AGLI Recortes de Prensa   Viernes 11  Septiembre 2015

El hecho español
F. JIMÉNEZ LOSANTOS El Mundo 11 Septiembre  2015

Margallo, la vanidad hecha ministro, ha conseguido que García Albiol haga el ridículo por tercera vez en diez días, igualando así la marca olímpica de González & Juliana en Can Godó. Albiol, candidato del PP, ha presentado el recurso sobre la normativa del Constitucional para "acabar con la broma". De risa. Albiol ha ofrecido a Ciudadanos un "decálogo" de cinco puntos sobre la unidad de España copiando la moción presentada por Cs en 11 parlamentos autonómicos. De pena. Y ayer, pese a su condición de ala-pivot, Albiol no impidió que Margallo se colara hasta la cocina y se cargara su discurso sobre Cataluña, asunto predilecto del amigonistro de Rajoy y en el que siempre desbarra.

Mientras el PP intenta que Albiol frene a Ciudadanos -único rival para Rajoy en las elecciones catalanas-, Margallo va y ofrece la cesión total del IRPF a la Generalidad y negociar el reconocimiento del "hecho catalán" "en la realidad hispánica". Salvo que Montoro extienda el Fondo de Liquidez Autonómica a la quebrada Puerto Rico, el "encaje hispánico" de Cataluña lo lograron los Pujol al hacerse con el Puerto de Rosario, cuna de Messi, a la que se volvió su hermana porque no encajaba la "inmersión" lingüística en catalán. Ningún Estado hispánico aceptaría el 'apartheid' que España acepta para la lengua común, aquí nacida y sólo aquí perseguida.

Vamos al "hecho catalán", del que habla el amigonistro. El problema legal, político y moral que tiene España no es encajar el "hecho catalán", sino exactamente el contrario: que Cataluña "encaje" el "hecho español", el suyo y el de todos, aceptando lo que siempre ha sido y es para al menos la mitad de su población: una parte de España; que deje de perseguir a los que pretenden usar el español en las aulas con la misma libertad que el catalán; y que reconozca que su economía, desde hace más de un siglo (del 'Arancel Cambó' a la SEAT) es la beneficiaria de un mercado cautivo del que ahora se fingen esclavos.

Ese "hecho español" -cultural, legal, político y económico- es el que no acepta el separatismo catalán. Y aceptando ese "golpe de Estado a cámara lenta" (González dixit), el amigonistro anuncia que Rajoy piensa hacer lo mismo que PSOE y Podemos: cargarse la soberanía nacional española y que paguemos todos el AVE de los 'Països Catalans'. El hecho que nos ha deshecho.

Margallo o por qué el PP no es creíble en la cuestión catalana
EDITORIAL Libertad Digital 11 Septiembre  2015

La habitual incontinencia verbal del ministro de Exteriores cuando se trata de Cataluña tuvo ayer uno de sus episodios más grotescos con su propuesta de ceder al chantaje separatista o, como dicen los partidarios de esta traición a todos los españoles con siniestra cursilería, "encajar el hecho catalán".

Según García Margallo, las concesiones del Gobierno del que forma parte a los que quieren destruir la Nación no son suficientes. Por eso, el ministro propone una reforma constitucional que reconozca la excepción catalana "en la realidad hispánica" (sic) y la cesión de los principales impuestos estatales, para que la clase política separatista despilfarre aún más que ahora.

Ningún ministro del Gobierno debería actuar con esa deslealtad hacia los intereses generales; pero si hay uno que no puede opinar sobre el problema del separatismo catalán, ese es el responsable de la cartera de Exteriores. Ni siquiera en el caso de que Margallo fuera partidario de defender la unidad de España y la igualdad de todos los españoles debería, por prudencia, pronunciarse sobre el chantaje nacionalista catalán. En tanto que responsable de nuestras relaciones exteriores, sus palabras tienen repercusión en las cancillerías y elevan una cuestión interna española a asunto internacional, para satisfacción de los partidos rupturistas.

Las palabras de García Margallo, a escasas horas del inicio de la campaña electoral catalana, ponen de manifiesto la escasa credibilidad del Partido Popular cuando plantea un mensaje radicalmente contrario a las tesis separatistas para afrontar esas importantes elecciones. No cabe duda de que el candidato del PPC, Xavier García Albiol, representa esa defensa de la unidad Española y de la igualdad de los españoles, en completa coherencia con su trayectoria política. En cambio, no puede decirse lo mismo del Gobierno de Mariano Rajoy, cuyas concesiones al separatismo y falta de voluntad para hacer frente a este desafío han tenido en las palabras de García Margallo un colofón de lo más apropiado.

En Moncloa y en la calle Génova han salido a la palestra a descalificar los disparates del ministro de Exteriores, pero sólo verbalmente y obligados por las graves consecuencias que pueden tener entre el electorado del PP en Cataluña. Si Rajoy no toma ninguna medida contra su lenguaraz ministro, los votantes catalanes de su partido estarán autorizados a suponer que su mensaje de firmeza contra el separatismo sólo es una estrategia para tratar de maquillar la pérdida de apoyo vaticinada en todas las encuestas.

Rajoy y Sánchez: debates para lelos
J. L. González Quirós www.vozpopuli.com 11 Septiembre  2015

La política española se mueve en un universo conceptual bastante indigente en el que dominan una abundante variedad de supuestos sobrentendidos. Hay una especie de miedo colectivo a hablar directamente de los problemas, una perezosa tendencia a recubrir casi cualquier asunto con una espesa capa de retórica, generalmente bien pensante y, con mucha frecuencia, enormemente espesa. En dos artículos de ayer mismo Roger Senserich y Manuel Muela, que no parecen hermanos gemelos, se referían a este escenario en relación con la cuestión que plantean los separatistas catalanes.

El PP marianista y la política del éxito
Uno de los mayores misterios que tratarán de descifrar los historiadores del futuro consistirá en tratar de averiguar cuál haya sido la razón por la que un PP con una mayoría absoluta y un predominio político sin apenas fisuras se apartó como de la peste del programa que habían presentado y que había sido premiado con un éxito electoral bastante espectacular. Si a eso se añade que el desprestigio del PSOE era, en ese momento, casi insuperable, y que no había otras alternativas a la vista, al misterio se le añaden unas gotas de enigma difíciles de igualar.

El PP emprendió entonces un extraño camino que, según dicen ahora, les ha conducido a un éxito, que se ha de considerar como no demasiado incontestable, hasta el punto de que se necesitan intensas dosis propaganda para rendir los frutos electorales que sus atribuidos autores dicen considerar como algo obvio, ya veremos. Como por el camino se dejaron algo más que principios, y en un paquete sin fisura alguna, anda ahora Rajoy casi desmelenado tratando de convencer a los propios de que él y los suyos son la única salvación ante cualquier clase de males.

