AGLI Recortes de Prensa   Lunes 12  Octubre 2015

Un insulto inaceptable: la economía "con alma"
No se puede defender la idea de un profundo sentido social cuando nos ha situado como el país de Europa con la más injusta distribución de la renta y la riqueza
Roberto Centeno El Confidencial 12 Octubre 2015

Siete de cada 10 españoles se consideran perjudicados por la gestión de Rajoy. Y es que su discurso económico, que garantiza que ya hemos salido de la crisis y somos un referente mundial de éxito, igual que Zapatero cuando afirmaba que jugábamos en la Champions League, es de una falsedad pasmosa. Con todo a su favor -tipos de interés cero, petróleo hundido y financiación ilimitada-, Mariano Rajoy deja a España con la mayor deuda pública y exterior de la historia, con la más alta fiscalidad sobre las familias de toda la OCDE, con un sistema de pensiones quebrado y con una reforma del mercado de trabajo que ha dado lugar a una degradación laboral sin precedentes, con el precariado y el 'seiscientoseurismo' como pilares esenciales de la política de empleo de este Gobierno.

Que en estas condiciones se pretenda vender como excelente el desgobierno de Rajoy es un insulto a la inteligencia. Pero que Jorge Moragas y cuatro amiguetes, a los que ha nombrado vicesecretarios con el encargo de resucitar el cadáver político que es ya Mariano Rajoy, pretendan vender ahora que se ha gestionado la economía "con alma" supone un discurso tan delirante que raya en la insania. No se puede defender la idea de un profundo sentido social cuando nos ha situado como el país de Europa con la más injusta distribución de la renta y la riqueza, con la mayor caída del poder adquisitivo de los salarios en 70 años, agravada por una subida récord de los impuestos indirectos, y donde uno de cada tres jóvenes vive en riesgo de exclusión social. Y es que en Moncloa están convencidos de que los españoles somos imbéciles.

La herencia económica de Rajoy
El hecho de valorar la herencia económica de Rajoy, auténticamente desastrosa para la gran mayoría de los españoles actuales y futuros, no requiere de juicios de valor sino de cifras, por lo que a continuación expongo puras matemáticas, algo que deja muy poco margen a la duda y a lo que nos espera. La primera cifra para valorar la gestión económica de un Gobierno es calcular la riqueza creada o destruida durante el periodo que ha durado su legislatura. Y Rajoy lo tenía muy fácil, ya que mejorar la gestión de un tonto solemne rodeado de los ministros económicos más ineptos de los que se tiene memoria y de un gobernador del Banco de España que no cumplió con ninguna de sus obligaciones esenciales era pan comido.

Pero Rajoy nos sorprendería a todos; no solo no la mejoraría, sino que agravaría todos los fundamentos de una situación considerada como imposible de empeorar. Si el PIB a precios de mercado o total de riqueza creada en 2011, último año del indigente mental, ascendió a 1.070 billones de euros, en 2012 fue 28.000 millones inferior; en 2013, 39.000 millones menos; en 2014, otros 29.000 millones menos que en 2011 y, finalmente en 2015, 3.000 millones más. En total, y respecto a lo que hubiera sucedido de haberse mantenido el mismo PIB a precios del mercado que en 2011, la riqueza destruida por Rajoy durante su mandato equivale a 93.000 millones de euros.

Pero el tema es mucho peor cuando analizamos la estructura del PIB desde el punto de vista de las rentas recibidas. La remuneración de los asalariados, según las últimas cifras corregidas de la contabilidad nacional publicadas el pasado septiembre, disminuyó en 32.000 millones de euros en 2012, en 54.000 en 2013 frente a 2011 y en 40.000 en 2014. Es decir, durante los tres primeros años de gobierno de Rajoy las rentas salariales disminuyeron en 126.000 millones de euros respecto a lo que hubiera ocurrido de haberse mantenido el nivel de 2011. El excedente bruto de explotación se mantuvo más o menos igual y los impuestos sobre la producción se incrementaron en 28.000 millones. Que ante esta realidad hablen de economía “con alma”, es un insulto a los 14,7 millones de asalariados.

Pueden decir: vale, al principio fue mal pero ahora gracias a nuestra sabiduría hemos entrado en el sendero de la recuperación. Otra falsedad absoluta coreada por medios y analistas que no analizan o atados al pesebre, porque la situación de 2015 es excepcional por el gasto electoral que ha elevado el consumo y la inversión a costa de incumplir una vez más los objetivos de déficit, algo que acaba de denunciar Bruselas, pero el 21-D se acabó la fiesta. Según acaba de publicar el servicio de estudios del Banco de España, el crecimiento medio de los próximos 11 años promediará el 1,25%, lo que significa que será imposible el mantenimiento de lo que queda de Estado del bienestar, empezando por las pensiones.

Y esta es la segunda cifra a tener en cuenta, el nivel de deuda, cuyo crecimiento ha sido el mayor de la historia de España. La deuda total o pasivos en circulación crecería con Rajoy en 497.000 millones de euros (a junio de 2015), en solo tres años y medio Rajoy endeudó a los españoles lo mismo que en los 11 años anteriores. Y respecto a la deuda externa neta, la parte más débil de la economía española, Rajoy la ha elevado hasta 1,1 billones de euros, la más alta en relación al PIB del mundo desarrollado según el FMI. Ambas son consecuencia a partes iguales del despilfarro público, que sigue intacto (Rajoy ni ha tocado las duplicidades entre administraciones públicas, que cuestan 34.000 millones al año), y de haber hecho recaer sobre los contribuyentes los errores de los oligarcas del Ibex y el rescate de los bancos alemanes y franceses. Ha arruinado las expectativas de vida de los españoles para 50 años.

Aquí es necesario volver a mencionar un hecho que Rajoy considera su mayor victoria, y que en realidad fue un disparate histórico: el no haber aceptado el rescate ofrecido por la eurozona en 2012. En ese año, con la prima de riesgo por las nubes, Grecia y España estaban en una situación insostenible, por lo que el rescate era la opción lógica. Fue lo que hizo Grecia, aunque luego sus políticos y oligarcas volverían a arruinar el país. Grecia pidió el rescate y a cambio de recortar gasto (que no cumplió) le fue condonado el 70% de la deuda. Es lo que debería haber hecho Rajoy, pero ¡oh casualidad!, aparece Draghi y pronuncia su famosa frase: “Haré todo lo que sea necesario para sostener al euro, y créanme, eso será suficiente”. La bolsa española subió un 6% ese día.

Rajoy renunció al rescate que hubiera reducido nuestra deuda en 400.000 millones de euros, y se lanzó a endeudar a España masivamente, pero para ello tuvo que comprometerse con Merkel a que el pago a las cajas alemanas fuera una prioridad absoluta, algo que no ha hecho ningún otro país (Islandia no devolvió un euro y metió en la cárcel a todos los responsables). Y ahora suelta todo un Himalaya de mentiras diciendo que salvó a España cuando a quienes salvó fue a las cajas alemanas y francesas, o que evitó el recorte de las pensiones cuando lo único que se le exigía era reducir el déficit, y Rajoy podía haber recortado perfectamente el despilfarro político (unos 100.000 millones año), pero “eso ni se toca”, diría. Peor aún, al no haber aceptado el rescate tendría que empezar el saqueo de la caja de las pensiones. A día de hoy, ha liquidado más de la mitad. Su cinismo no tiene medida.

Competitividad y reformas estructurales
El mantra preferido de los asesores de Moncloa y del Gobierno es la competitividad. Ninguno de ellos ha trabajado nunca en economía, así que no es de extrañar que no tengan ni idea de lo que están hablando, o lo que es peor, lo empleen en forma sesgada para justificar lo injustificable. Siendo cierto que la productividad es clave en una economía, no es igual en todos los sectores. En los que producen bienes y servicios internacionalmente comercializables es todo, en los dedicados al sector interno, lo es menos. Así lo demostró el gigante Walmart en EEUU incrementando hace unos meses los salarios de sus empleados para motivarlos más en su trabajo. Pero, sobre todo, el factor trabajo, el único que ellos contemplan, no es el único determinante de la competitividad, y muchas veces ni siquiera el más importante.

Tomemos el ejemplo del ministro de Industria, Energía y Turismo, José Manuel Soria, un ignorante donde los haya, que desconoce la diferencia entre un kWh y una kilocaloría o entre un panel solar y uno fotovoltaico. Acaba de aprobar un decreto para impedir con toda una serie de prohibiciones e impuestos totalmente caprichosos la autogeneración eléctrica con los nuevos paneles fotovoltaicos que producen electricidad a precio un 30% inferior a la tarifa que factura el oligopolio eléctrico, y que permitiría a cientos de miles de pymes y familias abaratar significativamente sus costes. El indocumentado Soria y su indigno jefe Rajoy se han puesto incondicionalmente al servicio de los oligarcas, contra los consumidores y contra la productividad.

¿Y que decir del ministro de Economía y Competitividad, Luis de Guindos, apóstol de los recortes salariales y de los sueldos de 600 euros, y tan experto que arruinó a miles de inversores vendiéndoles basura estructurada a precio de oro como presidente de Lehman Brothers España, permitiendo a los monopolios petrolero y gasista abusar sin límite de su posición dominante y facturar 'inputs' esenciales en la economía y en la productividad a precios muy por encima de la totalidad de nuestros competidores? Y ya el colmo, la Comisión Nacional de los Mercados y la Competencia (CNMC) denuncia que las administraciones públicas pagan por los bienes y servicios que adquieren 45.000 millones de euros anuales de más de lo que correspondería en régimen de competencia, y esta legión de inútiles no mueven ni un solo dedo para evitarlo mientras recortan salarios para “mejorar la competitividad”.

En cuanto a reformas estructurales, ya esta todo dicho, cero las que afectan a los oligarcas del Ibex y solo las referentes al trabajo reduciendo salarios y derechos, una política económicamente y socialmente inaceptable. Y queda un tema crucial que afecta a 9,5 millones de ciudadanos: las pensiones. Cuando Rajoy llega al poder, la hucha de las pensiones tenia 67.000 millones de euros y hoy queda menos de la mitad, y como el agujero es cada vez más grande por los bajos sueldos y la mala calidad del empleo que se crea, en dos años la hucha estará liquidada. En 2015, frente a una previsión de incremento de cotizaciones del 7%, el acumulado a julio era de -0,7%. Al lado de esto, los gastos por pensiones, también a julio, habían crecido un 3,8%.

Pero para entender la gravedad de la situación, nada mejor que las afirmaciones del Gobernador del Banco de España y de la Autoridad Fiscal Independiente, nada sospechosos de ir contra el Gobierno. El primero afirmaría en sede parlamentaria que “el sistema público no va a garantizar el nivel actual de las pensiones” pero no dio ninguna cifra, el segundo cuantificaría esa afirmación diciendo que es necesario que las pensiones de viudedad y orfandad, que representan unos 20.000 millones y que equivalen al agujero actual, tienen que pasar a ser pagadas por el Estado vía impuestos para equilibrar temporalmente las cuentas. El problema es que resulta imposible que el Estado asuma esta nueva carga. Rajoy miente como un bellaco a los pensionistas asegurando que mantendrá las pensiones cuando sabe que es imposible, claro que como carece de empatía los pensionistas le traen al pairo.

