AGLI Recortes de Prensa   Domingo 19  Abril 2015

España 2015, retrato de podredumbre
El 'caso Rato' no es la causa. Es la consecuencia de un sistema político carente de instrumentos eficaces de transparencia. La acumulación del poder genera áreas de impunidad
CARLOS SÁNCHEZ El Confidencial 19 Abril  2015

El filósofo Emil Cioran -uno de los apóstoles del universo nihilista- sostenía que la historia no era más que un desfile de falsos absolutos. Su escepticismo sobre la condición humana fue tal que el poeta del pesimismo llegó a considerar que la misma historia era la fuente del envilecimiento del espíritu.

Cioran partía de una proposición intelectualmente sugerente. “Toda idea”, sostenía, “en sí misma es neutral o debería serlo”. Sin embargo, “el hombre proyecta en ella sus llamas y sus demencias y así nacen las ideologías, las doctrinas y las farsas sangrientas”. ´

Con razón, su obra más representativa lleva por título Breviario de Podredumbre, donde arroja un enunciado tremendo. “En todo hombre”, decía, “dormita un profeta, y cuando se despierta hay un poco más de mal en el mundo...”.

La metáfora del profeta es, sin duda, la de un Rodrigo Rato convertido en el Moisés del discurso económico del Partido Popular durante dos legislaturas. Sin duda, porque tanto el discurso como su propia personalidad política -un brillante parlamentario que arrinconó la borrachera de poder socialista en los primeros años 90- eran atractivos. Al menos hasta que el estallido de la burbuja de crédito dejó ver las miserias de un modelo -desde luego también con sus luces- construido sobre el endeudamiento de las familias y de las empresas.

Pero como en la obra de Cioran, cuando el país se despertó de décadas de indolencia democrática que propiciaron la creación de un sistema de partidos inspirado en la Restauración canovista, se descubrió que lo que había en realidad, en palabras del filósofo rumano, era un poco más de mal en el mundo.

Rendir cuentas al líder supremo
Rato, sin embargo, no ha caído por la economía. Ha sido víctima -y también verdugo- de un sistema político levantado a golpe de clientelismo -que ha hecho suyo el fenómeno físico de la histéresis- por la ausencia de contrapoderes capaces de repartir el poder y someterlo a la disciplina de la opinión pública y del imperio de la ley. Ni siquiera a la democracia de los propios partidos, donde los dirigentes sólo compiten contra sí mismos mediante su capacidad de influencia sobre el líder supremo.

Son los propios partidos los que nunca han llevado a los tribunales a ninguno de sus corruptos (son nuestros hijos de puta, que diría Roosevelt) mientras cínicamente se personan como acusación particular cuando se trata de afiliados de otras fuerzas políticas.

Ningún partido ha investigado nunca el patrimonio de sus dirigentes, ni siquiera cuando de forma ostentosa han acumulado signos externos de riqueza incoherentes con sus retribuciones públicas. Y mucho menos a exministros o expresidentes de comunidad autónoma, de uno y otro signo, que hasta el momento se han ido de rositas con el asombro general.

El exvicepresidente Rato, por supuesto, no es el único caso. Pero probablemente es el político más emblemático y ofrece la medida de cómo el sistema ha generado determinadas áreas de impunidad que Lord Acton resumió en su frase más célebre: ‘El poder tiende a corromperse, y el poder absoluto corrompe absolutamente’. Y Rato, durante años, era el profeta del Partido Popular que anunciaba la buena nueva con un poder casi infinito en unos momentos en los que la sociedad española miraba hacia otro lado simplemente porque la economía crecía. La actual batalla contra la corrupción es hija de la crisis. Lo malo es que ha sido necesario destruir casi cuatro millones de empleos para llegar a esa conclusión.

Como sostiene alguien que vivió sus primeros años en el Ministerio, Rato nunca superó el ‘dedazo’ de Aznar cuando el expresidente eligió a Rajoy, y desde entonces ha ido dando tumbos por la vida. Probablemente, porque un personaje tan soberbio como él no podía entender que alguien que se conocía las agrupaciones locales del Partido Popular como nadie y se las curraba cada fin de semana con un enorme coste personal, no fuera el elegido de los dioses. O del dedo divino, como se prefiera. Cuando un político se retira de la vida pública sin haber colmado las aspiraciones que él creía legítimas, suele satisfacerlas con dinero.

Simplemente inmoral
Hay quien sostiene que Rato no fue el heredero del trono precisamente por sus malas influencias, y eso es precisamente lo preocupante. El problema de Rato, como el de Bárcenas, Matas, Granados u otros muchos es que han querido a ser ricos como si lo mereciesen. Y aunque el origen de sus fondos no sea ilícito, lo cierto es que poseer un patrimonio fuera de España es simplemente inmoral.

