AGLI Recortes de Prensa   Sábado 14  Novietubre  2015

Una guerra despiadada
EDITORIAL Libertad Digital 14 Noviembre 2015

El ataque terrorista múltiple que ha sacudido el corazón de Francia este viernes atañe a todo el mundo civilizado y exige una respuesta sin ambages. El presidente Hollande no ha dudado en poner en alerta a las Fuerzas de Seguridad y al Ejército y declarar el estado de emergencia. No dudar es precisamente lo primero que debe hacerse en estas situaciones, el primer acierto en medio de la tragedia. En el momento de la primera comparecencia del presidente de la República francesa la cifra de muertos rondaba la veintena pero muy poco después ya superaba el centenar y tardaremos en conocer el balance completo, ya que hay muchos heridos en estado crítico. Sin embargo, la firmeza de Hollande no servirá de nada si después no llega la unidad de acción en Europa, ardua tarea dada la costumbre suicida de aplicar políticas de apaciguamiento.

Los jefes de Estado y de Gobierno de las principales naciones occidentales debe asumir de una vez que estamos en una guerra y ejercer su liderazgo para hacer ver la gravedad de la situación a una sociedades infantilizadas muy reacias a aceptarlo. El primer paso para vencer esta guerra es asumir que se está en ella con todas las consecuencias. El presidente francés lo decía con toda la crudeza, una vez conocida la magnitud del ataque, en las puertas de la discoteca donde los terroristas han masacrado a decenas de personas inocentes: "Será una guerra despiadada". No es el momento de vacilar. El enemigo exterior es temible pero no lo es menos nuestra debilidad interior. Muchos querrán cerrar fuertemente los ojos como hacen los niños para sacudirse el miedo. Y, lo que es peor, no faltarán los que, desde la comodidad de nuestras sociedades libres, comprendan o justifiquen la barbarie. Tendremos que oír las estúpidas alertas contra la "islamofobia", aún con los cadáveres calientes de inocentes asesinados a sangre fría por unos tipos que gritaban "Alá es grande". Sin embargo, podemos estar seguros de que no veremos condenas claras y contundentes en los países islámicos, ni concentraciones de repulsa de musulmanes indignados frente a las mezquitas.

El enemigo exterior cuenta con dos enormes ventajas sobre nosotros: su pretendida indefinición territorial y la consiguiente abulia europea. Corrigiendo la segunda, poniendo fin de una vez por todas a las discusiones estériles sobre política exterior y Defensa, sería mucho más sencillo afrontar esta guerra que nos golpea y nos seguirá golpeando desde Siria, desde Irak o desde Libia, países en los que la comunidad internacional no ha hecho sino dar palos de ciego. La matanza de París es un ataque que debe ser respondido como el acto de guerra que es por más que haya expertos renieguen del término. Sólo identificando al enemigo exterior como enemigo del mundo occidental en su conjunto estaremos en disposición de acorralarlo y acabar con él. Hoy los muertos los ha puesto Francia pero no ha de quedarse sola en su respuesta. Nos han atacado. Hay que defenderse.

¿Despertará Europa?
Pedro Fernández Barbadillo Libertad Digital

París comenzó este año con los atentados en el semanario Charlie Hebdo y un supermercado judío: 12 muertos. Y antes de acabar el año se ha cometido un atentado múltiple aún más horroroso en la misma capital en el que el número de víctimas es desconocido cuando escribo estas líneas.

Los tópicos de los tertulianos y las consignas de los habituales expertos académicos con que el establishment trata de calmar al público se difuminan con cada nueva matanza islamista. ¿Alguien se atreverá todavía a hablar de la figura del lobo solitario cuando los asesinos constituyen grupos disciplinados, entrenados y armados que actúan como comandos en una operación militar contra el enemigo?

Lo cierto es que lo que los franceses han sufrido en 2015 lo sufren los sirios o los iraquíes o los pakistaníes a diario desde hace años. Las elites de Europa y EEUU, primero, han asistido impertérritas al nacimiento de estos terroristas alimentada por aliados como Arabia Saudí y, luego, han contribuido a difundir a esos asesinos mediante el aplauso a las primaveras árabes y la acción militar en Libia y Siria a favor de la oposición democrática. Los pocos europeos con acceso a los medios de comunicación que entonces ponían en duda la sensatez de esos inteligentes movimientos eran condenados como fascistas o racistas. Al igual que ha ocurrido hasta hace unos días con quienes, gobernantes o ciudadanos, se oponían al derrumbe de las políticas europeas sobre asilo e inmigración ante los miles de árabes y africanos (España ha recibido ¡a eritreos! a los que el Gobierno buscará empleo) que, desde ese otro aliado de Occidente que es Turquía, irrumpen sin obstáculos en los Balcanes.

A Europa millones de musulmanes fanatizados le han declarado la guerra a muerte. Una parte de esos islamistas vive en el continente, con nacionalidades de los Estados de la UE y aparentemente integrados, situaciones que les hace muy difíciles de detectar y vigilar, pero peor es, en mi opinión, el empeño de los sectores de las elites que controlan la política, la universidad y los medios de comunicación de mantener el discurso buenista y las bondades de la sociedad multicultural y poscristiana. Iglesias hay en Centroeuropa y Escandinavia que han descolgado las cruces para no herir los sentimientos de los musulmanes árabes que acogen. Quien levanta la voz en esta competición de buenos sentimientos y abrazos recibe los sambenitos de "racista" y de "islamófobo" (el periodista de La Vanguardia Rafael Poch, al informar sobre los atentados de enero, calificó a los yihadistas de ultraderechistas y los asoció con la OAS, que ya nadie conoce) y hasta de nazi (el canciller de Austria, el socialdemócrata Werner Faymann comparó en septiembre el trato de las autoridades húngaras a los refugiados con los traslados por los nazis de prisioneros a los campos de exterminio, pero su Gobierno acaba de anunciar la construcción de una valla en la frontera con Eslovenia).

Esta nueva matanza, que cabe esperar que será superada por otra dentro de unos meses, tendría una consecuencia beneficiosa si hiciese las veces de las campanas con que en las costas los europeos se avisaban de las razias de los piratas turcos y berberiscos. Pero Europa hace muchos años que vegeta, con un sueño tan profundo que parece el de la muerte. El mundo está cambiando, y los actores no son sólo potencias como EEUU, Rusia y China, sino también países hasta hace poco que no aparecían en ningún informe sobre el futuro, como Irán y Turquía. Mientras tanto, ¡cuántos europeos pretenden vivir en un mundo de unicornios con la creación de nacioncitas de la señorita Pepys, sea Cataluña, sea Escocia, sea Valonia, o sea Padania! Unos Estaditos que nacerían condenados a muerte, porque sus pueblos elegidos no valen ni para tener hijos. En esa Barcelona de la que zarpó don Juan de Austria para la batalla de Lepanto (una reproducción de su galera, la Real, se guarda en el Museo de las Atarazanas), se halla una de nuestras líneas de defensa ante los yihadistas: la forman la monja Caram, Pilar Rahola, Carme Forcadell y Karmele Marchante, bajo el mando del bizarro Artur Mas.

Estamos perdiendo la guerra y seguimos diciendo que no pasa nada. En cuanto se limpie la sangre, se entierre a los muertos y la televisión ponga otros programas (¡vaya ridículo el de Antena 3, Telecinco, Cuatro y La Sexta, que no cortaron sus emisiones la noche del viernes!), el estadio de Saint Denis y los restaurantes volverán a llenarse de europeos para quienes sus mayores problemas son el colesterol y sus pensiones.

El Pearl Harbor de la guerra mundial contra el Estado islámico
Editorial El Espanol 14 Noviembre 2015

París, la Ciudad de la Luz, ha quedado envuelta en un halo de oscuridad que tardará mucho tiempo en disiparse. El teatro urbano de tantos sueños románticos, revoluciones y quimeras ha sido el escenario de una cadena de ataques terroristas indiscriminados, destinada a causar el mayor número de víctimas entre la población indefensa.

La naturaleza de los lugares elegidos -las inmediaciones del Stade de France, un concurrido restaurante, un abarrotado lugar de diversión- rebela la especial vileza de la agresión y explica que las víctimas mortales superen con creces el centenar. El hecho de que en varios de los episodios intervinieran atacantes suicidas que murieron matando por la causa, encuadra inequívocamente la masacre en las pautas del terrorismo jihadista. Hay muchos tipos de fanatismo pero sólo esa interpretación extremista del Islam convierte la inmolación de todo asesino de "infieles" en atajo hacia el "paraíso".

