo nuevo bajo el sol. Ciega de odio y sed de venganza, derribaría cien veces las columnas del templo con tal de aplastar a los corruptos filisteos.

Quizá haya otra parte de la sociedad con suficiente cabeza y sangre fría para sentir la llamada del deber, identificar las imprescindibles reformas, unirse, cooperar entre sí, comprometerse a dedicar tiempo y esfuerzo a controlar al poder. Y a expulsar de sus cómodos sillones a los culpables del desaguisado sin que el pétreo techo se desplome sobre nuestras cabezas. Sería la prueba definitiva de que la sociedad civil no está muerta; tan solo hibernó para despertar en primavera.

Progreso vs. reacción
Lorenzo Abadía www.gaceta.es  11 Febrero 2015

Muchos todavía desconocen que la falta de representación y la inexistencia de separación de poderes actuales son, precisamente, las causas que nos han situado en altamar con un buque sin gobierno.

“El acta es de Izquierda Unida”. Resulta imposible reflejar en menos palabras el espíritu que acompaña a esta nueva generación de políticos reaccionarios surgida al calor del 15M, que las que Tania Sánchez hiló en su última rueda de prensa. Porque reaccionario es quien pretende preservar los valores políticos, sociales y morales correspondientes al pasado y el que se opone a las reformas que suponen progreso en la sociedad. Y porque cuando alguien tiene como paradigma político a Evita Perón o a Cristina Fernández de Kirchner, ese alguien es inevitablemente reaccionario.

Los dos grandes principios sobre los que se fundamenta la democracia, definida como la capacidad del pueblo para poner y deponer a sus gobernantes, son la representación del elector por el elegido y la separación de poderes. Este último, concebido por Montesquieu y cuya inobservancia conlleva al despotismo, no es siquiera nombrado en el programa electoral de Podemos. Del primero, idea del humanismo secular del siglo XIV y obra del liberalismo de los siglos XVII y XVIII, no queda rastro en España. Su ausencia es constitutiva de monopolios u oligarquías políticas. Pues si por algo se define la formación de una clase política ensoberbecida por la distancia que le separa de la sociedad a la que pertenece en origen, una “casta” como dicen aquellos cuya vulgaridad está incluso excediendo a la de quienes critican, es por la facultad de que disponen sus cúpulas para diputar a sus empleados en el Congreso sin contar con los ciudadanos. Tal es el efecto que producen las listas de partido, abiertas o cerradas, en un sistema parlamentario. Y, por supuesto, los reaccionarios no pretenden, sino, parafraseando a Spinoza, perseverar en su ser.

Lo sorprendente no es que este análisis sea sólo compartido por un reducido estrato social, pues la propaganda de que España es una democracia perfectamente homologable impuesta por el régimen partidocrático ha tenido objetivos tan totalizadores que haber resistido a sus efectos narcotizantes ha sido sólo posible para una selecta minoría amante de la libertad y la cultura. Lo alarmante es que se identifique con lo nuevo a un partido -a estas alturas Tania y Pablo es pleonasmo- que no satisfecho con la pretensión de cercenar las libertades civiles aspira a eliminar todo proyecto de libertad política.

Si el acta pertenece al partido, ¿dónde queda la representación del ciudadano? Y siendo así, ¿para qué se necesitan trescientos cincuenta funcionarios, cuando sólo haría falta uno por cada partido, representando su correspondiente porcentaje de sufragios? Por otro lado, al proponer la revocatoria de mandato, ¿se refieren entonces a que será el partido quien pueda retirar el acta al diputado-empleado? Porque si el acta pertenece a la cúpula que lo designa, no parece lógico intelectualmente ni posible jurídicamente que se la retiren los electores. Robert Michels advertía a principios del siglo XX de la ley de hierro de las oligarquías políticas, pero dudo mucho de que llegase a predecir semejante impostura.

Muchos ciudadanos comienzan a intuir que el régimen que Podemos pretende imponer supondría un torpedo en plena línea de flotación del barco de la libertad individual y colectiva que viene surcando trabajosamente, desde hace más de dos siglos, las agitadas aguas de la historia moderna.

Sin embargo, todavía desconocen que la falta de representación y la inexistencia de separación de poderes actuales son, precisamente, las causas que nos han situado en altamar con un buque sin gobierno. E ignoran, también, que la reforma constitucional es ya es una idea hegemónica en la sociedad española de la que no parece probable una marcha atrás.