En el camino de la abundancia y la perpetua dicha
La moral del éxito habrá de ser mucho más eficaz de lo que suele para llegar a convencer a una mayoría suficiente de que el marianismo es el camino seguro hacia la felicidad perpetua. Está claro que, como repetía Ortega, ninguna sociedad ha muerto nunca de un ataque de duda, pero habrá que ver si los electores del PP se tragan el sucedáneo marianista, y puede que no lo hagan por tres razones muy distintas, bien por no creer en el supuesto milagro que Rajoy se atribuye, bien por no estar de acuerdo en el precio, y, finalmente, por estimar que la única manera de recuperar algo parecido al PP que pudo y podría ser es acabar de una vez por todas con los magos fingidos, que, aunque seguramente demasiados, no resistirían ni medio minuto de debate medianamente serio. Esta especie de seguidores ignaros del supuesto crepúsculo de las ideologías sueñan con seguir administrando nuestros destinos a base de una mezcla de incomparecencia de los buenos y santo temor a los malvados, pero en honor de la verdad hay que reconocer que, hasta ahora, la fórmula no ha funcionado demasiado bien, razón por la cual desde Moncloa continúan atizando al mono hasta conseguir que se aprenda el rudo Catecismo de Rajoy, Arenas y Montoro.

Sánchez, el catalanista
El refranero advierte seriamente de la alta probabilidad de que el tuerto llegue a rey en el país de los ciegos, y esa ha de ser la razón por la que Sánchez haya emprendido una veloz carrera para ayudar a que todo el mundo reconozca que a Rajoy le queda, al menos, un ojo. Resulta que Sánchez se ha proclamado catalanista en medio de un torrente de emotividad que hubiera sido capaz de conmover a los mismísimos reyes godos. La mayoría de los electores españoles, en Cataluña y en el resto de España, se han sentido aliviados ante el valiente gesto del joven líder, porque, como todo el mundo sabe, son casi infinitos los electores, en Cataluña y fuera de ella, que se encuentran alarmados porque sean Mas, Romeva y Junqueras, el apuesto líder de ERC, los únicos que defiendan con bravura y donaire la salvífica doctrina catalanista que hoy se expende, esa dolorosa constatación de la maldad ingénita e inagotable de cuantos no comprenden la singularidad extrema de los catalanes en comparación con la enorme vulgaridad de todos los demás, de todos nosotros.

¡Ya era hora de que alguien proclamase en voz alta que la igualdad de todos no excluye la especial y favoralísima desigualdad que merecen los catalanes de verdad, y no esa recua de resentidos que se empeñan en seguir hablando español y en no ver únicamente la TV3! Un suspiro de alivio ha surgido unánime de millones de pechos agradecidos, por el gesto torero, con perdón, de Sánchez, un especimen maravilloso que lo mismo se pone delante de una kilométrica bandera española que reconoce su irrefrenable catalanismo. Con tipos así no hay manera de entender que haya gentes que quieran enturbiar la convivencia y plantear problemas absurdos, gentes necias que no nos dejan dormir la siesta hablando de sus pequeñeces.

Sánchez y Rajoy, habitantes de Jauja
Si resulta que nunca va a pasar nada, versión de Rajoy, o que nos hacemos todos catalanistas, aunque no esté claro que vayan a dejarnos los titulares del momio, que es la versión que Sánchez nos ofrece del Paraíso, ¿para qué vamos a perder el tiempo hablando de problemas? Otra versión de esta clase de estrategias de la desaparición es encargar a un líder extranjero que nos diga que no hay nada que hacer, y quienes más autorizados que Merkel y Cameron para hacerlo, aunque no tengo duda de que Margallo anda persiguiendo con saña al mismísimo líder de Liechtenstein para que también se moje.

Con estrategias electorales de tan escaso vuelo no es extraño que el debate nacional se reduzca a repetir monsergas, mientras el mundo se mueve, indiferente a nuestras cuitas, y buena parte de la sociedad catalana parece haber decidido que pueden romper la unidad de una nación muy vieja pero aparentemente insulsa, con unas cuantas movilizaciones, un referéndum de la señorita Pepis, unas equívocas elecciones cuyos resultados puedan interpretarse según convenga, y un par de estructuras de Estado que ya se irán improvisando cuando convenga, y, eso sí, sin que nadie se moleste ni se llame a la parte, que eso no lo permite ni el deseable buen rollito ni la doctrina vigente en el proceso, innovadora e incontestable. Llevamos tanto tiempo alimentando ficciones que hay quien cree que, al menos en este reino de Jauja, que parece condenado a elegir en diciembre entre un pasota y una especie de negacionista, ya se pueden hacer tortillas sin romper huevos.

Rajoy cree haber descubierto que puede convertirse en garante único de la unidad nacional por su enorme capacidad para no hacer nada, especialmente nada de lo que habría que hacer, mientras Sánchez confía plenamente en que todo esto sea un mal sueño que él podría arreglar con una habilidad semántica, o sea, como Zapatero. Lejos, pues, de nosotros, la funesta manía de pensar, además de que ya dijo Franco que lo mejor para triunfar era no meterse en política. Si a esto se añade que la nueva izquierda nos sorprende día tras día afirmando que el problema está en otra parte, darle caña a Coca Cola, esa perversidad, por ejemplo, y que la solución será la que el pueblo quiera, cabe, sin duda, concluir que algo habremos hecho para merecer esto.

Los problemas de Brasil, otra amenaza para España y para la economía global
EDITORIAL El Mundo 11 Septiembre  2015

El fin del idilio económico de Brasil se ha convertido en una nueva amenaza para los mercados internacionales y en especial, para el Ibex 35 por los intereses estratégicos de las empresas españolas en la región. La recesión del país amazónico y sus problemas financieros -que ayer se plasmaron en la rebaja de su 'rating' a 'bono basura'- se han sumado a las alarmas encendidas por el desplome de las Bolsas chinas. La inestabilidad del mundo emergente no debe ser menospreciada por los países desarrollados, cuya economía está cada vez más ligada a su consumo. El caso de Brasil es especialmente peligroso para España por la presencia en el país de nuestras multinacionales.De hecho, la rebaja de 'rating' hizo ayer que Santander, Telefónica o Mapfre figuraran entre las mayores caídas del Ibex.

