AGLI Recortes de Prensa   Domingo 24  Mayo 2015

El voto es el medio, el fin es la Libertad
Federico Jiménez Losantos Libertad Digital  24  Mayo  2015

Hoy comienza un ciclo político en España que puede llevarnos a una mejor organización del Estado y a la revitalización de la idea nacional (o sea, que todos los españoles debemos ser libres iguales ante la ley) o conducirnos a lo contrario: un desguace del Estado, privado de la fuerza legitimadora de la Nación. En realidad, el cambio empezó hace un año, en las elecciones europeas de 2014, pero lo hizo por sorpresa, sin que los votantes tuvieran conciencia clara de estaba enterrando el régimen de 1978. Sin embargo, la aparición de Podemos como fuerza revolucionaria y amenaza totalitaria contra el régimen constitucional español produjo espantás tan higiénicas como las de Juan Carlos I y Rubalcaba.

Podemos, Ciudadanos el cambio
De hecho, todo lo que ha sucedido en este último año se desencadena por el miedo, por no decir pánico, a Podemos, que en los responsables de la corrupción provocó abdicaciones, dimisiones y huidas, pero que en los amigos de la libertad se tradujo en el nacimiento de otro fenómeno: el de Ciudadanos como partido nacional. En mayo del año pasado, ya estaban los mimbres de esos dos cestos: los cinco eurodiputados de Podemos hubieran sido seis u ocho si UPyD y Ciudadanos hubieran concurrido juntos a las elecciones. Rosa Díez se negó al pacto y selló la muerte de su partido. Pero las dos fuerzas de rechazo a la corrupción del sistema, una a la izquierda del PSOE y otra a la izquierda del PP, una para derribar la democracia y otra para reconstruirla, estaban ya ahí, perfectamente dibujadas, y también entonces eran más los votos de UPyD-Ciudadanos que los de Podemos. O sea, que no es tan raro el mapa de incertidumbres en que nos adentramos entonces y del que tardaremos años en salir. Si bien o mal, está por ver.

Hoy tiene también lugar, en curiosa y doble paradoja, la segunda vuelta de esas elecciones europeas en las que se tomó conciencia de la crisis del sistema y la primera vuelta de las elecciones generales, pero a las que no se presenta ninguno de los candidatos a la Moncloa del próximo Noviembre. Hoy tendrá lugar la constatación del cambio, que se verá en el dibujo de un mapa con pocas mayorías absolutas y con alianzas forzosas que hace un año eran inimaginables; por ejemplo, que Ciudadanos decidiera el futuro de casi todos los ayuntamientos y comunidades autónomas en manos del PP. Pero tampoco hay que quitar importancia a los resultados que conoceremos esta noche, porque de ahí partirá el alineamiento de las fuerzas que han de jugarse el Gobierno de España en seis meses. Y algo aún más importante: el diseño de un Parlamento en el que los nacionalistas, con pocos votos y demasiados escaños, decidían el rumbo del Estado a cambio de apoyar al Gobierno del PSOE o el PP. Ese rumbo nos ha llevado al derrumbadero. El que hoy, de forma harto contradictoria, emprendemos no está claro adónde nos conducirá.

Hoy se decide lo que vale la pena conservar del PP
¿Eso quiere decir que hoy debemos decidir entre Ciudadanos y Podemos? Más bien al contrario: yo creo que hoy decidiremos, en la modesta medida de nuestro voto, pero que hoy vale más que en otras elecciones, qué parte del PP y del PSOE –sobre todo del PP, que hasta hoy ha dominado casi todos los grandes ayuntamientos, diputaciones y autonomías, vale la pena conservar y mantener, ante los grandes cambios de Noviembre y después de Noviembre, cuando fragüen los grandes pactos nacionales y mediante mociones de censura el poder municipal y regional se amolde al nacional.

En el caso de Madrid, la cosa está bastante clara. Por lo que, a mi juicio, vale la orientación liberal del poder autonómico, más aún que el municipal, el PP de Aguirre debería ser el modelo en el que forjar el gran pacto de centro y derecha para renovar el régimen del 78, frente al pacto del PSOE, Podemos y los separatistas, para acabar con lo que tiene, o mantiene, de Estado Español, asentado en una democracia harto mejorable y en unos principios liberales que, empezando por la división de poderes y la igualdad ante la Ley, han sido borrados por la partitocracia bipartidista.

Es posible, claro que es posible, el gran cambio pacífico que necesita el sistema, la recuperación del impulso político nacional y democrático de la Transición, plasmado en la letra y en el espíritu de una Constitución que, en estos 38 años, han reescrito y desdibujado el PP, el PSOE y los separatistas. Lo que no resultará, si resulta es fácil, porque hay que reformarlo casi todo y el impulso básico de PP y PSOE es no reformar, ni reformarse, casi nada. Sin embargo, una parte de esos partidos, no siempre la más joven, debe de tener claro a estas alturas que, para sus propios partidos, sólo les queda la alternativa de renovarse, reformarse, cambiarse del todo y a fondo, o morir.

