AGLI Recortes de Prensa  Domingo 5 Abril 2015

¡Digan la verdad! ¡El problema es de solvencia!
Juan Laborda  www.vozpopuli.com 5 Abril  2015

Nos encontramos ante uno de esos momentos históricos que serán recordados como uno de los mayores fracasos de la teoría y política económica moderna. Esperemos, al menos, que permita colocar en su sitio a la ortodoxia económica dominante, ésa que nació a golpe de talonario, al albor de Ronald Reagan y Margaret Thatcher, el "Consenso de Washington", y que tanto dolor, sangre y sufrimiento han generando. Me refiero, obviamente, a esa labor tan saludable de reutilizar tanto papel mal empleado a otros menesteres más productivos.

Digámoslo claramente, el sistema financiero mundial ya no posee capacidad productiva alguna para generar suficientes ingresos que permitan mantener los valores actuales de los activos. Los mercados se niegan a reconocer esta realidad, pero lo harán. Y les aseguro que la crisis inmobiliaria, ante la que se avecina, será un juego de niños. Y luego nos dirán lo de siempre, que nadie avisó, que son "shocks exógenos", cuando ¡todo lo que va a suceder es endógeno al funcionamiento del sistema! Sería deseable que llegado ese momento, al menos, existieran políticos con agallas suficiente para hacer lo justo, y someter definitivamente al poder del dinero organizado.

Los inversores, especialmente los bancos occidentales, esos que tanto "adoran" el libre mercado, llevan años, desde finales del siglo pasado, llamando a la puerta de los bancos centrales. Mendigan para que les suministren ciertas dosis de elixir -tipos de interés cero, expansión cuantitativa,...- que permita, según ellos, resolver los problemas económicos del mundo. Actúan y se comportan como toxicómanos. Su miopía, su falta de reconocimiento de que los bancos centrales -Reserva Federal, Banco Central Europeo,...- han fracasado a la hora de generar un crecimiento económico sostenible, mientras contribuyen a un incremento brutal en las desigualdades, es inexplicable. Los bancos centrales hace tiempo que dejaron de ser los guardianes de la estabilidad financiera. En realidad, la están socavando.

Tipos de interés negativos como síntoma
Cuando una economía como la europea, con billones y billones de euros de deuda, establece exógenamente, ¡pues claro que exógenamente!, tipos de interés negativos, éstos son un signo evidente de fracaso de la política económica. Sin embargo, la élite política calladita, muda, sin entender absolutamente nada. De los de aquí, mejor ni mencionar la bicha.

Mario Draghi o Ben Bernake, y su predecesora Janet Yellen, simplemente han destrozado, derribado los mercados de bonos europeos y estadounidenses. ¿Y los fondos de pensiones? ¡Qué hilarante escuchar a aquellos que pregonan un sistema privado de pensiones! A los precios actuales, el 99% de ellos darán pérdidas. Elemental, es el riesgo precio señores, obviado por la ortodoxia y una gran parte de inversores. Les recomiendo encarecidamente que lean a Jeremy Grantham, de la gestora estadounidense GMO, y a John Hussman de Hussman Funds. Además de conocer qué es el riesgo precio, y proteger sus ahorros, se adentrarán en un análisis de economía financiera y teoría económica diferentes.

Los tipos de interés negativos son un síntoma de fracaso de la política económica y una violación de los principios mismos de la economía capitalista. El proceso de descomposición del sistema no encuentra parangón histórico. Hace treinta años se favoreció una globalización donde el libre mercado promocionaba bajadas salariales continuadas, mientras, sin prisa pero sin pausa, se iban eliminando todos y cada uno de los resortes que daban una mínima seguridad a las familias, es decir, se desmantelaba, por estos lares occidentales, el estado del bienestar, en aras de la competitividad. ¡Qué no se puede mantener, decían los cachondos!


Pero a la vez, se trataba de contentar a la ciudadanía con unas políticas monetarias excesivamente laxas, que unidas a unos bancos cuyas actividades comerciales y de inversión se entremezclaban y se apalancaban sin límites, incentivaron un endeudamiento masivo de familias y empresas. Y luego, boom, se montó la de "San Quintín", pero ahora sí que había dinero de todos para rescatar a banco, faltaría más. A partir de aquí, lo ya conocido: ausencia de reformas reales -reordenación y reducción del sistema bancario; reestructuración de la deuda-; diseño a la medida de aquellos que la liaron, deuda y más deuda, ahora pública también. Y para rematarlo, más cicuta, occidente no puede sobrevivir sin generar nuevas burbujas. De ahí el actual subproducto de las políticas económicas fallidas, tipos de interés negativos, de nula utilidad para derrotar la deflación y estimular el crecimiento económico.