Como en todas las crisis, son muchas las cosas que han fallado en Brasil. Pero uno de los principales errores fue el cometido por el Gobierno de Dilma Rousseff que no supo, o no quiso, ver a tiempo que su burbuja había pinchado. Su tardía reacción ante la crisis que se avecinaba, junto con la caída de la inversión pública y una subida de impuestos han hecho mella en la economía brasileña. El impacto que la corrupción, con escándalos como el de Petrobras, ha tenido en la inversión tampoco ha ayudado a reflotar el PIB. A esos problemas internos se suma el fuerte impacto que ha tenido para el país el frenazo de China, su principal socio comercial. Brasil es exportador de materias primas y el hecho de que el apetito del 'Dragón' por comprar minerales, carbón o petróleo ya no sea insaciable ha dañado su economía. Con China debilitada, las exportaciones de Brasil dependen ahora de la fortaleza del crecimiento de EEUU. Y aunque la primera economía mundial no da signos de agotamiento, no está claro que su crecimiento vaya a ser suficiente como para compensar los problemas de los emergentes.

Si China ya era una amenaza para España, Brasil lo es mucho más. Con buen criterio, los grandes del Ibex y muchas pymes apostaron por el país latinoamericano en los años en los que España estaba sumida en la recesión y Brasil vivía sus años dorados. Esas compañías van a conocer ahora la otra cara de la diversificación. De cómo gestionen este varapalo dependerá en buena medida la estabilidad de nuestra Bolsa.

14 AÑOS DEL INICIO DE LA GUERRA CONTRA EL YIHADISMO
11-S: El día que cambió el mundo
Los atentados del 11-S de 2001 cambiaron el mapa del mundo: ese día terminaba realmente el siglo XX, aquel que comenzó en los campos de batalla de 1914, y comenzaba un tiempo nuevo en el que el yihadismo iba a estar en el centro del desequilibrio mundial.
José Javier Esparza Gaceta.es 11 Septiembre  2015

Nadie daba crédito: dos aviones comerciales se habían estrellado sucesivamente contra las torres gemelas del World Trade Center de Nueva York. Era, sí, el mismo escenario del atentado de 1993, pero esta vez en una dimensión aterradoramente superior. Aquel 11 de septiembre de 2001 todo el mundo –literalmente- vio en directo por televisión cómo los aviones chocaban contra el edificio, cómo la torre se incendiaba, cómo el orgulloso monumento del capitalismo internacional se desplomaba en una escena apocalíptica. Al mismo tiempo, otro avión comercial se precipitaba sobre el edificio del Pentágono. Luego se supo que aún hubo un cuarto avión destinado a impactar contra el Capitolio en Washington, pero la resistencia de los pasajeros lo empujó a campo abierto. En total, 2.973 muertos, más de 6.000 heridos y 24 desaparecidos, sin contar los terroristas suicidas. Las autoridades norteamericanas apuntaron inmediatamente a Al Qaeda. Habían sido ellos: la red islamista creada para combatir a la invasión soviética de Afganistán (y que contó inicialmente, por cierto, con abundante dinero americano). Los autores materiales de los atentados fueron diecinueve: quince saudíes, dos de los Emiratos, un libanés y un egipcio. Tirando del hilo apareció una densa red de ciudadanos norteamericanos de origen musulmán, incluidos los imanes de algunas mezquitas, que de un modo u otro habían estado en la conspiración. Y ese día cambió el mundo

No hubo “final de la Historia”
Desde el hundimiento del bloque soviético en 1989, rubricado por la descomposición interior de la URSS dos años después, los Estados Unidos se habían convertido en la única potencia hegemónica: la superpotencia por antonomasia. El discurso del triunfo de la “democracia americana” llenaba no sólo la conciencia de la opinión pública estadounidense, sino también la de sus aliados europeos. No había enemigo que pudiera hacerle frente. Después de casi medio siglo de política de bloques, parecía evidente que ahora todo el planeta caminaría, tarde o temprano, hacia la unificación global en torno a los principios de la democracia liberal de mercado. La propia globalización de la economía, alentada desde el poder a partir de 1990, empujaba hacia tal destino. Eso era lo que había tras la etiqueta del “Fin de la Historia”. Y guardaba perfecta coherencia con el tradicional sueño americano de un Único Mundo (One World) donde los Estados Unidos actuarían como “nación moral” siempre dispuesta a guiar a la humanidad. Por eso los atentados del 11-S alcanzaron una repercusión superior incluso a la de su propio daño físico: eran una súbita transformación del paisaje.

El propósito de los líderes de Al Qaeda, el saudí Bin Laden y el egipcio Al-Zawahirí, era evidente: generar en las sociedades occidentales una conmoción sin retorno. Era previsible que esa conmoción produjera una reacción militar occidental contra el mundo musulmán. Y entonces éste –siempre según la teoría yihadista- entendería finalmente que debía unirse contra el “cruzado” y el “judío” frente a la agresión colonialista, la profanación de la tierra santa del Profeta, la opresión del pueblo palestino, etc. Llegaría así el momento de que la “vanguardia pionera” del islamismo, es decir, Al Qaeda, tomara el mando de la umma, la comunidad de los creyentes. Ellos habían derrotado al imperio soviético años atrás. Ellos habían asestado ahora a la potencia hegemónica del mundo el golpe más fuerte jamás sufrido por los Estados Unidos en su territorio. Ellos, Al Qaeda, eran la espada de Alá. Esa era la estrategia.

Pocas semanas después de los atentados del 11-S, Al-Zawahirí publicaba su libro Los caballeros a la sombra del estandarte del profeta. El libro era importante porque enunciaba todos los tópicos del yihadismo islamista y, por así decirlo, actuó como ”catón” para nuevos militantes. Y, además, Al-Zawahirí planteaba una tesis nueva y altamente significativa, a saber: que Europa era el campo de batalla inminente para la yihad. ¿Por qué? Porque Europa había dejado de ser tierra de creyentes, es decir, tierra de la “Gente del Libro”. Eso, en términos estrictamente coránicos, significa que a los europeos ya no se les puede aplicar la dawa, la predicación, el llamamiento a la conversión, sino que ahora el arma había de ser indiscutiblemente la yihad, la guerra, y atacar y matar hasta forzar la sumisión, como los “caballeros del profeta” Mahoma hicieron con las tribus idólatras del desierto árabe. Ese día, en efecto, había cambiado el mundo.

Europa: en la conmoción subsiguiente a los atentados, Europa descubrió súbitamente que tenía al enemigo en casa. Por todas partes aparecieron informaciones sobre mezquitas en las que se predicaba el odio y sobre ulemas que actuaban como portavoces de la yihad. En Europa había ya decenas de millones de musulmanes, fruto de la emigración sostenida desde treinta años atrás, en cuyo interior germinaba la semilla del islamismo. Una integración social y cultural deficiente o nula, una aplicación extremadamente indulgente de modelos “multiculturales”, una creciente exasperación identitaria en los inmigrantes de segunda o tercera generación, frecuentemente inadaptados o simplemente absorbidos por el sueño de un islam originario… Todo eso había ido construyendo un magma que alcanzaba dimensiones volcánicas en ciudades como Londres, donde el número de predicadores yihadistas era escandaloso. Todos los países europeos miraron en su interior. Lo que vieron les aterró.

