AGLI Recortes de Prensa   Miércoles 27  Mayo 2015

El complejo camino del cambio
Juan M. Blanco www.vozpopuli.com 27  Mayo  2015

Los resultados de las pasadas elecciones en España, las reacciones de los partidos ante posibles pactos para gobernar autonomías y ayuntamientos, proporcionan algunas pistas que deben analizarse trascendiendo el mero morbo o cotilleo. Fijando la vista más allá del simple reparto de poder entre formaciones políticas. Resulta llamativo, pero no sorprendente o novedoso, que los electores aprovechen las elecciones autonómicas y municipales para castigar a Mariano Rajoy. Es demasiado común que las autonómicas se voten en clave nacional, un fenómeno advertido hace años, con inquietantes consecuencias. La complejidad, la multiplicidad de escalones en la administración, conducen a una enorme dificultad para identificar las competencias de cada cual, para atribuir responsabilidades concretas. Ante tal indefinición, muchos votantes fijan su mirada en el gobierno nacional, allí donde los grandes medios focalizan su atención.

Así, los gobiernos autonómicos poseen pocos incentivos para gestionar bien pues se sienten tan solo débilmente controlados por el voto. Los políticos regionales perciben mucho más rentable expandir redes clientelares, colocar a los partidarios y repartir favores a ciertos grupos de presión, que establecer una administración eficiente, capaz de prestar servicios de manera eficaz y barata. De todos los males, siempre tendrá la culpa Madrid.

El hecho de que la corrupción nunca afectara significativamente a los resultados electorales, fue interpretado como indiferencia o consentimiento de la población ante el latrocinio generalizado. Errónea explicación. Con una corrupción tan extendida, desde el Rey hasta el último concejal, siendo la putrefacción la regla, no la excepción, de poco sirve negar el voto al partido que protagoniza un escándalo. Habría que apoyar a otro que, seguramente, sigue el mismo procedimiento de cobro de comisiones. La corrupción se daba por descontada, igualaba a los participantes, nivelaba el terreno de juego. Y el voto respondía a otros motivos diferenciales. Sólo quedaba la abstención como derecho al pataleo.

Cambio de reglas, no de caras
El enfoque ha cambiado en estas elecciones. Pero solo en parte. Siendo la corrupción una característica consustancial al sistema, parte del electorado se ha decantado por nuevos partidos, todavía vírgenes, no identificados con el Régimen. Pero no se ha producido el vuelco de la Italia de los 90, donde el descubrimiento de Tangentopoli condujo a la desaparición de los partidos tradicionales. Quizá mucha gente considere que un mero cambio de caras no es garantía de limpieza, que la corrupción generalizada no surge de la intrínseca maldad de los dirigentes: constituye un equilibrio perverso sustentado en la ausencia de controles y contrapesos eficaces. Si no cambias las reglas, acabarás con idénticos resultados.

Sin una reforma profunda, radical y sostenida, el encaje de los nuevos partidos en el sistema corrupto es solo cuestión de tiempo. Máxime cuando surgen con un discurso plagado de discrecionalidad y arbitrismo, proponiendo medidas simples para cada problema complejo, sin considerar el conjunto, los efectos secundarios que crean problemas nuevos. Llegan con un enfoque de arbitrariedad y demagogia, no de reglas generales. Gran parte del electorado continúa votando a los corruptísimos y nefastos partidos dinásticos porque aun no vislumbra una opción alternativa coherente y fiable. Ni unos dirigentes que proporcionen un ejemplo intachable.

Abocado a acuerdos con los partidos tradicionales, Ciudadanos pretende no mojarse de momento, solicitando ciertas condiciones puntuales para pactar. Una de ellas es la exigencia de primarias, una medida necesaria en términos generales, pero ineficaz en partidos ya degenerados o en sistemas completamente podridos. Con buena parte de la militancia colocada en puestos de la administración, o aledaños, el voto de las primarias no refleja solo la valía o ideas del candidato. Responde también a inconfesables intereses corporativos, a intercambios de favores. Un clientelismo extremo donde cada cual vota al capo de su mafia, aquél a quien debe las prebendas.

¿Una ley para cada problema?
Las primarias podrían resultar improductivas incluso en los nuevos partidos, si el voto refleja expectativas de reparto de favores futuros, si responde a una perversa dinámica de grupos de intereses. ¿O piensan que todos los recién llegados a la política vienen movidos por generosidad, patriotismo, ansias de servir a sus conciudadanos? La exigencia de primarias es un buen ejemplo de medida atractiva, de gesto de cara a la galería, que se diluye en agua de borrajas si no va acompañada de reformas mucho más profundas, capaces de atajar el clientelismo, el particularismo o el intercambio de favores. La pretensión de cambiar el sistema con medidas puntuales, parciales, sin considerar el panorama global, ni atajar de raíz las causas últimas de los males, conduce a una trampa de difícil salida. Los nuevos partidos entonan una letra distinta. Pero la música, el tono y el ritmo, podrían sonar igual.

El Régimen entra en una nueva etapa de acelerada descomposición, con un panorama político mucho más fraccionado, mayor competencia por el reparto de puestos, ventajas y prebendas. Unos pretenden estirar el brazo más que la manga, prometiendo un presupuesto de goma, capaz de satisfacer cualquier "derecho" a cambio de una papeleta. Otros cantan loas a la ansiada regeneración, sin saber muy bien qué significa o cómo llevarla a cabo. Pero todos parecen dispuestos a implantar numerosas medidas puntuales: ante cada problema, nueva norma, nuevo decálogo. Olvidan que la regeneración comienza suprimiendo la selva de leyes, las múltiples excepciones que fomentan el favoritismo y la arbitrariedad. Primando reglas generales, sencillas e iguales para todos. In claris non fit interpretatio.

A pesar de su nulidad, su visión estrecha, su limitación a intereses particulares, partidistas y grupales, a pesar de ser la quintaesencia de un Régimen que se descompone, Mariano Rajoy ha tenido suerte. Si hubiera encontrado enfrente una opción alternativa seria, coherente, con claro proyecto de futuro, con dirigentes dando ejemplo de valía, honradez y valentía, despreocupados de tácticas electoralistas, no hubiera quedado de él ni las raspas.

El triunfo del resentimiento
Almudena Negro www.vozpopuli.com 27  Mayo  2015

“Gran número de los enemigos del capitalismo sabe perfectamente que su situación personal se perjudicaría bajo cualquier otro orden económico. Sin embargo, propugnan la reforma, es decir, el socialismo, con pleno conocimiento de lo anterior, por suponer que los ricos, a quienes envidian, también van a padecer” (Ludwig von Mises)

Así describía el economista, escritor, filósofo e historiador Ludwig von Mises el resentimiento, que consideraba, con razón, se encuentra en la base del antiliberalismo. Y el domingo en España triunfó exactamente lo arriba descrito. Madrid y Barcelona, las dos ciudades más importantes del país, serán gobernadas por la extrema izquierda. Un desastre sin paliativos que a nadie debería alegrar. El turismo está en su punto de mira. Como la economía de mercado, la que ha hecho de Madrid una ciudad próspera y cosmopolita. La amarga victoria del centro-derecha, por más que Mariano Rajoy, cuyas palabras el lunes después de la derrota enfurecieron aún más a los votantes enfadados con el PP, trate en perfecto politiqués de hacernos creer que su formación va bien, no puede sorprender a nadie.

Se estima en 30.000 enchufados los que en junio se irán al paro. Imaginen lo que eso significa para los populares y sus redes clientelares, que son las de la partitocracia. Pero hace tiempo que en Génova los políticos han sido sustituidos por burócratas sin ideología. Y ese es, precisamente, el origen de la debacle. No había ganas de votar a los de Rajoy y Soraya. A los que han renunciado a hacer política. Más de dos millones de electores, que se dice pronto y que Pedro Arriola aseguraba se movilizarían en cuanto mejorase levemente la economía, han pasado de ir a votar. Los menores de cuarenta años lo de votar al PP ni se lo han planteado. Los cavernícolas digitales de la séptima planta no los entienden. No ha servido tampoco de nada tratar de vender juventud poniendo como portavoz al solvente y eficaz Pablo Casado. Ni siquiera Esperanza Aguirre, quien se ha equivocado en la confección de listas en Madrid al sacar de las mismas a la gente de los pueblos para meter a los enchufados de Madrid y de ahí la pérdida de mayorías en municipios populares como Las Rozas, Alcorcón o Majadahonda, ha podido contener la desafección. Sólo Cristina Cifuentes, de quien se colgarán ahora todos porque es la única que puede colocar a gente y eso si Ignacio Aguado lo permite, salvó los muebles. En el último momento. Y eso pese a la campaña personal hecha en su contra, quién sabe si no ideada por fuego amigo y cercano.

