AGLI Recortes de Prensa   Domingo 11 Octubre 2015

La venganza del ciudadano
DAVID JIMÉNEZ El Mundo 11 Octubre 2015

En el primer día de su clase 'The Making of a Politician', el profesor de la Universidad de Harvard Steve Jarding graba a sus alumnos presentando una hipotética candidatura presidencial y debatiendo en campaña electoral. Durante meses los instruye en el arte de la comunicación política antes de volver a filmar sus mítines al final de curso para ver si ha conseguido su objetivo: transformar a sus estudiantes en políticos profesionales. La teoría de Jarding, que ha entrenado a candidatos de todo el mundo, es que cualquiera, independientemente de sus habilidades comunicativas, puede ser convertido en un gran líder mediático.

Tomé el curso de Jarding el año pasado, en un experimento por ver si también podía lograr la conversión de un periodista descreído. No recuerdo que en ninguna de sus lecciones el profesor mencionara la necesidad de marcarse un baile para atraer a los votantes, ahora que la estrategia está tan de moda entre nuestros políticos, pero cada país tiene sus peculiaridades. En lo que sí insistía Jarding era en la necesidad de transmitir autenticidad. Si no eres gracioso, evita las bromas en tus discursos. Si no eres especialmente emotivo, no exageres lo mucho que te importan las ancianas desvalidas. Si la simpatía no es lo tuyo, resalta aptitudes como la seriedad o la capacidad de gestión.

Que nuestros candidatos no siguen los consejos del estratega electoral demócrata lo demuestra la carrera iniciada por presentarse como lo que no son. Su problema es que en la era de Internet y las redes sociales, la impostura electoralista se hace incluso más evidente: nadie en edad de conducir creería que la súbita cercanía que algunos muestran hacia los problemas de los ciudadanos se deba a otra cosa que la aproximación de la "venganza del ciudadano", que es como el primer ministro británico Lloyd George definía las elecciones.

Los estrategas del Partido Popular, por ejemplo, se han empeñado en que Mariano Rajoy experimente una metamorfosis que haga del político sobrio y algo aburrido al que nos tiene acostumbrados un candidato del pueblo, todo en tiempo récord. El presidente ha pasado de resistirse a las entrevistas y organizar ruedas de prensa sin preguntas -o evitar las incómodas- a ser un ejemplo de accesibilidad, no siempre con desenlaces favorables para él. Tanto le dicen en su partido que debe mostrarse más cercano que cada vez parece más alejado de sí mismo, 'selfies' callejeros incluidos. Los buenos datos económicos no bastan: ha llegado la hora de hablar de "la economía con alma". Y Rajoy es un "bailongo", nos revelaba Soraya Sáenz de Santamaría en 'El Hormiguero', despertando la expectativa de que también él se desmelene en uno de sus mítines al ritmo de 'We are the Champions' de Queen.

Los tiempos electorales demandan cierta dosis de besos a niños espantados, fotografías forzadamente naturales y poses que sitúen al político a pie de calle, pero las exageraciones tienen el inconveniente de que envían el mensaje de que se toma al electorado por idiota. Ocurre algo parecido con las promesas electorales, donde habría que seguir la máxima de Bernard M. Baruch de votar al que prometa menos, porque "será el que menos te decepcione".

La tentación de ir un paso más lejos en el marketing electoral es mayor para la vieja política, que tiene en Rajoy a su gran superviviente, porque los nuevos tienen la ventaja de no haber gobernado y pueden presentarse con la mochila más ligera. No se les puede acusar de incumplir programas electorales ni tienen que responder a casos de corrupción porque no han estado en posición de meter la mano en la caja. Sus candidatos están menos vistos y controlan mejor el lenguaje de la comunicación y las redes sociales. En una campaña de plató como la que parece que nos espera, donde el entretenimiento prime sobre la política, un Rajoy cómodo se hace tan difícil de imaginar como en la pista de baile. Jarding le recomendaría que sea él mismo y que no atienda a las demandas de quienes le piden que actúe como el vecino que siempre pregunta por la familia en el ascensor. Su reelección no dependerá tanto de lo simpático que se muestre en vísperas electorales como del ánimo de unos ciudadanos que, como decía Lloyd George, decidirán si ha llegado el momento de vengarse de sus gobernantes.

Sin complejo de ser españoles
Editorial La Razon 11 Octubre 2015

Cuando se aproxima la celebración de la Fiesta Nacional –mañana, 12 de octubre– se agita aún más el debate endémico que los independentistas mantienen sobre el concepto de pertenencia a la nación y la configuración del Estado. Conviene no caer en la trampa que algunos agitan por interés espurio sobre el alcance y la extensión del sentimiento patriótico de los españoles.

Una minoría separatista, nacionalista y antisistema nos ha empujado a un escenario brumoso sobre nuestro país y su ciudadanía que no conjuga con la realidad. Ha sembrado una semilla de inseguridad que ha pretendido poner en cuestión, hasta desdibujarlas en algunos sectores de nuestra sociedad, la idea de España y de la satisfacción de sentirse parte de la nación más vieja del mundo, capaz de grandes gestas, con una historia envidiada y convertida desde hace varias décadas en una democracia moderna y liberal, y una de las economías más pujantes del escenario internacional.

No se trata, obviamente, de presentarnos como una sociedad perfecta, carente de defectos, en la que sus habitantes no pasan dificultades. Por supuesto que no. Pero tampoco de emborronar lo que es y representa España que, desde luego, dista radicalmente de lo que esa minoría vende a quien quiere escucharla. Afortunadamente, la sociedad española está compuesta por una inmensa mayoría de personas maduras, con capacidad para formarse un juicio propio sobre las cosas y filtrar los mensajes y la propaganda por el cedazo del sentido común. En este sentido, la encuesta de NC Report para LA RAZÓN ofrece una radiografía concluyente. Nueve de cada diez personas preguntadas se sienten españolas y un porcentaje similar (75,1%) está orgulloso de ser español.

Quienes cuestionan la realidad del país, como si estuviera a punto de sucumbir, o estuviera preso de una crisis de identidad colectiva que nos hiciera temer por un desenlace inesperado de nuestra historia en común, tendría que parar, meditar y recordar que, pese a unos cuantos y a no pocas zancadillas, la inmensa mayoría de los ciudadanos de este país estamos orgullosos de pertenecer a él y de compartir un proyecto colectivo que arrancó hace siglos. Y que ese sentimiento global es un hecho lo demuestra también el que nos duela que unos pocos pretendan acabar con lo que es de todos. Por eso, en ese mismo sondeo, el 61,4% de los interpelados cree que deberíamos ser más patriotas, y ese concepto de exigencia con el patriotismo sólo puede partir de un profundo vínculo afectivo con la nación que es preciso alentar y reforzar. Y en ese papel, los poderes públicos tienen un deber principal que no siempre han sabido desempeñar con la intensidad que requieren el respeto y la lealtad a los símbolos que nos representan a todos.

Es positivo, a este respecto, que el Gobierno se haya decidido a multiplicar los actos por el Día de la Hispanidad para implicar a los ciudadanos en la celebración de la «fiesta de todos». Pero toca redoblar esfuerzos para contrarrestar a quienes, desde las administraciones separatistas o extremistas, han declarado y probado su beligerancia contra los símbolos nacionales hasta crear un clima viciado para todo lo español. Debemos entender que no tenemos por qué disculparnos ni sentir vergüenza por sentirnos parte de una nación extraordinaria, admirada y envidiada en el resto del mundo, destino de millones de personas de todas las nacionalidades que nos eligen como destino. España lo merece.

