AGLI Recortes de Prensa   Domingo 27 Septiembre 2015

Este domingo empieza el lunes
Federico Jiménez Losantos Libertad Digital 27 Septiembre 2015

(Esta es la transcripción, apenas corregida, del discurso pronunciado este martes 22, en el Ateneo, junto a los compatriotas y amigos de Libres e Iguales. Desde 1980, no había hablado en público sobre Cataluña, porque tenía demasiado que decir o porque no había nadie para escuchar. Esta vez no sólo tenía en Madrid la mejor compañía intelectual imaginable,, agavillada por Cayetana Álvarez de Toledo, sino que en Cataluña y toda España hay mucha gente, hasta un partido, que escucha lo que dijimos y dice lo que tanto se silenció. Vaya este discurso en memoria de todos los resistentes en Cataluña estos siete lustros y de los que en todo el mundo, de La Habana a Caracas, de Pekín a Pyongyang, luchan por su libertad. Su causa ha sido, es y será siempre la nuestra.)

Dicen que este domingo, se juega la libertad en Cataluña y en España. Dicen que en Cataluña este domingo podemos perder. No es verdad. Dicen que en Cataluña podemos ganar. Tampoco es verdad. La libertad ni se gana ni se pierde. Nunca está totalmente ganada, siempre se pierde, siempre hay que volver a buscarla. La libertad no es un bien mensurable ni en votos ni en escaños. Que en una dictadura gane el dictador es normal. Lo importante para la causa de la libertad, la causa de los compatriotas nuestros en Cataluña, es que están luchando solos, hasta ahora, contra una dictadura atroz. La dictadura blanca que ya predijo Tarradellas, que conocía perfectamente al siniestro Jordi Pujol.

Cuando pensamos en todos esos españoles que a lo largo de estos años han estado pasando las de Caín, pero sobre todo las de Abel, (Las de Caín, la Generalidad; las de Abel, sus víctimas) vemos que, a diferencia del País Vasco, donde se ha cuantificado en 300.000 personas los que tuvieron que irse de su tierra, huyendo del terrorismo y del nacionalismo que le daba cobertura mediática y social, en Cataluña, desde que llegó Pujol al poder, ni siquiera se ha hecho el censo de las bajas de la población civil catalana. Ahora, gracias a un partido que nació para oponerse a la dictadura nacionalista se empieza a recordar lo que ha pasado en estos 35 años. Y como he vivido en primera persona lo que ha pasado en todos estos años, más de 35, puedo decir que siendo la situación de Cataluña repugnante, no es peor que la que había hace 35 años.
Una causa silenciosa, una causa sagrada

Hace 40 años -se van a cumplir ahora- murió Franco. Nadie pensaba que íbamos a tener libertad, pero había gente inteligente, no mucha, dispuesta a traer la libertad para todos. Y en 1977 tuvimos elecciones. Y en e1978 tuvimos una Constitución votada abrumadoramente por todos los españoles, entre ellos, el 90% de los ciudadanos de Cataluña. Pero aunque ese otoño de 1978 ya teníamos constitución, en invierno escribí un ensayo La cultura española y el nacionalismo. En él denunciaba lo que creo que sigue siendo el problema fundamental de España, que es la traición de la izquierda a la idea nacional. Ese era el problema en 1978 y ése es el problema hoy. Una payasada como la de Trueba sólo se explica porque muchos se han pasado 35 años cobrando de esa estupidez, porque se han hecho carreras y se han logrado grandes subvenciones diciendo que lo mejor que le puede pasar a un español es escupir sobre su cuna, y sobre su lengua, y sobre sus derechos, y sobre sus leyes. Y así hemos llegado a donde hemos llegado.

Ahora bien, la causa de la libertad, saquen los votos que saquen los nuestros, sigue siendo la misma. La causa de la libertad sigue siendo sagrada. Las Damas de Blanco en Cuba, humilladas por ese siniestro papa que va vestido de blanco, no sé por qué, abandonadas por ese siniestro Obama vestido de oscuro, tampoco sé de qué color, abandonadas por la Unión Europea y parte del exilio, apaleadas, vejadas, encarceladas, en el exilio. ¿Van a dejar de luchar por la libertad? No. No. No. Las Damas de Blanco defienden su dignidad como personas, sean 1, 21 o 21.000, ganen o pierdan elecciones., porque su libertad, la libertad en Cuba ni se somete a elección ni a la bendición del Papa. Hay también un preso en Venezuela que se llama Leopoldo López; que está en una celda de 2 por 2, sin luz. Leopoldo López está sólo defendiendo su libertad. Lilian Tintori, su mujer, está sola defendiendo a Leopoldo López. Pero están aquí. Leopoldo López está aquí, con nosotros. Está aquí.
Lo que queda de España y el nacimiento de Albert Rivera

En julio de 1979, cuando publiqué "Lo que queda de España", explicando lo que planteaba en el ensayo citado, recibí prácticamente todas las injurias que después ha recibido un niño nacido en noviembre de ese mismo año, en la Barceloneta en noviembre y que se llamaba Albert Rivera. Cuando él todavía no gateaba, yo había publicado ese libro, al que en años posteriores se añadieron "La dictadura silenciosa" y "La Ciudad que fue". Cito a Rivera porque en 1980 traté de impedir que una candidatura del Partido Socialista Andaluz, que se iba a presentar a las primeras elecciones parlamentarias de Cataluña, fuera regionalista. Intenté crear una candidatura conjunta, española, para defender los intereses de los ciudadanos que, como dijo Tarradellas, ya no eran despreciados como antes de la guerra, sino perseguidos, en la Cataluña que habían ayudado a crear, y que estaban abandonados por el gobierno central. Ese partido que no conseguí en el 80 nació en 2005, más vale tarde. Y en ese 2005, estando mal porque habíamos perdido 25 años, estábamos mejor que en el 80. En fin, en el 81 mi buen amigo Santiago Trancón me pasó a firmar un manifiesto, el de los 2.300. El otro día llamó un maestro a mi programa a esRadio, diciendo: "Hola, soy un maestro que firmó el manifiesto de los 2.300 y os agradezco que nunca publicarais mi nombre, porque habría sufrido unas represalias atroces. Hoy, que me he jubilado, quiero daros las gracias por haberme ocultado. Esa ha sido la lucha de tantos por la libertad. Esa es la tiranía que hay que derribar en Cataluña.

Pero esa tiranía no la va a derribar sola Inés Arrimadas. Esa tiranía la tienen que derribar todos los españoles, porque la libertad de los catalanes es asunto nuestro, es asunto de todos los españoles. Y no hay libertad en España cuando no hay libertad en Cataluña, ni en Valencia, ni en Baleares, ni en Navarra, ni en el País Vasco, ni en Galicia ni en Canarias. Éste es nuestro problema.
¡Visca la Llibertat! y ¡Viva España!

Y quiero terminar diciendo que sea cual sea el resultado de nuestros compatriotas este domingo, lo importante es que el lunes sean más y que cuenten con nosotros. Lo importante del domingo es el lunes. La lucha por la libertad no la ganamos o perdemos el domingo. Podemos tener un buen día o un mal día. Lo normal es que sea malo. Pero es igual, los hemos tenido mucho peores.

Por esos españoles de Cataluña, por todos esos catalanes que están luchando por nuestras libertades, como en su día, en el Kursaal, Fernando Savater y Redondo Terreros –aquí presentes- y Mayor Oreja luchaban por la libertad de todos los españoles, yo quiero decir aquí ¡Visca la llibertat!

Y quiero decir, en nombre de todos ellos y de los que aquí estamos con ellos ¡Viva España!

Pase lo que pase hoy, lo importante es el lunes
EDITORIAL Libertad Digital 27 Septiembre 2015

Las elecciones al parlamento catalán que se celebran hoy han agitado como nunca el debate político a escala nacional. Las intenciones de los grupos nacionalistas de separar a Cataluña del resto de España si se alzan con la victoria le han otorgado una importancia añadida a los estudios demoscópicos que se han venido realizando estos últimos meses. Los medios de comunicación se han enfrascado en sesudos análisis y los propios partidos políticos no ocultan sus cábalas acerca de lo que puede ocurrir en función de posibles alianzas postelectorales.

Unos y otros dan por sentado que una victoria electoral de la lista de Artur Mas y Junqueras supondrá, de inmediato, el inicio del proceso de secesión, y la cuestión será entonces saber con cuántos apoyos parlamentarios cuentan los ganadores para romper el orden constitucional.

Ahora bien, la cuestión central esta noche no es cuántos votos han sacado los separatistas, los constitucionalistas o los traidores vocacionales como la delegación catalana de Podemos. Lo decisivo es si los españoles están dispuestos a consentir que los políticos más corruptos del continente europeo acaben con los derechos y libertades de la mitad de los catalanes que quieren seguir siendo parte de nuestra nación. Lo verdaderamente sustancial es si el Gobierno y los españoles vamos a consentir que unas fuerzas separatistas locales, hundidas en una ciénaga mefítica de delirio y corrupción, acaben con España como nación de ciudadanos libres e iguales.

El separatismo ha podido alcanzar su actual relevancia por la traición de los partidos nacionales a todos los españoles durante 35 años ininterrumpidos. Sus concesiones al permanente chantaje separatista, a cambio de su apoyo para mantenerse en el Gobierno de España, han traído como consecuencia que unas simples elecciones regionales se hayan convertido en un plebiscito ilegal. Aún hoy, en medio de la gravedad de la situación, ofende a la inteligencia y la dignidad de todos ver a los socialistas dispuestos a conceder aún más privilegios a los nacionalistas o a ministros del Gobierno, como el inefable García Margallo, dando carta de naturaleza a las tesis de fondo separatistas y pidiendo no se sabe qué reconocimientos a los imaginarios hechos diferenciales de los que una clase política nacionalista, la más corrupta de nuestra historia, se viene aprovechando desde hace ya casi cuatro décadas.

En Libertad Digital seguiremos siempre fieles a nuestro compromiso fundacional con la unidad nacional y la igualdad de todos los españoles. España y Libertad; estos son los dos grandes valores a cuya defensa consagramos diariamente nuestros mayores esfuerzos, en el convencimiento demostrado de que sin uno no puede existir el otro. Por eso, el recuento de votos de esta noche de elecciones regionales no puede poner en cuestión los principios seculares en los que se funda la nación española y las libertades de sus ciudadanos.

El lunes seguiremos en la misma batalla y no cejaremos hasta ganarla, por más que la traición de PP y PSOE nos haya llevado a que un grupo de delincuentes políticos, en lugar de estar en la cárcel, anden amenazando con declarar la secesión de una parte de la Nación.

En la frontera de la ignorancia
DAVID JIMÉNEZ El Mundo 27 Septiembre 2015

LA FAROLA frente a la casa de una buena amiga apareció un día envuelta en la bandera independentista. Con el tiempo, los parques, plazas y fachadas de su pueblo, en las afueras de Barcelona, fueron también cubiertas por esteladas. La población se dividió entre los que estaban a favor de esa muestra pública de independentismo y quienes creían que los espacios públicos no deben ser monopolizados por símbolos de una opción política. Y entonces ocurrió: el ambiente cambió, gentes que se conocían desde siempre dejaron de saludarse, amistades empezaron a enfriarse o se rompieron.

El pueblo se partió en dos.

Cuento todo esto porque me temo que, más allá de los resultados de hoy en las elecciones autonómicas, algo se ha fracturado en Cataluña. Costará repararlo. Cuando personas que piensan diferente dejan de hablarse, y en su lugar bajan la mirada al cruzarse en la calle o rehúyen conversaciones de sobremesa, se pierde la capacidad de comprender qué ha llevado al otro a su posición. Y es en esa incomunicación donde crece con más facilidad el resentimiento.