Contra el vicio de votar, la virtud de seguir votando
Cada cual contribuirá hoy, con su voto, al alumbramiento o entierro que crea más conveniente. Eso, si quiere votar. Yo creo que contra el vicio de votar está la virtud de seguir votando, pero tampoco hay que agobiarse: el voto es un medio, que sirve al fin último del sistema liberal-democrático: la Libertad. Y si no sirve, se cambia de voto y de partido. Votar no es creer, ni militar, es escoger, dentro de lo que hay, lo que nos parece menos malo, e incluso en algunas ocasiones, no muchas, bueno. Pero la política está para defraudarnos si la servimos. Hemos de servirnos de ella, no servirla, y tampoco sentirnos defraudados si las promesas se incumplen y los votos se pierden. Tendremos más oportunidades de acertar. Lo importante es que nada ni nadie nos prive de la oportunidad de equivocarnos, léase rectificar.

Acabar con el minifundismo municipal
EDITORIAL Libertad Digital  24  Mayo  2015

Las elecciones municipales que hoy se celebran en toda España supondrán la renovación de los casi 70.000 concejales que forman los más de 8.000 ayuntamientos con que cuenta nuestro país. Los electores decidirán sobre la composición de los plenos municipales y, en consecuencia, la titularidad de la alcaldía de los 8.122 ayuntamientos en los que se divide el territorio nacional, una cifra a todas luces excesiva para un país con menos de 46 millones de habitantes.

La dispersión demográfica hace que muchas de estas localidades cuenten con una población que apenas justifica la existencia de instituciones municipales: de los 8.122 municipios, casi 7.000 tienen menos de 5.000 habitantes. Las dificultades de supervivencia de ayuntamientos con unos pocos cientos de vecinos hace que existan acuerdos comarcales para la prestación de servicios básicos como la recogida de basuras, el mantenimiento de infraestructuras o el alumbrado público, de manera que nueve de cada diez alcaldes carecen de competencias directas en las materias más importantes objeto de gestión municipal.

El Gobierno de Rajoy fomentó precisamente esta centralización de la gestión de servicios como un instrumento de ahorro público en el plan de reformas puesto en marcha al inicio de su mandato. Incluso se comprometió ante Bruselas a reducir el número de municipios, dada la escasa o nula justificación para la existencia de la mayoría de ellos. Sin embargo, el número de ayuntamientos no sólo no se ha reducido sino que ha crecido desde las últimas elecciones municipales celebradas en 2011, lo que pone de relieve que el Gobierno del PP no tiene intención de culminar una verdadera racionalización en este importante asunto.

De todos los partidos que concurren a estas elecciones municipales, tan sólo VOX, UPyD y Ciudadanos han prestado atención a una cuestión que debería ser abordada con altura de miras y visión de futuro. Se trata de acabar con este minifundismo municipal que depreda recursos públicos, garantizando a los vecinos los servicios fundamentales que, de hecho, ya no dependen de sus pequeños consistorios. No sólo por el ahorro que este tipo de acciones suponen para las arcas públicas, sino al objeto de que España tenga una distribución territorial racional y acorde con un país del Siglo XXI.

La ética política y el disparate del economista suicida
La economía se parece cada vez más a la loca carrera que inician los conductores suicidas. Una especie de fuga hacia adelante que ha acortado los ciclos. Poco importa la herencia que se deja
CARLOS SÁNCHEZ El Confidencial  24  Mayo  2015

¿Qué es un economista? Un viejo aserto los compara con los pilotos suicidas, aunque con una particularidad. Los economistas conducen por la dirección equivocada, pero, al mismo tiempo, calculan -valiéndose del retrovisor- el número de cadáveres que van dejando tirados a ambos lados de la cuneta. El presidente Roosevelt, con razón, sostenía en un célebre discurso pronunciado en medio de la Gran Depresión que “lo único que debemos temer es a nosotros mismos”. Sobre todo si son economistas (o políticos metidos a dar clases de la ciencia lúgubre) con alguna tendencia suicida.

Este comportamiento disparatado es, en realidad, lo que explica la existencia de ciclos económicos cada vez más numerosos e intensos. Sin duda, por la proliferación de políticas desesperadas -normalmente mediante la creación de burbujas financieras o desregulando de forma insensata mercados complejos- con el fin de cubrir un determinado horizonte temporal que suele coincidir con las elecciones. Es lo que algunos filósofos han denominado ‘cultura de lo urgente’.