Habla la guerra: Afganistán en Irak
La respuesta norteamericana a la provocación yihadista fue proclamar la War on Terror, la “guerra contra el terrorismo”, una iniciativa de muy amplio espectro secundada por la gran mayoría de los aliados de los Estados Unidos y que incluía medidas de diverso género (policial, financiero, político, etc.). La más contundente de las medidas fue la invasión de Afganistán en octubre de 2001. Estados Unidos exigió al régimen talibán que entregara a Bin Laden, allí refugiado. El caudillo afgano, el mulá Omar, dijo que no. Entonces empezó la guerra. Objetivos: uno, desarticular la base central de Al Qaeda atrapando o matando a sus líderes y desmantelando sus campos de entrenamiento; dos, derribar al régimen talibán.

El ataque contra Afganistán deshizo, ciertamente, la mayor parte de la estructura física de Al Qaeda en Afganistán, pero entonces el yihadismo abrió una segunda fase: la de la proliferación espontánea. Todo el “trabajo de red” de los años anteriores se tradujo en la aparición de un sinfín de grupos en todo el mundo musulmán que eran parte de Al Qaeda o decían serlo. En diciembre de 2001, un yihadista de nacionalidad británica, Richard Reid, es neutralizado cuando intentaba hacer explotar un avión que cubría el trayecto Paris-Miami. Reid era un delincuente de poca monta captado en la cárcel y entrenado después en Pakistán. En febrero de 2002, un grupo terrorista de Cachemira, Jaish-e-Mohammed (“el ejército de Mahoma”), secuestra en Pakistán al periodista del Wall Street Journal Daniel Pearl, judío norteamericano, y le obliga a grabar un vídeo de autoacusación; ante la misma videocámara, Pearl es decapitado. En octubre de 2002 aparece en Indonesia una Jemaa Islamiya que coloca dos bombas en Bali y mata a 202 personas hiriendo a otras 209. En Argelia, el Grupo Salafista para la Predicación y el Combate mata a lo largo de 2002 a más de 1.500 personas en atentados de todo tipo: contra sinagogas, contra turistas, contra niños que juegan al fútbol, contra comunidades campesinas… Y así sucesivamente. La lista de crímenes es abrumadora. Lo esencial es esto: Al Qaeda empezó a funcionar como una red cuyo centro estaba en todas partes y en ninguna. La guerra se hacía universal.

El siguiente paso en la guerra norteamericana contra el terrorismo fue la invasión de Irak en marzo de 2003. ¿Por qué Irak? Desde al menos dos años atrás –y antes, por tanto, de los atentados del 11-S-, los Estados Unidos contemplaban la opción de establecer un punto fijo de control territorial en Oriente Medio que le sirviera como pivote geoestratégico para controlar una región vital. ¿Controlar qué exactamente? En primer lugar, los movimientos de Al-Qaeda. Además, la ofensiva islamista en Palestina: la segunda Intifada había empezado en septiembre de 2000 con claro protagonismo de Hamas. Añádase el flujo de petróleo y, naturalmente, sus precios. Más la inquietante actividad de Irán, cuyo apoyo a Hezbolá era decisivo. Se trataba de sentar una base física que permitiera cubrir todos esos objetivos, y esto estaba ya decidido al menos desde antes del verano de 2001. Esto es lo que se infiere de las revelaciones del ex secretario del Tesoro Paul O’Neill y coincide con lo que dijo en el mismo sentido el general Wesley Clark, ex comandante de las fuerzas de la OTAN durante la guerra de Kosovo. ¿Y eso no podían hacerlo Arabia Saudí y Turquía? Ya no. Las conexiones saudíes de los terroristas eran demasiado intensas y, en cuanto a Turquía, desde unos años atrás estaba asistiendo al crecimiento del “islamismo moderno” encabezado por Erdogan. Además, era también cuestión de prestigio: había que demostrar a todo el mundo que los Estados Unidos eran, en efecto, la única potencia hegemónica. E Irak, país muy debilitado, pero con unas fronteras muy apetecibles e importantes recursos petrolíferos, era el objetivo idóneo.

Desde un punto de vista bélico convencional, las guerras de Afganistán e Irak fueron rápidas y relativamente simples: se trataba de derrotar a ejércitos técnicamente inferiores, controlar el territorio, desmantelar la estructuras de poder y poner en su lugar a gobiernos nuevos que se esperaba poder formar con la propia oposición local. En Afganistán las operaciones militares comienzan el 7 de octubre y sólo dos meses después se ocupa Kandahar, la capital talibán. En Irak ocurriría algo semejante. Los combates propiamente dichos duraron poco. La ofensiva comenzó el 20 de marzo de 2003 y Bagdad cayó el 12 de abril. El 1 de mayo, el presidente George W. Bush declaraba formalmente el fin de los combates. La idea era nombrar ahora una “administración provisional” hasta que se pudiera reclutar un nuevo gobierno de entre las facciones de oposición al régimen de Sadam Hussein. Pero todo salió mal.

La expansión universal de Al Qaeda
Todo salió mal porque enseguida surgieron por todas partes, tanto en Afganistán como en Irak, grupos armados de mayor o menor tamaño que hacían la guerra por su cuenta, lo mismo para atacar a los americanos que para saquear las ciudades arruinadas o incluso para pelearse entre sí. La gran mayoría de esos grupos improimía a sus acciones el sello de Al Qaeda. Y frecuentemente, por cierto, sólo el sello, porque a estas alturas Al Qaeda ya se había convertido sobre todo en un nombre que mil y un grupos yihadistas en todo el mundo esgrimían a modo de contraseña. Algunos formaban parte del entramado de Bin Laden. Otros se envolvían en esa bandera con el objetivo de ser adoptados por el gran referente de la yihad del siglo XXI.

Contar mil y un grupos tal vez sea quedarse corto. En 2002 aparece en Nigeria la milicia fundamentalista Boko Haram, fundada por el alfaquí salafista Mohammed Yusuf, que reivindica la doctrina de Ibn Taymiyya. En mayo de 2003, catorce yihadistas suicidas del Grupo Islámico Combatiente Marroquí, que es uno de los brazos del salafismo en el Magreb, atacan la Casa de España, el hotel Farah y diversos centros judíos en Casablanca y matan a 33 personas (además, doce de los suicidas murieron). Noviembre de ese mismo año es un mes negro, en Estambul, Turquía: dos coches bomba simultáneos contra sendas sinagogas (23 muertos y 277 heridos), dos atentados con bomba frente al consulado inglés y el banco HSBC (27 muertos, entre ellos el cónsul británico, y 450 heridos), dos bombas más en Ankara… Los atentados fueron reivindicados por el Frente de los Combatientes Islámicos del Gran Oriente y las Brigadas de Abu Hafs al-Masri. ¿Quiénes son? La policía turca aseguró que se trataba de Al Qaeda.