Mi amiga, que pasaría el test de pedigrí catalán del nacionalismo más sectario y ha sido reportera de guerra, lamentaba la ignorancia de quienes manipulan irresponsablemente los sentimientos nacionalistas. ¿Acaso desconocen que una vez plantas la semilla de un conflicto éste crece aunque después dejes de alimentarlo? ¿Que convertir enemigos imaginarios en reales es el primer paso para hacer aceptable lo que antes no lo era? ¿Que la historia está llena de ejemplos de sociedades civilizadas que se dejaron contagiar por el fanatismo y sus líderes iluminados?

Lo sorprendente en el caso catalán no es tanto el fervor independentista -todo el mundo tiene derecho a sentirse lo que le plazca-, sino que ese sentimiento haya sido despertado de manera tan eficaz por una casta política corrupta, inculta y egoísta a la que el futuro de Cataluña le importa bien poco, comparado con el suyo propio. Pero la responsabilidad del momento que vivimos no es sólo de quienes han utilizado la mentira y el dinero de todos para enfrentar a catalanes y españoles, poniendo los recursos públicos al servicio de la propagación de un mensaje que ha ido degenerando hacia la xenofobia, sino a los gobiernos que desde Madrid han respondido con desidia a ese desafío soberanista.

No hablo de los últimos días o meses, porque este viaje no empezó con la llegada de Artur Mas, sino al día siguiente mismo de lograrse el pacto constitucional que dio a Cataluña competencias que serían la envidia de cualquier movimiento de secesión. Hemos llegado hasta aquí después de décadas en las que los nacionalistas han utilizado escuelas, instituciones y medios de comunicación para adoctrinar a la población, marginar metódicamente a quienes se atrevían a disentir y burlar a un Estado que ha sido incapaz de garantizar derechos tan básicos para una parte de sus ciudadanos como estudiar en castellano si así lo desean.

Y, ¿qué han hecho los partidos nacionales mientras todo esto sucedía? Pactar con los promotores de esa agenda, cuando necesitaban sus votos. Legitimar su victimismo al asumir como natural la deslealtad permanente hacia España. Y ceder, una y otra vez, en la creencia de que llegaría el día en que el nacionalismo quedaría satisfecho. La ingenuidad no puede ser un atenuante en este caso: la historia, si alguien se hubiera molestado en leerla, debería haber bastado para despejar sus ilusiones.

Así que es sólo ahora, ante el desafío final, cuando nos han entrado a todos las prisas, primas hermanas de la improvisación. Empresarios que durante años han permanecido callados ante el rodillo nacionalista hablan al fin de las consecuencias de la independencia, ciudadanos que vivían con pasividad el monopolio del discurso público crean organizaciones cívicas para expresarse con libertad y los partidos nacionales hacen el esfuerzo por articular, aunque sea tarde y mal, un discurso sobre la importancia de lo mucho que une a catalanes y españoles, frente a quienes quieren levantar una frontera de ignorancia entre nosotros. Esperemos que no sea demasiado tarde.

El desafío independentista
España, ante el mayor desafío institucional
Editorial LR 27 Septiembre 2015

Más de 5,5 millones de catalanes tienen hoy en sus manos una de las decisiones más trascendentales de la reciente historia democrática de Cataluña y también de la de España en su conjunto. Sus votos serán decisivos para determinar un futuro que puede complicar hasta el extremo su existencia y, por ende, la del resto de los españoles. Las encuestas no han sido definitivas y han señalado a ese 20% de indecisos como clave para dilucidar la suerte de los comicios. Los escenarios poselectorales quedarán definidos por mayorías estrechas, y, según sean independentistas o no, obviamente, el grado de incertidumbre será distinto. De lo que a estas alturas caben pocas dudas es de que el independentismo no depondrá su desafío casi bajo ninguna circunstancia, pues su debacle electoral no se contempla, y una derrota por la mínima no será suficiente para que regresen a sus cuarteles de invierno a hibernar y garantizar así que Cataluña encuentre al fin la normalidad y estabilidad arrebatadas. Afrontamos, por tanto, un más que probable horizonte de crisis institucional que el Estado debe afrontar.

Como decíamos ayer, la independencia de Cataluña no está en cuestión ni en juego. Es un imposible que choca frontalmente con la legalidad nacional y con la internacional. Por que los separatistas están solos, es cierto –no se conoce un sector profesional, social o cultural en el que sean mayoría quienes se han manifestado a favor de la desconexión con España; ni uno solo–, pero eso no quiere decir que su capacidad para provocar daño sea considerable. Ése es su poder y de lo que debemos defendernos, más allá de que los principales perjudicados sean los propios ciudadanos del territorio. España, y Cataluña también, como parte medular del país, se encuentran en franca recuperación económica, pero son vulnerables, sobre todo, a la inestabilidad política, que nos penalizará si no somos capaces de contenerla.

El resultado electoral en Cataluña definirá cuán de relevantes serán las amenazas para la prosperidad de la gente. Las fuerzas democráticas tendrán que ser capaces de poner los intereses del país y de los ciudadanos por encima de los propios. La unidad sin fisuras de los grandes partidos en torno a la legalidad constitucional, a la unidad territorial y a todo lo que ello supone será imprescindible para minimizar los riesgos y contrarrestarlos. El diálogo nunca dejará de ser una opción, pero hoy parece imposible cuando se constata la defunción del catalanismo responsable y moderado y la jerarquía de una camarilla de extremistas que han quemado las naves y se han conducido ellos mismos a un callejón sin salida honorable.

Hoy, toca votar y, en esta ocasión, más que en ninguna otra, es una gran responsabilidad que los ciudadanos de Cataluña no pueden esquivar. Que el voto por correo haya crecido un 56 por ciento es un dato que pronostica una participación histórica. Bienvenida sea, siempre que no olvidemos nunca que la legitimidad parte de la legalidad. Sin ella estaríamos abocados a la selva. El futuro no se define hoy, por más que se clarifique. En todo caso, la suerte de Cataluña nos concierne a todos, como establecen nuestras leyes fundamentales. El porvenir de la nación más antigua del mundo no depende de Artur Mas o de Oriol Junqueras, sino de los más de 46 millones de españoles herederos de una historia en común a lo largo de los siglos.

La racionalidad interna del independentismo (I)
Santiago Trancón Cronica Global 27 Septiembre 2015

¿Es el independentismo un movimiento irracional? Sin duda lo es para cualquiera que compare las declaraciones y proyectos independentistas con la objetividad de los hechos. Hay una enorme distancia entre sus razones y propósitos y la realidad de los datos y los análisis, especialmente en el terreno económico, jurídico y político. Hablamos entonces de mentiras, falsedades, tergiversaciones y manipulaciones.

Como el discurso independentista parece inmune a esas críticas y pruebas de realidad, acudimos entonces a otro tipo de apreciaciones: disparate, zafiedad intelectual y marrullería (Javier Marías), locura esencialista (Juan Goytisolo), anacronismo inconcebible (Emilio Lledó), ilusión platónica (Francisco Rico), ficción maligna (Vargas Llosa), etc. Todo esto es válido, responde a un ejercicio de libertad y racionalidad imprescindible, pero algo falla, algo se nos escapa y buena prueba de ello es el tono cada vez más desesperado o derrotista de algunos. Habrá que enfocar el análisis desde otra perspectiva, encarar el problema desde dentro, tratar de comprender la racionalidad y la lógica interna del independentismo.

Lo primero que constatamos es que hay una gran diferencia entre aquello que los independistas dicen ser desde el punto de vista democrático, y lo que son. El independentismo se presenta como un movimiento democrático, pacífico y pacifista. ¿Lo es? El independentismo se ha apropiado hoy de la legitimidad democrática en Cataluña mientras enmascara y utiliza sistemáticamente métodos antidemocráticos. Los ejemplos son innumerables, desde la imposición de la inmersión lingüística (caso único en el mundo) en contra de la lengua propia y materna de la mayoría de la población de Cataluña (incumplimiento incluso de las leyes sobre la enseñanza mínima del español), hasta el proyecto de declaración unilateral de independencia, que el independentismo se propone llevar a cabo sin recabar siquiera el apoyo legal de una mayoría cualificada.

Pero, además, el proceso independentista no es pacífico, por más pacifista que se proclame. Se confunden muchos al comprobar que, en efecto, no existe violencia física ni se recurre a ella por parte del independentismo. Se confunden ignorando, o no queriendo ver, que existen muchas formas de violencia que sí utiliza conscientemente el independentismo. El insulto, la agresión verbal y la marginación de todo aquel que se oponga a la propaganda y los planes separatistas es algo que se ha practicado con inusitada violencia desde los tiempos del grupo terrorista Terra Lliure hasta hoy mismo.

Una prueba de esa violencia encubierta es el miedo que existe hoy a expresar públicamente cualquier idea a favor de España o lo español. Lo contrario, en cambio, está socialmente bien visto, como recordarán cuando Rubianes se cagó en la puta España. Podríamos hablar también de la violencia e intimidación (maltrato psicológico) que se ejerce sobre los niños desde la guardería para que no hablen español ni siquiera en el patio. Los dirigentes independentistas saben muy bien que están utilizando estos métodos de presión e intimidación en todos los niveles de la sociedad (no sólo en la escuela, sino en los medios de comunicación, el deporte, la cultura, las instituciones, etc.), mientras incumplen leyes y acusan a los demás de antidemócratas.

Pero el uso perverso de la democracia y la presión intimidatoria no son una prueba de irracionalidad, delirio o falta de pragmatismo, sino el resultado de un plan coherente y fríamente planificado. Los constructores e impulsores del independentismo han sabido muy bien analizar a la sociedad catalana. Con más de un 60% de hispanohablantes de origen español, que nunca vieron incompatible vivir en Cataluña o sentirse catalanes y pertenecer a España, era prácticamente imposible aspirar a la independencia. Para inclinar la balanza había que intentar desligar simbólica y emocionalmente al mayor número posible de esos ciudadanos de la idea de España y lo español. El instrumento más adecuado fue la inmersión lingüística.

Pero se necesitaba algo más. Había que ocupar todos los espacios sociales y culturales desde los que se pudiera expresar y hacer visible el rechazo a España y lo español, mostrar desprecio y desdén hacia cualquier forma de identidad e identificación que no fuera la catalana. Fue necesario emplearse a fondo durante más de tres décadas, con todo tipo de métodos y medios, para construir la oposición irreconciliable Cataluña-España. Alcanzada la hegemonía simbólica, discursiva y moral, y con todo el poder institucional en sus manos, los independentistas han logrado crear una corriente de opinión contra la que resulta muy difícil, arriesgado e incómodo oponerse.

Cuando nos sorprendemos del voto independentista sobrevenido es preciso recordar esta historia de propaganda e imposición antidemocrática y coactiva. No es el resultado del ejercicio del pensamiento, la información y la libre elección de los ciudadanos. El déficit democrático de base invalida los resultados, que serían muy distintos en una sociedad verdaderamente libre y democrática.

Pero hay más elementos que, analizados desde la perspectiva del independentismo, otorgan a este movimiento una lógica, racionalidad y pragmatismo que no podemos ignorar ni infravalorar.

La sociedad catalana está hoy dividida, como cualquier sociedad capitalista, en tres grupos: la burguesía acomodada, la clase media y la clase trabajadora. No son grupos homogéneos, ni económica ni culturalmente, pero sí marcan fronteras de desigualdad bastante comprobables: condiciones de vida, propiedad, poder, influencia, consideración social. Aunque el independentismo es uno, no todos los independentistas son iguales.