¡Es la solvencia, estúpidos!
Mientras que la economía mundial se enfrenta a un problema de solvencia vinculado a una acumulación excesiva de deuda, los bancos centrales del mundo están llevando a cabo políticas diseñadas para un problema de liquidez. ¡Basta ya de tantas mentiras! Los bancos mundiales se enfrentan a billones de euros, dólares, o la moneda que deseen, de deudas incobrables fuera de balance que eventualmente deben ser finiquitadas o resueltas, es decir, dadas de baja, y que lleva lastrando el crecimiento económico durante muchos años. Estas deudas son de todo tipo, desde los préstamos de los bancos alemanes a Grecia, hasta los préstamos con garantía hipotecaria en los Estados Unidos, o la deuda en dólares de empresas emergentes.

Los bancos y los gobiernos se niegan a reestructurar, es decir, a cancelar estas deudas incobrables, ya que hacerlo, según ellos, podría provocar pérdidas de capital para los bancos y los gobiernos. En este contexto la FED y el BCE han decidido abordar la cuestión de la deuda mediante la confiscación lenta del valor de los activos financieros a los ahorradores a través de tipos de interés negativos. Primero hunden a los deudores, y ahora se pasan por la piedra a los ahorradores. Y todo por no abordar directamente el problema, la deuda incobrable.

Como resultado, la capacidad de la economía mundial para pagar el servicio de la deuda existente, y las futuras promesas ya ha llegado a su límite. Se acabó el juego. Ya solo quedan como únicas soluciones posibles la devaluación de las divisas -guerra de divisas-, la inflación o el default, es decir, la quiebra. Nos aproximamos al final del súper-ciclo de deuda que comenzó hace 30 años con esos tipos tan adorados por el establishment, Reagan & Thatcher.

La traición de Merkel y el susto de Rajoy
Europa se traiciona a sí misma. La estrategia con Grecia no funciona. Probablemente, porque los fundamentos sobre los que se construyó se han diluido en manos de una clase política oportunista
CARLOS SÁNCHEZ El Confidencial 5 Abril  2015

Recordaba hace unos días Bernard-Henry Lévy una reciente portada del semanario alemán Der Spiegel que mostraba a la canciller Merkel, bajo los pies de la Acrópolis, rodeada de oficiales nazis. Merkel mira en la imagen hacia el cielo de la luminosa Atenas, como dando las gracias a los dioses griegos por haber alcanzado sus últimos objetivos

La portada, como comentaba el filósofo francés, no era más que una obviedad. O una simplificación de la historia, como se prefiera. Buena parte de la opinión pública piensa que la Vieja Europa se está construyendo al diktat de Alemania. Muy parecido -aunque en sentido contrario- al que soportó el pueblo alemán tras la firma del Tratado de Versalles.

Ese sentimiento existe no sólo en Grecia, también está presente en los países intervenidos y en otros lugares que no necesitaron asistencia financiera, pero que en su reciente memoria colectiva cuentan con suficientes certezas que ponen negro sobre blanco que es Alemania -y sólo Alemania- quien dirige los pasos de Europa.

Más allá de la banalización del dolor que supone identificar a Merkel o a la Alemania del siglo XXI con el horror y el espanto del nacionalsocialismo, lo cual hiere a cualquier conciencia democrática por exigua que sea -y es hasta de mal gusto-, lo cierto es que esa sensación existe.

Hoy, como reconoció hace unas semanas el ministro heleno de Finanzas, el mediático Varufakis, los griegos se vuelven contra los alemanes; los alemanes, contra los griegos, y, a medida que más países han ido afrontando las penalidades fiscales con elevadas tasas de desempleo y bajos crecimientos, Europa ha acabado por revolverse contra sí misma. Como muy probablemente se verá en las próximas elecciones británicas, donde también el bipartidismo sufrirá un fuerte castigo.