El resultado, como bien sabe este país, se suele traducir en un sistema económico sin apenas resistencias -por ausencia del mínimo sentido de la responsabilidad- que sucumbe cada cierto periodo de tiempo (la media histórica entre recesión y recesión se sitúa entre ocho y diez años), pero que, al mismo tiempo, emerge con fuerza cuando soplan vientos de cola por causas fundamentalmente exógenas debido a la mayor integración europea y en menor medida a las reformas. ¿Cuánto estaría creciendo España si no fuera por la debilidad del euro, por el desplome de los precios del petróleo, por la manta de liquidez que proporciona el BCE o por el hecho de que Bruselas diera dos años más para alcanzar un déficit equivalente al 3% del PIB?

Ni que decir tiene que la catarsis colectiva comienza (‘hemos aprendido la lección…’) cuando las consecuencias del desastre se perciben con crudeza en la opinión pública.
Por entonces, sin embargo, el conductor suele haberse dado a la fuga. En unos casos a la manera escapista del genial Houdini. Algunos, incluso, tienen la osadía de dar lecciones sobre lo mal que lo hacen sus sucesores, como si los cadáveres que ellos dejaron en la cuneta fueran ajenos a su estrategia de fuga hacia adelante. Ese comportamiento se suele resumir en una castiza expresión: ‘Quien venga detrás que arree’. No es de extrañar, por eso, que el filósofo Daniel Innerarity reclame en su última obra una nueva teoría del tiempo social.

No se trata de un fenómeno estrictamente español. Pero la prueba del nueve tiene que ver con la abundancia de crisis financieras nacidas al margen de los ciclos naturales de la economía, cuyo origen, simplificando, hay que relacionar con los desajustes entre oferta y demanda.

Entre esas causas que provocan las crisis se encuentra un fenómeno cada vez más extendido y que hay que vincular a la evolución de los salarios, y que ha provocado fenómenos como el llamado ‘filantrocapitalismo’, que nace cuando determinadas élites económicas (Soros, Warren Buffet o Bill Gates) suplantan el papel del Estado para reequilibrar rentas y atender a sectores necesitados.

Socialización de pérdidas
El despropósito llega al extremo en países como EEUU, donde es el propio Estado quien subvenciona una parte de los salarios (en España lo propone Ciudadanos), lo que supone una socialización de pérdidas sin precedentes.

En Europa -y desde luego en España- se hace de una forma más sutil, y es el propio Gobierno quien incentiva una devaluación competitiva (reducir los salarios reales), pero, al mismo tiempo, excluye a las nóminas muy bajas del pago del IRPF, lo que supone una subvención encubierta de las empresas, que así pueden contratar pagando menos por el factor trabajo.

El problema, como es obvio, es que el sistema de protección social (básicamente las pensiones) se financia con nóminas en el marco de un sistema de reparto, y si las bases reguladoras descienden, también lo harán por pura coherencia la cuantía de las pensiones futuras. Aunque no sólo eso. Al mismo tiempo, las bases imponibles del IRPF se resienten de forma intensa, por lo que esa erosión limita la capacidad redistributiva de los impuestos, una de las funciones esenciales del Estado en cualquier país civilizado. Sin contar con el efecto macroeconómico que tiene el avance de la robótica, que permite aumentar la productividad, pero que debilita el efecto de los salarios sobre el consumo y la inversión.

Así es como se ha instalado en muchas sociedades un fenómeno nuevo pero que tiene un impacto extraordinario sobre la estructura social y económica del país: el fenómeno de los trabajadores pobres, y que recuerda a la célebre paradoja del agua y los diamantes.

Esta paradoja surge ante la evidencia de que mientras la utilidad del agua es infinita, poseer diamantes es perfectamente inútil. Sin embargo, en una economía de mercado, donde se intercambian bienes, los diamantes valen más que el agua porque su utilidad marginal es mayor. Algo parecido sucede con el trabajo, que con una legión de parados (23,7 millones en la UE) pierde valor.

Hasta ahora se entendía, al menos en los países avanzados, que el trabajo formaba parte de la emancipación personal. O lo que es lo mismo, la autonomía y la libertad del ciudadano -la materia prima que explica el nacimiento del Estado-nación- se basaba en la capacidad económica individual. Ahora, sin embargo, y a modo de muleta salvadora, el salario depende de factores externos (filantrocapitalismo o ayudas de Estado), lo que fomenta el clientelismo político.

Los partidos populistas tienden a compensar los bajos salarios con ayudas fiscales que paga el resto de contribuyentes. Fundamentalmente, las clases medias que superan determinados nivel de rentas (cada vez menores), lo que explica el ‘cabreo’ de muchos ciudadanos con el sistema político, ya que sólo los muy pobres (los que el Estado incentiva con los bajos salarios) tienen acceso a las ayudas públicas. Algo que está detrás del nacimiento de partidos xenófobos en toda Europa. Los ciudadanos están dispuestos a soportar a regañadientes una caída de los ingresos para que la economía se recupere, pero dentro de un horizonte temporal razonable y siempre que no se sientan discriminados.