Por perder, el PP pierde la absoluta hasta en Murcia, en donde dependerá de los cuatro diputados naranjas. Cospedal también se ha quedado con las ganas y se va a ir la oposición. NO se lo esperaba. Que Soraya sonría ante la caída de sus rivales sólo demuestra que la vicepresidenta no se entera de nada y que es un cáncer para el PP. Cientos de alcaldes que han gestionado bien se han quedado sin votos por las políticas zapateristas seguidas por ella, su jefe y Montoro. De Bolinaga a las 50 subidas impositivas.

Valencia, otra de las grandes ciudades, también quedará en manos de la izquierda y del nacionalismo catalán de Compromís. Menos España en Valencia. Aunque más en Cataluña, en donde CiU se ha pegado monumental batacazo. Ada Colau, sin embargo, se apresura a dejar claro que ella respeta esa falacia que los separatistas llaman derecho a decidir. Todo socialismo deviene nacionalista.

Ciudadanos, ya era hora, ha obtenido buenos resultados en unas municipales en su tierra. Cinco flamantes concejales en Barcelona o la irrupción de Ángeles Ribes en el ayuntamiento de Lérida lo atestiguan. Es el premio al trabajo duro y desagradecido de muchos años. Empero, en el resto de España ha defraudado unas expectativas infladas por las encuestas y los medios de comunicación. No son tan decisivos como parecían iban a ser. Una semana más de campaña y el pinchazo hubiera sido mayor. Lo de sus candidaturas ha sido un verdadero despropósito, que les ha restado votos. La mejor política de comunicación de sus rivales ha sido prestarles micrófono a los candidatos, que fuera de Rivera y el elenco catalán son muy poca cosa. Ahora, toca pactar. Y de eso va a depender el futuro. Es por eso que Rivera cometería un error si su proclama de aspirar a la presidencia del gobierno fuera algo más que propaganda. Como lo es insistir en interferir en el funcionamiento interno del resto de partidos, en lugar de exigir cambios en la ley electoral que permitan que haya representación. Que podamos elegir a nuestros representantes. En Barcelona tienen que reflexionar si no quieren seguir a medio plazo, se intuye, el camino de UPyD. Un UPyD que, como Izquierda Unida, ayer desaparecía. Rosa Díez, a diferencia de Cayo Lara de quien no se sabe bien de qué presume, tiró la toalla.

¿Y el PSOE? Pedro Sánchez aguanta, aunque la pérdida de los principales ayuntamientos andaluces por parte del PP podría apuntalar a Susana. En realidad el destino del PSOE está, desde ayer, en manos de Pablo Iglesias. Y no me refiero al linotipista.

Es la microeconomía, estúpido
María Vega El Mundo 27  Mayo  2015

Herido de gravedad en las urnas y en todas las encuestas, el presidente del Gobierno sigue aferrándose a sus cifras macroeconómicas para ensalzar su legado. Es inexplicable que Mariano Rajoy no sea capaz de entender que el crecimiento del PIB o la caída de la prima de riesgo son magnitudes lejanas para el ciudadano que lo que quiere premiar con su voto son las políticas que mejoran su nivel de vida en un país en el que una de cada cinco personas vive con menos de 8.000 euros al año y dos millones de hogares no tiene recursos para encender la calefacción en invierno, según el INE.

Al ciudadano de a pie le da igual que el Banco de España pronostique que este año la economía va a crecer un 2,8% si sus ingresos han caído una media anual del 3,5% desde 2011, como puso de manifiesto recientemente la OCDE.

Tampoco se entusiasma al leer en la prensa que el cuadro macro del Gobierno estima que el paro terminará la legislatura en el 22,9% cuando piensa que en España todavía hay 4,3 millones de parados que si en el mejor de los escenarios logran encontrar un trabajo tienen un 25% de posibilidades de firmar un contrato con una duración inferior a siete días.

Más frío aún se queda cuando el Ejecutivo le promete que de aquí a 2018 se crearán medio millón de empleos anuales si comprueba que en la práctica sólo se firman contratos para profesiones de baja cualificación, como peones agrícolas o camareros, y los españoles con estudios universitarios sólo representan un 13% de los contratos del primer trimestre. Un dato que ayuda a entender la debacle electoral del Gobierno en zonas urbanas.

¿Y el déficit? ¿Es una buena noticia que España lograra cerrar 2014 con un déficit del 5,8% frente al 9,4% que heredó Rajoy del Gobierno de José Luis Rodríguez Zapatero? Podría serlo si no fuera porque son muchos los ciudadanos que culpan a esa disciplina fiscal del sufrimiento que está suponiendo para los colectivos más vulnerables la merma del Estado de Bienestar. No puede olvidar el presidente que en España, hay 770.000 hogares sin ningún tipo de ingreso por nómina, pensión, subsidio o ayuda.

Para desconsuelo del líder del PP, a los españoles tampoco les sirve que la prima de riesgo esté en tan sólo 134 puntos si la banca sigue sin abrir el grifo del crédito, como lo puso de manifiesto el último Informe de Estabilidad Financiera del Banco de España, que certificó que la financiación a las familias bajó en 2014 otro 6,4%.

Y mientras Cáritas siga teniendo que acoger sólo en la ciudad de Madrid a 300 familias desalojadas de sus viviendas y atender más de 2.800 casos sobre desahucios o embargos, el votante no celebrará que el INE certifique que la compraventa de viviendas encadena ya siete meses de subidas.

Cuando el Gobierno se empecina en que su único problema es de comunicación, minusvalora la crudeza de la crisis económica que según sus datos macro ya ha quedado atrás. Alguien debería transformar la célebre frase 'Es la economía, estúpido' con la que Bill Clinton arrebató a George Bush padre la presidencia de EEUU en 1992 y adaptarla a la realidad del PP recordando que es la microeconomía, la economía real, lo que castigan los ciudadanos.

Dar la espalda a esa realidad sólo sirve para enrabietar a quienes sí entienden los números macro y saben que la soberbia está de más, sobre todo cuando el milagro de la vuelta del crecimiento español no habría sido posible sin un euro débil favoreciendo las exportaciones y el turismo, los estímulos del Banco Central Europeo (BCE) animando los mercados y un petróleo barato impulsando el consumo.

@maria_vega_

Retorno a Marx y Engels
Emilio Campmany Libertad Digital  27  Mayo  2015

Pedro Sánchez está muy contento porque su PSOE ha alcanzado al PP. Sería sin duda un motivo de satisfacción si no fuera porque lo ocurrido es lo contrario, que el PP ha alcanzado al PSOE. En las pasadas municipales, los socialistas se despeñaron desde el 35 hasta poco menos del 28 por ciento de los votos. En éstas de 2015, han seguido cavando hasta el 25. Lo que ha hecho el PP, que logró más del 37 por ciento en 2011, es bajar hasta casi igualarse con el PSOE. Ellos sabrán si eso merece celebrarse. De todas formas, entre los políticos españoles, vender un fracaso como un triunfo se ha convertido en un pecado venial tan frecuente que lo que te despierta cuando dormitas frente al telediario es que alguno admita una derrota, no que la presente como una victoria.