Como inmoral es presumir de que ahora se mete a la cárcel a los corruptos. Es como si los ministros del Interior de El Salvador u Honduras presumieran porque sus países tienen la mayor población reclusa del mundo debido a los altos índices de criminalidad. El problema de la corrupción no es que se combata con más o menos destreza, es que se multiplique por la ausencia de mecanismos de control. El mejor país no es el que tiene más corruptos en la cárcel, sino el que tiene menos corrupción.

Rato, en todo caso, como el resto de encausados en procedimientos similares, es inocente hasta que no se demuestre lo contrario. De hecho, no está acusado de cohecho, que es la figura más despreciable para un funcionario público. Pero de lo que no puede zafarse es de haber tejido a su alrededor una nueva aristocracia económica -a la que alimentó con la paciencia y con la legitimidad moral que se le supone a un jefe de clan- que es el origen de la corrupción mayúscula que recorre España (casi siempre vinculada al ladrillo y a las concesiones públicas), y que ha acabado por degradar a todo el sistema político nacido en la Transición.

Algunos de los amigos de Rato son los que hoy se han quedado mandando en los sectores estratégicos, y esa es una corrupción mucho mayor que la que puede suponer el hecho de que el exvicepresidente sea el propietario de una red de sociedades no afloradas a los ojos Hacienda.

No es, desde luego, un problema nuevo. Ni siquiera de éste o del anterior Gobierno. La corrupción ha atravesado este país durante décadas. Y el hecho de que ahora se descubran patrimonios radicados en paraísos fiscales o zonas de muy baja tributación y de dudosa reputación tiene que ver con que los países ricos se han dado cuenta de que los territorios offshore han acabado por convertirse en una auténtica amenaza al sistema democrático y a la estabilidad económica. Ese fenómeno es, sin embargo, algo más que una amenaza en España. Lo que está en juego es la propia democracia si los ciudadanos dejan de creer en ella por casos como el de Rodrigo Rato.

España, país de ratas
Pedro de Hoyos Periodista Digital 19 Abril  2015

Han detenido a Rodrigo Rato señalado por graves delitos. Acusaciones muy graves, siempre de dinero, claro. Estos del PP ya se sabe. Suiza, corrupción, dinero B, dinero en sobres, dinero bajo manga, bajo cuerda. Estos del PP. Los del PSOE son angelitos incorruptos, virginales políticos, madre de todas las virtudes. Lo de los eres de Andalucía es disculpable, porque era dinero para repartir, me dice el imparcial de siempre. No era para que los grandes prebostes andaluces, socialistas de UGT y del PSOE se quedaran con ello. No, era para comprar el voto. Voto cautivo, sinónimo de Andalucía. ¿Solo? País de ratas.

¿Qué hemos hecho los españoles para merecer esta casta de ladrones, sucios, corruptos insoportables? ¿Por qué hay menos corruptos en Holanda, Suecia o Alemania? ¿Por qué entre nosotros abundan estos diabólicos seres, por qué son tan frecuentes los casos de corrupción entre los políticos españoles? ¿Son distintos esos sucios políticos que los ciudadanos de calle?
Somos nosotros la tierra de Rinconete y Cortadillo, ¿no fue premonitorio Miguel de Cervantes?

¿Irá ligado a la cultura católica, "total, vas, te confiesas y está todo perdonado"? ¿No será parte integrante de nuestra idiosincrasia, no irá permanentemente impreso en nuestro ADN? ¿Será educacional, será propio de un país donde desde el fontanero o el electricista hacia arriba todo el mundo ofrece y pide la factura sin IVA? ¿Somos parte de una cultura en la que todo el mundo roba, el que está más abajo roba menos y el que está más arriba roba más?

Han detenido a Rodrigo Rato con graves acusaciones y las cámaras y los micrófonos y las plumas estaban a su puerta media hora antes que los agentes encargados de agacharle la cabeza. País de ratas.... Y ahora dispénsenme... voy a pagar una chapuza que me han hecho en el cuarto de baño... Sin factura, claro.

Como damiselas ofendidas.
Vicente A. C. M. Periodista Digital 19 Abril  2015

Ni los más incondicionales militantes, al menos en los foros privados, pueden aceptar este discurso de Pedro Sánchez queriendo mostrarse como el adalid de la honradez y de la lucha contra la corrupción. Las palabras no reflejan la realidad de las actuaciones y estas han sido la de proteger hasta la náusea y la desvergüenza a los cientos de implicados en los mayores casos de corrupción de España ocurridos en Andalucía. Los ejemplos de Manuel Chaves y José Antonio Griñán y la laxitud en la recuperación de los fondos públicos de las facturas falsas de sindicatos, no dejan lugar a dudas de la nula voluntad de un partido en no ya condenar estas actuaciones, sino en hacer todo lo posible por dilatar los procedimientos y proteger mediante argucias legales como el aforamiento a los implicados.