Si imaginamos una pirámide y situamos en la cúspide a los más ricos y poderosos y en la base a los trabajadores con pocos recursos, observamos que a medida que ascendemos aumenta el número de independentistas. Es fácil comprender que los más acomodados y parte de la clase media tienen un motivo convincente para apuntarse al independentismo: la independencia constituye un medio excelente para aumentar el poder, la influencia y el control social, ascender económica y socialmente y asegurarse un modus vivendi privilegiado. Digamos que la independencia es para todos ellos, de acuerdo a su nivel y ámbito de actuación, un buen negocio. Los de la base, a su modo y nivel, mucho más modesto, también asumen que con la independencia les irá mejor. Como son los que más han sufrido las consecuencias de la crisis, necesitan creer y tener expectativas de mejora, tanto para ellos como para sus hijos.

Podemos preguntarnos cómo es posible diluir todas las diferencias sociales y económicas hasta volverlas irrelevantes frente a la idea de una Cataluña independiente, cómo es posible que se unen en la misma lucha aquéllos que han sido sistemáticamente despreciados, explotados y engañados, con aquéllos que han hecho del robo y el desmantelamiento de los servicios públicos sus señas de identidad más visibles. Cómo es posible que los trabajadores y parte de la clase media se deje llevar por una minoría ambiciosa, insolidaria y corrupta. Podemos lamentarnos, pero no hay duda de que detrás de este éxito hay un plan, una lógica y una habilidad indiscutibles.

El Muy Despreciable
Vicente Torres  Periodista Digital 27 Septiembre 2015

Su título oficial es 'Muy Honorable' (escrito en la lengua común de todos los españoles y que él y otros que también son unos pájaros de cuenta quisieran borrar de la vida pública catalana), pero el honor se le cayó en algún sitio y no se dio cuenta, porque no le importa mucho.

Es despreciable por muchas cosas, entre otras por haber conseguido que los catalanes sean mal vistos en todo el mundo. Los catalanes decentes, que respetan las leyes y los procedimientos democráticos, son los más grandes perjudicados de todo. Ellos no atinado a defenderse de toda esta sucesión de disparates, quizá, o sobre todo, porque la clase política que aspiraba a representarlos es obscena, y también por el desinterés del resto de españoles.

Ha llegado el momento en que los productos catalanes cada vez se van a vender menos. La gente va tomando nota de las marcas blancas elaboradas por catalufos y las cadenas de distribución que se sirven de ellas van a notar que venden menos, etc.

Todo el tinglado que va a llevar a Cataluña a la ruina tiene su asiento en la ensoñación, la tergiversación y la mentira. Antonio Ubieto Arteta demostró que cuando Jaime I llegó a Valencia ya se hablaba valenciano, que adquirió la categoría de lengua mucho antes que el lemosín, de donde proceden todos, el mallorquín y el catalán.

Durante el reinado de Felipe V Barcelona tuvo un crecimiento espectacular. Durante la Guerra de Sucesión hubo catalanes en el bando de Felipe V y catalanes en el de el archiduque Carlos. También los hubo a favor y en contra Franco, que fue aclamado en Barcelona con más fervor que en ninguna otra parte. Y también fue durante el franquismo que la Ciudad Condal volvió a tener un crecimiento espectacular.

Cataluña se ha enriquecido gracias al resto de los españoles y se va a empobrecer a causa de una plaga de catalufos, entre los que tiene un sitio especial el Muy Despreciable.

TERTULIA POLÍTICA EN 'LASEXTA NOCHE' (LASEXTA)
Eduardo Inda pone a caer de un burro los cien días de los alcaldes populistas: "Son como la vieja castuza, nepotismo y enchufismo"
"La señora Carmena, ¿a quién elijo para el puesto de confianza de los tres millones y medio de ciudadanos que hay en Madrid? ¡A mi sobrino!"
Juan Velarde.  Periodista Digital 27 Septiembre 2015

Han pasado 100 días desde que los alcaldes populistas tomaran el poder en Madrid, Barcelona, Zaragoza o La Coruña. El programa ‘la Sexta Noche' analizó el 26 de septiembre de 2015 cuál ha sido el papel de estos ediles en estos más de tres meses en el poder.

Poco o nada han hecho en beneficio de sus ciudades salvo, en el caso de Madrid y Barcelona, enchufar y diestro a sus familiares -Carmena se pasa la ley por el arco de triunfo y 'ficha' como jefe de Gabinete al marido de su sobrina-.

Eduardo Inda, director de OkDiario, apuntaba que: En Madrid y Barcelona los primeros cien días de Manuela Carmena y Ada Colau se han caracterizado porque la inversión se ha frenado en seco y porque los inversores se están yendo. En Barcelona, por una sencilla razón, la señora Colau ha dicho que no se pueden hacer más hoteles y más alojamientos turísticos. Y en Madrid la ‘Operación Campamento', que iba a crear decenas de miles de puestos de trabajo, el edificio de la Plaza de España y la ‘Operación Chamartín, están empantanados porque este gobierno no quiere que se hagan.

Añadía que: En segundo lugar, si por algo se han caracterizado estos dos gobiernos que son los más significativos de la nueva legislatura es por el nepotismo, por el enchufismo, por la vieja política. Son como la castuza de toda la vida. ¿Qué hacen? ¿A quién elijo para el puesto de confianza de los tres millones y medio de ciudadanos que hay en Madrid? ¡A mi sobrino! La señora Colau, ¿a quién elijo para un cargo financiado por el Ayuntamiento de Barcelona? ¡A mi marido! Y la señora Maestre, la número dos de Carmena, la que manda realmente en el Ayuntamiento de Madrid, ¿quién es el mejor como número dos de la agencia tributaria municipal? ¡Mi papá, tracatrá!

EN AÑO Y MEDIO DE TERROR
El Estado Islámico ha matado a más de 10.000 personas
www.gaceta.es 27 Septiembre 2015

Los terroristas no distinguen entre militares, hombres, mujeres o niños. Muchos fueron obligados a emprender misiones suicidas.

Las cifras sobre el número de víctimas mortales provocadas por los terroristas del Estado Islámico son tan escalofriantes como los métodos que emplean para cometer los crímenes. El Observatorio Sirio para los Derechos Humanos ha detallado que en poco más de un año ya murieron 3.207 personas en Siria y unas 7.700 en Irak. Sin embargo, estos números no incluyen a los jóvenes que fueron obligados a cumplir misiones suicidas.

Sobre la situación en Siria, el organismo con sede en Londres ha precisado que 1.858 de las víctimas eran civiles y, de ellas, 98 eran mujeres y 76, menores de 18 años. Además, 906 eran soldados sirios, 239 formaban parte de las milicias rebeldes y 185, del EI.

Además: El Estado Islámico ejecuta a diez homosexuales

Irak vive un presente igual de trágico, pero con cifras mucho mayores. En este caso, el portal ha citado al Observatorio Iraquí para los Derechos Humanos para detallar que el Estado Islámico ya ejecutó a 7.700 personas desde junio del año pasado.

El lugar en el que hubo más muertes fue Mosul, donde perdieron la vida 2.100 personas. En Al Anbar, territorio que en mayo último cayó en manos del EI, mataron a 1.900; 250 fueron ejecutadas en Diyala, donde el grupo yihadista estableció su base de operaciones; y 110, en Kirkuk.

Al margen de las cifras, la violencia inusitada para cometer los crímenes es uno de los sellos distintivos de los terroristas que utilizaron el método de decapitación para eliminar a muchos de sus rehenes. Incluso, algunos fueron prendidos fuego vivos, mientras que a los homosexuales, en su mayoría, los arrojaron desde las alturas y a los que sobrevivían a la caída, los lapidaron.

Frente a esta situación, un informe del Centro Internacional para el Estudio de la Radicalización y la Violencia Política ha revelado que muchos yihadistas han desertado del grupo terrorista, muchos de ellos cansados de las sanguinarias ejecuciones, el trato brindado a los extranjeros y las promesas incumplidas de dinero y gloria.


******************* Sección "bilingüe" ***********************

Regenerar España para mantenerla unida
Jesús Cacho www.vozpopuli.com 27 Septiembre 2015

“No puede haber España unida si no se regenera”. La frase pertenece al líder de Ciudadanos, Albert Rivera, y ha sido pronunciada, en términos muy parecidos, en las varias entrevistas, una de ellas en Vozpópuli, concedidas por el mozo en los últimos días. Merece la pena resumir sus tesis, porque coinciden casi al 100% con las que viene defendiendo la línea editorial de este diario desde su fundación en 2011. “Lo que pasa en Cataluña es consecuencia de los problemas de España, y no al revés. Si no damos respuesta a las demandas de los españoles, los ciudadanos desconfiarán de las instituciones democráticas. Hay un fallo en el proyecto común y por eso la gente puede deslumbrarse con proyectos tribales, identitarios o populistas”, sostiene Rivera, que prosigue: “Estoy convencido de que cambiando España el independentismo se frenará. Cuando España ha funcionado bien, sólo un 25% de los catalanes ha apoyado la independencia. Ese porcentaje ha aumentado porque España no funciona. No puede haber España unida si no se regenera. Los españoles quieren unión, pero también cambio”.

Es el problema de la pobre calidad de la democracia española, del que tantas veces se ha hablado aquí. Y la aspiración de millones de españoles a eso que se ha dado en llamar “regeneración democrática”. Lo escribí hace muchos años en el diario El Mundo, cuando muchos de los actuales pregoneros del cambio aún andaban con el bolo colgando. Si el modelo de país que el centro ofrecía a las periferias se iba a basar en el estilo de vida practicado por los ricachones madrileños, a saber: las enormes casas de campo en los Montes de Toledo, las cacerías, los aviones privados, las señoras campanudas enseñando braga en Interviú al lado de un tipo con gabardina… entonces estaba claro que las periferias no iban a tener el menor interés por participar en el destino de una España que ya por entonces asistía al desprestigio de las instituciones, la colonización de la Justica por la política, el sometimiento de los medios al poder financiero, y la corrupción generalizada, a la cabeza de la cual se había colocado Su Majestad Juan Carlos I. Repasen “El Negocio de la Libertad”, año 1997.

Lo que no deja de ser alucinante, con ser todo ello cierto, es que sean los más corruptos de entre los corruptos, esos políticos catalanes acogidos a la marca Convergencia, agrupados bajo el manto protector de la famiglia Pujol, epítome nacional del robo, los que hayan decidido romper la baraja de esta España que no nos gusta. Solo en la España sin pulso, desprovista del vigor moral que distingue a los países acostumbrados a respetar la ley por encima de todas las cosas, es posible entender que el hijo político del señor Pujol, apenas encargado en origen de calentar el sillón hasta la mayoría de edad del auténtico hereu, Jordi Pujol Ferrusola, haya sido capaz de llevar Cataluña al borde del abismo cual exitoso flautista de Hamelin y que exista millón y medio largo de personas dispuestas a seguirle. Nada que decir de estas sinvergüenzas a estas alturas. Sólo reiterar el convencimiento de que en cuanto ese gran pueblo español de ciudadanos libres e iguales se aplique a la tarea de sacar el país del atolladero en que se encuentra forzando la regeneración de las instituciones, el independentismo será apenas un suflé recalentado que empezará a perder altura vertiginosamente.