No es la primera matanza que el siglo XXI ha deparado a las vulnerables sociedades abiertas del mundo democrático. El cataclismo que supuso la destrucción de las Torres Gemelas de Nueva York inauguró una cadena de acontecimientos terribles entre cuyos aldabones figuran las masacres de Madrid y Londres, cada una con sus propias características y sus enigmas sin resolver.

Nadie duda de que existe una relación causa efecto entre lo ocurrido en Paris y la participación de Francia en la coalición liderada por Estados Unidos que bombardea desde el aire las posiciones del Estado Islámico en Irak y Siria. Al margen de los gritos alusivos al conflicto sirio lanzados al parecer por alguno de los agresores, todo indica que se trata de una represalia contra la indefensa población civil por esa operación bélica de alcance limitado destinada a impedir que el fundamentalismo islámico consolide su férula sobre lugares estratégicos de Oriente Medio.

Mientras en el caso del ataque a las Torres Gemelas el enemigo era una difusa organización clandestina como Al Qaeda, dirigida por un villano de película como Bin Laden, ahora el fanatismo más extremo se ha corporeizado en una entidad política que ocupa un territorio con estructuras administrativas en pueblos y ciudades. El cruel e implacable Estado Islámico ha exacerbado la violencia hasta sus formas más sádicas y extremas para captar adictos entre los islamistas radicales del mundo entero, y se ha convertido ya en una palpable amenaza para el modelo de sociedad plural y tolerante que los países de la Unión Europea comparten con los Estados Unidos y demás democracias de la tierra.

El presidente Bush y quienes le secundaron cometieron el grave error de invadir Irak bajo el pretexto de las inexistentes "armas de destrucción masiva", derrocando a un régimen como el de Sadam Hussein no más tiránico que el de Assad que hoy sirve de dique de contención frente al fundamentalismo en Siria. La pregunta que ahora se formulan los analistas es si no será imprescindible una intervención militar terrestre para derrotar y destruir al Estado Islámico allí donde han establecido sus enclaves. Pocas guerras se han ganado sólo desde el aire.

Los próximos días van a dar pie a intensas consultas entre los líderes occidentales. España no debería ser excluida ni quedarse al margen pues, como lo demuestran las últimas detenciones, nuestro territorio sirve de vivero y base de reclutamiento de jihadistas destinados a Siria, cuyo retorno constituye una creciente amenaza. Lo ocurrido en Paris, equivalente en cierto modo, como ya ocurriera en el caso de las Torres Gemelas, al traicionero ataque de Pearl Harbor que desencadenó la intervención de los Estados Unidos en la Segunda Guerra Mundial, demuestra que una estrategia de vigilancia interior y contención exterior es insuficiente para protegernos de quienes pretenden destruir, si fuera posible a nivel planetario, un orden social basado en el respeto de la dignidad humana.

Nos guste o no, el Estado Islámico nos ha declarado la guerra en un combate de alcance global y amenaza nuestra seguridad y nuestras vidas. Si hace unos meses todos fuimos Charlie, hoy todos somos parisinos. Pero no basta con la solidaridad y el anhelo de un mundo mejor basado en la justicia y el diálogo. Cuando alguien es capaz de matar -y si hace falta morir- para castigar a quien ha osado dibujar la efigie del Profeta no hay argumento posible. Si queremos poder seguir diciendo "siempre nos quedará París", no tenemos más remedio que defenderla con el legítimo uso de la fuerza.

Ataque a Francia: más de cien muertos en París en varios atentados terroristas
Al menos 120 personas han sido asesinadas en siete atentados en cadena en París. El Ejército está en la calle y las fronteras han sido cerradas.
Libertad Digital  14 Noviembre 2015

Más de un centenar de personas -120, según estimaciones provisionales- han sido asesinadas en seis atentados en cadena registrados este viernes en París entre las 21 y las 22.30 horas. Varios terroristas han abierto fuego con armas de gran calibre en varios restaurantes y una discoteca en el centro de la ciudad, concretamente en los distritos 10 y 11, y se han registrado tres explosiones en lugares próximos al estadio de Saint Denis, en zonas muy visitadas por turistas y que se encontraban muy concurridas en el momento de los atentados.

Los ataques han tenido lugar en varios puntos del este de la capital francesa. Todos ellos están bastante cerca entre sí, sólo el Estadio de Francia está algo más alejado: la sala de espectáculos Bataclan, el restaurante Le Petit Cambodge, el bar Le Carillon, el Boluevar Fontaine, el local Belle Équipe y en las inmediaciones del Estadio de Francia. En el caso de los ataques contra Le Petit Cambodge y Le Carillon (dos locales situados a unos pocos metros el uno del otro), los terroristas continuaron su marcha hacia bares y restaurantes cercanos como La Bonne Biere, disparando a quemarropa contra varios de los clientes que estaban en las terrazas en aquel momento. También se ha producido un pequeño tiroteo en el mercado mayorista de Les Halles, aunque apenas se conocen detalles de este suceso.

Algunos de los lugares de los ataques se encuentran a poca distancia de la plaza de la República. Otro de los lugares se encuentra a pocos cientos de metros, en el distrito X, junto a un restaurante llamado Le Petit Cambodge en la calle Alibert y en Le Carillon, muy próximo al anterior. Posteriormente, los terroristas se encaminaron a otro local situado cerca del canal Saint Martin (Bonne Biere) y abrieron fuego sobre los clientes que estaban en la terraza. Llevaban la cara descubierta y dispararon a quemarropa.

El peor ataque, sin embargo, se ha producido en la discoteca Bataclan, donde los terroristas han entrado en la sala de fiesta fuertemente armados y han retenido a un número indeterminado de personas. Poco después de las doce de la noche, las fuerzas de asalto han entrado en la discoteca, donde se han registrado fuertes explosiones de origen aún indeterminado. Según AFP, los agentes han encontrado 80 cadáveres en el interior. Tres terroristas han sido abatidos.

Las informaciones hablan de varios tiradores con armas de gran calibre -probablemente rifles Kalashnikov- que habría disparado largas ráfagas, incluso recargando sus armas, en los distintos puntos en los que se han producido los atentados. Llevaban el rostro descubierto, según algunos testigos, y habrían gritado "Alá es grande". La conmoción en las zonas cercanas es enorme: ciudadanas españolas en París que viven a pocos metros de dos de los puntos atacados han contado en esRadio cómo escucharon los disparos y cómo los vecinos llevaban sábanas para tapar los cadáveres.

Bombas en Saint-Denis
En cuanto a las explosiones, se han registrado tres en las cercanías del estadio de Saint-Denis, en el que se disputaba un partido entre las selecciones de Francia y Alemania. Medios locales apuntan que al menos uno de los atentados habría sido cometido por un terrorista suicida.

El presidente Hollande, que se encontraba viendo el partido, ha sido evacuado junto con el resto de espectadores. Las explosiones se escucharon desde el interior del estadio y, según testigos, se vivieron momentos de pánico. Los asistentes fueron evacuados en pequeños grupos. Algunos cantaban La Marsellesa.

En una comparecencia de urgencia, François Hollande ha pedido valentía y unidad a los franceses y ha declarado el "estado de emergencia" ante un "ataque sin precedentes". La medida implica el cierre de las fronteras del país. Después, ya en las puertas de la discoteca, Hollande ha reiterado que Francia "no tendrá piedad" con los terroristas. El país, ha dicho, "no se dejará impresionar ante lo sucedido".

Cientos de militares se han desplegado por las calles de París. Varias líneas del metro han sido cerradas. El Ayuntamiento ha pedido la colaboración ciudadana y que nadie salga de sus casas salvo casos de extrema necesidad.

Masacre yihadista en París
No fue un atentado aislado contra un objetivo concreto, sino siete ataques en diferentes zonas de la capital parisina, para expandir el terror en toda la ciudad, en todo el país
Luis Rivas (París) El Confidencial 14 Noviembre 2015

Francia no ha podido dormir. Imposible olvidar la matanza terrorista que ha provocado la muerte de al menos 120 personas en una serie de siete atentados en París. Los franceses no encuentran adjetivos para describir lo que anoche se vivió en las calles de la capital. No fue un atentado aislado contra un objetivo concreto, como el 11-S de Nueva York o el 7-J londinense. Fueron siete ataques, en diferentes zonas, para expandir el terror en toda la ciudad, en todo el país. También parece que han sido seis los terroristas muertos, según los últimos datos facilitados por las autoridades galas.