Está muy bien lo de no generalizar ni culpabilizar a todo un partido por la actuación de unos pocos u unos muchos, pero en el caso de Andalucía parece evidente que haber disfrutado de décadas de Gobierno con mayorías absolutas o alianzas tan mercenarias y cómplices como las de IU, ha propiciado la creación de las condiciones para institucionalizar la corrupción bajo la apariencia de legalidad con unas leyes “ad hoc” y la violación de las más elementales normas de control. Y eso se hizo de forma totalmente consciente y voluntaria, según se refleja en el Auto de la juez Alaya. Así que pedro Sánchez haría bien en no intentar desmarcarse de esa realidad como si ese no fuera ni su partido ni su problema.

El discurso de Pedro Sánchez suena a cínico y no soporta ni un segundo de confrontación con una realidad que intenta negar. El PSOE, al igual que el PP, nunca pueden ser adalides de nada que tenga que ver con la ética y la honradez en la gestión. Llevan décadas de discursos ampulosos y actitudes de ofendidas damiselas en cuanto se les critica por esa falta de escrúpulos y de connivencia con la corrupción. Porque ni siquiera cuando se destapan los casos más escandalosos son capaces de reconocerlo, ni de pedir perdón, ni de hacer caer sobre los culpables todo el peso de la Ley. Al contrario, siguen manteniendo las prebendas elitistas y anti democráticas de blindaje legal con el aforamiento y la exclusividad de someterse a una Justicia viciada y dependiente, así como mantener la incomprensible “prescripción” de los delitos. El tiempo nunca puede ser un eximente ni usarse como elemento de absolución.

La verdad es que el discurso de Pedro Sánchez, al igual que las nada creíbles declaraciones de Mariano Rajoy sobre los casos Bárcenas, Rato, etc., son en este momento cargas de profundidad contra las ya escasas posibilidades electorales de PSOE y PP en las próximas elecciones autonómicas, municipales y en las generales. Se habla de que habrá un cuatripartito, cuando en realidad lo que habrá es un nuevo bipartito que, en el caso de la izquierda, se radicaliza hasta extremos de poner en peligro las libertades y la democracia caso de llegar al poder. Y ese negro panorama es el argumento que esgrimen para difundir el terror a un cambio apocalíptico sin tener en cuenta que bastaría con dar un vuelco a su actitud y hacer una apuesta por los pactos de Estado acabando con los privilegios, los mangoneos en los Organismos del Estado y devolviendo la democracia y la soberanía a los ciudadanos.

No se trata de “vender la moto” con argumentos que nadie se cree, sino de hacer un cambio en profundidad tras un ejercicio de auto crítica sincera y abandono de justificarse en el “y tú más”. Si persisten en el error de seguir sintiéndose como esas damiselas ofendidas, acabarán no solo con sus escasas esperanzas de sobrevivir a esta catástrofe electoral sino también con el futuro y esperanzas de los españoles, condenados a optar entre otras formaciones bisoñas y en el caso de la izquierda con una alta carga de orgullo y prepotencia por su inesperado éxito.

P.D.: Aviso a mis lectores de que he usado el término “damiselas ofendidas” como una alegoría y figura literaria que en ningún caso pretende hacer un uso sexista discriminatorio

La pandemia de la credulidad
Miquel Porta Perales. ABC 19 Abril 2015

· «Cuando la creencia se transforma en una pandemia de la credulidad que cuaja en una parte de la sociedad, la fe ciega, el integrismo y la intolerancia están servidas»

En la Grecia clásica, el Logos se impone al Mito. La ley –la sustancia o causa del mundo– de Heráclito gana la partida a un topos platónico que no mantiene buenas relaciones con el pensamiento racional y únicamente aspira a la persuasión o a obtener cierto grado de verosimilitud. Por eso, el método científico se aparta de intuiciones o principios generales que pueden ser ilusorias y conducir a deducciones falaces. Por eso, la ciencia moderna parte de hipótesis y teorías, susceptibles de refutación, de las que pueden extraerse leyes sujetas, en último término –todo es provisional–, a los dictados del gran libro de la Naturaleza. Logos y Ciencia, parafraseando a los clásicos, pueden trasladar al hombre a su edad adulta. Y la Ilustración –esa antorcha que alumbra una nueva época de la historia de la Humanidad– pretende instaurar en la Tierra el espíritu de las Luces –razón, ciencia, democracia, progreso– en detrimento de la superstición y la intolerancia. Eso parece cierto por repetido. Pero, no ha sido exactamente así.

