AGLI Recortes de Prensa   Lunes 20  Julio 2015

Un post 225.000 veces compartido: españoles, ‘el capitalismo ha muerto’
La visión de Paul Mason constituye una manera distinta de aproximarse a lo que, desgraciadamente, está por venir. Su diagnóstico es certero. El diagnóstico que propone es más discutible
S. McCoy El Confidencial 20  Julio  2015

Lo ha publicado The Guardian. Su autor es Paul Mason. El artículo es el extracto de su obra Poscapitalismo, que verá la luz el próximo 30 de julio. Había sido compartido a la hora de colgar esta entrada 225.000 veces y contaba con cerca de 3.200 comentarios en apenas 48 horas. Una curiosidad: es eternamente largo. Mientras hay inteligencia viva, hay esperanza. Menos mal.

Su tesis: durante años la izquierda se ha empeñado en desmontar el sistema capitalista fracasando sistemáticamente en su empeño. Entre otras cosas, porque la alternativa por ella propuesta sí se ha probado ruinosa… para todos. El proletariado como tal, organizado y reivindicativo, ya no existe. Descanse en paz.

Al contrario, será la tecnología la que dé la puntilla al capitalismo. Y ocurrirá, simple y llanamente, porque impondrá un mayor dinamismo; valores y comportamientos distintos. Esta nueva etapa ya ha comenzado y su implantación se acelerará gracias a las propias deficiencias del modelo actual y a una nueva forma de operar del ser humano en relación con el entorno.

Como todo cambio de paradigma, sus consecuencias serán inimaginables.

¿En que se basa Mason para realizar tal afirmación?
En tres fenómenos de los que apenas hemos visto las primeras manifestaciones: la automatización –sustitución de mano de obra por robots– libera mano de obra y permite una mayor conciliación entre trabajo y ocio; la transparencia conduce a la uniformidad de precios y, por ende, invalida la necesidad de un mercado para su formación; sin embargo, como la generación de ideas es innata al hombre, se multiplican las alternativas en todas las industrias a las concepciones de negocio –operación, producto, canal– comúnmente aceptadas, muchas de ellas de carácter cooperativo.

Algo que, por cierto, sólo un economista fue capaz de anticipar ya en el siglo XIX.
¿Su nombre? Karl Marx, sorprendente precursor del Big Data.

Una economía social, colaborativa, fundada sobre los pilares de dos bienes abundantes: la información y el tiempo de la antigua clase trabajadora, cuya frontera respecto a la directiva cada vez está más difuminada gracias al poder de redes de gente conectada “imposibles de silenciar”. Habrá una liberación, cierto, pero muy distinta a la soñada por socialistas y comunistas durante años en la que capital y beneficio pasarán a un segundo plano. Su conquista no llegará por oposición, ni siquiera por imposición, sino por el uso de la fuerza más poderosa de la que dispone el ser humano: la imaginación.

Para Mason este “Proyecto Cero”, aunque convivirá durante años, muchos, con el 'sistema neoliberal' (sic) actual –su aterrizaje no será, por tanto, tan disruptivo e inmediato como la causa que lo origina, la movilidad e internet, “a la vez barco y océano de este nuevo mundo”-, terminará empero imponiéndose a él gracias a una suerte de creación Open Source a nivel global, donde la suma de los pequeños esfuerzos individuales terminará configurando un modo de relación entre personas, o de estas con los bienes y con la naturaleza, sustancialmente distinta.

Trasladada su visión de la jugada, se antoja una concepción excesivamente utópica y buenista del futuro.
Por varios motivos.

Presupone que todo el mundo está preparado para ‘dar’ en una sociedad en la que se educa desde arriba en ‘recibir’ a fin de apesebrar al pueblo, un mundo en el que todo son derechos y escasean las obligaciones; ignora los efectos de una transición como la que describe en el Estado del bienestar y la cohesión social por la falta de empleo; desmantela de manera inmediata un mercado que actúa, para el común de los mortales, como incentivo para su actividad; elude catalogar a una buena parte de la población como borrega, que es lo que es, encantada de que el uso por terceros de sus datos, caso de Facebook y Google, sirva para dirigir su vida y evitarle complicaciones; y extrapola lo que puede ser una solución de nicho a una alteración estructural de las bases sobre las que se sustenta nuestro mundo actual.

Dicho esto, constituye una manera distinta de aproximarse a lo que, desgraciadamente, está por venir. Porque, no nos equivoquemos, su diagnóstico es certero. Lo que falla es el tratamiento.

Buena semana a todos.

Pon las tuyas a remojar
Pedro J. Ramírez www.elespanol.com 20  Julio  2015

No es la primera vez en la historia que un gobernante ha tenido la sensación de ser víctima de alguno de los refinados castigos que los dioses reservaban a quienes osaban desafiar su poder. El conde-duque de Olivares se identificaba con Atlas, obligado a sostener sobre sus hombros el globo terráqueo, y no sería difícil asignar a tal o cual de sus homólogos, en uno u otro siglo, el papel de Sísifo levantando la piedra una y otra vez hacia la cima de la ladera, el de Tántalo con las relucientes manzanas del jardín de las Hespérides siempre a la vista pero nunca al alcance, el de Ixión atado a la rueda de los acontecimientos, el de Ocnos tejiendo eternamente la cuerda que se zampaba el burro del Estado o no digamos el de Ticio o Prometeo, encadenados mientras el buitre de la insidia iba devorando su hígado.

Ya le gustaría a Alexis Tsipras poder optar hoy por alguno de estos males con tal de eludir el que, sin otro artilugio que los propios útiles del oficio, parece haber sido diseñado expresamente para escarmiento de políticos temerarios. Y es que no cabe sadismo a la vez más refinado e implacable que el que viene aplicándosele al primer ministro griego desde que osó encender unilateralmente el fuego de la democracia y convocó el referéndum contra las exigencias de Bruselas para seguir financiando a su quebrado país.