Todo empezó alrededor de las 21.30. Los distritos X y XI de París, la zona de la capital que ha recuperado la noche para el ocio y la fiesta, tenía sus terrazas, bares y restaurantes llenos a rebosar. La agradable temperatura para un mes de noviembre invitaba a disfrutar. Entre los paseantes aparecieron varios individuos armados con Kalashnikov que abrieron fuego apuntando directamente al público. Tiroteos similares se produjeron en calles próximas. El comando o los comandos terroristas (aún se desconocen gran parte de los detalles de los atentados) se desplazaban por la zona regando a balazos los establecimientos más concurridos.

Dos individuos armados con el mismo tipo de armas se dirigieron hacia otro de sus principales objetivos, la sala de conciertos Bataclan, donde actuaba el grupo californiano Eagles of Death Metal. Sin ninguna duda, los asaltantes conocían la hora del comienzo del concierto. Entraron en la sala disparando primero al techo y apuntando después a los espectadores que intentaban huir a la desesperada. Comenzaba la toma de rehenes. Los testigos confirman que los asaltantes gritaron "¡Allahu Akbar!" (Alá es grande) y "!Es por Siria!".

Las selecciones de fútbol de Francia y Alemania se enfrentaban en partido amistoso en el Stade de France. En plena transmisión en directo se oyeron dos grandes explosiones. El público presente en el estadio lo tomó a chanza. Pensaron que eran cohetes. La seguridad del presidente francés, François Hollande, presente en la tribuna, inició la evacuación del mandatario.

Por primera vez en Francia, varios kamikazes eran protagonistas de un atentado. Se especulaba a última hora con que se tratara de tres terroristas suicidas, cuya acción provocó la muerte a cuatro personas. Los viandantes descubrían cuerpos destrozados en las aceras aledañas al recinto deportivo. El encuentro fue suspendido por precaución. Muchos espectadores iniciaron entonces una pequeña avalancha hacia el exterior; otros prefirieron buscar refugio en el césped.

También iban apareciendo cadáveres en las calles del centro. Se contaron hasta siete puntos distintos de la capital donde los terroristas centraron sus ataques. Fuentes policiales barajaban la posibilidad de que alguno de los terroristas disparara a bordo de un vehículo. Eso explicaría que hubieran recorrido en tan poco tiempo zonas algo alejadas entre sí.

El presidente Hollande apareció en directo poco antes de medianoche, hora a la que había convocado un consejo de ministros de urgencia. El jefe del Estado francés estaba claramente afectado, casi balbuceaba, y antes de anunciar las medidas que iba a aplicar exclamó un "!Es un horror!". Hollande anunció -antes de reunirse con su gabinete- que había decretado el estado de emergencia en todo el territorio y ordenado el cierre de fronteras. Además, informaba de que el Ejército se iba a desplegar en las calles de la capital. El presidente matizó que la toma de rehenes del Bataclan no había concluido.

Hollande ya había ordenado a las fuerzas especiales el inicio del asalto para liberar a los posibles supervivientes de la sala. Sabía que los terroristas no habían entrado para negociar ni para difundir mensaje político alguno. Actuar cuanto antes era obligado.

Mientras tanto, las conexiones telefónicas y las redes sociales se colapsaban por los familiares y amigos que sabían que sus allegados tenían entradas para el concierto. Cuando la operación policial terminó, el espectáculo en el interior del Bataclan era indescriptible: al menos 80 cuerpos yacían víctimas de la munición de los AK y de las granadas que dos terroristas hicieron estallar. Según informó posteriormente la Policía, los asaltantes que irrumpieron en la sala eran cuatro y se suicidaron al accionar cinturones explosivos.

Las televisiones mostraron minutos después imágenes similares a las vividas en el supermercado kosher en enero pasado: los supervivientes saliendo en fila y con los brazos en alto del Bataclan. Muchos se frenaban en plena acera y rompían a llorar. Comprendían de lo que se habían librado.

Horas después del inicio de los ataques, cuando París empezaba a vaciarse y sólo policías, militares y ambulancias ocupaban las calles, fuentes oficiales informaban de que cinco terroristas habían sido "neutralizados" (horas después la cifra se elevó a ocho). No estaba claro si uno de los miembros del grupo había conseguido escapar. No era difícil burlar el cerco policial en una zona tan amplia, en plena noche de un viernes. El temor al terrorista armado que busca refugio en las calles parisinas recordaba inevitablemente al periplo asesino de los hermanos Kouachi y de su cómplice Coulibaly, hace ahora once meses.

Francia, sus ciudadanos y sus dirigentes están en estado de shock. El atentado se produce a poco menos de un mes de las elecciones regionales y de la Cumbre Ecológica, la COP 21, que ya iba a provocar el restablecimeinto del control de fronteras durante un mes.

El terrorismo ha franqueado el peldaño que muchos temían y ha conseguido de momento su objetivo: los franceses tienen miedo. Y el miedo sólo puede calmarse con medidas policiales. Entre las medidas de excepción que el Estado de emergencia permite están inevitablemente los recortes de ciertas garantías jurídicas. De momento, hoy en Francia, pocos se van a atrever a oponerse a cualquier medida que pueda ayudar a derrotar al terrorismo islámico.

Blog de Pablo Sebastián. Presidente y fundador del diario de internet Republica.com
La guerra de Siria llega a París
Pablo Sebastián Republica.com 14 Noviembre 2015

La guerra del terrorismo islámico se ha instalado en Europa con un brutal y múltiple atentado del terror yihadista que ha vuelto a golpear el corazón de París, en un ataque demoledor y criminal que ha pillado por sorpresa a las fuerzas de seguridad de Francia y a sus servicios de inteligencia y que ha dejado decenas de muertos y heridos.

Un ataque perpetrado a la vez en distintos lugares del centro de la capital parisina, provocando el pánico y la desolación mientras varios de los terroristas, que gritaban ‘Esto es por Siria’, se inmolaban tras la masacre haciendo explotar sus cinturones llenos de bombas, pero tras haber fusilado a decenas de inocentes con sus ametralladoras. Algunos de ellos tomados como rehenes en una sala de fiestas, donde finalmente fueron abatidos por fuerzas especiales de la policía y el ejército.

Estos trágicos acontecimientos han desatado las alarmas en la capital de Francia, donde está previsto el inicio de la cumbre mundial del clima con presencia de 40 jefes de Estado y de Gobierno, y han servido para poner en máxima alerta a los gobiernos de la Unión Europea, España ahí incluida.

La mención a Siria hecha por los terroristas confirma la idea de que la intensificación de los bombardeos de la fuerza multilateral aliada de los países occidentales, y la intervención aérea de Rusia, en Siria e Irak contra las tropas y posiciones del Estado Islámico podría estar en el origen de esta nueva masacre. La que coincide en un momento político de especial tensión en la UE por causa del problema de los refugiados que llegan a Europa desde esas zonas de conflicto bélico.

No olvidemos, en estas circunstancias, que hace solo algunos meses tuvo lugar en París otro de los ataques terroristas islámicos contra la redacción del semanario ‘Charlie Hebdo’ donde fueron abatidos varios periodistas. Y desde donde los autores del terror huyeron para luego capturar varios rehenes que posteriormente fueron liberados por las fuerzas de seguridad, que finalmente abatieron a los criminales.

Naturalmente todos los gobiernos de Europa han transmitido a Francia su apoyo y solidaridad, pero la pregunta que surge tanto en París como en Madrid y otras capitales occidentales es la de si esto que acaba de ocurrir en Francia es un hecho aislado o el principio de una ofensiva del terror islámico para demostrar que la guerra de Sira e Irak en curso se ha extendido, o se va a extender de manera premeditada, al corazón de la UE para obligar a los gobiernos occidentales a suspender los ataques aéreos y abandonar los campos de batalla del Oriente Próximo.

Estamos pues en guerra con el terrorismo islámico y es hora que los gobiernos de la OTAN –a ser posible concertados con Rusia- no solo ataquen al Estado Islámico con ataques aéreos selectivos sino que han de poner pie en el campo de batalla para arrasar esos ejércitos de una vez, porque su actuación y discurso político está incendiando a medio mundo y animando a la guerra santa a muchos islamistas de los que habitan, de manera masiva, en países como Francia y España.

Si estamos en guerra abierta con el fanático y cruel Estado Islámico hora es que las fuerzas aliadas occidentales entren a fondo en la batalla del Oriente Próximo. Al tiempo que es urgente y necesario que los gobiernos de la UE eviten acciones xenófobas de represalias en contra de los musulmanes pacíficos porque las consecuencias de esos enfrentamientos sería tremendas, no solo para Francia sino también para todas las naciones de la UE.