El caso es que el enorme éxito cosechado por el PSOE en estas elecciones le enfrenta a un dilema de difícil solución. Se da por hecho que pactará con Podemos y volverá a gobernar en muchos lugares. Eso estaría muy bien si Podemos fuera como la difunta, aunque todavía no enterrada, Izquierda Unida. A ésta, ido Julio Anguita, le encantaba, salvo la excepción extremeña, redondear las mayorías del PSOE justificándose con que había que impedir a toda costa que gobernara la deresha. Pero Podemos no es Izquierda Unida. Para empezar, exige cosas muy raras, del estilo de que dimita Chaves. Luego, sus líderes saben que su triunfo se basa en un discurso anticasta y que muchos de sus electores no entenderán que sus votos sirvan para apuntalar a un maloliente PSOE. No obstante, puede razonablemente esperarse que estos dos inconvenientes desaparezcan el día en que los indignados pisen moqueta. El problema es que hay una tercera circunstancia cuya letalidad es inequívoca, y es la de que en determinados lugares, algunos muy importantes como Madrid, no será el PSOE quien gobierne con el apoyo de Podemos, sino Podemos con el apoyo del PSOE. Y ese convertirse en la Izquierda Unida de Podemos debería hacer muy poca gracia en Ferraz.

Felipe González tuvo claro desde el principio que con Marx y Engels no se lograban mayorías y no buscó nunca la protección de las hoces y los martillos. Este PSOE de Pedro Sánchez parece que no le hace tantos remilgos a aupar a los comunistas al poder. Pero, me pregunto, ¿qué pensarán los electores que le quedan? Porque da la impresión de que son esos socialistas moderados a los que asusta el bolivarianismo tanto como a la derecha pero que no quieren votar al PP bajo ninguna circunstancia. Si no existiera Ciudadanos, el PSOE podría confiarse, pero existiendo ese refugio cabe la posibilidad de que los pocos electores que le quedan huyan hasta allí asqueados de tanto populismo y tanta apolillada palabrería marxista. Claro que si Pedro Sánchez se ha puesto tan contento por dejarse tres puntos después de haber perdido siete, a lo mejor se pone como loco cuando pierda cuatro más.

ARRIOLA-Rajoy: el caos es lo nuestro
Felicísimo Valbuena www.lavozlibre.com 27  Mayo  2015

Consultor y Periodista

"PERO, ¿QUIÉN SE PIENSA QUE ES ESTE REGISTRADOR DE LA PROPIEDAD?"
Hace justamente dos meses, el 25 de Marzo, escribí aquí mismo "Pedro Arriola, el excelente organizador de derrotas que manda en el PP". Pues bien, me reafirmo en el diagnóstico que ahí presentaba.

En cuanto a Mariano Rajoy, recuerdo que siendo Ministro de Educación, acudió a un acto del Instituto Marqués de Suanzes, de Madrid. Después, en el tentempié que la dirección ofreció a los asistentes, dos profesoras se acercaron a Rajoy. Muy educadamente, le preguntaron qué pensaba hacer con un asunto que entonces preocupaba a los docentes. La respuesta de Rajoy fue darse la vuelta, sin decir una sola palabra, y alejarse de las dos profesoras.

Las dos eran y son mujeres sensatas, muy competentes, extraordinarias. Aquel mismo día me comentaron: "Mariano Rajoy es uno de los tipos más impresentables que hemos conocido en toda nuestra vida. Pero ¿quién se piensa que es este registrador de la propiedad?".

El tiempo ha dado la razón a esas dos profesoras, por más que Rajoy ganase las elecciones generales hace cuatro años. Quienes entienden de Comunicación Política repiten que, en muchas elecciones, los votantes no lo hacen a favor de un determinado líder o partido sino en contra de otros. Ocurrió en 2004, donde el electorado votó más contra el PP que a favor del PSOE y en 2011 sucedió lo contrario.

ARRIOLA-RAJOY VAN A PASAR A LOS LIBROS DE COMUNICACIÓN POLÍTICA
Escribo esta columna con dos actitudes contrapuestas: a) desde la Comunicación Política, el caso ARRIOLA-Rajoy va a pasar a los libros sobre Partidos políticos y sobre campañas electorales como el caso interesante de un personaje (Rajoy) que domina un partido y, a la vez, es manejado por alguien que los votantes no han elegido

(ARRIOLA): b) me molesta profundamente que los españoles vayamos a pasar a los libros de Comunicación Política por este tándem que dirige una fábrica de torpezas.
ARRIOLA-Rajoy recuerdan una película muy célebre de 1966, hace casi cuarenta años: 'Morgan, un caso clínico', de Karol Reisz. Aquí son dos casos clínicos.

Lo malo no es que los dos hayan perdido el sentido de la realidad como le pasaba a Morgan; aquél interpretaba el mundo desde las ideas marxistas que le había imbuido su madre; ARRIOLA-Rajoy creen que política=economía. Y economía, según la entiende Cristóbal Montoro, claro está. Ya comparé a Montoro con un reloj sin manecillas. Es otro caso clínico, pero hoy voy a dejarle aparte.

Lo peor no es que ARRIOLA-Rajoy se crean dos poderosos gorilas, como le pasaba a Morgan; lo pésimo era que Morgan terminaba perdiendo a su mujer, porque ésta se enamoraba de otro hombre, mientras que ARRIOLA-Rajoy están haciendo lo posible para que los votantes del PP se enamoren de otros partidos.

Sí, Rajoy repite lo que le dice ARRIOLA: que él quiere lo mejor para el PP. Todos sus actos demuestran lo contrario. Pregunto a quien esté leyendo esta columna: “¿Recuerda usted alguna elección en la que los candidatos sólo se enteraban de si iban a serlo poco tiempo antes de comenzar la campaña electoral?”. No de España; de otras naciones. ¿A que va contra el sentido común? Ah, pero hay dos clases de sentido común: El de ARRIOLA-Rajoy y el de todos los demás mortales. Pedro Arriola y, por tanto, Rajoy, pensaba que, cuanto más cerca estuviera la revelación de los candidatos antes de las elecciones, menos flancos iban a ofrecer para el ataque de los enemigos políticos. Este “sentido común” suyo pasará a los libros para que los aspirantes a asesores políticos aprendan a no cometer ese error.

ARRIOLA- Rajoy creen que su mayor aliado es el miedo de los votantes a elegir a partidos radicales. Lo que ignoran son los estudios del grupo de Yale de hace más de sesenta años. Meter poco miedo o meter mucho no cambia las actitudes de las personas. Sí puede cambiarlas el miedo intermedio o precaución. ARRIOLA-Rajoy van al bulto: “O yo o el caos”. Pues sí, parece que lo suyo es el caos.

El primero, después de hundir al PP, se jubilará y con su mujer, Celia Villalobos, esa diputada tan culta y tan ordinaria, se irá a tomar el sol y a disfrutar de los millones. Lo mejor que le puede ocurrir a Rajoy es que descubra, aunque tarde, lo importante que, en la vida, es ser una buena persona y adquirir educación emocional (prefiero esta expresión a la de inteligencia emocional).

Y EL PP, ¿QUÉ?
Alguien del PP debería sintetizar los puntos fundamentales del libro 'Victims of Groupthink', del genial, del muy genial Irving Janis, y difundirlos a sus dirigentes. En La Voz Libre, he aplicado los hallazgos de ese libro a varios grupos; entre ellos, a los pilotos de Iberia y a los controladores aéreos. Seguro que no les gustó a los pilotos ni a los controladores. Sin embargo, el análisis de sus errores salió clavado. Janis, miembro de ese grupo de Yale, al que he citado anteriormente, empezó ayudando a una de sus hijas a hacer un trabajo que le habían encargado en el Colegio, y acabó escribiendo uno de esos libros que no debía de faltar en la biblioteca de los consultores de empresarios y políticos.

En la reunión que ayer mismo celebró Rajoy con los responsables del PP, demostró que él es una víctima de la mentalidad de grupo. Lo peor de esa reunión es que la inmensa mayoría calló. Es decir, que son víctimas de esa mentalidad tan perniciosa. Lo mejor, que no aplaudieron a Rajoy y que Luisa Fernanda Rudi, por Aragón, y José Ramón Bauzá, por Baleares, salvaron el honor. Como recomienda Janis, conviene que los grupos tengan un “abogado del diablo”. Antes, era Esperanza Aguirre. Ahora ha pagado admitir que la nombrase candidata el dedo caprichoso de Rajoy.

