AGLI Recortes de Prensa   Jueves 15  Octubre 2015

12-O: morder cabezas de serpiente
José Javier Esparza  www.gaceta.es 15 Octubre 2015

Cuenta Nietzsche que paseaba Zaratustra por el campo cuando halló a un labrador en serio apuro: una negra serpiente se le había deslizado dentro de la boca y clavaba sus colmillos en la garganta del desdichado, que apenas podía hacer otra cosa que implorar auxilio con ojos de espanto. Zaratustra se dirigió al campesino y –cito de memoria- le increpó con palabras parecidas a estas: “¿Por qué gimes? ¡Muérdela! ¡Muérdele la cabeza y escúpela lejos!”. La truculenta escena vale como figura de esas situaciones en las que nuestra razón o nuestra acción quedan paralizadas por la superstición, el prejuicio, el dogma, la culpa o cualquier otro “relato” que sofoque la voluntad. Y este 12 de octubre, como todos los años, hemos visto un montón de serpientes negras colgando de la boca de miles de desdichados españoles.

Es sorprendente constatar cuántos compatriotas han comprado el discurso del indigenismo impostado, del genocidio que nunca existió, de la condena sumaria de España y del descubrimiento y conquista de América. “Si América es pobre –vienen a decirnos- es porque España todo se lo robó”. Al margen del pequeño detalle de que América no es pobre, multitud de estudios –yo mismo he trabajado el tema en La cruzada del océano- demuestran que allí se quedó, por lo menos, la mitad de lo que se extrajo, pero da igual, porque la característica fundamental del discurso condenatorio es que no ha estudiado nada. “Si los indios sufren –añaden- es por el genocidio que España perpetró”. Si España hubiera perpetrado un genocidio, hoy no habría millones de indígenas en Hispanoamérica, pero la evidencia lógica tampoco amilana a los vindicadores. “¿Y los muertos que denuncia Las Casas?”, rubrican con el aire de quien ha encontrado el argumento definitivo. Innumerables estudios han demostrado que la causa mayor de la mortandad indígena no fue la guerra ni la esclavitud, sino los virus, bichitos cuya existencia se ignoraba en el siglo XVI (véase la compilación de Cook y Lovell Juicios secretos de Dios, ed. Abya Yala, 2000), pero, una vez más, de poco sirven los estudios para quien ha decidido su verdad de antemano: la serpiente que se le aferra a la garganta.

En la conquista de América, que sin duda fue tan truculenta como todas las conquistas que en la Historia han sido, corrió sangre, claro que sí. Mucha. No hay más que leer a los cronistas. Pero, en primer lugar, no fue una guerra de españoles contra indios: ni Colón en La Española, ni Núñez de Balboa en Panamá, ni Cortes en México ni Pizarro en el Perú habrían obtenido otra cosa que una miserable tumba de no haber contado con el apoyo masivo de centenares de miles de indios –desde taínos en la Española hasta huancas y tallanes en Perú o tlaxcaltecas en México- que se unieron a sus filas para liberarse de la brutal opresión a las que les sometían caribes, méxicas o incas. Después, España creó allí su propio mundo y no lo hizo peor que los romanos o los árabes que antes habían conquistado la península ibérica. Incluso lo hizo bastante mejor. Nunca nadie antes había prohibido esclavizar a los vencidos, y España lo prohibió en 1504. Nunca nadie antes había dictado leyes de protección laboral para los siervos –en este caso, indígenas-, y España lo hizo desde 1512. Nunca nadie antes había reconocido la dignidad humana de las poblaciones dominadas, y España lo hizo en las sucesivas Leyes de Indias. Nunca nadie antes había sometido a juicio moral la legitimidad de sus conquistas, y España lo hizo en la Controversia de Valladolid de 1550-1551. Podemos seguir flagelándonos las espaldas, pero el hecho objetivo es que la conquista de América –que sí, que fue una conquista armada-, lejos de ser una monstruosa empresa depredadora, significó un trascendental paso adelante en la conciencia de la humanidad. Sería magnífico que la izquierda española leyera un poquito más.

El hipócrita sátrapa
Algo que hay que decir también, necesariamente, sobre esa costumbre, cada vez más extendida al otro lado del mar, de aprovechar el 12 de octubre para conmemorar la “resistencia indígena” contra el “opresor español”. Porque ocurre que la verdadera represión contra los amerindios, la más cruenta y letal, no fue la de los conquistadores españoles –ni la que los propios amerindios habían ejecutado antes sobre sí mismos, cosa que frecuentemente se olvida-, sino la que acometieron las nuevas naciones hispanoamericanas después de la independencia. Los españoles vencieron a los charrúas, pero no los exterminaron. Quienes los aniquilaron fueron los uruguayos después de la independencia. Las guerras más feroces contra los mapuches no fueron las libradas por los españoles y sus aliados indios del norte, sino las planificadas por Chile y Argentina entre 1878 y 1885. Después –mucho después- de la independencia. Fue igualmente después de la independencia cuando se ejecutaron las campañas de “eugenesia” en Bolivia, que consistían no sólo en la esterilización de los indígenas, sino también en su muerte física. Todo eso se hizo en nombre del progreso y la modernidad. Lo mismo en Colombia, Venezuela, Perú o México. En este último país, la desamortización de la ley Lerdo (1856) condenó literalmente a morir por inanición a millares de indígenas que conservaban sus tierras desde la época colonial.

¿Y todo eso por maldad? No necesariamente. Para las naciones liberales emancipadas, los indígenas eran un obstáculo indeseable. La mayor parte de ellos había combatido para la corona en las guerras de la independencia, como los propios mapuches, y ahí estuvieron los caciques Huenchukir, Lincopi y Cheuquemilla, entre otros. Cuando la corona española abandonó América, sólo un 30% de la población hablaba español. La construcción de naciones modernas exigía arrasar el campo, y a ello se emplearon las elites criollas. En 1894 el historiador mejicano Joaquín García Icazbalceta escribe sobre los indios: “Y ahí están todavía, causando mil estragos, los restos de sus descendientes, que en tantos años no han tomado de la civilización sino el uso de las nuevas armas, y que al fin será preciso exterminar por completo”. En 1931, Alejandro O. Deustua lamentaba la existencia de indígenas en el Perú y elogiaba a Argentina por haberlos exterminado. Todo ello mientras esas mismas elites criollas inventaban un hipócrita discurso legitimador reivindicando para sí la herencia indígena. Esa herencia que ellos estaban exterminando. ¿Quién habla hoy de “genocidio”?

Las elites criollas usurparon literalmente la identidad indígena: para legitimar su poder frente a la vieja metrópoli, se calzaron el gorro de plumas mientras machacaban a los indios de verdad. Y bien, ¿qué han hecho con ese poder? Han pasado doscientos años. ¡Doscientos! Hace doscientos años, España estaba devastada por la guerra con Francia, Alemania e Italia no existían, los Estados Unidos eran una inconexa aglomeración de territorios en la costa atlántica norteamericana, Australia no era más que la colonia penal de Nueva Gales del Sur y el salario de un campesino europeo, según Humboldt, era inferior al de un labrador mejicano. ¿Qué es hoy, doscientos años después, la América emancipada bajo la dirección de aquellas elites criollas? Que contesten ellos. Pero la culpa no es de España.