El desorden
El desorden intelectual de la izquierda no ha hecho mucho por la recuperación de la dignidad del salario. Ni Clinton ni Blair -los últimos baluartes de una nueva forma de hacer política desde la izquierda- abordaron este asunto, que está en el centro del contrato social. Ni, por supuesto, la socialdemocracia alemana cumple ahora un papel relevante, sino sólo residual. El ensanchamiento de la desigualdad en los países de la OCDE, de hecho, tiene mucho que ver con ello.

Curiosamente, sin embargo, el fenómeno de la desigualdad suele verse como consustancial al sistema económico, pero sus implicaciones políticas están muy poco estudiadas. Unos de los escasos trabajos relevantes lo acaban de publicar los economistas Enrique Fernández-Macías y Carlos Vacas-Soriano, investigadores de Eurofound, quienes advierten sobre las consecuencias negativas que tiene para la zona euro la enorme dispersión salarial entre regiones. Fundamentalmente porque la mayor integración europea exige políticas económicas globales, algo que difícilmente se puede lograr cuando las distancias salariales han tendido a ensancharse, como por cierto ha vuelto a poner de manifiesto el último informe de la OCDE, organización poco sospechosa de ser un agente trostkista.

No es un asunto baladí que tenga que ver exclusivamente con la correlación de fuerzas en el mundo del trabajo. La legitimidad política y social de la economía de mercado -y de sus instituciones- está basada en el equilibrio entre el capital y el trabajo, pero ese contrato social es el que se ha roto de forma frecuente en beneficio de los primeros.

Con razón Inneraraty reclama una “ética del futuro” capaz de imponer una responsabilidad y justicia proyectadas hacia el porvenir. Esa ética, sostiene el filósofo, consciente de la interdependencia generacional, exige “que el modelo del contrato social que regula únicamente las obligaciones entre los contemporáneos ha de ampliarse hacia los sujetos futuros respecto de los cuales nos encontramos en una completa asimetría”.

El piloto suicida, sin embargo, sigue a lo suyo. Y por eso no estaría de más que alguien le advirtiera de que aunque no lo parezca por causas coyunturales conduce por la dirección equivocada. Aunque ahora no vea por el retrovisor los cadáveres que irá dejando a ambos lados de la cuneta. Sus herederos sí los verán. Al fin y al cabo, la política es, fundamentalmente, una cuestión moral.

La España posible a la hora del reparto de premios y castigos
Jesús Cacho www.vozpopuli.com  24  Mayo  2015

Aun reconociendo que se trata de municipales y autonómicas, ni un solo potente discurso de futuro se ha escuchado en 15 días de atroz matraca. Nadie se ha cuestionado la virtualidad de nuestro modelo territorial. Todo han sido soluciones mágicas, una ristra de alegatos de un desalentador estatismo prometiendo el oro y el moro, resumido ello en compromisos de gasto a palo seco contra el bolsillo del contribuyente.

No pocos de los vecinos de Moralzarzal, Madrid, están encantados con su plaza de toros. La construcción costó un ojo de la cara y apenas se utiliza tres tardes al año para las corridas de la feria local, pero su cubierta retráctil es tan moderna, su diseño tan perfecto, su parecido con un platillo volante, vista desde cualquiera de los picos de la sierra, tan imponente, que no hay vecino que no sienta un puntazo de orgullo, y que le vayan dando a los millones que se tragó el coso, que el pueblo no se merecía menos y puede que el centro de salud esté viejo y las escuelas mal dotadas, pero, hablando de toros, que no me quiten mi preciosa plaza… Por algún fenómeno curioso, o puede que simplemente por una cuestión de sobreabundancia, la plaza de toros de Moralzarzal no ha salido nunca a relucir en el muestrario de despilfarros –aeropuertos, polideportivos, autovías- que jalonaron la geografía española en los años de dinero abundante y barato. Las cosas, sin embargo, han empezado a cambiar también en Moralzarzal. Hoy, una obra de esas características no tendría ninguna posibilidad de salir adelante. Hoy, muchos vecinos sienten algo parecido a la vergüenza ajena cuando hablan de su preciosa plaza de toros, porque han visto tantas situaciones apuradas en tanta gente en esta crisis que la contemplación de tamaño despropósito les produce una sensación de malestar fácil de explicar.