La causa de la decepción general con el orden surgido tras 1945 tiene que ver con que el continente -y lo que representa- comienza a traicionarse a sí mismo, y en particular Alemania y sus países satélite, que en ocasiones parecen haber olvidado los cimientos ideológicos y humanísticos sobre los que se reconstruyó Europa en circunstancias mucho peores que las actuales. La probable salida de Grecia del euro -las próximas tres semanas son decisivas- es el mejor exponente de ese fracaso colectivo. En particular por la responsabilidad de los propios griegos y su desastrosa política económica, pero en general a causa de tener en estos momentos una de las peores clases políticas desde 1945.

Política, solo política
El Grexit, sin embargo, suele analizarse casi exclusivamente como un fenómeno estrictamente económico (solo parece preocupar su influencia sobre la evolución de los mercados financieros), cuando en realidad es un problema de naturaleza política, y solo política. El diseño de la unión monetaria, como bien sabe Alemania, se hizo por razones políticas al margen del rigor económico, por lo que solo a la política corresponde resolver los problemas. La masiva incorporación de los antiguos países del Este en la UE -y ya algunos de ellos en la zona euro- es la mejor prueba de ese impulso ajeno en muchos casos a la racionalidad económica.

El economista alemán Herbert Giersch -de enorme influencia durante los gobiernos de Willy Brand, Schmidt o Helmut Kohl desde el Instituto de Kiel-, como recordaba hace unos días Jürgen Jeske, exeditor del Frankfurter Allgemeine Zeitung, sostenía que lo políticamente conveniente raras veces es económicamente beneficioso. Pero hay ocasiones en las que ocurre exactamente lo contrario. Y ahora que el propio Kohl cumple 85 años, bien merece la pena recordar que fue una decisión política -criticada con dureza por el Bundesbank y por casi todos los economistas ortodoxos- la que aceleró la reunificación alemana.

Cuando Kohl planteó que un marco de la RFA valía lo mismo que un marco de la RDA muchos lo consideraron un loco o un visionario que ponía en peligro el ‘milagro alemán’. Pero sin aquella decisión, tomada contra viento y marea y a espaldas de los mercados financieros, ni Europa sería hoy la misma ni por supuesto la propia Alemania (las reformas vinieron después). Fue el arrojo de un estadista -y probablemente de una generación de políticos de primer orden- quien cambió el destino de Europa. Y esta vez para bien.

Hoy Merkel, como el propio Rajoy u Hollande, aparece ante la opinión pública como meros gestores que presentan una cuenta de resultados a sus accionistas, que no son necesariamente los ciudadanos, pero sin capacidad de liderazgo alguno, justamente lo que define a la política. Lo contrario -bien lo sabe Europa- es el populismo, una vieja expresión de la barbarie ideológica que siempre dice a los votantes (casi siempre egoístas) lo que quieren oír. Y en España hay ejemplos muy cercanos y emergentes.

Remiendos o estrategia
La ausencia de liderazgo no tiene un origen biológico, sino que hay que relacionarla con la pérdida de orientación y hasta de solidez en la política económica, que convierte las decisiones de gobierno en meros remiendos desprovistos de consistencia. Se confunde, como dijo con lucidez en una ocasión el economista César Molinas, hacer política económica con el hecho de adoptar y aprobar muchas medidas para dar la impresión de llevar la iniciativa. Aunque muchas de ellas sean incoherentes y carezcan de cualquier sentido estratégico solo para lograr el aval de los mercados y el respaldo popular.

Las recientes rectificaciones del Gobierno Rajoy en materias como el tratamiento de los enfermos de hepatitis C o la asistencia sanitaria de los inmigrantes sin papeles -sin duda necesarias- inciden en esa idea de desgobierno y oportunismo que convierte a la política en un mero instrumento de persuasión y captación de votos. Y el hecho de que el Gobierno ‘celebre’ que en 2014 España haya vuelto a ser país de la Eurozona con mayor déficit público revela esa concepción de la política como un instrumento meramente especulativo.

Lo cierto, sin embargo, es que al gobierno que salga de las elecciones generales de noviembre -susto o muerte- le tocará hacer los ajustes que ninguna administración está dispuesta a realizar ahora, y que se tapan simplemente porque los tipos de interés se han desplomado gracias a la borrachera de liquidez que proporciona el BCE, y que está detrás del aumento de las bolsas.

Lo real es que el servicio de la deuda se comió el año pasado nada menos que 34.533 millones de euros (el 3,3% del PIB). Se trata de la cifra más alta jamás alcanzada por la economía española en términos absolutos y la más elevada en términos relativos desde hace dos décadas, lo que da idea de su dimensión en un contexto de caída de los tipos de interés. Sin duda porque el volumen de deuda pública continúa creciendo. Hasta el punto de que en el último trienio -pese a la subida de impuestos- este país se ha endeudado en 241.935 millones de euros. Sí, han leído bien.