NOTA: Cataluña es hoy una región sin ley y en estado de caos. Una banda de matones racistas y antisistema, envalentonada porque nadie frena sus agresiones, exige un “plan de ruptura irreversible” de España la quieran o no la mayoría de catalanes, y proclama el incumplimiento de cualquier ley que no sea su voluntad. Hablaré de ello la próxima semana, pero la inacción y la cobardía de Rajoy y de la Fiscalía General, cuyo deber es garantizar el cumplimiento de las leyes y la persecución de los delitos, son ya absolutamente intolerables. Es la primera vez en la historia europea que se comete públicamente un delito de sedición y el Gobierno no hace nada. Igual que jamás se ha creado nación alguna en base al “derecho a decidir”, porque tal derecho no existe en ningún lugar del mundo. Solo esta mafia de cobardes y traidores con forma de partido que nos gobierna es capaz de aceptar lo inaceptable .

12-O: Españolizar España
Hoy estamos al borde del abismo: en la ruina económica, en el hundimiento moral y en la desintegración política. No es un paisaje fácil para nadie. Y sin embargo, otras veces hemos estado peor –y hemos salido adelante-.
Gaceta.es 12 Octubre 2015

España es un gran país. Uno de los más grandes. Esa grandeza la tenemos en nuestra Historia y bajo nuestros pies. Hoy estamos al borde del abismo: en la ruina económica, en el hundimiento moral y en la desintegración política. No es un paisaje fácil para nadie. Y sin embargo, otras veces hemos estado peor –y hemos salido adelante-. Lo que hoy España necesita para dar el paso es, ante todo, retomar la conciencia de lo que somos. Redescubrir nuestra identidad para encontrar en ella las energías que nos faltan. En suma, necesitamos españolizar España.

Como acertadamente recuerda Luis Suárez, España es una de las cuatro o cinco naciones decisivas en la construcción de la Historia universal. Desde nuestro suelo se ha salvado varias veces la supervivencia de la civilización occidental (basta pensar en Las Navas de Tolosa o en Lepanto), se han explorado mares antes ignotos, se ha descubierto y poblado un continente nuevo, se ha extendido por todo el mundo una religión –la católica-, se han sentado las bases de eso que hoy llamamos “derechos humanos” –punto este asombrosamente ignorado por la mayoría de nuestros estudiantes de hoy-, se ha aportado una infinita cantidad de obras cumbre al acervo cultural humano… Los españoles tenemos razones sobradas para sentirnos orgullosos de ser lo que somos, más allá de la retórica pancista del político de turno. Un orgullo que no bebe en el estrecho nacionalismo moderno, sino en la certidumbre de haber contribuido de manera determinante a una construcción universal. Sin España, el mundo habría sido de otro modo.

La Hispanidad es la huella de esa estatura histórica y cultural, la herencia espiritual de nuestro paso por el mundo. Eso es lo que hoy, 12 de octubre, festejamos. Pero lo elevado de la conmemoración necesariamente contrasta con lo bajo de nuestra circunstancia presente, y eso también es preciso decirlo. Aquí la crisis económica es casi lo de menos. Mucho más relevante parece es la profunda anemia espiritual y política del país.

Los enormes errores cometidos en los últimos años han llevado a una situación de profunda injusticia; una situación en la que los españoles de ciertos territorios ven negado su derecho a ser propiamente españoles e incluso causa escándalo la mera idea de “españolizar” a quienes son españoles. El disparate da la medida de lo bajo que hemos caído. Por el contrario, parecen gozar de entera impunidad quienes despliegan todo género de violencias verbales e institucionales contra España, lo español y los españoles, como si lo legítimo fuera romper la patria y lo ilegítimo defenderla. Que esa violencia se financie además con fondos públicos convierte toda nuestra circunstancia en algo propiamente demencial. De aquí nada bueno puede salir.

A nadie se le oculta que hoy nos encontramos ante una disyuntiva radical: unos quieren romper España y otros quieren –queremos- mantenerla unida. Esa disyuntiva no la ha creado un régimen constitucional que ha amparado la diversidad territorial y cultural de España en grados muy superiores a los de cualquier otro país europeo. Al revés, esa disyuntiva la han creado quienes han estado empleando su singularidad –lingüística, institucional, etc.- como arma contra la libertad de los españoles. El separatismo no ha funcionado sólo como una fuerza que intenta separar a una parte de España del tronco común; también está actuando como instrumento de segregación dentro de las propias comunidades, creando ciudadanos de primera y de segunda en función de sus simpatías hacia las oligarquías dominantes. El caso catalán es transparente. Los separatistas suelen envolver sus gritos en protestas de “libertad”, pero si alguien defiende la libertad real de los ciudadanos es precisamente España, sus leyes y su derecho. En esa disyuntiva atroz ya no queda sitio para posiciones intermedias. Y La Gaceta estará siempre en el lado de España, los españoles y sus libertades. Nadie lo dude.

Sus libertades, sí. Nadie lo dude tampoco. Porque la idea de España, que ciertamente encarna una esencia histórica que quiere sobrevivir, al mismo tiempo encarna hoy un proyecto de convivencia en libertad y en paz, dentro de un sistema democrático que debe perfeccionarse para que los derechos de los ciudadanos no queden nunca a merced de minorías totalitarias. Por eso españolizar España no es sólo reformar la enseñanza para que nuestros hijos aprendan a amar su país, aunque este sea un punto absolutamente fundamental. Españolizar España es también, y quizá ante todo, hacer valer la ley y el derecho allá donde otros quieren romperlo. No podemos dejar que nuestros compatriotas de cualquier región caigan en manos de quienes predican el odio al prójimo.

La España moribunda se irrita con el Cupo vasco
Las viejas banderías han vuelto a salir a la luz. La revisión del Concierto vasco y navarro que reclaman algunos forma parte de esa permanente discusión sobre la naturaleza territorial de España
Carlos Sánchez El Confidencial 12 Octubre 2015

Uno de los discursos políticos más relevantes de los últimos dos siglos -por su significado histórico- lo pronunció Lord Salisbury en mayo de 1898 en el Albert Hall de Londres. Salisbury, por entonces primer ministro de Inglaterra y un auténtico experto en política exterior, puso en circulación el término 'naciones moribundas' para referirse a aquellos países con un imponente pasado colonial -como España, Portugal o, incluso, China- que al filo del siglo XX se arrastraban por el concierto internacional.

Frente a esas naciones moribundas, Salisbury identificó a los países emergentes de la época, como EEUU o Rusia, pero sobre todo Inglaterra y Francia, por entonces en plena expansión territorial. Incluso Alemania (una potencia económica pero no territorial) buscaba su lugar en el mundo tratando de tener alguna presencia en Marruecos, Mesopotamia o China. Suele pasar desapercibido que fue la Alemania del káiser Guillermo quien primero utilizó la yihad -la guerra santa- contra los británicos en la India o Egipto en aras de atrapar un buen pedazo territorial del decadente y moribundo imperio otomano, su aliado, por entonces el verdadero “enfermo de Europa”, una expresión que suena moderna, pero que tiene más de un siglo.

“Por un lado”, sostenía el 'premier' británico, “tenemos grandes países cuyo enorme poder crece de año en año, aumentando su riqueza, aumentando su poder, aumentando la perfección de su organización”, por otro, decía, “otras naciones que década tras década son cada vez más débiles, más pobres y poseen menos hombres destacados o instituciones en que poder confiar y que todavía se agarran con extraña tenacidad a la vida que tienen”. Salisbury achacaba la caída de los antiguos imperios coloniales a la existencia de una Administración convertida “en un nido de corrupción, por lo que no existe una base firme en la que pudiera apoyarse una esperanza de reforma y reconstrucción”.

Ya se conocen las consecuencias de aquella crisis finisecular en el caso español, pero lo que es realmente significativo es que más de un siglo después el país siga enfrascado en viejas rencillas que se creían superadas.

No hay mucho más que decir del disparate en que se han embarcado las clases dirigentes de Cataluña, enfrascadas en un proceso absurdo y anacrónico que forma parte de esa España moribunda de la que hablaba Salisbury. Y que se resume en aquel tristemente célebre ¡Viva Cartagena!’.

La estupidez humana
Pero lo que sorprende es que en los últimos días algunos irresponsables hayan vuelto a remover uno de los viejos fantasmas de la política española: los fueros del País Vasco y Navarra. Como sostiene en privado un veterano dirigente socialista, tenemos un incendio en Cataluña y alguien quiere montar otro de considerables dimensiones, lo cual pone de manifiesto que es cierta la primera ley fundamental de la estupidez humana de la que hablaba Carlo M. Cipolla: “Siempre e inevitablemente cada uno de nosotros subestima el número de individuos estúpidos que circulan por el mundo”.

Parece evidente, y así lo han puesto de relieve multitud de artículos académicos, incluso los publicados en revistas de la Hacienda central, que el cálculo del Cupo en ambos territorios es un insulto a la inteligencia. Como ha puesto de manifiesto el profesor De la Fuente, uno de los mayores expertos en financiación territorial, el origen del desajuste está en las leyes quinquenales del Cupo, donde los principios y procedimientos de valoración establecidos en la ley del Concierto se concretan de una forma “muy discutible”. Por un lado, la valoración de las cargas estatales no asumidas por el País Vasco está fuertemente sesgada a la baja. Y por otro, el ajuste por IVA se realiza utilizando valores desfasados de los coeficientes que recogen el peso del País Vasco en el consumo nacional y en la base del impuesto. Habría que añadir la ausencia clamorosa del País Vasco y Navarra en la financiación de los mecanismos de cohesión territorial.

¿Qué quiere decir esto? Pues que una cosa es discutir cómo se calcula el Cupo y otra muy distinta cuestionar un modelo de autogobierno no solo amparado por la Constitución, sino que forma parte de la racionalidad económica.

Parece obvio que una de las lagunas de todos los modelos de financiación autonómica puestos en marcha desde los primeros años noventa tiene que ver con la asimetría entre ingresos y gastos. Las comunidades autónomas gastan (sobre todo en sanidad, educación y funcionarios), pero su capacidad para prever los ingresos es muy limitada. O dicho de otra forma, existe una ausencia de correspondencia entre la distribución de competencias y la distribución de los ingresos. De ahí la aparición de frecuentes déficits que periódicamente deben ser cubiertos por la Hacienda central, siempre presta a plegarse a los partidos nacionalistas por razones de supervivencia parlamentaria o a los barones regionales del mismo partido por motivos internos.

Para evitar esta anomalía que impide la suficiencia financiera, desde hace décadas se habla de avanzar en la corresponsabilidad fiscal. Precisamente, para impedir la deficiencia estructural del modelo. Desde luego, sin hacerlo incompatible con la existencia de potentes instrumentos de nivelación y solidaridad interregional a cargo del Estado capaces de garantizar la cohesión social entre territorios y la prestación de los servicios públicos.

El hecho de que esa capacidad de autogobierno esté solo reconocida al País Vasco y Navarra, por lo tanto, no es un privilegio. Es simplemente un factor diferencial emanado de circunstancias históricas recogidas en la Carta Magna, por lo que lo razonable sería avanzar en esa dirección en el conjunto del territorio siempre que, al mismo tiempo, el Estado se asegurase la gestión de grandes tributos para garantizar la equidad horizontal.

