AGLI Recortes de Prensa   Miércoles 16  Septiembre 2015

Un silencio culpable
Juan M. Blanco www.vozpopuli.com 16 Septiembre  2015

La agónica situación política actual, con las autoridades en Cataluña en abierta rebeldía, no es más que el resultado final de un sistema institucional diseñado con una letal combinación de necedad, descuido y malicia. Un pasteleo indecente entre oligarquías corrompidas, donde la ley y los derechos se respetarían sólo en apariencia. El Régimen sembró desde el principio la semilla de la descomposición. Pero también es consecuencia de la pasividad, la pereza mental de una población acostumbrada durante décadas a comulgar con ruedas de molino. Unos ciudadanos presa fácil de una política de adoctrinamiento que inoculaba preocupaciones estúpidas, desviaba la atención de los verdaderos problemas, generaba una conciencia basada en dogmas, en absurdas consignas.

Preocupados por lo más apremiante, abrumados por las vicisitudes del día a día, los seres humanos raramente disponemos de tiempo, visión, entereza o presencia de ánimo para contemplar nuestra trayectoria vital, el derrotero de nuestra existencia. Mucho menos para reflexionar sobre las grandes transformaciones la sociedad, el horizonte hacia el que conduce el devenir colectivo. Tendemos a aceptar acríticamente los puntos de vista de la incesante propaganda, el machacón adoctrinamiento ejercido desde el poder. A aceptar aquello que, pensamos, sostiene la mayoría. Mera comodidad salpicada de cobardía. Rebatir las ideas dominantes, formarse una opinión libre e independiente, es una actividad que requiere demasiado tiempo, esfuerzo. Y valentía si hay que contradecir, desafiar la creencia preponderante, especialmente cuando es agresiva, como el nacionalismo en Cataluña.

Desde hace décadas, la prensa se encargó de difundir una visión tergiversada, cuando no abiertas mentiras, sobre el Sistema Político, generando una colección de mitos y dogmas que mucha gente aceptó a pies juntillas. Terribles tabúes protegían de la crítica a la Constitución del 78, a un disparatado Sistema Autonómico, a la medida de oligarcas y caciques, que conducía a la desintegración, o a la más que dudosa figura de Juan Carlos, ocultando la podredumbre que se ocultaba detrás. La Transición era un ejemplo para el mundo; quien osara criticarla sería relegado al ostracismo, tachado de antidemócrata o de cosas peores. Anclados al arrecife de la corrección política, muy pocos informadores e intelectuales se atrevieron a mostrar públicamente la realidad, la profunda degradación que corroía todo el sistema. Abjurando de su responsabilidad pública, fueron cómplices, por acción u omisión, de cuanto ha sucedido.

La espiral de silencio
La crisis económica, política y social rompió tabúes, derribó mitos, convirtió objeto de mofa buena parte de los dogmas. Los ciudadanos muestran ahora creciente escepticismo, notable desconfianza hacia un sistema político que, lejos de defender los intereses generales, constituye una tramposa maquinaria para repartir favores, ventajas, prebendas. Manifiestan recelo hacia un Régimen gobernado por sujetos de ínfimo nivel, auténticos zascandiles, pícaros y botarates que pretenden modelar la realidad a golpe de BOE. Un marco en el que los nacionalistas, que obtuvieron en el cambalache manga ancha para actuar en sus territorios, encontraron el caldo de cultivo perfecto para dar una vuelta de tuerca adicional a la estrategia manipuladora, para exacerbar el control sobre la sociedad civil aplastando derechos y libertades. El dogma nacionalista es una de las pocas mentiras que todavía se mantiene en pie.

En La Espiral del Silencio, Elisabeth Noelle-Neumann analizó los mecanismos que conducen al establecimiento y caída de las creencias dominantes. Según la politóloga alemana, el individuo medio es cobarde e inseguro, temeroso al aislamiento. Por ello busca la aceptación del grupo, el sentido de pertenencia. Renuncia a su propio juicio, o evita manifestarlo en público si no coincide con el de la mayoría y termina abrazando las posturas más extendidas. Así, las creencias percibidas como mayoritarias acaban siéndolo realmente. Pero no eternamente. Cuando un grupo de individuos desafía la ortodoxia con convicción, con argumentos coherentes, razonables, resistiendo la amenaza de ostracismo, las nuevas ideas pueden ganar paulatinamente aceptación siempre que convenzan a la gente de que serán mayoritarias en el futuro.

Ante la caída de falsos mitos creados por el Régimen, es urgente impedir que surjan otros similares para sustituirlos. Avanzar hacia una auténtica democracia requiere abrir ventanas, ventilar habitaciones, dar paso a la crítica, al debate sin prejuicios, al pensamiento libre. Es imprescindible que un número significativo de informadores e intelectuales desafíen las falsas creencias dominantes, pongan en cuestión los dogmas establecidos. Necesitamos medios de comunicación fiables, que proporcionen información fidedigna pero también análisis profundo, debate, nuevas ideas, renovadas interpretaciones. Una prensa que, de una vez por todas, rebase lo superficial, lo anecdótico, el omnipresente cotilleo. Y unos intelectuales que primen el razonamiento frente al dogma, la verdad frente al prejuicio, la discusión frente al fanatismo. Pensadores dispuestos a abandonar el confortable entorno de lo políticamente correcto, la comodidad de las prebendas, la acostumbrada adulación al que juzgan poderoso.

Recuperar la responsabilidad individual
Es hora de recuperar el concepto de responsabilidad individual, eclipsada por ese paternalismo que fomentó una ciudadanía dependiente, protestona pero muy poco crítica. Una masa manejable, infantilizada, mendicante de ayudas y subvenciones, inclinada a despotricar pero no a buscar remedios, deslumbrada por el espejismo de nuevos "derechos" sin los correspondientes deberes. U obnubilada por ciertos caciques locales que encandilan al público prometiendo el tránsito inmediato a una tierra prometida con abundantes ríos de leche y miel.

Es momento de rescatar la noción de igualdad de todos los ciudadanos ante la ley, un concepto alumbrado en la Ilustración pero repetidamente vulnerado en los últimos tiempos por quienes reclaman derechos especiales para cada colectivo, ocultando que se trata de nuevos privilegios. De denunciar esas ideologías que justifican la nefasta dinámica de grupos en constante pugna por ensanchar su trozo de tarta, por conseguir ventajas a costa del resto. O que, como el nacionalismo, fomentan el odio, el resentimiento hacia el otro.

Queda mucho camino por andar, mucha mentira por refutar. La democracia necesita una ciudadanía conocedora de sus derechos y obligaciones, dispuesta a dedicar tiempo y esfuerzo a controlar a sus gobernantes. Pero también periodistas e intelectuales, profesionales de la información y las ideas, conscientes de la enorme responsabilidad que la sociedad delega en ellos, sabedores de que el silencio o la mentira, fuere por temor, comodidad o interés, constituye una traición, un abuso hacia los ciudadanos que, de un modo u otro, confían en ellos.