Fue Ludwig Erhard, precisamente el padre del milagro económico alemán, quien sostenía -lo recordaba el antiguo editor del Frankfurter- que el capitalismo sin dirección se socavaba a sí mismo, pues los monopolios tienden a arrinconar a los mercados de bienes y servicios y se apropian del Estado.

Ahora bien, la sociedad humana, sostenía el gran Erhard, no funciona con las reglas de una colonia de termitas: el orden debe dejar sitio para la libertad y la individualidad. Y aplicar las mismas recetas a Grecia, Alemania o España -al paso que marca Berlín- es un sinsentido que resquebraja los cimientos de Europa y la hace inviable.

La arbitrariedad con Grecia, a quien se le exige mayor disciplina fiscal que a España -simplemente porque nuestro país es demasiado grande para caer y pone en peligro el futuro del euro debido a su dimensión-, forma parte de esa inconsistencia ideológica que convierte a los países en capricho de sus gobernantes.

Diez gráficos desmienten la austeridad
Rajoy gasta hoy 40.000 millones de euros más al año que Zapatero al inicio de la crisis
La 'austeridad' aplicada por el PP ha consistido en disparar los impuestos y en reducir la inversión pública, no el gasto estructural.
M. Llamas Libertad Digital 5 Abril  2015

http://www.libremercado.com/2015-04-03/rajoy-gasta-hoy-40000-millones-de-euros-mas-al-ano-que-zapatero-al-inicio-de-la-crisis-1276544688/
Ahora que ya se conoce el dato provisional de déficit en 2014 (5,8% del PIB), es posible actualizar la evolución de las cuentas públicas en España durante la crisis para comprobar si, efectivamente, ha existido o no austeridad por parte de la clase política.

Y lo que indican los datos oficiales es que, por mucho que se diga lo contrario, la manida austeridad española tiene mucho de mito y muy poco de realidad, ya que el conjunto del sector público gasta hoy mucho más dinero que al inicio de la crisis. Además, los escasos recortes acometidos son, en gran medida, coyunturales, puesto que se han centrado en reducir la inversión pública y no la estructura estatal, lo cual indica que aún queda mucho por hacer en materia de consolidación fiscal.

A continuación, se recogen los diez principales gráficos que desmontan la falacia de la austeridad en España, según los últimos datos oficiales facilitados por la Intervención General del Estado.

El gasto público crece un 10% durante la crisis
La primera gran cifra a tener en cuenta es, sin duda, el gasto público. Las Administraciones (Estado, CCAA, Entes Locales y Seguridad Social) gastaron un total de 461.474 millones de euros en 2014 (43,6% del PIB) frente a los 420.680 millones (38,9%) de 2007.

Así pues, el Gobierno del PP, con Mariano Rajoy a la cabeza, gasta hoy más de 40.000 millones adicionales que el Ejecutivo de José Luis Rodríguez Zapatero (PSOE) al inicio de la crisis financiera internacional, cuyo estallido tuvo lugar en el verano de 2007.

Difícilmente se puede hablar de austeridad pública si resulta que el Estado, lejos de reducir el gasto, lo ha aumentado de forma sustancial durante estos años de graves dificultades, hasta el punto de gastar un 9,7% más que en el pico de la burbuja crediticia, cuando las cosas, aparentemente, iban extraordinariamente bien.

De hecho, el gasto público alcanzó su nivel máximo a cierre de 2012, cuando rozó los 500.000 millones de euros, sumando así unos 79.000 millones extra a los Presupuestos (+18,7%). Desde entonces, se ha reducido en cerca de 38.000 millones. Sin embargo, cabe tener en cuenta que aquí también se está contabilizando el rescate de las cajas de ahorros, cuyo coste total asciende ya a 50.698 millones de euros desde 2010, cuando el Estado empezó a inyectar dinero público en las entidades insolventes.

Si se excluyen las ayudas financieras, se observa que el gasto crece en algo más de 73.000 millones entre 2007 y 2009 (+17,4%). Desde entonces, se ha reducido en algo más de 33.000 millones (-6,8%), pero, en realidad, el grueso de los ajustes se concentra tan sólo en dos ejercicios muy concretos: 2011, último año de Zapatero en el Gobierno, cuando el gasto baja en más 9.000 millones de euros (-1,9% interanual), tras la congelación de las pensiones y el recorte de sueldos públicos; y 2012, primer año de Rajoy en el poder, cuando cae en 23.000 millones adicionales (-4,8% interanual).