Las naciones hispanoamericanas, en general, son un mundo de enormes promesas. No sólo hay riquezas naturales. Hay además una cultura social pujante. Y personalidades de relieve impresionante en todos los ámbitos. Y una vitalidad sin par, que ya quisiéramos en Europa. Y además, para un español, es necesariamente nuestro mundo, porque habla nuestra lengua, lleva nuestros nombres y reza a nuestro mismo Dios. Por eso duele. ¿Cómo no amar a nuestra América? Pero ese discurso neo indigenista, tan hipócrita, tan falsario, la está matando. El nuevo indigenismo está actuando, en la práctica, como un típico recurso de “falsa conciencia”, por emplear la terminología marxista (falsche Bewutseins): se hace creer a la gente una realidad que no es para ocultarle la verdad sobre sus condiciones materiales de existencia. Es la serpiente cuya cabeza hay que morder.

Hay algo grotesco, obsceno, indecente, en la estampa de esos sátrapas que claman contra la vieja España, disfrazados de indígenas, desde sus suntuosos palacios. La fortuna de Cristina Fernández de Kirchner, presidenta de Argentina, se ha multiplicado por 32 desde que llegó al poder: de dos millones de pesos a 64 en doce años. La fortuna de Evo Morales, según la Contraloría General del Estado de Bolivia, se multiplicó por tres en apenas seis años de mandato. Maduro y las hijas de Chávez gastan 2,6 millones de euros diarios, según denunció la oposición con asiento en las propias cifras oficiales. La investigación sobre la Banca Privada de Andorra puso al descubierto el sucio tráfico de dinero negro de la nueva oligarquía venezolana. Esas nuevas oligarquías, aupadas en la cima de una montaña de oro, reciben al pueblo que les grita “¿Dónde está nuestro dinero?” y contestan: “¡Se lo llevaron los españoles!”. Y en España no faltan almas simples dispuestas a decir, que sí, que la culpa es nuestra. Hay que ser imbécil.

¿Culpa? ¿Genocidio? ¿Explotación? Basta ya. Muérdela. Muérdele la cabeza y escúpela lejos. Como la serpiente del desdichado campesino de Zaratustra. No sólo los españoles. También los hispanoamericanos. Quizás ellos necesitan más que nadie morder.

A vueltas con el nacionalismo
Vicente Torres  Periodista Digital 15 Octubre 2015

Algunos, quizá más de los que debieran, se empeñan en mantener que el nacionalismo es democrático. De modo que hay que comenzar explicando que la democracia requiere personas adultas, capaces de cumplir sus obligaciones y de ser conscientes de lo que votan cuando lo hacen.

En democracia, la política está al servicio de los ciudadanos. Para el nacionalismo, la ideología está por encima de los ciudadanos. El nacionalismo no admite a ciudadanos adultos, sino que los requiere infantilizados, dispuestos a comulgar con ruedas de molino y a obedecer fielmente las consignas y órdenes que se les den. Los nacionalismos no pretenden el bienestar de los ciudadanos, sino el triunfo de la causa. Se les dice a los ciudadanos que obtendrán el bienestar cuando triunfe la causa.

En democracia, la ley está por encima de todo. El imperio de la ley es la mejor garantía para los ciudadanos, que así se ven protegidos por ella y a salvo de las arbitrariedades. Cuando a un demócrata no le gusta una ley, trata de revocarla o mejorarla siguiendo los cauces establecidos al efecto. Porque en democracia todo se puede cambiar, siempre que se haga de forma civilizada y legal.

Para los nacionalistas, democracia es lo que ellos dicen que es democracia y si algún capricho o designio suyo choca con una ley aducen que esa ley está mal y que, por tanto, hay que incumplirla. Todo lo que se opone a sus deseos es antidemocrático para ellos.

Las ideas de los nacionalistas suelen ser disparatadas, por tanto, es muy difícil que logren salir adelante por los cauces previstos por la ley, así que ellos optan por la pataleta, el berrinche y la amenaza.
Los nacionalistas son ridículos y peligrosos y, sin embargo, tienen mucho éxito. Quizá el miedo a la libertad y el gusto por los delirios de grandeza estén en la explicación del fenómeno.

Pacto de no agresión.
Vicente A. C. M.  Periodista Digital 15 Octubre 2015

No por esperado resulta menos indignante y vergonzoso. Se ha culminado el proceso de acoso y derribo de la juez Mercedes Alaya tras años de entorpecer su labor y someterla a la más vil persecución por parte de la Junta de Andalucía, de las huestes más violentas de la izquierda sindicalista en forma de manifestantes frente a su juzgado increpándola e insultándola, de su orfandad por parte de su superioridad que sabiendo su situación le exigía resultados y terminar la macrocausa y por fin, aprovechando la primera oportunidad para alejarla definitivamente de la investigación y del seguimiento de las instrucciones, poniendo a una más que discutible sustituta que no ha disimulado hacer patente su actitud opuesta a las directrices de Alaya. Pero lo verdaderamente indignante no es la propuesta del TSJA de apartarla definitivamente del caso, sino la indefensión total que el CGPJ está trasmitiendo con su silencio y su inacción al consentir lo que es el mayor escándalo en la Justicia con el único objetivo de diluir y echar tierra sobre todo el proceso instruido y librar a los imputados de las condenas a las que deberían enfrentarse.

Todo el procedimiento seguido tras la aceptación de la petición de traslado de la jueza Alaya a un destino en la Audiencia de Sevilla ha sido escandalosamente inusual. Algo que da la impresión de estar perfectamente planificado para quitarse de en medio a esta incómoda e independiente jueza que se ha encargado de instruir los dos mayores casos de corrupción institucionalizada ocurrida en España -las denominadas de los falsos ERE’s y la de los cursos de formación de parados-, con implicación de altos cargos y estructura de la Junta de Andalucía con más de 270 imputados, incluidos los dos últimos Presidentes Manuel Chaves y José Antonio Griñán, además de diversos exConsejeros y Directores, así como diversos empresarios receptores de las ayudas ilegales y organizaciones sindicales como UGT y CCOO.

Resulta igualmente sorprendente el que la decisión del TSJA, según parece, haya sido tomada por “unanimidad”. Es decir, dando por descontado que en ese organismo judicial es de suponer el mismo grado de politización de sus miembros que en otras instancias judiciales donde los partidos políticos designan a la mayor parte de sus componentes, todo apunta a que la coincidencia de criterios a la hora de solicitar el apartamiento de la jueza, terminando con su actual comisión de servicio como juez de apoyo, es fruto de un pacto de “no agresión” que va mucho más allá de estas macrocausas de los ERE’s y formación y afecta a otras macrocausas abiertas. Ni PSOE ni PP van a permitir que en plena campaña electoral, la más importante en décadas por la confluencia de situaciones adversas para ambos partidos, surjan culebrones judiciales incontrolados. El viejo dicho de piensa mal y acertarás e incluso te quedarás corto en tu sospecha, es perfectamente aplicable en este caso visto el empecinamiento en hacer que la jueza tome posesión de su nuevo destino y deje en otras manos más amigables estos casos tan sensibles.