Dos hitos para enmarcar la lenta agonía del régimen de la Transición y el nacimiento de un nuevo periodo histórico capaz de conducir a las nuevas generaciones hasta el año 2050: la abdicación de Juan Carlos I, en 2014, y el desafío del nacionalismo catalán a la Constitución, en 2015. Dos hitos, en realidad convertidos en uno solo por su cercanía en el tiempo, que marcan el arranque del proceso regeneracionista a lo largo de tres estaciones que hoy parecen muy claras: las elecciones al Parlamento de la Generalitat de Cataluña, convertidas en plebiscitarias por parte de quienes persiguen la secesión de Cataluña; las elecciones generales que tendrán lugar el próximo diciembre, en realidad una especie de segunda vuelta de las catalanas, en las que se va a dilucidar quién ocupará la presidencia del Gobierno durante los próximos 4 años, y la apertura de un proceso dizque constituyente en el que las nuevas Cortes deberán abordar la reforma de la Constitución del 78, que culminará con el correspondiente referéndum consultivo a la nación y, presumiblemente, con nuevas elecciones generales.

Hacia la reforma constitucional
Son esas elecciones generales, y no la borrasca que hoy alcanza su clímax en Cataluña, lo que de verdad preocupa a los mercados, a los inversores, a los poderes económico-financieros y a la clase política entera, a la vieja y a la nueva, a los partidos tradicionales que se juegan su supervivencia en el envite, y a los recién llegados que aspiran a conquistar el poder. Porque la próxima legislatura, textual o implícitamente, tendrá la sustancia de “constituyente” sean muchas o pocas las reticencias del PP al asunto, o las alianzas que puedan establecerse para formar Gobierno en diciembre. El PSOE está claramente en esa deriva, planteando una revisión del Título VIII (De la Organización Territorial del Estado) de la Constitución con un listado completo de las competencias exclusivas del poder central y otro de los llamados “hechos diferenciales”. En el PP nadie duda ya de la inevitabilidad de ese proceso, una inminencia forzada por el intento de golpe de Estado nacionalista. No desde luego el lenguaraz Margallo, que se ha puesto al frente de la manifestación no se sabe si mandatado por su amigo Mariano, o simplemente porque el pavo tiene agenda propia y aspira a algo más que a dirigir Exteriores. Hasta el más lego sabe hoy que es difícil, por no decir imposible, imaginar a un armario ropero como Rajoy dirigiendo la orquesta de la reforma constitucional al frente del Partido Popular.

Mucho menos desde La Moncloa. Un problema que Rivera puede resolver de un plumazo, obligando al PP a cambiar de caballo, es decir, a nombrar a otro candidato a la presidencia del Gobierno tras las generales. Esa parece hoy una condición inexcusable para que Ciudadanos apoye una opción de Gobierno de centro-derecha, si los resultados electorales hicieran posible la combinación. “Es necesario cambiar la Constitución para regenerar España. Pero no nos engañemos: a Mas y a Junqueras no los vamos a contentar nunca, no hay margen en la Constitución para contentarles. El debate sobre las singularidades, la nación o la identidad está equivocado. Lo importante es si vamos a tener un sistema de financiación para garantizar los servicios en todas las comunidades. Y ahí hay una parte de los catalanes que se considera agraviada, cosa que puedo entender porque soy catalán, aunque no quiera privilegios ni siquiera para mi tierra”. Arreglar el gran lío de la financiación autonómica, cierto, pero también y sobre todo volver a entronizar la separación de poderes, devolver la independencia a la Justicia, hacer una ley eficaz de financiación de los partidos, abrir las listas electorales… Es decir, abordar la reforma constitucional no para contentar a los catalanes agraviados, sino para mejorar la calidad de vida democrática de todos los españoles.

En el marco ciertamente excepcional que vamos a vivir en los próximos meses, lo que hoy se vive en Cataluña no pasa de ser una aparatosa tormenta de verano con mucho aparato eléctrico. El ruido y la furia. Ortega, citado por Eligio Hernández, ex FGE, este jueves en Vozpópuli, dejó escrito que “un Estado en decadencia fomenta los nacionalismos, y que un Estado en buena ventura los desnutre y reabsorbe”, también que “el nacionalismo es el hambre de poder templada por el autoengaño”. Entre el polvo de ese gigantesco fuego fatuo se perfila en Cataluña un panorama político muy distinto a partir de mañana, marcado por la recomposición del centro-derecha sobre las cenizas de Convergencia, un partido que hoy es un cadáver al que la familia Pujol debería dar cuanto antes cristiana sepultura. Mas es un líder amortizado con riesgo de convertirse en un apestado al que algunos, gente de la patronal Foment, gente incluso en Madrid, todavía quieren rescatar -lo cuenta hoy aquí Federico Castaño- con el argumento de que “con él siempre será más fácil llegar a algún tipo de entendimiento con Madrit”, cuando lo que habría que hacer es ponerlo a la sombra durante una buena temporada, para que pudiera escribir sus memorias con tranquilidad.

Riesgo de “batasunización” en Cataluña
Muerto el perro, el 28-S marcará el inicio de una dura pelea por hacerse con el liderazgo de ese horror de izquierda nacionalista y comunistoide que se ha adueñado de Cataluña. No son pocos los que creen que a Junqueras se le ha pasado el arroz, achicharrado por tanta obscena vecindad con la corrupción de CDC y del propio Mas, y que la estrella ascendente en el firmamento independentista es el estrepitoso Romeva. Pablo Iglesias, el jefe de la cosa Podemita, daba esta semana algunas pistas: “Junts pel Sí es la lista del señor Mas, y creo que el problema es lo que representa CDC. Si se rompiera Junts pel Sí, y las personas de izquierdas de esa candidatura se alejaran de Mas y de CDC, la hoja de ruta viable sería hacer presidente a Rabell. Sería bonito ver cómo los diputados de ERC, de la CUP y el PSC apoyan a Rabell”. Lo de Franco Rabell, que tales son sus auténticos apellidos, cabeza de la lista que patrocina Podemos en Cataluña, no pasa de ser una ensoñación más del fundador de Pablemos.

Lo que sí entra dentro de lo posible es que la izquierda catalana, con los restos del naufragio de CDC, tire de una vez a Mas al cubo de la basura y se alce con una alternativa revolucionaria dispuesta a lanzar un envite serio, este sí, esta vez sí, al Estado, ante lo cual el Estado, esta vez sí, esta vez también, no tendría más remedio que hacer valer el imperio de la Ley mediante el uso de la fuerza si fuera preciso. Como el 14 de abril de 1931 con Francesc Macià. Como el 6 de octubre de 1934 con Lluís Companys. Y con los Cambó corriendo a Burgos a pedir auxilio. La historia revisitada. Como dijo Manuel Azaña, en Cataluña la historia no sólo se repite, sino que empeora. De momento, el movimiento independentista va a alcanzar hoy su catarsis, su día de gloria, recogiendo los frutos de 30 años de calamitosa siembra por parte de los Gobiernos de Madrid, años culminados por la presidencia del indigente Zapatero y del pusilánime Rajoy. A partir de mañana, el suflé nacionalista irá perdiendo arboladura en espera del resultado de las elecciones generales de diciembre, la carta en la que todos nos lo jugamos casi todo. La carta de la regeneración democrática.

Gente que vive fuera (ayer, en Pamplona)
Santiago González El Mundo 27 Septiembre 2015

Como bien ha dicho Eduardo estoy en esta mesa en representación de Libres e Iguales para presentar Gente que vive fuera. La película, que pueden ver después, reúne los testimonios de cuatro intelectuales catalanes que hacen honor a su condición: Félix de Azúa, Albert Boadella, Federico Jiménez los Santos y Xavier Pericay. Los tres primeros viven hoy en Madrid y el cuarto en Mallorca. Abre el duelo Azúa, que junto a Jiménez Losantos, fue el primero en renunciar a la Cataluña en la que habían vivido. Jiménez Losantos fue víctima de un atentado de Terra Lliure en 1981.

Félix de Azúa escribió en 1982 un durísimo artículo que llevaba por título 'Barcelona es el Titanic', cuyo último párrafo abre la ronda de testimonios de este documental:

Dentro de poco esta ciudad parecerá un colegio de monjas, regentado por un seminarista con libreta de hule y cuadratín de madera, a menos de que las capas más vivas de la ciudad salgan de su estupefacción. Jaime Gil, en un célebre poema, habla de "estos chavas nacidos en el Sur" despreciados por sus patronos. "Que la ciudad les pertenezca un día", grita bíblicamente, con un gesto de horror hacia la patronal que él tan bien conoce. Pero la astucia de los poderosos nos está devolviendo la misa de doce en Pompeya, el paseo por la Diagonal, el verano en S'Agaró y la esquiva mirada de un proletariado tiznado de hollín espiritual."

Nacionalismo y exilio son una misma cosa. Como nacionalismo y xenofobia o nacionalismo y exclusión. La división y el ensimismamiento constituyen su esencia y su razón de ser. Lo primero que hace el nacionalismo en sus respectivos ámbitos de actuación es introducir elementos de división y de ruptura. En Euskadi tuvimos una experiencia durante aquella desdichada aventura que su autor bautizó con su propio nombre: El Plan Ibarretxe. Aquello partió por dos las mesas de comedor de las familias vascas, exactamente igual que la deriva soberanista de Artur Mas al frente de su partido ha conseguido en Cataluña.

En Gente que vive fuera hay cuatro testigos de excepción. Todos ellos hablan de sus rupturas, de las comidas familiares a las que poco a poco se deja de asistir, las cenas de Navidad que registran ausencias en sus últimas convocatorias.

Hablaba de la habilidad nacionalista para la división y la ruptura. No sólo la ruptura con el Estado. También de las sociedades, de las familias. Polonio Mas ha roto una coalición de 37 años, que había permanecido unida 37 elecciones locales, autonómicas, generales y europeas. Siempre con el mismo 3%, qué fidelidad a un estilo, quė admirable coherencia.

Un ejemplo: La Diada era una pequeña superchería histórica que celebraban todos los partidos catalanes. Llega Mas, el increíble hombre menguante, hace de ella un acto partidista y se acaba la unidad.

Eso lo habíamos conocido antes en el País Vasco. El domingo de Pascua de 1977 se celebró por primera vez legalmente el Aberri Eguna, el Día de la Patria. Fue en la Pascua de 1882 cuando Luis Arana Goiri le abrió los ojos a su hermano Sabino y le hizo saber que no era español. Ese es el origen y el motivo de la conmemoración..

El Aberri Eguna aquel fue una manifestación unitaria y grandiosa. Tanto, que el Partido Nacionalista se desconcertó. Aquel mismo año crearon otra fiesta, el Alderdi Eguna (Día del Partido) el último domingo de septiembre, para estar por fin a solas con sus cosas.

Me van a permitir que defina un arquetipo: Gerard Piqué, que apoya la causa de la independencia sin renunciar a la selección española. Hay una creencia que viene de antiguo. Su autor fue un escritor catalán que vivió en la primera mitad del siglo XX. Se llamaba Francesc Pujols y fue secretario del Ateneo barcelónés cuando lo presidía Pompeu Fabra. En 1918 publicó un libro titulado 'Concepto General de la Ciencia Catalana' en el que sostiene que los catalanes son seres de excepción por el hecho de ser hijos de la tierra de la verdad. "Porque serán catalanes, todos sus gastos, donde vayan, les serán pagados. [...] y se les ofrecerá el hotel, el más preciado regalo que se le pueda hacer a un catalán cuando viaja. Al fin y al cabo, y pensándolo bien, más valdrá ser catalán que millonario".

Piqué, y en general los jugadores del Barça consideran compatible aceptar la pitada al himno nacional y al Jefe del Estado en la final de la Copa que este patrocina, de ahí su nombre, con participar en la liga española, ganar la Copa del Rey al que abuchean y jugar en la selección española , llamémosle la Roja. Es ponerse moreno caminando por la sombra, una habilidad catalana que no es privativa de futbolistas.