Sin embargo, desde el cierre de 2012, el nivel de gasto público permanece anclado en 460.000 millones de euros. Es decir, tanto en 2013 como en 2014 no hubo recortes de ningún tipo.
El recorte se centró en la inversión pública

Ahora bien, ¿qué recortó el PP? ¿Redujo de forma sustancial el Estado del Bienestar y el gasto social, tal y como denuncian oposición y sindicatos? Los datos también desmontan esta afirmación.

El escaso ajuste acometido por Rajoy se concentró, básicamente, en revertir el aumento de plantillas públicas que protagonizó Zapatero durante los primeros años de crisis (el empleo público creció en más de 300.000 personas entre 2007 y 2011) y en reducir de forma sustancial la inversión en infraestructuras y obra pública, tal y como muestran los siguientes gráficos.

El gasto corriente, en donde se incluyen las principales prestaciones y servicios públicos, apenas ha caído en 5.000 millones de euros desde 2011 (-1,1%) y, de hecho, ha aumentado ligeramente si se toma como referencia su peso en el PIB debido a la fuerte recesión sufrida años atrás: el gasto corriente ha pasado de representar el 40,6% del PIB en 2011 al 40,8% en 2014.

Pero lo más relevante es que se ha disparado en casi 75.000 millones de euros durante la crisis, un 21% más, pasando del 33,1% del PIB en 2007 al 40,8% actual.

Dentro del gasto corriente se incluye la factura total de los sueldos públicos. En este sentido, es cierto que el recorte de plantillas acometido desde 2011 ha reducido el coste de personal en 8.000 millones de euros (-6,6%), pero esta partida sigue siendo hoy 7.000 millones superior a la registrada en 2007. Es decir, pese a todo, el dinero destinado a sueldos públicos ha crecido más de un 6% durante la crisis.

El grueso de los recortes aplicados durante la crisis, por el contrario, se ha centrado en la inversión pública, una partida más coyuntural que estructural, ya que no afecta al funcionamiento básico del Estado: 18.000 millones menos desde 2011 (-47%) y 28.000 menos desde 2007 (-57,3%).

El Estado gasta un 15% más de lo que ingresa
Y lo grave es que las cifras demuestran que las cuentas públicas sufren un problema estructural, ya que el nivel de gasto -excluyendo las ayudas financieras- ha seguido creciendo durante la crisis, mientras que la recaudación fiscal se ha hundido en más de 40.000 millones de euros, a pesar de las constantes e históricas subidas de impuestos aplicada por PSOE y PP en los últimos años.

Como consecuencia, el Estado continúa gastando a día de hoy un 15% más de lo que ingresa por vía fiscal. El Gobierno de Rajoy confía en reducir esta brecha gracias a la recaudación adicional derivada del crecimiento económico, pero, tal y como advierte el Banco de España, será muy difícil recuperar el nivel de ingresos previo a la crisis. Los ingresos fiscales extra que generaba la burbuja inmobiliaria no regresarán, de modo que habrá que reducir más el gasto para cuadrar las cuentas.

Elevado descuadre fiscal
Pero la prueba más evidente de la ausencia de austeridad es el mantenimiento de un agujero fiscal elevado, tal y como sucede en la actualidad siete años después del estallido de la crisis. El déficit público rondó los 62.000 millones de euros el pasado año, equivalente al 5,8% del PIB, superando ligeramente el límite marcado por Bruselas.

Además, se observa que, una vez excluido el rescate de las cajas, la reducción del déficit ha sido mínima desde 2012. Incluso excluyendo el pago de los intereses, la diferencia entre ingresos y gastos (déficit primario) supera los 27.000 millones de euros.

Como resultado, España registra hoy uno de los déficits más elevados de Europa y de la OCDE. Además, aunque el PP ha logrado reducir esta brecha en un total de 3,6 puntos del PIB en lo que va de legislatura, el grueso del ajuste se concentró en 2012 (-2,3 puntos) y, en todo caso, el esfuerzo de consolidación se ha repartido al 50% entre recortes de gasto (especialmente, inversión pública) y fuertes y generalizadas subidas de impuestos a familias y empresas.