Si en un breve espacio de tiempo no se organiza una tercera vía a favor de la libertad y de la democracia, uniendo a los nuevos partidos y a los colectivos moderados de la sociedad civil, el movimiento reaccionario de la extrema izquierda dará al traste, por muchos años, con la oportunidad única que esta sangrante crisis nos está brindando para reformar las reglas de juego de esta oligarquía de partidos.

Hacienda
El contribuyente cínico
Emilio Campmany Libertad Digital 11 Febrero 2015

En España ya sólo hay un delito más grave que defraudar a Hacienda, el de superar los límites de velocidad y siempre que no lo cometa alguien de Podemos. La publicación con cuentagotas de la Lista Falciani provoca en los españoles una abrupta reacción de odio y bilis, con que acusan a los defraudadores de socavar la financiación de la sanidad y la educación. Cuando se trata de personas a las que, por ser deportistas o de derechas, se les atribuye la soberbia de considerarse más patriotas que nadie, se les acusa además de hipócritas por decir que aman a España mientras defraudan a Hacienda.

Hay en todo ello un escandaloso ejercicio de cinismo que debería provocar inmediato rechazo. Son muchas las cosas que hay que decir. La primera es que la sanidad y la educación supuestamente defraudadas están pésimamente gestionadas y resultan escandalosamente caras para la calidad que ofrecen, entre otras cosas, porque están dominadas por los sindicatos, financiados también con esos impuestos defraudados. Lo demuestra por ejemplo la suma que gastamos por alumno y el mediocre resultado que logran en los informes PISA nuestros estudiantes. Luego está el que con los impuestos no sólo se financian la sanidad y la educación, sino, además de los sindicatos, los partidos políticos, ejércitos de paniaguados y enchufados, se dan subvenciones a todo tipo de sectores y empresas, premios, bicocas y chollos. Además, Falciani no es ningún martillo de defraudadores que merezca ser contratado por el partido que, teniendo defraudadores entre sus cargos, afirma querer combatir el fraude más que nadie. Falciani es un delincuente, que sustrajo datos de la empresa para la que trabajaba y trató de venderlos al mejor postor. Entregó la información sustraída sólo a cambio de no ser extraditado una vez que se vio detenido. Encima, es más que dudoso que la Hacienda española pueda conseguir ninguna condena con una información conseguida ilegalmente. Sin contar con que algunas de las personas de la lista, como es el caso de Fernando Alonso, podrían tener esas cuentas de forma perfectamente legal por residir fuera de España o por haberlas declarado al fisco.

Y lo más importante de todo: los que que no hayamos tenido la posibilidad de esconder nuestro dinero a Hacienda no podemos estar seguros de qué haríamos si se nos ofreciera la oportunidad de hacerlo. Mucho más cuando vemos lo que hacen con el dinero que no tenemos más remedio que pagar. Por ejemplo, y sin ir más lejos, lo que hemos sabido hoy que han hecho con lo que nos sacaron para destinarlo a cursos de formación para parados. Naturalmente, en cualquier país que se precie, los ciudadanos tenemos la obligación de pagar nuestros impuestos. Pero estoy seguro de que habría mucho menos fraude si los impuestos fueran proporcionalmente más razonables, los servicios que recibiéramos estuvieran a la altura de lo que se recauda, se gestionara lo que nos sacan con transparencia, no hubiera tanto enchufado ni tanta subvención y no fueran algunos políticos y algunos empresarios de los que revolotean a su alrededor los primeros en defraudar.

El Peor remedio
Aleix Vidal-Quadras www.gaceta.es 11 Febrero 2015

La crisis económica global que estalló en 2008 ha generado ya tanta o más literatura que la Gran Depresión de 1929, uno de los cataclismos financieros a escala mundial que ha alimentado con mayor profusión exhaustivos análisis sobre su origen y sobre su tratamiento y del que por desgracia parece que los Gobiernos, los emisores de moneda y el sector bancario en general aprendieron poco. Dejando aparte tecnicismos y prescindiendo del críptico lenguaje que suelen emplear los gobernadores de los bancos centrales y los ministros de economía, casi siempre tendente a ocultar sus errores y no a hacer entender los acontecimientos que sufren en sus carnes los ciudadanos y las empresas, existe un aspecto que emerge con evidente fuerza a poco que se examinen estos asuntos con mirada a la vez penetrante e inocente. Un elemento letal que alimenta este tipo de desastres es el exceso de endeudamiento, es decir, el dejar que las distintas burbujas, financiera, inmobiliaria y de gasto público, se inflen hasta niveles fuera de control. Cada uno de los actores en presencia en estos procesos, los bancos centrales auspiciando un exceso de crédito, determinadas empresas persiguiendo un beneficio fácil e inmediato sin asegurar el suelo sobre el que pisan, las entidades financieras desequilibrando sus balances entre lo que prestan a largo y las obligaciones que tienen a corto y los gobernantes buscando votos a costa de ir acumulando déficits suicidas, tiene su parte de responsabilidad y sus respectivas huidas hacia adelante se refuerzan entre sí en una espiral perversa que acaba desbocándose.