¿Todo eso era Al Qaeda? Sí. En el bien entendido de que Al Qaeda ya no era propiamente una organización, sino un aglomerado horizontal de células islamistas repartidas por todo el mundo que sacaban provecho de las redes de financiación, entrenamiento, logística, municionamiento y, por supuesto, ideología tendidas por Bin Laden y Al-Zahawirí desde Afganistán. Este último aspecto, el de la ideología, es absolutamente básico para entender todo lo que había pasado el momento y lo que aún había de pasar. Porque sosteniendo al despliegue de muerte de Al Qaeda y sus mil y un rostros, había y aun habría en el futuro inmediato una interpretación literalista del Corán que bebía en las mismas fuentes de Mahoma, de las escuelas de jurisprudencia, de la yihad tal y como fue definida en el siglo VII, de los Ibn Taymiyya y compañía, y de los teóricos “revivalistas” del islamismo desde Maududi hasta Qutb, y todo ese magma hecho de pasado que no pasa, de Historia congelada, de identidad exasperada por la derrota, de “caballeros a la sombra del profeta”, todo eso era envuelto por las voces de mil imanes, desde sus mezquitas, en una promesa suicida de redención que a su vez era escuchada con fascinación por cientos de miles de musulmanes en todo el mundo. Y de modo muy particular, en Europa.

¿Podemos seguir? El 11 de marzo de 2004, Madrid. El 7 de julio de 2005, Londres. Cuando alguien tuvo la ocurrencia de animar a la oposición “democrática” en los países musulmanes y estimular la llamada “primavera árabe”, el balance fue un recrudecimiento del islamismo. Y cuando alguien quiso repetir en Siria el intento de Irak, el resultado fue una guerra civil a cuyo calor creció el monstruo del Estado Islámico, nacido directamente de una escisión de Al Qaeda.

Todo lo que hoy estamos viviendo empezó entonces, aquel 11 de septiembre de 2001. Los atentados de las Torres Gemelas, el gran golpe de Al Qaeda, globalizaron el terror, propagaron el terrorismo yihadista por todo el mundo y dieron la señal de partida para una guerra que aún continúa.

El problema de Brasil no es la economía (y por eso tiene poco remedio)
Brasil necesita un Pacto de Estado que permita cambiar las dinámicas inmovilistas que han llevado a esta situación y que afectan a todos los poderes -legislativo, ejecutivo y judicial- y a la economía
El Confidencial 11 Septiembre  2015

Brasil ya es bono basura.

El miércoles S&P rebajó su rating a BB+, justo un escalón por debajo de ese investment grade al que le hizo acreedor la misma agencia de calificación allá por 2008.

La decisión no ha sido una sorpresa para casi nadie. La evolución del real en lo que va de ejercicio y el coste exigido por el mercado para su renta fija soberana así lo vienen anticipando desde hace meses. El catalizador ha sido la presentación de unos Presupuestos 2016 que incluyen, por primera vez en décadas, un déficit primario del 0’5%, esto es: tendrá que pedir prestado para pagar… los intereses de la deuda.

(vía The Economist)

Desde el punto de vista macro, el país está hecho un desastre. Prácticamente no hay indicador que se salve. Sólo, quizás, una baja tasa de desempleo cuya existencia se justifica, en buena medida, en la existencia de amplísimas bolsas de economía sumergida, de gente que prefiere operar fuera del sistema. Es precisamente esa realidad la que permite que el pesimismo no se apodere de unos ciudadanos que se manejan razonablemente a pie de calle, fuera de la influencia del Gobierno.

Hacen bien.

Porque ese es su problema principal. Que está concebido como una partitocracia donde los que gobiernan se lo llevan crudo gracias a una corrupción rampante que asusta. Los años de gobierno del Partido de los Trabajadores no han hecho sino sociabilizar el problema. De una clase elegida a los niveles medios de la Administración. El resultado es una nación paralizada, incapaz de acometer las reformas estructurales y las políticas de corto plazo que necesita al primar los intereses particulares de legisladores y gobernantes sobre los generales del pueblo.

Una tragedia que va más allá del mayor o menor enriquecimiento de unos cuantos. Llegados a este punto, Brasil necesita una suerte de Pacto de Estado lo más amplio posible que permita cambiar las dinámicas inmovilistas –sirva el oxímoron- que han llevado a esta situación y que afectan a todos los poderes -legislativo, ejecutivo y judicial- y a la economía. Una revolución de dentro a fuera forzada por una percepción terrible sobre su futuro de fuera adentro.

Resulta sorprendente, por ejemplo, que la ley electoral no contemple comicios anticipados pese a que la popularidad de Dilma Rousseff apenas llega al 8%. Parece, igualmente, sangrante que el 90% de las partidas presupuestarias de gasto vengan establecidas constitucionalmente, lo que reduce la actuación sobre las cuentas públicas a los impuestos. Eso por no hablar de un sistema de representación parlamentaria fragmentado lleno de servidumbres y pactos, con su correspondiente dosis de precariedad.

Estamos ante uno de los países más ricos del mundo con amplios recursos naturales, una mano de obra dinámica y aspiracional, una capacidad empresarial innegable, un desarrollo potencial brutal tanto en infraestructuras como en obra civil y un ímpetu tecnológico ni mucho menos desdeñable. Falla la Administración, garantista con el trabajador, absurdamente proteccionista, incapaz en la planificación, lenta en la materialización, nula en el control. Reactiva que no proactiva. Un ejemplo palmario lo tenemos en lo poco que ha sido capaz de conseguir alguien tan de mercado como Joachim Levy, el ex banquero de inversión que comanda actualmente el Ministerio de Economía.

(vía The Economist)

Siendo ese un diagnóstico válido, probablemente como tantos otros, el verdadero problema de tan particular enfermo es que no hay tratamiento posible sin el cambio de mentalidad de unos dirigentes que tienen muy poco que ganar y mucho que perder en el corto plazo, el vivo al bollo y la nación al hoyo. Si la rebaja de la calificación crediticia de Brasil a bono basura, con la consecuente fuga de capitales, debilitamiento adicional de la moneda y mayores tipos de interés, no propicia algún tipo de cambio en el funcionamiento administrativo del Estado, nada habrá que lo consiga.

Prepárense entonces para muchos años de ‘enfermedad’.

******************* Sección "bilingüe" ***********************

Movilizar a la Cataluña silenciosa frente a la maquinaria naconalista
EDITORIAL El Mundo 11 Septiembre  2015

Hoy comienza la campaña electoral en Cataluña, preludio de unas elecciones de enorme trascendencia para España. Y ello no es así porque Artus Mas haya proclamado que se trata de un plebiscito sobre el futuro de su comunidad, lo cual es tan falso como ilegal, sino porque sus resultados serán determinantes para acelerar o descarrilar la hoja de ruta soberanista que defiende Junts pel Sí.