La izquierda y Cataluña
Emilio Campmany Libertad Digital 16 Septiembre  2015

Una de las muchas paradojas que trenzan nuestra política es la alianza entre la izquierda internacionalista y la derecha de campanario. Naturalmente, esta paradoja se explica contando que existe desde la Guerra Civil y que el centralismo franquista ayudó a que llegara hasta la Transición. Ahora, ¿sigue estando hoy justificada? No, pero ayuda a sostener la ficción de que la derecha nacional es de una u otra forma franquista, como prueba el hecho de que quienes fueron sus enemigos durante la Guerra Civil, la izquierda y la derecha nacionalista, sigan obligados a entenderse. Y, sin embargo, mantener esa alianza para que la fábula de que la derecha española es fascista ha tenido y tiene efectos muy perniciosos para la nación. Uno de ellos ha sido el de permitir que los independentistas lleguen en Cataluña hasta donde lo han hecho.

Y no termina ahí. Todavía tienen que producirse más. Si se observa con atención, lo que están haciendo el PSOE y Podemos es lo que Felipe González decía que no haría, a saber, mantenerse equidistante entre los que cumplen la ley y los que no. Pues bien, ésa es precisamente la actitud de la izquierda, la equidistancia. El punto medio entre el PP gobernante y la coalición sediciosa es donde la izquierda está cuando, al analizar el problema, considera que tan culpables del conflicto son los inmovilistas del PP, que se niegan al diálogo, como los independentistas que propugnan una política de hechos consumados. Al análisis añaden la idea de que, cuando gobierne la izquierda, gracias al diálogo que la derecha se niega a practicar, el conflicto se resolverá con naturalidad.

El diagnóstico y su tratamiento podrían ser correctos si no fuera porque Cataluña goza de la más amplia autonomía para gobernarse, no sólo de la que la ley le otorga, sino de la que ella se toma más allá de lo que ésta le permite cuando le conviene; porque el conflicto nació a consecuencia de haber negado a los nacionalistas el insolidario pacto fiscal que exigieron al principio de la legislatura, y porque lo único que quizá podría hacer desistir a los independentistas es que todo el dinero recaudado gracias a los impuestos en Cataluña fuera administrado exclusivamente por la Generalidad tras satisfacer como mucho un cupo similar al que pagan tarde, mal y nunca País Vasco y Navarra. Pero la izquierda cree, quizá con razón, que el electorado está dispuesto a creer que ellos, por ser más dialogantes y demócratas, por comprender a los nacionalistas, por no padecer resabios franquistas, están en disposición de resolver un conflicto que el PP, por ultra y cavernícola, es incapaz de solucionar. Claro que cuando ofrecen reformas y diálogo se cuidan muy mucho de confesar lo que están dispuestos a ceder, aunque sus elites saben muy bien lo que es. Y los demás no nos deberíamos dejar engañar.

De asuntos exteriores a asuntos catalanes
Editorial  www.gaceta.es 16 Septiembre  2015

Dice Obama que quiere una España unida. Qué bien. Se lo ha dicho a los reyes, cuya principal acción pública contra el separatismo catalán ha sido marcharse a Washington. Después del inmenso caos creado por los Estados Unidos en Oriente próximo –guerras de Irak y Siria- y en Europa central –conflicto de Ucrania-, los deseos de Obama no son tanto una certidumbre de seguridad como una amenaza inminente. Pero lo peor no es eso. Lo peor es que las instituciones españolas, llegado el momento supremo de una amenaza de ruptura, no encuentren mejor expediente que acudir a pedir refuerzos al extranjero. Hoy Felipe VI acude a Obama como, ayer, Rajoy lo hizo ante Merkel y Cameron. Elocuente.

Tan maltrecha está nuestra conciencia nacional, tan débil es el vínculo interior de España, que para conjurar las amenazas de secesión hay que recurrir a Obama, a Merkel o a Cameron. Pero hay más, mucho más. Hay una enfermedad de fondo que explica el por qué de este recurso al socorro exterior. Y es que, desde 1978, España renunció implícitamente a todo proyecto propiamente nacional en beneficio de un horizonte europeo-occidental presentado como panacea para todos los males. ¿Problemas económicos? La Comunidad Europea –entonces se llamaba así- los resolvería. ¿Amenazas geopolíticas? La OTAN las apaciguaría. ¿Riesgos de ruptura interna? Nada: dejemos que el tejido se afloje porque, al fin y al cabo, Europa actuará como colchón de seguridad, como red de trapecista capaz de frenar cualquier caída. Y así nosotros, esta España cada vez más “tibetanizada”, que diría Ortega, podríamos entregarnos al pacífico cultivo de nuestras propias tribulaciones, con beneficio –y cuantioso- para todas las partes implicadas. Esa ha sido la convicción implícita de nuestra clase política desde los años del pacto constitucional. Y bajo esa certidumbre hemos dejado que nuestra nación se deteriore hasta lo irreversible.

Si faltaba algún elemento para atestiguar la desnacionalización de España, el presidente del Gobierno nos lo ha aportado, sin miedo al esperpento, designando como interlocutor público frente al separatismo al ministro de Asuntos Exteriores, García Margallo, que por otra parte lleva tiempo ejerciendo de tal y que ahora oficializará su estatuto en un debate televisivo. El Gobierno de España encarga al ministro de Exteriores los asuntos catalanes. Si nos lo hubieran contado hace veinte años habría parecido un chiste siniestro. Hoy es verdad. Lo próximo será llamar al embajador norteamericano para que explique por qué es bueno que España se mantenga unida. Y denunciar a Mas ante la ONU. No, tampoco es un chiste. Por desgracia.

Rajoy y Margallo van a hundir a Albiol
EDITORIAL Libertad Digital 16 Septiembre  2015

Por si Mariano Rajoy fuera poco lastre para Xavier García Albiol, José Manuel García-Margallo parece empeñado en terminar de hundir la carrera electoral del candidato del PP a la presidencia de la Generalidad: menos de una semana después de ofrecer a los separatistas una bochornosa reforma constitucional, destinada a "encajar el hecho catalán" (sic) en "la realidad hispánica"(sic), así como una no menos claudicante reforma del sistema de financiación, para entregar a las autonomías el 100% del IRPF y de los impuestos especiales, al infausto ministro de Exteriores no se le ha ocurrido nada mejor que aceptar la invitación del presidente de ERC y número cinco de la candidatura Juntos por el Sí, Oriol Junqueras, para debatir en la televisión de Godó las consecuencias de una declaración secesionista en Cataluña.

Se trata de un disparate mayúsculo. Margallo no sólo es uno de los políticos intelectualmente más torpes y claudicantes a la hora de rebatir el victimismo nacionalista; como ministro de Exteriores, es la persona menos indicada para tratar un asunto como la rebelión institucional que se está perpetrando en Cataluña.

Aunque fuese capaz de combatir las tesis nacionalistas gran lucidez y acierto, un ministro de Exteriores no puede participar en un debate de esas características. Si, para colmo, ese ministro es García-Margallo, se entiende que el asunto cause tanto malestar en su partido como regocijo en las filas separatistas.