Estas consideraciones elementales, que todo el mundo puede entender, vienen a cuento respecto al actual problema griego y la llegada al poder en un país periférico y quebrado de la zona euro de un partido populista de orientación colectivista y nacionalista que pretende revisar los compromisos adquiridos por Ejecutivos anteriores y volver a la senda de vivir de prestado olvidando los excesos del pasado y la necesidad de ajustar las cuentas del Estado y el nivel de vida de su país a su capacidad real de generar riqueza. Se echa de menos en la retórica inflamada y justiciera de Syriza alguna expresión de contrición por los abusos cometidos durante la etapa de liquidez fácil y una mayor dosis de humildad frente a los que les han salvado del abismo a base de préstamos ingentes y que han renegociado su rescate en condiciones muy favorables en tres ocasiones. La subida del salario mínimo por encima del español, la readmisión de funcionarios en una Administración hipertrófica y la puesta en marcha de programas sociales sin duda muy compasivos si no fueran pagados por terceros a los que ya se debe mucho, son provocaciones que si no van acompañadas de medidas serias de recuperación de la competitividad y de la sensatez, sólo conducirán a Grecia al fracaso irreversible.

La lección a extraer de la presente crisis y de otras similares pretéritas es que las tensiones provocadas por demasiada deuda no se arreglan con más deuda, sino con un esfuerzo extraordinario de saneamiento de la economía, de incremento de la productividad y de comportamiento tributario decente. Los clamores contra la Troika y los lamentos gemebundos sobre el sufrimiento intolerable del pueblo griego y las ofensas a su dignidad y soberanía, resultan muy eficaces a la hora de ganar unas elecciones, pero no sirven para aumentar el PIB. Al final, todo lo que se haga hay que pagarlo y los griegos han de entender que el dinero únicamente sale del trabajo, del ahorro y de vender más barato y con mayor calidad que tus competidores. Podemos propone un proyecto análogo, pero en un país que se encuentra en una posición mucho más sólida que Grecia, con lo que los experimentos le pueden salir bastante más caros. De aquí a final de año nos miraremos en el espejo heleno y no es aventurado predecir que la imagen que veamos estará cada vez más deformada, lo que nos dará tiempo a madurar un voto cauto y defensivo en las elecciones generales. Después de todo, nadie en su sano juicio está dispuesto a tomar un remedio que sea peor que la enfermedad.

LA DERECHA PEREGRINA
IGNACIO CAMACHO ABC 11 Febrero 2015

MUCHOS votantes de ese abstracto concepto llamado centro-derecha rumian desde hace tiempo una catarsis contra el Gobierno. Por haberles subido los impuestos, por haberles quitado unas pagas, por acolcharse frete al desafío catalán, por el aborto, por Bolinaga. Por descuidar en tres años difíciles a sus grupos de apoyo natural. Durante el aznarismo no tenían otra alternativa que la abstención porque el expresidente había reunificado las tribus liberalconservadoras como un Garibaldi del moderantismo español, pero en esta eclosión antibipartidista han empezado a brotar nuevas marcas que intentan rebañar el descontento del sistema. UPyD, Vox, Ciudadanos? un reformismo de cuello blanco que haga de dique al aluvión rupturista de la izquierda radical.

De entre todos emerge la figura telegénica y sugestiva de Albert Rivera, capaz de encarnar con su perfil sensato, su catalanismo constitucional y su carita de joven aplicado parte de esa pulsión sociológica que asocia la renovación a un salto generacional. Riverita se ha comido la rebanada que estaba tostando Rosa Díez para ella sola, después de haberle pedido mil veces una mitad que en vez de dividir sumaba. Díez no ha sabido comprender que en un momento de fobia contra la política tradicional le perjudicaba su largo currículum: el impulso prometedor de su partido tercerista contrasta con el peso excesivo de su presencia en él. Apegada a la cultura de aparato se ha estancado en ella mientras los Ciudadanos le desbordan con el nuevo formato de las plataformas abiertas, y su líder le aventaja en empatía audiovisual. Además R10 se ha desorientado ante el fenómeno Podemos y trata de responderle con un populismo sucedáneo que va a contracorriente del electorado en el que podía crecer.

