AGLI Recortes de Prensa   Jueves 20 Agosto 2015

Los verdaderos tentáculos del poder
Manuel Muela www.vozpopuli.com 20 Agosto  2015

Una vez aprobado el tercer rescate de Grecia, cuya cadencia es de dos años de duración, se puede prever que el cuarto llegará hacia 2017 y su cuantía superará notoriamente a los 86.000 millones de éste último. Los desastres causados se comentan por sí mismos y eso invita a reflexionar sobre la política de rescates financieros que ha tomado carta de naturaleza en Europa y que nos recuerda que no se puede estudiar la historia política y económica del Continente sin considerar el poder de las armas y del dinero. De lo primero hay constancia acreditada y dolorosa durante el Siglo XX, y de lo segundo, que es a lo que quiero referirme hoy, vamos teniendo pruebas abundantes desde hace dos décadas, cuando la Unión Europea quedó subyugada por las bondades aparentes del capitalismo financiero y abandonó casi todo aquello que la había hecho florecer en humanidad y en democracia después de la Segunda Guerra Mundial. Lo de ahora es una caricatura amarga, movida por los hilos de quienes dominan, ya sean personas o corporaciones de inversión, los mercados financieros, cuyos tentáculos se extienden y dominan instituciones y gobiernos, sin distinción de color político. En mi opinión, se trata de un fenómeno que escapa a los análisis tradicionales de las relaciones de poder y que habrá que estudiar con detenimiento, si bien ya es posible destacar su enorme carga de totalitarismo que, pensábamos, era una ideología desterrada a sangre y fuego de Europa.

Los mercados financieros son la industria dominante
La gran industria de los mercados financieros tiene un funcionamiento bastante autónomo y libre, a diferencia de la industria tradicional. Esta última crea riqueza allí donde se encuentra y retribuye a los diferentes factores que la integran, fundamentalmente el capital y el trabajo, según el orden tradicional. No es el caso de los mercados financieros, cuyo objetivo básico y fundamental es la obtención permanente del beneficio allá donde se encuentre, porque su materia prima son las ingentes masas monetarias que circulan por el mundo, explorando y explotando al máximo las posibilidades de obtención del beneficio, sin importar demasiado el efecto que ello cause en los países o regiones en los que pongan su punto de mira. En este sentido, se podrían comparar a la industria de extracción del petróleo, que va agotando yacimientos y busca otros nuevos. En Europa, concretamente en la Unión Monetaria, tenemos ejemplos claros de esa actuación descarnada de los mercados: no importan demasiado los países, el objetivo es explotar a la propia Unión hasta dejarla exangüe. Después habrá otros lugares, porque el mundo financiero se ha convertido en un fenómeno de deslocalización permanente.

Las entidades e instituciones en que se concretan los mercados son muchas y variadas, forman un abanico que va desde los fondos de pensiones e inversión, pasando por los bancos de inversión, hasta las propias agencias de calificación, que actúan como complemento necesario para justificar las decisiones de los operadores financieros, sin olvidar dos aspectos que interesa destacar: uno, el casi monopolio del mundo anglosajón, Estados Unidos y Reino Unido, en el manejo de la industria; y, segundo, el papel subsidiario, y muchas veces mendicante, que ejercen los diferentes gobiernos e instituciones políticas en ese campo de batalla, como lo denominan algunos autores. El debate, por llamarlo de alguna manera, de nuestro Congreso de los Diputados sobre el rescate griego es un ejemplo cercano de lo que digo.

La política democrática convertida en vicaria de las finanzas
El que la política oficial, gobiernos y parlamentos, tenga un papel secundario o vergonzante, no significa, en mi opinión, que la política esté ausente de los mercados financieros; lo que sucede es que es otra política, que no tiene más legitimación que su propio ejercicio y la obtención del beneficio para quienes la diseñan o dirigen, que son hombres, no máquinas, aunque estas hayan adquirido una importancia creciente con el avance tecnológico. Resalto estos dos aspectos, porque una de las tantas mistificaciones que circulan sobre los mercados es aquella que los presenta como un compendio de racionalidad y de objetividad en contrapunto con otras actividades humanas, más condicionadas por intereses políticos o sociales. Es una demostración más de hasta donde ha llegado la corrupción de valores y la perversión del lenguaje político. También es la evidencia de la pereza doctrinal y de la dejación de quienes tenían la obligación de preservar el valor de la política y de la democracia, y no lo han hecho.

Parece evidente que el crecimiento de los mercados financieros, que ha sido exponencial desde 1980 hasta la actualidad, coincidiendo con el auge de las tesis y de las políticas neoliberales, personificadas por Thatcher y Reagan, seguidas por la gran mayoría de los gobernantes, ha supuesto una transformación revolucionaria de la economía y de las finanzas mundiales. Sus resultados han sido muy lesivos para la mayoría de las sociedades: la concentración de la riqueza en unos pocos es mucho mayor y el empobrecimiento de los demás, que incluye a las clases medias, va avanzando inexorablemente ante la inepcia, cuando no claudicación, de los gobiernos. En Europa, con las políticas de rescate y de recortes, lo estamos viviendo en directo. Una verdadera bomba de relojería, que amenaza la paz social y la estabilidad de la propia democracia.