Tsipras se comportó como si Grecia fuera aun un Estado soberano en el que la opinión pública supone la razón última del gobernante, fingiendo ignorar que el objeto de la consulta concernía, al menos en igual medida, a sus a la vez socios y acreedores. Incurrió en el eterno pecado de la hubris -el asaltaremos los cielos de la soberbia humana- y en toda la hubris le han dado Frau Merkel y sus 17 palanganeros.

Quien hasta hace dos semanas era percibido como un rebelde ciclópeo que atemorizaba al continente con sus machadas y amenazas, está quedando retratado ahora como un cretino político a merced de la autoridad competente. Y no me digan que, a propósito de castigos divinos, eso evocaría al impuesto por Apolo al rey Midas cuando cambió sus orejas por las de un asno, porque ya quisiera Tsipras tener a cambio el don de convertir en oro lo que tocara.

No, su única corona es la del Olimpo de los tontos, pues su admisión de que ni siquiera contaba con un plan viable para sustituir el euro por el dracma prueba que no sólo ha estado engañando a los griegos sino engañándose a sí mismo. Así es como cobra sentido la dimisión de Varoufakis a la mañana siguiente de ganar el referéndum. En el fondo los líderes de Syriza debían saber que lo que les convenía era perder el plebiscito -que triunfara el “sí”- para poder dar un heroico paso atrás, dejar a otros la gestión del embolado del tercer rescate y volver a quedar en la reserva con la aureola de los rebeldes con causa.

Lo que era inmanejable era su victoria porque la partida pasaba a jugarse en el tablero del Bild Zeitung, las cadenas de televisión y las encuestas alemanas. Opinión pública por opinión pública siempre iban a pesar más los 83 millones de un país opulento -y eso sin contar a sus satélites- que los 11 de uno en las últimas.

Tras el insolente desafío en las urnas, la negociación entre tecnócratas se transformaba así en un ajuste de cuentas que requería no de la derrota sino de la humillación de Grecia, obligada a pasar bajo las horcas caudinas de unas condiciones draconianas. Y el justo castigo a la perversidad, o más bien a la idiotez política, de Tsipras está siendo obligarle a liderar la rendición incondicional de su pueblo, compareciendo cargado de cadenas, uncido al carro del triunfo de la Europa de los Mercados –Vae victis– entre el estupor de los propios -cócteles molotov en la calle, cisma en Syriza en el parlamento- y el regocijo de los ajenos.

Nadie encontrará en este análisis ni comprensión ni disculpa tras la irresponsable necedad de Tsipras. Que ahora invoque que nadie ha pasado por un “dilema de conciencia” como el suyo no inspira ninguna pena. Me alegro de que quienes hasta la propia víspera del referéndum le hacían la ola a Sietemachos Varoufakis cuando llamaba “terroristas” a los líderes europeos, hayan quedado engullidos en su propio maremoto y floten hoy como detritos de un oceánico ridículo. Pero no puedo sentirme cómodo en mis convicciones liberales con el ensañamiento del que están siendo víctimas las instituciones griegas, al ser sometidas a un público auto de fe, encañonadas por el grifo del Banco Central Europeo.

Los peores augurios de que el euro se convirtiera en ese castillo monetario de “irás y no volverás” al que me refería hace dos semanas, se están cumpliendo. Si Atenas hubiera conservado el dracma, los griegos habrían ido empobreciéndose paulatinamente mediante sucesivas devaluaciones pero no se habrían encontrado nunca entre la espada de un diktat insoportable y la pared de una bancarrota segura. Si Tsipras no pasaba por el aro como una fiera domesticada, los bancos cerrados se hubieran transformado en bancos quebrados, dando paso al colapso del Estado y a un escenario de caos social. Ni siquiera hubiera podido pagar a la policía para defenderse de los suyos.

A la hora de la verdad las supuestas alternativas basadas en la ayuda rusa se diluyeron en el aire. Bastó con que le enseñaran el Big Bertha de la expulsión del euro para que el gobierno griego capitulara incondicionalmente, reproduciendo amargos episodios de la historia centroeuropea de hace 80 años, que renuncio a evocar para no ser tildado de pintor de brocha gorda.

¿Era imprescindible imponer un ultimátum de 72 horas para la aprobación por el Parlamento griego de las medidas de ajuste duro rechazadas por el pueblo en las urnas? ¿Resultaba realmente necesario obligar a constituir ese fondo de activos públicos por valor de 50.000 millones bajo supervisión comunitaria como garantía de futuros pagos? ¿Significará esto que los bancos alemanes terminarán siendo los dueños de unas cuantas islas griegas, y quién sabe si del propio Partenón, en el caso de que se vuelva a desatender el servicio de la deuda o acaso Tsipras y sus ministros deberán ingresar como prenda física en una de aquellas cárceles para morosos abolidas por la Revolución Francesa?

La propia escenificación del trágala en una interminable reunión de líderes europeos insomnes, polarizados entre el policía alemán malo (Schäuble) y el policía alemán bueno (Merkel), denota la falta de mecanismos racionales de decisión en una Europa reducida a teatro de la hegemonía de una de sus partes. El propio Der Spiegel reprochaba hace poco a la canciller que, aun conservando la retórica paneuropea de Kohl, en la práctica ha sustituido la construcción política de la UE por un “imperialismo pedagógico” destinado a imponer, a base de exigentes rescates, sus propios valores calvinistas de rigor presupuestario y control del déficit al resto de los miembros.