Propiamente hablando, las cosas se torcieron pronto. Al respecto, no resulta difícil percibir que los períodos más relevantes de la historia del progreso científico –la época alejandrina, el Renacimiento, la revolución científica del XVII, el materialismo del XIX– tuvieron, por decirlo grosso modo, su réplica mítica en el estancamiento científico romano, en el neoplatonismo y el orientalismo y, en alguna medida, en la metafísica poskantiana. Y ahí está –del conocimiento a la política– el Reinado del Terror, cuando la Francia revolucionaria que debía exportar sus ideales emancipadores se sumerge en un baño de sangre, cuando las regiones rebeldes son devastadas, cuando los derechos del hombre y del ciudadano son sacrificados, cuando los propios ciudadanos son aniquilados, cuando se impone la verdad oficial bajo amenaza de ejecución. Y todo ello, decían, en nombre de la Libertad, la Igualdad y la Fraternidad.

¿Qué ocurre hoy? Al modo de la vieja disputa entre Logos y Mito, estamos asistiendo a la contienda entre el conocimiento y el contraconocimiento. Y al modo de lo que ocurrió en los orígenes del método científico, los supuestos principios generales, con sus consiguientes deducciones falaces, parecen imponerse no solo en cuestión de ciencia, sino también de economía y política. ¿Platón gana la partida a Heráclito? Por decirlo a la manera del sociólogo Damian Thompson ( Losnuevoscharlatanes, 2008), estamos ante una «pandemia de la credulidad».

Muestras: la teoría conspirativa de la historia que atribuye los atentados del 11-S o el Sida al gobierno norteamericano o la CIA, la vacuna triple vírica como supuesta causa del autismo, el nutricionismo y las terapias alternativas como panacea universal frente a la enfermedad, la vuelta de la botica de la abuela con sus remedios mágicos, la descalificación apriorística de los transgénicos, el retorno del curandero, el regreso de las artes adivinatorias, la autoayuda como alternativa al pensamiento reflexivo. Todo eso ocurre en el siglo XXI. Y hay ejemplos ilustres: un personaje instalado perfectamente en la realidad como Steve Jobs, decidió –en un principio– atacar el cáncer con métodos alternativos; ya sabemos dónde le llevo su opción. Vivimos tiempos en que la superstición se presenta como científica, alcanza y afecta a personas informadas y cultas, se propaga por la Red a gran velocidad y funciona como un virus.

La pandemia de la credulidad también afecta a la economía y la política. Hablemos de la crisis económica, de la concepción de la democracia y del llamado «proceso de transición nacional» impulsado por el nacionalismo catalán. Contra toda evidencia, hay quien –populismo de manual– quiere superar la recesión y salir de la crisis sin llevar a cabo una reforma laboral, sin aumentar la competitividad, sin reducir el déficit, sin practicar la austeridad y la estabilidad presupuestarias, sin proceder a la recapitalización de la banca. Y hay quien se empeña en reclamar la «verdadera democracia» y rehabilita –puño en alto– la lucha de clases –la lucha de los de «abajo»– y la prédica antiliberal. ¿Qué afirman? Que la nuestra es una democracia burguesa que no responde ante los ciudadanos ni representa al pueblo. Por su parte, el nacionalismo catalán insiste en la existencia de un «principio democrático» según el cual Cataluña –por el hecho de ser «nación»– tendría el inalienable derecho a decidir libremente su futuro. Los primeros, apuestan por la «democracia avanzada»; los segundos, se obstinan en dar vida a la entelequia de un inexistente «derecho a decidir» que se ejercería más allá del marco jurídico legal característico de la democracia y el Estado de derecho. Principios ilusorios y deducciones falaces, decía al inicio de estas líneas. El Mito se impone al Logos.

¿Cómo hemos llegado hasta aquí? ¿Por qué los herederos de la Ilustración y la Razón han generado esas falsas percepciones de la realidad con su correspondiente pandemia de la credulidad? Hipótesis que se complementan: 1) la hegemonía de la subjetividad en detrimento de la objetividad –característica del «yo» moderno– posibilita que el sujeto elija en qué creer y qué estilo de vida ha de llevar; 2) la persistencia de una concepción mágica de la realidad, abona la idea de un saber original que capacita al hombre para desvelar lo oculto; 3) la institucionalización y comercialización de un pensamiento lowcost –el pensamiento deviene una mercancía perfectamente empaquetada y distribuida– brinda una respuesta fácil, satisfactoria y económica para todo.

A estas tres hipótesis –que darían cuenta y razón del contraconocimiento científico en sí–, hay que añadir otras dos que explicarían la extensión de la pandemia al campo de la economía, la concepción de la democracia y el «proceso de transición nacional» en Cataluña: 1) la difusión del antiliberalismo en su versión populista demoniza la economía de mercado y la democracia formal previamente asociadas a la idea de perversidad; 2) la vuelta del romanticismo filosófico y del narcisismo primario de las pequeñas diferencias, así como la emergencia del localismo egoísta, explicarían la deriva secesionista –el «chovinismo del bienestar», se ha dicho– en Cataluña. A todo ello hay que añadir una concepción grosera de la tolerancia que conduce al relativismo y la falta de sentido del límite que expande ilusoriamente el campo de lo posible.