Un territorio donde se espera un cierre en cadena de fronteras, que sufrirán los refugiados del éxodo sirio que corren el riesgo de quedar empantanados entre dos conflictos y sin tener a donde ir.

Foro de la Sociedad Civil
El necesario adelgazamiento del Estado
Jesús Banegas www.vozpopuli.com 14 Noviembre 2015

La evolución del Estado ha pasado hasta ahora por tres fases según sostienen John Micklethwait y Adrian Wooldridge en su reciente libro “La cuarta revolución”.

Para los autores la primera revolución aconteció cuando los príncipes de Europa construyeron estados centralizados. Hobbes decidió llamar al Estado, al que consideraba como la única respuesta a la maldad, la brutalidad y la brevedad de la vida humana, con el nombre de un monstruo bíblico: Leviatán. Estos estados-nación se convirtieron en democracias liberales que consiguieron que Occidente dejara atrás las otras regiones del planeta.

La segunda revolución, asociada a las revoluciones americana y francesa, dio lugar al Estado moderno cuyo nacimiento se glosó al tratar del actual desorden territorial español. El modelo de Estado que propusieron filósofos políticos como John Stuart Mill debía reducir su presencia y garantizar simplemente la seguridad de sus ciudadanos y otras funciones básica, haciendo hincapié en la eficiencia y la libertad.

En la segunda mitad del siglo XIX, el liberalismo comenzó a cuestionarse sus principios sobre la pequeñez del Estado. ¿De qué sirve la libertad de un trabajador que no tiene acceso a la educación ni derecho al cuidado de su salud? La mejora de la calidad de vida de los ciudadanos entró a formar parte del contrato con Leviatán, dando lugar a la tercera gran revolución: la invención del moderno Estado de bienestar.

Pero el Estado de bienestar, al cabo de los años ha entrado en crisis tanto en Occidente como en el mundo emergente. Los países emergentes necesitan reformas para seguir avanzando y Occidente tiene que cambiar porque se encamina a la quiebra. La deuda y la demografía obligan a los Estados occidentales a cambiar; unos más que otros en función de sus deudas y pirámide poblacional.

Siendo imposible pagar las deudas pendientes y sostener el actual Estado de bienestar, no hay más remedio que empequeñecerlo y hacerlo mas eficiente. Aunque haya autores muy solventes como William Baumol que sostiene que es imposible reducir el tamaño del Estado ya que se concentra en las zonas de trabajo intensivo, como la atención sanitaria y la educación, donde es difícil aumentar la productividad, las tecnologías de la información y la comunicación –TIC- pueden y deben cambiar el curso de la historia.

La cuarta revolución, la del adelgazamiento fiscal del Estado y la mejora de su eficiencia, no es un quimera porque ya ha sucedido en Suecia: de ser el cuarto país mas rico del mundo en los años 70 del pasado siglo cayó al 14º lugar en 1990 y hoy, gracias a sus reformas –ampliamente glosadas en esta sección en un artículo previo, “Indagación moral y racional del Estado de Bienestar” – ha podido regresar al 5º lugar.

Una de las razones que dificultan el adelgazamiento del Estado tiene que ver con la recaudación centralizada de impuestos y el gasto municipal y regional de los mismos; así, los que gastan no se “desgastan” cobrando impuestos, sino reclamando a “Madrid” dinero para atender su clientela política. Además, hay que tomar muy en serio “La lógica de la acción colectiva” titulo de un libro de Mancur Olson –que escrito en 1965 está ahora de moda– en el que descubrió el enorme poder de grupos pequeños de interés muy bien organizados en forma de lobbies para apropiarse de recursos del Estado a costa del resto de los ciudadanos. La lógica de esta acción colectiva consiste en que los pocos se benefician muchísimo a costa de los muchos que costean un poco cada uno a aquellos. Los primeros tienen grandes incentivos en conseguir sus objetivos, mientras que los demás perjudicados tienen muchas dificultades y limitados incentivos económicos individuales para oponerse y evitar las acciones “extractivas”.

Los países escandinavos están demostrando que es posible contener el Estado al tiempo que se mejora su rendimiento invirtiendo el antiguo modelo: en lugar de extender el Estado sobre el mercado, están ampliando el mercado dentro del Estado. Estos países fueron los primeros que al exagerar sus “estados de bienestar” antes se quedaron sin dinero y por tanto los primeros que escaparon del la “enfermedad de Baumol” domesticando su Leviatán reconsiderando el papel del Estado y utilizando las nuevas tecnologías para mejorar su eficiencia.

La salud democrática de Occidente, según los autores de “La cuarta revolución”, presenta tres frentes críticos:

El crecimiento del Estado reduce gradualmente la libertad
Los grupos de presión se ven favorecidos por un Estado en expansión
El Estado hace promesas que no puede cumplir

En España, al peso de la deuda y el envejecimiento de la población, se le añade un desorden territorial que es preciso reconducir: el adelgazamiento del Estado y la redistribución de funciones, “la cuarta revolución” española, es incuestionablemente imperativa. Si nuestro país ha sido capaz de desenvolverse con éxito en el actual Estado Democrático de Derecho que constituye la tercera revolución que se acaba de glosar, no hay razón que pueda impedir la salvación de nuestros mejores logros sociales si somos capaces de evolucionar hacia el siguiente estadio histórico del Estado.

Para comenzar sería muy útil conocer a fondo y reproducir aquí las mejores prácticas que los países nórdicos y algunos asiáticos como Singapur y Corea del Sur están poniendo en práctica con buenos resultados.

El problema catalán no tiene solución
José García Domínguez Libertad Digital 14 Noviembre 2015

Pese a lo que creen en Madrid, no están locos. Nunca lo han estado. Madrid piensa que están locos porque no los entiende. No los ha entendido nunca. Y no los ha entendido nunca porque le resulta imposible comprender que no sean iguales que ellos. Desde Cánovas hasta Aznar, la derecha castellana -o castellanizada- siempre ha querido persuadirse de que los catalanistas de la corriente canónica, la mayoritaria, eran en el fondo su viva imagen reflejada en la otra ribera del Ebro. Pero no lo son. Jamás lo han sido. Cambó, el padre de la criatura, pensaba como cualquier conservador peninsular medianamente ilustrado, sí. Pero no sentía como ellos. Al modo de Pujol, que no es ni más ni menos inmoral y corrupto que todos esos ladrones mesenterios que andan para arriba y para abajo con la pulserita rojigualda en la muñeca, pero que tampoco es como ellos.

La derecha, que siempre ha sabido que su única razón de ser es defender intereses, una lección que la izquierda ha tardado más de cien años en aprender, no está preparada para afrontar lo irracional. Y el nacionalismo catalán hegemónico es irracionalismo en estado químicamente puro. De ahí el muy escaso sentido que tiene seguir dividiéndolos a efectos taxonómicos en radicales y moderados. Repárese a ese respecto en los apellidos paternos de los candidatos de la CUP y la Esquerra en las autonómicas y generales del próximo 20 de noviembre. Los pretendidos radicales presentaron, entre otros, a un Antonio Baños, a un Fernández (o Fernàndez que tanto monta), a otro Antonio (Reyes) y a un Rufián (se dice así el que será número uno de ERC en la lista al Congreso).

Todos ellos charnegos convictos y confesos, amén de castellanohablantes en la intimidad. Una concesión onomástica y lingüística sencillamente inimaginable en el campo de los supuestos moderados. Inimaginable, sí. Al punto de que a lo largo de más de treinta y cinco años ininterrumpidos no ha habido ni un solo diputado electo en las listas de CDC que tuviese como lengua de origen en castellano. Ni uno. El hecho insólito de que esa genuina cleptocracia africana que apadrinaron los Pujol desde su primer día en el poder apenas les afecte electoralmente tiene mucho que ver con el velado carácter indigenista del movimiento político en que se inserta. A fin de cuentas, y pese a las toneladas de almíbar asimilacionista con que se sigue tapando la cuestión, la lengua continúa siendo la variable explicativa que determina la adscripción de los catalanes a uno u otro de los dos grandes bloques en que se han escindido tras el inicio del proceso. Y es que el problema no es que Cataluña sea una nación. El genuino problema, el de fondo, es que somos dos. Por eso, el asunto, nuestro asunto, nunca tendrá solución.