En el momento en que la técnica del afeitado en seco que funcionó para España, Portugal e Irlanda ha encallado en la rugosa piel de la sociedad griega, la señora Merkel se ha transformado en el remedo político de Sweeney Todd, aquel barbero diabólico de Fleet Street que degollaba a sus víctimas cuando pasaban por su establecimiento a que les hiciera un arreglo y las convertía luego en el picadillo del pastel de carne que vendía en un restaurante anexo. Ese es el menú que desde Berlín y Bruselas se ofrece ahora a la comunidad financiera: de primero carpaccio de Alexis en láminas muy finas, de segundo estofado a la Tsipras y de postre souflé de Syriza.

Al reconocer que no tiene más remedio que aplicar unas medidas en las que ni él ni sus conciudadanos creen, el jefe del Gobierno de Atenas está levantando acta no sólo de su propia defunción política sino de que Grecia ha dejado de existir como Estado independiente. Lo cual tendría sentido si su soberanía hubiera quedado voluntariamente diluida en la de unos Estados Unidos de Europa cuyo gobierno democrático aplicara políticas fiscales uniformes para amortizar la deuda de todos, asumida como carga común. Así actuaría la solidaridad propia de una unión política en la que la moneda única fuera el escaparate de una realidad previa.

A falta de todo ello los actores políticos de los países de la zona euro se dividen en resignados zombis al servicio de los designios de quien manda y clientes potenciales de la barbería de Sweeney Merkel. Reducido a la mudez en los pasillos y antesalas comunitarias -los estafermos no hablan inglés-, Rajoy es el más dócil y servicial de los primeros. Sujeta la bacinilla y los útiles de afeitar a la barbera o limpia con la fregona el rastro de sus sanguinarios alardes sin que ello requiera contraprestación alguna. Y si hasta la propinilla de la presidencia del Eurogrupo para un paisano recomendado se le niega, pues qué le vamos a hacer. Otra vez será. De momento él sigue empleado ahí.

El segundo grupo es el de los insensatos que, creyéndose capaces de alterar los términos o fronteras de la pax germana impuesta sobre la eurozona, caminan alegres y confiados hacia un inexorable destino tragicómico. Cuando las barbas de Alexis veas pelar, pon las de Pablo a remojar. Zas, zas, un par de tijeretazos y adiós Coletas. Y que vayan contestando Mas, Junqueras y el tal Romeva -que por algo dicen que se parece a Varoufakis- cuantos días aguantaría su pulso independentista con los bancos catalanes cerrados por falta de liquidez o de solvencia. El soberanismo identitario hace lo suficientemente memos a sus comulgantes como para tragarse la añagaza de la lista única de partidos adversos y políticos despolitizados pero, como en el caso de Grecia, lo que tu decidas es irrelevante si no encaja en lo que decidan los demás.

A falta de mejores argumentos, Rajoy ya se ha apresurado a poner el paralelismo tanto ante las narices de Podemos como ante las del orfeón independentista. Sería preferible no tener que recurrir a ello y que nuestra democracia se bastara y sobrara para cerrar el paso mediante la persuasión y la aplicación de la legalidad a ambos tipos de populismo. Pero con un liderazgo como este y una inteligencia institucional como la que permite que alguien pueda anunciar un martes que va a destruir España y sea el viernes recibido en audiencia oficial por el Jefe del Estado -¿rememoraron juntos la pitada del Camp Nou o sólo miraron hacia el abismo?-, ya no nos queda casi sino confiar, compungidos, en la protección de la navaja ordenancista de Frau Merkel. Porque como canta el Figaro asesino en la película de Tim Burton “no hay más que dos tipos de personas: las que están en su sitio y las que te ponen el pie en la cara”. Y alguien tendrá que obligar a estas a volver a meterlo en el tiesto.

La insufrible lentitud de la justicia
Javier Gómez de Liaño www.elespanol.com 20  Julio  2015

“La tardanza de la justicia es uno de esos males de los que el hombre sólo puede librarse mediante el suicidio”.
(W. Shakespeare. Hamlet)

Este comentario viene a cuento de la carta que me envía un español, de origen sirio y médico de profesión, que durante nueve años y pico ha sufrido la insoportable lentitud de la justicia. Detenido y acusado a finales de marzo del año 2006 por la acusación, junto a otras personas, de un delito de depósito de arma de guerra y que desde el primer día negó, ahora, finalmente, tras un largo calvario judicial, el tribunal le ha absuelto con todos los pronunciamientos favorables.

De sus palabras destaco éstas: “Señor abogado: ¿Quién me repara tanto dolor, tanta angustia, tanto sufrimiento? ¡La injusticia de tan extensa espera me ha consumido el valor, agotado la confianza en la Justicia, destrozado el corazón! ¡Estos años han tenido para mí más horas de desesperación que minutos de esperanza!”.

El mismo día que recibo este gemido, leo que más de 8.000 juristas, entre ellos jueces, fiscales y sobre todo abogados, bajo el lema de “Justicia tardía no es Justicia”, han inundado Twitter con mensajes e imágenes en las que se denuncia esa lentitud de la justicia y hablan de juicios y vistas para 2017, 2018, 2019 e incluso 2020.

En mi primer artículo publicado el 17/01/2015 en este blog que muy pronto se convertirá en diario y que titulé La lucha de los españoles y de EL ESPAÑOL por la Justicia, al hacer recuento de las batallas a emprender escribí que era necesario poner fin a la exasperante lentitud de las ruedas de nuestra administración de Justicia, que una justicia a destiempo es una denegación de Justicia, que el reloj de la Justicia no puede seguir siendo un reloj lánguido y que de no rejuvenecer, dentro de muy poco, será incapaz de arrastrar su maquinaria.