Quien, como García-Margallo, considera que el problema secesionista hay que buscarlo en la Constitución y en su falta de reconocimiento del hecho catalán, así como en el sistema de financiación de las autonomías –las administraciones regionales mejor dotadas fiscalmente de toda la OCDE–, no es sino un perfecto tonto útil que sólo hace el juego a los liberticidas.

Con todo, habría que preguntarse si el que desentona en este PP desnortado es el pusilánime García-Margallo o, más bien, el desacomplejado y aguerrido García-Albiol. Porque, aunque se hable de "margalladas", lo cierto es que estos bochornosos intentos de contentar a los nacionalistas no son sólo cosa suya. Así, este mismo domingo Rajoy hacía una oferta de "diálogo" a los golpistas que no por inconcreta y vaga resulta menos vergonzosa. Y no hay que olvidar que no hace siquiera un año era el entonces recién nombrado ministro de Justicia, Alberto Catalá Polo, quien proponía una reforma de la Constitución para encajar la "singularidad catalana". ¿Y qué decir de la todavía más claudicante y vergonzosa propuesta que hiciera en enero del 2013 el ahora escandalizado PP catalán, consistente en un "pacto fiscal con Hacienda propia", muy similar al que Rajoy había rechazado poco antes, cuando todavía creía que el desafío secesionista no pasaría de simple algarabía?

Aunque se postulen como solución al desafío secesionista, lo único que evidencian Margallo y Rajoy es que son parte del problema.

¿LIBERTAD O CAPITAL?
Elogio impúdico del feudalismo futuro en España
Pascual Tamburri www.elsemanaldigital.com 16 Septiembre  2015

La sociedad clasista y la economía capitalista muestran hoy algunas de sus debilidades. ¿Vivimos la tentación de una sociedad sin clases y de una economía orgánica?

Hay gente que cree de verdad que hay izquierdas y derechas, y que éstas son como le cuentan en los medios de comunicación. Tertulianos y políticos, modelos y plumíferos, todos ellos opinan y se ofrecen como modelos de definición intelectual. Unos, diciendo ser de izquierdas, piden más aborto, más géneros, más servicios sociales y… más inmigración; otros, negando ser de derechas y acusados de serlo, piden más libertad económica, más capitalismo, más eficacia y… más inmigración. Todos, al final, coinciden en aceptar este modelo social (basado en la riqueza), económico (basado en el progreso material), moral (basado en el individualismo, sea de personas o de colectividades de intereses), político (basado en la apariencia de unas masas que nada saben y en la realidad de unas oligarquías que todo pueden) y cultural (basado, especialmente cuando alguien niega lo evidente, en lo inmanente). No hay verdaderas diferencias, y las grandes corrientes dominantes coinciden en lo esencial, sin diferencias profundas entre Mariano Rajoy y Pablo Iglesias.

Pero no siempre ha sido así, no en todas partes es así y no necesariamente será siempre así, aunque decirlo se ha convertido en un pecado cívico de esos que da gusto cometer. Hace muy poco Juan Manuel de Prada recordaba hablando de Capitalismo cómo "en un pasaje particularmente penetrante de su obra Los límites de la cordura, Chesterton nos advertía de que los defensores del capitalismo suelen confundirse a los ojos de la gente incauta con defensores de la propiedad privada, cuando en realidad son sus más enconados enemigos. Y proponía una definición de capitalismo que considero bastante acertada: «Organización económica dentro de la cual existe una clase de capitalistas, más o menos reconocible y relativamente poco numerosa, en poder de la cual se concentra el capital necesario para lograr que una gran mayoría de los ciudadanos sirva a esos capitalistas por un sueldo». Le faltó añadir, sin embargo, un elemento distintivo de esta forma de organización económica que la convierte definitivamente en una máquina depredadora; nos referimos como el lector inteligente ya habrá adivinado al principio de responsabilidad limitada, que separa la persona individual del capitalista de la personalidad jurídica de la empresa que dirige".

Un elemento que une al socialismo materialista y liberalismo materialista, por cierto. "De este modo, el capitalismo termina de aniquilar el concepto de propiedad (que estaba ligado indisolublemente a la responsabilidad personal) para sustituirlo por el de ´empresa´ o ´sociedad´, un artificio o embeleco jurídico que, mientras crece, reparte beneficios entre sus titulares, pero que cuando se declara en quiebra deja a acreedores y trabajadores a dos velas, obligándolos a repartirse los exiguos despojos de la sociedad quebrada, mientras el capitalista disfruta tan tranquilo de su patrimonio intacto. Y si la quiebra de la empresa pone en peligro la estabilidad económica (pensemos en los bancos, por ejemplo), el principio de responsabilidad limitada alcanza todavía un estadio más rapaz, de tal modo que las pérdidas son de inmediato socializadas, mediante exacciones tributarias, recorte de salarios, etcétera. El capitalismo, en fin, actúa como el carterista: defendiendo la empresa privada a costa de la propiedad ajena".

"Decía Proudhon que «la propiedad es un robo»; pero, si leemos la cita en su contexto, descubriremos que el pensador revolucionario no propone eliminar la propiedad, sino la acumulación de propiedad en unas pocas manos (o sea, el capitalismo), que considera con razón la causa principal del despotismo de unos hombres sobre otros. Como ocurre en tantos pensadores revolucionarios, su diagnóstico es certero; pero es errónea la solución que propone para acabar con este despotismo, que no es otra sino la universalización de la propiedad (o sea, el comunismo), que tal vez sea una solución inteligente en comunidades pequeñas y muy vinculadas (una congregación religiosa, por ejemplo), pero que en sociedades menos fraternas acaba generando la esclavitud propia del colectivismo (..)".

"El capitalismo, consciente de su naturaleza inicua, ha tratado (sobre todo después de que el comunismo triunfase en vastas regiones del planeta) de aplacar a la gran mayoría despojada con sobornos diversos: el más elaborado y promisorio fue el llamado ´Estado de bienestar´, que a la postre se desveló un trampantojo limosnero; y ahora, con el llamado ´Estado de bienestar´ quebrado, el soborno básicamente consiste en suministrar derechos de bragueta y entretenimiento a granel (…). Pero solo en parte: porque está inscrito en el alma humana el deseo de ser propietario; es ley natural que el hombre quiera vivir de los frutos que le rinde su propiedad, a través del trabajo. Y, por ello mismo, el despojo sobre el que se funda el capitalismo (la concentración de esa propiedad que naturalmente debería estar repartida) deja en el alma una herida irrestañable. Son varias las agonías por las que ha atravesado el capitalismo; y en todas, en lugar de aceptar su error, ha perseverado en él. Pero las almas heridas y sangrantes suelen (sobre todo cuando se las priva de consuelo sobrenatural) reaccionar muy malamente. Ha ocurrido en el pasado y volverá a ocurrir en un futuro próximo" .