Es de suponer que todos los imputados cuando hayan conocido la noticia, algunos seguro que anticipadamente a los medios de comunicación, hayan sentido que se les ha quitado un peso de encima, esa soga al cuello que ya comenzaba a asfixiarles ante la eminencia de su encausamiento definitivo en un juicio. Pero parece que excepto un empresario que no lo debe haber visto aún demasiado claro o no ha sido avisado a tiempo y se ha dado a la fuga, todos los demás han recuperado el aliento, el aplomo y la sonrisa. Basta con observar la imagen de Chaves en el último evento en el que ha participado para darse cuenta del cambio de expresión de su cara. Ya respira tranquilo y confiado.

Lo malo es que de consumarse esta vileza sin que el CGPJ intervenga y ponga algo de su parte para que los ciudadanos recuperemos un poco de esperanza en la impartición de Justicia, estos casos que tan trabajosamente ha instruido la jueza Alaya, sufrirá la disgregación y la desvirtuación que la inexperta sustituta lleva pergeñando desde su designación como titular del juzgado y su público enfrentamiento y descalificación de la que se supone que debería ser su apoyo fundamental para la finalización de los complejos y extensos Sumarios. En conclusión, los imputados y la Junta de Andalucía que desde el principio ha mostrado su actitud remisa de colaboración, alargando tiempos, negando documentación y demás artimañas de la burocracia al servicio de la dilación, habrán logrado su objetivo que no es otro que minimizar o eliminar totalmente las imputaciones y las responsabilidades políticas y sobre todo, penales.

Estamos ante un sistema judicial que no solo está irremisiblemente politizado hasta la náusea sino que no tiene ningún reparo en evidenciarlo con decisiones tan vergonzosas como la que acaba de adoptar el TSJA.

¡Que pasen un buen día!

Dejemos que el regeneracionismo descanse en paz
Cristina Losada Libertad Digital 15 Octubre 2015

Pocos vocablos políticos han tenido tanta vida y, en realidad, tantas vidas en España como el regeneracionismo. No por casualidad ha vuelto a resucitar en tiempos de crisis. En estos años se ha convertido en lugar común afirmar que España necesita un proyecto regeneracionista, y no pocos partidos han introducido el término en su discurso. Algunos tal vez lo dicen simplemente porque suena bien o está de moda, pero todos emplean el término porque entraña un diagnóstico (de gravedad) y un remedio a la altura (de la enormidad) del mal.

Sepan o no con exactitud qué están diciendo cuando dicen "regeneracionista", apuntarse al regeneracionismo implica que todo o casi todo "está podrido" y que "hay que cortar por lo sano". Implica una visión tremendista, una preferencia por las enmiendas a la totalidad y una voluntad de cambiar España de raíz. Esto era así en el regeneracionismo original, y me temo que esas siguen siendo las claves que explican su atractivo actual. Hay en el término una promesa de radicalidad que seduce a muchos en épocas críticas. Viene a ser una versión sofisticada del coloquial "a grandes males, grandes remedios".

Acabo de leer Sueño y destrucción de España. Los nacionalistas españoles (1898-2015), de José María Marco, y no sólo recomiendo el libro en general: se lo recomiendo a los nuevos regeneracionistas, sobre todo a los políticos que un tanto alegremente adoptan el término. Porque el regeneracionismo es antipolítico, como explica Marco. Surge en la crisis del liberalismo de fines del XIX y contribuye a ella. El liberalismo, dice Marco, había creado espacios donde pudieran expresarse las diferencias y los conflictos. El regeneracionismo requiere que todo eso quede anulado en la restauración de una armonía primigenia. Como indica el propio término, el regeneracionismo es organicista: tiene una visión orgánica de la sociedad.

Se asombrarán seguramente algunos, pero Joaquín Costa y todos los regeneracionistas, como analiza brillantemente Marco, incorporan los motivos, los diagnósticos y las propuestas de los movimientos nacionalistas que empiezan a triunfar en Europa. Consideran que el liberalismo ha fracasado en la construcción de la nación, y que la nación verdadera debe construirse mirando atrás, sobre la comunidad primitiva, las lenguas primigenias y las formas de vida colectivas previas a la constitución del individuo, la razón, la libertad y la política. Su ideal, por así decir, es una convivencia de la que está excluido el pluralismo, en la que reine la unanimidad. Se aprecia ahí bien su íntima relación con el nacionalismo.

El regeneracionismo original era antipolítico y el nuevo también. Por eso ha tenido recorrido. Porque señala a la política y a los políticos como la raíz de los problemas, y en esto coincide con la noción que se ha popularizado: "Los políticos son los culpables"; noción que también ha dado alas al populismo. Es más, coincide con la idea igualmente extendida de que la política puede y debe transformar la sociedad. En cualquiera de sus versiones, la original y la reciclada que ahora circula, el regeneracionismo lleva consigo un ánimo de hacer tabla rasa y una creencia en grandes y definitivas soluciones, que aleja a la política y a los ciudadanos de la realidad, del pragmatismo y de la transacción. Mejor sería dejar que el regeneracionismo descanse en paz. Alguna vez tendremos que abandonar la costumbre de regresar al 98.

El horizonte electoral: la izquierda (II)
Manuel Muela www.vozpopuli.com 15 Octubre 2015

Nunca como ahora las condiciones generales de España han sido tan propicias para plantear cambios: el modelo político y económico de los últimos treinta años ha quebrado y quienes lo dirigen no parecen acertar con la tecla que lo saque de su decrepitud. Sin embargo, en el mundo de la izquierda o el centroizquierda no se detectan proyectos integrales para enfrentar ésta circunstancia española que, a mi juicio, requiere unas cuantas ideas claras y pocos prejuicios, para que los que han tenido protagonismo realicen autocrítica y los nuevos superen las inercias de lo políticamente correcto, con el fin de alumbrar, entre todos, un proyecto de país atractivo, que suscite la adhesión de tantos millones de españoles que están disconformes con lo existente o, lo que es peor, que se sienten abandonados a su suerte como consecuencia de la reestructuración social derivada de los problemas de los últimos ocho años. Por supuesto, la antorcha de los cambios no es sólo patrimonio de la izquierda, pero, salvo que renazca el republicanismo azañista, cosa improbable en la España actual, la parte del león de las propuestas corresponderá a la izquierda que conocemos, PSOE, Podemos e Izquierda Unida.

La decadencia del PSOE condiciona todo
El PSOE ha sido la referencia de la izquierda española durante las etapas democráticas de la España del último siglo, lo fue en los años finales de la Restauración, siguió siéndolo en la Segunda República y lo ha sido en la Transición. Por eso, tanto sus aciertos como sus errores merecen análisis y consideración, porque la experiencia histórica nos enseña que los problemas del socialismo pueden influir, a veces de forma decisiva, en el porvenir democrático de España. Y en eso estamos, cuando vemos el grado de decadencia en se encuentra actualmente. Declive que ha abierto un agujero negro en el segmento del centro izquierda que tiene dificultades para enderezarse, a la vista de su evolución electoral. Es verdad que el resto de la socialdemocracia europea adolece de lo mismo, pero, en el caso español, la crisis del PSOE está trufada con el nacionalismo, que es un fenómeno autóctono con enorme relevancia en la política de la Transición. Lo que pasa en Cataluña es la demostración más clara de ello.