Cualquier democracia debería perder el nombre si no es capaz de juzgar a su debido tiempo. Las insoportables demoras de la justicia convierten al Estado de Derecho en algo meramente retórico, sin que valgan excusas de sobrecargas de trabajo o falta de medios materiales y personales. Como el Tribunal Constitucional ha declarado en la reciente sentencia 87/2015, de 11 de mayo, “por más que los retrasos experimentados en el procedimiento hubiesen sido consecuencia de deficiencias estructurales u organizativas de los órganos judiciales o del abrumador trabajo que sobre ellos pesa, esta hipotética situación orgánica (…) de ningún modo altera el carácter injustificado del retraso. (…) El elevado número de asuntos de que conozca el órgano jurisdiccional ante el que se tramita el pleito no legitima el retraso en resolver, ni todo ello limita el derecho fundamental de los ciudadanos para reaccionar frente a tal retraso, puesto que no es posible restringir el alcance y contenido de ese derecho dado el lugar que la recta y eficaz Administración de Justicia ocupa en una sociedad democrática (…)”.

Éste es también el criterio reiterado del Tribunal Europeo de Derechos Humanos. Y así en la sentencia Lenaerts contra Bélgica, de 11 de marzo de 2004, la Corte de Estrasburgo razona que el artículo 6.1 del Convenio para la Protección de los Derechos Humanos y de las Libertades Fundamentales “obliga a los Estados contratantes a organizar su sistema judicial de tal forma que sus tribunales puedan cumplir cada una de sus exigencias, en particular la del derecho a obtener una decisión definitiva dentro de un plazo razonable”.

O sea, que no es posible aceptar que se vive en democracia con una administración de la Justicia donde la respuesta judicial al reconocimiento de un derecho o la determinación de quien es inocente o culpable, duerma años y años en los estantes judiciales, con métodos arcaicos, tortuosidades y dilaciones inhumanas. Con horror hemos de contemplar los daños que causan las excesivas e indebidas dilaciones y procedimientos hay que duran tanto como las cuatro etapas del hombre; es decir, toda una vida.

En Bleak House o Casa desolada, Charles Dickens escribe del famoso caso Jarndyce/Jarndyce como “este pleito de espantapájaros se ha ido complicando tanto con el tiempo que ya nadie recuerda de qué se trata (…); durante la causa han nacido innumerables niños; innumerables jóvenes se han casado; innumerables ancianos han muerto. Docenas de personas se han encontrado delirantemente convertidas en partes (…), sin saber cómo ni por qué; familias enteras han heredado odios legendarios junto con el pleito. El pequeño demandante, o demandado, al que prometieron un caballito de madera cuando se fallara el pleito, ha crecido, ha poseído un caballo de verdad y se ha ido al trote al otro mundo. Las jovencitas pupilas del tribunal han ido marchitándose al hacerse madres y abuelas; se ha ido sucediendo una larga procesión de cancilleres que han ido desapareciendo a su vez; la legión de certificados para el pleito se ha transformado en meros certificados de defunción; quizá ya no queden en el mundo más de tres Jarndyce desde que el viejo Tom Jarndyce, desesperado, se voló la tapa de los sesos en un café de Chancery Lane (…)”.

No sé si algún día el hombre al que me he referido y que justifica estas líneas será indemnizado por el Estado ante un patente “funcionamiento anormal de la Administración de Justicia” y en aplicación de los artículos 292 y siguientes de la Ley Orgánica del Poder Judicial. De tener éxito en la pretensión, se me ocurre que con el dinero que reciba podría comprarse un reloj suizo, con todos los adelantos y hasta con números fluorescentes para la noche. Un reloj con mucha vida que le haga superar el amargo, bárbaro y desalmado tiempo de esos casi diez años de espera judicial. Camilo José Cela hubiera escrito unas páginas memorables –algo hizo con mano maestra en El asesinato del perdedor– dedicadas a las víctimas de la desidia de la Justicia, esa institución por la que Cronos, el anciano dios del tiempo, llora de impotencia y rabia al verla con tanta galbana.

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El Estado autonómico será la ruina de España
La crisis griega es una señal inequívoca de la vulnerabilidad de nuestra economía, a la que los inversores tienen en su punto de mira y que a la menor duda dispara nuestra prima de riesgo
Roberto Centeno El Confidencial 20  Julio  2015

La crisis griega cerrada en falso en el último minuto es una señal inequívoca de la vulnerabilidad de nuestra economía, a la que los inversores tienen en su punto de mira y que a la menor duda dispara nuestra prima de riesgo, ya que no en vano tenemos el segundo déficit público más elevado de toda la UE, y eso que de momento el enorme déficit de la Seguridad Social no se contabiliza porque se está cubriendo con la caja de las pensiones; una deuda pública que aunque no es la más alta ya es imposible de devolver –148% del PIB la deuda total o pasivos en circulación o 130% la deuda computable, más los 330.000 millones de deuda oculta que denuncia Bruselas, aparte del 100% de la deuda externa neta la mayor del mundo desarrollado–, y además el paro juvenil y de mayores de 55 años no solo es el mayor de Europa, sino el más elevado de toda la OCDE. Solo el río de dinero del QE entregado sin control alguno mantiene la falsa apariencia de “normalidad”.

Y es que España tiene un problema político estructural que nos ha llevado a crecer muy por debajo de nuestro potencial en el pasado y nos llevará a la ruina sin la menor sombra de duda en el futuro. Cualquier análisis económico sobre España que no empiece por tener en cuenta que el actual modelo de Estado, que representa un despilfarro anual en relación a un Estado descentralizado equivalente al 10% del PIB, es una estafa intelectual incapaz de explicar nuestro futuro. Y esto no es un juicio de valor: son matemáticas. El problema de España, el futuro de nuestros hijos, es un modelo de Estado tan disparatado que es único en el mundo, y donde los dos tercios de gasto público –excluida la Seguridad Social– son descentralizados; que compara con solo un tercio del gasto descentralizado en los Estados federales, algo que España ni siquiera es.