Más cree que después de la independencia España seguirà pagando las pensiones y se hará cargo de la deuda catalana. La ha desarrollado con virtuosismo el propietario de La Vanguardia,: empujando la causa con sus medios mientras un Rey profesional le nombraba Grande de España. Ya lo dijo Jon Juaristi hace muchos años: no es que renuncien a ser españoles. Quieren ser españoles de primera. Todos son como Francesc Pujols: todos los gastos pagados. Raül Romeva le decía al periodista de la BBC hace dos semanas: es que yo soy español. Lo mismo que Junqueras al ministro Margallo. Sólo los españoles de verdad renuncian a ser españoles. Fernando Trueba, un suponer, pero esa es otra historia.

O mejor dicho, es la misma historia. No hay un problema catalán o un problema vasco, pero no es algo que piense desarrollar aquí y ahora. Hay en realidad un problema español. Nuestros nacionalismos serían anecdóticos si no fuera porque han sido los guías políticos y espirituales de la política española, más de la izquierda que de la derecha, aunque ideológicamente, según los esquemas de la política clásica, el nacionalismo se alinearía más con la derecha.

Veamos un ejemplo. El término 'facha', que es una descalificación total en la España presente. ¿Qué es un facha para un joven militante de Izquierda Unida o de Podemos? Alguien que proclame ser partidario de la Unidad de España y considere que el Estado tiene que aplicar todos los recursos de la Ley en derrotar al terrorismo. El PNV, que se sustenta en la ideología más reaccionaria que hoy campa por España, es la biblia del progresismo.

Y esto no es de ahora. Permítanme que les cuente una anécdota personal que me parece ilustrativa. En la segunda mitad de los años ochenta una persona muy allegada estuvo unos meses en el CSIC en Madrid, haciendo un stage mientras escribía su tesis doctoral. Me contó que solía almorzar en compañía de las personas que trabajaban en el Departamento en el que ella estaba, gente de izquierdas, amable y encantadora. Un día, cuando ya llevaba diez o doce allí, contó a sus comensales que "cuando yo militaba en el PCE...", lo que difundió una agradable sensación entre ellos.

"¿Tú has estado en el PCE?" preguntó su vecina y cuando ella respondió afirmativamente, la mujer se esponjó, se aflojó la faja y le confió: "Es que como decías esas cosas del PNV pensábamos que eras 'facha'".

Hablar del exilio me parece una osadía teniendo en cuenta que en esta mesa hay alguien tan cualificado por la experiencia como mi amigo Mikel Azurmendi, pero sí me gustaría decir algo. El nacionalismo segrega de manera natural la xenofobia, la división, el rechazo al otro y su consecuencia natural, que es el exilio..

Mi querido Joaquín Leguina tuvo a bien enviarme esta semana un ensayo propio elocuentemente titulado 'Charnegos', un artículo largo publicado en la revista 'El Siglo'. Ofrece en él algunos datos sociológicos muy interesantes sobre la segunda gran oleada migratoria que ha conocido España. Los elementos que destaca ya se podían observar en la primera, la que se produce entre los siglos XIX y XX con motivo de la Revolución Industrial y el efecto que produce en sociedades cerradas, conservadoras y apegadas a un estilo de vida muy tradicional, la llegada de oleadas masivas de inmigrantes que iban a trabajar en las minas y en las fábricas de nueva planta.

Los fugitivos de la geografía del hambre que vienen a instalarse a Bilbao y a Barcelona son elementos necesarios para el progreso económico de sus empleadores. Pero son parias y recibidos por los autóctonos con una mezcla de desconfianza y desprecio. Son los maketos en el País Vasco, los xarnegos en Cataluña. Maketo quiere decir 'extranjero' en euskera, pero es una palabra marcada que lleva implícita una carga peyorativa.

Oigan a título de ejemplo un delicioso aurresku de la época. Sabiniano puro: "Aurresku fue/ la danza que triunfó/ en las nobles y sencillas/ romerías del país./ Sin maketos, chulapos despreciables,/ ni pianos de manubrio,/ ni nada de inmoral./ Sin codearse con odiosos criminales que siempre van provistos del mísero puñal./ Allí bailaba el euskaldun de raza viril,/ mostrando bien su agilidad,/ al son del txistu y del tamboril."

La segunda revolución democráfica transcurre durante el desarrollismo que se produce entre finales de la década de los 50 y mediados de los 70, cuando se empiezan a conocer los efectos de la gran crisis económica. Los maketos, también llamados 'coreanos' vienen a multiplicar casi por dos la población del País vasco,que se incrementa en más de 900.000 personas, según había explicado Fusi.

Es un hecho que durante el franquismo, el desarrollo industrial se concentra en tres focos muy principalmente: Cataluña, el País Vasco y Madrid, los tres grandes núcleos industriales de España.

Cuenta Leguina en el escrito que les digo que entre las fechas indicadas, la población catalana creció un 71%, la vasca en 89% y la de Madrid en un 119%. Hay dos sociedades en que estas avalanchas migratorias producen reacciones adversas, y una, precisamente la que más inmigrantes recibe, en la que no se dan esas muestras de rechazo. Las dos primeras tienen un fuerte componente nacionalista. La tercera, no. Es el Madrid, rompeolas de todas las Españas machadiano, esa ciudad en la que nadie es forastero, como dice justamente el eslogan.

Este es un hecho muy interesante, porque el nacionalismo interpreta los datos con dos varas de medir, como suele. La industrialización de Madrid es un efecto del centralismo franquista. El mismo fenómeno en Euskadi y Cataluña es una añagaza del franquismo para desvirtuar sus esencias, para estropear el brillante espectáculo del euskaldun de raza viril con su aurrresku y el catalán industrioso con su sardana.

Arcadi Espada escribió hace tres años una columna muy pertinente sobre la película de José María Forn 'La piel quemada' una muy aceptable muestra de neorrealismo español. Tal como la cuenta un admirado Espada:

"No daba crédito a lo que estaba viendo, de bueno que era. Va de uno de Guadix que trabaja en Lloret, en la construcción, uno de esos hombres poco hechos al decir del Pujol racista y que ¡sin embargo! se está acostando con una belga imponente mientras su mujer y los niños viajan en tren para reunirse con él. Al andaluz le da vida Antonio Iranzo. Ella es Marta May: En medio están los catalanes. Unos catalanes asombrosos, olvidados. Mitad honrados, mitad hijos de puta. En estos tiempos heroicos ver un catalán hijo de puta impacta mucho. Pero el gran acierto moral de Forn es repartir a ambos lados de la lucha de clases. Quiero decir que entre los de Guadix se da la misma proporción que entre los catalanes: aprovechando que la belga duerme su sueño de alcohol y sexo, otro espabilao de la cuadrilla le vacía medio apartamento y la cartera.

Todo es complejo, irritante, estereofónico: es la película que jamás podría producir, que no ha producido en sus estériles treinta últimos años, el sistema comunicativo catalán, bobo y corrompido.

La película suda futuro. Baste decir que un sabio catalán al paso de la virgen con sus hijos prorrumpe: "¡Estos niños serán más catalanistas que yo!". Antes otro catalán, éste hijo de puta, va pagando la semanada a los de Guadix. Mientras le da el sobre se le medio mea encima a uno, porque se llama García, "on vas a parar dient-te Garsia". El 25 de noviembre los García (primer apellido de Cataluña, honra y prez), decidirán el futuro de la nación."

Cualquier cineasta que leyera tantos y tan argumentados elogios sobre una película suya de hace 45 años llamaría al columnista para darle las gracias, invitarle a comer etc. Josep Maria Forn le escribe una carta a Espada con el siguiente texto:

"No acostumbro a leer El Mundo por higiene mental, pero avisado por unos amigos, leí la columna que usted le dedicó el pasado día 6 de noviembre a mi película La piel quemada. Le agradezco los elogios que hace de mi obra, pero querría hacerle algunas puntualizaciones a sus comentarios.

El "Pujol racista" como usted lo califica, y al que sus discípulos de Ciutadans atacan desaforadamente, fue una de las primeras personas que en el año 1967 elogió la película, y la ha citado en muchas comparecencias públicas. La última, el mes de marzo de este año al hacerme entrega del galardón "Memorial Paco Candel", precisamente por La piel quemada. Por cierto, señor Espada, ¿se acuerda de Paco Candel? [Faltaban aún dos años para que este héroe civil del cineasta Forn confesara que durante todo su mandato, 23 años, había venido defraudando, robando a la Hacienda española, que somos todos y que tenía en Suiza un capitalito de origen aun no esclarecido]

Califica de "hijo de puta catalán" al personaje de la película, que interpreta muy bien, por cierto, el desgraciadamente desparecido Castillo Escalona. Este personaje, lo creé yo al escribir el guión, llevado por mi fervor "neorrealista" de aquellos años. Intentando dar visibilidad a un personaje que conocí en los duros años de la posguerra: los pagadores de obra. Figura necesaria en una época en que se pagaba por semanas y se trabajaba el sábado. A este personaje de ficción, usted, Sr. Espada, lo puede calificar como quiera, yo que soy su padre literario lo considero un pobre desgraciado, víctima del sistema, que como explica él mismo trabaja 70 horas a la semana y mientras paga descarga su mal humor habitual, diciendo a los inmigrantes las mismas cosas que hoy dice el alcalde del PP en Badalona.

Usted también califica de "hijo de puta español" entre otros, a un personaje de Guadix, que por encargo del latifundista andaluz de turno, va escogiendo jornaleros a los que aquel día le dará trabajo y que, por tanto, cobrarán una miseria de salario. Los no escogidos no podrán trabajar y, por tanto, no comerán ni ellos, ni sus familias.

Ambos personajes son peones utilizados por el poder económico pero en los años sesenta los andaluces, los extremeños, los murcianos, venían a Cataluña porque aquí cobraban unos salarios que les permitían malvivir, mientras que en sus lugares de origen se morían de hambre. Esta problemática, creo que queda muy clara en la película cuando después de la bronca en la taberna, el personaje de Antonio Iranzo se queja de su precaria situación social diciendo: "pero yo prefiero a estos señoritos -se refiere a los catalanes- que por lo menos trabajan, a los de mi tierra, muy finos, muy dicharacheros, que no dan golpe y cuando te ven muriéndote de hambre te dicen: con Dios hermano".

Un último comentario a su columna. Si ahora escribiese el guión cambiaría la frase del habitante de Lloret de Mar que al referirse a la familia inmigrante que llega al pueblo comenta: "Y los hijos de estos serán más catalanistas que yo". Hoy lo escribiría así: "Y los hijos de estos serán más independentistas que yo".

Conozco a muchos "Garcías", como usted los denomina, a sus hijos y a sus nietos, que se han integrado en Cataluña. Muchos de ellos el día 25 de noviembre irán a votar, y creo que su voto, a usted señor Espada, no le gustará.

Cordialmente, Josep Maria Forn

A mí esta respuesta me impresionó mucho, pero transparenta los prejuicios de los nacionalistas y su imprescriptible superioridad moral: Nuestros hijos de puta son mucho más decentes que los españoles, dónde vamos a comparar.

El viaje a ninguna parte
Pedro J. Ramírez El Español 27 Septiembre 2015

Puesto que tras la lectura del “libro negro” de Jordi Pérez Colomé el género periodístico que merece ser tomado más en serio en Cataluña es el humorístico, y como no hay dos sin tres, sigamos el viaje que iniciamos con el ¡Cu-Cut!, continuamos con L’Esquella de la Torratxa y hoy nos lleva a recalar en El Be Negre -a la vez la oveja negra y el bien negro-, brillantísimo semanario satírico afín a Acció Catalana, el partido de los intelectuales nacionalistas durante la Segunda República.