José María Aznar podría haber sido también un buen “abogado del diablo”. Sin embargo, está acomplejado por varias razones: Nombró a Rajoy y se ha dejado despreciar por éste; ha permitido que su mujer fuera alcaldesa de Madrid y ha demostrado que le gusta el dinero. Recuerdo cuando el General De Gaulle llamó a George Pompidou para ser Primer Ministro en 1962. Pompidou era banquero y el General le preguntó: “¿No será usted como esos que ponen su afición al dinero por encima de la dignidad de Francia?”. Pompidou fue Primer Ministro de 1962 a 1968 y sólo la muerte le impidió seguir siéndolo.

José María Aznar lleva plomo en las alas, pero todos los días estamos viendo cómo unos naturalistas entusiastas curan sus heridas a las aves. Cuanto antes acabe el PP con lo que representan ARRIOLA-Rajoy, mejor les irá al partido y a los españoles. Al menos, los del PP podrán mirarse al espejo y a las caras de sus hijos sin avergonzarse. Al menos, demostrarán que los principios son los principios y que no pueden traicionar a los votantes como ha hecho Rajoy. Y que las primarias son un instrumento para elegir a los mejores.

Aunque el PP tenga que pasar dos o tres legislaturas en la oposición. Algunas dietas fortalecen.

Cómodo y tranquilo
Vicente A. C. M. Periodista Digital 27  Mayo  2015

No por esperado deja de ser menos decepcionante. Las declaraciones ayer en rueda de prensa de Mariano Rajoy, Presidente del PP y del Gobierno de España, matizadas y ampliadas en el turno de preguntas de los periodistas, fue un espectáculo bochornoso que llevan a ser muy pesimistas en cuanto al futuro del partido que hasta la irrupción de CIUDADANOS, ha intentado ser el portavoz del llamado centro-derecha español. Hay que poner en valor la inmediata, aunque tardía, asunción de responsabilidades al reconocer su responsabilidad personal en los resultados. Sin embargo su hipocresía extrema llegó en el momento en que tras decir que no iba a refugiarse en los números, comenzó a desgranar porcentajes y a resaltar que el PP había sido la fuerza política más votada en modo global de recuento de votos. La guinda del pastel llegó cuando dijo sentirse “cómodo y tranquilo” ante el futuro.

Pero es que horas antes de esa comparecencia, cuando comenzó la reunión de la Ejecutiva Nacional del PP, fueron muy escasas voces las que una vez más se atrevieron a insinuar una auto crítica, voces que fueron debidamente acalladas por la Presidencia liderada por el propio Rajoy. Es verdad que de esa reunión solo se han obtenido flashes y declaraciones parciales que no pueden darnos una visión completa del clima de tensión y frustración que debería respirarse en la sala. Bien es verdad que el propio tamaño, disposición de las mesas en forma de U y composición de la Junta Ejecutiva no ayudan a un desarrollo dialéctico fluido. El resumen queda definido en la frase de Rajoy de seguir considerándose el mejor candidato, desde luego desechando optar por unas elecciones primarias donde esa afirmación fuese corroborada por las bases del partido.

Es lamentable el que el PP siga incumpliendo el mandato constitucional (ver artículo 6) de que los partidos políticos su estructura interna y su funcionamiento deberán ser democráticos. EL Presidente del PP sigue siendo un elemento plenipotenciario que usa su poder no solo para perpetuarse en el cargo, sino para poder decidir el futuro de sus subalternos a su buen entender y albedrio. Unas normas internas que CIUDADANOS cuestiona y que pone como una de las condiciones de regeneración política a la hora de acordar pactos con otros partidos. Y eso en ningún caso puede ser calificado como “injerencia”, sino como una medida de seguridad preventiva para evitar descalificaciones del tipo:” dime con quién andas y te diré quién eres”.
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Es decepcionante comprobar que la cobardía o los intereses personales son capaces de acallar a quienes deberían dar un paso al frente. Es verdad que el Congreso infame y a la búlgara de Valencia fue el comienzo de la descomposición ideológica y el inicio de un camino de oportunismo político basado en el exclusivo objetivo de alcanzar el poder. Fueron especialmente sonadas las expulsiones o renuncias de personajes tan emblemáticos como María San Gil, José Antonio Lara, Jaime Mayor Oreja y también las posturas melifluas y azoradas de otros personajes como la propia Esperanza Aguirre cuando los Liberales fueron invitados a irse por la puerta abierta por Mariano Rajoy. Y hubo otras muchas que callaron ante la deriva de un partido que se iba transformando en algo irreconocible y ajeno a muchos ciudadanos de la derecha tradicional, liberales y moderados progresistas.

Con permiso del insuperable maestro Rafael Alberti: Se equivocó “la gaviota”, se equivocaba. Por ir al norte, fue al sur. Creyó que el trigo era agua. Se equivocaba.

Ya he visto un “meme” con la imagen muy expresiva de una gaviota muerta sobre la arena de la playa. Creo que eso es solo un reflejo de la realidad que no quieren ver ni admitir los responsables del PP y no me refiero exclusivamente a su actual sumisa y silente Ejecutiva Nacional y sí a los casi 800.000 militantes y simpatizantes de esa formación. De ellos depende el futuro del partido y del equilibrio de fuerzas a nivel nacional. Desgraciadamente CIUDADANOS no puede sustituir por ahora una función que ni por estatutos ni por su incipiente desarrollo estructural le permite. ¿Vamos a consentir que esa izquierda radical con la ayuda del PSOE consiga su objetivo de echar a lo que llaman “derecha”? Sería un error histórico de consecuencias inimaginables.

Siento decir que ante esta situación no me siento como Mariano Rajoy, ni cómodo, ni tranquilo, sino extremadamente preocupado por el futuro de España. La izquierda vuelve a formar un "frente popular" revanchista y excluyente que desprecia todos los valores y libertades, así como la propiedad privada.De nosotros depende asistir cómodos y tranquilos o empezar a despertar de este letargo.

El Partido Pa'llorar
F. JIMÉNEZ LOSANTOS El Mundo 27  Mayo  2015

Decíamos anteayer, cuando se contaban los últimos votos del 24M: «se ha hecho realidad la fantasía de Rajoy que aquí comentamos ya hace años: que no quedara nada del PP para que él pueda presentarse en las Generales como último valladar ante un Frente Popular- Podemos, PSOE, IU y los separatistas, incluida la ETA». Y añadíamos: «¿puede este prodigio de doblez, ese archivo de necedades y traiciones, pensar en sí mismo o en su vicesombra, la torva Soraya, como remedio de un desastre del que es único responsable? Claro que puede, y si le dejan, lo hará. Tras matar al PP, aún lo dejará sin enterrar». Y así ha sido. No tiene mérito adivinar a Rajoy: piensa mal y acertarás, ponte en lo peor y te quedarás corto. Faltaba comprobar hasta qué punto el rajoyismo hacía inviable la supervivencia del Partido Popular, cómo iba a reaccionar, si reaccionaba, un partido al que Rajoy ha llevado al peor resultado de la derecha española desde 1991, recordando algo peor: el hundimiento y desaparición de UCD en 1982.

Pues bien, la reacción, o mejor, la falta de reacción del PP ante su tercera debacle consecutiva -europeas; andaluzas; municipales y autonómicas- ha sido tan lamentable (se han ido Herrera, Bauzá y Fabra, el PP se disuelve por horas), que si la Providencia no lo remedia -y hasta el Vaticano se ha hecho peronista- estamos a seis meses de que la mayor organización política de España, medio millón de militantes, la única con implantación nacional, se convierta en rebaño camino del matadero. Su silencio, el de los corderos, es la aceptación de una muerte sin lucha, un apagón sin remisión.

Si este Partido Popular o Partido Pallorar, este borreguito de Norit, deja que el pastor matacabras siga al frente del rebaño, a finales de 2015 la derecha estará muchísimo peor que en 1982. Porque, antes de hundirse, la mayor parte de UCD, con Alzaga y Herrero de Miñón, se fue a Alianza Popular; otra, con Paco Ordóñez, al PSOE; y la facción de Calvo Sotelo, que -como puede hacer Rajoy- convocó unas elecciones anticipadas a las que no se presentó, dejó dos millones de votos en el limbo, 202 escaños al PSOE y 13 años de felipismo. Pero, insisto, de UCD se salvó siquiera una parte. De este PP condenado a muerte por Rajoy no se salva nada. Y su ruina no nos trae al PSOE de 1982 sino al Frente Popular de 1936.