Rivera aparece ahora como la presa que puede embalsar el voto peregrino de un centrismo moderado y renuente a volver a confiar en el pasivo estilo marianista, de tal modo que la rivalidad con el PP y UPyD promete una disputa de fuerzas condenadas a entenderse no tanto por su afinidad ideológica como por compartir base electoral. En la crecida le amenaza el mismo peligro de confusión que ha devorado a Díez: el de no saber identificar de dónde le viene la mayor parte de su apoyo. El prejuicio dominante contra la derecha lleva a la tentación de hacer socialdemocracia con votos liberales y hasta conservadores. Se trata de un error frecuente en el que también cayó Rajoy, quien por otras razones no acertó a interpretar el mandato recibido. Para ejercer con eficacia el protagonismo al que parecen llamados, los dirigentes de Ciudadanos deberán asumir que de cada cinco futuros votantes suyos al menos tres procederán del desencanto con el Gobierno. Tratándose de personas independientes y de ideas transversales, se van a tener que acostumbrar a la contradicción de ser o de resultar de derechas sin quererlo.

La falacia de una reforma constitucional
HENRY KAMEN El Mundo 11 Febrero 2015

EMPIEZA A hablar de constitución y queda garantizado que los oyentes comenzarán a bostezar, o en lo más extremo comenzarán a conciliar el sueño. Constitución garantiza matar la conversación y perder a tu público. No excita la imaginación, como las palabras libertad o independencia hacen. Es un concepto que preferimos dejar a salvo en manos de los expertos. Además, todo el mundo sabe que las constituciones son siempre imperfectas y que siempre fallan. La razón por la que durante siglos la gente ha admirado el sistema de gestión estatal del Reino Unido es precisamente porque los británicos no tienen una constitución. Porque nunca tuvieron una, nunca ha fallado.

Por el contrario, si uno desea buscar un país que tiene más historia de constituciones fallidas, no es necesario ir más allá de España. La primera y más famosa de sus constituciones, la de 1812, fue atacada vigorosamente por José Blanco White en esa misma década: «Nunca he dejado de repetir que la insensata Constitución de Cádiz causaría la ruina del reino». «En Inglaterra», escribió aquel año, «no hay catecismos constitucionales, ni Constitución portátil de faldriquera; el pueblo sabe poco o nada de principios abstractos, pero no hay hombre tan rústico que ignore los medios prácticos de defenderse contra la opresión». Incluso el más firme partidario británico de la Constitución Española de 1812, Lord Holland, la criticó por su «falta de saber práctico y un gran olvido de las lecciones de la experiencia». Lamentablemente, la misma crítica se podría hacer de todas las constituciones posteriores de España, entre ellas la de 1978.

Pocos, sin embargo, dirían hoy que la ausencia de una constitución es una ventaja. Incluso los ingleses intentaron generar un pequeño número de constituciones de corta vida, como la Carta Magna de 1215. Tales intentos fracasaron y la vida política continuó sin textos escritos. En la práctica, sin embargo, cada vez que se detecta un defecto en el sistema británico, el Parlamento se dispone a tratar de remediarlo creando leyes, y es el conjunto de leyes lo que, en efecto, representa una constitución. Sin embargo, se reconoce que las leyes tienen múltiples debilidades. Como resultado, en las últimas décadas ha habido en Gran Bretaña propuestas para adoptar el principio de una constitución escrita, común a todos los países que han seguido el ejemplo de las revoluciones francesas y americanas.

¿Puede una constitución resolver los muchos problemas que siempre surgen en las sociedades? Evidentemente no. Porque una constitución escrita no es más que un pedazo de papel, que rápidamente queda caduco e incluso inapropiado. La fugacidad de las constituciones es la razón principal por la que los estadounidenses adoptaron rápidamente la estrategia de añadir enmiendas a su famosa Constitución de 1787. Hasta ahora, se han adoptado 27 enmiendas. Eso no ha sido suficiente para muchos críticos en EEUU, que han exigido que la totalidad de la constitución sea revisada, ya que se basa en principios que tenían sentido hace tres siglos, pero que hoy ya no lo tienen. Un juez del Tribunal Supremo declaró: «La Constitución de Estados Unidos no está viva. Esta muerta, muerta, muerta».