Detengámonos en concreto en la portada del número del 4 de enero del 34 -diez meses antes de la declaración de independencia de octubre- y fijémonos en el chiste incrustado en la quinta y sexta columnas, dedicadas al nuevo gobierno de la Generalitat que se formó tras la muerte de Maciá. El ujier del palacio de la plaza de San Jaime recibe a Companys con una pregunta: “Ja es bé catalanista, senyor Companys?”. Y el nuevo presidente le responde: “Més que no era mariner quan vaig ésser ministre”.

be2Obsérvese que lo que el funcionario pregunta no es si el nuevo líder de Esquerra se ha hecho “separatista” o ni siquiera “nacionalista”, sino tan sólo si es ya lo suficientemente “catalanista” como para entrar por esa puerta. Y que Companys le contesta que “más o menos como era marinero cuando fui ministro”, aludiendo a que durante el verano anterior, en el tercer gobierno presidido por Azaña, había ocupado la cartera de Marina.

Sin esa reticencia generalizada que rodeaba al político logrero y oportunista, comparado siempre en desventaja con el padre de la patria difunto, no se comprende bien su delirio del 6 de Octubre al proclamar el “Estado catalán dentro de la -inexistente- República Federal Española”. Sus pretextos eran tan nimios como que el nuevo gobierno de Lerroux incluía tres ministros “involucionistas” de la CEDA y que el TC de entonces había tumbado la Ley de Contratos de Cultivo. Algo equivalente a la mala relación de estos años con el PP y a la frustración por la sentencia del Estatut.

Poca cosa desde una visión amplia. Por eso hay que centrarse en el factor humano. De hecho las primeras palabras que Companys masculla más que pronuncia tras la arenga del balcón, al volver al salón de Sant Jordi, parecen la continuación del chiste: “Ja està fet! Ja veurem com acabarà! A veure si ara també direu que no soc catalanista!”.

Con ese “a ver si ahora también diréis que no soy catalanista” parece estar midiéndose cada día Mas desde que inició la huida hacia adelante para separarse tanto de la fétida sombra de Pujol como de la memoria de aquel muchacho ambicioso y desideologizado a quien en el colegio Aula todos llamaban Arturo. Igual que Companys trataba de emanciparse del legado de Maciá y del recuerdo del abogadillo laboralista al que los compañeros de UGT llamaban Luis.

Podríamos continuar con el paralelismo preguntándonos si el papel de Dencás que se escapó por la alcantarilla, abandonando en su huida una barba postiza, lo desempeñará esta vez Quico Homs o algún gerifalte de la ANC. Pero más que en los comparsas, el mimetismo está en el ambiente. Y de nuevo la portada de El Be Negre nos lo explica todo al mostrarnos, en fecha tan próxima ya al cataclismo como el 19 de septiembre, a dos visitantes del Observatorio Astronómico del Tibidabo, atónitos ante el gran telescopio que apunta a un cielo cuatribarrado en el que brilla, solitaria, la estrella independentista: “Com ha crescut aquesta estrella en poc temps!”.

be1¡Sí, cómo había crecido, cómo ha crecido ahora, esa estrella en poco tiempo y de la misma manera! Hoy como entonces las instituciones del Estado, emanadas de un Estatuto de Autonomía aprobado por las Cortes, sirven de palanca política y catalizador emocional de un nuevo intento de destruir a ese Estado. Y ahí está la sonrisa de Mas en el balcón del ayuntamiento, idéntica a la del Nou Camp el día del himno, regodeándose de nuevo ante la humillación de un símbolo de la legalidad de la que proceden sus poderes. Solo un gobierno de cabestros políticos como el que tenemos en Madrid ha podido consentir que lleguemos a este punto.

“Tot plegat semblava un somni…”, escribió en sus memorias el gran jurista Amadeu Hurtado al describir los sucesos del 6 de octubre. Sí, todo junto -el balcón, la arenga, el bando, la independencia…- parecía un sueño que enseguida se trocó en pesadilla cuando Lerroux declaró el estado de guerra y el general Batet desplegó unos cientos de hombres para sofocar la sublevación. “Señor ministro, acuéstese, duerma y descanse”, le dijo al titular de Defensa Diego Hidalgo. “Ordene que le llamen a las ocho… A esa hora todo habrá terminado”.

Y así fue una vez que los escamots que defendían la Generalitat salieron despavoridos. “A estos, una zurra en el culo y a dormir”, escribió el comunista Rafael Vidiella en el número de noviembre de la revista Leviatan. Pocos días después Companys daba por hecho que sería condenado a la pena capital: “Es que si no me la piden, me estafan”, le dijo a su abogado Ossorio y Gallardo.

Ahora también toca frotarse los ojos con incredulidad al repasar el itinerario surrealista que nos ha colocado ante unas elecciones en las que los sondeos pronostican el triunfo rotundo de quienes amenazan con declarar igualmente la independencia por las bravas: aquel “aprobaré el Estatuto que venga de Cataluña”, desmentido lógicamente por la flagrante inconstitucionalidad del texto; aquella absurda demora de cuatro años del TC para llegar a las conclusiones obvias; aquella requisitoria de Pacto Fiscal de Mas bajo amenaza secesionista; esas Diadas multitudinarias, orquestadas desde la Generalitat con las pautas de los regímenes totalitarios; ese referéndum ilegal, celebrado en abierto desafío a la resolución del Constitucional, ante la pasividad de Rajoy; esta nueva convocatoria electoral en la que los que dicen “no” a la legalidad democrática para separarse de ella, se declaran “juntos por el sí”; esta patética campaña en la que la mentira ha sido la verdad y el odio, el amor…

En efecto, “tot plegat sembla un somni”. ¿Cómo hemos podido llegar a la tesitura actual cuando el independentismo dentro de un Estado que ha cedido ya gran parte de su soberanía a la Unión Europea, para adaptarse a las reglas y tamaños de la era de la globalización, resulta un anacronismo ridículo y sin sentido? Sólo la catadura y circunstancia de los actores lo explica. Mas ha resultado ser un frívolo aventurero sin escrúpulos que ha huido así de rendir cuentas sobre la corrupción maremágnum del clan Pujol y la quiebra técnica de la Comunidad Autónoma que ha presidido. El iluminado Junqueras y el trilero Romeva han resultado ser sus perfectos compañeros de viaje y los fanáticos supremacistas de la ANC y Omnium, su fuerza de choque.

Pero más dañina que su etiología es la de quienes están enfrente. Unos reprochan a Rajoy que no haya blandido ninguna zanahoria, otros que no haya hecho asomar al menos la punta de algún palo. Lo cierto y terrible es que la derrota electoral de las propuestas constitucionales que su mayoría absoluta le obligaba a liderar lleva camino de producirse después de cuatro años de incomparecencia y dos semanas de confusión con goles clamorosos en propia puerta.

Y es que al cabo de toda una legislatura meramente contemplativa, sin iniciativa política alguna, sesteando de manera crónica con el pretexto de no alimentar la espiral soberanista, el jefe del Gobierno y el ridículo pavo real que tiene como ministro de Exteriores han dado un grotesco bandazo, aceptando durante la campaña jugar el partido en el terreno de sus adversarios. Eso es lo que ha ocurrido cuando Rajoy se ha puesto a divagar sobre si los catalanes perderían o no la nacionalidad española -lo que para ZP era “discutido y discutible” parece para él ignorado e ignorable-, dando la misma lacia imagen que aquella noche en Veo 7 cuando me dijo que no entendía su escritura. Eso es lo que ha ocurrido cuando el PP se ha dirigido en un video exclusivamente en catalán -toma inmersión- a una comunidad bilingüe. Y sobre todo eso es lo que ha ocurrido cuando el gallo Margallo no sólo se ha avenido a debatir con Junqueras, máximo aspirante a presidir la soñada República Catalana, como si la tele de Godó fuera el Consejo de Seguridad de la ONU, sino que ha sido capaz de plantear el símil argelino, regalándole a su rival el argumento de que Cataluña es un territorio pendiente de descolonizar. ¡Mare de Déu!

La noche anterior a la declaración unilateral de independencia Azaña, que había pasado a la oposición y se encontraba en Barcelona, advirtió al conseller de Justicia Lluhí de lo que podría ocurrirles: “No sabrían ustedes qué hacer con su victoria… Todos los resortes del Estado funcionarían de manera automática… No durarían ni dos horas”. A eso es a lo que sin duda se refería el otro día el exquisito Xavier Corberó cuando auguraba a María Marañón que “esto terminará mal a nada que vaya bien”.

Lluhí replicó a Azaña que lo que se avecinaba era “una demostración pacífica” y que “todo pasaría de manera alegre y sin choques”. También le desveló sus cartas: “Luego cederemos unos y otros. Aquí tendremos que ceder… en Madrid también cederán y todo pasará en paz”. O sea lo mismo que sotto voce repite hoy el entorno de Mas.

Los hechos dieron la razón a Azaña. En sus memorias de aquellos años, certeramente tituladas La pequeña historia de España pues durante toda la Segunda República la grandeza brilló por su ausencia, Lerroux presenta el pulso con Companys como una cuestión de testosterona: “Pudo inmortalizarse él, si hubiese tenido…lo que le falta. O pude inmortalizarle yo, si me hubiese faltado lo que me sobra”. Cambó, opuesto al balconazo, rebaja varios grados la dimensión del conflicto: “No fou més que una gran criaturada”, escribirá a los pocos meses.

Pues ahí vamos: de chiquillada en chiquillada hacia la gamberrada final. Pero si en aquel momento convulso en el que hasta fallaban los teléfonos, funcionaron los “automatismos del Estado”, esta vez -con cada escena televisada en directo- ocurriría lo mismo, con la diferencia de que, en lugar del estado de guerra, se aplicaría el artículo 155 de la Constitución y en lugar de un par de tanquetas, bastaría con mandar a la Generalitat la nota de prensa de la Unión Europea respaldando nuestro orden constitucional.

A ese guión es al que debería haberse ceñido el Gobierno en lugar de fantasear sobre “corralitos”, tasas de paro y una Liga sin el Barça. Nada de eso sucederá porque la guerra de Troya no tendrá lugar. Hay líneas rojas que no se pueden cruzar sin que se dinamiten los puentes. Ni siquiera Rajoy podría aceptar una declaración de independencia -o sea la destrucción de España- sin suspender de inmediato la autonomía de Cataluña, con el respaldo abrumador de la opinión pública y la comunidad internacional. Una UE cargada de corsos, bretones, bávaros y lapadanos no va a admitir jamás un precedente que la corroería mediante el efecto contagio desde su flanco sur.

He aquí la única certeza: sea cual sea el resultado de este domingo, el independentismo catalán está inmerso en un viaje a ninguna parte, condenado a eternizarse como aquellos interminables trayectos de los renqueantes tranvías de la Barcelona de hace un siglo, en los que, según las bromas de L’Esquella de la Torratxa, de los mayores sólo quedaba el esqueleto, a los jóvenes les crecían luengas barbas, los conejos se reproducían por doquier y hasta el más pequeño cactus se hacía gigantesco, pero nunca se llegaba al destino deseado.

NO IMPORTA LA MAYORÍA
¿Qué se puede negociar con Mas? ¿Nada es demasiado?
Pascual Tamburri www.elsemanaldigital.com  27 Septiembre 2015

Los depositarios de la soberanía nacional son custodios de principios innegociables. Ni por riqueza, ni por partido, es aceptable hablar de trocear España.