Esto va a acabar mal (y cuanto antes, mejor)
Santiago Trancón Cronica Global 14 Noviembre 2015

No vamos a repetir los análisis y la denuncia de los errores, traiciones y cobardías que durante casi cuarenta años han permitido al independentismo separatista llegar hasta aquí. La miseria moral, intelectual y política acumulada rebosa por las alcantarillas y ya no hay suficientes desagües ni contenedores para evacuarla. El hedor se ha hecho insoportable. Podemos seguir con las metáforas, pero ha llegado el momento de la verdad, o sea, la hora de que “las palabras tomen la realidad”, que es el paso previo, imprescindible, para que “la realidad tome la palabra”.

Tomar la realidad en serio, mirarla de frente, sin velos ni coartadas, nos obliga a decir que esto acabará mal, irremediable, inevitablemente. Lo ha escrito el otro día Fernando Savater, y yo añado: “Y cuanto antes, mejor”. Cuanto antes mejor, porque cuanto más se prolongue y afiance el golpe contra la democracia y el Estado, mayor el sufrimiento, mayor la tensión, el odio, el enfrentamiento, más imprevisible el final, mayor el deterioro de la democracia, la convivencia y todo lo demás.

Digo que va a acabar mal, porque lo contrario significaría que acabaría bien para los que han promovido el golpe, o sea, para los catalanes antidemócratas que quieren imponer su voluntad a la mayoría de catalanes y españoles. Acabaría bien para unos pocos, y muy mal para los demás. De ningún modo puede acabar bien para todos. El miedo nos ciega, y todavía hay muchos que piensan que “la cosa no irá a más”, que “al final todo se arreglará” (¿por arte de magia o por intervención divina?), aunque sean incapaces de imaginar siquiera cómo podría ser ese final.

Digo que las palabras deben tomar la realidad para que la realidad tome y diga la última palabra. Que la palabra tome la realidad significa decir que el separatismo ha llevado las cosas hasta un punto en el que ya no es posible volver atrás, que hay que ir hacia delante, irremediable, inevitablemente. Que no podemos volver a ninguna casilla de salida y tomar otro camino. Que nadie puede tranquilizarnos y engañarse diciendo que aquí no ha pasado nada y que todo volverá a la normalidad porque a todos nos interesa que así sea, empezando por los catalanes. No, no hay normalidad, no puede haberla cuando en el Parlamento catalán se declara el comienzo de la independencia y la ruptura con el orden constitucional del que emana su propia legalidad y legitimidad. El paso ya está dado, ya no hay que esperar más para intentar desbaratar el plan e iniciar un proceso radical de relegitimación y reorganización del poder, el Estado, las instituciones y el cumplimiento de las leyes en Cataluña.

El Parlamento catalán ha declarado un Estado de excepción y lo ha hecho por la fuerza, no a través de ninguna legitimidad democrática, sino incumpliendo las leyes y despreciando la voluntad de la mayoría de los catalanes y españoles. No se podrá “reconducir”, ni “normalizar”, ni “solucionar” nada, si no se empieza por poner palabras adecuadas a los hechos, y lo primero es reconocer que estamos ante un enfrentamiento abierto, que hemos llegado a un punto de no retorno y que sólo mediante la fuerza se podrá vencer a quienes por la fuerza se han impuesto y han tomado el poder en Cataluña.

A todos los promotores, embaucadores, agitadores, ejecutores y legitimadores de esta declaración de guerra hay que llamarlos por su nombre: enemigos de la democracia. Porque llegado a este punto no cabe seguir jugando con circunloquios y eufemismos, encubrir los hechos con llamadas a la “prudencia”, la “proporcionalidad” (?) y el “sentido común”. Dirán que no estamos ante ninguna guerra, que eso es una exageración. Cierto, no estamos ante una guerra convencional, con tiros y derramamiento de sangre; pero hay muchas formas modernas de llevar a cabo una guerra sin necesidad de hacer visible la violencia. Una guerra es un enfrentamiento inevitable entre dos fuerzas, cada una intentando vencer a la otra. Que no adopte formas cruentas no significa que sea pacífica. El independentismo sabe muy bien que el “proceso” no es más que una guerra encubierta, guerra de desgaste y desmoralización del enemigo, guerra de progresivas conquistas, de intimidación, de movilización de masas, del lenguaje y la propaganda, de símbolos...

Hasta ahora el secesionismo antidemocrático apenas ha encontrado resistencia, pero esto no significa que no haya usado la fuerza para imponerse y dominar el espacio público y las instituciones. Lo ha hecho, y a la luz del día, con alevosía y disfrazando todo cínicamente de democracia y pacifismo. ¿Cómo se ha impuesto la “inmersión” lingüística y el lavado de cerebro a los niños y a sus padres, sino mediante la coacción, el incumplimiento de las leyes, el engaño y la amenaza de exclusión social? ¿Cómo se ha subvencionado la propagación del independentismo, sino mediante la corrupción y el chantaje a los medios de comunicación y a los empresarios, el desvío y malversación del dinero de todos, el robo, la extorsión y la imposición del silencio? ¿No se ha ejercido sistemáticamente la violencia, el insulto y la amenaza contra cualquier discrepante o crítico del proyecto separatista? ¿No se ha llevado a cabo un ataque sistemático, simbólico y real, contra todo lo que significa España y los españoles?

Que las palabras recuperen su vínculo con la realidad exige desenmascarar radicalmente al catalanismo independentista diciendo lo que es: un movimiento que para imponerse ha sabido usar de modo eficaz el engaño y la fuerza, la violencia verbal y psicológica, la coacción y la amenaza, el robo y la utilización descarada del dinero público para sus fines, todo esto durante cuarenta años, sin control ni oposición alguna y con el consentimiento tácito o explícito de muchos jueces, fiscales, partidos políticos y sindicatos. Si no ha usado la violencia directa es porque no lo ha necesitado (en un momento decisivo sí la usó, y con éxito: recordemos el terrorismo de Terra Lliure, que provocó la huida de miles de enseñantes y funcionarios de Cataluña.¿Alguien puede seguir dudando de que nos encontramos ante un enfrentamiento cargado de violencia disimulada, un enfrentamiento que sólo se resolverá si una fuerza logra ser superior y vence a la otra?

Uso de modo intencionado la terminología bélica porque es la más adecuada para mostrar la crudeza de los hechos. La única diferencia, y esencial, es que una fuerza, el separatismo, está dispuesta a usar todos los medios a su alcance sin reparos, sin escrúpulos democráticos, mientras la otra actúa con indecisión, falta de ideas y convicciones. Llegamos aquí al problema más importante, el que explica la situación confusa y dubitativa en que ha actuado ante este problema la democracia española. Busquemos una explicación.

Nuestra democracia arrastra un error fundacional que está en el origen de la actual indecisión y los complejos antidemocráticos que la paralizan: su incapacidad para llevar a cabo una ruptura tajante con el franquismo. Me explico. Todavía estamos intentando dar digna sepultura a más de 100.000 desaparecidos enterrados en cunetas y fosas comunes... Esta resistencia absurda a acabar, décadas después de la Transición, simbólica y políticamente con el franquismo, ha alimentado un complejo de “culpa” original en los demócratas, tanto de la derecha como la izquierda. Gracias a este déficit democrático, el término facha o franquista se convertido en la acusación más eficaz para anular políticamente al contrario, especialmente en Cataluña. Hoy todavía es un arma letal, paralizante, usada para identificar a todo lo español, algo que se inculca en la mente de los niños desde la guardería.

Nuestra democracia ha sido capaz de avanzar en muchos aspectos económicos y sociales y, pese a todos sus defectos, constituirse como una sociedad plena de derechos y libertades. Comparada con cualquier sociedad democrática no tenemos motivo para sentir complejos de ningún tipo. Hay algo, sin embargo, en que mostramos una debilidad sustancial y decisiva: la incapacidad para establecer límites al ejercicio de determinadas libertades, como las relacionadas con el respeto a la verdad histórica, la utilización ideológica y partidista de las instituciones, la incitación al odio, el ataque a los símbolos comunes, el uso del insulto y la mentira como arma política, el permitir que el dinero público se use para deslegitimar la idea de España como nación, etc.

La incapacidad para impedir la degeneración del poder autonómico, para que se usen arteramente mecanismos democráticos para destruir la democracia, es algo que nace de ese complejo franquista que nos ha impedido distinguir entre autoritarismo y autoridad; entre libertad de expresión y libertad de mentir, engañar e insultar; entre centralismo y unificación del Estado; entre autonomía e independencia; entre ley e imposición; entre diferencias culturales e igualdad de derechos y deberes; etcétera. Ante la falta de ideas y convicciones democráticas claras, el miedo a ser tachados de franquistas, centralistas y autoritarios nos ha paralizado y hemos sido incapaces de usar las leyes y los principios democráticos con la determinación y la fuerza que otorga el Estado de Derecho.