Es muy raro que una comunidad humana vuelva atrás en el tiempo, pero sí es bueno saber que no siempre hemos vivido en el capitalismo y en el comunismo que tantos millones de inmigrantes coinciden en querer traer. También es bueno saber que después del último movimiento de población de similar importancia histórica, las migraciones bárbaras, la Völkerwanderung, la nueva comunidad histórica a la que ahora llamamos Europa vivió con cientos de matices un milenio de estabilidad económica política y social, que si bien estaba muy lejano de la opulencia que hoy se nos promete también estaba en las antípodas de los problemas que hoy nos parecen insolubles. Quizá no sea cuestión de izquierdas o derechas, sino de un nuevo cambio de prioridades.

La ignorancia de la historia no exime de responsabilidades
Vicente Baquero  www.gaceta.es 16 Septiembre  2015

Las consecuencias de nuestras decisiones, medidas o actuaciones de todo tipo: políticas, económicas, sociales la mayoría de las veces solo pueden verse al cabo del tiempo y algunas mucho tiempo después, mucho más de lo que tarda la vida de una persona. Con el agravante de que nuestras propias decisiones, aun tomando en consideración los plazos y el ritmo de evolución general del contexto, se inscriben dentro de unos ciclos o tendencias regulares, en plazos de larga duración. Tendencias que intentamos neutralizar poniendo nuestra máxima capacidad de comprensión y voluntad para paliar sus efectos potencialmente negativos. Vivimos entre corrientes que a su vez se mueven en el seno de otras corriente

Al igual que si vemos, al cabo del tiempo, las consecuencias de unas desafortunadas decisiones, habrá que pensar que quienes las tomaron no contemplaron sus efectos a largo plazo, y: o fueron unos frívolos optimistas (en el mejor de los casos) que se precipitaron por unas conveniencias a corto plazo que les obnubilaron la mente o que realmente ese precisamente era el objetivo perseguido.

Esto que resulta obvio, incluso parece una estupidez el recordarlo, no parece que nuestras clases dirigentes lo tengan tan claro. Cuando un legislador, un político o un estadista toman decisiones, parece que últimamente solo están pensando en las consecuencias a muy corto plazo. De hecho el período parece coincidir con los “ciclos electorales”. El problema separatista español, no solo catalán o vasco, no hay que olvidar que el fenómeno de las taifas no es de antes de ayer, era algo perfectamente previsible, dada la telúrica insolidaridad y tendencia tribal de los pueblos, y ese problema, que había quedado aparcado y resuelto de cara a una posterior unión de mayor calado como era la Unión Europea, reaparece con saña y virulencia inusitada al cabo de cuarenta años por la conveniencia de un grupo, de no se sabe, si agentes interesados en no acabar en la cárcel, o unos románticos trasnochados deseosos de volver a una edad media idílica que no existió jamás.

Estamos pagando ahora la falta de rigor y de previsión de nuestras clases políticas, sobre todo las de hace años, no solo las presentes, que al fin y al cabo son herederas de una situación casi insoluble con las actuales cartas en la mano y el ambiente de indiferencia y desilusión nacional fomentado durante los últimos años. Es evidente que los nacionalistas han jugado sus cartas bien, jugando con plazos que el gobierno central no tuvo en consideración, ellos sí que sabían que hay que programar pensando en el futuro con la educación y los medios de comunicación, ayudados por algún que otro muerto para dar miedo y secuestrar anímicamente a sus poblaciones, le han dado la vuelta al sentimiento, que es básico en todo este conflicto.

Por ello, creo necesario, aunque estoy convencido de que no se hará, pues todo pueblo y clase política necesita sus mitos y aborrece empañarlos, y pagaremos tristemente por ello las consecuencias de este nuevo error al no analizar las verdaderas causas de esta crisis de identidad y desintegración nacional. Es preciso desmitificar, sobre todo los errores garrafales cometidos, unos por buena fe y otros por mala, durante el período constituyente del 78 y poner a cada uno en su sitio dentro de las consecuencias de lo que pueda ocurrir en un futuro.

Pero esto, aun dando un golpe de timón inmediato, tardaría años en corregir el curso de los acontecimientos, probablemente se requerirían el mismo número de años que los que se han empleado para crear la escisión. Ha sido y es una grave responsabilidad de los gobernantes que nos han abocado a un conflicto de consecuencias imprevisibles por no haber sabido actuar a tiempo, ignorando los tiempos de maduración de las ideas entre la población de una nación. Se tarda mucho, muchas generaciones, en crear la mentalidad necesaria para que los pueblos instintivamente respondan a los estímulos de una idea.

No nos engañemos estamos hablando de ideas. La batalla de las “ideas” tan olímpicamente olvidada por unas fuerzas tradicionales acomplejadas, y defendidas hoy en día por boca de todos los nuevos teóricos de una izquierda disolvente. A la hora de la verdad, son las ideas, a veces para nuestra desgracia, las que mueven al mundo (el hombre es también un ser emocional) y estas ideas tardan en nacer, crecer y multiplicarse. Lo mismo podríamos referirnos al actual auge del Islam como a la expansión del cristianismo, del budismo o del propio comunismo… No es posible, me decía el otro día mi amigo Oquendo, crear una civilización o enfrentarse a otra, sin la apoyatura de una idea más trascendental que nos de solidez y nos de fuerzas para crear una sociedad coherente o para oponerse a un empuje ajeno a nuestra tradición. Desgraciadamente Occidente ha dilapidado en gran parte su herencia cultural y se ha desarmado frente a las nuevas barbaries, nuevos bárbaros que sí tienen una fe y unos objetivos. Aunque no nos gusten.

Lo mismo pasa ahora en España, al faltar una idea aglutinante, nos invade la descomposición, y no parece que tengamos a mano la apoyatura de una filosofía vital y una ilusión que nos empuje a oponernos a la nueva invasión irracional de los nacionalismos excluyentes o a los nuevos bárbaros de más allá de nuestras fronteras.

La izquierda española y la desigualdad
Javier Orrico Periodista Digital 16 Septiembre  2015

Lo que hace años me alejó de la izquierda para siempre es la distancia entre el objetivo que dicen perseguir, la igualdad, y lo que siempre consiguen con sus actos, la desigualdad. Lo hicieron en la enseñanza, a la que despojaron de rigor y exigencia y llenaron de nociones falsariamente bienintencionadas (y digo falsariamente, porque había intención), lo que terminó por condenar a los menos favorecidos a no alcanzar nunca ni su propio techo ni ningún otro. No hay mejor sistema de perpetuación de las diferencias sociales que una generalización de la mediocridad de la que sólo puedan escapar los que tengan medios para pagárselo. En cuanto a España, jamás comprendí que nuestra izquierda -tanto el PSOE como, más grave aún, el comunismo a través de IU- fuera la principal aliada de los nacionalismos xenófobos y etnicistas, profundamente cargados de un racismo que nos hacía a los demás españoles objeto de su desprecio y de sus complejos de superioridad.