Frente a los que opinan que los problemas del PSOE provienen de la etapa de Rodríguez Zapatero creo que, sin negar la influencia de este último, aquellos vienen de más atrás. Para algunos historiadores y politólogos la primera piedra miliar de la decadencia fue la huelga general de diciembre de 1988 a la que siguieron las perturbaciones económicas de los años 1991/92 que agudizaron las desavenencias internas en el liderazgo del partido, provocando la salida de Alfonso Guerra del Gobierno de entonces. Con ello, Felipe González tuvo las manos libres para ejecutar en España las políticas europeas que tomaban cuerpo en la UE, cuyos fundamentos principales eran la desregulación y el debilitamiento del Estado como pieza clave para el desenvolvimiento de las políticas económicas y sociales. Al abrigo del Tratado de Maastricht, de febrero de 1992, empezó la larga marcha de la globalización y su acompañante el capitalismo financiero hacía el objetivo de convertir el espacio de la UE en el gran laboratorio europeo de la liberalización sin barreras. Los gobiernos socialdemócratas de la época, que dominaban en muchos países de la UE, se volcaron en predicar los evangelios neoliberales y arriaron sus banderas ideológicas en la creencia de que no eran adecuadas para los nuevos tiempos. Los resultados se comentan por sí solos.

Ahora el PSOE que, junto con el PP, ha sido artífice de las políticas, cuya cosecha negativa se está recogiendo, incrementada con un grado de corrupción ominoso, se enfrenta a mantener su liderazgo en el seno de la izquierda. Para ello ha cambiado a los dirigentes e intenta precisar un discurso renovador con el fin de recuperar el favor perdido durante años y años de olvido de principios y de sentido del Estado y de la moral pública, pero todo indica que su travesía del desierto aun será larga, sólo disimulada por algunos pactos electorales recientes, porque, desde mi punto de vista, no han calibrado el grado de desapego de sus electores y la escasa credibilidad que les otorga su falta de vigor para enfrentar la revisión de las políticas de la Unión Monetaria y la transformación en positivo de nuestro modelo estatal. Siguen presos de demasiados compromisos con el statu quo de lo que se conoce coloquialmente como los pactos del 78, que son medicina caducada para los problemas nacionales.

Podemos e Izquierda Unida comparsas en el declive
Aparentemente, Podemos nació para cubrir el inmenso agujero abierto por la decadencia del socialismo y ofrecer una alternativa tanto a los disconformes como a aquellos que normalmente no participan en las elecciones: su discurso pretendió actuar como revulsivo en la política española en general y en la izquierda en particular. El primer ensayo se produjo en las elecciones europeas de mayo de 2014, que eran un ámbito poco exigente e impreciso. Tuvieron un éxito inesperado, pero, según lo ocurrido después, da la impresión de que sus dirigentes han sido víctimas del miedo escénico y, también, ¿por qué no decirlo?, de sus carencias y servidumbres ideológicas para enhebrar un proyecto de transformación nacional en el que la educación, el mérito y la profundización democrática, así como el valor del Estado nacional, sean las bases de una partitura alejada de los tópicos del discurso de la izquierda tradicional. Su fracaso en Cataluña es prueba de ello y, si no se esfuerzan en cambiar, carecerán de importancia para promover los cambios que dicen querer.

Izquierda Unida, salvo en la etapa del liderazgo de Anguita, es la imagen pura de la crisis del comunismo español que se ha mostrado incapaz de salir del reducto político en el que quedó situado a partir de 1977. Su evolución electoral siempre estuvo condicionada por los crecimientos o disminuciones del PSOE, aunque sin la menor oportunidad de superarlo. Y creo que así lo tienen asumido: gozan de la fidelidad casi religiosa de un electorado que bascula entre el 5 y el 10% de los votos y que, por razones generacionales, irá menguando. En cualquier caso, su papel en la política española carecerá de enjundia y no pasará de ser el testimonio de un mundo periclitado.

Desde mi punto de vista, esos son los mimbres con los que la izquierda española se apresta a comparecer en las elecciones generales. Como se dice vulgarmente, “con estos bueyes hay que arar”. Cada lector sacará sus conclusiones, la mía es que los problemas nacionales y la corrupción política e ideológica han causado tantos estragos en España que, sin asumirlos y proponer un modelo de país diferente, será difícil despertar la ilusión y el afán de participación de los ausentes.

No obstante, conviene mantener la esperanza y no caer en el pesimismo, sabiendo que las carencias actuales impulsarán la búsqueda de otras opciones democráticas, como ya ocurrió en anteriores etapas de nuestra historia. Me refería al principio al republicanismo azañista, o simplemente al neoazañismo, como posible inspirador de los cambios. Y nada mejor que terminar con unas palabras del político republicano con motivo de la crisis de la Restauración:

“Sería erróneo suponer que en el régimen constitu­cional de España solo han fracasado ciertos hombres, ciertos partidos y organiza­ciones. Han fracasado también, y sobre todo, ciertos métodos, hijos naturales de los consejos turbios y de las amalgamas imposi­bles. Tales métodos eran anteriores a los hombres mismos que los aplica­ban. Por eso no bastará quitar unas personas para que entren otras; habrá que restaurar en su pureza las doctrinas y acorazarse contra la transigencia. La intransigencia será el síntoma de la honradez (…) Nosotros creemos en la vitalidad del pueblo español y en sus futuros destinos, pero ha de buscar­los por rutas diametral­mente opuestas a las que ahora sigue".

******************* Sección "bilingüe" ***********************

Rajoy y la descomposición del PP
EDITORIAL Libertad Digital 15 Octubre 2015

Afirmaba José María Aznar, en una entrevista concedida hace unos meses al diario ABC, que el PP "tiene que ser reconstruido". Pues bien, todo parece indicar que esa reconstrucción, esa "rectificación enérgica, creíble y suficiente" que pedía el ex presidente del Gobierno, no se va a producir hasta que el partido termine de desmoronarse, como de hecho ya está sucediendo en territorios tan sensibles como Cataluña y el País Vasco.

Los indicios se han acumulado este miércoles, con el ministro de Hacienda, Cristóbal Montoro, haciendo unas declaraciones explosivas y cargando contra casi todo el mundo ("Hay compañeros míos que se avergüenzan de ser del PP"), con Arantza Quiroga dimitiendo de la Presidencia del hundido PP vasco y con el yo acuso de Cayetana Álvarez de Toledo, que ha anunciado que no vuelve a presentarse en una lista del PP mientras lo presida Mariano Rajoy.

Por lo que hace a Montoro, a nadie debería extrañar que haya quienes no lleven a gala el pertenecer o haber votado a un partido que, desde el minuto uno de esta legislatura, se ha dedicado a traicionar su programa y su ideario. Es precisamente en el terreno económico donde el PP de Rajoy comete una de sus primeras felonías al acometer la mayor subida de impuestos aprobada en democracia; subida que, para colmo, no ha estado destinada a reducir el nivel de endeudamiento, sino a apuntalar el sobredimensionado sector público, lo que ha redundado la fragilidad de la recuperación económica. ¿Cree Montoro que es motivo de orgullo lo poco que el PP ha reducido el nivel de paro dejado por Zapatero? ¿Lo mucho que ha subido el nivel de endeudamiento? ¿Cree el ministro que es digno de legítima satisfacción que el Gobierno haya dejado en papel mojado su propia Ley de Estabilidad Presupuestaria, al no cumplir ni hacer cumplir a las autonomías sus cada vez menos exigentes objetivos de reducción del déficit?