Unos y otros –contraconocimiento, alternativos y nacionalistas– están poseídos por sus creencias. Y cuando la creencia se transforma en una pandemia de la credulidad que cuaja en una parte de la sociedad, la fe ciega, el integrismo y la intolerancia están servidas.

Justo en el preciso momento en que la Revolución francesa se presentaba en sociedad, Edmund Burke ( ReflexionessobrelarevoluciónenFrancia, 1790) escribió que «la gran brecha por la que se introdujo en el mundo la excusa de la opresión es la pretensión de un hombre para decidir sobre la felicidad del otro». Más de doscientos años después, el peligro –esa manía de «decidir la felicidad del otro», en palabras del escritor y político irlandés– subsiste. Y el gurú de nuevo cuño, el alternativo y el nacionalista que pretende romper la legalidad democrática y constitucional vigentes, siguen –como sentencia el clásico– con «sus tráfagos, sus cambios, su liviandad, sus lagrimillas, sus alteraciones, sus osadías, sus disimulaciones, su lengua, su engaño».

La democracia es una cosa, el excesivo popularismo de la política, es otra.
“La diferencia entre la inteligencia y la estupidez reside en el manejo del adjetivo, cuyo uso no diversificado constituye la banalidad” E. M. Cifran
Miguel Massanetwww.diariosigloxxi.com 19 Abril  2015

Hemos entrado en periodo preelectoral y los políticos, como sucede en cada ocasión en la que necesitan a los ciudadanos para poder acceder a las mamandurrias de la política, están afinando su inteligencia para encontrar los mejores argumentos para convencer a los ciudadanos de que, votándoles, van a conseguir ver realizados todos aquellos deseos que no han conseguido satisfacer con los actuales gobernantes, sean de municipios o de autonomías. Por supuesto que, en esta ocasión, todos los aspirante a las poltronas municipales o a los escaños parlamentarios lo van a tener más difícil que en otras ocasiones, debido a que los votantes han llegado a la conclusión de que “sin políticos se viviría mejor”, después de que la crisis y la generalización de la idea de que político es el equivalente a aprovechado, marrullero, vividor, mangante o apandados, alguien que promete lo que nunca va a cumplir y que ha descubierto la manera de asegurarse el porvenir en unos pocos años de dedicación a la vida pública… en beneficio propio.

Lo que ocurre es que, algunos listillos, aquellos que pretenden haber descubierto el método milagroso para conseguir un buen resultado electoral, han pensado que lo que, en realidad, desea el pueblo es tener cada uno su propia cuota de poder. Vamos a ver: todos los que vivimos en casas en las que hay una comunidad de vecinos, sabemos las intrigas, los codazos, el desespero que algunos de los propietarios tienen para conseguir ocupar un cargo en la junta de la comunidad. El cargo de presidente convierte, a quien lo consigue, en el máximo personaje del edificio y esto le produce una extraña sensación de poder que, en la mayoría de casos, le hace tomar gusto al sillón lo que, si he de serles sincero, es una bendición para aquellos a los que lo peor que les podría pasar es tener que aceptar la servidumbre de aquel cargo, si el cambio fuere por rotación como establece la Ley de Propiedad Horizontal.

Por lo visto, esto es lo que ha descubierto el candidato del PSOE a la alcaldía de Madrid, el señor Antonio Miguel Carmona, por otra parte un economista bien preparado y con bastante sentido común, y ha decidido explotarlo en su beneficio. Se reunió con la Federación Regional de las Asociaciones de Vecinos de Madrid y les espetó las siguiente palabras: “Queremos recuperar lo que hicimos en los años 80, lo que yo llamo espíritu del 79 y es devolver Madrid a los madrileños” ¿Verdad que suena bien? Y seguramente tendría bastante sentido si no fuera porque el mayor obstáculo que tienen los ayuntamientos de capitales populosas, como es el caso de Madrid, Barcelona o Valencia está, precisamente, en los estorbos que deben vencer, planteados por las respectivas Asociaciones de Vecinos, cuando es preciso acometer un plan de reformas en un distrito determinado o se pretende hacer una variación urbanística necesaria para el bien de toda la ciudad, en una determinada zona de la urbe.