El 23 de enero de 2013, el Parlamento de Cataluña aprobó una Declaración de Soberanía, promovida por el Gobierno presidido por este mismo Artur Mas. Técnicamente, allí empezó lo que estamos viviendo estos días, la pretensión soberana e independiente de las instituciones catalanas. Sin embargo, aún nadie ha respondido institucionalmente a este proyecto, y el Gobierno de España se ha limitado, una vez más, a zalamerías y complacencias con los enemigos de la Patria y de su libertad. Antes de que lleguemos a lo peor, conviene dejar muy claros algunos conceptos.

a. No es una cuestión jurídica ni constitucional. "El Tribunal Constitucional, en su sentencia del 25 de marzo de 2014, ha declarado inconstitucional y nulo el principio primero de la declaración Soberanista del Parlamento catalán, según el cual el pueblo de Cataluña tiene, por razones de legitimidad democrática, carácter de sujeto político y jurídico soberano. El TC considera que este principio vulnera los artículos de la Constitución 1.2 (que declara que la soberanía reside en el pueblo español, del que emanan los poderes del Estado) y 2 (que establece que la Constitución se fundamenta en la indisoluble unidad de la Nación española, patria común e indivisible de todos los españoles), así como los artículos 1 y 2.4 del Estatuto de Autonomía de Cataluña, que establecen que Cataluña ejerce su autogobierno y la Generalitat sus poderes de acuerdo a la Constitución Española. En dicha sentencia, los magistrados del Tribunal Constitucional acuerdan por unanimidad que en el marco de la Constitución, una Comunidad Autónoma no puede unilateralmente convocar un referéndum de autodeterminación para decidir sobre su integración en España". España no es una porque lo diga la constitución vigente sino que, al revés, ésta dice eso porque España es el único sujeto soberano y lo es desde antes de toda constitución.

b. Sólo hay una soberanía. "El reconocimiento al pueblo de Cataluña de la cualidad de soberano, no contemplada en nuestra Constitución para las nacionalidades y regiones que integran el Estado, resulta incompatible con el artículo 2 de la Constitución Española, pues supone quebrar por su sola voluntad lo que la Constitución declara como su propio fundamento en el citado precepto constitucional: ´la indisoluble unidad de la Nación española´. Los doce magistrados del TC señalan que si en el actual ordenamiento constitucional solo el pueblo español es soberano y lo es de manera exclusiva e indivisible, a ningún otro sujeto y órgano del Estado o a ninguna fracción de ese pueblo puede un poder público atribuirle la cualidad de soberano". Dicho de otro modo: Cataluña y cada uno de los catalanes son soberanos, como parte inseparable de la nación española.

c. No es una cuestión de mayorías o minorías. Aunque Artur Mas fracase o triunfe, los hechos esenciales no cambian: Cataluña es España y todos los catalanes son españoles. No importa a estos efectos que lo sepan o no, que lo reconozcan o no: por sí mismos y también los que no quieren son españoles. Por eso no tiene sentido someter a consulta un hecho indudable, que no depende en ningún caso de la opinión popular.

d. La autonomía es graduable, como se vio en la Transición. Puede haber más o menos, aunque por supuesto sembrar autonomía lleva a tener que recolectar independencia. Si un nacionalista sabe esperar, el camino más cómodo para él es la autonomía, al estilo español; si tiene prisa, y si la autonomía no le basta, buscar de golpe la independencia puede llevar a que sus enemigos reaccionemos con la misma contundencia y claridad, que es algo que ellos, pacatos, siempre buscan evitar (y con Rajoy, lo consiguen tanto como con Zapatero) .

e. No se puede dar lo que no se tiene, y por eso mismo España, que no es en lo más íntimo independiente, no puede conceder la independencia a ninguna de sus partes. Ante todo, por conservar su identidad; pero además y sobre todo porque difícilmente si uno no es realmente soberano puede conceder a nadie soberanías. Necesitamos una España unida e independiente, por el bien de todos, e incluso si esto –oh, escándalo- supone sacrificios económicos o de nivel de vida.

Para vergüenza de Margallo, el que nada supo, se puede negociar el tiempo, la forma, pero no la esencia de las cosas. Podemos ser más o menos complacientes en lo menor con nuestras provincias orientales, pero no es posible reconocerles soberanía alguna. Quien lo haga estará colocando sus intereses de casta y de partido por encima de la nación, y eso es algo que algunos aún no estamos en disposición de aceptar.

Las torpezas que han colocado a Cataluña al borde del abismo
El fervor independentista en el Principado, que se mide en las elecciones de hoy, es el fruto de una monumental cadena de errores y de una pésima gestión política durante una década
Manuel Arroyo El Correo 27 Septiembre 2015

Cataluña acude hoy a las urnas en un clima de efervescencia independentista y fractura social sin precedentes; en medio de una tormenta política de colosales dimensiones e imprevisibles consecuencias que dificílmente amainará a corto plazo sea cual sea el resultado de las elecciones. De las autonómicas de este 27-S y también de las generales previstas para diciembre. Un descomunal incendio que es fruto de un explosivo cóctel de ceguera política, egoismos partidistas, irresponsabilidad de altos responsables institucionales y narcisismo patológico de dirigentes empeñados en hacer historia sin medir el precio de su enfermiza obsesión.

Esos ingredientes, entre otros, han abonado un ambiente irrespirable en una Cataluña que se asoma al precipicio de una ruptura con España imposible, hoy por hoy, desde el punto de vista legal, pero anhelada por amplias capas de población. A los ciudadanos con pulsiones soberanistas de cuna más o menos acendradas -una minoría significativa, pero clara minoría, desde el comienzo de la Transición- se han sumado en los últimos años ciudadanos de toda condición: un cúmulo antiguos socialistas y comunistas desencantados -muchos de ellos, 'charnegos'-, personas sin una clara filiación a las que solo une su hartazgo de la política y de la “opresión” de 'Madrit', jóvenes antisistema...

En ellos ha calado a fondo una creciente desafección hacia España alimentada por el nacionalismo gobernante -con la inestimable ayuda de medios, tanto públicos como privados, regados por las millonarias ayudas de la Generalitat- y por una cadena de monumentales errores encadenados desde el poder central. Todo ello, aderezado con gigantescas dosis de demagogia soberanista y un victimismo bien elaborado y fácil de digerir -máxime en una coyuntura de aguda crisis económica y drásticos recortes-, ha alumbrado el imaginario de un idílico país independiente para cuya gestación sólo se precisa voluntad. La que tienen Artur Mas y sus socios. Y, sin ir más lejos, los cientos de miles de personas que colapsaron las calles de Barcelona en la última Diada.

Las elecciones de hoy no son un plebiscito. Pero el Gobierno central, los socialistas y algunos de los otrora conocidos como poderes fácticos -la banca, las patronales...- llevan semanas actuando como si lo fuesen con un despliegue dialéctico de una intensidad hasta ahora desconocida para evitar un escenario de ruptura. Es probable que su estrategia logre movilizar a un sector de contrarios a la secesión que tradicionalmente no acude a las urnas en las elecciones autonómicas, aunque los banqueros y los grandes empresarios no parecen los mejores abanderados para convencer a una población desencantada. Tampoco Angela Merkel. Lo que ya ha hecho esa forma de actuar es librar la batalla donde quiere el nacionalismo: convertir el 27-S, de facto, en un sí o no a la independencia, cuando formalmente lo que está en juego es la futura composición de un Parlamento autonómico que, salvo que medie una improbable reforma legal en ese sentido, en ningún caso tendrá competencias para romper con España. Otra cosa es que el Gobierno que surja de esa Cámara eche un pulso al Estado sin precedentes, que desencadene una tensión límite y ponga en cuestión los cimientos de España tal y como hoy la conocemos.

¿Cómo ha sido posible este desaguisado? "¿Cuándo se jodió el Perú?", como ponía Mario Vargas Llosa en boca de Zavalita, el protagonista de 'Conversaciones en la catedral? El proceso que ha situado a Cataluña y a España en una situación extrema ha sido prolongado e intenso, fruto de un sinfín de torpezas encadenadas. Y hubiese resultado imposible si no se hubiesen empeñado sus principales protagonistas. Por ejemplo:

Si el socialista Pascual Maragall, presidente de la Generalitat entre 2003 y 2006 gracias a un pacto con Esquerra Republicana e Iniciativa per Catalunya (ICV) tras unas elecciones que ganó CiU, no se hubiese empeñado en una reforma del Estatut que entonces estaba lejos de ser una prioridad en Cataluña.

Si José Luis Rodríguez Zapatero no hubiese prometido en público que su Gobierno aceptaría, al pie de la letra, el proyecto que saliera del Parlamento.

Si Maragall, en cuya responsabilidad confiaba Zapatero para que el nuevo Estatut fuese razonable, no hubiese impulsado un texto que desbordaba la Constitución por todos los costados para ganarse la confianza de sus socios de ERC y también de CiU, sin cuyo apoyo carecía de sentido la reforma. El proyecto definía a Cataluña como nación – "un concepto discutido y discutible", en palabras de Zapatero- y diseñaba un sistema de relación bilateral con el Estado que afectaba de lleno a la financiación autonómica, la Administración de Justicia y el reparto de la inversión pública, entre otros ámbitos. Hasta Artur Mas, entonces jefe de la oposición en Cataluña, admitió que podía chirriar con la Carta Magna: "No es inconstitucional, pero seguramente se aleja de una lectura restrictiva de la Constitución", confesó.

Si el PP, entonces en la oposición, no se hubiese lanzado a degüello en el resto de España contra el Estatut y contra todo lo que oliera a Cataluña con una burda campaña para ganar votos basada en un discurso de brocha gorda -incluidos velados llamamientos al boicot de productos catalanes-, que le aisló por completo en el Principado. La torpeza argumental y los exabruptos esgrimidos por el PP, sabiamente explotados por el nacionalismo y por un PSC que derivaba en esa dirección, le pusieron en la diana como "enemigo de Cataluña".

Si, pese a la promesa de Zapatero, el PSOE no se hubiese visto obligado a "cepillar" en el Congreso, en palabras de Alfonso Guerra, un Estatuto que había sido aprobado por una amplia mayoría en el Parlamento catalán para que, antes de ser sometido a referéndum, tuviera alguna posibilidad de pasar el filtro del Tribunal Constitucional. El PP anunció desde el primer día que lo recurriría ante esa instancia.

Si Zapatero no hubiese engañado a Mas en una entrevista secreta en La Moncloa, para amarrar el apoyo de CiU al Estatuto 'cepillado' en las Cortes Generales. Sí: el hoy líder del independentismo aceptó rebajar el proyecto que salió del Parlamento catalán. ¿Por qué? A cambio de que el presidente del Gobierno le garantizara solemnemente que, si CiU volvía a ganar las elecciones autonómicas, él estaría al frente de la Generalitat. Es decir, que en tal caso no se repetiría el tripartito PSC-ERC-ICV gobernante en Cataluña. Otra promesa incumplida: el candidato del PSC, el exministro José Montilla, un socialista menos proclive al nacionalismo que Maragall, volvió a pactar con ERC e ICV tras unos comicios en los que CiU fue la primera fuerza. Mas todavía no lo ha perdonado.

Si el Constitucional, con una mayoría afín al PSOE, no hubiese anulado 14 artículos del Estatuto ya 'cepillado' al considerarlos contrarios a la Carta Magna. El Alto Tribunal, en una sentencia difundida el 27 de junio de 2010, dio por válidos otros 27, sobre cuya legalidad podían existir dudas, a condición de que se interpretaran como él establecía y estimó que "carecen de eficacia jurídica" las descafeinadas referencias a "Cataluña como nación" y la "realidad nacional de Cataluña" que figuraban en el preámbulo.