Y sí, en efecto, las cosas están cambiando en Moralzarzal y en el resto de España. “La vieja idea fatalista de que somos incapaces de superar los obstáculos que impiden a España convertirse en un país moderno es falsa”, aseguraba este jueves Carles Casajuana en el debate mantenido con César Molinas, Luis Garicano y Elisa de la Nuez –con Mariano Guindal como moderador- en un auditorio de la Fundación Rafael del Pino lleno hasta la bandera, con motivo de la presentación del libro 'La España posible'. “Hay un cambio de mentalidad”, sostiene Garicano, “ahora la gente quiere que las cosas funcionen. Y ¿cuándo funcionan? ¿Cuándo crecen los países? Cuando cuentan con buenas instituciones y buen capital humano. Es el objetivo básico del regeneracionismo: dotarse de unas instituciones prestigiadas y de una ciudadanía mayoritariamente bien formada”. En opinión de Molinas, “la idea de la regeneración ha calado y está hoy presente en las preocupaciones de millones de españoles. Hubo un tiempo, por ejemplo, en que el fraude fiscal estaba incluso bien visto; eso está cambiando y hoy hay menos tolerancia social con el defraudador. España puede cambiar. La clave, en efecto, está en la mejora de la calidad de sus instituciones”. Así lo cree también De la Nuez, para quien es importante que la Ley se cumpla, “porque no se trata de hacer nuevas leyes, que tenemos de sobra, sino de que las que están en vigor se apliquen. Contra la corrupción, por ejemplo, que siempre ha salido muy barata en España tanto en términos penales como políticos”.

Para los reunidos en la Fundación Rafael del Pino la necesidad de llegar a pactos de gobierno, tanto a nivel municipal como autonómico, para afrontar la dispersión del voto que anuncia la jornada electoral de este domingo, es una muestra de madurez de la democracia española, y un acontecimiento que sin duda contribuirá para ahormar esos pactos tendentes a acelerar el amejoramiento de las instituciones. Llega, en efecto, la hora de la verdad, el punto de partida de un recorrido que culminará en las generales de noviembre, un suponer, y que muy probablemente diseñará un mapa político muy distinto al que hoy conocemos.

La fuerza menguante de Podemos y el vigor de Ciudadanos
El fenómeno de un partido de nuevo cuño como Ciudadanos es un síntoma más de esa madurez. Parece evidente que, al margen de consideraciones ideológicas, los españoles debemos mucho a Pablo Iglesias y sus mariachis en tanto en cuanto su irrupción en el escenario político sirvió para arrumbar de un manotazo el sistema de turno PSOE-PP con el nacionalismo trincón catalán y vasco como bisagra. El entusiasmo inicial de grandes capas de población que, hartas de tanta corrupción, se echaron en brazos de Podemos empezó a disiparse en cuanto Iglesias y los suyos mostraron la pata ideológica, entroncada con ese atroz chavismo enemigo de las libertades públicas tal como se entienden en la UE. De modo que esas clases medias han huido espantadas ante la mera sospecha de una salida a la venezolana para la crisis política española, y muchos han preferido el cambio sensato que representa Ciudadanos, algo que explica el éxito reciente de Albert Rivera y también algunas de sus meteduras de pata. Ahora se percibe con claridad la importancia del fracaso de la operación Ciudadanos-UPyD que frustró la obcecación de Rosa Díez, porque esa entente hubiera dado como resultante un partido mejor implantado en toda España, a cubierto de tanto oportunista como en las últimas semanas se está subiendo en marcha al tren de C’s y que pueden hacerlo descarrilar en no pocas estaciones.

Por encima del supremo cabreo de tantos españoles con una corrupción que lo impregna todo, parece evidente que nuestras clases medias no están para soluciones tremendistas del tipo borrón y cuenta nueva. España no es la historia de un fracaso, se mire por donde se le mire. Los versos de Gil de Biedma ( “De todas las historias de la Historia / la más triste sin duda es la de España / porque termina mal. Como si el hombre, / harto ya de luchar con sus demonios, / decidiese encargarles el gobierno / y la administración de su pobreza…”) es sólo eso, la expresión del profundo pesimismo de un burgués acomodado y culto. La España anterior al desarrollismo franquista, hace de esto apenas 55 años, aquella España que literalmente se comía los mocos, pobre y atrasada de solemnidad, no resiste la menor comparación con la de hoy (a pesar de los años de crisis, 22.780 euros PIB per cápita en 2014, frente a los 4.227 de 1980), por muchos que hayan sido los excesos cometidos a lo largo del boom 1995-2007, y por muy magulladas que hayan llegado hasta aquí sus instituciones, necesitadas de una radical regeneración.

El miedo a poner en riesgo lo conseguido en las últimas décadas es uno de los fenómenos que con más nitidez se están percibiendo a lo largo de esta campaña, miedos exacerbados por el discurso, tan deshonesto como ramplón, de un Mariano Rajoy de cuya boca no ha salido ni una petición de disculpas por tanta corrupción como amansa el PP en sus filas ni una apelación a esa ansiada regeneración. El pinchazo de Podemos en las encuestas antes comentado es una prueba de que difícilmente esos miedos lograrán hacer mella en ese electorado progresivamente maduro que rechaza tanto los saltos en el vacío como la contumacia en el inmovilismo que caracteriza a Rajoy y su equipo, lo cual poco o nada tiene que ver con el voto oculto PP que sin duda existe y que hoy podría aflorar con fuerza para sorpresa de muchos.