El camino iniciado por el presidente de la Generalitat hace tres años, cuando decidió romper la baraja porque Rajoy no accedía a un sistema fiscal de concierto como el vasco para Cataluña, no obedecía a ninguna urgencia inmediata sino que era sencillamente una huida hacia adelante, un proyecto personalista del presidente de la Generalitat.

La encuesta del CIS refleja hoy la fractura social existente en Cataluña: el 46% se siente únicamente catalán o más catalán que español, mientras que el 42% se siente tan español como catalán. A este porcentaje se suma casi un 10% que se considera más cercano a la identidad española.

Ello es el resultado de más de tres décadas en las que los Gobiernos de CiU y el tripartito han llevado a cabo una persistente campaña de adoctrinamiento de la sociedad. Desde la imposición del catalán como lengua vehicular y de la Administración hasta la prohibición a los comercios de rotular en castellano, el nacionalismo lo ha intentado todo para lavar el cerebro a la población. Si el resultado es el que muestra el CIS, los nacionalistas no han conseguido su propósito.

Ello se ve también reflejado en la intención de voto, ya que Junts pel Sí sólo llegan a un 38%, un porcentaje idéntico al que logró CiU en solitario en las elecciones de 2010. Para este viaje, no hacían falta tanta alforjas. Es cierto que los 60 escaños de la lista de Mas y Junqueras y los ocho escaños de CUP suman la mayoría absoluta. Pero es impensable una proclamación unilateral de independencia con este nivel de apoyo social y con un estado de opinión en el que los secesionistas puros no llegan a ser la cuarta parte de la población de Cataluña.

Conforme pasan los días y al acercarse el momento de la votación, Artur Mas ha ido matizando su discurso, que ha pasado de la ruptura total y la proclamación de independencia en unos pocos meses a una negociación con el Estado, algo sencillamente quimérico porque ningún Gobierno va a sentarse a una mesa con los nacionalistas para discutir la separación de Cataluña. Convendría que Mas fuera mucho más claro en sus planteamientos.

Los nacionalistas han intensificado su propaganda en las últimas semanas para convencer al electorado de que una Cataluña independiente sería lo más parecido a un paraíso terrenal. Cuentan a su favor con una poderosa maquinaria mediática, en la que destaca TV3, volcada sin ningún rubor a apoyar la lista de Mas y Junqueras.

José Borrell, vetado por dicha cadena, subraya hoy en nuestras páginas que es imposible en Cataluña escuchar las voces de quienes son contrarios a la independencia porque el nacionalismo ha ocupado todos los espacios como un gas en expansión. Ello constituye un importante 'handicap' para los partidos que defienden la unidad de España, que deben aprovechar esta campaña para movilizar a la Cataluña silenciosa y desmontar la demagogia de Mas y los suyos.

Como Borrell afirma, durante mucho tiempo los partidos, los medios, las empresarios y los Gobiernos han abdicado de sus responsabilidades en Cataluña. Ha llegado la hora de cambiar de actitud y luchar contra el secesionismo con la misma energía y disposición con la que ellos defienden sus objetivos.

Inconsciencia extrema
Aleix Vidal-Quadras Gaceta.es 11 Septiembre  2015

Los argumentos planteados por ambos separatistas fueron los habituales, derecho a decidir, ejercicio democrático, insatisfacción ciudadana por pertenecer a un Estado que no reconoce suficientemente la singularidad catalana.

Escribo estas líneas en la ciudad polaca de Krynica, una hermosa localidad en las estribaciones de los Cárpatos, en la que anualmente se celebra un Foro Económico que reúne a lo más granado de la política, la empresa y el mundo académico de los países del Este de Europa para debatir sobre los grandes temas de la actualidad geopolítica, económica y social. En esta su XXV edición los organizadores han tenido la deferencia de invitarme para hablar de seguridad energética, tema al que dediqué no poco trabajo a lo largo de mis quince años como miembro de la Comisión de Industria y Energía del Parlamento Europeo. Al examinar el denso programa de los tres día que dura la conferencia, hete aquí que descubro una mesa redonda sobre el tema "¿Decadencia o renacimiento del Estado-Nación?" en la que están anunciados como oradores, entre otros, Uriel Bertrán, Secretario General de Solidaritat Catalana per la Independència y Adam Casals, director de la Oficina de la Generalitat de Cataluña en Viena. Dado que mis compromisos me permitían asistir, me acerqué a escuchar a tan conspicuos representantes del independentismo porque tenía curiosidad por conocer cómo presentaban su proyecto secesionista ante un público formado por gente bien preparada de Estados en cuyo seno se albergan minorías étnicas o lingüísticas de cierta entidad potencialmente conflictivas si son, como sucede por desgracia en España, emocionalmente manipuladas por líderes desaprensivos

Los argumentos planteados por ambos separatistas fueron los habituales, derecho a decidir, ejercicio democrático, insatisfacción ciudadana por pertenecer a un Estado que no reconoce suficientemente la singularidad catalana, expolio fiscal... Al abrirse el coloquio, formulé una sola pregunta a los integrantes del panel: En estos procesos de eventual separación de una parte de un Estado democrático, ¿debe respetarse en todo momento el Estado de Derecho o no? Todos los que estaban sentados a la mesa de debate, salvo mis dos paisanos, contestaron afirmativamente, es decir, que la rule of law no debía ser vulnerada. Ante esta contrariedad, Uriel Beltrán señaló que si un orden legal era "reemplazado" por otro orden legal nuevo no se podía hablar propiamente de vulneración de la ley al realizarse un tránsito de un marco constitucional a otro, con lo que el primero dejaba de estar vigente para dejar su lugar al recién llegado, democráticamente decidido por una mayoría de población de la parte del Estado matriz que se "desconectaba" del mismo. Y para rematar la faena, puso un ejemplo, el de la Revolución Americana, en la que las trece colonias británicas se emanciparon de la Corona para formar los Estados Unidos de América.