No se dejen engañar, nada más detestable que la excusa sentimental, porque encubre el odio hacia aquellos de los que quieren separarse, aquellos a los que precisamente no sienten iguales. Quienes conocen a los nazionalistas saben que esa es la verdadera razón, la convicción de ser un pueblo superior, hoy envuelta en mentiras económicas para atraer votantes incautos. No ha habido en España, pues, ningún movimiento tan reaccionario como el de quienes se niegan a aceptar el principio esencial de la modernidad y la democracia: la igualdad ante la ley, por encima de la raza, la lengua, el sexo y el origen social o regional. Es decir, la idea de ciudadanía que nos permite ser y creer en lo que nos plazca, siempre que respetemos la ley donde somos iguales y libres.

Nuestra penosa izquierda, por no defender lo que dice defender, esa idea de ciudadanía, ha sido gravemente culpable, sobre todo a partir de Zapatero, del “resistible ascenso” del separatismo. Hoy recoge el legado su heredero, el Hermano Iglesias, que acaba de espetar que los catalanes tienen derecho a decidir la relación jurídica que quieren con España, que se supone que somos los demás. Lo curioso es que no dice nada sobre la relación jurídica que querremos tener esos demás con Cataluña. El derecho a decidir es sólo de unos, por cuna, y el de los otros es sólo el derecho de callar. El de los siervos. La igualdad, sin duda.

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Cuando quien quiere estudiar en español sufre acoso en las aulas
EDITORIAL El Mundo 16 Septiembre  2015

A Artur Mas se le llena la boca estos días con apelaciones a que una futura Cataluña independiente garantizará los derechos de todos los ciudadanos por igual y que no existirá discriminación a los castellanoparlantes.

Imposible de creer sus palabras cuando constatamos el acoso a los alumnos que quieren que se aplique la ley que garantiza la enseñanza en español en Cataluña. El MUNDO publica hoy un elocuente informe sobre las presiones y los insultos que han recibido las familias que querían educar a sus hijos en castellano.

El caso más llamativo es probablemente el de una niña de siete años que fue increpada por sus compañeros de aula en una escuela de Sabadell por el imperdonable pecado de llevar un escudo de España en un cuaderno. La niña sufrió insomnio, cardiopatías y crisis de ansiedad hasta que fue cambiada de centro.

Otro caso muy reciente es el sucedido en un colegio público de Mataró, donde cientos de manifestantes increparon a unos padres que habían exigido que sus dos hijos tuvieran el porcentaje que marca la ley de educación en castellano. Y en Balaguer una familia ha tenido que sacar a sus hijos de otro centro por las presiones de los nacionalistas y de la dirección de la escuela.

No solamente no se cumple la ley en esta materia, sino que además se manipulan y falsean los textos escolares para adoctrinar a los alumnos de suerte que hay profesores que denuncian que la palabra España no aparece en los libros de Historia o que no se enseña a los niños la existencia de otras comunidades autónomas. Increíble pero cierto.

"El adoctrinamiento supera lo admisible", declara uno de los padres que está sufriendo el problema, que se ha agudizado a lo largo del último año en la medida en que se intensificaba la ofensiva soberanista y se acercaba la consulta del 9 de noviembre.

No faltará quien argumente que se trata de casos aislados que no reflejan la realidad social. Pero no es así. Existe una política de inmersión para expulsar al castellano de las aulas e inculcar los valores del nacionalismo. El propio Jordi Pujol lo teorizó en un libro escrito en 1976, estableciendo un guión que los Gobernantes de Cataluña han seguido hasta la fecha.

Quien desee que sus hijos se eduquen en castellano tiene que pagar un colegio privado, como hacía José Montilla. Igual está sucediendo en otras comunidades como Baleares. Y ello no es una casualidad sino una voluntad deliberada de utilizar la educación como un arma política y como un instrumento de propaganda, sin importar lo más mínimo el rigor en las materias que se imparten.

La educación se ha convertido en una herramienta formidable en manos de los nacionalistas para la construcción nacional. El tiempo les ha dado la razón porque existe hoy una generación de catalanes de menos de 30 años educada en la ignorancia y el desprecio a lo español.

Los intentos del ex ministro Wert a través de la LOMCE de defender el idioma nacional en Cataluña han sido un fracaso, por lo que no queda ya otra alternativa que plantearse la viabilidad del modelo, máxime tras la negativa de la Generalitat a cumplir las numerosas resoluciones judiciales en esta materia.

El problema es que el Gobierno carece de fuerza para exigir que se respete la ley en Cataluña, lo cual inevitablemente nos lleva a plantear si ha llegado la hora de retirar a la Generalitat las competencias en materia de educación, una opción que no es deseable pero que empieza a ser necesaria.

Las mentiras separatistas mil veces repetidas no son una verdad
Editorial La Razon 16 Septiembre  2015

La técnica goebbelsiana que se resume en la frase del propagandista nazi de que «una mentira repetida mil veces se convierte en verdad» es algo que los separatistas catalanes han aplicado con rigor e insistencia a lo largo de los últimos años. En su discurso hay mensajes, reiterados machaconamente, que han calado incluso en personas que mantenían una actitud en principio poco permeable. Hay que reconocer que la maquinaria propagandística del Gobierno de la Generalitat, y de sus organizaciones cívicas, puestas al servicio del pensamiento único, ha sido eficaz para una parte de la población, que se ha llegado a replantear, incluso a convencerse, de cosas tan peregrinas como que el cáncer tendría curación en una Cataluña independiente. Leído negro sobre blanco, el axioma no puede ser más absurdo, irracional e insensato, pero el caso es que quienes lo han promovido han considerado que podía ser un reclamo para gentes determinadas. No hablamos, por supuesto, de artimañas circunstanciales, sino de una política pensada, diseñada y concretada para dar consistencia a una fenomenal fábula, una trola de proporciones desconocidas, a un imposible como es la ruptura de España.

Como inciso sirva también mencionar el escaso respeto que los promotores de estos camelos identitarios tienen por el catalán de a pie al que, por lo visto, parecen considerar escasamente capaz para calibrar la veracidad de las «ilusiones» de esa tierra prometida. En esta estrategia de retorcer la realidad hay ideas fuerza que se han mantenido en todo este desafío, e incluso antes, como «España nos roba», «La Transición y la Constitución no fueron queridos por los catalanes», «Existe un derecho a decidir de Cataluña», «Cataluña sería más rica fuera de España», «Seguiría en la Unión Europea», «No habría corrupción»... Pero hay más. La Asamblea Nacional Catalana ha arrancado una intensa y ambiciosa campaña con toda suerte de promesas sobre esa futura arcadia que será la Cataluña independiente. La organización que preside Jordi Sànchez promete el todo para acabar de arrastrar a los indecisos que no acaban de tragarse el mundo feliz.