Agravios comparativos
Ocurre, sin embargo, que la España autonómica ha derivado en una suerte de reino de taifas -a lo mejor habría que hablar de simples bandoleros que hacen la guerra por su cuenta- donde cada barón regional hace patria para ganar votos mirándose en lo que hace el contrario, lo que explica la proliferación de falsos agravios comparativos que convenientemente azuzados explotan los comportamientos más primarios. Son los políticos, y únicamente los políticos, quienes han generado tanta confusión.

O dicho de una forma más directa. Ha emergido el populismo más rancio y barato, que solo pretende tocar la fibra más sensible: los sentimientos, que por su propia naturaleza son irracionales. Esa forma de actuar -un tanto tosca y provinciana para un asunto que tiene mucho que ver con la sensatez económica y el rigor técnico- tuvo su máxima expresión cuando en el reformado Estatuto de la Comunidad Valenciana se incluyó la célebre ‘cláusula Camps’, que obligaba a tener -no se sabe muy bien a quién se podría demandar- el mismo techo competencial que Cataluña, independientemente de las necesidades de la región. El absurdo en su máxima expresión.

El resultado de este ensimismamiento en los problemas derivados de la política territorial ha provocado que el país siga mirándose el ombligo como si en el exterior no pasara nada.

Como si fuera del ‘planeta España’ las grandes potencias estuvieran dormidas y no se estuvieran repartiendo el mundo. Algo que inevitablemente recuerda al comportamiento de esas naciones moribundas de las que hablaba Lord Salisbury, que solo se recrean en sus propias miserias: que si Cataluña, que si el País Vasco y Navarra, que si las banderas o los símbolos, que si el derecho a decidir, que si somos nación, nacionalidad, región o algo parecido, que si tú tienes más competencias que yo al margen de mis propias necesidades… Problemas nominalistas más propios de un país adolescente y barbilampiño pese a tener 500 años de historia dentro de las mismas fronteras, pero incapaz de coser sus heridas interiores.

Sin duda que esto explica la eclosión de fenómenos como la CUP, un partido del siglo XIX que entra con fuerza en el siglo XXI sin que nadie se pregunte con espanto -otra prueba fehaciente del pobre y decadente parlamentarismo español- qué ha hecho tan mal este país para merecer esto.

12 DE OCTUBRE DE 1492
Lo que nos une: algo más que la historia común
No es que la América hispana y España compartan una historia común: es que nuestra historia es la misma. Allí nació algo que lleva nuestra sangre pero cobró vida propia, y la cobró mucho antes de las independencias del XIX. Por eso somos hermanos.
José Javier Esparza  www.gaceta.es 12 Octubre 2015

El 12 de octubre de 1492, viernes por más señas, tres barcos capitaneados por Cristóbal Colón tocaban tierra en lo que el navegante creía que eran las Indias, o sea, Asia. La historia es bien conocida: los turcos habían cerrado el Mediterráneo, España necesitaba acceder a los mercados de oriente y Colón llegó diciendo que él conocía una ruta occidental. Pero lo que había al otro lado no era Asia, sino otra cosa: las Indias eran América.

Lo mollar de la cuestión es esto: lo que empezó a nacer en 1492 y crecería sin tregua durante los dos siglos posteriores fue un mundo nuevo que ya no era la América indígena ni tampoco una simple prolongación colonial de la metrópoli. En el suelo americano surgió una realidad histórica nueva con sus propias características culturales, políticas, religiosas, sociales y hasta raciales. No es que la América hispana y España compartan una historia común: es que nuestra historia es la misma. Allí nació algo que lleva nuestra sangre pero cobró vida propia, y la cobró mucho antes de las independencias del XIX. Por eso somos hermanos.

Contra la leyenda negra
Hay una tendencia bastante enfermiza a examinar la conquista de América bajo la luz de sus aspectos más siniestros. Según cierta vulgata muy en boga hoy en nuestro país, España llegó a América, arrasó el paraíso, diezmó a los pueblos felices con un genocidio brutal, esclavizó a los indios y les infligió torturas sin fin para convertirlos al cristianismo. Todo esto es simplemente falso. Hoy nadie con un mínimo rigor puede hablar de genocidio. El genocidio presupone una voluntad de exterminio que jamás existió en la política española en América. Al contrario, es el primer caso de conquista en toda la historia que proscribe desde el principio la esclavitud de los vencidos, persiguiendo a quienes vulneran esa prohibición y tolerando un proceso de mestizaje. Sí hubo una catástrofe demográfica sin paliativos que diezmó a la población amerindia, y hoy todo el mundo sabe (o debería saber) que obedeció, sobre todo, a los virus llevados a América por los españoles, por sus animales domésticos y, después, por los esclavos.

Falso es también el tópico de los indios torturados por la Inquisición. La labor de la Inquisición en América fue comparativamente minúscula. Por ejemplo: una sola ejecución en todo el siglo XVIII. Y sobre todo, rarísima vez se aplicó sobre los indios: los casos tempranos (el cacique Don Carlos de Texcoco, los tres indios de Tlaxcala) fueron tan polémicos en Nueva España que llevaron a la propia Inquisición a prohibir expresamente que se persiguiera a los indios, “neófitos en la fe”. Léase la Historia del Tribunal de la Inquisición de Lima, de José Toribio Medina, por poner un sólo ejemplo. En cuanto a la esclavitud, sabemos que la historia de la colonización es una permanente pugna de la Corona y la Iglesia contra quienes querían implantarla. Hubo, sin duda, otras formas de explotación de los indios, pero no la esclavista. Esa la hubo, y muy brutal, en la América pre-hispana, entre los propios pueblos indios.

Los indios, sí. Y por eso abrieron el camino a los españoles. Cuando uno cuenta la historia de la conquista se fija siempre en los grandes héroes (Núñez de Balboa, Cortés, Pizarro), gentes que desafiaron a poderes de extraordinaria amplitud y vencieron. Las gestas de estos personajes son en verdad escalofriantes, pero ninguna conquista hubiera sido posible sin el concurso –interesado y vehemente- de las propias tribus indias. Santo Domingo lo conquistaron los Colón, pero lo hicieron gracias a los taínos que les ayudaron para quitarse de encima a los caribes, que gustaban de comérselos a pedacitos. México lo conquistó Hernán Cortés, sí, pero sus manos y sus pies fueron los centenares de miles de tlaxcaltecas, tepeaqueños, etc., que se le unieron porque estaban hasta el gorro de los mexicas (o aztecas). El Perú lo conquistó Pizarro, sí, pero quienes le llevaron literalmente en andas fueron las decenas de miles de huancas, chachapoyas, cañares y yanaconas, entre otros, que le abrieron camino porque ya no soportaban más a los incas. Y así sucesivamente.

Roma y España
Las civilizaciones amerindias tienen muchos aspectos fascinantes, pero se derrumbaron al primer contacto con el exterior porque eran más primitivas y menos aptas para la convivencia organizada que la civilización invasora. Exactamente igual que pasó en España con las culturas ibéricas y célticas aplastadas por Roma. Por lo demás, hoy la población indígena de la América hispana se estima entre 40 y 50 millones de almas, según los distintos tipos de censo. La de la América anglosajona no llega a los dos millones.

A propósito de Roma: no sabemos cuántos celtíberos fallecieron durante la latinización de la península, pero no por eso renunciamos a ser herederos de Roma, ¿verdad? De la semilla que plantó Roma en Hispania nació una entidad singular con una sociedad mestiza –hispanorromana-, con estructuras económicas y políticas evolucionadas, con una lengua latina que terminaría alumbrando las distintas lenguas españolas, después con una religión que unificó a los hispanos –el cristianismo- y, en fin, con una cierta conciencia de pertenencia a un mundo común. Es interesante aplicar el mismo esquema a la conquista española de América, porque el modelo es muy semejante. Con la salvedad de que allí, en América, no desaparecieron los pueblos nativos, sino que numerosas culturas precolombinas siguen existiendo hoy, y los misioneros predicaron la fe en la lengua de los indígenas.

Pero ahora fijémonos en lo demás: cosas que ninguna otra potencia imperial hizo nunca –y apenas haría después- en la Historia universal. Desde el mismo codicilo del testamento de Isabel la católica, en 1504, se proscribe la esclavitud de los vencidos: es la primera vez en la Historia que una potencia vencedora hace algo semejante. Desde 1511 la Iglesia denuncia los abusos sobre los indios y desde el año siguiente ya hay una legislación específica que sería renovada en momentos sucesivos y siempre en la misma dirección: la protección de los indígenas, lo cual en la práctica implica el designio de crear una sociedad nueva sobre bases de justicia. El momento cumbre de este proceso llegará cuando Carlos I ordene detener las conquistas hasta tener la certidumbre de que obra conforme a la moral; será la Controversia de Valladolid, entre 1550 y 1551, de cuyos debates nace la primera formulación de lo que hoy llamamos derechos humanos. Nunca había pasado nada igual.

Simultáneamente España ampara un proceso de mestizaje que es fruto directo de las circunstancias. La mayoría de los pueblos amerindios utilizaban a sus mujeres como moneda de cambio, de manera que los españoles –inicialmente muy pocos- se encuentran rápidamente con mujeres nativas e hijos mestizos. Desde el punto de vista español de la época, nada malo había en ello si la cónyuge era bautizada y la relación devenía en matrimonio. En 1553 Felipe II promulga la primera legislación para proteger a los niños mestizos sin padre conocido y en 1557 se funda el primer colegio para niños mestizos pobres.

El mundo virreinal
Lo que está naciendo ahí no es una colonia como las que Portugal había sembrado en África y Asia, o como las que Inglaterra empezará a levantar a partir del siglo XVII, sino que es una sociedad con personalidad propia que aspira a regirse a sí misma. Desde el primer momento se erigen catedrales: Santo Domingo en 1512, México en 1523, Lima en 1535. Y también desde el primer momento surgen universidades, según el modelo español, destinadas a la educación de la elite autóctona: Santo Domingo en 1538, Lima y Méjico en 1551. Cabe recordar que Inglaterra nunca fundó universidades en sus colonias americanas. Gran Bretaña estructuró su imperio con el ejército y el ferrocarril. España lo hizo con la religión y una ingeniería política enteramente nueva.

Ingeniería política, en efecto, porque los virreinatos son entidades políticas que generan su propia personalidad. La organización del territorio, las vías comerciales, las rutas marítimas e incluso la protección militar de las Indias quedaron siempre bajo la responsabilidad de cada virreinato. Y no debieron de hacerlo tan mal cuando el invento sobrevivió tres siglos sin alteraciones dignas de mención ni guerras civiles. Menos guerras, desde luego, que las que sacudirían ese mismo territorio después de la independencia. ¿Más blasones? Por ejemplo, este: la América española fue el primer escenario de la vacunación masiva contra la viruela en fecha tan temprana como 1803, es decir, sólo siete años después de su invención por Jenner, y antes de que Napoleón la hiciera obligatoria en sus ejércitos.