EL PROBLEMA para España no es de ninguna manera similar al de Reino Unido o EEUU. De hecho, el problema en España no tiene nada que ver con la constitución. Es el argumento principal del presente artículo. La constitución original de Estados Unidos, como De Tocqueville señaló en 1835, fue elaborada por las colonias que tenían «la misma religión, el mismo idioma, las mismas costumbres, y casi las mismas leyes; que estaban luchando contra un enemigo común; y estas razones eran suficientemente fuertes como para unirlas una a otra, y consolidarlas en una sola nación». Cuando las colonias se dieron cuenta de que aún había problemas sobre la planificación de un gobierno común, se dedicaron a elaborar una nueva constitución basada en el federalismo y la separación de poderes. Los estadounidenses siguieron, de todos modos, siendo conscientes de que eran «una nación». Eso, en esencia, fue el logro.

Un pueblo puede crear una constitución para sí mismo cuando es consciente, como los americanos lo eran, de ser una nación. Por el contrario, los españoles han sido incapaces de crear una constitución viable porque nunca han alcanzado la conciencia de ser una nación. Esa es la falacia detrás de cualquier intento de crear o reformar una constitución para España.

El fracaso de España como nación estaba muy claro para algunos de los inspiradores de la Constitución española de 1978. Juan Linz, con quien hablé por primera vez hace muchos años en Harvard, tenía una clara percepción de que España era un paradigma de la tentativa frustrada de crear un Estado y del fracaso en construir una nación, y que cualquier intento de hacerlo sería a la vez inviable e indeseable. Señaló en uno de sus ensayos que «el resultado final del proceso de construcción del Estado español no era como el francés, el portugués, o incluso el italiano o el alemán, ni tampoco era como el británico... No tuvo un éxito completo en la construcción de un Estado-nación». También reconoció Linz plenamente un corolario importante de este fracaso, a saber, la existencia de una tradicional, incluso reaccionaria, resistencia por parte de algunos castellanos a aceptar la existencia de otras lenguas y pueblos en España.

La insistencia en la idea de una constitución española, y al mismo tiempo el hecho de no reconocer que España es una sociedad multinacional, es tal vez el mayor impedimento para cualquier propuesta de reforma. De hecho, algunos tradicionalistas en todos los principales partidos políticos, tanto en el PSOE como en el PP, incluso piensan que la constitución puede ser utilizada como un freno para controlar las pretensiones de los nacionalismos de las comunidades autónomas. Un ejemplo de ello fue el conflicto suscitado hace algún tiempo cuando se utilizó el Tribunal Constitucional en contra de la adopción del término nación por el Parlamento catalán.

HAY MUCHAS formas en que la C onstitución existente se puede cambiar o mejorar, pero sería un profundo error imaginar que unas palabras escritas en un trozo de papel pueden ser el principio de una solución. El sentido común sugiere que la primera solución debe buscarse en la realidad del día a día de la negociación política entre los ciudadanos, las organizaciones y los partidos. Sólo ellos pueden decidir si realmente existe una «unión indisoluble de la nación española, patria común de todos los españoles», una frase de la Constitución de 1978 que por lo general da lugar a reacciones más emocionales que a una reflexión. Desde este punto de vista, no tendría ningún sentido tener un referéndum de opinión después de reformar una constitución. El referéndum se debería celebrar antes de crear un documento, para ver si las condiciones son apropiadas para hacer algún esfuerzo para comenzar una tarea que hasta los bienintencionados autores de la Constitución de 1978 no pudieron resolver.

La fuerza de cualquier sociedad en el mundo moderno debería venir de su conciencia de ser una nación unida, es decir, el orgullo de compartir orígenes, valores y aspiraciones comunes. Ese orgullo se puede ver en la participación en símbolos como un himno nacional o un panteón nacional de héroes. Nada de esto es posible conseguir a través de una constitución. Un caso típico fue el reciente intento de un grupo de teóricos de crear una absurda constitución catalana para un pueblo -los catalanes- que (al menos en el ámbito del régimen de Mas-Junqueras) no tiene ninguna de las características de una nación unida. Es cierto que muchos españoles tienen serias dudas sobre el camino que les espera, pero a lo mejor ese camino no será a través de esfuerzos para cambiar la constitución.

Henry Kamen es historiador británico. Su último, publicado por La Esfera de los Libros en 2014, es España y Cataluña. Historia de una pasión.

Dr. Kim Holmes
La política exterior de Obama, un fracaso
Fundación Heritage Libertad Digital 11 Febrero 2015

Tras asumir el cargo, el presidente Obama se embarcó en uno de los experimentos más arriesgados de la historia americana. Decidió poner en práctica cómo sería el mundo si Estados Unidos abandonara su papel como garante de la estabilidad global y asegurador del orden internacional.

Seis años más tarde, ya lo sabemos.