La ANC promueve lo que denomina un «debate serio» sobre la desconexión con España, en el que aseguran incluso, rozando la esquizofrenia política, que los ciudadanos de una Cataluña independiente seguirán siendo españoles, además de ricos. «Ser y sentirse español es compatible con desear la soberanía política de Cataluña», concluye la doctrina secesionista, además de explicar que el Estado español reconoce la doble nacionalidad «a otros países con los que tienen vínculos históricos». También se dedica una parte a matizar lo de la relación con Europa y se deja caer que tal vez sea Cataluña la que no esté interesada en ser miembro de pleno derecho de la UE y prefiera tener una relación como la de Noruega o Suiza. Las mentiras tienen las patas cortas y éstas además son demasiado burdas. Los separatistas promueven un fraude, una estafa histórica para asegurarse el control de un proceso que conduce a un precipicio. Y lo hacen a sabiendas de lo que espera tras la puerta de la ruptura. Su responsabilidad es enorme y, más temprano que tarde, tendrán que responder por ella, como también por una gestión calamitosa que pretenden ocultar bajo esta montaña de falsedades. Los ciudadanos de Cataluña tendrán la oportunidad de poner a cada uno donde se merece y tienen el deber de aprovecharla.

Iglesias y su dictadura
FEDERICO JIMÉNEZ LOSANTOS El Mundo 16 Septiembre  2015

Al día siguiente de que Monedero comparase a Leopoldo López con "cualquier etarra" para justificar su kafkiano juicio y previsible condena a 13 años de cárcel, más de lo que pedía la fiscalía chavista, por el delito de oponerse al régimen de Maduro, Pablo Iglesias ha dado un paso más en apoyo de su tesorero, al que Hacienda pilló -y miró a otro lado- con centenares de miles de euros cobrados de Venezuela. Sí ese país donde hay que hacer diez horas de cola para conseguir un pollo y basta tener 14 años para que la policía te asesine de un tiro en la cabeza en una acera por el mismo delito de Leopoldo López: oponerse al régimen chavista. No hay en Caracas para papel higiénico pero sí millones de dólares -narcodólares, según la oposición y los guardaespaldas de Cabello, el 'nº 2' del régimen- para los podemitas y demás filiales del régimen caribeño. Al tiempo que Monedero justificaba su sueldo y estancia -junto a los etarras- en el palacio de Chávez, Iglesias se arrugaba ante los separatistas, pedía perdón por haber dicho que los hijos de inmigrantes de Cataluña deberían ir a votar, qué bárbaro, y respaldaba a la ANC en no pagar impuestos, como forma de "desobediencia civil".

"Espero que no se refiera al terrorismo del FRAP en que militó su padre, o a lo que cuenta Terstch de la condena de su abuelo"

Dice Iglesias que es que él -o sea, Él- tiene un "profundo respeto" por la ANC, porque él -o sea, Él- viene de esa "tradición de desobediencia civil con graves consecuencias". Espero que no se refiera al terrorismo del FRAP en que militó su padre, o a lo que cuenta Herman Terstch de la condena a su abuelo por el secuestro y

"desaparición" de dos personas en el Madrid Rojo. Una checa en Moscú, Madrid, Caracas o La Habana no tiene nada de "desobediencia civil", al revés, es la represión salvaje de lo civil. Pero eso ya lo sabe el escrachador de Rosa Díez en la Complu. Lo pasmoso es que un matón de cátedra quiera brear a impuestos a "los ricos" y acepte que no los paguen los catalanes. Y lo miserable es que diga que López es "un extremista" para defender el gorilato de Maduro y Chávez, que sacó los tanques a la calle contra el Gobierno legítimo de Carlos Andrés Pérez y, tras provocar 100 muertos, pasó unos cómodos meses en la cárcel, de la que salió, como Hitler, para ir de las armas a las urnas y a las armas, por si fallan las urnas. Esa es la dictadura de Iglesias. La que nos esperaría con él. O sea, Él.

Dos referéndum para Cataluña
GABRIEL TORTELLA El Mundo 16 Septiembre  2015

Sí, no uno, sino dos. ¿No quieres caldo? Dos tazas. Y quizá esta poción fuera el bálsamo que contribuyera a facilitar la convivencia.

En un artículo anterior sobre la proclividad de los catalanes a declararse independientes y los catastróficos resultados que los varios intentos habían producido con pérdidas de vidas, haciendas y territorios, ponía yo también de relieve que estas declaraciones de independencia se habían hecho de manera antidemocrática, en el sentido de que las había pronunciado una minoría exigua (en algún caso un solo individuo) sin consultar de una manera reglada y ordenada al conjunto de la población. Señalaba también que este era el caso de la última ocurrencia del 'president emboscat', Sr. Mas, que presenta una candidatura independentista heterogénea y considera que, si esta candidatura obtiene la mayoría simple en el Parlament catalán, estará investida con el mandato y la autoridad para declarar a Cataluña independiente. Ahora bien, dados los parámetros de las últimas elecciones catalanas, esta mayoría parlamentaria se puede obtener con menos de un tercio del censo electoral, y menos de la mitad de los votantes. Esto significa que este grupo de políticos entre los que se agazapa el Sr. Mas considera que con el apoyo de menos de un tercio de la población catalana estarían legitimados para tomar una decisión de tal envergadura, que afectaría gravemente a los dos tercios restantes de la población catalana, al resto de los españoles y, en medida no despreciable, al resto de la Unión Europea. Este fraude democrático no puede engañar a nadie que no quiera ser engañado, y entre los que advertirán palmariamente el fraude están, naturalmente, los órganos rectores de la Unión, a la que con tanto fervor dicen querer pertenecer los separatistas, a la que ya pertenecen por pertenecer a España, y a la que abandonarían al separarse de esta nación miembro.

Apelando a la paciencia del lector, recordaré que el párrafo final del artículo de marras propugnaba un referéndum "a la canadiense", es decir, simplificando mucho, con plenas garantías democráticas. Esta propuesta, hecha apresuradamente por falta de espacio, no convenció a muchos lectores, algunos de ellos amigos, y otros desconocidos para mí que se expresaron por escrito. Las opiniones de dos lectores resumen esta postura crítica. Una escribió: "Salga o no adelante la consulta referéndum falsa e ilegal, seguirán con su matraca 'ad infinitum'". Y otro: "Con lo bien que iba el artículo, para acabar malamente, concediéndoles el derecho de autodeterminación, que es lo que ellos piden...". Ambos tienen parte de razón, y me gustaría en lo que sigue responderles y explicar con un poco más de detalle en qué consiste mi propuesta y sus motivaciones.

Es cierto que la Constitución española, como la de cualquier otro país, menos la inglesa -que, por no estar escrita, es como de chicle-, no prevé la autodeterminación de sus regiones o provincias. No obstante, la situación política de Cataluña ha alcanzado tales niveles de conflictividad (o de "matraca"), que la simple remisión a los preceptos constitucionales no parece convincente a una parte sustancial de la población catalana. Hay una razón muy clara para que esto sea así, y se trata de algo que es responsabilidad de los gobiernos españoles, de Felipe González en adelante. Esta razón es que, desde que Jordi Pujol alcanzó el poder y, especialmente, desde que el caso 'Banca Catalana' se cerró en falso, por medio de una demostración de demagogia multitudinaria y victimismo rampante a finales de mayo de 1984, los gobiernos españoles firmaron un pacto tácito con el entonces 'molt honorable' por el cual ellos no interferirían en la política interior de la Generalitat mientras esta no se manifestara abiertamente separatista. Tal falta de interferencia implicaba el renunciar a hacer cumplir la Constitución y muchos otros aspectos de la legislación española, incluidas las resoluciones judiciales, incluso, en algunos casos, las del Tribunal Constitucional.