Todas estas cosas son tan verdad como los episodios más o menos truculentos de la conquista. Y son precisamente las cosas que diferencian a la huella española en América de cualquier otra aventura imperial en la historia de Europa. España no se trasplantó a América; España se injertó. Así nació una realidad autónoma, con vida propia. Porque las Indias, como decía el argentino Ricardo Levene, nunca fueron colonias. Desde este punto de vista, que los virreinatos terminaran ganando su propia independencia era inevitable. Y es interesante, porque en los textos de Vitoria sobre la conquista de las Indias, en pleno siglo XVI, se contempla ya la emancipación de los territorios americanos como objetivo natural de la acción misionera española.

¿Lo que nos une? El cordón umbilical. Un tipo de unión que permanece aunque el cordón se corte.

Lo que nos separa
Hoy una parte notable de la opinión hispanoamericana vive en la convicción de que la culpa de todos sus males la tiene España. Los españoles “se llevaron nuestro oro”, “arruinaron nuestras culturas”, “exterminaron a nuestra gente”, etcétera. Eso lo dicen personas que se apellidan Martínez o Echevarría (o Chávez) y que en general son mestizos o blancos, es decir, descendientes directos de los que cometieron aquellos crímenes que ellos imputan a un enemigo exterior. Este discurso tiene algo de psicopatológico, pero está profundamente arraigado en parte de la sociedad hispanoamericana, hasta el punto de preferir el término francés “Latinoamérica” para así desprenderse de la odiada hispanidad. Ese antiespañolismo es muy temprano: nació en los primeros momentos de la emancipación, a principios del XIX, como fundamento retórico de las nuevas repúblicas; resurgió con fuerza en los años 60, en la estela de los movimientos anticolonialistas del tercer mundo, y hoy lo han recuperado los ideólogos bolivarianos. El venezolano Nicolás Maduro proclamaba en un reciente viaje a China: "Ahora estamos deslastrándonos de los siglos de colonialismo, dominación y esclavitud que sufrimos, ahora comenzamos a ser independientes". Venezuela lleva casi doscientos años siendo independiente, como México y Argentina. Son estados más viejos que la Alemania o la Italia modernas, o que Bélgica o la India. La persistencia del discurso victimista podría no ser otra cosa que la cortada de una clase política poco edificante para mantenerse en el poder mediante la invención de un chivo expiatorio. Deberían reflexionar sobre eso en ultramar.

Educar en patriotismo
Editorial La Razon 12 Octubre 2015

Hoy, 12 de octubre, España y los españoles celebramos nuestra Fiesta Nacional. Es la gran conmemoración de la Hispanidad, de lo hispano, ese monumental hito que vertebra a decenas de millones de personas por todo el mundo y que se hizo posible gracias a una gesta sublime de generaciones de gentes de nuestro país a lo largo de los siglos. Hoy, como ayer, España tiene fundadas y demostradas razones para reivindicarse y presentarse ante el mundo como una gran nación, la más antigua del planeta, y los españoles podemos sentir el orgullo de pertenecer y compartir un lugar extraordinario en el pasado, en el presente y, con seguridad, en el futuro.

Llega este 12 de octubre en unas circunstancias más favorables que en los últimos años, en los que la durísima crisis económica nos puso de nuevo a prueba, como tantas otras veces a lo largo de nuestro periplo conjunto. También en esta ocasión, como en otras, España ha sido capaz de sobreponerse y salir todavía más firme de situaciones complejas, que nos han exigido dolorosos sacrificios. Como hemos dicho, nada de esto es nuevo para nuestro país. Echar la vista atrás nos enseña que nuestra capacidad para superar casi cualquier adversidad forma parte de nuestra identidad como individuos y como sociedad. «España es el país más fuerte del mundo, los españoles llevan siglos intentado destruirlo y no lo han conseguido», dijo Bismarck, el padre del Estado alemán moderno. Y hemos dado razones para entenderlo así.

Como en casi cada Fiesta Nacional, surge el debate del respeto a los símbolos y del sentimiento nacional, de si los españoles somos más o menos patriotas que las personas de otros países, de si tenemos complejos o nos avergonzamos de aparecer en público con nuestra bandera o nuestros colores. El ministro García-Margallo decía ayer en nuestro periódico que «el complejo de lucir nuestros símbolos nacionales es realmente triste». Y, sin duda, así es. No se puede obviar ni relativizar que una parte de nuestra sociedad, con vacíos educativos evidentes sobre la nación y lo que supone, tiene dificultades para valorar en sus justos términos lo que representan la bandera, el escudo y el himno nacionales y la relevancia de preservar su dignidad y de guardar el respeto que merecen.

Tras más de tres décadas de democracia, que una parte de nuestros compatriotas, por minoritaria que sea, mantenga una neutralidad afectiva respecto a los símbolos de todos es un déficit colectivo no menor. Lo que corresponde es aprender de lo que se haya podido hacer mal en estos años para que seis de cada diez españoles entiendan que deberíamos ser más patriotas, por mucho que el 75 por ciento se sienta orgulloso de ser español. Necesitamos que las nuevas generaciones, las que se están formando ahora en los centros educativos, entiendan que el patriotismo no es de izquierdas o derechas, ni de ricos o pobres. Es un conjunto de valores, una actitud, en torno a los principios de libertad e igualdad, de respeto a los derechos fundamentales que conforman España; de reconocimiento también a nuestra historia, con sus aciertos y sus errores, con sus gestas y sus fracasos, y a todo aquello que nos hizo llegar hasta hoy y ser como somos. Nada hay de negativo en ello, sino todo lo contrario. La bandera, el escudo, el himno y las instituciones simbolizan y representan todo eso, y cuando se los menosprecia o, lo que es peor, se los ultraja, en realidad, se nos ofende y ataca a todos.

Es importante que los poderes públicos alienten esa labor educativa y formativa porque redundará en fortaleza individual y colectiva y aportará los elementos de juicio precisos para que los españoles del futuro puedan tomar sus decisiones con conocimiento de causa. En este sentido, que el partido en el gobierno tenga previsto dar una relevancia especial a la cohesión nacional en su programa electoral nos parece un acierto. Mariano Rajoy incluirá una ley que dotará de mayor protección a la bandera y al resto de símbolos nacionales. Priorizar el amparo de su dignidad para responder de manera más eficaz a las ofensas es una necesidad que, por lo demás, contemplan todas las legislaciones de las democracias desarrolladas, y que, como tal, debe ser bienvenida. España es una gran nación, y su fortaleza nos ha permitido superar una tremenda crisis sin dejar a nadie atrás. Debemos ser conscientes de que, con todos nuestros defectos y carencias, hemos sido afortunados de nacer en esta vieja pero magnífica piel de toro. Hoy, los alumnos de los colegios Divina Pastora y Eurocolegio Casvi celebran ese sentimiento de españolidad con los dibujos que ilustran las páginas de LA RAZÓN.

Del patriotismo español
josé garcía domínguez ABC Cataluña 12 Octubre 2015

Ahí se esconde para mí el secreto poder seductor del hecho diferencial español: en que no exista tal cosa

Yo, lo confieso, soy eso que llaman españolista porque nunca nadie me ha impuesto una forma canónica de ser español. Ahí se esconde para mí el secreto poder seductor del hecho diferencial español: en que no exista tal cosa. Uno se quiere español porque se siente íntimamente unido a Cervantes, a Gracián, a Quevedo, a Larra, a Baroja, a Pla, a prójimos que le han ayudado a crecer sin encadenarlo a la gleba espiritual del terruño. De ahí la paradoja aparente: sentir como propia a esta vieja nación llamada España porque ha engendrado a lo largo de los siglos a grandes hombres que pensaron y crearon al margen y más allá de ella, cuando no contra ella. Y es que un españolista, esto es un patriota español, resulta ser justo lo contrario de un nacionalista de cualquier nación.

Para un nacionalista, es sabido, todo el mundo tiene que ser nacionalista. A sus ojos, se es nacionalista igual que se es rubio o daltónico: por imperativo genético. Así los nacionalistas catalanes, que toman por nacionalistas españoles a cuantos descreen de su fe. Pues se les antoja inconcebible que cualquier crítica a los cimientos de su nacionalismo no proceda de otro nacionalismo alternativo. A nuestros pobres separatistas les resulte extravagancia inaudita el que no todos comulguemos con el mantra de que las naciones son unidades de destino en lo universal (o en lo comarcal, como es su caso). Y, sin embargo, nuestro españolismo busca su fundamento último en no pretender imponer norma alguna de la españolidad a nadie. Un nacionalista combate por esa brumosa entelequia metafísica que llaman identidad; un patriota, en cambio, lo hace por la muy concreta idea de ciudadanía. Un nacionalista cree que lo que hace concebible a su nación es la cultura nacional; un patriota, por el contrario, puede reconocerse a sí mismo, y sin trauma mayor, en varias culturas nacionales. Porque un patriota es un nacionalista que se ha curado. ¡Larga vida a España!

Día de la Hispanidad
12 de Octubre, España gritó: '¡Tierra a la vista!'
El 12 de octubre de 1492 España rompió la barrera del sonido de la realidad al cambiar el mapa del mundo y crear una cultura universal: la Hispanidad.
Eduardo García Serrano  www.gaceta.es 12 Octubre 2015

Doce de octubre, Día de la Hispanidad, signo tangible de alianza entre la sangre y la palabra, entre la carne y la cultura de los hombres urbi et orbi. Hispanidad, la Historia, tu historia Mater Hispania, tiempo concebible, palpable y coagulado fluye en torno al fuego de una idea y de la piel canela del mestizaje hispano con mil acentos distintos en una lengua común fraguada en las velas atlánticas, en la herrumbre de los yelmos y en el acero de las espadas, en las sandalias de los monjes y en las espuelas de los capitanes, en el cuero de las monturas y en la tinta de las Leyes de Indias... ¡ Mater Hispania, quédate entre nosotros y con nosotros !

Una mar azul mahón escondía la Terra Incógnita. Es hermoso el viento de la noche en las ramas de los olivos, pero también en las velas de los barcos. Nuestros campesinos se convirtieron en marinos del arado y labraron la mar con tanta energía como las tierras de sus antepasados. Las águilas de España extendieron las alas, nos arrojó el mar a extrañas playas y saludamos al sol ascendente, a la lejanía crepuscular y al barro de una nueva tierra. Dominamos el mundo de levante a poniente y nuestra patria fue toda la tierra.

España rompió la barrera del sonido de la realidad en aquel tiempo en el que la voluntad de los españoles no tenía límites porque las obligaciones y las metas que se marcaban tampoco los tenían. Fue entonces, cuando no éramos polvo a la deriva en la Historia, sino que moldeábamos su cauce con orgullo, cuando España llevó más allá del Atlántico el camino que condujo a Dario el Grande hasta Maratón, a Jerjes hasta Salamina, a Filipo hasta el Helesponto, a Alejandro Magno hasta Babilonia y a Escipión hasta Itálica. Iberia, Hispania, España, puro metal de la fundición grecorromana, escribió la historia más grande jamás contada desde Troya, donde comienza la memoria de Occidente, hasta nuestros días , sin un Homero que la cantara. España llevó al Nuevo Mundo la Filosofía Griega, el Derecho Romano y la Luz del Evangelio.