Franco, paradójicamente, ha seguido ganando batallas después de muerto. Nos dejó sin nación (el término España todavía es impronunciable para algunos), sin bandera, sin himno, sin historia, sin Estado. Nos hizo incapaces de establecer límites a la libertad (como si la democracia no se asentara sobre ellos), pero además, y esto es algo que ahora estamos pagando muy caro, nos ha impedido recurrir al uso de la fuerza cuando la ley lo exigía. No hay ley si no se tiene fuerza para aplicar y defender esa ley. La ley es, por sí misma, un mecanismo de organización de la convivencia, pero si carece de capacidad coactiva y punitiva, pierde su sentido. La ley obliga necesariamente al uso de la fuerza. La pusilanimidad con que se ha interpretado la ley, desvirtuando y debilitando su capacidad represiva, nos ha llevado a la insólita situación de que se pueda conculcar la Ley Fundamental (la Constitución) sin ningún coste político, penal, ni económico.

Usar la fuerza nada tiene que ver con utilizar la violencia, y menos de modo arbitrario. Usar la fuerza de la ley es inhabilitar, destituir, detener, condenar y encarcelar a quienes comenten delitos que destruyen el orden constitucional. Usar la fuerza democrática es impedir la propagación de mentiras históricas que incitan y alimentan el odio; controlar el uso del dinero público para que no sirva a fines anticonstitucionales; impedir la creación de organismos e instituciones que ejerzan un poder paralelo para destruir al Estado...

Lo dicho: todo acabará mal porque empezó mal, porque ha continuado durante muchos años mal y ahora se ha acelerado para peor. Acabará mal, por eso necesitamos que acabe cuanto antes. Mucho hay que deshacer y reorganizar, porque no será posible crear nada nuevo si todo permanece como está, si no se afronta la tarea más importante: destruir el poder independentista construido con la mentira, la imposición antidemocrática y el dinero de todos. Mucho me temo que, ante esta difícil tarea, vuelvan los pusilánimes disfrazados de prudentes, aquellos a los que el complejo antifranquista todavía les impide ser demócratas consecuentes.

La pierna catalana
Gabriela Bustelo www.vozpopuli.com 14 Noviembre 2015

Los conflictos unilaterales suelen consistir en un supuesto agravio reiterado públicamente por parte de una supuesta víctima. En el caso de Cataluña –la niña mimada de las autonomías españolas– no solo no existe agravio alguno por parte de España, sino que el trato dispensado ha sido exquisito. Por ello, tras décadas de victimismo paranoico por parte de los separatistas, hubiera sido razonable que el actual presidente de España, Mariano Rajoy, convocase un referéndum para preguntar al resto de los habitantes del país si quieren independizarse de Cataluña. Al fin y al cabo, como han señalado varios medios extranjeros con su inevitable tono paternalista, la campaña unilateral de los independentistas catalanes tiene un tono beligerante muy distinto de la negociación bilateral del Reino Unido con Escocia, que terminó con los escoceses votando en 2014 para permanecer en la Unión.

La Albania catalana
Pongamos una metáfora ilustrativa. Si España fuese una persona con una pierna infectada, a quien el médico explicara que debe amputársela para sobrevivir, habría varias posibilidades. Una sería conservar la pierna, con la esperanza de que los antibióticos y la cirugía vascular lograsen curar la virulencia. En caso de optar por la amputación, España sobreviviría, pese a quedarse coja. Pero ¿qué le sucedería a la pierna sin el cuerpo? Moriría, obviamente. La Cataluña independiente que venden Mas y los herederos políticos de Pujol –los herederos económicos son sus hijos millonarios– sería un país como Albania (cuyo tamaño es similar, en torno a los 30.000 kilómetros cuadrados). Como país no miembro de la UE, tendría que requerir formalmente la admisión, una vez reunidas las ineludibles condiciones previas. Huelga decir que para afianzar sus relaciones con Europa debería obtener el apoyo de España. Entre unas cosas y otras, el proceso podría prolongarse durante décadas, como le ha sucedido a Turquía, que lleva más de medio siglo como país candidato.

Del euro al eurocat
El paisito catalán emitiría una moneda propia, que podría ser el eurocat –ya propuesto por los independentistas– o el pujollar, mismamente. Esta divisa débil se devaluaría con respecto al euro –una de las diez divisas más potentes del mundo–, obligando a los nuevos catalanes a trabajar más para poder pagar la ineludible subida de impuestos que no lograría evitar el empobrecimiento de la república independiente de Cataluña. La frontera con España y Francia recuperaría todo el sentido divisorio de la palabra, quedando controlada por los respectivos servicios de aduanas y sujeta al pago de los correspondientes aranceles. Cataluña es actualmente la región autónoma que más se beneficia del comercio con el resto de España, seguida en el ranking por Andalucía y Galicia. Del top ten de lugares a los que exporta Cataluña, seis destinos son comunidades españolas, siendo Aragón su principal cliente, seguido de Valencia, Andalucía, Madrid, País Vasco y Castilla-La Mancha. Mientras las exportaciones del conjunto de España al resto del mundo han crecido por encima del 5% en la primera mitad de 2015, las de Cataluña han quedado prácticamente congeladas. En otras palabras, la autonomía del “Espanya ens roba” compensa el saldo negativo de su comercio con el resto del mundo gracias a los ingresos procedentes del resto de comunidades españolas.

Un paisito llamado Catatonia
Pero ¿qué nos sucedería al resto de los españoles si decidiéramos independizarnos de la autonomía díscola o –por seguir con la metáfora chusca del comienzo– si optáramos por cortarnos la pierna catalana? En primer lugar, supondría recuperar los miles de millones que engullen su seguridad social, pensiones, seguros de desempleo y vacaciones. Nos ahorraríamos también los sueldos de los diputados y senadores catalanes, con los correspondientes viajes, dietas y pagas extra. Dejaríamos de pagar a los Mossos d’Esquadra, al personal de las embajaditas y al ejército de traductores oficiales. También nos libraríamos de los numerosos islamistas pensionados en Cataluña, muchos de los cuales apoyan a los partidos separatistas, pues lo consideran el modo más eficaz de establecerse en una zona de Europa muy permisiva con su actividad religiosa y política, inseparable de sus ramificaciones terroristas. Sin el mal ejemplo, la familia disfuncional española quedaría notablemente apaciguada y las autonomías restantes reactivarían su actividad comercial, ocupando el nicho de mercado vacante. Andando el tiempo, los españoles contaríamos a nuestros nietos que antaño perteneció a España la gran Cataluña, que los nacionalistas convirtieron en un pequeño paisito ignoto más conocido por el mote de “Catatonia”.


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La Corea del Norte del Mediterráneo
Alejo Vidal-Quadras www.vozpopuli.com 14 Noviembre 2015

El espectáculo que ofrece Artur Mas sometiéndose cual gimiente Justine a las sevicias del sádico camarada Baños sería risible si no fuera dramático. España entera asiste sobrecogida al desarrollo progresivo del proyecto separatista en Cataluña consciente de que está en juego la unidad de la Nación y con ella el bienestar, la seguridad y la estabilidad de nuestra vida colectiva de las próximas décadas. Sin embargo, para uno de los protagonistas de este aquelarre siniestro, la CUP, la independencia de la nueva república catalana no es un fin, sino tan sólo un medio.

Los lanzadores de sandalias y las guerrilleras urbanas de este fósil ideológico viviente persiguen la instauración de un Estado catalán desgajado de España con una motivación muy distinta a la del pleno ejercicio de la identidad cultural y lingüística y a la del goce de una soberanía irrestricta, objetivos para ellos puramente instrumentales. Su verdadera meta es de carácter ideológico y consiste en liquidar la sociedad abierta en las cuatro provincias del Principado para instaurar allí un modelo colectivista, marxista y revolucionario que liquide la propiedad privada, prescinda del euro, abandone la Unión Europea e imponga la dictadura del proletariado. Los nacionalistas, Mas, Junqueras, Romeva, Forcadell y demás tropa, son meros comparsas a los que utilizan en su camino hacia el paraíso comunista. Su destrucción sistemática de Artur Mas, al que han reducido a un pingajo patético desprovisto del menor asomo de dignidad con tal de conservar la poltrona, es fruto de su odio de clase porque en el aún Presidente de la Generalitat ven encarnados todos los males y vicios que detestan, la codicia venal, la colusión entre lo público y lo privado, el tejido empresarial propio de un sistema productivo racional y el uso regular del jabón y de la corbata.