Se puede pensar que una revolución como la producida por los mercados, con efectos claramente perniciosos, solo puede ser contrarrestada por proyectos de cambio radicales. Probablemente tendrá que ser así, porque, desde mi punto de vista, se está librando, ante la ceguera de algunos y la confusión de muchos, una batalla entre la dictadura y la democracia. Por el momento, esta se encuentra en franco retroceso ante el avance del nuevo totalitarismo, que sirve de coartada perfecta para los que, a derechas e izquierdas, ponen en solfa las instituciones democráticas. Por eso, convendría apuntar a qué tipo de cambios me refiero: serían aquellos que devuelvan a la política democrática la autonomía perdida con el objetivo de regular y limitar el fenómeno de la globalización financiera, convertida en la actualidad en una hidra de múltiples cabezas al servicio de poderes que escapan a todo control. No será una empresa fácil, pero los riesgos de no acometerla son inmensos y los daños incalculables.

Las falsedades de Luis de Guindos
Juan Laborda www.vozpopuli.com  20 Agosto  2015

El descaro, la sinvergüencería y las mentiras hace tiempo que se adueñaron definitivamente de los mentideros políticos, económicos y mediáticos patrios. El último ejemplo fue la comparecencia de nuestro inefable ministro de economía Luis de Guindos en el Pleno del Congreso donde se debatía la aportación de España al tercer rescate griego. De acuerdo con el ministro de Economía el único culpable de haber llegado a esta situación es el populismo. Guindos acusó al Gobierno de Syriza de haber llevado al país heleno a una situación límite, al plantar cara a las políticas de ajuste de la Unión Europea. Lo menos que podía hacer es callarse, pasar desapercibido.

Solo espero que algún día Yanis Varoufakis saque a la luz las grabaciones que pongan de manifiesto la posición de Luis de Guindos y de nuestro gobierno en las reuniones del Eurogrupo. Varoufakis ya ha detallado como los gobiernos de los cuales deberían haber esperado un mayor apoyo, aquellos cuya principal pesadilla son las ingentes cantidades de deuda, se convirtieron en realidad en sus peores enemigos. Como señala explícitamente, estos gobiernos tendrán que responder algún día ante sus ciudadanos ¿por qué no negociaron pensando en ellos?, ¿por qué no apoyaron una solución justa y eficiente económicamente para Grecia? ¿Cómo es posible que un país como España con una deuda total y externa superior a la de Grecia, y con una expansión de la deuda soberana estratosférica, ni siquiera haya sentido la más mínima empatía por el nuevo gobierno heleno?

No se preocupen, en el caso de que algún día se conozcan ni siquiera se ruborizarán por semejante deslealtad a la ciudadanía española. Para ello contarán con la inestimable ayuda de la maquinaria mediática del Totalitarismo Invertido patrio.

Lo que Guindos no dice de Grecia
Guindos, como nuestros voceros mediáticos, se olvida de lo básico. Quiénes arrastraron a Grecia a la situación actual fueron los gobiernos de Nueva Democracia y PASOK. Ellos fueron quienes crearon una deuda impagable. Parte de la misma, además, era y es ilegítima, al ser contraída con el fin último de financiar a terceros, los bancos. Y otra parte, nada desdeñable, es ilegal, ya que determinadas aves de rapiña indujeron la creación de la misma. Los bonos griegos daban altos rendimientos, muy por encima del activo seguro, lo que implicaba un riesgo de impago implícito, pero ahora esos inversores no quieren saber nada del riesgo que asumieron.

Nueva Democracia, el equivalente al PP, mintió deliberadamente sobre las cifras económicas oficiales de Grecia –de aquellos barros, estos lodos–. Y el PASOK de Papandreu, el equivalente al PSOE, exageró las cifras del déficit público para que el FMI participara en el sarao del rescate a Grecia. Además ND y PASOK, como PP y PSOE, bajo la cantinela de que griegos y españoles hemos vivido por encima de sus posibilidades, han acatado imposiciones políticas del norte y centro de Europa vergonzosas. Según éstas, griegos y españoles deben sufrir sangre, sudor y lágrimas porque vivieron por encima de sus posibilidades. Lo que no cuentan es que tanto en el país heleno como en nuestra querida España quienes vivieron por encima de sus posibilidades fueron el sector financiero y determinadas sociedades no financieras. Pero lo más ignominioso es como los “mass media” callan sobre las consecuencias de las políticas de austeridad. Dejen ya de hablar de reformas estructurales. El destrozo social es brutal.

Lo que Guindos no dice de España
Las reflexiones de Luis de Guindos sobre los populismos realmente me exacerban, me irritan, me exasperan. Cómo es posible que aquel gobierno que nos ha endeudado como nunca en nuestra historia reciente hable de populismos. Cómo es posible que quienes han aumentado la pobreza de sus conciudadanos a niveles insoportables hablen de populismos. Cómo es posible que aquel ejecutivo cuya reforma laboral ha creado un mercado donde trabajar ya no garantiza salir de la pobreza, donde empleo es sinónimo de precariedad extrema, se erija como ejemplo de buen gobernante. Cómo es posible que el ejecutivo actual, uno de los representantes del Totalitarismo Invertido patrio, muñidor de esa tradición tan hispana de alimentar oligopolios, lobbies, grupos de poder, hable de populismos.