No menos vergonzosa ha sido la forma en que el Gobierno de Rajoy ha afrontado el gravísimo desafío secesionista catalán. Y por ello no menos lógica ha sido la decisión de Cayetana Álvarez de Toledo de no volver a presentarse por un partido que no tendrá enmienda mientras no cambie de rumbo y de líderes.

Al margen de incumplir la promesa de restablecer la división de poderes, ni el Gobierno ni el PP se han molestado en dar la batalla de las ideas contra el nacionalismo golpista, que pretende dinamitar la Nación y el Estado de Derecho. Es más, con tal de evitarse el intervenirla, Rajoy hasta ha dedicado a la Generalidad catalana la mayor parte de los Fondos de Liquidez Autonómica; auxilio financiero que ha resultado decisivo para que Mas y compañía pudieran afrontar un proceso de construcción nacional que, además de radicalmente ilegal, resulta enormemente oneroso. A ello habría que añadir las no menos vergonzosas ofertas, ya sea a través de Alicia Sánchez Camacho, del ministro de Justicia o incluso del ministro de Asuntos Exteriores, de modificar la Constitución para encajar la singularidad catalana, conceder una agencia tributaria propia al Principado o ceder a las autonomías el 100% del IRPF.

En cuanto a Arantza Quiroga, sólo cabe repetir que su caso ha sido fiel reflejo de la falta de principios de Rajoy. No hay que olvidar que la ponencia que Quiroga impulsó, y en la que, a fin de ganar el respaldo de Bildu, no se hacía una condena expresa de ETA, tuvo el inicial visto bueno de la dirección nacional del partido, que sólo la desautorizó tras las críticas de las víctimas del terrorismo y de algunos medios de comunicación. Quiroga no hubiera desafiado a un Gobierno que, por otra parte, además de incumplir su promesa de permitir el voto a los exiliados vascos, también se ha acomodado al envilecido proceso de apaciguamiento iniciado por Zapatero, al punto de que ha dado carpetazo al caso Faisán, excarcelado etarras y dejado en papel mojado la Ley de Partidos.

Quiroga no es Gregorio Ordóñez, Mayor Oreja o María San Gil. Pero no es distinta de Oyarzabal, Sémper, Alonso o quien venga a sustituirla como correa de transmisión de Rajoy.

El bipartidismo traidor
Javier Caraballo El Confidencial 15 Octubre 2015

Navajas cruzadas desde el norte hasta el sur. Traiciones empapadas en la moqueta que pisaron ayer Susana Díaz y Zapatero en Sevilla y traiciones desplegadas sobre el atril de San Sebastián en el que Arantza Quiroga colocó unas cuartillas con la palabra dimisión. La traición se asocia a la política desde que el hombre se vio a sí mismo como un animal político, ya con Aristóteles, y se extiende hasta nuestros días como un sobreentendido, parte de la definición. En lo que no hemos reparado tanto es en que la traición es una demostración de debilidad, de mediocridad. Por eso se hace tan común, tan extendida, en la política. También puede ser un síntoma de descomposición, de decadencia. Y, por esa razón, se hace tan patente, tan visible, en estos tiempos en los dos grandes partidos españoles, el PSOE y el PP, inmersos en una innegable crisis del bipartidismo que nos ha gobernado.

Las traiciones en el Partido Popular se han convertido ya en un reguero, constante, quizá por el vértigo que produce ese enorme desnivel que existe entre el poder inmenso acumulado hace cuatro años en todas las administraciones del Estado y la raquítica realidad a la que se enfrenta ahora. Tres elecciones se han celebrado en 2015, las andaluzas, las municipales y autonómicas y las catalanas, y la trayectoria electoral del Partido Popular solo describe un descalabro que desemboca en las elecciones generales de diciembre. Hace tiempo, mucho tiempo, que se ha abandonado en el PP la idea de poder repetir, ni siquiera de acercarse, a la mayoría absoluta de la actualidad. Ahora por lo que se suspira es por un resultado que, aunque sea el más débil de la democracia, sea suficiente para retener el gobierno con el apoyo de otros grupos. En ese ambiente de derrotas, afloran las traiciones, y se va descomponiendo la imagen con cada trozo que se cae.

La dimisión de Arantza Quiroga es la consecuencia lógica de las traiciones, las zancadillas y las rivalidades ocultas entre distintos sectores del PP vasco, enfrentados entre ellos, que, un buen día, explotan. Por eso, lo peor de esta crisis de los populares vascos, lo más detestable, es que se haya tomado como excusa a las víctimas de ETA para remover el mar de fondo que ya existía en el partido. Ese ha sido el '"detonante”, que fue el término utilizado por la propia Quiroga; una vez más, las víctimas de ETA, tantas veces manoseadas. Por eso, hizo bien la dimisionaria en emplazar a todos a dentro de unos años, cuando se vuelva a recordar esta dimisión, y se constate la campaña de ‘juego sucio’ que se ha desatado contra la presidenta de los populares vascos por parte de sus propios compañeros, por haber redactado una ‘propuesta de paz’ en la que se exigía un “rechazo expreso a la violencia”. Que se haya utilizado hasta eso para desacreditar al adversario dentro del partido, la zancadilla decisiva en una batalla por el poder, es una expresión nítida de miseria política.

Arantza Quiroga compareció sola en Donosti, y en el otro extremo de España, en Sevilla, la presidenta de la Junta de Andalucía, Susana Díaz, se rodeó de fieles para ofrecer junto al expresidente Rodríguez Zapatero un mensaje subliminal, dirigido al interior del partido: ‘Cuando fracase Pedro Sánchez en las elecciones generales, estamos unidos y preparados para lo que venga’. Cada uno de los pronunciamientos de Susana Díaz o de Zapatero a favor del secretario general del PSOE, cada apoyo simulado para su triunfo en las elecciones de diciembre, no suponen otra cosa que una declaración expresa de cinismo.

Un veterano socialista andaluz interpretaba el acto de Sevilla entre Susana Díaz y Zapatero como “una demostración de fuerza y de sector”. Dicho de otra forma, si en algún momento fueran sinceras las declaraciones de respaldo y de apoyo a Pedro Sánchez como candidato del PSOE a la presidencia del Gobierno, lo mínimo que se podría esperar de ambos es la colaboración leal con el secretario general. Y no pierden oportunidad para desacreditarlo, para desgastarlo, sobre todo la presidenta andaluza.

Susana Díaz ha vuelto de la baja maternal, que la ha tenido dos meses apartada de la primera línea de la política, con más afán de protagonismo del que ya había demostrado. En las elecciones andaluzas, ya dejó claro la frialdad y el cálculo con que es capaz de desplegar todo su menosprecio. Pedro Sánchez quería sumarse activamente a la campaña andaluza, las primeras elecciones de un año electoral, quería participar en el mayor número de mítines posible y solo tuvo que pedirlo así para que la presidenta andaluza lo vetara en la mayoría de los actos. Restringió su presencia al mínimo y ahora, ante las elecciones generales, ya ha comenzado a marcar la misma distancia.