Acabada la sesión, me acerqué a saludarle y le hice notar que, de acuerdo con su razonamiento, las autoridades políticas de la entidad rebelde, al romper con el orden constitucional vigente, quedaban legalmente a la intemperie y que el Gobierno del Estado original podía, de acuerdo con su Constitución, imponerles por la fuerza su legalidad. De hecho, esto es lo que sucedió en la guerra que tuvo lugar entre las colonias americanas y el Reino Unido, y que perdió la metrópoli. Por tanto, es obvio que los independentistas catalanes tienen ya asumido que Artur Mas o Raúl Romeva u Oriol Junqueras, ya lo aclararán, es su George Washington, y que están dispuestos al enfrentamiento armado. Tengo mis dudas de que en el caso de Cataluña como parte del Reino de España, la correlación de fuerzas sea análoga a la que se dio entre las colonias americanas y la Corona británica, pero por lo visto las huestes de la ANC y del Omnium Cultural se sienten capaces de derrotar a quién se les ponga por delante en su camino hacia la erección de un Estado propio. Es bueno que en La Moncloa y La Zarzuela estén al corriente de las intenciones de los independentistas catalanes si obtienen una mayoría de escaños el próximo 27 de Septiembre. Lo digo porque hasta ahora han confiado en que un pronunciamiento del Tribunal Constitucional y la subsiguiente inhabilitación del Presidente de la Generalitat bastarán para detener la ofensiva. Pues no, los separatistas se preparan para desplegar artillería, infantería y flota de combate. Supongo que Mariano Rajoy, en su probada clarividencia, tendrá preparado un plan para tal contingencia. O no.

La Diada, o la mentira institucionalizada
 Gaceta.es 11 Septiembre  2015

El aquelarre separatista que hoy se celebra es fruto de una mentira histórica elevada a la condición de verdad oficial. Va siendo hora de que la nación española reconstruya su verdadera identidad.

El 11 de septiembre de 1714 la ciudad de Barcelona se rendía ante las fuerzas del duque de Berwick, un francés de origen angloescocés que servía a las órdenes de un candidato francés al trono de España, Felipe de Anjou. La muerte sin descendencia de Carlos II, el último Austria, había dejado vacante el trono en 1700 y toda Europa rompió a pelear por el premio. Los barceloneses –que no todos los catalanes-, que habían apostado primero por Felipe, cambiaron después de opinión –no entremos en las causas- y apostaron por el otro candidato, el archiduque Carlos de Austria, con apoyo inglés y holandés. Pero en 1711 a Carlos le cayó la corona imperial austriaca en la cabeza y perdió interés por la causa española. Barcelona se quedó sola. Un ejército de franceses y españoles asedió una ciudad de españoles que había perdido el apoyo de ingleses y austriacos. Los de Barcelona terminaron sacando la bandera de Santa Eulalia –que no la senyera- y lanzándose a un combate imposible “por su rey, por su honor, por la patria y por la libertad de toda España”, que tal rezaba el manifiesto del conseller en cap Casanova, y “por nosotros y por la nación española”, como dejó escrito el jefe militar de la defensa, Antonio Villarroel. Barcelona perdió.

No, la guerra de Sucesión no fue una guerra de catalanes contra españoles. Fue una guerra de españoles con un rey francés, contra otros españoles con un rey austriaco, y en la liza entraron contingentes de Inglaterra, Austria, Francia y Portugal. Lo que estaba en juego no era sólo la corona española, sino el equilibrio de poder en Occidente. Ni siquiera es del todo exacto decir que en la pugna comparecían dos formas de concebir el Estado, una más centralista y otra más foralista, porque con frecuencia estas opciones iban adheridas a los pactos locales de poder de cada una de las fuerzas en presencia. Es hilarante que este episodio, sin duda trascendental para la Historia de la Europa moderna, haya quedado reducido hoy a una inexistente lucha de unos catalanes que no tenían conciencia de tales por una independencia que nunca habían tenido ni nunca quisieron.

El relato separatista de la Diada es simplemente mentira. Ni los catalanes luchaban por su independencia ni España había invadido Cataluña. No hay ni una sola prueba histórica que permita defender semejantes cosas. Ahora bien, esta mentira, a fuerza de ser repetida con abundante subvención oficial, ha terminado por convertirse en verdad a ojos de muchos catalanes. Y no es sólo una enfermedad catalana, porque lo mismo ocurre con otras muchas “certidumbres” de la cultura oficial española. El pueblo vasco nunca ha sido una etnia radicalmente diferente del resto de los españoles. Los gallegos no han sido nunca un pueblo celta –no más que otros de la península-. Las raíces musulmanas del pueblo andaluz son una simple invención folclórica. Y España no exterminó a los indios de América. Ni la Inquisición asesinó a decenas de miles de personas. Ni la España del Frente Popular era un oasis democrático. A pesar de que estas cosas se enseñan hoy en nuestras escuelas.

Las discusiones históricas no son una cuestión marginal, asuntos de minorías eruditas o de tertulias de café. Al contrario, son una cuestión política de primera importancia. Porque no es posible construir una comunidad política si esta carece de un relato sobre sí misma. Pero la España actual ha renunciado a construir ese relato y, aún peor, ha permitido que en su lugar lo hagan poderes locales interesados en la atomización de la conciencia nacional. Las consecuencias sólo pueden ser catastróficas. El aquelarre separatista que hoy se celebra en Barcelona es fruto de una de esas mentiras históricas elevadas a la condición de verdad oficial. No es la única. Va siendo hora –si no es ya demasiado tarde- de que la nación española reconstruya su verdadera identidad.

La evidencia de la fractura de la sociedad catalana
“El nacionalismo es una enfermedad infantil. Es el sarampión de la humanidad” Albert Einstein
Miguel Massanet www.diariosigloxxi.com 11 Septiembre  2015

Es una tarde lluviosa que parece querer anticipar la inminente llegada del otoño. A través de la ventana veo la lluvia como bautiza los rebrotes recentados en las copas de las palmeras e, inconscientemente, siento que la nostalgia., esta nostalgia que nos llega cuando la tristeza nos invade y buscamos consuelo en la compañía de nuestros recuerdos de aquellas personas a las que queríamos y que ya nos abandonaron hace tiempo. Ahora, ya no tenemos a nadie a quien acudir para pedir consejo y alivio a nuestras preocupaciones. Y es que, señores, para los españoles catalanes que residimos en la autonomía de Catalunya, parece que nos caen todas encima, como si los cielos hubiesen decidido descargar sobre nosotros todas sus iras, obligándonos a inclinar la cerviz viendo como, todas nuestras esperanzas, se van diluyendo en este mar de la fatalidad en el que pretende hundirnos la sevicia de estos orates separatistas, que pretenden convertirnos en extranjeros en un pedazo de nuestra propia España.

Hoy hemos conocido los resultados de una encuesta, la última que el CIS ha llevado a cabo antes de las ya inminentes elecciones autonómicas catalanas, del 27 de este mes de septiembre. Muchos habíamos puesto nuestras esperanzas (más por deseo de que así fuese que por propio convencimiento) en que la población reaccionaria ante la inminencia de una más que posible ruptura o, al menos, intento de ruptura con España. Teníamos la esperanza de que la sensatez, el seny y el sentido común de los catalanes se impusieran a este absurdo suicidio colectivo que sería el que, Catalunya, pretendiera navegar por si sola con un gobierno que, evidentemente, sería una nueva torre de Babel ya que la llamada “lista unitaria para el sí” no es más que un artificio circunstancial creado, exclusivamente, para ofrecer un frente común ante los no nacionalistas, que les permita ganar las elecciones ( algo que el CIS parece dar por hecho) con el objetivo de pretender “legitimar”, ante los que les apoyen, una posterior ( no sabemos si inmediata o pospuesta en el tiempo) declaración unilateral de independencia.