La principal herencia que nos dejará el gobierno actual –de la mano del anterior– es deuda, deuda, más deuda, sin mejora alguna del aparato productivo y de nuestra fuerza trabajo. Los mismos que generaron la mayor burbuja inmobiliaria de la historia nos dejarán como herencia una deuda total y externa récord. La vulnerabilidad de unos pasivos tan elevados frente al exterior se pone de manifiesto al ver que cada año España tiene que captar entre 250.000 y 300.000 millones en el exterior para refinanciar la deuda.

España está altamente endeudada y si no hay una reestructuración ordenada de la misma entrará en un círculo vicioso -crisis de deuda soberana, crisis bancaria, crisis de deuda externa, crisis de Seguridad Social, y reactivación de la recesión de balances privados-. Dos son los posibles catalizadores: la ausencia de un crecimiento nominal estable en el tiempo y/o cualquier incremento de la aversión al riesgo en los mercados financieros. En ese momento, señor De Guindos, ¿nos dirá también que la culpa es de los populismos?

Cómo enfrentar el nacionalismo
Federico Ysart ABC 20 Agosto  2015

Según se va acercando el día de las elecciones regionales catalanas crece el cruce de opiniones sobre la idoneidad del tratamiento dispensado por el Gobierno nacional al disparate secesionista.

Echar o no leña más al fuego; esa es la cuestión básica de la polémica. Para unos, el Ejecutivo ha actuado con prudencia; otros piensan que, sencillamente, no ha actuado.

La capacidad de victimismo exhibida por los nacionalistas es la gran razón que aquéllos esgrimen para defender la no beligerancia de un gobierno que, además, se vería sólo en su enfrentamiento con los sediciosos.

La deriva que está siguiendo el equipo rector del PSOE hace a muchos temer que un conflicto a cara de perro instaría a Sánchez a mantenerse alejado de la confrontación para ofrecerse al país como nuevo príncipe de la paz. Por otra parte, la franquicia catalana del partido socialista no le permitiría nada distinto, so pena de terminar rompiendo definitivamente con su matriz.

Sin embargo, otros opinan que la cascada de disparates que han venido levantando un muro de fraccionamiento debería haberse cortado desde el remedo de referéndum convocado por la Generalidad el pasado año. El cómo no se concreta; desde la intervención de la autonomía hasta la denuncia de su presidente como autor de un cúmulo de cargos propios de las felonías hay diversas formas, incluida la del ajuste fiscal.

Nadie es capaz de asegurar que las decisiones de Mas y sus cómplices no tengan como objetivo primario provocar una reacción de esta naturaleza. En todo caso, el victimismo de unos dirigentes políticos que celebran las derrotas de sus presuntos antepasados parece garantizado.

Más allá de todo ello, por encima de lo que unos y otros opinen, lo cierto es que cuando las naciones europeas están en ciernes de dejar de serlo para integrarse en una gran confederación europea -es decir, Francia dejar de ser Francia como España, España-, enfrentarse a la corriente de la Historia para crear un estadito es grotesco. Sencillamente grotesco.

¿De qué nacionalismo hablan estos pastores cuando las naciones están a punto de disolverse en un ambicioso proyecto de superación de barreras y otras historias de confrontación? Los nacionalistas están incapacitados para debatir desde la razón, pero no los millones de ciudadanos que los Mas, Junqueras y demás caudillos de la reacción pretenden aislar de todo progreso. Algo parecido a una nueva guerra carlista.

Podemos y la ley de hierro
Aleix Vidal-Quadras Gaceta.es 20 Agosto  2015

Ha causado un gran revuelo la carta de baja de un militante de Podemos de Málaga en la que critica fuertemente a su organización con expresiones de gran dureza. Afirma el desilusionado podemita que todo el esfuerzo realizado para constituir y consolidar la formación de extrema izquierda sólo ha servido para situar en puestos de responsabilidad a trepas, incompetentes y aduladores, que la tan cacareada democracia interna brilla por su ausencia y que al final las grandes proclamas de cambio y transformación social se han reducido a la ocupación de una pequeña parcela de poder en un sistema que sigue inalterable.

Todo el que milita o ha militado en un partido conoce este tipo de debates y de decepciones, sin que estas melancólicas percepciones sean propias de un determinado color ideológico, sino que aparecen por igual a lo largo del arco parlamentario. Por tanto, la frustración de Manuel Meco no es nada nuevo y muchos miles de afiliados a unas u otras siglas han pasado por tales trances en diversas épocas, contextos políticos y latitudes. El hecho de que parezca imposible solucionar este problema no impide que de manera recurrente los partidos experimenten crisis internas en las que las bases se rebelan contra la oligarquía que las pastorea o que surjan nuevas siglas impulsadas por reformadores que se comprometan a acabar con estas deficiencias. Normalmente, las convulsiones provocadas por la tensión entre los militantes y la cúpula de la organización se solventan con la llegada de una dirección distinta que sustituye a la acusada de modos tiránicos para que el proceso se repita sin remedio. En cuanto a las fuerzas emergentes que nacen con la promesa de que por fin existirá una verdadera participación del conjunto de los miembros del partido y de que los cargos se atribuirán de acuerdo con criterios de mérito, trabajo y capacidad, terminan cayendo, como Manuel Meco se lamenta de que ha sucedido en Podemos, en vicios análogos a los que habían venido a suprimir.