Ciudadanos, entre 'Borgen' y 'El ala oeste de La Moncloa'
Federico Jiménez Losantos Libertad Digital 11 Octubre 2015

Hace medio año, tras una encuesta en la que Podemos ganaba al PSOE y el PP y Ciudadanos tenían difícil lograr juntos la mayoría absoluta, publiqué en El Mundo una columna, "Borgen, Madrid", que a los que no seguían la serie les sonaría a chino pi-yin y a los que han desconfiado siempre de Ciudadanos les parecería chino mandarín. Pero ya que, según ha contado Mariano Alonso en Libertad Digital, ahora todos los naranjitos están viendo Borgen, e Isabel González me tiene prohibido hacer spoilers de series, voy a reproducir lo esencial del artículo, hoy al alcance de cualquier gugleador:

"Las tres breves temporadas de esta extraordinaria producción danesa, para mí superior a El ala oeste de la Casa Blanca, parten de una sorpresa: la llegada al poder de una líder carismática, Birgitte Nyborg, al frente del centrista Partido Moderado, que descoloca y acaba por romper un sistema político de signo socialdemócrata y abonado desde siempre al bipartidismo."

El juego de alianzas entre cuatro o cinco partidos, con mayorías de tres o cuatro y con leyes apoyadas por facciones del Gobierno y de la Oposición alimentan una intriga en la que la información es más importante que los programas de partido (…). Como Dinamarca no tiene más población que la Comunidad de Madrid, es posible seguir casi con exactitud los votos y escaños de los cuatro partidos que se juegan el poder -PP, PSOE, Podemos y Ciudadanos. (…)

En Madrid, el bipartidismo dará paso con toda seguridad a las coaliciones -recordemos que el dominio de la derecha se basó en la coalición PP-CDS- y las tendencias que dibuja para las Generales son harto preocupantes para PP y PSOE. Podemos podría ser hegemónico en una coalición de izquierda y para evitarla Rajoy tendría que ceder la Presidencia a Albert Rivera. Eso ya no es Borgen. Es Madrid en Mayo y puede ser España en Noviembre."

La encuesta de El Mundo acertó en lo fundamental y yo también hubiera acertado de no mediar la inveterada capacidad del PSOE para echar a perder lo que de por sí ya está mal en la política española. Podemos, en efecto, destrozó al PSOE y PP y Ciudadanos quedaron a muy pocos votos de la mayoría absoluta –los que seguramente le quitó la maléfica gogó de la Moncloa a Esperanza Aguirre filtrando su declaración de la renta-. No obstante, Aguirre fue más allá de la Hipótesis Borgen -investir a Villacís con la abstención de PP y PSOE- y llegó a ofrecer sus votos a Carmona, con la anuencia de C's, para impedir la llegada de Podemos a la alcaldía que, como los hechos no se cansan de demostrar, ha sido letal para Madrid. Ahí es donde se impuso la infinita capacidad de hacer daño del PSOE, en manos del zetapoide Pdr Snchz, que impuso la entrega de la capital de España a Podemos con tal de fastidiar al PP, a Ciudadanos… y al PSOE. La necedad adobada de sectarismo que define a la izquierda post-zapaterina produce estos disparates, monstruosidades y atropellos al sentido común.

La incertidumbre en las izquierdas
No obstante, la evolución negativa de Podemos y la muy positiva de Ciudadanos en las encuestas ha puesto de nuevo en juego la fórmula de la teleserie danesa: no sería de extrañar que, ante el desafío separatista de Cataluña, se impusiera una alianza de Gobierno PP-PSOE, promovida por González y/o Cebrián. Y sería inevitable, si Ciudadanos se convertía en el cuarto grupo de las Cortes -las encuestas les daban un mínimo de 20-22 escaños-, que los dos grandes partidos contasen con ellos y los incluyeran en esa política de resistencia nacional, o de simple conservación estatal.

Hay un obstáculo: el zapaterismo, adueñado del alma zombie de PdrSnchz, sigue prefiriendo la fórmula guerracivilista de "todos contra el PP" que con tan desastrosos efectos para la sociedad española impuso el PSOE tras las elecciones municipales y autonómicas, pero que, como también se empieza a comprobar, no está rentabilizando el PSOE, incapaz de recoger el desgaste de los populares. En realidad, el proceso de crecimiento izquierdista se ha estancado. Mientras Podemos se consolida muy a la baja –de poder ganar las elecciones hace un año, como partido hegemónico en la izquierda, ha pasado a comparsa del PSOE, de las mareas y de lo que sea, menos de IU, que de amante desairada ha pasado a darle calabazas-, el PSOE no llega al soñado umbral de los 130 escaños, puede que ni a los 120, lo mínimo para tratar de formar Gobierno. Y el PP cae y cae, pero lo que sube y sube en vez del PSOE, sobre todo tras las elecciones catalanas, es... Ciudadanos.

Del vano Margallo y el incierto Iceta al "yo soy español, español…" de Arrimadas
Es posible que el gran salto de Ciudadanos en las encuestas, sobre todo en la de El País, se produjera en la noche del 27S, cuando los jóvenes y guapos líderes de Ciudadanos y sus seguidores se pusieron a gritar "¡Cataluña es España!", y a cantar el "yo soy español, español, español…", con Inés Arrimadas saltando en el escenario. Esa imagen, censurada por la infame TVE de Rajoy, llegó de todas formas al común de los españoles y seguramente les convenció de que esos chicos de Barcelona que huelen a Nenuco y sobre los que no saben muy bien qué pensar son, en todo caso, de los suyos, porque allí tiene mucho mérito gritar "¡Libertad, libertad!" en vez de "¡Barça, Barça!", aunque Inés sea inconcebiblemente culé.

El caso es que en quince días Ciudadanos se ha convertido en una de las tres fuerzas políticas que pueden ganar las elecciones del 20D. Y eso los lleva de Borgen a El ala oeste de la Casa Blanca, cuando un discurso patrióticamente sentimental lleva a los electores a votar con el corazón y a convertir a Martin Sheen en Presidente de los Estados Unidos de América. Si el 18 de Diciembre, en la última llamada a los españoles para votar, hay cuatro apelaciones a la confianza y a la ilusión para elegir a un presidente que haga frente al desafío separatista catalán, ¿en quién confiarán: en Pedro Sánchez, en Mariano Rajoy, en Pablo Iglesias o en Albert Rivera?

Todo es posible en los próximos dos meses y en España ya ha salido gratis nada menos que el 11M, pero creo que, entre los veinte, acaso treinta escaños que las encuestas daban a C´s, y los sesenta, ochenta, incluso cien que yo le pronostiqué al incrédulo Pepe García Domínguez, tal vez estemos más cerca de acertar los que barruntamos un gran vuelco electoral y una decidida o desesperada apuesta nacional. Si así fuera, Rivera podría no sólo elegir Gobierno al que ayudar, sino aliado para que le ayude a gobernar él, sea en minoría o con la ayuda de los dos grandes partidos. Puede parecer descabellado hoy. No lo será tanto si, como parece, Mas gana el CUPonazo de la Generalidad para hundir a Cataluña y, en su caída, acabar con España.

A grandes males, dice el refrán, grandes remedios. Y andamos tan mal de remedios políticos que hasta los más pequeños nos parecen grandes. Hay tanta desilusión en España que quizás sea la ilusión la mercancía electoral más fácil de vender. Y a estas alturas, encuestas aparte, yo sólo veo a un ilusionista –ojalá nos resulte estadista- capaz de hacerlo.

La tortura nacional
Jesús Laínz Libertad Digital  11 Octubre 2015

Un año más el 12 de Octubre, la llamada fiesta nacional. La verdad es que, vista la situación de nuestra exnación, sorprende que siga celebrándose. ¿Acaso nos queda algo que celebrar? ¿Quizás aquel descubrimiento de hace cinco siglos por el que no hacemos más que pedir perdón? ¿O la unificación de los reinos acontecida en aquellos mismos años por voluntad de aquel par de franquistas por anticipado llamados Isabel y Fernando? ¿O la existencia del extraordinario vínculo de una lengua de creciente importancia internacional que, sin embargo, se menosprecia, discrimina y acorrala en varias regiones españolas? ¿O la prosperidad y fortaleza de una nación a la que muchos de cuyos ciudadanos ansían dejar de pertenecer?