Lo que ocurrirá a partir del día 28, si los separatistas consiguen una mayoría suficiente (para Mas basta con conseguir mayoría en el Parlamento catalán, mientras que para los no independentistas, se debiera atender a la mayoría de votos, que es muy posible que se decante a favor del no a la independencia), ya que el propio señor Mas ha presentado estos comicios con carácter “plebiscitario”, lo que nada tiene que ver con los escaños, sino con que el resultado de votos total de una mayoría de catalanes que respalde esta opción separatista o, por el contrario, la mayoría se incline a un rechazo frontal a la propuesta de escisión España. Evidentemente que, la aplicación del sistema D’Ont para calcular los escaños que corresponda a cada partido, en el nuevo Parlamento autonómico catalán, utiliza otras reglas que nada tienen que ver con el pretendido objetivo plebiscitario que se le ha querido otorgar a la consulta, que se basa en los catalanes que quieren la independencia y. aquellos que no; en consecuencia, hablamos de personas físicas y no de escaños.

El “astuto” señor Mas, viendo peligrar su proyecto y temiendo quedar “colgado de la br0cha”, quiere emplear este truco, del que hasta ahora no había hablado, para ocultar o desvirtuar la posibilidad, más que probable, de que el número de votos del “no” sea superior a los del “sí”. Sin embargo, siguiendo en su gran error de no actuar más que sobre hechos pasados, parece que el partido del señor Rajoy sigue empeñado en mantenerse en sus frases grandilocuentes, en sus palabras ex cátedra y en su negativa a bajar al terreno de juego, cuando sigue sin emplear el tono adecuado y la argumentación precisa para que los catalanes, al menos los no fanatizados a los que nada les va a convencer, tengan la posibilidad de conocer la verdad, sepan lo que sucederá con detalle al día siguiente de que se produjera la escisión y dejar por embustero al señor Junqueras, de la ERC, que sigue engañando al pueblo pretendiendo negar que la legislación de Bruselas, que él parece ignorar, tiene recogida la posibilidad de que una nación, desgajada de una de las pertenecientes a la UE, automáticamente queda apartada de la propia comunidad y de todos los beneficios ( financiación, subvenciones, préstamos etc.) que el estar integrado en la misma comporta.

Y es que, señores, en Catalunya una bandera española es vista como un agravio; un avión militar que sobrevuele cualquier pueblo o ciudad catalana se considera un casus belli; el que suene el himno nacional en cualquier evento deportivo, en los pocos casos en que los organizadores se atreven a hacerlo, supone afrontar las iras de la concurrencia si es que, no acaba con algaradas mayores. Aquí las leyes españolas, al menos en lo que respeta a los símbolos patrios y al respeto por la Jefatura del Estado están, de hecho, abolidas y cualquiera que se manifieste contrario a esta deriva nacionalista se expone a ser marcado como persona indeseable, condenado al ostracismo y, todo esto, si no se convierte en un objetivo contra el que dirigir los cañones de la intolerancia, el repudio o la ofensa.

Desgraciadamente, parece que nuestros dirigentes nacionales, ya no hablemos de los partidos supuestamente españolistas como el PSOE, Ciudadanos o la, en vías de liquidación, UPyD; en lugar de aunar posiciones, unificar el discurso unionista y atenerse, al pie de la letra, a lo dispuesto en nuestra Constitución para evitar, precisamente, lo que está sucediendo en Catalunya; se dedican a poner como chupa de domine al partido del Gobierno, a distanciarse lo más posible de él y a buscar soluciones absurdas e inconstitucionales, como es el caso de la propuesta federalista, que a nada conducen, porque los separatistas catalanes las desprecian y que no tiene más recorrido que el que ellos puedan darle, que es ninguno. Ahora se han sacado de la manga lo de la “tercera vía” que nadie sabe en qué consiste y que, como es natural, a estas alturas del proceso, ya no tiene posibilidad alguna de ser efectiva aunque, verdaderamente, pudiera ser una solución interesante ( lo que es evidente que no lo es, ya que se trata de una improvisación de última hora mangoneada por el señor González, el señor Zapatero y el señor Sánchez, tres estrellas que, por desgracia, ya sabemos lo que dan de sí según se han encargado de demostrar los resultados de sus gobiernos respectivos) porque el tiempo para inventos ya ha pasado y no queda más que procurar torear, como sea, lo que se nos viene encima.

Por eso, cuando parece que la suerte está echada ( la baza del señor García Albiol, usada por el PP, ha llegado evidentemente tarde a pesar de su indudable valía y el interés que viene poniendo en sacar el mejor resultado de su evidente popularidad), da la sensación de que el hueco que se le ha hecho al señor Morenés por el resto de ministros del PP, a causa de sus atinadas y cautas declaraciones sobre la aplicación del artículo 8º de la Constitución, en el caso de que se violara flagrantemente la Carta Magna y fuera necesario poner orden en Catalunya, no parece tener sentido alguno; aún más, no es más que un signo más de debilidad ante el desafío separatista que, como era de esperar, ha pretendido sacar rédito hablando de los tanques en Barcelona. Creo que ya se han acabado las tonterías de los diálogos, las cesiones económicas, los peloteos y el pretender ignorar lo que está sucediendo en esta autonomía, donde muchos españoles nos estamos temiendo que todo acabe en agua de borrajas si, el Gobierno y el Estado de Derecho, no se impone por los medios que fueren necesarios ante la evidente y declarada intención separatista que se viene fraguando, con el apoyo expreso de las instituciones y la Generalitat catalana.

O así es como, señores, desde la óptica de un ciudadano de a pie, vemos como los acontecimientos se precipitan, las televisiones catalanas se han convertido en las primeras propagandistas de la secesión, mientras la Junta Electoral catalana se calla y mira hacia otra parte, cuando lo que verdaderamente ocurre es que se ha puesto un bozal a los españolistas y se han volcado, junto a los periódicos ( encabezados por La Vanguadia), en dar el máximo de facilidades para todos aquellos que tengan algo que decir a favor de la independencia de Catalunya, lo puedan hacer. Mucho nos tememos que, a esta Catalunya en la que vivimos, le esperen tiempos difíciles que acaben por poner en peligro la convivencia entre los ciudadanos y la calidad de vida del pueblo catalán. Consummatum est.


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