Como con cualquier aspecto de la estructuración de la vida pública y del funcionamiento de las instituciones, un desarrollo correcto de la actividad de los partidos ha de basarse en una normativa adecuada y en una cultura democrática que oriente los comportamientos de los dirigentes y los dirigidos. Elementos tales como la financiación, el modo de selección de los candidatos a las elecciones y de designación los cargos de gestión interna, el sistema electoral imperante en el país, los cauces de participación de los militantes en las decisiones, los mecanismos de control y de rendición de cuentas, la garantía de la neutralidad del aparato en las primarias, son decisivos a la hora de evitar el cumplimiento inexorable de la ley de hierro enunciada por el sociólogo alemán Robert Michels hace ya un siglo. Es evidente que la regulación de los partidos actualmente vigente en España presenta enormes lagunas en cada uno de estos puntos y que mientras no se implante un marco legislativo y jurídico que impida que un reducido grupo cooptado haga y deshaga a placer en el seno de la organización, el número de los Manuel Meco seguirá creciendo y el peloteo, la capacidad de intriga y la sumisión al líder continuarán operando frente a la preparación, la experiencia y la excelencia. Y así, después de un tiempo largo en el que una normativa inteligente y completa vaya creando los hábitos de conducta requeridos mediante los incentivos de premio y castigo apropiados, se conseguirá que los partidos políticos operen de forma medianamente aceptable. En tanto no se legisle en la dirección descrita, tanto la corbata como la coleta tenderán al autoritarismo, la corrupción, el nepotismo y la arbitrariedad.

Cataluña ante el desafío secesionista
Lidl recibe más de 1.000 quejas en un día por rotular solo en catalán en sus supermercados
El formulario de su página web, donde se admiten sugerencias, recibe un millar de escritos
Redacción La Voz Libre 20 Agosto  2015

Madrid.- La cadena de supermercados Lidl ha recibido en un solo día, más de 1.000 quejas por rotular solo en catalán en sus establecimientos. Después de que saltara la noticia, que La Voz Libre recogió el pasado lunes, de que la empresa alemana había decidido quitar al español de sus carteles, -dejándolos solo en catalán e inglés-, el formulario de sugerencias y quejas de su web ha recibido más de un millar de mensajes.

Y es que han sido cientos los ciudadanos de Cataluña que quisieron dejar su queja a Lidl, expresando su malestar por ver los carteles solo en catalán y en inglés, menospreciando así al español, lengua oficial en la comunidad autónoma. Un monolingüismo que, además, es bandera del proceso secesionista. Aunque algunos usuarios expresaron su intención de dejar de comprar en la cadena de supermercados alemanes, otros muchos han optado por quejarse y dejar constancia de su enfado por no utilizar el idioma con el que se expresan habitualmente.

Quejas que quizá sirven para que Lidl cambie su política de rotular solo en catalán. Una decisión que adoptaron tras las presiones recibidas de grupos independentistas, que llamaron al boicot contra la cadena y pidieron que se adecuara a las peticiones. Presión a la que Lidl cedió.


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¿Reforma de la Constitución?

Enrique Domínguez Martínez Campos Gaceta.es 20 Agosto  2015

Parece que ahora es cuando, a los dos grandes partidos que han dominado desde la Transición la situación política en España –mediatizados, eso sí, por el nacionalseparatismo, sobre todo desde 1993-, les ha entrado una prisa enorme por introducir algunos cambios en la Constitución para ponerla al día. A los socialistas para cambiar la estructura del Estado y hacer una España federal que, según ellos, bastaría para calmar a los separatistas catalanes en su incesante afán –hoy y dentro de 100 años- de lograr la secesión de España. A los de este PP, de no se sabe bien qué ideales u objetivos políticos persigue, para modificar unos cuantos de sus artículos que, en efecto, es necesario acometer.

El líder de este PP de centro reformista (?), señor Rajoy, ha anunciado que en la próxima legislatura se debía abordar el tema de la financiación autonómica y la reforma de la Constitución, siempre que se disponga del consenso necesario entre los principales partidos políticos. ¿Se imagina alguien hoy acuerdos de esta naturaleza entre quienes lo que prima en ellos es su propio interés (en virtud de sus intereses ideológicos y económicos) mucho antes que el bien general para todo el pueblo español? Sobre todo cuando en ese pueblo, además, prevalecen los intereses de los territorios en los que han sido compartimentados mucho más que el etéreo y lejanísimo interés de lo que constituye la unidad territorial de nuestro país.

De modo que las propuestas de uso y de otros para reformar la Constitución no parecen, de momento que coincidan en prácticamente casi nada, en todo caso, en el tema de la sucesión a la Corona para eliminar la prevalencia del hombre sobre la mujer. Y eso en el caso de que el PSOE mantenga el compromiso que adquirió con el gobierno de Arias Navarro (sus servicios de información) en relación con el tema monárquico con el que, por cierto, no le ha ido nada mal.