La deuda y los intereses se duplican
Otro indicador que evidencia la falta de austeridad es tanto la evolución de la deuda como su coste, ya que ambos se han más que duplicado durante la crisis. Por un lado, la deuda ya supera ampliamente los 1,03 billones de euros, tras crecer en 290.000 millones desde 2011 y en más de 600.000 millones de euros desde 2007, pasando del 35,5% del PIB al 97,7% en 2014.

Y, como consecuencia, el gasto destinado al pago anual de intereses sobre la deuda ha subido en más de 8.000 millones de euros bajo el Gobierno del PP (+31,2%) y en 17.600 millones desde el inicio de la crisis (+104,4%). Esta partida representó el 3,3% del PIB en 2014, algo más de 34.000 millones de euros... Y creciendo.

Y, en efecto, el independentismo catalán se coció en su salsa
Jesús Cacho  www.vozpopuli.com 5 Abril  2015

Tras imaginar una Cataluña independiente reflejada en el espejo de Kosovo, Letonia y otros países no particularmente atractivos como los citados, los apóstoles del independentismo tuvieron el buen sentido de colocar por fin su punto de mira en Dinamarca, la rica Dinamarca y su impresionante Estado del Bienestar financiado con unos impuestos que cualquier conspicuo liberal calificaría de confiscatorios.

“¿Cuál es la diferencia entre vivir hoy en Dinamarca, un país donde la vida es cómoda, próspera, segura, incluso aburrida y muy larga, o en Siria, donde es violenta, impredecible, miserable y, para demasiados sirios, muy corta?” se pregunta David Runciman, profesor de ciencias políticas en Cambridge, en un ensayo ('Política', Ed. Turner) recientemente traducido al español. “Lo que distingue a Dinamarca de Siria es la política”. El primero es un país con un sistema democrático en el mejor sentido del término. El otro es un Estado fallido. “La política no crea las pasiones y los odios humanos; tampoco es responsable de las catástrofes naturales o las recesiones económicas, pero puede agudizarlas o mitigarlas”. Todo es política. Buena o mala política. La política de la sensatez frente a la política de la confrontación y los sueños identitarios. Por eso frente a las tesis que tratan de criminalizarla como una actividad deleznable, la política se yergue como un instrumento decisivo que nos permite vivir en sociedad y nos procura el bienestar y la seguridad personal. Por eso es tan importante la política en nuestros días. La buena política, frente a la que imagina paraísos perdidos donde nunca existieron, viajes a Ítaca que nunca llegarán a destino, quiebras de la paz social, inestabilidad y pobreza. Dinamarca o Siria.

Tras imaginar una Cataluña independiente reflejada en el espejo de Kosovo, Letonia y otros países no particularmente atractivos como los citados, los apóstoles del independentismo tuvieron el buen sentido de colocar por fin su punto de mira en Dinamarca, la rica Dinamarca y su impresionante Estado del Bienestar financiado con unos impuestos que cualquier conspicuo liberal calificaría de confiscatorios. Pero el ejemplo danés ya no es lo que era ('El modelo nórdico se agrieta y plantea nuevas reformas', Vozpopuli 15 de marzo), y es poco probable que los catalanes compren esa idea de convertir Cataluña en Dinamarca que le vende una elite política cuyo sueño consiste en poner sus dineros a buen recaudo en Andorra y otros paraísos fiscales. Es preciso disponer de un humor excelente para tolerar las contradicciones de un nacionalismo burgués cuyo líder, Artur Mas, aseguraba el lunes en Gerona que “Recular [apearse del soberanismo] implicaría perder la capacidad de decisión, la dignidad como pueblo”, como si la dignidad de ese pueblo -la del pueblo español en general- no hubiera sufrido ya lo suyo en la rambla de corrupción que anega la Cataluña del 3% -o del 6%, vaya usted a saber-, cuyo estandarte es la corrupción de esa especie de royal family autóctona que encarna el matrimonio Pujol Ferrusola e Hijos.