Una vez eliminado este obstáculo procederán a aplicar un delirante programa de nacionalizaciones, confiscaciones, reparto de lo ajeno y atropellos a la libertad que, lógicamente, arruinará a Cataluña debido a una masiva fuga de capital humano y financiero y a una parálisis total del dinamismo económico. En este destructivo propósito serán acompañados inicialmente por los secesionistas de Esquerra, Iniciativa y organizaciones castelleras y chirucairas diversas hasta que puedan meterlos también en los correspondientes gulags o enviarlos al exilio. Este es el plan de la extrema izquierda representada por personajes tan ejemplares como David Fernández y Anna Gabriel, cuya mera contemplación produce escalofríos a cualquier persona sensata.

Pues bien, Artur Mas, ese genio de la estrategia política y referente moral de la mafia internacional, colabora activamente a la consecución de tan loables delirios porque ha perdido por completo el norte y la cordura, aterrado por su horizonte penal tras veinte años de chico de los recados del venerable capo di capi del tres per cent. La CUP es el castigo a los pecados de una burguesía cobarde, corrupta, rastrera y amorrada a las subvenciones. Si no fuera porque en su merecida caída arrastrarían a millones de honrados e inocentes españoles, hasta se podría disfrutar con su derrumbamiento. La esperanza radica en esa mitad de los ciudadanos de Cataluña que no han sucumbido al lavado de cerebro de treinta años de tribalismo cleptocrático y que están dispuestos a dar la batalla democrática capitaneados por una joven valiente y honesta, limpia de lacras del pasado, que habla sin papeles y sin complejos. Confiemos en que su trabajo nos libre de ver a Cataluña convertida en una Corea del Norte mediterránea y ayudémosla con todas nuestras fuerzas primero porque se lo merece y segundo y definitivo porque su victoria será la de la de la civilización frente a la barbarie.

Pesadilla catalana y elecciones generales
Marcello. Republica.com 14 Noviembre 2015

La precampaña electoral de los comicios generales del 20-D se ha difuminado ante el espectáculo y la tensión que emana del desafío secesionista catalán, donde Rajoy y el PP esperan sacar ventajas a su favor en menoscabo del PSOE de Pedro Sánchez -que se acerca a Podemos- y de Ciudadanos de Albert Rivera.

Porque, guste o no, a Rajoy le toca el mayor protagonismo en defensa de la legalidad española frente a los que pretenden romper la unidad nacional y desbordar la Constitución. Un plan que puede que alguien en Barcelona tenga ya preparado para hacerlo coincidir con el inicio de la campaña electoral de las elecciones generales del 20-D, que está previsto para el día 5 de diciembre.

Y si se produce el ‘choque de trenes’, o la desobediencia buscada al Tribunal Constitucional, el Gobierno del PP actuará con firmeza -así lo prometió Rajoy- y eso favorecerá electoralmente al PP. Porque estas elecciones generales están estrechamente relacionadas con la crisis de Cataluña. Y puede que fuera eso lo que buscaba Rajoy cuando decidió no hacer coincidir los comicios generales de fin de año con los otros y plebiscitarios catalanes del 27-S, como lo solicitaron algunos dirigentes políticos y varios medios de comunicación.

La crisis catalana se ha convertido en una pesadilla para todos y en especial para los catalanes, que no saben lo que puede ocurrir en los próximos días y semanas. Aunque de momento son varias las empresas nacionales y extranjeras que abandonan el territorio de Cataluña ante los nubarrones de inseguridad jurídica y enfrentamientos sociales y políticos que se pueden derivar del anunciado ‘choque de trenes’ entre los dirigentes secesionistas y las instituciones del Estado.

De momento, Mas ha perdido dos votaciones y parte de su dignidad al ponerse prácticamente de rodillas delante de la CUP para ser investido presidente de la Generalitat. La vicepresidenta del Gobierno Sáenz de Santamaría habló el viernes de un ‘presidente menguante’, en alusión a Mas y lo hizo en la rueda de prensa del Consejo de Ministros, lo que no parece el lugar apropiado para descalificar a nadie.

Pero eso es lo que hay porque estamos, una vez suspendida por el Tribunal Constitucional la resolución independentista que aprobó el Parlamento catalán, a la espera de ver si hay o no investidura de Mas o nuevas elecciones anticipadas en Cataluña. Y todo ello mientras se corre el riesgo de que cualquiera de las 21 personalidades advertidas por el TC decida a traspasar las líneas rojas del delito de desobediencia y, en se caso, será dicho Tribunal quien deberá actuar para imponer la ley, por las buenas o por las malas.

Y eso es precisamente lo que busca Artur Mas: ser investido para de manera inmediata provocar el delito de desobediencia o sedición, si va acompañado de manifestaciones. Como las que han sido convocadas por la Asamblea Nacional Catalana para este domingo en Barcelona.

Un disparate todo ello que no conduce a nada porque está claro que no habrá independencia, sino el enfrentamiento que Mas quiere liderar desde la Generalitat para darle un mayor rango a su suicidio político. Porque si finalmente Mas no logra que la CUP lo nombre presidente a partir del próximo día 29 de este mes, entonces a Mas no le quedará mas remedio que adelantar, al mes de marzo de 2016 y por enésima vez, las elecciones catalanas acabando con ello su carrera política.

Algo a lo que en principio se oponía la CUP pero que ahora a lo mejor les conviene. Sobre todo visto el resultado de la última encuesta que acaba de publicar la Generalitat que da a los de la CUP entre 14 y 16 escaños, lo que para ellos -que lograron 10 escaños el 27-S- sería un nuevo triunfo. De manera que la encuesta le quita a Mas de las manos la amenaza de las nuevas elecciones con las que venía advirtiendo a sus compañeros de CDC y a sus aliados de ERC y CUP.

¿Qué va a pasar? Nadie lo sabe. De momento este fin de semana se van a reanudar los mítines electorales de las elecciones generales y Rajoy llegará a Barcelona, al igual que otros dirigentes políticos. Y a partir de la semana próxima -y una vez proclamados los candidatos el día 16- se empezará a hablar de los debates televisados entre los candidatos y asistiremos a una nueva oleada de las encuestas electorales sobre el 20-D, lo que abrirá a su vez las discusiones sobre los pactos.

Y puede incluso que, cuando parezca que la campaña electoral del 20-D arranca oficialmente (el 5-D), en ese mismo momento estalle con toda su dureza el desafío catalán. Puede que ésa sea la estrategia de algunos secesionistas para dañar la democracia española y no solo la legalidad.

¿Masa crítica o masa acrítica?
A la ciudadanía que se resiste a aceptar la existencia de un estado real de cosas le asiste el derecho a ponerse la venda en los ojos, pero no, desde luego, el de pretender que se le considere masa crítica
Manuel Cruz El Confidencial 14 Noviembre 2015

Finalizaba mi artículo de hace dos semanas en este mismo diario ('¿Puede gestionar la fractura quien la ha provocado?') señalando mi escaso optimismo respecto a que vayan a solucionar el monumental embrollo en el que estamos metidos en Cataluña quienes más se han afanado en generarlo. Pasados los días tras su publicación, reconozco que me dejó preocupado la posibilidad de haber transmitido una imagen sesgada, insuficiente o unilateral de la situación catalana a este respecto.

Me preocupaba, sustancialmente, haber podido dar a entender que el problema mayor que aquí tenemos planteado es el de nuestros políticos y su desacertada gestión de la cosa pública. Si así lo hubiera hecho, esto es, si hubiera centrado en exclusiva en ellos la explicación de la deriva de lo que viene ocurriendo entre nosotros, tal vez alguien desde fuera habría podido pensar que mi perspectiva no se encontraba en el fondo tal alejada de la de algunos de los que se dedican desde hace ya tiempo a una práctica que me parece merecedora de una severa crítica.

Me refiero a la práctica de utilizar de manera desatada en provecho propio todos los instrumentos que la actual sociedad de masas ofrece para la configuración de las conciencias (con los medios de comunicación públicos y subvencionados en un lugar muy destacado), mientras se adula obscenamente a aquellos mismos sobre los que se pretende influir: “los ciudadanos no son tontos”, “a los ciudadanos no se les puede engañar”, declaran, rasgándose teatralmente las vestiduras, los mismos que vetan en las televisiones que controlan a quien puede desenmascarar sus mentiras, suspenden debates en los que previsiblemente los 'suyos' puedan salir mal parados, presionan para silenciar las informaciones incómodas y caricaturizan al adversario hasta la extenuación. Me atrevo a calificar de farisaica esta práctica por una razón bien sencilla. Si de veras fueran sinceros en sus declaraciones dichos aduladores, esto es, si tuvieran en tan alta consideración a sus destinatarios ¿perderían el tiempo en esas inútiles prácticas manipulatorias?