Las violaciones más flagrantes de la Constitución han sido aquellas que se refieren a los idiomas. El Art. 3 lleva siendo vulnerado a diario en Cataluña desde hace décadas. El castellano hace mucho tiempo que dejó de ser lengua oficial en Cataluña ante la pasividad de los gobiernos nacionales, cuyos débiles intentos de mantener un mínimo nivel de enseñanza en castellano allí son diariamente frustrados y burlados por los gobiernos de la Generalitat. Otra violación puramente simbólica pero de gran importancia es la del Art. 4. La bandera de España ha dejado de ondear en la mayor parte de los edificios oficiales en Cataluña sin que el Estado haga el menor esfuerzo por rectificar esta situación. Las leyes educativas españolas apenas se aplican en Cataluña. La Historia de España no se enseña en español, por supuesto, y a tenor de los libros de texto de las grandes editoriales, lo que pasa por tal materia es una narración de la opresión sistemática con que los gobiernos españoles han sometido a Cataluña, en especial, pero no exclusivamente, desde 1714. En virtud de todo esto a uno le parece cuando menos comprensible que muchos catalanes, aunque sus padres la hubieran votado masivamente, consideren la Constitución española como algo que no va con ellos; realmente, no va con ellos, y los gobiernos españoles así parecen haberlo aceptado. Venirles ahora a los catalanes con que la Constitución no permite un referéndum de autodeterminación les puede parecer un pretexto arbitrario y otra muestra de opresión. "¿Si no se cumple el artículo 3, por qué ha de cumplirse el 2?", pueden preguntarse con cierta razón.

De este atolladero no se sale con más pasividad. El nacionalismo se retroalimenta y a ello contribuyen las concesiones, el apaciguamiento y el 'dolce far niente'. Ha llegado la hora de la verdad, la hora de que los separatistas catalanes afronten las consecuencias reales de sus exigencias. Si quieren referéndum, que lo tengan, pero en condiciones previamente pactadas con el Estado: la pregunta tiene que ser clara, y la mayoría por la independencia tiene que ser también clara: un 60% del censo electoral y un 75% de los votantes. Y el referéndum debe ir precedido de un año, al menos, en que los unionistas tengan armas informativas con las que hacer frente al bombardeo propagandístico al que los separatistas, con el apoyo de la Generalitat, han sometido a la población durante años y años.

Ahora bien: esto no está previsto en la Constitución; por eso se necesita un referéndum previo, de acuerdo con el Art. 92, en que el pueblo español se pronuncie sobre la admisibilidad de un referéndum catalán con estas características. Se trataría de una medida excepcional dentro de la actual versión de la Constitución. El referéndum catalán no podría repetirse a menos que se enmendara la Carta Magna. Y si, en el caso muy probable de victoria del 'no', el Gobierno español comenzara a exigir el cumplimiento de la legalidad española en Cataluña, quizá terminara la "matraca 'ad infinitum'" de los separatistas.

¿Y si en este primer referéndum gana el no? El Gobierno español debiera poner todos los medios legales a su alcance a favor del sí. Pero, en cualquier caso, debiera cumplir su juramento de velar, en todo momento por la aplicación de toda la ley en toda España. Esto es la esencia de la democracia y el buen Gobierno.

Gabriel Tortella es economista e historiador.

Cataluña contra Cataluñau
Antonio Roig www.latribunadelpaisvasco.com 16 Septiembre  2015

A un año vista, la revisión histórica que comportaron los fastos de la conmemoración del tricentenario de la derrota de 1714 dejó claro (a quien quiso leer sin prejuicios) que no hubo en aquel infortunado conflicto un rodillo hispano laminando las libertades catalanas, sino una guerra civil entre españoles. Y así fue y así siguió siendo, muy en particular en 1936, hasta hoy. Sé que no desvelo nada nuevo, pero el primer y más sencillo recurso de la pedagogía es la repetición.

El esencialismo metafísico, combinado con la perversión del lenguaje, y una 'interpretación sesgada' (dicho de forma muy benevolente) de la historia son los ingredientes fundamentales (que no únicos) de un malentendido del que se valen unos cuantos para dar lugar a un imaginario conflicto Cataluña-España que, habiéndoles permitido medrar a su costa, atizan y perpetúan con el fin de continuar viviendo de él en el futuro.

A nuestros gobernantes se les llena la boca hablando con énfasis y sin rubor en nombre de los catalanes al tiempo que gobiernan en favor de los intereses estrictamente soberanistas o secesionistas de un sector de la población catalana

Revisemos analíticamente un elemento fundamental del primero de esos ingredientes: el concepto mismo de 'catalán'. No me voy a referir a una cuestión de identidad, como quizá el lector habrá pensado, sino a lo que el término denota. Catalán, según la RAE, tiene tres acepciones: a) natural de Cataluña; b) perteneciente a esa región y, por último, c) nombre de una lengua romance que se extiende por los territorios del antiguo reino de Aragón. En ninguno de sus sentidos tiene una connotación política.

Cuando en los primeros años de la democracia se vino a llamar a la representación de CiU o del PNV en el Congreso 'minorías catalana y vasca' -ignoro de quién fue esa deplorable iniciativa- se dio carta de naturaleza a un equívoco del que se ha valido el soberanismo para engordar sus propias alforjas. En ninguna de las tres acepciones mencionadas CiU podía ser llamada LA minoría catalana --había otros muchos catalanes en las Cortes--, si acaso se les pudo llamar minoría 'catalanista' (aunque los socialistas catalanes habrían puesto el grito en el cielo) o, más apropiadamente para la época, 'nacionalista catalana'.

La ambigüedad, sin embargo, es tierra abonada para el populismo (también el nacionalista). A nuestros gobernantes se les llena la boca hablando con énfasis y sin rubor en nombre de los catalanes al tiempo que gobiernan en favor de los intereses estrictamente soberanistas o secesionistas de un sector de la población catalana. Es decir, arrogándose la representación de todos, pero gobernando para algunos.

Muy posiblemente eso es común a todos los gobiernos del mundo, pero aquí se hace particularmente evidente porque, en términos de conciencia nacional (los únicos a los que desde hace años se extiende la acción de gobierno), Cataluña está completa y radicalmente dividida. Más aún, el único proyecto de gobierno consiste en perpetuar indefinidamente esta situación cercenando lo común (y, con ello, sacrificando a la mitad --por lo menos-- de la población catalana, dicho, ahora sí, con toda propiedad).