La Hispanidad es nuestra moira, la forma definitiva de nuestro destino, la línea que lo circunscribe, nuestra misión, nuestro objetivo y la parte de gloria que Dios nos adjudicó en aquel tiempo en el que los españoles, con sal en los poros y mar en las venas, vivieron como si fueran inmortales saciando la sed de sus corceles en los abrevaderos de Bucéfalo porque fuimos los primeros en gritar "¡Tierra a la vista !". El 12 de octubre de 1492 España comenzó a desgarrar las costuras de la vieja Piel de Toro para mezclar su sangre, tostar su piel y cocer su lengua y su cultura, su historia y su destino en el barro del Amazonas y al sol de la América Hispana.

Si España fuese un país normal
Pedro de Hoyos  Periodista Digital 12 Octubre 2015

Si España fuese un país normal a estas horas estaríamos todos en la calle celebrando la fiesta nacional, como los norteamericanos el cuatro de julio. Si España fuese un país normal el Estado conservaría poder y atractivo suficientes para limitar democráticamente los nacionalismos a la menor posibilidad electoral. Algo parecido a Francia. Si España fuese un país normal celebraría a Castilla, sus fiestas y sus victorias, (Las Navas de Tolosa, Descubrimiento de América o Dos de mayo) como Portugal hace con Aljubarrota.

Pero está claro que somos un error histórico y no solo ponemos en cuestión la bandera de la nación, cambiándola según cambien los regímenes, sino que tenemos presidentes que aceptan que el concepto de nación es discutido y discutible, haciéndolos más fuertes y dotándoles de argumentos.

Como somos un país enemigo de sí mismo somos los primeros en patrocinar y votar a una izquierda que quiere organizar juicios sumarísimos por genocidio a Cristóbal Colón y la conquista de Castilla… o a su heredera España, aplicando conceptos sociales, mentales y legales del siglo XXI a hechos del siglo XV… olvidando que por el medio hay una declaración de los DDHH, descubrimientos mil, avances médicos y sociales de todo tipo, la conquista de la luna y cochecitos paseándose por Marte. Con el cambio cultural y social que todo ello supone. ¿Qué harían con estos individuos, cuántos seguidores tendrían, en la Inglaterra que casi terminó con la población autóctona de Norteamérica? ¿Dónde enviarían a estos personajes en la Francia que estuvo a punto de acabar con los aborígenes de parte de África? ¡Y ya era el siglo XIX!

Como somos una excepción a la evolución de nuestro entorno, para castigarnos por haber votado políticos corruptos, falsos y embaucadores escogemos políticos que quieren acabar con el Estado, con la libertad o con ambas cosas. Como somos un bicho raro dentro de la competencia general de las naciones la cultura popular no está dirigida y gobernada por unas leyes educativas aceptadas por los partidos más importantes, sino que está dirigida y gobernada por Gran Hermano o Sálvame y Mujeres y Hombres o Viceversa

Siendo así, siendo un país insólito, ajeno a su entorno político europeo, social o culturalmente, estando educados por Telecinco, ¿a quién puede extrañar que nuestro mayor enemigo seamos nosotros mismos, a quién puede extrañar que haya españoles enemigos de celebrar la fiesta de España?

¿No es por este desprecio que sentimos por lo nuestro por lo que los españoles enmarranamos nuestra lengua con tres tacos cada dos palabras? ¿No es debido a esta mala opinión que tenemos de nosotros mismos que preferimos los extranjerismos innecesarios “porque dan más nivel” a lo que decimos? ¿No es por este menosprecio que sentimos por nosotros mismos por lo que escogemos las tradiciones extranjeras, Halloween, y arrinconamos las propias? ¿No es debido a esta mala opinión que tenemos de nosotros mismos que Ada Colau califica de genocidio, con criterios éticos y morales del siglo XXI, lo que ocurrió en el siglo XV? ¿La izquierda inglesa califica de genocidio la desaparición de los apaches, arapahoes, sioux y tantas otras naciones de América?

El fantasma del nacionalismo español
Cristina Losada Libertad Digital 12 Octubre 2015

Hace un par de días puse en Twitter: "Joseph Conrad, de familia polaca, nacido ruso, hablaba polaco y francés y decidió escribir en inglés. ¿Qué harían con él los nacionalistas?". En su momento, el propio escritor explicó cómo había adoptado el inglés, mejor dicho, cómo el idioma inglés lo había adoptado a él, para ilustrar a quienes lo observaban por ese motivo "como si fuese una especie de fenómeno, posición que, fuera del mundo del circo, no puede tenerse por deseable”, según escribió en el prólogo a la edición de 1919 de su Crónica personal.

Había, respecto de su elección de idioma, algunos malentendidos que allí aclaró. Pero lo que me movió a exponer su caso sucintamente era que me parecía exponente de una complejidad que el nacionalismo no puede entender y detesta. Una complejidad que entiende menos y detesta más el nacionalismo afincado en la cuestión de la lengua, que es el asunto nuclear del nacionalismo desde que el otro asunto, el que subyace, el de la raza, quedó definitivamente invalidado como pieza del discurso político después de los horrores del nacionalsocialismo alemán. Es probable que cuanto más tenga que ocultar un nacionalismo su veta xenofóba, más radicalice la cuestión de la lengua.

A raíz de mi pregunta sobre Conrad, me llegaron decenas y decenas de respuestas de nacionalistas catalanes. Se daban por aludidos, pero trasladaban o proyectaban la alusión. Muchas respuestas eran como éstas: "Le dirían ¡habla en cristiano!"; "decirle que es un aldeano ignorante porque no habla español"; "gritarle muy alto: habla español que estamos en España"; "los españoles se reirían de él, otros le felicitaríamos"; "los nacionalistas españoles lo lincharían por traidor, en Cataluña sería admirado".

La pauta común de las réplicas era denunciar la absoluta intolerancia de los españoles hacia los compatriotas que usan una lengua que no sea el español, y proclamar su propia y enorme tolerancia en casos similares. La realidad, naturalmente, es distinta. La Constitución protege especialmente las diversas lenguas que se hablan en España, y les confiere rango cooficial. Las leyes y prácticas lingüísticas de la Generalidad catalana excluyen el idioma español de la vida pública, en primerísimo lugar de las aulas, y facultan la imposición de multas a establecimientos que rotulen en español. Es tan curiosa la tolerancia lingüística que prima en Cataluña que se llega a hostigar a las familias que reclaman una enseñanza bilingüe, como sucedió hace bien poco en Balaguer.

Lo más interesante de mi experimento involuntario a propósito de Conrad no fue, sin embargo, que los nacionalistas catalanes que intervinieron presumieran de cosmopolitismo y tolerancia, al tiempo que hacían gala de lo contrario. Por más que los dirigentes políticos del secesionismo, a fin de atraer el voto de los castellano-hablantes, intenten limar ocasionalmente las aristas del odio instigado durante años, ese odio aparece, sórdido y ciego, en cuanto hay ocasión. Pero lo interesante, en fin, fue que esos nacionalistas que replicaban a mi pregunta necesitaban que hubiera al otro lado un nacionalismo español.

Necesitan, en fin, un nacionalismo laminador de la diversidad lingüística y de cualquier otra. Un nacionalismo excluyente y homogeneizador. Un nacionalismo que sea la imagen especular de su nacionalismo. Un nacionalismo opuesto y sin embargo, o por ello, en esencia exactamente igual. Y para conseguirlo equiparan español y nacionalista ¡y ya está! Todo español que no comulgue con el nacionalismo catalán sería, así, nacionalista español por definición.

Sin ese fantasma del nacionalismo español al que tanto invocan, al que tanto se esfuerzan por dar corporeidad, francamente no sé qué harían. Porque quien más molesta a un nacionalista no es otro nacionalista, que aun de signo opuesto es como él. Quien más le molesta, al punto de que tiene que negar su existencia, es un no nacionalista. Es esa complejidad, la de la nación no nacionalista, la nación que no excluye, lo que el nacionalismo detesta, rechaza y quiere destruir.

Una Fiesta que debería servir para unir, no para separar
EDITORIAL El Mundo 12 Octubre 2015

UN PAÍS que está constantemente cuestionando su identidad no parece estar anhelando otra cosa que su ruina. Y en esa actitud suicida parecen estar empeñados quienes han hecho de la defensa de la desmembración territorial de España el elemento central de sus propuestas políticas. Es patológica la obsesión de determinados sectores políticos, culturales y económicos por mantener durante décadas una pulsión autodestructiva cuya única finalidad sería la de dar al traste con la estabilidad del Estado aun a riesgo de perjudicar la prosperidad y el bienestar logrado entre todos con no pocos esfuerzos y sacrificios.

Hay, por desgracia, quienes siguen tercamente defendiendo que son más importantes los derechos territoriales, levantados sobre relatos mitológicos y legendarios, que los derechos ciudadanos, cuya garantía está sustentada en una Constitución que objetiva, partiendo del inviolable principio de igualdad ante la ley, los derechos y deberes de cada uno sin distinción de convicciones religiosas e ideológicas. Caben pocas dudas, después de las terroríficas lecciones que nos brindó el siglo XX, con dos conflictos mundiales y el sangriento epílogo que significó en el corazón de Europa la Guerra de Yugoslavia, de que sólo un Estado que se rija por principios democráticos puede garantizar la libertad de los ciudadanos. Un Estado que, lejos de replegarse sobre sí mismo, participe activamente en la creación de realidades supranacionales capaces de dar solución a los problemas que plantea el actual mundo globalizado. Ese era el sentido de las palabras de Hollande pronunciadas el miércoles en el Parlamento Europeo: "El nacionalismo es la guerra", reforzadas por las de Merkel, quien afirmó que "no podemos volver a pensar en nacionalismos, sino todo lo contrario. Necesitamos más Europa, no menos".

El rey Felipe VI no quiso tampoco desaprovechar la oportunidad para defender la idea de una España unida al servicio del proyecto europeo: "Europa", dijo el monarca, que hoy presidirá el desfile militar y estará al frente de los actos conmemorativos de la Fiesta Nacional, "se ha construido sobre la voluntad de sumar y no restar, de aunar y no dividir, de saber compartir y ser solidarios. Tengan así pues, señorías, la seguridad de poder contar con una España leal y responsable hacia el proyecto europeo; con una España unida y orgullosa de su diversidad; con una España solidaria y respetuosa con el Estado de Derecho".

Por eso, aunque se repitan año tras año, son incomprensibles las anunciadas ausencias de Urkullu y Mas, a las que se unen en esta ocasión los desplantes de Uxue Barkos y de Pablo Iglesias. Con su actitud, los cuatro líderes políticos están explicitando un desprecio al Estado impropio de quienes aspiran a defender los intereses de todos los ciudadanos hayan o no votado a las siglas que representan. Y esos intereses pasan, como demuestra la experiencia de convivencia y prosperidad que se inició con la muerte del dictador Francisco Franco hace ahora 40 años, por la reafirmación de los valores que fija la Constitución, refrendada por los españoles en 1978.