Si la democracia, bien entendida, fija unos sistemas de delegación del poder en unas determinadas personas a las que se les faculta, con esta fórmula de apoderamiento, para que puedan dirigir a los ciudadanos, ordenar la vida en el país, dictar leyes necesarias para la convivencia o establecer medidas de seguridad para garantizar a todos los ciudadanos su integridad y el ejercicio pacífico de todos sus derechos; es debido a que la voluntad del pueblo, expresada a través de las urnas, es que, aquellas personas en concreto, no otras; aquellas instituciones dirigidas por ellas o aquel gobierno de la nación compuesto por los más votados, inspira la necesaria confianza para que sean ellos los que ejerzan la gran responsabilidad de dirigir los destinos nacionales.

Ni aquellos que se asignan a sí mismos una determinada representatividad o aquellos otros que, saliendo a las calles a provocar altercados o manifestarse públicamente, pretendiendo intimidar a las autoridades o mediatizar unas determinadas decisiones del Gobierno legítimo, aunque tengan derecho a hacerlo, son destinatarios de aquella legitimación, ni quiere decir que estén facultados para alterar en lo más mínimo el mandato concedido por la mayoría. Por ello, nos parece un engaño a la democracia, un engaño respecto a la representatividad que el pueblo concede a los elegidos para cargos públicos el que, en lugar de asumir íntegramente las responsabilidades que han aceptado, hacer cumplir las leyes por si mismos y ejercer la labor personalmente, en aquellos temas que se comprometieron a llevar a cabo; pretendan delegar una parte de sus funciones, ceder a un grupo o una comunidad de ciudadanos la toma de decisiones o allanarse a aquello que grupos de presión que pretendan imponer, con la excusa de extender el sentido de la democracia y del mandato recibido del pueblo, a otras personas o colectivos ajenos, que no fueron propuestos por los votantes para asumir tales cometidos.

Las capitales, las grandes urbes del reino, aquellas populosas concentraciones humanas cuya administración, dirección, regulación y mantenimiento del orden público, requieren una especial preparación en temas de administración pública, un trabajo coordinado de las distintas administraciones, la vigilancia y el mantenimiento del orden con especial cuidado de la defensa de los ciudadanos, el mantenimiento de la paz y la garantía de que, la convivencia de las distintas etnias que puedan convivir en ellas, no produzca diferencias raciales ni existan brotes de xenofobia que pudieran plantear problemas de exclusión para algunos o discriminaciones por razones de razas, religiones o idiomas; no permiten que, cada zona, mantenga sus propios guetos, privilegios o franquicias, por el hecho de que en ellos puedan existir organizaciones cívicas o de cualquier orden que puedan presionar, chantajear o amenazar a las autoridades designadas por los votantes, en cuanto se pretende actuar en sus demarcaciones.

Es evidente que, en España, además de las 17 autonomías y la Administración Central, de los cientos de miles o millones de funcionarios que ambas administraciones han creado y de la serie de empresas semipúblicas que han sido fundadas para suplir funciones que no les están atribuidas a ayuntamientos o comunidades autónomas; donde se ha dado empleo a miles de paniaguados de los distintos partidos o de sociedades afectas a los partidos del gobierno; donde se ha llegado a crear una masa insostenible de personal no productivo, de funcionarios o empleados, fijos o interinos ( muchos de ellos se jubilan en tal situación), cuyo coste global se ha demostrado que no es sostenible y, contra cuya lacra, ninguno de los gobiernos de la democracia ha tenido el valor de meter la tijera.

Si a ello le añadimos todas las asociaciones privadas, subvencionadas por las distintas administraciones, nos daremos cuenta de que, aparte de las interferencias que todas ellas causan en el desenvolvimiento normal de los proyectos ciudadanos, los costes de los retrasos que, en la mayoría de casos, causan en la dilación de la ejecución de aquellos y los escasos, por no decir nulos, beneficios que sus intervenciones proporcionan a la ciudadanía, deberemos concluir que esta atomización, voluntariamente aceptada, en el ejercicio, reglado o no, de las funciones públicas en las ciudades, más que con un ejercicio de democracia, nos encontramos ante una degradación de la misma, un obstáculo para que los mandatarios elegidos por el pueblo puedan ejercer sus funciones con libertad, diligencia y beneficio de las propias ciudades. O así es como, señores, desde la óptica de un ciudadano de a pie, denunciamos el concepto laxo que algunos tienen sobre lo que son derechos democráticos y lo que excede y perjudica al verdadero concepto de la propia democracia.

La suerte de Cataluña está echada
Alberto Ramos. Minuto Digital  19 Abril  2015

Cataluña se encamina al abismo cantando himnos de alegria y emitiendo partes de victoria. Cataluña se cree viva e inmortal cuando ya está tocada por el soplo de la muerte y sus días están contados. El vocerío y la gesticulación a la que asistimos son las últimas manifestaciones de un cuerpo que se apaga. Hacia delante ya no hay la esperanza vana de una larga vida sino la perspectiva cierta de una corta agonía. Estamos más cerca del final que de otra cosa.