Soy de la opinión de que, en efecto, es preciso actualizar una Constitución que necesita importantes retoques, especialmente en todo lo relativo a su desafortunadísimo Título VIII. ¡Ojalá los partidos políticos españoles tuvieran la altura de miras, la generosidad y la visión de futuro precisa para acometer tan necesaria y trascendental labor! Pero me temo que ni siquiera el PP y el PSOE son capaces ya de ponerse de acuerdo para abordar el tema, pensando en el beneficio que pudiera reportarle a los españoles y no el que, egoístamente, desean para ellos mismos, tanto desde el punto de vista ideológico como electoral.

Pero fijémonos en este hecho curioso: tanto ese señor del PSOE que usa como telón de fondo una gran bandera de España –aunque luego permita que en otros lugares de nuestro país el socialismo utilice las independentistas- como el señor Rajoy, sí parece que siguen estando de acuerdo en otros asuntos que son fundamentales para que esta peculiar democracia española se convierta, simplemente, en una democracia (sin adjetivos). Me refiero concretamente al hecho de que ambos partidos mantienen la politización de la Justicia en sus más altos niveles porque les conviene. Desde que en 1985 así lo determinaron F. González/A. Guerra interpretando a su favor la Constitución, ni el PSOE ni el PP han hecho lo más mínimo por rematar a Montesquieu. Al revés, son felices determinando qué jueces son los míos y cuáles son los tuyos. Con lo que, al menos, el 50% de los jueces se dedican a politiquear para buscarse una excelente poltrona desde la que se pueda influir en multitud de asuntos y, a la vez, cobrar un salario muy superior al del presidente del gobierno.

También están de acuerdo en que esa politización de la Justicia se extienda al desacreditado Tribunal Constitucional, cuyos miembros son designados también por los partidos políticos. Y qué decir, por ejemplo, de la antihistórica y sectaria Ley de la Memoria Histórica. Hoy, por ejemplo, algunos miembros del PP han salido criticando lo que los “derivados” de Podemos desean hacer en algunas ciudades cambiando el nombre de algunas de sus calles. ¿Cómo es posible que sean tan estultos, tan cínicos y tan poco coherentes con lo que su propio partido ha permitido? A lo largo de toda una legislatura de cuatro años el PP no ha modificado ni suprimido –que hubiera sido lo correcto- una ley zapaterista llena de revanchismo, sectarismo y completamente innecesaria, menos para reabrir las heridas y los odios entre los españoles.

Por supuesto, ese acuerdo PP-PSOE también se extiende a otros tema políticos como, por ejemplo, el mantenimiento de miles de cargos y asesores en toda clase de organismos públicos y empresas del mismo signo, como las televisiones autonómicas y otras, que son verdaderos agujeros por donde se van millones y millones de euros de dinero público. O el sostenimiento de instituciones innecesarias por completo, como las Diputaciones provinciales (¿para qué sirven las Delegaciones del Gobierno y las Autonomías?) o el inútil Senado, etc.

Y no me negará nadie que PP y PSOE (el PP a remolque del PSOE) también están de acuerdo en el mantenimiento de una ley del aborto que es en sí misma, desde el punto de vista del fundamento básico en que se asienta, una auténtica aberración y una total contradicción con el principio fundamental de la ley natural. Lo mismo que en el nombre con que se ha decidido unir legalmente a los homosexuales para que, con esa unión, puedan tener derechos e, incluso, adoptar niños: el de “matrimonio”.

De modo que, si por un lado las ideas de unos y de otros difieren mucho en el tema de la revisión constitucional, por otro las coincidencias de este PP que, en verdad, parece haber perdido sus más elevados principios, con el PSOE –del que siempre puede esperarse cualquier cosa y generalmente nunca buena- son numerosísimas. Fíjense también en otra coincidencia que tiene abochornada y muy enfadada a otra franja de la población española que no entiende de ninguna manera a este PP: el haber asumido en su práctica totalidad las negociaciones políticas del PSOE con los terroristas de ETA, con el único propósito de que los asesinos dejaran de matar a cambio de ser reconocidos políticamente para hacerse cargo de Diputaciones, Ayuntamientos, etc., controlar así no sólo la “pasta” con que nutre sus arcas sino a miles de españoles para conocer domicilios, situación financiera, ideología, etc. Porque ETA sigue ahí, sin disolverse y con BILDU y otras terminales políticas hasta en el congreso de los Diputados.

Estamos, por tanto, en un caso realmente singular de posible disparidad de criterios para abordar la reforma constitucional –y la ley Electoral- en la que es esencial el acuerdo entre los dos grandes partidos para que esta peculiar democracia española no termine de hundirse del todo, mientras que, por otro lado, la identificación de ideas y conceptos en otros muchos aspectos de la vida política española –como hemos visto- es absoluta entre el PP y el PSOE.

Pero hemos de reconocer también en este PSOE del señor Sánchez otro par de discrepancias con el PP, de gran calado, que también serían fundamentales para dificultar aún más los posibles acuerdos para lograr una reforma constitucional imprescindible y duradera. Una es la diferente e, incluso, opuesta visión del tratamiento de la economía por parte del PSOE respecto del PP. Y los socialistas ya han demostrado, en las dos ocasiones en que han gobernado, que están totalmente capacitados para arruinar España y aumentar el paro a índices sobresalientes. La otra es su capacidad para aliarse con quien haga falta para que la derecha (¿qué derecha?) no gobierne España y sean ellos sus únicos amos. Ahora ya están aliados con la extrema izquierda (Podemos) y con los separatistas (BILDU) en Autonomías, Ayuntamientos, etc. Ya están dando a entender que, tras las próximas elecciones, generales, a base de pura partitocracia, el PSOE puede aliarse con cualquier formación política si éso es lo que pide el pueblo en las urnas (?). Naturalmente, se refiere a los leninistas de Podemos y derivados.