Además de los separatistas, que, al fin y al cabo, se limitan a representar coherentemente su papel, a media España le resulta molesta su propia nación, especialmente, aunque no sólo, en eso que se llama izquierda. Pero no se limita su rechazo a la España actual o a los pasados regímenes políticos, cercanos en el tiempo, a los que se culpa de todos los males para no aceptar incapacidades presentes, ya que se considera que el error español hunde sus raíces bastante más atrás. Por mencionar sólo un par de ejemplos recientes, recuérdense la palabras de ese portavoz de la intelectualidad izquierdista llamado Willy Toledo sobre lo que le agradaría la independencia de Cataluña puesto que "movería los cimientos del régimen español, que no llevamos con él ni veinte, ni cuarenta, sino quinientos años". Su compañero Wyoming ha abundado en la idea al declarar "La unidad de España me la suda" y "Aquí el poder siempre lo han tenido los mismos, durante muchísimos siglos". ¿A qué régimen, al parecer llegado hasta hoy, se referirá Toledo? ¿A la monarquía absoluta de origen divino? ¿Quiénes serán esos eternos gobernantes a los que se refiere Wyoming? ¿Los Trastámara? ¿Los Habsburgo? ¿La Inquisición? ¿Alguna extraña sociedad secreta que habría ido pasando, de padres a hijos, el testigo del poder en la sombra? La verdad es que como argumento para una película de Fantomas no estaría nada mal. En cuanto a los asuntos sudatorios, habrá que reconocer que Wyoming cuenta con el aval de Fernando Savater, eminente representante de la izquierda apátrida que, además de soplársela y sudársela, declaró hace algunos años que "la idea de España es para fanáticos y semicuras".

Y así, entre separatismos y sudores, España es la campeona mundial en las disciplinas de utilización de la historia como arma ideológica y de reflexión sobre el propio ombligo como suprema acción política. ¡Ser español se ha hecho tan cansado que hasta lo de Sísifo resultaría más llevadero! ¡Toda la vida preguntándonos qué somos! ¡Si somos o no somos, si fuimos o no fuimos, si somos o som, si seremos o serem, si seguiremos siendo o dejaremos de ser...! Demasiada atención a la esencia como para conservar la cordura. ¿Veremos el día en el que los españoles, especialmente los de algunas regiones enfermas de aldeanismo disfrazado de progresismo, alcancen a comprender que la política consiste en la gestión eficiente de la cosa publica, en ocuparse del buen funcionamiento de las instituciones, de la calidad de la asistencia hospitalaria, de la enseñanza y de otros asuntos ajenos a los efectos autodeterminativos de los diferentes acentos, bailes y maneras de cocinar el bacalao? De momento no parece que haya muchas razones para el optimismo en una sociedad enganchada al onanismo identitario.

Pero más allá de nuestro ombligo suceden muchas y serias cosas. Porque el mundo está cambiando a gran velocidad en estos precisos días y ante nuestras mismas narices. Por un lado, el avispero de Oriente Medio con todas sus graves consecuencias políticas, militares y terroristas. Por otro, unos USA en acelerada decadencia y una China aprestándose al relevo. En tercer lugar, unas circunstancias climáticas, medioambientales y energéticas cuyo imprevisible desarrollo no dejaremos de contemplar en los próximos años. En cuarto, la creciente presión migratoria de quienes huyen de la guerra, de las persecuciones religiosas, del hambre, de la sequía o de su propia incapacidad. Paralelamente, la natalidad suicida de los países desarrollados, especialmente de una Europa envejecida, agotada, impotente y enferma de autocrítica. Y, finalmente, una ONU promoviendo cada vez con más intensidad lo que sus expertos llaman "migraciones de reemplazo", destinadas a sustituir con rapidez a una población europea que se niega a tener hijos por decenas de millones de inmigrantes del Tercer Mundo, lo que no ha hecho más que empezar.

¡Esto sí que tiene que ver con la prosperidad, la estabilidad y la bendita identidad que aparentemente tanto gusta por aquí! Y todo ello está sucediendo allende nuestras fronteras sin prestar la menor atención al hecho diferencial catalán, el ámbito vasco de decisión, el 11 de septiembre de 1714 y el imperativo geopolítico, de transcendencia planetaria, de que España es una nación de naciones discutida y discutible.

¡Qué desconsiderados!
Jesus Laínz, escritor.

Sobre el cadáver del catalanismo
ARCADI ESPADA El Mundo 11 Octubre 2015

Mi liberada:

Es cierto, y así te lo he escrito, que el presidente Artur Mas, con el asentimiento de la mitad de los votantes, ha destruido el catalanismo político. Aunque Mas y su séquito, en realidad, solo han destruido un cadáver. Una operación de poca importancia práctica. El catalanismo estaba en la situación (¡penosa!) del que ha cumplido sus objetivos y advierte que no hay horizonte. Su liquidación empezó con una constitución que supone el triunfo del catalanismo, pero que también es el instrumento que desvela su doble faz. Después de 1978 solo debió haber administración. Y hubo administración más deslealtad. La evidencia demostró que el catalanismo no fue nunca una estación término, sino un paso subterráneo. Pero llegó el momento en que el disimulo ya no pudo mantenerse. El momento fue el 27 de septiembre. La llamada a la secesión no es el resultado de la frustración, como dicen los secesionistas en su recto uso de la mentira, sino del éxito. De ahí que los intentos del tercerismo por mantener la ficción de una deuda española con Cataluña supongan, aparte de una complicidad con las mentiras, un camino seguro hacia el fracaso técnico, como lo insinúa el fracaso del partido de Duran Lleida. El último cadáver que se presentó exitosamente a unas elecciones fue don Rodrigo Díaz de Vivar.

Sin embargo, el error español sobre el catalanismo tiene un carácter obstinado.

Asumo que el paisaje político en Cataluña mueve a la desesperación, en especial la de aquellas almas de cántaro que tenían a Cataluña como el modelo de una conducta colectiva irreprochable. En la corriente principal de la política catalana se han instalado las llamadas Candidaturas de Unidad Popular (Cup), un movimiento que sería puramente cómico si no fuese porque en política lo cómico vira automáticamente a lo siniestro. Como conoces bien a esa gente y en cierto modo, mi entrañable chiripitifláutica hoy doblada en perrofláutica, incluso la compartes, no es necesario que te describa sus características. Este movimiento es hoy el interlocutor privilegiado e inexorable del presidente Artur Mas, en el que funda toda esperanza de seguir siendo presidente de la Generalidad. Aunque, como aseguran los muchachos, deberá serlo de la República catalana, cuya proclamación advendrá antes de la natividad de Cristo o el día de Reyes a lo más tardar.

Se comprende la desesperación ante una sociedad política devastada y eso atenúa la irritación que producen las obstinadas propuestas terceristas. Y se comprende también la gran novedad. Hasta el 27 de septiembre el protagonista elegido para encarnar el tercerismo podía ser Unió Democràtica, el Partido Socialista o hasta el propio Partido Popular, en sus exergos o margallos. Pero este párrafo editorial de la prensa socialdemócrata, del 4 de octubre, señala al nuevo actor:

"La radicalización del nacionalismo moderado permite a Ciudadanos -un partido centrista y refractario al catalanismo- el triunfo de encabezar a los no rupturistas y colocarse así segundo en la Cámara, algo inédito para un grupo no catalanista. Ello afianza la apuesta de Albert Rivera para el 20-D, pero no resuelve la incertidumbre futura que, paradójicamente, su éxito le plantea en Cataluña: o modera su recelo a la catalanidad y se hace más transversal, o le será difícil proseguir su ruta meteórica".

Si Javier Pradera aún escribiera editoriales su lector entendería que estaba aplicando a Ciudadanos la tercera acepción de 'refractario': "Dicho de un material: Que resiste la acción del fuego sin alterarse". Sería una excelente definición de lo que es Ciudadanos y de su lugar en la política de Cataluña. Pero Pradera está difunto y la sofisticación y el refinamiento, aun perversos, han dejado de ser marca de la casa socialdemócrata. Por 'refractario' el editorialista debe de entender, con toda simpleza: "Opuesto, rebelde a aceptar una idea, opinión o costumbre". Porque, no creo, aunque vete a ver, liberada, que quiera referirse a la primera de las acepciones: "Que rehúsa cumplir una promesa u obligación".