Cuanto más nos retirábamos, más inestable se volvía el mundo. Cuanto más tratábamos de dejar que otros lideraran, menos podíamos influir sobre o controlar los acontecimientos. Hoy somos menos capaces de impedir la guerra y mantener la paz, y estamos mucho más expuestos al terrorismo, que cuando Obama accedió a la Presidencia.

Éstas son las conclusiones del capítulo que firmo con William Inboden, de la Universidad de Texas en Austin, en el nuevo manual de estrategia en política pública para el Congreso editado por Heritage Action for America. Nos propusimos entender el aprieto en el que está Estados Unidos a causa del fallido experimento presidencial y ofrecer una salida.

Nuestra situación es realmente grave. Una vez más, el terrorismo amenaza nuestra patria. Como nos hemos sustraído del mundo, numerosos territorios se han hundido en el caos y convertido en vivero de terroristas. La Administración ha cometido demasiados errores voluntarios: retirarse con demasiada rapidez de Irak (y probablemente de Afganistán); dejar de lado el conflicto sirio hasta que ya no se podía mirar para otro lado; renunciar a obtener cruciales datos de inteligencia al atacar a terroristas con drones en vez de interrogarlos; la liberación de presos de Guantánamo, que no han hecho sino volver a la lucha...

Los errores se derivan de la visión miope de que realmente no estamos en guerra contra el terrorismo. Ya ni siquiera los franceses se creen eso.

Y también tenemos el regreso de la rivalidad entre grandes potencias. La mayor vergüenza es el fracaso de la Administración Obama en su tristemente célebre política del reseteo con Rusia. El resultado ha sido la ocupación rusa de Crimea y otras partes de Ucrania, así como el nuevo desafío de Moscú al concierto de la Posguerra Fría en Europa. Obama puede hablar sin parar sobre "estereotipos obsoletos de la Guerra Fría", pero la nueva guerra fría con Moscú arrancó con él al mando, no con el presidente Bush.

Aunque estos son los problemas más obvios, hay uno mucho más grande. Ya se anda diciendo por ahí que Estados Unidos está barajando dejar de ser superpotencia. La principal razón es la desconfianza que hay en Obama como líder mundial, que se palpó con claridad cuando no envió a nadie de mayor rango que el de embajador a la manifestación por la matanza de Charlie Hebdo en París. Nuestra percibida debilidad ya forma parte de los cálculos de todos. Nuestros desatendidos aliados empiezan a buscar otro tipo de protección. Enemigos y rivales ven oportunidades que no se podían haber imaginado hace seis años.

¿Cómo revertir el rumbo? Harán falta más que palabras para rectificar después del fallido experimento de Obama.

Para empezar, tiene que haber un cambio fundamental en la manera de pensar. Tenemos que abandonar la idea de que dejar que las cosas pasen es menos peligroso que tratar de controlarlas. No podemos encargarnos de todo lo que sucede en el mundo, pero tampoco podemos darnos por vencidos, como si nos dominara la impotencia, o peor aún, implicarnos a medio gas, como estamos haciendo contra el Estado Islámico, porque eso es algo condenado al fracaso.

Cambiar de rumbo significa recuperar la iniciativa en la guerra contra el terrorismo, primero llamándola guerra real y, segundo, con el desarrollo de una política más coherente en materia de Estados débiles y fallidos, a fin de evitar que se conviertan en refugios de terroristas. Eso también significa invertir más en las Fuerzas Armadas de Estados Unidos.

Debemos recomponer y fortalecer nuestras alianzas y revitalizar nuestra política económica internacional. Nuestra falta de cuidado en asuntos de intercambio comercial y otras políticas económicas ha dejado el campo libre a China y a otros, que rápidamente han sabido llenar el vacío que dejamos. Eso es perjudicial para la economía de Estados Unidos y para la causa en su sentido más amplio de establecer normas y estándares internacionales para los negocios y las finanzas.

El gran experimento de Obama ha fracasado. Redoblar esfuerzos sobre unas premisas erradas no producirá mejores resultados. Hace falta un nuevo rumbo, hacia lo que realmente funcionó bastante bien durante décadas: un Estados Unidos fuerte dedicado a liderar el Mundo Libre.

©2014 Libertad.org
* Traducido por Miryam Lindberg

Historia
Tocqueville frente al islam
Julián Schvindlerman Libertad Digital 11 Febrero 2015

Tras los infames atentados en París a inicios de año, los franceses corrieron a librerías y bibliotecas para conseguir un libro escrito en 1763: el Tratado sobre la tolerancia de Voltaire. Uno debiera ser disculpado por pensar que, dado que los perpetradores habían sido musulmanes y las víctimas francesas, quizás quienes debían leer esa obra eran los musulmanes más que los franceses. Pero ya que estos últimos se han mostrado ávidos por los grandes pensadores clásicos que su cultura legó a la humanidad, una buena lectura complementaria sería Notes sur le Coran et autres textes sur les religions de Alexis de Tocqueville. La obra les permitirá conocer las impresiones poco complacientes con el islam de este notable escritor y político francés de mediados del siglo XIX. (Existe una traducción al español de Fernando Caro, comentada por Jean-Louis Benoît, editada en Madrid).