Pero no solo se trata de un modelo de Estado imposible de financiar, es que su ineficiencia de gestión resulta abrumadora. Donde antes había una persona hoy hay 17; en lugar de caminar todos en la misma dirección se camina en direcciones opuestas. Es más fácil mover productos e instalar empresas entre países de la UE que entre CCAA, donde existen 300.000 empleados públicos dedicados a tiempo completo a inventar, implantar y vigilar el cumplimiento de normativas destinadas a destruir el mercado único, a fragmentar España. La insolidaridad entre comunidades es total. ¡Se blindan hasta los ríos! Los proyectos más absurdos, las inversiones más disparatadas, las duplicidades de todo tipo, el nepotismo y la corrupción, tanto institucional como personal, encuentran el entorno más favorable que pueda imaginarse para crecer sin límite ni control. No hacen falta muchos cálculos para ver que el Estado autonómico será la ruina de España.
El modelo de Estado debe ser sometido a referéndum

El origen del Estado de las autonomías es claro e inequívoco: una imposición a los españoles derivada de las ansias de enriquecimiento y relevancia social de los “padres” de la Transición, unos irresponsables sin el menor sentido del Estado, cuyo pistoletazo de salida fue el “café para todos” del mediocre Suárez, uno de los mayores desatinos de la historia de España. Este grupo de insensatos, de los que Camilo José Cela dijo que, “si tuvieran honor se habrían pegado un tiro”, puso en marcha un mecanismo infernal único en el mundo, económicamente inviable e intrínsecamente corrupto, en el que se inventaron diecisiete autonomías contrarias a la realidad histórica y objetiva de España, y una partitocracia totalitaria que somete al Ejecutivo el resto de poderes del Estado e impone un sistema electoral no representativo de listas cerradas que además prima a los partidos nacionalistas y separatistas, cuyos votos valen hasta cinco veces los del resto de los españoles.

Para entender los graves problemas estructurales que este modelo de Estado representa, hay que tener un mínimo de conocimientos económicos, que parecen inexistentes en la gran mayoría de tertulianos, analistas y políticos en general. El primero es que, tal y como se demuestra en la estructura económica de España, cada puesto creado en el sector público destruye 2,5 puestos de trabajo en el sector privado. Es decir, si se eliminan todos los empleados públicos nombrados a dedo o con oposiciones a medida, que son unos dos millones, eso crearía 5 millones de puestos de trabajo en el sector privado, lo que significa una creación neta de 3 millones de empleos. Y, sin embargo, una de las estupideces más repetidas es que, si se eliminan empleos públicos innecesarios, subirá el paro. El paro juvenil es el mayor del mundo desarrollado, peor incluso que en Grecia –el 53% frente a una media del 15%–, y esto es consecuencia directa del modelo de Estado.

Otro hecho estructural que agrava lo anterior es que España no solo es uno de los pocos países de la OCDE en los que la media salarial del sector público supera a la del sector privado, es que la diferencia es la más elevada. El sueldo medio en el sector público en 2013 fue de 39.907 euros brutos anuales (1) frente a 25.983 en el sector privado (2). Las CCAA son las que tienen los sueldos más elevados, particularmente en las empresas públicas. La Administración Central, la que de verdad lleva España, es la que tiene sueldos más bajos, entre 1.217 y 2.160 euros mensuales. Y si vamos a los 20.000 asesores a dedo estamos hablando de 7.500 euros mensuales, o por ejemplo, los chóferes de los concejales del Ayuntamiento de Madrid, absolutamente innecesarios, 3.750 euros. La relación entre empleados públicos y privados el del 20,4% (la más alta de la OCDE), pero la relación entre masa salarial pública y privada es del 31%. No hay forma de justificar esto ni ante el pueblo español ni ante nadie.

Pero no solo hablamos de salarios, hablamos también de lujos disparatados que no existen en ningún otro lugar. Los más claros son los coches oficiales, las oficinas de lujo y las inversiones injustificadas, un coste adicional que no solo carece de justificación alguna, sino que es un auténtico insulto en un país con 5 millones de parados. Dos ejemplos para ilustrar el tema: doña Concepción Dancausa, actual delegada del Gobierno en Madrid, en su anterior puesto como número dos del ayuntamiento, tenía como el resto de concejales un coche oficial con chófer innecesario para su trabajo. Pues bien, doña Concepción le hizo en el último año 101.000 kilómetros: es obvio que la mayoría de kilómetros hechos con dinero público lo fueron por razones privadas que nada tenían que ver con su función. En cualquier otro país esto habría supuesto su cese fulminante. La sede del Ayuntamiento de Madrid, la más costosa de Occidente, fue presupuestada en 40 millones de euros, pero el montante final fue de 530. Madrid es la única ciudad del mundo donde se construyeron las infraestructuras olímpicas sin habérsele adjudicado los Juegos.

La nueva concejalía de Economía y Hacienda de Madrid acaba de crear una Subdirección General de Auditoría de la Deuda y de la Gestión Pública –a cuyo frente ha colocado a una profesora de Economía de la Universidad Complutense–, que empezará a funcionar en octubre, y que esperemos ponga en claro cómo y por qué se ha gastado el dinero público y por qué somos la capital más endeudada de Europa. Los ciudadanos tenemos derecho a saber quiénes han despilfarrado nuestro dinero, algo que nos ha costado sudor y lágrimas. Si para entrar o salir de la OTAN se consultó al pueblo español en un referéndum vinculante, ¿con cuánta más razón debe de ser consultado en un tema como el Estado de las autonomías, del que depende la riqueza o la pobreza de toda la nación? Esto es lo primero que los partidos emergentes deberían poner sobre la mesa: no hay nada absolutamente más importante que eso para nuestro futuro y el futuro de nuestros hijos.