El sacrificio de Mariano
Carmelo Jordá Libertad Digital 27  Mayo  2015

El presidente Rajoy lleva años lamentándose de lo dura e ingrata que es la tarea de gobernar: que si es el momento más difícil, que si es un esfuerzo sobrehumano, que si han tenido que tomar decisiones que a nadie le gusta tomar… Un infierno, vamos.

Es curioso porque, aunque es verdad que muchos españoles votaron por Rajoy hace casi cuatro años –muchísimos, si lo comparamos con los que están dispuestos a votarle ahora–, no recuerdo manifestaciones masivas pidiéndole que se presentara; ni que los ciudadanos recorriesen las calles de Madrid y otras ciudades procesionando su efigie; ni que las masas suplicasen a las puertas de Génova, envueltas en ceniza y llanto, que Mariano decidiese ser cabeza de lista.

Resumiendo, Rajoy se ha presentado porque ha querido, y, de hecho, tuvo ocasiones idóneas para pensárselo: en 2004, cuando perdió unas elecciones que tenía ganadas y, sobre todo, en 2008, cuando logró una derrota digna que le habría permitido dejar el PP con honores, favorecer –incluso controlar en parte– un cambio en el partido y ser recordado como un gran líder que nunca llegó a la presidencia… y no como el peor presidente de centroderecha de la historia de España, que es como va a pasar a la historia después de esta dramática y desastrosa legislatura.

Pero no, Rajoy decidió seguir, expulsó a liberales y conservadores del PP, observó cómo Zapatero seguía destrozando el país, lo fio todo a la economía sin contar con los mejores expertos en economía que tenía en el partido –como Manuel Pizarro– y, finalmente, ganó por goleada unas elecciones en las que no tenía rival. Sin embargo, ha sido llegar a La Moncloa y empezar un sufrimiento que ni en un anuncio de ungüento contra las hemorroides. Sinceramente, no sabemos si le sale a cuenta.

Sin embargo, quizá les sorprenda, pero uno diría que los que de verdad hemos sufrido hemos sido los ciudadanos del común, que hemos pasado años padeciendo por no tener trabajo o por la posibilidad de perderlo, que hemos visto a Bolinaga y a otra pandilla de asesinos salir tan campantes de la cárcel, que seguimos viendo cómo la Justicia no es sino una extensión de la política y, muy especialmente, que hemos sido crujidos a impuestos para que Rajoy y los suyos –decenas de miles– hayan podido mantener durante este tiempo un nivel de vida bastante por encima de la media.

Y si esto hemos sufrido todos, no quiero ni pensar lo que habrán pasado los votantes del PP, que a todo lo anterior habrán unido la sensación de sentirse engañados, estafados, despreciados y, en no pocas ocasiones, insultados.

No, Mariano, lo cierto es que, por mucho que lamentes tu desdicha, no nos das demasiada pena, además de que tienes muy fácil dejar de sufrir… y aliviar también nuestra carga. Acaba ya con esta lenta agonía que por lo visto es tuya y sin duda es nuestra.

Pero...¿nos duele España?
CARLOS DOMÍNGUEZ LUIS El Mundo 27  Mayo  2015

Recientemente, los medios de comunicación se han hecho eco de la multa impuesta por un Juzgado al alcalde de una localidad barcelonesa por el retraso en el cumplimiento de una sentencia que obligaba al consistorio -y he aquí lo relevante- a izar la bandera española en la fachada del Ayuntamiento. La multa en cuestión, 1.500 euros. Las reflexiones que provoca el hecho en sí, muchas.

Desde hace años, son frecuentes los conflictos por la negativa de algunas autoridades a colocar en los edificios oficiales la bandera de España, con infracción de lo dispuesto en la Ley 39/1981, de 28 de octubre. Estas conductas, que no hallan parangón en países de nuestro entorno, nos aproximan a una problemática de mayor calado: ¿existe realmente en España un sentimiento nacional, un «pegamento» que una de verdad a los españoles, más allá de los éxitos de nuestra selección nacional de fútbol? Pero, volvamos un momento con el asunto de la bandera, pues de la forma con la que nuestro ordenamiento jurídico resuelve estos conflictos se pueden extraer ya algunas conclusiones.

No han faltado voces que ven en esa negativa a izar la enseña nacional en edificios oficiales la posible comisión de un delito de ultraje u ofensa a la bandera, previsto en un artículo del Código Penal -el 543-, ubicado en el Título relativo a los delitos contra la Constitución.

Con independencia de la simbólica pena contemplada para este delito -que por su naturaleza bien merecería una sanción mayor, proporcionada a su auténtica gravedad (la que tienen, por cierto, los auténticos y genuinos ultrajes a la bandera nacional)-, la forma en la que aparece redactado legalmente hace dudoso que la pura omisión de su colocación sea, sin más elementos, encasillable en el tipo penal. Es dudoso que la simple inactividad que representa esa falta de colocación tenga un contenido calificable de verdadera afrenta. Si la colocación en los edificios oficiales tiene más de afirmación identitaria a través de la exhibición pública del emblema nacional que de verdadero acto de homenaje continuado hacia la bandera exhibida -eso es, al menos, lo que se ha pretendido por el legislador-, parece lógico entender que la omisión de su colocación no es tanto una afrenta a lo que ella simboliza cuanto una negación de lo que con su colocación se afirma o se reconoce. Son dos cosas muy diferentes y, por ello, el delito previsto en el artículo 543 del Código Penal parece estar reservado para lo que está: las afrentas y las injurias a la bandera española, no para las afirmaciones o negaciones de una identidad nacional que, lamentablemente, algunos discuten.

Si se hubiese querido que la omisión de su colocación fuese una manera de afrentarla o injuriarla, debería haberse creado entonces esta modalidad de delito omisivo como un subtipo de la figura sancionada hoy en el artículo 543 del Código Penal. Pero no se ha hecho.

Como tampoco se ha procedido a castigar con pena menos simbólica las afrentas por actividad de contenido ultrajante a la bandera.

El contexto apuntado -que, insistimos, es el que resulta de nuestras leyes- ha de conectarse, además, con el dato de que España es de los pocos países -por no decir el único- en el que el uso no institucional de la enseña nacional se vincula, de ordinario, a concretas ideologías de corte radical. Y esto, por increíble que parezca, es así desde hace no pocos lustros.

La necesidad que algunos gobiernos han tenido a lo largo de la democracia -para existir o para mantenerse- de obtener el apoyo de formaciones nacionalistas puede probablemente explicar la distancia con la que, a menudo, han sido vistas estas cuestiones relacionadas con la identidad nacional. Tampoco ha beneficiado la existencia, en la práctica, de 17 sistemas educativos diferentes, algunos no del todo respetuosos con nuestra historia y cultura comunes.

Ciertamente, la economía o el empleo son materias de amplio calado en la gestión de la cosa pública. Ahora bien, cultivar aquello que nos une -por intangible que parezca- sirve para crear naciones fuertes, espacios de convivencia duraderos y listos para afrontar cualquier contingencia, por dura que pueda ser. Obviar este detalle conduce a una concepción de país que no dista mucho de la un hotel: puede ser muy confortable y ofrecer servicios variados, pero no deja de ser impersonal. Cada uno vive en su habitación. Nada se comparte con los ocupantes de la habitación de al lado. Poco importa lo que suceda en ella mientras no nos afecte. Pues bien, un país convertido, de forma casi exclusiva, en marco de cifras macroeconómicas es, del mismo modo, un país impersonal.