Como resumía bien, aquí mismo, la periodista Isabel Morillo, “Susana Díaz se dedica a arropar a Zapatero mientras mantiene sin agenda a Pedro Sánchez en Andalucía”. Todavía no ha podido estrenarse Pedro Sánchez en Andalucía en el nuevo curso político, a pesar de ser este el principal bastión electoral del PSOE. Solo se atrevió a aparecer por las ferias de Málaga y de Almería, aprovechando que Susana Díaz estaba de baja y él de vacaciones. Y esa mínima presencia se considera en el PSOE andaluz un “atrevimiento”, un “desafío” que Susana Díaz le hará pagar.

Llegarán las elecciones de diciembre y, con esa cita electoral, el bipartidismo imperante obtendrá el peor resultado en todos estos años de democracia. Ni el Partido Popular ni el PSOE superan el declive electoral que le van otorgando las elecciones ya pasadas y las encuestas que avanzan el futuro inmediato. En días como ayer, días de traiciones, se comprende mejor lo que de descomposición tiene el espectáculo que contemplamos.

ÉL SE RESISTE
Mensaje de unidad
Antonio Martín Beaumont www.elsemanaldigital.com 15 Octubre 2015

Creen que debe abrir cuanto antes una ronda de contactos con Sánchez, Rivera y hasta Iglesias para mostrar una postura común respecto a la permanencia de Cataluña en España.

El independentismo juega a descomponer cualquier representación de España en Cataluña. Lo visto esta semana en los juzgados de Barcelona es otro paso en el "proceso". Juntos y revueltos miembros del Govern, representantes de partidos (todos los del sí y otros que se presumía pertenecían a siglas que no apoyaban la separación, como la alcaldesa de Barcelona Ada Colau) han buscado deslegitimar la Justicia que en su imaginario marcha contra el pueblo catalán. Más madera para romper: La "desconexión" cada día de forma más visible.

Precisamente por ello, los españoles, hambrientos de políticos con luces largas, esperan que los partidos constitucionalistas reafirmen juntos lo que les une frente a la ola separatista. En manos de Mariano Rajoy, claro, está capitanear la entidad española. Corresponde al presidente ofrecer argumentos que serenen las voces que le reprochan inmovilismo y las que piden amparo desde la misma Cataluña. Porque el 27-S, a pesar del fracaso de las posiciones independentistas en las urnas, ha sido una pérdida de iniciativa del Estado.

Quizá por eso asesores monclovitas han hecho llegar a Rajoy la necesidad de abrir una ronda de encuentros encabezada por Pedro Sánchez, pero también con Albert Rivera y, ¿por qué, no?, con Pablo Iglesias. En el Gobierno puede existir, y con razón, preocupación con la postura equidistante del secretario general del PSOE ante el inestable panorama abierto. No obstante, corresponde también al presidente y líder del PP evidenciar la mano tendida si desea aunar posiciones.

"La agenda la marca quien convoca la reunión e incluso el presidente podría introducir asuntos propios en esas conversaciones", repiten las fuentes gubernamentales consultadas. "Quienes defienden la Constitución y la unidad debemos sumar posiciones cuando está en juego la ruptura de España", añaden. Ni Sánchez, ni Iglesias, ni mucho menos Rivera, podrían negar a Rajoy esa cumbre, aunque sólo sea por "patriotismo".

Pero, el tiempo apremia ya que el resto de partidos se está dando prisa en mover ficha con las riñas por el 20-D tan cercanas. Sánchez y Rivera han aprovechado sus resultados para lanzarse como alternativa. Una ronda de conversaciones, en cualquier caso, pondría a cada uno en su sitio en un tema trascendental hoy. Y, lo más importante: sería una oportunidad para regar el jardín común de los españoles que, con la que está cayendo, no debería desperdiciarse.

PP vasco: lecciones de una crisis
Casimiro García-Abadillo El Mundo 15 Octubre 2015

Ayer no fue un buen día para el PP. Primero, las declaraciones de Cristóbal Montoro, como ya augurábamos, provocaron un auténtico tsunami (con reacciones on the record, fríamente amables; y off the record, teñidas de estupor). A continuación, la carta de Cayatena Álvarez de Toledo, aireando que con Rajoy ella no se presenta. Y, para rematar la jornada, el anuncio de dimisión de Arantza Quiroga como presidenta del PP vasco.

Me referiré a este último episodio porque es el síntoma más evidente de la grave crisis por la que atraviesa el PP, que, tras la remodelación de junio, está codirigido por Moncloa.

Para el PP refundado por Aznar, el partido en el País Vasco ha sido troncal, esencial. Hubo un tiempo en el que ETA mataba a sus concejales "como a pajaritos". El partido se convirtió en un símbolo de la lucha por la libertad y contra el terrorismo y, de hecho, Jaime Mayor Oreja aspiró a la sucesión en función del valor que tenía para toda España la resistencia democrática del PP vasco.

Pero los tiempos han cambiado mucho desde las elecciones autonómicas de 2001, en las que el que el ex ministro del Interior logró 21 escaños.

El sustituto de su heredera política, María San Gil, Antonio Basagoiti, no llegó a los 130.000 votos en los comicios de 2012 (un 11,57% de los votos) y en las últimas elecciones municipales, ya con Arantza Quiroga al frente, el Partido Popular bajó a 102.440 votos (el 9,43%).

Basagoiti tuvo el atrevimiento de valorar el cese de la lucha armada de ETA, anunciada el 20 de octubre de 2011, como una modificación sustancial del panorama vasco, que obligaba, por tanto, a un cambio de posicionamiento del PP. Algunos dirigentes del partido -seguidores de las tesis de Jaime Mayor, como Carlos Iturgaiz- le criticaron porque, según su opinión, la decisión de ETA era una nueva "tregua trampa".

Tras sus pobres resultados en 2012, Basagoiti dimitió y abandonó el partido, pero fue sustituido por una continuadora de sus tesis, Quiroga, que contó con el poderoso aval de la secretaria general, María Dolores de Cospedal. El derrotado en la pugna sucesoria fue Iñaki Oyarzábal, respaldado por Alfonso Alonso, entonces portavoz parlamentario del PP y ligado a la vicepresidenta Sáenz de Santamaría.

Quiroga nunca ha sido un lince, políticamente hablando. Ha cometido numerosos errores y el último de ellos ha sido precisamente plantear ahora una Ponencia en el Parlamento Vasco (Libertad y Convivencia) que suponía una modificación sustancial de la posición histórica del partido respecto a los herederos de Batasuna (EH Bildu / Sortu).

En la citada Ponencia se abandona la exigencia de "condena del terrorismo" y se sustituye por el "rechazo expreso a la violencia" como condición para incluir en el nuevo marco de convivencia a los que en su día defendieron a ETA.

En lugar de seguir el consejo de San Ignacio de Loyola ("En tiempos de tribulación, no hacer mudanza"), Quiroga se embarcó en una batalla de gran calado para la que carecía de suficientes apoyos.