La estrategia electoral del PP: la negación de lo evidente
El viernes, en una celebración de cumpleaños, coincidí con Rafael Hernando, actual portavoz del PP en el Congreso de los Diputados, y discutiendo sobre la actual situación económica y política de España, me quedé asombrado del discurso con el que Rajoy pretende engañar una vez más a los españoles. Ignoro si Rafael Hernando cree lo que dice o simplemente cumple con su obligación, aunque doy fe que lo hace con una gran vehemencia. El tema me parece muy relevante por cuanto la posición de Hernando es la más autorizada del Partido de Rajoy (antes PP) de cara a las elecciones generales, y lo primero es poner de manifiesto la técnica que están empleando para engañar a los ciudadanos, y que consiste en utilizar en cada caso una variable económica que vaya bien y construir sobre ella su discurso triunfalista, ocultando a la vez todas las que van mal y que al contemplarlas juntas cambia completamente el resultado de lo que dicen demostrar.

El tema central es ya archiconocido y está en todos los medios sin que nadie se moleste en analizarlo: la economía española está creciendo, luego estamos saliendo de la crisis. Y la variable empleada para demostrarlo es el PIB a precios constantes, que para empezar ni siquiera mide la riqueza creada porque no tiene en cuenta el efecto de nuestra caída de precios, que es la mayor de la UE. Pero incluso el PIB a precios de mercado, que mide la riqueza creada, está creciendo, por tanto es cierto que crecemos, menos de lo que dicen, pero crecemos. ¿Y cuál es el problema? Pues el problema es tan sencillo que hasta un niño de primaria puede entenderlo: si, como ocurrió en 2014, para crear un euro de riqueza nos hemos tenido que endeudar en más de siete, España no camina hacia la recuperación, sino a la ruina.

Si en vez de 2014 consideramos todo el periodo de gobierno de Rajoy, la creación de riqueza no solo no se ha incrementado, sino que se han perdido 61.000 millones en tres años, y únicamente en 2015 el PIB pm superará ligeramente al de 2011, y para ello esta segunda plaga bíblica que es Rajoy (la primera fue Zapatero) ha elevado nuestra deuda total en 590.000 millones y nuestra deuda exterior neta ha sufrido el mayor aumento desde que empezó la crisis. Pero es que además el crecimiento de 2015 es en buena parte artificial, consecuencia del incremento de la demanda interna arrastrada por el tirón del gasto público por razones electorales –tenemos el mayor déficit público de la UE, excluido Chipre, algo que me negaba Hernando sin que le temblara la voz cuando es una cifra oficial–, las previsiones de crecimiento del FMI y de la Comisión se van encogiendo hasta el 1,8% en 2017 y el 1,7% hasta 2020. La realidad es que, digan lo que digan en el PP, España ya no podrá remontar esta situación sin un rescate.

El punto siguiente con el que sacan pecho son las exportaciones. Las exportaciones crecen cada año, luego vamos de cine. De nuevo la misma táctica de engaño, utilizar una variable aislada y ocultar el resto. En primer lugar, aunque las exportaciones crecen, lo han hecho a un ritmo muy inferior al de la época de Zapatero, del +13% en 2011 al +2,2% en 2014, y ello a pesar de que el euro se ha devaluado un 25% respecto del dólar. O sea, una gestión exportadora desastrosa a pesar de las fuertes reducciones salariales. Pero luego viene lo peor. Lo relevante no son las exportaciones, sino el saldo exterior, la diferencia entre exportaciones e importaciones, y la situación es que las importaciones están creciendo mucho más, por lo que su aportación al PIB es negativa, y eso teniendo en cuenta la caída a casi la mitad del precio del petróleo, lo que ya es el colmo. Es decir, el patrón típico de la economía española no ha cambiado lo más mínimo. El sector exterior sigue siendo un factor restrictivo del crecimiento, justo lo contrario de lo que afirma Hernando.

Y finalmente, el otro tema estrella es la “bajada de impuestos”. De nuevo misma táctica: hablan hasta la extenuación de la bajada del IRPF y se olvidan del resto de impuestos. La realidad es esta: la bajada chapuza de Rajoy, porque técnicamente no es posible bajar el IRPF a mediados de año porque lo ha decidido el señorito para comprar votos, cuando quiera que sea efectiva supondrá con las realizadas ya una reducción del IRPF de 1.300 millones. Cifra que compara con un aumento de impuestos del conjunto de AAPP de 36.000 millones de euros desde 2012 según la Agencia Tributaria, y además los impuestos autonómicos y municipales subirán en más de 1.200 millones. Y luego nada dicen de los temas que más afectan al bienestar de las familias, nada del reparto más injusto de la renta y la riqueza de la OCDE, nada de la quiebra del sistema de pensiones que anunció el gobernador del Banco de España en sede parlamentaria, nada de que los salarios no subirán un euro, y nada de 500.000 parados adicionales que en 2015 se quedarán en la cuneta sin cobertura alguna.

Y finalmente, el colmo de lo inaudito, Cataluña, donde un presidente de gobierno permite el incumplimiento diario de la Constitución y de la Ley, permite utilizar la sede de la Generalitat como centro de mando y de operaciones del proceso independentista, financia con nuestro dinero la secesión, tanto que se ha convertido con su dejadez y su cobardía en el colaborador necesario más importante en el proceso de ruptura de España, algo que está penado con cárcel en el Código Penal. Juró que no se celebraría el referéndum independentista, y cuando se celebró, en lugar de impedirlo con la ley de la mano se escondió como un conejo asustado.