En definitiva, la degradación política, moral, ética y estética y, sobre todo, la debida a la corrupción que ha afectado de lleno a estos dos partidos desde hace años (el socialista Alonso Puerta comenzó a denunciarla en su partido en 1977), les lleva a enfrentarse en asuntos fundamentales, mientras que en otros de gran magnitud parece que sus posturas coinciden. Esta ambivalencia o dicotomía a quien más perjudica es al pueblo español que, en gran medida harto y desesperado, ya no cree en estos partidos considerándolos uno de los peores males que padece España (encuestas del CIS).

Por tanto, difícil lejana veo en estos momentos la imprescindible reforma de la Constitución. A no ser que se obrara un milagro después de que el PSOE visitara Lourdes.

Rajoy confía en el miedo
EDITORIAL Libertad Digital 20 Agosto  2015

El presidente del Gobierno se ha mostrado convencido este miércoles de que el PSOE pactará con todas las fuerzas de izquierda, incluida Podemos, para llegar a La Moncloa aunque no gane las elecciones. No es la primera vez, sin embargo, que el PP apunta a tan temible como, ciertamente, probable frente popular: este mismo martes era el ministro de Exteriores, José Manuel García-Margallo, el que advertía de la "catástrofe de dimensiones bíblicas" que supondría semejante alianza, y no hace ni un mes era el propio Rajoy y el vicesecretario de Comunicación, Pablo Casado, los que fijaban la atención en esa alarmante amenaza a la continuidad del PP en el Gobierno.

Los cierto es que, aunque Pedro Sánchez descartara en su día cualquier alianza con los radicales de Podemos, la realidad de los pactos alcanzados entre ambas formaciones tras las elecciones municipales, así como las más recientes declaraciones del líder socialista asegurando que su partido podría pactar "con todos menos con Bildu y el PP", abren las puertas de par en par a la posibilidad de ese frente popular. Ahora bien, por proclives que los socialistas se muestren a esa alianza con Podemos, no es de recibo que el PP haga del temor a ese pacto su única estrategia electoral. Eso es tanto como hacer realidad aquello que pronosticó hace más de un año Pedro J. Ramirez, cuando dijo que el nuevo lema electoral del PP sería "In fear we trust", "Confiamos en el miedo".

Se supone que un partido político debe aspirar a ganar las elecciones ilusionando al electorado, no esperar a que lo voten con la nariz tapada y como mal menor frente a una "catástrofe de dimensiones bíblicas". Eso es tanto como fijar la decadencia como única alternativa a la revolución. Se supone que el PP lo que debería poner en valor es su programa electoral, su fidelidad al mismo y los logros cosechados.

La realidad, sin embargo, es que Rajoy ha protagonizado una monumental traición a su programa político que la crisis de España como nación y como Estado de Derecho es muy profunda y que los logros alcanzados por su Gobierno son escasos y se reducen al ámbito económico, donde la recuperación se debe más al influjo exterior y a los ajustes de la sociedad civil que a una escasamente practicada política liberalizadora y reformista. A todo ello hay que sumar la lacra de la corrupción, ante la que el PP de Rajoy sigue sin reaccionar con la suficiente contundencia.

Esta falta de regeneración, que en el caso concreto del PP pasa principalmente por recuperar en el ámbito ideológico y en la acción de gobierno sus traicionadas señas de identidad, aboca a Rajoy a hacer del miedo a Podemos prácticamente su única baza electoral. Lo terrible es que la falta de regeneración y el fracasado consenso socialdemócrata en el que el PP también se ha instalado son, a su vez, los que paradójicamente dan y van a seguir dando alas a un populismo antisistema.

Así las cosas, habrá que confiar en la cuña que puedan introducir formaciones regeneracionistas como Vox o Ciudadanos; porque lo que es seguro es que no habrá mayor triunfo para la degeneración del statu quo que el que la ciudadanía se sienta obligada a renunciar a la regeneración por temor a la revolución.

¿Unionistas, españolistas, constitucionalistas?

Rafael Núñez Huesca Cronica Global 20 Agosto  2015

Cuando el referendo quebequés del 98, los estudios sociológicos advertían que el apoyo a la secesión bajaba 20 puntos -ahí es nada- si se empleaba el término "independencia" en lugar de "soberanía". La forma en la que se presentan las ideas es determinante para que estas triunfen o fracasen. En Cataluña el separatismo no abandonó la marginalidad política hasta que no abandonó el concepto independencia para adoptar el mucho más amable y en apariencia incuestionable, “derecho a decidir”. Una construcción que alcanzó gran predicamento y logró moldear la realidad sociológica catalana. Fueron los días más duros para los catalanes partidarios de seguir compartiendo país con madrileños, canarios o asturianos. La potencia de aquel enunciado lo hacía casi irrefutable. No había por dónde meterle mano. ¿Qué clase de antidemócrata negaría semejante derecho?