Pero con ser irresponsable la actitud de Pablo Iglesias no extrañará a nadie. Era de esperar en quien ha construido su perfil político sobre un ideario, el leninista, de larga tradición antidemocrática. El de los tres presidentes autonómicos nacionalistas es, además, un reprobable acto de deslealtad hacia el Estado del que forman parte como representantes oficiales de las instituciones y una falta de respeto hacia la inmensa mayoría de los españoles, que no quieren renunciar a la pluralidad cultural que garantiza la Carta Magna ni a los principios de cohesión y solidaridad territorial. Lejos de lo que pretende Artur Mas, fracturando en dos la sociedad catalana, nadie tiene derecho a obligar a ningún ciudadano a elegir entre ser catalán o español, porque nuestra Constitución posibilita que nadie se vea obligado a realizar esa renuncia.

La de hoy debería ser una celebración que fomentase los lazos de unidad entre todos los españoles, sin complejos ni rencillas ideológicas, como ocurre en la mayor parte de los países democráticos de nuestro entorno. Una celebración que reconociese los logros pasados y presentes de una nación que ha conseguido sobreponerse a las más difíciles situaciones a lo largo de la Historia.

12-O: españoles en Vietnam
Pablo Planas Libertad Digital 12 Octubre 2015

Las manifestaciones de signo contrario al separatismo en Cataluña son un hecho verdaderamente extraordinario. Cualquier tipo de manifestación, de las artísticas a las callejeras, pasando por las académicas, las deportivas, las mediáticas o las políticas. La calle es nacionalista y las fachadas también. El entramado compuesto por los partidos, las administraciones y sus parapetos civiles la monta parda cuando quiere, como quiere y a la voz de ya. ¿Cuántos en esta Diada? Medio millón, no caben más. Pon dos. Y punto. ¿Que hay que presentarse ante el TSJC en manada? ¿Día y hora?

Tal vez resulte exagerado decir que para ellos es simple organizar una manifestación. Llevan cinco años de prácticas masivas, con los medios de comunicación bombardeando consignas; cinco años de Guerra de Sucesión, de derecho a decidir, de "volem votar", de llantos y quebrantos. Además de tres décadas de adoctrinamiento. Y los organizadores directos alegan que si no meten la directa a principios del verano, a la Diada asistirían cuatro de Vich y para conocer de paso la Sagrada Familia.

Necesitan calentar las vísperas, mucho agit-prop, mucha tele y mucha tela, que les llega de la Generalidad vía Estado. El ambiente previo a una Diada oscila entre lo tóxico y lo aberrante, con fletes de autobuses, bandos de munícipes y sermones de trabuco. El patrocinio público cubre los gastos mientras se propagan planteamientos como el de convertir Cataluña en un Vietnam para españoles, tal que si las bombas tuvieran metáfora en vez de metralla. Y mucho ji ji ji. Qué frikis los "unionistas", que además han perdido las elecciones como siempre. Sí, igual que en Bielorrusia.

Así pues, que una pequeña organización denominada Movimiento España y Catalanes reúna a cinco mil personas con banderas españolas en el centro de Barcelona es, como poco, chocante. Cinco mil al lado de un millón es verdaderamente poca cosa. Para los nacionalistas, otra prueba más de su superioridad, incluso moral.

Sin embargo, y a diferencia de los millones de millones de separatistas, estos cinco mil (que encima eran más este 12-O en Barcelona) no cuentan con el respaldo de ningún partido político, de ninguna administración, de ningún medio de comunicación, de ningún grupo de presión, de ningún clan empresarial, de nadie. Y ya la cosa cambia, porque nadie les paga el viaje y les puede salir caro. Ir con banderas de España por la calle en Barcelona. Habrase visto mayor provocación, aparte del riesgo físico y de las miradas que matan. Banderas constitucionales y nada de cabezas peladas vigoréxicos, que eso es competencia de Raül Romeva.

GUERRA EN SIRIA
La Era de la Inseguridad
FRANCISCO DE BORJA LASHERAS El Mundo 12 Octubre 2015

Para Hannah Arendt, "el mayor peligro en reconocer el totalitarismo como la maldición del siglo sería obsesionarse con él hasta el extremo de quedarnos ciegos con los numerosos males pequeños, y no tan pequeños, que siembran la carretera al infierno". Arendt estaba marcada por una admirable comprensión, demasiado buena para su época, del concepto del mal y su desconcertante banalidad. Una banalidad reflejada en Adolf Eichmann y otros tantos Eichmanns. Amables vecinos, policías locales o simples brutos de taberna, un día; concienzudos ejecutores de trenes de la muerte a Auschwitz, 'chetniks' serbios en Srebrenica o 'ustachas' croatas en Jasenovac, el día siguiente.

Arendt anticipó que el problema del mal sería la cuestión intelectual clave de la Europa de la posguerra. Pero temía que, ante la desmemoria entonces reinante, no supiéramos hoy tratar este tema ni comprender sus manifestaciones. Erró parcialmente en lo primero, pues este tema no ha tenido tal centralidad hasta hace poco, incluso ante Ruanda o Yugoslavia. Digo parcialmente, pues la idea del mal vuelve con fuerza en este siglo de la interminable Guerra contra el Terrorismo, IS o Daesh, presos en naranja y ejecuciones visibles al clicar sobre el hipervínculo. No obstante, como alertaba el visionario Tony Judt poco antes de morir, Arendt podría acertar en su segunda predicción. Pero no por olvido, sino por abuso del concepto del mal y sus implicaciones, resultado de miopías gubernamentales, agendas internacionales enfrentadas y, sobre todo, un discurso público marcado por la demagogia y la simplificación. Nos cuesta discernir de dónde vienen estos males, por qué nos acechan y qué podemos hacer para erradicarlos, sin crear otros nuevos.

El debate político sobre la continua guerra en Siria, en otra fase de escalada con la intervención rusa, y sobre el IS es un ejemplo de ello. Nuestros líderes, utilizando machaconamente términos como "el enemigo" y retóricas de la lucha contra Hitler y de Tercera Guerra Mundial, nos insisten en que el IS (y otros, según convenga) son "el enemigo" al que hay que «dar duro». El mal de males, el problema y la amenaza a la seguridad nacional. El olvidado concepto de seguridad humana, la de los desgraciados pueblos más afectados, los propios musulmanes, cuenta poco.

El mensaje de fondo es que otros males como los regímenes totalitarios y opresivos de la región, desde Assad hasta Irán y los saudíes, y sistemas autoritarios con su propia agenda, como la Rusia de Putin, son males menores, tolerables y socios necesarios en esta lucha. Independientemente de su papel o contribución al drama actual. El terrorismo internacional se convierte así en ese Otro, el elemento antagónico unificador en una guerra universal. Una guerra en la que nos mantenemos en el desconocimiento absoluto sobre cuáles son los objetivos y parámetros concretos, o qué escenarios serían deseables para nuestros países y cuáles para los 'kanatos' de turno (ambos no siempre compatibles).

Uno de los problemas de este discurso y del pensamiento único que promueve, es que nos invita a no hacernos preguntas y a unirnos a la lucha contra un concepto movilizador: el Mal. Descontextualizando los conflictos y los orígenes de crisis dramáticas como la de Siria, mezclando confusamente efectos con causas, nos invita a perder la perspectiva y la memoria de cómo demonios hemos llegado aquí y de dónde han aparecido estos demonios. E invita, inevitablemente, al cinismo, vista la calidad del plantel de personajes en esta coalición universal contra el terrorismo. O vistos los horrendos abusos perpetrados o tolerados por Occidente (y Europa) desde que George W. Bush lanzó el concepto tras el 11-S, uniéndolo luego a la noble idea de liberación democrática, y pervirtiéndola por generaciones. Guerra contra el Terror a la que se unió raudo y veloz el siempre inefable Vladimir Putin, pensando entonces en Chechenia y sus propios terroristas, rebeldes y disidentes. Hoy piensa en unos cuantos beneficios más, como Ucrania, la presencia estratégica rusa en Oriente Medio, y su campaña personal para reescribir el orden internacional. Todo ello nos lo recordó, con otra forma de cinismo (el que distorsiona la realidad, creando otra paralela), el otro día en la Asamblea General de la ONU.

Sí, vivimos en tiempos de 'Charlie Hebdo', matanzas en Kenia o bombazos en Oriente Medio; de globalización del odio y del 'know how' para causar atentados masivos. Son, pues, tiempos de miedo e inseguridad, en los que este discurso público se revela tentador. Sin embargo, en nuestras sociedades democráticas, con instrumentos para exigir responsabilidades políticas, debemos resistirnos a esta visión unidimensional. O, por lo menos, hagamos preguntas. Preguntas básicas, como por qué surgió el IS -pues no es un hecho de Dios o Allah- y qué factores han contribuido a su creación. Un mero repaso al estallido y desarrollo de la guerra en Siria, y a cualquiera de los informes de Naciones Unidas o Human Rights Watch, complican esta narrativa. Informes que recogen evidencias de la brutal campaña del régimen de Assad, contraviniendo normas internacionales imperativas, y que le atribuyen responsabilidad sobre la mayoría de las bajas civiles, además de sistemáticas torturas. Hechos que han llevado a un tribunal francés a iniciar un procedimiento judicial contra el Gobierno de Assad. El IS es el mal, sí, pero, parece que para muchos sirios y refugiados, Assad y su sistema, 'también'. Algunos dicen que Assad "es parte de la solución política". Al margen de que Siria quizá ya no existe como Estado y que sea dudoso concebir una solución política verdadera con Assad en el poder, puede que el realismo político, nuestros propios errores y la meridiana línea roja rusa hagan que ése sea el caso en el contexto actual. Milosevic también fue parte de un acuerdo de paz y por hechos en escala comparativamente menor a los de Siria, terminó en el banquillo de La Haya. Claro, se quedó sin amigos poderosos.

Es preciso también cuestionar la agenda interesada e íntimamente unida a este discurso. Una agenda de seguridad y 'Realpolitik' barata (y mercantilista) que, frente a los IS, se apresura en legitimar a los Abdel Fattah Al-Sisi, Assads y compañía. La premisa es que son «nuestros hijos de puta». No es cierto: suelen ser los suyos propios, o los de Putin, Rouhani y otros. En las trampas de esta mal llamada agenda de seguridad caen, gozosos, líderes de la izquierda popular y anti-autoritaria (occidental), con sus abrazos a Putin y 'Russia Today', y líderes de derecha, con los suyos, pongamos, a este Irán de Rouhani con el que «hay que llevarse bien». Un Irán que, dicho sea de paso, alimenta la guerra en Siria; bate récords mundiales en ejecuciones de criminales menores, homosexuales, etc., y condena a muerte en vida a activistas o artistas como el brillante director de cine Jafar Panahi. En este chabacano juego de «tú, tus dictadores y yo, los míos», derecha e izquierda son cómplices por igual, ilusos unos, fervorosos ideólogos otros. Ello nos muestra lo limitado de tales conceptos frente a otras de las grandes cuestiones de nuestro tiempo, como el autoritarismo.

El terrorismo mundial es un mal mayor y, como parte de una estrategia hoy inexistente, requerirá una dimensión militar. Pero urge una agenda de fortalecimiento de la gobernanza global, en crisis, con 4 de los 5 miembros permanentes del Consejo de Seguridad implicados en Siria, cada uno por sus intereses e incapaces de acordar una solución común. Y, si aún valoramos nuestras sociedades libres, asediadas por la incertidumbre, tenemos que recuperar un discurso público que exija responsabilidades por esos otros males, vengan de Washington, Damasco o Grozni. Un discurso que no aparque siempre objetivos de justicia, empoderamiento popular y libertad que llevaron a muchos sirios a la calle en 2011. Necesitamos, en fin, seguir haciéndonos preguntas, como si Siria sería la tragedia que es hoy si hubiéramos respetado nuestras propias líneas rojas, por ejemplo, en 2013, tras el ataque con gas sarín en Ghouta.