La hora de echar a andar hacia el futuro
Se trata de construir sobre lo existente, no de destruir; de regenerar las instituciones, no de hacerlas añicos; de elevar la calidad de nuestra clase política, no de acabar con ella. La campaña ha vuelto a poner de manifiesto el bajo nivel de nuestra clase política, a menudo enfrascada en el pobre recurso del insulto al contrario. Aun reconociendo que se trata de municipales y autonómicas, ni un solo potente discurso de futuro se ha escuchado en 15 días de atroz matraca. Nadie se ha cuestionado la virtualidad de nuestro modelo territorial. Todo o casi se ha reducido a un globo de soluciones mágicas, una ristra de alegatos de un desalentador estatismo prometiendo el oro y el moro, resumido todo en compromisos de gasto a mansalva contra el presupuesto, municipal o autonómico y, en general, contra el bolsillo del contribuyente vía impuestos. A nadie se le ocurre, en la España de 2015, preguntar cuánto Estado quieren los ciudadanos. A tenor de lo escuchado, el fantasma de Moralzarzal y su platillo volante en forma de coso taurino podría volver a reeditarse a poco que acompañen las circunstancias económicas. Todo es gasto público. Todo, Estado a palo seco, con la libertad y la responsabilidad individual batiéndose en retirada.

Por una vez no es tópico calificar de histórica la jornada de hoy, porque histórico sería que Madrid y Barcelona tuvieran esta noche por alcaldes a dos mujeres más bien antisistema. Está por ver el fuelle que siguen conservando PP y PSOE, dos partidos que llegan hasta aquí arrastrándose por el lodazal de sus miserias, y qué puede pasar con sus respectivos líderes. Interesante será calibrar la fuerza del voto joven, esos casi 400.000 nuevos votantes cuya voz podría inclinar no pocas balanzas. Y qué espacio va a ocupar en el abanico político español la ensoñación bolivariana de Iglesias y su Podemos, por no hablar del reto de Ciudadanos y sus posibilidades reales de convertirse en el gran partido del centro derecha español del siglo XXI. Sí, es cierto, es el final del monopolio bipartido, y el tiempo de arranque de esa “España posible” que los ciudadanos estamos obligados a hacer realidad tras el fin de la Transición. Ha llegado la hora del reparto de premios y castigos. El momento de echar a andar hacia el futuro.

Las iglesias y la ley de memoria histórica
 www.gaceta.es  24  Mayo  2015

Los españoles de a pie obraron la reconciliación sin necesidad de que viniera el poder a imponérsela. Hay algo maléfico en esta siembra retroactiva de cizaña.

Es bastante triste que los furiosos vengadores de la “memoria histórica” vayan a hurgar en las iglesias para remover las lápidas de los caídos. Más triste aún es que algún prelado parezca dispuesto a plegarse al juego. Flaco favor se hace a los fieles y a la fe. Flaco favor se hace a la memoria de los muertos y sus familias. Y todavía peor: flaco favor se hace a una sociedad que mucho, mucho tiempo atrás había superado el trauma de la guerra civil. Los españoles de a pie obraron la reconciliación sin necesidad de que viniera el poder a imponérsela. Hay algo maléfico en este eterno retorno de la división, en esta siembra retroactiva de cizaña. La ley de memoria histórica ha inoculado en nuestra sociedad un virus del que ya nos habíamos curado.

El próximo mes de noviembre hará cuarenta años que murió Francisco Franco. Cuarenta. Es decir que habrá pasado más tiempo desde su muerte que los tópicos cuarenta años que él gobernó (que en realidad son 39 si contamos desde 1936). Vale la pena traer a colación el juego cronológico porque da fe de hasta qué punto es artificial toda la polémica acerca de la “memoria histórica” y la supuesta vigencia de la huella del franquismo. ¿Qué memoria? ¿Qué huella? Casi la mitad de los españoles de hoy nació después de 1975. Para los otros, la memoria real del franquismo se limita a los años felices del desarrollo económico. Muy pocos recuerdan el dolor de la guerra y sus desastres. Y entre éstos, lo más vivo no es la guerra, sino, al revés, la paz, porque fue precisamente esa generación la que saltó sobre sus cicatrices, juntó sus manos y llevó a España al periodo de mayor crecimiento de toda su historia. Esa generación fue propiamente heroica. Gracias a ella se cosieron las tópicas “dos Españas”; gracias a ella se construyó un país moderno; gracias a ella pudo haber después una transición pacífica a la democracia. Es abominable que sus nietos vengan a arruinar su trabajo: una ingratitud monstruosa.