Para desenmascarar el invento hacía falta demasiado tiempo, demasiados argumentos, mientras que la citada construcción resultaba directa, emocional y apelaba a un valor tan elevado en el imaginario colectivo como el principio democrático.

El relato nacionalista hace uso de sofismas y da por supuestos numerosos conceptos que, al ir alojados en un conjunto más amplio de mercancía semántica, suelen pasar desapercibidos. Replicar la narrativa nacionalista resulta agotador. Se hace imprescindible la aplicación del viejo principio de la lógica escolástica: nego suppositum, niego el supuesto. Y una vez 'deconstruido' el pseudoargumento, si hay tiempo, hay que armar el propio. Lo dicho, agotador.

Hay que reconocerle al nacionalismo una habilidad extraordinaria en el uso del lenguaje. Ya no son separatistas, ni siquiera independentistas: son soberanistas. No aspiran a romper ni a separar, simplemente reclaman poder ejercer su soberanía. Gobernarse. De nuevo, ¿quién será capaz de negarle a un pueblo la capacidad de gobernarse a sí mismo?

Una construcción léxica coherente y seductora, si es suficientemente replicada por medios y líderes de opinión, acabará por crear el marco mental deseado. Acceder a compartir dicho marco, prestarse a participar de él, es un suicidio político. Ningún equipo se resigna a jugar todos los partidos fuera de casa. Por ello es imprescindible, ya no renunciar a las figuras e imaginarios nacionalistas, que también, sino construir un campo semántico propio. Y aquí está todo por hacer.

El primer paso habrá de ser designar un nombre de consenso, una denominación que reúna a todos los catalanes que se sienten normalmente españoles. Tal denominación aún no existe, y si existe, no goza de consenso. Frente al vocablo aglutinador 'independentista' ('indepe'), no hay sino una amalgama de nombres, la mayoría salidos del imaginario nacionalista, y por ello con una evidente carga peyorativa. Es el caso de 'unionista', en cuyos ecos aún se escucha los disparos del Ulster. Además de que para llevar a cabo la acción de unir ha de partirse, necesariamente, de la fragmentación, de la división, y no es el caso de España, de momento.

La voz 'españolista', al contrario que catalanista, que goza de un amplio consenso y normalidad, incomodará a muchos en Cataluña, donde España y sus derivados acusan el desprestigio de tres décadas de nacionalismo. Definirse en negativo (no-independentista) sería igualmente un error en tanto reconoce todo el protagonismo al concepto original en contra del cual nos definimos (independentista).

Quizá 'constitucionalistas' sea el más recurrente. Pero es insuficiente e imperfecto pues, frente a un escenario épico y emotivo, constitucionalista tan solo ofrece un frío marco legal. Nada puede hacer un término exclusivamente jurídico, habermasiano si se quiere, frente a una marea de ilusión identitaria. Además de que, si durante los años del plomo etarra la Constitución revestían a sus defensores de un halo de responsabilidad y sensatez, hoy la Carta Magna parece insoportablemente vetusta y a pocos evoca ya las connotaciones positivas de antaño.

27-S: Elecciones legales, plebiscito fraudulento
La convocatoria es moralmente fraudulenta porque quien la hace promete algo que sabe de antemano que no ocurrirá. Es un engaño consciente
Ignacio Varela El Confidencial 20 Agosto  2015

Yo, que no soy catalán, sí creo que Cataluña es una nación, lo que no significa que tenga que ser un Estado. El mundo está lleno de Estados plurinacionales, de naciones sin Estado y de construcciones estatales que no se corresponden con ninguna realidad nacional.

Creo que la expresión “nación de naciones” es la que mejor se ajusta al origen histórico de España y a su naturaleza como unidad política desde el matrimonio fundacional de Isabel y Fernando.

Sí creo que hay un hecho diferencial de Cataluña dentro de España. Tan cierto es que Cataluña forma parte de España desde el nacimiento de ambas como que tiene una personalidad singular –histórica, cultural, lingüística, jurídica, incluso económica- que está en su derecho de preservar.

Detesto el nacionalismo en todas sus modalidades pero, si fuera catalán, no renunciaría a nada de eso; y sí, demandaría que la norma que establece las bases de la convivencia entre los españoles lo reconociera como parte del patrimonio común y no como un problema.

La historia nos enseña que la posición de Cataluña dentro de España se contamina de crispación cuando desde el nacionalismo catalán se quiere convertir la diferencia en un pretexto para la secesión o cuando desde el nacionalismo español se intenta negar o sofocar la singularidad catalana. Ahora están ocurriendo ambas cosas.

Creo, con Miquel Iceta, que, en el punto al que ha llegado el conflicto, ya no existe una solución efectiva que no pase por las urnas. La dificultad está en encontrar el método que haga compatible una votación decisoria de los catalanes (solos o en compañía del resto de los españoles, o quizá una combinación de ambas cosas) con la legalidad constitucional, que es inquebrantable aunque no irreformable.

No digo que sea fácil, pero más difícil será todo si se mantiene la cerril negativa de los Mas y los Rajoy a siquiera intentarlo. Me importa un rábano quién tenga la razón teórica: para mí, la razón práctica la tendrá quien señale el camino de la solución y sea capaz de persuadir a unos y otros para transitarlo. Eso sería genuino liderazgo político y no la baratija del postureo banal que hoy usurpa tal nombre.