El fomento de una cultura nacional es, quizá, una de las grandes asignaturas pendientes de nuestra historia democrática, al punto de que no parece exagerado afirmar que, hoy por hoy, ser patriota no está de moda. De hecho, abundan las formaciones políticas que, o bien defienden la unidad de España en voz baja -como pidiendo perdón-, o directamente se muestran partidarias de un supuesto derecho a decidir de algunas regiones, en exhibición de un talante y modernismo que, amén de resultar sorprendente en un mundo cada vez más globalizado, pone en solfa la historia y señas de identidad de nuestro país con la triste esperanza de recabar votos.

No cabe duda de que la nación española existe jurídicamente. Así lo prevé la Constitución. Pero, ¿late mayoritariamente en la sociedad ese concepto como valor, como un sentimiento? En los grandes acontecimientos deportivos, parece que sí. ¿Y en lo demás? Ahí, lamentablemente, la cosa no está tan clara.

La concepción de nuestro país como empresa común ha decaído, de suerte que la defensa de su unidad frente a particularismos no viene articulándose en positivo, con explicación real de nuestra historia y con expresión -por qué no- de ese pegamento que debería fijar el tejido social. No. Esa defensa se ha presentado como una obligación jurídica, como una reacción frente al ataque. Triste desenlace.

Triste, porque mientras, por inactividad, la cultura de lo nacional, de lo que deberían ser los sentimientos y valores comunes, va en retroceso, otros hacen proselitismo desmedido de los signos identificativos de sus particularismos. «Ellos sí saben hacer, en sus feudos, lo que en toda España debería hacerse», me decía hace años un brillante catedrático.

En cualquier país serio dolería -y no se asumiría como algo ya normal- la quema pública de la bandera nacional; la preocupación de muchas autoridades por echar de su territorio a las Fuerzas y Cuerpos de Seguridad del Estado o al Ejército; las propuestas -provenientes de algunas fuerzas políticas- de incumplimiento -o, como poco, cuestionamiento- de compromisos internacionales asumidos por España, incluido el pago de la deuda; la sistemática falta de acatamiento a las sentencias judiciales firmes que imponen el uso del castellano -lengua oficial de España- en las aulas de ciertos territorios. Y así podríamos seguir con un sinfín de datos, que, lejos de preocuparnos, percibimos a estas alturas como una parte más del paisaje político y sociológico de nuestro país. Como si España fuese así, ¿qué vamos a hacer?

Sin embargo, hacer, lo que se dice hacer, se pueden hacer muchas cosas. Es verdad que la educación en valores ha de comenzar en casa, en la familia. Pero es deber del Estado mostrar una mayor preocupación por el fomento de una cultura nacional, cuya base originaria ha de residenciarse en la educación, en las escuelas. Y ello, empezando por asegurar la enseñanza de la verdadera historia de España en el último rincón de nuestra geografía.

Hace falta, asimismo, que el sentimiento de estar embarcados en una empresa común lata en la vida pública, en la política. Da la sensación de que el acceso al gobierno nacional supone, sin más, el manejo de cifras macroeconómicas y garantizar al detalle los servicios del hotel del que antes hablábamos y al que, poco a poco, vamos pareciéndonos.

Y es que, si no creemos en lo que somos, si nos avergonzamos de lo que somos, ¿cómo queremos pretender que desde fuera se crea en nosotros?

Carlos Domínguez Luis es abogado del Estado y académico correspondiente de la Real Academia de Jurisprudencia y Legislación.

¿Muerte o metástasis de la partitocracia?
Xavier Reyes Matheus Libertad Digital 27  Mayo  2015

Un asunto que atormenta la conciencia de la gente en mi Venezuela natal es el de dilucidar en qué medida la llegada de Chávez al poder fue un fatalismo, y si la corrupta y anquilosada partitocracia preexistente era la ruta que, con todo y sus vicios, habría convenido mantener. El conocimiento que da la experiencia es ciertamente como el número que se juega después del sorteo; y muchos de los que dijeron en su día que "cualquier cosa" era preferible al viejo régimen de caciques y compadres, seguramente recuerden hoy aquellos tiempos como una edad de oro.

Lo que está detrás de tal dilema, por otra parte, es la determinación de una responsabilidad que no podrá por menos, en razón del devastador alcance de sus consecuencias, que recibir un juicio severísimo de la historia: ¿quién tuvo la culpa del triunfo de Chávez? ¿La gente, que le votó movida por un rencor irreflexivo, o la casta política, que agotó la paciencia de los ciudadanos manejando la cosa pública como si fuera su cortijo? Sirva la pregunta para contar, a título de mera anécdota, que en Venezuela hay quien ha tenido la humorada de achacar la aparición del chavismo a las advertencias de ciertos intelectuales, todos ancianos en el momento de saltar a la escena el teniente coronel; porque, representantes como eran de un liberalismo aristocrático anterior a la socialdemocracia –y que habría pretendido que el empoderamiento social se construyese mediante una revolución desde arriba–, atacaron siempre las políticas populacheras y derrochadoras de los partidos de masas. Vamos: como si dijéramos aquí, mutatis mutandis, que los éxitos de Podemos se deben a las críticas de don Juan Velarde contra el sistema actual. Pero así de imaginativos se ponen en Venezuela los científicos sociales que dan pábulo a semejante tesis, y que al deplorar el chavismo como responsabilidad de una derecha casi decimonónica consiguen mantenerse ellos, según les gusta, posicionados a la izquierda, tal y como corresponde a todo buen académico latinoamericano.

Le ha tocado ahora el turno a España de abandonar la imagen de estabilidad política que la había acompañado en las últimas décadas, para sumirse en un escenario que, vista la fragmentación de fuerzas concurrentes y el extremismo de algunas de ellas, se sabía de antemano muy problemático, aunque tardaremos todavía en enterarnos de la magnitud que tendrán esos problemas. ¿Se ha lanzado en masa el sentido democrático de los españoles, como hacían los cátaros, para morir abrasado sobre la pira en la que pretendía purificarse? Y en lugar de eso, ¿qué habría debido aconsejar la prudencia?
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Cuando se nos enseña que las democracias modernas se basan en el principio de la soberanía popular, no faltan nunca ingenuos para los cuales eso significa que "quien manda es el pueblo". Pero no: el pueblo no manda ni ha mandado nunca en ninguna parte, porque es imposible; quienes mandan son los gobernantes. Lo que significa la soberanía popular es que el gobernante ha de saber que el pueblo, en caso de estar descontento con él, lo derrocará legítimamente. Reprobar la conducta del gobierno es el acto por excelencia de la libertad democrática, porque si hubiera que conformarse con los abusos del poder se viviría en el despotismo, y porque no es el Estado liberal, sino el absoluto, tal y como lo vio Hobbes, el que puede subyugar a los ciudadanos a cuenta del miedo que produce pensar en que fuera de él no hay más que desorden y caos.

Ahora bien: una cosa fundamental será saber con certeza si los españoles han reaccionado contra el abuso del poder o contra la democracia de partidos. Sobre todo porque la reacción ha consistido, más bien, en multiplicar la cantidad de formaciones en la primera línea política; pero aún no sabemos si eso va a significar una división que derive hacia la ingobernabilidad, una concentración volcada a articular los acuerdos que permitan acometer reformas inaplazables o una aplanadora de izquierdas decidida a derribar el sistema para el exclusivo provecho de sus proyectos. Decía Gonzalo Fernández de la Mora que "en todo partido hay una aspiración totalitaria y monopolista", pero que lo importante era que ésta fuese capaz de aceptar el pluralismo. Ello es fundamental, porque de lo que se trata ahora, y de lo que se tratará, sobre todo, después de las generales, no es tanto de quiénes se hagan con el poder y de quiénes lo pierdan, sino de salvar la democracia. "Allí donde la minoría aspirante al poder esté fragmentada", continuaba Fernández de la Mora, “y, en sus conflictos interelitistas, caiga en la intolerancia, el revanchismo, la acrimonia, la demagogia, el sofisma y el improperio, anteponga los intereses personales o de grupo, ideologice en vez de objetivar los problemas, y se niegue a aceptar aquellas reglas de juego que no considere las egoístamente más beneficiosas, la partitocracia –esto es, el sistema cuya salud se confía a los partidos– fracasará, aunque el pueblo sea disciplinado, moderado, capaz y opulento”.