¿De verdad hay “vestigios del franquismo” en las iglesias? ¿De verdad las lápidas de los muertos son una manifestación política? Conviene recordar algunas cifras. Bajo el gobierno del Frente Popular fueron asesinados 6.832 religiosos (sacerdotes, monjas, frailes, obispos) por las milicias gubernamentales, frecuentemente en circunstancias atroces de tortura y crueldad. La cifra no incluye a las decenas de miles de españoles seglares asesinados por su fe. El número total de víctimas del “terror rojo” se calcula entre 50.000 y 60.000. De ellas, gran parte fue asesinada exclusivamente por motivos religiosos. Ningún sector social sufrió tanto las consecuencias de la guerra civil.

“Sacerdotes y religiosos han sido detenidos, sometidos a prisión y fusilados sin formación de causa por miles”, reconocía el propio gobierno del Frente Popular en informe de su ministro de Justicia, el nacionalista vasco Irujo. Si la Iglesia apoyó el alzamiento nacional –y no lo hizo hasta fecha tan tardía como el verano de 1937-, fue precisamente por esa bárbara persecución. Por lo mismo, miles de españoles salieron de sus pueblos para tomar las armas no por Franco, sino por Dios y España. Es decir, por lo mismo que pone en esas lápidas que ahora un abogado nacido en 1984 se propone destruir en nombre de una ley de memoria histórica que falsea la historia, distorsiona la memoria y jamás debería haber sido ley.

La Ley de Memoria Histórica no es otra cosa que la absurda pretensión de juzgar la historia colectiva desde el poder. Absurdo sobre absurdo, la pretensión llega hasta el extremo de atribuir al poder la potestad de señalar a los buenos y a los malos en un relato maniqueo que, además de falsificar el pasado, envenena el presente. El Gobierno del PP debería haber derogado esta ley. Como en tantas otras cosas, ha sido demasiado cobarde para hacerlo. Y ya que el poder no lo hace, sólo cabe esperar que la sociedad española, esa misma sociedad que supo suturar la herida de la guerra y construir un país formidable, sepa ahora sobreponerse a una ley que parece expresamente concebida para seguir rompiendo España.

El Gobierno de Dinamarca denuncia la tergiversación realizada por el nacionalismo catalán de la resolución de su Parlamento
Redacción Cronica Global  24  Mayo  2015

El ministro de Asuntos Exteriores danés, Martin Lidegaard, advierte de que ha habido una "malinterpretación" de la declaración aprobada por el Parlamento de Dinamarca que insta al diálogo para solucionar la cuestión del independentismo catalán. Asegura que se trata de una cuestión interna de España "que deben resolver los españoles y, por supuesto, no hace falta decirlo, de acuerdo a la Constitución española".

El Gobierno de Dinamarca ha salido a denunciar públicamente las "malinterpretaciones" que desde el nacionalismo catalán se han realizado sobre la resolución aprobada este martes por el Parlamento danés; un texto en el que la Cámara apoyaba un "diálogo democrático y pacífico" entre el Gobierno de España y el Gobierno autonómico de Cataluña en relación al independentismo catalán.

Algunos medios y políticos nacionalistas de Cataluña -incluido el portavoz de la Generalidad, Francesc Homs- habían deducido de esa resolución que el Parlamento de Dinamarca apoyaba un supuesto derecho a la autodeterminación de Cataluña. Sin embargo, el Gobierno danés ha rechazado esa interpretación de raíz.

"Una cuestión que deben resolver los españoles de acuerdo a la Constitución"
En declaraciones a los medios, el ministro de Asuntos Exteriores de Dinamarca, Martin Lidegaard -acompañado del ministro de Asuntos Exteriores y de Cooperación de España, José Manuel García-Margallo-, ha señalado este viernes:

"Entiendo que ha habido alguna malinterpretación del debate que tuvimos en el Parlamento danés. Dinamarca y la gran mayoría del Parlamento danés y del Gobierno danés, por supuesto, no quiere interferir de ninguna manera en esta cuestión en España. Esta es una cuestión que deben resolver los españoles y, por supuesto, no hace falta decirlo, de acuerdo a la Constitución española".

Se ha realizado "una interpretación torticera y deliberadamente distorsionada"
Posteriormente, García-Margallo ha señalado en que desde el nacionalismo catalán se ha realizado "una interpretación torticera y deliberadamente distorsionada" de la resolución aprobada por el Parlamento de Dinamarca.

"En política y en la vida hay cosas que se pueden hacer y cosas que no se pueden hacer. Y lo que no se puede hacer es hacer economías con la verdad para confundir a la opinión pública", ha añadido el ministro, quien ha insistido en que su homólogo danés, "como cualquier otro ministro de la Unión Europea y, si me apuran, de la comunidad internacional", ha subrayado que "la organización territorial es una cuestión interna de cada Estado".