De otro modo, en esta Era de Inseguridad crearemos leviatanes incontrolables, y un mundo en caos y guerra constantes. Un día podríamos no acordarnos ya de cómo comenzó esta espiral de violencia y no nos quedará más remedio, que, ciegos y tuertos, destruirnos hasta el final.

Francisco de Borja Lasheras es director adjunto de la Oficina en Madrid del Consejo Europeo de Relaciones Exteriores.

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Arantza Quiroga

Ernesto Ladrón de Guevarawww.latribunadelpaisvasco.com 12 Octubre 2015

Reconozco que siento compasión por la situación en la que se ha visto envuelta Arantza Quiroga. Ha sido víctima de una simple palabra, que tanta ilusión le debió proporcionar al conglomerado Bildu-Sortu, o, que más bien la utilizó como el abrazo del oso para asfixiar a la líder del PP vasco.

La dirigente vasca es una buena persona, con valores y buenas intenciones, cosa que no es muy frecuente hoy en día en la política. No me casa en absoluto la versión de la aproximación de la líder popular al mundo de Bildu-Batasuna, cuando ella misma fue víctima del acoso y de la amenaza terrorista siendo concejal en el Ayuntamiento de Irún.

Sin embargo pienso que, probablemente, Arantza Quiroga haya pecado de ingenuidad, al querer seguir la política desarrollada por su partido en continuidad con la que practicó el ilustre nefando José Luis Rodríguez Zapatero, el del “pensamiento Alicia” según la calificación del filósofo Gustavo Bueno padre. Bajo ningún concepto supondría ella que la descalificación desde filas de su propio partido, y más aún de su propio compañero de filas vascas, el actual ministro de Sanidad, le llevaría a la actual postración política. Esto huele a revancha política del protector de Iñaki Oyarzábal, cuando se enfrentó a la Presidente del PP vasco al remover de su cargo orgánico en la cúpula de esta organización en el País Vasco. No sé si habrá motivaciones de este tipo en la decisión de desautorizar a su compañera de viaje o será simplemente una prevención ante la proximidad de las Elecciones Generales, pero tanto si es una cosa como la otra, esto no es un juego leal entre compañeros del mismo partido, más aún cuando el PP nacional no se ha caracterizado por dar un giro radical a las políticas de los socialistas, que tanto abrumaron a las víctimas de ETA.

Yo creo, sinceramente, que Arantza Quiroga no se merece esto. Hay un síndrome de Tánatos encerrado en ese pPartido que deja malparadas a todas las mujeres que lo han dirigido, empezando por María San Gil, otra Agustina de Aragón vasca que se quedó amargamente decepcionada. Y no sabemos la razón de fondo por la que el pPenúltimo Presidente popular, el Antonio Basagoiti, dejó la presidencia y huyó a tierra firme más allá del Atlántico.

Sin embargo, dicho esto, yo creo que Arantza se equivocó en el tacto político al buscar un suelo de aproximación y preservar de su fracaso una ponencia para la paz imposible en el Parlamento; pues los nacionalistas en su conjunto, incluidos los herederos políticos del mundo proetarra, juegan constantemente de forma tramposa intentando diluir la memoria, la justicia y la verdad, en un juego de la confusión en el que se mezclan víctimas de ETA con otras de otra especie, que es como si se incluyeran a los caídos en la guerra de Corea. Actuar con una mezcla de bondad y candidez para fines loables como alcanzar un acuerdo donde se superen décadas de terror, de antidemocracia y extorsión a amplias capas no nacionalistas de la sociedad vasca, es estar fuera de la realidad, que es mucho más áspera.

Y como prueba de lo que digo, y de que no hay ninguna voluntad de lograr el entendimiento, la justicia y la verdad, y menos aún arrepentimiento por los actos de lesa humanidad cometidos a lo largo de más de cuarenta años por ETA y sus secuaces políticos, véase lo que sigue…

Vayamos a territorio colindante a tierra vasca, la de la Comunidad Foral de Navarra, que, como se sabe, es objetivo de conquista por las huestes independentistas para, lograr la gran Euskal Herria.

Solo cuatro hechos que se conozcan, que seguro que hay más:
1º) Bildu no autorizó una exposición sobre las víctimas de la Policía Nacional en la Ciudadela, nada más hacerse con el Ayuntamiento de Pamplona.

2º) El Gobierno navarro ha decidido apartarse del procedimiento judicial que se sigue contra un docente acusado de boicotear el Riau-Riau de los Sanfermines de 2012, a pesar de la gravedad de los hechos, como es dar patadas a los policías municipales que protegían a la Pamplonesa. El profesor, que seguro es un diestro pedagogo del adoctrinamiento abertzale, es un viejo conocido del radicalismo con antecedentes penales de kale borroka. Lo que no se explica cómo nadie de los que han pasado por la política navarra o nacional ha sacado al citado de la noble función docente. Me tendrán que explicar qué tipo de educación humanística puede dar gente de este pelaje, y por qué no se ponen cribas suficientes para erradicar a elementos destructivos de los valores cívicos como el citado. Es simplemente inaudito. Esto no ocurriría en ninguna parte del mundo civilizado, pero ya sabemos que “España es diferente”.

3º) Leo literalmente de un medio de comunicación una noticia también difundida por otros medios: “El Gobierno de Barkos [la presidente de la Comunidad Foral de Navarra, futura Euskal Herria de seguir dejando hacer a esta gente] nombra Jefe de Negociado en Educación a un antiguo etarra” El negociado es el de Escuelas de Idiomas y Acreditación del Departamento de Educación. Ya sabemos como se las va a gastar el interfecto con aquellos profesores que no pasen el redil de la perfilación del euskera que es como decir el aprobado en la asignatura de la formación del espíritu nacionalista. Pero, como se vuelve a poner al descubierto, no parece que haya ningún espíritu de contrición ni de propósito de la enmienda respecto a las hazañas de los chicos de la gasolina, de las balas y del amoxal. El individuo nombrado fue miembro del Comando Otzadar que fue desarticulado por ETA, y fue condenado por su pertenencia a la Banda.

4º) Leo: “Bildu, que ocupa la concejalía de Seguridad de Pamplona, ha colocado como director de Seguridad del Ayuntamiento de Pamplona a un exmiembro de Ekin, juzgado por amenazar a escoltas. El recién nombrado responsable de la policía municipal en Pamplona fue juzgado por gritar a la Policía ‘Txakurras, vais a morir’, tal y como cuenta este lunes el diario LA RAZÓN”

Sobran las palabras.

Así que, no hay cabida para la ingenuidad y los buenos propósitos. Con esta gente no hay acuerdo posible.

Quiroga no es la única culpable
Cayetano González Libertad Digital 12 Octubre 2015

El desaguisado protagonizado la pasada semana por la todavía presidenta del PP vasco, Arantza Quiroga, al presentar una moción en el Parlamento vasco en la que rebajaba sustancialmente la exigencia a la izquierda abertzale para que esta condene la historia criminal de ETA, es consecuencia de toda una trayectoria vacía, frívola y superficial, seguida por los dirigentes populares vascos en los últimos años. Concretamente desde mayo de 2008, cuando la entonces presidenta María San Gil, viendo la deriva que iba a tomar Rajoy tras perder por segunda vez las elecciones generales contra Zapatero, en dos cuestiones clave en el ideario del PP –el posicionamiento contra el nacionalismo y la lucha contra ETA– decidió irse a su casa y no convertirse en cómplice de lo que luego ha pasado tanto en el PP vasco como en el PP nacional.

Rasgarse ahora las vestiduras por lo que ha hecho la difunta, políticamente hablando, Arantza Quiroga no deja de tener su punto de hipocresía. ¿Habrá que recordar que fueron los Oyarzabal, Maroto, Semper y Alonso de turno los que, tras la marcha de San Gil, no se cansaban de hablar de la necesidad de sacar al PP vasco de las "trincheras" en las que según ellos se había instalado en los años en que ETA perseguía y mataba como conejos a los concejales y cargos públicos populares en el País Vasco y en otros lugares de España? ¿Habrá que recordar que las expresiones "PP pop" y "PP guay" tienen como autor intelectual a ese Demóstenes de la política que es Iñaki Oyarzabal, nombrado por Rajoy en el Congreso del PP del 2012 secretario del área de Justicia, Derechos y Libertades del partido y como tal miembro de la Ejecutiva Nacional?

¿Habrá que recordar que fue Borja Sémper –el mismo que no se atreve a ir, por miedo a ser abucheado, a los homenajes de quien debería ser su referente al frente del PP de Guipúzcoa, Gregorio Ordóñez– el que dijo aquello de "El futuro de Euskadi hay que construirlo con Bildu"? ¿Habrá que recordar que el ahora presentado como símbolo de la regeneración pepera, Javier Maroto, manifestaba no hace mucho tiempo que él no tenía ningún problema en ir a tomar txikitos con los de Bildu?
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Toda esta generación de dirigentes del PP vasco ha conseguido en siete años convertir su partido en algo absolutamente irrelevante en la política vasca. No condiciona nada al Gobierno del PNV, nadie cuenta con ellos para nada, son absolutamente prescindibles, que es lo peor que te puede pasar en política. De hecho, como ha sucedido en las últimas elecciones municipales y volverá a pasar en las autonómicas del próximo año, muchos electores sociológicamente de centro-derecha, ante el temor de un triunfo de Bildu, la marca de ETA, optan por votar al PNV antes que al PP.

En estos años, en los que los Basagoiti –el más listo de todos, porque cuando vio lo que pasaba cogió la maleta y se fue a México a vivir y trabajar– Alonso, Oyarzabal, Maroto, Sémper, Quiroga, Damborenea, han ido desvirtuando al PP vasco, estos han llevado al partido de los 327.000 votos (23,1%) que con Jaime Mayor Oreja como candidato a lehendakari consiguió en las elecciones autonómicas de 2001 a los 102.000 (9,4%) que han sacado en las municipales del pasado 24 de mayo. Es decir, han perdido dos de cada tres votos. Y, a tenor de lo que dicen las encuestas, la posibilidad de seguir bajando está muy abierta.

De hecho, en las elecciones generales de diciembre el PP, muy probablemente, sólo obtendrá dos escaños en el País Vasco: uno en Vizcaya y otro en Álava; ninguno en Guipúzcoa. En las elecciones generales de 2000, cuando la mayoría absoluta de la segunda legislatura de Aznar, los escaños de los populares vascos –Carlos Iturgaiz era su presidente– fueron siete: tres por Vizcaya, dos por Álava y otros dos por Guipúzcoa.

Y ante todo lo que ha venido sucediendo durante estos años en el PP vasco, ¿qué han hecho Rajoy o la dirección del partido en Génova? Absolutamente nada. Mejor dicho: permitir por omisión el desmoronamiento y la descomposición de lo que en otro tiempo fue la parte más noble del PP, y más admirada en el resto de España, por su coraje, gallardía y fortaleza moral para defender la libertad, para resistir a pie de calle y enfrentarse desde las instituciones –cuando el PP estuvo en el Gobierno de la Nación, de 1996 al 2004– a ETA, a su entorno político y al nacionalismo obligatorio y asfixiante que propiciaba el PNV.