El miércoles de la semana pasada se vio obligada a retirar su texto del Parlamento Vasco ante las feroces críticas de una parte de su partido y de las víctimas del terrorismo.

La desautorización pública no le daba otra opción que la dimisión, cosa que planteó el pasado jueves a Cospedal y cuyo anuncio se guardó hasta ayer, tal vez para que la sombra de Montoro tapara en parte su repercusión mediática.

Lo peor para el PP es que Quiroga se ha marchado afirmando que ella volvería a plantea "una y mil veces" la misma Ponencia. Es decir, que mantiene firmemente su postura.

A día de hoy, las conclusiones de lo ocurrido son obvias:

1ª La dimisión de Quiroga no cierra la crisis que supone la existencia de visiones diferentes sobre el posicionamiento del PP respecto a EH Bildu.

2ª Un error de oportunidad política ha llevado a una nueva derrota de Cospedal a manos de su eterna rival, la vicepresidenta del Gobierno.

3ª El PP no se podía permitir, a dos meses de las elecciones, una guerra con las víctimas del terrorismo, con el desgaste político y mediático que ello hubiera supuesto.

4ª La salida de la líder del PP vasco agudiza la crisis interna en el partido y alimenta la sensación de falta de autoridad de la secretaria general, que ya quedó muy mermada tras las elecciones municipales y autonómicas.

Queda aún tiempo, de aquí al 20-D, para que el PP siga dando oxígeno a sus competidores políticos.

Los diez principios que los separatistas utilizan de Goebbels, y el que han olvidado...
Roberto Giménez GraciaCronica Global 15 Octubre 2015

En el artículo anterior ('Las tres estrategias de manipulación mediática de Artur Mas') expliqué las técnicas manipuladoras de la maquina separatista. Conté tres estrategias del decálogo del pensador Chomsky, que eran las que coincidían con Goebbels, pero advertí de que existían muchas más coindicencias con el alemán que con el estadounidense Chomsky, que es el ideólogo de todos los antisistemas del mundo unidos o por desunir, como es el caso de la CUP. Y es lógico que así sea, porque Mas no ha bebido en las fuentes del profesor izquierdista.

Desempolvo lo que estudié en la Universidad.

En quinto curso de Publicidad y Relaciones Públicas, ¡hace ya tantísimos años!, nos tocó estudiar a los maestros de la propaganda política, y hubo uno que me impresionó, porque tenía pocas ideas, pero concisas y rotundas. De esas que cuajan. Y lo malo es que las aplicó y tuvo tanto éxito que no sólo se estudia en la Universidad sino que políticos de todos los pelajes ideológicos picotean en estas ideas, aunque unos más que otros. Y tiene sentido que así sea, porque su autor era el mejor propagandista que ha tenido el nacionalismo en toda la Historia de la Humanidad. No lo digo yo, sino el tochazo de 600 páginas que me hicieron estudiar en la asignatura de propaganda política.

• Principio de enemigo único. Adoptar una única idea; individualizar al adversario en un único enemigo. [España, ahora dicen Estado español para conquistar al 52% de los catalanes]

• Principio de método de contagio. Reunir diversos adversarios en una sola categoría o individuo; los adversarios han de constituirse en suma individualizada. [PSOE y PP lo mismo es]

• Principio de la transposición. Cargar sobre el adversario los propios errores o defectos, respondiendo al ataque con el ataque. [España es corrupción]

• Principio de la exageración. Convertir cualquier anécdota, por pequeña que sea, en una amenaza grave. [El 25% de castellano en la escuela, si lo piden los padres, es un ataque al catalán]

• Principio de la vulgarización. Toda propaganda debe ser popular, adaptando su nivel al menos inteligente de los individuos a los que va dirigida. Cuanto más grande sea la masa a convencer, más pequeño ha de ser el esfuerzo mental a realizar [Cataluña será la Holanda del Mediterráneo]

• Principio de orquestación. La propaganda debe limitarse a un número pequeño de ideas y a repetirlas incansablemente, presentadas una y otra vez desde diferentes perspectivas, pero siempre convergiendo sobre el mismo concepto. [Primero, Dret a Decidir. Luego, Soberanía. Ahora, independencia]

• Principio de la verosimilitud. Que el President tenga que declarar ante el TSJC el día del 75 aniversario del fusilamiento de Lluis Companys no es una casualidad, sino una agresión a la dignidad de Cataluña.

• Principio de silenciación. Que los días después al 27S ningún editorial de la prensa extranjera haya pedido al Gobierno de Madrid que se siente a negociar la independencia no tiene ninguna importancia. Los medios públicos o privados de Junts per el Sí, lo silencian.

• Principio de la trasfusión. Por regla general, la propaganda opera siempre a partir de un sustrato preexistente, ya sea una mitología nacional o un complejo de odios y prejuicios tradicionales; se trata de difundir argumentos que puedan arraigar en actitudes primitivas. [‘¿República? ¿Monarquía? ¡Catalunya!]

• Principio de la unanimidad. Llegar a convencer a mucha gente de que piensa “como todo el mundo”, creando impresión de unanimidad. Similar al alma y la voluntad del pueblo: el volkgeist [La noche electoral, con un 47% de 'síes', Mas dijo que había vencido la voluntad de Cataluña]

Para los afectados de la ESO: Goebbels era Jefe de Prensa y Propaganda del III Reich (que nadie se me enfade ni me acuse de lo que no he dicho: no he dicho que los nacionalistas también sean socialistas, porque no lo son. Afortunadamente, Cataluña no es Alemania).

La suerte que tenemos en Cataluña es que los separatistas no son violentos. Es decir, nadie puede tacharles de nazis, porque hacerlo sería una barbaridad, pero eso no es óbice para que afirme que los famosos once principios propagandistas de Goebbels sean aplicables tanto en dictaduras (III Reich) como en las democracias. Sé que la comparación es vomitiva, pero real, para el 'buen' separatista.

Si cuentan los puntos verán que son diez, pero los principios de Goebbels eran once. ¿Cuál me he dejado? El séptimo: el Principio de renovación: hay que emitir informaciones y argumentos nuevos. Sin embargo, el discurso 'separata' tiene el mismo soniquete. Es la famosa frase de que "Si una mentira se repite lo suficiente, acaba por convertirse en verdad". El mejor ejemplo es el señuelo de esos 16.000 millones de euros que cada año "España nos roba". Es la "Roma ladrona" de la Liga Norte italiana.

El “buenismo” de algunos sectores de la sociedad, la prensa y la política
Un peligro para España
Miguel Massanet www.diariosigloxxi.com 15 Octubre 2015

Existen, en la sociedad, una clase de personas que se caracterizan por su “buenismo”, su exceso de precaución ante lo que pueda suceder, si se afrontan con energía determinados problemas, que prefieren ir cediendo ante la presión del contrario antes que enfrentarse a él con valentía y decisión; son los eternos defensores del diálogo, aunque este procedimiento nunca acabe de resultar efectivo, sobre todo cuando uno de los dialogantes se niega a salir de su inmovilismo (a la espera de que su contrario acabe por ceder); los dispuestos a confiar en que siempre es mejor achantarse y confiar en la buena fe del contrario, antes que plantarle cara y asumir con seriedad y valentía las consecuencias que se pudieran derivar de ello, que en un noventa por ciento de los casos, serán mucho mejores y gratificantes que el rendirse de antemano.