¿No es ya hora de iniciar el diálogo de Cataluña consigo misma, de actuar verdadera (y no retóricamente) en pro de la cohesión social?

Artur Mas fue quien se atrevió a decir que Cataluña vivió el 9N una "simbiosis perfecta entre las instituciones, el tejido asociativo y las personas". Y puede que así fuera si circunscribimos asociaciones y ciudadanos catalanes al ámbito de los catalanistas o soberanistas. Y porque las instituciones y el tejido asociativo están tomadas por la (valga el término como oxímoron) intelligentsia soberanista que, constituyendo el vértice de la pirámide de la sociedad catalana, ocupa todas las instancias de control social y frena y excluye todo lo que no está al servicio de su proyecto de país.

Cuando los católicos catalanes piden a las autoridades eclesiásticas un obispo 'del pueblo', ¿qué quieren, un obispo catalán o uno secesionista? ¿de qué 'pueblo' hablan? Cuando el Síndic de Greuges toma partido por la inmersión lingüística y en contra del bilingüismo y de las sentencias del Tribunal Supremo, ¿a qué pueblo catalán defiende? Cuando el Presidente Mas amenaza a la patronal Fomento del Trabajo de no considerarla representativa, ¿qué entiende por representación? ¿Sólo la que se somete a sus intereses de partido? Esa 'simbiosis perfecta' sólo lo es en la medida en que consideremos parte de la sociedad catalana de pleno derecho únicamente a aquellos que piensan como quiere el poder.

Cuando se exige al gobierno de España diálogo (algo imposible, pues sólo se pretende discutir las condiciones de la secesión), cabe preguntar: ¿dónde están las mesas de negociación entre los catalanes que desean la separación y los que no? La primera 'estructura' de Estado es el pacto social, ¿cuándo se va a firmar en Cataluña entre todos sus ciudadanos? ¿No es ya hora de iniciar el diálogo de Cataluña consigo misma, de actuar verdadera (y no retóricamente) en pro de la cohesión social? Pero este gobierno está deslegitimado para ello por cuanto su gestión ha consistido siempre en el desprecio y el ninguneo de los catalanes que no comulgan con su credo ideológico. No hay mayor manifestación de autoodio.

En un sentido no estrictamente técnico del término, el autoodio es la actitud de aquellos individuos que se niegan a aceptar a sus sociedades tal como son y que están dispuestos a romperlas si eso sirve para conformarlas de acuerdo con su ideal. Porque, no nos engañemos, lo que se está proponiendo hoy en nuestra comunidad no es un divorcio de España sino una mutilación de Cataluña. Hace unos meses escribía Lluís Muntada en El Punt/Avui: "La societat catalana s'està dividint en: 1) defensors de la democràcia, 2) detractors de la democràcia, i 3) còmplices passius dels detractors de la democracia". Si queremos, pues, defender la democracia --y qué otra cosa podríamos querer-- habrá que acabar con sus detractores, ¿acaso podría ser otra la conclusión? [Y lo más pintoresco es que esa condena de sí mismo podría tal vez considerarse un vicio noventayochesco ¡característicamente español!].

El autoodio es la actitud de aquellos individuos que se niegan a aceptar a sus sociedades tal como son y que están dispuestos a romperlas si eso sirve para conformarlas de acuerdo con su ideal

Es paradójico que se acuse a los catalanes que no optan por la secesión de sentir o de practicar 'autoodio'. En ciencia social, es decir en un sentido estrictamente técnico del término, se llama autoodio a la "identificación con el grupo dominante, al sentimiento de rechazo que siente el individuo, perteneciente a un grupo social de bajo estatus, ante características propias consideradas inferiores a las de los grupos dominantes". En puridad, pues, las únicas manifestaciones de este fenómeno en la sociedad catalana las podríamos quizá encontrar en Súmate u otras entidades parecidas.

Cataluña está irremisiblemente dividida, esa es ya la primera consecuencia del 'procés'. Lo reconocía Germà Capdevila en el periódico anteriormente mencionado. Hay, decía, dos 'dimensiones' en nuestra comunidad con distintos marcos de referencia, uno que él llamaba “catalán” (consumidor de prensa y televisión y redes sociales autóctonos) y otro “español”. Estos últimos, dice, “només han tingut un contacte tangencial amb el procés, i en tot cas només han escoltat les opinions dels debats a La Sexta o Telecinco”. Y, por causa de los caprichos interesados del sistema electoral, de la forma de constitución de las cúpulas de los partidos y de la falta de coherencia y convicciones de los líderes políticos, los distintos gobiernos de Cataluña han actuado siempre como si la segunda de esas mitades no existiese, como si fuese responsabilidad ‘española’, no ‘catalana’. Aquí hay dos dimensiones, pero sólo se gobierna para una.

Hoy hemos llegado a la exacerbación de esa tendencia. Lo que se debate en las próximas elecciones es si Cataluña, la mutiladora Cataluña del secesionismo, va acabar con Cataluña, la Cataluña de siempre, española, europea, tolerante, abierta, moderna, y pactista. No estamos en una confrontación de Cataluña contra España sino, como siempre desde hace 301 años, de Cataluña consigo misma.

El “delirium tremens” del nacionalismo catalán
“El fanatismo es la mezcla altamente explosiva de extremismo e imaginación.” Herbert Von Barajan.
Miguel Massanet www.diariosigloxxi.com 16 Septiembre  2015

Cuando los políticos pierden el rumbo, se dejan llevar por sus ensueños y utopías y abandonan el sentido común, la noción de la realidad, la conciencia de la responsabilidad hacia sus gobernados y la medida de la sensatez, es posible que llegue un momento en el que se conviertan en un verdadero peligro para un pueblo cuando, para conseguir sus objetivos utilizan el engaño, la mentira, las falsas promesas, la desinformación o el fanatismo incontrolado, para convencer a quienes les siguen, les escuchan o creen en ellos, de que adopten un camino sin futuro, una deriva que los sitúa fuera de la legalidad y los coloque enfrente del Estado de Derecho; es evidente que existe la posibilidad de que se pierda el control de la ciudadanía, se produzcan situaciones de caos y que, en algunas personas más fácilmente influenciables y de menos luces, el impulso de cometer torpezas, de tomar decisiones equivocadas o de dejarse llevar, por la vehemencia rebelde de la sinrazón, a cometer actos que pusieran en peligro la convivencia, el mutuo respeto o la tolerancia entre los miembros de una comunidad, con el peligro de crear enfrentamientos, odios o, incluso, altercados que atenten contra la paz y pongan en peligro la misma supervivencia del colectivo; pueda llegar a materializarse..

Todos sabemos que Catalunya está pasando por un periodo de grandes tensiones; que sus políticos han empleado todos los medios para enfrentar a dicha comunidad con el Estado español y que, especialmente en los últimos tiempos, a medida que se acercan las elecciones autonómicas para elegir a los nuevos miembros del Parlamento catalán, para sustituir a los que acaban su mandato; los polít