Comprobarás, si lees con la atención con que yo te escribo, que el sutil editorialista no lo deja ahí: "O modera [Rivera] su recelo a la catalanidad..." La catalanidad no es más que la cualidad o el carácter de ser catalán. Como la españolidad lo es del ser español. Pero en la relación de las dos cláusulas se ve con nitidez hasta qué punto desagradable el editorialista identifica catalanidad y catalanismo. No se puede ser catalán sin ser catalanista. Pero sí se puede ser español sin ser españolista, y el editorialista sería el que levantara primero la mano. Ya sabes, aunque no quieras reconocerlo, que las asimetrías entre catalanismo y españolismo son la explicación sintética de toda vuestra acémila carraca nacionalista.

Cuando el editorialista manda a Albert Rivera a hacer catalanismo (el mundo progresa de prisa: ayer lo mandaba a hacer puñetas) no tiene ni la más remota idea de adónde lo manda. El catalanismo ha muerto y Mas se está comiendo el cadáver. La Cup le ha dicho que con las manos.

La cuestión importante es si Rivera lo sabe. Si, en consecuencia, va a instalarse de manera adulta en el posnacionalismo. Si va a atreverse a decirles la verdad sobre el catalanismo a los catalanes y al resto de españoles: que los objetivos confesos y civilizados del catalanismo culminaron con la Constitución de 1978 y que lo que ha venido luego es deslealtad, agresión a la democracia y xenofobia organizada y desbordante. Es cierto, y esta noche lo veo más claro que nunca, que Rivera y Ciudadanos pueden llevar a cabo una nueva política española. La primera condición será cumplir con Alexandre Koyré, autor de un librito cuya luz difícilmente resistirías: 'La función política de la mentira moderna' (Pasos perdidos). Cumplir con ese momento que caracteriza, a su afinado juicio, el tránsito del régimen totalitario al democrático: cuando a la primacía de la mentira le sucede la primacía de la verdad.

A ver si va a ser cierto, liberada, que necesitamos una segunda transición.
Pero sigue ciega tu camino. A.

El PSOE vuelve a chocar contra el iceberg de las identidades territoriales
El PSOE, partido en que conviven centralistas con autonomistas y hasta confederalistas, ha encontrado un consenso en el concepto de “federalismo” pero ha evitado dotarlo de contenido preciso
Gonzalo López Alba El Confidencial 11 Octubre 2015

De los tres grandes frentes de ataque electoral diseñados por el PP para frenar al PSOE —recuperación económica, radicalismo socialista y unidad territorial—, esta semana ha vuelto a verificarse que donde mayor ventaja puede obtener Mariano Rajoy es en el sempiterno debate sobre “qué es España”. La recuperación económica sólo la percibe con claridad un 5% de la población, según las encuestas; y el presunto radicalismo de Pedro Sánchez lo desmiente el propio PP, que en su desconcierto estratégico ante el avance de Ciudadanos, que cada vez le come más terreno en el espacio del centro-derecha, le acusa un día de estar ennoviado con Pablo Iglesias y al siguiente de estarlo con Albert Rivera. Pero si el PP ha contribuido así a apuntalar la impresión de que el PSOE vuelve a situarse en el centro del tablero político, los socialistas, con su proverbial querencia a dejarse arrastrar a debates que no pertenecen a su esencia ideológica, le ha devuelto el favor enredándose una vez más en la espinosa cuestión territorial.

El PSOE, un partido en el que conviven centralistas con autonomistas y hasta confederalistas, ha encontrado un punto de consenso interno en el concepto de “federalismo”, pero ha evitado dotarlo de un contenido preciso para que no se rompa el pespunte de la Declaración de Granada aprobada en 2013. El cosido es tan endeble que cualquier movimiento dentro de ese traje común amenaza con romper las costuras. Para que eso no ocurra resulta imprescindible, entre otras cosas, que quien dirige el PSOE tenga un liderazgo consolidado, como el que alcanzaron Felipe González o José Luis Rodríguez Zapatero, pero Sánchez todavía no tiene.

El foco sobre la debilidad socialista en este terreno se volvió a encender el lunes desde dentro, cuando el presidente de la Comunidad Valenciana, Ximo Puig, dijo que para él no representa “ningún problema” el reconocimiento de que Cataluña es una nación si se hace en los términos en los que se incorporó al preámbulo del Estatut aprobado en 2006 —sin validez jurídica—. Y, unos días después, la intensidad de esos focos que iluminan las sombras socialistas se acentuaron con la polémica pública entablada entre la vasca Idoia Mendía y la andaluza Susana Díaz a propósito de la revisión del Cupo vasco —no del modelo de Concierto—, a lo que no tardaron en incorporarse dirigentes de otros territorios. Algo en cierta medida contradictorio porque, en el Consejo Político celebrado tras las elecciones catalanas, la presidenta de Andalucía había emplazado a sus compañeros a “no meterse en camisas de once varas” en periodo preelectoral.


Las dos polémicas son puntas del iceberg que para la navegación socialista constituyen los debates identitarios y muy ilustradoras de dónde están las auténticas líneas rojas del PSOE para avanzar en el desarrollo federal de España sin que se produzca una fractura interna del partido, toda vez que la Declaración de Granada no es un “programa máximo” ni un punto de llegada, sino un punto de partida, una declaración de principios para enmarcar un proceso de negociación en el que, para que culmine con éxito, se tendrá que encontrar un denominar común que, junto al PSOE, integre al menos al PP, PNV y CDC.

Todo por ‘la pasta’
Hasta los más centralistas dentro del PSOE aceptarían que se reconozca expresamente que Cataluña es un “nación”, siempre y cuando ello no implique más dinero ni el ejercicio del llamado derecho a la autodeterminación. Estas dos fronteras son las que realmente apiñan a todos los socialistas, desde Andalucía a Cataluña pasando por Extremadura, Asturias y las dos Castillas. Al margen de los matices propios del PSC, para todos es “irrelevante” que Cataluña se llame nación si eso no se traduce en privilegios económicos ni en quiebra de la unidad de España como un Estado único. Como gráficamente ha señalado el primer secretario del PSC, Miquel Iceta, ante el debate sobre la excepcionalidad vasca: “Cupo, sí; cuponazo, no”.

Las declaraciones del presidente valenciano, que en el mismo acto lanzó un aviso a Sánchez sobre la naturaleza “revisable” de su liderazgo, tienen una conexión directa con este asunto. Puig, que hizo caso omiso a los reparos de Ferraz ante su pacto y reparto de poder con Compromís, no ha encontrado para su reclamación de que se mejore la financiación de la Comunidad Valenciana el respaldo que esperaba de Sánchez, aunque él fue uno de los principales conjurados para auparlo al liderazgo como alternativa a Eduardo Madina.

Puig quiere que “se abra el melón de la financiación de verdad” y cuanto antes porque las arcas valencianas están vacías. Pero, aunque es unánime el juicio de que el modelo actual está “agotado”, son muchos dentro del PSOE los que opinan que el margen es muy limitado porque la situación económica no está tan buena como dice la propaganda del Gobierno y hay temores fundados de que se produzcan nuevos rebrotes de la crisis que aún amengüen más el margen de maniobra. Abrir este melón en vísperas electorales sería una suerte de suicidio porque es un debate envenenado y porque, a juicio de estos interlocutores socialistas, “ninguna mejora va a parecer suficiente a los nacionalistas catalanes” y, al mismo tiempo, es un paso imprescindible para recomponer la relación con Cataluña. ¿Qué mejor oportunidad que la campaña electoral para entablar la deliberación pública que tanto escasea en España cuando toca decidir sobre cuestiones esenciales?

El Estado ‘versus’ la nación
Hasta los líderes socialistas más ortodoxos y jacobinos, como Javier Fernández o Guillermo Fernández Vara —partidario de devolver algunas competencias autonómicas al Gobierno central—, aquellos que comulgan más con la advertencia que en su día hizo Rosa Luxemburgo al SPD —cuando dijo que la crisis de la socialdemocracia comenzó el día en el que los socialistas alemanes invirtieron el principio tradicional de “antes obreros que alemanes” para anteponer la identidad a la clase social—, tienen asumido que, antes que después, se acabará imponiendo el reconocimiento de Cataluña como nación. Y están dispuestos a aceptarlo, siempre y cuando no sea una “nación política”.