Es corriente encontrarnos en las tertulias radiofónicas, en los programas de contraste de opiniones en las TV y en los artículos de la prensa, a personajes de la política, periodistas, comentaristas y los llamados “expertos” en temas sociales o en política exterior, que siempre intentan presentar la cara amable de los conflictos, encontrándoles aspectos positivos hasta a las mayores perogrulladas, sandeces, propuestas contrarias al sentido común e intentos de subvertir las leyes o el mismo orden constitucional. Son aquellos que siempre piensan que la aplicación de las leyes debe suavizarse, que existen excepciones que pudieran justificar el dejar de aplicarlas o que, en según que momentos, se debiera anteponer la conveniencia política, el evitar conflictos, la aplicación del mal menor o la consideración personal de aquellos sobre los que se debiera aplicar el peso de la norma; a la aplicación de una Justicia, en el sentido de que las leyes deben ser iguales para todos los ciudadanos, salvo las excepciones previstas en los códigos legales que las recogen, sin tener en cuenta quienes son los afectados, su categoría social, su oficio o su condición de autoridad o funcionario público, a no ser, en este último caso, para aplicarla con mayor rigor y dureza, por su especial obligación de respetar y hacer respetar las leyes que les compete por su especial condición de representantes de la ley.

Por desgracia, dentro de esta gama de personas, no solamente las hay entre aquellos cuya influencia en la sociedad es escasa o casi nula, sino que son muchos los que militan en las filas de los periodistas, los presentadores, los escritores, los empresarios, los industriales y, especialmente, los propios políticos y miembros del gobierno de la nación. Desafortunadamente, durante esta legislatura que está a punto de finalizar, hemos tenido ocasión de comprobar como ha sido posible que, aquellos partidos separatistas de Catalunya hayan ido consiguiendo e incrementando su poder, sus seguidores, su temeridad en la forma de enfrentarse al Estado y su osadía y decisión en despreciar las sentencias de los tribunales de Justicia, cuando se ha tratado de temas que han ido en contra de su proyecto de catalanización del país; algo que comprendía, evidentemente, el tema de la inmersión en el catalán, la enseñanza, el profesorado etc. de modo que la enseñanza del idioma español, el castellano, ha quedado relegada a mínimos, lo mismo que el uso público que, en el tema de rotulación de marcas y negocios, ha llegado a ser prohibido y multado por el Gobern catalán.

En unos momentos en los que, la misma identidad nacional y la unidad de la nación, parece que se está poniendo en tela de juicio, vemos como desde los poderes públicos y especialmente desde el Ejecutivo y el Judicial, se ha entrado en una peligrosa deriva, cuando, el primero, ha preferido no afrontar con valentía algunos de los temas que afectaban de forma directa a nuestro sistema de valores, por lo que los ciudadanos decidieron confiarle el gobierno de España, dándole una holgada mayoría en ambas cámaras; entre los cuales tenía especial importancia, por su trascendencia y por constituir un desafío a nuestra Constitución, el de las pretensiones soberanistas catalanas, expresadas con rotundidad por los gobernantes de dicha autonomía que, dicho sea de paso, han mantenido su posición monolítica, intransigente y antidemocrática a través del tiempo sin que hayan servido para nada la serie de concesiones financieras y económicas con las que se ha intentado “comprar” la lealtad de los catalanes a España.

Tiempo perdido, que han aprovechado los separatistas para irse preparando, construyendo las estructuras de un gobierno paralelo, contratando a técnicos y personal administrativo en previsión de que, en un momento dado, consigan arrancar la ansiada independencia. Todo esto lo sabe el Gobierno y lo ha sabido desde el primer momento en el que Mas, apoyado por Junqueras y su equipo de separatistas, les dijeron a los españoles que querían separarse de ellos, argumentando que Catalunya salía perdiendo en sus relaciones con el resto de la nación, que Madrid les ha estado “robando” y que ellos solos se las compondrían mejor si se los dejaba solos. La reacción del Gobierno y del resto de partidos “constitucionalistas”, dejando aparte a aquellos que ven con simpatía los intentos catalanes de conseguir la independencia, como pueden ser los vascos, los gallegos o los baleáricos, ha sido penosa.

El señor Rajoy, convencido de que dejando pasar el tiempo e intentando comprar a los dirigentes catalanes mediante inyecciones de millones de euros, lograría que los soberanistas desistieran de su intento; los partidos de la oposición, en especial el PSOE, que han mantenido una postura equidistante, equívoca y poco determinada, apartándose todo lo que han podido de la postura oficial del gobierno del PP, para intentar conseguir que los catalanes aceptaran su propuesta federalista, parida por el señor Pere Navarro, del PSC ( ahora fuera de la dirección), con lo que se apuntaría una importante baza para las generales, presentándose como el artífice de la concordia con la rebelde Catalunya. Sólo una pega a su proyecto: los catalanes no quieren ni oír hablar de una arreglo federal, conocedores de que todo lo que pudieran conseguir a través de este sistema ya lo tenían en la actualidad con el Estatuto que se dieron, gracias a la imprudencia del señor Zapatero que les prometió aceptar todo lo que los catalanes incluyeran en el proyecto de su Estatuto de autonomía. Y ellos se aprovecharon de ello aunque, más tarde, el TC decidiera declarar 14 artículos inconstitucionales, algo que los políticos catalanes se han negado a aceptar, siguiendo en su postura de no admitir nada que les venga impuesto de España y de sus tribunales de Justicia. ¡Admírense, ustedes, sin que esta actitud revolucionaria y manifiestamente obstruccionista, haya tenido la más mínima respuesta del Gobierno nacional!

A las puertas de las legislativas (20D), los separatistas han decidido dar su última batalla, a pesar del contratiempo que les ha supuesto no alcanzar la mayoría que tanto anhelaban para poder decir que son más los que quieren la separación que los que se pronuncian por la unión. Saben que el tiempo corre a su favor, que lo probable es que no haya ningún partido que consiga la mayoría absoluta y que, si el PSOE consigue un buen resultado y Ciudadanos mantiene sus expectativas, las que ahora les conceden las encuestas; el nuevo gobierno que surja de las urnas puede resultarles mucho más fácil de manejar que el actual si, como pudiera ocurrir, se estableciera una alianza de gobierno entre PSOE-Ciudadanos. Ya no queremos pensar otras posibilidades que, aparte de resultar letales para España, con toda seguridad les servirían de puente de plata a los líderes catalanes para conseguir sus objetivos separatistas o, al menos, un tipo de entente, como la de EE.UU con Puerto Rico, de “estado libre asociado” con el resto de España.

O así es como, señores, desde la óptica de un ciudadano de a pie, contemplamos con pesimismo el hecho de que, en España, hayan predominado los paños calientes, las cesiones y la mojigatería, en una serie de temas, como el mismo problema separatista, el caso del aborto, de los matrimonios homosexuales o la reforma a fondo del sistema judicial que, con mayoría absoluta y cuatro años de legislatura, la pasividad gubernamental y el miedo a equivocarse del ejecutivo, hayan permitido que se desperdiciase la oportunidad de solucionarlos.
 


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