Mientras centenares de miles de catalanes viven la ilusión de la vida y el simulacro de la acción que proporciona el griterio callejero de una masa más acostumbrada a la declamación que dispuesta a la acción y más sensible a la demagogia que apta para la reflexión, la Historia sigue su camino sin atender al revuelo de moscas que pretende decidir de la marcha de las mareas y corregir lo que está escrito sobre el mapa de un futuro que no admite dudas.

Los catalanes marchan al desastre como un rebaño entregado a los cuidados y la guía de unos pastores dementes que los llevan por los páramos de la frustración y el descalabro. De manera cíclica y obedeciendo a la” voz de su amo”, todos aquellos que por instinto o por educación llevan en sí esa fascinación por el desastre y el caos, se echan al río de la marea humana que inunda las calles y la geografía de una región que verá un día no muy lejano correr otras aguas muy distintas a las que hoy han salido a borbotones de las alcantarillas de una sociedad desbordante de liquidos infectos y corrompidos.

Una legión de insensatos, de incultos y de mezquinos protagonizazon hace un tiempo una “cadena humana” en una ceremonia grotesca y disparatada cuyo verdadero alcance no llegarán nunca a entender sus protagonistas, pero que a buen seguro padecerán cuando llegue ese momento que está anunciado en las señales inequívocas que se manifiestan en el relato de los acontecimientos en curso.

En los siglos venideros, la Historia nos contará que 30 años antes del dominio musulmán de Cataluña, el pueblo de ese país creyó poder hacer impúnemente oídos sordos al estruendo de una conquista que estaba echando sus bases ante sus propias narices. Mientras los catalanes se entregaban a juergas indignas de un pueblo en vías de extinción, a payasadas propias de una sociedad senil y moribunda, los futuros nuevos amos esperaban tranquilamente que sonara su hora en el reloj de esa Historia que ya había señalado el cambio del día por el de la noche para el minuto preciso en que cayera, para no volver a levantarse más, un espíritu sin vida y un cuerpo sin sangre.

La fallida humanidad que representan esos cientos de miles de borregos cuatribarrados no se imagina por un instante que la suerte está echada. Esos momentos de entusiasmo y ese sentimiento de fuerza surgidos del amontonamiento de muchas debilidades no tiene futuro y ni siquiera pasado pues de este presente, vivido como una borrachera colectiva, no guardará memoria una posteridad que pertenecerá a otros muy distintos a los que hoy sienten en esas ceremonias indignas de cualquier inteligencia adulta la euforia de una embriaguez sin sentido ni destino. Los que hoy creen, en el calor de la manada, que el mañana les pertenece, ignoran que ese día no figura en ese calendario soñado. No puede haber futuro basado en presente tan miserable.

Que Cataluña sea o no una nación, que el pueblo catalán haya de tener o no un Estado propio, que si la independencia es posible o necesaria… Todas estas cuestiones, a pesar de la apariencias y del zumbido del discurso actual, ya no entran en la nueva realidad que ha venido gestándose en Cataluña mientras los catalanes miraban hacia otra parte y se equivocaban de enemigos, como suelen hacer los cobardes. Todas estas cuestiones equivalen ya al debate sobre el sexo de los ángeles en una Constantinopla asediada por los turcos, o mejor dicho en una Barcelona infectada de moros. La sumisión al islam y la dominación de los musulmanes les pillará a los catalanes enfrascados en estériles discusiones y enconados debates. Como en la fábula de los dos compadres y el burro, vendrá un tercer actor, y mientras los dos primeros estén rodando por el suelo por la posesión del borrico, este último se lo llevará sin esfuerzo.

El dilema de Cataluña o Catalunya será zanjado por la nueva apelación que le irá como un guante: Qataruña.
Los pueblos no tienen derechos, sino capacidades. No olvidemos nunca esta primaria verdad de la cual la Historia no es más que el recuento sin fin. Cataluña no tiene derecho a esto o aquello, no tiene más derecho que a lo que pueda conquistar y defender. Eso vale para todos. En Cataluña se ha asentado otro factor de poder que, llegado el momento negará a los catalanes todo derecho que estos no puedan imponer y menos defender. El derecho emana de la fuerza y sólo de la fuerza. Cuando la fuerza musulmana sea más poderosa que la de los catalanes, ¿a quién le corresponderá ejercer el poder? ¿De quién será Cataluña? ¿Quiénes serán los amos y quiénes los servidores?

Este terrible panorama les parecerá a algunos una exageración, una caricatura tremebunda de un futuro improbable. ¿Realmente? Hay al día de hoy más de 500.000 musulmanes en Cataluña (de un total de 1.500.000 de inmigrantes). Al ritmo de la continua entrada de musulmanes y de su reproducción in situ (promedio de hijos por matrimonio 3 veces superior a la media catalana), ¿cuantos décadas pensamos que faltan para que los catalanes sean minoría en Cataluña? La demografía será el factor determinante que decida el reparto de poder y la misma naturaleza de Cataluña en los próximos tiempos.