El presidente de Asturias, que se ha erigido en uno de los principales referentes intelectuales de su partido, es de los que los que creen —y son legión— que sus compañeros del PSC se equivocaron gravemente al dejarse colonizar ideológicamente por el nacionalismo. Aunque consciente de que su planteamiento no es nada 'sexy' políticamente, Fernández defiende que frente al nacionalismo, “que nace para construir naciones”, el PSOE debe recuperar una clara identificación con el Estado, que es el que paga las pensiones, la sanidad o la educación públicas aunque sea un ente frío, carente de la simbología emocional del nacionalismo.

La del Estado es una idea de la Ilustración para organizar una sociedad de ciudadanos iguales que se asoció con socialismo al amparo del marxismo, ya que hasta entonces la izquierda era sólo liberal y, hasta después de la II Guerra Mundial, incluso antisistema. En el pacto entre clases y no entre identidades —un planteamiento post-mayo del 68—, fue en lo que se fundamentó el Estado de bienestar, que los socialistas construyeron cogidos del brazo con la democracia cristiana europea y del que el PSOE reivindica la paternidad de su tardía implantación en España.

¿Qué es mejor: tener Estado o poder de decisión?
El profesor de Sociología Ignacio Urquizu, que acaba de dar el salto a la primera línea de la política como senador por designación del Parlamento de Aragón y será cabeza de lista para el Congreso por Teruel, desde una posición netamente federalista abre el prisma de este análisis al concluir que los nacionalistas catalanes han errado gravemente en su estrategia para conseguir mayor autogobierno.

“¿Qué es más importante: ser independiente o ser autónomo, tener un Estado propio o tener capacidad de tomar decisiones? Lo que tradicionalmente define a un Estado es tener moneda, ejército y fronteras propias, pero desde la creación de la Unión Europea los estados ya no son como los conocíamos porque han cedido competencias hacia arriba —Europa— y hacia abajo —gobiernos autonómicos y locales—. Alemania, con su modelo de articulación territorial en 'länder', ha demostrado que se puede tener autonomía sin necesidad de configurar un Estado propio”.

La conclusión de Urquizu, en línea con la tesis que ha ido ganando terreno dentro del PSOE hasta convertirse en mayoritaria, es que “defender el Estado único y el reconocimiento de las identidades territoriales no es incompatible”. Pero este planteamiento de sentido común, que entronca con aquel “elevar a la categoría política de normal lo que a nivel de calle es plenamente normal” que enarboló Adolfo Suárez como propósito motor de la Transición, dista mucho de ser de fácil articulación.

La dificultad de integrar teoría y práctica
Es así por el grado de podredumbre y enconamiento al que tan irresponsablemente se ha dejado llegar la fractura entre Cataluña y el resto de España, y lo es porque en España, incluida Cataluña, impera la política de destrucción del adversario, de la herencia recibida y de la demolición de lo construido por el Gobierno anterior, en lugar de los procesos acumulativos de reformas de las vigas maestras de la casa común que son los que han hecho prosperar a los grandes países. Y también porque existe una amenaza 'global': Europa avanza decididamente hacia una unión real o volverá no ya a los tiempos de los estados clásicos, sino al de las ciudades libres del periodo ateniense, como se ha advertido en la crisis de los refugiados.

Al igual que ocurrió con la crisis económica desatada en 2008, las luces de alarma hace tiempo que están encendidas, pero nadie parece querer prestarles atención, por irresponsabilidad, por incompetencia o por ambas cosas, y no son estos defectos que hagan distingos por ideología, sino que lo hacen por la talla de los dirigentes.

Cinco mentiras que Rajoy acaba de decirles a los emprendedores españoles
Tenemos dos problemas: uno, Rajoy ha mentido esta semana a los emprendedores españoles; dos, el presidente del Gobierno acaba de comerse a Paulo Coelho
C. Otto El Confidencial 11 Octubre 2015

Mentir está mal, pero mentir delante de 11.000 personas está aún peor. Y el presidente del Gobierno, Mariano Rajoy, lo ha hecho esta semana.

Lo hizo en la inauguración del South Summit, donde se dirigió a los emprendedores españoles allí presentes para soltarles un discurso precioso... pero plagado de mentiras, medias verdades y palabras totalmente vacías de contenido.

En su discurso (que puedes leer de forma íntegra aquí), el presidente dijo cinco cosas a las que conviene ponerles más de un pero. Son las siguientes:

1.- Rebajas fiscales
En su discurso, Rajoy se autofelicitó por “las decenas de medidas que, en materia de apoyo directo, facilidades, reducciones de cuota a la Seguridad Social, incentivos y rebajas fiscales” ha llevado a cabo su Gobierno.

Pero, ¿es real ese apoyo? Bueno, lo cierto es que el Gobierno sí que ha hecho algunos esfuerzos al rebajar algunas cuotas de la Seguridad Social para empleados, bajando el IRPF o implantando (y aumentando) la tan necesaria tarifa plana de 50 euros para los nuevos autónomos.

Sin embargo, señor presidente, las cosas hay que contarlas enteras. Imagino que, seguro que por falta de tiempo, olvidó decir en su discurso que, en su legislatura, el Gobierno también ha subido la cuota de autónomos, ha timado a los emprendedores con el paro de los autónomos, ha bajado unos impuestos a la vez que subía otros, ha estado a punto de cargarse el equity crowdfunding... Lástima que no le diera tiempo a decir eso.

2.- Eliminación de trabas burocráticas
Dice el presidente que el Gobierno se ha caracterizado por eliminar trabas burocráticas para los emprendedores. Y, caray, no podría estar más en desacuerdo.

Alguna vez hemos hablado por aquí del Doing Business, un informe que dice analizar la facilidad que ofrecen los países a la hora de hacer negocios... aunque no sea así precisamente. En realidad, el único valor que aporta el Doing Business es analizar el número de trámites burocráticos que ofrecen los países a los emprendedores.

Y es ahí, señor Rajoy, donde España fracasa. Porque en el informe de este año, España ha caído otro puesto más en el ranking de los países con facilidades burocráticas para hacer negocios. Y ojo, siempre he pensado que el número de trámites burocráticos para abrir una empresa es el menor de los problemas que tendrá un emprendedor, pero las cosas como son: España no elimina la burocracia.

3.- Ley de Segunda Oportunidad
Entre los logros y las medidas de apoyo a los emprendedores, Rajoy también aludió a la Ley de Emprendedores y la Ley de Segunda Oportunidad. Y ambas leyes han tenido sus cosas buenas, obviamente, pero también sus cosas malas.

Y es que la Ley de Segunda Oportunidad contiene una trampa que el Gobierno siempre prefirió obviar al hablar de ella: si un emprendedor entra en quiebra, verá eliminadas sus deudas... a menos que sean con la administración pública. En ese caso, ni segunda oportunidad ni nada, estableciendo un claro agravio comparativo con el resto de acreedores.

4.- “Los retos no son insuperables”
Moncloa, tenemos un problema: el presidente del Gobierno ha echado a su equipo de comunicación y ha contratado a Paulo Coelho para que le escriba los discursos. Sólo así se entienden algunas de las frases que soltó:

“España tiene todo para convertirse, no ya en un microcosmos, sino en un gran cosmos de innovación y talento de desarrollo e ilusión emprendedora”.

“Sed constantes, no os rindáis nunca, custodiad vuestros sueños como lo que son, el mayor de los tesoros, y mantened siempre la ilusión, incluso en los momentos en que penséis que los retos son insuperables. Nunca lo son. Será la dimensión de los desafíos la que marque la medida de vuestro triunfo”.

“Ayer apretábamos los puños, sí; pero hoy abrimos las manos a un mañana que vuelve a esperar lo mejor de nosotros mismos, y ahí estáis vosotros”.