"Y, en el caso de España, que debe ser resuelta por el pueblo español en su conjunto y no por una parte del pueblo español, y de acuerdo con los procedimientos establecidos en la Constitución", ha concluido.

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Momias

Luis del Pino Libertad Digital  24  Mayo  2015

Todos ustedes saben qué es una momia. Lo que quizá no conozcan es de dónde les viene su nombre.

En el antiguo Egipto, como en todas partes, aquellos que tenían dinero podían acceder a los mejores servicios. Entre ellos, por supuesto, el de la momificación. Los cuerpos eran preservados con costosos tratamientos - incluyendo un sellado de la momia con resina - para que los faraones y grandes dignatarios disfrutaran de una adecuada vida en el otro mundo.

Los que no tenían tanto dinero, tenían que conformarse con tratamientos más simples. Y en vez de resinas y perfumes, al final esas momias de segunda clase se terminaban embadurnando de betún.

De ahí viene, precisamente, el nombre: en árabe, al betún se le llama mumiya, de donde hemos tomado la denominación "momia".

Y es precisamente el betún el responsable de que muchas momias hayan sido destruidas. Al estar envueltas en betún, que es un buen combustible, durante siglos se estuvieron usando momias de manera común para encender fuego en las frías noches del desierto.

Aunque algunas otras momias se destruyeron por razones menos entendibles. En la Inglaterra del siglo XIX, por ejemplo, existe constancia de alguna fiesta de la alta sociedad en la que la atracción fundamental era el desenrollado de una momia traída desde Egipto, en plan entretenimiento morboso. Y antes de eso, en la Edad Media, hubo un tiempo en que se creía que el polvo de momia triturada era curativo, por lo que en Europa se comercializaba con toda normalidad hasta el siglo XVI. Más tarde, el polvo de momia se estuvo usando durante bastante tiempo para obtener un pigmento que los pintores utilizaban en sus cuadros.

Mark Twain escribió, en cierta ocasión, que las momias se usaban en Egipto para alimentar las calderas de las locomotoras de vapor. Era solo una broma de ese genial escritor, pero lo cierto es que a lo largo del tiempo se han destruido decenas o centenares de miles de momias, con distintos fines.

De todos modos, no se preocupen: tenemos momias para dar y tomar, porque varios miles de años de historia egipcia dan mucho de sí. Hace poco, por ejemplo, se descubrió cerca de El Cairo el cementerio de Fag el Gamous, donde se calcula, tras las primeras excavaciones, que puede haber enterradas más de un millón de momias.

Y no tenemos solo momias de seres humanos: los antiguos egipcios no se limitaban a momificar los cuerpos de sus familiares, sino que también hacían lo mismo con sus mascotas. Se conservan cientos de miles de animales de compañía momificados, sobre todo gatos, muchos de los cuales eran enterrados con sus amos, para acompañarlos en su viaje al otro mundo.

También en España tenemos muchas momias: si no me creen, echen un vistazo al panorama político. Y al hablar de momias, no me refiero a la edad, sino a la actitud mental: tenemos algunos políticos jóvenes completamente momificados en sus concepciones ideológicas, mientras que otros políticos de más edad aún conservan la frescura.

Tenemos momias de ex-presidentes de gobierno, que se pasean de mitin en mitin dando consejos de abuelo cebolleta. Tenemos momias de presidentes de gobierno que no gobiernan, porque sus ataduras de momia les impiden incluso empuñar el bolígrafo para firmar decretos. Tenemos momias de ex-presidentes autonómicos, que de vez en cuando comparecen en comisiones parlamentarias, para asustar a los diputados que fingen preguntarles por sus millonarias herencias. Tenemos momias togadas, que se limitan a decir amén a las órdenes que reciben de sus amos políticos. Tenemos momias nacionalistas, enrolladas en una estelada en vez de en una gasa. Tenemos momias de "egipcios", acostumbrados a poner el cazo para recibir comisiones millonarias. Tenemos momias ideológicas, que hablan con nostalgia de Marx y Engels, como si los hubieran conocido.

Tenemos momias, como ven, para dar y tomar. Y de muchas variedades.

Aunque todas ellas tienen algo en común: viven a nuestra costa. Decidieron momificarse porque la "otra vida" consistía, básicamente, en pastar en abundancia en el presupuesto público, aprovechando que los dineros públicos "no son de nadie".

En mi modesta opinión, va siendo hora de que nos desembaracemos de tanta momia como habita ese cementerio de elefantes que es la política española.

No digo que debamos desenrollarlas, como hacían los ingleses de clase alta: sería una falta de respeto.

Pero lo de usarlas como combustible para alimentar la locomotora de la Nación, como sugería Mark Twain, quizá no estuviera de más.


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