Les diré en lo que no creo:
No creo que existan unas elecciones plebiscitarias.

En las elecciones se eligen personas: representantes del pueblo y gobernantes. Normalmente esas personas son avaladas por formaciones políticas y se presentan con un programa de gobierno para realizar durante su mandato. Hay varias candidaturas y un sistema para dar a cada una de ellas la cuota de representación y poder que le corresponda según los votos obtenidos.

Y los plebiscitos sirven para adoptar colectivamente una decisión concreta de especial importancia, planteada habitualmente de forma dicotómica.

Mezclar ambas cosas es tóxico para la democracia. Las elecciones son un sistema para organizar el reparto civilizado del poder político, no para fundar Estados y mucho menos para escindirlos.

Lo que ha convocado Artur Mas es formalmente legal como elecciones y materialmente fraudulento como plebiscito.

Es un fraude jurídico porque lo que pretende obtenerse de esa votación no cabe dentro de la ley. Supongamos que el 100% de los catalanes con derecho a voto acudieran a las urnas el 27 de septiembre y que todos ellos apoyaran a la candidatura en la que figuran camuflados Mas y Junqueras: estaríamos ante un gigantesco problema político, pero seguiría siendo jurídicamente imposible que de ahí naciera un Estado independiente.

Si existiera algún camino legal hacia la independencia, desde luego no pasa por unas elecciones autonómicas convocadas por un representante del Estado español (el Presidente de la Generalitat) de acuerdo a una ley española (el Estatuto de Cataluña) con la competencia que le atribuye la Constitución Española votada por el pueblo español.

Es un fraude político porque en una votación plebiscitaria tienen que darse al menos tres condiciones: primera, que todos los que participan en ella acepten que se trata de un plebiscito válido; segunda, que el voto de todos los ciudadanos valga lo mismo; y tercera, que la opción vencedora cuente con el respaldo de la mayoría de la población.

Ninguna de esas tres condiciones se cumplen en este caso.

Sólo dos de todas las candidaturas que se presentan a estas elecciones, la de Junts Pel Sí y la de la CUP, les dan carácter plebiscitario. Todas las demás candidaturas ni reconocen ni aceptan ese carácter. Por tanto, no admitirán que los votos se interpreten en tales términos.

No hay, afortunadamente un “Junts pel no”: me ha parecido increíblemente torpe la propuesta de Rivera de enfrentarse a la coalición independentista con una coalición unionista. ¿No se da cuenta de que eso hubiera sido precisamente avalar el planteamiento plebiscitario de la elección?

Los votos ciudadanos tienen distinto valor porque, como ha señalado José Antonio Zarzalejos, para obtener un escaño en Gerona, Lérida o Tarragona se necesitan muchos menos votos que en Barcelona. Por tanto, en este plebiscito de Mas y Junqueras el voto independentista de un gerundés valdrá más que el voto no independentista de un habitante, por ejemplo, de Hospitalet. ¿Adivinan ustedes la intención?

Está, además, el hecho comprobado de que en las elecciones autonómicas la participación tiende a descender; y quienes se abstienen son precisamente los ciudadanos menos concernidos por la pulsión nacionalista. Esto lo sabe muy bien Mas, y cuenta con ello para sus propósitos.

Sabe también que se puede alcanzar la mayoría absoluta de los escaños sin tenerla en votos. De hecho, CiU ha gobernado en varias legislaturas con más de la mitad de los escaños sin haber llegado jamás al 50% de los votos.

Por eso es doblemente tramposo asociar una mayoría de escaños de las candidaturas independentistas con una mayoría social por la independencia. Con el resultado de las últimas elecciones de 2012, la suma de CiU + ERC +CUP no habría llegado al 50% de los votos y, sin embargo, habría obtenido una mayoría parlamentaria muy holgada. Es más, en esas elecciones los tres partidos independentistas sumados obtuvieron el apoyo del 32% del total de los ciudadanos con derecho a voto (y ahora habría que restar los de Unió).

¿De verdad se proponen Mas y Junqueras declarar unilateralmente la independencia con el respaldo de apenas un tercio de los ciudadanos adultos de Cataluña?

Y la convocatoria es moralmente fraudulenta porque quien la hace promete algo que sabe de antemano que no ocurrirá. Es un engaño consciente.

Para que exista un Estado independiente no basta autoproclamarse como tal, hace falta que el resto del mundo lo reconozca. Y al señor Mas le consta que ni España ni la Unión Europea ni las Naciones Unidas van a dar por buena semejante declaración unilateral.

Lo único que habrán conseguido es inyectar una dosis masiva de frustración traumática a los catalanes que hayan votado de buena fe a la candidatura independentista creyendo sus palabras mentirosas.

Y al día siguiente, ¿qué? Cuando se compruebe que el camino de la independencia no es transitable, ¿qué? Cuando se vea que no puede salir un gobierno sostenible de ese frente amalgamado en el que la derecha comparte viaje con la extrema izquierda, ¿qué? Cuando haya que gestionar la sanidad, la educación y los servicios públicos, ¿qué harán, otras elecciones?

Está claro que ni los españoles nos merecemos a Rajoy ni los catalanes a Mas. En momentos así, la pregunta terrible es: ¿Hay alguien ahí? No, no contesten: conozco la respuesta y prefiero no escucharla.


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