Y sí, tiene razón Arturo, el independentismo está reculando, entre otras cosas porque es muy difícil vivir en el grado de ensimismamiento (“vivo sin vivir en mí”, que decía la santa) que exige un viaje como el que propone la alianza entre Mas y Junqueras, dos líderes de ideologías dispares que sinceramente se detestan como todo el mundo sabe. Y está reculando tanto que, desde el subidón identitario que supuso el amago de consulta del 9-N, nada se ha sabido de la movida catalana durante semanas, incluso meses, en un país, España, pendiente de otras cuestiones tan excitantes como ese no-idilio pero mucho más importantes. La publicación el 18 de marzo de los datos del Centre d’Estudis d’Opinió –el CIS de la Generalidad- de su primer barómetro de 2015 supuso un auténtico jarro de agua fría para las aspiraciones nórdicas del independentismo, al poner en evidencia que la suma de escaños de CiU y ERC no alcanzaría ahora la mayoría absoluta y, sobre todo, que el 54,4% de los encuestados no se siente independentista, frente al 42,4% que sí. Una deferencia de 12 puntos, que hace añicos la supuesta partición de la Comunidad en dos mitades casi idénticas.

El mecano nacionalista va perdiendo piezas por el camino
Para una gente que lleva tantos años aferrada a la matraca identitaria (esto sí que es tamborrada y no la de Calanda), con todo a favor, con los medios de comunicación entregados a la causa, con dinero sin límite para gastar en organizaciones “transversales” tipo Òmnium o ANC (pura sociedad civil subvencionada), y sin contrincante enfrente, tiene que ser muy frustrante que casi el 55% de los catalanes comparezca y diga que no compra esa mercancía y que quiere le dejen en paz. Porque lo más asombroso del procès es que el nacionalismo está jugando el partido en casa y sin contrario, sin enemigo enfrente, porque el Estado no ha comparecido, Mariano Rajoy y su Gobierno llevan años haciendo mutis por el foro, sin entrar al trapo, sin echar leña al fuego, sin alimentar el victimismo de los de siempre, simplemente esperando que la tripulación independentista se pierda en el mar de los Sargazos de su impericia, dejando que se cueza en su propia salsa.

De donde se colige que el señor Rajoy –y no se me amontonen los lectores dispuestos a degollar sin piedad a quien tenga la osadía de no poner a parir al Presidente-, tan criticable por tantas razones, puede que no lo haya hecho tan mal a la hora de no-afrontar un problema con el que, como recuerda la célebre sentencia de Ortega, no queda más remedio que convivir. El suflé ha bajado, bien cierto; el mecano va perdiendo piezas por el camino, empezando por la propia CDC, convertida hoy en un retrato en sepia de lo que fue, con un Duran i Lleida que, pese a su camaleonismo congénito, es seguro que no aceptará ir de la mano de Mas hasta el filo del barranco. Y siguiendo por una ICV que tampoco parece dispuesta a actuar de comparsa por más tiempo, y terminando por un Ciudadanos capaz de neutralizar con ventaja la sangría de PPC y PSC, y un Podemos cuya irrupción en el antaño “estanque dorado” ha sido la bomba que ha hecho saltar por los aires los planes del independentismo más añejo.

El suflé ha perdido altura, pero no ha desaparecido ni mucho menos. La realidad es que un tercio, grosso modo, de los catalanes apoya las tesis independentistas, lo cual convierte la situación de un polvorín que amenaza la paz y la prosperidad de los 2/3 restantes. En ello andábamos, cuando el independentismo ha optado por una nueva vuelta de tuerca, patada a seguir o hilo a la cometa (el desembarco en la Cataluña nórdica iba a tener lugar en 2014, después en abril de 2015, y ahora parece que será en mayo de 2017), con una hoja de ruta remozada que convierte en plebiscitarias las eventuales autonómicas del 27 de septiembre. Mas, un tipo desacreditado donde los haya, sigue empeñado en llevar hasta el final su desafío al Estado, arrastrando a Cataluña incluso a un enfrentamiento directo con el resto de una España en la que los catalanes siempre jugaron un papel esencial, aunque ello implique situarse en una posición de abierto desacato a la ley y, lo que es peor, sabiendo que esa aventura es pura quimera, porque ningún país europeo de cierta importancia, ningún país importante con un régimen de libertades reconocidas aceptará nunca la segregación de una parte de su territorio, y menos porque así lo pretenda una parte minoritaria de su población, cosa que reconocen en privado los señores de CiU, empezando por el propio Francesc Homs, ejemplo de cinismo consumado.