A juzgar por los delirios, cualquiera diría que Rajoy había desayunado un libro de autoayuda y acababa de salir de una sesión de coaching barato. Porque las frasecitas motivadoras están muy bien para ponerlas en el muro de Facebook, pero no para la vida real.

Además, señor Rajoy, es mentira que los retos nunca sean insuperables. Muchos claro que lo son. En 2014 se cerraron 21.850 empresas en España, lo que da cuenta de una realidad que va más allá de su preciosa frase.

Y es cierto que, por suerte, el número de empresas cerradas en España bajó en 2014. De hecho, las tasas de fracaso empresarial de nuestro país son bastantes similares a las de otros países desarrollados. Pero vaya usted a los emprendedores españoles que cierran sus proyectos empresariales cada día y dígales que ningún reto es insuperable. A ver qué le responden.

5.- “No nos desviemos del proyecto de país”
Dice Rajoy que España puede ser un gran cosmos de innovación y talento de desarrollo e ilusión emprendedora “con poco que no nos desviemos de nuestro trayecto de país hacia el futuro”, lo que en román paladino viene a ser una excusa para hablar de su libro y vender que, si los emprendedores españoles tienen éxito, las medidas del Gobierno habrán tenido también su parte de mérito.

Lo que olvida el presidente es que, cuando una persona monta una empresa, no lo hace animado por las medidas de apoyo en su país ni por la ayuda de su gobierno; lo hace, simple y llanamente, porque cree haber descubierto una oportunidad de negocio y quiere aprovecharla, independientemente de cuál sea la situación en su país.

De hecho, si el presidente echa un ojo a las startups finalistas de South Summit, verá que a la mayoría les va bien porque desde el principio tuvieron proyección internacional y no centraron su modelo de negocio en función de la situación en España, sino buscando usuarios y clientes en muchos otros países.

Y es que los emprendedores (sean del país que sean) nunca triunfan gracias a los políticos, señor Rajoy; triunfan a pesar de los políticos.

El nacionalismo es la guerra
ramón pérez-maura ABC 11 Octubre 2015

Un siglo después de la I Guerra Mundial, algunos aspiran a repetir el error que tanta sangre hizo correr

François Hollande y Ángela Merkel han vuelto esta semana sobre los principios sentados en el Parlamento Europeo por François Mitterrand y Helmut Kohl hace veintiséis años: «El nacionalismo es la guerra». Ello invita a recordar cómo se gestó ese auge de los nacionalismos en Europa hace casi cien años. Porque los nacionalismos modernos, tal y como los conocemos en la actualidad, surgieron de la I Guerra Mundial.

El presidente norteamericano Thomas Woodrow Wilson, desconocedor de la inconsútil unidad de la Monarquía habsbúrgica, hizo públicos a comienzos de 1918 catorce puntos que contenían los principios básicos sugeridos por los Estados Unidos para la terminación de las hostilidades y la apertura de una conferencia de paz. El décimo artículo de esta proclamación anunciaba que los pueblos de Austrohungría recibirían la facultad más grande «para el desarrollo de su autonomía». Era éste un principio bien visto incluso por el Emperador Carlos que preparaba para sus pueblos un proyecto federal. Pero resultaba insuficiente para algunos pueblos como el checo, encabezado éste por dos personas cercanas al pensamiento masónico y rupturista de la época como Tomas G. Masaryk y Eduard Benes, empeñados en destruir la unidad de la Monarquía católica sucesora del Sacro Imperio Romano Germánico. No obstante, encontraron en esta propuesta de Wilson un caballo de batalla sobre el que marchar.

Un siglo después, aspiran a repetir el error que tanta sangre hizo correr
Así, el autoproclamado «Congreso de los pueblos oprimidos de Austria-Hungría», inaugurado en Roma el 8 de abril de 1918, fue convocado, controlado y concluido por grupos de minorías emigradas, provenientes de diferentes partes del Imperio, convirtiéndose así en un «festival de los austrófobos» en definición de François Fejtö. Grupos de italianos, checos, serbios, eslovacos, polacos y rumanos, muchos de los cuales difícilmente podían demostrar más representación legítima que la de sus personas, se pronunciaron taxativamente por el desmembramiento de Austrohungría. Dicha reclamación no hubiera tenido mayores consecuencias de no haber sido presentada al mundo como el grito de libertad de los pueblos del Danubio.

Los reveses del Ejército imperial hicieron que las oposiciones interiores, que se habían mantenido leales a la Corona, se tornasen hacia las voces de la diáspora. Ésta se había relacionado durante todo el conflicto con las potencias enemigas en un acto de pura y simple traición a la patria; la forma de entablar ahora buenas relaciones con el vencedor era llevarse bien con el exilio. Así, las oposiciones nacionales asumieron las tesis radicales de los comités nacionales establecidos en el extranjero, y que ya habían obtenido reconocimiento de los aliados sobre sus reivindicaciones.

Una nueva declaración norteamericana, el 5 de septiembre de 1918, mostraba que Wilson se había sumado a las tesis del jefe del Gobierno francés, Clémenceau, y del primer ministro británico, Lloyd George, y que no se opondría a la constitución de estados independientes surgidos de Austrohungría.

Estados pluriétnicos
Lo que no se puede entender es qué lógica encerraba el proclamar el derecho de autodeterminación y la decisión posterior de encerrar a innumerables grupos minoritarios en nuevos Estados acordados en una mesa, entre personas ajenas que no pretendieron en ningún momento consultar a los pueblos concernidos, como no lo hicieron en ni uno solo de los casos. Lo único que lograron las potencias, con este proceso, fue crear nuevos Estados más pequeños pero igualmente pluriétnicos, alrededor de Bucarest, Praga o Belgrado.

Por increíble que parezca, un siglo después, algunos aspiran a repetir el error que tanta sangre hizo correr.

Fuera de la cuestión de los nacionalismos, Ciudadanos parece presa de una indefinición inquietante
César Vidal. La Razón 11 Octubre 2015

Titula este 11 de octubre de 2015 su columna de La Razón, César Vidal como "¿Quo vadis, Ciudadanos?" y no alberga dudas de que Ciudadanos acabará pactando a nivel nacional con el PSOE:

El triunfo indiscutible en las recientes elecciones catalanas -de casi nada a segunda fuerza-y el espectáculo de un Podemos que se desinfla por días sumados al estancamiento de los dos principales partidos tesis de que Ciudadanos será el árbitro para la formación de las próximas elecciones. La cuestión, obviamente, es hacia dónde inclinará el partido naranja en esa tesitura. Para muchos, semejante eventualidad implicará la continuación en el poder del PP siquiera como parte de un gabinete de coalición.

Apunta que: Debo decir que semejante ser del todo imposible, resulta poco probable. Sé que no pocos votantes se empeñan en ello y que incluso existen medios ubicados a la derecha que insisten en afirmar lo mismo cada lunes y cada martes, pero Ciudadanos no es un partido de centro-derecha. A decir verdad, en su misma página web se ha definido siempre como una formación de centro-izquierda. Por razón natural, esa circunstancia debería inclinar lo más a forjar un pacto con el P SO E que con el PP. Por razón natural y por otras causas. Ciudadanos ha presentado una oposición gallarda y sólida frente al nacionalismo catalán que hubiera sido de desear en el PSOE y el PP. Incluso se ha atrevido-siguiendo las instrucciones que se le han dado infructuosamente una y otra vez al presente Gobierno- a solicitar el final de los conciertos vasco y navarro.

Y destaca que a Ciudadanos le pierde esa constante indefinición de la que hace gala:  Sin embargo, fuera de la cuestión de los nacionalismos, Ciudadanos parece presa de una indefinición inquietante. Sus propuestas no son todo lo claras que sería de desear y en lo que se refiere a sus afiliados proceden de campos tan diversos-la izquierda, el liberalismo, el regionalismo aragonés...- que no resulta fácil pronosticar por dónde podría discurrir todo. Arrancando de esos mimbres, es mucho más fácil que Ciudadanos haga un cesto con el PSOE que con el PP. En primer lugar, no oculta su falta de disposición a pactar con un Rajoy al que considera impregnado de olor a cadaverina; en segundo, está forzado a dar la sensación de cambio y renovación-no de continuidad - respecto de la política de los últimos años; finalmente, en Andalucía está demostrando que puede hacerlo sin demasiados escrúpulos. Quizá sin Rajoy, quizá con pactos que satisfagan en extremo a sus votantes, quizá si el PSOE se empeña en seguir la deriva catalana de los últimos años, Ciudadanos podría pactar con el PP, pero fuera de ese contexto, lo más posible es que gobierne con los socialistas.