El contexto en que Tocqueville lee y toma notas sobre el Corán -1838 en adelante- es uno en que varios de sus colegas se declaran admiradores del islam y no pocos académicos europeos (entre ellos muchos judíos) han comenzado a presentar una imagen benigna de esa fe oriental ante sus contemporáneos. Francia acaba de empezar la colonización de Argelia y Tocqueville realiza dos viajes allí, en 1841 y 1846, para conocer en profundidad la cultura y la religión que han entrado en contacto con las suyas. Tras su lectura concluye, en palabras de Benoît, que "la religión de Mahoma no sólo tiene una insoportable propensión a multiplicar las llamadas a la guerra y la matanza de infieles, sino que además deja realmente poco espacio a la libertad", que "históricamente, y por su naturaleza profunda, esta religión daba la espalda al futuro, al progreso y a la democracia", y que el islam, "al ir a contracorriente del desarrollo histórico y científico, está condenado por ello a la decadencia porque es incompatible con la democracia que representa el futuro inevitable de las sociedades modernas”.

Entre sus propias anotaciones surgidas de la lectura del Corán, Tocqueville observa la "magnífica recompensa para los que mueren empuñando las armas", la "violencia del lenguaje de Mahoma, principalmente dirigida contra judíos e infieles", la “autorización y mandato de matar infieles”, la “santidad de la guerra santa, jaleada a la vez con energía y violencia”, y las cruentas condenas a quienes no sigan la fe musulmana: "Todos los infieles serán congregados en el infierno", "Los infieles tendrán las llamas por recompensa" y “El fuego es la morada eterna para los infieles”, entre otras muchas aseveraciones del tipo.

Su primera reacción ante el Corán quedó contenida en una carta enviada a su primo Luis de Kergorlay, en marzo de 1838:
La doctrina de que la fe salva, que el primero de los deberes religiosos es obedecer ciegamente al profeta, que la guerra santa es la primera de todas las buenas obras…, todas estas doctrinas cuyo resultado práctico es obvio, se hallan en cada página y casi en cada palabra del Corán.

Y agrega:
Las tendencias violentas y sensuales del Corán chocan de tal modo a la vista que no concibo que escapen a un hombre con sentido común. (…) Mahoma ha ejercido sobre la humanidad un poder inmenso que creo, en definitiva, ha sido más perjudicial que provechoso.

Tocqueville se muestra sorprendido por la simpatía con que algunos de sus coetáneos ven al islam. "Usted parece tener una cierta debilidad por el islamismo", le responde Joseph Arthur de Gobineau en 1843, quien le había confesado lamentar no haber recurrido nunca a él para que le pusiera, ceremoniosamente, el turbante en la cabeza, "lo que, debo admitirlo, me hubiera halagado especialmente", le confesará el conde. En 1855 Gobineau envía una misiva a Tocqueville desde la embajada de Francia en Teherán, donde trabajaría por tres años, en la que dice que los iraníes son “unos pícaros que parecen nuestros primos, y creo que pudiéramos decirnos con cierta justicia: en un futuro próximo seremos así”. Las simpatías proislámicas de Gobineau resultan llamativas, habida cuenta de que fue uno de los fundadores del racismo científico. Sea como fuere, Tocqueville le escribirá:

Los turcos son unos torpes que la naturaleza parece haber destinado exclusivamente a ser engañados y derrotados por todo el mundo. Pero usted vive ahora en medio de una nación musulmana que, si hemos de creer a los viajeros, es inteligente, incluso refinada, ¿qué le arrastra desde hace siglos a esta inexorable decadencia?

Ya en 1844, Tocqueville había mencionado la decadencia del mundo islámico en una carta a su amigo Richard Monckton Milnes:
Únicamente me parece que, como Lamartine, usted ha regresado de Oriente un poco más musulmán de lo conveniente. No sé por qué hoy en día muchas mentes tan brillantes muestran esta tendencia. Por mi parte, en mi contacto con el islam he sentido… efectos totalmente opuestos. A medida que he conocido mejor esta religión, mejor he comprendido que sobre todo surge de ella la decadencia que afecta, cada vez más a nuestra vista, al mundo musulmán.