¿Qué Cataluña habrá en el año 2050, por poner una fecha razonable al horroroso pronóstico que surge de los números que tenemos sobre la mesa? Antes de ese año los catalanes se habrán convertido en una curiosidad antropológica, los restos de una etnia otrora numerosa y dueña de su tierra. En etnología se habla de “islote étnicos”. Es una situación que se ha dado en innumerables ocasiones a lo largo de los siglos. No será distinto en este caso. ¿Cúal es la situación de los indios norteamericanos, encerrados en sus reservas por el hombre blanco? ¿Cúal es la de los nativos de la isla de Formosa (Taiwán), relegados a minoría discriminada por los chinos penínsulares llegados huyendo de la revolución comunista de Mao? ¿Cúal es la de los veddas, los nativos de Ceylan (Sri Lanka), reducidos a unos pequeños grupos dispersos en las montañas del interior de la isla tras las invasiones de pueblos del subcontinente indio?

Los ejemplos abundan, no es necesario hacer una lista más larga. Unos pueblos más vigorosos demográficamente llegan a un territorio cuyos habitantes se muestran incapaces de defenderse de la invasión, lo pueblan, lo colonizan y terminan relegando a los nativos a la categoría de curiosidad de otra épocas. Hubo un tiempo en que los serbios eran los dueños de una provincia de su país llamada Kosovo. La llegada de unos intrusos venidos de un país vecino que no fueron rechazados a tiempo terminó, con el paso de los siglos, por reducir a los serbios a una minoría que ahora malvive en unos enclaves de un país que les ha sido arrebatado. Esas cosas no siempre pasan a los demás. Estamos viendo los primeros capítulos de una historia similar en Cataluña. Con la diferencia que aquí la conquista extranjera no se extenderá sobre un periodo de siglos, sino de décadas. El proceso está iniciado.

Hemos descrito el futuro inmediato de Cataluña, el destino seguro al que llegará pronto de no corregir el camino que lleva. Todavía se está a tiempo, pero el tiempo es precisamente lo que se está acabando. Viendo los desfiles multitudinario del 11 de septiembre y otras “cadenas humanas”, en que auténticos tropeles de becerros cretinizados berrean por la calles las consignas que la nulidad y perversidad de la clase dirigente le ha puesto en los labios, no puedo dejar de pensar en lo acertado de la elección del burro como animal totémico de los catalanes y en la certera imagen de la más íntima y fiel vocación de los mismos: el caganer. ¡Que vayan bajándose los pantalones!

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Brutalidad catalanista con una extranjera

Vicente Torres Periodista Digital 19 Abril  2015

Podría ser que los independentistas tuvieran razón y yo no. Cabría considerar que quizá fuera mejor para todos que consiguieran sus propósitos y que además lo merecieran.

Pero eso sería en el caso de que lo habitual en ellos fuera el comportamiento decente. Nada de eso ocurre. Cuando los catalanistas no hacen el ridículo, hacen el cafre, y siempre ofenden. Lo preocupante es que haya un sector de la población que les toma en serio.

Según cuenta Dolça Catalunya, ese digital que defiende con ahínco la buena fama de los catalanes, denunciando a quienes se salen de madre, una guardería mandó una circular en catalán a los padres de sus alumnos. La señora francesa, que trabaja en Barcelona en una multinacional, tuvo que pedir a sus amigos que se la tradujeran. El asunto era importante porque estaba en juego la salud de su hijo. La señora francesa fue a la reunión de la guardería y la funcionaria de la Generalidad se negó a atenderla en español. Como estaba en Cataluña tenía derecho a hablar en catalán. Claro que tiene derecho a hablar en catalán. Y en chino, si lo deseo. El caso es que la señora francesa no entiende el catalán y quería saber qué peligros corría la salud de su hijo.

Conozco una historia similar ocurrida en un pueblo alicantino. Los catalanistas valencianos son peores que los catalanes. Hubo una asamblea para tratar de asuntos que interesaban a todos los vecinos y se empeñaron en hacerla en catalán. Un alemán, residente en la zona y representante de un nutrido grupo de compatriotas suyos también residentes en el lugar, pidió que la asamblea fuera en español, porque de lo contrario no se iba a enterar de nada y deseaba participar en los debates. Y le contestaron de forma airada, reprochándole que hubiera aprendido español en lugar de catalán. En lugar de agradecer a esos alemanes que hayan comprado propiedades y vivan allí, dando vida y trabajo a los lugareños, les incitan a que se vayan.
 


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