Frente a semejantes planteamientos, se impone modificar inequívocamente la perspectiva y dejar clara una afirmación: el problema en Cataluña no es en exclusiva cosa de los políticos, en el sentido de que no únicamente a ellos les resultan imputables nuestro males. La ciudadanía catalana no solo tiene un severo problema con ellos: lo tiene también con ella misma. La disyuntiva entre políticos (sospechosos por definición) y ciudadanía (inocente, también por principio) resulta de todo punto inaceptable. Y si rechazamos, como imagino que todos estaremos de acuerdo, tratar a esta como si fuera una menor de edad a la que no procede reclamar responsabilidad alguna ni plantear el menor reproche u objeción a lo que pueda hacer, lo que se desprende de dicho rechazo es precisamente la posibilidad de formular críticas o manifestar reservas respecto a las propuestas e iniciativas que de esa misma ciudadanía, más o menos organizada, puedan surgir. ¿O es que tendría el menor sentido reconocerle la condición de nuevo actor social para a continuación no someterla al mismo escrutinio crítico y al mismo control que a cualquier otro actor (sin ir más lejos, los propios políticos o los partidos)?

Pues bien, habrá que recordar que todos esos escamoteos, falacias, contradicciones y mentiras que el discurso oficialista perpetra en el espacio público comunicativo catalán y a los que hacíamos referencia poco más arriba tienen lugar a plena luz del día, con un consignismo que funciona a toda máquina. Y, a continuación, habrá que recordar también que no es el caso que delante, en el lado de los destinatarios, dicho consignismo se encuentre con la feroz resistencia de una ciudadanía exigente y crítica que rechace la adulación permanente y, en lugar de ello, reclame informaciones veraces y un debate abierto y plural. Incluso, forzando un tanto, me atrevería a afirmar lo contrario, y es que ha llegado un momento en el que amplios sectores de nuestros conciudadanos parecen estar evolucionando en su actitud siguiendo el modelo -si se me permite la irónica comparación- de la conocida relación de fases de la borrachera. En ésta, una vez superada la fase de la exaltación de la amistad (que en este caso se traduciría como autocomplaciente afirmación identitaria), se pasa a la de la negación de la evidencia, en la que ahora muchos parecen estar instalados.

El listado de evidencias negadas resultaría agotador para el lector. Tal vez un lugar destacado lo ocuparía la afirmación (negadora de una evidencia casi cegadora) de que los medios de comunicación públicos catalanes mantienen una exquisita neutralidad y una actitud ecuánime con todas las opciones políticas, sin priorizar ni privilegiar en su tratamiento a ninguna. Pero a esta afirmación se ha unido en las últimas semanas otra, digna también de ser destacada. A cualquier observador mínimamente atento de la realidad catalana se le hará evidente la nueva consigna a cuya difusión han decidido dedicar sus esfuerzos los medios independentistas: no estamos divididos, el procés no provoca fractura ni social ni de ningún otro tipo.

El mensaje choca frontalmente no solo con lo que cualquiera puede constatar que ocurre en la esfera política (la foto del Parlament de Cataluña partido en dos mitades el pasado lunes al votar la propuesta para el inicio de la desconexión habla por sí sola) sino también con la experiencia diaria de muchos ciudadanos, aunque, por lo visto, se trata, parafraseando el viejo adagio periodístico, de no permitir que la realidad arruine una buena consigna. Y a desmentir informaciones contrastadas y datos fehacientes se han lanzado aquellos medios de manera resuelta: no es el caso que en reuniones familiares se haya dejado de hablar de política por miedo a discusiones demasiado acaloradas, ni que viejos amigos hayan visto deteriorada su relación por culpa de este conflicto, ni que en su trabajo muchas personas prefieran guardar un cauto silencio en lo que respecta a sus opiniones políticas por miedo a quedar en alguna medida estigmatizados, ni que en los pueblos pequeños de la Cataluña interior no colgar la estelada en el balcón en fechas señaladas merezca un inequívoco reproche social... Todo, repiten, son infundios unionistas, propios de quienes pretenden hacer pasar lo que es triunfante y legítima hegemonía política por intimidación.

Pues bien, digámoslo así: no cabe aceptar como inocente la negación de evidencias de semejante magnitud. A la ciudadanía que se resiste a aceptar la existencia de un estado real de cosas porque, de hacerlo, no le quedaría más remedio que revisar alguna de sus convicciones más arraigadas le asiste, faltaría más, el derecho a ponerse la venda en los ojos, pero no, desde luego, el de pretender que se le considere masa crítica o cosa parecida. Si acaso, exactamente lo contrario. Y recuerden: tras la negación de la evidencia la siguiente fase de la borrachera es el cántico de los himnos patrióticos. Juzguen ustedes mismos si ya hemos empezado a entrar en ella.

Barkos avanza en la «euskaldunización» navarra

 La Razon 14 Noviembre 2015

El Gobierno de Uxue Barkos está empeñado en euskaldunizar Navarra. Dentro de su estrategia nacionalista dirigida a una final anexión de la comunidad foral con el País Vasco, ha comenzado a dar los primeros pasos para transformar a la sociedad y, de manera táctica, realizar una inmersión lingüística hacia el euskera. Sigue así, paso a paso, la hoja de ruta marcada por su socio de Gobierno, EH Bildu, que siempre ha mantenido entre sus exigencias su apuesta por euskaldunizarlo todo dando el primer paso en la Educación.

El consejero de Educación navarro, José Luis Mendoza, ha presentado una Oferta Pública de Empleo a la Mesa Sectorial de Educación para cubrir 320 plazas de maestros, 228 de ellas en euskera con el fin de extender el modelo «D» (euskera) ofertando así un 71 por ciento de las plazas para la docencia en euskera, cuando en Navarra sólo estudia en esta lengua un 25 por ciento de la población.

En cuanto a las modalidades, de las plazas de maestro en euskera se ofertarán 60 de Educación Primaria, 60 de Educación Infantil, 35 de Lengua Vasca, entre otras. Mendoza insiste en que esta oferta atiende a «criterios técnicos», ocultando su verdadera finalidad, ya que cuando la oposición en el Parlamento Navarro le interpeló no supo concretar qué criterios eran esos. Y es que las necesidades del sistema educativo navarro no pasan por esta demanda, como tratan de justificar desde el Gobierno de Geroa Bai.

De esta manera el ejecutivo de Uxue Barkos busca imponer el euskera sin ni siquiera atender al número de alumnos. Incluso, para incentivar esta alternativa subvencionarán tanto el transporte como el comedor de aquellos que elijan dicho modelo «D» cuando estos centros no les corresponda por zonificación. Sin embargo no tienen la misma distinción con aquellos que apuestan por el modelo PAI (Programa de Aprendizaje en Inglés) que cuenta con un 31 por ciento de estudiantes, ni con los que lo hacen en cualquier otro modelo alternativo. Junto a I-E (que suscribe el acuerdo programático que sustenta el Ejecutivo), UPN, PSN y PP manifestaron el jueves su rechazo frontal a la propuesta, que tildaron de «desequilibrada» y «alejada de la realidad lingüística» de la comunidad navarra. Y es que el gobierno se «esfuerza» por sacar el mayor número de plazas docentes y comenzar rápido su implantación, mientras la oposición ve la propuesta de «inequitativa, injusta y desequilibrada». El portavoz del PP navarro, Javier García, preguntó a Barkos si consideraba que la demanda era igual a la oferta a lo que la presidenta foral respondió que ella no lo cree sino que «lo ve así el cuerpo técnico de educación». En opinión de los populares se trata de una propuesta «sectaria» que no se ajusta a las necesidades de la comunidad educativa ni a los criterios técnicos a los que aluden, porque «éstos no existen».

La presidenta navarra considera que esta oferta es lo que el sistema educativo necesita en estos momentos ya que asegura que «el euskera es una lengua navarra» y valora que hay «excedente» en el resto de plazas, por lo que, argumenta, su Gobierno se ha visto obligado a revisar la estructura del sistema educativo. Afapna, sindicato que forma parte de la Mesa Sectorial ya lleva más de 9.000 firmas a través de la plataforma change.org contra la propuesta de Barkos.

Esta es otra de las polémicas decisiones del departamento de Educación de Barkos, después de que el consejero nombrara jefe de negociado de escuelas de idiomas al ex miembro de ETA, Aramburu Carrera, quien tras la denuncia pública de UPN, fue cesado.
 


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