Alexis de Tocqueville tuvo una virtud y gozó de un beneficio. Su virtud fue su mente privilegiada y un poder de observación desafectado de toda corrección política. Su beneficio fue haber vivido en una época en la que el pensamiento original todavía triunfaba por sobre las convenciones intelectuales reconfortantes y las ilusiones de moda. Tuvo también buena fortuna: el término islamofobia aún no había sido acuñado. De haber divulgado sus ideas sobre el islam ciento setenta años más tarde, la casta progresista global -esos guardianes del biempensar-, qué duda cabe, lo habrían aniquilado.

julianschvindlerman.com.ar

“El islam nunca tuvo por meta convivir pacíficamente”
Guillaume Bernard. Minuto Digital 11 Febrero 2015

profesor universitario en el Institut Catholique d´Etudes Supérieures |

La práctica totalidad de la clase política se obstina en proclamar como evidente la heterogeneídad del islam y del islamismo así como la compatibilidad del primero con la República (y no, por cierto, con la cultura francesa). Cualquiera que disienta de esa afirmación es puesto inmediatamante fuera del círculo de las gentes respetables. Se ha vuelto díficil discutir de las ambicioines políticas del islam sin ser instantáneamente denunciado como islamófobo.

Guillaume Bernard_0Hay varias razones. Sin duda, algunos políticos quieren evitar sinceramente la estigmatización de los musulmanes, que son en principio pacíficos. Otros, más cínicos, intentan ciertamente proteger intereses electorales y conservar (¿por cuánto tiempo?) la paz social al precio de sacrificar la cultura autóctona y el poder público en ciertos lugares abandonados a organizaciones criminales o de encuadramiento religioso. Otros, más estrategas, hacen gala de mayor prudencia: sabiendo que existen territorios en vías de secesión, quieren evitar, antes de que sean tomadas medidas más firmes, la concienciación y la unión de la masas musulmanas todavía divididas en varias sensibilidades.

Sin embargo, es ante todo el orgullo lo que lleva a la mayoría de los políticos a una asombrosa ceguera mental que se manifiesta por el rechazo obstinado de ver el caracter imperialista del islam(simo). No pueden cambiar de política de inmigración, reconocer que las sociedades multiculturales son hiperconflictivas y que la asimilación de los inmigrantes (su conversión a la cultura francesa) no ha sido favorecida, sin confesar que desde hace décadas se han equivocado y/o mentido a los franceses. Se ven abocados a persistir en su error. Tienen una fe ciega en el crisol republicano, y están dispuestos a disimular todavía, después de las naturalizaciones masivas, el reemplazo demográfico diseminándolo por el conjunto del territorio. Los que denuncian estos errores no serían más que racistas.

Los políticos analizan el islam según sus criterios y no los del propio islam y se condenan por ello a no comprender nada a su ontología. Es así que reducen el islam a una fe individual, descartando su naturaleza política y jurídica. Piensan que estando circunstrito a la esfera privada, el islam es soluble en la ley. A esto se añade una convergencia intelectual formal. Islamistas y “republicanos” no están de acuerdo a priori sobre las dispocisiones de la ley, pero comparten la misma concepción en cuanto a su fuerza deóntica: hay que obedecerla, no porque permite realizar el bien, sino porque es la expresión de la voluntad supuesta del poder superior. En este esquema, muy alejado de la tradición clásica occidental, la misión a la ley es buena por principio. Es, pues, técnicamente posible colaborar con el proceso de isoamización en marcha, como lo anticipa Houellebecq en “Sumisión”.

Autoengañándose, los políticos cuentan con el islam “moderado” para vencer a su versión radical. Se niegan a ver que esta diferencia sólo es de recibo en términos de medios y no de fines, ya que todas las formas del islam tienen el mismo objetivo: ¡la conquista! La hostilidad hacia Occidente no es el resultado del actual materialismo de este último. Su expansión militar comenzó desde su nacimiento en el siglo VII, en una época en que la civilización cristiana del Mediterráneo no practicaba el culto del dinero. La animosidad de los islamistas no apunta únicamente, porque los frena, a la laicidad. Los cristianos de Oriente y de África convertidos a la fuerza, reducidos a la esclavitud o masacrados no son precisamente los mayores defensores de esa laicidad. Ya sea “hard” (guerra militar) o “soft” (guerra cultural), la yihad busca el reino de la sharia. El islam nunca ha tenido como meta la conviviencia pacífica con las demás religiones, sino que siempre ha tratado de imponerse a ellas y sustituirlas.


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