Pero el autor de La envidia igualitaria aludía –en su ensayo sobre la partitocracia– a una variable clave en este problema: "Si hay un partido de pretensiones totalitarias que, como el comunista, no considera reversible su marcha hacia el poder y, cuando lo conquista, clausura las vías de acceso, el Estado de partidos se suicida para dar lugar a una monopartitocracia". Pues bien: esto fue lo que pasó en Venezuela, y haberlo permitido fue el verdadero pecado capital de los venezolanos. Evitémoslo aquí.

Kosovo: un ensayo y un precedente para nuestro futuro: De la invasión a la limpieza étnica
ALBERTO RAMOS Minuto Digital 27  Mayo  2015

El caso de Kosovo no nos puede aleccionar de manera más clara e instructiva acerca de nuestro propio futuro como españoles y como europeos amenazados por el mismo proceso que ha llevado a Kosovo, tierra serbia desde épocas remotas (ya prácticamente vaciada de su población original y legítima por medio del terror y la violencia), a ser una república de mafiosos balcánicos y de terroristas islámicos. Y eso con la bendición de un Occidente que ha traicionado su propia esencia y ha renegado de su propia historia.

000Kosovo es el paradigma triunfante de la inmigración/invasión descontrolada y de la islamización de un país invadido. Una población musulmana no se integra, y cuando cuenta con la masa crítica para desafiar al poder establecido se lanza al asalto del territorio ocupado hasta su conquista definitiva. La independencia unilateralmente declarada de la provincia serbia usurpada firma también el nacimiento de otro paradigma: el paradigma kosovar, consecuencia directa de los preceptos islámicos que afirman que una comunidad musulmana no debe someterse a la obediencia de las leyes de un Estado “infiel”, y que debe por todos los medios (militares, económicos y demográficos) rebelarse para hacer secesión del Estado impío afín de poder vivir bajo las leyes coránicas.

La victoria de los mafiosos islámicos de Kosovo muy bien puede ser la ilustración de lo que le espera a Europa occidental dentro de un futuro cercano. Unas comunidades musulmanas de origen foráneo vueltas mayoritarias en nuestros países se levantarán (primero a gritos y después a tiros) para obtener el derecho de vivir según los preceptos islámicos y tomarán las armas para conseguirlo en el momento que juzguen oportuno hacerlo. Entonces nos acordaremos de esa Serbia vilmente traícionada, humillada y despojada a la que se le negó toda clemencia y solidaridad y que fue el laboratorio europeo de ese paradigma.

Debemos constatar que asistimos a una libanización, incluso a una balcanización de Europa. Lo que hemos visto en el Libano en los años 70 después de la llegada masiva de refugiados (palestinos echados fuera de su tierra por el Estado judío) que rompieron el equilibrio establecido (junto con un explosivo crecimiento demográfico de la población musulmana en un país históricamente de mayoritaría cristiana) sembrando el desorden y la discordia se ha repetido varias décadas despúes en Kosovo con la única diferencia que aquí el proceso invasor se ha extendido por siglos. Cuando los palestinos se instalaron en el Libano los problemas se instalaron con ellos. Lo mismo vale para Kosovo donde el asentamiento secular de la etnia albanesa favorecida por los turcos otomanos se dobló de una inmigración incontrolada de albaneses musulmanes en las últimas décadas que modificó en un tiempo históricamente corto el tejido social y étnico tanto como la estructura misma de la provincia serbia.

Aquí ocurrirá lo mismo. Empezaron ya las reivindicaciones comunitarias, pronto los invasores ya no querrán reconocer la autoridad del Estado que los acoge y harán secesión en algunos barrios, después en pueblos y en comarcas enteras, y frente al laxismo y la inoperancia de los gobiernos llamados a garantizar la ley y el orden, estos extranjeros vueltos agresivos y arrogantes en virtud de su fuerza númerica avasalladora y su ferocidad característica no dudarán en levantarse en armas en el nombre de Alá y se lanzarán a sangre y fuego a la conquista del país largamente codiciado.

Se trata de un plan perfectamente establecido y que ya ha dado buenos resultados en otras ocasiones. Primero estallan unas revueltas donde se cometen los primeros crímenes y se mide el grado de respuesta del Estado invadido y enseguida se pasa a la segunda fase, el control del territorio ocupado y la implantación de las leyes propias y finalmente la depuración étnica de los autóctonos mediante la violencia cotidiana y después con matanzas generalizadas para acelerar el éxodo y vaciar el territorio de su población original. En Kosovo hemos podido constatar como un país mayoritariamente cristiano en su origen se ha visto inundado en pocas décadas por legiones de extranjeros musulmanes que han acabado por adueñarse del país expulsando a sus propietarios verdaderos. Los serbios han intentado defenderse de esa agresión, nosotros no parece que vayamos a tener ese valor.

Todo suele empezar con disturbios callejeros, quema de vehículos, ataques a locales administrativos, acoso permanente a los autóctonos, a sus casas, a sus negocios, a sus iglesias, violencias contínuas para imponer el terror cotidiano. El Estado, viéndose incapaz por diferentes motivos de responder con eficacia a los insurgentes con la fuerza debida, termina dejando que la situación se “pudra”, aceptando de alguna manera un estado de cosas que sólo una firmeza sin contemplaciones podría resolver. Véase el goy de Francia, de Suecia, de Bélgica y de tantos otros países de nuestro entorno.

Poco a poco ciertos barrios son abandonados por las autoridades, la policía no entra más que en ocasiones concretas y fuertemente armada. Un poder paralelo se establece, los invasores imponen su ley, atemorizan a la población. Un día empiezan a arder las casas, las escuelas, las bibliotecas, los supermercados son vaciados, el pillaje y el bandidismo se apoderan de las calles, el terror se instala. Los habitantes naturales del país ven sus propiedades saqueadas, sus coches irse en humo incendiados por esas hordas berreando “¡Alá Akbar!”. Y entonces esa pobre gente contínuamente agredida y sin defensa toma el camino del exilio dejando detrás de ellos un territorio librado a los bárbaros. La conquista se ha consumado.

Ayer fue en Kosovo, mañana será una región cualquiera de Europa, una provincia francesa, una comarca de Andalucia, de Valencia, de Cataluña… ¿Exageración, catastrofismo, intoxicación antiislámica, difamación islamófoba? Cuando los musulmanes sean mayoría en algunas zonas de Granada, de Alicante o del Ampurdán, ¿qué pasará?

Esperen ustedes unos pocos años y saldrán de dudas. Y puede que además de las dudas salgan de sus casas y de sus barrios con lo puesto, demasiado contentos de poder salvar el pellejo. “Desde Indonesia hasta Andalucía”: éste es el programa. Ya no disimulan, ya no esconden su juego. Va siendo hora que nos lo tomemos en serio.

La inestabilidad política aleja la inversión de España
Retrasa las decisiones de las grandes empresas y de los inversores internacionales
El Ibex prolonga las caídas
B. Carrascosa. Madrid. La Razon 27  Mayo  2015

Si hay algo que no gusta ni a las empresas ni a los inversores, son precisamente los escenarios políticos marcados por la incertidumbre y la inestabilidad, la situación en la que se encuentra España. Tanto los expertos nacionales como los internacionales consideran que, al menos en el corto plazo, nuestro país no se verá beneficiado en términos económicos por el nuevo «orden» surgido tras los comicios del domingo 24 de mayo. De hecho, los programas económicos de Ahora Madrid o Barcelona en Común, candidaturas que podrían liderar las alcaldías de las citadas capitales, apuestan por subidas de impuestos y por paralizaciones de obra pública, dos medidas que impactarían en el crecimiento y en la seguridad jurídica del país.

En concreto, la propuesta de la lista encabezada por la jueza Manuela Carmena apuesta por paralizar proyectos como el Distrito Castellana Norte, liderado por BBVA y Constructora San José, por realizar una «auditoría» de la deuda –paso previo al impago– y por subidas de impuestos a las grandes empresas. Tiene en común con Ganemos Barcelona su propuesta contra los desahucios, mientras que la formación que lidera Ada Colau apuesta en su programa por una fiscalidad «más justa y ecológica», un eufemismo que camufla incrementos impositivos a los grandes capitales.