Hacer de España -y Cataluña- una realidad democrática
Que el independentismo se cuece en su salsa es una realidad difícil de camuflar por más hojas de ruta que se diseñen. Los padres de la Dinamarca catalana no han logrado su objetivo en el punto más débil de la deriva de España como nación. La elite política nacionalista juzgó posible romper las cuadernas de un Estado zarandeado por todas las crisis, pero ha fracasado en el empeño. En realidad, los datos del CIS catalán tienen mucho que ver con la paulatina mejora de una economía cuyo PIB podría crecer este 2015 por encima del 3% (tampoco se me amontonen ahora los foramontanos del desastre perpetuo), y es evidente que en la medida en que el crecimiento y la creación de empleo vayan haciendo su aparición y mejorando la vida del español común, el viaje a Ítaca de los illuminati irá perdiendo sus perfiles más románticos, si alguna vez los tuvo, para aparecer como lo que siempre fue: una locura propia de botarates.

Llegados a este punto, conviene recordar de nuevo lo evidente: España no dará una salida racional y creativa a su diversidad, no acabará con las tensiones disgregadoras del separatismo, hasta que no sea de verdad un país moderno, sobre todo un país no corrupto, por encima de todo un país de cuya calidad democrática puedan sentirse orgullosos todos los españoles, catalanes incluidos. Es obvio que ese sí es un país que merece la pena ser soñado, un país, por tanto, obligado a un cambio en profundidad, un cambio sensato que pasa por una reforma de la Constitución capaz de hacer de la española una sociedad democrática volcada al futuro, capaz también de transformar la nación identitaria nacionalista en una nación de ciudadanos libres e iguales, en la que sea posible hacer realidad los ideales de justicia y libertad. Mientras eso llega, y mientras los ardores de Mas se cuecen al pil-pil como el bacalao, el riesgo que viene tiene que ver con la gestión del paisaje de tierra quemada que la elite nacionalista va a dejar en Cataluña, tiene que ver con cómo soldar la enorme fractura emocional y social que deje por herencia tamaña locura, porque hay muchos catalanes, la mayoría de ellos bien intencionados, que se creyeron la milonga nórdica, algunos de los cuales, los más envenenados, podrían tener la tentación incluso de recurrir a la violencia para dar salida a su frustración. Ese es el problema.

******************* Sección "bilingüe" ***********************
Otra 'Diada-farsa' independentista

EDITORIAL El Mundo 5 Abril  2015

Con el deseo de convertir las elecciones autonómicas del 27-S en un plebiscito soberanista, los independentistas catalanes ya han puesto en marcha su nueva mascarada para la Diada que se celebrará 15 días antes. Tras el anuncio de la Asociación de Municipios por la Independencia de que exigirá a sus alcaldes promover el Estado catalán al jurar su cargo, hoy revelamos que la Asamblea Nacional Catalana (ANC) busca a la desesperada atraer a su causa a los que define como "inmigrantes españoles" que llegaron a Cataluña en los años 60 y 70.

EL MUNDO ha tenido acceso al documento de la ANC en el que se llama a "hacer el gran último 11-S histórico" y planea rendir un "homenaje" a esa "inmigración" plantando claveles rojos en su honor. De entrada, resulta ofensivo ese espíritu 'perdonavidas', dado que la aceptación e inclusión de esos «inmigrantes» pasa porque se sumen a su veleidad. La organización admite en el mismo texto que el secesionismo está "en plena batalla de conquistar indecisos". Una necesidad dada por los vaticinios de las encuestas que confirman que cada vez son menos los partidarios de la independencia. Según el último sondeo de la Generalitat, los contrarios a la ruptura -"unionistas", como los define la ANC en jerga norirlandesa- les superan en cuatro puntos. Por ello, la Asamblea quiere ahora echar sus redes en el 'caladero' de "inmigrantes españoles". Esta estrategia es tan contradictoria como obscena. Primero, porque no es de recibo que una plataforma que estos tres años ha impuesto en el debate público su quimera soberanista, excluyente y basada en la exaltación de símbolos y sentimientos identitarios, rechazando a la vez todo lo español, busque ahora el apoyo de esos catalanes nacidos en cualquier lugar de España fuera de Cataluña. Y porque esos mismos independentistas que tienen un problema identitario quieren ahora creárselo a otros ciudadanos que, mayoritariamente, se sienten tan catalanes como españoles, sin ningún complejo.

Estamos ante una charlotada más de la ANC, pero hiere el tufillo de tratar a esos "inmigrantes" como 'catalanes de segunda' a los que hay que hacer un homenaje como si pertenecieran a colectivos de inmigrantes de cualquier país extranjero.
 


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