47.178 musulmanes vivían en Euskadi en 2014
La población musulmana del País Vasco se ha triplicado en los últimos seis años

Jacobo de Andrés www.latribunadelpaisvasco.com 11 Octubre 2015

En la década de los setenta del pasado siglo XX, las primeras familias musulmanas procedentes del Magreb, especialmente de Marruecos y Argelia, llegaron a varios municipios de Guipúzcoa que, en aquel tiempo, vivían un intenso proceso de industrialización. De hecho, la primera mezquita que abrió en el País Vasco lo hizo en la localidad de Eíbar en el año 1982, después de que, a raíz de la muerte de una mujer musulmana, quedara patente la falta de medios existentes para llevar a cabo los ritos funerarios propios del Islam.

Desde aquellos años, y hasta bien entrada la primera década del siglo XXI, la llegada de familias musulmanas al País Vasco mantuvo un ritmo de crecimiento constante, pero no excesivamente rápido.

En el año 2008, la comunidad musulmana del País Vasco estaba formada por 16.000 personas, mayoritariamente de rito suní, tal y como ocurre en el resto de España.

A partir de esa fecha, que coincide con el inicio de la crisis económica, la llegada de musulmanes a Euskadi se dispara. De hecho, en el periodo 2008-2011, en solamente tres años, la población fiel al Islam casi se duplica hasta alcanzar las 30.000 personas.

En los tres años siguientes, en el intervalo 2011-2014, la comunidad musulmana se incrementa otro 57%, hasta alcanzar los actuales 47.178 miembros.

Algunos analistas explican este importante aumento de la población musulmana en el País Vasco por lo que definen como “el efecto llamada” de las ayudas sociales impulsadas desde las diferentes instituciones vascas, las más numerosas y mejor dotadas económicamente de las existentes en España. Para hacerse una idea de la importancia de este elemento de “atracción” hay que tener en cuenta un dato que revela el último informe anual del Consejo Económico y Social del País Vasco (CES): el Concierto Económico permite que el sistema de protección social vasco ofrezca una cobertura del 34 por mil, frente al 5,48 por mil de la media nacional. Tanto es así que un 41,8% de los fondos destinados a esta materia (“protección social”) en el conjunto de España se invierten en el País Vasco.

Por provincias, la población musulmana vasca se divide de la siguiente forma: 14.618 miembros (Alava), 14.090 miembros (Guipúzcoa) y 18.470 miembros (Vizcaya).

Por país de origen, los musulmanes que residen en el País Vasco provienen, principalmente, de Marruecos (18.337), España (7.843), Argelia (5.563), Pakistán (4.438) y Senegal (3.3672).

En 2014, los colegios vascos atendieron a 6.065 niños musulmanes.

Según los datos que maneja la Unión de Comunidades Islámicas de España, en 2014, en el País Vasco, existían un total de 58 entidades islámicas, 55 comunidades y 57 mezquitas.

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El golpe

Alejo Vidal-Quadras www.vozpopuli.com 11 Octubre 2015

La CUP se lo ha dejado claro a los otros independentistas, los de la lista de Junts pel sí: si quieren sus votos para investir un Presidente de la Generalitat que, por supuesto, no sea Artur Mas, han de aceptar su hoja de ruta. El plan que proponen produce más asombro que rechazo porque desborda cualquier límite propio del pensamiento racional. El hecho de que alguien crea en serio que en la Cataluña, la España y la Europa de hoy se puede construir un nuevo Estado en contra del orden legal español y europeo, con impago de la deuda, crecimiento desaforado del gasto público a la vez que disminuyen drásticamente los ingresos del erario, atropello del derecho de propiedad y nacionalización de sectores estratégicos de la economía, pertenece más al ámbito de la psiquiatría que al de la política. La pretensión de articular un proyecto nacional catalán impulsado por fuerzas cuyo modelo social y económico es diametralmente opuesto demuestra por sí solo la inviabilidad de la hipotética república catalana independiente.

Las gentes que capitanean David Fernández y Antonio Baños viven en un mundo de fantasía en el que los delirios oníricos han sustituido a la lógica más elemental y están dispuestos a dar un golpe contra la legalidad democrática valiéndose de un Parlamento autonómico que ha sido elegido para actuar en el marco del derecho comunitario, de la Constitución española y del Estatuto de Autonomía. Sin esta base legitimadora, la Asamblea del Parque de la Ciudadela se transforma en el agregado tumultuoso de ciento treinta y cinco señoras y señores que hablan y deciden en el vacío, sin que sus proclamas, resoluciones y normas tengan más valor que las conclusiones establecidas en una acalorada charla de café. Por lo menos, la CUP es coherente en sus despropósitos y afirma sin ambages que la independencia de Cataluña pasa por una revolución y no pierden el tiempo con paños calientes como el demediado Artur Mas y su menguante hueste de comisionistas.

El absurdo del disparatado “proceso” aparece en todo su ridículo esplendor cuando agrupa bajo la bandera secesionista a buenos burgueses partidarios de hacer saneados negocios gracias a la libertad de empresa y a anarcocomunistas de tea incendiaria y confiscación violenta, una combinación imposible de sabor intragable que únicamente puede desembocar en una confrontación potencialmente sangrienta. A eso nos han llevado tres décadas de concesiones, pasividad y oportunismo de los dos grandes partidos nacionales y de contumacia nacionalista. Mientras unos robaban en el resto de España, los otros saqueaban Cataluña y se tapaban mutuamente las vergüenzas a mayor gloria de sus respectivos enriquecimientos ilícitos.

Ahora la comedia de la contribución a la gobernabilidad del Estado y de la profundización de la autonomía se ha terminado y aparece con soez crudeza la verdad que no es otra que una pandilla de aprovechados que han mangado cuarenta mil millones de euros –esa es la estimación del volumen total de la corrupción– con el pretexto de que administraban Ayuntamientos y Comunidades. En el erial en el que han convertido nuestra dolorida e indignada Nación campan por sus respetos hordas sedientas de venganza, rechinantes de odio de clase, vociferantes energúmenos de puño en alto que buscan en la destrucción del sistema democrático la compensación de sus clamorosos fracasos vitales y el desahogo de su resentimiento rabioso.

La CUP ha explicado para el que lo quiera oír que para ellos la independencia de Cataluña no es un fin sino un medio, la herramienta que necesitan para convertir una Comunidad Autónoma española rica y avanzada en una miserable Albania de los años cincuenta del siglo pasado. Esas son las manos en las que han quedado los herederos del Muy Imputable, justo castigo a su venalidad sin medida y a su hipocresía sin recato. Si no fuera trágico, tendría su lado cómico ver a los acoquinados habitantes de suntuosos pisos en Sarriá-San Gervasio y de masías restauradas en El Ampurdán temblar ante la ola mugrienta de sans-culottes que asciende imparable para sumirles en la ruina. No me dan ninguna pena, se lo tienen merecido.

El modelo antisistema de la CUP del que Mas es rehén

EDITORIAL El Mundo 11 Octubre 2015

SECESIÓN unilateral e inmediata de España, proclamación de la República Catalana y un plan contra la crisis que pasa por auspiciar una economía socialista y autogestionaria que expulsaría a Cataluña de la zona euro para hundirla en un modelo más propio de las extintas repúblicas soviéticas. Las exigencias de la CUP para apoyar un gobierno formado por Junts pel Sí son aún delirantes aspiraciones que se sitúan lejos de la realidad política y jurídica. Sin embargo, la desobediencia a las leyes nacionales y el rechazo a España que proclaman hallan un sustrato social en la conducta, abiertamente rupturista, que empieza a calar en una parte de la Cataluña interior.