«No creo que la inestabilidad política y la fragmentación del voto tengan un impacto significativo sobre el consumo, pero sí puede ser un problema para la inversión», apunta al respecto Felipe López-Gálvez, analista de Self Bank. El experto considera que «los empresarios e inversores extranjeros podrían retrasar sus decisiones de inversión en nuestro país» y pone como ejemplo de esta situación a Italia, «que tuvo serios problemas para formar gobiernos estables y ello se notó en los flujos de capitales hacia la economía transalpina». «Hay miedo a que la inestabilidad se traslade a las generales», añade.

En lo que afecta al mercado, López-Gálvez destaca que «no es casualidad que las empresas que más han caído en bolsa sean las que más exposición tienen al mercado español, especialmente la banca mediana, las eléctricas que dependen del consumo español y las constructoras y empresas de infraestructuras ligadas a la obra pública».

De las cinco mayores caídas de ayer en el Ibex, que se dejó un 0,72% y el nivel de los 11.300 puntos, cuatro correspondieron a empresas constructoras. FCC, cuyo modelo de negocio se nutre de muchas concesiones públicas, perdió ayer un 3,58% de su valor y lideró los descensos del selectivo ante la posibilidad de que los nuevos gobiernos autonómicos y locales otorguen contratos a otros actores del sector o, incluso, a empresas públicas. BME, que opera la bolsa española, registró un retroceso del 3,15%, mientras que Sacyr se dejó un 2,41%.

«El hecho de que el BCE está comprando deuda es uno de los factores que han impedido caídas mayores tanto en renta variable como fija», señala Ángel Pérez, analista de Renta 4. «El mercado se esperaba algo parecido», apunta sobre las elecciones del 24-M. «El impacto no será del todo positivo en el corto plazo, pero hay que esperar», concluye el experto, que considera que el aumento de rentabilidad del bono español se produjo también en los títulos de otros países de la zona euro, «por lo que me inclino a pensar que el factor fundamental es Grecia».

El interés del bono español se situó ayer en el 1,867%, un 1,63% por encima del nivel registrado al cierre de la jornada precedente, mientras que el cupón de los títulos italianos creció aún más, un 4,42%, y alcanzó el 1,938%. Es decir, que los inversores castigaron más a Italia que a España, al contrario de lo sucedido en la víspera.
Aviso de las agencias de calificación

Moody’s alerta de un «frenazo» en la aplicación de reformas
La agencia de calificación crediticia norteamericana Moody’s alerta de un riesgo de desaceleración en el impulso de las reformas económicas de España, por la dificultad que podría tener el Gobierno para aprobar leyes en la próxima legislatura, informa Efe. En su análisis anual de crédito España publicado ayer, la agencia considera que España presenta «algunos elementos de incertidumbre» en cuanto al panorama político en los próximos años, aunque no prevé un cambio perjudicial en la política económica después de las elecciones nacionales.

Asimismo, Moody’s considera que la economía española crecerá el 2,7% en 2015 y el 2,2% en 2016, gracias al tirón de la demanda interna, ya que el consumo y la inversión se convertirán en los motores de la economía y se beneficiarán del aumento de la confianza, del incremento de la financiación y de la mejora del empleo.

Además, la agencia valora el fuerte crecimiento económico de España, factor que sigue apoyando la reducción del abultado déficit público, si bien alerta de que su alto nivel de deuda no se estabilizará antes de 2016, como pronto. Así, Moody’s prevé que el todavía elevado déficit presupuestario de nuestro país comience a disminuir en los próximos años a medida que se incrementen los ingresos, de forma que se sitúe en el 4,5% del PIB en 2015 y en el 3,5% en 2016. Sin embargo, ha asegurado que los altos niveles de deuda de España siguen representando «un obstáculo» para su calificación soberana, a pesar de la tendencia de mejora de los datos económicos, fiscales y financieros.

******************* Sección "bilingüe" ***********************

Euskodictadura subliminal
Ernesto Ladrón de Guevara www.latribunadelpaisvasco.com 27  Mayo  2015

Es curioso cómo se ha implantado en todos los partidos la idea identitaria, y el euskera (catalán, gallego…) se ha convertido en el molde matriz para configurar esa cosmovisión acrítica y carente de todo análisis racional y objetivo.

En una ocasión, un político muy conocido me dijo que la política era fundamentalmente emoción, sentimiento, y muy poco raciocinio o razón. Que todo lo que trasciende al hipotálamo está condenado al fracaso. Gustave Le Bon, en su obra “La psicología de las masas” advertía que el cuerpo social se mueve como un organismo vivo, con sus propios impulsos y motivaciones, la mayor de las veces irracionales, donde los individuos se disuelven en la masa. Y que en demasiadas ocasiones estas oscilaciones colectivas contienen lo mejor o lo peor, pocas veces se regulan en un grado equilibrado y equidistante de los extremos. Y eso lo saben los partidos políticos. Por eso tratan de movilizar los sentimientos y no buscan soluciones reales a los problemas, sino la conquista del poder aprovechando las pulsiones emocionales.

En este terreno se mueve el euskera.

Para los nacionalistas, como bien lo definió Krutwig, superada la etapa racista, es el euskera –o el catalán- el hilo conductor de la elaboración mental de la pulsión nacionalista, de la identidad en su expresión más abstracta e intangible.

El euskera, junto al adoctrinamiento a través del sistema educativo y los medios de comunicación propios, es el instrumento para socializar a las masas y convertirlas a la falsedad histórica de considerar a los vascos nietos de Tubal o nacionalidad redentora.

Nadie duda de que el euskera es un patrimonio a proteger, una joya lingüística de orígenes imprecisos. Pero de ahí a convertirlo en tótem, en tabú del que no se puede hablar ni cuestionar política lingüística relacionada hay un trecho. Solamente los pueblos más atrasados y antiguos se mueven en ideas supersticiosas. Y cuando se comenta que sobre el euskera no se puede hablar, pues queda fuera del marco político, se está diciendo eso. Que las políticas lingüísticas que sustentan la euskaldunización como fin y objeto de la escuela, de la administración y de formación del espíritu nacional, son una idea supersticiosa. Es decir que cualquier cuestionamiento va a traer sobre el pobre sujeto que lo pretenda todos los rayos y males de la justicia universal.

Se ha dicho hasta la saciedad que las lenguas no tienen derechos, que son las personas las que los detentan. Se ha afirmado hasta la extenuación que ninguna lengua merece la pena de sacrificar a individuos particulares en el altar del nacionalismo colectivo. Que los derechos individuales están por encima de los llamados colectivos, de definición imprecisa e infundada desde el derecho positivo y más aún desde el derecho natural. Se ha dicho que hay que respetar las comunidades naturales y su idiosincrasia, que es lo mismo que admitir que dentro de la llamada Euskadi hay diferentes subrregiones con características particulares, pues, en caso contrario, no se hubiera puesto en la Ley de Normalización del Uso del Euskera referencia alguna a la realidad sociolingüística y cultural de cada zona.
Pero no se nota nada que se hayan dicho tantas cosas, pues seguimos en la vuelta de tuerca de la presión nacionalista, con el beneplácito o el asentimiento borreguil de partidos como el PP o el PSOE, por no nombrar al resto de opciones políticas que no se atreven a cuestionar este tipo de políticas, lo cual me parece aberrante y escasamente democrático.

Se podrían poner infinidad de ejemplos de vulneración de derechos individuales, sin que ningún partido, y cuando digo ninguno digo es ninguno, haya movido un dedo para evitarlo. Pero solamente voy a referirme al último caso que ha saltado a un medio de comunicación (“El Correo”). Leo el segundo titular: “Familias de alumnos inmigrantes denuncian que no se ha permitido a sus hijos estudiar en castellano ni pedir la exención de ser evaluados a pesar de que tenían derecho”.

La construcción nacional no lo justifica todo, o no debe ser motivo para cargarse los más elementales principios del respeto a la persona. El uso del euskera como rodillo para construir el imaginario colectivo debe ser censurado, recriminado y combatido.

Y no digo más por el momento.
 


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