Por eso, lo de Arantza Quiroga no deja de ser una consecuencia, todo lo rechazable que se quiera, de esa deriva vivida en el PP vasco en los últimos años. Pero ni ella es la única culpable ni, por supuesto, con su sustitución por los Oyarzabal o Maroto de turno se garantiza que algo vaya a cambiar. Más bien se puede asegurar que todo seguirá igual o peor, es decir, que se ahondará en la desaparición del PP en el País Vasco. Al menos, admítase que, aparte de las personas citadas, hay otro gran responsable de que esto haya sucedido y siga sucediendo. Pero sabido es que Mariano Rajoy sólo está para ocuparse de la macro y de la microeconomía y también para pasárselo pipa con las encuestas, como declaró este fin de semana en un acto electoral en Toledo. Veremos si en la noche del próximo 20-D conserva ese estado de ánimo o si se tiene que ir a su casa para seguir pasándoselo pipa.

Sobre la valentía de los vascos
Raúl González Zorrilla. Director de La Tribuna del País Vasco 12 Octubre 2015

Leo en un comunicado de una agencia de noticias que el presidente del PNV, Andoni Ortuzar, ha retado a Susana Díaz, responsable del Gobierno andaluz, a asumir el Concierto vasco (una privilegiada relación económica entre una autonomía y el Estado central que solamente mantiene el País Vasco) en vez de intentar modificarlo. Pero lo que más me ha llamado la atención de las palabras de Ortuzar es la coletilla con la que ha terminado su declaración: “los vascos no somos unos privilegiados, sino unos valientes”, ha dicho el máximo responsable el PNV. Y nadie ha dicho nada.

Ciertamente, la verdad es que tampoco me sorprende demasiado esta ególatra declaración sobre el presunto valor de “los vascos”. He nacido en esta tierra y sé que, en materia de creernos los mejores del mundo, no hay quien nos gane. El sentir independentista que, por las buenas o por las malas, predomina en estos lares tocó corneta hace varias décadas y, desde entonces, cualquier estudio social siempre deja al descubierto que los vascos somos los mejores, los más esforzados, los más guapos, los más antiguos, los más más de todo, especialmente en todos aquellos aspectos en los que nuestro posicionamiento supera con creces al de quienes los abanderados de la patria vasca consideran sus más directos enemigos: el resto de los españoles.

Carece de importancia que, en demasiadas ocasiones, una humilde mirada a la realidad deje al descubierto conclusiones mucho más patéticas y negativas. Lo sustancial es proporcionar titulares bravíos que luego recogerán con aspavientos de todo tipo los medios de comunicación amigos y bien subvencionados (prácticamente todos). La directriz a seguir es sencilla: somos los mejores, somos los más importantes, somos los que más cosas hacemos, somos quienes las hacemos más rápido y somos, por supuesto, quienes no tenemos miedo a nada.

El etnocentrismo más ridículo, el patriotismo más grotesco, la cerrazón más absoluta y la petulancia más cerril y falsaria han llevado a muchos vascos a considerarse a sí mismos, a los suyos y a su presunta nación, como entes privilegiados en un mundo plagado de indignos y mediocres, especialmente cuando se hace referencia al resto de los españoles. Cualquier acontecimiento que suceda en el universo ha de girar sobre la gran construcción nacional vasca y, por ello, hasta en los aspectos sentimentales, estéticos y comportamentales más frívolos siempre destaca una raza que, según nacionalistas, independentistas y proetarras nos recuerdan periódicamente, además de tener un perímetro craneal determinado, un dibujo genético característico y un factor sanguíneo predominante (RH negativo), también tiene unos orígenes muy particulares, tanto que, hasta el momento, resultan desconocidos.

Como les contaba antes, soy nacido en un pequeño pueblo de Guipúzcoa, he vivido y trabajado toda mi vida en Euskadi y, de verdad, creo que podría contarles algunas cosas sobre la valentía de muchos de nuestros conciudadanos.

Durante años he visto cómo la mayor parte de los vascos, tan valientes ellos, han mirado hacia otro lado mientras los terroristas de ETA sembraban nuestras calles de cadáveres; durante años he contemplado cómo no pocos vascos, tan bravos ellos, aullaban extasiados demandando a los criminales más sangre, más muerte, más amenazas y más horror; durante años he sido testigo de cómo muchos vascos, qué audaces ellos, seguían celebrando sus fiestas patronales, sus "poteos", sus juergas y sus reuniones culinarias en las sociedades gastronómicas apenas unos minutos después de que el “Txapote” de turno hubiera asesinado cobardemente a uno o varios de nuestros vecinos; durante décadas he contemplado cómo miles de vascos valerosos, muchos de ellos del PNV, negaban y ocultaban que miles de sus vecinos, de sus compañeros y sus amigos estaban abandonando Euskadi por la violencia, las amenazas, la extorsión y el miedo; durante años he visto, en fin, cómo demasiados vascos, tan bizarros ellos, han despreciado, humillado y mancillado a las víctimas del terrorismo, han glorificado y han convertido a los verdugos en líderes de sus instituciones y de su futuro, y han convertido las libertades individuales de los ciudadanos no nacionalistas en una broma macabra pactada con los terroristas de ETA.

Vascos valientes, sí. A veces, arrojos como el de Andoni Ortuzar producen náuseas.

El independentismo acosa a una entidad cultural por... ¡escuchar el himno español!
La Colla Gegantera de Puigcerdà viajó a Torrrejón de Ardoz. Allí participó en el desfile durante el cual se interpretó el himno mientras los miembros de las entidades conformaban la bandera nacional
Antonio Fernández El Confidencial 12 Octubre 2015

Algo se mueve en Cataluña y no en la dirección que debía. La tensión ideológica comienza a calar como gota de aceite en la sociedad y la fractura entre paisanos se va agrandando a pasos agigantados. Ya no existe el oasis catalán. Lo que está en juego es la supremacía de unos símbolos sobre otros, arrinconando o persiguiendo abiertamente a los segundos. ¿Un nuevo totalitarismo está en marcha?

La Colla Gegantera de Puigcerdà es la última entidad que ha notado el zarpazo de la discriminación. El domingo 4 de octubre, la colla viajó a Torrrejón de Ardoz. “Las collas funcionamos por invitaciones y era una invitación que debíamos a Torrejón”, explica a El Confidencial Rafael Jiménez, 'cap de colla' (jefe de colla). Y, como deferencia a sus anfitriones, participaron en el desfile, durante el cual se interpretó el himno español, mientras los miembros de las entidades conformaban una bandera española. “Ellos iban de amarillo y nosotros, de rojo”. Los colores suficientes.

El vídeo colgado en Facebook (ya ha sido retirado) fue una bomba. Desde los círculos radicales de Puigcerdà comenzó entonces una guerra sin cuartel contra una institución que data de 1914 y que ha intentado a lo largo de su historia deslindar cultura y política. Algunas fuentes señalan que fue la Asamblea Nacional Catalana (ANC) la que comenzó una ácida campaña contra la entidad cultural. Las agrupaciones locales de Esquerra Republicana de Catalunya (ERC) y de Reagrupament Independentista se sumaron a la campaña contra la entidad cívica como si hubiese cometido un crimen de guerra.

“Fueron unos hechos improvisados y los hicimos como deferencia a nuestros anfitriones”, explica Rafael Jiménez. El dirigente de la colla subraya: “Yo respeto a todo el mundo, pero con esto se ha perdido el respeto a las personas y, lo que es peor, a una institución a la que hemos tenido que rescatar del olvido. Esta es una asociación exclusivamente cultural”.

Hace un par de años, la ANC pidió a la institución que participase en sus actos enarbolando la bandera estelada (independentista), pero la colla se negó porque insiste en que es una entidad apolítica. De ahí que a los militantes radicales catalanes les haya sentado muy mal el acto de Torrejón de Ardoz. Tanto los representantes de la ANC como de ERC y de Reagrupament pidieron públicamente que se le retirasen todas las subvenciones públicas (que recibe como todas las demás collas similares), que se la desalojase de su sede y que se le prohibiese llevar el nombre de Puigcerdà y el escudo de la ciudad, que lucen en sus cinturones.

La presión ha sido enorme, hasta el punto de que un buen puñado de socios se han dado de baja como consecuencia de la ofensiva política en su contra. ”Se trata de gente joven, a la que sus padres han retirado. Es el peor daño que nos pueden haber hecho, porque nos han tocado la cantera”, se duele Rafael Jiménez. Pero enfatiza que la intención de la colla es no desaparecer. “Hemos luchado mucho por esta asociación como para abandonar ahora. A ver si podemos resurgir. Pero que sepan que nosotros hemos intervenido en un acto cultural, no político. Lo que pasa es que cada uno lo interpreta como quiere”.

Desde los grupos radicales, se justifica la campaña en su contra por el hecho de que en más de una ocasión habían hecho retirar las banderas esteladas de los desfiles, como signo de su apoliticismo. “Se habían negado a que el himno catalán, ‘Els Segadors’, acompañase algunos desfiles e incluso habían rechazado el himno del Barça”.

Uno de sus detractores, J. A. A., arremetía en internet contra los responsables de la asociación y, en especial, contra el ‘cap de colla’. “Tiene opciones, claro está: la de cambiarle el nombre a la colla, por ejemplo; pero si usted está en desacuerdo con lo que el propio Ayuntamiento ha proclamado también puede marcharse de la villa”, decía. Y continuaba luego: “Es una pena; esta tarde, hablando con algunos comerciantes del tema, pude comprobar la indignación que sienten y la primera reacción es que no piensan colaborar más económicamente con la colla a no ser que usted pida perdón públicamente y exponga las razones que lo empujaron a hacer lo que ha hecho”.

Terminaba exigiendo que “pida disculpas públicamente si es que tiene algo de respeto por sus vecinos”, porque, aunque se autoproclamaba no militante de ningún partido, lo sucedido fue “una clarísima demostración de apoyo a la monarquía española”, agravada porque Jiménez, como directivo de la entidad, “representa a una villa que de por sí se declaró municipio independentista. Si usted no está de acuerdo con ello y se va a Madrid a formar la bandera española en una foto, y por si fuera poco ordena que toquen el himno español, creo sinceramente que no merece seguir al frente de una colla que dice representar a Puigcerdà”.

El alcalde de la localidad, Albert Piñeiro, de CiU, tuvo que salir al paso de las críticas. Pidió que las asociaciones cívicas eviten acciones que puedan molestar a la mayoría de los vecinos pero recordó que la colla es una entidad privada que recibe subvenciones en función de su labor cultural y no por su ideología política.

Jiménez señala que la actitud del alcalde ha logrado apaciguar un poco los ánimos. También que “la mayoría del pueblo está con nosotros, aunque algunos nos quieran crucificar, juzgar y sentenciar al mismo tiempo. Y todo por no querer participar en actos políticos”. Rafael Jiménez tiene una frase que condensa su ideario: “La política y el odio no se pueden mezclar”.
 


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