(1). La masa salarial de los empleados públicos fue de 116.090 millones de euros, y su número 2,9 millones.
(2). La remuneración de los asalariados en España fue de 490.253 millones de euros, por tanto la correspondiente al sector privado de 374.163 millones, y los ocupados 14,4 millones.

La visita que tiró la puerta
FEDERICO JIMÉNEZ LOSANTOS El Mundo 20  Julio  2015

SERÍA injusto achacar sólo al Rey -aplaudido por Soraya- el soberano error de recibir a Mas en Zarzuela tras anunciar esa lista común en la que él es el candidato emboscado a la Presidencia de la Generalidad con el único plan de proclamar la independencia de la República Catalana y «desconectarla» del resto de España, la nación que seguirá sufragando el famoso proceso (el prusés, que dice Jesús Cacho) porque Cataluña está en quiebra y la estrategia de Rajoy en Cataluña consiste en pagar el voto a Sánchez Camacho como si fuera el rescate de Grecia. En realidad, más: España ha palmado ya 29.000 millones y debe dar otros 10.000 a la banda de Atenas, pero Cataluña tiene un agujero de 50.000 millones de euros que Rajoy ha ido cubriendo con monstruosas subidas de impuestos, mientras decía que se oponía al prusés. Falso. Anunció el año pasado que no habría referéndum y lo hubo. Dijo que castigaría el gravísimo delito de sedición perpetrado por el máximo representante regional del Estado y se limitó a denunciarlo... y a asegurarse de que, tras diez meses, siga sin resolverse.

Pero después del referéndum golpista -nunca pretendió cumplir la Ley- se produjo un suceso del que fue protagonista directo Felipe VI y que ha calado muy hondo en la sensibilidad ciudadana, esa que Rajoy puede despreciar y desprecia, pero el Rey, no. Me refiero a la ofensa a la nación española en el Nou Camp, preparada por el Barcelona, tolerada por Rajoy y celebrada por el mismo Mas a la altura de la Real Axila: la pitada al himno nacional y al Rey, que no representaba allí la Corona sino a España. Si Felipe VI llega a tener reflejos ese día y se va del palco tras terminar el himno, la Monarquía estaría consolidadísima. Pero el Rey, desde su coronación, presume de comportarse como monarca constitucional. Muy bien... si en Cataluña el Gobierno hiciese cumplir la Constitución. No es así. Sigue reunido el comité de Cardenal, el amigo culé de Rajoy, para sancionar al Barça, cuyo presidente presume de que el club va a romper España y a jugar la Liga. O sea, lo de Grecia y Europa. Cardenal Brey, Villar y Tebas pueden tolerarlo, pero esto es ya intolerable. Y el Rey no puede ser abducido por la política gallinácea de Rajoy hasta su anulación institucional. A una visita que viene a derribar la puerta no se le recibe jamás.

Bad Romance: los sueños en inglés de Artur Mas con Lady Gaga

Por mucho que se afane Artur Mas, la independencia no se encuentra entre las prioridades de los catalanes. Ya puede ir fusionando partidos y nombres, que los números para la mayoría no le salen
Nacho Cardero El Confidencial 20  Julio  2015

De las estampas costumbristas que se han dado estos días en Cataluña, hay una que destaca por encima de todas, y no me refiero a las elecciones del Barça, sino a la que tuvo lugar este sábado en los jardines de Cap Roig, Calella de Palafrugell, con motivo del curioso concierto que dieron al alimón Tony Bennett y Lady Gaga, y que contó con la presencia del presidente de la Generalitat, Artur Mas, quien no se dejaba ver en este festival de unos años a esta parte, vamos, desde que se cayó del caballo institucional y se dio de bruces con el independentismo.

Tal vez por los calores estivales, los espectadores más jóvenes se mostraron en todo momento extasiados con el recital. Uno de ellos gritó en los estertores del mismo “I give you my heart” y le lanzó un corazón a la cantante neoyorquina. En vez de dirigirse al escenario, el globo se dio media vuelta hacia el palco de honor, justo donde se encontraba Mas. El president no cabía más en sí de gozo. Orgásmico.

Esta anécdota sirve para entender por qué Artur Mas, como reconoció ayer, no sueña ni en castellano ni en catalán, sino en inglés. Quiere imitar a Lady Gaga hasta en su dominio de la lengua de Shakespeare: "If you want to live the American dream, come to Catalonia" (Si quieres vivir el sueño americano, ven a Cataluña), suspiró en la clausura de la Convención Nacional de CDC.
Vídeo: El sueño americano de Artur Mas

Los paralelismos entre ambos personajes parecen evidentes. Lady Gaga se cambia sus elegantes vestidos de lentejuelas por pezoneras de cabaret y mantos rojos de plumas con la misma rapidez con la que Mas pasa de los tapices de la Zarzuela a los ambientes bucólicos del Alt Ampurdà. La habilidad para el travestismo de ambos no puede dejar indiferente a nadie.

El último disfraz del president es el de Raül Romeva, exeurodiputado de ICV, al que ha colocado como número uno en la lista única con la que concurrirá a las próximas elecciones autonómicas y al que muchos militantes clásicos de CiU, de esos que frecuentan el Palau, no saben cómo votar: si con una pinza en la nariz o escudándose en esos principios 'dúctiles' de los que hacía gala Groucho Marx. Desde el Govern se afanan en decir que las elecciones no son autonómicas, sino plebiscitarias, para evitar que esos chicos de Podemos (Catalunya en Comú) les saquen los colores el 27-S.

Por mucho que se afane Artur Mas, por mucho que le bisbiseen al oído, la independencia no se encuentra entre las prioridades de los catalanes. Ya puede ir fusionando partidos y nombres, que los números para la mayoría no le salen. La lista única no es sino un matrimonio de conveniencia, una unión artificial, una relación tóxica, que diría Lady Gaga (“Sabes que te deseo, y sabes que te necesito, lo quiero malo, tu mal amor” - Bad Romance).