Si esa sentencia, demasiado moderada para las aspiraciones del PP y dictada ¡¡¡cuatro años después!!! de que el Estatuto fuese votado en referéndum, no hubiese encendido una peligrosa disputa entre legalidad y legitimidad: un tribunal español corrige una ley orgánica que ha sido apoyada en referéndum por los ciudadanos catalanes. El fallo fue interpretado en Cataluña como una intolerable intromisión del Estado, incluso como una prueba de falta de democracia. Una lectura que agudizó la ya palpable desconexión con España y que apuntaba como directo culpable al PP, el partido que presentó el recurso. A esa interpretación se apuntó la inmensa mayoría de los partidos catalanes, incluido el PSC, donde cobraban creciente fuerza las pulsiones más soberanistas. La brecha se agrandaba.

Si Rajoy, tras acceder a La Moncloa con una holgada mayoría absoluta, hubiese tenido la intuición política de detectar el problema y se hubiese prestado a buscar cauces de solución. La prioridad de la Generalitat, presidida por Mas desde finales de 2010, era una mejora del sistema de financiación. Una fórmula complicada en un país sumido en una profundas recesión y que, además, habría causado recelos en otras comunidades. Pero el líder del PP, fiel a su línea de dejar que los problemas se resuelven por sí solos y achicharrado tras apenas unos meses de gestión por sus drásticos recortes y una brutal subida de impuestos, ni siquiera se molestó en intentarlo. Dejó que la situación se fuera pudriendo sin mover ficha, mientras en Cataluña iba calando el eslogan de 'España nos roba'. Su portazo definitivo a Mas, tras una entrevista en La Moncloa en septiembre de 2012, echo gasolina al fuego que se venía gestando tiempo atrás.

Si, tras ese portazo, un Mas desesperado y temeroso de verse desbordado (y apeado del poder a corto plazo) por la fiebre independentista que empezaba a extenderse por Cataluña, no se hubiese echado al monte, puesto en manos de la Asamblea Nacional de Catalunya y otras fuerzas secesionistas, y, en contra de la tradición histórica de CiU, apostado a fondo por romper con España al margen de lo que establezcan las leyes y los tribunales. Una postura que en un principio pudo parecer una mera táctica, pero que, según ha demostrado en los últimos meses, está dispuesto a aplicar con todas sus consecuencias y cueste lo que cueste. De hecho, mientras intenta crear el armazón de un Estado propio pese a carecer de las competencias para ello, se ha comprometido a proclamar una declaración unilateral de independencia si cuenta con una mayoría suficiente en el nuevo Parlamento. El presidente de la Generalitat atiza con todas sus fuerzas el fuego del independentismo, con el que intenta ocultar una nefasta gestión (sus recortes han sido aún más brutales que los de Rajoy, aunque ha echado la culpa de ellos a 'Madrit') y las décadas de corrupción, mediante el cobro de 'mordidas' por la concesión de obras públicas, que empieza a destaparse ahora, con el 'clan Pujol' en el ojo del huracán.

Si el PSC, otrora la primera fuerza de Cataluña en las elecciones generales y municipales, no hubiese contribuido a la confusión -y a su propio suicidio político- con un viraje nacionalista que le llevó a defender el derecho a decidir y la Ley de Consultas. Un movimiento auspiciado por una dirección mucho más catalanista que sus bases, que paulatinamente han dejado de creer en un partido que sigue buscando su identidad. Ahora se ha aferrado a la brújula de un Estado federal, sin mayores concreciones.

Si Rajoy y el Gobierno del PP, en vez de aferrarse a la defensa de la ley (que se les supone) frente al órdago independentista de Mas, hubiesen hecho política de altura antes y después del estallido del incendio. Es decir, si hubieran intentado convencer a los catalanes de que España no solo no es un enemigo, sino la mejor garantía para su futuro, y que les quiere y le necesita. Algo de eso esgrimió el ministro de Exteriores, José Manuel García Margallo, en su debate televisivo de esta semana con el líder de ERC, Oriol Junqueras. Demasiado conciso y demasiado tarde. La política es convencer, seducir. Algo a lo que parecen haber renunciado Rajoy y el PP, más proclives a un discurso catastrofista y del miedo.

Y, por último (aunque el listado sería interminable), si los dos grandes partidos españoles, el PP y el PSOE, que se han turnado en el Gobierno central desde la Transición, no hubiesen renunciado tradicionalmente a poner en valor el papel del Estado en Cataluña: sus millonarias apuestas en sectores estratégicos (el transporte, sin ir más lejos), su esfuerzo en materia de pensiones y de captación de inversiones, su enorme apoyo financiero (a través del Tesoro Público, que ha comprado el 60% de su deuda) a una comunidad que en caso contrario estaría en la ruina más absoluta...

¿En qué consiste la "nación-foral" de la que habla el lehendakari?
Ernesto Ladrón de Guevara www.latribunadelpaisvasco.com 27 Septiembre 2015

En el Debate sobre política general, el lehendakari, Iñigo Urkullu, ha roto su providencial prudencia para sumarse de nuevo al carro de las pretensiones secesionistas. Y es que aunque el lobo se cubra de pieles de oveja sigue siendo lobo. Y a ningún nacionalista se le escapa su oportunidad para desmantelar en el momento más oportuno el Estado del que forma parte su territorio. El caso es encontrar la situación propicia.

Ibarretxe dejó en muy mal lugar al nacionalismo vasco con sus pactos de Lizarra con los etarras y sus pretensiones de enviar al ostracismo a todo lo que se moviera fuera de las aspiraciones independentistas. Hubo una aparente “perestroika” en el mundo nacionalista. Enviaron a Arzallus al baúl de los recuerdos y jubilaron a Ibarretxe poniendo un personaje con apariencias moderadas. Pero ya veremos… Ya empieza a asomar las orejas…

Los nacionalistas son por naturaleza traidores y desleales. Lo ha demostrado la ya copiosa bibliografía que demuestra las azañas de los seguidores del racista Sabino Arana en los inicios de la Guerra civil del 36 jugando a varias bandas para ver cómo sacar el mejor provecho en sus pretensiones de formar un Estado, incluso negociando la posibilidad de lograr un protectorado dependiente de Gran Bretaña.

En el pretendido acto de arrepentimiento de Sabino Arana en la cárcel por conspirar a favor de los enemigos de España ocurrió otro tanto. Ese supuesto acto de españolización no fue más que una estrategia puesta al descubierto por uno de sus discípulos, un tal “Joala”, que en una carta dirigida a uno de sus correligionarios aclaraba las intenciones de Arana al proclamar la federalización de las regiones de España en una unidad españolista. Esa intención se plasmaba en la siembra del germen del secesionismo en cada una de las regiones de España para romperla. Causa sorpresa la previsión del fundador del PNV. Se cumple de forma matemática. Y lo que te rondaré morena…

Cuando España está débil, con un Estado en descomposición, es cuando aprovechan los nacionalistas para dinamitar lo que quede de esa nación histórica que viene de la Hispania romana. Es paradigmático. Cuando menos ha sucedido en 1931, en 1934, en el 36, en 1980, y ahora mismo. No hay más que leer la prensa, y ver lo que ocurre en Cataluña.

Urkullu ha mencionado el término “nación foral”, que debe ser una nueva figura del derecho político. Aconsejo a Urkullu que registre la propiedad intelectual, que de seguro va a crear nueva doctrina.
Pero “nación foral” es un oximorón. O se es nación o se es foral. Ambos términos son contrapuestos desde su etimología y sentido histórico. No puede haber fueros y al mismo tiempo nación, puesto que su significado tiene una raíz semántica no conciliable pues son cosas distintas. Es como si dijéramos burro canino. O es un burro o es un perro, pero ambas cosas a la vez es imposible.

Veamos lo que dice Wikipedia sobre el significado de fueros, y más en concreto de fueros vascos:
“Los fueros recogían las costumbres de cada localidad, además de los privilegios otorgados por los reyes a las mismas, así como el conjunto de disposiciones que preservaban la nobleza, el clero y el vasallaje de una zona.
Era un pacto solemne entre los pobladores y el rey, y también —por extensión— eran las leyes que regían determinada comarca o localidad.”
En consecuencia los fueros eran un privilegio real, luego los súbditos ligados a una localidad o territorio dependían del poder monárquico, cuando éste era absoluto.

Era una concesión en la mayor parte de los casos ligada a la Reconquista en la España musulmana y a la repoblación de los territorios conquistados, dando cartas puebla y privilegios por la necesidad de salvaguardar los territorios de nuevo dominio. No era un pacto entre partes. Era un conjunto de privilegios, normalmente adjudicados a poblaciones importantes en el contexto de esa Reconquista. En consecuencia nada más alejado a la independencia respecto al poder establecido.

Y sigue Wikipendia:
“En el siglo XIX, el Reino de Navarra y las provincias vascas consiguieron a la finalización de la Primera Guerra Carlista la promesa de que su sistema privativo sería mantenido, merced a la Ley de confirmación de Fueros de 25 de octubre de 1839. No obstante:

En el Reino de Navarra, mediante la "Ley Paccionada" (1841), su régimen fue poco después casi suprimido y dejó de ser un reino, pasando a constituirse Navarra como una provincia más del Reino de España.

En las provincias vascas, la abolición foral se produce en 1876 tras la Tercera Guerra Carlista.”

Al respecto hay que añadir que en 1839, con el abrazo de Vergara, se confirmaron los fueros, “sin perjuicio de la unidad constitucional de la monarquía” Lo cual es la prueba del algodón de que dichos fueros –residuo del Antiguo Régimen- en nada debían de perjudicar la unidad constitucional. Y hay que añadir que en las Guerras carlistas no luchaban los vascos contra los españoles, sino españoles entre sí por la sucesión dinástica, unos –los carlistas- partidarios del Antiguo Régimen estamental y otros –los liberales- partidarios de la monarquía parlamentaria, aunque ésta no llegaría en ninguno de los dos casos a buen término.

La Constitución española de 1978 en su Disposición Adicional Primera consagra el respeto y amparo de los derechos históricos de los territorios forales, retrotrayendo la legislación hasta 1841 y por ello estos territorios, constituidos actualmente como las comunidades autónomas de Navarra y País Vasco, conservan la independencia en aspectos como el derecho tributario, fiscal o civil entre otras peculiaridades. Esta Adicional fue una concesión, a mi modo de ver, inaceptable a los nacionalistas vascos para que asumieran los principios constitucionales y su lealtad al nuevo sistema democrático.

¿Y qué es una nación? Veamos lo que dice Wikipedia:
 “La palabra nación tiene dos acepciones: la nación política, en el ámbito jurídico-político, es un sujeto político en el que reside la soberanía constituyente de un Estado; la nación cultural, concepto socio-ideológico más subjetivo y ambiguo que el anterior, se puede definir a grandes rasgos, como una comunidad humana con ciertas características culturales comunes, a las que dota de un sentido ético-político. En sentido lato nación se emplea con variados significados: Estado, país, territorio o habitantes de ellos, etnia, pueblo y otros. Este concepto ha sido definido de muy diferentes maneras por los estudiosos en esta cuestión sin que se haya llegado a un consenso al respecto.”

Es evidente que cuando los nacionalistas nombran el término nación, no lo hacen en el sentido etimológico de “nacionalidad” –a mi juicio equivocado- que viene en la Carta Magna, sino con un enfoque independentista, de formar un Estado nuevo, una nación  de naturaleza jurídico-política.

¿Entonces qué sentido tiene que Urkullu use el sintagma “Nación foral”? Pues confundir al personal y ligar la idea de los fueros a la nacionalidad, cuando ambos términos no tienen nada en común. Y eso es una trampa, como muchas más, para engañar al personal y equivocarles en una dirección sibilina y tramposa. Pero a eso estamos acostumbrados, al menos algunos.

 


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