EL MUNDO muestra hoy la posición insumisa y desafiante de algunos de los responsables municipales de las quince localidades que gobierna la formación de ultraizquierda. "Todo cambio va a venir de la desobediencia y no va a haber independencia si no hay desobediencia a la legalidad española". Las palabras de Montserrat Venturós, alcaldesa de Berga (Barcelona), municipio de casi 16.500 habitantes, ilustran la felonía de la CUP. Su desafío está basado en una argamasa ideológica cimentada en los casals -casas okupas- y en una amalgama de entidades orientadas al activismo liberatario. El argumentario de los ediles de la CUP guarda muchas semejanzas con el empleado por Companys cuando proclamó unilateral e ilegalmente el Estat Català en 1934. "¡Porque tenemos la razón! ¡Y porque tenemos la fuerza!", espetó a las autoridades españolas quien entonces presidía la Generalitat. En el caso de la CUP, resulta alarmante tanto el desacato a las normas y a las sentencias de los tribunales españoles, como el hecho de que sus munícipes se planteen una insubordinación fiscal, por ejemplo, negándose a retornar al Estado los impuestos que recaudan.

La CUP es un partido antisistema y de corte netamente asambleario, que no tiene ningún pudor en exhibir un mensaje extremista. Defienden la salida del euro y de la UE, el impago de la deuda, la renacionalización de la banca y la aprobación de una renta mínima vital. Y, aunque su prédica es aún minoritaria -obtuvo el 8% de apoyo-, lo relevante es que empieza a cundir en amplias bolsas de la geografía catalana que ya han desconectado emocionalmente de España y para quienes la deslealtad al Estado es ya moneda común.

Los resultados del 27-S han convertido a los diez escaños de la CUP en la llave del proceso independentista. El president en funciones advirtió ayer de que la proporción de diputados -Junts pel Sí suma 62- "debe ser respetada", en alusión a las exorbitadas exigencias formuladas por los portavoces de la CUP. Mas ha encallado ahora en una tesitura diabólica porque el modelo político y económico que propugna este partido choca frontalmente con el ideario conservador que ha ahormado el centroderecha catalán desde la Transición. La torpeza y el radicalismo del líder de CDC ha dinamitado el catalanismo tras forzar la apuesta soberanista, lo que desembocó en la escisión de Unió. Ahora, su huida hacia adelante amenaza también con devastar a su propio partido, en cuyos postulados descansa buena parte de las aspiraciones de la burguesía catalana. El presidente de la Generalitat aseguró ayer que CDC ha contribuido a que mucha gente que hace unos años no estaban a favor de la independencia ahora lo esté. Y en esto tiene razón.Pero, lejos de ser un mérito, supone la consecuencia de su renuncia al diálogo y a la moderación. Mas ha abocado a Cataluña al peligro de extrapolar al conjunto de esta comunidad la doctrina bolivariana de la CUP.

La incertidumbre de un horizonte de difícil gobernabilidad no le va a salir gratis a todos los catalanes, no sólo al 48% que apoyó opciones independentistas el 27-S. A las dificultades para articular un gobierno estable que saque a Cataluña del atolladero económico en que la ha sumido Mas, se añade la rebaja de Standard&Poor's de la calificación de la deuda catalana, que el viernes pasó de BB a BB- (bono basura con perspectiva negativa).

La independencia de iure de un territorio siempre encuentra un reflejo anterior de facto. De ahí la gravedad del comportamiento social de insubordinación extendido en parte de Cataluña. Tras años de inacción, el Gobierno se enfrenta un doble reto. Primero, velar por el cumplimiento estricto de las leyes españolas. Y, segundo, recuperar el impulso perdido para reconducir políticamente una situación que la CUP amenaza con desbordar

A propósito de una desafortunada entrevista
josé antonio portero molina La Opinion 11 Octubre 2015

Sostiene en reciente entrevista en La Vanguardia el profesor Pérez Royo, constitucionalista ampliamente reconocido por sus colegas entre los que me cuento, que España no tiene Constitución porque el Tribunal Constitucional acabó con ella mediante un golpe de Estado, la sentencia sobre el Estatut de 2010.

Se refiere a la Constitución territorial pero más adelante eleva el tiro y dice que no hay que reformar la Constitución sino volarla, hacerla saltar por los aires e ir a un proceso constituyente. Y remata, tras afirmar que tenemos una Constitución monárquica, bipartidista y antifederal que ya no representa a la nueva sociedad española, pronosticando que el Congreso que salga de las próximas elecciones no va a poder gobernar. O cambia el sistema electoral porque no incentiva a los pequeños partidos para que faciliten la gobernabilidad porque si lo hacen se arriesgan a desaparecer, o no hay solución.

Me resulta imposible no discrepar enteramente de todo lo anterior. Empezando por el final, si el problema es el sistema electoral bastaría con cambiar la ley sin necesidad de cambiar la Constitución. Pero sin olvidar que esa ley electoral ha permitido durante años formar mayorías capaces de sostener gobiernos estables de derecha e izquierda con mayorías absolutas o simples con apoyos diversos. Que los pequeños partidos, cuyo tamaño está por ver, no quieran pactar con los grandes para facilitar gobiernos estables no está probado sino que, por el contrario y de momento, tras las recientes elecciones locales y autonómicas Podemos, Ciudadanos, Compromis y otros han apoyado a uno de los grandes sin mayores dificultades. No veo por qué acuerdos parecidos no serán factibles después del 20 de diciembre. Otra cosa es pensar en una altísima fragmentación parlamentaria sin grupos destacados y con una polarización extrema, pero no parece que las cosas vayan por ahí. Y por cierto, en el Parlamento de Cataluña hay, tras las elecciones celebradas con la ley electoral estatal al carecer de una propia, varios pequeños partidos y bastantes dificultades para formar gobierno, pero la culpa no es de la ley. El asunto esmás complejo. Tampoco veo por qué los dos grandes deberían cambiar la ley orgánica electoral para incentivar la presencia de más partidos pequeños. No parece muy sensato.

Y llegamos al principio, al golpe de Estado del TC.
No hubo tal sino sólo una sentencia que como todas agrada a unos y encrespa a otros. Lo más correcto es que el TC se hubiera pronunciado tras la aprobación del Estatut por las Cortes y no después del referéndum. Para eso se ha reintroducido en septiembre de este año en la Ley Orgánica del TC el recurso previo de inconstitucionalidad contra Estatutos de Autonomía, pero en 2006, fecha de presentación del recurso, las reglas eran otras y el TC actuó conforme a ellas. Me temo, en todo caso, que también se habría declarado inconstitucional el Estatut con el recurso previo.

No puede hablarse de golpe de Estado ni como exceso verbal. Tampoco hay causas objetivas para abrir el proceso constituyente que también piden Podemos y la CUP. La propuesta continuaría nuestra turbulenta historia constitucional terminando temerariamente con su mejor etapa. No sé si se reformará la Constitución ni en qué extremos, pero de lo que estoy seguro es de que volarla tiene muy pocos partidarios. Somos millones los ciudadanos de derechas e izquierdas que confiamos más en la política que en la dinamita, ni siquiera a efectos dialécticos.

Cuarenta millones de constituciones
Nota del Editor 11 Octubre 2015

Está claro que la CE es un bodrio, tanto desde el punto de vista racional como jurídico y social. Y está claramente demostrado que el TC se pasa la letra y el espíritu de la constitución por la entrepierna siguiendo lo que les mandan quienes los nombran, por ello la CE es una enorme tomadura de pelo para que la mayoría despistada piense que esto es una democracia y ya está.

Es imposible escribir una constitución que tenga más de dos líneas en la que estén de acuerdo los cuarenta millones de españoles, por ello tendríamos que tener una constitución personalizada, a ver si así, los de siempre estarían dispuestos a cumplir al menos la suya.

Yo propongo una constitución de dos líneas, y seguro que no se apunta una mayoría ni a la primera ni a la segunda. Los que se apunten a las dos línea, muchas gracias por su solidaridad

1. España es España
2. El idioma de la república española es el español
 


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