El ágape previo al concierto fue cosa de Via Veneto, conocido restaurante barcelonés. De primero, ensalada de langostinos con textura de tomate; luego, rape a la romana con cogollos tibios, y de postre, helado ‘Las noches de Cap Roig’. Mucho VIP en la cena. Además de Artur Mas, escoltado por su guardia de corps secesionista, esto es, Jordi Vilajoana y Ferran Mascarell, también estuvieron representantes del mundo de la empresa.

De las finanzas, Gonzalo Gortázar, consejero delegado de CaixaBank, entidad que patrocina con éxito el festival. Del mundo de los medios, Carlos Godó, hijo del dueño de La Vanguardia. Empresarios independentistas, pocos. El más destacable, Jaume Roures, ya saben, ese otro señor experto en travestismo, que igual le monta una televisión a Zapatero que hace negocios con la Liga española y Telefónica.

El empresariado catalán se caracteriza por su incapacidad para afrontar conflictos. Es más de omertà y seguidismo al poder imperante. Se cansan, se olvidan, no quieren intervenir. Igual los medios de comunicación. Quizá temerosos de que les sigan quitando contratos, han empezado a conceder medallas y ‘semáforos verdes’ ora a Artur Mas, ora a los concejales de Ada Colau, a pesar de que la alcaldesa haya puesto en marcha una de las medidas más perniciosas para la ciudad como es la moratoria en la concesión de licencias hoteleras, una suspensión que paraliza la construcción de 48 hoteles y echa al traste la creación de 5.000 puestos de trabajo.

Muchos son los responsables de este silencio cómplice. Las miradas acusatorias se dirigen ahora a Miquel Valls Maseda, economista y presidente de la Cámara de Comercio, Industria y Navegación de Barcelona desde junio de 2002. En las últimas semanas, grandes empresarios le han llamado en un tono algo subido, casi irascible, para que haga algo, para que los defienda, para que se pronuncie, amenazándole incluso con borrarse de una organización que parece no representarlos. Algo similar ocurre en las diferentes patronales catalanas.

Nadie hace nada. Más bien al contrario, si hay que embutirse la camiseta independentista, véase Bartomeu en las elecciones del Camp Nou, pues uno se la embute. “No es política”, se excusaba el recién elegido presidente blaugrana. No, qué va, son torradas de butifarra. Lleva razón Jabois cuando dice eso de que el Barça, más que un club, es una confluencia.

El triple peligro del final del proceso
DANIEL PERALES www.lavozlibre.com 20  Julio  2015

La fase artúrica del plan secesionista llega a su fin. Para bien o para mal, “s’ha acabat el bróquil” y el alivio a tanta irracionalidad ve la luz al final del túnel. Como suele pasar en tantos procesos sociales, la dialéctica hegeliana nos ayuda a entender que vamos camino de encontrar una síntesis a todo este cúmulo de despropósitos diseñado desde hace varias décadas, que en su acelerón final camina a caballo entre el ridículo y el chiste malo.

Pese al incremento del sufrimiento y la división que este proceso letal para la convivencia está provocando en sus últimos suspiros, algunos nos alegramos de que la lluvia fina haya dejado paso a un chaparrón del que nadie pueda evitar mojarse.

Pero, como suele suceder en este tipo de situaciones límite, no faltan aquellos que pretenden darle una patada al balón para alargar la partida, siendo dos perfiles los más proclives a esta estrategia. Por un lado, los bienintencionados que quieren buscar equilibrios y, mediante el pacto, el diálogo y la comprensión unidireccional, entran en un peligroso juego equidistante que sitúa en el mismo plano a víctimas y verdugos.

Además, también están los que pretenden volver al kilómetro treinta de la maratón para evitar la pájara que les ha imposibilitado llegar a la meta, coger fuerzas y esperar un poco a encontrar otra oportunidad más adecuada para culminar la hazaña, emulando a Filípides.

El equilibrio virtuoso aristotélico poco o nada tiene que ver con el primer perfil explicado, más bien podríamos situarlo en el síndrome de Estocolmo y en el miedo a tener que liderar una alternativa distinta. En este grupo podríamos situar a los socialistas, tanto en su versión nacional como en la autonómica.

Respecto al segundo grupo, liderado de forma magistral por el señor Josep Antoni Duran i Lleida, nos encontramos con el peligro real que supone el apoyo de los grupos de poder capitalinos, agotados con un proceso que nunca han entendido ni pretender entender. Este sector se mueve en coordenadas coste/beneficio, poco dadas a preocupaciones tan terrenales como las que tenemos los ciudadanos que sufrimos las políticas de asfixia cívica por parte del nacionalismo.

Ante este triple peligro, a saber, el del salto adelante del secesionismo -Declaración Unilateral de Independencia (DUI) mediante-, el de la búsqueda del contentamiento de los ontológicamente descontentos, y el de los que quieren volver a mirar para otro lado dejando hacer de nuevo a los del “peix al cove”, no nos queda otra que estar ojo avizor. Cuando una película es muy mala, o te vas sin que termine, o en un afán de tendencia masoquista, te quedas hasta el final, dormido y apesadumbrado a partes iguales. Lo que nunca haces es salir del cine y volver a comprar otra entrada para repetir en la siguiente sesión.

Hagamos una película buena entre todos los que queremos una sociedad más justa, con más igualdad, más libertad y más solidaridad. Una película con una España atractiva, moderna y estimulante como protagonista. Hagámosla inclusiva, abierta, tolerante, de la que nadie se pueda apear desde unos valores humanistas globalmente reconocidos. Pero, hagámosla.

* Daniel Perales es miembro de la Junta Directiva de Societat Civil Catalana.


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